sábado, 20 de noviembre de 2010

20-N-1975: HOMILÍA DEL OBISPO DE CORIA-CÁCERES, MONSEÑOR LLOPIS IVORRA


Quizás ninguna vez en mi dilatada vida episcopal me haya visto tan afectado por sentimientos de consuelo y de temor, como en la ocasión presente.

El motivo es conocido y desborda toda trascendencia humana; elevar sufragios al Señor por el alma de nuestro Jefe de Estado, el Caudillo Franco.

Y de este hecho surgen mis encontrados afectos de gozo por una parte, y, de angustia opresora, por otra.

El sacerdote, el pontífice, en el ejercicio de su función pastoral, tiene como misión ser puente entre dos orillas, la eterna y la temporal: esto se logra por el oficio mediador del sacerdocio católico que trae la bendición de Dios sobre los hombres y presenta al corazón divino las necesidades de todos los mortales.

Del primer aspecto estoy plenamente convencido que cumplo, porque Dios se vale de mi persona para bendecir a toda esta ingente multitud de pueblo cristiano.

Pero, ¿cómo podré yo asumir la representación ante Dios de elementos tan heterogéneos como forman nuestra asamblea cristiana?

Hay aquí, clero y autoridades; profesores y alumnos; empresarios y trabajadores; hombres y mujeres, de diversa condición social; juventud masculina y femenina con ideales, a veces contrapuestos...

Y, ¿cómo podré yo reducir a unidad tan variados sentimientos para unirlos en una plegaria al Altísimo?

¿Dónde encontrar la cohesión, que evite toda diversidad?

¿Hay algún sentimiento específico que sea a la vez exponente común de tan variada muchedumbre como nos congrega?

Creo que sí, amadísimos hijos. Porque auscultando mi propio corazón y recogiendo lo que sus sentidos abarcan en la calle, en la Prensa, en la Televisión, en las emisoras de Radio, estoy seguro de que todos nos movemos ante la tumba de Franco, no sólo con admiración y respeto, sino también con fervores patrióticos exaltados; la Patria llora, no siente el vacío de autoridad, pero sí la orfandad de quien desgastó su vida por ella.

Y, ahora, me parece que ya puedo conjuntar los diversos sentimientos de todos en una misma expresión de llanto y amor por Francisco Franco, recientemente desaparecido, y ejercer plenamente mi oficio pontifical para clamar al Señor:

Mirad, Señor, cómo llora España porque acaba de perder a quien le dio la paz, la tranquilidad, el progreso, la tecnificación, la elevación del nivel de vida, la industrialización y lo que, para nosotros, es más grato: que imprimió en su vida, y supo transmitirnos un acendrado ejemplo de vivir en el seno de la Iglesia católica y morir con la bendición de Dios.

Si estuviéramos fuera del templo y en un acto extralitúrgico, podría yo hacerme eco de su talento político y de sus dotes de insigne estadista, pero ante el altar de Dios y en un acto de sufragio, lo que vale es todo un pueblo que se siente dolorido y apenado y por eso reza implorando, confiadamente, la infinita misericordia de Dios sobre el Caudillo que acaba de perder.

Pero la liturgia católica es eminentemente alentadora y optimista, porque sabe que puede haber separación temporal, pero espera reencuentro glorioso en la dicha eterna de Dios, porque

LA MUERTE NO ROMPE LOS VINCULOS DEL ESPIRITU
Está firme la promesa de vida eterna y de la resurrección final. Nuestra fe nos proclama que no acaba todo cuando la muerte llega. Los que mueren descansan en el Señor y nosotros continuamos vinculados a ellos. ¿De qué vínculos se trata? La gracia de Cristo bulle en los corazones, porque el Espíritu Santo habita en ellos cuando vivimos en gracia. Es el Espíritu Santo el que mantiene esta unión viva, que es unión de amor. Podrá la muerte romper los vínculos terrenos, pero nada puede hacer por destruir esta unión que entre nosotros realiza el Espíritu Santo.

NUESTROS DIFUNTOS PUEDEN NECESITAR NUESTRA AYUDA
Los que han muerto, se han ido lejos de nuestra vida. Pero si los amamos, debemos caer en la cuenta de la unión irrompible que nos une para sentir esa santa inquietud sobre su estado actual... Porque sabemos que en el Cielo nadie entra sino purificado de sus culpas e imperfecciones. Los pecados, aunque hayan sido perdonados, dejan en nosotros su huella pendiente de purificación. Las obras buenas, los dolores, la enfermedad y, sobre todo, la aceptación de la muerte obran esta función purificadora. Pero no siempre los que mueren en el Señor van del todo purificados. Y nunca sabemos con certeza si el ser querido que nos ha dejado goza ya de la dicha del Cielo o pasa aún por la purificación del purgatorio... Los verdaderos cristianos experimentan esta santa inquietud que mueve a la caridad.

NOSOTROS TENEMOS LA POSIBILIDAD DE AUXILIARLES Y LA SANTA MISA ES EL MEJOR DE LOS SUFRAGIOS QUE LES PODEMOS OFRECER
En torno al altar reafirmamos nuestra fe en la palabra del Señor que hemos oído y de nuestros labios brota la oración:

“Dales, Señor, el descanso eterno.” Pero la misa es más que un conjunto de oraciones. La misa es la ORACION por excelencia. Es Cristo el que presenta nuestras plegarias; oramos teniéndole a El por intercesor, El es nuestro gran sacerdote; y el sacerdote que celebra la misa es un simple representante... Jesús es también la víctima que se ofrece.

Aquí y en este punto debería acabar mi exhortación para mover los ánimos en alivio espiritual por el Caudillo Pero, ¿quién puede dejar de recordar ante el ara consagrada el testamento espiritual, más que político del último mensaje de Franco? En él, profundamente emocionado, leemos: “Al llegar para mí la hora de rendir mi vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio, pido a Dios me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir.., quisiera en mi último momento unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos” con infinito amor.

Al eco de estas palabras que enmarcan con la aureola de los elegidos, de los que han sabido vivir en la tierra para gozar de la presencia eterna de Dios, se me ocurre un pensamiento de un eximio poeta actual en una de las obras más destacadas de la literatura moderna: El divino impaciente. Francisco Javier va a morir, pero teme por la perseverancia de la semilla cristiana que sembró; teme la infidelidad de España a los principios católicos que siempre inspiraron los hechos gloriosos de su historia.
Francisco Javier, en su agonía, suplica así al Señor:

“Bendice ahora que se gasta
mi luz, a Ignacio y Loyola...
Cuida a mi gente española…
Y si algún día mi casta
reniega de Ti y no basta
para aplacar tu poder,
en la balanza poner
sus propios merecimientos...,
¡Pon también los sufrimientos
que sufrió por ti Javier!”

Igualmente podemos decir que en la vela de Dios por España, si fueran tantas nuestras iniquidades que forzaran la justicia divina del castigo... pidamos a Dios que junto al cuidado de tantos patriotas eximios; a las virtudes de los Santos; al esfuerzo de prestigiosas autoridades; al rezo de sacerdotes, religiosos y religiosas, si España, en cuanto es y significa. sintiera el vértigo de la traición a los principios que forjara su grandeza, pidamos a Dios que ponga entonces en la balanza del amor y del premio los sufrimientos, los ardores, toda su vida de gigante del espíritu, como ha sido ejemplarmente la vida y obra de Francisco Franco, Generalísimo y Caudillo de España".

Fuente: Desde mi Campanario