martes, 29 de octubre de 2013

LA FE – POR ERNEST HELLO


Alguien decía:
-Nosotros no nos servimos lo suficiente de la Fe.
Es muy cierto que sacamos poco partido de ella. Mu­chos de entre nosotros tenemos una fe sin energía, que se alimenta más que todo de fórmulas. Pocos de entre nosotros poseen la fe vivificante, y es de esta fe vivificante que de­seo hablar algo en estos momentos.
El espíritu humano posee mediocridades naturales. Es atraído por las cosas intermedias. El sí y el no causan ambos temor.
Dirigid a un cristiano esta pregunta:
¿Jesucristo ha dicho la verdad?
Evidentemente sí.
Y continúas diciéndole al cristiano:
«Jesucristo ha dicho la verdad: Mas, Jesucristo ha dicho:
«Todo lo que vosotros pidiereis a mi Padre en mi nom­bre os será concedido.
«Todo lo que me pidiéreis en mi nombre, os lo con­cederé.
«Pedid y recibiréis,- buscad y encontraréis,- llamad y so os abrirá.
«Si llegáis a creer, todo será posible a quien cree.
«Y vosotros llegáis a esta conclusión: Jesucristo ha di­cho la verdad; mas Jesucristo dijo todo eso, luego todo eso es verdadero. Todo es posible a quien cree».
Todo eso es claro,- ¿verdad?
El cristiano se verá indeciso. Dirá: sí, con un aire tímido. No cree en la consecuencia con la misma fe que en el principio. Retrocede, duda.
El no transporta las montañas.
Muchos tienen confianza en las palabras que prometen otra vida diferente, con sus recompensas y sus castigos.
Y esos mismos no creen con una fe viviente, en la po­tencia de la oración en este mundo de abajo.
San Bernardo, hacía esta advertencia a sus religiosos: «Vosotros creéis firmemente, les decía, en las promesas relati­vas al otro mundo. Vosotros creéis menos en las promesas relativas a este mundo. Y, sin embargo, es la misma boca la que ha dicho las cosas que vosotros creéis firmemente, y las cosas que vosotros casi no creéis».
Muchos de entre nosotros pueden decirse a sí mismo lo que San Bernardo decía a sus amigos.
No existe, entre tal palabra del Evangelio, y tal otra palabra, una diferencia de veracidad, una diferencia de cer­teza.
Las palabras del Evangelio no son unas más y otras me­nos ciertas.
Las aproximaciones no existen en esta región. Una pa­labra siempre igual en sí misma, no puede ser base sino de la misma garantía, de la misma invariabilidad.
Si participáis do los sacramentos de la Iglesia, si parti­cipáis del bautismo, de la penitencia, de la Eucaristía, si conserváis vuestro lugar en la comunión de los Santos, es en virtud de las palabras de Jesucristo que ha instituido esos sacramentos.
Y es la misma palabra la que ha dicho con igual acento:
«Todo lo que vosotros pidiéreis en mi nombre os será concedido».
«Todo es posible a quien cree».
Yo desafío a quienquiera que sea, a que encuentre cual­quier razón que sea, para fundar cualquier diferencia entre esta palabra y otra palabra del mismo Evangelio.
Cuando los hombres pretenden declarar dudosa una cosa dudosa, dicen vulgarmente o proverbialmente: «Eso no es cosa que está en la Biblia».
Y como es imposible, en presencia de una tal afirma­ción que sale de unos tales labios, alegar o ligereza o exa­geración, se impone absolutamente aceptarla como una ver­dad que posee el mismo valor que todas las demás.
Entre las palabras que salieron de los labios de Jesucristo, muchas no fueron recogidas de una manera oficial. Muchas no fueron certificadas por la voz encargada de transmitir a la posteridad los ecos del Verbo Eterno, y que habló sobre esta tierra.
Si existiera, en la verdad absoluta, el más y menos, el más estaría en favor de las palabras oficialmente repeti­das por la Iglesia Universal desde el comienzo de los siglos.
Y la palabra a que aludíamos está en ese conjunto. Ella está en el número de las palabras oficiales.
Ella fue pronunciada, y además ha sido escrita. Consta por escrito y permanece escrita, para ser repetida con toda la autoridad que emana del Evangelio. No es solamente una confidencia hecha a algunos privilegiados. Es la pro­mesa auténtica, auténticamente hecha y dada al género hu­mano.
«Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os será otorgado».
Mas, esta palabra está entre las palabras pronunciadas hace diez y ocho siglos, en Judea, y es una de las que el Santo Espíritu ha elegido para que sea repetida en todos los hogares a donde llegue una edición del Evangelio. Está en el número de esas palabras que se pronuncian en el Evangelio de la misa, entre Pascua y Ascensión.
Cada sacerdote, sin exceptuar uno solo, las pronuncia en el altar, y entre el pueblo de pie, en la iglesia, no hay un hombre que no las haya leído en el Evangelio, que nos las haya oído pronunciar en el lugar Santo, y que no se haya levantado para escucharlas atentamente, solemnemente y de­votamente. El acto de levantarse durante el Evangelio, sig­nifica la disposición de confesar públicamente la verdad que se va a decir. Es un testimonio rendido.
Y si ni aun en un lugar humano, no se rinde en vano un testimonio cualquiera, en una ceremonia humana, ¿qué decir del testimonio que se rinde en la Iglesia, en el lugar consagrado, bajo las bóvedas consagradas, cerca de la Cátedra de la verdad, en presencia del altar, en presencia de la hostia santa? Y es propiamente este testimonio que todos sin excepción debemos rendir al oír aquella palabra, en presencia del cielo y de la tierra, cuando nos levantamos para escuchar la lectura del Evangelio, y al sacerdote que dice:
“Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os lo concederá”.
Y el momento de esta profesión de fe no está aislado en la vida cristiana. Todo acto de la vida rinde el mismo testi­monio si pertenece a la vida cristiana, al indivisible cris­tianismo.
Todo hombre, por el sólo hacho que no ha renegado el Evangelio, por el sólo hecho de aceptar el título de cris­tiano, afirma esta palabra que permanece por los siglos de los siglos indestructible. Todo es posible a quien cree.
No hay ninguna puerta para escapar, ninguna hendidu­ra en ninguna de las murallas.
Es imposible, y de una imposibilidad absoluta siendo verdadero el Evangelio, que esa palabra no sea verdadera.
«Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os lo concederá».
Esta palabra sintetiza en ella todas las realidades y to­das las solemnidades.
No solamente está colocada entre las palabras que se pronuncian en el altar, durante el acto del sacrificio, en pre­sencia del cielo, en presencia de la tierra, en presencia del infierno que tiene que temblar, en presencia del pueblo que está atento, y que está allí, de pie, rindiendo el testi­monio de su fe; sino que, fuera de todo eso, fuera de la verdad que posee a semejanza de las otras palabras del Evangelio, tiene una importancia práctica excepcional, pues en ella está el secreto de la potencia.
La potencia es el objeto a que tiende el deseo. Y esta palabra nos indica en qué condiciones la potencia nos es otorgada.
La potencia es el eje alrededor del cual giran los mun­dos. Y he aquí una palabra alrededor de la cual gira la po­tencia.
«Todo es posible para quien cree.»
Esta palabra incide sobre la Fe.
No se trata, pues, de enviarla a la eternidad, ya que en la eternidad se habrá desvanecido la Fe.
La Fe y la Esperanza habrán sido los magníficos socorros de la ruta recorrida.
La Caridad resplandece sola, en el presente sin fin de la Eternidad. Las palabras que se refieren a la Fe se refieren asimismo a la tierra, al tiempo presente, porque en la tierra está el dominio de la Fe. «Todo es posible para quien cree». Esta palabra es el viático del tiempo. Es la gloria de la Fe. Es la luz que luce en las tinieblas. Es la práctica de hoy.
Es la práctica de este hoy que pide su pan cotidiano. Es el secreto de la vida, pues el justo vive de la Fe.
Ella implora con fuertes gritos el Amén que hace culmi­nar todo. Amén, Amén, Amén.



Del libro “El Siglo”, Editorial Difusión, Bs. As., 1943.