miércoles, 29 de agosto de 2012

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 11


NO CREÍA EN NADA 

Un comunista de Niza, que había calificado de comedia a las peregrinaciones a Lourdes, ha regresado de la gruta curado de una parálisis que afectaba el lado derecho de su cuerpo. Ha vuelto también creyendo en Dios. 

Se trata de Louis Olivari que resultó gravemente herido al caerse de su andamio, cuando trabajaba como electricista en un hospital local. Estuvo un día entero inconsciente, y cuando volvió en sí, se encontró que tenía paralizado el brazo y la pierna derechos. Los médicos le manifestaron que no podían hacer nada por él, puesto que había sufrido la ruptura de una arteria cerebral. 

Después de dos meses y medio de tratamiento, sin conseguir progreso alguno, el capellán del Hospital le aconsejó que fuera en peregrinación a Lourdes”. Louis se rió: “Yo no creo en nada. ¿Para qué voy a intervenir en tal comedia?” Pero ante la insistencia de su esposa se decidió a ir: “Me sentí impresionado por la gente que iba, pero lo que más me emocionó fue un niño ciego de diez años que hacia su quinta peregrinación a Lourdes”. 

“Reza”, le dijo el muchacho, poniéndose de rodillas ante la Virgen. De mala gana permitió que le introdujeran después en las heladas aguas de la gruta. Junto a él estaba el niño ciego. Vio allí cómo el muchacho movía los labios en oración. Louis gritó: “¡Dios, si existes, cura a este niño, que lo merece más que yo!”. 

Ahora, curado, de vuelta a Niza, ha anunciado que deja definitivamente el comunismo y que cree en Dios.



(Lourdes - Fátima)

LA ÚLTIMA MISA


Intermezzo en re menor 
 « La última Misa » 

Esta noche como cada domingo, la Santa Misa se desarrollaba en las Catacumbas de San Pío V. Pero esta vez, era de tal manera más solemne, luces más brillantes, flores más abundantes y un gran rio de velas coronando el Altar, nubes de incienso impregnando las bóvedas, mientras que los ecos de himnos y cánticos vibraban hasta el fondo de las galerías. 

Era la última Misa, inclusive la última de las Misas en todo el universo; cuanto a los últimos fieles, por otra parte últimos sobrevivientes de la Tradición, habían podido reagruparse, todos inválidos a medias, pero siempre igual de intrépidos, obstinadamente unidos a su último Misal. 

El sacerdote, el pobre sacerdote, y aún el último de los sacerdotes de todo el universo, avanzaba en su silla de ruedas. 

Sin edad, sin nombre, era hermoso, era sacerdote. 

Sin pasado, sin fuerza, era hermoso, era tan hermoso, era sacerdote. 

“Introibo ad altare Dei” era un murmullo, 

“Ad Deum qui laetifîcat juventutem meam”, entre los fieles también era un murmullo. 

Pero lo que se murmuraba era tan grandioso; nuestro Dios Eterno es un Dios de juventud eterna, también para el último de los sacerdotes. Nuestro Dios de juventud es un Dios de alegría también para los últimos fieles, y esta alegría resonaba orgullosamente en las bóvedas y galerías, incluso en esta Misa que fue bien la última.

La gran pregunta: ¿Cómo habíamos podido llegar a esto, sólo un último sacerdote y unos cuantos fieles? 

Y por lo tanto, desde la agresión satánica contra la Santa Misa, aquello que estaba en toda su verdad era “la abominación de la desolación “, el Dios de los ejércitos había suscitado a una legión de combatientes, decididos, generosos, esclarecidos, unidos. La victoria no dejaba dudas. 

Esto era sin tomar en cuenta por desgracia los engaños, las trampas, las celadas del maligno, no menos que la debilidad, la malicia, la ambición de los humanos.

Las compuertas de los arreglos se abrieron ampliamente y numerosos, muy numerosos, vergonzosamente numerosos, estos primero, luego aquellos, luego los otros y aún más, se iban, ¿Es esto posible? ¡Debo soñar! 

El pobre celebrante había llegado al sermón: Un murmullo siempre, que penetra muy bien cuando los corazones están abiertos. 

“La Luz ya no está más entre vosotros más que por un poco de tiempo; caminad, mientras tengáis    la Luz, para que las tinieblas no os sorprendan; porque aquél que camina en las tinieblas no sabe a dónde va” (San Juan 12, 35) 

Mis queridos hermanos: 

Incorporados a Cristo, Luz, vosotros tenéis la Luz brillante. Animados por el Espíritu Santo, vosotros tenéis la fuerza para no dejaros sorprender. 

Continuad caminando en la Luz hasta el fin, vosotros permaneceréis hijos de la Luz. 

Hay que saber reconocer, que el problema era a la vez muy claro y en consecuencia muy simple. 

Ese famoso concilio (Vaticano II), desde la primera sesión lo anulaba un vicio de procedimiento. Anulado, ya no había más que hablar. 

En ese concilio, los textos preparados fueron reemplazados por la carta masónica, que lo invalidó. Así es que ya no hay más que hablar, todavía mucho menos tenerlo en cuenta. 

¡Ese concilio enseñó tantos errores condenados por los Papas anteriores! Es un concilio de errores. Ahora bien la Verdad es íntegra, ese concilio es el error íntegro, y la cloaca colectora de todos los errores. 

Desde el comienzo, el concilio se debió haber denunciado abierta y fuertemente: rechazarlo, condenarlo, combatirlo; tanto el concilio como sus aplicaciones y su espíritu. Nunca jamás hablar de él. ¡Qué podría ser más falso, más peligroso, más ridículo que hacer su autopsia, desgajarlo, corregirlo, utilizar todo tipo de anteojos, de microscopios, de otros instrumentos ópticos para concluir que se pueden ver sus tinieblas a la Luz de la Tradición y sus errores bajo el aspecto de la verdad! Rápido, la camisa de fuerza. 

Resumamos: el concilio es el pecado por excelencia contra el Espíritu. 

Mis queridos hermanos. 

Todo lo demás debía seguirse; por consiguiente, todo lo demás debía denunciarse, rechazarse, condenarse y combatirse. 

La Iglesia, ocupada, vacía de Fe Católica y cargada de errores, no era más la Iglesia de Cristo sino la iglesia del diablo, la secta conciliar apóstata: Verdaderamente nosotros no tenemos nada que ver con ella, es claro.  

La Santa Iglesia de Cristo, ella, una, santa, católica, apostólica y romana, estaba eclipsada. Su parte visible está eclipsada, por cierto está eclipsada. 

La Santísima Virgen fue muy precisa: Es Roma, y no la Iglesia que ha perdido la Fe, y se ha convertido en la sede del anticristo. Por lo que nosotros realmente no tenemos nada en común con esta Roma “que ya no está más en Roma”, ni con los jefes conciliares de la secta conciliar. Es neto. 

En cuanto a lo que llaman la “nueva misa”, mis queridos hermanos, por qué tanta agitación, discusiones, tantas obras, estudios, etc… Ella no es, no quiere ser la Misa, punto y es todo. 

La Santa Misa, ¡oh maravilla!, es la expresión ritual de la Fe Católica en toda su Integridad. Ella es Cristo en todo su Misterio de Amor, salvarnos para hacernos participar de su vida divina de Hombre-Dios. 

Incorporados a Cristo, Él vive en nosotros y nosotros vivimos con Él todas las etapas de su Misterio de Amor. Si nada es tan grande como Jesucristo, nada en Él es tan grande como la Santa Misa, su Misa. La Misa es el problema primero y mayor, esencial y doctrinal. Qué gracia para este período, de haber podido sondear las insondables riquezas de la Santa Misa, decidir llevar la vida en un estado de Misa, adoptar la espiritualidad de la Santa Misa. 

Por el contrario, qué ignominia haber tomado en serio este sortilegio sacrílego del motu propio, igual que esas autorizaciones viscosas de poder celebrarla y a la vez canonizando la misa “bastarda”. ¡Id pronto a purificaros de esta ignominia! 

Y si venimos a este baile de cortesanos que duró dos años entre bambalinas; ni los partidarios del soberano, ni los otros podían tener éxito en el juego escénico de contrarios. Era ballet sobre hielo. Pero durante este juego de engaños, ya no se combatía más que con mano suave. Los pobres fieles, dando tumbos en la noche, perdían todos sus ánimos tradicionalistas. El regio barco de la Tradición se inclinaba mucho hacia la izquierda. ¡El naufragio era fatal! ¡Hey, pronto! Los botes de salvataje al mar. Amén. 

Credo in unum Deum 

A pesar de las voces moribundas, este último Credo hacía vibrar las catacumbas. 

Y la Misa, la última Misa, continuaba. La campanilla sonaba más agudo que nunca. Y el Sacerdote lentamente elevaba tan alto como él podía la Santa Hostia, pura, inmaculada, Dios de Dios, Rey de Reyes, Señor de los Señores. Espontáneamente los piadosos fieles habían entonado el canto lejano de su Primera Comunión: 

 “¡He aquí, el Cordero tan Dulce, 

 el Verdadero Pan de Ángeles, 

 del Cielo bajó para nosotros. 

 Adorémosle todos!” 

Emoción renovada: Una última vez, aquí están en la Santa Mesa para su última Comunión, quizás la última de las últimas; sus manos se apretaban muy fuerte sobre el pecho. 

Entonces el Sacerdote purificaba el último Copón inmensamente vacío, cerraba el último Tabernáculo inmensamente desierto, daba a sus fieles su última Bendición, aquella de una última Misa. 

El humo de las velas saturaba el Altar, de ahora en más sólo, con sus efímeros remolinos. 

Todavía una palabra, el Sacerdote quiere despedirse. 

Mis muy amados hermanos: 

“Mientras vosotros tengáis la Luz, creed en la Luz, para llegar a ser (para permanecer) hijos       de la Luz”. 

Y fue después de estas Palabras que Jesús se ocultó a los ojos de las multitudes del Templo. Él se había ocultado, Él, Jesús, ocultado a sus ojos. Pero Él debía volver. Jesús siempre vuelve, no deja de volver. 

Tened confianza, hasta su regreso.

Tened confianza, los eclipses son sólo por un tiempo. 

Tened confianza, los intermezzos, igual, duran sólo un poco. 

Re menor primero, Re mayor estallando luego, pronto Él va a volver,

es por nosotros que Él va a volver, escuchadle: 

   “Sí, Yo vengo pronto” 

   ”Amén, ven Señor Jesús” 

   ”El Trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad; 

  sus servidores le rendirán Culto” 

Jesús volverá, todo volverá con Jesús, preparaos sin tardanza. 

Introibo ad altare Dei. 

 M.R.P. Maurice AVRIL 
 (Anciano Sacerdote Francés) 
 Junio 2012.

lunes, 27 de agosto de 2012

BRASIL: NUEVA ABERRACIÓN LITÚRGICA CON MASONES

MANDILES EN EL PRESBITERIO Y EN EL AMBÓN

El blog Frates In Unum, Ago-24-2012, dá cuenta de esta escandalosa e inaceptable circunstancia:

Fotos divulgadas por la página [de Facebook] “Maçonaria Notícias”, de la Misa celebrada con ocasión del “día del masón” (20 de Agosto), por el P. Geraldo de Magela Silva, párroco de Nossa Senhora da Conceição [Nuestra Señora de la Concepción], en Belo Jardim, diócesis de Pesqueira, Pernambuco. 

Interpelado por un fiel, el Obispo diocesano, Mons. José Luiz Ferreira Salles, CSsR, pidió disculpas y respondió simplemente que… ¡acababa de llegar de viaje!








Visto en: Tradición Digital

domingo, 26 de agosto de 2012

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 11


NO MUERE JAMÁS CON SU ESCAPULARIO QUIEN DESPRECIA 
LA GRACIA DE MARÍA 

Era el mes de septiembre del año 1927, en la calle Bolsa de Sevilla; próxima a nuestro convento del Buen Suceso, había una modesta pensión, propiedad de dos virtuosas hermanas jerezanas, terciarias Carmelitas y amantísimas de la Virgen del Carmen, donde hacía muchos años que se hospedaba un pobre tipógrafo ácrata, el cual se hallaba en trance de muerte, afecto de un cáncer en los intestinos. 

Las piadosas hermanas, compadecidas de la situación moral y material el pobre enfermo, y deseosas, sobre todo, de la salvación de su alma, llamaron al simpático y buenísimo Padre Fr. Ángelo Ramos, Carmelita, a fin de que le impusiera el Santo Escapulario de nuestra Madre del Carmen, por ver si aquel pez gordo caía en la red mística de la Divina Pescadora y salvadora de almas. 

Jovial y chispeante, cual no conocí jamás a ningún otro andaluz, el buen P. Ángelo consiguió, con sus chirigotas y agudezas y tras un par de caritativas visitas, imponerle el Escapulario de la Virgen. Después, con gran unción y celo comenzó a hablarle de la conversión y salvación de su alma y a exponerle lo fácil que le era el reconciliarse con Dios. Llevó dos o tres tardes al que estas líneas escribe a visitar aquel desgraciado; recíbale el enfermo con muestras de suma complacencia y amabilidad, mas cuando se tocaba o derivaba el tema hacia el punto de su salvación y del inminente peligro en que se hallaba, tema que, entre bromas y veras, sabía tocar maravillosamente con su sal andaluza el jovial Padre Ángelo, volvía la espalda el enfermo, mascullando entre dientes imprecaciones y despachando descorazonados a sus visitantes. Un día, entre otros, díjole el infeliz: “Si me va usted a poner el disco de la confesión y de que salve mi alma, bien puede coger el portante, porque estoy resuelto a darle mi alma al demonio; así que excuse usted el tratar semejante tema, pues me pone de un humor de perros y me exacerba más la enfermedad.” 

Transcurrían los días y el mal se agravaba y acentuaba por instantes, hasta tal punto que con nada se le calmaban aquellos agudísimos dolores, que le tenían materialmente revolcándose en el lecho como un perro.  

Las dos piadosas terciarias repetían novena tras novena por la conversión de aquel alma, sorda y ciega voluntariamente a todas la invitaciones de la gracia divina, que se dejaba sentir en él de una manera palpable y visible. 

Mas un día le oímos decir, entre aquellas convulsiones horrorosas y aquellos dolores insoportables: “Ya debía estar muerto, más de cuanto ha; pero no sé qué talismán, qué fuerza superior hay en mí que me impide el acabar de una vez, cuando veo que me estoy muriendo a chorros: esto debe ser efecto del Escapulario que usted me puso a cuello, y que me retiene asido como un hilo a esta vida, de la cual no me queda más que un hilito muy tenue.” Y luego proseguía con convulsiones de epiléptico: “Pero yo debo morir y quiero morir y me es aborrecible la vida.” Amorosamente le instaba el buen Padre a que confesara, para que ya que no podía conseguir la salud del cuerpo, ni retener por mucho tiempo la vida corpórea, consiguiera su salvación eterna. Echando fuego de odio y de rencor por los ojos, despedía al amigo compasivo y bueno y amable, diciéndole “que le recibía como amigo compasivo y bueno y amable, que se imponía tales sacrificios por consolarle y visitarle, pero que como sacerdote y como fraile le odiaba y aborrecía; y que él ya sospechaba en qué estaba el secreto de no morirse de una vez: en el amuleto o talismán que le había colgado al cuello.” Todo fue inútil con aquel hombre obstinado y empedernido en el mal. Visitole varios días el caritativo Padre, y cada vez le halló más desesperado y con menos muestras de volverse a Dios, hasta que un día, inspirado tal vez por Lucifer, se arrancó el bendito Escapulario, lo arrojó con rabia al orinal y murió desgarrándose la garganta y el pecho con las uñas, y con tal mueca de rabia y desesperación en el semblante, que a las claras se notaba debía estar con los precitos entre las legiones de Luzbel en los infiernos. 

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.

LA INTERRUPCIÓN DE LAS CONVERSACIONES CON ROMA, AÑO 1988


El 5 de mayo de 1988 Monseñor Lefebvre firmó un protocolo de acuerdo con las autoridades romanas, sin embargo de inmediato se interrumpieron las conversaciones con las mismas, lo cual hizo nacer la confusión en algunos espíritus. He aquí la pequeña historia de una gran traición. 

Difícilmente se comprende en efecto, esta interrupción si no se ubican los coloquios en su contexto histórico. 

«Aunque nosotros no hayamos querido, nunca romper las relaciones, con la Roma Conciliar, aún después de la primera visita del 11 de noviembre de 1974 que fuera seguida por medidas sectarias y nulas -la clausura de la Obra el 6 de mayo de 1975 y la suspensión en julio de 1976-, estas relaciones no podían tener lugar más que en un clima de desconfianza. 

Louis Veuillot dice que no hay mayor sectario que un liberal; pues, comprometido con el error y la Revolución se siente condenado por aquellos que permanecen en la Verdad y así, si posee el poder, los persigue con el encarnizamiento. Es nuestro caso y el de todos aquellos que se opusieron a los textos liberales y a las reformas liberales del Concilio. 

Quieren absolutamente que tengamos un complejo de culpabilidad respecto a ellos los culpables de duplicidad. 

Es pues en un clima siempre tenso, aunque educado, que las relaciones tenían lugar con el Cardenal Seper y con el Cardenal Ratzinger entre los años ’78 y ’87, pero también con una cierta esperanza de que al acelerarse la autodemolición de la Iglesia acabarán mirándonos con benevolencia. 

Hasta allí, para Roma, el objetivo de las relaciones era el hacernos aceptar el Concilio y las reformas y hacernos reconocer nuestro error. La lógica de los acontecimientos debía llevarme a pedir un sucesor o dos o tres para asegurar las ordenaciones y las confirmaciones. Ante la negativa persistente de Roma, el 29 de junio de 1987, anunciaba mi decisión de consagrar Obispos. 

El 28 de junio el Cardenal Ratzinger abría nuevos horizontes que podrían hacer pensar legítimamente que por fin Roma nos miraba con una mirada más favorable. Ya no se trataba de firmar un documento doctrinal ni de pedir perdón sino que un Visitador era finalmente anunciado, la Sociedad, podría ser reconocida, la liturgia sería la de antes del Concilio, los seminaristas permanecerían con el mismo espíritu… 

Aceptamos entonces entrar en este nuevo diálogo pero con la condición de que nuestra identidad fuera bien protegida contra las influencias liberales gracias a los Obispos escogidos de entre la Tradición, y con una mayoría de miembros en la Comisión Romana para la Tradición. Ahora bien, luego de la visita del Cardenal Gagnon, de la cual aún no supimos nada, las decepciones se acumularon. 

Las conversaciones que siguieron en abril y mayo nos decepcionaron mucho. Se nos entrega un texto doctrinal, agregando el Nuevo Derecho Canónico; Roma se reserva cinco miembros sobre los siete de la Comisión Romana, entre ellos el Presidente (que sería el Cardenal Ratzinger) y el vicepresidente. 

La cuestión del Obispo es solucionada con dificultad, insistían para mostrarnos que no teníamos necesidad de él. El Cardenal nos hizo saber que deberíamos dejar celebrar entonces una misa nueva en San Nicolás de Chardonnet. Insiste sobre la única iglesia, la del Vaticano II. 

A pesar de estas decepciones, firmo el protocolo el 5 de mayo. Pero la fecha de la consagración episcopal causa problemas. Luego un proyecto de carta de pedido de perdón al Papa es puesto entre mis manos. 

Para llegar a hacer las consagraciones episcopales aunque más no fuera el 15 de agosto me veo obligado a escribir una carta amenazando hacerlo. 

El clima ya no es en absoluto el de la colaboración fraterna y el del puro y simple reconocimiento de la Fraternidad. Para Roma el objetivo de las conversaciones es la reconciliación, como lo dice el Cardenal Gagnon en una entrevista concedida al al diario italiano “L’ Avenire”, es decir el regreso de la oveja descarriada al redil. Es lo que yo expreso en la carta al Papa del 2 de junio: «el objetivo de las conversaciones no es el mismo para Vos que para nosotros». 

Cuando pensamos en la historia de las relaciones de Roma con los tradicionalistas desde 1965 hasta nuestros días nos vemos obligados a constatar que se trata de una persecución cruel y sin descanso para obligarnos a la sumisión al Concilio. El ejemplo más reciente es el del Seminario “Maeter Ecclesiae” para los que abandonaron Econe quienes en menos de dos años fueron puestos a tono con la Revolución Conciliar contrariamente a todas las promesas. 

La Roma actual, conciliar y modernista no podrá tolerar jamás la existencia de un brazo vigoroso de la Iglesia Católica que con su vitalidad la condena. 

Será preciso pues, esperar sin duda algunos años para que Roma reencuentre su Tradición bimilenaria. Nosotros continuamos probando, con la Gracia de Dios, que esta Tradición es la única fuente de santificación y de salvación para las almas y la única posibilidad de renovación para la Iglesia». 

Econe, 19 de junio de 1988 
+MARCEL LEFEBVRE

Enviado por el P. Cardozo

viernes, 24 de agosto de 2012

PABLO VI Y SU BEATIFICACIÓN (III)

Por Pedro Rizo

(Extracto de dos artículos publicados en 2009.) 

La llegada a la Sede de San Pedro del ex-Pro-Secretario de Estado, Juan Bautista Montini, fue una auténtica revolución. Ya saben a qué se llama revolución: a que lo que antes era deje de ser, o que lo que estaba arriba pase a estar abajo. Esto es, que Pablo VI impulsó un cúmulo de audaces cambios, transformaciones y errores en tan pocos años que supera lo conocido en la historia de la Iglesia. 

Hombre, si será así, que lo que todos los heresiarcas juntos no pudieron destruir, en su pontificado lo obtuvieron gratis. Sus lamentos suenan a hueco precisamente porque fue por su pontificado que se justificaban. Vamos, que todavía muchos católicos se preguntan cómo fue que Pablo VI denunciara la autodemolición de la Iglesia o, peor, nos advirtiera de su invasión por los ángeles del averno, cuando en verdad la respuesta no era tan difícil. Sólo tenía que hacer memoria de algunos de sus propios hechos y dichos. 

1.- El 7 de agosto de 1965 Pablo VI levantaba al Patriarca Atenágoras la excomunión que en 1054 lanzara León IX a los cismáticos orientales. A esta generosidad con la pólvora del rey, es decir con la fe católica, el Patriarca en nada correspondió de sus viejos motivos segregadores. El caso es que, desgraciadamente, al levantar el Papa la excomunión la Iglesia Católica aceptaba por primera vez la falsa doctrina de ‘las iglesias hermanas’. Falsa porque Jesucristo fundó una única Iglesia. 

2.- Con el Motu proprio “Apostólica sollicitudo”, del 15 de septiembre de 1965, Pablo VI instituyó las conferencias episcopales. Un grave peligro aparecía claro para las cabezas más avisadas: en pocas generaciones el Primado del Papa se reducirá a simple condición honorífica dentro de una confederación de iglesias autónomas. 

3.- El 23 de marzo de 1966, acompañado por el cismático “Arzobispo” (laico) Dr. Ramsey, el Papa Montini visitó la Basílica de San Pablo Extramuros y en aquel acto público cedió al anglicano la bendición a los fieles, incluyendo obispos y cardenales. Sin embargo, lo peor no era ese obsequio sino que al abrazar al hereje se contradecía la Bula “Apostolicae curae”, de septiembre de 1896, en la que el Papa León XIII anuló todas las órdenes anglicanas. Otro asunto es la contradicción de hablar con quien no existe, el anulado Ramsey, o hacer de León XIII el papa que no existió. 

4.- Con la Constitución Missale Romanum y, más tarde, en el Nuevo Misal, Pablo VI sustituía el antiguo rito romano de la Misa, originado en los tiempos apostólicos, con otro pervertido de inicio. Con la supuesta buena intención de “aggiornamento” Pablo VI buscó imitar a los protestantes - bonita "puesta al día" volviendo a la Reforma del s. XVI - pero sin obtener la contrapartida de que los luteranos aceptaran nuestros dogmas. Contrariamente, la pastoral del Vaticano Segundo consistió en suprimir o disimular los dogmas que les molestaban. 

5.- Con el Motu proprio “Matrimonia mixta”, de 31 de marzo de 1970, pretendía hacer más fáciles las uniones entre un fiel católico y un cónyuge no católico. Mas la fórmula resultó en perjuicio del sacramento y de la Iglesia, muy rumboso con el no católico pues que eximió a éste de comprometerse a que sus hijos se bautizaran y educaran en la fe católica. Para compensar impuso a los párrocos el deber de informar a la parte no creyente de los compromisos que asumía... ¡la parte católica! (Código de Derecho Canónico, de 1983. c. 1125). 

6.- Con el Motu proprio “Ingravescente aetatem”, de 22 de noviembre de 1970, Pablo VI reglamentaba que los cardenales con más de ochenta años de edad no participaran en el Cónclave. Una medida, como tantas, en que tras la apariencia de practicismo, o si se quiere de piedad, se despreciaba la sabiduría de la edad, consuetudinariamente respetada en la Iglesia y en las tradiciones antiguas. Así se apartaba de la Curia, del Cónclave y de las diócesis a los elementos tradicionales que pudieran obstaculizar el desarrollo de la nueva religión. 

7.1.- En 1969, con la Instrucción “Fidei custos” permitió que los laicos distribuyeran la Sagrada Comunión bajo el pretexto de “especial circunstancia o nuevas necesidades”. Lo especial de la circunstancia fue que los sacerdotes han pasado 40 años obligados a dejar este servicio en manos no consagradas... Estratagema, y no pequeña, para la desacralización del pueblo, de la Eucaristía y de la Misa. 

7.2.- En los primeros párrafos de la Instrucción “Memoriale Domini”, redactada en aquel entonces por el masón Mons. Bugnini, Pablo VI dice que prefiere que la Iglesia no distribuya la Eucaristía en la mano, «por el peligro de profanarla» [y] «por el reverente respeto que los fieles deben a la Eucaristía». Pero más adelante la Instrucción nos sorprende autorizando su práctica allí «donde tal costumbre hubiera sido objeto de abusos». (?) Se confirma así la blandura de los malos legisladores y torpes gobernantes que prefieren legalizar o tolerar el mal antes que erradicarlo. Comienzos erráticos que enseguida se superaban hasta llegar, sin mandato, a la distribución de la comunión en la mano, de pie, por laicos, con preferencia mujeres, en el presbiterio, en el atrio, el coro, los pasillos de la nave e incluso en el exterior de las puertas. No obstando las «normas de reverente respeto que los fieles deben a la Eucaristía». 

8.- Encíclica “Populorum progressio”. Según esta encíclica, la Iglesia ya no debe centrar sus energías en ganar almas para Cristo y llevarlas a la vida eterna, sino que todos nuestros esfuerzos han de aplicarse a la acción social para promover un humanismo integral. El Papa se despachó en ella contra el sistema capitalista... cuando ya se había rodeado de asesores como Sindona y Marcinkus, entre otros, mezclando a la Iglesia en inversiones poco recomendables - entre ellas, una gran empresa italiana fabricante de preservativos - que, para mayor ironía, no lograron salvar de la bancarrota al Vaticano. 

9.1.- Al aprobar el nuevo “Rito de las exequias” Pablo VI aceptaba la incineración de los cadáveres bajo el supuesto de que ésta no se eligiese «por motivaciones anticristianas». Como si fuera fácil saberlo. Esas intenciones anticristianas fueron siempre negar la resurrección de los muertos como postulan los doctrinarios masónicos y algunas sectas judías. Sin olvidar que bajo esta definitiva desaparición de restos muchos crímenes han quedado impunes,sin investigación de autopsia. 
Este nuevo rito, contrario a la tradición fue ni más ni menos que favor de Pablo VI a las Logias, dado que sus miembros por ocultar su condición solían pedir tierra sagrada para sus deudos. El Papa confirmó que este gesto había sido «a modo de camino de reconciliación». 

9.2- Puede suponerse que incluso el más débil de los católicos desea morir asistido por un sacerdote, expirar con un crucifijo en las manos, ser enterrado con su escapulario o su hábito de cofrade... En cambio, qué extraña cosa que en las exequias de Pablo VI su ataúd careciera de símbolos cristianos. Y no solo eso, que al cadáver se le colocara en el suelo según las normas judías de duelo. (Cfr. ‘Regole hebraiche di lutto’, Carucci ed. Roma 1980, p. 17.) Novedad repetida en algún otro caso notable, como fue con el prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo.

Enviado por el P. Cardozo

EL MESIAS VIENE - DIBUJOS ANIMADOS

jueves, 23 de agosto de 2012

EJEMPLOS SOBRE LA BLASFEMIA (II)


En América había un ateo que daba mucho que hablar por su furor sectario: Wiygney. Un día entre unos amigos se excitó hasta decirles: Para que veáis claramente que no existe Dios yo desafío aquí a ese omnipotente que decís: a que me haga morir de repente. Pero no temáis, no sucederá nada precisamente porque no existe. 
Apenas dijo esto cayó muerto. Este suceso verídico, causó enorme impresión en Estados Unidos.

 P. Benjamín Martín Sánchez, en 
"La Malicia de la Blasfemia"

LOS TATUAJES Y LAS PERFORACIONES

Un caso extremo: Mujer demonio-vampiro con 
 tatuajes, piercings e implantes (cuernos y colmillos) 

"No hareís sajaduras en vuestra carne, a causa de un muerto; ni os imprimiréis tatuaje. Yo soy Yahvé" (Levítico 19:28), dijo Dios a los israelitas. Y aunque los creyentes hoy, no vivamos estrictamente bajo la ley del Antiguo Testamento (Romanos 10:4; Gálatas 3:23-25; Efesios 2:15), el hecho de que hubo una orden de Dios contra los tatuajes, debería hacernos pensar. 

Esta moda está asociada a la pseudocultura de "lo feo" (aunque algunas de las imágenes tatuadas puedan llegar a ser bellas y estéticas) y generalmente -no siempre y de manera absoluta- encierra un sentido de rebeldía social contra los valores establecidos -sean éstos buenos o malos- o se vincula con grupos delicuenciales (como los maras) o afectos a la drogadicción. En muchas ocasiones los tatuajes empleados son de figuras con significación esotérica, satanista o new age. En otras, son inmorales las imágenes o los lugares donde se colocan para exponerlas inmodestamente a la vista de los demás, de una manera narcisista. De cualquier manera, el espíritu exhibicionista de muchos que los portan, puede reflejar -en ocasiones- un desajuste psicológico, lo que es más evidente en aquellos casos extremos donde se abusa de su uso, pero que no es privativo de ellos.

Es muy frecuente el culto a "lo feo", a la inmoralidad, 
a simbologías esotéricas e incluso al satanismo 

Sin entrar a considerar aquí los graves riesgos para la salud que se deben tener presentes -aspecto que afortunadamente es muy difundido en los medios de comunicación-, es importante señalar que, al paso del tiempo y a mayor edad, existen altísimos porcentajes de arrepentimiento y las personas buscan revertir los efectos de una mala decisión tomada en edades muy tempranas, generalmente. 

Quienes los emplean, en ocasiones lo hacen inocentemente y con imágenes inocuas o hasta bellas, sólo para "estar a la moda", sin embargo no consideran que -por lo general- la percepción de terceros es distinta a la intención original de ellos, pues muchas veces se comete el error de generalizar y asociar su aspecto a motivaciones negativas de otros que sí las tienen. Así, se da el caso de que llegue a afectar socialmente a quienes los portan, e incluso hasta en la selección de personal de las empresas que rechazan, por política general, a personas tatuadas o con perforaciones, pues tienen una mala impresión de ellas o, al menos, esto contraría la imagen institucional que buscan mantener.


Hay quienes incluso a sus hijos mutilan o tatúan


Fuente: Catolicidad

miércoles, 22 de agosto de 2012

EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA - 22 DE AGOSTO


Después de consagrar en plena Guerra Mundial todo el género humano al Inmaculado Corazón de María, para ponerlo bajo la protección de la Madre del Salvador, decretó el Papa Pío XII, en 1944, que toda la Iglesia celebrase anualmente una fiesta en honor del Inmaculado Corazón de María, el 22 de agosto, día de la octava de la fiesta de la Asunción. 

La devoción del Corazón de María es ya antigua. San Juan Eudes la propagó en el s. XVII, uniéndola a la del Sagrado Corazón de Jesús. En el s. XIX, Pío VII, primero, y después Pío IX concedieron a muchas iglesias particulares una fiesta del Purísimo Corazón de María, señalada primeramente para el domingo después de la Asunción, y luego para el sábado que sigue a la fiesta del Sagrado Corazón. Al fijar el 22 de agosto la Fiesta del Inmaculado Corazón de María, y extenderla a toda la Iglesia, le asignó Pío XII como fin el obtener, por intercesión de la santísima Virgen, “la paz entre las naciones, la libertad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, el amor a la pureza y la práctica de las virtudes”. 


 PLEGARIA DE CONFIANZA 
 AL DULCE CORAZÓN DE MARÍA 

¡Oh Corazón de María!, el más amable y compasivo de los corazones después del de Jesús, Trono de las misericordias divinas en favor de los miserables pecadores; yo, reconociéndome sumamente necesitado, acudo a Vos a quien el Señor ha puesto todo el tesoro de sus bondades con plenísima seguridad de ser por Vos socorrido. Vos sois mi refugio, mi amparo, mi esperanza; por esto os digo y os diré en todos mis apuros y peligros: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía! 

Cuando la enfermedad me aflija, o me oprima la tristeza, o la espina de la tribulación llegue a mi alma: ¡Oh Corazón de María, sed la salvación mía! 

Cuando el mundo, el demonio y mis propias pasiones coaligadas para mi eterna perdición me persigan con sus tentaciones y quieran hacerme perder el tesoro de la divina gracia: ¡Oh Corazón de María, sed la salvación mía! 

En la hora de mi muerte, en aquel momento espantoso de que depende mi eternidad, cuando se aumenten las angustias de mi alma y los ataques de mis enemigos: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía! 

Y cuando mi alma pecadora se presente ante el tribunal de Jesucristo para rendirle cuenta de toda su vida, venid Vos a defenderla y a ampararla. Y entonces, ahora y siempre: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía! 

Estas gracias espero alcanzar de Vos, Oh Corazón amantísimo de mi Madre, a fin de que pueda veros y gozar de Dios en Vuestra compañía por toda la eternidad en el cielo. Amén. 


 ORACIÓN

Oh Dios omnipotente y eterno, que has preparado en el Corazón de la Bienaventurada Virgen María una morada digna del Espíritu Santo; concédenos en tu bondad que, celebrando devotamente la fiesta de su Inmaculado Corazón, podamos vivir según el tuyo. Por J. C. N. S.

martes, 21 de agosto de 2012

PROFECÍAS DE BUG DE MILHAS


Este santo eremita nació en MILHAS, aldea de COMINGES (Pirineos franceses), en el siglo XVII y murió en 1848 a edad muy avanzada, lleno de merecimientos por su santa vida, siendo muy venerado por el don de consejo e ilustraciones sobrenaturales con que quiso enriquecerle el SEÑOR. En 1780 predijo con admirable precisión la REVOLUCIÓN FRANCESA, que no advino hasta nueve años más tarde. En 1793 anunció la buena estrella y fortuna de Napoleón Bonaparte para hacerse con el MANDO SUPREMO, acontecimiento de muy difícil predicción en aquella época tan revuelta y de acontecimientos tan dispares. Después de otras muchas predicciones, que tuvieron cumplimiento exacto y le granjearon renombre de santidad y videncia excepcionales, como la REVOLUCIÓN DE LA COMUNA en 1848 y el desastre de FRANCIA en 1870-71, predichas treinta años antes, murió en la paz del Señor y las bendiciones de los hombres. 

SOBRE EL PORVENIR DE NUESTRA PATRIA SE CONSERVAN LOS SIGUIENTES TESTIMONIOS: 

1º ¡DIOS ETERNO!, tus juicios son grandes e incomprensibles... IBERIA, IBERIA,* veo crecer tu poder y tu esplendor; nada será capaz de contrastar la elevación y fuerza de tus destinos. 

2º Setecientos años de guerra en toda la IBERIA formaron el IMPERIO más vasto que se ha conocido, pero sólo sirvió para empobrecer a sus hijos. ¿Qué le queda de aquel poderío? "Todo lo perdiste, todo menos el amor de tus hijos", éstos te ensalzarán. 

3º Combatida por la tempestad de los partidos y la ambición de los extranjeros, lucharás denodada; te constará sangre, tesoros, edificios... pero llegará el día de la bonanza, repararás tus anteriores pérdidas y la fama de tu gloria y esplendor se extenderá hasta las regiones más remotas. 

4º Una guerra está anunciada por muchos profetas y sus predicciones se cumplirán. Esta guerra llevará sus estragos por todas partes; la peste y otras muchas plagas la acompañarán, esparciendo el terror por doquiera. El fanatismo de las falsas creencias y los partidos intolerantes llenarán de víctimas muchos países; la IBERIA será el asilo de todos los proscritos; los católicos, huyendo del furor de sus enemigos, se refugiarán en ESPAÑA. Esta emigración prodigiosa aumentará la GRANDEZA DE LA NACION. 

5º Entonces el TAJO producirá un GUERRERO valiente como el CID y religioso como el TERCER FERNANDO, que enarbolando el estandarte de la FE reunirá en torno de sí innumerables huestes, y con ellas saldrá al encuentro del formidable GIGANTE, que con sus feroces soldados se adelantará a la CONQUISTA DE LA PENINSULA. (Se especula sobre diversos personajes, españoles y franceses sin que nos atrevamos a sugerir ninguno hasta que el tiempo y los acontecimientos clarifiquen y definan los entornos que los conforman).

6º Los PIRINEOS serán testigos del combate más cruel que habrán visto los siglos. La tierra temblará bajo el peso de los bélicos aparatos. TRES DIAS DURARA LA BATALLA... En vano el temible GIGANTE querrá animar a los suyos y restablecer el combate, porque el DEDO DEL SEÑOR señaló ya el fin de su reinado y sucumbirá a los filos de la espada del nuevo CID. 

7º Entonces el EJÉRCITO VICTORIOSO, protegido por el SUPREMO HACEDOR atravesará provincias y mares y llevará el estandarte de la CRUZ HASTA LAS ORILLAS DEL NEVA. "TRIUNFARÁ EN TODAS PARTES LA RELIGIÓN CATÓLICA Y HARA LA FELICIDAD DEL GENERO HUMANO". 

(Cf. "Futura grandeza de España", López galúa, págs. 204-205, 3ª edición, La Coruña.) (Se calculan en más de diez mil tanques de guerra el armamento acorazado del Ejército Rojo. Sobre el Neva se halla San Petersburgo, antigua capital de Rusia y segunda ciudad de la nación.) 

*Iberia=España 

Tomado del libro: ¡Alerta Humanidad! 4ª Edición-año 1979.

domingo, 19 de agosto de 2012

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 10


CONVERSIÓN DE MARÍA EGIPCIACA

Es Famosa la historia de Santa María Egipciaca, como se cuenta en el libro primero de las Vidas de los Padres del yermo. A los doce años se escapó de casa de sus padres, y se fue a Alejandría, donde con su mala vida era el escándalo de toda la ciudad.

Pasados otros dieciséis, salió de allí y vagando llegó a Jerusalén, a tiempo que se celebraba la fiesta de la Santa Cruz, y viendo entrar en la iglesia mucha gente, quiso también entrar en ella, más por curiosidad que por devoción; pero en la puerta sintió que una mano invisible la detenía. Hizo otra vez por entrar, y le sucedió lo mismo, hasta tercera y cuarta vez.

Entonces la infeliz retirándose a un rincón del atrio, conoció con luz superior que su mala conducta la echaba de la iglesia. Alzó los ojos y vio allí cerca, por dicha suya, una imagen de María Santísima, a la cual empezó a decir, llorando, de esta manera: “¡Oh Madre de Dios, tened piedad de esta pecadora! No merezco que me miréis, pero Vos sois el refugio de los pecadores: amparadme y favorecedme por el amor de Jesucristo vuestro Santísimo Hijo. Haced que puede entrar en la iglesia, y mudaré de vida, y me iré a hacer penitencia donde vos me digáis.” Entonces oyó una voz interior, como de la Virgen, que le decía: “Pues que acudes a Mí con propósito de enmendarte ya puedes entrar.” Entró, adoró la Santa Cruz con abundancia de lágrimas, volvió a la imagen, y le dijo: “Vedme pronta. Señora: ¿dónde queréis que me retire?” “Pasa el Jordán –le respondió la Virgen-, y allí encontrarás tu descanso.” Confesó y comulgó, y, pasando el rio, llegó al desierto y entendió que allí era donde se debía quedar.

Los diecisiete años primeros tuvo que sufrir terribles asaltos de los demonios; pero acudía siempre a la Virgen, y la Virgen santísima le alcanzaba fuerzas para resistir y vencer. Finalmente, habiendo pasado en aquella soledad cincuenta y siete años, siento ya de edad de ochenta y siete, la encontró por divina providencia San Zósimo, abad, a quién refirió todo el relato de su vida, suplicándole que volviese al año siguiente con la sagrada comunión. Hizolo así, y le pidió lo mismo para otro año, al cabo del cual volvió pero la halló ya muerta, aunque rodeada de un gran resplandor, y con estas palabras escritas de su mano: “Entierra aquí el cadáver de esta pecadora y pide a Dios por su alma.” Vino corriendo un león, hizo un hoyo con las garras, el Santo la sepultó, y volvió al monasterio, contando a todos las misericordias que Dios había obrado con aquella felicísima penitente. 

(San Alfonso Mª de Ligorio, en Las Glorias de María)

sábado, 18 de agosto de 2012

EJEMPLOS SOBRE LA BLASFEMIA (I)


La blasfemia es el lenguaje del infierno. San Jerónimo oyendo a uno blasfemar, le recrimino, y como le preguntasen por qué se metía con él, les dijo: “Los perros ladran en defensa de sus amos, ¿me callaría yo cuando oigo blasfemar el santo nombre de Dios? ¡Podré morir, pero no callar!”.

 P. Benjamín Martín Sánchez, en
"La Malicia de la Blasfemia"

viernes, 17 de agosto de 2012

PIO XII PROFÉTICO


«Siento en mi entorno a los innovadores que quieren desmantelar el Sacro Santuario, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, ¡Hacerla sentir remordimiento de su pasado heroico! Bien, mi querido amigo, estoy convencido que la Iglesia de Pedro tiene que hacerse cargo de su pasado, o ella cavará su propia tumba (…) Llegará un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dude como dudó Pedro. Será tentada de creer que el hombre se ha convertido en Dios, que Su Hijo es meramente un símbolo, una filosofía como tantas otras, y en las iglesias, los cristianos buscarán en vano la lámpara roja donde Dios los espera, como la pecadora que gritó ante la tumba vacía: ¿dónde lo han puesto?». 

 “Pius XII devant l’histoire”, por Mons. Georges Roche)



jueves, 16 de agosto de 2012

MÁRTIRES DE ESPAÑA 1936 A 1939



Dedicado a los mártires de España, religiosos y seglares, 
que dieron su vida por el Reino de Cristo. 
¡VIVA CRISTO REY!


Visto en Gott mit uns

martes, 14 de agosto de 2012

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LAS LÁGRIMAS DE JESUCRISTO


Videns Iesus civitatem, flevit super illam.
 Jesús, al ver la ciudad, lloró sobre ella.
 (S. Lucas, XIX, 41.) 

Al entrar Jesucristo en la ciudad de Jerusalén, lloró sobre ella, diciendo: «Si conocieses, al menos, las gracias que vengo a ofrecerte y quisieses aprovecharte de ellas, podrías recibir aún el perdón; más no, tu ceguera ha llegado a un tal exceso, que todas éstas gracias sólo van a servirte para endurecerte y precipitar tu desgracia; has asesinado a los profetas y dado muerte a los hijos de Dios; ahora vas a poner el colmo en aquellos crímenes dando muerte al mismo Hijo de Dios». Ved lo que hacia derramar tan abundantes lágrimas a Jesucristo al acercarse a la ciudad. En medio de aquellas abominaciones, presentía la perdida de muchas almas incomparablemente más culpables que los judíos, ya que iban a ser mucho más favorecidas que ellos lo fueron en cuanto a gracias espirituales. Lo que más vivamente le conmovió fue que, a pesar de los méritos de su pasión y muerte, con los cuales se podrían rescatar mil mundos mucho mayores que el que habitamos, la mayor parte de los hombres iban a perderse. Jesús veía ya de antemano a todos los que en los siglos venideros despreciarían sus gracias, o sólo se servirían de ellas para su desdicha. ¿Quién, de los que aspiran a conservar su alma digna del cielo, no temblara al considerar esto? ¿Seremos por ventura del número de aquellos infelices? ¿Se refería a nosotros Jesucristo, cuando dijo llorando: si mi muerte y mi sangre no sirven para vuestra salvación, a lo menos ellas encenderán la ira de mi Padre, que caerá sobre vosotros por toda una eternidad?. ¡Un Dios vendido!... ¡Un alma reprobada!... ¡Un cielo rechazado!... ¿Será posible que nos mostremos insensibles a tanta desdicha ?... ¿Será posible que, a pesar de cuanto ha hecho Jesucristo para salvar nuestras almas, nos mostremos nosotros tan indiferentes ante el peligro de perderlas?... Para sacaros de una tal insensibilidad, voy a mostraros: I.° Lo que sea un alma; II.° Lo que ella cuesta a Jesucristo; y III:° Lo que hace el demonio para perderla. 

I.-Si acertáramos a conocer el valor de nuestra alma, ¿con qué cuidado la conservaríamos? ¡Jamás lo comprenderemos bastante! Querer mostraros el gran valor de un alma, es imposible a un mortal; sólo Dios conoce todas las bellezas y perfecciones con que ha adornado a un alma. Únicamente os diré que todo cuanto ha creado Dios: el cielo, la tierra y todo lo que contienen, todas esas maravillas han sido creadas para el alma. El catecismo nos da la mejor prueba posible de la grandeza de nuestra alma. Cuando preguntamos a un niño: ¿que quiere decir que el alma humana ha sido creada a imagen de Dios? Esto significa, responde el niño, que el alma, cómo Dios, tiene la facultad de conocer, amar, y determinarse libremente en todas sus acciones. Ved aquí el mayor elogio de las cualidades con que Dios ha hermoseado nuestra alma, creada por las tres Personas de la. Santísima Trinidad, a su imagen y semejanza. Un espíritu, como Dios, eterno en lo futuro, capaz, en cuanto es posible a una criatura, de conocer todas las bellezas y perfecciones de Dios; un alma que es objeto de las complacencias de las tres divinas Personas; un alma que puede glorificar a Dios en todas sus acciones; un alma, cuya ocupación toda será cantar las alabanzas de Dios durante la eternidad; un alma que aparecerá radiante con la felicidad; que del mismo Dios procede; un alma cuyas acciones son tan libres que puede dar su amistad o su amor a quién le plazca; puede amar a Dios o dejar de amarle; más, si tiene la dicha de dirigir su amor hacia Dios, ya no es ella quién obedece a Dios, sino el mismo Dios quién parece complacerse en hacer la voluntad de aquella alma (Ps. CXLIV, 19.). Y hasta podríamos afirmar que, desde el principio del mundo, no hallaremos una sola alma que, habiéndose entregado a Dios sin reserva, Dios le haya denegado nada de lo que ella deseaba. Vemos que Dios nos ha creado infundiéndonos unos deseos tales, que, de lo terreno, nada hay capaz de satisfacerlos. Ofreced a un alma todas las riquezas y todos los tesoros del mundo; y aún no quedará contenta; habiéndola creado Dios para sí, sólo Él es capaz de llenar sus insaciables deseos. Sí, nuestra alma puede amar a Dios, y ello constituye la mayor de todas las dichas. Amándole, tenemos todos los bienes y placeres que podamos desear en la tierra y en el cielo (Ps. LXXII, 25.). Además, podemos servirle, es decir, glorificarle en cada uno de los actos de nuestra vida. No hay nada, por insignificante que sea, en que no quede Dios glorificado, si lo hacemos con objeto de agradarle. Nuestra ocupación, mientras estamos en la tierra, en nada difiere de la de los Ángeles que están en el cielo: la sola diferencia esta en que nosotros vemos todos los bienes divinales solamente con los ojos de la fe. 

Es tan noble nuestra alma, desde su nacimiento esta dotada de tan bellas cualidades, que Dios no la ha querido confiar más que a un príncipe de la corte celestial. Nuestra alma es tan preciosa a los ojos del mismo Dios, que, a pesar de toda su sabiduría, no halló el Señor otro alimento digno de ella que su adorable Cuerpo, del cual quiere hacer su pan cotidiano; ni otra bebida digna de ella que la Sangre preciosa de Jesús. Tenemos un alma a la cual Dios ama tanto, nos dice San Ambrosio, que, aunque fuese sola en el mundo, Dios no habría creído hacer demasiado muriendo por ella; y aún cuando Dios, al crearla, no hubiese hecho también el cielo, habría creado un cielo para ella sola, cómo manifestó un día a Santa Teresa. «Me eres tan agradable, le dijo Jesucristo, que, aunque no existiese el cielo, crearía uno para ti sola». «¡Oh, cuerpo mío, exclama San Bernardo, cuan dichoso eres al albergar un alma adornada con tan bellas cualidades! ¡Todo un Dios, con ser infinito, hace de ella el objeto de todas sus complacencias!» Si, nuestra alma esta destinada a pasar su eternidad en el mismo seno de Dios. Digámoslo de una vez: nuestra alma es algo tan grande, que sólo Dios la excede. Un día Dios permitió a Santa Catalina ver un alma. La Santa hallola tan hermosa que prorrumpió en estas exclamaciones: «Dios mío, si la fe no me enseñase que existe un sólo Dios, pensaría que es una divinidad, ya no me extraña, Dios mío, ya no me admira que hayáis muerto por un alma tan bella!». 

Si, nuestra alma en el porvenir será eterna como el mismo Dios. No vayamos más lejos, uno se pierde en este abismo de grandeza. Atendiendo únicamente a esto, os invito a pensar si deberemos admirarnos de que Dios, perfecto conocedor de su muerte, llorase tan amargamente la perdida de un alma. Y podéis considerar también cual habrá de ser nuestra diligencia por conservar todas sus bellezas. Es tan sensible Dios a la pérdida de un alma, que la lloro antes que tuviese ojos para derramar lágrimas; valiose de los ojos de sus profetas para llorar la perdida de nuestras almas. Bien manifiesto lo hallamos en el profeta Amos. «Habiéndome retirado a la oscuridad, nos dice, considerando la espantosa multitud de crímenes que el pueblo de Dios cometía cada día, viendo que la cólera de Dios estaba a punto de caer sobre él y que el infierno abría sus fauces para tragárselo, los congregue a todos, y temblando de pavor, les dije, en medio de amargas lágrimas: ¡Hijos míos!, ¿sabéis en que me ocupo noche y día? ¡Ay!, me estoy representando vivamente vuestros pecados, en medio de la mayor amargura de mi corazón. Si por fuerza..., rendido por la fatiga, llego a adormecerme, al punto vuelvo a despertar sobresaltado, exclamando, con los ojos bañados en lágrimas y el corazón partido de dolor: Dios mío, Dios mío, ¿habrá en Israel algunas almas que no os ofendan. Cuando esta triste y deplorable idea llena mi imaginación, expreso al Señor mis sentimientos, y gimiendo amargamente en su Santa presencia, le digo: ¡Dios mío!, que medio hallare para obtener el perdón de ese pueblo infeliz? Oíd lo que me ha contestado el Señor: Profeta, si quieres alcanzar el perdón de ese pueblo ingrato, ve, corre por las calles y las plazas; haz resonar en ellas los más amargos llantos y gemidos; entra en las tiendas de los comerciantes y artesanos; llégate hasta los lugares donde se administra justicia; sube a la cámara de los grandes y entra en el gabinete de los jueces; di a todos cuántos hallares dentro y fuera de la ciudad: «¡Infelices de vosotros !, ¡infelices de vosotros, que pecasteis contra el Señor!».Aún no hay bastante con esto; buscaras el auxilio de cuántos sean capaces de llorar, para que unan sus lágrimas a las tuyas, sean vuestros gritos y gemidos tan espantosos que llenen de consternación los corazones de los que os oigan, para que así abandonen el pecado y lo lloren hasta la sepultura, y con esto comprendan cuanto me duele la perdida de sus almas». 

El profeta Jeremías, va aún más lejos. Para mostrarnos cuan sensible sea a Dios la perdida de un alma, ved lo que nos habla en un momento en que se halla arrebatado por el espíritu del Señor: «¡Dios mío!; Dios mío!, ¿que va a ser de mi?, me habéis encargado la vigilancia de un pueblo rebelde, de una nación ingrata, que no quiere escucharos, ni someterse a vuestros preceptos; ¡ay!, ¿que haré?, ¿que partido tomaré? Ved lo que me ha contestado el Señor: «Para manifestarles cuan sensiblemente conmovido me hallo por la perdida de sus almas, toma tus cabellos, arráncalos de la cabeza, arrójalos lejos de ti, por haberme, el pecado de ese pueblo forzado a abandonarle, por haber entrado ya mi furor en el interior de sus almas». Cuando la cólera del Señor esta inflamada por el pecado que anida en nuestro corazón, sobreviene entonces la peor y más terrible enfermedad. «Pero, Señor, le dijo el Profeta, ¿que podré hacer para desviar de vuestro pueblo las miradas de vuestra ira? -Toma un saco por vestido, dijo el Señor, cubre de ceniza tu cabeza, y llora sin cesar y tan copiosamente, que tu rostro quede bañado en lágrimas; llora amargamente, hasta que los pecados queden anegados en llanto» (Ier., VII, 29.) . ¿Veis cuan sensible sea a Dios la perdida de nuestras almas? Por lo dicho os podéis hacer cargo de la desventura que representa perder un alma a quién Dios ama tanto, cuando, no teniendo aún los ojos corpóreos para llorar su desgracia, pide prestados los de sus profetas. Nos dice el Señor por su profeta Joel.: «¡Llorad la pérdida de las almas, cómo un joven esposo llora la de su esposa, en quién veía cifrada toda su dicha y todo su consuelo!» (Joel, 1, 8.). 

Nos dice San Bernardo que hay tres cosas capaces de hacernos llorar; más sólo una es capaz de hacer meritorias nuestras lágrimas, a saber, llorar nuestros pecados o los de nuestros hermanos; todo lo demás son lágrimas profanas, criminales, o a lo menos, infructuosas. Llorar la pérdida de un pleito injusto, o la muerte de un hijo: lágrimas inútiles. Llorar por vernos privados de un placer carnal: lágrimas criminales. Llorar por causa de una larga enfermedad: lágrimas infructuosas e inútiles. Pero llorar la muerte espiritual del alma, el alejamiento de Dios, la perdida del cielo: «¡Oh, lágrimas preciosas, nos dice aquel gran Santo, mas cuán raras sois!, ¿Por qué esto, sino porque no sentís la magnitud de vuestra desgracia, para el tiempo y para la eternidad? 

¡Ay! es el temor de aquella pérdida lo que ha despoblado el mundo para llenar los desiertos y los monasterios de tantos cristianos penitentes; los tales comprendieron mucho mejor que nosotros que, al perder el alma, todo está perdido, y que ella debía de ser muy preciosa cuando el mismo Dios hacía de la misma tanta estima. Sí, los santos aceptaron tantos sufrimientos, a fin de conservar su alma digna del cielo. La historia nos ofrece de ello innumerables ejemplos; voy a recordar aquí uno; si no tenemos el valor de imitarlo, a lo menos podremos bendecir Dios admirándolo. 

Vemos en la vida de San Juan Calybita (Vida de los Padres del desierto, t. IX, p. 279), hijo de Constantinopla, que este Santo desde su infancia comenzó a comprender la nada de las cosas humanas y a sentir el gusto de la soledad. Un religioso de un monasterio vecino de paso en Constantinopla para ir como peregrino a Jerusalén, alojóse en casa de los padres de aquel santo niño, los cuales reciban siempre con gran placer a los peregrinos. El niño le preguntó qué clase de vida se llevaba en su monasterio. Al narrarle la vida santa y penitente de los religiosos, el gozo de que allí disfrutaban, apartados del mundo para mantener comercio sólo con Dios, recibió tan grata impresión y concibió tan fuerte deseo de dejar el mundo para ir a participar de aquella felicidad, que no le satisfizo ya jamás la compañía de los hombres. Dijo a sus padres que no pensasen en acomodarle en medio del mundo, puesto que Dios le llamaba para terminar sus días en el retiro. Sus padres procuraron hacerle cambiar de propósito; mas todo fue inútil; por toda herencia les pidió el libro de los Santos Evangelios, el cual retuvo y guardó como un gran tesoro. Para librarse de las insistentes solicitaciones de sus padres y para entregarse todo entero a Dios, abandonó su casa, y se fue a llamar a la puerta de un monasterio, donde pidió ser admitido. Sus padres le hicieron buscar por todas partes. Al ver que resultaban inútiles sus pesquisas, se abandonaron al más amargo llanto. El santo joven pasó seis años en aquel retiro practicando toda suerte de virtudes y entregándose a las penitencias que el amor de Dios le inspiraba. Pasado algún tiempo se le ocurrió la idea de ir a ver a sus padres, esperando que Dios le concedería la misma gracia que a San Alejo, quien estuvo veinte años en su casa sin que nadie le conociese. En cuanto hubo salido del monasterio, halló a un pobre, con el cual trocó su hábito, a fin de evitar toda posibilidad e ser reconocido; por otra parte, sus grandes austeridades y una grave enfermedad que había sufrido, le habían desfigurado por completo. Cuando, a lo lejos, divisó la casa de sus padres, cayó de hinojos pidiendo a Dios que no le abandonase en su empresa. Llegó de noche, y hallando cerrada la puerta, pasó toda la noche junto a ella. Al día siguiente los criados le encontraron allí y, compadeciéndose de su miseria, le permitieron entrar en una pequeña habitación para que permaneciese en ella. Sólo Dios sabe lo que hubo de sufrir viendo a sus padres, los cuales a todas horas pasaban delante de él, llorando amargamente la pérdida del hijo que constituía todo su consuelo. Su padre, que era muy caritativo, le enviaba frecuentemente algo con que alimentarse. Mas a su madre no podía acercársele sin que su corazón se resistiese, tanta era la repugnancia que aquel pobre le inspiraba. A no ser la caridad que la llevaba a vencer aquella repugnancia, le habría echado de su casa. Siempre sumida en la mayor tristeza, siempre derramando amargas lágrimas, y todo ello delante de aquel que no podía permanecer insensible a lo que constituía el mayor tormento de su madre… 

El Santo pasó tres años en aquella morada, dedicado únicamente a la oración y al ayuno que observaba con gran rigor; continuamente las lágrimas bañaban su rostro. Cuando Dios le dio a entender que había llegado su fin, rogó al mayordomo de la casa que hiciese de manera que la señora fuese a verle, pues tenía vivos deseos de hablar con ella. Al recibir el recado, por más que estuviese acostumbrada a visitar enfermos, se mostró bastante contrariada; le daba tanta repugnancia visitar a éste, que tuvo que hacerse grande violencia para llegar hasta la puerta de la habitación donde se albergaba el pobre. El moribundo le agradeció vivamente los cuidados que había tomado por un miserable desconocido, y le aseguró que rogaría mucho a Dios por ella, a fin de que le recompensase cuanto había hecho en su favor. Le suplicó, además, que cuidase de su sepultura. Después que ella se lo hubo así prometido, le hizo presente del libro de los Santos Evangelios, el cual estaba muy bien encuadernado. Quedó ella muy sorprendida al ver que un pobre poseía un libro tan bien encuadernado; entonces se acordó del que en otro tiempo había dado al hijo cuya pérdida le costara tantas lágrimas. Aquel recuerdo renovó su dolor, y la hizo llorar muy afligida. Aquellos suspiros y lágrimas llamaron la atención del padre, el cual acudió allí para conocer la causa, y habiendo examinado con alguna detención el libro, reconoció ser el mismo que había entregado a su hijo. Entonces preguntó al moribundo qué había sido de su hijo. El santo, a quien sólo le qudaba un soplo de vida, le respondió suspirando y con lágrimas en los ojos: “Este libro es el que me disteis hace diez años; yo soy el hijo a quien tanto habéis buscado y por quien habéis derramado tantas lágrimas”. A estas palabras, quedaron todos estupefactos, al ver que desde tanto tiempo tenían junto a sí al que tan lejos habían buscado; la emoción que experimentaron era para quitarles la vida. Pero en el mismo momento en que le estrechaban amorosamente en sus brazos, levantó sus manos y sus ojos al cielo y entregó a Dios su hermosa alma, por la conservación de cuya inocencia hizo tantos sacrificios, tantas penitencias, y tantas lágrimas derramó… Ante este ejemplo, podemos muy bien decir: aquel cristiano tuvo la dicha de conocer la grandeza de su alma, y los cuidados que ella merecía. Aquí tenéis, un cristiano que glorificó a Dios en todos los actos de su vida; aquí tenéis un alma que ahora está radiante de gloria en el cielo, donde bendice a Dios por haberle hecho la gracia de vencer el mundo, la carne y la sangre. ¡Oh! ¡cuán dichosa es, aun a los ojos del mundo, una muerte semejante! 

II.-Hemos dicho, en segundo lugar, que, para conocer el precio de nuestra alma, no tenemos más que considerar lo que Jesucristo hizo por ella. ¿Quién de nosotros podrá jamás comprender cuánto ama Dios a nuestra alma, pues ha hecho por ella todo cuanto es posible a un Dios para procurar la felicidad de una criatura?: Para sentirse más obligado a amarla, la quiso crear a su imagen y semejanza; a fin de que, contemplandola, se contemplase a si mismo. Por eso vemos que da a nuestra alma los nombres más tiernos y más capaces de mostrar el amor hasta el exceso. La llama su hija, su hermana, su amada, su esposa, su única, su paloma (Cant., II, 10; IV, 9; V, 2, etc,). Más no está aun todo aquí: el amor se manifiesta mejor con actos que con palabras. Mirad su diligencia en bajar del cielo para tomar un cuerpo semejante al nuestro; desposándose con nuestra naturaleza, se ha desposado con todas nuestras miserias, excepto el pecado; o mejor, ha querido cargar sobre sí toda la justicia que su Padre pedía de nosotros. Mirad su anonadamiento en el misterio de la Encarnación; mirad su pobreza: por nosotros nace en un establo; contemplad las lágrimas que sobre aquellas pajas derrama, llorando de antemano nuestros pecados; mirad la sangre que sale de sus venas bajo el cuchillo de la circuncisión; vedle huyendo a Egipto como un criminal; mirad su humildad, y su sumisión a sus padres; miradle en el jardín de los Olivos, gimiendo, orando y derramando lágrimas de sangre; miradle preso, atado y agarrotado, arrojado en tierra, maltratado con los pies y a palos por sus propios hijos; contempladle atado a la columna, cubierto de sangre; su pobre cuerpo ha recibido tantos golpes, la sangre corre con tanta abundancia, que sus verdugos quedan cubiertos de ella; mirad la corona de espinas que atraviesa su santa y sagrada cabeza; miradle con la cruz a cuestas caminando hacia la montaña del Calvario: cada paso, una caída; miradle clavado en la cruz, sobre la cual se ha tendido É1 mismo, sin que de su boca salga la menor palabra de queja. ¡Mirad las lágrimas de amor, que derrama en su agonía, mezclándose con su sangre adorable! ¡Es verdaderamente un amor digno de un Dios todo amor! ¡Con ello nos muestra toda la estima en que tiene a nuestra alma! ¿Bastará todo esto para que comprendamos lo que ella vale, y los cuidados que por ella hemos de tener? 

Si una vez en la vida tuviésemos la suerte de penetrarnos bien de la belleza y del valor de nuestra alma, ¿no estaríamos dispuestos, cómo Jesús a sufrir todos los sacrificios por conservarla? ¡Cuan hermosa, cuan preciosa es un alma a los ojos del mismo Dios! ¿Cómo es posible que la tengamos en tan poca estima y la tratemos más duramente que al más vil de los animales? ¿Que ha de pensar el alma conocedora de su belleza y de sus altas cualidades, al verse arrastrada a las torpezas del pecado? ¡Cuando la arrastramos por el fango de los más sucios deleites, sintamos el horror que de sí misma debe concebir un alma que no ve sobre ella otro ser que al mismo Dios! ... Dios mío, ¿es posible que hagamos tan poco caso de una tal belleza? 

 Mirad en qué viene a convertirse un alma que tiene la desgracia de caer en pecado. Cuando esta en gracia de Dios la tomábamos por una divinidad; más ¡cuando esta en pecado!... El Señor permitió un día a un profeta ver un alma en estado de pecado, y nos dice que parecía el cadáver corrompido de una bestia, después de haber sido arrastrado ocho días por las calles y expuesto a los rigores del sol. Ahora sí que podemos decir con el profeta Jeremías: «Ha caído la gran Babilonia, y se ha convertido en guarida de demonios» (Apoc., XVIII, 2; Ier., 11, 8.). ¡Cuan bella es un alma cuando tiene la dicha de estar en gracia de Dios! Si, ¡solamente Dios puede conocer todo su precio y todo su valor!

Ved también cómo Dios ha instituido una religión para hacerla feliz en este mundo, mientras llega la hora de darle mayor felicidad en la otra vida. ¿Por que ha instituido los sacramentos?. ¿No es, por ventura, para curarla cuando tiene la desgracia de contagiarse con las miasmas del pecado, o bien para fortalecerla en las luchas que debe sostener? ¡Mirad a cuántos ultrajes se ha expuesto Jesús por ella! ¡Cuan a menudo son violados sus preceptor! ¡Cuántas veces son profanados sus sacramentos, cuántos sacrilegios se cometen al recibirlos! Pero no importa; aún conociendo Jesús todos los insultos que debía recibir, por el amor de las almas no pudo contenerse... mejor dicho, Jesucristo amó y ama tanto a nuestra alma, que, si preciso fuera morir segunda vez, gustosa lo haría. Ved cuan diligente se muestra en acudir en nuestro auxilio cuando estamos agobiados por la pena o por la tristeza; mirad los cuidados que se toma en favor de los que le aman; mirad la multitud de santos a quienes Él alimentó milagrosamente. ¡Ah!, si llegásemos a comprender lo que es un alma, lo mucho que Dios la ama, y cuan abundantemente la recompensara durante toda la eternidad, nos portaríamos cómo se portaron los santos: ni las riquezas, ni los placeres, ni la muerte misma serian capaces de hacérnosla vender al demonio. Mirad toda la multitud de mártires, cuántos tormentos arrostraron para no perderla; vedlos subir a los cadalsos y entregarse en manos de los verdugos con una alegría increíble. 

Tenemos de ello un admirable ejemplo en la persona de Santa Cristina, virgen y mártir. Esta Santa ilustre era natural de la Toscana. Su padre, que era gobernador, fue su propio verdugo. El motivo de su enojo fue el haber su hija hecho desaparecer todos los ídolos que él adoraba en su propia casa; la joven los hizo añicos para vender el metal y, de su producto, repartir limosnas a los pobres cristianos. Este acto enfureció de tal manera a su padre, que al momento la entrego en manos de los verdugos, los cuales, obedeciendo las ordenes que les dio, la azotaron barbadamente y la atormentaron con crueldad nunca vista. Su pobre cuerpo estaba cubierto de sangre. El padre ordenó que con unos garfios de hierro le desgarrasen sus carnes. Los verdugos llegaron a tanto que dejaron al descubierto muchos huesos de su cuerpo; más el vivo dolor que experimento, lejos de abatir su valor y turbar la paz de su alma, le dio fuerzas para arrancar, sin vacilar, su propia carne y ofrecerla a su padre por si quería comerla. Un gesto tan sorprenderte, en vez de conmover el corazón de aquel padre tan bárbaro, sólo sirvió para encolerizarle más: entonces la hizo encerrar en una cárcel horrorosa, cargada de hierros y cadenas; la lleno de dicterios y maldiciones, y anunciole que se le preparaban nuevos tormentos; más aquella joven santa, que no contaba más de diez años, no se conturbó. Algunos días después, el padre la hizo salir de la prisión y mando atarla a una rueda algo elevada sobre el suelo, la cual fue rociada de aceite por todos sus lados; y debajo de la misma mando el tirano encender una gran hoguera, a fin de que, al dar vueltas la rueda, el cuerpo de aquella inocente criatura sufriese a la vez doble suplicio. Pero un gran milagro impidió que se lograse el efecto: el fuego respetó la pureza de la virgen, no causando ningún daño al cuerpo; antes al contrario, el fuego se revolvía contra los idólatras, y abraso en sus llamas a un considerable número de ellos. Al ver el padre aquellos prodigios, faltóle poco para morir de despecho. No pudiendo aguantar aquella afrenta, y viéndose impotente para llevar a cabo la venganza que intentaba, condujo nuevamente a su hija a la cárcel; mas tampoco allí le faltó auxilio: un ángel bajó al calabozo para consolarla y curar todas sus llagas. El enviado de Dios le comunicó nuevas fuerzas. Habiendo llegado a conocimiento de aquel padre desnaturalizado este nuevo milagro, resolvió ordenar una última tentativa. Mandó al verdugo que atase una piedra al cuello de su hija, y la arrojase al lago. Más Dios, que supo preservarla de las llamas, la libró también de las aguas: el mismo Ángel que la había asistido en la prisión la acompaño sobre el agua y la condujo tranquilamente hasta la orilla, donde la encontraron tan sana como antes de arrojarla al lago. Viendo el padre que todo cuanto ordenaba para hacerla sufrir de nada le servía, murió de rabia. Dión, que fue su sucesor en el gobierno de la ciudad, le sucedió también en fiereza. Creyó deber suyo vengar la muerte de su antecesor, de la cual tenía a la hija por única causante. Inventó mil suertes de tormentos contra aquella virgen inocente; pero el más cruel fue obligarla a acostarse en una especie de cuna llena de aceite hirviendo mezclado con pez. Más la santa joven, a quién Dios se complacía en proteger para confusión de los tiranos, hizo que, con sólo la señal de la cruz, aquella materia perdiese su fuerza. Burlándose la niña, en cierta manera, del fracaso de sus verdugos, les dijo que la habían colocado en aquella cuna cual un niño acabado de bautizar. Aquellos aborrecibles ministros de Satán estaban llenos de indignación al ver que una niña de diez años triunfaba de todos sus esfuerzos; en su furor, aquellos bárbaros infames, olvidando el respeto que debían al pudor y a la modestia de aquella virgen, le cortaron los cabellos; la desnudaron, y, en aquel deplorable estado, la arrastraron a un templo pagano para forzarla a ofrecer incienso al demonio mas, al entrar en el templo, el ídolo cayó hecho añicos, y el tirano quedó muerto de repente. La multitud de idólatras que presenció tan extraordinario hecho se convirtió casi en masa, llegando hasta tres mil los que abrazaron la fe cristiana. Entonces aquella santa niña pasó a manos de un tercer verdugo llamado Justino. Aquel tirano tomó también a pechos el vengar la muerte y el deshonor de su antecesor, agotando todo lo que su rabia pudo inspirarle para atormentar a la niña. Comenzó por mandar que fuese arrojada a un horno ardiendo, a fin de hacerla perecer abrasada; más Nuestro Señor, obrando un nuevo milagro, permitió que las llamas no la dañasen, y la virgen permaneció allí cinco días sin padecer en lo más mínimo. Entonces, viendo los hombres que su malicia resultaba impotente; recurrieron al demonio, valiéndose para ello de un mago que echó en la cárcel de la niña gran número de horribles serpientes, pensando que no escaparía a la fuerza del veneno de aquellas bestias; pero aquel diabólico manejo, sólo sirvió para poner de relieve la gloria de la virgen, que triunfó de los animales, como antes triunfara de la rabia de los hombres. Le fue cortada la lengua, mas aun así se expresaba mejor, y cantaba con mayores fuerzas las alabanzas al Dios que adoraba. Finalmente, no sabiendo a que tormento recurrir, mandó al verdugo atarla a un poste en donde su cuerpo fue agujereado a flechazos, hasta que su alma salió del cuerpo para ir a gozar de la presencia de Dios, recompensa que tan bien había sabido merecer. Decidme, ¿comprendía aquella niña la excelencia y valor de su alma? ¿Estaba penetrada de lo que debía hacer por conservarla, a costa de sus bienes, de sus gustos y de su misma vida? ¡Ah!, una vez comprendido lo que vale nuestra alma, la estimación en que Dios la tiene, ¿podremos dejarla perecer cual hacemos ahora? No, no debe ya admirarnos que Jesucristo haya derramado tantas lágrimas por la pérdida de nuestra alma. 

Pero, pensareis vosotros, ¿sobre que cosas lloró, pues, Jesucristo?. Lloró sobre nuestro orgullo, al ver que sólo nos preocupamos de los honores y de la estimación del mundo, en vez de anonadarnos considerando las grandes humillaciones a que Dios se sometió para nuestro encumbramiento: lloró sobre nuestros odios y venganzas, que contrastan con la manera cómo obró, al morir por sus enemigos; lloró sobre nuestro infame vicio de la impureza, al ver la deshonra que produce este pecado en el alma, sumiéndola en el más inmundo e infecto lodazal. Jesús lloró sobre todos nuestros pecados, Él quería salvarnos y hacernos felices a todos, Él no quería que almas tan hermosas, criaturas suyas, se perdiesen ni quedasen sumidas en la deshonra y reducidas a la esclavitud del demonio, estando dotadas de tan bellas cualidades, y destinadas a tan excelsa felicidad. 

III.-Nos dice San Agustín (Serm. CCX, in Quadrag. VI, cap. IV.): «¿Queréis saber lo que vale vuestra alma?. Id, preguntádselo al demonio, el os lo dirá. El demonio tiene en tanto a nuestra alma, que, aunque viviésemos cuatro mil años, si después de esos cuatro mil años de tentaciones nos ganase, tendría por muy bien empleado su trabajo». Aquel santo varón que de una manera tan particular había sufrido las tentaciones del demonio, nos dice que nuestra vida es una tentación continuada. El mismo demonio, dijo un día por boca de un poseso que, en tanto hubiese un sólo hombre sobre la tierra, él estaría allí para tentarle. Puesto que, decía, no puedo soportar que los cristianos, después de tantos pecados, puedan aun esperar el cielo que yo perdí de una sola vez, sin poder reconquistarlo jamás. 

Pero ¡ay!, sí, lo podemos experimentar en nosotros mismos el hecho de que en casi todos nuestros actos nos hallamos tentados, ya de orgullo, ya de vanidad, ya pensando en la opinión que los demás formarán de nosotros, ya concibiendo celos, odios, deseo de venganza... otras veces el demonio se nos acerca para presentarnos las imágenes más inmundas e impuras. Mirad cómo al orar, agita nuestro espíritu llevándolo de una parte a otra... Y aún más, desde Adán hasta nosotros, no hallareis santo alguno que de una u otra manera no haya sido tentado; y los más grandes santos fueron precisamente los que experimentaron mayores tentaciones. El mismo Jesucristo quiso ser tentado, para darnos a entender que también nosotros lo seríamos: es necesario, pues, atenernos a ello. Si me preguntáis cual es la causa de nuestras tentaciones, os responderé que es la hermosura y el valor de nuestra alma, a la cual el demonio aprecia y apetece tanto, que se conformaría con sufrir dos infiernos, si fuese preciso, con tal de poderla arrastrar a compartir sus penas. Jamás, pues, dejemos de permanecer en guardia, por temor de que, en el momento menos pensado, el demonio nos engañe. Cuéntanos San Francisco que un día el Señor le hizo ver la manera cómo el demonio tentaba a sus religiosos, sobre todo contra la virtud de la pureza. Vio una multitud de demonios que se entretenían arrojando flechas contra aquellos religiosos; unas retornaban violentamente contra los mismos demonios que las arrojaran: entonces estos huían dando tremendos alaridos; otras, al dar contra aquellos a quienes iban dirigidas, caían a sus pies sin causarles daño alguno; otras penetraban enteras y los atravesaban de parte a parte. Para rechazar las tentaciones; nos dice San Antonio, hemos de servirnos de las mismas armas: así, cuando nos tienta con el orgullo, debemos al momento humillarnos y rebajarnos ante Dios; si quiere tentarnos contra la santa virtud de la pureza, debemos esforzarnos en mortificar el cuerpo y los sentidos, vigilándonos con más diligencia que nunca. Si quiere tentarnos por medio del fastidio en la hora de la oración, deberemos redoblar esta y poner atención más diligente; y cuanto más el demonio nos induzca a dejar las oraciones de costumbre, mayor número de ellas habremos de rezar. 

Las tentaciones más temibles son aquellas de las cuales no nos damos cuenta. Refiere San Gregorio que había un religioso que durante algún tiempo fue muy bueno; un día concibió el deseo de salir del monasterio y volver al mundo, diciendo que el Señor le quería fuera de aquel monasterio. El superior le dijo: «Amigo mío, esto es el demonio que se enoja de que logréis salvar el alma; combatid contra él». No dándose el otro por convencido, el superior le dio permiso para marcharse; pero, al salir del monasterio, el santo se puso de rodillas para pedir a Dios que hiciese conocer al pobre religioso que todo aquello no eran sino asechanzas del demonio empeñado en perderle. Apenas puso el pie en el umbral de la puerta para salir, un espantoso dragón se le echo encima. «¡Socorro, hermanos míos, exclamo, que viene un gran dragón a devorarme!». Los religiosos, al oír aquel ruido, acudieron a ver que sucedía, y hallaron al religioso tendido en tierra casi muerto; le condujeron al monasterio, y entonces el infeliz reconoció verdaderamente que todo aquello eran sólo tentaciones del demonio que moría de rabia al ver que su superior había rogado por él y le impedía ganar aquella alma. ¡Ay!, ¡cuanto hemos de temer que no lleguemos a conocer nuestras tentaciones!. Y si no se lo pedimos a Dios, nunca las conoceremos. 

¿Que hemos de sacar de todo esto, si no es que nuestra alma es algo muy grande a los ojos del demonio, toda vez que esta tan atento a no dejar perder ocasión de tentarnos, a fin de perdernos y arrastrarnos a compartir su desgracia? Mas si, por una parte, hemos visto como nuestra alma es algo grande, cuanto la ama Dios, cuanto padeció para salvarla, los bienes que le prepara en la otra vida ; y por otra parte, hemos visto todas las astucias y lazos que el demonio nos tiende para perderla, ¿que habremos de pensar de todo esto?. ¿Que estima haremos de nuestra alma? ¿Que precauciones tomaremos por ella?. ¿Hemos pensado siquiera una vez en su excelencia y en los cuidados que respecto a ella debemos tener? 

¿Que hacemos de esa alma que tanto ha costado a Jesucristo? ¡Que es cómo si la tuviésemos únicamente para hacerla desgraciada y causarle sufrimientos!... La consideramos menos estimable que los más viles animales; a las bestias que tenemos en la cuadra, les damos de comer; cuidamos muy bien de cerrar las puertas a fin de que los ladrones no nos las roben; cuando están enfermas, acudimos pronto en busca del veterinario para que las cure; a veces hasta nos sentimos conmovidos viéndolas sufrir. Y esto ¿lo hacemos por nuestra alma? ¿Nos preocupamos de alimentarla con la gracia, o mediante la frecuencia de sacramentos? ¿Cuidamos de cerrar las puertas para que los ladrones no nos la roben? ¡Ay!, confesémoslo para nuestra vergüenza, la dejamos perecer de miseria; dejamos que nuestros enemigos, que son las pasiones, la desgarren; dejamos abiertas todas las puertas; llega el demonio del orgullo, y le permitimos entrar para asesinar y devorar a la pobre alma; llega el de la impureza, y también entra, para ensuciarla y corromperla. «Pobre alma, nos dice San Agustín, en muy poca estima eres tenida. El orgulloso te vende por un pensamiento de soberbia, el avaro por un pedazo de tierra, el beodo por un vaso de vino, el vengativo por un pensamiento de venganza!». 

Realmente, ¿donde están nuestras oraciones hechas, nuestras comuniones devotas, nuestras misas santamente oídas, nuestra resignación y conformidad con la voluntad de Dios en las penas, nuestra caridad con los enemigos? ¿Será posible que hagamos tan poco caso de un alma tan bella, a la cual Dios amó más que a si mismo, pues murió por salvarla? ¡Ay!, amamos al mundo y sus placeres; en cambio, todo cuando se refiere a la gloria de Dios o a la salvación del alma, nos enoja y nos fastidia y llegamos hasta a quejarnos cuando nos vemos forzados a ejecutarlo. ¡Cual será nuestro remordimiento otro día! ... En apariencia, parece que el mundo nos proporciona algún placer, pero nos equivocamos. Escuchad lo que nos dice San Juan Crisóstomo, y veréis cómo es más feliz el que se preocupa de salvarse, que el que sólo corre en busca de los placeres y deja abandonada su pobre alma. «Mientras dormía, nos dice este gran Santo, tuve un sueño muy singular, el cual, al despertarme, me ofreció muchos motivos de reflexión y meditación delante de Dios. En aquel sueño, vi un paraje delicioso, un valle agradable, en el cual la naturaleza había reunido todas las bellezas, todas las riquezas y todos los placeres capaces de complacer a un mortal. Lo que más me admiró, fue ver en medio de aquel valle de delicias a un hombre con el semblante triste, el rostro alterado y el espíritu preocupado; por su talante se adivinaba la turbación y la emoción de su alma: unas veces permanecía inmóvil; mirando fijamente al suelo, otras andaba a grandes pasos, con aire extraviado; otras se paraba repentinamente, exhalando profundos suspiros; sumiéndose en honda melancolía, rayana en la desesperación. Contemplando todo aquello atentamente, vi que aquel valle de delicias terminaba en un espantoso precipicio, en una sima inmensa hacia donde parecía verse aquel hombre arrastrado por una fuerza extraña. A pesar de tantas delicias, aquel hombre se mostraba agitado, pues, a la vista de aquellos abismos, le era imposible disfrutar un sólo momento de paz y de alegría. Más, dirigiendo mi vista hacia lo lejos, vi otro lugar de aspecto totalmente distinto del valle que os he descrito: era un valle sombrío y oscuro, formado por abruptas montañas y estériles desiertos; la sequedad mas desoladora dominaba enteramente en aquellos parajes; nada de vegetación ni de frondosidad, sólo zarzas y espinas; todo inspiraba tristeza, desolación, horror. Pero fue grande mi sorpresa cuando divisé en aquel valle a un hombre pálido, enjuto, extenuado, y sin embargo, con el rostro sereno, el aspecto tranquilo y el aire satisfecho; a pesar de la apariencia exterior no muy gallarda, todo hacía adivinar que se trataba de un hombre que disfrutaba de la paz del alma; pero, mirando aún más a lo lejos, vi, al extremo de aquel valle de miserias y de aquel horroroso desierto, un sitio delicioso, un agradable rincón donde se descubría toda suerte de bellezas. El hombre contemplaba sin cesar aquel extremo sin perderlo jamás de vista, andaba con decisión, sin detenerse ante los estorbos de las zarzas y espinas que a veces llegaban a herir sus carnes; las llagas parecían avivar sus fuerzas. Admirado al ver todo aquello, pregunté por qué causa el uno estaba tan triste en un lugar de placeres y el otro tan tranquilo en una mansión de miserias. Entonces oí una voz que dijo: «Estos dos hombres son, respectivamente, la imagen de aquellos que están enteramente entregados al mundo, y de los que se consagran sinceramente al servicio de Dios. El mundo, me dijo aquella voz, ofrece desde el primer momento a sus seguidores la riqueza y el placer, a lo menos en apariencia: los incautos se entregan a ellos inconsiderablemente; pero pronto han de reconocer que no hallaron lo que pensaban. Lo más triste y desalentador es que al final se encuentran indefectiblemente con un abismo donde van a precipitarse cuántos andan por aquella senda en apariencia tan agradable. El otro, continuó la voz, experimenta en si mismo todo lo contrario: y es que, en el servicio de Dios, háyanse ante todo pruebas y penalidades, debe habitarse en un valle de lágrimas; hay que mortificarse, hacerse violencia, privarse de las dulzuras de la vida, pasar los días en grande apretura. Pero el espíritu se anima ante la vista y la esperanza de un porvenir enteramente feliz; dura es la vida del hombre que mora en aquel valle triste, más el pensamiento de la felicidad que le aguarda le consuela y le sostiene en todas sus luchas. Todo es consolador para el, y su alma comienza ya a gustar de los bienes prometidos que le esperan y de los cuales pronto gozará eternamente». 

¿Podemos hallar una comparación más exacta y natural para comprender la diferencia entre los que durante su vida sólo procuran servir a Dios y salvar su alma y los que dejan de lado a su Dios y a su alma, para correr tras los placeres, que conducen, sin dejarnos gozar de nada consolador y perfecto, a un precipicio que no es otro que el abismo infernal? (Prov., XIV, 12, 13.). ¡Dichoso el que seguirá aquel camino donde hay algunas penas, de poca duración, pero que al fin nos conduce a un lugar tan dichoso cual es aquel donde se goza de la posesión de Dios!. 

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)