lunes, 28 de febrero de 2011

BEATA ANA MARÍA TAIGI - 9 DE JUNIO

ANA MARÍA TAIGI
Beata
(1837)
Fiesta: 9 de junio
Patrona de las madres de familia.
Esposa, madre, viuda, terciaria de la orden Trinitaria.
Mística con muchas visiones del futuro.
Nació en Siena. Su cuerpo incorrupto se encuentra en Roma donde aun se puede ver dentro de un ataúd de vidrio en la Iglesia de S. Juan Crisógono


Ver tambien
Profecías de la Beata Ana María Taigi

SOBRE LA ACTUAL APOSTASÍA DE OBISPOS Y SACERDOTES


Van algunos párrafos de la Homilía del Nuncio Apostólico, Mons. Adriano Bernardini, en la misa de apertura de la Asamblea de las Obras Misioneras Pontificias (Buenos Aires, 22 de febrero de 2011):

“Asistimos hoy a un ensañamiento muy especial contra la Iglesia Católica en general y el Santo Padre en particular. ¿Por qué todo esto? ¿Cuál es el motivo principal? Lo podemos enunciar en pocas palabras: ¡Es la Verdad que nos da el Mensaje de Cristo!

…Cuando esta Verdad no se opone a las fuerzas del mal todo va bien. En cambio, cuanto presenta la mínima oposición, surge una lucha que se hace calumnia, odio e incluso persecución contra la Iglesia y más específicamente contra la persona del Santo Padre.

…En realidad, si queremos ser sinceros, debemos reconocer que año tras año ha aumentado, entre teólogos y religiosos, hermanas y obispos, el grupo de cuantos están convencidos que la pertenencia a la Iglesia no comporta el conocimiento y la adhesión a una doctrina objetiva.

…Se ha afirmado un catolicismo “ á la carte”, en el cual cada uno elige la porción que prefiere y rechaza el plato que considera indigesto. En la práctica un catolicismo dominado por la confusión de los roles, con sacerdotes que no se aplican con empeño a la celebración de la Misa y a las confesiones de los penitentes, prefiriendo hacer otra cosa. Y con laicos y mujeres que buscan sustraer un poco por vez, el lugar al sacerdote para ganarse un cuarto de hora de celebridad parroquial, leyendo la oración de los fieles o distribuyendo la comunión.

…He aquí, por lo tanto, la Verdad como causa principal de esta aversión y diría casi persecución al Santo Padre. Una aversión que tiene como consecuencia práctica su sentirse solo, un poco abandonado.

¿Abandonado de quién? ¡He aquí la gran contradicción! Abandonado por los opositores a la Verdad, pero sobre todo de ciertos sacerdotes y religiosos, no sólo Obispos, pero no de los fieles.

Así el clero está atravesando una cierta crisis, en el episcopado prevalece un bajo perfil, no obstante los fieles de Cristo están aún con todo su entusiasmo. Obstinadamente continúan rezando y van a Misa, a frecuentar los sacramentos y a rezar el rosario. Y sobre todo esperan en el Papa.

(Ver texto completo aquí)

A nadie escapará la importancia del grave diagnóstico hecho por el Nuncio,aunque yo hubiese preferido que en vez de “abandono” hubiese empleado “apostasía”, el término teológico que corresponde. Pero ya es bastante lo que dice para estos tiempos en que Obispos y curas débiles-agregar a los católicos profesionales y de sacristía-prefieren hacerse los sotas, practicando la política del “avestrucismo”.

Pero de palabras los fieles estamos cansados, por buenas que sean. Ahora deberían venir, desde Roma, los hechos, los gestos de autoridad, la limpieza, la restauración de la disciplina y sobre todo, la predicación íntegra de la Verdad.

Recemos pues para que el Papa tenga fuerzas para reconstruir a la Iglesia, guardando santamente y exponiendo fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, “el depósito de la fe”. (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus).

Nuestra Señora de La Salette, ora pro nobis.

Tomado de Catapulta

sábado, 26 de febrero de 2011

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE EL RESPETO HUMANO

Beatus qui non fuerit scandalizatus in me.
Bienaventurado el que no tomare escándalo en mí.
(S. Mat., 11, 6.)

Nada más glorioso y honorífico para un cristiano, que el llevar el nombre sublime de hijo de Dios, de hermano de Jesucristo. Pero, al propio tiempo, nada más infame que avergonzarse de ostentarlo cada vez que se presenta ocasión para ello. No, no nos maraville el ver a hombres hipócritas, que fingen en cuanto pueden un exterior de piedad para captarse la estimación y las alabanzas de los demás, mientras que su pobre corazón se halla devorado por los más infames pecados. Quisieran, estos ciegos, gozar de los honores inseparables de la virtud, sin tomarse la molestia de practicarla. Pero maravíllenos aún menos al ver a otros, buenos cristianos, ocultar, en cuanto pueden, sus buenas obras a los ojos del mundo, temerosos de que la vanagloria se insinúe en su corazón y de que los vanos aplausos de los hombres les hagan perder el mérito y la recompensa de ellas. Pero ¿dónde encontrar cobardía más criminal y abominación más detestable que la de nosotros, que, profesando creer en Jesucristo, estando obligados por los más sagrados juramentos a seguir sus huellas, a defender sus intereses y su gloria, aun a expensas de nuestra misma vida, somos tan viles, que, a la primera ocasión, violamos las promesas que le hemos hecho en las sagradas fuentes bautismales? ¡Ah, desdichados! ¿qué hacemos? ¿Quién es Aquel de quien renegamos? Abandonamos a nuestro Dios, a nuestro Salvador, para quedar esclavos del demonio, que nos engaña y no busca otra cosa que nuestra ruina y nuestra eterna infelicidad. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! Para mejor haceros ver su bajeza, os mostraré: 1.º Cuánto ofende a Dios el respeto humano, es decir, la vergüenza de hacer el bien; 2.° Cuán débil y mezquino de espíritu manifiesta ser el que lo comete.

I.-No nos ocupemos de aquella primera clase de impíos que emplean su tiempo, su ciencia y su miserable vida en destruir, si pudieran, nuestra santa religión. Estos desgraciados parecen no vivir sino para hacer nulos los sufrimientos, los méritos de la muerte y pasión de Jesucristo. Han empleado, unos su fuerza, otros su ciencia, para quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo edificó su Iglesia. Pero ellos son los que, insensatos, van a estrellarse contra esta piedra de la Iglesia, que es nuestra santa religión, la cual subsistirá a despecho de todos sus esfuerzos.

En efecto, ¿en qué vino a parar toda la Furia de los perseguidores de la Iglesia, de los Nerones, de los Maximianos, de los Dioclecianos, de tantos otros que creyeron hacerla desaparecer de la tierra can la fuerza de sus armas? Sucedió todo lo contrario: la sangre de tantos mártires, como dice Tertuliano, sólo sirvió para hacer florecer más que nunca la religión: aquella sangre parecía una simiente de cristianos, que producía el ciento por uno. ¡Desgraciados! ¿qué os ha hecho esta hermosa y santa religión, para que así la persigáis, cuando sólo ella puede hacer al hombre dichoso aquí en la tierra? ¡Ay! ¡cómo lloran y gimen ahora en los infiernos, donde conocen claramente que esta religión, contra la cual se desenfrenaron, los hubiera llevado al Paraíso! !Pero vanos e inútiles lamentos!

Mirad igualmente a esos otros impíos que hicieron cuanto estuvo en su mano por destruir nuestra santa religión con sus escritos, un Voltaire, un Juan-Jacobo Rousseau, un Diderot, un D´Alembert, un Volney y tantos otros, que se pasaron la vida no más que en vomitar con sus escritos cuanto podía inspirarles el demonio. ¡ Ay ! mucho mal hicieron, es verdad; muchas almas perdieron, arrastrándolas consigo al infierno; pero no pudieron destruir la religión como pensaban. Lejos de quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo ha edificado su Iglesia, que ha de durar hasta el fin del mundo, se estrellaron contra ella. ¿Dónde están ahora estos desdichados impíos? ¡Ay! en el infierno, donde lloran su desgracia y la de todos aquellos que consigo arrastraron.

Nada digamos, tampoco, de otra clase de impíos que, sin manifestarse abiertamente enemigos de la religión de la cual conservan todavía algunas prácticas externas, se permiten, no obstante, ciertas chanzas, por ejemplo, sobre la virtud o la piedad de aquellos a quienes no se sienten con ánimos de imitar. Dime, amigo, ¿qué te ha hecho esa religión que heredaste de tus antepasados, que ellos tan fielmente practicaron delante de tus ojos, de la cual tantas veces te dijeron que sólo ella puede hacer la felicidad del hombre en la tierra, y que abandonándola, no podíamos menos de ser infelices? ¿Y a dónde piensas que te conducirán, amigo, tus ribetes de impiedad? ¡Ay, pobre amigo! al infierno, para llorar en él tu ceguera.

Tampoco diremos nada de esos cristianos que no son tales más que de nombre; que practican su deber de cristianos de un modo tan miserable, que hay para morirse de compasión. Los veréis que hacen sus oraciones con fastidio, disipados, sin respeto. Los veréis en la Iglesia sin devoción; la santa Misa comienza siempre para ellos demasiado pronto y acaba demasiado tarde; no ha bajado aún el sacerdote del altar, y ellos están ya en la calle. De frecuencia de Sacramentos, no hablemos; si alguna vez se acercan a recibirlos, su aire de indiferencia va pregonando que absolutamente no saben lo que hacen. Todo lo que atañe al servicio de Dios lo practican con un tedio espantoso. ¡Buen Dios¡ ¡qué de almas perdidas por una eternidad! ¡Dios mío!; cuán pequeño ha de ser el número de los que entran en el reino de los cielos, cuando tan pocos hacen lo que deben por merecerlo!

Pero ¿dónde están -me diréis- los que se hacen culpables de respeto humano? Atendedme un instante, y vais a saberlo. Por de pronto os diré con San bernardo que por cualquier lado que se mire el respeto humano, que es la vergüenza de cumplir los deberes de la religión por causa del mundo, todo muestra en él menosprecio de Dios y de sus gracias y ceguera del alma. Digo, en primer lugar, que la vergüenza de practicar el bien, por miedo al desprecio y a las mofas de algunos desdichados impíos o de algunos ignorantes, es un asombroso menosprecio que hacemos de la presencia de Dios, ante el cual estamos siempre y que en el mismo instante podría lanzarnos al infierno. ¿Y por qué motivo, esos malos cristianos se mofan de vosotros y ridiculizan vuestra devoción? Yo os diré la verdadera causa: es que, no teniendo virtud para hacer lo que hacéis vosotros, guardan inquina, porque con vuestra conducta despertáis los remordimientos de su conciencia; pero estad bien seguros de que su corazón, lejos de despreciaros, os profesan grande estima. Sí tienen necesidad de un buen consejo; de alcanzar de Dios alguna gracia, no creáis que acudan a los que se portan como ellos, sino a aquellos mismos de los cuales se burlaron, por lo menos de palabra. ¿Te avergüenzas, amigo, de servir a Dios, por temor de verte despreciado? Mira a Aquel que murió en esta cruz: pregúntale si se avergonzó Él de verse despreciado y de morir de la manera más humillante en aquel infame patíbulo. ¡Ah, qué ingratos somos con Dios, que parece hallar su gloria en hacer publicar de siglo en siglo que nos ha escogido por hijos suyos! ¡Oh Dios mío! ¡que ciego y despreciable es el hombre que teme un miserable qué dirán, y no teme ofender a un Dios tan bueno! Digo, además, que el respeto humano nos hace despreciar todas las gracias que el Señor nos mereció con su muerte y pasión. Sí, por el respeto humano inutilizamos todas las gracias que Dios nos había destinado para salvarnos. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno!

En segundo lugar, digo que el respeto humano encierra la ceguera más deplorable. ¡Ay! no paramos atención en lo que perdemos. ¡Qué desgracia para nosotros! Perdemos a Dios, al cual ninguna cosa podrá jamás reemplazar. Perdernos el cielo, con todos sus bienes y delicias. Pero hay aún otra desgracia, y es que tomarnos al demonio por padre y al infierno con todos sus tormentos por nuestra herencia y recompensa. Trocamos nuestras dulzuras y goces eternos en penas y lágrimas. ¡Ay! amigo, ¿en qué piensas? ¿Cómo tendrás que arrepentirte por toda la eternidad! ¡Oh, Dios mío! ¿ podemos pensar en ello y vivir todavía esclavos del mundo?

Es verdad- me diréis- que quien por temor al mundo no cumple sus deberes de religión es bien desgraciado, puesto que nos dice el Señor que a quien se avergonzare de servirle delante de los hombres no querrá Él reconocerle delante de su Padre el día del juicio (Math. 10, 33.). ¡Dios mío! temer al mundo; ¿porqué? sabiendo como sabemos que absolutamente es fuerza, ser despreciado del mundo para agradar a Dios. Si temías al mundo, no debías haberte hecho cristiano. Sabías bien que en las sagradas fuentes del bautismo hacías juramento en presencia del mismo Jesucristo; que renunciabas al mundo y al demonio; que te obligabas a seguir a Jesucristo llevando su cruz, cubierto de oprobios y desprecios. ¿Temes al mundo? Pues bien, renuncia a tu bautismo, y entrégate a ese mundo, al cual tanto temes desagradar.

Pero ¿cuando es -me diréis- que obramos nosotros por respeto humano? Escucha bien, amigo mío. Es un día en que, estando en la feria, o en una posada donde se come carne en día prohibido, se te invita a comerla también; y tú, contentándote con bajar los ojos y ruborizarte, en vez de decir que eres cristiano y que tu religión te lo prohíbe, la comes como los demás, diciendo: Si no hago como ellos, se burlarán de mí ¿Se burlarán de ti, amigo? ¡Ah! tienes razón; ¡es una verdadera lástima! -¡Oh! es que haría aun mucho mas mal, siendo causa de todos los disparates que dirían contra la religión, que el que hago comiendo carne-. Conque ¿harías aún más mal? ¿Te parece bien que los mártires, por temor de las blasfemias y juramentos de sus perseguidores, hubiesen renunciado todos a su religión? Si otros obran mal, tanto peor para ellos. ¡Ah ! di más bien: ¿no hay bastante con que otros desgraciados crucifiquen a Jesús con su mala conducta, para que también tú te juntes a ellos, para dar más que sufrir a Jesucristo? ¿Temes que se mofen de ti? ¡Ah, desdichado! mira a Jesucristo en la cruz, y verás cuánto por ti ha hecho.

Conque ¿no sabes tú cuándo niegas a Jesucristo? Es un día en que, estando en compañía de dos o tres personas, parece que se te han caído las manos, o qué no sabes hacer la señal de la cruz, y miras si tienen los ojos fijos en ti, y te contentas con decir tu bendición y acción de gracias en la mesa mentalmente, o te retiras a un rincón para decirlas. Es cuando, al pasar delante de una cruz, te haces el distraído, o dices que no fue por nosotros que Dios murió en ella.

¿No sabes tú cuándo tienes respeto humano? Es un día en que, hallándote en una tertulia donde se dicen obscenidades contra la santa virtud de la pureza o contra la religión, no tienes valor para reprender a los que así hablan, antes al contrario, por temor a sus burlas, te sonríes. -Es que no hay- dices- otro remedio, si no quiero ser objeto de continua mofa-. ¿Temes que se mofen de ti? Por este mismo temor negó San Pedro al Divino Maestro; pero el temor no le libró de cometer con ello un gran pecado, que lloró luego toda su vida.

¿No sabes tú cuando tienes respeto humano? Es un día en que el Señor te inspira el pensamiento de ir a confesarte, y sientes que tienes necesidad de ello, pero piensas que se chancearán de ti y te tratarán de devoto. Es cuando te viene el pensamiento de ir a oír la santa Misa entre semana, y nada te impide ir; pero te dices a ti mismo que se burlarían de ti y que dirían: Esto es bueno para el que nada tiene que hacer, para los que viven de su renta.

¡Cuántas veces este maldito respeto humano te ha impedido asistir al catecismo y a la oración de la tarde! ¡Cuántas veces, estando en tu casa, ocupado en algunas oraciones o lecturas de piedad, te has escondido por disimulo, al ver que alguien llegaba! ¡Cuántas veces el respeto humano te ha hecho quebrantar la ley del ayuno o de la abstinencia, por no atreverte a decir que ayunabas o comías de vigilia! ¡Cuántas veces no te has atrevido a decir el Angelus delante de la gente, o te has contentado con decirlo para ti, o has salido del local donde estabas con otros para decirlo fuera! ¡Cuántas veces has omitido las oraciones de la mañana o de la noche por hallarte con otros que no las hacían; y todo esto por el temor de que se burlasen de ti! Anda, pobre esclavo del mundo, aguarda el infierno donde serás precipitado; no te faltará allí tiempo para echar en falta el bien que el mundo te ha impedido practicar.

¡Oh, buen Dios! ¡qué triste vida lleva el que quiere agradar al mundo y a Dios! No amigo, te engañas. Fuera de que vivirás siempre infeliz, no has de conseguir nunca complacer a Dios v al mundo; es cosa tan imposible como poner fin a la eternidad. Oye un consejo que voy a darte, y serás menos desgraciado: entrégate enteramente o a Dios o al mundo; no busques ni sigas más que a un amo; pero una vez escogido, no le dejes ya. ¿Acaso no recuerdas lo que te dice Jesucristo en el Evangelio: No puedes servir a Dios v al mundo, es decir, no puedes seguir al mundo con sus placeres y a Jesucristo con su cruz? No es que te falten trazas para ser, ora de Dios, ora del mundo. Digámoslo con más claridad: es lástima que tu conciencia, qué tu corazón no te consientan frecuentar por la mañana la sagrada misa y el baile por la tarde; pasar una parte del día en la iglesia y otra parte en la taberna o en el, juego; hablar un rato del buen Dios y otro rato de obscenidades o de calumnias contra tu prójimo; hacer hoy un favor a tu vecino y mañana un agravio; en una palabra; ser bueno y portarte bien y hablar de Dios en compañía de los buenos, y obrar el mal en compañía de los malvados.

¡Ay! que la compañía de los perversos nos lleva a obrar el mal. ¡Qué de pecados no evitaríamos si tuviésemos la dicha de apartarnos de la gente sin religión! Refiere San Agustín que muchas veces, hallándose entre personas perversas, sentía vergüenza de no igualarlas en maldad, y para no ser tenido en menos, se gloriaba aun del mal que no había cometido. ¡Pobre ciego! ¡cuán digno eres de lástima! ¡qué triste vida! ... ¡Ah, maldito respeto humano! ¡qué de almas arrastras al infierno y de cuántos crímenes eres tú la causa! ¡Cuán culpable es el desprecio de las gracias que Dios nos quiere conceder para salvarnos! ¡Cuántos y cuántos han comenzado el camino de su reprobación por el respeto humano, porque, a medida que iban despreciando las gracias que les concedía Dios, la fe se iba amortiguando en su alma; Y poco a poco iban sintiendo, menos la gravedad del pecado, la pérdida del cielo, las ofensas que pecando hacían a Dios. Así acabaron por caer en una completa parálisis, es decir, por no darse ya cuenta del infeliz estado de su alma; se durmieron en el pecado y la mayor parte murieron en él.

En el sagrado Evangelio leemos que Jesucristo en sus misiones colmaba de toda suerte de gracias los lugares por donde pasaba. Ahora era un ciego, a quien devolvía la vista; luego un sordo, a quien el oído; aquí un leproso, a quien curaba de su lepra; más allá un difunto, a quien restituía la vida. Con todo, vemos que eran muy pocos los que publicaban los beneficios que acababan de recibir. ¿Y por qué esto? es que temían a los judíos; porque no se podía ser amigo de los judíos y de Jesús. Y así, cuando se hallaban al lado de Jesús, le reconocían; pero cuando se hallaban con los judíos, parecían aprobarlos con su silencio. He aquí precisamente lo que nosotros hacemos: cuando nos hallamos solos, al reflexionar sobre todos los beneficios que hemos recibido del Señor, no podemos menos de testificarle nuestro reconocimiento por haber nacido cristianos, por haber sido confirmados; mas cuando estamos con los libertinos, parecemos compartir sus sentimientos, aplaudiendo con nuestras sonrisas o nuestro silencio sus impiedades: ¡Oh, qué indigna preferencia, exclama San Máximo! ¡Ah, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! ¡Qué tormento no pasará una persona que así quiere vivir y agradar a dos contrarios! Tenemos de ello un elocuente ejemplo en el Evangelio. Leemos allí que el rey Herodes se había enredado en un ardor criminal con Herodíades. Tenía esta infame cortesana una hija que danzó delante de él con tanta gracia que le prometió el rey cuanto le pidiera, aunque fuera la mitad de su reino. Guardose bien la desdichada de pedírsela, porque no era bastante; fuese a encontrar a su madre para tomar consejo sobre lo que debía pedir al rey, y la madre, más infame que su hija, presentándole una bandeja, la dijo: «Ve, y pide que te mande poner en este plato la cabeza de Juan Bautista, para traérmela. Era esto en venganza de haberle echado en cara el Bautista su mala vida. Quedose el rey sobrecogido de espanto ante esta demanda; pues, por una parte, él apreciaba a San Juan Bautista, y le pesaba la muerte de un hombre tan digno de vivir, ¿Qué iba a hacer? ¿qué partido iba a tomar?. ¡Ah! maldito respeto humano ¿a qué te decidirás? Herodes no quisiera decretar la muerte del Bautista; pero, por otra parte, teme que se burlen de él, porque, siendo rey, no mantiene su palabra. Ve, dice por fin el desdichado a uno de los verdugos, ve y corta la cabeza de Juan Bautista prefiero dejar que grite mi conciencia a que se burlen de mí. Pero ¡qué horror! al aparecer la cabeza en la sala, los ojos y la boca, aunque cerrados, parecían reprocharle su crimen y amenazándole con los más terribles castigos. Ante su vista, Herodes palidece y se estremece. ¡Ay! que el que se deja guiar por el respeto humano es bien digno de lástima.

Es verdad que el respeto humano no nos impide hacer algunas buenas obras. Pero ¡cuántas veces, en las mismas buenas obras, nos hace perder el mérito! ¡Cuántas buenas obras, que no haríamos si no esperáramos ser por ellas alabados y estimados del mundo! ¡Cuántos no vienen a la iglesia más que por respeto humano, pensando que, desde el momento en que una persona no practica ya la religión, por lo menos exteriormente, no se tiene confianza en ella, pues, como suele decirse: ¡donde no hay religión, no hay tampoco conciencia! ¡Cuántas madres que parecen tener mucho cuidado de sus hijos, lo hacen solo por ser estimadas a los ojos del mundo! ¿Cuantos, que se reconcilian con sus enemigos sólo por no perder la estima de la gente? ¡Cuántos, que no serían tan correctos, si no supiesen que en ello les va la alabanza mundana! ¡Cuántos, que son más reservados en su hablar y más modestos en la iglesia a causa del mundo! ¡Oh! ¡maldito respeto humano, qué de buenas obras echas a perder, que a tantos cristianos conducirían al cielo, y no hacen sino empujarlos al infierno!

Pero -me diréis- es que es muy difícil evitar que el mundo se entrometa en todo lo que uno hace. ¿Y qué? No hemos de esperar nuestra recompensa del mundo, sino de sólo Dios. Si se me alaba, sé bien que no lo merezco, porque soy pecador; si se me desprecia, nada hay en ello de extraordinario, tratándose de un pecador como yo, que tantas veces ha despreciado con sus pecados al Señor; muchos más merecería. Por otra parte, ¿no nos ha dicho Jesucristo: Bienaventurados los que serán despreciados y perseguidos? Y ¿quiénes son los que os desprecian? Algunos infelices pecadores, que, no teniendo el valor de hacer lo que vosotros hacéis para disimular su vergüenza quisieran que obrárais como ellos; algún pobre ciego que, bien lejos de despreciaros, debiera pasarse la vida llorando su infelicidad. Sus burlas nos muestran cuán dignos son de lástima y de compasión. Son como una persona que ha perdido el juicio, que corre por las selvas, se arrastra por tierra o se arroja a los precipicios, gritando a los demás que hagan lo mismo; grite cuanto quiera, la dejáis hacer, y os compadecéis de ella, porque no conoce su desgracia. De la misma manera, dejemos a esos pobres desdichados que griten y se mofen de los buenos cristianos; dejemos a esos insensatos en su demencia; dejemos a esos ciegos en sus tinieblas; escuchemos los gritos aullidos de los réprobos, pero nada temamos, sigamos nuestro camino; el mal se lo hacen a sí mismos y no a nosotros; compadezcámoslos, y no nos separemos de nuestra línea de conducta.
¿Sabéis por qué se burlan de vosotros? Porque ven que les tenéis miedo y que por la menor cosa os sonrojáis. No es de vuestra piedad de lo que ellos hacen burla, sino de vuestra inconstancia, y de vuestra flojedad en seguir a vuestro capitán. Tomad ejemplo de los mundanos; mirad con qué audacia siguen ellos al suyo. ¿No les veis cómo hacen gala de ser libertinos, bebedores, astutos, vengativos? Mirad a un impúdico; ¿Se avergüenza acaso de vomitar sus obscenidades delante de la gente?. ¿Y por qué esto?. Porque los mundanos se ven constreñidos a seguir a su amo, que es el mundo; no piensan ni se ocupan más que en agradarle; por más sufrimientos que les cueste, nada es capaz de detenerlos. Ved aquí, lo que haríais también vosotros, si quisierais en este punto imitarlos. No temeríais al mundo ni al demonio; no buscaríais ni querríais más que lo que pueda agradar a vuestro Señor, que es el mismo Dios. Convertid conmigo en que los mundanos son mucho más constantes en todos los sacrificios que hacen para agradar a su amo, que es el mundo, que nosotros en hacer lo que debemos para agradar a nuestro Señor, que es Dios.

II.- Pero ahora volvamos a empezar de otra manera. Dime, amigo, ¿por qué razón te mofas tú de los que hacen profesión de piedad, o, para que lo entiendas mejor, de los que gastan más tiempo que tú en la oración, de los que frecuentan mas a menudo que tú los Sacramentos, de los que huyen los aplausos del mundo? Una de tres: o es que consideráis a estas personas como hipócritas, o, es que os burláis de la piedad misma o es, en fin, que os causa enojos ver que ellos valen más que vosotros.

1.° Para tratarlos de hipócritas sería preciso que hubierais leído en su corazón, y estuvieseis convencidos de que toda su devoción es falsa. Pues bien, ¿no parece natural, cuando vemos a una persona hacer alguna buena obra, pensar que su corazón es bueno y sincero? Siendo así, ved cuán ridículos resultan vuestro lenguaje y vuestros juicios. Veis en vuestro vecino un exterior bueno, y decís o pensáis que su interior no vale nada. Os muestran un fruto bueno; indudablemente, pensáis, el árbol que lo lleva es de buena calidad, y formáis buen juicio de él. En cambio, tratándose de juzgar a las personas de bien, decís todo lo contrario: el fruto es bueno, pero el árbol que lo lleva no vale nada. No, no, no sois tan ciegos ni tan insensatos para disparatar de esta manera.

2.º Digo, en segundo lugar, que os burláis de la piedad misma. Pero me engaño; no os burláis de tal persona porque sus oraciones son largas o frecuentes y hechas con reverencia. No, no por esto, porque también vosotros oráis (por lo menos, si no lo hacéis, faltáis a uno de vuestros primeros deberes). ¿Es, acaso, porque ella frecuenta los Sacramentos? Pero tampoco vosotros habéis pasado el tiempo de vuestra vida sin acercaros a los santos Sacramentos; se os ha visto en el tribunal de la penitencia, se os ha visto llegaros a la sagrada mesa. No despreciáis, pues, a tal persona porque cumple mejor que vosotros sus deberes de religión, estando perfectamente convencidos del peligro en que estamos de perdernos, Y, por consiguiente de la necesidad que tenemos de recurrir a menudo a la oración y a los Sacramentos para perseverar en la gracia del Señor, Y sabiendo que después de este mundo ningún recurso queda: bien, o mal, fuerza será permanecer en la suerte que, al salir de él, nos quepa por toda la eternidad.

3.° No, nada de esto es lo que nos enoja en la persona de nuestro vecino. Es que, no teniendo el valor de imitarle, no quisiéramos sufrir la vergüenza de nuestra flojedad; antes quisiéramos arrastrarle a seguir nuestros desordenes y nuestra vida indiferente. ¿Cuántas veces nos permitimos decir: para qué sirve tanta mojigatería, tanto estarse en la iglesia, madrugar tanto para ir a ella, y otras cosas por el estilo? ¡Ah! es que la vida de las personas seriamente piadosas es la condenación de nuestra vida floja e indiferente. Bien fácil es comprender que su humildad y el desprecio que ellas hacen de sí mismas condena nuestra vida orgullosa, que nada sabe sufrir, que quisiera la estimación y alabanza de todos. No hay duda de que su dulzura y su bondad para con todos abochorna nuestros arrebatos y nuestra cólera; es cosa cierta que su modestia, su circunspección en toda su conducta, condena nuestra vida mundana y llena de escándalos. ¿No es realmente esto solo lo que nos molesta en la persona de nuestros prójimos? ¿No es esto lo que nos enfada cuando oímos hablar bien de los demás y publicar sus buenas acciones? Sí, no cabe duda de que su devoción, su respeto a la Iglesia nos condena, y contrasta con nuestra vida toda disipada y con nuestra indiferencia por nuestra salvación. De la misma manera que nos sentimos naturalmente inclinados a excusar en los demás los defectos que hay en nosotros mismos, somos propensos a desaprobar en ellos las virtudes que no tenemos el valor de practicar. Así lo estamos viendo todos los días. Un libertino se alegra de hallar a otro libertino que le aplauda en sus desórdenes; lejos de disuadirle, le alienta a proseguir en ellos. Un vengativo se complace en la compañía dé otro vengativo para aconsejarse mutuamente, a fin de hallar el medio de vengarse de sus enemigos. Pero poned una persona morigerada en compañía de un libertino, una persona siempre dispuesta a perdonar con otra vengativa; veréis cómo en seguida los malvados se desenfrenan contra los buenos y se les echan encima. ¿y por qué esto, sino porque, no teniendo la virtud de obrar como ellos, quisieran poder arrastrarlos a su parte, a fin de que la vida santa que éstos llevan no sea una continuada censura de la suya propia? Mas, si queréis comprender la ceguera de los que se mofan de las personas que cumplen mejor que ellos sus deberes de cristianos, escuchadme un momento.

¿Qué pensaríais de un pobre que tuviera envidia de un rico, si él no fuese rico sino porque no quiere serlo? No le diríais: amigo, ¿por qué has de decir mal de esta persona a causa de su riqueza? De ti solamente depende ser tan rico como ella, y aun más si quieres. Pues de igual manera, ¿por qué nos permitimos vituperar a los que llevan una vida más arreglada que la nuestra? Sólo de nosotros depende ser como ellos y aun mejores. El que otros practiquen la religión con más fidelidad que nosotros no nos impide ser tan honestos y perfectos como ellos, y más todavía, si queremos serlo.

Digo, en tercer lugar, que las gentes sin religión que desprecian a quienes hacen profesión de ella...; pero, me engaño: no es que los desprecien, lo aparentan solamente, pues en su corazón los tienen en grande estima. ¿Queréis una prueba de esto? ¿A quién recurrirá una persona, aunque no tenga piedad, para hallar algún consuelo en sus penas, algún alivio en sus tristezas y dolores? ¿Creéis que irá a buscarlo en otra persona sin religión como ella? No, amigos, no. Conoce muy bien que una persona sin religión no puede consolarle, ni darle buenos consejos. Irá a los mismos de quienes antes se burlaba. Harto convencido está de que sólo una persona prudente, honesta y temerosa de Dios puede consolarlo y darle algún alivio en sus penas. ¡Cuántas veces, en efecto, hallándonos agobiados por la tristeza o por cualquiera otra miseria, hemos acudido a alguna persona prudente y buena y, al cabo de un cuarto de hora de conversación, nos hemos sentido totalmente cambiados y nos hemos retirado diciendo ¡Qué dichosos son los que aman a Dios y también los que viven a su lado! He aquí que yo me entristecía, no hacía más que llorar, me desesperaba; y, con unos momentos de estar en compañía de esta persona me he sentido todo consolado. Bien cierto es cuando ella me ha dicho: que el Señor no ha permitido esto sino por mi bien, y que todos los santos y santas habían pasado penas mayores, y que más vale sufrir en este mundo que en el otro. Y así acabamos por decir: en cuanto se me presente otra pena, no demoraré en acudir a él de nuevo en busca de consuelo. ¡Oh, santa y hermosa religión! ¡cuán dichosos son los que te practican sin reserva, y cuán grandes y preciosos son los consuelos v dulzuras que nos proporcionas... !

Ya veis, pues, que os burláis de quienes no lo merecen; que debéis, por el contrario, estar infinitamente agradecidos a Dios por tener entre vosotros algunas almas buenas que saben aplacar la cólera del Señor, sin lo cual pronto seríamos aplastados por su justicia. Si lo pensáis bien, una persona que hace bien sus oraciones, que no busca sino agradar a Dios, que se complace en servir al prójimo, que sabe desprenderse aun de lo necesario para ayudarle, que perdona de buen grado a los que le hacen alguna injuria, no podéis decir que se porte mal antes al contrario. Una tal persona no es sino muy digna de ser alabada y estimada de todo el mundo. Sin embargo, a esta persona es a quien criticáis; pero ¿no es verdad que, al hacerlo, no pensáis lo que decís? Ah, es cierto, os dice vuestra conciencia; ella es más dichosa que nosotros. Oye, amigo mío, escúchame, y yo te diré lo que debes hacer: bien lejos de vituperar a ésta clase de personas y burlarte de ellas, has de hacer todos los esfuerzos posibles para imitarlas, unirte todas las mañanas a sus oraciones y a todos los actos de piedad que ellas hagan entre día. Pero -diréis- para hacer lo que ellas se necesita violentarse y sacrificarse demasiado. ¡Cuesta mucho trabajo!... No tanto como queréis vosotros suponer. ¿Tanto cuesta hacer bien las oraciones de la mañana y de la noche? ¿Tan dificultoso es escuchar la palabra de Dios con respeto, pidiendo al Señor la gracia de aprovecharse? ¿Tanto se necesita para no salir de la iglesia durante las instrucciones? ¿Para abstenerse de trabajar el domingo? ¿Para no comer carne en los días prohibidos y despreciar a los mundanos empeñados en perderse?

Si es que teméis que os llegue a faltar el valor, dirigid vuestros ojos a la cruz donde murió Jesucristo, y veréis cómo no os faltará aliento. Mirad a esas muchedumbres de mártires, que sufrieron dolores que no podéis comprender vosotros, por el temor de perder sus almas. ¿Os parece que se arrepienten ahora de haber despreciado el mundo y el qué dirán?

Concluyamos diciendo: ¡Cuán pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios !Unos tratan de destruir la religión, si fuese posible, con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros con sus escritos impíos quisieran deshonrarla y destruirla si pudiesen; otros se mofan de ella en los que la practican ; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo. ¡Ay! ¡qué pequeño es el número de los que andan por el camino del cielo, pues sólo se cuentan en el los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas! Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad de sólo Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido no seguir más que a Jesucristo, llevando nuestra cruz todos los días de nuestra vida? Dichoso, aquel que no busca sino sólo a Dios y desprecia todo lo restante.

Esta es la dicha que os deseo.
San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL SUEÑO DE LOS 15 AÑOS


2. Sueño de los 15 años 1830
(MB. 1,188)

Reprensión por confiar más en los hombres que en Dios.

“En aquel tiempo tuve otro sueño en el cual se me reprendía severamente por haber puesto mi esperanza en la ayuda de los hombres y no en la bondad del Padre Celestial.” (Palabras de Don Bosco en su autobiografía).

Nota: El joven Juan Bosco estaba totalmente triste porque se le había muerto el gran amigo que lo estaba ayudando para poder estudiar, el Padre Cafasso. Y aunque el sacerdote antes de morir le dejó las llaves donde tenía su dinero, vinieron los familiares del difunto y le quitaron todo. El joven Bosco lloraba continuamente a su difunto bienhechor. Despierto pensaba en él. Dormido, tenía pesadillas soñando con él. Y su tristeza aumentaba al oír las campanas del templo que por nueve días tocaban a funeral, anunciando la muerte del Sumo Pontífice Pío VIII.

La angustia del joven Bosco llegó a tal punto que Mamá Margarita tuvo que enviarlo por unos días a la casa de los abuelos a que se distrajera un poco.

Y el buen Dios intervino con su segundo sueño, llamándole la atención acerca de la demasiada importancia que él le estaba dando a la ayuda de la gente, siendo que lo importante es confiar mucho en la ayuda de Nuestro Señor, que nunca fallará.

En adelante San Juan Bosco recordará siempre la frase del profeta: “Desdichado el que pone su confianza en ayudas humanas. Dichoso el que pone toda su confianza en la ayuda de Dios” (Jeremías 17,5), y aunque parezca que todos lo abandonan muchas veces, Don Bosco seguirá adelante con toda valentía recordando la promesa que Dios repitió tres veces en la Santa Biblia: “Yo nunca te abandonaré” (Hebr. 12).

Fuente: Biblia y Tradición

viernes, 25 de febrero de 2011

EL TESTAMENTO DEL DR. NATHANSON


NOTICIAS GLOBALES, Año XIV. Número 967, 07/11. Gacetilla n° 1090. Buenos Aires, 23 febrero 2011. 1090). Fuentes: Propias; National Catholic Register, 21-02-11; Parliamentary Network for Critical Issues (PNCI), 21-02-11.


Cómo legalizar el crimen del aborto:
Hacerse con los medios de comunicación; falsificar estadísticas; jugar la carta del anticatolicismo; ignorar la evidencia científica.

El pasado 21 de febrero, falleció Bernard Nathanson, el médico que de “rey del aborto”, como se lo llamó, se convirtió en uno de los más importantes defensores de la vida humana desde la concepción.

Su cambio radical de médico abortero a médico pro-vida, se concretó a través de evidencias científicas. “Como científico no creo, yo se y conozco que la vida humana comienza en la concepción”, escribió en 1992.

Se reconoció como responsable directo de la muerte de 75.000 niños no-nacidos. Abandonó la industria del abominable crimen del aborto en 1979. Su testimonio, especialmente a través de dos películas, “El Grito Silencioso” (1984) y “El eclipse de la razón” (1987) y de su autobiografía “La Mano de Dios” (1996), es capital para el esclarecimiento y la promoción de la defensa de la vida del niño no-nacido en todo el mundo.

En 1992, escribió una carta pública que constituye un testimonio excepcional y una advertencia a tener muy en cuenta, sobre todo en los países que sufren la presión abortista para legalizar el crimen abominable del aborto.

En 1996, el Dr. Nathanson, judío de nacimiento, fue bautizado en la Iglesia Católica por el Cardenal John O’Connor, en la catedral de San Patricio de Nueva York, en la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Carta abierta del Dr. Bernard Nathanson (1992):

“Soy responsable directo de 75.000 abortos, lo que me empuja a dirigirme al público poseyendo credibilidad sobre la materia.

Fui uno de los fundadores de la Asociación Nacional para Revocar las Leyes sobre el Aborto en los Estados Unidos, en 1968. Entonces una encuesta veraz hubiera establecido el hecho de que la mayoría de los norteamericanos estaban en contra de leyes permisivas sobre el aborto. No obstante, a los 5 años conseguimos que la Corte Suprema legalizara el aborto, en 1973. ¿Como lo conseguimos? Es importante conocer las tácticas que utilizamos, pues con pequeñas diferencias se repitieron con éxito en el mundo Occidental.

Nuestro primer gran logro fue hacernos con los medios de comunicación; les convencimos de que la causa proaborto favorecía un avanzado liberalismo y sabiendo que en encuestas veraces seríamos derrotados, amañamos los resultados con encuestas inventadas y las publicamos en los medios; según ellas el 60% de los norteamericanos era favorable a la implantación de leyes permisivas de aborto. Fue la táctica de exaltar la propia mentira y así conseguimos un apoyo suficiente, basado en números falsos sobre los abortos ilegales que se producían anualmente en USA. Esta cifra era de 100.000 (cien mil) aproximadamente, pero la que reiteradamente dimos a los medios de comunicación fue de 1.000.000 (un millón). Y una mentira lo suficientemente reiterada, la opinión pública la hace verdad.

El número de mujeres que morían anualmente por abortos ilegales oscilaba entre 200 y 250, pero la cifra que continuamente repetían los medios era 10.000 (diez mil), y a pesar de su falsedad fue admitida por muchos norteamericanas convenciéndoles de la necesidad de cambiar las leyes sobre el aborto.

Otro mito que extendimos entre el público, es que el cambio de las leyes solamente implicaría que los abortos que se practicaban ilegalmente, pasarían a ser legales. Pero la verdad es que actualmente, el aborto es el principal medio para controlar la natalidad en USA. Y el número de anual de abortos se ha incrementado en un 1500%, 15 veces más.

La segunda táctica fundamental fue jugar la carta del anticatolicismo.

Vilipendiamos sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando sus ideas sociales de retrógradas; y atribuimos a sus Jerarquías el papel del "malvado" principal entre los opositores al aborto permisivo. Lo resaltamos incesantemente. Los medios reiteraban que la oposición al aborto procedía de dichas Jerarquías, no del pueblo católico; y una vez más, falsas encuestas "probaban" reiteradamente que la mayoría de los católicos deseaban la reforma de las leyes antiaborto. Y los tambores de los medios persuadieron al pueblo americano de que cualquier oposición al aborto tenía su origen en la Jerarquía Católica y que los católicos proaborto eran los inteligentes y progresistas. El hecho de que grupos cristianos no católicos, y aún ateos, se declarasen pro-vida, fue constantemente silenciado.

La tercera táctica fundamental fue denigrar o ignorar, cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.

Frecuentemente me preguntan que es lo que me hizo cambiar. ¿Cómo pasé de ser un destacado abortista a un abogado pro-vida? En 1973 llegué a ser Director de Obstetricia en un gran Hospital de la ciudad de Nueva York, y tuve que iniciar una unidad de investigación perinatal; era el comienzo de una nueva tecnología que ahora utilizamos diariamente para estudiar el feto en el útero materno. Un típico argumento pro aborto es aducir la imposibilidad de definir cuando comienza el principio de la vida, afirmando que ello es un problema teológico o filosófico, no científico.

Pero la fetología demuestra la evidencia de que la vida comienza en la concepción y requiere toda la protección de que gozamos cualquiera de nosotros.

Ud. podría preguntar: ¿Entonces, por qué algunos doctores, conocedores de la fetología, se desacreditan practicando abortos?

Cuestión de aritmética: a 300 dólares cada uno, un millón quinientos cincuenta mil (1.550.000) abortos en los Estados Unidos, implican una industria que produce 500 millones de dólares anualmente. De los cuales, la mayor parte van a los bolsillos de los doctores que practican el aborto.

Es un hecho claro que el aborto voluntario es una premeditada destrucción de vidas humanas. Es un acto de mortífera violencia. Debe de reconocerse que un embarazo inesperado plantea graves y difíciles problemas. Pero acudir para solucionarlo a un deliberado acto de destrucción supone podar la capacidad de recursos de los seres humanos; y, en el orden social, subordinar el bien público a una respuesta utilitarista.

Como científico no creo, yo se y conozco que la vida humana comienza en la concepción. Y aunque no soy de una religión determinada (N. de la R: Aún no se convertía al catolicismo), creo con todo mi corazón que existe una divinidad que nos ordena finalizar para siempre este infinitamente triste y vergonzoso crimen contra la humanidad”.

Dr. Bernad Nathanson
FIN, 23-02-11
Vid:
-Bernard Nathanson Dead at 84
-"Soy un asesino de masas, responsable de la muerte de 75.000 niños inocentes"

-El rey del aborto
-ONU: Estadísticas falsas (NG 292)
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NOTICIAS GLOBALES es un boletín de noticias sobre temas que se relacionan con la PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y LA FAMILIA. Editor: Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja; E-mail: noticiasglobales@noticiasglobales.org ; http://www.noticiasglobales.org/ ;

Visto en
Catolicidad

jueves, 24 de febrero de 2011

LA CRUZ, SIEMPRE LA CRUZ


por Juan Manuel de Prada

Varias asociaciones de la llamada Memoria Histórica reclaman que la cruz que preside el Valle de los Caídos sea desmantelada, porque «de ninguna forma se puede consentir que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza».

La frase es suficientemente explícita para que requiera mayor glosa o comentario: un signo de amor y redención es visto como «símbolo de muerte y venganza»; y tal inversión de las categorías —«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías— exige un grado de ofuscación moral que no se explica mediante causas meramente naturales.

Esa aversión a la Cruz es de naturaleza preternatural; y para entenderla plenamente hace falta recordar aquellas palabras de San Pablo a los efesios: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne...», etcétera. Un mero ateo puede ver en la Cruz un armatoste inservible o irrisorio; pero para ver en ella un «símbolo de muerte y venganza» hace falta «creer y temblar». Y ese temblor a modo de ataque epiléptico lo provoca el odium fidei, que a lo largo de los diversos crepúsculos de la Historia se ha manifestado bajo las expresiones más diversas, desde las más sañudas a las más sibilinas. En esta fase de la Historia, el odium fidei se disfraza con la coartada legalista propia del laicismo, que el gran Leonardo Castellani definía como «la sustitución de Dios por el Estado, al cual se transfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas».

Mientras estas asociaciones de la llamada Memoria Histórica solicitan, por las bravas, la voladura de la cruz que preside el Valle de los Caídos, el Estado, más sibilinamente, prohíbe que se celebre misa en la Basílica, después de impedir las visitas turísticas, alegando que es preciso acometer obras de restauración en el recinto, cuyo resultado será el mismo que reclaman las asociaciones cristofóbicas, pero realizado a través de medios más finos: unos reclaman el empleo de la dinamita, nostálgicos quizá de episodios de cristofobia rampante como los que jalonaron nuestra Guerra Civil; los otros, más eficientes que nostálgicos, emplean dudosos informes técnicos e indudables grúas. Y lo hacen amparados en la coartada legal, pues el Valle de los Caídos se cuenta entre los monumentos administrados por Patrimonio Nacional, que puede impedir que se celebren misas en la Basílica y cepillarse los conjuntos escultóricos que la presiden, alegando que la celebración de tales misas entorpece el libre acceso de los ciudadanos al recinto, o bien —como parece que es la coartada legal elegida— que tales conjuntos escultóricos precisan restauración. Y contra la coartada legal nada vale, ni siquiera la ingenua invocación de la Constitución, que especifica que la libertad religiosa estará limitada por «el mantenimiento del orden público».
De modo que a los cristófobos finos o sibilinos que han decretado el cierre de la Basílica, después de haber dejado durante años que en ella se celebraran misas por concesión graciosa, les bastará alegar que la celebración de misas «altera el orden público» para justificar su acción. Y, una vez restablecido el orden, podrán incluso dar el gustazo a los cristófobos más sañudos de dinamitar la Cruz que preside el lugar: porque coartadas legales y dinamita son tan sólo expresiones diversas de un mismo sentimiento de los que «creen y tiemblan», que los viejos teólogos denominaban odium fidei. A ver si nos vamos enterando.

CONTRA-LITURGIAS: VIOLACIONES, PERMISIONES, REACCIONES Y PROHIBICIONES

En estos días de expectación de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, resulta más clamorosa la impiedad litúrgica manifiesta y hasta gustosamente consentida y atrevidamente promovida por los que están considerados optimiores en nuestra Iglesia Católica (huelga decir que los peores considerados somos los católicos conscientes motupropristas - summorunpontificumistas (un servidor, el que esto escribe, entre ellos)). Pero voy a lo que decía, a ilustrar con una muestra lo que permite y/o le gusta a la mayoría de nuestra jerarquía:


Es una misa celebrada en la Iglesia de la Stmª Trinidad de Berna, el pasado 19 de Septiembre 2010, Domingo; celebra el párroco Gregor Tolusso (católico) y "concelebra" el pastor protestante Manfred Stuber, de la comunidad luterana de Berna.

Adviertan la soltura cargada de suficiencia con la que celebra el sacerdote católico, cómo toma y parte la oblata antes de pronunciar las palabras de la consagración, y cómo eleva luego, con esa premeditada (y seguramente muy ensayada) colocación de manos y Hostia (el anillo que luce es un chocante detalle, no siendo obispo, pero, dadas las demás circunstancias, un pecadillo sin importancia, una vanidad, una fruslería).

En el video parece como si después de la consagración de la Hostia se acercara el pastor protestante a consagrar el cáliz; pero no, no es eso, el vídeo está cortado. El momento en que accede el pastor luterano al altar es cuando toca rezar el Padrenuetro: Dice unas palabras, un comentario ecuménico sobre "la libertad en la diversidad". Y seguidamente rezan todos juntos el Padrenuestro.

Cuando llega la Comunión, el cura celebrante le da la comunión al pastor protestante. Y también le confía una de las píxides para que administre la comunión a los fieles presentes (no es de extrañar que los luteranos presentes, si los hubo, siguieran el ejemplo de su pastor y comulgaran también; no me consta pero lo deduzco).

Al término de la misa, le hicieron una entrevista a los dos, el sacerdote católico y el pastor protestante, que se explicaron con toda su turbadora confusión inter-ecuménica. Aunque el luterano dejó muy claro que donde los católicos veían a Cristo él sólo veía pan (se refería a la Comunión que hacía unos minutos había recibido).

La misa fue retransmitida en directo por la televisión suiza. Suiza es la patria del hace poco nombrado presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el cardenal Kurt Koch. Ese es su "ambiente", que (probablemente) le influirá en su comprensión del ecumenismo católico. No estoy diciendo - sería temerario por mi parte - que el Cardenal Koch comparta los conceptos pervertidos que animan y la liturgia que violan los curas del estilo del párroco suizo Gregor Tolusso, el del vídeo. Lo que supongo es la influencia (¿mala/buena?) que casos como este, que suceden en su misma patria, ejercerán sobre el Cardenal Koch.

Aunque, a pesar de lo dicho, me atrevo a concluir con cierta desconfianza cuando no me consta que el párroco violador litúrgico haya sido amonestado, sancionado canónicamente y/o removido de su cargo pastoral. Por lo que deduzco que o bien se comparten ideas y formas, o bien se toleran, o bien no se atreven a intervenir. No sé decir cual de estas situaciones de no-respuesta/no-reacción sea más grave

Me hago estas reflexiones en esta misma semana en que un sacerdote francés,
el párroco de Thiberville, l'abbé Francis Michel, se despedía de su parroquia y sus feligreses porque su obispo le abrió un expediente canónico, que Roma falló a favor del obispo y contra el cura párroco de Thiberville por haber cometido el horrendo (?) crimen (?) de celebrar la Misa tradicional en su parroquia, gozando del favor de sus feligreses pero en contra de los criterios de su desgraciadamente ya famoso obispo, Mons. Nourrichard, obispo de Evreux.

Y así están las cosas. Y eso es lo que tenemos. A la espera de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, como dije al empezar.

Un animoso ambiente, ¿verdad?

p.s. Obvio decir que las violaciones litúrgicas como las de Berna y de toda especie, aun peores, se perpetran cotidie por todo el Orbe, passim, bajo el cayado callado de nuestros impasibles, indiferentes, impertérritos, y/o displicentes prelados.

Fuente: Ex Orbe

martes, 22 de febrero de 2011

LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA (NEGACIÓN DE LOS SACRAMENTOS Y CARICATURA DE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO) - MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE


Actualmente se habla con frecuencia en la Iglesia del Movimiento Pentecostal y de la Renovación Carismática. Efectivamente hay muchos católicos hoy en día que intentan recibir la gracia del Espíritu Santo por un camino diferente que en definitiva nos llega a través del Protestantismo. El Movimiento Pentecostal es de origen protestante (1) y ha entrado en la Iglesia (2) transformándose en el Movimiento de la Renovación Carismática. Hay que decir con claridad que estas manifestaciones son cada vez más frecuentes en la Iglesia y siempre con la autorización de las autoridades eclesiásticas (3).
En el mes de Noviembre de 1984, durante la reunión que tuvo lugar en Munich conocida como Katholikentag, todos los Cardenales y Obispos alemanes se congregaron junto a más de ochenta mil fieles. Todo el mundo fue testigo de estas extrañas manifestaciones que tuvieron lugar generalmente antes de administrar el Sacramento de la Eucaristía. Y no cabe duda que ante tales manifestaciones uno se pregunta si estaban inspiradas por el verdadero Espíritu de Dios o se trataba de otro espíritu.
Más o menos y también por entonces, en Graz (Austria), tuvieron lugar una serie de manifestaciones carismáticas ante el Obispo de este lugar, el cual afirmó que en adelante serían aceptadas en la Iglesia Católica como un medio para atraer a los jóvenes cuya práctica religiosa cada vez era menor. Tal vez, siguió diciendo, sea un medio para que renazca la vida cristiana entre la juventud.
Al mismo tiempo, en Paray-le-Monial, se celebran frecuentemente reuniones de este tipo, adornadas con ciertos elementos tradicionales.
Concretamente aquí, en Paray-le-Monial, hay jóvenes que pasan la noche en adoración ante el Santísimo Sacramento, rezando el Rosario y dando testimonio de un auténtico espíritu de oración. Por lo tanto hay un aspecto curioso y extraño en el que se mezclan a la vez la Tradición y esas manifestaciones raras y nada habituales en la Iglesia.
¿Qué podemos pensar de todo esto? ¿Habrá que creer que es un nuevo camino abierto con ocasión del Concilio Vaticano II, e incluso algunos años antes, para recibir el Espíritu Santo?

El Movimiento Pentecostal es de origen protestante y ha entrado en la Iglesia transformándose en el Movimiento de la Renovación Carismática

Todo parece indicar que estas nuevas manifestaciones no son acordes con la Tradición de la Iglesia. ¿De dónde procede el Espíritu Santo? ¿Quién nos da el Espíritu Santo? ¿Quién es el Espíritu Santo?

¿De dónde procede el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es Dios. Spiritus est Deus, dice San Juan. “Dios es Espíritu”. Y Dios quiere que le recemos y le adoremos en espíritu y en verdad. Así pues más que manifestaciones sensibles, externas, se trata de una actitud espiritual que debe mostrar nuestra vinculación con el Espíritu Santo. En el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo anuncia a los Apóstoles que recibirán el Espíritu Santo, que les enviará el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, Espíritu de verdad, de caridad, que glorificará a Nuestro Señor porque tomará de El y lo dará a conocer. Mittam eum ad vos. “Yo os lo enviaré”. Este Espíritu procede de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre. Lo decimos en el Credo: Credo in Spiritum Sanctum, qui ex Patre Filioque procedit. “Que procede del Padre y del Hijo”. Esta es la Fe católica: creemos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y que Nuestro Señor Jesucristo ha venido precisamente a la tierra para comunicarnos su Espíritu, para infundirnos su vida espiritual, su vida divina.

Los Sacramentos

¿Cómo se nos da el Espíritu Santo? ¿Qué medios usa Nuestro Señor? ¿Se vale de estas manifestaciones (4) que vemos en la Renovación Carismática y los Pentecostales? En absoluto. Es por medio de los Sacramentos, instituidos por El, que nos comunica su Espíritu.
Debemos insistir de forma especial en esta verdad de la Tradición: Nuestro Señor nos comunica su Espíritu por el Bautismo. Se lo dijo a Nicodemos en la entrevista nocturna que mantuvo con él. “El que no renace del agua y del Espíritu Santo no entrará en el Reino de los Cielos”. Debemos renacer del agua y del Espíritu Santo. Además Nuestro Señor comunicó también de esta forma su Espíritu a los Apóstoles. Primeramente recibieron el bautismo de Juan y después en Pentecostés recibieron el Bautismo del Espíritu. Y justo después de haber recibido el Espíritu Santo, ¿qué hicieron?

Creo que deberíamos meditar con más atención la gran realidad de nuestro Bautismo. Es una total transformación la que se opera en nuestras almas con motivo de la recepción de este Sacramento

Lo que hicieron los Apóstoles fue bautizar; comunicaron el Espíritu Santo a todos los que tenían Fe, a todos los que creían en Nuestro Señor Jesucristo.
Es así cómo la Iglesia, bajo la influencia y el dictamen de Nuestro Señor Jesucristo, comunica el Espíritu Santo a las almas a través del Bautismo. Todos nosotros hemos recibido el Espíritu Santo el día de nuestro Bautismo. Creo que deberíamos meditar con más atención la gran realidad de nuestro Bautismo. Es una total transformación la que se opera en nuestras almas con motivo de la recepción de este Sacramento.
Los otros Sacramentos vienen a completar esta efusión del Espíritu Santo recibido en el día de nuestro Bautismo.
El Sacramento de la Confirmación nos comunica también todos los dones del Espíritu Santo con gran profusión, ya que tenemos necesidad de ellos para alimentar y fortalecer nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana.
Y eso no es todo. En efecto, Nuestro Señor Jesucristo ha querido que dos Sacramentos en particular nos comuniquen su Espíritu de forma frecuente, con el fin de mantener en nosotros la efusión de su Espíritu. Son los Sacramentos de la Penitencia y de la Sagrada Eucaristía. El Sacramento de la Penitencia refuerza la Gracia que hemos recibido el día de nuestro Bautismo y purifica nuestras almas de nuestros pecados. No podemos pensar en recibir numerosas gracias del Espíritu Santo si estamos contristándole por el pecado. El Sacramento de la Penitencia restituye pues en nosotros la fuerza del Espíritu Santo, la virtud de la Gracia.
¿Qué diremos del Sacramento de la Sagrada Eucaristía que nos es dado por la celebración del Santo Sacrificio de la Misa? Es en ese preciso instante en que el Sacrificio de la Misa se consuma, continuándose así el Sacrificio de la Redención, cuando el Sacramento de la Sagrada Eucaristía se realiza. Esta gracia fluye del Corazón traspasado de Nuestro Señor Jesucristo. La Sangre y el agua que salen de su Sagrado Corazón significan las gracias de la Redención y al mismo tiempo nos comunican su vida divina. En la Sagrada Eucaristía recibimos a la vez la santificación de nuestras almas al alejarnos del pecado y la unión con Nuestro Señor Jesucristo, y en todo esto se nos comunica la fuerza del Espíritu Santo.
Los Sacramentos del Matrimonio y del Orden santifican a la sociedad. El primero santifica a las familias y el segundo es conferido para comunicar precisamente el Espíritu Santo a todas las familias cristianas, a todas las almas. Son momentos en los que Nuestro Señor Jesucristo nos da realmente su Espíritu, Espíritu de verdad, de caridad y de amor.
Finalmente el Sacramento de la Extremaunción nos prepara para recibir la verdadera y definitiva efusión del Espíritu Santo, cuando recibamos nuestra recompensa en el Cielo.

No tenemos derecho a escoger otros medios

Estos son los medios que Nuestro Señor Jesucristo ha querido emplear para comunicarnos su vida espiritual, su propio Espíritu. No tenemos derecho a querer y escoger otros medios distintos de los que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado, esos medios que El mismo ha instituido tan sencillos, tan bellos, tan eficaces y tan simbólicos al mismo tiempo. No pretendamos recibir el Espíritu Santo mediante simples manifestaciones externas o gestos originales. Es muy de temer que todas estas manifestaciones sean inspiradas por el espíritu del mal, precisamente para engañar a los fieles, haciéndoles creer que reciben el verdadero Espíritu de Nuestro Señor. Y no es verdad, no reciben el Espíritu Santo sino otro tipo de espíritu... Cuidado con dejarnos engañar por estas corrientes, velando para que no lo sean tampoco nuestros familiares. Hagámosles ver que nuestro Señor Jesucristo puso todo su empeño en comunicarnos el Espíritu Santo a través de los Sacramentos que El mismo instituyó.

La verdadera acción del Espíritu Santo en las almas: los dones del Espíritu Santo

Así pues, ¿cómo actúa el Espíritu Santo en nuestras almas? Primeramente alejándonos del pecado, mediante los dones de fortaleza y de temor de Dios. Especialmente el temor filial y no el temor servil, aunque puede ser útil el temor que nos infunden los castigos, guardándonos fieles a nuestro Señor Jesucristo y a sus Mandamientos. Pero es el temor filial el que debemos cultivar. Es este temor el que nos infunde el Espíritu Santo. Temor de alejarnos de Nuestro Señor Jesucristo que es nuestro todo, de alejarnos de Dios, del Espíritu Santo. Este temor debería ser suficiente y eficaz para apartarnos de todo pecado voluntario, sea el que sea. Que nuestra voluntad no se aleje de Dios por el apego a bienes contrarios a la Voluntad divina. Este es el primer efecto de los dones del Espíritu Santo.
A través de los Dones de Consejo y Sabiduría el Espíritu Santo nos inspira el sometimiento a la Voluntad de Dios; el Don de Consejo perfecciona la virtud de Prudencia. Todos tenemos necesidad en nuestra vida de saber cuál es la Voluntad de Dios para poder cumplirla. No siempre es fácil. Hay momentos en que debemos tomar ciertas decisiones, que son sin duda complicadas, y es entonces cuando suele ser difícil conocer la Voluntad de Dios. El Espíritu Santo nos ilumina por los Dones de Consejo y Sabiduría.
La Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos mueve también a la oración, a la unión con Nuestro Señor Jesucristo, a la unión con Dios Padre mediante la plegaria. He aquí el Don de Piedad, uno de los siete Dones del Espíritu Santo. El Don de Piedad se manifiesta especialmente en la virtud de la Religión que lleva las almas a Dios. Virtud de la Religión que forma parte de la virtud de Justicia, pues es justo y digno que tributemos un culto. Y el culto que Dios Padre quiere se lo tributamos a través de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, mediante el Sacrificio del Calvario. Por la celebración del Santo Sacrificio de la Misa Dios Padre ha querido que le tributemos todo honor y toda gloria por Nuestro Señor Jesucristo, con El y en El.
Esto es lo que la Iglesia nos pide que hagamos cada Domingo : unirnos al Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo. Es la oración más bella y más grande. En la Santa Misa el Espíritu Santo nos inspira esta virtud de la Religión, espíritu de piedad profunda, realidad espiritual mucho más que sensible.

Una frase muy repetida: la participación activa en la Liturgia

De nuevo nos vemos obligados a decir que hay un error en la reforma litúrgica: la repetición machacona sobre la participación de los fieles. Yo mismo oí de labios de Monseñor Bugnini, pieza clave en la reforma litúrgica, decir lo siguiente: “La reforma litúrgica ha tenido como objetivo hacer participar a los fieles en la Liturgia”.
¿De qué participación se trata? Esta es la pregunta. ¿Una participación externa? ¿Una participación oral? Estas formas no son siempre la mejor manera de participar. ¿Por qué la participación externa? ¿Por qué estas ceremonias? ¿Por qué estos cantos? ¿Por qué estas oraciones vocales? ¿Acaso es con el fin de llegar a la unión interior, a esa unión espiritual, sobrenatural, a esa unión de nuestras almas con Dios?
Dicho esto es muy posible que uno pueda asistir al Santo Sacrificio de la Misa en actitud silenciosa, sin abrir siquiera el Misal, precisamente cuando toda la atención se cifra en lo que allí se celebra, y el alma está centrada, invadida por los sentimientos que el sacerdote manifiesta en su acción litúrgica, pendiente del momento en que el ministro pronuncia el confiteor, su acto de contrición. De esta forma el alma hace suyas las palabras del sacerdote y se duele de sus pecados.
Cuando se entona el Kyrie eleison se hace una llamada a la piedad y a la misericordia de Dios. Cuando se lee el Evangelio o la Epístola surge el espíritu de Fe. El Credo es un acto de Fe, de Fe en las verdades enseñadas por la Santa Iglesia. En el momento del Ofertorio el alma se ofrece, junto con la Hostia, en la patena. Se ofrece el trabajo del día, la propia vida y la familia, los seres queridos: todo se ofrece a Dios. Los sentimientos continúan expresándose de esta manera a través de la Misa, es magnífico. Esta es la verdadera participación, participación interior de nuestras almas en la oración pública de la Iglesia. No tiene que ser necesariamente una participación externa, aunque ésta sea muy útil y pueda ayudarnos a unirnos al sacerdote. Pero el fin es siempre la unión espiritual de nuestros corazones y de nuestras almas con Nuestro Señor Jesucristo, con Dios Padre. Y por lo tanto es un error cuando se pretende que los fieles participen externamente y esto en tal grado que llega a ser un obstáculo para la oración interior y la unión de las almas con Dios.

No tenemos derecho a querer y escoger otros medios distintos de los que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado, esos medios que El mismo ha instituido tan sencillos, tan bellos, tan eficaces y tan simbólicos al mismo tiempo.

Cuántas personas dicen que no pueden rezar ahora con la Nueva Misa. Siempre se está oyendo algo. Siempre hay una oración en común, pública, manifestada externamente, que es motivo de distracciones e impide que nos podamos recoger y así estar unidos más íntimamente con Dios. Es la negación de lo que se está haciendo. El espíritu de piedad y el Don de Piedad son también una manifestación del Espíritu Santo.

De la piedad a la contemplación

Finalmente los Dones de Entendimiento y de Ciencia nos invitan a la contemplación de Dios a través de las cosas de este mundo. El Don de Ciencia y el Don de Entendimiento nos penetran y nos infunden la Luz de la existencia de Dios, de su Presencia en todas las cosas y especialmente en las manifestaciones espirituales y sobrenaturales que Dios nos concede por la Gracia y los Sacramentos. Cuando el Espíritu Santo ilumina a un alma ésta ve de alguna manera la presencia de Dios en todas las cosas y así se une a su Señor en el vivir diario esperando verle realmente en la vida eterna.

El Espíritu Santo fuente de la vida interior

Así es y así se manifiesta el Espíritu Santo. En los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles, en las Epístolas, se puede contemplar al Espíritu Santo. Está en todas partes y en todas partes se manifiesta. Es la expresión clarísima de la Voluntad de Dios Padre que desea vernos cómo nos santificamos por la presencia del Espíritu Santo.
Pidamos a la Santísima Virgen María, colmada por el Espíritu Santo, Ella que es Nuestra Madre del Cielo, que nos ayude a vivir esta vida espiritual, interior y contemplativa. Ella que tanto recato ha tenido en manifestar externamente su oración. Unas pocas palabras en el Evangelio bastan para mostrarnos y descubrirnos un poco el alma de la Santísima Virgen María. Ella meditaba las palabras que profería Nuestro Señor. Las meditaba en su Corazón, nos dice el Evangelio. Este era el espíritu de la Santísima Virgen María: meditaba las palabras de Jesús.
Meditemos también nosotros las enseñanzas del Evangelio; meditemos las enseñanzas que la Iglesia nos hace aprender para unirnos cada vez más y más a Dios Nuestro Señor.

† Mons. Marcel Lefebvre

(1) El primero de Enero de 1901 una estudiante protestante experimentó de repente una sensación de paz y de gozo que según ella provenía de Cristo e igualmente se pone a hablar en lenguas cuyo conocimiento ignoraba. Pasados algunos días toda su comunidad había recibido, al igual que ella, el “Bautismo en el Espíritu”. Así nacía el Movimiento Pentecostal protestante.
(2) El 13 de Enero de 1967 dos profesores de la Universidad de Pittsburgh piden que se les imponga las manos en una asamblea protestante, descubriendo con gran sorpresa que “hablan en lenguas”. Había nacido la Renovación Carismática católica.
(3) ¿Esta tendencia ecumenista actual, de tan gran éxito, no constituirá tal vez lo que se ha venido en llamar la “renovación conciliar”?
(4) Los signos extraordinarios de Pentecostés fueron carismas pasajeros cuyo fin era interesar a los judíos en la predicación de los Apóstoles. A medida que la Iglesia iba extendiéndose estos carismas fueron desapareciendo poco a poco.

LA FALSA RELIGIÓN DE LA PAZ

lunes, 21 de febrero de 2011

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL SUEÑO DE LOS 9 AÑOS


[Prefacio]

En la vida de San Juan Bosco (escrita en 19 volúmenes llamados Memorias Biográficas), se narran 159 sueños de este Santo.

Al principio él no les daba mayor importancia, pero luego se fue dando cuenta de que lo que en sus sueños veía o escuchaba se cumplía después con maravillosa exactitud, y empezó a narrarlos a sus discípulos de mayor confianza. No había pensado escribirlos, pero el Sumo Pontífice Pío IX, al darse cuenta del mucho bien que estos sueños podrían hacer a la gente, le mandó terminantemente que los escribiera.

El Santo decía: “He llegado a convencerme de que a veces la narración de un sueño de éstos les hace mayor bien a los oyentes que un sermón”. Y en 1886, dos años antes de morir, al oír que su gran amigo el Padre Lemoyne le decía: “Muchos de sus sueños se pueden llamar “Revelaciones de Dios”, Don Bosco exclamó: “Así es, son revelaciones de Dios”.

Lo que más impresionaba a los que le escuchaban a San Juan Bosco narrar los sueños que había tenido, era el constatar poco tiempo después cómo se iba cumpliendo a la letra todo lo que en el sueño le había sido avisado que iba a suceder.

Cuando a mitad del siglo XX fue fundada la ciudad de Brasilia, los constructores quedaron admirados al constatar que ellos sin habérselo propuesto, fundaron la ciudad en el sitio exacto donde la vio Don Bosco en sueños 70 años antes. Y otro tanto sucedió en Argentina cuanto encontraron pozos de petróleo donde nadie imaginaba, pero donde los había visto en sueños nuestro Santo.


1. El sueño de los 9 años.

Tuve por entonces un sueño que me quedó profundamente grabado en la mente para toda la vida. En el sueño me pareció estar junto a mi casa, en un paraje bastante espacioso, donde había reunida una muchedumbre de chiquillos en pleno juego. Unos reían, otros jugaban, muchos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias, me metí, en medio de ellos para hacerlos callar a puñetazos e insultos. En aquel momento apareció un hombre muy respetable, de varonil aspecto, notablemente vestido. Un blanco manto le cubría de arriba abajo; pero su rostro era luminoso, tanto que no se podía fijar en él la mirada. Me llamó por mi nombre y me mandó ponerme al frente de aquellos muchachos, añadiendo estas palabras: – No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganarte a éstos tus amigos.

Ponte, pues, ahora mismo a enseñarles la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud.

- ¿Quién sois vos para mandarme estos imposibles? – Precisamente porque esto te parece imposible, debes convertirlo en posible por la obediencia y la adquisición de la ciencia.

- ¿En dónde?, ¿Cómo podré adquirir la ciencia? – Yo te daré la Maestra, bajo cuya disciplina podrás llegar a ser sabio y sin la cual toda sabiduría se convierte en necedad.

- Pero ¿quién sois vos que me habláis de este modo? – Yo soy el Hijo de aquella a quien tu madre te acostumbró a saludar tres veces al día.

- Mi madre me dice que no me junte con los que no conozco sin su permiso; decidme, por tanto, vuestro nombre.

- Mi nombre pregúntaselo a mi madre.

En aquel momento vi junto a él una Señora de aspecto majestuoso, vestida con un manto que resplandecía por todas partes, como si cada uno de sus puntos fuera una estrella refulgente. La cual, viéndome cada vez más desconcertado en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercase a ella, y tomándome bondadosamente de la mano: – “Mira” – me dijo.

Al mirar me di cuenta de que aquellos muchachos habían escapado, y vi en su lugar una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y varios otros animales.

- “He aquí tu campo, he aquí en donde debes trabajar.

Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas que ocurre en estos momentos con estos animales, lo deberás tú hacer con mis hijos”.

En aquel momento, siempre en sueños, me eché a llorar.

Pedí que se me hablase de modo que pudiera comprender, pues no alcanzaba a entender qué quería representar todo aquello. Entonces ella me puso la mano sobre la cabeza y me dijo: – A su debido tiempo todo lo comprenderás. Dicho esto, un ruido me despertó y desapareció la visión. Quedé muy aturdido. Me parecía que tenía deshechas las manos por los puñetazos que había dado y me dolía la cara por las bofetadas recibidas; y después, aquel personaje y aquella Señora de tal modo llenaron mi mente por lo dicho y oído, que ya no pude reanudar el sueño aquella noche.

Por la mañana conté en seguida aquel sueño; primero a mis hermanos, que se echaron a reír, y luego a mi madre y a la abuela. Mi hermano José decía: – “Tú serás pastor de cabras, ovejas y otros animales”.

Mi madre: – “¡Quién sabe si un día serás sacerdote!”.

Antonio, con dureza: – “Tal vez, capitán de bandoleros”.

Pero la abuela, analfabeta del todo, con ribetes de teólogo, dio la sentencia definitiva: No hay que hacer caso a los sueños.

Yo era de la opinión de mi abuela, pero nunca pude echar en olvido aquel sueño. Lo que expondré a continuación dará explicación de ello. Y yo no hablé más de esto, y mis parientes no le dieron la menor importancia. Pero cuando en el año 1588 fui a Roma para tratar con el Papa sobre la Congregación Salesiana, él me hizo exponerle con detalle todas las cosas que tuvieran alguna apariencia sobrenatural. Entonces conté por primera vez el sueño que tuve a los nueve años. El Papa me mandó que lo escribiera literal y detalladamente, y lo dejara para alentar a los hijos de la Congregación; ésta era precisamente la finalidad de aquel viaje.

En la vida de Don Bosco se cumplió a la perfección lo señalado en éste de sus 159 sueños proféticos. Toda su vida la empleó en transformar jóvenes difíciles como fieras, en buenos cristianos como mansos corderos. Los 47 años de su sacerdocio los dedicó por completo a educar la juventud y con la ayuda de María Auxiliadora obtuvo que Jesucristo convirtiera y volviera buenos cristianos a centenares de miles de jóvenes. Hoy tienen más de dos mil colegios en más de setenta países y educan millones de jóvenes, especialmente a las clases pobres y abandonadas. Y siguen obteniendo los mismos prodigios del primer sueño: los pecadores que son como fieras se convierten en mansos corderos, o sea en católicos convencidos y prácticos.

Fuente: Biblia y Tradición

sábado, 19 de febrero de 2011

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 1


RESPETAN LOS DEMONIOS UN CUERPO MUERTO PORQUE
TENÍA EL ESCAPULARIO

El Rvdo. P. Mtro. Fr. Pablo de la Cruz nos dice: “Había en cierta ciudad de Italia una doncella, recatadísima en extremo, hasta el punto de que abstraída y ajena por completo a aquellas lícitas diversiones propias de sus años juveniles, sólo era dada y estaba de lleno entregada a piadosos y santos ejercicios, tanto que podía servir de edificación y ejemplo a la religiosa más austera y penitente. Llena estaba toda la ciudad de la gloriosa fama de su virtud y edificantes obras este fue el origen de su perdición, pues el aire de la vanidad empezó poco a poco a marchitar el candor de sus virtudes, amortiguando el fervor de su caridad. Ya que el demonio la encontró tibia en la devoción, valiese de un apuesto y arrogante mancebo algo pariente suyo, que, sin la menor nota de escándalo, la empezó a cortejar y visitar con harta frecuencia, sin que pasaran de ahí.

“No se recató al principio de estas demostraciones cariñosas que permite hasta ciertos límites honestos el próximo parentesco, y en breve se despeñó en horrendo precipicio, perdiendo en un punto su virginal pureza. ¡Oh el daño que suele acarrear un leve descuido en los principios, aun de las amistades santas!

“Apagose a poco tiempo en su corazón el inmundo fuego del deleite, quedando en su corazón tan solo las frías cenizas de la culpa; pero mirábalas con tal horror, que su triste memoria aun a sí misma, la causaba encogimiento y vergüenza; ésta le selló la boca para no confesar sus culpas y comulgar sin confesarlas.

“Remordiale enormemente la conciencia para que las confesase, mas podía más en ella el maldito respeto humano y un mal entendido sonrojo y vergüenza que el dolor y la verdadera contrición de sus culpas para confesarlas y salir de tan lastimoso y detestable estado de miseria y abyección. Así estuvo luchando y celando u ocultando su pecado y acercándose a comulgar por espacio de algún tiempo con el alma afeada y manchada por la culpa grave; mas, a la tercera vez que comulgara sacrílegamente, le sobrevino repentinamente un accidente mortal del que no pudieron sacarla ni las más solícitas atenciones de los doctores más afamados de la comarca; sólo puedo decir a su buena madre que la enterrasen en el convento del Carmen y amortajada con el hábito de nuestra Madre.

“¡Oh miserable desdichada! ¡Oh ejemplo pavoroso de la Divina Justicia! Quedó su rostro tan hermoso y resplandeciente, que el mirarla causaba extraordinaria admiración, calificándose por esto, en juicio de los hombres, su virtud y santidad, porque así era tenida en el concepto de todos.

“Concurrieron todos con grandísima admiración y respeto a su entierro; mas a la siguiente noche, apareciéndose dos ángeles a su confesor le llevaron en su compañía hasta la iglesia donde se hallaba sepultada. Ya en ella condujéronle a la sacristía e hicieron se revistiese de los ornamentos sacerdotales, cual si fuese a celebrar, y luego que estuvo revestido, tomando uno de ellos la llave del Sagrario y acompañándole hasta el altar, le ordenaron que tomase en sus manos el copón y les siguiese. Alumbrándole con dos hachas encendidas, lleváronle a la sepultura de la infeliz doncella, la cual se hallaba arrodillada esperándoles sobre la losa de la sepultura, y tan radiante de belleza como en el instante de enterrarla. Dijeron los ángeles al confesor aplicase el borde del copón a la boca de la difunta doncella y dándole uno de ellos un suave golpecito en la espalda, cayeron de su boca, intactas, las tres formas que recibiera la desgracia sacrílegamente.

“Apagose con esto el resplandor de su rostro, pero no se eclipsó su hermosura, ya que aún causaba embeleso el contemplarla.

“Llevadas con gran reverencia las sagradas formas al tabernáculo, volvieron nuevamente los ángeles con el confesor al lugar donde yacía de hinojos el hermoso cadáver y ordenaron al sacerdote que le quitase el Santo Escapulario; hízolo así el sacerdote y al mismo punto la que parecía ángel en la hermosura trocose en un monstruo que horrorizaba cual si fuese demonio, y solamente ellos pudieron solicitar su espantosa y abominable compañía; de ahí que viniendo éstos con gran algazara y aullidos espantosos asieron el cadáver sepultándole en los abismos del infierno, para que el que había acompañado al alma en la culpa, la acompañase también eternamente en la pena.”

Pidámosle a nuestra amorosa Madre nos aproveche y sirva de saludable ejemplo tan espantoso caso, y demos a la Santísima Virgen infinitas gracias por conservarnos en la gracia y amistad de su amantísimo Hijo, nuestro Redentor.


Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O. C.

jueves, 17 de febrero de 2011

EGIPTO EXCLUYE A MUJERES Y CRISTIANOS COPTOS DE LA COMISIÓN QUE ABORDARÁ LA REFORMA CONSTITUCIONAL


AUMENTA EL TEMOR DE QUE SE REPITA LO OCURRIDO CON LOS CRISTIANOS DE IRAK

Las autoridades militares de Egipto han creado un comité que será responsable de redactar una nueva Constitución. Se espera que dicha tarea se lleve a término en diez días, de forma que el pueblo egipcio pueda votar la nueva Carta Magna dentro de dos meses. En dicho comité no hay mujeres ni cristianos coptos, a pesar de ser el diez por ciento de la población del país.

(Agencias/InfoCatólica) La situación ha provocado ya las quejas de representantes de la comunidad copta egipcia. Naigb Gibrial, portavoz de la Unión Egipcia para los Derechos Humanos ha asegurado que “millones de coptos están en desacuerdo con el comité formado por el Concilio Supremo de las Fuezas Armadas”.

“La inclusión de los Hermanos Musulmanes al lado de la ausencia de coptos niega los principios de la revolución del 25 de enero, en la cual cristianos coptos y musulmanes derramaron conjuntamente su sangre”, advierte Gibrial, quien asegura que la inclusión de Sami Yusef, juez copto, en la comisión, no ha de ser tomada en cuenta como representativa de la comunidad copta, ya que su labor es meramente técnica y no de tipo político.

Diversas fuentes ya señalan que el ejército egipcio y los Hermanos Musulmanes están dispuestos a discriminar a los coptos más de lo que ya estaban durante la etapa de Mubarak, lo cual vendría a repetir lo sucedido en Irak tras la caída del régimen de Saddam Hussein.

La exclusión de los cristianos coptos es especialmente dolorosa después de lo ocurrido en la masacre que tuvo lugar en Año Nuevo en una iglesia copta de Alejandría, que acabó con la muerte de 21 personas. Respecto a la exclusión de las mujeres del comité constitucional, todo indica que ha sido debido a la oposición de los Hermanos Musulmanes.

Fuente: InfoCatólica

miércoles, 16 de febrero de 2011

LAS DEMOCRACIAS ISLÁMICAS


por Juan Manuel de Prada

Toda esa algazara con que Occidente recibe el proceso revolucionario desatado en los países islámicos del norte de África se me antoja una patética muestra de «wishful thinking», propia de mentes decadentes y perezosas. En la concepción musulmana, orden religioso y orden político no conforman esferas separadas, ni en grado de autonomía ni siquiera de subordinación de la segunda a la primera. Cuando se compara este proceso con el que en Europa se desató con la Revolución Francesa (aunque su origen debamos buscarlo en la Reforma protestante), se olvida que en el Occidente cristiano orden religioso y orden político siempre estuvieron separados, aunque subordinado el segundo al primero; lo que el proceso revolucionario instauró fue la subversión del orden político contra el orden religioso, la «soberanía» del rey o del pueblo rebelados contra la ley divina. En el Islam, fe religiosa y poder político no se conciben separados, ni en grado de autonomía, ni de subordinación, ni muchísimo menos de subversión del orden político contra el religioso; en el Islam, las creencias religiosas «santifican» o legitiman el poder político, que a su vez sostiene la vigencia y difusión de la fe. El poder político, en la concepción musulmana, es unidad en la fe de la «umma» o comunidad de los creyentes y garantía de la expansión del Islam; y todas las revueltas que en el mundo musulmán han sido no han tenido otro propósito, consciente o inconsciente, sino restaurar la institución histórica del califato.

Las autocracias del norte de África siempre fueron vistas por los mahometanos como un impedimento para tal propósito; y, visto desde su perspectiva, no les falta razón. Son regímenes, en efecto, que dificultan o impiden la cohesión de la «umma», por atender otros propósitos espurios (sostenimiento de dinastías usurpadoras, permisividad con otros cultos religiosos, sometimiento a los dictados yanquis, etcétera). La restauración de ese quimérico califato que devuelva la conciencia de «umma» es la utopía tácita o confesa que ha alimentado todas las revueltas islámicas; utopía que una y otra vez se ha estrellado con la escasa capacidad política del temperamento musulmán, así como con trabas geográficas y étnicas diversas.

La democracia es una creación política a la que el cristianismo dio forma, con su teoría del poder divino que, a través del pueblo, se deposita en un gobernante; y, en sus manifestaciones últimas, ha devenido una herejía cristiana. Para un musulmán, la democracia es simplemente una blasfemia, una abominación repugnante; pues Islam significa «sumisión a Alá», y toda su dinámica religiosa tiende consiguientemente a proclamar la majestad inaccesible de Alá y la insignificancia del hombre creado, a quien no le resta otro destino sino acatar con sentido fatalista el abismo infranqueables que separa la divinidad desencarnada y la humanidad débil y sometida. Si un musulmán se aviene a hablar de «democracia» es para referirse, en términos que al occidental pasen inadvertidos, a una recuperación de la «umma» o comunidad de creyentes.
Lo que de estas revueltas salga no serán, como los ilusos pretenden, regímenes democráticos, sino un Islam más robusto en el caso de que cuajen; y un Islam más enviscado y áspero en el caso de que fracasen. Y, en uno y otro caso, dolor, mucho dolor, como el que ya están padeciendo las minorías cristianas en Egipto, mientras por aquí seguimos tocando el arpa, en loor a ese oxímoron delirante llamado democracia islámica.

Fuente: Religión en Libertad
Visto en Catapulta