lunes, 30 de agosto de 2010

LAMENTOS DEL INFIERNO

VOCES DE LOS CONDENADOS
Y REMEDIOS PARA CURAR LOS MALES QUE SON CAUSA DE TAN INFELIZ SUERTE

Autor: San Antonio Mª Claret

LAMENTOS DEL BLASFEMO SENAQUERIB

¡Ay blasfemo audaz! Yo fui lo que eres tú, y tú serás lo que yo soy. Yo antes blasfemaba como tú blasfemas ahora; perjuraba, maldecía, nada perdonaba mi serpentina lengua, que ningún freno la sujetaba y… ¡Ay!, vino la muerte cuando menos la temía; fui juzgado, y arder por una eternidad en estos infiernos es el castigo a que estoy condenado. Y ¿no escarmentarás en mi cabeza? ¿Preferirás ser desgraciado conmigo a enmendar tu vida? ¡Ay de ti! No mudando de vida, no te librarás de ser lo que yo soy ahora… ¡Ay, ay, ay!

REMEDIOS CONTRA LA BLASFEMIA, PECADO DE DEMONIOS

Primer remedio.
–Por la mañana haz una firme resolución de no blasfemar, y al efecto pedirás a Dios la gracia por la intercesión de la Santísima Virgen, rezándole tres Avemarías.

Segundo remedio. –Si te enojas o asoma la ira, calla o di: Virgen Santísima, asistidme; válgame Dios; maldito sea el pecado; pues tan fácil es proferir palabras buenas como malas.

Tercer remedio. –Si te sucede blasfemar casi contra tu voluntad, pide a Dios perdón de ello y reza un Avemaría; y, si cómodamente puedes, besa la tierra, formando una cruz en ella con la lengua.

Cuarto remedio. –Huye de los juegos y de los que hablan mal, y si oyes hablar mal, di: Ave María purísima; y ruega por ellos a Dios.

LAMENTOS DEL RENCOROSO CAÍN

¡Ay de ti, infeliz rencoroso y víctima de la rabia, que, no sólo no saludas, sino que ni siquiera miras a tu prójimo, y siempre hablas mal de él!: mira… ¡qué espanto!, este lugar junto a mí: he aquí donde vendrás a parar… El rencor, que me hizo matar a mi hermano, me condujo a… ¡Ay, ay! Haz, pues, penitencia, reconcíliate, ama a todos los hombres, sin excluir a los enemigos, y si no… ¡ay, ay!, vendrás a dar aumento a mis penas con las tuyas, por la fetidez y estrechez del sitio y por el calor que arrojarás.

REMEDIOS PARA CURAR EL ODIO Y EL RENCOR

Primer remedio. –Amarás al prójimo como a ti mismo.

Segundo remedio. –Pensarás que las ofensas que tú hiciste a Dios son infinitamente mayores que las que te hizo el prójimo, y que no serás perdonado por Dios si rehúsas perdonar las injurias que te han hecho. Si te parece que tu prójimo no merece perdón, perdónale por amor de Dios, que lo merece y te lo manda.

Tercer remedio. –Olvida cuanto antes la ofensa que te hizo el prójimo, y si asoma el pensamiento o memoria de ella, arrójala cuanto antes de ti, cual si fuese un ascua o chispa de fuego, antes que prenda.

Cuarto remedio. –Te acordarás de que eres cristiano, que quiere decir discípulo o imitador de Cristo; y no olvides jamás que Cristo sufrió azotes, espinas y calumnias; que le quitaron los vestidos, le clavaron en la cruz, y pendiente o colgado de ella, lo primero que hizo fue perdonar a sus enemigos y pedir por ellos a su Eterno Padre; perdónalos, pues, tú también, y ruega por ellos; al hallarte con ellos, salúdalos, asístelos, socórrelos en sus necesidades en cuanto puedas.

Quinto remedio. –Cada día rezarás un Padrenuestro y un Avemaría por lo que te han ofendido y agraviado.

LAMENTOS DEL EPULON Y LUJURIOSO

Pecador que me imitas… ¡ay!, mira… ¡Qué penas! ¡Ay! A ti se te concede tiempo para arrepentirte; aprovéchalo; mira los tormentos que te aguardan; huye de los teatros, cafés y tabernas; arroja a las llamas aquellos cuadros, libros y papeles deshonestos e indecentes; rasga aquellos vestidos que ofenden al pudor; huye de juegos, cortejos y bailes; abandona las malas compañías; no salgas de noche; no hagas contigo ni con otros cosas deshonestas; no hables, ni cuentes, ni cantes cosas impuras; si lo haces… ¡Ay!, ¡te condenarás como yo! ¡Ay, ay!

REMEDIOS PARA CURAR LA IMPUREZA

Primer remedio.
–Por la mañana y por la noche implorarás de la Madre de la pureza, la Santísima Virgen, esta preciosa joya, saludándola al efecto con tres Avemarías.

Segundo remedio. –Así que asome algún pensamiento impuro, dale de mano al momento y di a María: Virgen Santísima, valedme, asistidme.

Tercer remedio. –Apártate de malas compañías, de bailes y cortejos; ni por el forro has de coger libros y papeles deshonestos; no mires pinturas, láminas u otros objetos provocativos, y sobre todo guárdate de hacer señales o acciones escandalosas.

Cuarto remedio. –Viste con modestia, come y bebe con templanza; no profieras palabras indecentes; no escuches ni sigas conversaciones malas y no des libertad a tus ojos.

Quinto remedio. –Acuérdate de que Dios te mira, y que tiene poder para quitarte la vida aquí mismo y arrojarte a los infiernos, como, entre otros, sucedió a Onán, que murió en el acto de cometer un pecado deshonesto, y fue condenado.

Sexto remedio. –Frecuenta los Santos Sacramentos.

LAMENTOS DEL MAL LADRÓN

¡Ay cristiano que me imitas en los robos!... ¡Ay! Mírame… ¿No ves?... Pues estas son las penas que te aguardan si no dejas el vicio de hurtar. No te alucines; entiéndelo de una vez para siempre; no sólo son ladrones y penan aquí conmigo los que roban en los caminos, sino también los que faltan a la buena fe en las compras y ventas, no dando lo justo o estafando, y también los usureros, los que causan daño a tercero con sus gastos y pleitos injustos, o no pagan las deudas. ¿Ay de ti! ¡Ay de ellos! Pues si no os confesáis y no restituís lo ajeno, vendréis…, ¡qué horror!... a arder aquí conmigo…

REMEDIOS PARA CURAR EL VICIO DE HURTAR

Primer remedio. –No quieras para otro lo que no quieras para ti. Ya que a ti no te gusta que nadie codicie o te quite lo tuyo, juzga si querrá tu prójimo que tú codicies o le quites lo que es suyo.

Segundo remedio. –Piensa a menudo que Dios mira tus manos y tu corazón, y que los ladrones serán arrojados a la hoguera del infierno.

Tercer remedio. –El quitar lo ajeno engendra la pobreza, porque lo mal adquirido es causa de que se pierda lo bien adquirido; por ello vienen enfermedades, pérdidas y toda clase de males, y, por fin, y a la postre el infierno. Y ¿de qué sirve adquirir todo el mundo, si llevan el alma los demonios?

Cuarto remedio. –Haz limosnas, porque así como el quitar lo ajeno engendra pobreza, el dar limosna de lo propio es fuente de riqueza.

Quinto remedio. –Así, pues, cada día, según tus facultades, harás alguna limosna, no por vanidad o ambición, sino para socorrer las miserias de tu prójimo. Por hacer bien no te ensalces, pero tampoco debes avergonzarte por ello; quiero decir, que ni lo hagas por ser visto, ni porque te miren cuando lo hagas, dejes de hacerlo.

LAMENTOS DEL SACRÍLEGIO JUDAS

¡Ay cristiano! ¿Quiéres saber por qué me hallo aquí encerrado, devorado de fieras, entre llamas y gimiendo para siempre? ¡Ay! ¡Sólo el acordarme me estremece! ¡Su memoria aumenta atrozmente mis tormentos! ¡Comulgué sacrílegamente y vendí a mi Maestro! ¡Ay de ti si no te confiesas de las comuniones sacrílegas y confesiones mal hechas, por haber callado pecados en ellas, o bien, si los confesaste ya, por no haberte enmendado ni apartado de las ocasiones o peligros próximos de pecar! ¡Ay de ti!... Haz cuanto antes una confesión general, so pena de arder conmigo por toda una eternidad. No te obstines ni hagas el sordo a las inspiraciones divinas, como lo hice yo; si no… ¡ay, ay!, ya lo verás.

REMEDIOS PARA LOS QUE HAN HECHO COMUNIONES SACRÍLEGAS Y MALAS CONFESIONES

Primer remedio. –El primer pecado que has de descubrir al confesor ha de ser el que más empacho te causa, y con esto confundirás al tentador.

Segundo remedio. –Si el rubor te embaraza, prevén al confesor con ésta u otra expresión semejante: Padre, tengo cierto escrúpulo, que apenas tengo valor para insinuárselo a usted. Y con esto él se dará por entendido y buscará sus medios para ayudarte. Mas si tu rubor ni esto te permitiera decir, entonces ve con otro confesor, porque si no, cometerías un horrendo sacrilegio y hallarías la muerte en donde Dios te quiere dar la vida o perfeccionarte en ella.

Tercer remedio. –Muchas veces las confesiones son malas no porque se haya faltado a la verdad, sino por falta de enmienda; así como al salir la ropa de la colada decimos que ésta fue mala si no quitó las manchas de ella, y con razón, de la misma suerte decimos que fue mala confesión la de aquella persona que, después que se confesó, la vemos con los mismos vicios de blasfemar, maldecir, odiar, cometer impurezas, murmurar, etc., etc., como si nada hubiera recibido. No hay que alucinarse; no se cumple con decir: “Todo se lo dije al confesor” Pues así como para ser una buena colada no basta haber metido en ella toda la ropa sucia, sin haber hecho todo lo necesario para quitar todas las inmundicias de la ropa, así, para que sea buena la confesión, es necesario que el alma quede limpia de los pecados.

Cuarto remedio. –La causa de la mayor parte de las confesiones malas es el no apartarse de las ocasiones de pecar y no cumplir con las penitencias medicinales; apártate, pues, de los peligros, cumple con lo que dispone el confesor y práctica aquellos medios que aconseja la prudencia, y verás cuán señalada será tu enmienda.

Quinto remedio. –Antes de comulgar te probarás y mirarás si estás en gracia, y después de la comunión te detendrás a dar gracias, y ten cuidado de no salir luego de la iglesia a imitación de Judas.


GRITO
DE TODOS LOS CONDENADOS

¡BREVE GOZAR, ETERNO PENAR!

Pecadores… ¡Ay! ¿Qué provecho os traerá el haber adquirido todas las riquezas, alcanzando grandes honores; haber dado al cuerpo todos los placeres, haberos vengado a satisfacción, si por último perdéis el alma? ¡Ay! ¡Con qué brevedad pasará todo ese conjunto de cosas que ahora os lisonjean, adormecen y hechizan!... Pero la eternidad de penas que sucede a eso tan breve, ¡Ay!, ¿quién podrá sufrirla? ¿Quién?... Enmendaos, pues, confesad vuestros pecados, y si no… ¡ay!, ningún alivio me traeréis; antes aumentaréis la acerbidad de mis penas, viniendo adonde yo estoy padeciendo por perpetuas eternidades. Que penséis en ello o lo echéis en olvido, que lo creáis o no lo creáis, moriréis, y… ¡ay!, padeceréis como yo…

REMEDIOS GENERALES PARA LIBRARSE DE CAER EN LAS PENAS ETERNAS DEL INFIERNO

Primer remedio. –Por la mañana y por la noche rezarás tres avemarías a María Santísima, con la oración ¡Oh Virgen y Madre de Dios! Yo me entrego por hijo vuestro, y en honor y gloria de vuestra pureza, os ofrezco mi alma y cuerpo, mis potencias y sentidos, y os suplico me alcancéis la gracia de no cometer jamás pecado alguno. Amén, Jesús. Un Padrenuestro y Avemaría al Santo Ángel Custodio, y otro al Santo de tu nombre.

Segundo remedio. –Pensarás a menudo que Dios te está mirando y escuchando y, que está en su mano, si pecas, el hacerte caer muerto y sepultarte en los infiernos, como con otros muchos pecadores lo ha hecho.

Tercer remedio. –No te dejes engañar del demonio, que te dirá: Peca, que después te confesarás. ¡Ay del que peca en confianza de que se confesará! Porque no verá realizada esta su mala confianza, o, si logra confesarse, se confesará mal, dice Burdoni.

Cuarto remedio. –Mortificarás las potencias y sentidos: el que no sabe mortificarse en lo lícito, menos sabrá hacerlo en lo ilícito, y caerá en pecado.

Quinto remedio. –Ayunarás por devoción algún día cada semana, o a lo menos te privarás de alguna de aquellas cosas que son más de tu gusto.

Sexto remedio. –Cada día tendrás medía hora o un cuarto de oración mental.

Séptimo remedio. –Profesarás especial devoción a la Santísima Virgen María.

Octavo remedio. –Frecuentarás los Santos Sacramentos.

Noveno remedio. –Leerás libros buenos y nunca los malos; si alguno de éstos tuvieres, quémalo; huye de las malas compañías y de los lugares y cosas que conozcas pueden serte ocasión de pecar.

Décimo remedio. –Procurarás en todo tiempo cumplir con los preceptos de la ley de Dios y las obligaciones de tu estado, y de esta suerte serás feliz por una eternidad.

Tomado de: Camino Recto y Seguro para llegar al Cielo

sábado, 28 de agosto de 2010

CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Augusta Madre de Dios, compasiva Madre de los españoles, a tus pies, bajo tu mirada llena de dulzura y misericordia, venimos a ofrendarte las rosas tardías de nuestro amor filial y a cumplir con un deber de justicia y gratitud.
Así pues, Madre y Señora nuestra, humildemente arrodillados porque somos pecadores, pero confiamos en los títulos que como Madre de Dios y de los hombres, Corredentora y Medianera de todas las gracias tienes sobre nosotros, refirmamos nuestra Fe Católica, Apostólica y Romana; renovamos las promesas del Bautismo con el propósito de llevar una vida íntegramente cristiana. Como individuos y como nación nos consagramos enteramente a tu Inmaculado Corazón, encomendándote con especial solicitud las naciones del mundo hispano, que te pertenecen de manera singular.
Madre de Dios, y Madre nuestra, creemos con todo el fervor de nuestra Fe que Dios te ha elegido para tal efecto. El te ha revestido de Santidad Inmaculada desde el primer instante de tu Concepción. Creemos que has sido elevada al cielo en cuerpo y alma, donde reinas ahora en la gloria, revestida del sol y coronada de estrellas, como Reina de los ángeles y de los santos.
Pero sabemos que tus inmortales ojos que se sacian con la vista de la humanidad gloriosa del Verbo Encarnado, se bajan también llenos de ternura y de misericordia sobre la humanidad pecadora y doliente, a la que pertenecemos todos nosotros. Sin cesar probamos, ¡Oh celestial Madre nuestra!, los efectos insignes de tu amor y protección.
Los innumerables santuarios, basílicas y humildes capillas elevadas en honor tuyo por doquier en nuestras ciudades y en nuestros campos, atestiguan la devoción filial, profunda y universal de tus hijos, como a su vez estos santuarios proclaman las maravillas de gracias y favores que tú dispensas a los que te invocan con confianza.
Aquí mismo delante de nuestros ojos tenemos tu imagen. De este modo te vemos, te sentimos entre nosotros, ¡Oh Madre y Reina nuestra! Los aquí presentes y los unidos espiritualmente a este homenaje, te expresamos nuestros sentimientos de devoción y amor filial.
Consagramos a tu Corazón Inmaculado nuestra Nación toda entera con su presente y su porvenir. Hacemos acto de entrega total a tu Soberanía espiritual, ¡Oh Reina del Cielo y de la tierra! Hacemos acto de donación completa a tu amor inefable, ¡Oh Madre de todos los vivientes! En tus manos entregamos nuestra Patria muy amada y todos sus habitantes. Te confiamos los destinos de la nación y la salvación de cada español: dispón de todo según las inspiraciones de tu Santísimo Corazón.
Corazón Inmaculado, colmado de gracias y de bendiciones, ilumina y dirige todas las almas de buena voluntad para que vean la luz de la verdad y se esfuercen en seguirla toda su vida; derrama en abundancia sobre nuestras poblaciones un torrente vivificante de renovación interior y de santificación; haz que florezcan en nuestro país, como en un fértil jardín, las fuertes virtudes y las costumbres puras y sanas.
Tú que has recorrido durante tu vida terrestre los caminos de la pobreza, el destierro y el desprecio, y cuya alma fue traspasada por una espada de dolor al pie de la Cruz, vuelve tu mirada compasiva sobre nuestras miserias y debilidades, sobre nuestras dificultades y angustias.
Inspira a todos nuestros compatriotas sentimientos de concordia y de paz. Aleja de nuestras fronteras y del mundo los azotes de la apostasía y la herejía modernista, la opresión y la persecución.
Protege nuestras obras, nuestras escuelas y familias, a los padres y a los hijos, a la juventud que sube a la edad madura y a la vejez cargada de años, a los enfermos y a los débiles, a todas las personas probadas por la adversidad o expuestas a algún peligro.
Que nuestra total donación y consagración a tu Corazón Inmaculado sea siempre para cada uno de nosotros un llamamiento urgente a una vida más bella, más pura y más apostólica, a fin de que, fieles a los votos de nuestro Bautismo e indefectiblemente fieles a la Iglesia Católica Romana, trabajemos en nuestra santificación personal y colaboremos a la extensión del Reino de tu Hijo, ¡Oh clementísima, Oh piadosa, Oh dulce Virgen María!
Míranos como cosa y posesión tuya; ampáranos y defiéndenos; sé nuestro seguro camino hacia Dios; sé nuestra Medianera y Abogada; alcánzanos de Dios el perdón de nuestros pecados, la fidelidad a la ley cristiana y la perseverancia en el bien.
Bendice nuestros campos y empresas para que nuestro pueblo te sirva con corazón dilatado y libre de angustias, pues eres Madre de todos.
Haz que, con el maternal reinado de tu Corazón, venga a nosotros el Reino de Jesucristo tu Hijo, que es reino de justicia y santidad, reino de paz, de amor y de gracia. Así sea.

Corazón Inmaculado de María
¡Salva a España!


Esta consagración la pronuncio el Rvdo. Padre Carlos Mestre (fsspx) ante la Imagen de la Inmaculada el día 8 de Diciembre de 2005 en la Capilla de Santiago Apóstol de Madrid.

de Tradición Católica nº 202

jueves, 26 de agosto de 2010

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA PERSEVERANCIA

Qui autem perseveraverit usque in finem,hic salvus erit.
Aquel que persevere hasta el fin, será salvo.
(S. Mat., X, 22.)
Aquel, nos dice el Salvador del mundo, que luche y persevere hasta el fin de sus días, sin ser vencido, o que al caer haya sabido levantarse y perseverar, será coronado, es decir, salvado: palabras que deberían helar nuestra sangre y hacernos temblar de espanto, si considerásemos, por una parte, los peligros a que estamos expuestos, y por otra, nuestra debilidad y el número de enemigos que nos rodean. No nos admire que los más grandes santos hayan dejado a sus parientes y amigos, hayan abandonada sus bienes y placeres, para ir a sepultarse en vida en medio de la selva agreste, a llorar sus pecados entre los peñascos, a encerrarse entre cuatro paredes para llorar allí durante el resto de sus días, a fin de quedar libres y desembarazados de todo tráfago mundano, y no ocuparse en otra cosa que en combatir a los enemigos de su salvación, persuadidos de que el cielo sólo será concedido a su perseverancia. -Más, me dirá alguno, ¿qué es perseverar? -Helo aquí, amigo mío. Es estar pronto a sacrificarlo todo: los bienes, la voluntad, la libertad, la vida misma, antes que desagradar a Dios. -Pero, me dirás aún, ¿que viene a ser no perseverar? -Helo aquí. Es recaer en los pecados que habíamos ya confesado, es seguir las malas compañías que nos indujeron al pecado, el mayor de todos los males, ya que por él hemos perdido a Dios, hemos atraído sobre nosotros toda su cólera, hemos arrebatado al cielo nuestra alma y la arrastramos al infierno. ¡Quiera Dios que los cristianos que tienen la dicha de reconciliarse con Él mediante el sacramento de la Penitencia, comprendan esto bien! Para daros, pues, una idea de ello, voy ahora a mostraros los medios que debéis adoptar para perseverar en la gracia que recibisteis en el santo tiempo pascual. Hallo que los principales son cinco, a saber: la fidelidad en seguir los movimientos de la gracia de Dios, huir de las malas compañías, la oración, la frecuencia de sacramentos y, por fin, la mortificación.
Hoy sí que, al menos una tercera parte de los que estáis oyendo, podréis decir que lo que escucháis no va con vosotros. ¡Yo, hablaros de la perseverancia¡ ¡soy un mal pastor, no vengo más que a trabajar por vuestra perdición ! ¡Será que el demonio se sirve de mí para acelerar vuestra reprobación¡ voy a hacer todo lo contrario de lo que Dios me ha ordenado: El me envía en medio de vosotros para salvaros, ¡ y mi tarea sería conduciros a los abismos¡ ¡Yo, ser el cruel verdugo de vuestras almas¡ ¡Dios mío¡ ¡qué desdicha¡ ¡Yo hablaros de perseverancia¡ pero si este lenguaje solamente conviene a los que de veras dejaron el pecado, y están en la firme resolución de perder mil vidas antes que volverlo a cometer; mas ¡decir a un pecador que persevere en sus desórdenes¡ OH, Dios mío¡ ¿seré yo la criatura más desgraciada que haya sostenido la tierra? No, no, no es éste el lenguaje que debiera usar. ¡Ah! Lo que debo decir es: cesa, amigo mío de perseverar; ¡ah! Cesa de perseverar en tu deplorable estado, de lo contrario te vas a condenar. ¡Yo, decir a este hombre que desde tantos años no cumple el precepto de la Pascua, o lo cumple mal, que persevere! ¡No, no, amigo, si perseveras estás perdido, el cielo nunca será para ti! ¡Yo, decir que persevere, a aquella persona que se contenta co cumplir el precepto pascual!, pero ¿no sería atarle una venda en los ojos y arrastrarlo al infierno? ¡Yo, decir que perseveren, a aquellos padres y madres que cumplen la Pascua, mas dejan suelta la rienda a sus hijos! ¡Ah! no, no quiero ser el verdugo de su pobre alma. ¡Yo, decir que perseveren a aquellas jóvenes que han cumplido el precepto, con el pensamiento y el deseo de volver a sus danzas y placeres! ¡OH! ¡desdichado de mí! ¡OH, horror! ¡OH, abominación! ¡OH, cadena de crímenes y de sacrilegios! ¡Yo, decir que perseveren a aquellas personas que sólo frecuentan los sacramentos cinco o seis veces al año, y no dan muestra de cambio alguno en su manera d vivir: las mismas quejas en sus penas, los mismos arrebatos, la misma avaricia, la misma dureza para con los pobres; siempre igualmente dispuestos a calumniar y a manchar la reputación del prójimo… ¡OH, Dios mío! Cuántos cristianos ciegos y entregados a la iniquidad! ¡Yo, decir que perseveren, a aquellas personas que sin escrúpulo, o por respeto humano, comen carne los días prohibidos, y trabajan sin remordimiento el santo día del domingo! ¡Ho, Dios mío! ¡qué desgracia! ¿A quién me he de dirigir? No lo sé.
¡Ah! no, no es de la perseverancia en la gracia de lo que debería hablaros hoy! ¡Ah! mejor seria pintaros el estado horrible y desesperado de un pecador que no cumplió el precepto pascual, o lo cumplió mal y persevera en tal estado. ¡Ah! pluguiese a Dios que me fuese permitido pintar ante vuestros ojos la desesperación de un pecador citado ante el tribunal de su juez, cuyas manos empuñan rayos y centellas, y daros a escuchar esos torrentes de maldición: “Anda, réprobo maldito, anda, endurecido pecador, anda a llorar tu vida criminal y tus sacrilegios. ¡OH! No tienes bastante con haber vivido en la corrupción durante toda tu vida…” Y Asun sería preciso llevarlos hasta la puerta del infierno, antes que el demonios los precipite allí para no salir jamás, a fin de que oyesen los gritos, los alaridos de aquellos desgraciados réprobos, y a fin de que pudiesen ver el sitio que en aquel lugar tienen destinado. ¡OH!, Dios mío! ¿les sería posible vivir? Un cielo perdido… un infierno… una eternidad… Despreciaron, profanaron los sufrimientos… ¿qué digo yo los sufrimientos? La muerte de un Dios… Tal es la recompensa de perseverar en el pecado; sí, tal es el asunto que debiera hoy tratar. Mas hablaros de la perseverancia, que supone la existencia de un alma que teme el pecado más que la muerte misma, que emplea sus días en el amor de Dios; un alma, digo, desnuda de toda afección terrena, cuyos anhelos sólo tienen el cielo por objeto… Pero ¿dónde queréis que vaya? ¡dónde podré encontrar esa alma! ¡Ah! ¿Dónde está? ¿cuál es el afortunado país que la posee? ¡Ay! Ninguna o casi, ninguna he hallado yo. ¡OH, Dios mío! tal vez Vos veáis alguna, desconocida por mí. Hablaré, pues, como si estuviese seguro de que hay una o dos a lo menos, y les mostraré los medios que deben emplear para continuar la senda feliz que han comenzado. Escuchadme bien, almas santas, si es que por ventura se halla alguna entre los que me oyen, escuchad atentamente lo que Dios va a deciros por mi boca.

I.- Digo, pues, en primer lugar, que el primer medio para perseverar en el caminó que conduce al cielo, es ser fiel en seguir y aprovechar los movimientos de la gracia que Dios tiene a bien concedernos. Los santos no deben su felicidad más que a su fidelidad en seguir los movimientos que el Espíritu Santo les enviara, así como los condenados no pueden atribuir su desdicha a otra cosa que al desprecio que de tales movimientos hicieron. Esto solo debe bastar para haceros sentir la necesidad de ser fieles a la gracia. -Pero, me dirá alguno. ¿por qué medio vamos a conocer si correspondemos o resistimos a lo que la gracia quiere de nosotros? -Si no lo sabes, amigo, escúchame un momento y conocerás lo más esencial. Digo, ante todo, que la gracia es un pensamiento que nos hace sentir la necesidad de evitar el mal y de hacer el bien.
Entremos en algunos detalles familiares, a fin de que lo comprendas mejor, y así verás cuándo eres fiel a la gracia y cuándo resistes a ella. Por la mañana, al despertarte, Nuestro Señor te sugiere el pensamiento de consagrarle tu corazón, de ofrecerle los trabajos del día, y de rezar en seguida, de rodillas, las oraciones de la mañana: si lo practicas, así, prontamente y de todo corazón, sigues el movimiento de la gracia, mas si no lo practicas; o lo haces mal, entonces dejas de seguir tal movimiento. En otra ocasión, sentirás de pronto el deseo de ir a confesarte, de corregir tus defectos, y dejar de ser lo que al presente; pensarás que, si llegases a morir, serías condenado. Si sigues esas buenas inspiraciones que Dios te envía, eres fiel a la gracia. Mas tú dejas pasar esto sin hacer nada. Te viene el pensamiento de dar alguna limosna, de practicar alguna penitencia, de asistir a Misa los días laborables, de hacer que asistan también tus criados; más no lo haces. Aquí tenéis lo que es seguir los movimientos de la gracia o resistir de ellos. Todo esto viene comprendido bajo el nombre de “gracias interiores”. En cuanto a las llamadas “gracias exteriores”, podemos citar como ejemplo una buena lectura, la conversación con una persona virtuosa, que os hará sentir la necesidad de cambiar de vida, de servir mejor al buen Dios, los remordimientos que vais a tener a la hora de la muerte ; o también el buen ejemplo de otras personas presentándose repetidamente ante vuestros ojos, como si os estimulase a convertiros; o también un sermón o instrucción religiosa que os enseñe los medios que se han de emplear para servir a Dios y cumplir vuestros deberes con Él, con vosotros mismos y con el prójimo. Tened presente que vuestra salvación o vuestra condenación, de esas gracias depende. Los santos, si se santifican, es por el gran cuidado que ponen en seguir todas las buenas inspiraciones que Dios les envía, y los condenados han caído en el infierno porque las despreciaron. Vais a ver ahora una prueba de ello.
Vemos, efectivamente, en el Evangelio, que todas las conversiones obradas por Jesucristo durante su vida mortal, se apoyaron en la perseverancia. ¿Cómo sabemos que San Pedro se convirtió? Bien se dice que Jesús le miró, que San Pedro lloró su pecado (Luc., XXII, 61-62.); mas ¿qué es lo que nos asegura su conversión sino el haber perseverado en la gracia, no pecando jamás? ¿Cómo ocurrió la conversión de San Mateo? Sabemos muy bien que, habiéndole visto Jesucristo en la oficina, -le dijo que le siguiese, y en efecto le siguió (Luc., V, 27-28.) ; mas lo que nos certifica que su conversión fue verdadera, es el hecho de no haber vuelta a entrar en su despacho, ni haber cometido en adelante injusticia alguna; en cuanto comenzó a seguir a Jesucristo, ya no lo abandonó jamás. La perseverancia en la gracia, el renunciar al pecado para siempre, fueron las señales más ciertas de su conversión. Aunque vivieseis veinte o treinta años en la virtud y en la penitencia, si no perseveraseis, toda lo habríais perdido. Sí, dice un santo obispo a su pueblo, aunque hubieseis repartido todos vuestros bienes a los pobres, aunque hubieseis desgarrado y ensangrentado vuestro cuerpo; aunque hubieseis, vos solo, sufrido tanto como todos los mártires juntos, aunque hubieseis sido desollado como San Bartolomé, aserrado entre dos tablas como el profeta Isaías, asado a fuego lento como San Lorenzo; si, a pesar de todo esto, os faltase la perseverancia, esto es, recayeseis en alguno de los pecados ya confesados, y la muerte os sorprendiese en tal estado, todo estaría perdido para vos..¿Quién de nosotros será salvo? ¿Aquel que habrá luchado cuarenta o sesenta años? No. ¿Será, pues aquel que habrá encanecido en el servicio del Señor? No, si le falta perseverancia como faltó a Salomón, de quien dice el Espíritu Santo que era el más sabio de los reyes de la tierra (III Reg. IV, 31.); el cual parece que debía tener bien asegurada su salvación y, sin embargo, nos deja sobre este punto en una gran incertidumbre. Saúl nos presenta aún una imagen más espantosa. Escogido por Dios para que reinase sobre su pueblo, colmado con toda suerte de favores, muere como un réprobo (I Reg., 6.). “¡Ah!, ¡desgraciado! nos dice San Juan Crisóstomo, anda con cuidado en no despreciar la gracia de tu Dios, una vez la hayas recibido. ¡Ah!, yo tiemblo al considerar cuán fácilmente el pecador recae en el pecado del cual se confesó; ¿cómo se atreverá a pedir de nuevo perdón?”
Para no recaer en el pecado, os bastaría, con el auxilio de la gracia, comparar la desgraciada situación a que el pecado os tenía reducidos, con aquel estado en que os coloca la gracia. El alma que recae en pecado, entrega su Dios al demonio, se convierte en su verdugo, y le crucifica en su corazón; arrebata su alma de las manos de su Dios, la arrastra al infierno, la entrega al furor y rabia de los demonios, le cierra las puertas del cielo, y hace que sirvan para su condenación todos los sufrimientos de su Dios. Dios mío, ¿quién; al hacer estas reflexiones, podría volver a cometer un solo pecado? Escuchad estas terribles palabras del Salvador (Marc. XIII, 13.) ”Aquel que habrá luchado hasta el fin, será salvado”. Al considerar esto, temblemos los que caemos a cada instante. Nunca será para nosotros el cielo, si no tenemos mayor firmeza que la que hemos mostrado hasta el presente. Más no está aún todo aquí. ¿Fueron bien hechas vuestras confesiones? ¿Habéis tomado siempre todas las precauciones debidas para hacer bien la confesión y la comunión? ¿Examinasteis bien vuestra conciencia antes de acercaros al tribunal de la Penitencia? ¿Declarasteis rectamente vuestros pecados tal como estaban en vuestra conciencia, sin decir, acaso, que tal cosa no era mala, que lo otro no es nada, o “lo diré otra vez”? ¿Tuvisteis verdadera contrición de los pecados; tan indispensable para que nos sean perdonados? ¿La pedisteis con fervor a Dios al salir del confesionario? ¿Habríais preferido la muerte antes que volver a cometer los pecados de que os acababais de confesar? ¿Tenéis la firme resolución de no volver a ver a aquellas personas con las cuales obrasteis el mal? ¿Dais testimonio al Señor de que, si debíais volver a ofenderle, preferiríais antes que os enviase la muerte? Y, sin embargo, aunque tengáis todas estas disposiciones, temblad siempre, vivid entre una especie de desesperación y de esperanza. Estáis hoy en amistad con Dios, mas temblad, ya que mañana tal vez mereceréis su odio y seréis reprobados. Escuchad a San Pablo, aquel vaso de elección, escogido por Dios para llevar su nombre delante de los príncipes y reyes de la tierra, que había conducido tantas almas a Dios, y cuyos ojos se anublaban a cada momento, a causa de la abundancia de lágrimas que derramaba; pues bien, repetidamente exclamaba: “No ceso de tratar duramente mi cuerpo, y reducirle a servidumbre, pues temo que, después de haber predicado a los demás y haberles mostrado los medios de ir al cielo, no sea yo desterrado de allí y caiga en reprobación” (Cor. IX, 27.) En otro pasaje parece tener mayor confianza, mas ¿sobre qué está fundada tal confianza? “Sí, Dios mío, exclama, soy como una víctima a punto de ser inmolada, pronto mi alma y mi cuerpo se separarán, conozco que no voy a vivir mucho tiempo; mas lo que me inspira confianza, es el haber seguida siempre los movimientos de la gracia que Dios me ha enviado. Desde el momento en que tuve la suerte de convertirme, he guiado hacia Dios tantas cuantas almas me ha sido posible, he luchado siempre, he hecho una guerra continuada a mi cuerpo» (II Cor., XII, 8.). ¡Ah!, cuántas veces he pedido a Dios la gracia de librarme de este miserable cuerpo, siempre inclinado al mal! (Castigo corpus deum, et in servitutem redigo: ne forte cum Allis praedicaverim, ipse reprobus efficiar. I Cor., IX, 27); por fin, gracias a mi Dios, voy a recibir la “recompensa del que ha luchado y perseverando hasta el fin” (II Tim., IV, 8.). ¡Oh, Dios mío ! ¡cuán pocos son las que perseveran, y por consiguiente, cuán pocos los que se salvan!
Leemos en la vida de San Gregorio que una dama romana le escribió para pedirle el auxilio de sus oraciones, a fin de que Dios la hiciese conocer si le habían sido perdonados sus pecados, y si, a su tiempo, recibiría ella el premio de sus buenas obras. “¡Ah!, decía, temo que Dios no me haya perdonado!” –“¡Ay !, contestaba San Gregorio, cosa muy difícil es la que me pedís; sin embargo, os diré que podéis esperar el perdón de Dios y que iréis al cielo si perseveráis; mas, a pesar de todo cuanto habéis obrado, seréis condenada si no perseveráis”. ¡Cuántas veces usamos nosotros el mismo lenguaje y nos inquietamos por saber si nos vamos a salvar o a condenar! ¡Pensamientos inútiles! Escuchemos a Moisés, cuando, a punto de morir, hizo congregar las doce tribus de Israel: “Ya sabéis, les dijo, que os he amado entrañablemente, que solo he procurado vuestro bien y vuestra salvación; ahora que voy a dar cuenta a Dios de todas mis acciones, es necesario que os avise, que os excite a no olvidar jamás esto: servid fielmente al Señor; acordaos siempre de las innumerables gracias de que os ha colmado; por más que os sea dificultoso, no os separéis jamás de El. No os faltarán enemigos que os persigan y hagan todo lo posible para hacéroslo abandonar; pero revestíos de valor, pues tenéis la seguridad de vencerlos, si sois fieles a Dios» (Deut., XXXI.).
¡Ay!, las gracias que Dios nos concede son aún más abundantes, y los enemigos que nos rodean mucho más poderosos. Digo las gracias: porque ellos no habían recibido más que algunos bienes temporales y el maná; pero nosotros tenemos la dicha de recibir el perdón de nuestros pecados, de arrebatar nuestra alma del poder del infierno, y de ser alimentados, no con el maná, sino con el Cuerpo y la Sangre adorable de Jesucristo! ... ¡Oh, Dios mío!, ¡qué dicha la nuestra! ¿A qué, pues, volver a trabajar continuamente para perder un tal tesoro? ¡Oh!, ¡cuántos son los que no perseveran, porque les da miedo el luchar!
Leemos en la historia que un santo sacerdote halló un día a un cristiano dominado por un temor incesante de sucumbir a la tentación. “¿Por qué teméis?”, le dijo el sacerdote- “ ¡Ay!, padre mío contestó, temo ser tentado y sucumbir y perecer. ¡Ah !, exclamaba llorando; ¿no tengo motivos para temblar cuando tantos millones de ángeles sucumbieron en el cielo, cuando Adán y Eva fueron vencidos en el paraíso terrenal, cuando Salomón, que es tenido por el más sabio de los reyes y que había llegado al más alto grado de perfección, manchó sus canas con los crímenes más deshonrosos y vergonzosos, cuando este hombre, después de haber sido la admiración del mundo, se convirtió en oprobio y desdoro de la humanidad; cuando considero a un judas sucumbiendo en compañía del mismo Jesucristo; cuando tan grandes lumbreras se apagaron, ¿qué debo pensar de mí mismo, que no soy más que pecado?, ¿quién podrá enumerar las almas que están en el infierno, y que, a no ser por la tentación, estarían en la gloria? ¡Oh, Dios mío!, exclamaba, ¿quién no temblará?, ¿quién podrá tener esperanza de perseverar?” - “Mas, amigo mío, le dijo el santo sacerdote, ¿no sabéis lo que nos dice San Agustín, que el demonio es como un perro encadenado: acosa y mete mucho ruido pero sólo muerde a los que se ponen a su alcance? Tened confianza en Dios, huid de las ocasiones de pecar, así no sucumbiréis. Si Eva no hubiese escuchado al demonio, si hubiese huido en el mismo momento en que aquél le propuso la transgresión de los preceptos de Dios, no habría sucumbido. Al veros tentado, rechazad al momento la tentación, y, si tenéis oportunidad, haced devotamente la señal de la cruz, pensad en los tormentos que deben experimentar los réprobos por no haber sabido resistir la tentación; elevad al cielo vuestra mirada, y veréis allí cuál sea la recompensa del que lucha; llamad en vuestro socorro al ángel de la guarda; echaos prontamente en brazos de la Virgen Santísima, implorando su protección: con eso tenéis la seguridad de salir victorioso de vuestros enemigos, a los cuales veréis al punto llenos de confusión”.
Si sucumbimos, es porque no queremos valernos de los medios que Dios nos envía para combatir. Es preciso; sobre todo, estar bien convencidos de que, por nuestra parte, no podemos hacer otra cosa que perdernos; mas, con una gran confianza en Dios, lo podemos todo. Mirad a San Felipe Neri; decía él a Dios con frecuencia: “¡ Ay! Señor, sostenedme, soy tan malo, que me parece que a cada instante voy a haceros traición; soy tan poca cosa, que hasta cuando salgo para hacer una buena obra, digo para mí: Sales cristiano, tal vez volverás a entrar como un pagano, después de haber renegado de tu Dios”. Un día, creyéndose sólo en un lugar desierto, púsose a gritar: “¡Ay!, ¡estoy perdido, estoy condenado!” Alguien que le oyó, se acercó a él y le dijo: “Amigo, ¿es que desesperáis de la misericordia de Dios?, ¿por ventura no es infinita?” – “¡Ay!, le dijo aquel gran Santo, no es que desespere, sino que espero mucho; digo que estoy perdido y condenado, si Dios me abandona a mí mismo. Cuando considero que tantas personas habían perseverado hasta el fin, y una sola tentación las perdió: esto es lo que me hace temblar noche y día, temiendo ser del número de aquellos desgraciados”.
Si todos los santos temblaron durante su vida por temor de no perseverar, ¡qué será de nosotros que, sin virtudes, casi sin confianza en Dios, cargados de pecados, no ponemos diligencia alguna en librarnos de los lazos que el demonio nos tiende ; nosotros que andamos cual ciegos en medio de los mayores peligros, que dormimos tranquilamente en medio de una turba de enemigos, encarnizadamente interesados en nuestra perdición!. Pero, me dirá alguno, ¿qué deberemos hacer para no sucumbir? - Helo aquí, amigo mío: hay que huir las ocasiones que otras veces nos hicieron caer; recurrir constantemente a la oración, y por fin, recibir con frecuencia y dignamente los sacramentos; si lo practicas así, si sigues este camino, ten seguro de que vas a perseverar; pero, si no tomas estas precauciones, en vano tomarás otras medidas, forzosamente vendrás a caer y perderte.

II. – He dicho, en segundo lugar, que, en cuanto os sea posible, debéis huir del mundo, ya que su lenguaje y su manera de vivir son enteramente opuestos a lo que un cristiano debe hacer, es decir, son incompatibles con el comportamiento de una persona que anda en busca de los medios más seguros para llegar al cielo. Interrogad a Santa María Egipcíaca, que dejó el mundo y pasó su vida en el corazón de un espantoso desierto; ella os dirá que es imposible salvar el alma y agradar a Dios sin huir del mundo, pues por todas partes se hallan lazos y emboscadas; y, siendo el mundo contrario a Dios , es preciso despreciarlo y abandonarlo para siempre. ¿Dónde oísteis aquellas canciones malas, aquellos dichos infames, que son causa de una infinidad de pensamientos y deseos perversos?, ¿no fue precisamente al hallaros en compañía de aquellos libertinos? ¿Quién os hizo formular aquellos juicios temerarios?, ¿no fue al oír hablar del prójimo en compañía de aquel maldiciente? ¿Quién os indujo al hábito de dar miradas o tener tocamientos abominables con vosotros mismos o con los demás?, ¿no fue ello por haber frecuentado la compañía de aquel impúdico? ¿Cuál es la causa de que no recibáis ya los sacramentos?, ¿no ocurre ello desde que os tratáis con aquel impío, el cual ha procurado haceros perder la fe diciéndoos que todo cuanto prédica el sacerdote son tonterías, que la religión es sólo para dominar a la juventud; que es cosa de imbéciles ir a contar a un hombre lo que uno ha hecho; que toda la gente ilustrada se burla de todo esto? (entiéndase, hasta la hora de la muerte; entonces habrán todos de reconocer que se habían engañado). Pues bien, amigo mío, ¿sin aquella mala compañía, te habrían ocurrido tales dudas? Indudablemente que no. Dime, hermana mía, ¿desde cuando sientes tanto gusto por los placeres, las danzas y bailes, las reuniones y los atavíos mundanos?, ¿no es, por ventura, desde que frecuentas aquella mujer mundana, la cual no contenta aún con haber perdido su pobre alma, está ocasionando también la perdición de la tuya? Dime, amigo, ¿cuánto tiempo hace que frecuentas las tabernas y casas de juego?, ¿no es desde que conociste aquel desenfrenado? Dime, ¿desde cuándo se te oye vomitar toda suerte de juramentos y maldiciones?, ¿no es desde que estás al servicio de aquel dueño cuya boca y cuya garganta no son más que un canal de abominaciones?.
Sí, en el día del juicio, cada libertino verá a otro libertino pedirle su alma, su Dios y su gloria. ¡ Ah!, desgraciado, se dirán unos a otros, vuélveme el alma que me perdiste, y restitúyeme el cielo que me arrebataste. Desgraciado, ¿dónde está mi alma?, arráncala del infierno donde me has arrojado. A no ser por ti, no habría cometido aquel pecado que es causa de mi condenación. No, no, yo no tenía de ello conocimiento. No, jamás hubiera tenido tal pensamiento; ¡ah!, ¡hermoso cielo que tú me has hecho perder! ¡Adiós, cielo delicioso que tú me has arrebatado! ¡Sí, cada pecador se arrojará sobre el que le dio malos ejemplos y le indujo a cometer los primeros pecados. ¡Ah!, dirá, ¡ojala no te hubiese nunca conocido! ¡Ah!, si a lo menos hubiese yo muerto antes de verte, ahora estaría en el cielo; mas no es ya para mí... Adiós, hermoso cielo, por muy poca cosa te perdí... No, nunca perseveraréis si no huís de las compañías mundanas; en vano querréis salvaros; no tendréis más remedio que condenaros. O el infierno o la huída, no hay término medio. Determinad cuál de los dos extremos preferís. Desde el momento en que un joven o una joven siguen sus placeres, son joven y doncella condenados... En vano diréis que no obráis mal, que quizá sea yo algo escrupuloso. No puedo menos de repetiros que siempre vendremos a parar en lo mismo, a saber: que, si no cambiáis, un día estaréis en el infierno; y no solamente lo veréis esto, sino que, además, lo sentiréis. Echemos un velo sobre esta materia, y pasemos a otro asunto.

III.- He dicho, en tercer lugar, que la oración es absolutamente necesaria para acertar a perseverar en la gracia, después de haber recibido ésta en el sacramento de la Penitencia. Con la oración todo lo podéis, sois dueños, por decirlo así, del querer de Dios, mas, sin la oración, de nada sois capaces. Esto es suficiente para mostraros la gran necesidad de la oración. Todos los santos comenzaron su conversión por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar; mas debo distinguir: no una oración hecha dormitando, sentado en una silla, o tendido en el lecho; no una oración hecha vistiéndose, desnudándose o andando; no una oración hecha mientras se aviva la lumbre, o se reprende a los hijos o a los criados; no una oración hecha dando vueltas al gorro o al sombrero que se tiene entre las manos; no una oración hecha besando a los hijos o arreglándoles el pañuelo o el delantal; no una oración hecha mientras se tiene el espíritu ocupado en tal o cual persona; no una oración hecha precipitadamente como algo que nos fastidia, esperando sólo el momento de librarnos de ella: esto no es orar, es insultar a Dios. Lejos de hallar en ella un medio de asegurar nuestra perseverancia, constituye ella misma una caída; ya que, en vez de alcanzar mediante su virtud un nuevo grado de gracia, Dios nos retira la que nos concediera, para castigar así el desprecio que hacemos de su presencia. En lugar de debilitar a nuestros enemigos, los fortalecemos; en lugar de arrancarles las armas con que nos combaten, les proporcionamos otras nuevas; en lugar de aplacar la justicia de Dios, la irritamos más y más. Tal es el provecho que sacamos de nuestras oraciones.
Mas la oración de que os hablo, tan poderosa cerca de Dios, que nos atrae tantas gracias, que parece hasta sujetar la voluntad de Dios, que parece, por decirlo así, forzarle a concedernos lo que le pedimos, viene a ser una oración hecha al impulso de una especie de desesperación y de esperanza. Digo desesperación, considerando nuestra indignidad, y el desprecio que hicimos de Dios y de sus gracias, reconociéndonos indignos de comparecer ante su divina presencia v de atrevernos a pedir perdón después de haberlo recibido ya tantas veces y pagado siempre con ingratitud, lo cual debe llevarnos, en todos esos momentos de nuestra vida, a creer que la tierra va a abrirse debajo de nuestros pies, que todos los rayos del cielo están a punto de caer sobre nuestras cabezas, y que todas las criaturas claman venganza en vista de los ultrajes que hemos inferido a su Creador; y allí, temblando delante de El, estamos aguardando a ver si Dios lanzará sobre nosotros un rayo que nos aplaste, o se dignará perdonarnos una vez más. Con el corazón quebrantado de dolor por haber ofendido a un Dios tan bueno, dejamos correr nuestras lágrimas de contrición y de gratitud; nuestro corazón y nuestra mente hállanse abismadas en la profundidad de nuestra nada y en la grandeza de Aquel a quien hemos ultrajado, y el cual nos deja aún la esperanza del perdón. Lejos de mirar el tiempo de la oración como un momento perdido, lo tenemos por el más feliz y precioso de nuestra vida, puesto que un cristiano pecador no debe tener en este mundo otras ocupaciones que llorar sus pecados a los pies de su Dios; lejos de considerar como primeros los negocios temporales y preferirlos a los de su salvación, los mira el cristiano como cosas de nada, o mejor, como obstáculos para su salud espiritual; no le preocupan sino en cuanto Dios le ordena que cuide de ellos, plenamente convencido de que, si él no los gestiona, otros cuidarán de hacerlo; pero que si no tiene la dicha de alcanzar el perdón y tener a Dios propicio, todo está perdido, ya que nadie cuidará e ello. No deja la oración sino con gran pena, los momentos empleados en la presencia de Dios le parecen brevísimos, pasan como el fulgor de un rayo; si su cuerpo sale de la presencia de Dios, su corazón y su mente se quedan constantemente delante de la divinidad. Durante la oración, no hay que pensar en trabajo alguno, ni en arrellanarse en una poltrona, ni en tenderse en el lecho...
He dicho que el cristiano debe estar entre la desesperación y la esperanza. Digo la esperanza, considerando la grandeza de la misericordia del Señor, el deseo que El tiene de hacernos felices, lo que ha hecho para merecernos el cielo. Animados por un pensamiento tan consolador, nos dirigiremos a El con gran confianza, y, como San Bernardo, le diremos: ”Dios mío, esto que os pido no lo he merecido, mas lo merecisteis Vos por mí. Si me lo concedéis, es solamente porque sois bueno y misericordioso”. Animado por estos sentimientos, ¿qué hace un cristiano? Vedlo aquí. Penetrado del más vivo reconocimiento, toma la resolución firme de no ultrajar jamás a un Dios que acaba de otorgarle el perdón. Tal es la oración a que quiero referirme como cosa absolutamente necesaria para obtener el perdón y el don precioso de la perseverancia.

IV. – En cuarto lugar, hemos dicho que, para tener la dicha de conservar la gracia de Dios, debíamos frecuentar los sacramentos. Un cristiano que use santamente de la oración y de los sacramentos, aparece formidable ante el demonio, cual un dragón montado sobre un corcel, ñ
Los ojos centelleantes, armado con su coraza, su espada y sus pistolas en presencia de un enemigo desarmado: su sola presencia le hace retroceder y emprender la fuga. Mas hace que descienda de su caballo y abandone sus armas: pronto su enemigo se le echa encima, le huella con sus pies, y coge cautivo al que, provisto de armas, con su sola presencia parecía aniquilar al enemigo. Imagen sensible de un cristiano provisto de las armas de la oración y los sacramentos. Sí, un cristiano que ore y que frecuente los sacramentos con las disposiciones necesarias, es más formidable ante el demonio que ese dragón de que acabo de hablaros. ¿Qué es lo que hacía a San Antonio tan terrible ante las potencias del infierno, sino la oración? Oíd cómo le hablaba cierto día el demonio: decíale que era él su más cruel enemigo, pues le hacía sufrir tanto. “¡Ah!, cuán poca cosa eres, le dijo San Antonio; Ya que no soy más que un pobre solitario, que no puedo sostenerme sobre mis pies, con una simple señal de la cruz provoco tu huida”. Ved además lo que el demonio dijo a Santa Teresa, a saber, que por lo mucho que ella amaba a su Dios, por su frecuencia de sacramentos, en el lugar donde ella había pasado no podía él ni respirar. ¿Por qué? Porque los sacramentos nos dan tanta fuerza para, perseverar en la gracia de Dios, que jamás se ha visto a un santo apartarse de los sacramentos y perseverar en la amistad de Dios; y porque en los sacramentos hallaron cuantas fuerzas les eran necesarias para no dejarse vencer del demonio. Os indicaré aquí la razón de ello. Cuando oramos, Dios nos envía amigos, ora sea un santo, ora un ángel, para consolarnos; así sucedió a Agar, la esclava de Abraham (Gen., XXI, 17.), al casto José cuando estaba en prisión, y también a San Pedro...: nos hace sentir con mayor fuerza la eficacia de sus gracias a fin de fortalecernos y armarnos de valor. Mas, al recibir los sacramentos, no es un santo o un ángel, es Él mismo quien viene revestido de todo su poder para aniquilar a nuestro enemigo. El demonio, al verle dentro de nuestro corazón, se precipita a los abismos; aquí tenéis, pues, la razón o motivo por el cual el demonio pone tanto empeño en apartarnos de ellos, o en procurar que los profanemos. En cuanto una persona frecuenta los sacramentos, el demonio pierde todo su poder sobre ella. Añadamos, sin embargo, que es preciso distinguir: esto sucede en aquellos que los frecuentan con las disposiciones debidas, que sienten verdadero horror al pecado, que se aprovechan de todos los medios que Dios nos concede para no recaer y para sacar fruto de las gracias que nos otorga.
No quiero referirme a aquellos que hoy se confiesan y mañana caen en las mismas culpas. No quiero hablar de aquellos que se acusan de sus pecados con tanta falta de dolor y arrepentimiento cual si narrasen, por gusto, una historia, ni de los que comparecen sin ninguna o casi ninguna preparación, que acudirán a confesarse quizá sin haber examinado su conciencia, y dirán lo primera que les venga a la mente; que se acercarán a la Sagrada Mesa sin haber sondeado las repliegues de su corazón, sin haber pedido gracia para conocer sus pecados, ni implorar el dolor que de ellos deben concebir, sin haber formado propósito alguno de no volver a pecar. No, éstos sólo trabajan para su perdición. En vez de luchar contra el demonio, se ponen a su lado, y se labran ellos mismos un infierno. No, no es de éstos de quienes quiero hablar. Me refiero a los que salen del tribunal de la penitencia, o de la Sagrada Mesa, dispuestos a comparecer con gran confianza ante el tribunal de Dios, sin temor de verse, condenados por no haberse preparado debidamente en sus confesiones a comuniones. ¡Oh, Dios mío!, ¡cuán raros son éstos, cuantos cristianos se perdieron por defectos tales de preparación!

V.-He dicho, en quinto lugar, que, para tener la suerte de conservar la gracia recibida en el sacramento de la Penitencia, hemos de practicar la mortificación: este es el camino que siguieron todos los santos. O castigáis vuestro cuerpo de pecado, o no permaneceréis mucho tiempo sin recaer. Ved al santo rey David: para pedir a Dios la gracia de perseverar, castigó su cuerpo durante toda su vida. Ved a San Pablo; quien nos dice que trataba a su cuerpo como a un caballo. Ante todo, no hemos de dejar pasar comida alguna sin abstenernos de algo, para que, al fin de la misma, podamos ofrecer a Dios alguna privación. Las horas de dormir, de cuando en cuando debemos cercenarlas un poco. Cuando sentimos la comezón de hablar y desearnos decir algo, privémonos de ello en obsequio a Nuestro Señor. Ahora bien, ¿quiénes hay que tomen todas estas precauciones cuya importancia. os acabo de anunciar? ¿Dónde están? ¡Cuán raros son ellos!, ¡cuán reducido es su número! Mas también son raros los que, habiendo recibido el perdón de sus pecados, perseveran en el feliz estado en que el sacramento de la Penitencia los pusiera. ¡Ay! Dios mío, ¿dónde iremos a buscarlos? Entre los que me escuchan, ¿existen algunos de esos cristianos dichosos?
¿Qué debemos sacar de todo lo dicho? Vedlo aquí. Si recaemos, como antes, apenas se presenta la ocasión, es que no tomamos mejores resoluciones, que no aumentamos las penitencias, que no redoblamos nuestras oraciones ni nuestras mortificaciones. Temblemos acerca de nuestras confesiones, por temor de que a la hora de la muerte sólo hallemos sacrilegios y, por consiguiente, nuestra perdición eterna. Dichosos, mil veces dichosos, los que perseverarán hasta el fin, ya que tan sólo para ellos es el cielo!.

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

martes, 24 de agosto de 2010

MOLOKAI, LA ISLA MALDITA - PELÍCULA

A finales del 1800, un comité de higiene de Hawaii había decidido que todo enfermo de lepra debía de pasar el resto de su vida en la isla de Molokai, alejados de sus familias, en una tierra de nadie donde imperaba solo la ley de la fuerza y de la muerte. Es allí donde por propia voluntad llega en una goleta el Padre Damián, sacerdote belga de la congregación de los Sagrados Corazones. El Padre Damián ha decidido dedicar todo su tiempo a la población leprosa de esta pequeña isla del archipiélago de Hawaii.

Año: 1959. Duración: 104 minutos. País: España. Género: Biografía. Director: Luis Lucía. Guión: Francisco Roig Espert & Jaime García H.

domingo, 22 de agosto de 2010

EL ECUMENISMO: TRAICIÓN A LA VERDAD

José Andrés Segura Espada
En el ecumenismo actual cuando se dice: todos sean uno, se está indicando un deseo de unidad y, para que esto pueda darse, el grupo que formaría esta unidad debería tener una misma y sola fe, un solo régimen de gobierno y magisterio, y unos mismos sacramentos.

Porque no se puede olvidar que no sólo peca gravemente quien rechaza todas las verdades de fe, sino también el que rechaza una sola, ofende a Dios y se pone en enemistad con Él y al margen de su Ley.

El falso ecumenismo trae consigo el indiferentismo religioso, la pérdida de la fe, la desconfianza de los fieles en la palabra revela y el desprestigio de la Iglesia.

¿Quién promueve el falso ecumenismo? Los falsos apóstoles, obreros tramposos que, a fuerza de años, han ido adulterando la verdad, corrompiendo la doctrina, eliminando todo vestigio y señal de piedad y de adoración, preparando así el camino de un falso ecumenismo que trae muchos males a la Iglesia y una espantosa confusión a muchas almas. Un falso ecumenismo que acaba destruyendo la verdad.

¿Cuándo suceden todos estos males? Cuando, por atraer a otras religiones, se desvirtúan los sacramentos, se ocultan los dogmas y se manipula la verdad revelada. Es decir, cuando se trata con otras religiones, las verdades de fe reveladas sufren violencia, porque o se calla aquello que suscita polémica o no se dice toda la verdad: suavizando aquello que hiere y postergando aquello que separa, dejando que la verdad no resplandezca y ocultando la luz debajo del celemín.

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal.

La mentira la convierten en verdad, y a la verdad en mentira; y de esta terrible deformación, nace la confusión de ideas, que lleva al paganismo y a la incredulidad.

Insisten en este concepto: “Es más lo que nos une que lo que nos separa”, cuando deberían ser conscientes, no de la cantidad de lo que une, sino la calidad de lo que los separa; y como están de acuerdo en alguna verdad, ésta les basta; en las demás verdades que no comparten y que son esenciales para un hombre de fe, no quieren pronunciarse para no suscitar contiendas; por eso, unos callan, y otros no dicen toda la verdad; y por un deseo de unidad adecuan la verdad a la mentira.

Transigir con el mal es como consentirlo, y esto es como tomar parte de las obras de las tinieblas, lo que no es bueno y, por tanto, no puede agradar a Dios. Aquellos que transigen con el mal son tan culpables como los que lo ejecutan.

La mayor confusión de ideas se origina cuando se pretende que la mentira se convierta en verdad, y la verdad en mentira.

La verdad y la mentira son antagónicas, no puede existir entre ambas una unión ni pacífica ni justa, porque la virtud mal se aviene con el vicio.

No se puede aceptar como verdad lo que es mentira, ni acoger el error como camino para encontrar la verdad.

Una verdad a medias o la verdad incompleta se convierte en mentira; una verdad entre un cúmulo de mentiras, no basta como principio de unidad.

La verdad siempre ha sufrido violencia, la verdad es combatida y a la verdad se le hace la guerra.

Es totalmente necesario renunciar a la mentira y abrazar la verdad para que brille la luz esplendorosa del Evangelio. No es posible construir la verdad sobre la mentira, ni la mentira puede convivir con la verdad; la una a la otra se hacen la guerra, porque la mentira tiene por padre a Satanás.

Una sola mentira corrompe la verdad.

Los que viven en la verdad son hijos del Padre, de quien procede la luz verdadera. No es posible ser hijos de Dios, y al mismo tiempo, ser hijos del diablo.

La mentira del error es como el veneno.

El amor cubre multitud de faltas pero el amor no puede ocultar la verdad: si lo hiciera, no sería un verdadero amor. Quién corrompe o mutila la verdad está atentando contra Aquel que es el Amor y la Verdad.

No hay caridad sin verdad.

Por último, no se debe olvidar que quien está en la verdad no lo está por méritos propios, sino por la misericordia de Dios.
Satanás, padre del error, no da tregua a los hijos de la luz en su lucha a muerte contra la Verdad; pero él, como sus inicuos siervos de las tinieblas, saben que la victoria final es de Cristo Dios: la única y todopoderosa Verdad.

¡Gloria y adoración sólo a Ti, Santísima Trinidad único y verdadero Dios!

De la revista: Tradición Católica nº 202

sábado, 21 de agosto de 2010

RADIO MARÍA PROMOCIONA POLÍTICOS ABORTISTAS Y PRO-GAYS

En la foto: Verónica La Forgia, quien da el micrófono a personas anticatólicas para que difundan su pensamiento en Radio María de Argentina, siendo éste el perfil de la emisora.

Según informaron fuentes de Diario Pregón de La Plata, en el programa de Verónica La Forgia (“Tiempo de Noticias Primera Edición”) emitido por Radio María de Argentina que tiene por productora a Romina Maccarone, el día 17 de agosto de 2010 promocionó a políticos abortistas y progays. Numerosos oyentes se encuentran indignados con numerosos contenidos de esta emisora, que rara vez reflejan el pensamiento de la Iglesia Católica de modo completo y claro.

Según la fuente, se habría enviado un mail al Padre Javier Soteras en que en dicho programa “de Veronica La Fogia y durante muchos minutos la voz de la diputada de "Proyecto Sur" CECILIA MERCHAND, quien promocionaba su Acto Ambientalista en Mendoza”.

Sigue el referido mail diciendo que “el problema es que todo el mundo está de acuerdo con lo que ella decía, pero en esta ocasión se cuidó muy bien de no promocionar el aborto, el pseudo-matriomonio homosexual, la eutanasia, y demás conquistas del progreso. Estos temas son permanentemente publicitados (como grandes conquistas) por Cecilia Merchans y su Partido, con Pino Solanas a la cabeza”.

Continúa consignando que “lo que hizo Radio María al darle el micrófono, fue conseguirle adherentes y votantes a favor de su Partido y después nos quejamos cuando perdemos una elección en el Senado ó en la Cámara de Diputados. Es realmente lamentable lo que sucedió . Parece que no hay quien controle nada en la Radio .- Seguramente la periodista Veronica La Fogia ignoraba la posición política de la diputada Merchan ?? ó lo hizo a sabiendas???”

Cabe destacar el peligro que representa la promoción de funcionarios o de personas que no expresan íntegramente la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, la presentación de la Verdad del Evangelio y de la Iglesia Católica como un contenido relativo y no absoluto, o la igualación de contenidos desde un relativismo cultural o periodístico.

Muchos medios cobran dinero de determinados políticos (en “negro”, claro está) para promocionarlos ¿Radio María de Argentina hace eso? ¿Por qué motivos hay tan abiertos criterios, para difundir a cuanto hereje esté circulando por el planeta, confundiendo a gran parte de la feligresía?

Radio María públicamente ha omitido la problemática de la aprobación de una aberración jurídica legislativa reciente, y se ha pronunciado de modo relativo sobre la misma, e incluso apoyándola y lamentándose exclusivamente de que no hubiese existido un “mayor diálogo”.


Radio MariCa:

la herejía cada día

junto a vos…

Radio MariCa,

la herejía

no es regalo de Dios.

Fuente: Diario Pregón de La Plata
Visto en: Santa Iglesia Militante

EL AVE MARÍA

La Santa Iglesia enseña, siguiendo a San Pablo, que no se puede ir a Dios sino por Nuestro Señor Jesucristo: "hay un sólo Dios y un sólo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo, que se entregó a sí mismo por la redención de todos" (1a Tim. II, 5-6).

San Bernardo, en el S. XII, retomando la enseñanza de muchos santos de los primeros siglos, afirma que no se puede ir a Jesús sino es también por María, pues Dios quiso constituir a María como medio entre Jesús y nosotros: "Es la voluntad de Dios, dice él, que tengamos todo por María". Todas las gracias que nos ha merecido Jesús por la Redención nos vienen por María. La Iglesia reasume esta doctrina de los santos por estas simples palabras que se convirtieron en un adagio: "Ad Jesum per Mariam", "A Jesús por María". La Iglesia nos enseña otra verdad no solamente por su doctrina sino también por su práctica y el ejemplo dado por sus santos: Es por el "Ave María" que se va a María.

Es lo que quisiera recordar recomendándoles leer algunas líneas de San Luis María Grignon de Montfort en su opúsculo EL SECRETO DEL SANTO ROSARIO (de la rosa 15 a la 20) a lo largo de esos seis capítulos (llamados rosas), el gran Santo explica maravillosamente lo que es esta simple oración del Ave María. Pero comienza por afirmar: "La salutación angélica es tan sublime y elevada que el Beato Alano de la Roche ha creído que ninguna criatura puede comprenderla y que solamente Jesucristo, Hijo de María puede explicarla."


¿CUAL ES EL ORIGEN DEL AVE MARÍA?

Su primera parte ("Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre las mujeres") ha sido revelada por la Santísima Trinidad. En efecto, es el Arcángel San Gabriel que la trae del Cielo y la pronuncia por primera vez para anunciar la la Santísima Virgen que Dios Hijo iba a encarnarse en su seno. "La Virgen María recibió, dice San Luis María, esta divina salutación en orden a llevar a feliz término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación entre Dios y los hombres y la Redención del género humano. Embajador de esta buena noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes de la Corte Celestial".

La segunda parte (bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre") ha sido añadida por Santa Isabel, el día de la Visitación, inspirada por el Espíritu Santo, cuando la Santísima Virgen María vino a visitarla. Y la Iglesia, en el primer Concilio de Efeso (año 431) sugirió la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y definir que la Sma. Virgen es verdaderamente Madre de Dios y ordenó que que se invocase al Sma. Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". .



¿EL AVE MARIA ES UNA ORACION PODEROSA PARA OBTENER LAS GRACIAS DE DIOS?

Cómo dudarlo ya que nuestra salvación viene de esta simple oración: "Por la salutación angélica, dice San Luis Mª Grignon de Montfort, Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron liberadas del limbo, se repararon las ruinas del Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el pecado fue perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades, los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la Sma. Trinidad y los hombres obtuvieron la vida eterna".

Por lo tanto la Salutación angélica ha sido el medio por el que el Misterio de la Santísima Encarnación se realizó y vino nuestra salvación. Pero ella es más que eso, si se puede decir: es el canal por el cual Dios ha dado todas sus gracias hasta hoy y las dará hasta el fin del mundo: "La salutación angélica contiene la fe y la esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los Apóstoles. Es la constancia y la fortaleza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos" dice el Bienaventurado Alano de la Roche. Y después de haber referido estas palabras del B. Alano, sucesor de Santo Domingo, el predicador vandeano del Rosario añade: "Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los Angeles y de los hombres y el terror y confusión de los demonios".

¿EL AVE MARÍA ES UNA ORACION NECESARIA PARA OBTENER LAS GRACIAS PARA SALVARSE?

Nuestro Santo (San Luis Mª Grignon de Montfort) no deja lugar a la menor duda en la respuesta a esta pregunta. Afirma categóricamente que quienes no tienen devoción por el Ave María van por el camino de la perdición eterna.

La experiencia, dice él, es suficiente para probarlo: todos los que llevan la marca de la reprobación tienen horror al Avemaría (como los herejes "que son todos hijos de Satanás"), o son negligentes de decirla o bien sólo la dicen tibia y precipitadamente. El Santo recuerda que quienes profesan novedosas doctrinas condenadas por la Iglesia condenadas en su época (los jansenistas) "a pesar de su aparente piedad, descuidan en demasía la devoción del Rosario y frecuentemente lo arrancan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo". Hoy vemos, aún en nuestros días, que las nuevas doctrinas condenadas por la Iglesia, si no son las mismas que en el siglo XVIII, están siempre acompañadas de este triste signo de la reprobación de Dios: el abandono de la devoción al Rosario.

Pero para confirmar esta verdad San Luis Mª refiere el testimonio mismo de la Santísima Virgen al Beato Alano de la Roche. Entre las cosas más admirables que Ella le reveló, le dijo que: "la negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica, que restauró el mundo, son señal probable e inmediata de reprobación eterna" y al contrario que, "quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran señal de predestinación... No se ni veo con claridad, añade San Luis Mª, cómo una devoción tan pequeña pueda ser señal infalible de eterna salvación y su defecto, señal de reprobación. No obstante, nada hay más cierto".


CONCLUSIÓN

¿Quién mejor que San Luis Mª Grignon de Montfort podrá hacernos comprender los frutos maravillosos que la recitación piadosa del Avemaría obrará en nuestra alma? ¿No es verdad que recomendando a las almas el rezo del Rosario fue que el obtenía infaliblemente su santificación o su conversión?

Por lo tanto escuchemos con atención sus palabras y sobre todo decidámonos poner en práctica esta devoción por el rezo piadoso del Rosario diariamente y recurramos frecuentemente a Nuestra Señora por el Avemaría: Es asegurar infaliblemente, también para nosotros, las gracias que necesitamos para salvarnos.

"¿Quieres enriquecerte con todos los bienes de la gracia y de la gloria? dice él en efecto, Saluda a la Sma. Virgen, honra a tu bondadosa Madre! Sicut qui thesaurizat, ita et qui honorificat matrem: "Quien acumula tesoros, así es el que tributa honor a su Madre - la Sma. Virgen-". (Eclo III, 5).

"Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada una de ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no podrías, entonces, esperar de su generosidad? Ella es nuestra Madre y amiga. Es la Emperatriz del universo y nos ama más que lo que todas las madres y reinas juntas amaron a algún mortal. Porque -dice San Agustín- la caridad de la Sma. Virgen aventaja a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los Angeles...
"El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté el alma por esta oración, tanto más se ilumina el espíritu, más se le abrasa el corazón y más se fortalece contra sus enemigos".

EJEMPLO: El Avemaría procura a los pecadores y herejes la gracia de la conversión.

Alban Stolz y el protestante - En su libro de La Salutación angélica, la celebre escritora Alban Stolz da a los protestantes, que buscan sinceramente la verdad, el consejo de decir todos los días un Avemaría. Tal vez, escribe, usted tiene aún, por atavismo un resto de esa veneración a la Virgen, tan conforme, por lo demás, a la naturaleza... Rompa, como Sansón, las cadenas de los prejuicios que los amarran desde su juventud... Tengan, por lo tanto, el valor todos los días de rezar un Avemaría, aunque sea durante un mes, y encontrarán tanto gusto en esta salutación angélica que no la omitirán más hasta la muerte". Este libro cayó en las manos de un sabio teólogo protestante, el Dr. Hugo Lämmer, que siguió el consejo a la letra y sintió luego una lucha interior violenta, cuya salida fue un estudio profundo del dogma católico. Este estudio llevó a la conversión a Braunsberg el 21 de noviembre de 1858; además, llegó a ser sacerdote, profesor en la facultad católica de Breslau y canónigo de esta catedral. - El Avemaría viniendo del Cielo, tiene una eficacia celeste, es en ella misma llena de gracia. ( Padre N. Delsor, Colección de ejemplos aplicados al catecismo popular de Francisco Spirago, París, 1911, p. 538).


"Tres días después hubo una boda en Cana de Galilea. La Madre de Jesús estaba invitada. Tambien lo estaban Jesús y sus discípulos. Se les acabo el vino, entonces la Madre de Jesús le dijo: -No tienen vino. Jesús le respondió: -Mujer, que tengo yo contigo; no sabes que aun no ha llegado mi hora. La Madre de Jesús les dijo entonces a los que estaban sirviendo: -Haced lo que el os diga". Evangelio de San Juan 2, 1-5

Tomado de: Semper Fidelis


jueves, 19 de agosto de 2010

CISMA EN LA IGLESIA

En el programa de la RAI Uno Mattina, el conductor le preguntó al cura Alberto Maggi si la Iglesia condenaba la homosexualidad y esto respondió el interrogado:

La doctrina de la Iglesia está en evolución, no es algo establecido para siempre. Actualmente la posición de la Iglesia sobre la cuestión es muy severa, despiadada y hasta inhumana, porque causa sufrimientos. Pero debemos tener esperanza porque la Iglesia cambia la doctrina. Lo que hace cincuenta años se consideraba pecado, hoy no lo es más. Y por lo tanto, en esa evolución y colocando siempre en el primer puesto el bien del hombre, lo que hoy parece ser un mal, mañana pueda ser que no.

La morbosa y paranoica diferencia que el Magisterio hace entre “ser homosexual y “cometer actos homosexuales” es como decirle a una planta: Puedes crecer pero no florecer. ¿Cómo se hace para decirle a una persona que no puede expresar su afectividad y su sexualidad? Esto sí que es contra natura.

Nota catapúltica

Menos mal que esta vez alguien hizo algo: Monseñor Giulio Giulodori, obispo de Macerata, reprendió pública y severamente al clérigo Maggi. Pero este perturbado moral todavía sigue dirigiendo el Centro de Estudios Bíblicos en Montefano.

Fuente:
Catapulta

HIJAS DE MARÍA AUXILIADORA: MISA-MAMARRACHO (CAPÍTULO GENERAL, ROMA 2008)









Tomado de: Catapulta

EL ANTICLERICALISMO, UNA PLAGA DE AYER Y DE HOY


Por Pío Moa, historiador no católico, proveniente del PCE (partido comunista español), que en su afán de objetividad histórica ha terminado por ser "políticamente incorrecto". Tomado de Conoze. Publicado en: La Catapulta y Congregación Obispo Alois Hudal)

Según una opinión muy divulgada por ciertos medios, la Iglesia es la principal culpable de las desdichas y violencias, especialmente las guerras civiles, que han sacudido a España en los dos siglos pasados. La causa estaría en el fanatismo y cerrazón eclesiásticos ante los derechos humanos y las nuevas corrientes políticas. Esa acusación ha sido asumida incluso por muchos cristianos o próximos al cristianismo, y se puede leer hoy en órganos conservadores sin que levante críticas o protestas.

Sin embargo, los hechos desmienten por completo tal idea. Lo que olvidan esos críticos es que el liberalismo llegó a España, en gran medida, no a través de su versión anglosajona, consciente de sus raíces cristianas y en todo caso respetuosa con ellas, sino de la tendencia revolucionaria francesa, el jacobinismo, introducido aquí por la invasión napoleónica. La Revolución francesa fue realmente la fragua de los totalitarismos que iban a asolar el mundo en el siglo XX. Comentando los destrucciones de estatuas por los talibanes, el dramaturgo Arrabal recordaba recientemente las fechorías, enormemente peores, de los talibanes revolucionarios franceses contra edificios y obras de arte. Ello aparte de la institucionalización del terror, el genocidio y una mortífera persecución religiosa.

En España, la invasión francesa trajo los mismos efectos: matanzas, devastaciones y saqueos de obras artísticas, conductas vistas por los españoles de entonces, casi unánimemente católicos, como sacrílegas e intolerables. Es lógico, vista la cuestión desde un ángulo neutral, que no sólo el clero, sino también la gran masa de la población, entendiera aquellas prédicas sobre los derechos del hombre como el pretexto y encubrimiento del crimen, pues, efectivamente, así fue.

Sin embargo, el jacobinismo se asentó en el país, sobre todo, a través de logias masónicas militares, tuvo el anticlericalismo como su rasgo más marcado, y no contribuyó en lo más mínimo a cambiar las ideas que la gente se había hecho sobre él a partir de la experiencia. Al contrario. Muy débil, por su aislamiento, el jacobinismo recurrió enseguida a la violencia: suya es, contra lo que muchos creen, la invención de los pronunciamientos militares, tan dañinos para la estabilidad del país durante el siglo XIX. De él proceden las incitaciones al asesinato de frailes, con calumnias como la de que habían envenenado las fuentes. La Desamortización de Mendizábal fue otro hecho indicativo. La medida, seguramente necesaria, pero realizada a la manera jacobina, es decir, brutal y sin respeto al derecho de propiedad, resultó asoladora. Cientos de miles de personas que vivían en terrenos eclesiásticos fueron expulsadas, formando un ejército de mendigos, delincuentes y otros marginados, abono para la demagogia y la convulsión social. La desforestación fue muy intensa. Grandes bibliotecas se dispersaron o se perdieron, obras de arte de primera magnitud desaparecieron, se hundieron joyas arquitectónicas. Un ejemplo entre muchísimos: el Gobierno ordenó destruir el monasterio de La Rábida, cuna del descubrimiento de América, y sustituirlo por un monolíto. Todo ello no impedía a nuestros jacobinos invocar exaltadamente la cultura.

A lo largo del siglo XIX y parte del XX, continuaron estas conductas, más o menos esporádica o sistemáticamente. A principios del siglo XX Ferrer Guardia, ídolo de muchos progresistas, preconizaba "una revolución sangrienta, ferozmente sangrienta", y la llevó a la práctica, en lo que pudo, mediante salvajes atentados. Las posturas jacobinas, mezcladas con las revolucionarias socialistas y anarquistas, culminaron en la II República, inaugurada con la quema de más de cien edificios: conventos, bibliotecas (incluyendo la segunda de España), centros de enseñanza y formación profesional, laboratorios, esculturas, cuadros, etc.

El fanatismo jacobino, aliado con el socialismo revolucionario, rechazó la victoria electoral, democrática, del centro derecha en 1933, y respondió a ella con la revuelta de octubre del 34, organizada por el PSOE y los nacionalistas catalanes de la Esquerra, con el apoyo moral de las izquierdas republicanas. Aunque la insurrección solo duró unas horas en Cataluña y dos semanas en Asturias, bastó para la matanza de unos 40 religiosos y la destrucción de numerosos templos, incluyendo la voladura de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, joya invalorable del románico, y de la universidad de la misma ciudad, arrasando su valiosísima biblioteca. Etc.

Todo esto no fue sino un aperitivo, comparado con lo que ocurriría desde febrero de 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular y volver al poder el viejo jacobinismo, de la mano de los revolucionarios extremos, anarquistas, socialistas, radicales y comunistas. Como creo haber probado en El derrumbe de la II República y la guerra civil, la actitud izquierdista causante del levantamiento de octubre del 34 no sólo no se corrigió, sino que se extremó, y su victoria electoral se tradujo en el naufragio de la legalidad, manifiesto en oleadas de incendios, asaltos a locales y prensa derechistas, y cientos de asesinatos. Cuando los políticos de derechas urgieron al Gobierno a cumplir su deber poniendo coto al desorden, el Gobierno rehusó, y ellos fueron amenazados de muerte en el mismo Parlamento. Amenazas cumplidas en el caso de Calvo Sotelo, mientras Gil-Robles se salvaba por puro azar. En estas condiciones, la mitad del país (por lo menos) con sentimientos católicos se vio en el dilema de rebelarse o dejarse aplastar. Optó por lo primero, como es sabido.

Sobre la persecución religiosa del Frente Popular en la guerra, no hará falta extenderse, pero sí señalar que fue quizá la más sangrienta que haya sufrido nunca la Iglesia, peor probablemente que las del Imperio Romano o de la Revolución francesa.

En suma, a lo largo de los siglos XIX y XX el anticlericalismo ha dejado un rastro espeluznante de incendios, agresiones, torturas y asesinatos de clérigos y católicos. El rechazo a tales conductas es bien lógico, y no debe confundirse con el rechazo al liberalismo o las nuevas ideas en general. Pues la Iglesia logró un acomodo aceptable con el liberalismo moderado, o conservador, en especial durante el casi medio siglo de la Restauración, único período en 130 años en que España prosperó de modo sostenido. Y durante la República, su actitud fue en extremo legalista y moderada, contra lo que sostienen ciertas propagandas e historiografías sin base.

En la actualidad, el anticlericalismo no hace llamamientos a la sangre, pero no renuncia a su propio pasado, reivindicado explícitamente, o al menos disculpado o embellecido. Naturalmente, todo el mundo tiene derecho a criticar a la Iglesia, pero cuando esa crítica se ejerce por medio de la manipulación y la falsificación histórica, como ocurre casi sistemáticamente, entonces debe ser a su vez criticada sin ambages.

No siendo católico, amo sin embargo la verdad, y creo que de la falsificación no puede salir nada bueno. Un pueblo engañado sobre su propio pasado corre peligro de recaer en lo peor de él. Me repugna sumamente que quienes tienen tras de sí un historial siniestro, no sólo no lo repudien, sino que se erijan en jueces y fiscales de los demás y les exijan que pidan perdón.