sábado, 30 de enero de 2010

LA DURA VERDAD

La dura verdad del horrible crimen del aborto.



LA DURA VERDAD

LETRA DE “UNA MALDICIÓN”
de Kemper Crabb.

Los jueces se sentaron al margen de la Ley
y en su soberbia no vieron mal poner dientes a las fauces de Satán y cebarle con nuestros hijos.

“Maldición, maldición”, grita la Ley:
Maldición, maldición sobre la soberbia del hombre.
Ay de aquél que ose negar
la imagen de Dios en el hombre.

En términos de coste y comodidad.
un niño no nacido es una enfermedad,
un holocausto aprobado para complacer
nuestra propia conveniencia.

Arrancados del vientre de su madre,
privados de cielo, privados de tumba:
concebidos en lujuria para su propia ruina,
un sacrificio al placer.

“Maldición maldición” grita su sangre:
maldición, maldición, gritan los cielos.
Ay de aquél que ose destruir la imagen de Dios en el hombre…

Los médicos de manos ensangrentadas,
que aman su dinero más que al hombre,
tienen la avaricia por dios y trazan sus planes
como los carniceros de la humanidad.

Oh! sálvanos de esta maldad, Señor
y cambia nuestros corazones por las buenas o por las malas
¡Nuestra nación no puede permitirse más vivir bajo Tu ira!

Maldición, una maldición sobre sus cabezas,
Oh! sálvales Señor, o hazles morir.
Y llena nuestra nación con el temor de Ti.
y aleja de nosotros Tu ira.
Señor, aleja de nosotros tu ira.

Señor ten piedad.
Cristo ten piedad.

No deberíamos nunca preguntarnos hasta dónde podemos llegar sin molestar a nadie. Deberíamos siempre preguntarnos hasta dónde tenemos que llegar para parar la matanza.

jueves, 28 de enero de 2010

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS (I)


¿Porque estan los católicos perplejos?

¿Quién podría negar que los católicos de este final del siglo XX estén perplejos? Basta con observar lo que pasa para persuadirse de que el fenómeno es relativamente reciente y que corresponde a los veinte últimos años de la historia de la Iglesia. Antes, el camino estaba perfectamente trazado; se lo seguía o no se lo seguía. Se tenía fe o se la había perdido o bien no se la había tenido nunca. Pero aquel que tenía fe, que había entrado en la santa Iglesia por el bautismo, que había renovado sus promesas aproximadamente a los once años, que había recibido al Espíritu Santo en el día de su confirmación, ése sabía lo que debía creer y lo que debía hacer.

Hoy, muchos ya no lo saben. En las iglesias se oyen afirmaciones que causan estupefacción, se leen tantas declaraciones contrarias a lo que se había enseñado siempre que la duda se ha insinuado en los espíritus.

El 30 de junio de 1968 al clausurar el Año de la Fe, S.S. Pablo VI hacía una profesión de fe católica ante todos los obispos presentes en Roma y ante centenares de miles de fieles. En su preámbulo, el Papa ponía en guardia a todos contra los ataques dirigidos a la doctrina, pues, según decía, "eso sería entonces engendrar, como desgraciadamente se ve hoy, turbación y perplejidad en muchas almas fieles".

La misma palabra Perplejidad se encuentra en una alocución de S.S. Juan Pablo II del 6 de Febrero de 1981: "Los cristianos de hoy, en gran parte se sienten perdidos, confundidos, perplejos y hasta decepcionados." El Santo Padre resumía las causas del modo siguiente:

"Desde todas partes se han difundido ideas que contradicen la verdad que fue revelada y que se enseñó siempre. En los dominios del dogma y de la moral se han divulgado verdaderas herejías que suscitan dudas, confusión, rebelión. Hasta la misma liturgia fue violada. Sumergidos en un 'relativismo' intelectual y moral, los cristianos se ven tentados por una ilustración vagamente moralista, por un cristianismo sociológico sin dogma definido ni moral objetiva."

Esta perplejidad se advierte en todo momento en las conversaciones, en los escritos, en los periódicos, en las emisiones radiales o televisadas, en el comportamiento de los católicos-, en quienes se traduce en una disminución considerable de la práctica piadosa, como lo atestiguan las estadísticas, en una pérdida de devoción por la misa y los sacramentos, en un relajamiento general de las costumbres.

En consecuencia, uno se ve obligado a preguntarse por la causa que determinó semejante estado de cosas. A todo efecto corresponde una causa. ¿Se trata de la fe de los hombres que disminuyó por un eclipse de la generosidad del alma, del apetito de goces, de la atracción de los placeres de la vida y de "las múltiples distracciones que ofrece el mundo moderno? Ésas no son las verdaderas razones que, de un modo u otro, siempre existieron; la rápida caída de la práctica religiosa se debe más bien al espíritu nuevo que se introdujo en la Iglesia y que suscitó sospechas sobre todo un pasado de vida eclesiástica, de ENSEÑANZA Y DE PRINCIPIOS DE VIDA. ANTES TODO SE fundaba en la fe inmutable de la Iglesia transmitida por catecismos que eran reconocidos por todos los episcopados.

La fe se sustentaba en certezas; al quebrantarse éstas se ha sembrado la perplejidad.

Tomemos un ejemplo: la Iglesia enseñaba —y el conjunto de los fieles así lo creía— que la religión católica era la única religión verdadera. En efecto, fue fundada por el propio Dios, en tanto que las otras religiones son obra de los hombres. En consecuencia, el cristiano debe evitar toda relación con las religiones falsas y, por otra parte, hacer todo cuanto pueda para convertir a sus adeptos a la religión de Cristo.

¿Continúa siendo siempre verdadero esto? Por supuesto. La verdad no puede cambiar, pues de otra manera nunca habría sido la verdad. Ningún hecho nuevo, ningún descubrimiento teológico o científico —en la medida en que puedan existir descubrimientos teológicos-- hará que la religión católica deje de ser el único camino de salvación.

Pero ocurre que el propio Papa asiste a ceremonias religiosas, de esas falsas religiones, ora y predica en los templos de sectas heréticas. La televisión difunde por el mundo entero las imágenes de esos contactos que causan estupor. Los fieles lógicamente no comprenden nada.

Lutero apartó de la Iglesia a pueblos enteros, trastornó a Europa, espiritual y políticamente, al reducir a ruinas la jerarquía católica, el sacerdocio católico, al inventar una falsa doctrina de la salvación, una falsa doctrina de los sacramentos. Su rebelión contra la Iglesia será el modelo que habrán de seguir todos los futuros revolucionarios que desencadenen el desorden en Europa y en el mundo. Después de quinientos años es imposible, como algunos quisieran, hacer de Lutero un profeta o un doctor de la Iglesia, puesto que no es un santo.

Ahora bien, SI me pongo leer la Documentation. catholique o las revistas diocesanas, encuentro escrito lo siguiente por la pluma de la comisión mixta católico-luterana, oficialmente reconocida por el Vaticano.1 "Entre las ideas del concilio Vaticano II, en las que se puede ver una admisión de los requerimientos de Lutero, se encuentran por ejemplo:

La Documentation catholique, 3 de julio de 1983, N° 1085, págs. 696-697. 12

1. la descripción de la Iglesia como 'Pueblo de Dios' (idea clara del nuevo derecho

canónico, idea democrática y no ya jerárquica);

2. el acento puesto sobre el sacerdocio de todos los bautizados;

3. el compromiso en favor del derecho de la persona a la libertad en materia de religión.

4. Otras exigencias que Lutero había formulado en su tiempo pueden considerarse satisfechas en la teología y en la práctica de la Iglesia actual: el uso de la lengua vulgar en la liturgia, la posibilidad de la comunión en las dos especies y la renovación de la teología y de la celebración de la Eucaristía."

¡Qué gran reconocimiento! ¡Satisfacer las exigencias de Lutero que se mostró el enemigo resuelto de la Misa y del Papa! ¡Admitir las demandas del blasfemo que decía-. "Afirmo que todos los lupanares, los homicidios, los robos, los adulterios son menos malos que esta abominable misa"! De tan monstruosa rehabilitación sólo se puede llegar a una conclusión: o bien hay que condenar al concilio Vaticano II que la autorizó o bien hay que condenar al concilio de Trento y a todos los papas que desde el siglo XVI declararon que el protestantismo era herético y cismático.

Bien se comprende que ante semejante cambio de situación los católicos estén perplejos. ¡Pero tienen tantos otros motivos para estarlo! A medida que transcurrían los años los católicos vieron cómo se transformaban el fondo y la forma de las prácticas religiosas que los adultos habían conocido en la primera parte de su vida. En las iglesias los altares fueron retirados y sustituidos por una mesa, con frecuencia móvil y susceptible de ser escamoteada. El tabernáculo ya no ocupa el lugar de honor y la mayoría de las veces se lo ha disimulado en un pilar, a un costado: en los casos en que todavía permanece en el centro, el sacerdote al decir la misa le vuelve la espalda. El celebrante y los fieles están frente a frente y dialogan. Cualquiera puede tocar los vasos sagrados, frecuentemente reemplazados por cestos, bandejas, vasijas de cerámica; laicos, incluso mujeres, distribuyen la comunión que se recibe en la mano. El cuerpo de Cristo es tratado con una falta de reverencia que suscita dudas sobre la realidad de la transubstanciación.

Los sacramentos son administrados de una manera que varía según los lugares; citaré como ejemplos la edad en que se recibe el bautismo y la confirmación, el desarrollo de la ceremonia y bendición nupciales, amenizadas con cantos y lecturas que nada tienen que ver con la liturgia, pues están tomados de otras religiones o de una literatura resueltamente profana, cuando no expresa sencillamente ideas políticas.

El latín, lengua universal de la Iglesia, y el canto gregoriano desaparecieron de una manera casi general. La totalidad de los cánticos fue reemplazada por cantilenas modernas en la que no es raro encontrar los mismos ritmos que en las de los lugares de placer.

Los católicos se vieron también sorprendidos por la brusca desaparición del hábito eclesiástico como si sacerdotes y religiosas tuvieran vergüenza de mostrarse como son.

Los padres que envían a sus hijos al catecismo comprueban que ya no les enseñan las verdades de la fe, ni siquiera las más elementales-, la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación, la Redención, el pecado original, la Inmaculada Concepción. Nace entonces un sentimiento de profunda desazón. ¿Será que todo eso ya no es más verdadero? ¿Será anticuado? ¿Estará "superado"? Ni siquiera se mencionan ya las virtudes cristianas; ¿en qué manual de catecismo se habla, por ejemplo, de la humildad, de la castidad, de la mortificación? La fe se ha convertido en un concepto fluctúan te, la caridad en una especie de solidaridad universal y la esperanza es sobre todo la esperanza de un mundo mejor aquí.

Estas novedades no son de la índole de aquellas que en el orden humano aparecen con el correr del tiempo, aquellas a las que uno se habitúa, que uno asimila después de un primer período de sorpresa y de vacilación. En el curso de una vida humana muchas maneras de proceder y hacer las cosas se transforman; si yo todavía fuera misionero en África, viajaría en avión y no ya en buque aunque más no fuera por la dificultad de encontrar una compañía marítima que prestara ese servicio. En este sentido se puede decir que hay que vivir con la época y, por lo demás, está uno obligado a hacerlo.

Pero los católicos a quienes se quiso imponer novedades en el orden espiritual y sobrenatural, en virtud del mismo principio, comprendieron muy bien que eso no era posible. No se puede cambiar el Santo Sacrificio de la misa, no se pueden cambiar los sacramentos instituidos por Jesucristo, no se cambia la verdad revelada de una vez por todas, no se reemplaza un dogma por otro.

Las páginas que siguen quieren responder a las preguntas que se hacen los católicos, esos católicos que conocieron otro rostro de la Iglesia; quieren también iluminar a los jóvenes nacidos después del concilio y a quienes la comunidad católica no ofrece lo que tienen derecho a esperar. Desearía dirigirme por fin a los indiferentes o a los agnósticos a quienes la gracia de Dios tocará un día u otro, pero que corren el peligro entonces de encontrar iglesias sin sacerdotes y con una doctrina que no corresponde a las aspiraciones de su alma.

Además, es evidente que es ésta una cuestión que afecta a todo el mundo, a juzgar por el interés que le presta la prensa de información general, especialmente en nuestro país. Los periodistas también se muestran perplejos. Citemos algunos títulos ai azar: "¿Morirá el cristianismo?", "¿Y si el tiempo trabajase contra la religión de Jesucristo?", "¿Habrá todavía sacerdotes en el año 2000?"

Quiero responder a estas preguntas, sin aportar a mi vez teorías nuevas, sino ateniéndome a la tradición ininterrumpida y sin embargo tan abandonada estos últimos años, que sin duda a muchos lectores les parecerá nueva.

Mons. Marcel Lefebvre.

(Continuará)

martes, 26 de enero de 2010

SANTA JUANA DE ARCO - PELICULA


Juana de Arco, pelicula dirigida por Christian Duguay
y protagonizada por Leelee Sobieski.

lunes, 25 de enero de 2010

sábado, 23 de enero de 2010

EXTREMA GRAVEDAD DEL PECADO DE BLASFEMIA


¿Qué es la blasfemia? Según la definición común de los teólogos, es “toda palabra injuriosa a Dios”.

I
CONSIDEREMOS LA PERSONA DEL OFENDIDO. EL BLASFEMO ATACA DIRECTAMENTE:

1.º Al omnipotente.- ¡Dios mío!, ¿con quién se las ha el hombre cuando blasfema? Se las ha directamente con Dios: Extendió su mano contra Dios, decía Job. “Blasfemo, preguntaba San Efrén. ¿no temes que en el momento en que tu boca profiere tales blasfemias baje el fuego del cielo y te consuma o se abra la tierra para devorarte?”

“¿Con que los demonios tiemblan al solo nombre de Cristo, exclama San Gregorio Nacianceno, y nosotros arrastramos por el barro de las blasfemias este nombre tres veces adorable?”

El vengativo trata con un semejante, pero el blasfemo diríase que se quiere vengar a Dios mismo, que hace o permite lo que le desagrada. Existe gran diferencia entre ofender el retrato del rey y ofender a la persona del rey; el hombre es la imagen de Dios, pero el blasfemo ofende a Dios mismo, dice San Atanasio.

Crimen de lesa Majestad divina.-Atacar una ley refrendada por el rey equivale a ofender a la misma persona del rey; lo primero es un pecado, y los segundo, hacerse reo de lesa majestad humana, por esto es castigado con la privación de la gracia regía y con horrendos castigos. ¿Qué decir, pues, de quien blasfema e injuria la Majestad de Dios? Ana la profetisa decía en su cántico: Si un hombre peca contra otro hombre, Dios interviene como árbitro; pero si el hombre peca contra Yahveh, ¿quién puede interceder por él? (1 Rey. 2, 25) Tan enorme es, por tanto, el pecado de la blasfemia, que se diría que los mismos santos se resisten a rogar por el blasfemo.

2.º El blasfemo ataca a Dios, su bienhechor.-Bocas sacrílegas hay que se atreven a blasfemar contra el Dios que les conserva la vida. “¡Cómo!, exclama San Juan Crisóstomo, ¿te atreves a maldecir al Dios que te colma de bienes y cuida de ti?” Desgraciados pecadores, ¿con que tenéis un pie en el infierno, de modo que si Dios, movido de compasión, no os conserva la vida, caeríais al fondo del abismo, y ¿aun no se lo agradecéis? Más aún: en lugar de agradecérselo, en el momento en que os colma de beneficios le respondéis con blasfemia. Si afrentado me hubiera un enemigo, yo lo soportaría (San. 54, 13). Si me injuriaras en el tiempo en que te castigo, aun lo toleraría; pero es que maldices en el tiempo en que te colmo de beneficios. “¡Lengua diabólica!, te grita San Bernardino de Siena, ¿Qué es lo que te excita a blasfemar de tu Dios, que te creó y rescató al precio de su sangre?”

3.º Ataca a Jesucristo, que merece todo nuestro amor.- Gentes hay que se atreven hasta a blasfemar expresamente de Jesucristo, el Dios que amó a las almas hasta el punto de morir por ellas en cruz para salvarlas. ¡OH cielos!, si no tuviéramos que morir, tendríamos que desear la muerte por Jesucristo para manifestar un poco de gratitud al Dios que se sacrificó por nosotros. Digo un poco de agradecimiento porque el sacrificio que pueda hacer de si misma una miserable criatura no puede parangonarse con el que Dios padeció por ella; y tú, lejos de amarlo y de bendecirlo, lo maldices, como se expresa San Agustín: “Los judíos flagelaron a Cristo y ahora la lengua blasfema de los malos cristianos es quien lo flagela”.

4º. Ataca a la Santísima Virgen María, siendo esta blasfemia la más prontamente castigada. –Otros blasfeman e injurian a la Santísima Virgen María, tierna madre que nos ama tanto e intercede siempre por nosotros. Dios castiga horriblemente a semejantes malvados. Cuenta Surio que un impío blasfemó de la Santísima Virgen y con un puñal destrozó su imagen que se hallaba en una iglesia; más no bien salido de la citada iglesia cayó sobre él un rayo y lo redujo a cenizas. El infante Nestorio blasfemó e indujo a otros a blasfemar contra María Santísima, defendiendo que no era verdadera Madre de Dios, y murió desesperado, con la lengua agusanada.

II
LA PERSONA DEL OFENSOR, QUE ES EL CRISTIANO

-¿Quién es este que habla blasfemia? ¡Un cristiano! Uno que recibió el santo bautismo, en el que su lengua quedó en cierto sentido consagrada. Escribe un doctor autor que en la lengua del bautizando se coloca sal bendecida para que se santifique y se acostumbre a bendecir a Dios; mas, andando el tiempo, esta lengua se trocará en espada que atravesará el corazón de Dios, como dice San Bernardino de Siena.

III
NATURALEZA DE LA BLASFEMIA

1º. Encierra la más grande malicia. –Añade San Bernardino de Siena que “no hay pecado que iguale al pecado de la blasfemia”; ya antes lo dijo San Juan Crisóstomo: “No hay pecado más horrible que la blasfemia, porque resume todos los crímenes y atrae todo género de castigos”. También San Jerónimo lo había dicho: “Nada más horrible que la blasfemia, hasta el punto de que después de la blasfemia todo pecado resulte ligero”.

Dígase igual de los pecados contra los santos y las cosas sagradas. –Nótese aquí que las blasfemias contra los santos, las cosas y los días santos, como los sacramentos, la misa, el día de Pascua y de Navidad, el Sábado Santo, etc., son de la misma especie que las blasfemias contra Dios, pues según enseña Santo Tomás, así como el honor que se tributa a los santos, a las cosas y días santos, dirígese, en fin de cuentas, a Dios, de igual manera, cuando se injuria a los santos, se injuria también a Dios, fuente de toda santidad. Y añade que este pecado es pecado máximo contra la religión.

La blasfemia.

2º. Su malicia es pura y sin mezcla.-Del texto antes citado de San Jerónimo se puede colegir que la blasfemia es mayor pecado que el hurto, que el adulterio y que el homicidio. Los demás pecados, dice San Bernardino, se pueden atribuir a debilidad e ignorancia, pero la blasfemia no tiene más explicación que su malicia, y, en sentir de San Bernardino de Siena, “los demás pecados provienen en parte de fragilidad y en parte de ignorancia, en tanto que el de la blasfemia no procede más que de su propia malicia”.

3º. Su malicia es infernal. –Realmente, en la blasfemia hay una voluntad mal dispuesta y cierto como odio a Dios, por lo que se puede comparar a los blasfemos con los demonios, cuyos labios no se abren para blasfemar, pues no tienen cuerpo, pero cuyo corazón blasfema maldiciendo la justicia de Dios, que los castiga. “Su blasfemia está en el corazón, dice San Tomás, consiste en el odio con que distinguen a la justicia divina”. Y añade esta coletilla el santo doctor: “Puede creerse razonablemente que, luego de la resurrección general, los blasfemos harán realmente retemblar con sus blasfemias el infierno, como los santos estremecerán de alegría los cielos con las alabanzas a Dios”. Razón tiene cierto autor para llamar a la blasfemia lenguaje del infierno, diciendo que el demonio es quien habla por boca de los blasfemos, como habla Dios por boca de los santos.

Cuando en el palacio de Caifás San Pedro renegaba de Jesucristo, protestando con juramento que no lo conocía, los judíos le respondieron que su lenguaje le delataba por uno de los discípulos de Jesucristo, puesto que hablaba como El: De verdad que también tú eres de ellos, pues tu modo de hablar te delata. Así puede decirse al blasfemo: Tú eres del país del infierno y aprovechado discípulo de Satanás, ya que hablas como los condenados. “La única ocupación de los réprobos en el infierno, dice San Antonio, es blasfemar y maldecir a Dios”, y en prueba de su aserto trae este texto del Apocalipsis: Se despedazaban los hombres las lenguas por la furia del dolor y blasfemaron contra Dios del cielo (Ap. 10, 10-11); y acaba diciendo: “Este vicio delata el estado de condenación, por ser oficio de condenados”.

4º. Añádase la malicia del escándalo. –Añádase a la malicia de la blasfemia la malicia del escándalo que la mayoría de las veces la acompaña, dado que se suele cometer exteriormente y en presencia de otras personas. San Pablo reprochaba a los judíos el que hubieran con sus pecados provocado las blasfemias que los gentiles proferían contra el Dios verdadero y el desprecio que mostraban contra su ley: El nombre de Dios por causa vuestra es blasfemado entre las gentes. Y ¿qué decir de los cristianos cuando con sus blasfemias incitan también a que sus hermanos blasfemen?

Se contagia espantosamente. -¿De qué depende que en algunas provincias no se oiga blasfemia alguna o rarísimas, y en otras reine, de modo que se pueda decir lo que decía Dios por Isaías: Continuamente todos los días es mi nombre injuriado? (Is. 52, 5) Y así, por las plazas y por las casas, en ciudades y en aldeas, no se oye más que la blasfemia. ¿Cómo se explica esto? Es que unos aleccionan a otros, los padres a su hijos, los amos a sus criados, los mayores a los niños.

Aun en el seno de las familias. –En ciertas familias especialmente diríase que se ha heredado el vicio de la blasfemia. El padre es blasfemo; los hijos y los nietos le imitan, y van sucediéndose en la herencia los sucesores. ¡Maldito padre! En vez de enseñar a tus hijos a bendecir a Dios, quieres enseñarles a blasfemar su santo nombre y el de sus santos. –Pero si yo les reprendo cuando los oigo blasfemar. –Y ¿de qué valen esa tus reprensiones, si les das mal ejemplo con tus palabras? Por caridad, por caridad, padres de familia, no volváis a blasfemar nunca, pero sobre todo cuando os oigan vuestros hijos, porque éste es tan grave pecado que no sé cómo lo soportará Dios. Y cuando oigáis blasfemar a un hijo vuestro, reprendedlo ásperamente y hasta, como dice San Juan Crisóstomo, “rompedle la boca, santificando así vuestra mano”. Padres hay que se irritan cuando sus hijos no les obedecen lo pronto que ellos quisieran, y les golpean; y si luego les oyen blasfemar de los santos, se ríen de ellos o se callan.

Ejemplo terrible. –He aquí lo que cuenta San Gregorio de un niño de cinco años tan sólo, descendiente de una de las más nobles familias romanas. Solía este niño blasfemar el santo nombre de Dios, sin que su padre le corrigiera nunca. Un día que el niño acababa de blasfemar se vio asaltado de unos negros; él acudió a abrazarse a su padre, pero se trataba de otros tantos demonios, que lo arrancaron del regazo paterno, lo mataron allá mismo y se lo llevaron al infierno.

El castigo del blasfemo.

TERRIBLE RIGOR CON QUE DIOS CASTIGA EL VICIO
DE LA BLASFEMIA

I
EN EL INFIERNO CASTIGO ESPECIAL

-¡Ay de la nación pecadora del pueblo cargado de culpa, ralea de malvados, hijos pervertidos! Han abandonado a Yahveh, han despreciado al Santo de Israel. (Is. 1, 4). ¡Ay, por tanto, de los blasfemos y ay de ellos por toda la eternidad!, porque, como dice Tobías, malditos serán todos los que te aborrecen. Dios dijo por boca de Job: Ya que tu falta inspira tu boca y adoptas el lenguaje de los astutos, tu boca te condena, y no yo, y tus labios testifican contra ti. Cuando pronuncie la sentencia de condenación dirá el Señor: “Yo no soy quien te condeno al infierno, sino quien te condena es tu misma boca, con que te atreviste a maldecirme tanto a mí cuanto a mis santos”. Los desgraciados continuarán con sus blasfemias en el infierno para su mayor pena, pues las mismas blasfemias les recordarán siempre que por ellas se condenaron. Terribles serán, pues, los castigos de los blasfemos en el infierno.
II
EN LA TIERRA

1º. Justo rigor de las leyes. –La ley antigua mandaba que todo el pueblo apedreara a los blasfemos: Y el blasfemador del nombre de Yahveh morirá sin remisión; toda la comunidad lo lapidará irremisiblemente (Iv. 24, 16). En la ley nueva las Constituciones imperiales de Justiniano imponían también la pena de muerte. San Luis Rey de Francia mandaba taladrar la lengua de los blasfemos y que se les señalara la frente con un hierro candente; si no bastaba este primer castigo para su enmienda, eran irremisiblemente condenados a muerte. Otros códigos excluían a los blasfemos por infames y les prohibían ser testigos en juicio. Finalmente, leemos en la Constitución del Papa Gregorio XIV que antiguamente se privaba a los blasfemos de la sepultura.

2º. Maldición divina. –Véanse ahora algunos de los males dimanados de la blasfemia, según consta de una Constitución del emperador Justiniano: “De la blasfemia proviene el hambre, los terremotos y la peste”. ¿Te atreves, pues, a quejarte, blasfemo, de que trabajas y afanas y, a pesar de ello, no tienes éxito? -¡No sé lo que me pasa, que siempre me veo en la miseria! ¿Qué es eso de excomuniones? ¿Pero aun no sabes lo que es? Pues sencillamente la maldita blasfemia que tienes a flor de labios y que te hace siempre maldito de Dios y empobrecido.

3º. Triste fin. Ejemplos. -¡Cuántos ejemplos funestos se pondrían aducir de blasfemos muertos malamente! Cuenta el P. Séñeri que en Gascuña dos hombres blasfemaron de la sangre de Jesucristo y poco después fueron asesinados en una reyerta y fueron devorados por los perros. –En Méjico, cierto blasfemo, reprendido caritativamente, exclamo: “Pues ahora voy a blasfemar aún más”; pero el día siguiente se le pegó la boca al paladar y murió así el desgraciado, sin dar señales de arrepentimiento. –Refiere Dresselio que un blasfemo quedó ciego de repente. –Otro que blasfemaba contra San Antonio fue abrasado por una llama que salió de la estatua del santo. –Refiere Sarnelli en su libro contra la blasfemia que en Constantinopla un blasfemo comenzó a desgarrarse las carnes, como perro rabioso, muriendo de esta manera. –Tomás de Cantimpré cuenta de un tal Simón, de Tournai, que en una blasfemia volviéronsele convulsivamente los ojos, cayó por tierra y se puso a mugir como un buey hasta que murió. –Léese en el Mercurio Galicano que un reo condenado a la horca y llamado Miguel, al tiempo en que le ahorcaban blasfemó, y vieron los concurrentes cómo se le separaba la cabeza del tronco y de la boca salía la lengua negra como carbón. –Para no cansaros más omito la relación de otros ejemplos terribles que se pueden leer en el citado libro del P Sarnellí.

PERORACIÓN

1º. Refutación de las excusas. –Concluyamos. Decidme, blasfemos, si alguno hubiera, ¿qué ganáis con vuestras malditas blasfemias? No podéis disfrutar de gusto alguno, dice San Roberto Belarmino, porque es éste vicio que se comete sin algún género de placer, ya que no halaga a ninguno de los sentidos. No sacáis de él provecho aluno, porque, como ya apunté, la blasfemia es criadero de pordioseros. No reportáis honor, pues los mismos compañeros blasfemos, cuando blasfemáis, se horrorizan y os llaman bocas del infierno. Decidme, pues, por qué blasfemáis. –Padre, porque tengo esta costumbre. – Y ¿qué? ¿Es que la costumbre puede excusar ante Dios? Si un hijo apaleara a su padre y dijese: Perdone, padre, que lo hago llevado de la costumbre, ¿sería excusa suficiente? Dices que blasfemas arrastrado por la ira que te provocan los hijos, la mujer o el amo… ¡Como! Tu mujer y tu amo son quienes te irritan, y ¿tú la emprendes con Dios? ¿Qué mal te ha hecho Dios? Si El es quien te colma de beneficios y, esto no obstante, ¿aun te atreves a blasfemar de El? ¿Qué culpa tienen los santos? Ellos interceden delante del Señor por ti. Y ¿tú aún blasfemas de ellos?

2º. Medios para triunfar en la blasfemia. –La blasfemia es en mí una tentación del demonio. –Pues si el demonio te tienta, haz como hacía cierto joven, que fue a buscar al abad Pemén, quejándose de que el demonio le tentaba incesantemente de blasfemia: El abad le respondió que entonces respondiera así al demonio: “¿Y por qué voy yo a blasfemar contra Dios, que me creó y colmó de tantos bienes? Al contrario, siempre le quiero alabar y bendecir”. Así dejó el demonio de tentarlo. En los momentos de cólera, ¿no habrá más palabras que blasfemias? En vez de éstas di: ¡Maldito sea el pecado! Y si por desgracia te acostumbraste a blasfemar en el pasado, al menos en lo futuro, al levantarte, renueva los propósitos de violentarte para no blasfemar en el día, y a continuación reza tres avemarías a la Santísima Virgen María para que te alcance la gracia de resistir a las tentaciones que te asaltaren.

Del libro: PREPARACIÓN PARA LA VIDA ETERNA de San Alfonso María Ligorio.

viernes, 22 de enero de 2010

¿QUÉ ES LA TRADICIÓN?


La Tradición es la palabra de Dios no escrita, sino transmitida de viva voz por los apóstoles y que ha llegado hasta nosotros por la enseñanza de los Pastores de la Iglesia.

La Sagrada Escritura no es el único depósito de revelación cristiana. Los apóstoles no escribieron todas las verdades que habían aprendido de boca de su divino Maestro. Muchas hay que enseñaron de viva voz a los primeros obispos, y éstos, a su vez, las transmitieron a sus sucesores.

Llámase Tradición, ya el conjunto de estas verdades así transmitidas, tradición objetiva; ya el órgano de transmisión de estas verdades, tradición subjetiva.

El órgano de la transmisión de las verdades no escritas no es otro que el magisterio de la Iglesia.

I. Los apóstoles no escribieron toda la doctrina de Jesucristo.
a) La predicación era el medio indicado por Jesucristo mismo para la propagación del Evangelio. Los apóstoles no habían recibido la misión de ESCRIBIR la doctrina de Jesucristo, sino la de PREDICARLA a todo el universo. Ni siquiera escribieron un resumen sucinto de la doctrina cristiana: su símbolo fue enseñado de viva voz y recitado de memoria hasta el siglo VI. Por eso hacen depender la fe, no de la lectura de la Biblia, sino de la audición de la palabra de Dios: Fides ex auditu, auditus autem per verbum Dei. (San Pablo.)

b) Sin embargo, algunos apóstoles escribieron una parte de las enseñanzas del divino Maestro; pero no nos presentan sus escritos como un cuerpo completo de la doctrina cristiana. Los evangelistas no relatan sino algunas enseñanzas de Jesucristo y los hechos principales de su vida; los autores de las Epístolas se limitan a explicar ciertos puntos de dogma o de moral.

San Lucas nos dice que Jesucristo, después de su resurrección, pasó cuarenta días con sus apóstoles, dándoles instrucciones sobre el reino de Dios, es decir, sobre su Iglesia, y el Evangelio no dice ni una palabra de estas instrucciones.

San Juan, el último de los evangelistas, hace esta notable advertencia: "Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, que si se escribiesen una por una ni aún en el mundo pienso que cabrían los libros que se habrían de escribir" (*) .

c) Por lo demás, la existencia de la Tradición, está probada por el uso mismo de aquellos que la rechazan. Los PROTESTANTES aceptan la inspiración divina de la Biblia, la substitución del domingo al sábado, el bautismo de los niños, etc. Pero estas verdades y prácticas no son conocidas sino por tradición: los Libros Santos no hablan de ellas. La palabra de Dios no está, pues, contenida exclusivamente en la Biblia.

Entre las verdades que no son conocidas, sino por Tradición se pueden citar la inspiración de los Libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, la designación de los Libros canónicos, el número exacto de los Sacramentos, la obligación de bautizar a los niños antes del uso de razón, la de santificar el domingo en vez del sábado, la validez del bautismo conferido por los herejes, el culto de los Santos y de las Reliquias, la doctrina de acerca de las indulgencias, la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma al cielo, etc. De este modo la Tradición completa y explica las Sagradas Escrituras.

II. ¿Dónde se encuentran consignadas las enseñanzas de la Tradición?
Las verdades enseñadas oralmente por los apóstoles fueron escritas más tarde y transmitidas por los diversos medios de que se vale la Iglesia para manifestar sus creencias.

La Tradición apostólica fue consignada sucesivamente en los símbolos, en los decretos de los Concilios, en los escritos de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, en los libros litúrgicos, en las Actas de los mártires y en los monumentos del arte cristiano.

a) Símbolos. Los símbolos (o credos) de los apóstoles, de Nicea, de san Atanasio, demuestran el origen apostólico de los dogmas que contienen.

b) Concilios. Los Concilios generales son la voz de la Iglesia universal. Todos han basado sus decisiones sobre la enseñanza anterior y, particularmente, sobre la de los primeros siglos. Su doctrina no puede diferir de la de los apóstoles.

c) Escritos de los Santos Padres. Los escritos de los Santos Padres son el gran canal de la Tradición divina. Llámanse Padres de la Iglesia los escritores eclesiásticos de los primeros siglos, reconocidos como testimonios de la Tradición. Para tener derecho a este título se requieren cuatro condiciones: una doctrina eminente, una santidad notable, una remota antigüedad y el testimonio de la Iglesia.

Los primeros Padres que han consignado por escrito las Tradiciones apostólicas son: san Clemente de Roma, el año 100. San Ignacio de Antioquía, martirizado el año 107. San Policarpo, mártir (166). San Justino, filósofo y mártir (166). San Ireneo, obispo de Lión (202). San Clemente de Alejandría (217), etc.

Sus contemporáneos, Tertuliano, Orígenes, Eusebio, etc. no son más que escritores eclesiásticos, porque su santidad no fue comprobada. Si, a veces, se les da el nombre de Padres, es debido a su antigüedad y al brillo de su doctrina.

* Los Padres de la Iglesia se dividen en dos categorías:
Padres griegos y Padres latinos.

** Los principales Padres griegos son:
San Atanasio, patriarca de Alejandría (296-373). San Basilio, arzobispo de Cesárea (329-379). San Gregorio, arzobispo de Nacianzo (329-389). San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla (347-407).

**Los principales Padres latinos son:
San Ambrosio, arzobispo de Milán (340-397). San Hilario, obispo de Poitiers, muerto en 367. San Jerónimo, presbítero, traductor de la Biblia (346-420). San Agustín, obispo de Hipona (358-430). San Gregorio Magno, Papa (543-604).

Los Padres pueden ser considerados como testigos de la Tradición y como doctores de la Iglesia. Como testigos poseen una autoridad especial. Cuando todos, y aún cuando varios, presentan una doctrina como perteneciente a la Tradición apostólica, merecen el asentimiento de nuestra fe. Y, a la verdad, es imposible que autores de diversos países, de diversas nacionalidades, de diversos siglos, se hayan puesto de acuerdo para consignar en sus obras las mismas creencias, si no las hubieran recibido de la Tradición apostólica.

Cuando los Santos Padres hablan simplemente como doctores, exponiendo sus ideas propias o tratando de probar la doctrina cristiana, merecen un gran respeto, pero no un asentimiento incondicional, porque su enseñanza no se identifica con la de la Iglesia.

d) Doctores de la Iglesia. Entre los Padres, los más ilustres por su doctrina y por los servicios prestados a la ciencia sagrada, llevan el título de doctores.

La Iglesia confiere también este título a ciertos escritores eminentes en santidad y en doctrina, que no pueden ser enumerados entre los Padres por haber vivido en época demasiado apartada de los tiempos apostólicos. Los más sabios son: santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, san Alfonso María de Ligorio, san Francisco de Sales, etc.

e) Libros litúrgicos. Las verdades enseñadas por los apóstoles hállanse también en los libros litúrgicos. El Misal, el Pontifical, el Ritual, el Breviario, etc, contienen las oraciones, las ceremonias en uso para el Santo Sacrificio, la administración de los Sacramentos, la celebración de las fiestas. Estos libros, que datan de los primeros siglos, tienen suma importancia, por ser testimonio, no de opinión de algunos hombres, sino de la fe de toda la Iglesia.

f) Actas de los mártires. Estas Actas, al darnos a conocer las verdades que los mártires sellaron con su sangre, nos brindan pruebas incontestables de la fe primitiva de la Iglesia.

g) Monumentos públicos. Las inscripciones, grabadas en los sepulcros o en los monumentos públicos, atestiguan la creencia de los primeros cristianos acerca del bautismo de los niños, la invocación de los Santos, el culto de las imágenes y de las reliquias, la oración por los difuntos, etc. Así los confesionarios hallados en las Catacumbas de Roma prueban la divina institución de la confesión sacramental. Estos testimonios tienen tanto mayor valor cuanto que su antigüedad no puede ser puesta en duda.

III. Autoridad de la Tradición.
¿Tiene la Tradición la misma autoridad que la Sagrada Escritura? Si; la Tradición posee la misma autoridad, porque es igualmente la palabra de Dios. Y con razón, pues consiste en las verdades que Dios ha revelado y que nos conserva mediante la enseñanza infalible de la Iglesia.

Por eso el Concilio de Trento "recibe con igual respeto y amor TODOS LOS LIBROS del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuyo autor es Dios, y TODAS LAS TRADICIONES que se refieren a la fe y a las costumbres, como dictadas por boca de Jesucristo o por el Espíritu Santo y conservadas constantemente en la Iglesia católica".

"Fácil cosa es distinguir, por medio de las siguientes reglas, las Tradiciones divinas de las que tienen un origen puramente humano:

a) Toda doctrina no contenida en la Escritura y admitida como fe por la Iglesia, pertenece a la Tradición divina. Según esta regla, reconocemos como inspirados por Dios todos los libros canónicos.

b) Toda costumbre de la Iglesia que se encuentra en todos los siglos pasados, sin que pueda atribuir su institución a ningún Concilio ni a ningún Papa, debe ser considerada como instituida por los apóstoles. De acuerdo con esta regla, consideramos como de institución apostólica el ayuno cuaresmal, la señal de la cruz, etc.

c) El consentimiento unánime, o casi unánime, de los Padres acerca de un dogma o de una ley de la que no se habla en la Sagrada Escritura, es una señal infalible de que este dogma o esta ley pertenecen a la Tradición divina y de que los apóstoles la han enseñado después de haberla aprendido de Jesucristo".

Autor: P. A. Hillaire. De su obra La Religión Demostrada
(*) Juan, XXI, 25.
Tomado de Catolicidad.

EL MENSAJE DE JUAN PABLO II Y EL MILAGRO DE PÍO XII


Andrea Tornielli, prestigiado vaticanista, acaba de publicar un interesante escrito en Il Giornale que denomina "Rivelazione: Wojtyla delegò Papa Pio XII a fare il miracolo" y que con el título “El milagro de Pío XII y el rol de Juan Pablo II”, traduce íntegro el blog La Buhardilla de Jerónimo.

Se refiere a un presunto milagro atribuido a la intercesión de Pío XII que podría llevar, en tiempos relativamente breves, a la beatificación al Papa Pacelli. Se trata de la curación de una joven madre de un linfoma maligno. El caso está siendo atentamente analizado por la postulación de la causa y por la diócesis de Sorrento-Castellammare di Stabia, donde ha ocurrido.

Tornielli narra el siguiente suceso:

Poco tiempo después de la muerte del Papa Wojtyla. Una joven pareja que ya ha tenido dos niños, espera un tercero. Para la madre de treinta y un años, que es maestra, el embarazo se presenta difícil: tiene fuertes dolores y los médicos no logran inicialmente comprender el origen de sus molestias. Finalmente, después de muchos análisis y una biopsia, se le diagnostica un linfoma de Burkitt, tumor maligno del tejido linfático más bien agresivo, que frecuentemente aparece en los huesos mandibulares y se extiende a las vísceras del abdomen y la pelvis y al sistema nervioso central. La espera de la nueva vida que la mujer lleva en su seno se transforma en un drama. El marido de la mujer comienza a rezar al Papa Wojtyla, fallecido poco tiempo atrás, para pedirle que interceda por su familia. Una noche, el hombre ve en sueños a Juan Pablo II. “Tenía el rostro serio. Me dijo: «Yo no puedo hacer nada, debéis rezar a este otro sacerdote...». Me mostró la imagen de un sacerdote delgado, alto, flaco. Yo no lo reconocí, no sabía quién era”. El hombre permaneció preocupado por el sueño pero no pudo identificar al sacerdote que Wojtyla le indicó. Pocos días después, abriendo casualmente una revista, encontró una foto del joven Eugenio Pacelli que llamó su atención. Era el que había visto retratado en el sueño.

Se pone en marcha una cadena de oración para pedir la intercesión de Pío XII. Y la mujer se sanó, después de los primeros tratamientos. El resultado es considero tan importante que los médicos piensan en un posible error en el diagnóstico inicial. Pero los exámenes y las carpetas clínicas confirman la exactitud de los resultados de los primeros análisis. El tumor desapareció, la mujer está bien, tuvo su tercer hijo, y volvió a su trabajo y escuela. Luego de dejar pasar un poco de tiempo, es ella quien se dirige al Vaticano para señalar su caso.

Una confirmación del vicario general de la diócesis de Sorrento-Castellammare di Stabia, don Carmine Giudici: “Es todo cierto – ha declarado a Petrus -, la Santa Sede nos ha comunicado un milagro por intercesión de Pío XII. El arzobispo Felice Cece ha decidido, por lo tanto, instituir en días el correspondiente Tribunal diocesano”. Este tribunal será el que examine el caso para formular una primera sentencia. Si es positiva, los documentos pasarán a Roma, a la Congregación para las Causas de los Santos: aquí deberán ser estudiados primero por la Consulta médica, llamada a pronunciarse sobre la imposibilidad de explicar la curación. Si también los médicos que colaboran con la Santa Sede dicen sí, el caso de la madre sanada será discutido primero por los teólogos de la Congregación, luego por los cardenales y obispos. Sólo después de haber superado estos tres grados de juicio, el dossier sobre el presunto milagro llegará al escritorio de Benedicto XVI, que decidirá sobre el reconocimiento final. Entonces, y sólo entonces, el Papa Pacelli podrá ser beatificado.

La institución de un Tribunal diocesano y la eventual llegada de la documentación al dicasterio que estudia los procesos de beatificación y canonización no significan ningún reconocimiento sino sólo que el caso en cuestión es juzgado interesante y digno de atención. Por lo tanto, es totalmente prematuro predecir desarrollos, aún más imaginar fechas. Lo que impresiona, en la historia de la familia de Castellammare di Stabia, es el rol que tuvo en el asunto el Papa Wojtyla, que en sueños habría sugerido al marido de la mujer rezar a aquel “sacerdote delgado”, que luego se revelaría como Pacelli.

Hasta aquí la cita de Andrea Tornielli.

A la muerte de Juan Pablo II muchas personas exclamaban en Roma “¡Santo súbito!”. Indudablemente el carisma que irradiaba el Papa Wojtyla y el cariño del pueblo romano hacia él, los llevaba a casi exigir su canonización. La Santa Sede se vio presionada por ello. Se inició de inmediato la causa que lo llevó, luego, a ser nombrado recientemente –junto a Pío XII- como venerable. El nombramiento de “venerable” es el primer paso que en todo proceso precede a la beatificación y, luego, si Dios lo dispone, a la canonización. No todo venerable ni todo beato alcanza necesariamente la canonización. Sólo hasta ésta la Iglesia declara que alguien se encuentra gozando de la visión de Dios por toda la eternidad. Para que el Papa Pacelli fuese nombrado venerable pasó más de medio siglo, lo que contrastó con el expedito proceso de Juan Pablo II de sólo cuatro años. Mientras que el último Papa santo, Pío X, tardó cuarenta años en ser canonizado.

La Iglesia siempre ha actuado con suma prudencia y sin prisa en estos procesos, pues sabe que el estudio sobre la santidad de una persona requiere no sólo tiempo sino, también, el suficiente paso del mismo para tener una mejor perspectiva y un análisis más exacto. En realidad no se trata ni de medir popularidades, cariños o admiraciones del pueblo, sino de conocer y estudiar la vida y la santidad personal de cada persona.

Recordamos que en alguna ocasión el papa Juan Pablo II, ante una multitud, entonó –en polaco- alguna canción que su madre le cantaba cuando niño, al terminar el pueblo lo aclamó vehementemente. El Papa les dijo: “Aplauden pero no entienden”. Hemos llegado a pensar si el Papa no sólo hablaba del idioma polaco que desconocían sus oyentes, sino que aprovechó esta circunstancia para decir algo de más fondo: gran parte de esas multitudes que lo aclamaban, paradójicamente lo desobedecían en aspectos tan fundamentales como la contracepción y las relaciones prematrimoniales, y muchos ponían en duda las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia. ¡Aplaudían pero no entendían o no querían entender! Tan es así, que en algún encuentro con jóvenes –no recordamos ya la nación- les preguntó: “¿renuncian al sexo?” (se refería a las relaciones fuera del matrimonio) y la multitud de jóvenes le contestó que ¡no! Pensó el Papa que tal vez había planteado mal su pregunta y que no había sido bien interpretado, y volvió a reformularla ¡para recibir de nuevo la misma contundente respuesta! La tristeza y el desconcierto se sembraron en el rostro del Pontífice.

Lo anterior viene a colación por los gritos de “¡santo súbito”! de multitudes que aclamaban pero, que en su mayoría, en realidad no seguían en todo al Papa. Varias encuestas entre los propios católicos practicantes lo demuestran (más aún en aquellos que se dicen creyentes pero no practicantes). ¿Cuántos de quienes se emocionaban hasta las lágrimas ante la presencia carismática de Juan Pablo II eran realmente seguidores y creyentes de todas las enseñanzas morales y de los dogmas que la Iglesia enseña? Sin duda había muchos, pero eran la minoría.

De ahí que nos preguntamos el significado que pueda tener la aparición entre sueños del Papa Wojtyla diciendo: «Yo no puedo hacer nada, debéis rezar a este otro sacerdote...», mostrando una imagen de Papa Pacelli. Aparición que parece comprobarse como fidedigna por la realización de lo que sería –falta el juicio de la Iglesia- un verdadero milagro de S.S. Pío XII.

No parece lógica una deferencia entre pontífices en el Cielo. Esas atenciones se realizan sólo en la tierra y no parecen propias de hechos sobrenaturales. No resulta creíble una simple deferencia natural (“después de ti…”) de un papa hacia otro -por voluntad unilateral- en apariciones preternaturales. «Yo no puedo hacer nada...», dijo. ¿Quién puede obrar un milagro? Sólo Dios. Los santos son sólo intercesores. Lo dicho por Juan Pablo II parece referirse a que él no lograría ese milagro de Dios y que a quien debería de solicitársele su intercesión era a un predecesor suyo: Pío XII. Esta petición es de creerse que lógicamente expresaba, sobre todo, la voluntad divina. ¿Dios quería que el intercesor fuese el Papa Pacelli de quien después de más de medio siglo se había mantenido su causa en punto y coma, y que hasta ahora toma de nuevo un encauzamiento al ser nombrado venerable por Benedicto XVI? ¿Es un signo de que el proceso “súbito” –algo fuera de lo común- de S.S. Juan Pablo II debería seguir un curso de tiempo normal, para que se haga un análisis -con la debida distancia histórica- como los realizados con otros papas canonizados? Dice Andrea Tornielli que “casi parecería que Juan Pablo II hubiese querido, de algún modo, ayudar a la causa de su predecesor”. No parece lógica ésta conjetura por lo ya dicho. ¿Meras deferencias y atenciones naturales en fenómenos preternaturales?

Quizá se podría pensar en que Dios quería que la causa de Pío XII se desbloquease (el nombramiento de “venerable” fue posterior al milagro -arriba comentado- que se le atribuye y que quizá podría ser definitivo para declararlo beato) y que se hicieran a un lado las calumnias que quieren pesar en contra de su proceso y las inconformidades de muchos judíos que las sostienen. Tal vez sea un llamado, también, a que los procesos se sigan con el tiempo –sin prisa- acostumbrado tradicionalmente por la Iglesia y que se hagan a un lado las presiones y las simpatías de multitudes que muchas veces siguen más el carisma, el liderazgo y la cualidades de una personalidad, que la doctrina que sustenta y enseña la Iglesia (¡aplauden pero no entienden!). ¿No convendría seguir la habitual prudencia que siempre ha habido… si, además, en las canonizaciones no se trata de un mero asunto de simpatías particulares por alguna persona, por muchas cualidades que haya tenido y que la muchedumbre admire? Fundamentalmente la Iglesia no debe tener prisa en estas cuestiones ni sentirse presionada.

Tomado de: Catolicidad.

jueves, 21 de enero de 2010

MARTA ROBIN Y LA EUCARISTÍA


Marta Robin, era una campesina de las campiñas francesas. Por treinta años no recibió ni comida ni bebida, nutriéndose sólo de la Eucaristía, y todos los viernes revivía en los estigmas los dolores de la Pasión de Jesús.



miércoles, 20 de enero de 2010

BENEDICTO XVI: ¿"BEATIFICACIÓN" DEL INTERNACIONALISMO CASTRISTA?


1) El discurso de Benedicto XVI de recepción de las cartas credenciales del nuevo embajador de Cuba comunista, Eduardo Delgado Bermúdez fue poco divulgado por la prensa y prácticamente no recibió comentarios.

2) No obstante, la referida alocución merece la máxima atención porque muestra una faceta hasta ahora poco realzada del pontificado de Benedicto XVI, considerado por muchos como conservador; porque constituye una reafirmación de la incomprensible política de distensión de la diplomacia vaticana con relación al régimen cubano desde los primeros años de la sangrienta revolución, diplomacia que no puede haber dejado de tener un papel y una responsabilidad fundamentales en la redacción de esta alocución; y porque las palabras del Pontífice podrán tener consecuencias serias, no solamente para el futuro de Cuba comunista, sino para el de América Latina, en la medida en que de una u otra manera beneficien al “eje del mal” chavista-castrista-evista-correísta-orteguista.

3) El Santo Padre, después de referirse con deferencia al dictador Raúl Castro, realza el “decidido protagonismo” que Cuba comunista continuaría teniendo en el “contexto político” de América Latina. En ese sentido, en el texto leído por el Pontífice se elogia que el régimen cubano “sigue ofreciendo a numerosos países su colaboración”, con una actitud que favorecería e impulsaría “la cooperación y la solidaridad internacionales“. Según parece interpretar el Pontífice, esa cooperación y solidaridad internacionales serían desinteresadas, leales y sinceras al punto de que no estarían supeditadas “a más intereses que la ayuda misma a las poblaciones necesitadas”.

4) Sin embargo, con el máximo respeto debido a la benevolencia papal, tal como se verificará a continuación, la interpretación de un alegado desinterés cubano se ve desmentida flagrantemente por la propia definición de “internacionalismo” incluida en la Constitución de ese país, una definición que por cierto no es nada desinteresada y no se reduce a una simple intención de “ayudar” a los “necesitados”.

Ya en su Preámbulo, la Constitución de Cuba deja claro su sentido intrínsecamente maléfico cuando define al “internacionalismo proletario” como la matriz inspiradora de las numerosas aventuras revolucionarias impulsadas en tantos países de América Latina y África, calificadas de “heroicas” por la misma Constitución pero que, en realidad, como se sabe, fueron y continúan siendo sinónimo de sangre, revoluciones y más miseria para los necesitados.

Para no dejar dudas, la Constitución comunista, en su artículo 12, retoma y “hace suyos” los “principios internacionalistas” ensalzados en el Preámbulo, dejando claro que ellos van de la mano, sin separación posible, con los “principios antiimperialistas” (numeral 2), o sea, revolucionarios. Y llega en el mismo artículo a justificar no solamente la “legitimidad” de “resistencia armada” sino que también asume el “deber internacionalista” (numeral 4) de solidarizarse con esos movimientos revolucionarios, algo que Cuba comunista ha cumplido al pie de la letra, de la manera más cruel posible.

5) En descargo de lo anterior, podría argumentarse que la alocución pronunciada por Benedicto XVI se refiere específicamente a dos “áreas vitales”, definidas en dicho discurso, respectivamente, como la “alfabetización” y la “salud”. En realidad, lo anterior difícilmente constituiría un descargo sino, más bien, una circunstancia agravante. En efecto, tal como han demostrado numerosos estudios académicos, y como la propia Constitución cubana lo reconoce, la educación y la salud, esos tan mentados y publicitados supuestos “logros” del comunismo cubano, han sido dos tenazas satánicas de control psicológico, mental y social de jóvenes y adultos, durante cinco largas décadas de revolución castrista. Por ello, internacionalizar esas tenazas psicológicas, como lo está haciendo el régimen en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y otros países del “eje del mal” latinoamericano, es de suma gravedad.

Si hubiera alguna duda al respecto, el artículo 39 de la actual Constitución la disipa: el Estado comunista “fomenta y promueve la educación” exclusivamente en función del “ideario marxista”, con el implacable objetivo de “promover” la “formación comunista de las nuevas generaciones” (numerales 1 y 3), en realidad, una suprema deformación espiritual y moral.

¿Cuál sería entonces la esencia de ese “protagonismo” cubano aludido en el discurso de Benedicto XVI? ¿La paz, el bien y la prosperidad cristiana? ¿O el caos, la subversión y todas las demás formas de neorrevolución anticatólica inspiradas e impulsadas desde Cuba? ¿Cómo entender el destaque papal a ese “protagonismo”, en un contexto explícitamente elogioso, casi se diría de “beatificación” del internacionalismo cubano?

6) Pero las dolorosas sorpresas del discurso papal no son solamente esas. A continuación, pareciera que el Pontífice trata de atenuar la verdadera causa de la situación de extrema miseria de Cuba comunista, diluyéndola en la “grave crisis internacional”, los “devastadores efectos” de los “desastres naturales” y el denominado “embargo económico” estadounidense. Al mismo tiempo, omite la causa profunda de la miseria cubana, que es un sistema económico que aplica un implacable “embargo interno” contra la población a través de la abolición de la propiedad privada y la asfixia de la libre iniciativa.

7) Respecto de los “signos concretos” de “apertura al ejercicio de la libertad religiosa” que el Pontífice destaca como aspectos favorables de la situación de los católicos cubanos, me permito recordar el nefasto artículo 62 de la Constitución, que constituye un implacable “torniquete” jurídico-penal contra todas las “libertades”, inclusive y principalmente la “libertad religiosa”, que cínicamente ofrece a los desdichados habitantes de la isla-cárcel. Ese artículo literalmente constituye una amenaza: “Ninguna de las libertades” reconocidas a los cubanos podrá ser ejercida “ni contra la existencia y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo”, advirtiendo que “la infracción de este principio es punible”. En Cuba del dicho al hecho nunca ha habido mucho trecho. Esa “punición” se ha hecho realidad contra centenas y millares de opositores que han sido asesinados en el “paredón” o que han pasado por las mazmorras del régimen; contra tantos otros presos políticos que permanecen en ellas; contra las Damas de Blanco, que son madres, esposas y hermanas de prisioneros políticos, humilladas y apaleadas en las calles de La Habana; e inclusive recientemente contra jóvenes blogueros de la isla.

8) El 6 de agosto de 1984, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger, en su “Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘teología de la liberación’”, diagnosticaba de manera clara y categórica, como si estuviera describiendo la realidad cubana de hoy: “Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. No se puede ignorar esta vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad se mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre”. Y concluía el actual Pontífice de manera estremecedora: “Quienes se vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan a los pobres que intentan servir”.

Hoy, 26 años después de haber inspirado, dictado y firmado ese brillante análisis, la pregunta que se coloca es si en la mente del entonces prefecto de tan alta Congregación romana y actual Pontífice, Cuba comunista continúa siendo, o no, una “vergüenza de nuestro tiempo”. Si Cuba continúa siéndolo, ¿cómo comprender, en ese contexto, las afirmaciones arriba consignadas de la reciente alocución papal al nuevo embajador cubano? Si, por el contrario, Cuba comunista hubiese dejado de ser una “vergüenza de nuestro tiempo”, ¿cuáles serían las altísimas razones que habrían inspirado un tal viraje interpretativo de 180 grados respecto de aspectos intrínsecos a ese régimen?

9) Podrían comentarse otros aspectos no menos importantes del discurso papal, que, lamentablemente, no son menos dolorosos. Esos comentarios, invariablemente respetuosos, podrán ser efectuados en otra oportunidad, si las circunstancias así lo exigen.

10) Consigno finalmente el estremecimiento que me causó la alusión a las relaciones “nunca interrumpidas” entre la Santa Sede y el régimen cubano. Se fueron sucediendo en mi memoria, como en un trágico film, episodios de décadas de política de distensión del Vaticano con Cuba comunista, con la peregrinación de tantos altos prelados, cardenales y secretarios de Estado, incluyendo el actual, varios de los cuales llegaron a hacer rasgados elogios al tirano Fidel Castro y a supuestos “logros” del régimen; así como tantos lances de colaboración comuno-católica, encabezados por el actual cardenal de La Habana, monseñor Jaime Lucas Ortega y Alamino. También, evocando ese período de relaciones “nunca interrumpidas”, resonaron en mis oídos, como si fuera hoy, los gritos de jóvenes mártires católicos, fusilados en el “paredón” de la siniestra La Cabaña, que morían proclamando “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!” Y recordé el episodio de los tres jóvenes hermanos García Marín, que en diciembre de 1980 buscaron asilo en la Nunciatura de La Habana, siendo posteriormente retirados de allí con promesas de libertad y de seguridad individual, por personas que ingresaron vestidas con ropas eclesiásticas, en el propio automóvil de la Nunciatura. En realidad, no eran eclesiásticos y sí agentes de la policía política cubana que los arrancaron de la Nunciatura mediante engaño, para ser salvajemente torturados y finalmente fusilados. Narro ese episodio en mis Memorias y, hasta hoy, no he sido desmentido (cf. A. Valladares, “Contra toda esperanza”, Plaza & Janés, Barcelona, 1985, cap. 48, pág. 416).

11) Ya lo he expresado en anteriores artículos sobre la política de distensión del Vaticano con el régimen cubano, y lo reitero con especial énfasis en este respetuoso y angustiado análisis: en cuanto católico, en cuanto cubano y en cuanto ex preso político me duele enormemente efectuar este tipo de públicas consideraciones, que hago como un descargo ineludible de mi conciencia, con toda la veneración debida a la Cátedra de Pedro. Ello produce un dolor y dilaceración quizá mayores que las peores torturas físicas que recibí durante 22 años en las mazmorras cubanas, porque el sufrimiento espiritual es más profundo inclusive que el físico.

Armando F. Valladares

http://www.cubdest.org/

Nota catapúltica

El autor es escritor, pintor y poeta. Pasó 22 años en las cárceles políticas de Cuba. Fue embajador de los Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU bajo las administraciones Reagan y Bush. Recibio la Medalla Presidencial del Ciudadano y el Superior Award del Departamento de Estado. Recientemente le fue otorgado en Roma el Premio Internacional de Periodismo ISCHIA y, en Tegucigalpa, la Orden José Cecilio del Valle, en el grado de Comendador, la más alta distinción que otorga Honduras a un extranjero.

E-mail:
ArmandoValladares2006@yahoo.es

martes, 19 de enero de 2010

CLAMA, NO CESES, ALZA TU VOZ COMO UNA TROMPETA (IS. 58,1)


Autor: San Gregorio Magno (Regla Pastoral II, 4).
El pastor debe ser discreto en el silencio y útil al hablar, a fin de que no diga lo que debe callar, ni calle lo que debe decir. Pues, así como hablar incautamente conduce al error, así también un silencio indiscreto deja en el error a quienes podían ser instruidos. Ocurre con frecuencia que los pastores imprudentes, temiendo perder el aplauso de los hombres, tienen mucho miedo de decir con libertad lo que es recto. Éstos, conforme a la voz de la Verdad, en modo alguno sirven ya con el celo que los pastores tienen por la custodia de la grey, sino que, al contrario, lo hacen con el de los asalariados; pues, al esconderse en su silencio, huyen cuando llega el lobo.

Por eso, el Señor los amonesta por el profeta diciendo: Son perros mudos que no sirven para ladrar (Is 56,10). Y en otro lugar: No os elevasteis desde lo adverso, ni construisteis un muro en defensa de la casa de Israel para que resistierais en la batalla el día del Señor (Ez 13,5). Elevarse desde lo adverso es ir contra los poderes de este mundo hablando libremente en defensa de la grey. Y estar en la batalla el día del Señor es resistir a los perversos combatientes desde el amor de la justicia. Por tanto, que el pastor tema decir lo que es recto ¿qué es sino dar la espalda callándose? Por el contrario, opone un muro para la casa de Israel en contra de los enemigos quien sale al paso en defensa de la grey. De ahí que, al pecar el pueblo, se diga en otro lugar: Tus profetas vieron para ti falsedad y estupidez, y no pusieron al descubierto tu iniquidad para inducirte a la penitencia (Lm 2,14).

En la Sagrada Escritura, alguna vez, se llama a los profetas “doctores”, pues, al indicar que es fugaz lo presente, anuncian lo que ha de suceder. Sin embargo, la Palabra divina los refuta de ver falsedades porque cuando temen denunciar los pecados, favorecen en vano a los pecadores prometiéndoles tranquilidad. Éstos no ponen, en absoluto, al descubierto la iniquidad de sus pecados, puesto que callan la palabra de imprecación. En verdad, la llave para descubrirla es la palabra de corrección, porque con la increpación se patentiza el pecado, el cual, a menudo, el mismo que los comete lo ignora. Por eso dijo Pablo: Para que sea capaz de exhortar conforme a la sana doctrina y de rebatir a los que contradicen (Tt 1,9). Por lo mismo se dice por Malaquías: Los labios del sacerdote custodien la ciencia y busque la Ley en su boca, porque es mensajero del Señor de los Ejércitos (Ml 2,7). De ahí que el Señor amoneste, por medio del profeta Isaías, diciendo: Clama, no ceses, alza tu voz como una trompeta (Is 58,1). Y es que todo aquel que accede al sacerdocio recibe el oficio de pregonero, a fin de que él mismo, claro está, marche clamando antes de la venida del Juez que llega terriblemente. Por tanto, si el sacerdote no sabe predicar, el pregonero mudo ¿qué voz de clamor habrá de dar? Por eso, el Espíritu Santo se posó sobre los primeros pastores en forma de lenguas: porque a los que llena, los hace ininterrumpidamente elocuentes de Sí (cf. Hch 2,3).

Tomado de Catolicidad.

APUNTES POSTERIORES DE UNA TORMENTA EN ROMA


Tras ofrecer ofrendas florales a cuanta víctima judía de cualquier orden hubiere, habiendo escuchado reivindicaciones absolutas de que Tierra Santa debe ser judía, tras pisotearse la memoria de Pío XII, y con un discurso papal de tono filo hebreo, muchos judíos no han quedado aún conformes con la visita del Papa Benedicto XVI a la Sinagoga de Roma.

Por ello veamos qué es lo que creemos puede entenderse, de uno y otro lado, por “reforzar los vínculos fraternos” entre la Iglesia y los judíos.

En estricta verdad, la Iglesia no tiene nada por lo que pedir perdón a los judíos, al pueblo deicida; ni es hermana, en paulina frase, de la sinagoga de Satanás.

Tampoco es deber de la Iglesia buscar una “hermandad” fraterna con los judíos, sino antes bien es obligación de la misma procurar su conversión, para bien de estos.

Podría decirse que los judíos tienen derecho a que la Iglesia busque su conversión a fin de encontrar la salvación en Jesucristo.

Entonces, cuando se habla de estrechar los vínculos fraternos entre la Iglesia y la Sinagoga, ¿qué se quiere decir realmente?

El rabino de Roma ha dejado claro qué concibe como “hermandad” entre católicos y judíos. Ha mencionado la tragedia de Caín y Abel, para luego referirse al ejemplo de José y sus hermanos: con un comienzo desdichado y un final de reconciliación, sólo cuando los hermanos de José reconocen su error y se sacrifican unos por otros.

En clave victimista judía, y por el contexto, es evidente que alude a Caín y a los hermanos de José refiriéndose a la Iglesia Católica.

Y se pregunta sobre qué estamos dispuestos a hacer para reforzar el lazo “fraterno”: “cuando se reconoce el error y se sacrifican unos por otros”.

O sea, humíllese –aún más- la Iglesia ante la Sinagoga, y sacrifíquese por ella.

Todo un programa para llegar al culmen del proceso de judaización de la Iglesia, iniciado por Juan XXIII -a quien se nombró en la tarde del Domingo-, proseguida por Pablo VI (la declaración Nostra Aetate, firmada durante su pontificado, fue la “joya del día”), y que llegara a mucho más con Juan Pablo II (quien fuera aplaudido varias veces ).

Para Benedicto XVI, el concepto de hermandad que refirió les hace bien el juego a las doctrinas victimistas de unos, y a los escrúpulos de culpa de otros. Y a los que en cátedras y periódicos dan abultada cuenta de ello.

Pues tras cantarse en hebreo el salmo 133 (…Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos…), en su discurso a la Sinagoga de Roma, el Papa ha dicho: “la Iglesia no ha dejado de deplorar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo aquello que ha podido favorecer de cualquier modo las heridas del antisemitismo y del antijudaísmo ¡Que estas heridas puedan ser curadas para siempre!”

“Vuelve a la mente la sentida oración en el Muro del Templo, en Jerusalén, del Papa Juan Pablo II el 26 de marzo de 2000, que resuena verdadera y sincera en lo profundo de nuestro corazón. Dijo: “Dios de nuestros padres, tu has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre sea llevado a los pueblos: nosotros estamos profundamente doloridos por el comportamiento de cuantos, a lo largo de la Historia, les han hecho sufrir, a esos que son tus hijos, y pidiéndote perdón, queremos comprometernos a vivir una fraternidad auténtica con el pueblo de la Alianza”.

Bien claro a quiénes les hace el juego estos dichos, por lo demás carentes de sustento. La Iglesia misma ha sido víctima de los regímenes por los que la Jerarquía no se cansa de pedir perdón.

Luego, estos llamativos pasajes del discurso del Papa, “El compromiso por preparar o realizar el Reino del Altísimo en el cuidado de la creación confiada por Dios al hombre” y también “Con el ejercicio de la justicia y la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a dar testimonio del Reino del Altísimo que viene, y por el que rezan y actúan cada día en la esperanza”, son seguidos, tras su discurso, por el himno Anì Maamin, que es un himno de espera del Mesías prometido.

Más valiera recordarles sin ambigüedades, y para su bien, que el Mesías ha venido ya, y que sólo volverá en su Parusía. Que no adoramos a un mismo Dios, puesto que en esta etapa de la economía de la salvación no puede negarse al Dios Uno y Trino. Que los herederos de la promesa, los destinatarios de la Alianza Eterna, y los verdaderos descendientes de Abraham, lo son por la Fe en Jesucristo, y que nadie va al Padre sino por Él.

Recuérdesele pues a Pedro, cual gallo en la aurora, que ha negado ya a su Señor tres veces: tal vez entonces, de su arrepentimiento tome coraje y hable como en su primer discurso en Pentecostés:

“Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él.” (Hechos 2
, 22-24).

Constantino.

Tomado de Santa Iglesia Militante.

lunes, 18 de enero de 2010

LA VISIÓN DEL INFIERNO DE LOS PASTORCILLOS DE FÁTIMA


Nuestra Señora de Fátima dijo a los Pastorcillos:
–Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debe haber sido a la vista de esto que di aquel “ay” que dicen haberme oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.

Asustados y como para pedir socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:

-Habeis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo, la devoción a mi Inmaculado Corazón.
Si hiciesen lo que os digo, se salvarán muchas almas y tendran paz".

Tomado del Libro MEMORIAS DE LUCÍA.

sábado, 16 de enero de 2010

EL CIRCO DE LA MARIPOSA


No dejen de ver este excelente cortometraje de Eduardo Verástegui.



"Mientras más grande sea la prueba, más glorioso será el triunfo"

viernes, 15 de enero de 2010

ALGUNAS RAZONES PARA NO BEATIFICAR A JUAN PABLO II



Padre Hervé Gresland

En este artículo publicado por los padres dominicos de Avrillé, en la revista Le sel de la terre nº55, el padre Gresland completa las reflexiones hechas en otro articulo, “Balance de un pontificado” que apareció en Nouvelles de Chrétienté (1). Los errores de Juan Pablo II, particularmente en el terreno doctrinal, ponen en evidencia la imposibilidad de una beatificación por parte de la Iglesia Católica.


UN HOMBRE DEL VATICANO II EN RUPTURA CON EL PASADO

Juan Pablo II es un hombre del Concilio Vaticano II, donde tomó parte activa, en particular para la redacción de la constitución Gaudium et Spes (todavía llamada la Iglesia en el mundo de hoy). Ha sido elegido para aplicar y poner en obra el Concilio, igual que su sucesor, puesto que el Vaticano II es la referencia intocable de esta Iglesia Conciliar. Su nuevo Código de derecho Canónico (1983), así como su Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1993), han tenido por objetivo aplicar todavía más el Vaticano II en la práctica de la Iglesia.
La verdad, para Juan Pablo II, es el Vaticano II. Una ruptura se dibuja, un velo se extiende sobre la enseñanza de la Iglesia y de los papas anteriores, como si la Iglesia después de veinte siglos de balbuceos, hubiese nacido de repente en 1962. Juan Pablo II, ignora a los papas de los últimos siglos. Si por casualidad llega a citarlos, es de pasada, casi por accidente: no se refiere a ellos como a maestros encargados de transmitir fielmente el depósito revelado. Las notas y referencias de todos sus documentos demuestran la preponderancia aplastante del magisterio conciliar sobre la enseñanza tradicional de la Iglesia, lo cual nos indica que hemos entrado en una nueva era.

Encuentro de Juan Pablo II con Rowan Willians, cabeza de la Iglesia anglicana, en octubre de 2003.

UNA EXTRAÑA TEOLOGÍA

La llave del pensamiento de Juan Pablo II es ese principio del Concilio (2) que ya podemos ver en su primera encíclica Redemptor hominis (3):
“Puesto que en El (Cristo) la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, por este mismo hecho, esta naturaleza ha sido elevada en nosotros también a una dignidad sublime. En efecto, por su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierta manera a todo hombre”, y “para siempre” añade Juan Pablo II.

“Cristo está unido en cierta manera al hombre, a cada hombre sin ninguna excepción, incluso si este último no es consciente de ello”.(4)

En toda lógica, el papel de la Iglesia no será pues el de unir a los hombres a Jesucristo (ya lo están) sino de hacerles tomar conciencia de esta unión. De ahí emana el dialogo con todos los hombres (no se trata pues de aportarles verdades desde el exterior, sino de ayudarles a vivir mejor aquello de lo cual son ya portadores) y la insistencia sobre la dignidad del hombre.

EL CULTO DEL HOMBRE

El Evangelio predicado por Juan Pablo II es el de la admiración del hombre por sí mismo. Se llega a discursos de sabor masónico como el pronunciado en la sede de la UNESCO en 1980.
“Hay que considerar, hasta en sus últimas consecuencias e íntegramente, al hombre como un valor particular y autónomo, como el sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por sí mismo, y no por algún otro motivo: únicamente por sí mismo”. (5)
Todo el Evangelio, toda la Tradición de la Iglesia nos dicen: no. Hay que considerar al hombre, no en sí mismo, pobre criatura, sino en su relación con Dios, por haber sido creado y rescatado por Él. El hombre no es autónomo, no se rige por sus propias leyes, sino por aquellas que Dios le ha dado y a las cuales está obligado a someterse. Solamente Dios es trascendente. Y la culpa original fue precisamente el deseo de ser trascendente, es decir “como Dios”. Afirmar al hombre únicamente por sí mismo, es deificarlo.

LA ACEPTACIÓN DE TODAS LAS RELIGIONES

Esta confusión del orden natural y del orden sobrenatural produce un cortejo de las consecuencias que trastocan la doctrina católica, y especialmente ésta.
Todas las religiones introducen a los hombres dentro de la vía de salvación, puesto que el Espíritu Santo actúa en todas, interesa considerar las riquezas espirituales de cada una.
En los mensajes a los pueblos de Asia, Juan Pablo II insiste pesadamente sobre el valor espiritual de estas religiones paganas que son panteístas y puramente naturalistas. Así deja creer que Dios puede ser honrado igualmente en el error y la superstición, y que puede haber una salvación sin la fe en Cristo y fuera de su Iglesia.
Se llega a proposiciones inauditas: “La firmeza de la creencia de los miembros de las religiones no cristianas es un efecto ella también del Espíritu de Verdad operando por encima de las fronteras visibles del Cuerpo místico” (6).
El Papa atribuye al Espíritu de Verdad la firmeza de la creencia en el error.

LOS GESTOS ECUMÉNICOS

Juan Pablo II ha manifestado su ecumenismo desenfrenado en actos espectaculares que han marcado al mundo bastante más que sus escritos. En esta avalancha de gestos ecuménicos señalemos los principales:
-Las reliquias dadas a los cismáticos. Hasta 2004, se podían venerar los cuerpos de San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo en San Pedro de Roma; después, para hacerlo habrá que ir a las iglesias ortodoxas en Estambul. Este no es más que un ejemplo.
-La rehabilitación de heresiarcas como Lutero. Con ocasión de su viaje a Alemania en 1980, declaraba: “Hoy vengo a vosotros para recoger la herencia espiritual de Martín Lutero, vengo como un peregrino”.(7)
-Las visitas a la catedral Anglicana de Canterbury (1982) para una reunión de oración; al templo luterano de Roma (1983); en el consejo Ecuménico de las Iglesias en Ginebra (1984).
-Las visitas a Taizé: acudió allí dos veces como arzobispo de Cracovia y como cardenal, y una vez como Papa (en 1986). Declaró: “Se pasa por Taizé como se pasa cerca de un manantial”.
Estos gestos no pueden más que suscitar, en la gran masa de los católicos, el sentimiento de que su fe no es la única verdadera. Han hecho caer a millones de católicos en el indiferentismo y el relativismo religioso. El ecumenismo devastador ha tenido un papel central en “la apostasía silenciosa” que hoy nadie puede ocultar.

Reunión de todas las religiones en Asís.

EL ESCÁNDALO DE ASIS

La gran reunión interreligiosa de Asís, en 1986, -modelo en su -género- fue querida personalmente por el propio Juan Pablo II, contra la advertencia de algunos cardenales. En el momento de esta reunión, varios santuarios de Asís fueron ofrecidos a las diferentes religiones, pero los cristianos fueron convocados en San Rufino, aunque no hubo una sola oración específicamente católica de la jornada, ninguna misa celebrada. Y es así como el Papa esperaba obtener de Dios la paz para el mundo: “Construid la paz empezando por el fundamento: el respeto de todos los derechos del hombre”(8), proclamaba; pero el único verdadero fundamento es Cristo.
Esta jornada fue seguida por muchas otras en Kyoto, Roma, Malta, Bruselas, Milán, Asís, etc. En la segunda reunión declaró: “Hay que terminar con las heridas creadas por la intolerancia religiosa entre los creyentes del Dios único, que han ensangrentado a Europa”(9). Dicho de otra manera: queridos musulmanes, bienvenidos a Europa, los cristianos serán en adelante tolerantes para con vosotros.
Juan Pablo II insistirá muy a menudo sobre el “espíritu de Asís”: “El acontecimiento de Asís puede ser considerado como una ilustración visible, una lección de cosas, una catequesis inteligible a todos de lo que presupone y significa el compromiso ecuménico y el compromiso para el diálogo interreligioso recomendado y promovido por el concilio Vaticano II”.
La jornada de Asís ha sido la puesta en práctica de “esta convicción que es la nuestra, inculcada por el Concilio, sobre la unidad de principio y de fin de la familia humana y sobre el sentido y el valor de las religiones no cristianas.”


Visita de Juan Pablo II a la sinagoga de Roma en 1986.


OTROS GESTOS INTERRELIGIOSOS

-Juan Pablo II ha hecho la primera visita de un Papa a una sinagoga –en 1986 en Roma- y a una mezquita -2001 en Damasco-, pero no fue para confesar a Jesucristo.
-El 14 de mayo de 1999, besa el Corán.
-El 24 de marzo de 2000, hace deslizar por una hendidura del muro de las lamentaciones en Jerusalén el texto de la ceremonia de Roma del 12 de marzo expresando el arrepentimiento católico con respecto al pueblo judío. Este gesto ha marcado profundamente al mundo.
-El papa participa en un culto pagano en un bosque sagrado (en Togo en 1985), se reúne con brujos del vudú (en Benin en 1993).(12) Rinde homenaje a los cultos antiguos de los Indios de América, cuyo salvajismo no es para recordar.
Todos estos gestos tienen un sentido propiamente religioso, y quedarán en la historia de la Iglesia como escándalos sin precedentes.

Visita al muro de las lamentaciones, 24 de marzo de 2000.


LA INCULTURACIÓN

Juan Pablo II se ha pronunciado también en cuanto a la inculturación. Ha insistido sobre ello con ocasión del sínodo sobre África, y la ha puesto en práctica muchas veces en las ceremonias litúrgicas con ocasión de sus viajes a América del Norte, África, Oceanía; ha aceptado prácticas paganas que podía perfectamente haber rechazado.

EL ARREPENTIMIENTO

Juan Pablo II no cesó, en particular con ocasión del gran jubileo del año 2000, de invitar a la Iglesia a hacer su examen de conciencia, y a pedir perdón en su nombre a las comunidades que han podido sufrir por su actitud en el pasado. Estos arrepentimientos múltiples, a pesar del esfuerzo de algunos por decirlo y como el buen sentido permitía preverlo, han sido comprendidos por todo el mundo –católicos o enemigos de la Iglesia- como el reconocimiento por la Iglesia de errores graves que ella habría cometido. La santidad de la Iglesia ha sido gravemente atacada.

OTRAS EXTRAÑEZAS DOCTRINALES

Cuántos discursos de las audiencias generales del miércoles son por la menos extraños! En el discurso de la audiencia general del 11 de enero de 1989, consagrado al artículo del Símbolo Descendió a los infiernos, Juan Pablo II afirma (por tres veces) que el alma de Cristo ha recibido la visión beatífica en el momento de su muerte; que “su cuerpo yacía en el sepulcro en el estado de cadáver”; que la bajada a los infiernos de la cual habla San Pedro (I Pe 3, 19) es “una representación metafórica” que significa en realidad “ la extensión de la obra redentora a todas los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares”. ¡Es mucho para un solo discurso! Incluso si este discurso no era suyo –lo que es probable-, el Papa habría podido, habría debido pararse durante la lectura dándose cuenta de estas enormidades. Pero no, estas enormidades no le producían sobresalto alguno. Y el discurso ha sido publicado tal cual.

UNA MORAL DESCENTRADA

Se presenta a Juan Pablo II como un defensor intrépido de la moral tradicional y el autor del restablecimiento doctrinal de la Iglesia. Es verdad que este Papa ha sido relativamente conservador en el dominio de la moral y de ciertos valores naturales (pero la destrucción de la noción de Iglesia es mucho más grave). Ha recordado verdades muy oportunas, pero las ha hecho recaer sobre un fundamento frágil e insuficiente. Al mundo moderno fundado sobre la voluntad del hombre, es necesario repetirle a tiempo y a destiempo que la moral no descansa sobre una “dignidad humana” o los “derechos del hombre” de geometría variable que cada cual interpreta a su gusto, sino sobre la ley de Dios, la voluntad inmutable de Dios, sobre la cual los hombres no tienen nada que oponer, sino que deben solamente adorar y respetar.


UN CATOLICISMO SUPERFICIAL

Para un mundo que quiere una actualidad permanente, Juan Pablo II ha multiplicado los viajes, los años especialmente consagrados (de la Redención, del Rosario, de la Eucaristía…). Ha dado de la Iglesia una imagen mediática, para complacer a las masas o a la juventud, lo que ha tenido como consecuencia el rebajar la función papal. Ha preferido los viajes al gobierno de Roma, dejando a menudo este último a los cardenales de la Curia.
Hemos visto un catolicismo de manifestaciones, pero ¿están los católicos sometidos a la Revelación y a la ley de Cristo? Un gran número de católicos –habría que decir tal vez la mayor parte no están acostumbrados al amor de la verdad. Tienen una mentalidad subjetivista y se fabrican más o menos su propio Credo y su propia religión. Estas reuniones favorecen una Iglesia “a la carta”.
Tomemos el ejemplo de las Jornadas mundiales de la juventud: en el transcurso de ocho JMJ, Juan Pablo II ha movilizado multitudes de jóvenes, esos jóvenes que son el porvenir de la Iglesia. Pero ¿a qué han conducido realmente estas grandes reuniones? ¿Cuáles son sus frutos a largo término? ¿En qué medida los jóvenes venidos a las JMJ se adhieren a las verdades de fe y siguen la enseñanza moral de la Iglesia?

Juan Pablo II ha dado de la Iglesia una imagen mediática, para complacer a las masas o a la juventud, lo que ha tenido como consecuencia el rebajar la función papal. Ha preferido los viajes al gobierno de Roma, dejando a menudo este último a los cardenales de la Curia.

UNA INFLACIÓN QUE DESACREDITA EL MAGISTERIO

El reinado de Juan Pablo II ha sido marcado por la inflación en numerosos aspectos, se le ha llamado el pontificado de todos los récords: récords de los viajes, de las distancias recorridas, de las audiencias concedidas, de las beatificaciones y canonizaciones (ha canonizado a más santos que todos sus predecesores reunidos, lo cual representa una desvalorización cierta del honor de los altares, sin hablar de beatificaciones discutibles). Récord también del número de textos publicados y de su longitud. Ahora bien, tal disolución no tiene en cuenta el magisterio: ¿quién lee realmente estos textos? Tanto más que esta masa enorme de documentos pontificios está profundamente mezclada de verdad y de error.

UN GOBIERNO LIBERAL
(SALVO HACIA LOS ANTILIBERALES)

Basta para apreciar la manera cómo Juan Pablo II ha gobernado la Iglesia, poner en paralelo la excomunión de la Tradición por el motu propio Ecclesia Dei adflicta en 1988, y el reconocimiento del Movimiento neocatecumenal, los aplausos a los Focolari, a los movimientos carismáticos, a la comunidad San Egidio, etc. Más grave todavía, la tolerancia para las posiciones escandalosas tomadas públicamente por bastantes obispos e incluso cardenales sobre cuestiones de fe (por ejemplo el cardenal Kasper) o de disciplina y de moral (los divorciados casados otra vez, la contracepción, la homosexualidad…). Pero los únicos obispos excomulgados han sido los de la Tradición.

Con los brujos del Vudu

LOS FRUTOS CONCRETOS: LA APOSTASIA

Se juzga el árbol por sus frutos. Hemos oído la jactancia con que se habla de la “fecundidad” del pontificado de Juan Pablo II y el “dinamismo” que ha sabido infundir a la Iglesia. Los que escriben esto sueñan estando despiertos. Volviendo a la realidad, constatamos el estado dramático de la Iglesia: no ha dejado de ver cómo retrocede su influencia, sobre todo en el mundo occidental. Los viajes del papa o las JMJ han sido ampliamente una engañifa de la decadencia de la Iglesia que se ha acentuado bajo su pontificado, dando una falsa imagen de salud y de poder. Todos los sondeos demuestran la disminución de la fe. Se asiste en la mayoría de los países occidentales a la desaparición constante del catolicismo visible. Esta constatación es por desgracia irrefutable. La práctica religiosa disminuye por doquier. El porcentaje de niños bautizados en Francia disminuye en un 1% por año; desde el año 2000, menos de un niño sobre dos es bautizado. En Holanda, es una bajada vertiginosa de la catolicidad: centenares de iglesias están cerradas al culto. En América latina, millones de católicos han abandonado la Iglesia por las sectas evangelistas.

Juan Pablo II saludando a Fidel Castro.

He ahí el estado de decadencia general en el cual Juan Pablo II deja a la Iglesia. Por supuesto, que no es el único responsable de esta quiebra. Pero nadie tenía, en la Iglesia, medios de acción más importantes que él. Se ha beneficiado de un pontificado excepcionalmente largo, el tercero en duración de la historia de la Iglesia: esto le dejaba tiempo para actuar.
Causa alegría el subrayar la influencia considerable que Juan Pablo II ha tenido en ciertos países sobre las cuestiones políticas; ¿y no la habría podido tener en la Iglesia? Casi todos los cardenales y obispos actualmente en activo han sido nombrados por él. Su gobierno ha tenido como efecto principal, si no ha sido como objetivo, enraizar más y más en la Iglesia los errores salidos del concilio Vaticano II. Ha retomado, avalado, confirmado todos estos errores, y les ha permitido desarrollar todo su poder nocivo.



LOS APLAUSOS DEL MUNDO

Jesús había prometido a sus discípulos el odio del mundo: “Vosotros seréis odiados de todos a causa de mi nombre” (Mt 10, 22). “Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo que es de él. Pero puesto que no sois del mundo y que yo os he escogido y retirado del mundo, a causa de esto el mundo os odia” (Jn 15, 19). Es precisamente el objeto de la octava bienaventuranza. Y San Pablo declara: “Si yo estuviese todavía dispuesto a agradar a los hombres, no sería el servidor de Cristo”. (Gal 1, 10).
Juan Pablo II buscaba el acuerdo, la paz con todos. Esta es la razón por la cual recibía cordialmente a todo el mundo en el Vaticano: los B’nai B’rith, los miembros de la Trilateral, etc. Tal vez para no disgustar a nadie, ha dado bastantes veces, y públicamente, la comunión (en la mano) a personas notoriamente indignas, pecadores públicos, etc. Por ejemplo, poco después de la Encíclica Eclesial de Eucaristía (2003) que recuerda las reglas de la Iglesia sobre este asunto, dio la comunión al Primer ministro británico Tony Blair, partidario resuelto del aborto y por demás ni siquiera era todavía católico.
¡Cuántas veces se ha puesto el Papa al mismo nivel que los herejes! “Es inconcebible. Es la traición, y será ciertamente condenado un día por la Iglesia, como lo fue el papa Honorio”, decía el entonces Superior general de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, padre Schmidberger.


EL APÓSTOL DE LA DEMOCRACIA

Se atribuye a Juan Pablo II un gran papel en la caída del comunismo (al menos bajo la forma que el siglo XX ha conocido) en Europa del Este; pero esta caída era querida y programada por los clanes mundialistas: Juan Pablo II ha sido más bien uno de los factores desencadenantes.
De hecho, Rusia no se ha convertido. Juan Pablo II ha fracasado en su gran ambición de reconciliar “los dos pulmones de Europa”, como llamaba al catolicismo y a la ortodoxia. Esto ha sido para él una vivísima desilusión: los ortodoxos rusos le han impedido realizar uno de sus sueños más anhelados, que era el de ir un día a Moscú.
En realidad, Juan Pablo II no fue un defensor de la Cristiandad frente al comunismo (decía por otra parte que “hay semillas de verdad en el marxismo”, sino el promotor y el apóstol de la libertad y de los Derechos del hombre. Ha luchado con todas sus fuerzas para hacer caer los regímenes no democráticos (África del Sur, Haití, Paraguay, Filipinas…). Lejos de luchar por la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, se ha hecho el servidor de la ideología actualmente dominante: la ideología liberal y mundialista de los Derechos del hombre.

CONCLUSIÓN

Acaba esta mirada de conjunto, pensamos en lo que escribía Mons. Lefebvre en la nota final del libro ¿Pedro, me amas?: “Estas páginas que preceden y presentan el verdadero rostro de Juan Pablo II son terroríficas y llenan el alma católica de espanto y de tristeza”. Y uno se acuerda de los dibujos que hizo hacer en 1986 después de la reunión de Asís.
¡Cuando uno ha pasado su vida en proclamar la grandeza y la dignidad del hombre y uno se encuentra delante de Dios, uno debe sentirse muy pequeño, y el choque debe ser duro!

Notas

(1) Nouvelles de Chrétienté nº 92, marzo-abril 2005 págs. 14-18.
(2) Gaudium et spes, nº 22.
(3) Encíclica Redemptor hominis, 4 de marzo de 1979, nº 8 y 13.
(4) Redemptor hominis, nº14.
(5) Juan Pablo II en París, el 2 de junio de 1980.
(6) Redemptor hominis,nº 6.
(7) Discurso al consejo de la Iglesia Evangélica, en Maguncia, el 17 de noviembre de 1980.
(8) Discurso en la UNESCO, el 2 de junio de 1980.
(9) Discurso del Papa en la reunión interreligiosa –cristianos, judíos y musulmanes- de Asís, en enero de 1993.
(10)Juan Pablo II, discurso a los cardenales, el 22 de diciembre de 1986.
(11) Ibid.
(12) Pueden referirse al artículo sobre la responsabilidad del ecumenismo en la apostasía actual, Nouvelles de Chrétienté, nº 89, de septiembre-octubre de 2004.
(13) Entrevista con Fideliter, marzo-abril 1992.
(14) Entrevista en Libération, del 2 de noviembre de 1993, publicada en L´Osservatore Romano del 5 de noviembre.
(15) Daniel Le Roux, Pedro, ¡me amas?

Tomado de la revista: TRADICIÓN CATÓLICA, septiembre- octubre de 2009.