miércoles, 31 de octubre de 2012

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 9


LLUVIA DE PIEDRAS 
Año 1570 ? Francia 

En el año 1570, estaban infestadas las provincias de Francia de herejes hugonotes que odiaban de muerte a los Religiosos, y hacían escarnio de todo lo más santo y sagrado. 

En este tiempo tenía que comunicar el Padre Provincial de los Franciscanos de Valencia un importante asunto con el padre general de la Orden, que a la razón se hallaban en París, e impidiéndole las graves circunstancias el poderlo hacer con cartas, pensó por algún tiempo quién de su súbditos sería más apto para una expedición en que tanto peligraba la vida, y le pareció que nadie mejor que Fray Pascual Bailón aceptaría encargo tan arriesgado. 

Llamole pues, mandándole emprender el viaje, y el Santo, con suma alegría de espíritu, se puso al instante en camino, muy confiado en que la obediencia le sacaría sano y salvo de todos los peligros. Llegó al primer convento de su religión, situado en territorio francés, y al saber los Padres de aquella Comunidad la comisión que llevaba, dudaron de si era lícito obedecer con tanto peligro de vida, pero al fin dejaronle proseguir su camino. 

Iba el Santo descalzo con un hábito andrajoso y un rostro de penitencia que llevaba tras sí los ojos de todos. Por cuantos lugares pasaba recibía innumerables molestias, denuestos e injurias. En un pueblo le roderaron los herejes, y creyendo que un fraile, en la apariencia ignorante, podría ser convencido e imbuido de sus errores; preguntáronle si creía que en la Hostia consagrada se contenía el Cuerpo de Cristo; a lo cual habiéndoles respondido con gran seguridad que sí, comenzaron a argüirle con sofismas capciosos a fin de apartarle de la verdadera creencia. 

El Santo respondía a todo con tanta copia de doctrina y solidez de argumentos que tuvieron que dejarle en su fe, retirándose todos confusos y avergonzados. Comenzaron luego a despicarse, y con rabia infernal arrojaron sobre él una lluvia de piedras con el fin e quitarle la vida. 

Pero ¡Oh prodigio! Todas las piedras que habían de realizar el siniestro intento de los que las arrojaban, al llegar al Santo Fray Pascual se desviaban, respetando de esta suerte, al que defendió con tanto fervor y tesón la verdad de la sagrada Eucaristía. 

(R. Privadeneira, S.J., Vida de San Pascual Bailón.)

martes, 30 de octubre de 2012

HALLOWEEN O EL REGRESO AL PAGANISMO

Título: Halloween o el regreso al paganismo
Autor: Dra. Marian T. Horvat
Original en inglés: Halloween: A Return to Paganism
Traducción: Alejandro Villarreal -octubre de 2012- Algunas imágenes y notas añadidas


Cada año por esta época los hechiceros lanzan un reto en contra de los santos, no se necesita ser muy astuto para darse cuenta de qué lado está la mayoría en este tema.

Se celebra el Halloween con figuras de esqueletos, brujas, fantasmas, arañas y cuervos, junto con calabazas, decorando ventanas y jardines, con casi la misma regularidad de las luces y adornos navideños. Adultos y niños escogen y preparan disfraces para sus rondas callejeras de «caramelo o travesura» o para las fiestas alusivas al tema. Los jóvenes visitan «casas encantadas», las cadenas televisivas presentan programas de monstruos donde predomina el horror en todas sus formas, entrevistan a brujas y hechiceros reales quienes explican el significado y la importancia de esta especial celebración dentro de sus creencias.

Cada año por esta época algunas iglesias, escuelas y familias católicas valientemente contraponen a esto un festival de los santos. Los niños se visten como su santo patrón favorito para celebrar el día de Todos los Santos, el 1º de noviembre, una fiesta solemne obligatoria para honrar a todos aquellos, conocidos y desconocidos, quienes ya están en la gloria de Dios. El día siguiente, el 2 de noviembre, celebramos a Todos los fieles difuntos, cuando los católicos rezamos por la liberación de las almas que sufren en el Purgatorio, los familiares son quienes llevan a cabo esto en forma especial por sus difuntos.

Recuerdo a las Hermanas de la Caridad instruyéndonos para visitar una iglesia y rezar allí seis Padrenuestros, seis Avemarías y seis Glorias por las intenciones del papa para recibir una indulgencia plenaria en favor de un alma del Purgatorio. Uno podía salir y volver a entrar a la iglesia para ofrecer estas oraciones por otra alma. Mi madre me relataba acerca de estas «santas contiendas» que ella y sus amigas realizaban en el pequeño poblado de St. Mary, en Kansas, para ver quién de ellas podía liberar más almas del Purgatorio. En México, El Día de los Muertos era una fiesta muy importante durante la cual las familias católicas elaboraban altares caseros donde ofrecían sus oraciones por los miembros fallecidos de la familia.

El Halloween moderno en general puede decirse que es la exaltación del horror, el temor, la excitación, lo macabro, lo sangriento, lo oculto e incluso de la sensualidad mezclada con todo lo anterior, todo lo cual corresponde a su naturaleza pagana.

Estas buenas prácticas y costumbres católicas se están olvidando, se están poniendo a un lado junto con un creciente descenso de la vida cristiana, dándole paso al paganismo. Incluso ha sido abrogada la obligatoriedad de la fiesta y muchos católicos ya no piensan en el significado religioso del Halloween, el cual en inglés significa holy eve -literalmente: santa víspera-, y que tiene origen en el inglés antiguo all hallow E’en -Hallow es la forma antigua de holy y significa santo y E’en es la contracción de evening y significa víspera-. Desafortunadamente esta es la razón de la negligencia actual. En los medios y los salones de clases se da toda la atención a las calabazas, a los monstruos, la sangre y el sadismo. En la Iglesia, aquellos disfraces de santos de años pasados son ridiculizados como anacronismos anteriores al Concilio Vaticano II donde ya ni siquiera los sacerdotes predican acerca del Purgatorio.

Origenes paganos.

El origen del Halloween data hacia el antiguo festival celta del Samhein, el cual marcaba el fin de las cosechas y el comienzo del invierno, una época del año asociada con la muerte. Los celtas paganos creían que durante esa noche se borraban las fronteras entre el mundo de los vivos y los muertos, y los espíritus de los muertos regresaban a la tierra. Era una noche de comunicación preternatural con los muertos, mediante varias formas de adivinación y quiromancia, así como de rituales sexuales.

Los celtas adoptaron muchas ceremonias y costumbres religiosas druidas. En la imagen se muestra la ceremonia del solsticio de verano que se lleva a cabo en la actualidad.

Hacia el año 800 AD, la influencia de la Iglesia católica entró a tierras celtas. En el siglo VI el papa Bonifacio IV ya había designado el 1º de noviembre como el día de Todos los Santos, una fecha para honrar  a santos y mártires. Posteriormente se instituyó la fiesta de Todos los fieles difuntos el 2 de noviembre, una fecha para honrar a quienes habían fallecido. La víspera de Todos los santos, el día de la fiesta y el día de los fieles difuntos se celebraba con grandes fogatas, desfiles y disfraces de santos, ángeles y diablos.

Este fue el sabio designio de la Iglesia misionera al actuar frente a las celebraciones paganas a las que transformó. Ella ordenó las costumbres y hábitos que han existido en los pueblos de religión católica.

Un proceso regresivo, el retorno al paganismo

¿Cómo podríamos interpretar el gran énfasis actual del Halloween sobre lo macabro y lo oculto?, ¿es un simple proceso de secularización?, ¿es una noche para explotar la credulidad y los temores de los niños sobre los espíritus y fantasmas? Pienso que existe algo más en el fondo.

Restaurantes y cafés decoran de forma característica sus locales para la 
celebración del Halloween. ¿Es el regreso al paganismo?

En lugar de las venerables tradiciones sabiamente implementadas por la Iglesia que reemplazaron a las costumbres paganas, hoy estamos atestiguando un proceso regresivo. Una sociedad paganizada está barriendo hasta con el recuerdo de nuestras fiestas católicas. Halloween alguna vez designó la víspera de la Fiesta de Todos los santos, pero hoy se ha convertido estrictamente en una celebración secular en la mente de la mayoría de las personas. La fiesta de los fieles difuntos ha sido casi erradicada de la memoria de la sociedad.

Las fiestas católicas tenían como objetivo mostrar a los fieles que las almas justas creyentes en la Resurrección y en una retribución eterna no tenían nada que temer a la muerte. Se conmemoraba a los muertos, y al hacer esto, se invitaba a los fieles a realizar una saludable meditación sobre la muerte. Al explotar los esqueletos, los fantasmas, vampiros y demonios, incluso a través de grotescos disfraces y máscaras, el moderno Halloween hace algo más que borrar la memoria de los difuntos, es una especie de invitación dirigida a nuestros niños para acostumbrarse al peor lado del paganismo, hacia la familiaridad con el horror y lo maligno.

El mero hecho de que los católicos ya no se perturben ante este rampante neopaganismo y ante la desaparición paulatina de nuestras festividades religiosas, es un signo de cuánto se ha debilitado esta vigilancia católica. A través de los años la mayoría de los padres de familia han dejado de transmitir las costumbres católicas a sus hijos, monjas y sacerdotes en las escuelas católicas ya no difunden la herencia católica ni sus tradiciones. El resultado es que generaciones de niños ya no tienen memoria de las fiestas religiosas ni de las tradiciones.

¿Qué está tomando su lugar? No sólo son los valores seculares y el materialismo, lo que vemos es el regreso a rituales demoníacos del paganismo.

Por ejemplo, el Halloween actual enfatiza sobre la agresión, lo macabro, lo sanguinario, la muerte [como antónimo de la vida], lo monstruoso e incluso las figuras inmorales. ¿Qué horizontes ofrecen estas figuras siniestras y grotescas a los niños y la juventud? No es lo maravilloso, sino lo horrendo. ¿Qué clase de emociones estimulan? No la templanza y la serenidad que conllevan las celebraciones sobre la muerte, sino el tenor y la excitación nerviosa de los rituales paganos. Lo grotesco y lo monstruoso se están conviertiendo en algo connatural al espíritu moderno, lo cual es un producto típicamente neopagano.

Así que, ¿qué debemos hacer con el Halloween?

En principio, lo que presentamos a los niños debe tender a promover su madurez, sí sólo si es una influencia saludable. La Iglesia, en su sabiduría, estimuló la celebración del Festival de los Santos para formar la imaginación de los niños así como abrirles sus horizontes ante las grandes hazañas de héroes y heroínas de su Historia. Ella promovió las oraciones y las celebraciones por las almas de los fieles que ya han fallecido, de tal manera que los niños fueran más balanceados y serenos, en vez de agitarlos y atemorizarlos ante la imagen de un espectro de la muerte.

Mi consejo para enfrentar esto es el siguiente: Evítese participar en las conmemoraciones neopaganas del Halloween moderno. Reinstitúyase las costumbres católicas y celébrense las fiestas, santas y felices, del día de Todos los santos y Todos los fieles difuntos.

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN - DIBUJOS ANIMADOS

lunes, 29 de octubre de 2012

DICHOS DE SANTOS - 17


 “No resistir al error es aprobarlo, no defender 
la verdad, es sofocarla”.

(San Pío X, Papa)

SACRILEGIOS POSTCONCILIARES

EL CORÁN SOBRE EL ALTAR y UN IMAM PREDICANDO (JORNADA INTERRELIGIOSA, DIÓCESIS DE ARRAS, FRANCIA, OCTUBRE 2011)







Fuente: Catapulta

sábado, 27 de octubre de 2012

LE DESTRONARON (IX)


LA LIBERTAD DE CONCIENCIA Y DE CULTOS 

 “Bajo el nombre seductor de libertad de culto, proclaman 
 la apostasía legal de la sociedad.” 
 León XIII 

En la encíclica Libertas el Papa León XIII pasa revista a las nuevas libertades pro-clamadas por el liberalismo. Seguiré su exposición paso a paso(1)

“(...) bueno será considerar una por una esas varias conquistas de la libertad que se dicen logradas en nuestros tiempos.” 

La libertad de cultos (o libertad de conciencia y de cultos) es la primera; es, como lo explica León XIII, reivindicada como una libertad moral de la conciencia individual y como una libertad social, un derecho civil reconocido por el Estado: 

“Sea la primera considerada en los particulares, la que llaman libertad de cultos, en tan gran manera contraria a la virtud de la religión. Su fundamento es estar del todo, en mano de cada uno, el profesar la religión que más le acomode, o el no profesar ninguna. Pero, muy al contrario, entre todas las obligaciones del hombre, la mayor y más santa es, sin sombra de duda, la que nos manda adorar a Dios pía y religiosamente. Dedúcese esto necesariamente de estar nosotros de continuo en poder de Dios, y ser por su voluntad y providencia gobernados, y tener en El nuestro origen, y haber de tornar a El.” 

Si en efecto el individuo-rey es considerado la fuente de sus propios derechos, es lógico que él atribuya a su conciencia una plena independencia en relación a Dios y a la religión. León XIII considera luego la libertad religiosa en cuanto derecho civil(2)

“Considerada en el Estado la misma libertad, pide que éste no tribute a Dios culto alguno público, por no haber razón que los justifique; que ningún culto sea preferido a los otros; y que todos ellos tengan igual derecho, sin respeto ninguno al pueblo, dado caso que éste haga profesión de católico.” 

Si la sociedad no es más que una colección puramente convencional de individuos-rey, nada debe a Dios y el Estado se considera libre de todos los deberes religiosos; lo que es manifiestamente falso, dice León XIII: 

“No puede, en efecto dudarse que la sociedad establecida entre los hombres, ya se mire a sus partes, ya a su causa, ya la gran cantidad de utilidades que acarrea, existe por voluntad de Dios, que es quien creó al hombre para vivir en sociedad, y quien le puso entre sus semejantes para que las exigencias naturales, que él no pudiera satisfacer solo, las viera cumplidas en la sociedad. Así es que la sociedad, por serlo, ha de reconocer como padre y autor a Dios, y reverenciar y adorar su poder y su dominio. Prohíbe, pues, la justicia, védalo también la razón, que el Estado sea ateo, o lo que viene a parar en el ateísmo, que se haya de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones, y conceda a todas, promiscuamente, iguales derechos.” 

León XIII no deja de dar una precisión necesaria: cuando se habla de la religión de una manera abstracta, se habla implícitamente de la única verdadera religión, que es la de la Iglesia católica: 

“Siendo, pues, necesario al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera, la cual sin dificultad se conoce, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como sellados los caracteres de la verdad.” 

En consecuencia el Estado debe reconocer la verdadera religión en cuanto tal y profesar el catolicismo(3). Las líneas siguientes condenan sin apelación el supuesto agnosticismo del Estado y su pretendida neutralidad en materia religiosa: 

“Esta religión es, pues, la que han de conservar los que gobiernan; ésta la que han de proteger, si quieren, como deben, atender con prudente utilidad a la comunidad de los ciudadanos. La autoridad pública está, en efecto, constituida para utilidad de sus súbditos; aunque próximamente mira a proporcionarles la prosperidad de esta vida terrena, con todo, no debe disminuirles, sino aumentarles la facilidad de conseguir aquel sumo y último bien, en que está la sempiterna bienaventuranza del hombre y a la que no puede llegarse descuidándose de la religión.” 

Volveré sobre estas líneas que contienen el principio fundamental que regula las relaciones del Estado con la religión, es decir, con la verdadera religión. 

La encíclica Libertas es del 20 de junio de 1888. Un año más tarde, León XIII vuelve sobre el tema de la libertad de cultos para condenarla nuevamente en términos admirables, con celo enteramente apostólico, en su Carta al Emperador de Brasil(4)

He aquí extractos que muestran lo absurdo y lo impío de la libertad de cultos, ya que implica siempre el ateísmo del Estado: 

“La libertad de cultos, considerada en relación a la sociedad, está fundada sobre el principio de que el Estado, incluso en una nación católica, no está obligado a profesar o a favorecer ningún culto; debe permanecer indiferente respecto a todos y tratarlos jurídicamente igual. No se trata aquí de esta tolerancia de hecho que en circunstancias dadas puede ser concedida a los cultos disidentes; sino de reconocerles esos derechos que sólo pertenecen a la única verdadera religión que Dios ha establecido en el mundo y que ha señalado por caracteres y signos claros y precisos, para que todos puedan reconocerla como tal y abrazarla. 

“Además, semejante libertad pone sobre un mismo plano la verdad y el error, la fe y la herejía, la Iglesia de Jesucristo y cualquier otra institución humana; establece una deplorable y funesta separación entre la sociedad humana y Dios, su Autor; desemboca finalmente en la triste consecuencia del indiferentismo de Estado en materia religiosa, o, lo que es lo mismo, su ateísmo.” 

¡Son palabras que valen oro! Son palabras que deberían aprenderse de memoria. La libertad de cultos implica el indiferentismo del Estado respecto a todas las formas religiosas. La libertad religiosa significa necesariamente el ateísmo del Estado. Pues al reconocer o favorecer a todos los dioses, el Estado de hecho no reconoce a ninguno, ¡especialmente no reconoce al Verdadero Dios! ¡He aquí lo que respondemos cuando se nos presenta la libertad religiosa del Vaticano II como una conquista, como un progreso, como un desarrollo de la doctrina de la Iglesia! ¿El ateísmo es acaso un progreso? La “teología de la muerte de Dios” ¿se inscribe en la línea de la tradición? ¡La muerte legal de Dios! ¡Es inimaginable! 

Y bien veis que de eso estamos muriendo: en nombre de la libertad religiosa del Vaticano II se han suprimido los Estados todavía católicos, se los ha laicizado, se ha borrado de las constituciones de dichos Estados el primer artículo que proclamaba la sumisión del Estado a Dios, su Autor, o en el cual hacía profesión de la verdadera religión(5). Esto es precisamente lo que los masones no querían escuchar más; entonces encontraron el medio radical: obligar a la Iglesia, por la voz de su magisterio, a proclamar la libertad religiosa, ¡nada menos!; y así por una consecuencia inevitable, obtener la laicización de los Estados católicos. 

Se sabe bien, pues es un hecho histórico que fue publicado por los diarios de Nueva York en su momento, que el Card. Bea, la víspera del concilio, fue a visitar a los B'nai B'rith: los “hijos de la Alianza”, una secta masónica reservada únicamente a los judíos, de gran influencia en el mundialismo occidental(6). En su calidad de Secretario del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, apenas fundado por Juan XXIII, les preguntó: –Masones, ¿qué queréis? Ellos le respondieron: – la libertad religiosa: proclamad la libertad religiosa y la hostilidad cesará entre la masonería y la Iglesia Católica! Pues bien, tuvieron la libertad religiosa; en consecuencia, ¡la libertad religiosa del Vaticano II es una victoria masónica! Y esto queda corroborado por el siguiente ejemplo: hace algunos meses, el Presidente Alfonsín de la Argentina, recibido oficialmente en la Casa Blanca en Washington y por la B'nai B'rith en Nueva York, fue condecorado por los masones con la medalla de la libertad religiosa, por haber instaurado un régimen de libertad de cultos y de religión(7). Por eso nosotros rechazamos la libertad religiosa del Vaticano II, la rechazamos en los mismos términos que lo hicieron los Papas del siglo XIX, nos apoyamos en su autoridad y nada más que en su autoridad: ¿qué mayor garantía podemos tener de estar en la verdad sino ser fuertes por la fuerza misma de la tradición, de la enseñanza constante de los Papas Pío VI, Pío VII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, Benedicto XV, etc. que todos sin excepción condenaron la libertad religiosa, tal como lo mostraremos en el capítulo siguiente? 

Concluiré este capítulo citando un pasaje de la carta “E Giunto” en la cual el Papa León XIII hace prueba, una vez mas, de una clarividencia y de una fuerza admirables en su juicio sobre la libertad religiosa (que él llama aquí libertad de cultos): 

Pero sería superfluo insistir sobre esas reflexiones. Repetidas veces en documentos oficiales dirigidos al mundo católico, NOS hemos demostrado cuán errónea es la doctrina de aquellos que bajo el nombre seductor de libertad de culto, proclaman la apostasía legal de la sociedad, apartándola así de su Divino Autor.” 

La libertad religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien; pues es eso lo que respondo a Roma, cada vez que quieren obligarme a aceptar globalmente el Concilio o especialmente la declaración sobre la libertad religiosa. 

Rechacé firmar ese acto conciliar el 7 de diciembre de 1965, y ahora, veinte años después, las razones para no hacerlo no han hecho más que aumentar. ¡No se firma una apostasía! 

Notas: 

(1) PIN. 201 y siguientes. 

(2) Remitirse a los textos citados en el capítulo precedente, de las encíclicas Immortale Dei de León XIII y Quanta Cura de Pio IX; y al capítulo siguiente.

3) Es decir, inscribir en la Constitución el principio de este reconocimiento. 

(4) Carta È Giunto del 19 de julio de 1889. 

(5) Cf. más adelante, Cap. XXXII, nota 293. 

(6) Cf. H. le Caron, op. cit., pág. 46. 

(7) “Diario de Ginebra”, sábado 23 de marzo de 1985. 

LE DESTRONARON 
Mons. Marcel Lefebvre

viernes, 26 de octubre de 2012

martes, 23 de octubre de 2012

EL SANTO ÁNGEL CUSTODIO DE ESPAÑA

Esta imagen se venera en la  Parroquia de San José.
C/ Alcalá, 41. Madrid

Conocer bien las necesidades, calcular bien las fuerzas disponibles, precisar bien las metas, he ahí algunas obligadas resoluciones en el plan de acción para la renovación total en el campo católico. Pero en estos tiempos, más que nunca, hace falta tener presente que nuestras armas o recursos son, sobre todo, los espirituales y que, entre ellos, hay que contar con la protección de los ángeles. Por algo la Iglesia reza constantemente: "Tú, príncipe de la celestial milicia, relega al infierno con divino imperio a Satanás y a los demás espíritus malignos que, en su intento de perder a las almas, recorren la tierra". Sí, que "no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires".

Los ángeles buenos son innumerables. Millones de millones. Y el Creador de ellos les dictó instrucciones detalladísimas respecto a nosotros. Y así como la Iglesia a cada nación accede gustosa a darle algún santo patrono, así también Dios a cada una le señala su correspondiente ángel custodio. De manera que, entre todos aquellos seres a quienes puede llamárseles vicegerentes supremos del Señor, los unos son visibles, invisibles los otros. Visibles: en el orden y esfera religiosa, el Romano Pontífice; en el orden y esfera secular, el Jefe de cada Estado. Invisibles: en la esfera y orden eclesiástico, un hombre —San José, universal patrono— y un ángel —San Miguel, protector de la Iglesia como antes lo había sido del pueblo hebreo—; en la esfera y orden nacionales, un hombre —Santiago para España— y un ángel —el Ángel Custodio de la Patria".

Cuando subía España la penosa cuesta del siglo más desgraciado de su historia, obtuvo como compatrono a su ángel tutelar, en honor del cual le fueron aprobados por la Santa Sede oficio y misa propios con rito doble de segunda clase y octava, señalando la fiesta para el primero de octubre. Transcurrieron los años y se dio al olvido aquella concesión que, sin embargo, parecía ser tan providencial. Pero nuevamente un gran siervo de Dios, el sacerdote tortosino Manuel Domingo y Sol, destacado apóstol de la devoción general a los ángeles, promovió también ardorosamente la de aquel a quien llamaba con cariño sin límites "su" Santo Ángel de España. "Nadie, decía, me estima bastante a mi Ángel de España, a pesar de su patronato. Es una incuria incomprensible el olvido en que le tenemos. ¿Cómo no hemos de redoblar nuestras oraciones a él hoy que nuestra España se encuentra agitada y combatida por las sectas del infierno, que tratan de arrebatarle el tesoro de su fe y empobrecerla y humillarla? Las circunstancias críticas de España reclaman acudir a él".

Santo Ángel Custodio de España: Reducción de la estampa del Santo Ángel Custodio de España mandada dibujar por el mismo Reverendísimo Señor Don Manuel D. Sol (Beato Manuel Domingo Sol, 1836-1909).

Desde 1880, al menos, hasta 1909, año en que voló al cielo, se desvivió en múltiples formas para atraer la atención de España hacia el olvidado protector. Fue este entusiasmo, en el celoso sacerdote, efecto natural de su ardiente devoción a los ángeles y de su profundo patriotismo. Después de perseverantes pesquisas pudo al fin conseguir una estampa del Santo Ángel del Reino editada en Valencia en 1837. No le satisfizo cuando la hubo visto y entonces ideó otra que resultó preciosa, diseñada bajo su inspiración por el dibujante barcelonés Paciano Ros y reproducida en fototipia por los talleres, también barceloneses, Thomas Y Compañía. En lo alto del firmamento, un corazón envuelto en llamas, rodeado de esta inscripción: "¡Reinaré en España!" Debajo, la Purísima, con Santiago y Santa Teresa a sus lados. En el centro inferior, ya en tamaño grande, fina y bellamente dibujado, el Santo Ángel, lleno de majestad, una espada en la diestra y el mapa de España delicadamente protegido con la mano izquierda. En, el fondo, revolviéndose y pretendiendo erguirse, dos monstruos infernales. Finalmente, aquel texto del salmo 33: "Enviará el Señor su ángel alrededor de los que le temen y los librará". Y esta invocación: "Virgen Inmaculada, Santiago Apóstol, Santa Teresa de Jesús y Santo Ángel, patronos de España, conservadnos la fe y defendednos de los enemigos de nuestra patria". Imprimió, por lo pronto 85.000 estampas en diversos tamaños y 90.000 hojas de propaganda de esta devoción. Más tarde costeó otras cien mil estampas y hojas volanderas.

El 6 de mayo de 1896 le autorizó su prelado para establecer en la diócesis una piadosa liga de oraciones al Santo Ángel del Reino. Dos días después, en los varios periódicos de Tortosa y en revistas de distintas capitales publicó ampliamente el proyecto. Escribió asimismo a todos los seminarios de España invitándoles a que fundasen otros tantos centros diocesanos para extender dicha unión. De más de doce sitios le contestaron enseguida aceptando encantados y los señores obispos indulgenciaron la inscripción. Simultáneamente hizo prender el fuego en los alumnos del Colegio de San José de Roma fundado por él hacía cuatro años. Y así lo atestiguan varios prelados que habían seguido allí sus estudios. Uno de ellos escribe: "De ti, amado padre, aprendí a venerar, a amar al Santo Ángel Custodio de España. En el Pontificio Colegio Español de San José de Roma, con fervor piadoso y con patriótico ardimiento, inculcabas a todos los alumnos esta santa devoción. Por tu amor salgo a propagarla. Mejor que antes en la tierra puedes ahora desde el cielo lograr que se extienda y arraigue". Estas palabras constituyen la "dedicatoria" de la sustanciosa y bellísima "novena" —todo un tratado de Ángelología— que en honor del Santo Ángel Custodio de España publicó en 1917 el Dr. D. Leopoldo Eijo y Garay, más tarde Excmo. Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá. Tal joya de novena fue reeditada el año 1936 en Vitoria por la Dirección General de la Obra Pontificia de la Santa Infancia. ¿No cabría pensar que la difusión de esa novena precisamente aquellos años pudo ser parte para la asombrosa victoria de quienes, en los humano, éramos impotentes ante los formidables enemigos de la guerra... y de la posguerra?

En 1920 el Santo Ángel Tutelar de España tenía ya un espléndido altar en la parroquia de San José de Madrid. Fue inaugurado el 13 de mayo de ese año, con asistencia de la Real Familia en pleno. Y aquel mismo día quedó también establecida, a propuesta de Su Majestad D. Alfonso XIII, la "Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio del Reino". Alma de todo ello fue otro hijo espiritual de don Manuel Domingo y Sol: el sacerdote don Luís Íñigo, quien, como testamentario de aquél en todo lo concerniente al Santo Ángel, logró ver puesta en marcha la asociación en cuarenta provincias de España. Él fue quien una vez nos dijo: "En mi última entrevista con don Manuel, me hizo prometerle que no abandonaría el asunto del Santo Ángel mientras yo viviese. La primera parte de mi propósito está conseguida, pues en toda España se conoce y se practica la devoción al Santo Ángel. Ahora quisiera que se fomentase entre los niños esta devoción y que, en un día determinado, los niños y niñas de los colegios asistiesen a una fiesta en la que desfilasen ante la imagen del Santo Ángel y depositasen a sus pies una flor y diesen un beso a la bandera española".

Copiosa correspondencia se cruzó también entre el siervo de Dios y su joven amigo sobre otra iniciativa del primero: la de erigir en el Cerro de los Ángeles, próximo a Madrid, un monumento al Santo Ángel de España. No es posible expresar en pocas líneas todas las reservas de entusiasmo que el insigne apóstol dedicó a este proyecto. La tarde del 21 de abril de 1902 fue personalmente al Cerro de Getafe, entonó una salve a Nuestra Señora de los Ángeles en la iglesia y después, con íntima ilusión, se puso a planear y discurrir, pareciéndole todo cosa facilísima en punto a ejecución. Las enfermedades y las atenciones a sus muchas empresas le impidieron luego caminar deprisa, pero hasta tres meses antes de morir siguió escribiendo a unos y otros sobre el acariciado anhelo. Entre otros encargos hizo éste: "Que la hermandad deje aquí un recuerdo a su abogado". Se refiere a la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús, en cuyas constituciones, redactadas por él, nombra varias veces al Santo Ángel de España, elegido para la misma como abogado especial.

Se pregunta uno ahora: ¿no sería deseable que, dentro de la más perfecta armonía arquitectónica, ese deseo de un santo quedase al fin plasmado entre las edificaciones que hoy ocupan el sagrado lugar, centro geográfico de la Península?

Cuando solamente existía allí la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la mente de don Manuel Domingo y Sol relacionaba con dicha iglesia el soñado monumento. Ahora en cambio, ante el nuevo carácter que han revestido aquellas alturas, él, si viviese, revisaría sin duda su concepción primera, para estudiar en qué sitio preciso parecía mejor instalarlo. El no haberlo realizado medio siglo atrás puede hoy ser un bien, para que resulte posible planearlo de un modo definitivo, Una vez colocado allí el Santo Ángel del Reino, se atraería fácilmente las miradas y los corazones de toda España. Podría al mismo tiempo inspirarles a los católicos extranjeros que pasan por Madrid la magnífica idea de difundir en sus naciones la devoción al respectivo ángel tutelar de ellas.

Pocos años después de haber fallecido don Manuel Domingo y Sol, el ángel de Portugal en 1916 se apareció varias veces a los privilegiados niños de Fátima. Por conducto de ellos pidió a la humanidad oración, penitencia, reparación eucarística, recurso confiadísimo al Inmaculado Corazón de María. ¡Qué gozo ver así confirmada la designación, por parte de Dios, de ángeles custodios de las naciones! Harto bien lo sabía el apostólico varón tantas veces citado, quien hablaba de los ángeles. Como si los estuviera viendo y escribía de ellos, por ejemplo: "Hay que poner en contacto, a los ángeles de España y de Portugal. Diríase que, reñidos los españoles y los portugueses —vecinos del entresuelo y del principal—, no se cuidan para nada los unos de los otros". Ese propósito de poner en contacto a los dos celestiales confidentes y amigos suyos apuntaba en último término a su elevado plan de promover a fondo el intercambio cultural y apostólico de una y otra nación hermanas. Y así le confiaba también sus empresas de celo al Santo Ángel Custodio de Francia cuando la cruzaba muchas veces en sus viajes a Roma.

¿Qué hacer entonces para aprovechar tan útil ejemplo de santo patriotismo? Ante todo, naturalmente, ahondar en la fe de que, como dice San Pablo, "todos los ángeles son gestores de Dios, puestos al servicio de quienes hemos de lograr salvarnos". Después, recordar que la custodia de los ángeles es una admirable aplicación de la providencia divina; tener presente que en todas nuestras buenas obras intervienen los ángeles. Felicitarnos, además, de que, como advierte San Bernardo, los ángeles reúnan en sí tres magníficas dotes que siempre deseamos y exigimos en los supremos gobernantes: lealtad a toda prueba, prudencia exquisita y un poder inmenso. También son luz para las almas; su vigor nos contagia; saben, quieren y pueden defender nuestros intereses materiales. ¿Caben disposiciones más deseables en el ángel tutelar de una patria?

Lo que falta ahora es que esa patria se ejercite generosamente en aquellas virtudes en que los ángeles se complacen tanto: sumisión fiel y disciplinada a las órdenes del Altísimo; pureza e integridad cristianas; singularísima predilección por toda clase de obras consagradas a la educación e instrucción de los niños. Muy bien se ha preguntado: "¿Quién sabe si las calamidades que muchas veces llueven sobre los pueblos son la venganza de los ángeles por el abandono en que se deja a los niños, por los escándalos que se dan a los niños, por el daño que se causa a los ángeles de la tierra corrompiéndoles el corazón y la inteligencia? Espanta pensar cuán terribles deben de ser las órdenes del santo ángel de una nación a los demás ángeles, para vengar... tantos crímenes como se cometen contra los niños, aun antes de que nazcan. Quienes aman a los niños con amor cordial práctico se atraen la complacencia de los ángeles y, sobre todo, del santo ángel tutelar de la patria".

Ojalá todas las editoriales, todos los publicistas católicos, todas las familias fervorosas inunden hoy a España otra vez con estampas del Santo Ángel del Reino y con impresos explicativos de la excelsa misión que le está confiada en el plan divino. ¡Quién viera en todos los hogares, junto a la imagen del ángel individual de la guarda, venerada también la del Santo Ángel de la Nación! ¡Y quién viera que el amor a Él no sólo penetraba en las casas, sino que se adueñaba de las madres españolas y que éstas, con sus palabras, chispas de fuego del corazón, con miradas que son ráfagas de luz del entendimiento, con besos, insuperables para imprimir hondamente en el alma las ideas y afectos, grababan en las de sus hijitos, a la vez que la devoción al ángel de la guarda y al del Reino, el amor a la Iglesia y a la patria! ¡Quién pudiera lograr que simultáneamente esa devoción privada se transformase en pública y que en los templos se levantasen altares dedicados al príncipe de la milicia celestial guardiana de España, y que nuestras juventudes se congregasen en torno a esas imágenes para enardecerse en amor a la patria española y católica, a fin de estar dispuestas a derramar por ella la sangre cuantas veces fuera necesario!

Si para organizarlo todo ello se infundía vida nueva a la Asociación Nacional del Santo Ángel del Reino, mejor aún. Finalidad suya sería propagar por todas las diócesis la devoción al mismo. Fomentar en todos los españoles la santa virtud del patriotismo. Obtener del Corazón divino de Jesús por intercesión del Ángel del Reino el engrandecimiento espiritual y temporal de España. Que, al fin y al cabo, ese Corazón amabilísimo, fusilado un primer viernes de mes en su imagen, pero entronizado otra vez allí mismo en el centro de la Península, él es quien ha confiado al Ángel del Reino el mando supremo de las fuerzas angélicas encargadas de la defensa individual y social de los españoles.

"¿Con cuántas divisiones militares cuenta el Vaticano?", preguntó un día Stalin. ¿Con qué posibilidades en tierra mar y aire, con qué superproducción de armas nucleares —preguntamos nosotros—, con qué seguridades de defensa y victoria cuenta una nación como la nuestra, no opulenta ni mucho menos, en estos años explosivos de la historia del mundo?

Respuesta primerísima: por lo pronto, con aquellas armas que un ángel dejó ver a Judas Macabeo. Y después, sobre todo, con el arma de aquella fe invencible que habló así por tantos labios y que jamás dejará de hablar: "Nuestro Dios, al que servimos, puede librarnos del horno encendido. Y si no quisiere, sábete, rey, que no adoraremos a los falsos dioses ni inclinaremos la cabeza ante la estatua que has levantado."

Buenaventura Pujol

Texto tomado de mercaba.org

lunes, 22 de octubre de 2012

DICHOS DE SANTOS - 16


Es imposible que un alma conozca a Dios 
de veras y que no sea humilde.

Santa Teresa de Jesús 

LAS HEREJÍAS DE MARÍA VALTORTA


APRECIACIÓN GENERAL

La obra María Valtorta presenta tantas irregularidades que es difícil entender como es que ha podido tener aceptación en los medios católicos, aún tradicionalistas, al parecer. En general, por las herejías que sustenta- y otras cuestiones negativas adyacentes- no comprendemos como pudo ser aceptada por sacerdotes de formación antigua, como un Romualdo Miglirini asistente espiritual de Valtorta, y un Fray Juan de Escobar, avalador de las ediciones de la obra, por lo menos de 1976.

O bien no leyeron éstos detenidamente los escritos de María Valtorta –lo cual es difícil de suponer, dada la seriedad de la cuestión-, o actuaron – y actúa como Escobar- como cómplices de la propagación de una obra que presenta gravísimos errores en materia de fe. Sea como fuere. En la obra de Valtorta hay un misterio de complejidad con la herejía, que envuelve en particular últimamente a los “comentaristas” de la obra que evidentemente son postconciliares, y que en notas al calce delas páginas insertan comentarios haciendo notar la coincidencia de muchas doctrinas de María Valtorta con los errores del Vaticano II .

El asunto es que a través de varias ediciones producidas últimamente por un llamado “Centro Editorial Valtortiano” central de la edición en varios idiomas de El hombre Dios, la obra está recibiendo amplia difusión.

El editor un señor Emilio Pisani, en compañía de Fray Escobar, traductor al castellano de la obra, esta evidentemente confiado en la ignorancia de los católicos (aunque las herejías fundamentales de la obra son evidentes hasta para un niño del catecismo) para conseguir, como lo ha estado haciendo hasta hoy, el éxito de librería de la obra Valtorta.

Es preciso hacer notar algo importante respecto a las ediciones de la obra de Valtorta. En ninguna de las ediciones en castellano –desde 1976- aparece constancia de la Censura Eclesiástica. Ciertamente para nosotros, católicos, la censura de libros ,- con la cual hicieron un astuto juego los postconciliares, suprimiéndola por unos años después del Vaticano II para dejar correr las herejías, y renovándola posteriormente a su manera- no es válida-. La valida para nosotros es la del antiguo y permanente Código de Derecho Canónico anterior a la reforma efectuada por orden de Juan Pablo II. Ahora bien, en la edición de 1976, – castellano que es la que tenemos a la vista junto con la de 1989 – no aparece ninguna Censura o “Nuhil Obstat”- . Conocemos la ligereza de los postconciliares en esto de la censura, pero lo que hay que hacer notar, repetimos, es el hecho de que valiéndose de los textos de la Valtorta para apoyar las doctrinas del Vaticano II, no aparezca el apoyo de la Censura postconciliar. ¿No han querido comprometerse para poder dejar la puerta abierta a una autodefensa ante la acusación de hereje cómplices del libro que por otra parte comenta favorablemente ?. Bien que ellos así son. Mas no deja de ser un dato interesante.

Por otra parte, se dice en la Introducción a la edición en castellano de 1976, que María Valtorta “ el 18 de abril de 1949 ofreció a Dios el sacrificio de no ver la aprobación de su obra, uniendo a este sacrificio el precioso don de su inteligencia”. Esto significa evidentemente o da a entender, que la obra de Valtorta fue sometida a censura y no logró la aprobación eclesiástica. Eran los tiempos de S.S. Pío XII. y repite el P. Escobar: “María no pudo tener la satisfacción de ver que su obra era aprobada” (P.9) No explica si por fin la obra tuvo o no la aprobación. Pero tratándose de una cuestión tan seria, lo menos que podía hacer Escobar es consignar la fecha de la aprobación, si es que hubo posteriormente, después de aquel rechazo de 1949. Que hubo rechazo de la obra por parte de la autoridad eclesiástica, lo indica claramente Escobar al mencionar el sacrificio de Valtorta, y la fecha que seguramente fue en la que recibió la negativa. “El 18 de abril de 1949. Los motivos para el rechazo más que nada en aquel entonces, eran más que suficientes,

Algo sobre las leyes canónicas de la Santa Iglesia respecto a la censura eclesiástica de libros, escritos diversos, revelaciones, etc.

Lo que en el Código de Derecho Canónico se expresa. – el antiguo –sobre la publicación de libros, artículos, textos de revelaciones privadas, imágenes religiosas, todo tema religioso, en fin, está contenido en los cánones del 1384 al 1400 principalmente. Ahí se expresa:

1.- Que la Santa Iglesia tiene derecho de exigir que los fieles no publiquen libros que ella no haya previamente examinado, y a prohibir con justa causa todo lo que haya sido publicado sin su autorización por cualquier persona.

2.- Todos los escritos antes de su publicación deben ser aprobados por el obispo de la diócesis dentro de la cual se publica la obra. Este obispo tendrá nombrado un censor de oficio, clérigo dedicado a examinar el contenido de lo que se piensa publicar, para determinar si no contiene errores contra la fe y costumbres. Una vez aprobada la obra se incluirá en las primeras páginas el Nihil Obstat con la firma del censor y aprobación del obispo. También se expresa con la frase Con las debidas licencias o Imprimatur – puede imprimirse- Si la obra presentada para ser examinada contiene algún error. Es rechazada y se niega la aprobación, por lo cual el autor no puede publicarla, o si la publica sin la constancia de censura incurre en grave delito al que se refiere el Canon Núm .2318 que dice:

2318. Incurren en excomunión ipso facto reservada de un modo especial a la Santa Sede, una vez que la obra es del dominio público, (ipso facto quiere decir sin necesidad de ninguna declaración) los editores de libros apostatas, herejes o cismáticos, en los que se defiende la apostasía, la herejía o el cisma y asimismo los que defienden dichos libros u otros prohibidos nominalmente por letras apostólicas, o los que a sabiendas y sin la licencia necesaria, los leen o los retiene en su poder. (Sin la licencia necesaria significa que a determinadas personas cuyo criterio católico es confiable, la Iglesia puede conceder la lectura de libros prohibidos en particular para estudiarlos para su refutación) continúa…

Los autores y editores que sin la debida licencia, hacen imprimir libros de las Sagradas Escrituras o sus anotaciones y comentarios, incurren ipso facto en excomunión no reservada.

Ahora bien, aquí cabe una observación: no existiendo al presente autoridades canónicamente jerárquicas que juzguen según el Derecho sobre los libros, ¿a qué nos atenemos los católicos respecto a los libros que en defensa de la Fe se publican sin aparecer licencia?… En primer lugar, hay que tener en cuenta la intención con la que escriben los sacerdotes y laicos que al momento presente escriben en defensa de la Fe católica y de la Iglesia verdadera. Esta intención conlleva ya el deseo de conformar sus escritos con la Doctrina verdadera. Por lo general, son personas preparadas doctrinalmente que han podido detectar los errores de la Iglesia postconciliar, y han comentado unos con otros los mismos temas. El Magisterio de la Santa Iglesia ha determinado clara y abundantemente a través de veinte siglos cuál es la recta Doctrina, de modo que no es difícil compararla con las novedades heréticas, colaborando a que la Doctrina verdadera se mantenga y los fieles logren rechazar los errores. Pero además, hay que hacer notar que siendo el deseo manifiesto de los escritores tradicionalistas defender la Fe, seguramente todos están dispuestos, si se les hace notar algún error, a conformar su pensamiento con el de la Santa Iglesia. Esto vale por la situación presente en que quedaría un inmenso hueco sin llenar, de no existir quien tomase la defensa escrita de la Doctrina; mucho antes de aparecer los cánones censurando los libros, millares de católicos escribieron difundiendo y defendiendo la Fe. La censura se hizo necesaria en particular al aparecer los errores difundidos por Lutero.

Ahora bien, más que nunca son válidos los cánones que previenen contra libros heréticos que personas con una elemental cultura religiosa pueden detectar, y es deber de quienes pueden comprobar comparándolos con la doctrina verdadera, que una obra o escrito contienen herejías, al advertir sobre todo en este momento acerca de dichos errores. La manera de probar con seguridad, es comparar la doctrina errónea con la Doctrina de la Iglesia. Esta prueba es irrefutable de por sí.


VOLVIENDO A LA OBRA DE MARÍA VALTORTA

Aquí se trata de un comentario a su obra, haciendo notar los errores, algunas herejías, en que ella incurre, comparadas con la Doctrina de la Santa Iglesia. No se trata de un juicio de su personalidad ni de su intención, sólo de hacer notar lo que una censura eclesiástica normal no aceptaría de sus escritos.

Una observación más

Antes de pasar adelante en este comentario queremos recordar que la Santa Iglesia no obliga, sino que deja en libertad a los católicos de aceptar o no las revelaciones privadas. Lo único que está obligado un católico a aceptar son los dogmas de la Fe.

Por otra parte, la Santa Iglesia reconoce que hasta en los escritos de los ya llamados “ siervos de Dios” es posible que se encuentren errores. “ Siervos de Dios” son aquellos cuyos juicios para la posible beatificación se ha iniciado, y cuyas personas y vida pueden ser dados a conocer. No obstante, en su constante solicitud por mantener libre de error la manifestación de la Fe incluso en los escritos de estos siervos, la Iglesia somete estos escritos a una Comisión especial sobre cuyo resultado dictamina el mismo Romano Pontífice, quien decide según el resultado si puede o no llevarse adelante la causa. Por lo general se ha encontrado – si los escritos hubieran sido publicados durante la vida del autor que éstos no contienen error alguno, mas son sometidos a estudio los inéditos principalmente, dado que en general los siervos de Dios que han escrito lo han hecho con abundancia, aunque no todos incluyen revelaciones. “Los escritos de los Siervos de Dios en los cuales se encuentre alguna cosa que pueda escandalizar a los fieles, o no conformes con la fe, son juzgados en última instancia por el Romano Pontífice, quien decide si se puede o no seguir adelante”. (Canon 2071, Derecho Canónico)

Pero hay algo más sobre lo cual juzga la Santa Iglesia en su solicitud. El Canon Núm. 2072 dice que “El juicio favorable del Romano Pontífice no constituye la aprobación de los escritos, ni es obstáculo para que el Promotor de la fe y los consultores, puedan y deban proponer en la discusión de las virtudes las objeciones sacadas de los escritos del Siervo de Dios”. Aclaramos en este caso el Papa no está definiendo sobre cuestiones de fe, y de los errores del considerado puede deducirse algo que hable mal de las virtudes del mismo. Tal es, en una palabra, lo que la Iglesia determina sobre escritos, y por lo mismo revelaciones privadas, -supuestamente revelaciones- de los que escriben sobre cuestiones religiosas en particular de orden místico.

En última instancia, no es por sus escritos (aunque su contenido cuente mucho para el caso) por lo que la Santa Iglesia canoniza a un individuo, sino por sus virtudes que se tiene que demostrar que practicó heroicamente. La cuestión de sus escritos es cosa secundaria aunque mucho cuenten, sobre todo si hizo con ellos durante su vida labor apostólica y pueden ser útiles para la promoción de la vida espiritual y difusión de la Fe o su defensa.

La Iglesia toma mucho en cuenta la actitud general que respecto de la obediencia a la misma tuvo durante su vida el escritor, y si en el caso de los Siervos de Dios se puede suponer que si escribió algún error, si viviera se retractaría. Respecto a las revelaciones (supuestas) privadas, podemos demostrar cómo aún en el caso de los santos pueden ser falsas; tal es el caso de San Vicente Ferrer, (año 1415) quien siendo eminente defensor de la Iglesia en su tiempo, cayó en el error de predicar que el fin del mundo estaba cercano, lo cual creyó la mayoría de la cristiandad, habiendo resultado falso el anuncio. Esto nos puede prevenir contra predicciones semejantes.

Por último, podemos recordar que el gran Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, quien abundantemente escribió sobre cuestiones de Fe y también místicas, queriendo permanecer en fidelidad a la Iglesia y previendo que en sus escritos pudiera hallarse algún error contra la Fe, (que por otra parte Jamás se encontró) no obstante su gran sabiduría, con gran humildad escribió como culminación de su obra escrita lo siguiente, que resumimos: “Someto al juicio de la Santa Iglesia todos mis escritos”. Este ha sido posteriormente durante siete siglos el lema de muchos escritores católicos, que de antemano manifiestan someterse a este juicio para no quedar fuera de la Santa Iglesia por algo involuntario.

En el caso que tratamos de María Valtorta, queremos suponer que ella con buena fe se hubiera retractado de las herejías que escribió, si alguien con autoridad se las hubiera hecho notar, lo que lamentablemente no sucedió, ni aún por parte de los sacerdotes de formación antigua que la dirigieron espiritualmente e impulsaron. En el caso de los errores de sus obras, lo que es de lamentar no es que ella, por ignorancia, hubiera escrito cosas contra la Fe, sino que aún al presente se difunda su obra, y nada menos que por una casa editora fundada especialmente para esta difusión, careciendo sus obras de censura ninguna ni aún por parte de los postconciliares, que otorgan al presente dicha censura, -aunque ellos tampoco sean de fiar- pero al menos por la seriedad del caso.

Por lo cual es necesario y urgente proporcionar un ligero análisis de los principales errores de esta obra así divulgada.


LOS VISIBLES ERRORES CONTRA LA FE CONTENIDOS EN LA OBRA SON LOS SIGUIENTES:

1. Asegura la autora que la Revelación divina continúa, y que ella es la continuadora, llamándola el mismo Cristo “mi María Juan”, o sea, una especie de “hermana” de San Juan evangelista, cuya prolongación sería ella, encargada de proseguir y explicitar la Revelación, admitiendo una evolución de los dogmas ya definidos. Esta evolución dogmática está condenada por la Santa Iglesia.

La Revelación divina que comenzó en el Antiguo Testamento, se cierra y clausura con el Apocalipsis de San Juan, donde al respecto escribe el Apóstol: “Yo atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía, de este libro, que, si alguno añade algo a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas descritas en este libro, y si alguno quita algo de las palabras de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida”. (Apoc. 22, 18, 19)

La Santa Iglesia enseña que la divina Revelación terminó así pues con este libro, que clausura el Nuevo Testamento, y es contra la doctrina de la misma enseñar que la Revelación puede continuar por medio de otros “profetas” o ser explicitada contrariando lo ya definido dogmáticamente.

Ningún católico puede, pues, aceptar dicha “prolongación de la revelación” por medio de una “vidente”, quizá ignorante ella misma en su equívoco, de la doctrina de la Iglesia al respecto. La autora asegura haber recibido todo lo que describe y narra como una revelación, no sólo sobre puntos secundarios, sino para aclarar los evangelios mismos, o sea que hasta la venida de ella no teníamos los católicos por medio de la Iglesia una visión clara. Según eso Cristo mismo diría a la Valtorta acerca de la obra escrita por ella que “esta obra tiene por objeto iluminar ciertos puntos que un conjunto de circunstancias han cubierto de oscuridad y forman así unas zonas obscuras en la luminosidad del cuadro evangélico y puntos que parecen fisuras, y no son sino puntos obscurecidos entre uno y otro episodios, puntos indescifrables y en aclararlos está la llave para comprender exactamente ciertas situaciones…” y así largas pero ratas a favor de la revelación valtortiana que -decimos- no sólo dan la impresión de querer asegurar que algo faltaba a la Revelación, sino de hecho lo aseguran, y esto en boca de Cristo mismo.

Es Cristo, según lo que se escribe, Quien asegura en las visiones a la Valtorta, que sus escritos son inspiraciones del Espíritu Santo, y quien exhorta a los lectores -dice- a escuchar a la que llama muchas veces su “pequeño J uan ” (por lo del apóstol) o su “María Juan ” a manera de identificación de ambos. El desprecio de la doctrina de la Iglesia que enseña que la divina Revelación terminó con el último Apóstol, es evidente y contradictorio cuando la “vidente” pone en boca del mismo Cristo la contradicción a la doctrina. Por ejemplo, dice que le habla el Señor amonestando a los que leen la obra de ella y no la aceptan por saber que la Revelación está terminada:

“Si objetáis que la Revelación terminó con el último de los Apóstoles y no habría nada más que agregar, ¿y si yo me he querido complacer en reconstruir el cuadro de mi caridad divina así como hace un restaurador de mosaicos que repone las piezas deterioradas y que faltan, y quise hacerlo hasta este siglo en que el linaje humano se precipita en las tinieblas… ? … En verdad deberíais bendecirme, porque he aumentado con nuevas luces la luz que tenéis, y que ya no es más suficiente para ver a vuestro Salvador”. (Págs. 887 y sig. de la obra)

Respecto a lo anterior, es verdad que cualquiera puede decirse iluminado por Dios, asegurar que le habla el mismo Cristo, y que le son reveladas cosas. Lo inadmisible es, (los mencionados iluminados pueden ser ignorantes, psíquicamente inadaptados, escribiendo tal vez sin mala fe,) que herejías y extravagancias sean aceptadas por personas cultas en materia religiosa, y repetimos una vez más, por sacerdotes avaladores de la superchería a sabiendas de que se trata del fruto de una imaginación exaltada, donde la fantasía llega a la negación de la Fe.

¡La Santa Iglesia según eso, esperó durante siglos a que apareciera María Valtorta para que continuara y reformara el Evangelio!… y si esto fuera verdad, claro está que pecaríamos todos los que no podemos aceptar sus explicitaciones, dado que son “divinamente reveladas”. Las páginas de la 879 al final de la obra contienen en particular todas las herejías sobre la Revelación expuestas por la Valtorta, en el capítulo titulado “Despedida de la Obra”.

Por otra parte los editores de El Hombre Dios refiriéndose a la más reciente edición en español de la obra, se salen, como vulgarmente se dice, por la tangente, defendiendo la obra de acusación de herejía (y defendiéndose ellos mismos) afirmando que “toca a la autoridad eclesiástica juzgar si el fenómeno de esta obra se puede o se debe considerar todo o en parte explicar como algo sobrenatural”… En este comentario estamos asegurando que por lo que expone como “revelado”, la autora incurre en herejía manifiesta. Los editores pasan por alto este hecho, -imposible pensar que con desconocimiento de causa, tratándose del Padre Escobar-, y se limitan a asegurar que la Valtorta “no añade ningún dogma” en su obra. No lo añade, decimos, porque no es ella quien tiene que proclamarlo en todo caso, pero si;, con abundancia de pruebas que podemos presentar, arremete contra varios dogmas, no en el sentido de negarlos explícitamente, diciendo “niego esto o aquello”, pero sí inventando doctrinas contrarias a las ya infaliblemente proclamadas como verdades de fe. y en esto es en lo que hay mayor peligro.

Los editores, hay que hacer notar, que a lo largo de toda la obra no han dejado pasar la ocasión de poner al calce de las páginas, abundantes Notas en las que se hace notar la coincidencia de las doctrinas de la Valtorta con las del Vaticano II, lo toman también en defensa de su visionaria y sus teorías afirmando, que “esta obra pudiera explicarse acudiendo a los carismas ordinarios o extraordinarios de que habla el Vaticano II.” (pág. 888) Y como los carismas son dones reales del Espíritu Santo, claramente se atribuye aquí a la Valtorta el ser una carismática que entra en el cuadro de los inspirados. Este aval a una obra herética es imperdonable por parte de quienes sí deben conocer la doctrina de la Iglesia Católica.

Los postconciliares están dejando correr la obra de Valtorta seguramente porque es un vivo exponente del evolucionismo dogmático y un auxiliar en la propagación de las herejías postvaticanistas.

2. María Valtorta afirma que la Virgen María es después de Cristo, “la Primogénita del Padre”. (Pág. 3, Tomo 1)

Alude al “segundo lugar” después del Hijo. Según eso, no sería María la “primogénita”, sino en expresión forzada la “secondogénita”. Esto constituye una herejía, ya que sólo Nuestro Señor, Cristo, es el Unigénito, o sea, el único engendrado por el Padre, consubstancial a Él, según el Credo (Creo en Jesucristo su único Hijo) “Primogénito entre todas las criaturas”, es también Cristo, al participar de la naturaleza humana el Verbo. Pero nunca la Iglesia dio este título o prerrogativa a la Madre de Dios, con todo y reconocer todas sus glorias y grandezas. No puede haber “secondogénitos” del Padre, o sea, igualados al único Hijo. Si Cristo es el único Hijo, se sobreentiende que no puede existir un segundo.

3. María Valtorta sustenta la herejía de la Redención universal incondicional. (Págs. 544, 788)

Con esto se hace eco de las herejías del Vaticano II, en particular de ésta que predica Juan Paulo II de quien damos una cita: “Todos los hombres desde el principio del mundo hasta su final, han sido redimidos y justificados por Cristo y por su cruz”. (Signo de Contradicción, pág. 112)

María Valtorta manifiesta que le reveló el mismo Jesús a ella que:

“La pareja Jesús-María es la antítesis de la pareja Adán y Eva. La primera está destinada a anular todo lo que hicieron Adán y Eva, y devolver el linaje humano al punto en que fue creado, rico en gracia y en todos los dones que el Creador le dio. La raza humana se ha encontrado con una regeneración total, por obra de la pareja Jesús-María que son sus nuevos fundadores. Todo el tiempo pasado ha sido borrado. El tiempo y la historia del hombre empiezan desde este momento en que la nueva Eva, por un cambio de la creación, saca de su seno al nuevo Adán”. (Pág. 544)

La doctrina de la Santa Iglesia es como sabemos, que “Cristo Redentor se colocó en sustitución nuestra para expiar, pero el hombre para actuar en sí la salvación obrada por Cristo debe adherirse a Él libremente con la Fe y la Caridad”. (Diccionario de Teología Dogmática, Pietro Parente, pág. 312) Así pues, sabemos que si bien Cristo murió por todos, no todos los hombres se salvan, como explicita el Concilio de Trento al definir la doctrina dogmática de la Eucaristía, sino sólo aquellos que el Tridentino llama “muchos”.

4. María Valtorta afirma que Cristo le reveló que la Redención no la consumó Él sino Su Madre. (Pág. 600) He aquí otra herejía, pues si bien la Iglesia considera a María como “corredentora”, de ningún modo ha enseñado que ella haya “consumado ” la Redención. Esta la efectuó completamente Nuestro Señor en la Cruz. Pero Valtorta dice que le dijo Jesús:

“Todos creen que la Redención terminó con mi último aliento. No. La terminó mi Madre, añadiendo la triple tortura para redimir la triple concupiscencia”. No es necesario hacer notar, pues, lo herético de esta afirmación puesta nada menos que en boca de Cristo. En cuanto a la “triple concupiscencia” que dice que, venciendo, hizo que María consumara la redención, Valtorta afirma a lo largo de su obra que tanto Nuestro Señor como Su Madre sufrieron durante toda su vida “terribles tentaciones carnales”¡ ¡contra las que tuvieron que luchar mucho para vencerlas. Sobre esto veremos más adelante.

5. Valtorta afirma heréticamente que el pecado original consistió en el acto sexual realizado por los primeros padres. (Págs. 98, 254, 257, 258)

Son prolongadas las “revelaciones” que dice Valtorta tener al respecto, por lo que presentaremos sólo lo elemental de su herejía (pág. 254). Afirma que los primeros padres Adán y Eva desconocían la manera de engendrar hijos realizando su unión. Que la procreación se iba a realizar por intervención especial de Dios, sin unión sexual. Que el conocimiento de esta unión les estaba vedado a Adán y Eva, y que fue el motivo o señuelo con el que la serpiente tentó a Eva; en resumen, afirma:

“…Eva se acercó al árbol del bien y del mal, para llegar a conocer este misterio, estas leyes de la vida… Se acercó dispuesta a recibir este misterio, no de la revelación de la enseñanza pura y del influjo divino, sino de la enseñanza impura y del influjo satánico…” “Eva quiso ser semejante a Dios en la procreación…” Añade que el demonio tomó como motivo de la prohibición divina respecto al árbol el negarles Dios a Adán y Eva “ser siquiera libres como los animales” (textual) “ya que la fiera puede amar con un verdadero amor y ser creadora como Dios”. Según eso Dios quería “reservarse para él solo el poder creador”. (Pág. 254) No sería necesario repetir más necedades. Baste con añadir que en la descripción que hace Valtorta sobre la tentación del demonio a Eva, dice tales obscenidades que bastarían para despertar al más ignorante de la convicción de que todo esto sea “revelación divina” sobre la cuestión.

La doctrina de la Iglesia sobre el pecado original no enseña que éste haya consistido en el acto sexual. Según la exposición teológica de esta cuestión, ” Adán y Eva no eran desconocedores del uso del matrimonio, pues Adán dice: “Dejará el hombre a su padre ya su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne”, (Génesis 2) 20). En esto obedecían naturalmente al precepto divino: “Creced y multiplicaos”. Lo que sucedió fue, según el Concilio de Orange que trata la cuestión, que los primeros padres creados en integridad, por causa de su desobediencia perdieron la gracia santificante y demás dones”. Entre estos dones perdidos se hallaba la falta de un desorden en la concupiscencia, o deseo desordenado de los goces sensibles, entre ellos el del goce sexual. El pecado original consistió en un acto de desobediencia que nada tuvo que ver con la sexualidad. Véase por ejemplo una obra accesible como la Teología del Dogma Católico de Abanuza, (pág. 644)

Pero Valtorta insiste una y otra vez en la afirmación con detalles que, unidos a otros relatos suyos dizque “revelados” hacen pensar en una inclinación morbosa a tratar lo sexual.

6. Valtorta afirma que tanto Nuestro Señor Jesucristo como la Santísima Virgen sufrieron durante toda su vida terribles tentaciones sexuales, que tuvieron que vencer mediante arduas luchas.

En esta afirmación, que dice la escritora que es fruto de una revelación hecha a ella por el mismo Cristo, se encuentra de manifiesto una vez más la total ignorancia de Valtorta de la doctrina dogmática católica en puntos elementales.

Ni Jesucristo, Dios hecho hombre, ni la Santísima Virgen pudieron padecer tentaciones porque carecían de lo que la Iglesia llama el “fomes peccati o inclinación al mal, producto de los efectos del pecado original. Cristo por ser el Hijo de Dios, estuvo como hombre exento de tal inclinación, siendo impecable. La Santísima Virgen como destinada a ser Madre de Dios, por la gracia de su Inmaculada Concepción, concebida sin pecado en orden a su maternidad divina, no tuvo las consecuencias del pecado original, siendo según la doctrina de la Iglesia, también impecable, o sea, incapaz de pecar. Inmunes el Hijo Dios, y la Madre de Dios, así pues, de todo aquello que como inclinación al mal aqueja al resto de los hijos de Adán. No tuvieron, no pudieron, ser tentados de hacer el mal. Se ve tentado a hacer el mal, uno que es capaz de hacerlo. Ni mucho menos pudieron haber sido tentados en el aspecto sexual, como insiste Valtorta en afirmar varias veces poniendo en boca del mismo Cristo el relato de estas tentaciones, como las principales que habría sufrido. Las tentaciones de Cristo en el desierto fueron puramente externas, -enseña la Iglesia- para darnos ejemplo, no porque Nuestro Señor hubiera tenido tentaciones como todo hombre heredero del pecado original.

Exponiendo en concreto la doctrina de la Santa Iglesia en la cuestión que estamos tratando, es como sigue:

“Cristo se vio libre de todo pecado, de hecho”. (Doctrina de fe divina católica, definida) “En virtud de la Unión Hipostática, la voluntad humana de Cristo estuvo siempre y en todo sometida a la voluntad divina”. “Cristo no pudo pecar, ni hubo en Él capacidad alguna de pecar. Fue absolutamente impecable” (Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38) El Padre Abarzuza en su magnífico Compendio de Teología resume la doctrina católica al respecto y la explicita. Abundar en la explicación de estas doctrinas de la impecabilidad de Cristo y María Su Madre, llevaría muchas páginas, pero los católicos fácilmente podemos entender y aceptar que siendo Cristo el Verbo de Dios encarnado no podía tener inclinación al mal, ni sentirse tentado de realizarlo. Lo mismo se dice de la Virgen María en virtud de su Inmaculada Concepción en orden a su maternidad divina.

En sus innobles relatos de las supuestas tentaciones sexuales que dice Valtorta que le relató el mismo Cristo, ésta abunda en detalles que ofenden la divina Persona del Salvador y de su Santísima Madre. Nos hacen pensar en “Jesucristo Super Estrella” y otras obras creadas para mofarse de la divinidad de Nuestro Señor. Sobre las tentaciones impuras contra las cuales dice Valtorta que luchó toda su vida la Virgen María; dice Valtorta:

“Teniendo en cuenta nuestro querer ilinútado (habla aquí también de Cristo, quien le está hablando, supuestamente) tuvimos que juntar una práctica constante de todo lo que era opuesto al modo con que obró la pareja Adán-Eva. Pero el Eterno sabe cuánta heroicidad fue necesaria en determinados momentos y en determinados casos. No quiero hablar más que de mi Madre, no de Mí. De la nueva Eva que rechazó, desde sus tiernos años, lisonjas de Satanás para seducirla a que mordiese el fruto y saborear la dulzura que hizo necia a la compañera de Adán…” (pág. 545).

y según Valtorta, Cristo le revela que “María Su Madre sufrió el tormento de asaltos periódicos de tentaciones desde el viernes de la crucifixión hasta el alba del domingo”. Que “la atacó con una terrible tentación, tentación en la carne de María…” (pág. 600).

Parecería que tras de leer esta aberración no sería preciso mayor comentario, pero es necesario citar algo más para abrir los ojos de los lectores. Dice Valtorta sobre lo que asegura le reveló Nuestro Señor sobre sus propias tentaciones de impureza:

“Satanás se preocupó ante todo de arrastrarme a la impureza… La tentativa de Satanás se enderezó con este objetivo para vencerme” (pág. 285). Por cierto, Valtorta añade una tentación de impureza a las que narra el Evangelio en el desierto, y en una de las conversaciones con Judas con quien según eso se explaya el Señor hablándole de sus tentaciones, Cristo narra a Valtorta lo siguiente:

“Dice Judas a Jesús: “Jesús, ¿jamás has pecado?” A lo que habría respondido Jesús: “Jamás he querido pecar. Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva ni en algún monte, sino entre los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario, ¿crees que no hubiera llegado hasta ahí la tentación? … Todos tenemos en nosotros el bien y el mal (comentario nuestro: o sea, que Cristo es presentado como un puro hombre que tiene en sí la semilla del mal). Todos los llevamos en nosotros… Cuando uno que tiene hambre no tiene comida, el olor de los platillos le hace la boca agua. Entonces la tentación es fuerte como este deseo, Judas; (está hablando según eso Cristo de la tentación sexual) Satanás la hace más aguda y tentadora para llevar a cabo cualquier acción. Después de que el acto ha sido terminado y tal vez provoque náuseas, la tentación con todo esto no sucumbe, sino que como un árbol podado, produce más ramas…”

“¿y jamás has cedido?” -dice Judas- “Jamás he cedido”

“¿Cómo lo has logrado?” “He dicho: Padre, no me dejes caer en la tentación”… ¿Cómo, Tú el Mesías, Tú que obras milagros, has pedido ayuda del Padre?” “No tan sólo ayuda; he pedido no inducirme a la tentación”…

En este relato hay que considerar tres cuestiones, además de lo ya expuesto sobre la impecabilidad de Cristo y por lo mismo la imposibilidad de ser tentado.

1. Valtorta falsea el Evangelio. En ninguno de los cuatro evangelios se lee sobre más tentaciones que las del desierto, y mucho menos se habla de tentaciones sexuales del Señor .

2. En segundo, trata de inclinar al lector a la aceptación de las tentaciones de Cristo, al recordar las palabras finales del Padre Nuestro donde Jesús enseña a sus discípulos a orar, pidiendo al Padre no ser inducidos, o no permitir la caída en la tentación, como si esto último fuese una peti­ción que abarcase a Cristo. El Padre Nuestro contiene peticiones propias de los hombres, entre las cuales se incluye esta última. No porque Cristo enseñase a los suyos a pedir no caer en tentación, puede deducirse de que esta petición fuera propia suya, ya que Él no podía caer en tentación, y al referirse a su Padre hacía la distinción sobre el modo de ser “el Padre” Padre suyo, y Padre en forma distinta de los hombres, cuando decía: “Mi Padre y vuestro Padre”.

3. En tercero, a lo largo de la obra de Valtorta se observa una sinuosa intención de hacer aparecer a Cristo como un puro hombre, sujeto a miserias incluso de la carne, en desmedro de Su Divinidad. Se diría que la obra ha sido escrita por judíos, ya que el estilo sinuoso y hasta sarcástico en ocasiones parece ser de enemigos de Cristo. La burla es evidente, bajo el disfraz de una fantasía sentimentaloide y una melosidad chocante. Por ejemplo, el hacer llamar a Cristo “mamá” a la Santísima Virgen, con término empleado sólo en México como diminutivo de “Madre” (dicen los editores que se trata de una traducción del italiano al castellano) hace cursi una obra donde debería privar el sentido reverencial. Si la traducen al inglés seguramente harán llamar a Cristo “mamy” o “mom” a Su Madre Santísima. Esto, repetimos, es una burla.

Pero pensamos que sería irrespetuoso continuar transcribiendo las narraciones de las tentaciones de la carne que atribuye la Valtorta a Cristo y la Santísima Virgen falseando el Evangelio, como cuando hace aparecer al Señor tentado por una corte de mujeres semidesnudas que Anás hace acercarse lascivamente al Señor durante su estancia en su casa en la Pasión.

Abundan estas falsificaciones de la Escritura con sobrada intención. Hay ciertamente una intención oculta para los ignorantes de la Biblia, por ejemplo cuando la Valtorta pone en boca de la Santísima Virgen la afirmación de que “Jerusalén no es ciudad santa, porque Jesús no murió dentro de sus murallas”. Que “Jerusalén, -por el contrario-lo arrojó fuera de sí como un vómito”. y para esto al calce pone la cita del Levítico cap., 1ó, sin poner el versículo.
Al respecto, al tiempo en que se escribió el Levítico no existía la ciudad de Jerusalén, la que fue conquistada mucho después por el rey David; como propiedad de los hebreos. Si quisiera decir la Valtorta que se trata de una profecía, tendría que mencionar, (como David a Belén) el autor del Levítico el nombre de la ciudad de Jerusalén, pero ni aparece el nombre de esta ciudad en la cita que da, ni menos, pues, que haya arrojado de sí a Cristo, ni menos como un “vómito”. Lo del “vómito” parece un desahogo judío. En el Levítico, -consulte el lector- no aparece nada de esto. En cuanto a la cita que hace de San Pablo, tampoco aparece Cristo como ningún “vómito” arrojado de Jerusalén. Se refiere el Apóstol a la muerte de los corderos, símbolo de Cristo, que eran llevados, cargando simbólicamente los pecados del pueblo, según el Levítico, a morir fuera del campamento. El pueblo judío andaba en ese tiempo del Levítico, errante y viviendo en campamentos, no en Jerusalén.

Pero si nos atenemos a lo que hay detrás de la afirmación sinuosa de que “Jerusalén no es santa” hay que recordar que para los postconciliares ahora son ciudades santas los centros capitales de reunión de los paganos, como lo expresa el documento titulado “La Peregrinación en el Gran Jubileo del Año Dos Mil”, donde Juan Pablo II además de hacer aparecer a Cristo como un “peregrino” más, declara ciudades santas a la Benarés de los hindúes, la Meca de los Musulmanes, y la ciudad de Auswicht por lo del “holocausto” de los judíos, que los postconciliares consideran el único en el mundo.

El objeto de afirmar que Jerusalén no es santa porque Nuestro Señor no murió dentro de sus muros (por la costumbre romana de sacar al campo a los condenados a la cruz es negar la santidad de esta ciudad, tenida por santa por los católicos, ya que ciertamente, los alrededores de Jerusalén donde estuvo la Cruz son sus aledaños, y dentro de ella comenzó la Pasión, incluso el camino al Calvario. De este tipo son las sinuosas afirmaciones de la Valtorta que van dejando dudas entre los ignorantes admiradores de la “visionaria”.
El documento sobre la gran peregrinación aparece en el semanario del Vaticano L ‘Osservatore Romano del 8 de mayo de 1998.


OTROS ASPECTOS DE LA OBRA DE VALTORTA

Además de numerosísimas falsificaciones de la Sagrada Escritura en su sentido, adiciones como aquello de que “la última palabra de Cristo en la Cruz fue “mamá” y no lo que aparece en el evangelio, existen cuestiones doctrinales que siguen la pauta herética del Vaticano II. Por ejemplo, errores acerca de la naturaleza del Sacerdocio. Errores sobre las palabras de la consagración, que la Valtorta pone en labios de Cristo, distintas de las dogmáticamente formuladas por la Santa Iglesia para la realización del Sacramento. Falsedades sobre la doctrina de la salvación y santificación, ya que dice que “los mandamientos solos bastan, guardados, para santificarse”, y que esto se lo revela el Señor. Esto en oposición a la necesidad de pertenecer a la Iglesia, y afirmando que los dones del Espíritu Santo que producen la santidad se pueden dar fuera de la Iglesia. Errores sobre la naturaleza de la Iglesia, diciendo que Cristo le ha manifestado que todos son un mismo pueblo de Dios, creyentes y no en Él. Lo del “mismo pueblo de Dios” es doctrina del Vaticano II como sabemos, para favorecer a los judíos en particular, y a la masónica teoría de la igualdad de religiones.


CONCLUSIÓN

En una palabra, un estudio exhaustivo sobre la obra titulada “El Hombre Dios”, cuyo título original en italiano se dice que es “El Poema del Hombre Dios”, título significativo, -pues significaría que la vida de Cristo es un poema imaginario-, ya que la poesía es imaginación y no historia, un estudio, decimos, de este tipo, se llevaría un gran volumen más pesado de leer que una pura obra de teología. Si el sentido de la fe no delata a los católicos la perversidad del mamotreto que constituye la obra de la Valtorta, es difícil instruirles palabra por palabra acerca de lo que es erróneo e innoble respecto de Nuestro Señor y Su Madre Santísima. El objeto de este breve comentario ha sido alentar a quienes con buena fe y entusiamados por los relatos sentimentales de la vida de Cristo, que hace la Valtorta, crean encontrar un alimento espiritual en sus páginas cayendo sin querer en la trampa que constituye dicha obra.

Que es evidente que es un gran auxiliar para los postconciliares, no se puede negar. Son sus doctrinas, sus teorías, sus herejías, las difundidas a través de estos escritos, y además es el favorecimiento del judaísmo religioso, con muchos términos iguales que los que emplean los del Vaticano II para inclinar a los católicos a “amar a Israel”, dándoles un curso sobre judaísmo como lo hacen a través del Nuevo Catecismo, con pretexto de estas “revelaciones” hechas su­puestamente a María Valtorta.

Se dice que un sacerdote le ordenó escribir su auto-biografía; si la escribió y publicó alguien, sería interesante conocerla. Carecemos de muchos datos necesarios para tener una idea completa de las motivaciones de alguien que sigue con fidelidad los lineamientos doctrinales del Vaticano II. Evidentemente, por las numerosas citas del seudoconcilio que los comentaristas de la obra ponen al calce de las páginas, la obra de Valtorta constituye un impulso a las herejías del Vaticano II y doctrinas posteriores de él emanadas.

Dios quiera estas páginas abran los ojos de quienes con buena fe y ávidos de lectura espiritual, buscan encontrar un alimento en lo que no es sino veneno hábilmente difundido para abatir en las almas de Fe en Jesucristo Dios y Hombre.


COMENTARIO

A la obra “El Hombre Dios”, de María Valtorta.

La conclusión después de examinar minuciosamente la obra a la luz de la doctrina dogmática de la Santa Iglesia y en lo referente a otras cuestiones, es la siguiente, de todo lo cual presentaremos las pruebas:

1. La obra es herética en puntos fundamentales, respecto a la doctrina dogmática de la Iglesia.

2. Obscena. Por las descripciones que hace acompañando por ejemplo a la herejía que sustenta sobre el Pecado Original.

3. Favorecedora de la nuevas herejías sustentadas por el Vaticano II, que secunda, y aprovechada por los postconciliares que explican las doctrinas postvaticanistas confirmándolas, valiéndose de textos de la obra, como aparece en las notas al calce de muchas páginas.

4. Favorecedora de las tesis a favor del Judaísmo que sustentan los postconciliares.

5. Manifiestamente errada en cuestiones que tratándose de una obra que se dice fruto de revelaciones, no cabrían en el contexto, como por ejemplo, lo que dice que el demonio “deja un olor a azufre” y que “los ángeles tienen alas”.

6. Canónicamente irregular, aún en lo que respecta a la censura de la iglesia postconciliar; esto significaría el deseo de no comprometerse con la obra ni aún los postconciliares, y otras irregularidades serias que se harán notar.

7. Por todo esto, inadmisible y peligrosa para los católicos, inductora de la herejía, que debe ser rechazada.

Anselmo de la Cruz

Visto en: Ecce Christianus