jueves, 31 de enero de 2013

BREVEDAD DE LA VIDA

¿Qué es vuestra vida? 
Vapor es que aparece por un poco de tiempo.
Santiago 4, 15

PUNTO 1

¿Qué es nuestra vida?... Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar. Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre, viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita.
Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama –le dice– que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es el pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is. 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos.
Corre hacia nosotros velocísima la muerte, y nosotros en cada instante hacia ella corremos (Jb. 9, 25). Todo este tiempo en que escribo –dice San Jerónimo– se quita de mi vida. Todos morimos, y nos deslizamos como sobre la tierra el agua, que no se vuelve atrás (2 Reg. 14, 14). Ved cómo corre a la mar aquel arroyuelo; sus corrientes aguas no retrocederán.
Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Placeres, recreos, faustos, elogios, alabanzas, todo va pasando... ¿Y qué nos queda?... Sólo me resta el sepulcro (Jb. 17, 1). Seremos sepultados en la fosa, y allí habremos de estar pudriéndonos, despojados de todo.
En el trance de la muerte, el recuerdo de los deleites que en la vida disfrutamos y de las honras adquiridas sólo servirá para acrecentar nuestra pena y nuestra desconfianza de obtener la eterna salvación... ¡Dentro de poco, dirá entonces el infeliz mundano, mi casa, mis jardines, esos muebles preciosos, esos cuadros, aquellos trajes, no serán ya para mí! Sólo me resta el sepulcro.
¡Ah! ¡Con dolor profundo mira entonces los bienes de la tierra quien los amó apasionadamente! Pero ese dolor no vale más que para aumentar el peligro en que está la salvación. Porque la experiencia nos prueba que tales personas apegadas al mundo no quieren ni aun en el lecho de la muerte que se les hable sino de su enfermedad, de los médicos a que pueden consultar, de los remedios que pudieran aliviarlos.
Y apenas se les dice algo de su alma, se entristecen de improviso y ruega que se les deje descansar, porque les duele la cabeza y no pueden resistir la conversación. Si por acaso quieren contestar, se confunden y no saben qué decir. Y a menudo, si el confesor les da la absolución, no es porque los vea bien dispuestos, sino porque no hay tiempo que perder. Así suelen morir los que poco piensan en la muerte.

PUNTO 2

Exclamaba el rey Exequias: Mi vida ha sido cortada como por tejedor. Mientras se estaba aún formando, me cortó (Is. 38, 12).
¡Oh, cuántos que están tramando la tela de su vida, ordenando y persiguiendo previsoramente sus mundanos designios, los sorprende la muerte y lo rompe todo! Al pálido resplandor de la última luz se oscurecen y roban todas las cosas de la tierra: aplausos, placeres, grandezas y galas...
¡Gran secreto de la muerte! Ella sabe mostrarnos lo que no ven los amantes del mundo. Las más envidiadas fortunas, las mayores dignidades, los magníficos triunfos, pierden todo su esplendor cuando se les contempla desde el lecho de muerte. La idea de cierta falsa felicidad que nos habíamos forjado se trueca entonces en desdén contra nuestra propia locura. La negra sombra de la muerte cubre y oscurece hasta las regias dignidades.
Ahora las pasiones nos presentan los bienes del mundo muy diferentes de lo que son. Mas la muerte los descubre y muestran como son en sí: humo, fango, vanidad y miseria...
¡Oh Dios! ¿De qué sirven después de la muerte las riquezas, dominios y reinos, cuando no hemos de tener más que un ataúd de madera y una mortaja que apenas baste para cubrir el cuerpo?
¿De qué sirven los honores, si sólo nos darán un fúnebre cortejo o pomposos funerales, que si el alma está perdida, de nada le aprovecharán?
¿De qué sirve la hermosura del cuerpo, si no quedan más que gusanos, podredumbre espantosa y luego un poco de infecto polvo?
Me ha puesto como por refrán del vulgo, y soy delante de ellos un escarmiento (Jb. 17, 6). Muere aquel rico, aquel gobernante, aquel capitán, y se habla de él en dondequiera. Pero si ha vivido mal, vendrá a ser murmurado del pueblo, ejemplo de la vanidad del mundo y de la divina justicia, y escarmiento de muchos. Y en la tumba confundido estará con otros cadáveres de pobres. Grandes y pequeños allí están (Jb. 3, 18).
¿Para qué le sirvió la gallardía de su cuerpo, si luego no es más que un montón de gusanos? ¿Para qué la autoridad que tuvo, si los restos mortales se pudrirán en el sepulcro, y si el alma está arrojada a las llamas del infierno? ¡Oh, qué desdicha ser para los demás objeto de estas reflexiones, y no haberlas uno hecho en beneficio propio!
Convenzámonos, por tanto, de que para poner remedio a los desórdenes de la conciencia no es tiempo hábil el tiempo de la muerte, sino el de la vida. Apresurémonos, pues, a poner por obra en seguida lo que entonces no podremos hacer. Todo pasa y fenece pronto (1Co. 7, 29). Procuremos que todo nos sirva para conquistar la vida eterna.

PUNTO 3

¡Qué gran locura es, por los breves y míseros deleites de esta cortísima vida, exponerse al peligro de una infeliz muerte y comenzar con ella una desdichada eternidad! ¡Oh, cuánto vale aquel supremo instante, aquel postrer suspiro, aquella última escena! Vale una eternidad de dicha o de tormento. Vale una vida siempre feliz o siempre desgraciada.
Consideremos que Jesucristo quiso morir con tanta amargura e ignominia para que tuviéramos muerte venturosa. Con este fin nos dirige tan a menudo sus llamamientos, sus luces, sus reprensiones y amenazas, para que procuremos concluir la hora postrera en gracia y amistad de Dios.
Hasta un gentil, Antistenes, a quien preguntaban cuál era la mayor fortuna de este mundo, respondió que era una buena muerte.
¿Qué dirá, pues, un cristiano, a quien la luz de la fe enseña que en aquel trance se emprende uno de los dos caminos, el de un eterno padecer o el de un eterno gozar?
Si en una bolsa hubiese dos papeletas, una con el rótulo del infierno, otra con el de la gloria, y tuviese que sacar por suerte una de ellas para ir sin remedio a donde designase, ¿qué de cuidado no pondrías en acertar a escoger la que te llevase al Cielo?
Los infelices que estuvieran condenados a jugarse la vida, ¡cómo temblarían al tirar los dados que fueran a decidir de la vida o la muerte! ¡Con qué espanto te verás próximo a aquel punto solemne en que podrás a ti mismo decirte: “De este instante depende mi vida o muerte perdurables! ¡Ahora se ha de resolver si he de ser siempre bienaventurado o infeliz para siempre!...”
Refiere San Bernardino de Siena que cierto príncipe, estando a punto de morir, atemorizado, decía: Yo, que tantas tierras y palacios poseo en este mundo, ¡no sé, si en esta noche muero, qué mansión iré a habitar!
Si crees, hermano mío, que has de morir, que hay una eternidad, que una vez sola se muere, y que, engañándote entonces, el yerro es irreparable para siempre y sin esperanza de remedio, ¿cómo no te decides, desde el instante que esto lees, a practicar cuanto puedas para asegurarte buena muerte?...
Temblaba un San Andrés Avelino, diciendo: “¿Quién sabe la suerte que me estará reservada en la otra vida, si me salvaré o me condenaré?...” Temblaba un San Luis Beltrán de tal manera, que en muchas noches no lograba conciliar el sueño, abrumado por el pensamiento que le decía: ¿Quién sabe si te condenarás?...
¿Y tú, hermano mío, que de tantos pecados eres culpable, no tienes temor?... Sin tardanza, pon oportuno remedio; forma la resolución de entregarte a Dios completamente, y comienza, siquiera desde ahora, una vida que no te cause aflicción, sino consuelo en la hora de la muerte.
Dedícate a la oración; frecuenta los sacramentos; apártate de las ocasiones peligrosas, y aun abandona el mundo, si necesario fuere, para asegurar tu salvación; entendiendo que cuando de esto se trata no hay jamás confianza que baste.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Cuánta gratitud os debo, amado Salvador mío!... ¿Y cómo habéis podido prodigar tantas gracias a un traidor ingrato para con Vos? Me creasteis, y al crearme veíais ya cuántas ofensas os había de hacer. Me redimisteis, muriendo por mí, y ya entonces percibíais toda la ingratitud con que había de colmaros.
Luego, en mi vida del mundo, me alejé de Vos, fui como muerto, como animal inmundo, y Vos, con vuestra gracia, me habéis vuelto a la vida. Estaba ciego, y habéis dado luz a mis ojos. Os había perdido, y Vos hicisteis que os volviera a hallar. Era enemigo vuestro, y Vos me habéis dado vuestra amistad...
¡Oh Dios de misericordia!, haced que conozca lo mucho que os debo y que llore las ofensas que os hice. Vengaos de mí dándome dolor profundo de mis pecados; mas no me castiguéis privándome de vuestra gracia y amor...
¡Oh, eterno Padre, abomino y detesto sobre todos los males cuantos pecados cometí! ¡Tened piedad de mí, por amor de Jesucristo! Mirad a vuestro Hijo muerto en la cruz, y descienda sobre mí su Sangre divina para lavar mi alma.
¡Oh Rey de mi corazón, adveniat regnum tuum! Resuelto estoy a desechar de mí todo afecto que no sea por Vos. Os amo sobre todas las cosas; venid a reinar en mi alma. Haced que os ame como único objeto de mi amor. Deseo complaceros cuanto me fuere posible en el tiempo de vida que me reste. Bendecid, Padre mío, este mi deseo, y otorgadme la gracia de que siempre esté unido a Vos.
Os consagro todos mis afectos, y de hoy en adelante quiero ser sólo vuestro, ¡oh tesoro mío, mi paz, mi esperanza, mi amor y mi todo! ¡De Vos lo espero todo por los merecimientos de vuestro Hijo!
¡Oh María, mi reina y mi Madre!, ayudadme con vuestra intercesión. Madre de Dios, rogad por mí.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE 
San Alfonso Mª de Ligorio


miércoles, 30 de enero de 2013

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 12


 EL MILAGRO DE ALBORAYA

En una noche de julio de 1348, el párroco de Alboraya, Valencia (España) fue a llevar el Viático a un moribundo. La tormenta que amenazaba no le arredró pues era un sacerdote amante de la Eucaristía. 

Terminada su visita, justo cuando se disponía a regresar, irrumpió con fuerza la amenazante tormenta. Pensó que no podía quedarse en aquella casa toda la noche y, aprovechando un momento de calma temporal, se lanzó al camino con el copón fuertemente agarrado cerca de su pecho. La tormenta no cedía y el camino estaba oscuro y repleto de lodo. 

Prosiguió su camino hasta llegar al paso más difícil, barranco de Carraixet. Descubrió que el agua estaba muy subida y solo una tabla servía de puente. Con renovada determinación se dispuso a cruzarlo, pero a mitad de aquella tabla, perdió el equilibrio, resbaló y perdió control del copón que cayó en las tumultuosas aguas del torrente. 

El párroco no se detuvo. Con extraordinaria valentía se lanzó a las aguas para rescatar las tres hostias que llevaba. Luchó con todas sus fuerzas contra la corriente, pero fue en vano. Las aguas se tragaron el copón. 

La noticia se propagó por toda la zona y muchos hombres se presentaron para ayudar con el rescate. Trabajaron toda la noche y, por fin, con las primeras luces del día, apareció el copón. Pero... ¡estaba vacío! Se habían perdido las tres Formas que contenía. La desolación de Alboraya fue indescriptible. Inmediatamente se organizaron actos de reparación y honra a la Eucaristía. 

Fue entonces que el Señor les respondió con un gran Milagro que fue testimoniado por cien crónicas. A la luz de la aurora, allí donde el torrente desemboca al mar, todos los vecinos de Alboraya pudieron ver cómo tres peces se mantenían erguidos sobre la corriente, cada uno sosteniendo en la boca entreabierta una Hostia consagrada. Aquellos devotos cayeron de rodillas, mientras alguien corrió a comunicar al párroco aquel portento. Los tres peces siguieron inmóviles en medio de la corriente hasta que el sacerdote, revestido de ornamentos sagrados, se acercó a la ribera. 

Mientras todos cantaban al Señor, los tres peces fueron depositando las tres Formas en manos del sacerdote. Siguió una procesión para trasladar el Santísimo hasta la iglesia del pueblo. 

El copón del milagro se conserva aún hoy como perpetuo recuerdo del milagro. En el se han grabado las siguientes palabras: "¿Quién negará de este Pan el Misterio, cuando un mudo pez nos predica la fe?" 

DICHOS DE SANTOS - 23


Sobre la devoción a  Jesús Sacramentado.

"Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día."

San Alfonso María de Ligorio

INFILTRACIÓN MASÓNICA: NUEVA IGLESIA DEL "PADRE PIO"

UNA “NUEVA IGLESIA” DEDICADA
AL SANTO PADRE PIO
— ¿TEMPLO MASÓNICO? —

Ing. Franco Adessa


Enlace al documento de chiesaviva.com

Benedicto XVI bendice la cripta del templo masónico camuflado de iglesia en San Giovanni Rotondo




Tomado de: Syllabus

lunes, 28 de enero de 2013

EL EVANGELIO NOS LIBRA DE SER VÍCTIMAS DE ENGAÑO


“Cuando aún no estamos familiarizados con el lenguaje del Divino maestro y de la Biblia en general, sorprende hallar constantemente cierto pesimismo, que parece excesivo, sobre la maldad del hombre. Porque pensamos que han de ser muy raras las personas que obran por amor al mal. Nuestra sorpresa viene de ignorar el inmenso alcance que tiene el primero de los dogmas bíblicos: el pecado original. La Iglesia lo ha definido en términos claros (Cfr. Denz. 174-200). Nuestra formación, con mezcla de humanismo orgulloso y sentimentalismo materialista, nos lleva a confundir el orden natural con el sobrenatural, y a pensar que es caritativo creer en la bondad del hombre, siendo así que en tal creencia consiste la herejía pelagiana, que es la misma de Rousseau, origen de tantos males contemporáneos. No es que el hombre se levante cada día pensando en hacer el mal por puro gusto. Es que el hombre, no sólo está naturalmente entregado a su propia inclinación depravada (que no se borró con el Bautismo), sino que, a menos de cumplir con los postulados del Evangelio, queda abandonado a la influencia del Maligno, que lo engaña y lo mueve al mal con apariencia de bien. Es el misterio de iniquidad que S. Pablo explica en II Tes. 2, 6. De ahí que todos necesitamos nacer de nuevo y renovarnos constantemente en el espíritu por el contacto con la Divina persona del único salvador, Jesús, mediante el don que El nos hace de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. De ahí la necesidad constante de vigilar y orar para no entrar en tentación, pues apenas entrados, somos vencidos. Jesús nos da así una lección de inmenso valor para el saludable conocimiento y desconfianza de nosotros mismos y de los demás, y muestra los abismos de la humana ceguera e iniquidad, que son enigmas impenetrables para pensadores y sociólogos de nuestros días y que en el Evangelio están explicados con claridad transparente. Al que ha entendido esto, la humildad se le hace luminosa, deseable y fácil”.

Mons. Juan Straubinger, Nota a Jn. 2, 24.

 ***

“Los que son sólo cristianos de nombre, perjudican a la Iglesia más que los paganos. Por lo tanto no debemos tener trato con ellos”.

Mons. Juan Straubinger, Nota a I Cor. 5, 11.

***

“Uno de los grandes secretos prácticos de la vida del cristiano está en comprender cómo se armoniza la caridad con la desconfianza que hemos de tener en los hombres. El más celoso amor de caridad, que desea en todo el bien del prójimo y nos impide hacerle el menor mal, no nos obliga en manera alguna a confiar en el hombre, ni a creer en sus afirmaciones para halagar su amor propio. Así el Evangelio nos libra de ser víctimas de engaño”.

Monseñor Juan Straubinger, Nota a I Cor. 3, 20.

Fuente: Syllabus

CÓMO SALUDAR A LA GLORIOSA VIRGEN MARÍA


Aunque yo no tenga mérito alguno y, al contrario, sea consciente de mis muy numerosos pecados, tengo sin embargo grandísima confianza en tu pasión, Señor Jesús, y en los méritos de la gloriosa santa Virgen María, Madre tuya. A propósito de ella quisiera detenerme un poco, rogando llegar a ser digno, ya que no puedo atreverme a acercarme a su persona sin haber obtenido antes su permiso. Bien sé que mi indignidad no debería presentarse ante la excelsa dignidad de aquella a quien los mismos ángeles veneran con admiración, exclamando:

"¿Quién es esta que se eleva sobre el desierto del mundo y rebosa de las delicias del paraíso?"

Por eso, dulcísima María, es inconveniente que yo, polvo y ceniza, mejor dicho más vil que el polvo por ser pecador y muy propenso a toda perversidad, me atreva a detenerme para considerar tu belleza y tu magnificencia. Tú, en cambio, encumbrada sobre el cielo, tienes el mundo bajo los pies y eres digna de honor y reverencia por el honor de tu Hijo. Tu inefable bondad, que sobrepasa toda imaginación, con frecuencia me fascina y atrae mi afecto, porque eres el consuelo de los afligidos y estás siempre dispuesta a socorrer a los miserables pecadores.

Estoy necesitado de gran consuelo, sobre todo de la gracia de tu Hijo, pues no me encuentro en absoluto en condiciones de ayudarme a mí mismo. Pero tú, Madre misericordiosísima, si te dignaras considerar mi pequeñez, de muchas maneras podrías socorrerme y confortarme con abundantes consuelos. Por eso, apenas me sienta oprimido por las dificultades o por las tentaciones, inmediatamente recurriré a ti, puesto que donde sobreabunda la gracia es más solícita la misericordia.

Luego, si quiero realizar el intento de comprender tu gloria excelsa y saludarte dignamente desde lo íntimo del corazón, debo proceder con espíritu mucho más puro, porque los que pretenden acercarse sin respeto a tu puerta, no obtienen gloria sino justa vergüenza. Por lo tanto, quien se aproxima a ti debe comportarse con grandísima reverencia y humildad y, sin embargo, con gran esperanza de ser admitido en virtud de tu misericordiosa clemencia.

Por consiguiente, voy hacia ti con humildad y, reverencia, con devoción y confianza, llevando en los labios el saludo de Gabriel, que te dirijo suplicante: saludo que repito con alegría, con la cabeza inclinada por respeto y los brazos abiertos con gran devoción, rogando que sea repetido en mi lugar cien, mil y más veces todavía por todos los espíritus celestiales. No sé realmente qué pueda haber más dulce y más digno para ofrecerte.

Y ahora escucha también al devoto enamorado de tu nombre:

"El cielo se regocija y la tierra se asombra, cuando digo: Ave María. Satanás huye, el infierno tiembla, cuando digo: Ave María. El mundo se vuelve despreciable, la carne repugnante, cuando digo: Ave María. Desaparece la tristeza y vuelve la alegría, cuando digo: Salve María. Se disipa la tibieza y el corazón se inflama de amor, cuando digo: Salve María. Aumenta la devoción, nace la compunción, se acrecienta la esperanza, se intensifica el consuelo, cuando digo: Salve María. El ánimo se renueva y se refuerza el empeño en el bien, cuando digo: Ave María"

Imitación de María del Beato Tomás de Kempis

domingo, 27 de enero de 2013

DICHOS DE SANTOS - 22


"¡Oh démonos a El! ¿Qué son cincuenta años y aún cien de vida, comparados con la eternidad? Sacrificio aquí en el destierro, gloria sin fin en la patria. Y ¿qué es el sacrificio, qué es la cruz sino cielo cuando en ella está Jesucristo?" 

Santa Teresa de los Andes

sábado, 26 de enero de 2013

CÓMO SE HA DE CERCENAR LA DEMASÍA DE LAS PALABRAS


Excusa cuanto pudieres el ruido de los hombres; pues mucho estorba el tratar de las cosas del siglo, aunque se digan con buena intención. Porque presto somos amancillados y cautivos de la vanidad. Muchas veces quisiera haber callado y no haber estado entre los hombres. Pero, ¿cuál es la causa que tan de gana hablamos y platicamos unos con otros, viendo cuán pocas veces volvemos al silencio sin daño de la conciencia? La razón es que por el hablar buscamos ser consolados unos de otros y deseamos aliviar el corazón fatigado de pensamientos diversos. Y de muy buena gana nos detenemos en hablar y pensar de las cosas que amamos o sentimos adversas. 

Mas, ¡ay dolor!, que muchas veces sucede vanamente y sin fruto; porque esta exterior consolación es de gran detrimento a la interior y divina. Por eso, velemos y oremos, no se nos pase el tiempo en balde. Si puedes y conviene hablar, sea de cosas que edifiquen. La mala costumbre y la negligencia de aprovechar ayudan mucho a la poca guarda de nuestra lengua. Pero no poco servirá para nuestro espiritual aprovechamiento la devota plática de cosas espirituales, especialmente cuando muchos de un mismo espíritu y corazón se juntan en Dios.

IMITACIÓN DE CRISTO 
Tomás de Kempis

martes, 22 de enero de 2013

EL CONGRESO DE LOS DIABLOS


LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO
Memorias biográficas
Sueño 141

 El congreso de los diablos 

Soñé que estaba en una gran sala donde muchos diablos celebraban un congreso para encontrar los medios con los cuales lograr acabar y destruir a la comunidad salesiana (y a cualquiera otra asociación religiosa).

Un diablo propuso: – Para destruir esta asociación religiosa lo mejor será la GULA. Ella trae desgano para hacer el bien, corrupción de costumbres, malos ejemplos, falta de espíritu de sacrificio, descuido de los deberes del apostolado…

Pero otro diablo respondió: – Este medio no sirve para la mayoría, porque la comida de los religiosos es bastante sobria y las bebidas alcohólicas son escasas entre ellos. Sus reglamentos mandan que la alimentación sea ordinaria y los superiores vigilan para que no haya exceso en esto. Y el que se excede en el comer y en el beber no sólo produce escándalo entre los demás sino que se atrae el desprecio de los otros. Yo propongo más bien, como medio para acabar con la Congregación al inspirarles un gran AMOR POR LAS RIQUEZAS.

Y añadió:- Es que cuando en una asociación religiosa entra el amor a las riquezas, llega también el amor por las comodidades, y el deseo de tener cada uno su propio dinero para gastarlo en lo que se le antoje, y los religiosos empiezan ya a no pensar con caridad en los demás, sino con egoísmo, cada uno en sí mismo. Y el amor al dinero lleva a los religiosos a dedicarse a los ricos que pueden pagar altas cuotas, y se van olvidando de los pobres.

Aquel demonio quería continuar hablando pero le interrumpió un tercero que dijo: – ¡Qué gula, ni qué amor a las riquezas! Estos religiosos son bastante pobres y bastante sobrios. Además se dedican a atender gentes tan necesitadas, que cualquier cantidad de dinero que les llegue, apenas sí les alcanzará para ayudar a tantos pobres que vienen a pedir su ayuda. Yo en cambio propongo como medio para acabar con su comunidad el incitarles a una EXAGERADA LIBERTAD. Convencerlos de que no es necesario obedecer a los reglamentos de su Congregación. Que hay que rechazar ciertas preocupaciones poco brillantes que se les encomiendan. Que hay que producir movimientos contra sus superiores. Que se puede ir siempre a hacer visitas sin pedir permiso a nadie. Que pueden aceptar toda clase de invitaciones y aprovechar esas ocasiones para salir de casa… y otras cosas semejantes.

Entonces se adelantó un cuarto demonio y exclamó: – Esos medios que han propuesto resultan bastante inútiles, porque los superiores pueden despedir a los rebeldes. Es verdad que algunos se dejarán deslumbrar por el deseo de tener una exagerada libertad, pero ya verán que la mayor parte de estos religiosos se mantendrán fieles al cumplimiento de su deber. Yo les propongo un medio cuya peligrosidad estos hombres no serán capaces de descubrir tan fácilmente. Consiste en CONVENCERLOS DE QUE LO MÁS IMPORTANTE ES LLEGAR A SER MUY INSTRUIDOS, que su principal gloria será el lograr ser personas de mucha ciencia. Y para eso hay que convencerlos de que estudien mucho para adquirir fama, y no para lograr hacer gran bien a las almas o para ser más Santos. Que se instruyan para provecho propio y no para provecho del prójimo que necesita de su apostolado. Hay que llevarlos a que desprecien a los que no son muy instruidos y que les interese la ciencia solamente, y no el ejercer el ministerio sacerdotal y el apostolado que tiene que hacer un buen religioso. Que no les guste enseñar catecismo a los niños, ni dar clases a los pobres, ni pasar largas horas en el confesionario. Que se dediquen solamente a predicaciones en las cuales puedan lucir todo su orgullo y conseguir alabanzas de las personas humanas, pero no a las sencillas predicaciones en las cuales ayuden en verdad a la salvación de las almas.

Esta proposición fue recibida con grandes aplausos por todos los diablos. Y yo me puse a pensar con tristeza que a nuestra Congregación (y a muchas otras) puede llegar al terrible peligro de que algunos crean que lo verdaderamente importante es ser muy instruidos y adquirir fama de brillantes ante los demás, y mientras tanto descuiden sus deberes de sacerdotes y de religiosos, esos deberes sencillos y humildes de enseñar catecismo, de confesar, de predicar de manera fácil al pueblo ignorante y de dedicarse a labores de apostolado que no brillan ante los ojos humanos pero que sí tienen un gran valor ante los ojos de Dios.

Y yo pensaba: ¡qué peligro tan grande el que nos puede venir: que los nuestros deseen solamente la ciencia que hincha y enorgullece y que proporciona alabanzas de la gente, y que esto los lleve a despreciar los buenos consejos de aquellos a los cuales consideran inferiores a ellos en el saber! De pronto uno de los diablos me vio escondido allá en un rincón escuchándoles y entonces todos ellos se lanzaron contra mí tratando de destrozarme. Yo empecé a gritar: ¡Auxilio! ¡Auxilio! Y… me desperté muy emocionado y muy cansado.

HABLA MONSEÑOR LEFEBVRE



“¿Cómo podemos tener confian­za en gente así? Gente que justifica el rechazo de Quanta Cura, de Pascendi, de las declaraciones de la Comisión bíblica, etc...
Una de dos, o somos los here­deros de la Iglesia Católica, de Quanta Cura,de Pascendi, junto a los Papas de antes del Concilio y la gran mayoría de Obispos, todos a favor del Reinado de Nuestro Señor y la salvación de las almas, o si no somos los herederos de los que, sin importarles la ruptura con la Iglesia y su doctrina, admiten los princi­pios de los Derechos Humanos, ba­sados en una verdadera apostasía, con la única intención de poder es­tar presentes, aunque sea como la­cayos, en el gobierno mundial revo­lucionario. En el fondo se trata de eso: tanto decir que están a favor de los Derechos Humanos, de la liber­tad religiosa, la democracia y la igualdad entre todos, obtendrán un puesto en el gobierno mundial, pero será meramente de lacayos.

No podemos dudar ni un mo­mento si no queremos encontrarnos como aquellos que han caído en la trampa de los pactos y componen­das. Hay siempre algunos que se sitúan en el campo del adversario. No se sitúan en el propio campo de batalla, de los que combaten en las mismas trincheras, sino que su mi­rada se dirige siempre hacia el lado enemigo.
Como siempre, dicen que debe­mos ser caritativos, tener buenos sentimientos y evitar las divisiones. A pesar de todo... si dicen la Misa tradicional, no serán tan malos co­mo algunos comentan...
Y sin embargo nos traicionan, dan la mano a los que están destru­yendo la Iglesia y a los que profe­san ideas modernistas y liberales, condenadas por la Iglesia. Y ahora son los que realizan el trabajo del diablo, ellos que se ufanan de tra­bajar, como nosotros, por el Reino de Nuestro Señor Jesucristo y la salvación de las almas.
“Con tal que nos permitan cele­brar la Misa tradicional, podemos pactar con Roma, ¿por qué no?” Así discurren. Se encuentran en un verdadero callejón sin salida, pues no se puede dar la mano a los mo­dernistas y querer guardar la Tradi­ción.

Nuestro combate es terrible. Pero apoyados en los Papas que se han sucedido a lo largo de los si­glos, no tenemos por qué tener miedo ni por qué dudar.
Algunos desearían cambiar esto o aquello, llegar a un entendimien­to con Roma o con el Papa... Noso­tros también estaríamos dispuestos a ello si estuvieran con la Tradición y fueran los continuadores del tra­bajo que llevaron a cabo los Papas del siglo XIX y los de la primera mitad del sigloXX. Sin embargo las autoridades de Roma reconocen que han emprendido un nuevo ca­mino y que el Concilio Vaticano II es una nueva era y en esta era la Iglesia recorre una nueva etapa”.

Mons. Marcel Lefevbre, Ecône, septiembre, 1990.

Fuente: Syllabus

domingo, 20 de enero de 2013

ADOREMUS IN AETERNUM

 

 Coro de Seminaristas de Ecône.

viernes, 18 de enero de 2013

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 14


EL SUEÑO DE MARTA

¡Cuánto había gozado Marta en el festival! Verdad es que estaba fatigadísima y algo calenturienta, porque preciso es ser de bronce para danzar hora tras hora sin sentir cansancio. De vuelta ya a su casa, estaba Marta mirándose y remirándose al espejo sin acertar a quitarse el disfraz.

De pronto se acordó que no había rezado ni poco ni mucho durante aquel día. Claro, ¿quién tiene tiempo de rezar pasándose todo el día entre saraos y danzas? Por aquella vez dispensaría el Sagrado Corazón a su celadora, y la Purísima Virgen a la Hija de María; ya rezaría mucho a la mañana siguiente durante la Misa de doce. Y al ir a acostarse con tales propósitos, alzó los ojos y distraídamente los fijó en una hermosa imagen de la Dolorosa que pendía cerca del lecho; y le pareció ver en la mirada de María reconvención y angustia, y hasta le pareció que una lágrima titilaba en los ojos de la Virgen. 

Agolpáronse entonces en su imaginación ideas diversas: pensó en Jesús crucificado, en la muerte, en el baile, en el infierno… Le parecía que la santa imagen se salía del marco para pedirle estrecha cuenta de su proceder en aquel día; y, espantada, se lanzó al lecho sin desvestirse, sin apagar las bujías y, hecha un ovillo, se tapó la cabeza y todo. En medio de su espanto, se preguntaba con temor: “¿Y si me muriese ahora?” Rendida de miedo, sueño y cansancio, se durmió al fin, y soñó. 

Soñó que una voz le decía: “¡Anda, camina!” Y anduvo, anduvo mucho, hasta que rendida se sentó al borde de un camino. 

En esto oyó voces y algazara, cantos y música, y ante ella un tropel de gentes que le decían: “Tú eres de los nuestros, ven con nosotros”. 

-¿A dónde vais? – les preguntó. 

-¡A la eternidad! – Gritaban-; y volvían a sus cantos y piruetas locas. 

Pasaron: dirigió ella su vista a lo lejos del camino y vio un hombre agobiado por una enorme carga. ¡Y era una gran cruz lo que pesaba sobre sus espaldas, y ceñía su cabeza una corona de punzantes espinas! ¡Era Jesús! Jesús que, desde lejos, dirigía a Marta una mirada grave e imponente. Al brillo de aquella tristísima mirada. Marta cayó de hinojos, sin poder apartar su vista del Hombre-Dios. Quiso correr hacia Jesús, mas sus rodillas parecían haber echado raíces. 

Y oyó la voz, triste y dulce a un tiempo, de Jesús que le decía: 

-¡Marta, mira cómo me ponen tus culpas!... 

Y en esto vio en su imaginación, cómo ella, entre la desenfrenada danza de los saraos, tropezando contra la Cruz, hacía caer al Salvador al pasar a su lado. Sintiendo angustia mortal, quiso abalanzarse a levantar a Jesús, pero no pudo moverse… y oyó cerca de sí un ¡ay! que la hizo estremecer. Se volvió y vio a la Virgen de los Dolores que la miraba con ojos de tristeza y distinguió en ella el mismo rostro y manto de aquella Dolorosa del cuadro pendiente junto a su lecho. Y Marta oyó la dolorida voz de la Virgen que le decía entre lágrimas y sollozos: 

-¡Marta! ¡Marta! ¿Qué has hecho de mi Jesús? Desprecia el mundo que te tiene atada y no te deja ir a Jesús; doma tu cuerpo, huye del demonio que te arrastra al infierno; date a la penitencia y a la oración. 

Marta volvió a fijar sus extraviados ojos en Jesús caído, en la Virgen Dolorosa y en aquella Marta que danzaba en los saraos, y dio un grito que la hizo despertar, porque en aquella Marta se vio a sí misma y… negra, hedionda, espantosa, con la fealdad de los condenados. 

Saltó de la cama y cayó de rodillas ante la imagen de la Virgen Dolorosa, sollozando humilde y contrita: 

-¡Virgen de los Dolores, Madre mía, por la sagrada Pasión de tu divino Hijo, por su Cruz, sálvame! 

Y le pareció entonces que la Virgen Dolorosa la miraba compasiva, la acogía con ternura inefable. 

Al día siguiente, la mano del ministro del Altísimo se alzaba sobre la humillada cabeza de la joven, perdonándola en nombre de Dios. 

Y, al recibir luego marta a Jesús Sacramentado en su corazón, deshecha en lágrimas, le prometió no volver a reuniones mundanas, para no renovar con sus culpas los dolores de Jesús y de María. 

E. S.
Fray Antonio Corredor, o.f.m.

martes, 15 de enero de 2013

EL MITO DEL "RESTAURADOR"



Roma ocupada por los "nuevos teólogos"

Como elemento motor del tren de la “nueva teología”, el prefecto Ratzinger ha inundado Roma de “nuevos teólogos” y en particular la Congregación para la Fe y las Comisiones que él preside. Y así es como para “promover la sana doctrina”, bajo la prefectura del cardenal Ratzinger, encontramos, entre otros, en la Congregación para la Fe a un obispo Lehmann, que niega la Resurrección corporal de Jesús (aunque para Ratzinger también Jesús es “crucificado y resucitado a los ojos de la fe [sic!]” op. cit, p. 187), un George Cottier, O.P., “gran experto” en masone­ría y “partidario del diálogo entre Iglesia y logias”, un Albert Vanhoye, S.J., para el cual “Jesús no era sacerdote” (aunque tam­poco lo sea en mayor medida para Ratzinger y para su “maestro” Rahner), un Marcelo Bordoni, para el cual quedar anclado al dogma cristológico de Calcedonia es un “fixismo” intolerable (al igual que para Ratzinger) (v. para Lehmann, Sí Sí, No No, edición italiana 15 de marzo de 1992, para Cottier, 29 de febrero de 1992, para Vanhoye 15 de marzo de 1987, para Bordoni, Sí Sí, No No, edición española, julio-agosto 1993).

Así es como en la Comisión Bíblica Pontificia, resucitada de su largo letargo y de la cual el prefecto Ratzinger es Presidente ex officio, se han sucedido como Secretario un Henri Cazelles, sulpiciano, pionero de la exégesis neomodernista, cuyaIntroduc­ción a la Biblia fue, en su tiempo, objeto de censura por parte de la Congregación romana para los Seminarios (v. Sí Sí, No No, edi­ción italiana, 30 de abril de 1989), y después el ya citado Albert Vanhoye, S.J., mientras que entre los miembros nos encontramos con un Gianfranco Ravasi, que arruina públicamente la Sagrada Escritura y la Fe, y un Giuseppe Segalla que niega a Juan su Evangelio y divulga el criticismo más avanzado (v. Sí Sí, No No, edición italiana, a. IV, nº 11, p. 2).

El papa junto a su amigo von Balthasar.
Así es como en la comisión teológica internacional, de la cual Ratzinger es presidente y cuyos miembros son escogidos a proposición suya, figuran, entre otros, el obispo Walter Kasper, para el cual los textos evangélicos “donde se habla de un Re­sucitado que lo han tocado con las manos y que se sienta a la mesa con sus discípulos” son “afirmaciones más bien groseras... que hacen correr el peligro de justificar una fe pascua muy ‛rosa’” (aunque Ratzinger no ama tampoco “una concepción masiva y terrena de la resurrección”, v. Introducción al Cristianis­mo,p. 269; para Kasper, v. Gesù, il Cristo, Queriniana, Brescia, 4ª edición, p. 192), al obispo Christoph Schönborn, O.P., secre­tario redaccional del nuevo “Catecismo” yque, en el primer ani­versario de la muerte de Von Balthasar celebró su super-Iglesia ecuménica, la “Católica” no católica, en la Iglesia de Santa María de Basilea (v. H.U. Von Balthasar. Figura e opera, ed. Piemme, pp. 431 ss), al obispo André-Jean Léonard, “hegeliano... obispo de Namur, responsable del Seminario de San Pablo donde Lustiger envía a sus seminaristas [¡todo en familia!] (30 Giorni, diciem­bre 1991, p. 67), etc., etc.

Con discreción y sin ella

¿Qué decir, además, de los modos más “discretos”, pero no menos eficaces, mediante los cuales el prefecto Ratzinger pro­mueve la “nueva teología”? Walter Kasper es nombrado obispo de Rottenburg-Stuttgart[1]. Su “viejo colega” Ratzinger le escribe: “Vos sois un don precioso para la Iglesia católica en este período turbulento” (30 Giorni, mayo 1989). Urs von Balthasar muere en la víspera de recibir la “merecida distinción honorífica de carde­nal”. El prefecto Ratzinger en persona pronuncia el elogio fúne­bre en el cementerio de Lucerna, mostrando en el difunto un teólogo “probatus”:

“Lo que el Papa -dice Ratzinger- quería expresar mediante este gesto de reconocimiento o, mejor, de honor, permanece vá­lido: no son ya solamente particulares, personas privadas, sino que es la Iglesia en su responsabilidad ministerial oficial [sic!] quien nos dice que él fue un auténtico maestro de fe, un guía seguro hacia las fuentes del agua viva, un testimonio de la Pala­bra, mediante la cual podemos aprender a Cristo, aprender la vida” (extraído de H.U. von Balthasar. Figura e opera, de Leh-mann y Kasper, ed. Piemme, pp. 457 s.).

El cardenal Walter Kasper, viejo heresiarca junto a Benedicto XVI y amistades judaicas en la Sinagoga.
El prefecto Ratzinger, de otra parte, está a la cabeza del grupo que patrocina la apertura en Roma de un “centro de formación para candidatos a la vida consagrada”formación “inspirada por las vidas y las obras de Henri de Lubac, Hans Urs von Balthasar y Adrienne von Speyr” (30 Giorni, agosto-septiembre 1990).

En fin, y para contener nuestro discurso en los límites necesa­rios, el prefecto Ratzinger ha presentado a la prensa la “Instruc­ción sobre la vocación eclesial del teólogo”, subrayando que este documento “afirma -puede ser que por primera vez con esta cla­ridad- que hay decisiones del magisterio que no pueden ser una palabra definitiva sobre el sujeto en tanto que tal, sino un abor­daje sustancial al problema y ante todo también una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición provisoria” (L’Osservatore Romano, 27 de junio de 1990, p. 6) y dando al­gunos ejemplos de “disposiciones provisorias” hoy “superadas en las particularidades de sus determinaciones”: 1) las “declaracio­nes de los Papas del siglo último sobre la libertad religiosa”; 2) las "decisiones antimodernistas de comienzo de siglo”; 3) las“deci­siones de la Comisión Bíblica de entonces”; en resumen: los tres baluartes opuestos por los Romanos Pontífices al modernismo en los dominios social, doctrinal y exegético.

Debemos añadir que Elio Guerriero, redactor jefe de Communio (edición italiana) está en perfecto acuerdo con nosotros sobre este punto de vista. Ilustrando la victoriosa avanzada de la “nueva teología” en la revista Jesús de abril 1992, escribía:“Siempre en Roma es necesario destacar el trabajo realizado por Joseph Ratzinger tanto como teólogo como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe”.Tras esto, del “restaurador” Ratzinger no queda más que el mito.

El mito del “restaurador”

Cómo ha podido nacer este mito no es difícil de comprender.

En el Prólogo Introducción al Cristianismo, por ejemplo, Ratzinger escribe:“El problema del auténtico contenido y sentido de la fe cristiana está hoy, mucho más que en tiempos pasados, rodeado de incertidumbre”. Y esto porque “quien ha seguido el movimiento teológico de las últimas décadas y no pertenece al grupo de quienes, sin reflexionar, creen sin reparo que lo nuevo de todas las épocas es siempre lo mejor”, se preocupa por saber si “la teología... ha dado interpretaciones progresivamente des­cendentes de la pretensión de la fe que a menudo se recibió de manera sofocante” y si “tales interpretaciones han suprimido tan pocas cosas que no se ha perdido nada importante, y al mismo tiempo tantas, que el hombre siempre se ha atrevido a dar un paso más hacia adelante” (p. 17).

El Arzobispo Gianfranco Ravasi con Benedicto XVI.
¿Qué católico, que ame a la Iglesia y sufra por la crisis actual, no suscribiría afirmaciones parecidas? Hay ya en este Prólogo, inalterado desde 1968, lo suficiente como para crear en torno a Ratzinger el mito de “restaurador”. ¿Pero qué opone Ratzinger a la demolición progresiva de la Fe perpetrada por la teología con­temporánea? Opone la absolución general de esta misma teología de la cual -declara él-“Es cierto que tales preguntas, en su formu­lación global, son injustificadas, ya que solamente en cierto sen­tido puede afirmarse que “la teología moderna” ha seguido ese camino” (p. 18). Y sobre todo opone, como correctivo, el mismo repudio de la Tradición y del Magisterio, mediante el cual la teología de los últimos decenios ha“rodeado de incertidumbre” el “auténtico contenido y sentido de la fe cristiana... mucho más que en tiempos pasados”. A la deplorada tendencia, siempre más reductiva, de esta teología, de hecho, según Ratzinger, “no se puede impugnar esta rama defendiendo una ciega conservación del metal precioso de formas fijas del pasado, ya que siguen siendo [no declaraciones solemnes del Magisterio, sino] sola­mente pepitas de metal precioso: un peso que, en virtud de su valor, conserva siempre la posibilidad de una verdadera libertad [que viene así subrepticiamente a tomar el lugar a la verdad]” (p. 18). Parece escapar a Ratzinger que inmediatamente este prólogo conduce también “seguramente” allí donde la “teología” contem­poránea. Su libro entero está ahí para demostrarlo. Ya San Pío notaba que todos los modernistas no eran capaces de extraer, de sus premisas erróneas, las conclusiones verdaderamente inevi­tables (v. Pascendi).

Ratzinger es siempre así: a los excesos con los cuales toma sus distancias (a menudo con ocurrencias cáusticas), no opone nunca la verdad católica, sino un error aparentemente más moderado, pero que no obstante en la lógica del error conduce a las mismas conclusiones ruinosas.

El propio Ratzinger se califica en Informe sobre la Fe de “‛progresista’ equilibrado” (p. 22). El está por una “evolución tranquila de la doctrina” sin“escapadas en solitario hacia ade­lante” (p. 23), pero también “sin nostalgias de unayer irremedia­blemente pasado” (p. 24), es decir por la Fe católica abandonada tranquilamente tras de sí. Si bien él no ama el progresisimo de punta, tampoco ama la Tradición católica: “Debemos permane­cer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o almañana (Informe sobre la fe, p. 37; las cursivas están en el texto).

La cuesta es siempre la misma e, incluso, aunque más suave­mente, conduce al mismo repudio total de la divina Revelación, es decir a la apostasía. Las obras del “teólogo” Ratzinger están ahí para demostrarlo de forma incontestable.


Hirpinus, “Sí Sí, No No”, (fragmento) edición española, año III, nº 27, noviembre 1993. Recomendamos vivamente esta magnífica revista. 

[1] Cf. Roma Aeterna nº 111.

Fuente: Syllabus