jueves, 13 de junio de 2013

SAN ANTONIO DE PADUA "MARTILLO DE HEREJES"

EL GRAN TAUMATURGO DE PADUA—O DE LISBOA, SU CIUDAD NATAL—, AUNQUE TUVO UNA CORTA EXISTENCIA TERRENA, SE VOLVIÓ UNO DE LOS SANTOS MÁS POPULARES DEL MUNDO, SIENDO VENERADO TANTO EN ORIENTE CUANTO EN OCCIDENTE

“¡Alégrate, feliz Lusitania! ¡Salta de júbilo, Padua dichosa! Pues engendrasteis para la tierra y para el cielo a un varón, que bien puede compararse con un astro rutilante, ya que brillando, no sólo por la santidad de su vida y gloriosa fama de sus milagros, sino también por el esplendor que por todas partes derrama su celestial doctrina”. Éste fue el espléndido elogio que hizo de aquel santo el Papa Pío XII.1
“Doctor de la Iglesia”, “Martillo de los herejes”, “Doctor Evangélico”, “Arca del Testamento”, “Santo de todo el mundo”, son algunos de los títulos con que los Soberanos Pontífices honraron a aquel cuya vida fue, según uno de sus biógrafos, un milagro continuo.
Natural de Lisboa donde nació en 1191 ó 1195, hijo de los nobles Martín de Bouillón y Teresa de Taveira, el futuro santo recibió con el bautismo el nombre de Fernando. De buena índole, inclinado a la piedad y a las cosas santas, su formación espiritual e intelectual fue confiada a los canónigos de la Catedral de Lisboa por su padre, oficial del ejército del rey Don Alfonso.
Canónigo Regular de San Agustín
Según algunos de sus biógrafos, en la adolescencia Fernando fue acometido por una violenta tentación contra la pureza. Para aplacarla, estando en la catedral, el joven trazó una cruz con los dedos, en una columna de mármol, quedando en ella impresa como si fuese de cera. Evaluando en esa ocasión los peligros que corría, el adolescente quiso entrar al monasterio de San Vicente de Fora, de los Canónigos Regulares de San Agustín, en los alrededores de la capital portuguesa, cuando contaba con 19 años de edad.
Allí permaneció dos años, terminados los cuales, por ser muy solicitado por parientes y amigos, pidió a los superiores que lo transfirieran al monasterio Santa Cruz de Coímbra, casa madre del Instituto. Fue ordenado sacerdote en 1220. Fray Fernando, sin embargo, anhelaba abrazar un género de vida más perfecto y más de acuerdo con sus íntimas aspiraciones.
Transferencia a la Orden Franciscana
Cuando llegaron a Coímbra los restos de los cinco protomártires franciscanos, que dieron su vida por la Fe en Marruecos, Fray Fernando sintió un inmenso deseo de imitarlos, vertiendo también su sangre por Cristo.
Un día, en el verano de 1220, cuando dos franciscanos llegaron a su monasterio pidiendo limosnas, Fray Fernando les preguntó si, pasándose a su Orden, lo enviarían a tierra de moros para allá sufrir el martirio. La respuesta fue afirmativa. Al día siguiente, después de obtener a duras penas autorización de su superior, se mudó al eremitorio franciscano, donde se hizo hijo de San Francisco de Asís.
Fray Fernando cambió entonces su nombre por el del onomástico del eremitorio, Antonio, que él inmortalizaría.
De acuerdo a lo combinado, Fray Antonio fue enviado a fines de ese mismo año al África. Sin embargo, no estaba en los planes de la Providencia que él ilustrase a la Iglesia como mártir, sino con sus prédicas y santa vida. Así, al llegar al continente africano, fue atacado por una terrible enfermedad que lo retuvo en el lecho por un largo período. Los superiores decidieron que, para curarse, Fray Antonio debía volver a Portugal.
Acrisolado por la Divina Providencia
La mano de la Providencia, mientras tanto, lo deseaba en otro campo de lucha. El navío en que estaba el convaleciente, llevado por una tempestad, fue a parar en las costas de Italia, donde el santo encontró abrigo en Mesina, Sicilia. Allí supo que el seráfico San Francisco había convocado un Capítulo en Asís, para mayo de 1221. Antonio podría, por fin, ver al padre y fundador de los franciscanos y contemplar su angélica virtud.
En aquella gran asamblea el provincial de Romaña resolvió llevarlo consigo. Fray Antonio obtuvo de él permiso para permanecer en el eremitorio del Monte Paolo, a fin de entregarse al aislamiento y a la contemplación.
Mientras tanto, la mano de Dios velaba sobre él, y llegó el momento en que aquella luz debería brillar para bien del mundo entero.
Comienza su vida apostólica como gran predicador
Fue enviado a Forlí con algunos franciscanos y dominicos que deberían recibir las órdenes sagradas. El Padre Guardián del convento en que se hospedaban pidió que alguno de los presentes dijese algo para la gloria de Dios y edificación de los demás. Uno a uno, fueron todos excusándose por no estar preparados. Restaba Antonio. Sin mucha convicción el superior le mandó entonces que hablase, a falta de los demás.
Era la primera vez que Antonio hablaba en público, y entonces se vio la maravilla: de su boca salieron palabras de fuego, demostrando un profundo conocimiento teológico y de las Escrituras, todo expuesto con una lógica, claridad y concisión que conquistó a todos.
Entusiasmado, el Guardián comunicó aquel suceso al Provincial, que transmitió la noticia a San Francisco. El Poverello mandó entonces que Fray Antonio estudiase teología escolástica para dedicarse a la predicación. Poco después, en vista de sus progresos, San Francisco le ordenó que empeñase en la salvación de almas. Era el año 1222, y Fray Antonio contaba apenas con 30 ó 31 años de edad.
Fuerza irresistible de sus fogosas palabras
Según sus biógrafos, “tenía él un exterior cortés, gestos elegantes y aspecto atrayente. Su voz era fuerte, clara, agradable, y su memoria feliz. A esas ventajas, se sumaba una acción llena de gracia”. 2 Pero, “su trazo característico, el milagro constante de su existencia, es la fuerza incuestionable de su predicación, el poder de su voz sobre los corazones y las inteligencias”. 3
“Cuando fulminaba los vicios y las herejías —de las cuales el mundo estaba entonces extremadamente infectado— era como un torrente de fuego que lo revuelve todo, y al cual nadie puede resistir. [...] Frecuentemente, si bien que hablase [durante un sermón] una sola lengua, era entendido por personas de toda especie de países”. 4 De ahí su éxito extraordinario, tanto en Italia cuanto en Francia.
Milagros como en el tiempo de los Apóstoles
Las multitudes acudían, y hasta los comerciantes cerraban sus tiendas para ir a escucharlo; la ciudad y todos los alrededores literalmente paraban. Siendo pequeñas las iglesias para tanta gente —a veces llegaban a reunirse hasta 30 mil personas en un solo sermón— Antonio hablaba en las plazas públicas. Cuando terminaba, “era necesario que algunos hombres valientes y robustos lo levantasen y protegiesen de las personas que venían a besarle la mano y tocarle el hábito”. 5 El número de sacerdotes que lo acompañaban resultaba pequeño para oír después las confesiones de los que, movidos por su sermón, querían enmendarse de vida.
Sus sermones eran seguidos de milagros como no se veían desde el tiempo de los Apóstoles. Prácticamente no había cojo, ciego o paralítico que, después de recibir su bendición, no quedase sano. En una ocasión convirtió a 22 ladrones, que por curiosidad fueron a oírlo. El número de herejes convertidos por él no tiene fin.
Predica a los peces para confundir a los indiferentes
Uno de los milagros más conocidos de San Antonio fue su predicación a los peces. En Rímini, durante su sermón, el pueblo se mantuvo indiferente. Abandonando a sus oyentes, fue a predicar a la orilla del mar. Millares de peces de varios tipos y tamaños pusieron la cabeza fuera del agua para oír al santo, que había sido seguido por toda la población de la ciudad, testigo del milagro.
San Antonio fue llamado “martillo de los herejes”, porque la herejía no tuvo enemigo más formidable. Su más antigua biografía, conocida por el nombre de Assidua, relata: “Día y noche tenía discusiones con los herejes; les exponía con gran claridad el dogma católico; refutaba victoriosamente sus prejuicios; revelando en todo una ciencia admirable y una fuerza suave de persuasión que penetraba el ánimo de sus contrarios”. 6
Un heresiarca negaba la Presencia Real en el Santísimo Sacramento. Para creer, decía, quería un milagro. Y propuso lo siguiente: dejaría su mula sin comer durante tres días. Después de eso, le ofrecería heno y avena, y Fray Antonio la Hostia consagrada. Si la bestia dejase la comida para ir a adorar la Hostia, creería, dijo. Eso fue hecho delante de toda la ciudad. Y la mula hambrienta, teniendo que escoger entre el alimento y el respeto a la Hostia consagrada, fue a arrodillarse delante de ésta, que el santo sostenía en sus manos.
Desde su infancia más tierna Antonio fue devoto de la Santísima Virgen, y Ella varias veces lo socorrió. Un día, por ejemplo, en que el demonio no podía soportar más el bien que el santo hacía, lo cogió del cuello tan violentamente, que lo ahorcaba. Antonio mal pudo balbucear las palabras de la antífona a Nuestra Señora, “O Gloriosa Domina”. En ese mismo instante el demonio huyó despavorido. Recompuesto, Antonio vio a su lado a la Reina del Cielo resplandeciente de gloria.
“¡El santo murió! ¡El santo murió!”
En el año de 1231, el Fraile Antonio, sintiendo empeorar la hidropesía maligna que lo perseguía hacía tiempo, percibió que su hora llegaba y quiso morir en Padua, su ciudad de adopción. Cuando el pueblo paduano oyó decir que él estaba por llegar, acudió en tal cantidad, que los frailes que lo acompañaban, para librarlo del asedio, lo llevaron a la casa del capellán de las madres clarisas, donde falleció con apenas 40 años de edad.
Inmediatamente los niños de Padua salieron espontáneamente a las calles gritando: “¡El santo murió! ¡El santo murió!” Al mismo tiempo, en Lisboa, su ciudad natal, las campanas se pusieron a repicar por sí solas y el pueblo salió a las calles. Solamente más adelante supieron de lo ocurrido.
Tantos fueron los milagros obrados por el santo en su tumba, que llevaron al Papa Gregorio IX a canonizarlo apenas un año después de su muerte. Anualmente su festividad es conmemorada el día 13 de junio.
Notas.-
1. Pío XII, Carta Apostólica del 16 de enero de 1946, apud P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, tomo II, p. 252.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, Éditeurs, París, 1882, t. VI, p. 617.
3. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 603.
4. P. Simon Martin, Vie des Saints, Bar-le-Duc, 1859, t. II, pp. 946-947.
5. P. Pedro de Ribadeneyra  S.J., apud Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1896, t. II, p. 425.
6. Apud P. Leite, op. cit., p. 251.
Plinio María Solimeo