viernes, 22 de enero de 2010

EL MENSAJE DE JUAN PABLO II Y EL MILAGRO DE PÍO XII


Andrea Tornielli, prestigiado vaticanista, acaba de publicar un interesante escrito en Il Giornale que denomina "Rivelazione: Wojtyla delegò Papa Pio XII a fare il miracolo" y que con el título “El milagro de Pío XII y el rol de Juan Pablo II”, traduce íntegro el blog La Buhardilla de Jerónimo.

Se refiere a un presunto milagro atribuido a la intercesión de Pío XII que podría llevar, en tiempos relativamente breves, a la beatificación al Papa Pacelli. Se trata de la curación de una joven madre de un linfoma maligno. El caso está siendo atentamente analizado por la postulación de la causa y por la diócesis de Sorrento-Castellammare di Stabia, donde ha ocurrido.

Tornielli narra el siguiente suceso:

Poco tiempo después de la muerte del Papa Wojtyla. Una joven pareja que ya ha tenido dos niños, espera un tercero. Para la madre de treinta y un años, que es maestra, el embarazo se presenta difícil: tiene fuertes dolores y los médicos no logran inicialmente comprender el origen de sus molestias. Finalmente, después de muchos análisis y una biopsia, se le diagnostica un linfoma de Burkitt, tumor maligno del tejido linfático más bien agresivo, que frecuentemente aparece en los huesos mandibulares y se extiende a las vísceras del abdomen y la pelvis y al sistema nervioso central. La espera de la nueva vida que la mujer lleva en su seno se transforma en un drama. El marido de la mujer comienza a rezar al Papa Wojtyla, fallecido poco tiempo atrás, para pedirle que interceda por su familia. Una noche, el hombre ve en sueños a Juan Pablo II. “Tenía el rostro serio. Me dijo: «Yo no puedo hacer nada, debéis rezar a este otro sacerdote...». Me mostró la imagen de un sacerdote delgado, alto, flaco. Yo no lo reconocí, no sabía quién era”. El hombre permaneció preocupado por el sueño pero no pudo identificar al sacerdote que Wojtyla le indicó. Pocos días después, abriendo casualmente una revista, encontró una foto del joven Eugenio Pacelli que llamó su atención. Era el que había visto retratado en el sueño.

Se pone en marcha una cadena de oración para pedir la intercesión de Pío XII. Y la mujer se sanó, después de los primeros tratamientos. El resultado es considero tan importante que los médicos piensan en un posible error en el diagnóstico inicial. Pero los exámenes y las carpetas clínicas confirman la exactitud de los resultados de los primeros análisis. El tumor desapareció, la mujer está bien, tuvo su tercer hijo, y volvió a su trabajo y escuela. Luego de dejar pasar un poco de tiempo, es ella quien se dirige al Vaticano para señalar su caso.

Una confirmación del vicario general de la diócesis de Sorrento-Castellammare di Stabia, don Carmine Giudici: “Es todo cierto – ha declarado a Petrus -, la Santa Sede nos ha comunicado un milagro por intercesión de Pío XII. El arzobispo Felice Cece ha decidido, por lo tanto, instituir en días el correspondiente Tribunal diocesano”. Este tribunal será el que examine el caso para formular una primera sentencia. Si es positiva, los documentos pasarán a Roma, a la Congregación para las Causas de los Santos: aquí deberán ser estudiados primero por la Consulta médica, llamada a pronunciarse sobre la imposibilidad de explicar la curación. Si también los médicos que colaboran con la Santa Sede dicen sí, el caso de la madre sanada será discutido primero por los teólogos de la Congregación, luego por los cardenales y obispos. Sólo después de haber superado estos tres grados de juicio, el dossier sobre el presunto milagro llegará al escritorio de Benedicto XVI, que decidirá sobre el reconocimiento final. Entonces, y sólo entonces, el Papa Pacelli podrá ser beatificado.

La institución de un Tribunal diocesano y la eventual llegada de la documentación al dicasterio que estudia los procesos de beatificación y canonización no significan ningún reconocimiento sino sólo que el caso en cuestión es juzgado interesante y digno de atención. Por lo tanto, es totalmente prematuro predecir desarrollos, aún más imaginar fechas. Lo que impresiona, en la historia de la familia de Castellammare di Stabia, es el rol que tuvo en el asunto el Papa Wojtyla, que en sueños habría sugerido al marido de la mujer rezar a aquel “sacerdote delgado”, que luego se revelaría como Pacelli.

Hasta aquí la cita de Andrea Tornielli.

A la muerte de Juan Pablo II muchas personas exclamaban en Roma “¡Santo súbito!”. Indudablemente el carisma que irradiaba el Papa Wojtyla y el cariño del pueblo romano hacia él, los llevaba a casi exigir su canonización. La Santa Sede se vio presionada por ello. Se inició de inmediato la causa que lo llevó, luego, a ser nombrado recientemente –junto a Pío XII- como venerable. El nombramiento de “venerable” es el primer paso que en todo proceso precede a la beatificación y, luego, si Dios lo dispone, a la canonización. No todo venerable ni todo beato alcanza necesariamente la canonización. Sólo hasta ésta la Iglesia declara que alguien se encuentra gozando de la visión de Dios por toda la eternidad. Para que el Papa Pacelli fuese nombrado venerable pasó más de medio siglo, lo que contrastó con el expedito proceso de Juan Pablo II de sólo cuatro años. Mientras que el último Papa santo, Pío X, tardó cuarenta años en ser canonizado.

La Iglesia siempre ha actuado con suma prudencia y sin prisa en estos procesos, pues sabe que el estudio sobre la santidad de una persona requiere no sólo tiempo sino, también, el suficiente paso del mismo para tener una mejor perspectiva y un análisis más exacto. En realidad no se trata ni de medir popularidades, cariños o admiraciones del pueblo, sino de conocer y estudiar la vida y la santidad personal de cada persona.

Recordamos que en alguna ocasión el papa Juan Pablo II, ante una multitud, entonó –en polaco- alguna canción que su madre le cantaba cuando niño, al terminar el pueblo lo aclamó vehementemente. El Papa les dijo: “Aplauden pero no entienden”. Hemos llegado a pensar si el Papa no sólo hablaba del idioma polaco que desconocían sus oyentes, sino que aprovechó esta circunstancia para decir algo de más fondo: gran parte de esas multitudes que lo aclamaban, paradójicamente lo desobedecían en aspectos tan fundamentales como la contracepción y las relaciones prematrimoniales, y muchos ponían en duda las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia. ¡Aplaudían pero no entendían o no querían entender! Tan es así, que en algún encuentro con jóvenes –no recordamos ya la nación- les preguntó: “¿renuncian al sexo?” (se refería a las relaciones fuera del matrimonio) y la multitud de jóvenes le contestó que ¡no! Pensó el Papa que tal vez había planteado mal su pregunta y que no había sido bien interpretado, y volvió a reformularla ¡para recibir de nuevo la misma contundente respuesta! La tristeza y el desconcierto se sembraron en el rostro del Pontífice.

Lo anterior viene a colación por los gritos de “¡santo súbito”! de multitudes que aclamaban pero, que en su mayoría, en realidad no seguían en todo al Papa. Varias encuestas entre los propios católicos practicantes lo demuestran (más aún en aquellos que se dicen creyentes pero no practicantes). ¿Cuántos de quienes se emocionaban hasta las lágrimas ante la presencia carismática de Juan Pablo II eran realmente seguidores y creyentes de todas las enseñanzas morales y de los dogmas que la Iglesia enseña? Sin duda había muchos, pero eran la minoría.

De ahí que nos preguntamos el significado que pueda tener la aparición entre sueños del Papa Wojtyla diciendo: «Yo no puedo hacer nada, debéis rezar a este otro sacerdote...», mostrando una imagen de Papa Pacelli. Aparición que parece comprobarse como fidedigna por la realización de lo que sería –falta el juicio de la Iglesia- un verdadero milagro de S.S. Pío XII.

No parece lógica una deferencia entre pontífices en el Cielo. Esas atenciones se realizan sólo en la tierra y no parecen propias de hechos sobrenaturales. No resulta creíble una simple deferencia natural (“después de ti…”) de un papa hacia otro -por voluntad unilateral- en apariciones preternaturales. «Yo no puedo hacer nada...», dijo. ¿Quién puede obrar un milagro? Sólo Dios. Los santos son sólo intercesores. Lo dicho por Juan Pablo II parece referirse a que él no lograría ese milagro de Dios y que a quien debería de solicitársele su intercesión era a un predecesor suyo: Pío XII. Esta petición es de creerse que lógicamente expresaba, sobre todo, la voluntad divina. ¿Dios quería que el intercesor fuese el Papa Pacelli de quien después de más de medio siglo se había mantenido su causa en punto y coma, y que hasta ahora toma de nuevo un encauzamiento al ser nombrado venerable por Benedicto XVI? ¿Es un signo de que el proceso “súbito” –algo fuera de lo común- de S.S. Juan Pablo II debería seguir un curso de tiempo normal, para que se haga un análisis -con la debida distancia histórica- como los realizados con otros papas canonizados? Dice Andrea Tornielli que “casi parecería que Juan Pablo II hubiese querido, de algún modo, ayudar a la causa de su predecesor”. No parece lógica ésta conjetura por lo ya dicho. ¿Meras deferencias y atenciones naturales en fenómenos preternaturales?

Quizá se podría pensar en que Dios quería que la causa de Pío XII se desbloquease (el nombramiento de “venerable” fue posterior al milagro -arriba comentado- que se le atribuye y que quizá podría ser definitivo para declararlo beato) y que se hicieran a un lado las calumnias que quieren pesar en contra de su proceso y las inconformidades de muchos judíos que las sostienen. Tal vez sea un llamado, también, a que los procesos se sigan con el tiempo –sin prisa- acostumbrado tradicionalmente por la Iglesia y que se hagan a un lado las presiones y las simpatías de multitudes que muchas veces siguen más el carisma, el liderazgo y la cualidades de una personalidad, que la doctrina que sustenta y enseña la Iglesia (¡aplauden pero no entienden!). ¿No convendría seguir la habitual prudencia que siempre ha habido… si, además, en las canonizaciones no se trata de un mero asunto de simpatías particulares por alguna persona, por muchas cualidades que haya tenido y que la muchedumbre admire? Fundamentalmente la Iglesia no debe tener prisa en estas cuestiones ni sentirse presionada.

Tomado de: Catolicidad.