jueves, 29 de octubre de 2009

PERDONA A LOS OBISPOS

Por el Padre Juan Carlos Ceriani.

Publicado en la revista IESUS CHRISTUS Nª6,
Julio/Agosto de 1989.

Al cierre de la 58ª Conferencia Episcopal Argentina, su titular, el Cardenal Raúl Primatesta, anunció que desde el próximo 3 de diciembre el Padrenuestro sufrirá una modificación: la frase “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, será reemplazada por “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

La primera impresión que produjo la dicha variación fue la de pensar que se trataba de un fruto más del “cambio por el cambio”, al que nos tiene acostumbrados la Nueva Iglesia Conciliar, cuya finalidad no es otra que la de apartar a los fieles de la práctica de la oración y de los sacramentos, lo cual no deja de tener su gravedad.

Pero analizando más en profundidad, la alteración tiene serias consecuencias teológicas e implican una concepción no católica…Veamos… En Catecismo Mayor de San Pío X, en su Segunda Parte, Capítulo II, nos da la doctrina católica tradicional:

Pregunta 310: ¿Qué pedimos en la quinta petición: perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?

Respuesta: pedimos a Dios nos perdone nuestros pecados, como nosotros perdonamos a nuestros ofensores.

Nuestros pecados, pues, son verdaderas deudas contraídas con Dios. Santo Tomás, al explicar la oración dominical, enseña que debemos a Dios con carácter de deuda aquello a lo cual El tiene derecho y nosotros le sustraemos. Por lo tanto, agrega, cuando pecamos cuando preferimos nuestra voluntad a la divina, contraemos una deuda con Dios, al sustraerle el derecho que El tiene de que cumplamos su voluntad.

El Catecismo Mayor continúa:

Pregunta 311: ¿Por qué nuestros pecados se llaman deudas?

Respuesta: porque hemos de satisfacer por ellos a la divina justicia en esta vida o en la otra.

No sin razón, pues, el Catecismo Romano nos enseña que al pecar nos hacemos reos ante Dios y quedamos sujetos a las penas debidas, que satisfacemos, o pagando, o padeciendo.

Es útil recordar que todo pecado tiene dos elementos:

-la culpa u ofensa, por la cual Dios es injuriado. Es la falta cometida voluntariamente y que ofende a Dios.

-la pena o castigo, merecida por la falta. Es la sanción impuesta al que ha cometido una ofensa.

Estos dos elementos de todo pecado se convierten en una doble deuda para con Dios.

-la deuda de culpa, por la ofensa hecha a la divina majestad.


-la deuda de pena, por el castigo que merece dicha injuria. El pecado mortal merece una pena eterna, el pecado venial una temporal.

Conviene saber también que, perdonada la ofensa, no siempre se perdona la pena… y vamos vislumbrando la gravedad y las consecuencias del “inocente e “intrascendente” cambio: “perdona nuestras ofensas”… y la pena, ¿quién la perdona?... ¿quién perdonará la culpa y la pena de los señores obispos?...

La deuda de culpa, la ofensa, es perdonada por la contrición perfecta acompañada del propósito de confesarse y satisfacer.
Dios, por la culpa y la contrición, perdona la culpa y conmuta la pena eterna en pena temporal.

El pecador contrito queda obligado a una pena temporal y, si muriese sin la confesión auricular o sacramental, deberá saldar esa deuda en el Purgatorio. Por el contrario, si se confesase, la pena temporal le sería perdonada totalmente o en parte, según sus disposiciones.

Absolutamente nadie puede estar seguro de que su dolor de haber ofendido a Dios sea una verdadera contrición, suficiente para borrar la culpa y toda la pena. Por la tanto, es indispensable obtener el perdón del castigo aquí en la tierra, a menos que se prefieran los castigos del Purgatorio y lo que esta actitud implica de descuido en saldar una deuda con Dios.

La deuda de pena, la pena temporal debida por los pecados, puede saldarse de diversas maneras:

-por la nueva absolución sacramental. De allí la utilidad de reiterar nuestras confesiones y de la llamada confesión general.

-por la satisfacción sacramental, el cumplimiento de la penitencia impuesta.

-por las obras satisfactorias o penales que se imponga el propio penitente.

He aquí la importancia de la mortificación y penitencia.

-por las indulgencias.

-por la aplicación del valor propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa.

Por todo lo dicho, podemos constatar que ciertas verdades muy importantes quedan relegadas, olvidadas e indirectamente negadas como consecuencia del “cándido” cambio. Dichas certezas católicas son:

-todo pecado contiene, además de la ofensa, una deuda de pena o castigo.

-dicha pena puede ser eterna o temporal: infierno o purgatorio.

-no siempre que se perdona la ofensa se perdona toda la pena.

-la pena temporal puede saldarse por la confesión sacramental, por la penitencia, por las indulgencias o por el valor propiciatorio de la Santa Misa.

-la pena temporal no saldada en la tierra será castigada en el Purgatorio.

Tampoco podemos dejar de constatar que todas estas verdades puestas en “cuarentena” son negadas o puestas en duda por todos aquellos con los que la Iglesia Conciliar hace ecumenismo… ¿será casualidad?

¿Tenían presente los señores obispos estos conceptos cuando se atrevieron a modificar la única oración enseñada por Jesús?
Dejando la respuesta a los responsables, saquemos de mal un bien: conozcamos más y mejor los tesoros inagotables de nuestra Santa Religión; utilicemos las oraciones y los sacramentos en su forma tradicional, sin remiendos ni retoques que los rebajan e incluso invalidan; practiquemos todas aquellas obras que purifican nuestras almas y nos preparan para la bienaventuranza.

No olvidemos por último, rezar por los autores del mal: Padre Nuestro que estás en los cielos… perdona a los señores obispos… perdona su ofensa y muévelos a penitencia para que practiquen los medios por los cuales obtengan el perdón de su deuda de pena.