viernes, 26 de diciembre de 2014

MONSEÑOR DR. JUAN STRAUBINGER



Al cumplirse un nuevo aniversario de su natalicio (26 de diciembre de 1883), aprovechamos para publicar dos textos del gran traductor y exégeta de la Sagrada Biblia, a modo de homenaje.


Los Fariseos


Para entender perfectamente el Evangelio, es preciso que en primer término conozcamos el ambiente histórico que rodea a la persona del Salvador, ante todo, las tendencias religiosas y políticas que agitaban aquella época. Había entonces entre los judíos, además de algunas sectas de menor importancia, dos partidos, en los que se concretaban, como en dos polos, tanto las energías nacionales del pueblo judío como su mentalidad religiosa: los fariseos y los saduceos.

Prescindamos de los saduceos que más tarde nos han de ocupar, así como vamos a pasar en silencio la clase de los escribas, mencionados a menudo juntamente con los fariseos, no constituyendo un partido político, sino un grupo profesional, los escribas eran los que sabían escribir y leer y explicaban la Ley de Moisés, como lo expresa su nombre y más aún su título de “rabí”. Lo que no excluye que la mayoría de ellos políticamente se declaraban a favor de los fariseos.

Ya el nombre de “fariseos” que significa los segregados, marca el rumbo del partido. Segregándose de la masa que vivía en ignorancia religiosa y política, los fariseos aspiraban a la realización de la Ley de Moisés y de las “tradiciones de los mayores”, las cuales desgraciadamente a veces no eran más que una deformación de la Ley.

Por primera vez ocurre el nombre de los fariseos a mediados del segundo siglo en la época del Macabeo Jonatán (160-143). Es el famoso historiador judío Flavius Josefus el que los reduce a ese tiempo (Ant. XIII 5, 9), siendo probablemente los predecesores de ellos los llamados “asideos” (piadosos), que eran hombres de los más valientes de Israel y celosos todos de la Ley (I Mac. II, 42), pero que fueron perseguidos por Alcimo (I Mac. VII, 16).

Ya bajo el gobierno de Juan Hircano (135-104) los fariseos lograron subir al poder, pero sin alcanzar a mantenerse; al contrario, el tirano Hircano, después de someter a los idumeos y derrocar el templo de los samaritanos en el monte Garicim, renegó enteramente de las costumbres de sus padres, adoptando una conducta contraria a la Ley; lo que provocó la resistencia encarnizada de los mismos fariseos que antes fueron sus más valientes compañeros de armas.

El segundo sucesor de Juan Hircano, Alejandro Janeo intentó vencer definitivamente la resistencia de los rebeldes, desencadenando una persecución terrible contra los fariseos, los cuales no sólo sucumbieron sino acabaron por ser objeto de las torturas más exquisitas ya que ochocientos de ellos fueron crucificados en el momento en que el rey celebraba la fiesta triunfal. Pero las víctimas se vengaron, no dando tregua al triunfador, ni de día ni de noche, de modo que el rey atormentado de remordimientos antes de su muerte aconsejó a su mujer Alejandra reconciliarse con sus adversarios para no perder el trono. La viuda Alejandra (76-67) accediendo al deseo del moribundo, llamó a los fariseos al gobierno, entregando a la vez, la dignidad de sumo sacerdote a su propio hijo Hircano II. Este Hircano es el primer sumo sacerdote que dependía del partido de los fariseos.

Deben, pues, los fariseos la subida al poder a su incontestable heroísmo; a su valentía en las batallas; a su tenacidad y fanatismo. No es menester acentuar que la aureola de héroes les valió un prestigio extraordinario a los ojos del pueblo judío. Por tanto no es extraño si algunos a los fariseos les llaman los nacionalistas, tradicionalistas, conservadores, patrióticos, celosos, mientras que los saduceos más o menos corresponden a los liberales y masones de nuestra época. El ideal de los fariseos era reconstruir y conservar la nación sobre el fundamento de las tradiciones y costumbres de los padres. De aquí su lucha contra los extranjeros, los Romanos, que desde el año 63 dominaban en Palestina. De aquí también su trágica enemistad a Jesús, el verdadero Salvador de su gente. No cabe duda que Jesús habría podido ganar a los fariseos, si se hubiese adherido a las aspiraciones nacionales de ellos. Pero ¿cómo entonces se habría realizado el reino de Jesucristo? En lugar del Mesías del género humano, habría resultado sólo un Mesías político de la nación judía. Precisamente por sus falsas ideas políticas, nacionalistas y racistas chocaron los fariseos con el Mesías, pues esperaban con todas las fibras del corazón, y aún siguen esperando hoy día la reunión de los dispersos restos del pueblo judío.

Además de cultivar un extremo nacionalismo, los fariseos se enredaban en un tradicionalismo religioso no menos extremo, que tarde o temprano tenía que provocar un conflicto con el Señor. Las tradiciones fomentadas por los fariseos, por varios conceptos no estaban de acuerdo con la Ley de Moisés ni con los demás profetas; al contrario, muchas de ellas pugnaban con la religión legítima de Israel. ¡Cuántas veces Jesucristo intentaba persuadir a sus enemigos cegados de que las tradiciones a las cuales se aferraban, estaban en pugna con la religión que no consiste en mil preceptos sutiles sino en “espíritu y vida” (Juan VI, 63). Aquí se manifiesta la vinculación funesta con los escribas que no se cansaban de inventar nuevos preceptos, nuevas fórmulas, nuevas cargas para los hombros de la pobre gente, sin que ellos mismos las tocasen con la punta del dedo (Luc. XI, 46).

Nótese bien: No era la escasez o falta de fe en lo que consistía el pecado de los fariseos, sino antes la ampliación y exageración de la fe mediante las tradiciones. Contrariamente a los saduceos creían en la inmortalidad del alma, en la vida eterna, en la existencia de los ángeles, en la libertad de la voluntad humana; lo que los caracteriza como la crema del pueblo judío. ¡Qué tragedia de la suerte! ¡Considerándose a sí mismos como los hijos legítimos de la fe de Abrahán, desfiguraban la fe a expensas del espíritu hasta tal punto que no comprendieron más la doctrina de la vida interior que Jesús predicaba.

Es el Evangelista Marcos el que en el séptimo capítulo de su Evangelio destaca de manera clarísima el uso supersticioso que hacen las fariseos de las tradiciones, y al revés el descuido de la observancia de los mandamientos de Dios que cometían sin pestañar: “Porque los fariseos, como todos los judíos, nunca comerán sin lavarse a menudo las manos, siguiendo la tradición de los mayores. Y si habían estado en la plaza, no se ponían a comer sin lavarse primero; y observan otras muchas ceremonias que habían recibido por tradición, como las purificaciones de los vasos, de las jarras, de los utensilios de metal y de los lechos” (Marc. VII, 3-4).

¡Cómo, por ejemplo, los fariseos degeneraban el sábado! Cuando, un día sábado, los discípulos, teniendo hambre, empezaron a coger espigas y comer los granos; o cuando el Señor curó en el día de sábado a un hombre que tenía seca la mano, consideraban tal hecho como obra servil y pecado mortal. En verdad, quien cree que el hombre se hizo para el sábado, y no el sábado para el hombre; quien en día de sábado, saca fuera una oveja de la fosa, y no un hombre, ignorando que un hombre vale más que una oveja; quien no se deja enseñar ni siquiera por “argumenta ad hominem”, tal hombre no se puede convertir.

¿Es de extrañar, pues, que los fariseos pagasen diezmos hasta de la hierbabuena, y del eneldo, y del comino (Mat. XXIII, 23), y que llevasen las Palabras de la Ley de Moisés en filacterias o trocitos de pergamino, en las cuales estaban escritas sentencias de la Ley mosaica (Mat. XXIII, 5)?
Los pergaminos cuidadosamente plegados y colocados en cajitas de cuero se ataban a la frente y al brazo izquierdo, en cumplimiento de las malinterpretadas palabras: “Y será como una señal de tu mano, y como un recuerdo ante tus ojos, a fin de que la Ley del Señor esté siempre en tu boca” (Éx. XIII, 9), así como las franjas que llevaban los fariseos en las cuatro extremidades del manto, traen su origen de Num. XV, 38-39: “Habla con los hijos de Israel, y les dirás que se hagan unas franjas en los remates de sus mantos, poniendo en ellos listones de jacinto, para que viéndolas se acuerden de todos los mandamientos del Señor, y no vayan en pos de sus pensamientos, ni pongan sus ojos en objetos que corrompan su corazón”.
De tal formalismo no tendríamos que hablar, si no hubiese sido acompañado de una vanidad más que arrogante. Los fariseos son los “ciertos hombres que presumían de justos y despreciaban a los demás” (Luc. XVIII, 9); son “los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres” (Mat. VI, 5), y “que desfiguran sus rostros, para mostrar a los hombres que ayunan” (Mat. VI, 16) y “todas sus obras las hacen con el fin de ser vistos de los hombres” (Mat. XXIII, 5).

Todavía hoy vibra en nuestros oídos el ay lastimero con que Jesús anatematizó al fariseísmo: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones: por eso recibiréis sentencia más rigurosa. ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! porque andáis girando por mar y tierra, a trueque de convertir un gentil, y después de convertido, le hacéis digno del infierno dos veces más que vosotros. ¡Ay de vosotros guías ciegos! que decís: El jurar uno por el templo no es nada, más quien jura por el oro del templo, está obligado” (Mat. XXIII, 14-16).

¡Basta con esto! De veras; nunca había entre hombres más antagonismo que el que separaba a Jesús de los fariseos; jamás las divergencias de opiniones eran tan inconciliables como entonces en Palestina. El choque fue inevitable; pero la Divina Providencia dejó el primer triunfo a los fariseos, para reservar el triunfo final a la causa de Jesucristo. Y no se olvide jamás: el que abrió camino más ancho a la verdad cristiana, fue fariseo: San Pablo.

Los fariseos han muerto. Con la caída de Jerusalén, en el año 70, decayó por siempre el sueño dorado de los fariseos de Palestina. Miles y miles de los que asesinaron a Jesucristo, murieron clavados en las cruces, con que el vencedor romano había rodeado la ciudad santa; el resto se vendió en el mercado de esclavos en Hebrón. Pero no murió el fariseísmo. Vive todavía el formalismo de los fariseos en el Talmud y otros libros judíos; vive su materialismo religioso, su odio a Jesucristo y su fanatismo. El “Sionismo” que está llevando a los judíos a Palestina, no es más que el último resabio del farisaísmo.

¿Y el fariseísmo entre los cristianos? No hablemos de este triste capítulo. Sin duda: donde domina un formalismo o materialismo religioso, allá florece el fariseísmo. Y así como los fariseos se consideraban como la flor del judaísmo, los fariseos de hoy se tienen por buenos cristianos.

(Revista Bíblica n° 1, pags. 15 ss.)



Recibir


I

El alma cristiana ha sido definida como “la que está ansiosa de recibir y de darse". Es decir, ante todo alma receptiva, femenina por excelencia, como la que el varón desea encontrar por esposa. Tal es también la que busca -con más razón que nadie- el divino Amante, para saciar su ansia de dar. Por eso el tipo de esta perfección está en María: en la de Betania, que estaba sentada, pasiva, escuchando, es decir recibiendo; y está sobre todo en María la Inmaculada, igualmente receptiva y pasiva, que dice Fiat: hágase en mí; que alaba a Dios porque se fijó en Ella, que se siente dichosa porque Otro hizo en Ella grandes cosas; y que, en su Cántico, proclama esa misma dicha para todos los que están vacíos, porque se llenarán de bienes ("esurientes implevit bonis"), en tanto que los llenos quedarán vacíos.

María Virgen es la receptiva por excelencia, la que recogía todas las palabras divinas repasándolas en su corazón (Luc. II, 19 y 51). Y su Hijo la proclama dichosa por eso, más aún que por haberlo llevado en su seno y amamantado: porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó en su Corazón (Luc. XI, 28). Este arquetipo de alma cristiana, que vemos encarnado en María Santísima y en María de Betania, no es otro que el tipo de la Esposa, la Sulamita del Cantar. "Yo soy toda de mi amado y él está vuelto hacia mí". (Cant. VII, 10). Es decir, él da y yo recibo; él habla y ya escucho; él me da y yo me le doy.

Recibir y darse. Este tipo receptivo es el que Dios busca siempre en la Sagrada Escritura: primero en Israel, a quien Yahvé (el Padre) llama tantas veces su esposa; luego, en la Iglesia, a quien el Hijo amó y conquistó para esposa (Juan III, 29; Ef. V, 25 y 27; Apoc. XIX, 6-9; XXII, 17); y también, exactamente lo mismo, en cada alma; no sólo en los arquetipos que hemos visto en las dos Marías, sino en cada uno de los cristianos: porque a todos y a cada uno dice San Pablo: "Os he desposado a un solo Varón para presentaros como una casta virgen a Cristo" (II Cor. XI, 2).

II

Pero hay más. En la doctrina paulina del Cuerpo Místico, solamente suele pensarse en Jesús como Cabeza de la Iglesia toda, y no se recuerda un pasaje fundamental donde San Pablo revela y enseña que Cristo es igualmente cabeza de cada uno de nosotros, y lo dice como cosa que no debe ignorarse: "Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, como el varón es cabeza de la mujer" (I Cor. XI, 3). Y en otra parte expresa el mismo concepto: “Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo" (I Cor. V, 22 s.); como diciendo: Todo te lo da el Esposo, como a una reina, y sólo piensa que tú seas toda suya, es decir, que no le des tus bienes (que nada valen), sino tu corazón, que tampoco valdría nada en sí mismo, pero que para El vale mucho, tan sólo porque El te ama.

En esta última frase de San Pablo, después de decir: "Vosotros sois de Cristo", agrega algo asombroso: "Cristo es de Dios"; con lo cual se nos da la suma prueba de cuanto venirnos diciendo sobre esa exigencia de Dios que no pide sino que nos vaciemos para que El nos llene. Tal es el sentido de la condición que Jesús puso a sus discípulos: negarse a sí mismos, o sea no venirle con suficiencias propias. Y esto lo practicó El mismo con el Padre, pues nos dice San Pablo que no obstante su condición de ser igual a Dios, se despojó a Sí mismo tomando la forma de siervo (Fil. II, 6 s.).

Y de aquí que Jesús nos resulta, frente al Padre, el modelo sumo de esta espiritualidad de niño o infancia espiritual, cuya actitud es exactamente la de recibir y de darse. El que no tiene nada, recibe; y no da, sino que se da a sí mismo, a falta de otra cosa que dar. De aquí viene el encanto con que recibimos a un niñito que nos tiende los brazos para que lo tomemos en los nuestros. ¡Feliz el alma que delante del Padre puede estar siempre en esta actitud, a ejemplo de Cristo! Para eso, para enseñarnos este secreto, El, a quien el Padre dio el tener la vida en Sí mismo (Juan V, 26), desapareció hasta anonadarse delante del Padre:

"Nada puede hacer el Hijo sino lo que ve hacer al Padre" (Juan 5, 19).

“El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace" (íbid. 20).

"Yo por Mí mismo no puedo hacer nada” (ibid. 50).

"El que cree en Mí no cree en Mí sino en Aquel que me envió" (Juan XII, 44).

"Porque yo bajé del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me mandó" (Juan VI, 38).

"El Padre, que está en Mí, El hace las obras” (Juan, XIV, 10).

"Yo no busco mi gloria. Hay quien la busca (el Padre)" (Juan VIII, 50).

Recordemos, en fin, que se pasaba las noches adorando a su Padre (Luc. VI, 12). Y que al final de todos los tiempos, cuando el Padre le haya sometido todas las cosas, el mismo Hijo se sujetará al Padre para que El sea todo en todo (I Cor. XV, 28). Eso es, pues, Dios: el Padre, el Creador, el Señor, porque su Nombre es Yahvé, es decir "El que es" (Ex. III, 14).

III

Y nosotros, los que "somos nada" (Gál. VI, 3), tenemos esa otra vocación propia de nuestra insuficiencia: la de ser niño. ¡Dichosa insuficiencia, que nos hace recibir del Padre los mimos de un hijito!

¿Pensará alguien que puede haber en esto falta de virilidad? Todo lo contrario. Juan, el contemplativo, fue el único que estuvo al pie de la cruz, "con María, su Madre''. Fue llamado "hijo del trueno”, y tuvo que ser contenido porque quería mandar fuego del cielo sobre los enemigos de Cristo. ¿O pensará alguien que puede haber en esto falta de actividad o de fruto? Nada más lejos de la realidad. María, la contemplativa, fue la única que ungió al Señor estando aún en vida, y la que estuvo también con Juan al pie de la Cruz, y la primera que fue al santo Sepulcro, y la que evangelizó la Resurrección a los Apóstoles, fugitivos e incrédulos.

Es que las obras vienen del amor, y éste de la fe, o confianza. Y sin ese amor "en vano dará uno a los pobres todos sus bienes o arrojará su cuerpo a las llamas” (I Cor. XIII, 3).

Porque Dios quiere ser servido como a El le agrada y no como a nosotros nos parece. Y lo que a El le agrada es dar, por lo cual nos quiere siempre dispuestos a recibir de El como pobres, y no a alardear como ricos. ¿No es ésta la primera de las Bienaventuranzas? Y si Jesús declara que es más dichoso dar que recibir (Hech. XX, 35), ¿no ha de ser el Padre el primero que quiere gozar de esa perfección? De ahí que nada le ofenda tanto como el dudar de su amor por nosotros. De ahí que Jesús declare la fe como medida de sus dones: "Según vuestra fe, así os sea hecho" (Mat. IX, 29). De ahí que en esta actitud de recibir y darse, como una esposa, está el más alto grado de la espiritualidad cristiana: lo que se llama, en mística, "matrimonio espiritual".


(Espiritualidad Bíblica, 1949).