miércoles, 29 de junio de 2011

LA IMAGEN DEL CORAZÓN DE JESÚS


“Bendeciré las casas en que la imagen de mi sagrado corazón sea expuesta y honrada”

Estando como estamos en una época de acción y reacción entre el mal y el bien, las dos tendencias de los espíritus se traducen como nunca en manifestaciones exteriores. Los impíos, furiosos por destruir hasta el nombre de Jesucristo, se afanan en descolgar sus imágenes de todas partes, deseando reducir a Cristo a lo interior de las Iglesias, y en ellas arrasar y destruir su memoria.

En cambio los cristianos poseídos del espíritu contrario sacan cada día más afuera a su Redentor y su Dios, mientras aquéllos lo descuelgan por una parte de los edificios oficiales, éstos lo cuelgan por otra en sus moradas particulares, y lo ostentan como sello en todo lo que cae bajo su dominio.

Ha merecido una especial promesa de Nuestro Salvador generosísimo la imagen de su Sacratísimo Corazón. Releed y meditad las palabras que dijo el mismo Salvador a Santa Margarita María de Alacoque: “Bendeciré las casa en que esté expuesta y sea honrada la imagen de mi sagrado corazón”.

¡Se nos promete la bendición del Corazón de Jesús! La bendición del amor, de la generosidad, de la bondad infinita. Con ella tengo bastante, porque con ella tengo todo. Pero para ello es preciso:

1º. Que haya una imagen del Corazón de Jesús.
2º. Que esta imagen esté expuesta.
3º y en fin, que esta imagen sea honrada.

La imagen del Corazón de Jesús puede ser puede ser del Corazón mismo aislado, o mucho mejor de Jesús presentando su Corazón. ¿Hay imagen de Jesús más atractiva ni encantadora que la de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre ofreciéndome a mí, pobrecillo esclavo suyo, su Corazón, es decir, su amor, su paternidad, su divinidad? Pintadlo amable, sonriente, porque ama y al mismo tiempo suavemente triste, porque se ve ofendido, alegre porque busca mi bien, y triste porque me ve huir al mal, Dios para remediarme y hombre para pagar por mí.

Pero esta imagen debe ser expuesta y pública. No la releguéis, a vuestros aposentos interiores, sino ponedla en la sala más honrosa y visitada, en el sitio más patente y frecuentado, en lo más manifiesto de toda la casa.

Y además debe ser venerada. No la pongáis una vez y después os olvidéis de lo que habéis puesto. Honradla con vuestra mirada, con vuestro saludo, con vuestra devoción, con vuestra conducta, con luces, con flores, con afectos y manifestaciones de amor.

Pero al menos ponedlo en vuestras casas. Dentro de ella y fuera. En las puertas y en los huecos, en el sitio más precioso de las fachadas, o sobre la puerta principal, como vuestro escudo nobilísimo.

Si no tenéis más que imágenes de papel, ponedlas de papel; si las tenéis pintadas al óleo ponedlas pintadas; si podéis, colocad una estatua, y que sea muy artística, sobre elegante pedestal, bajo suntuoso dosel y entre preciosos ramos. Sobre todo, que el Amado en su dulce imagen se vea cubierto de cariñosos besos, de dulces miradas, de purísimos afectos.

Una vez pasando por una casa de pobrecitos labriegos de Castilla, vi que en la cocina, única pieza de recibir en la casa, sobre la arqueta en que se volcaba el puchero a la hora de comer, había un corazón de Jesús y otro de María. Eran dos estampas de papel. Se las había regalado un misionero. Y ellos con pajas de su centeno le habían hecho un marco pobre, pero amante.

Otra vez pasando por el tren vi, en un puesto de refrescos, sobre el mostrador y los anaqueles, dominando un bosque de botillería y un montón de azucarillos, otra estampa pegada del Sagrado Corazón de jesús, con las promesas debajo.

Poned, poned esta Santísima imagen de nuestro Amante y de nuestro Amado en todas partes. Que le vean todos, porque viéndole le amarán y amándole se salvarán. Así sea.

Tomado de la Revista de la Cruzada Eucarística, El Cruzado nº227, Junio 2011.