lunes, 3 de junio de 2013

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA: REMEDIOS LEGÍTIMOS QUE PUEDEN REIVINDICAR LOS FIELES

Primero
La Consagración de Rusia : ¡Aún hay tiempo!
Con esto, queremos decir, precisamente, aquello que pidió Nuestra Señora de Fátima: La inmediata Consagración de Rusia — por su nombre y de forma inconfundible — al Corazón Inmaculado de María, en una ceremonia solemne y pública, celebrada por el Papa en unión con todos los Obispos del Mundo.
Pedimos que el Papa determine a todos los Obispos del Mundo (salvo los impedidos por prisión o por grave enfermedad), bajo pena de excomunión, que consagren solemne, pública y específicamente a Rusia, conforme petición de Nuestra Señora de Fátima; es decir: simultáneamente con el Papa, en día y hora indicados por el Santo Padre.
Objetarán algunos que ahora es demasiado tarde para conseguir que se realice la Consagración, y que no tiene ningún sentido continuar pidiéndola. ¡Pero no es así! Conforme Nuestro Señor mismo reveló a la Hermana Lucía, en Rianxo (Prov. de Pontevedra, España), en agosto de 1931:
Participa a Mis ministros que, en vista de seguir el ejemplo del Rey de Francia, en la dilación de la ejecución de mi petición, también lo han de seguir en la aflicción. (…)
[Los Ministros de la Iglesia Católica] ¡no quisieron atender a Mi pedido! Como el rey de Francia se arrepentirán y lo harán después. Pero será tarde. Rusia habrá extendido ya sus errores por el mundo provocando guerras y persecuciones a la Iglesia; el Santo Padre tendrá mucho que sufrir.
Y, sin embargo, como también Nuestro Señor le reveló a la Hermana Lucía en aquella ocasión, “Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.” Es decir: aunque seamos nosotros quienes sufren las consecuencias por la demora en cumplir la orden del Cielo, se podrá evitar lo peor de estas consecuencias — incluso la aniquilación de varias naciones — si se acepta la orden de consagrar Rusia, aunque sea con atraso.
Es ultrajante que el respeto humano — el temor de ofender a los ortodoxos rusos — haya conseguido impedir hasta hoy que la Iglesia cumpliese el plan del Cielo para la paz en nuestro tiempo. Como miembros de la Iglesia militante, no podemos permitir por más tiempo que aquellos que dicen hablar en nombre de nuestro Papa enfermo digan que “el Papa” ha declarado — de forma inequívoca, terminante y definitiva — que ya se realizó la Consagración. Hemos mostrado que el Papa en persona dijo en público exactamente lo contrario. Debemos implorar a Su Santidad que rechace los consejos, claramente nocivos, que le han dado los que lo rodean, y, en vez de eso, que cumpla el consejo del Cielo.
Segundo
La divulgación completa y literal del Tercer Secreto de Fátima
Esta divulgación tendría que incluir el texto con las palabras de la Santísima Virgen que explican la visión divulgada en 26 de junio de 2000. Que ese texto existe lo demuestra, con certeza moral, una enorme cantidad de pruebas directas y circunstanciales, cada una de las cuales indica que falta el texto de una página en forma de carta de unas 25 líneas, con las mismas palabras utilizadas por la Santísima Virgen.
La Iglesia y el Mundo tienen derecho de conocer el contenido del Tercer Secreto — que, naturalmente, incluye advertencias muy útiles sobre la actual crisis en la Iglesia. Las claras manifestaciones del Santo Padre, de que el Secreto se refiere a la apostasía y a la caída de las almas consagradas, descrita en el Libro del Apocalipsis, son un indicio de que él mismo se vio obligado a no divulgar el Tercer Secreto en su forma integral, sino más bien fue llevado a insinuar su contenido. Entre tanto, aquellos que controlan los asuntos diarios de la Iglesia — con el Cardenal Sodano a la cabeza — continúan sepultando la verdad sobre su propia gobernación ruinosa de la Iglesia.
Tercero
Estimular el rezo diario del Rosario
El Rosario es infinitamente más poderoso que cualquier arma inventada por el Hombre. Con la ayuda del Santo Rosario, no hay obstáculo que no pueda ser superado, ni batalla que no pueda ser vencida. Si un número razonable de católicos reza el Rosario con recta intención, los enemigos de la Iglesia serán derrotados y expulsados de los baluartes que ocupan dentro de Ella. Como nos muestra el propio Mensaje de Fátima, la Virgen María es, por voluntad divina, nuestro refugio y nuestra fortaleza en tiempos de crisis. Y en esta crisis, de todas la más grave, la Iglesia entera debe recurrir a Ella mediante el rezo diario del Rosario.
Si, por una parte, no podemos ni debemos esperar para implantar una Cruzada Perpetua del Rosario en todos los niveles de la Iglesia y con la mayor brevedad que nos sea posible, por otra parte, podemos pedirle al Papa que instituya dicha Cruzada en toda la Iglesia, escribiendo encíclicas anuales sobre el Rosario, como lo hizo el Papa León XIII, formando un dicasterio, dirigido por un Cardenal, para estimular el rezo del Rosario por medio de diversas iniciativas a través de la red de santuarios católicos y de los Sacerdotes marianos (tanto los religiosos, como los diocesanos). Tales iniciativas, por supuesto, deben estar enteramente en conformidad con la auténtica Doctrina y con la praxis católica, y todas esas iniciativas que ensalzan los magníficos privilegios de Nuestra Señora. 
Evidentemente, el Rosario debería incluir aquella oración que Nuestra Señora de Fátima determinó que se añadiese al Rosario: «¡Oh, Jesús mío! Perdónanos, líbranos del fuego del Infierno. Lleva todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas» A pesar de todo, durante el “acto de entrega” del Mundo al Corazón Inmaculado de María, en octubre de 2000, en el Vaticano, el rezo público del Rosario notoriamente omitió esta oración, si bien la Hermana Lucía en esa ocasión la hubiese rezado en el convento. Una vez más, se trató de una muestra de la nueva orientación, que detesta cualquier referencia al Infierno o a la condenación.
Cuarto
Estimular la Devoción de los Cinco Primeros Sábados
Todos aquellos que se propusieron hacer “una nueva lectura” del Mensaje de Fátima han intentado sepultar en silencio esta parte del Mensaje, así como todos sus otros elementos explícitamente católicos. En realidad, el propio concepto del Hombre ofreciendo un acto de reparación a Dios y a la Santísima Virgen por las blasfemias y otros pecados, ese concepto ha sido gravemente diminuido en la nueva orientación de la Iglesia. (Uno de los elementos clave, cuya importancia ha sido ofuscada en la nueva Liturgia, es que la Santa Misa constituye un sacrificio propiciatorio, ofrecido a Dios en reparación por los pecados, y no solamente “un sacrificio de exaltación”.)
La devoción de los Primeros Sábados es uno de los medios escogidos por el Cielo para restaurar en nuestra época el sentido de la necesidad de la reparación por los pecados cometidos por los miembros de la Santa Iglesia.
¿Quién podría poner en duda que, ahora más que nunca, la Iglesia debe intensificar sus esfuerzos, a fin de ofrecer una reparación a Dios y a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, impidiendo de ese modo la aplicación del castigo divino? No obstante, el castigo divino es otro tema acerca del cual los clérigos modernos no se manifiestan. Al estimular la devoción de los Cinco Primeros Sábados, el Santo Padre conducirá el Poder de la Iglesia, en este momento crítico de la Historia Universal, en el sentido de ofrecer una reparación por los pecados.
Quinto
Restablecer en toda la Iglesia la Devoción al único Corazón Inmaculado: el de María
La vergonzosa tentativa del Cardenal Ratzinger, de equiparar el único y auténtico Corazón Inmaculado, el de María, con el corazón de aquellos que se arrepienten de sus pecados, es una de las características de la nueva orientación de la Iglesia, que no sólo se incomoda con el concepto del Pecado Original sino también con la existencia del Infierno, o la condenación.
Solamente el Corazón Inmaculado de María ha sido preservado de toda mácula del Pecado Original, y jamás ha estado bajo el dominio de Satanás.
La contemplación de la gloria del Corazón Inmaculado de María — el único sin pecado —, también nos induce a percibir nuestra propia miseria y la necesidad del Bautismo y de los demás Sacramentos de la Santa Iglesia, para mantenernos en estado de gracia.
La devoción, exclusivamente católica, al Corazón Inmaculado de María constituye, en sí misma, la refutación de la nueva orientación de la Iglesia, cuyo “ecumenismo” ha permitido que el dogma de la Inmaculada Concepción (y de la Asunción) quedase al margen del respeto que Le debe la Humanidad, para no ofender los sentimientos de los no católicos. Precisamente por eso, conforme nos reveló Nuestra Señora de Fátima, Dios quiere establecer en el Mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Dios desea que el Mundo reconozca que el Arca de la Salvación es la Iglesia Católica — y sólo Ella.
Sexto
La renuncia de los acusados y de sus colaboradores
Hemos demostrado que el Cardenal Sodano, el Cardenal Ratzinger, el Cardenal Castrillón y el Arzobispo Bertone se unieron para tramar el fin del Mensaje de Fátima en su sentido católico tradicional. Manipularon el sentido de las palabras proferidas por la Madre de Dios, sepultaron en el silencio y en la ambigüedad todos los elementos genuinamente católicos y proféticos del Mensaje, y persiguieron a todos aquellos que, por principio, se opusieron a su programa revisionista, es decir, a su “Línea del Partido” sobre Fátima. Procediendo de ese modo, los acusados han acarreado indecibles perjuicios a la Iglesia y han expuesto a la Iglesia y al Mundo a los más serios peligros que se pueden imaginar, incluso la pérdida de millones de almas y la aniquilación de varias naciones, según había predicho Nuestra Señora de Fátima, como consecuencia de no atender a Sus peticiones. Porque, como advirtió a la Iglesia, «(…) si no atendieran Mis peticiones, Rusia esparcirá sus errores por el Mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas (…)» Pero la Santísima Virgen también prometió que «Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz.»
La obstinada persistencia de los acusados en su conducta actual amenaza con perjuicios inminentes e incalculables a la Iglesia y al Mundo. Para el bien de la Iglesia, el Santo Padre debería ordenarles a que renunciasen inmediatamente a sus funciones.
Sin embargo, objetarán algunos que denota una gran arrogancia que simples miembros del laicado le pidan al Papa la exoneración de Prelados de tan elevado rango. Por el contrario, es nuestro deber de católicos     pedirle al Papa que exonere a los Prelados que, con sus errores, amenazan al rebaño.

El ejemplo de San Juan Gualberto
Cuando los fieles se confrontan con un Prelado rebelde, que está causando daño a la Iglesia, nada menos que un Santo es quien nos da el ejemplo de cómo se debe proceder.
San Juan Gualberto vivió en el siglo XII. No se trata de un Santo como tantos otros: es el fundador de los Benedictinos Valambrosianos. Su fiesta se conmemora el 12 de julio en el calendario antiguo. La heroica virtud cristiana de San Juan está demostrada por el perdón que le concedió al asesino de su propio hermano. Habiendo encontrado al asesino, desarmado e indefenso, en un callejón sin salida, San Juan Gualberto (cuando aún no era monje) se sintió movido por el perdón cuando aquél colocó las armas en forma de una cruz y suplicó clemencia en nombre de Cristo crucificado. Aun después de estar buscándolo con un pelotón de soldados para vengarse, San Juan lo perdonó. Y en aquel mismo día, que era Viernes Santo, vio San Juan una imagen de Cristo crucificado, que, tomando vida, meneaba la cabeza en señal de aprobación.
En ese momento Nuestro Señor le concedió a San Juan una gracia especialísima por haber perdonado al asesino de su hermano. Y fue ese momento de gracia lo que le llevó a San Juan a hacerse monje.
Como podemos ver, San Juan Gualberto fue uno de los mejores ejemplos del perdón cristiano. Si pudo perdonar al asesino de su propio hermano, perdonaría cualquier ofensa. Además, fue un hombre muy importante en la Jerarquía eclesiástica, llegando a fundar un monasterio y una orden de monjes que aún existe actualmente. La Orden tenía a su cargo — y aún tiene — una iglesia en Roma, la iglesia de Santa Práxedes, donde se descubrió ni más ni menos que la columna en que sujetaron a Cristo para azotarlo. En esa iglesia, exactamente al doblar la esquina de Santa María la Mayor, también se halla un cuadro representando a San Juan Gualberto cuando perdonaba al asesino de su hermano — sin duda, un acontecimiento muy importante en la Historia de la Iglesia.
Sin embargo, a pesar de su misericordia y perdón cristianos, y a pesar de su elevada posición en la Iglesia, San Juan Gualberto no titubeó cuando intentó la exoneración de un Prelado corrupto de su tiempo. San Juan se dirigió a Letrán (residencia del Papa en aquella época, antes de construirse el Vaticano) para pedir la exoneración del Arzobispo de Florencia, por no ser digno de su cargo. La razón principal del pedido de San Juan era que el Arzobispo había sobornado con dinero a ciertas personas influyentes, para que lo nombraran Arzobispo. Es decir, había comprado su cargo eclesiástico, lo cual constituye un pecado mortal: la simonía.
Después de ver que los funcionarios papales en Letrán — incluso el propio San Pedro Damián — no tomaban ninguna actitud para exonerar al Arzobispo, invocando una supuesta falta de pruebas, San Juan recibió de Dios una inspiración especial: Con la finalidad de probar que decía la verdad acerca del Arzobispo, quiso Dios darle una señal: Uno de los hermanos de la Orden de San Juan, el Hermano Pedro, andaría sobre una hoguera, de la que saldría milagrosamente ileso, como testimonio de que la acusación de San Juan Gualberto contra el Arzobispo tenía fundamento. Así, pues, llamó San Juan a toda la gente de la ciudad y les pidió que hiciesen una enorme hoguera, con un estrecho paso en el medio; les explicó lo que iba a ocurrir y el motivo de ello. Entonces, el Hermano Pedro, bajo santa obediencia, caminó por aquel estrecho paso rodeado de fuego y llegó sano y salvo al otro lado. Por la fe que demostró, el Hermano Pedro fue beatificado (su fiesta se celebra el 8 de febrero, según el Martirologio Romano). Al ver los fieles — laicos — esta señal milagrosa, se manifestaron todos a una y, literalmente, expulsaron de Florencia al Arzobispo; éste tuvo que huir para salvar su vida, y el Papa tuvo que designar un sustituto honesto.
La exoneración de Prelados descarriados, en la actualidad
¿Qué es lo que nos enseña, respecto a nuestra situación actual, el episodio de la Historia de la Iglesia que acabamos de narrar? Que los laicos tienen el derecho y el deber de protegerse de Prelados apartados de sus obligaciones, que, con su mala conducta, están perjudicando a la Iglesia y a las almas. En la crisis sin paralelo por que está pasando la Iglesia en la actualidad, difícilmente seremos los únicos que intentan conseguir el extraordinario remedio que el Papa nos puede dar.
Veamos: En marzo de 2002, el Santo Padre recibió una petición canónica de varios fieles de la Archidiócesis de San Antonio (EE.UU.), solicitándole la exoneración del Arzobispo Flores del cargo que ejercía, con base en el encubrimiento de actos criminales de abuso sexual, cometidos por Sacerdotes homosexuales de su jurisdicción, y por haber pagado millones de dólares para comprar el silencio de las víctimas de estos predadores.
La petición al Papa acusa al Arzobispo Flores de «haber sido extremamente negligente en el ejercicio de su función episcopal, de no haber protegido adecuadamente los bienes temporales de la Archidiócesis, y de haber comprometido la fe de las personas que le fueron confiadas, al permitir que los predadores sexuales que había en el Clero obrasen con total libertad.» Análogamente, miles de fieles pidieron la renuncia del Cardenal Law, de la Archidiócesis de Boston, por su complicidad al encubrir decenas de predadores homosexuales, evitando que fuesen desenmascarados y que recibiesen el merecido castigo.
¿Habrá alguien que acuse de arrogantes a los fieles de la Archidiócesis de San Antonio, o a los de Boston, por haber ejercido su derecho, canónico y otorgado por Dios, de exigir la exoneración de sus Prelados, cuyas acciones y omisiones han causado tanto mal a la Iglesia y a innumerables víctimas inocentes? ¿Qué criterio peculiar de justicia será aplicado a los Prelados del aparato estatal del Vaticano, para eximirlos de prestar cuentas de sus actos al Santo Padre? Evidentemente, no están exentos.
Sin embargo, hay un escándalo muchísimo más grave que el del abuso sexual practicado con miembros del rebaño por sus propios pastores — hasta tal punto que se justifica plenamente un movimiento de los laicos contra los Sacerdotes que cometen esos actos abominables, contra los Obispos, y hasta contra los Cardenales que protegen a los infractores. Nos referimos al escándalo de rechazar los consejos que la misma Madre de Dios le dio a la Iglesia en Fátima — consejos que, si los hubiesen seguido, no sólo se habría evitado el escándalo del abuso sexual que actualmente dilacera a la Iglesia, sino que también se evitaría, realmente, la crisis eclesial y mundial que estamos viendo en la actualidad. También nos referimos al escándalo del aparato estatal del Vaticano, que nada hace para derrotar a los enemigos que se encuentran dentro de la propia Iglesia, mientras persiguen al Clero leal y tradicional por mantenerse sólidamente católico, un “delito” si se considera “la actual realidad eclesial” — para evocar una vez más las palabras de advertencia del Cardenal Castrillón Hoyos.
No ha sido por otro motivo por el que Nuestra Señora descendió en Fátima, sino para evitar el colapso de la Fe y de la Disciplina que presenciamos hoy. Pues es precisamente el Mensaje de Fátima lo que, durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo, los acusados se han empeñado en sepultar, al mismo tiempo que hacen prácticamente nada con respecto a la devastadora crisis eclesial que está estallando a su alrededor.
El ejemplo de San Juan Gualberto nos enseña, además, que, cuando Dios envía una señal a través de un mensajero escogido por Él, los laicos están habilitados a confiar en ella, aunque los más altos Dignatarios de la Iglesia prefieran ignorarla.
Es éste el caso del Mensaje de Fátima, a favor del cual no podría haber una señal de más impacto que el Milagro del Sol. El Mensaje de Fátima implica claramente un alerta sobre la apostasía y la práctica del mal entre los más elevados miembros de la Jerarquía, así como la caída de muchas almas consagradas de las funciones que ocupan. En este preciso momento, estamos presenciando la realización de esta profecía.
Por lo tanto, estamos habilitados a confiar en la señal del Cielo que acredita aquella profecía, lejos de cualquier duda razonable, independientemente de lo que puedan afirmar los detractores del Mensaje de Fátima en el Vaticano.
Sabedores de lo que el Cielo nos ha transmitido en Fátima, es nuestro deber, como miembros de la Iglesia, intentar persuadir al Papa de que exonere a los falibles consejeros que lo rodean, especialmente los acusados, y que, en vez de ellos, siga los consejos de la Madre de Dios en Fátima. Debemos instar al Papa a que lleve a cabo la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, exactamente de la forma como Ella lo ha pedido, sin alteraciones de ninguno de los sabios mundanos del aparato estatal del Vaticano.
Es más: tenemos el deber de solicitarle al Santo Padre que, si es necesario, destituya de su cargo a cualquier Prelado que intente impedirle la ejecución de las peticiones de la Santísima Virgen.
Análogamente, debemos pedirle al Papa que destituya a quienes hayan conspirado — incluso los acusados — para evitar la divulgación integral del Tercer Secreto de Fátima. El Tercer Secreto, evidentemente, es de máxima importancia para entender y combatir la crisis de la Iglesia, y para protegernos de sus devastadoras consecuencias espirituales (de las cuales los crímenes nefandos cometidos por tantos Sacerdotes no son más que un ejemplo). Por tanto, los fieles tienen derecho de saber qué es lo que el mismo Cielo desea que sepan, para su salvación espiritual.
Las acciones concertadas por aquellos que evitan la divulgación integral del Tercer Secreto constituyen graves delitos, no sólo contra la Iglesia y contra la Bienaventurada Siempre Virgen María, sino también contra el mismo Dios Todopoderoso. 
La Iglesia precisa urgentemente de Prelados militantes
Hoy más que nunca, la Iglesia precisa de verdaderos soldados de Cristo — hombres con una inmutable militancia católica, que no tengan miedo de confrontarse con las fuerzas del Mundo que han invadido la Iglesia, mientras los acusados y sus múltiples colaboradores en el Vaticano nada hicieron, a no ser estimular la invasión. La Iglesia precisa de hombres decididamente dispuestos a erradicar de la Iglesia la herejía pandémica y el escándalo, en vez de perseguir y oprimir al Clero católico tradicional, que no acepta su “inserción” en la “actual realidad eclesial” del Cardenal Castrillón Hoyos.
La Iglesia precisa de combatientes espirituales, y no de especialistas en “diálogo”, en “Ecumenismo” ni en Östpolitik.
El Mensaje de Fátima es, en si mismo, un llamamiento a una cruzada espiritual — a un combate que va a culminar con la Consagración y la Conversión de Rusia y el Triunfo del Corazón Inmaculado de María. Los acusados observan todo esto con el desinterés propio de quienes se juzgan más bien iluminados que todas las generaciones de Santos, Doctores, Mártires y Papas de la Iglesia Católica, cuya militancia a través de los siglos es un testamento fiel de las propias palabras de Jesucristo:
«Si el Mundo os odia, sabed que me odió a Mí antes que a vosotros. Si fuéseis del Mundo, el Mundo amaría lo suyo. Mas como no sois del Mundo, pues yo os saqué del Mundo, por eso, el Mundo os odia.» (Jn. 15:18-20)
 «No penséis que vine a traer paz sobre la Tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra. Enemigos del hombre, los de su casa.» (Mt. 10:34-36)
La Iglesia ha sufrido por demasiado tiempo bajo el gobierno de aquellos que nos quieren hacer creer que no hay ningún combate entre Cristo y su Iglesia, de un lado, y el Mundo, del otro. Por demasiado tiempo se ha permitido a estos hombres que tratasen de conseguir y promoviesen su falsa visión de una Iglesia reconciliada con el Mundo — en vez de un Mundo reconciliado con la Iglesia.
Por demasiado tiempo estos hombres han subyugado a la Iglesia con la utópica noción de una paz mundial entre los hombres de todas las religiones, y hasta de los que no tienen ninguna, en vez de la verdadera Paz, que sólo puede surgir cuando las almas de los hombres son conquistadas por la gracia de Cristo Rey, y, para obtenerla, Él acepta que los hombres tengan como intercesores el Corazón Inmaculado de María y la Santa Iglesia Católica-romana.
Fátima nos muestra el camino para esta verdadera Paz en el Mundo. Sin embargo, los hombres que hemos mencionado han impedido que pudiésemos avanzar, exponiendo a la Iglesia y al Mundo al riesgo de una calamidad, que sería la definitiva.
Si las víctimas del escándalo de abuso sexual practicado por miembros del Clero tienen derecho de pedir la exoneración de los Prelados cuya negligencia produjo el escándalo, con mucho más motivo tenemos nosotros derecho de pedir que se aplique el mismo tratamiento a los Prelados responsables de la escandalosa campaña para aniquilar el Mensaje de Fátima. Son los hombres que han impedido el cumplimiento del Mensaje de Fátima, y no los fieles comunes, quienes carecen de visión. Son ellos, y no nosotros, quienes tienen una mente estrecha. Son ellas, y no nosotros, quienes no consiguen ver la realidad.
Por eso, son ellas quienes deben ser exoneradas, por el bien de toda la Humanidad.
Tomado del libro “La última batalla  del diablo” (versión en español), 2002.