lunes, 30 de diciembre de 2013

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 15


ESPERABA UN SACERDOTE... 

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse. 

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega. 

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla. 

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba... 

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto. 

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron. 

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré». 

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero». 

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio». 

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia... 

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo... 

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

 (Comunicación de la doctora doña Josefina Conde Picavea, de 1.º de junio de 1968.) 

(«Los asombrosos frutos de una sencilla devoción»)

domingo, 29 de diciembre de 2013

DEL LIBERALISMO A LA APOSTASÍA



Ante la pérdida de la fe es irrisorio que una jerarquía liberal pretenda imponer el error invocando la obediencia. El error, el mal no deben ser obedecidos. La verdad nos enseña a obedecer. El Camino de la obediencia es el camino de la verdad. No se debe obedecer en nada que disminuya nuestra fe católica, obedecer en tal caso es pecado.

Vale más obedecer a Dios que a los hombres, por esto San Pedro dijo: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hom­bres” (Hechos 5, 29). Sabemos que Dios no se contradice, por lo cual no puede haber oposición entre la obediencia a los que en su nombre mandan y la voluntad divina.

Un ministro de Dios, cuando manda algo mal, no manda en nombre de Dios, sino en su propio nombre, luego no hay que obedecer, este es el significado de la palabra de San Pe­dro.

El golpe maestro de Satán como bien lo dice Monseñor Le­febvre, consiste en llevar a la desobediencia por la obedien­cia, es decir desobedecer a Dios a través de una falsa obe­diencia. En definitiva, en materia doctrinal, cuando se aten­ta contra la fe y la moral, el argumento fundamental no es en última instancia el de la obediencia, sino el de la tradi­ción, como nos advierte San Pablo: "Aun cuando nosotros mismos o un ángel del Cielo os predicare un Evangelio dis­tinto del que os hemos anunciado, sea anatema (Galatas I, 8). A esto agrega Monseñor Straubinger: 'El Evangelio no debe ser acomodado al siglo so pretexto de adaptación. La verdad no es condescendiente sino intransigente. El mismo Señor nos previene contra los falsos Cristos, lobos con piel de oveja y también San Pablo, contra los falsos apóstoles de Cristo y los falsos doctores con apariencia de pie­dad”. - Nota al versículo 8 de Galatas 1.

La Sagrada Escritura nos alerta sobre todo esto previnién­donos sobre la pérdida de la fe, hasta culminar en la gran apostasía universal, así en Tesalonisenses II -Capítulo 2, versículo 3, San Pablo nos previene de esa apostasía que debe acontecer: "... nadie os engañe de manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición, el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llame Dios o Sagrado, hasta sentarse él mismo en el templo de Dios ostentándose como si fuera Dios.

Es nuestro deber conservar la fe y seguir siendo católicos. Esa fe que desaparecerá: ¿el hijo del hombre cuando vuelva hallará por ventura la fe sobre la Tierra? (San Lu­cas, cap. 18, vers. 8). Al respecto comenta Monseñor Strau­binger: "Este impresionante anuncio que hace Cristo no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación de los siglos, es el gran Misterio que San Pa­blo llama de iniquidad y de apostasía".

Si hablamos de apostasía o de misterio de iniquidad, no ha­cemos más que seguir las Sagradas Escrituras que nos advier­ten para nuestro bien; Santo Tomás, comentando a San Ma­teo 24, 25, descifra el significado de lo que será la gran tribulación. Nos advierte que se tratará de la perversión de la doctrina cristiana, por la falsa doctrina. Y si no fueran abre­viados los días, no se salvaría nadie, pues todos caerían en el error. Más adelante en el versículo 29: "... el Sol se oscu­recerá”.  Por el Sol se designa a la Iglesia, que por las tri­bulaciones que pasará no se la verá lucir.

En el mismo sentido, San Cipriano advierte: "no os deis afán para edificar templos materiales en los cuales al fin y al cabo sabéis que un día se sentará el anticristo; edificad la fe en los pechos, templos que nadie puede quemar".

Y San Hilario considerado el Atanasio de occidente, hace la siguiente reflexión: "hacéis mal en amar tanto los mu­ros, en fincar así en los edificios vuestro respeto por la Iglesia y cubrirnos de este pretexto para invocar una preten­dida paz, ¿puede dudarse que el anticristo se sentará en los mismos lugares?”.

Para concluir adviértase lo que nos dice San Pablo sobre la actitud a guardar ante quienes combaten la verdad, en II Ti­moteo (2 - 24): "... el siervo del Señor no debe ser litigio­so, sino manso para con todos, pronto para enseñar a sufrir, que instruya con mansedumbre a los que se oponen por si acaso Dios les concede arrepentimiento para que conoz­can la verdad y sepan escapar del lazo del Diablo, quien los tenía cautivos para someterlos a su voluntad".

Pidamos a Nuestra Señora mediadora de todas las Gracias, la Gracia de la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, para no de­jamos arrastrar por el misterio de iniquidad, el cual está obrando ya y que culminará con el advenimiento del anti­cristo para hacerse adorar en lugar santo junto con Satanás, después de arrastrar la humanidad a la apostasía.

Boletín de la Tradición Católica. Editado por la Comisión de Cultura de la Capilla San Pío V, Córdoba - Argentina. Diciembre de 1988.

viernes, 27 de diciembre de 2013

CUANDO LA OBEDIENCIA SE HACE VERDAD


¿Cuál es el principio de fondo que opone a los católicos de la Tradición con los católicos más conciliadores, que reclaman el Motu Proprio "Ecclesia Dei", que transigen sobre la liturgia, o que se ubican en una perspectiva simplemente conservadora? 

Hay una actitud bastante difundida actualmente en el ámbito conservador de la Iglesia, que consiste en aceptar todo (o por lo menos mucho) por "espíritu de sumisión" y "por dolorismo". Dicha actitud se puede resumir en dos principios: 

-"la obediencia es la verdad" 

-"sufrir es siempre merecer". 

Así, por el solo hecho de que obedezco a los hombres de Iglesia, estoy en la verdad. Y si sufro por eso, participo forzosamente de la cruz de Cristo, y entonces merezco para mí mismo y para la Iglesia. Así dicen estos "conservadores". 

Aquí hay enormes sofismas: 

- La autoridad eclesial favorece o tolera el mal de la Iglesia. Este mal, puesto que viene de la autoridad, se hace ipso facto la verdad; si adopto ese mal por obediencia, estoy ipso facto en la verdad de Cristo. 

- Como estoy interiormente opuesto a ese mal, sufro profundamente al adoptarlo por obediencia; con el sufrimiento, al ser por sí mismo redentor, trabajo por la edificación de la Iglesia. Brevemente: cuanto más destruyo la Iglesia (propagando el mal en ella), más la edifico (por mi sufrimiento). 

Nuestra posición teórica y práctica de católicos tradicionalistas es diferente, y se apoya sobre dos principios opuestos: 

- la verdad precede a la obediencia y la funda, 

- el mal, en cuanto tal, no produce jamás más que mal, y nunca el bien. 

Aceptar las innovaciones malas es participar directamente de la destrucción de la Iglesia, y esto nunca está permitido, jamás es meritorio, jamás es fructífero. 

Además, no existe ni puede existir ninguna obediencia legítima contra la fe o que importe su disminución. 

Finalmente, el sufrimiento debido al pecado, al error o a la tontería no es para nada meritorio por sí mismo.

Monseñor Lefebvre caracterizaba esas opiniones con la fuerte pero realista expresión de "el golpe maestro de Satanás". Ese golpe lo reducía a tres principios: 

 -"Difundir por la autoridad de la Iglesia misma, los principios revolucionarios que el mismo Satanás introdujo en la Iglesia". 

 -"La Iglesia se va a destruir a sí misma por la vía de la obediencia". 

 -"Satanás logró hacer condenar a aquellos que guardan la fe católica por los mismos que tendrían que defenderla y propagarla".  

Concluía estas palabras del 13 de mayo de 1974 con una afirmación esencial, que constituye como un principio de división entre esos conservadores y nosotros: 

"Hay aquí palabras que a algunos les parecerán ultrajantes de la autoridad. Son, por el contrario, las únicas que protegen la autoridad y verdaderamente la reconocen, pues la autoridad no puede ser sino para la verdad y el bien, y no para el error y el vicio". 

 P. Michel Beaumont - "Fideliter" n° 129

jueves, 26 de diciembre de 2013

¿FRANCISCO CONTRA SUS OBISPOS Y CONTRA SÍ MISMO?

SYLLABUS


"La memoria del primer mártir disuelve la falsa imagen de la Navidad, esta imagen de cuento, endulzada, que en el Evangelio no existe", sostuvo Francisco.

FUENTE


El dulce mensaje de los obispos argentinos:






EL NOM IMPONE YA SU AGENDA GAY: DESPIDEN A UN PROFESOR EN ESTADOS UNIDOS "POR SER HETEROSEXUAL"


Kenny Gregory, con su mujer y sus tres hijos. En el recuadro de la parte superior, la directora que lo despidió.
Kenny Gregory, con su mujer y sus tres hijos. En el recuadro de la parte superior, la directora que lo despidió.
JK.- No es extraño que el primer caso de despido de un heterosexual haya tenido lugar en Estados Unidos. La Fundación Rockefeller, fundamental en la llegada de Obama a la Presidencia de EE.UU, se encuentra en la vanguardia de los esfuerzos de la élite para destruir el núcleo de la familia y reducir la población.
Durante casi un siglo, ha financiado no solo el movimiento gay, sino la investigación y cabildeo diseñado para controlar la población (la píldora, el aborto) separar el sexo de la procreación (por ejemplo, la “revolución sexual”, el informe Kinsey) y todo con el fin de promover la agenda elitista y facilitar el nuevo orden mundial.
En consecuencia, el mundo engatusado y feliz de ser arrastrado al pensamiento filosófico “moderno” ha decidido no detener, e incluso defender, el matrimonio homosexual, la adopción de niños por padres del mismo sexo y ahora también el despido laboral de los no-homosexuales.
Kenny Gregory, un profesor de educación física que trabajó en una escuela privada de élite en Nueva York durante 16 años, presentó una demanda contra la directora que lo despidió el pasado junio, en la cual afirma que el motivo de su despido fue su “heterosexualidad”.
A la directora –que es lesbiana, según el demandante– le irritaba que el profesor tuviera una familia tradicional: mujer y tres hijos, argumenta Gregory en su querella. Además, el profesor sostiene que la directora despidió “bajo vanos pretextos” a otros tres hombres que tenían esposas e hijos pequeños. El puesto del maestro despedido fue ocupado por una profesora que también es lesbiana, según la prensa local.
Fuente: alerta digital

INVITACIÓN A PARTICIPAR EN LAS CONCENTRACIONES PROVIDA DEL 28 DE DICIEMBRE ANTE LOS PRINCIPALES ABORTORIOS DE ESPAÑA

Como todos los años, Alternativa Española, convoca manifestaciones en defensa de la vida y en contra de cualquier ley abortista. 

Como el año pasado, convocamos como miembros fundadores  de la Coordiandora por la vida,junto a CTC, PFyVC. ACSA, 25V, ABORTONO.ORG y más de 50 asociaciones adheridas.

 Este año, hay más motivos, si cabe, para salir a la calle. 

La reciente ley abortista aprobada por el Partido Popular con mayoría absoluta y por la cual se da amparo legal al asesinato de niños en el vientre de su madre, pretende no solo consolidar el aborto como opción legal , sino también, generar en la opinión pública la falsa creencia de que el asunto del aborto está solucionado. 

Sus medios de comunicación y organizaciones sociales dependientes ya están en ello, transmitiendo que hay un aborto bueno y aceptable, felizmente legislado, y otro malo ya derogado. 

De esta manera acallan las conciencias y cerrarán el telón volviendo a décadas de silencio cómplice y vergonzoso sobre este genocidio.
Nosotros, no. Como siempre, lucharemos con los modestos medios a nuestro alcance en defensa de la vida humana desde su concepción y denunciando cualquier ley que ampare cualquier forma de aborto, venga de donde venga.

El próximo 28 de diciembre estaremos frente a abortorios e instituciones públicas por toda España, denunciando esta ley perversa e injusta. Y contamos contigo. 

Tu presencia es imprescindible. Tratamos de alzar la voz para defender la vida frente al espeso muro de silencio que se cierne sobre el tema del aborto y tu voz, tu presencia es fundamental.
Además de delante de los principales abortorios de España, estaremos frente a la sede del Partido Popular en la calle Génova, a las 12.00.

Acude a las diferentes convocatorias locales  con tu familia para defender a aquellos que no tienen amparo alguno y para mostrar a los que amparan su muerte que todavía hay personas que no se dejan engañar.

NI ABORTO DEL PSOE, NI ABORTO DEL PP

A la espera de poder verte en la concentración, recibe un cordial saludo y el deseo de que pases una Feliz y Santa Navidad en familia. 

Mar Hurtado
Alternativa Española

REFLEXIONES SOBRE LOS ENEMIGOS Y LA MANIOBRA - POR JEAN VAQUIÉ. PARTE IV




LA UBICUIDAD MASÓNICA


Las congregaciones iniciáticas están  a la obra en la Europa cristiana, desde la época del Renacimiento. Es cierto que fueron precedidas, en la Edad Media, por cofradías más o menos esporádicas. Bajo la forma de la masonería actual, ellas operan activamente desde el siglo XVIII. Se considera a las Constituciones de Anderson (1717), que forman la carta de la Gran Logia de Londres, como su acta de nacimiento. Esta logia es la primera de todas en orden cronológico y se convirtió, tanto de hecho como de derecho, en “madre y maestra” de todas las logias masónicas del mundo. Ella representa, para la contra-iglesia, la simetría inversa de la Archibasílica del San Juan de Letrán.

La masonería quiere estar presente en todas partes. Esta ubicuidad es la base de su método de acción exterior. Ella quiere saber todo lo que se dice, participar en todo lo que se decide, colaborar en todo lo que se hace. Ella se mezcla con todas las corrientes, incluso las que nacen sin ella, también a las que se forman contra ella. Pues toda corriente contiene una fuerza utilizable. Ella elige, entre las tendencias que se manifiestan espontáneamente, aquellas que conviene favorecer y las que hay que torpedear a toda costa. Esta infiltración universal es una de las actividades más importantes de la masonería. Es muy difícil escapar pues se realiza por medio de la “influencia personalcuidadosamente cubierta”
   
ASTUCIA Y VIOLENCIA.


La doctrina cristiana, tal cual era enseñada antes de la crisis, nos advertía que el demonio es un ser doble: es mentiroso y homicida. Como mentiroso, será astuto y seductor, como homicida será violento y aterrador. Será a veces cordero y a veces dragón:“Después vi otra bestia que subía de la tierra, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como el dragón” (Apoc. XIII, 11).
  
Esta duplicidad esencial la comunicará en la tierra, a todos los organismos que ha creado para hacer la guerra a Cristo y a los hombres. Es necesario que sepamos identificar, en estos organismos a los cuales estamos necesariamente confrontados, la astucia y la violencia de su amo.
   
Encontramos ministros de su astucia y ministros de su violencia. La Sagrada Escritura nos proporciona dos grupos de dos figuras que nos aclaran el doble comportamiento de los demonios y de sus ministros humanos. Estas dos figuras son Gog y Magog, evocados sobre todo en el libro de Ezequiel y Leviatán y Behemoth en el libro de Job.

1.- Los ministros humanos de la ASTUCIA del demonio pueden ser ubicados bajo el signo de Gog y de Leviatán.

Gog significa « techado » y conviene a todo lo que es cubierto, disimulado y engañoso. Habita los confines del Septentrión, como Lucifer, de quien es figura: “Tu vendrás de tu país, de los confines del septentrión, tu y los pueblos numerosos contigo” (Ez. XXXVIII, 15). Gog es engañoso, ataca a aquellos que están desprevenidos “Dirás, subiré contra una tierra indefensa, iré contra gentes tranquilas que viven en paz y que habitan todas sin muros, y sin tener cerrojos ni puertas” (Ez. XXXVIII, 11).

Leviatán es una bestia marítima que esconde su extraordinario poder bajo encantos cautivadores: “No callaré sus miembros, su fuerza, la armonía de sus proporciones… soberbias son las líneas de sus escamas, como escudos cerrados… sus estornudos son como chispas de fuego, sus ojos como los párpados de la aurora… Su corazón es duro como piedra, duro como la muela inferior…” (Job XLI, 25).

Todas estas ilusiones con las cuales el Leviatán se rodea, son mentirosas. Son vestigios de su belleza primitiva, vestigios que conserva en su estado caído pues Dios no lo despojó. Son los restos de belleza que pone en evidencia cuando se disfraza de ángel de luz. Tanto los jefes históricos, filósofos, instituciones, incluso naciones, son “gogs” y “Leviatánes”. Hay que saberlos reconocer.

2.- Los ministros de la VIOLENCIA están retratados bajo los rasgos de Magog y Behemoth.
Magog significa « sin techado », es decir, sin disimulo: es el símbolo de la fuerza cínica y brutal.

Behemot es una bestia terrestre como un toro:

“Mira a Behemot, creado por Mí lo mismo que tú. Come hierba como buey; y ve que su fuerza está en los lomos, y su vigor en los músculos de su vientre. Endurece su cola como un cedro; y los nervios de sus muslos son como un solo tejido. Sus huesos son tubos de bronce, sus costillas como planchas de hierro… ¿Le meterás un junco en la nariz, le taladrarás con un gancho la quijada? (Job XL)
   
Es evidente que no existe una separación entre los ministros humanos de la astucia demoniaca y los de la violencia. Son frecuentemente los mismos hombres que ejercen alternativamente los dos ministerios, incluso simultáneamente.

En la guerra, no es posible evitar todos los golpes. Pero hay que evitar las imprudencias. Es una imprudencia acercarse inútilmente a Leviatán o a Behemot, por ejemplo para tratar de discutir o de razonar con uno u otro; no se discute con el demonio ni con los suyos.

Una religiosa de Poitiers, Josefa Menéndez, española de origen, recibió revelaciones de la Santísima Virgen que aclaran este punto:

El demonio es como un perro furioso, pero está encadenado, es decir que solo tiene una cierta libertad. Solo puede tomar y devorar su presa si ésta se le acerca. Y es para apoderarse de ella que su táctica habitual es transformarse en cordero. El alma que no se da cuenta y se acerca poco a poco y no descubre su malicia hasta que se encuentra dentro de su alcance” (Un llamamiento al amor, 13 de abril de 1921).

miércoles, 25 de diciembre de 2013

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA NAVIDAD


PARA EL DÍA DE NAVIDAD
SOBRE EL MISTERIO

Evangelizo vobis gaudium magnun:
natus est vobis hodie Salvator.
Vengo a daros una feliz nueva: que os
ha nacido hoy un Salvador.
(S. Luc., 2, 10.)

¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que decirle que un médico hábil va a sacarle de las puertas de la muerte? Pues infinitamente más dichosa, es la que el ángel anuncia a todos los hombres en la persona de los pastores. Sí, el demonio había inferido, por el pecado, las más crueles y mortales heridas a nuestras pobres almas. Había plantado en ellas las tres pasiones más funestas, de donde dimanan todas las demás, que son el orgullo, la avaricia, la sensualidad. Habiendo quedado esclavos de estas vergonzosas pasiones, éramos todos nosotros como enfermos desahuciados, y no podíamos esperar más que la muerte eterna, si Jesucristo, nuestro verdadero médico, no hubiese venido a socorrernos. Pero no, conmovido por nuestra desdicha, dejó el seno de su Padre y vino al mundo, abrazándose con la humillación, la pobreza y los sufrimientos, a fin de destruir la obra del demonio y aplicar eficaces remedios a las crueles heridas que nos había causado esta antigua serpiente. Sí, viene este tierno Salvador para curarnos de todos estos males, para merecernos la gracia de llevar una vida humilde, pobre y mortificada; y, a fin de mejor conducirnos a ella, quiere Él mismo darnos ejemplo. Esto es lo que vemos de una manera admirable en su nacimiento.

Vemos que Él nos prepara: 1.º con sus humillaciones y obediencia, un remedio para nuestro orgullo; 2.° con su extremada pobreza, un remedio a nuestra afición a los bienes de este mundo, y 3.° con su estado de sufrimiento y de mortificación, un remedio a nuestro amor a los placeres de los sentidos. Por este medio, nos devuelve la vida espiritual que el pecado de Adán nos había arrebatado; o, por mejor decir, viene a abrirnos las puertas del cielo que el pecado nos había cerrado. Conforme a esto, pensad vosotros mismos cuál debe ser el gozo y la gratitud de un cristiano a la vista de, tantos beneficios. ¿Se necesita más para movernos a amar a este tierno y dulce Jesús, que viene a cargar con todos nuestros pecados, y va a satisfacer a la justicia de su Padre por todos nosotros? ¡Oh, Dios mío! ¿puede un cristiano considerar todas estas cosas sin morir de amor y gratitud?.

I.-Digo, pues, que la primera llaga que el pecado causó en nuestra alma es el orgullo, esa pasión tan peligrosa, que consiste en el fondo de amor y estima de nosotros mismos, el cual hace: 1.° que no queramos depender de nadie ni obedecer; 2.° que nada temamos tanto como vernos humillados a los ojos de los hombres; 3.° que busquemos todo lo que nos puede ensalzar en su estimación. Pues bien, ved lo que Jesucristo viene a combatir en su nacimiento por la humildad más profunda.

No solamente quiere Él depender de su Padre celestial y obedecerle en todo, sino que quiere también obedecer a los hombres y en alguna manera depender de su voluntad. En efecto: el emperador Augusto ordena que se haga el censo de todos sus súbditos, y que cada uno de ellos se haga inscribir en el lugar donde nació. Y vemos que, apenas publicado este edicto, la Virgen Santísima y San José se ponen en camino, y Jesucristo, aunque en el seno de su madre, obedece con conocimiento y elección esta orden. Decidme; ¿podemos encontrar ejemplo de humildad más grande y más capaz de movernos a practicar esta virtud con amor y diligencia? ¡Qué! ¿un Dios obedece a sus criaturas y quiere depender de ellas, y nosotros, miserables pecadores, que, en vista de nuestras miserias espirituales, debiéramos escondernos en el polvo, ¿podemos aun buscar mil pretextos para dispensarnos de obedecer los mandamientos de Dios y de su Iglesia a nuestros superiores, que ocupan en esto el lugar del mismo Dios? ¡Que bochorno para nosotros, si comparamos nuestra conducta con la de Jesucristo! Otra lección de humildad que nos da Jesucristo es la de haber querido sufrir la repulsa del mundo. Después de un viaje de cuarenta leguas, María y José llegaron a Belén. Con qué honor no debía ser recibido Aquel a quien esperaban hacía miles de años! Más como venía para curarnos de nuestro orgullo y enseñarnos la humildad, permite que todo el mundo lo rechace y nadie le quiera hospedar. Ved, pues, a1 Señor del universo, al Rey de cielos y tierra, despreciado, rechazado de los hombres, por los cuales viene a dar la vida a fin de salvarnos. Preciso es, pues, que el Salvador se vea reducido a que unos pobres animales le presten su morada. ¡Dios mío! ¡qué humildad y qué anonadamiento para un Dios! Sin duda, nada nos es tan sensible como las afrentas, los desprecios y las repulsas; pero si nos paramos a considerar los que padeció Jesucristo, ¿podremos nunca quejarnos, por grandes que sean los nuestros? ¡Qué dicha para nosotros, tener ante los ojos tan hermoso modelo, al cual podemos seguir sin temor de equivocarnos!

Digo que Jesucristo, muy lejos de buscar lo que podía ensalzarle en la estima de los hombres, quiere, por el contrario, nacer en la oscuridad y en el olvido; quiere que unos pobres pastores sean secretamente avisados de su nacimiento por un ángel, a fin de que las primeras adoraciones que reciba vengan de los más humildes entre los hombres. Deja en su reposo y en su abundancia a los grandes y a los dichosos del siglo, para enviar sus embajadores a los pobres, a fin de que sean consolados en su estado, viendo en un pesebre, tendido sobre un manojo de paja; a su Dios y Salvador. Los ricos no son llamados sino mucho tiempo después, para darnos a entender que de ordinario las riquezas y comodidades suelen alejarnos de Dios. Después de tal ejemplo, ¿podremos ser ambiciosos y conservar el corazón henchido de orgullo y lleno de vanidad? ¿Podremos todavía buscar la estimación y el aplauso de los hombres, si volvemos los ojos al pesebre? ¿No nos parecerá oír al tierno y amable Jesús que nos dice a todos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»? (Mat., 10. 10). Gustemos, pues, de vivir en el olvido y desprecio del mundo; nada temamos tanto, nos dice San Agustín, como los honores y las riquezas de este mundo, porque, si fuera permitido amarlas, las hubiera amado también Aquél que se hizo hombre por amor nuestro. Si Él huyó y despreció todo esto, nosotros debemos hacer otro tanto, amar lo que Él amó y despreciar lo que Él despreció: tal es la lección que Jesucristo nos da al venir al mundo, y tal es, al propio tiempo, el remedio que aplica a nuestra primera llaga, que es el orgullo. Pero hay, en nosotros una segunda llaga no menos peligrosa: la avaricia.

II.-Digo, que la segunda llaga que el pecado ha abierto en el corazón del hombre, es la avaricia, es decir, el amor desordenado de las riquezas y bienes terrenales. ¡Qué estragos causa esta pasión en el mundo! Razón tiene San Pablo en decirnos que ella es la fuente de todos los males. ¿No es, en efecto, de este maldito interés de donde vienen las injusticias, las envidias, los odios, los perjurios, los pleitos, las riñas, las animosidades y la dureza con los pobres? Según esto, ¿podemos extrañarnos de que Jesucristo, que viene a la tierra para curar las pasiones de los hombres, quiera nacer en la más grande pobreza y en la privación de todas las comodidades, aun de aquellas que parecen necesarias a la vida humana? Y por esto vemos que comienza por escoger una Madre pobre y quiere pasar por hijo de un pobre artesano; y, como los profetas habían anunciado que nacería de la familia real de David, a fin de conciliar este noble origen con su grande amor a la pobreza, permite que, en el tiempo de su nacimiento, esta ilustre familia haya caído en la indigencia. Va todavía más lejos. Maria y José, aunque hartó pobres, tenían, con todo, una pequeña casa en Nazaret; esto era todavía demasiado para Él : no quiere nacer en un lugar que le pertenezca; y por esto obliga a su santa Madre, a que haga con José un viaje a Belén en el tiempo preciso en que ha de ponerle en el mundo. ¿Pero a lo menos en Belén, patria de su padre David, no hallará parientes que le reciban en su casa? Nada de esto, nos dice el Evangelio; no hay quien le quiera recibir; todo el mundo le rechaza. Decidme, ¿a dónde irá este tierno Salvador, si nadie le quiere recibir para resguardarle de las inclemencias de la estación? No obstante, queda todavía un recurso: irse a una posada. José y María se presentan, en efecto. Pero Jesús, que todo lo tenia previsto, permitió que el concurso fuese tan grande que no quedase ya sitio para ellos. ¿A dónde irá, pues, nuestro amable Salvador? San José y la Santísima Virgen, buscando por todos los lados, divisan una vieja casucha donde se recogen las bestias cuando hace mal tiempo. ¡Oh, cielos! ¡asombraos! ¡un Dios en un establo! Podía escoger el más espléndido palacio; mas, como ama tanto la pobreza, no lo hará. Un establo será su palacio, un pesebre su cuna, un poco de paja su lecho, míseros pañales serán todo su ornamento, y pobres pastores formarán su corte.

Decidme, ¿podía enseñarnos de una manera más eficaz el desprecio que debemos tener a los bienes y riquezas de este mundo, y, al propio tiempo, la estima en que hemos de tener la pobreza y a los pobres? Venid, miserables, dice San Bernardo, venid vosotros, todos los que tenéis el corazón apegado a los bienes de este mundo, escuchad lo que os dicen este establo, esta cuna y estos pañales que envuelven a vuestro Salvador! ¡Desdichados de vosotros los que amáis los bienes de este mundo! ¡Cuán difícil es que los ricos se salven! ¿Por qué? -me preguntaréis- ¿Por qué? Os lo diré:

1.° Porque ordinariamente la persona rica está llena de orgullo; es menester que todo el mundo le haga acatamiento; es menester que las voluntades de todos los demás se sometan a la suya.

2.° Porque las riquezas apegan nuestro corazón a la vida presente: así vemos todos los días que los ricos temen en gran manera la muerte.

3.° Porque las riquezas son la ruina del amor de Dios y extinguen todo sentimiento de compasión con los pobres, o, por mejor decir, las riquezas son un instrumento que pone en juego todas las demás pasiones. Si tuviésemos abiertos los ojos del alma, ¡cuanto temeríamos que nuestro corazón se apegase a las cosas de este mundo! Si los pobres llegaran a entender bien cuánto los acerca a Dios su estado y de qué modo les abre el cielo, ¡cómo bendecirían al Señor por haberlos puesto en una posición que tanto les aproxima a su Salvador !

Si ahora me preguntáis: ¿cuáles son esos pobres a quienes tanto ama Jesucristo? Son, los que sufren su pobreza con espíritu de penitencia, sin murmurar y sin quejarse. Sin esto, su pobreza no les serviría sino para hacerlos aun más culpables que los ricos. Entonces, -me diréis- ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen; han de emplear esos bienes en buenas obras en cuanto puedan; han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes al contrario, han de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo. Así es cómo, con su gran pobreza, nos enseña Jesucristo a combatir nuestro apego a los bienes de este mundo; por ella nos cura la segunda llaga que nos ha causado el pecado. Pero nuestro tierno Salvador quiere todavía curarnos una tercera llaga producida en nosotros por el pecado, que es la sensualidad.

III.-Esta pasión consiste en el apetito desordenado de los placeres que se gozan por los sentidos. Esta funesta pasión nace del exceso en el comer y beber, del excesivo amor al descanso, a las regalos y comodidades de la vida, a los espectáculos, a las reuniones profanas; en una palabra, a todos los placeres que dan gusto a los sentidos. ¿ Qué hace Jesucristo para curarnos de esta peligrosa enfermedad? Vedlo: nace en los sufrimientos, las lágrimas y la mortificación; nace durante la noche, en la estación más rigurosa del año. Apenas nacido, se le tiende sobre unos manojos de paja, en un establo. ¡Oh, Dios mío! ¡qué estado para un Dios! Cuando el Eterno Padre crió a Adán, le puso en un jardín de delicias; nace ahora su Hijo, y le pone sobre un puñado de paja. ¡Oh, Dios mío! Aquel que hermosea el cielo y la tierra, Aquel que constituye toda la felicidad de los ángeles y de los santos, quiere nacer y vivir y morir entre sufrimientos. ¿Puede acaso mostrarnos de una manera más elocuente el desprecio que debemos tener a nuestro cuerpo, y cómo debemos tratarlo duramente por temor de perder el alma? ¡Oh, Dios mío! ¡qué contradicción! Un Dios sufre por nosotros, un Dios derrama lágrimas por nuestros pecados, y nosotros nada quisiéramos sufrir, quisiéramos toda suerte de comodidades...

Pero también, ¡qué terribles amenazas no nos hacen las lágrimas y los sufrimientos de este divino Niño! «¡Ay de vosotros -nos dice Él- que pasáis vuestra vida riendo, porque día vendrá en que derramaréis lágrimas sin fin!» «El reino de los cielos -nos dice- sufre violencia, y sólo lo arrebatarán los que se la hacen continuamente.» Sí, si nos acercamos confiadamente a la cuna de Jesucristo, si mezclamos nuestras lágrimas con las de nuestro tierno Salvador, en la hora de la muerte escucharemos aquellas dulces palabras: «¡Dichosos los que lloraron, porque serán consolados!»

Tal es, pues, la tercera llaga que Jesucristo vino a curar haciéndose hombre : la sensualidad, es decir, ese maldito pecado de la impureza. ¡Con qué ardor hemos de querer, amar y buscar todo lo que puede procurarnos o conservar en nosotros una virtud que nos hace tan agradables a Dios! Sí, antes del nacimiento de Jesucristo, había demasiada distancia entre Dios y nosotros para que pudiésemos atrevernos a rogarle. Pero el Hijo de Dios, haciéndose hombre, quiere aproximarnos sobremanera a Él y forzarnos a amarle hasta la ternura. ¿Cómo, viendo a un Dios en estado de tierno infante, podríamos negarnos a amarle con todo nuestro corazón? Él quiere ser, por sí mismo, nuestro Mediador, se encarga de pedirlo todo al Padre por nosotros; nos llama hermanos e hijos suyos; ¿podía tornar otros nombres que nos inspirasen mayor confianza? Vayamos, pues, a Él plenamente confiados cada vez que hayamos pecado; Él pedirá nuestro perdón, y nos obtendrá la dicha de perseverar.

Mas, para merecer esta grande y preciosa gracia, es preciso que sigamos las huellas de nuestro modelo; que amemos, a ejemplo suyo, la pobreza, el desprecio y la pureza; que nuestra vida responda a nuestra alta cualidad de hijos y hermanos de un Dios hecho hombre. No, no podemos considerar la conducta de los judíos sin quedarnos sobrecogidos de asombro. Este pueblo estaba esperando al Salvador hacía ya cientos de años, había estado rogando siempre; movido por el deseo que tenía de recibirle; y, al presentarse, nadie se encuentra que le ofrezca un pequeño albergue; siendo Dios omnipotente vese precisado a que le presten su morada unos pobres animales. No obstante, en la conducta de los judíos, criminal como es, hallo yo, no un motivo de excusa para aquel pueblo, sino un motivo de condenación para la mayor parte de los cristianos. Sabemos que los judíos se habían formado de su libertador una idea que no se avenía con el estado de humillación en que Él se presentaba; parecían no poder persuadirle de que Él fuese el que había de ser su libertador; pues, como nos dice muy bien San Pablo: «Si los judíos le hubiesen reconocido Dios, jamás le hubieran dado muerte.» (Cor. 2, 8). Pequeña excusa es ésta para los judíos. Mas nosotros, ¿ qué excusa podemos tener para nuestra frialdad y nuestro desprecio de Jesucristo ? Sí, sin duda, nosotros creemos verdaderamente que Jesucristo apareció en la tierra, y que dio pruebas las más convincentes de su divinidad: he aquí el objeto de nuestra solemnidad. Este mismo Dios quiere, por la efusión de su gracia, nacer espiritualmente en nuestros corazones: he aquí los motivos de nuestra confianza. Nosotros nos gloriamos, y con razón, de reconocer a Jesucristo por nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo: he aquí el fundamento de nuestra fe. Pero, con todo esto, decidme, ¿qué homenaje le rendimos? ¿Acaso hacemos por ÉL algo más que si todo esto no creyéramos? Decidme, ¿responde a nuestra creencia nuestra conducta? Mirémoslo un poco más de cerca, y veremos que somos todavía más culpables que los judíos en su ceguera y endurecimiento.

IV. Por de pronto, no hablamos de aquellos que, habiendo perdido la fe, no la profesan ya exteriormente; hablamos de aquellos que creen todo lo que la Iglesia nos enseña, y, sin embargo, nada o casi nada hacen de lo que la religión nos manda. Hagamos acerca de esto algunas reflexiones apropiadas a los tiempos en que vivimos. Censuramos a los judíos por haber rehusado un asilo a Jesucristo, a quien no conocían. Pero ¿hemos reflexionado bien, que nosotros le hacemos igual afrenta cada vez que descuidamos recibirlo en nuestros corazones por la santa comunión? Censuramos a los judíos por haberle crucificado, a pesar de no haberles hecho más que bien; y decidme, ¿a nosotros qué mal nos ha hecho? o, por mejor decir, ¿qué bien ha dejado de hacernos? Y en recompensa ¿no le hacemos nosotros el mismo ultraje cada vez que tenemos la audacia de entregarnos al pecado? Y nuestros pecados ¿no son mucho más dolorosos para su corazón que lo que los judíos le hicieron sufrir? No podemos leer sin horror todas las persecuciones que sufrió de parte de los judíos, que con ello creían hacer una obra grata a Dios. Pero ¿no hacemos nosotros una guerra mil veces más cruel a la santidad del Evangelio con nuestras costumbres desarregladas? Todo nuestro cristianismo se reduce a una fe muerta; y parece que no creemos en Jesucristo sino para ultrajarle más y deshonrarle con una vida tan miserable a los ojos de Dios. Juzgad, según esto, qué deben pensar de nosotros los judíos, y con ellos todos los enemigos de nuestra santa religión. Cuando ellos examinan las costumbres de la mayor parte de los cristianos, encuentran una gran multitud de éstos que viven poco más o menos como si nunca hubiesen sido cristianos.

Me limitaré a dos puntos esenciales, que son: el culto exterior de nuestra santa religión y los deberes de la caridad cristiana. No, nada debiera sernos más humillante y más amargo que los reproches que los enemigos de nuestra fe nos echan en cara a este propósito; porque todo ello no tiende sino a demostrarnos cómo nuestra conducta está en contradicción con nuestras creencias. Vosotros os gloriáis -nos dicen- de poseer en cuerpo y alma la persona de ese mismo Jesucristo, que en otro tiempo vivió en la tierra, y a quien adoráis como a vuestro Dios y Salvador; vosotros creéis que Él baja a vuestros altares, que mora en vuestros sagrarios, que su carne, es verdadero manjar y su sangre verdadera bebida para vuestras almas; mas, si ésta es vuestra fe, entonces sois vosotros los impíos, ya que os presentáis en las iglesias con menos respeto, compostura y decencia de los que usaríais para visitar en su casa a una persona honesta. Los paganos ciertamente no habrían permitido que se cometiesen en sus templos y en presencia de sus ídolos, mientras se ofrecían los sacrificios, las inmodestias que cometéis vosotros en presencia de Jesucristo, en el momento mismo en que decís que desciende sobre vuestros altares. Si verdaderamente creéis lo que afirmáis creer, debierais estar sobrecogidos de un temblor santo.

Estas censuras son muy merecidas. ¿Qué puede pensarse, en efecto, viendo la manera como la mayor parte de los cristianos se portan en nuestras iglesias? Los unos están pensando en sus negocios temporales, los otros en sus placeres; éste duerme, a esotro se le hace el tiempo interminable; el uno vuelve la cabeza, el otro bosteza, el otro se está rascando, o revolviendo las hojas de su devocionario, o mirando con impaciencia si falta todavía mucho para que terminen los santos oficios. La presencia de Jesucristo es un martirio, mientras que se pasarán cinco o seis horas en el teatro, en la taberna, en la caza, sin que este tiempo se les haga largo; y podéis observar que, durante los ratos que se conceden al mundo y a sus placeres, no hay quien se acuerde de dormir; ni de bostezar, ni de fastidiarse. Pero ¿es posible que la presencia de Jesucristo sea tan ingrata a los cristianos, que debieran hacer consistir toda su dicha en venir a pasar unos momentos en compañía de tan buen padre? Decidme, qué debe pensar de nosotros el mismo Jesucristo, que ha querido hallarse presente en nuestros sagrarios sólo por nuestro amor, al ver que su santa presencia, que debiera constituir toda nuestra felicidad o más bien nuestro paraíso en este mundo, parece ser un suplicio y un martirio para nosotros? ¿No hay razón para creer que esta clase de cristianos no irá jamás al cielo, donde debería estar toda la eternidad en presencia de este mismo Salvador? Vosotros no conocéis vuestra ventura cuando tenéis la dicha de presentaros delante de vuestro Padre, que os ama más que a sí mismo, y os llama al pie de sus altares, como en otro tiempo llamó a los pastores, para colmaros de toda suerte de beneficios. Si estuviésemos bien penetrados de esto, ¡con qué amor y con qué diligencia vendríamos aquí como los Reyes Magos, para hacerle ofrenda de todo lo que poseemos, es decir, de nuestros corazones y de nuestras almas! ¿No vendrían los padres y madres con mayor solicitud a ofrecerle toda su familia, para que la bendijese y le diese las gracias de la santificación? ¡Y con qué gusto no acudirían los ricos a ofrecerle una parte de sus bienes en la persona de los pobres! ¡Dios mío! ¡cuántos bienes nos hace perder para la eternidad nuestra poca fe!

Pero escuchad todavía a los enemigos de nuestra santa religión: nada digamos -continúan ellos- de vuestros Sacramentos, con respecto a los cuales vuestra conducta dista tanto de vuestra creencia como el cielo dista de la tierra. Tenéis el bautismo, por el cual quedáis convertidos en otros tantos dioses, elevados a un grado de honor que no puede comprenderse, porque supone que sólo Dios os sobrepuja. Mas ¿qué se puede pensar de vosotros, viendo cómo la mayor parte os entregáis a crímenes que os colocan por debajo de las bestias desprovistas de razón?. Tenéis el sacramento de la Confirmación, por el cual quedáis convertidos en otros tantos soldados de Jesucristo, que valerosamente sientan plaza bajo el estandarte de la cruz, que jamás deben ruborizarse de las humillaciones y oprobios de su Maestro, que en toda ocasión deben dar testimonio de la verdad del Evangelio. Y no obstante, ¿quién lo dijera?; se hallan entre vosotros yo no sé cuántos cristianos que por respeto humano no son capaces de hacer públicamente sus actos de piedad; que quizás no se atreverían a tener un crucifijo en su cuarto o una pila de agua bendita a la cabecera de su cama; que se avergonzarían de hacer la señal de la cruz antes y después de la comida, o se esconden para hacerla. ¿Veis, por consiguiente, cuán lejos estáis de vivir conforme vuestra religión os exige? Tocante a la confesión y comunión, nos decís vosotros, es verdad, que son cosas muy hermosas y muy consoladoras; pero ¿de qué manera os aprovecháis de ellas?, ¿cómo las recibís ? Para unos no son más que una costumbre, una rutina y un juego; para otros, un suplicio: no van mas que, por decirlo así, arrastrados. Mirad cómo es preciso que vuestros ministros os insten y estimulen para que os lleguéis al tribunal de la penitencia, donde se os da, según decís, el perdón de vuestros pecados, o a la sagrada mesa, donde creéis que se come el pan de los ángeles, que es vuestro Salvador. Si creyeseis lo que decís, ¿no sería más bien necesario enfrenaros, considerando cuán grande es vuestra dicha de recibir a vuestro Dios, que debe constituir vuestro consuelo en este mundo y vuestra gloria en el otro? Todo esto que, según vuestra fe, constituye una fuente de gracia y de santificación, para la mayor parte de vosotros no es en realidad más que una ocasión de irreverencias, de desprecios, de profanaciones y de sacrilegios. O sois unos impíos, o vuestra religión es falsa; pues, si estuvieseis bien convencidos de que vuestra religión es santa, no os conduciríais de esta manera en todo lo que ella os manda. Vosotros tenéis, además del domingo, otras fiestas, establecidas, decís, unas para honrar lo que vosotros llamáis los misterios de vuestra religión; otras, para celebrar la memoria de vuestros apóstoles, las virtudes de vuestros mártires, que tanto se sacrificaron por establecer vuestra religión. Pero estas fiestas, estos domingos, ¿cómo los celebráis? ¿No son principalmente estos días los que escogéis para entregaros a toda suerte de desórdenes, excesos y libertinaje: ¿No cometéis más maldades en estos días, tan santos, según decís, que en todo otro tiempo? Respecto a los divinos oficios, que para vosotros son una reunión con los santos del cielo, donde comenzáis a gustar de su misma felicidad, ved el caso que hacéis de ellos; una gran parte, no asiste casi nunca; los demás, van a ellos como los criminales al tormento; ¿qué podría pensarse de vuestros misterios, a juzgar por la manera como celebráis sus fiestas? Pero dejemos a un lado este culto exterior, que, por una extravagancia singular; por una inconsecuencia llena de irreligión, confiesa y desmiente al mismo tiempo vuestra fe. ¿Dónde se halla entre vosotros esa caridad fraterna, que, según los principios de vuestra creencia, se funda en motivos tan sublimes y divinos?. Examinemos algo más de cerca este punto, y veremos si son o no bien fundados esos reproches. ¡Qué religión tan hermosa la vuestra -nos dicen los judíos y aun los mismos paganos- si practicaseis lo que ella ordena ! No solamente sois todos hermanos, sino que juntos -y esto es lo más hermoso- no hacéis más que un mismo cuerpo con Jesucristo, cuya carne y sangre os sirven de alimento todos los días; sois todos miembros unos de otros. Hay que convenir en que este artículo de vuestra fe es admirable, y tiene algo de divino. Si obraseis según vuestra fe, seríais capaces de atraer a vuestra religión todas las demás naciones; así es ella de hermosa y consoladora, y así son de grandes los bienes que promete para la otra vida. Pero lo que hace creer a todas las naciones que vuestra religión no es como decís vosotros, es que vuestra conducta está en abierta oposición con lo que ella os manda. Si se preguntase a vuestros pastores y pudiesen ellos revelar lo que hay de más secreto, nos mostrarían vuestras querellas, vuestras enemistades, vuestras venganzas, vuestras envidias, vuestras maledicencias, vuestras chismorrerías, vuestros pleitos y tantos otros vicios, qué causan horror a todos los pueblos, aun a aquellos cuya religión tanto dista, según vosotros, de la santidad de la vuestra. La corrupción de costumbres que reina entre vosotros impide a los que no son de vuestra religión abrazarla porque, si estuvieseis bien persuadidos de que ella es buena y divina, os portaríais muy de otra manera.

¡Qué bochorno para nosotros oír de los enemigos de nuestra religión semejante lenguaje!. Pero ¿no tienen razón sobrada para usarlo?. Examinando nosotros mismos nuestra conducta, vemos positivamente que nada hacemos de lo que aquélla nos manda. Parece, al contrario, que no pertenecemos a una religión tan santa sino para deshonrarla y desviar a los que la quisieran abrazar: una religión que nos prohíbe el pecado, que nosotros cometemos con tanto gusto y al cual nos precipitamos con tal furor que parece no vivimos sino para multiplicarlo; una religión que cada día presenta ante nuestros ojos a Jesucristo como un buen padre que quiere colmarnos de beneficios, y nosotros huimos su santa presencia, o si nos presentamos ante Él, en el templo, no es más que para despreciarle y hacernos aún más culpables; una religión que nos ofrece el perdón de nuestros pecados por el ministerio de sus sacerdotes, y, lejos de aprovecharnos de estos recursos, o los profanamos o los rehuimos; una religión que nos descubre tantos bienes en la otra vida, y nos muestra medios tan seguros y fáciles de conseguirlos, y nosotros no parece que conozcamos todo esto sino para convertirlo en objeto de un cierto desprecio y chanza de mal gusto... ¡En qué abismo de ceguera hemos caído! Una religión que no cesa nunca de advertirnos que debemos trabajar sin descanso en corregir nuestros defectos, y nosotros, lejos de hacerlo así, yendo en busca de todo lo que puede enardecer nuestras pasiones; una religión que nos advierte que no hemos de obrar sino por Dios, y siempre con la intención de agradarle, y nosotros, no teniendo en nuestras obras más que miras humanas, queriendo siempre que el mundo sea testigo del bien que hacemos, que nos aplauda y felicite por ello. ¡Oh!, Dios mío! ¡ qué ceguera y qué pobreza la nuestra!. ¡Y pensar que podríamos allegar tantos tesoros para el cielo, con sólo portarnos según las reglas que nos da nuestra religión santa!

Pero escuchad todavía cómo los enemigos de nuestra santa y divina religión nos abruman con sus reproches: decís vosotros que vuestro Jesús; a quien consideráis como vuestro Salvador, os asegura que mirará como hecho a sí propio todo cuanto hiciereis por vuestro hermano; ésta es una de vuestras creencias, por cierto, muy hermosa. Pero, si esto es así como vosotros nos decís, ¿es que no lo creéis sino para insultar al mismo Jesucristo? es que no lo creéis sino para maltratarle y ultrajarle de la manera más cruel en la persona de vuestro prójimo? Según vuestros principios, las menores faltas contra la caridad han de ser consideradas como otros tantos ultrajes hechos a Jesucristo. Pero entonces, decid, cristianos, ¿qué nombre daremos a esas maledicencias, a esas calumnias, a esas venganzas, a esos odios con que os devoráis los unos a los otros?. He aquí que vosotros sois mil veces más culpables con la persona de Jesucristo, que los mismos judíos a quienes echáis en cara su muerte. No; las acciones de los pueblos más bárbaros contra la humanidad nada son comparadas con lo que todos los días hacemos nosotros contra los principios dé la caridad cristiana. Aquí tenéis una parte de los reproches que nos echan en rostro los enemigos de nuestra santa religión.

No me siento con fuerzas para proseguir tan triste es esto y deshonroso para nuestra santa religión, tan hermosa, tan consoladora, tan capaz de hacernos felices, aun en este mundo, mientras nos prepara una dicha infinita para la eternidad. Y si esos reproches son ya tan humillantes para un cristiano cuando no salen más que de boca de los hombres, dejo a vuestra consideración qué será cuando tengamos la desventura de oírlos de boca del mismo Jesucristo, al comparecer delante de Él, para darle cuenta de las obras que nuestra fe debiera haber producido en nosotros. Miserable cristiano -nos dirá Jesucristo (M a t.,11. 24.)- ¿dónde están los frutos de la fe con que yo había enriquecido tu alma?. ¿De aquella fe en la cual viviste y cuyo Símbolo rezabas todos los días?. Me habías tomado por tu Salvador y tu modelo. He aquí mis lágrimas y mis penitencias; ¿dónde están las tuyas?. ¿Qué fruto sacaste de mi sangre adorable, que hacía manar sobre ti por mis Sacramentos? ¿De qué te ha servido esta cruz, ante la cual tantas veces te prosternaste?. ¿Qué semejanza hay entré tú y Yo?. ¿Qué hay de común entre tus penitencias y las mías?, ¿entre tu vida y mi vida?. ¡Ah, miserable! Dame cuenta de todo el bien que esta fe hubiera producido en ti, si hubieses tenida la dicha de hacerla fructificar. Ven, depositario infiel e indolente, dame cuenta de esta fe preciosa e inestimable, que podía y debía haberte producido riquezas eternas, si no la hubieses indignamente ligado con una vida toda carnal y pagana. ¡Mira, desgraciado, qué semejanza hay entre tú y Yo! Considera mi Evangelio, considera tu fe. Considera mi humildad y mi anonadamiento, y considera tu orgullo, tu ambición y tu vanidad. Mira tu avaricia, y mi desasimiento de las cosas de este mundo. Compara tu dureza con los pobres y el desprecio que de ellos tuviste, con mi caridad y mi amor; tus destemplanzas, con mis ayunos y mortificaciones; tu frialdad y todas tus irreverencias en el templo, tus profanaciones, tus sacrilegios y los escándalos que diste a mis hijos, todas las almas que perdiste, con los dolores y tormentos que por salvarlas yo pasé. Si tu fuiste la causa de que mis enemigos blasfemasen de mi santo Nombre, yo sabré castigarlos a ellos como merecen; pero a ti quiero hacerte probar todo el rigor de mi justicia. Sí -nos dice Jesucristo-(S. Mat. 11,24), los moradores de Sodoma y de Goorra serán tratados con menos severidad que este pueblo desdichado, a quien tantas gracias concedí, y para quien mis luces, mis favores y todos mis beneficios fueron inútiles, pagándome con la más negra ingratitud.

Sí, los malvados maldecirán eternamente el día en que recibieron el bautismo, los pastores que los instruyeron, los Sacramentos que les fueron administrados. ¡Ay! ¿Que digo? este confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esta cruz, este Evangelio, o para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna. ¡Oh, Dios mio! ¡qué vergüenza y qué desgracia para un cristiano, no haber sido cristiano sino para mejor condenarse y para mejor hacer sufrir a un Dios que no quería sino su eterna felicidad, a un Dios que nada perdonó para ello, que dejo el seno de su Padre, y vino a la tierra a vestirse de nuestra carne, y pasó toda su vida en el sufrimiento y las lágrimas , y murió en la cruz para salvarle! Dios no ha cesado, se dirá el mísero, de perseguirme con tantos buenos pensamientos, con tantas instrucciones de parte de mis pastores, con tantos remordimientos de mi conciencia. Después de mi pecado, se me ha dado a sí mismo para servirme de modelo; ¿qué más podía hacer para procurarme el cielo? Nada, no, nada más; si hubiese yo querido, todo esto me hubiera servido para ganar el cielo, que no es ya para mi. Volvamos de nuestros extravíos, y tratemos de obrar mejor que hasta el presente.

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)