miércoles, 30 de junio de 2010

VIGILANTES DE LA NOCHE



Este video trata sobre la Abadía benedictina de Barroux, Francia, que sigue la liturgia tradicional, es decir, la Santa Misa de siempre. En el que se muestra la vida de oración y de trabajo de los monjes benedictinos, marcada por los diferentes oficios de la jornada cantados en gregoriano.

martes, 29 de junio de 2010

lunes, 28 de junio de 2010

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS (X)

EL ECUMENISMO

En medio de esta confusión de ideas, en la que algunos cristianos parecen ahora complacerse, hay una tendencia particularmente perniciosa para la fe y tanto más peligrosa por cuanto se presenta con las apariencias de la caridad. La palabra ecumenismo, aparecida en 1927 en un congreso que se reunió en Lausanne, debería poner por sí misma en guardia a los católicos, teniendo en cuenta la definición que se da de dicha palabra en todos los diccionarios: "Ecumenismo-. movimiento favorable a la reunión de todas las Iglesias cristianas en una sola". No es posible fundir principios contradictorios, eso es evidente; no se puede reunir la verdad y el error para hacer de ellos una sola cosa. Esto sólo sería posible adoptando errores y rechazando parcial o totalmente la verdad. El ecumenismo se condena por sí mismo.

El término alcanzó tal difusión a partir del último concilio que penetró el lenguaje profano. Ahora se habla de ecumenismo universitario, de ecumenismo informático y de otros tipos de ecumenismo, para expresar una posición de diversidad, de eclecticismo.

En el lenguaje religioso, el ecumenismo se extendió últimamente a las religiones no cristianas, lo cual se tradujo inmediatamente en actos. Un diario del oeste de Francia nos indica mediante un ejemplo preciso el modo en que se realiza la evolución: en una pequeña parroquia de la región de Cherburgo, la población católica se preocupa por los trabajadores musulmanes que acaban de llegar a una construcción. Esta es una actitud caritativa y no se puede dejar de felicitar a dichos católicos. En una segunda fase, vemos a los musulmanes pidiendo un local para celebrar el Ramadan y a los cristianos ofreciéndoles el subsuelo de su iglesia. Luego comienza a funcionar en ese lugar una escuela coránica. Al cabo de dos años, los cristianos invitan a los musulmanes a celebrar la Navidad con ellos y mediante "una oración común preparada sobre la base de extractos de los suras del Corán y de los versículos del Evangelio". La caridad mal entendida condujo a esos cristianos a pactar con el error.

En Lille, los dominicos proporcionaron a los musulmanes una capilla para que fuera transformada en mezquita. En Versalles, se ha pedido dinero en las iglesias para "la compra de un lugar de culto para los musulmanes". En Roubaix y en Marsella les fueron cedidas otras capillas, así como una iglesia en Argenteuil. ¡Los católicos se convierten en apóstoles del peor enemigo de la Iglesia de Cristo que es el islamismo y ofrecen sus óbolos a Mahoma! Según parece, en Francia hay más de cuatrocientas mezquitas y en muchos casos fueron los católicos quienes proporcionaron el dinero para su construcción.

Hoy todas las religiones tienen derecho de ciudadanía en la iglesia. Un cardenal francés celebraba un día la misa en presencia de monjes tibetanos a los que había puesto en la primera fila, vestidos con sus hábitos de ceremonia y se inclinaba frente a ellos mientras un animador anunciaba; "Los bonzos participarán con nosotros en la celebración eucarística". En una iglesia de Rennes se celebró el culto de Buda; en Italia, veinte monjes fueron iniciados solemnemente en el zen por un budista.

No terminaría nunca de citar ejemplos de sincretismo que se nos presentan todos los días. Asistimos al desarrollo de asociaciones, al nacimiento de movimientos que siempre encuentran un eclesiástico para presidirlos, como ese movimiento que quiere llegar "a la fusión de todas las espiritualidades en el amor". O bien se lanzan proyectos asombrosos como la transformación de Nótre-Dame-de-la-Garde en lugar de culto monoteísta para los cristianos, los musulmanes y los judíos, proyecto que felizmente encontró la firme oposición de grupos de laicos.

El ecumenismo, en su acepción estrecha, es decir, reservado a los cristianos, organiza celebraciones eucarísticas comunes con los protestantes, como se ha hecho especialmente en Estrasburgo; o bien son los anglicanos quienes invitan en la catedral de Chartres para celebrar la "Cena eucarística". La única celebración que no se admite ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Rennes ni en Marsella es la de la Santa Misa según el rito codificado por san Pío V.

¿Qué conclusión puede sacar de todo esto el católico que ve a las autoridades eclesiásticas consintiendo en ceremonias tan escandalosas? La conclusión de que todas las religiones tienen su valor, de que podría muy bien buscar uno la salvación entre los budistas o los protestantes. Ese católico corre el riesgo de perder la fe en la Santa Iglesia. Y eso es lo que se les sugiere; se quiere someter a la iglesia al derecho común, se la quiere colocar en el mismo plano que las otras religiones, se evita decir (hasta entre sacerdotes, seminaristas y profesores de seminario) que la Iglesia católica es la única iglesia, que ella sola posee la verdad, que ella sola es la única capaz de dar la salvación a los hombres por obra de Jesucristo. Ahora se dice abiertamente: "La (Iglesia no es más que un fermento espiritual en la sociedad pero al igual que las demás religiones..., tal vez un poco más que las otras religiones..." En rigor de verdad se acepta, y no siempre, asignarle una ligera superioridad. En ese caso la Iglesia sería tan solo útil, ya no sería necesaria. Constituiría uno de los medios de alcanzar la salvación.

Es menester decirlo claramente: semejante concepción se opone de manera radical al dogma mismo de la iglesia católica. La Iglesia es la única arca de salvación, no debemos tener miedo de afirmarlo. Muchas veces se habrá oído decir: "Fuera de la Iglesia no hay salvación" y esto choca a las mentalidades contemporáneas. Es fácil hacer creer que este principio ya no está en vigor, que ha quedado superado. Parece un principio de severidad excesiva.

Sin embargo nada ha cambiado, pues nada puede cambiar en este dominio. Nuestro Señor no fundó varias Iglesias, sino que fundó sólo una. Sólo hay una cruz por obra de la cual uno puede salvarse y esa cruz le ha sido dada a la Iglesia católica, no ha sido dada a las demás. Cristo dio todas sus gracias a su Iglesia que es su esposa mística. Ninguna gracia otorgada al mundo, ninguna gracia registrada en la historia de la humanidad se distribuye sin pasar por la Iglesia.

¿Quiere eso decir que ningún protestante, ningún musulmán, ningún budista, ningún animista se salvará? No, eso no es cierto, pensarlo es incurrir en un segundo error. Aquellos que protestan contra la intolerancia al oír la fórmula de san Cipriano "Fuera de la Iglesia no hay salvación" ignoran el Credo "Reconozco un solo bautismo para la remisión de los pecados" y no están suficientemente instruidos sobre lo que es el bautismo. Hay tres maneras de recibirlo: el bautismo por el agua, el bautismo por la sangre (éste es el bautismo de los mártires que confesaron su fe cuando todavía eran catecúmenos) y el bautismo de deseo.

El bautismo de deseo puede ser explícito. Muchas veces en África oíamos que uno de nuestros catecúmenos decía: "Padre mío, bautíceme en seguida pues si muriera antes de su próximo paso por aquí iría al infierno". Nosotros les respondíamos: "No, si no tenéis un pecado mortal sobre la conciencia y si tenéis el deseo del bautismo ya poseéis la gracia en vosotros".

Esa es la doctrina de la Iglesia que reconoce también el bautismo de deseo implícito. Este bautismo consiste en el acto de hacer la voluntad de Dios. Dios conoce todas las almas y por consiguiente sabe que en los medios protestantes, musulmanes, budistas y en toda la humanidad hay almas de buena voluntad. Esas almas reciben la gracia del bautismo sin saberlo, pero de una manera efectiva y, por lo tanto, quedan incorporadas a la iglesia.


Pero el error consiste en pensar que esas almas se salvan por su religión; se salvan en su religión, pero no por esa religión. No se salvan por obra del islamismo o por obra del sintoísmo. En el cielo no hay Iglesia budista, ni iglesia protestante. Estas son cosas que pueden parecer duras, pero así es la verdad. No fui yo quien fundó la Iglesia, fue Nuestro Señor, el hijo de Dios. Nosotros, los sacerdotes, estamos obligados a decir la verdad.

¡Pero al precio de qué dificultades llegan a recibir el bautismo de deseo los hombres de aquellos países en los que no ha penetrado el cristianismo! El error es una pantalla que oculta al Espíritu Santo. Por eso la Iglesia envió siempre misioneros a todos los países del mundo y muchos de ellos murieron en el martirio. Si se puede encontrar la salvación en cualquier religión, ¿para qué cruzar los mares e ir a climas insalubres para someterse a una vida penosa, a la enfermedad y a una muerte prematura? Después del martirio de san Esteban, el primero que dio su vida por Cristo, motivo por el cual se celebra su fiesta el día siguiente de Navidad, el 26 de diciembre, los apóstoles se embarcaron para difundir la buena nueva en toda la cuenca del Mediterráneo; ¿habrían procedido así si la salvación podía encontrarse también en el culto de Cibeles o en los misterios de Eleusis? ¿Por qué Nuestro Señor les habría dicho: "Id a evangelizar las naciones"?

Es pasmoso que hoy algunos pretendan dejar a cada uno el cuidado de encontrar su camino hacia Dios según las creencias de su "medio cultural". El obispo dijo a un sacerdote que quería convertir a pequeños musulmanes: "Pero no, haga de ellos buenos musulmanes, eso será mejor que convertirlos en católicos". Me han asegurado que los padres de Taizé habían solicitado antes del concilio hacerse católicos después de abjurar de sus errores. Las autoridades les dijeron entonces: "No, esperen, después del concilio ustedes serán el puente entre los católicos y los protestantes".


Quienes dieron semejante respuesta tienen una pesada responsabilidad ante Dios, pues la gracia se da en un determinado momento y tal vez no siempre ocurre. En la actualidad los padres de Taizé, que sin duda tienen buenas intenciones, continúan estando fuera de la Iglesia y siembran la confusión en el espíritu de los jóvenes que van a verlos.

Ya me he referido a las conversiones que cesaron bruscamente en países como los Estados Unidos donde se producían alrededor de ciento setenta mil por año, como Gran Bretaña, como Holanda.

El espíritu misionero se ha extinguido porque se ha dado una mala definición de la Iglesia y a causa de la declaración del concilio sobre la libertad religiosa de la que ahora tendré que hablar.

Mons. Marcel Lefebvre

(Continuará)

domingo, 27 de junio de 2010

EL CID - PELÍCULA

El Cid (1961)

1ª parte




2ª parte



sábado, 26 de junio de 2010

LIBRO: EN LAS AGUAS TURBIAS DEL CONCILIO VATICANO II


“El Concilio es como un manantial que se convierte
en un río. La corriente del río nos sigue aun cuando
la fuente del manantial está lejos. Se puede decir que
el Concilio dejó un legado a la Iglesia que lo celebró. El
Concilio no nos obliga tanto a mirar hacia atrás, al acto
de su celebración, sino, más bien, nos obliga a tomar en
consideración la herencia que de él hemos recibido, la
cual está presente y permanecerá presente en el futuro.
¿Qué herencia es esa?”

Paulo Vl



El estudio más completo acerca del Concilio Vaticano II que se haya hecho hasta ahora y el objetivo primario es el análisis del Concilio Vaticano II, su espíritu, su pensamiento de fondo y sus frutos. El objetivo secundario es el estudio de la unidad que dichos elementos presentan entre sí.

Plan de la obra:

1° Análisis de la letra de los documentos conciliares (volumen I).

2° Análisis del espíritu del concilio (volúmenes II, III, IV y V).

3° Análisis de los frutos del Vaticano II (además de los tratados en los volúmenes anteriores, especialmente los volúmenes VI, VII, VIII, IX, X y XI).

Descripción sumaria de cada volumen de esta obra:

I En las Aguas Turbias del Concilio Vaticano II: busca analizar la letra de los documentos conciliares y muestra la imposibilidad de hacerlo debido a su ambigüedad lingüística intencional.

II Animus Injuriandi I (Deseo de Insultar I): presenta una larga serie de ofensas hechas a la Santa Madre Iglesia por los jerarcas y teólogos más representativos tanto de los tiempos inmediatos previos al Vaticano II como posteriores a éste.

III Animus Injuriandi II: relata las ofensas contra la religión.

IV Animus Delendi I (Deseo de Destruir I): presenta una doctrina del progresismo y un plan para la auto-demolición de la Iglesia y los importantes hechos que muestran cómo este nefasto trabajo está siendo realizado.

V Animus Delendi II: presenta un resumen de las dos principales iniciativas desarrolladas por la corriente progresista: el ecumenismo y la secularización. El objetivo indirecto de estas iniciativas, alentadas oficialmente por los pontífices conciliares, es la destrucción de la fe católica y los restos de la Cristiandad que todavía viven en los Estados y en la sociedad occidentales.

VI Inveniet fidem? (¿Encontrará Fe?): demuestra cómo los documentos conciliares están propiciando una sistemática destrucción de la fe católica.

VII Destructio Dei (La Destrucción de Dios): demuestra cómo la teología conciliar está mudando la concepción personal y transcendente de Dios que la fe católica nos enseñó.

VIII Fumus Satanae (El humo de Satanás): presenta el nuevo concepto inmanente de Dios que está siendo predicado por la teología conciliar.

IX Creatio (Creación): presenta la nueva doctrina progresista – el evolucionismo – y cómo está siendo aplicada para modificar la noción de la creación y de la historia.

X Peccato, Redemptio (Pecado y Redención): analiza el ataque a las nociones tradicionales de pecado original y de la redención y las nuevas teorías que las reemplazan.

XI Ecclesia (La Iglesia): analiza los principales nuevos conceptos de Iglesia que vienen del Vaticano II: Iglesia misterio, pueblo de Dios, Iglesia pecadora, Iglesia peregrina, Iglesia pobre, etc.

Dada la profundidad y seriedad de análisis, como también por la abundante documentación contenida, esta obra está dirigida a un público bastante amplio, ya que creemos merece la lectura cuidadosa y reflexiva de obispos, sacerdotes, estudiosos, historiadores, fieles y público en general.

Juan Valdivieso V.
Editor


PRÓLOGO ESPECIAL
por

R.P. Malachi Martin, SJ.

Este primer volumen de la colección Eli, Eli, Lamma Sabacthani? coloca al autor Atila Sinke Guimarães como uno de los actuales estudiosos mejor informados de aquel evento que marcó época: el Concilio Vaticano II. Hasta el momento, el examen más enciclopédico y detalladamente informado sobre el Concilio había sido realizado por el profesor (Romano) Amerio, en su Iota Unum. La colección de Guimarães concurre justamente a reemplazar Iota Unum como el mejor libro de fuente, de múltiples finalidades, sobre el Concilio. Y no es arriesgado o apresurado predecir que esta obra de Guimarães será un trabajo de referencia sobre la materia, inclusive a lo largo del siglo XXI.

El título del primer volumen, En las Aguas Turbias del Concilio Vaticano II, expresa exactamente su contenido. Todos los que vivimos en los años del Vaticano II (1962-1965) y tuvimos que tratar con sus consecuencias, podemos reconocer inmediatamente la entera precisión de este volumen. La ambigüedad, cultivada y, como fue, perfeccionada en la composición de los dieciséis principales documentos del Concilio, es ahora vista como el medio más hábil encontrado tanto para destruir el carácter romano y la catolicidad de la Iglesia Católica romana, como para entregarles toda esa organización institucional de mil millones de miembros a las manos listas y ávidas de aquellos para quienes la existencia del Papado tradicional y de la organización jerárquica fue por un largo tiempo un anatema.

Se lee este volumen con un cierto sentimiento de malestar, el cual ha sido causado por la manera unificada por la que los propios teólogos y prelados de la Iglesia conspiraron conscientemente, para hacer efectiva la actual tendencia de des-romanización y des-catolización de la otrora monolítica institución.

Nueva York, 25 de septiembre de 1997.


ACLARACIONESDEL AUTOR

§1 El título de este volumen, En las Aguas Turbias del Concilio Vaticano II, podría parecer una acusación irrespetuosa lanzada al Concilio justo en el inicio de una obra que busca analizarlo con imparcialidad.

Sin embargo, la imagen de las “aguas turbias” referidas al Vaticano II no es nuestra. Ella fue usada por Mons. Philippe Delhaye, profesor de la Universidad de Louvain-la-Neuve y secretario general de la Comisión Teológica Internacional (1973 a 1988). En efecto, Mons. Delhaye dice: “El Vaticano II fue una cúspide en la vida de la Iglesia, para el cual concurrieron movimientos de ideas tales como las del movimiento litúrgico: una cúspide de la cual fluyen y fluirán torrentes de agua viva para la Iglesia. Por el momento estas aguas están, algunas veces, turbias; ocurrieron ciertas desviaciones; pero acontecerá con este Concilio lo que sucedió con otros: tomará años para que se puedan ver sus efectos”.

§2 El cardenal Leo Józef Suenens, arzobispo de Malinas, uno de los cuatro moderadores que dirigieron el Concilio y ciertamente uno de los más influyentes personajes en la asamblea conciliar, también empleó la metáfora de las aguas turbulentas. Afirma él: “En pocas palabras, un trabajo falta por hacer: el de armonizar dos puntos de vista y conducirlos a una síntesis perfecta. Existe en Irlanda un lugar muy conocido por los turistas llamado the meeting of the waters. Es un valle en el cual dos ríos chocan impetuosamente uno contra otro para formar, después, un solo río de aguas calmas. Les ofrezco esta metáfora como un convite para llevar a término, en un diálogo fraterno, la maravillosa sinfonía – infelizmente incompleta como toda la creación humana – de la Lumen gentium”.

§3 Refiriéndose al mismo conflicto de tendencias, esta vez en la fase post-conciliar del pontificado de Paulo VI, el cardenal Suenens también utiliza la metáfora de “las aguas turbias”: “Paulo VI debía conducir la barca de Pedro entre corrientes opuestas que enturbiaron las aguas. Para algunos, en la propia Roma, él fue muy favorable a las tendencias de la mayoría [los progresistas], y las reformas que él realizó encontraron una fuerte oposición local. Mientras que, fuera de Roma, las hesitaciones y las tardanzas [hacia las reformas] se acentuaban”.

§4 Se ve entonces, que la imagen de las aguas turbias y aguas revueltas no provienen originalmente de nosotros. La razón de usar la metáfora de las “aguas turbias”, empleada por Mons. Delhaye y el cardenal Suenens, como título para este volumen es porque creemos
que expresa la actual realidad.

Cualquier intento irrespetuoso, por lo tanto, está lejos de nuestros motivos.

CAPÍTULO I
AMBIGÜEDAD EN LOS TEXTOS DE LOS DOCUMENTOS
OFICIALES DEL VATICANO II

§1 Si alguien dotado de una cultura católica media y motivado por su amor a la Iglesia estudia los documentos del Concilio Vaticano II, a medida que avanza en su lectura, su espíritu se verá gradualmente invadido de preguntas.

Ya en el primer capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium,se sorprendería al leer: “La única Iglesia de Cristo que en el Símbolo confesamos Una, Santa, Católica y Apostólica (…) constituida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro (…), si bien fuera de su estructura visible se encuentren varios elementos de santificación y verdad. Estos elementos, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impelen a la unidad católica” (LG 8b).

Este pasaje habría sido claro si hubiese afirmado que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica o que la Iglesia de Cristo existe exclusivamente en la Iglesia Católica. Escrito como está, queda afirmado implícitamente que existirían dos realidades distintas – la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica – y que la segunda, que sería más restringida, recibiría su vida de la primera, más universal y más noble.

¿Qué “Iglesia de Cristo” sería esta, diferente y más noble que la Iglesia Católica, de la cual esta última recibiría su propia vida? ¿Sería una “iglesia” que contendría “elementos de santificación y verdad” que se encuentran “fuera” de la estructura visible de la Iglesia Católica? A la búsqueda de una explicación, el lector deparará con una aún más grande confusión: ¿entonces, pueden habitualmente existir elementos de “santificación y verdad” fuera del seno sagrado de la Iglesia Católica?

Esta afirmación implícita, de la existencia de dos iglesias diferentes,choca frontalmente con la enseñanza perenne del magisterio y con el sentido católico de los fieles, que siempre se han nutrido, como niños de su leche materna, de la creencia de que la Iglesia Católica es la única Iglesia de Cristo. Deseoso de encontrar una respetuosa solucióna tal afirmación disonante, el fiel católico es llevado a preguntarse si la expresión, subsistit in, no fue usada inadecuadamente.

La impresión de ambigüedad se hace aún más sorprendente cuando,después de la consideración anterior, volvemos al texto con el propósito de ver si se lo puede interpretar de una manera benigna, pero coherente.

“La única Iglesia de Cristo que en el Símbolo confesamos (…) Católica (…) subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el Sucesor de Pedro”.

Si la intención era afirmar que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo, como siempre ha sido enseñado, ¿por qué lanzar una duda como esa en la mente del fiel? ¿Por qué esta ambigüedad del subsistit in?

§2 Más adelante, al leer el inicio del capítulo II de la misma constitución dogmática, un espíritu católico no puede dejar de levantar,con preocupación, varias preguntas acerca de si habría sido oportuno sustituir la noción de una Iglesia jerárquica y sacra por la noción de “pueblo de Dios”. Nos gustaría decir una palabra sobre su contexto, dejando el análisis del texto para después. Si bien la expresión “pueblo de Dios”, por sí misma, puede ser aplicada legítimamente a la Iglesia,un católico podría preguntarse si en un mundo, devastado por la tendencia de abolir toda superioridad, contaminado por los errores de la Ilustración y la Revolución Francesa, y, además, profundamente minado por los gérmenes virulentos del comunismo, habrá sido oportuno presentar la estructura de la Iglesia, predominantemente como un pueblo y ya no más como una jerarquía. ¿No es esto abrir la puerta a esa tendencia igualitaria?.

En este contexto, la afirmación del sacerdocio común de los fieles(8), ¿no es estimular el mito rousseauniano de la soberanía popular? ¿No es esto un renacimiento de los viejos errores de la Acción católica(9) que instaban a los laicos a participar en el munus (oficio) jerárquico?

§3 Habiendo el Concilio aprobado nociones tan singulares, en aparente detrimento de la constitución jerárquica de la Iglesia, ¿cómo se podría evitar entonces, los excesos a que llegaron un Fr. Leonardo Boff y un P. Edward Schillebeeckx, que preconizan una iglesia igualitaria? En el largo plazo, ¿qué eficacia tendrán las loables advertencias que el entonces cardenal Ratzinger hizo a esos autores, que en realidad se sienten protegidos por la ambigüedad en el texto y contexto de la Lumen gentium?

§4 En el caso de la noción eclesiológica de “pueblo de Dios”, la ambigüedad se encuentra no sólo en pasajes incidentales sino que impregna todo el contexto en el que la Iglesia parece adaptarse a los errores de la Ilustración, de la Revolución Francesa e, indirectamente, al comunismo(13), todos los cuales hasta entonces Ella siempre combatió.

§5 Quien analiza el conjunto de los documentos conciliares, comenzando por la Lumen gentium, tiene un momento de distención cuando llega al capítulo II. En efecto, ahí se lee: “No podrán salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se nieguen a entrar o a perseverar en ella” (LG 14a).

Estamos, en efecto, delante del axioma perenne de la enseñanza dogmática: extra Ecclesiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación).

En este pasaje, la coherencia del pensamiento del Vaticano II con toda la tradición de la Iglesia da a la persona que lo estudia una sensación de seguridad, confianza y esperanza de que las ambigüedades citadas anteriormente puedan ser resueltas por una explicación cristalina.

Sin embargo, tales esperanzadores y filiales sentimientos se deshacen como una ola que choca en una roca cuando se llega al texto del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio; y más adelante, al de la declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae; y finalmente, al de la declaración sobre las relaciones con las religiones no-cristianas, Nostra aetate.

Consideremos, por ejemplo, el decreto Unitatis redintegratio, en el cual se lee: “Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia Católica. (…) Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia Católica los abraza con fraterno respeto y amor. (…) Además de los elementos o bienes que conjuntamente edifican y dan vida a la propia Iglesia, pueden encontrarse algunos, más aún, muchísimos y muy valiosos, fuera del recinto visible de la Iglesia Católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles. (…) Los hermanos separados de nosotros practican también no pocas acciones sagradas de la religión cristiana, las cuales (…) hay que considerarlas aptas para abrir el acceso a la comunión de la salvación” (UR 3a, b, c).

En este caso no parece más tratarse de ambigüedades; se diría que estamos delante de la incoherencia y de la contradicción. ¿Cómo no ver una contradicción entre lo que se dice aquí y la cita anterior de la Lumen gentium?

§6 Hemos presentado tres ejemplos de ambigüedad y contradicción tomados de apenas dos de los dieciséis documentos finales del Concilio Vaticano II.

¡Cuánto se tendría que escribir para hacer un análisis completo sólo de los puntos ambiguos, contradictorios e incompletos de tales documentos!

Para conocer en más detalle o adquirir esta obra ingrese aquí http://aguasturbias.com/

Tomado de: Devoción Católica

viernes, 25 de junio de 2010

SAN FRANCISCO DE PAULA Y LA FAMILIA MÍNIMA

Video realizado por las Monjas Mínimas de Daimiel donde nos presenta al Santo y las tres Ramas de su Familia Mínima: Frailes Mínimos, Monjas Mínimas y la Orden Tercera de los Mínimos.

http://www.minimas.org/convento.asp?idc=5

NUEVO CHUPI-SHOW EN MALLORCA: OLAM´S ROCK, "CONCIERTO ORACIÓN" ORGANIZADO EN LA CAPILLA DE LA CASA DE LA IGLESIA







de Sector Católico

LOS SACERDOTES PEOR VESTIDOS DEL MUNDO

OBJETO DE LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN


1 – El objeto material

Es el Corazón físico de Jesús la parte más noble de la naturaleza humana asumida por el Verbo. Es un corazón humano, pero también un corazón divino por estar unido hipostáticamente a la persona del Verbo; y por eso es digno de todas nuestras adoraciones.
Es el Corazón más bello por haber sido formado directamente por el Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen. ¡Cuántas debilidades, sombras, e imperfecciones en el corazón humano! Pravum est cor omnium et inscrutabile (Jer 17,9). El Corazón de Jesús, por el contrario, es “un reflejo de la luz eterna…, e imagen de la bondad divina” (Sab 7,26).
Es el santuario de la divinidad, el tesoro de la gracia, el jardín fragante de todas las virtudes y de todos los dones del Espíritu Santo. Por eso puede decir con verdad: “Venid a mi escuela, haceos mis discípulos” (Mt 11, 29).

2- El objeto formal

El corazón ha sido siempre y para todos el símbolo del amor. “Le daría el corazón”, suele decirse, para significar lo mejor del que habla, para expresar la entrega de si mismo. Por el contrario, se dice también: “es un hombre sin corazón”, cuando se habla de uno que no tiene sensibilidad, comprensión ni piedad.
Por eso Jesús ha querido revelarnos su Corazón, para hacernos ver y probar el amor en su misma fuente. Amor divino y amor humano. “Con amor eterno te amé; por eso te he mantenido mi favor” (Jer 31,3). “¿Qué más podía yo hacer por ti, que no lo hiciera?” (Is 5,4).
Por consiguiente, honrando al Corazón de Jesús, no pretendemos que ese honor sea sólo para su Corazón de carne, sino también para el amor divino y humano que siempre ha sentido y siente, amor que es la fuente de todas las gracias y beneficios que nos ha concedido y nos está otorgando a todas horas.
Y finalmente, como el honor se refiere a la persona, honrado al Corazón de Jesús, queremos honrar a la persona divina del Verbo que, asumiendo nuestra naturaleza, se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado para volvernos al camino de la salvación y ganarse nuestros corazones.
Oh Sagrado Corazón de Jesús, haznos conocer cada vez mejor tu belleza y amabilidad, para que nos sintamos cada vez más atraídos hacia ti, hacia tu amor y tu imitación.

Tomado de: El Cruzado nº 219, revista
de la Cruzada Eucarística.

viernes, 18 de junio de 2010

PENA QUE CAUSA A DIOS EL PECADO DE ESCANDALO - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO


Introducción, definición. –Ante todo, es preciso explicar en qué consiste el pecado de escándalo. He aquí cómo lo define Santo Tomás: “Es una palabra o una acción que constituye para el prójimo ocasión de ruina espiritual”.

El escándalo es, pues, cualquier dicho o acción con la que eres causa u ocasión de contribuir a que el prójimo pierda el alma. Este escándalo puede ser directo o indirecto. Es directo cuando directamente te esfuerzas por inducir al prójimo a cometer un pecado. Es escándalo indirecto cuando con tu mal ejemplo o con tus palabras prevés la caída del prójimo y no te privas de decir aquella mala palabra o de cometer aquella mala obra. Desde el momento en que hay materia grave, el escándalo, ya directo o indirecto, es pecado mortal.

I

Veamos ahora la pena que causa a Dios el pecado de escándalo. Para comprenderlo, consideremos:

1.º Cómo Dios creó al alma a su imagen de modo especial. –En primer lugar, la creó a imagen del mismo Dios. Hagamos un hombre a imagen nuestra. Dios hizo salir de la nada, con un fiat, al resto de las criaturas, como con un guiño de su voluntad; pero al alma la creó con su mismo soplo; por eso se lee: insuflando en sus narices aliento vital.

2.º Desde toda la eternidad la creó para el cielo. Además, esta alma, el alma de tu prójimo, fue amada por Dios desde toda la eternidad: Te he amado con amor eterno; por eso te atraigo con bondad. Finalmente, la creó para llamarla un día al cielo y hacerla partícipe de su gloria y de su reino, como nos dice San Pedro: Para que por estos (bienes) os hagáis participantes de la divina naturaleza. En el cielo la hará partícipe de su mismo gozo: Entra en el gozo de tu Señor. Entonces es cuando Dios se dará a sí mismo en recompensa: Soy para ti tu escudo; tu salario será sobre manera grande (Gen. 15.1).

3.º Sobre todo, la rescató con la sangre de Jesucristo. –Lo que sobre todo nos manifiesta cuán grande aprecio tiene Dios del alma es la obra de la redención que Jesucristo llevó a cabo para rescatarla del abismo del pecado. “¿Quieres saber tu valor”, pregunta San Euquerio, y responde: “Si no crees a tu Creador, pregunta a tu Redentor. Y San Ambrosio, para darnos a comprender precisamente cuán a pecho debemos tomar la salvación de nuestros hermanos, nos dice: “Considera la muerte de Cristo y deduce lo que vale la salvación de tu hermano”. Por tanto, si Cristo dio su sangre para rescatar el alma, tenemos derecho para decir que ésta vale la sangre de Dios, ya que apreciamos el valor de una cosa según el precio en que la tasa un prudente comprador. Comprados fuisteis a costa de precio (1 Ped. 1, 19).Por esto San Hilario decía: “Al considerar el precio en que fue tasada la redención humana, parece que el hombre vale tanto como Dios”. Por todo ello comprendemos cómo nuestro Salvador nos inculca: En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis (Mt. 25, 40).

II
ESTE PECADO MATA AL ALMA

-Siendo esto así, ¡qué pena tan amarga causa a Dios el escandaloso que le hace perder un alma! Baste decir que le roba y le mata una hija por quien para salvarla había derramado la sangre y dado la vida. Por eso San León llama homicida al escandaloso. “Quién escandaliza, son sus palabras, asesina el alma de su prójimo.”
…Y PRIVA A JESUCRISTO DEL FRUTO DE SUS LÁGRIMAS, DOLORES, etc. –El escandaloso comete un homicidio tanto más atroz cuando que arrebata a su hermano no ya la vida corporal sino la vida del alma, y priva a Jesucristo del fruto de todas sus lágrimas, dolores y, en una palabra, de cuanto el Salvador padeció para ganar aquella alma. Por esto escribió el Apóstol a los fieles de Corinto: Y pecando así contra los hermanos y sacudiendo a golpes su conciencia, que es débil, contra Cristo pecáis (1 Cor. 8, 12). Quien escandaliza al prójimo se dirá que peca propiamente contra Cristo, porque, al decir de San Ambrosio, quien es causa de que se pierda un alma es causa de que Jesucristo pierda una obra en que empleó tantos años de fatigas y de sufrimientos. Cuéntase que el bienaventurado Alberto Magno empleó treinta años de trabajos en confección de una cabeza parecida a la de un hombre, consiguiendo que articulase ciertas palabras, y que Santo Tomás, receloso de que hubiera allí algo diabólico, cogió la citada cabeza y la rompió. Alberto Magno se le quejó diciéndole: “Me rompiste treinta años de trabajo”. No entro ni salgo en la veracidad del hecho; pero lo cierto es que, cuando Jesucristo ve perdida el alma por obra y desgracia del escandaloso, puede muy bien echarle en rostro este reproche: “Malvado, ¿qué hiciste? Me perdiste esta alma, por la que empleé treinta y tres años de vida”.

Comparación sacada de las Sagradas Escrituras. –Léese en las Sagradas Escrituras que los hijos de Jacob, después de vender a su hermano a los mercaderes, fueron a decir al padre: ¡Una bestia feroz lo ha devorado! Y para dar a entender mejor a Jacob que José había sido presa de la tal bestia feroz, mojaron el vestido de José en la sangre de un cabrito, preguntándole: Comprueba, por favor, si es la túnica de tu hijo o no, a lo que el padre hubo de responder entre gemidos de dolor: ¡La túnica de mi hijo es! ¡Una bestia feroz lo ha devorado! De igual modo también, cuando un alma, a consecuencia del escándalo, acaba de caer en pecado, los demonios le toman la estola bautismal teñida en la sangre del Cordero inmaculado, es decir, la gracia de que le ha despojado el escandaloso, gracia que Jesucristo le había adquirido con el precio de su sangre, y preguntan a Dios: “¿Es éste el vestido de tu hijo?” Si Dios pudiera estallar en sollozos, a no dudarlo que a la vista de esta alma así sacrificada, de su hijo asesinado, sus lágrimas correrían más amargas que las de Jacob, exclamando: Si, es el vestido de mi hijo amadísimo; una bestia feroz lo ha devorado. Y luego buscando a esta bestia feroz, exclamaría: “¿Dónde está el monstruo feroz que acaba de devorar a mi hijo?”

Conclusión. Profunda irritación de Dios, que le excita a la venganza.-Y una vez hallado este monstruo feroz, ¿qué hará el Señor? Los asaltaré, dice como osa privada de sus cachorros. Así hablaba Dios por boca de Oseas. Cuando la osa vuelve a la guarida y no halla sus cachorros, sale a recorrer el bosque en busca del ladrón, y si lo encuentra lánzasele para desgarrarlo. Así se precipitará el Señor sobre el escandaloso que le arrebató uno tan sólo de sus hijos.

Tal vez diga el escandaloso: “Si se ha condenado ya aquel prójimo, ¿qué puedo hacer yo?” Puesto que él se ha condenado por culpa tuya, responde el Señor, tuya es la responsabilidad: Yo he de reclamar su sangre de tu mano. También se lee en el Deuteronomio: No tendrás conmiseración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Sí, dice el Señor, ya que tú causaste la perdición de un alma, es preciso que también pierdas la tuya. –Pasemos ya al segundo punto.

CASTIGOS CON QUE DIOS AMENAZA A LOS ESCANDALOSOS

I
LA AMENAZA DE UN CASTIGO

1º. Grande.- ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Si grande es la pena que el escandaloso causa a Dios, grande ha de ser también el castigo que le espera. He aquí cómo habla Jesucristo de tal castigo: Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, mejor fuera que le colgasen alrededor del cuello una muela de tahona y le sumergiesen en alta mar. El escandaloso merece que se le arroje al mar con una piedra de molino al cuello, y no con una piedra cualquiera, sino con una piedra asnaria, es decir, piedra enorme a la que en Palestina daban vuelta los asnos en los molinos. Cuando algún malhechor muere ajusticiado en la plaza, los espectadores se mueven a compasión, y si no lo pueden librar de la muerte, al menos lo encomiendan a Dios; pero si el desgraciado es arrojado a altar mar, nadie lo compadecerá. Por esto dice un autor que Jesucristo habló de esta suerte de castigo en relación con el escandaloso, para declararlo tan odioso a los mismos ángeles y santos que ni siquiera tienen ánimo de encomendar a Dios a quien se ha hecho reo de la perdición de una sola alma: “Es indigno de que se le vea y de que se le ayude.”

2.º Riguroso.- No se contenta Dios con no dejar nunca impune al escandaloso, sino que le trata siempre con la más rigurosa justicia, porque lo aborrece soberanamente. “Dios, dice San Juan Crisóstomo, es paciente con ciertos pecados aun gravísimos, pero nunca con el escándalo, por lo horrible que es a sus ojos”. El señor lo había ya declarado por boca de Ezequiel: Tornaré mi rostro contra tal hombre y (lo convertiré) en ejemplo (y proverbio) y lo extirparé de en medio de mi pueblo; y sabréis que soy yo Yahvé (Ez. 14, 8). Y realmente vemos por las Escrituras Sagradas que uno de los pecados que castiga Dios con mayor rigor es del escándalo. Los padres ya se sabe que escandalizan no tan sólo cuando dan mal ejemplo a sus hijos, sino también cuando no los corrigen como conviene. Pues bien, he aquí lo que Dios dijo del sacerdote Helí, culpable tan sólo por no haber corregido a sus hijos que escandalizaban al pueblo judío robando del altar las carnes sacrificadas: He aquí que voy a hacer en Israel una cosa que a todo aquel que la oiga le retiñirán ambos oídos, porque nota la Sagrada Escritura, con motivo del escándalo dado por los hijos de Helí: Era… el pecado de estos jóvenes muy grave a los ojos de Yahvé /1 Rey. 2, 17) ¿Cuál era, pues, el grave pecado que cometían? Dice San Gregorio que “inducir al pueblo al mal”. También Jeroboam fue severamente castigado, y ¿por qué? Por escandaloso. Entregará a Israel, a causa de los pecados que Jeroboam ha cometido y ha hecho cometer a Israel (3 Rey. 14, 16). En la familia de Acab, enemiga toda ella de Dios, cayó el más espantoso de los castigo sobre Jezabel; fue, en efecto, lanzada de lo alto de una ventana y devorada de los perros, que tan sólo le dejaron el cráneo y las extremidades de los pies y de las manos. ¿Por qué? Responde el abulense: “Porque Jezabel incitaba a Acab a toda clase de iniquidades”.


II
ESTE CASTIGO SE VERIFICARÁ SOBRE TODO EN EL INFIERNO

- El infierno fue creado para castigar el pecado de escándalo. Al principio creó Dios el cielo y la tierra. ¿Cuándo creó el infierno? Cuando Lucifer comenzó a seducir a los ángeles para rebelarse contra Dios. En efecto, para impedirle que sedujese a los ángeles que habían permanecido fieles, Dios lo arrojó del cielo inmediatamente después de su pecado.

1º. Castigo debidamente merecido. –Jesucristo llamaba a los fariseos, que con su mal ejemplo escandalizaban al prójimo, hijos del demonio, que fue desde el principio el homicida de las almas: Vosotros tenéis por padre al diablo… El era homicida desde el principio (Jn. 8, 44). Y cuando San Pedro le escandalizó insinuándole que no se dejara prender y matara a los judíos, con lo que impediría la redención humana, Jesucristo lo llamó demonio: Vete de ahí, quítame de delante, Satanás; piedra de escándalo eres para mí (Mt. 16, 23).

Y a la verdad, ¿qué otro oficio ejerce el escandaloso más que ser ministro del demonio? No harían ciertamente los demonios tan cosecha de almas cuanta hacen si no los ayudarán tan malvados ministros. Hace más daño un compañero escandaloso que lo harían cien demonios.

Explicación. –Comentado San Bernardo las palabras del rey Ezequías: En salud se me ha trocado la amargura, pone en boca de la Iglesia de su tiempo las siguientes palabras: “Actualmente la Iglesia no tiene paganos, no tiene herejes que la persigan; pero la persiguen sus mismos hijos, es decir, los cristianos escandalosos. Los cazadores de red para coger avecillas llevan reclamos, que no son mas que otras avecillas atadas por un hilo y ciegas”. Así hace el demonio, dice San Efrén: “Cuando coge presa a un alma, en primer lugar la ciega y la sujeta como esclava, convirtiéndola así en reclamo suyo para engañar a los demás y atraparlos en la red del pecado”. Y San León afirma que “no sólo incita (en demonio) a las almas a engañar a los demás, sino que hasta las fuerzas a ello”.

2º. Será castigo terrible, porque será proporcionado a todos los pecados causados por los escandalosos. -¡Desgraciados escandalosos! En el infierno tendrán que sufrir la pena de cuantos pecados hicieron cometer a los demás. Cuenta Cesáreo que al punto de morir cierto escandaloso lo vio un santo varón presentarse al tribunal de Dios, donde fue condenado al infierno, a cuya puerta salieron a recibirle todas las almas que había escandalizado, las cuales dijéronle: “Ven acá, maldito; ven a pagar los pecados que no hiciste cometer”, y esto diciendo se le lanzaron encima, como otras tantas bestias feroces, para destrozarlo.

3.º Será inevitable para los endurecidos. –Nota San Bernardo que la Sagrada Escritura, al hablar de otros pecadores, deja abierta una puerta a la esperanza de enmienda y de perdón; más cuando habla de los escandalosos, habla como de precitos que ya estuvieran separados de Dios y sin esperanza de salvación.

III
APLICACIÓN. ESTADO DEPLORABLE Y CASTIGO ATERRADOR

1.º De los que predican el mal, sobre todo a los niños. –Comprendan el estado deplorable en que se encuentran quienes escandalizan con su mal ejemplo y quienes hablan deshonestamente ante sus compañeros, ante muchachas y ante niños inocentes, que al oír aquellas palabras se detienen a pensarlas, por lo que cometen miles de pecados. Pensad pues, el dolor con que se lamentarán los ángeles de la guarda de aquellos desgraciados niños viéndolos caer en pecado y cómo pedirán a Dios venganza contra semejantes bocas sacrílegas que los escandalizaron.

2.º Castigos de quienes se burlan de las gentes de bien. -¡Cuán terrible será también el castigo de quienes con sus continuadas burlas ridiculizan a las gentes de bien! No faltan quienes para hurtar la burla abandonan el bien y se dan a mala vida.

3.º Castigos de quienes favorecen relaciones culpables y se glorían de sus pecados.-Y ¿qué decir de quienes favorecen relaciones culpables y quienes se glorían del mal cometido? Efectivamente, hay quienes, en lugar de sentir desolación y arrepentimiento por los pecados, cometidos, lejos de hacer caso de ello, llegan hasta a gloriarse de su abominable conducta.

4.º Castigo de quienes incitan al mal. -¿Qué decir también de quienes incitan al mal, de quienes incitan a cometerlo, de quienes hasta enseñan el mismo mal, crimen de que los mismos demonios no son capaces?

5.º Crimen de los padres que lo permiten. -¿Qué decir, finalmente, de los padres que, lejos de impedir, pudiéndolo, los pecados de sus hijos, consienten que frecuenten malas compañías, que vayan a casas peligrosas y que conversen con jóvenes de diverso sexo? ¡Qué castigos tan terribles se preparan todos estos escandalosos para el día del juicio final!

PERORACIÓN

1.º Esperad. –y ¿qué?, dirá tal vez alguien; yo, que escandalicé, ¿estaré perdido? ¿No habrá, padre mío, para mí esperanza de salvación?-No; yo no pretendo decir que te desesperes: la misericordia de Dios es grande y prometió el perdón al corazón arrepentido.

2.º Reparad los escándalos. –Pero para salvaros es de absoluta necesidad que reparéis vuestros escándalos. San Cesáreo dice. “Muy justo es que, después de haberos perdido a vos mismo perdiendo a los demás, ayudéis al prójimo a salvarse, salvándoos a vos mismo”. Ya que te perdiste y con tus escándalos perdiste a muchas almas, justo es que repares el mal. Pues bien, así como llevaste a los otros al pecado, así es necesario que ahora los lleves a la virtud, por lo que no debes tener en adelante más que conversaciones edificantes, buenos ejemplos, fuga de las ocasiones, frecuencia de sacramentos, asiduidad a los cultos de la iglesia y a los sermones.

3.º No escandalicéis más. –De hoy en adelante guardaos, más que de la muerte, de hacer ni decir nada que pueda ser ocasión de escándalo al prójimo. “Baste al caído encontrarse solo por tierra”, dice San Cipriano. Y de Santo Tomás de Villanueva: “Bástennos nuestros propios pecados”. ¿Qué mal os hizo Jesucristo que no os baste haberlo ofendido vosotros, para que queráis que los demás lo ofendan? Esto es exceso de crueldad.

4.º Evitad la compañía de los escandalosos. –Guardaos en delante de dar el más mínimo escándalo, y sí os queréis salvar, huid cuanto os sea dado la compañía de los escandalosos. Estos demonios encarnados se condenarán, y si no os apartáis de ellos, también acabaréis por condenaros. ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!, dice el Señor, para darnos a comprender que son muchos los que se condenan por que no se cuidan de evitar la compañía de los escandalosos. – Pero si es amigo mío, a quien debo muchos favores y en quien tengo grandes esperanzas. Si tu ojo te escandaliza, sácalo y échalo lejos de ti; mejor te vale con un solo ojo entrar en la vida que con tus ojos ser arrojado en la gehena del fuego. Por tanto, por muchos títulos que os ligaran a persona tan querida, tendríais que romper con ella y no volver a verla si os fuere ocasión de escándalo, porque vale más perderlo todo y salvar el alma sin un ojo que entrar con ambos en el infierno.

Preparación para la Vida Eterna
San Alfonso María de Ligorio

CRÍMENES Y CASTIGOS - PADRE CHRISTIAN BOUCHACOURT


Cada vez que acontece una catástrofe en algún lugar, como hace poco fue el caso de Haití o Chile, el hombre moderno se desata en una catarata de comentarios. Algunos ven allí la prueba de que Dios no existe, ya que —de lo contrario— impediría que sobreviniesen tales acontecimientos.

Otros, con frecuencia católicos, se niegan a ver la mano de Dios. Este tipo de tragedias —afirman— se deben simplemente a anomalías de las leyes de la naturaleza. ¡A nadie se le ocurre la posibilidad de que sea un castigo de Dios, ya que Él es bueno! En consecuencia, el clero se abstiene de llamar a los hombres a hacer penitencia, e insiste en que en esas coyunturas difíciles la Iglesia está al lado de las víctimas para reconfortarlas y ayudarlas como haría una buena ONG. Todo esto es muy humano, demasiado humano…

Porque, después de todo, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y la enseñanza de la Iglesia, nos proveen de grandes luces para esclarecer sucesos tan dramáticos.

Es evidente que el sufrimiento y el mal son grandes misterios que sólo la fe puede iluminar. Desde el principio de la creación, Dios recuerda al hombre cuál es su deber. Cuando el hombre se sustrae, castiga. Y es así que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso después de su desobediencia, mientras que el diluvio destruyó gran parte de una humanidad que no cesaba de alejarse de Dios. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por los excesos de los pecados contra la naturaleza. Recordemos además las siete plagas con que Egipto fue castigado por vapulear el pueblo de Israel.

Esto no fue más que una reprensión del cielo. En el Antiguo Testamento, cada vez que el pueblo judío se alejaba de las enseñanzas divinas transmitidas por los patriarcas y los profetas, Dios castigó a este “pueblo de dura cerviz” para que vuelva por el buen camino.

Moisés fue castigado por Dios por dudar en golpear dos veces la piedra: murió antes de entrar en la tierra prometida.

Ejemplos como éstos abundan en la Biblia. Sin embargo, Dios, en su bondad y su justicia, recompensa al justo que cumple con su voluntad, respeta sus mandamientos o hace penitencia. Por haber mostrado una obediencia heroica, Dios prometió a Abrahán una descendencia numerosa. Del mismo modo, Jonás fue quien evitó que la ira de Dios se descargase sobre la ciudad de Nínive en razón de los pecados: sus autoridades y habitantes hicieron penitencia. Dios, porque es bueno, es también justo. No puede tratar de la misma manera a quien se pliega a su voluntad, que a quien se aparta de ella.

Alguno podrá objetar que en las catástrofes que se abaten sobre el mundo, no sólo los malos habrán de sufrir sino también los justos. ¿Acaso no es esto una injusticia? Dios, en efecto, quiere que el mal caiga sobre los pecadores para castigarlos y para llamarlos a la penitencia, pero también permite que afecte a los buenos, que a ejemplo de Cristo, soportan estas pruebas terribles y las ofrecen con resignación para expiar y reparar los pecados de los hombres, aplacar la ira divina y atraer gracias para un mundo que no deja de ofender a Dios.

Esta doctrina ha sido la que enseñó Nuestro Señor. Recordemos aquellas palabras terribles que dirigió a la multitud que lo seguía: “Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis sin distinción”.(1) Estas palabras son un eco de las que Isaías pronunció en el Antiguo Testamento: “Los pueblos y naciones que no te sirvan, perecerán, y las naciones serán exterminadas”.(2)

Las desgracias y desventuras que golpean a los hombres y al mundo son consecuencia del pecado y sucederán hasta el fin del mundo. León XIII no hizo más que confirmar esta enseñanza cuando dijo:

“De igual modo, el fin de las demás adversidades no se dará en la tierra, porque los males consiguientes al pecado son ásperos, duros y difíciles de soportar y es preciso que acompañen al hombre hasta el último instante de su vida. Así, pues, sufrir y padecer es cosa humana, y para los hombres que lo experimenten todo y lo intenten todo, no habrá fuerza ni ingenio capaz de desterrar por completo estas incomodidades de la sociedad humana. Si algunos alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases humildes una vida exenta de dolor y de calamidades, llena de constantes placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo y cometen un fraude que tarde o temprano acabará produciendo males mayores que los presentes. Lo mejor que puede hacerse es ver las cosas humanas como son y buscar al mismo tiempo por otros medios, según hemos dicho, el oportuno alivio de los males”.(3)

Dios no se impone a sí mismo. Si los hombres no quieren saber más nada de Él, se retira y los abandona a su propia suerte. En ese caso, sin embargo, deberán asumir las consecuencias. En Fátima la Santísima Virgen María no dijo otra cosa en la segunda parte del secreto que reveló a los pastorcitos el 13 de julio de 1917:

“Si ustedes hacen lo que yo les digo muchas almas se salvarán, y habrá paz. Esta guerra cesará, pero si los hombres no dejan de ofender a Dios, otra guerra más terrible comenzará durante el pontificado de Pío XI. Cuando ustedes vean una noche que es iluminada por una luz extraña y desconocida, sabrán que esta es la señal que Dios les dará y que indicará que está apunto de castigar al mundo con la guerra y el hambre, y por la persecución de la Iglesia y del Papa”. Confrontados ante esta realidad, las graciosas explicaciones que suele dar el clero conciliar son irresponsables: “De Dios nadie se burla”. (4)

Es evidente que las leyes mortíferas que los enemigos de Dios y de la Iglesia pujan por imponer en todas las sociedades no quedarán sin consecuencias. El aborto, la homosexualidad y todo cuanto va contra la ley natural son crímenes que, como nos enseña el catecismo, piden la venganza del cielo y de Dios porque el autor de la ley natural es Dios mismo. Las sociedades que quieren vivir bajo tales leyes se atraen la ira de Dios y no verán la paz social y la prosperidad en tanto y en cuanto esas leyes no sean abrogadas. Hasta que eso no suceda, es imposible que acontezca toda restauración social y política. Esos países harían mejor si temiesen la cólera divina, por lo mismo que ese tipo de leyes llevan en sí mismas el sello de la rebelión contra Dios, que porque es Padre, no puede dejar impune tales delitos.

En consecuencia, debemos considerar bajo el signo de la probabilidad que puede no ser casual que mientras la antigua presidente de Chile, la Señora Bachelet, firmaba un decreto ampliando la utilización de la “píldora del día después”, un terrible movimiento sísmico sacudió la ciudad de… Concepción.

¿Cómo explicar, además, que República Dominicana, que el año anterior había sido consagrada por los obispos del país al Inmaculado Corazón de María, quedara indemne del terremoto que asoló Haití, país contiguo a ella, y que se llevó a la tumba a trescientas mil personas? La religión oficial de Haití es el vudú… Los siniestros efectos del sismo se detuvieron en la frontera entre los dos países… ¿Será una casualidad? Yo no lo creo.

Tenemos que rezar en nuestros prioratos y en nuestras familias para que Dios no permita que la Argentina y otros países de América del Sur aprueben el matrimonio homosexual, y también tenemos que mostrar exterior y públicamente a los legisladores nuestro rechazo a tales leyes.

En fin, dejaré al Cardenal Pie, que tanto inspiró a San Pío X, que concluya esta editorial. Sus palabras, una vez más, son muy luminosas:

“Nuestros padres pidieron a Dios que se alejara de ellos. (5) Dios, en efecto, se apartó, y para castigarnos no hizo más que dejarnos abandonados a nuestra propia suerte. De inmediato mil cuestiones que desde hacía mucho habían sido resueltas por el Evangelio volvieron a presentarse como problemas. Se rompió el equilibrio. La sociedad quedó presa de mil sufrimientos intestinos. Cada día presentaba nuevos obstáculos. Durante mucho tiempo creímos que podíamos domar el mal. Durante mucho tiempo nos hemos alimentado de brillantes quimeras. Si algún destello lucía en el horizonte, su aparición fue recibida con entusiasmo. Con todo, el mal seguía durando y la enfermedad se complicaba más y más. En fin, desaparecieron todas nuestras ilusiones, nuestras esperanzas se han visto frustradas. Si en medio de la duda o del dolor que son propios del alma queda una convicción firme y última, esa es que no existe ningún poder humano que pueda librar a la sociedad de los incontables males que la abruman. Así, pues, ¿qué podemos hacer? (…) No hay término medio: o perecer o volver a Dios. ¡Elegid!” (6)

Con fe y confianza hagamos subir nuestra súplica a la presencia de Dios, adornándola de nuestras penitencias para que salve nuestras patrias, las preserve y suscite en ella una élite política y religiosa realmente católica, provista del coraje de defender los derechos de Dios sobre la tierra y deseosa de trabajar por la restauración del reino de Cristo Rey, que es el único que puede conducirnos a la práctica de la virtud, y dar la paz y la prosperidad a nuestras sociedades agonizantes.

¡Que Dios los bendiga!

Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur. (fsspx)
Notas:
1. San Juan, 13, 3.
2. Isaías, 60, 12.
3. Génesis, 3, 15.
4. León XIII, “Rerum novarum”, 15 de mayo de 1891, nº 13.
5. Job, 21, 14.
6. Cardenal Pie, “Œuvres de Mgr l'Evêque de Poitiers”, Carta pastoral de Cuaresma, 1950, tomo I, pág. 139.

Tomado de: Congregación Obispo Alois Hudal

jueves, 17 de junio de 2010

JÓVENES CATÓLICOS DEFIENDEN LA CATEDRAL DE LYON


BEN HUR - PELÍCULA




Ganadora de 11 Oscars. En los años del Imperio Romano del reinado de Augusto y su sucesor Tiberio, Judá Ben-Hur, hijo de una familia noble de Jerusalén, y Mesala, tribuno romano que dirige los ejércitos de ocupación, se han convertido en enemigos irreconciliables. Acusado de atentar contra la vida del nuevo gobernador romano, Mesala le encarcela junto a su familia. Cuando se llevan a Ben-Hur a galeras, en su camino se encuentra con Jesús de Nazaret, se apiada de él y le da de beber. cambiando para siempre su vida.

TITULO ORIGINAL Ben-Hur
AÑO 1959
DURACIÓN 211 min.
PAÍS Estados Unidos
DIRECTOR William Wyler
GUIÓN Karl Tunberg (Novela: Lewis Wallace)
MÚSICA Miklós Rózsa
FOTOGRAFÍA Robert Surtees
REPARTO Charlton Heston, Jack Hawkins, Stephen Boyd, Haya Harareet, Hugh Griffith, Martha Scott, Cathy O'Donnell, Sam Jaffe
PRODUCTORA Metro-Goldwyn-Mayer

miércoles, 16 de junio de 2010

FRANCIA: ¿UN SIGNO DE APERTURA?


El Cardenal Vingt-Trois elogia a los peregrinos tradicionalistas
Paix Liturgique

El reciente peregrinaje de Chartres organizado por la asociación “Notre Dame de Chrétienté” ha estado signado por la visita de Monseñor André Vingt-Trois, Cardenal Arzobispo de París y Presidente de la Conferencia de los Obispos de Francia, quien, el domingo 23 de mayo, ha presidido la Adoración al Santísimo Sacramento.

En 28 años es la primera vez que un Presidente de la Conferencia Episcopal francesa participa de este peregrinaje tradicionalista que, de todos modos, siempre ha estado en plena comunión con la Iglesia. El acontecimiento es entonces excepcional y es oportuno que se intente entender a fondo el sentido de esto.

I – UN POCO DE HISTORIA

En 1982 un grupo de laicos franceses, pertenecientes al Centro Charlier, relanza la antigua usanza de un peregrinaje a pie desde París a Chartres. La dirección espiritual de la marcha (un recorrido de 100 km en tres días rebautizada “Peregrinaje de la Cristiandad”) fue confiada al Padre François Pozzetto (1). Fundado y organizado por laicos, el peregrinaje manifiesta desde el inicio la propia vocación misionera y el impulso a colaborar a la reconciliación de los católicos con la tradición, especialmente litúrgica, de la Iglesia.

Inmediatamente es un éxito. Millares de peregrinos inundan el camino de Chartres. El peregrinaje, expresando con claridad un apego a la liturgia romana tradicional (2), en aquella época es menospreciado por la jerarquía católica francesa y por eso permanecen obstinadamente cerradas las puertas de las Catedrales de París y de Chartres, con una excepción, en lo que se refiere a esta última, en 1985. La consagración de cuatro obispos en 1988 por parte de Monseñor Lefebvre, superior de la FSSPX, marca en adelante la escisión del peregrinaje, sin llegar, sin embargo, a afectar la asistencia. ¡Al contrario, estaríamos tentados de decir!

> Por una parte, porque la suma de los participantes a los dos “nuevos” peregrinajes es de todos modos superior al número de aquellos que participaban a la única procesión precedente (más de 15.000 peregrinos en media, contra los 10.000 del 1988, el año de la mayor afluencia al peregrinaje unido).

> Por otra parte, porque los obispos, buscando poco a poco tratar a quienes participan en la procesión que expresa la propia fidelidad a Roma como católicos “normales” (o casi), abren los santuarios a los fieles, asisten a las ceremonias e incluso aceptan celebrar en algunos casos.

Es necesario decir que el peregrinaje París-Chartres (la FSSPX desde 1990 marcha en la dirección Chartres-París) es incontrovertiblemente la vitrina de la adhesión a la liturgia tradicional en Francia, lo que está bien ilustrado particularmente por los jóvenes, por su dinamismo, por la organización impecable, y por su apego alegre y sereno a la liturgia tradicional de la Iglesia . No es posible contar el número de los jóvenes que, habiendo crecido después de la reforma, han podido descubrir maravillados, con ocasión del peregrinaje, el esplendor del rito tradicional. No se puede decir cuántas han sido las conversiones suscitadas y tampoco establecer el número de vocaciones sacerdotales y religiosas nacidas sobre el camino de Chartres.

Una sola certeza: no sólo el peregrinaje a Chartres ha jugado un rol de primer plano para la conservación y el desarrollo de la liturgia tradicional en Francia en un momento en que estaba amenazada de hecho por las autoridades eclesiásticas, sino que también ha favorecido la toma de conciencia por parte de los prelados de buena voluntad que aquel 34% de católicos franceses (sondeo CSA 2008 para Paix Liturgique) apegados a aquella que hoy llamamos forma extraordinaria del rito romano, eran católicos a título pleno.

Sin embargo, hasta este año nunca un Presidente de la Conferencia de los obispos de Francia se había ocupado abiertamente del peregrinaje.

II – ¿UN VIRAJE EN LA ACTITUD DE LOS PRELADOS FRANCESES?

Monseñor André Vingt-Trois, Cardenal Arzobispo de París y Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa desde el 2007, no es ciertamente conocido por su amor por la liturgia tradicional, ni por su simpatía hacia los fieles de las comunidades Ecclesia Dei. Heredero de Monseñor Lustiger, es un conservador conciliar, que, hasta hoy, no ha hecho prácticamente nada por favorecer la aplicación del Motu Proprio Summorum Pontificum en París (una sola misa parroquial semanal acordada desde el 2007 frente a 35 pedidos oficiales formalizados sobre un centenar de parroquias). Se puede decir que se halla también un poco bajo presión dado que su diócesis –como prácticamente todas las diócesis francesas– está en un estado deprimente a nivel de vocaciones sacerdotales, de asistencia de los fieles a Misa (en un sondeo Harris Interactive para Paix Liturgique del febrero 2010, ¡sólo el 9,9% de los católicos parisinos declara ir a misa todos los domingos!) y también a nivel financiero.

El Cardenal Vingt-Trois sabe bien que, con ocasión de las visitas ad limina a Roma de los obispos franceses previstas en los próximos meses, el balance que deberá defender –el suyo, pero también el de sus hermanos, dado que es el Presidente de la Conferencia Episcopal– es poco satisfactorio. Al visitar el peregrinaje de Chartres, ahora de renombre a nivel internacional y además abiertamente apreciado por numerosos miembros de la Curia romana, ha cumplido un gesto eminentemente mediático.

Algunos podrían ver en su aparición en el camino de Chartres nada más que un gesto táctico destinado a la vez a calmar a aquellos que están pidiendo la forma extraordinaria en las parroquias parisinas y a tranquilizar al Vaticano (en particular la Comisión Ecclesia Dei en cuyas oficinas se lo ha visto mucho en los últimos meses) en lo que respecta a su buena disposición en relación a la aplicación del Motu Proprio.

Sin embargo no es ésta la interpretación que nosotros hacemos de esta visita histórica. La simplicidad con la cual Monseñor Vingt-Trois se comportó durante su permanencia entre los peregrinos y las palabras que ha dicho en esta ocasión nos incitan a celebrar la actitud del Cardenal y a agradecerle por su hermoso gesto.

Suspendiendo la dureza del juicio a propósito de los fieles ligados a la tradición de la Iglesia expresada en su último libro (3), declaró, en efecto, a la radio que estos católicos “en la medida en que respetan las leyes y las reglas de funcionamiento de la Iglesia, forman parte de la Iglesia”, y que “son miembros normales de nuestra Iglesia”. Con los peregrinos mismos ha reconocido sin más pertenecer a la misma familia: “la Iglesia es nuestra madre. Es porque la Iglesia es nuestra madre y porque yo estoy asociado al ministerio apostólico de Cristo en el colegio episcopal bajo la presidencia y la guía del Santo Padre Benedicto XVI, que os considero miembros de mi familia”.

Ciertamente, ahora es necesario que las promesas hechas en esta visita a Chartres se concreten en las parroquias de París, y se apliquen a la realidad dominical de un país al cual Juan Pablo II había recordado la propia misión de “hija primogénita de la Iglesia”. Recemos para que el gesto de Chartres sea seguido por hechos. Toda la Iglesia, y no sólo la de Francia, tiene gran necesidad.

(1) El Padre Pozzetto, que hoy es miembro de la Fraternidad San Pedro, en aquella época formaba parte de la Fraternidad San Pío X.

(2) El punto n. 4 del estatuto de la Asociación Notre Dame de Chrétienté establece que “en fidelidad total a la Santa Sede, los organizadores del peregrinaje se remiten a la enseñanza constante de la Iglesia. Traducen el propio apego a la Tradición en todas sus formas, en particular doctrinales, litúrgicas y sacramentales, con el uso exclusivo del rito tridentino, como ha sido codificado en los libros de 1962 y, nuevamente, confirmado con el motu proprio “Summorum Pontificum” del 7 de julio de 2007 como “forma extraordinaria”, nunca abrogada, de la liturgia del Santo sacrificio de la Misa. Piden a los sacerdotes que los acompañan respetar esta elección del ministerio que ejercen durante el peregrinaje y en el curso de las variadas actividades preparatorias”.

(3) En este libro (Una misión de libertad, Ediciones Denoël), Monseñor Vingt-Trois hace afirmaciones poco caritativas hacia los fieles ligados a la tradición litúrgica y doctrinal de la Iglesia, asemejándolos simplemente a “integristas” y acusándolos de ser una especie de “contra-Iglesia” que se pone en una posición de enjuiciar al Papa y a los obispos.

Fuente: paixliturgique.es/
Visto en: Panorama Católico

martes, 15 de junio de 2010

lunes, 14 de junio de 2010

sábado, 12 de junio de 2010

DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN Y PENSAMIENTO CONTRARREVOLUCIONARIO


¡En los primeros siglos de la vida de la Iglesia apenas se encuentran alusiones directas al Corazón de Jesús, si bien las realidades más tarde significadas en esta devoción eran reconocidas y practicadas por todos.

Ya en los siglos XVII y XVIII las revelaciones de que fueron objeto Santa Margarita María de Alacoque en Francia y el Beato Bernardo de Hoyos en España tienen lugar en un contexto histórico y geográfico previo al momento en que los últimos baluartes de la cristiandad fieles al catolicismo iban a ser objeto de la última ofensiva revolucionaria. Esta agresión, comenzada por la Ilustración y la Revolución Francesa, y continuada por liberales y socialistas acabará desembocando en la ideología hoy dominante: una mezcla, contradictoria pero eficaz, de relativismo moral, liberalismo económico y dirigismo estatal.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús nació y se extendió vinculada a una corriente de pensamiento puramente católico en el que se descubre una continuidad que va desde su oposición al jansenismo en el siglo XVIII, al liberalismo en el XIX y al comunismo en el XX, sosteniendo al mismo tiempo una doctrina social en la que es unánime una convicción: la única alternativa posible a la revolución es la re-cristianización que pasa por el establecimiento de lo que en el pensamiento tradicional español se llama “ortodoxia pública”, es decir, un régimen político “que afirma un contenido de principios, verdades o valores de carácter superior e inmutable como base de su convivencia moral y de sus leyes” (en expresión de Rafael Gambra).

La Cristiandad desaparecida en Europa en su calidad de orden universal a partir de la Paz de Westfalia, y eclipsada de la estructura política de las naciones desde la Revolución, reaparece con fuerza en el horizonte del pensamiento y la actividad contrarrevolucionaria. Y uno de los estandartes, signo y emblema de esa Cristiandad superviviente, empeñada en la nueva Cruzada de instaurar todas las cosas en Cristo, será el Sagrado Corazón de Jesús.

Antaño regalistas y jansenistas (que no cejaron hasta conseguir la supresión de la Compañía de Jesús); después jacobinos, liberales, masones y socialistas; en nuestros días modernistas y liberacionistas de diverso pelaje… Esta devoción tuvo siempre grandes enemigos, incluso entre quienes se pretendían representantes de las más puras esencias del cristianismo o detentaban altos cargos eclesiásticos.

Por el contrario, el verdadero pueblo católico la aabrazó con fervoroso entusiasmo. Mártires y cruzados del Sagrado Corazón fueron, entre otros, los miles de católicos masacrados en la Vandea, los carlistas españoles que combatieron en varias guerras sucesivas, el presidente de Ecuador García Moreno, los cristeros mejicanos, los mártires de nuestra última persecución religiosa y los Caídos de la Guerra del 36.


Frente al laicismo sectario surgió la costumbre de hacer pública profesión de esta devoción con placas visibles en la puerta del hogar, las procesiones y actos masivos, las colgaduras con la imagen y los famosos “Detentes”. Una modalidad nueva, en forma de entronización, aparece entre nosotros en los años difíciles de la Primera Guerra Mundial. Su apóstol, peruano de sangre española, el padre Mateo Crawley SSCC, encontró las mejores disposiciones y auxiliares para su grandioso designio. Parece increíble la tarea desarrollada y los frutos conseguidos en aquellos años hasta culminar en el acto de 1919 en el Cerro de los Ángeles.

Todas estas formas —diversas en el tiempo, en el espacio y en la identidad de sus protagonistas— tienen en común haber reivindicado de manera efectiva la obligación que tenemos de sustentar también el orden temporal sobre la Revelación. Todas son herencia inseparable de la devoción al Corazón que pidió a Santa Margarita ser enarbolado en las banderas del rey de Francia y prometió al Beato Hoyos reinar en España.

A la luz de esta identidad se entiende que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, inseparable de formulaciones como la del Reinado Social, entrara en una profunda crisis cuando ideas inspiradas en el liberalismo y el socialismo, bajo el manto común del neo-modernismo condenado por la Humani Generis de Pío XII se hicieron predominantes al socaire de la nouvelle théologie y de sus respectivos postulados asumidos en el discurso oficial de la jerarquía católica a partir del Concilio Vaticano Segundo.

Al tiempo que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sobrevivía como elemento de identidad de quienes se resistían a aceptar la traición, otros grupos trataban de renovar dicha teología (“aggiornare” en terminología de la época) adaptándola al nuevo marco en el que palabras como ecumenismo y libertad religiosa habían reemplazado a los viejos conceptos tan vinculados a la doctrina católica y al sentido histórico de esta devoción.

A los diversos representantes de esta tendencia —con puntos de contactos entre sí pero fragmentados al frente de sus respectivas torres de marfil—, no se les puede hablar de ni de esperanza histórica ni de confesionalidad, desconocen su dimensión social y pública y, anclados en las melosas formas de expresión propias de las terapias de autoayuda, manifiestan con airado desparpajo lo perturbador que le resulta el recuerdo de añejas vinculaciones entre lo religioso y lo patriótico.

Cómodos en un mundo que se ha edificado sobre la previa demolición del orden social cristiano y sobre la renuncia, incluso teórica, a su restauración, difícilmente se puede excusar a esta interpretación aggiornata de la devoción al Corazón de Jesús de no hacer una negación al menos implícita de la divinidad de Cristo por negarse a aceptar sus consecuencias.

Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, también es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad pero si se desvanece esta convicción, entonces no hay fuerza para mantener la propia fe ante la invasión de las opiniones ajenas; de la inevitable diversidad se pasa al pluralismo como un valor en sí mismo y en virtud de una libertad religiosa mal entendida se coloca a todas las religiones en pie de igualdad y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error...

La contradicción inherente a la reivindicación del laicismo radica en que no se puede afirmar un criterio moral ante los resultados concretos que resultan de la aplicación de un sistema político (por ejemplo, determinadas leyes o, de manera más genérica, la degradación moral y la corrupción) mientras que ese mismo criterio se difumina a la hora de valorar los principios sobre los que descansa ese mismo sistema. Se aprueba el árbol y después se rechazan los frutos.



Frente a tantos desvaríos, incluso los historiadores que analizan el fenómeno desde una perspectiva crítica han tenido que reconocer que en la verdadera devoción al Corazón de Jesús se han unido inseparablemente la religiosidad interior y la restauración cristiana de la sociedad (cfr. MORAL RONCAL, Antonio María. La cuestión religiosa en la Segunda República Española. Madrid: Biblioteca Nueva, 2009. 188-214). El magisterio episcopal que se ha ocupado de la cuestión solía al mismo tiempo advertir a los católicos que no debían conformarse con una re-cristianización oficial, ya que resultaba necesario esforzarse para que Cristo reinara efectivamente en todos los corazones y que ese reinado se exteriorizara en los diversos ámbitos de la vida. En la fiesta de Cristo Rey de 1932, se defendió de las páginas de un diario legitimista que la Gran Promesa llegaría por medio de la oración y de la plegaria pero también: “con la viril decisión, con la intensidad, con la energía y los procedimientos acordes con el ataque recibido. El pueblo católico español de este primer tercio del siglo XX debe pensar que no es provocador, sino agredido, porque se busca la extinción de su fe envenenando el alma de sus hijos, pudriendo la generación venidera a favor de un laicismo sin entrañas ¿Cuándo mejor que ahora para ofrendar a Cristo-Rey nuestra adhesión y nuestro amor?” (cit.por MORAL RONCAL, Antonio. ob.cit. 196).

En el pensamiento católico, la respuesta al laicismo agresivo, nunca será promover la presunta autonomía de las realidades temporales o la independencia Iglesia-Estado, ni siquiera la neutralidad (si es que puede existir). La consagración de las sociedades al Sagrado Corazón es un acto plenamente político cuya finalidad radica en el cumplimiento de un deber social de religión. Además, su efecto secundario, el bien común temporal, es de naturaleza también netamente política. Es el atractivo programa que se describe con estas palabras en la Sagrada Escritura: "Levantemos a nuestro pueblo de la ruina y luchemos por nuestro pueblo y por el Lugar Santo" (1Mac 3, 43).

Fuente: Desde mi campanario