lunes, 30 de junio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - I


El árbol de la muerte y de la vida.

(Leyenda oriental fundada en la Sagrada Escritura y en las tradiciones adoptadas por San Vicente Ferrer y otros Santos). 

Acababa de ofrecer en Salem su primer sacrificio de pan y vino el gran sacerdote Melquisedech, cuando el mismo Espíritu de Dios, que le había inspirado aquel acto de culto, hízole vislumbrar, a través de larga serie de siglos, la fecunda realidad de su sacrificio profético. 

Vio al Verbo de Dios oculto bajo la envoltura humana, ofreciendo al Padre el sacrificio de su carne y pendiente de un árbol sangriento; admiró la inmensa amargura de aquel sacrificio prefigurado en el suyo de pan y vino, y súbito apareció en su alma un pensamiento de indignación que ya no se separó de ella. 

«Árbol fatídico, exclamó; árbol cuyo fruto emponzoñó nuestra existencia, y de hijos de Dios nos mudó en hijos de pecado; árbol seductor de donde brotaron la perdición y la muerte; he aquí los resultados de la desobediencia en que tu fruto hizo incurrir a los primeros padres. Los ciclos se inclinan hacia la tierra para disipar tu sombra con su espléndida lumbre; tu sombra, extendida sobre toda la raza pecadora, es la que obliga al Hijo del Eterno á revestirse de nuestra carne y morir por nuestro pecado. Árbol de pecado, ¿dónde estás? Manifiéstate y te arrancaré de tu asiento y te entregaré al desprecio de los mortales para que todos huellen tu ignominia». 

Una voz secreta le dijo entonces al corazón: 

«Las fuentes que brotaban en medio del Paraíso bañan todavía el árbol de la muerte: de ellas se forman los cuatro ríos paradisíacos Phison, Gehon, Tigris y Euphrates». 

Melquisedech sintió al punto invencible deseo de recorrer el Asia en busca de aquellas fuentes, para arrancar el árbol decrépito y darle el destino que acababa de prometerle. 

Algunos días después hallábase á orillas del Eufrates, acompañado de dos familiares, un hombre venerable que se dirigía al país de Hevilath, cuna del oro y del aljófar y del brillante, según el sagrado texto (Génesis). Era el gran Sacerdote. 

Ardua era la empresa, pero él, puesto en Dios su corazón, clavada su memoria en el árbol de la muerte, insensible á. la fatiga y seguro de coronar su obra, vadeando ríos, y cruzando páramos, y atravesando bosques, y venciendo montañas, llegó, después de largas jornadas, á la tierra de Mosoch, tocó en la de Arphaxad, pasó á la primitiva de Chus, llegó á los límites de la de Hevilath, y desde las alturas del Ararat observó que en las vertientes de aquella enriscada cordillera brotaban las fuentes de los cuatro ríos. ¡Estaba en el Paraíso de Adán Eva! 

Pero su alma languideció de tristeza al contemplar aquellos parajes solitarios, un día acariciados por brisas del cielo y entonces yermos y sombríos corno la región de la muerte. Al arrojar de allí á nuestros primeros padres, el Angel había hecho pasar su espada de fuego por aquel país de delicias, convirtiéndolo en estrago y desolación. Allí palpitaba todavía la venganza y oprimía el corazón bajo el peso de sus iras. 

En medio de un valle de hórrido aspecto, habitado por muchedumbres de terribles serpientes, y de singular manera señalado por la espada del ángel, vio el impávido sacerdote un árbol parduzco, casi negro, sin nombre conocido, tan gigantesco, tan seco, tan extraño, que semejaba la visión de los sueños de un criminal. Melquisedech, sin embargo, acercóse, lo examinó, y pudo hallar en él señales inequívocas de la primera maldición que Dios lanzó á la tierra. 

La destructora mano del tiempo parecía haber temido acercarse al árbol de perdición: espeso matorral de agudas espinas cercaba su tronco, por el cual subió enroscada y silbando enorme serpiente; densa sombra que helaba el corazón se cernía sobre aquel árbol espantoso, como para no dejarle recibir la luz del cielo; y el viento, rozando indignado contra su seco ramaje, parecía murmurar palabras de terrible anatema. 

No había duda. Aquel árbol fatídico era el de la muerte; de aquel árbol había procedido la ruina universal que tan sangrientos sacrificios había de costar al Hijo de Dios. 

Melquisedech hizo una señal á los que le acompañaban, y aunque el árbol era de extremada dureza, á los pocos momentos se desplomaba al suelo crujiendo como atormentado por maléfico genio invisible. 

De su ramaje se hizo una gran pira, cuyas cenizas se esparcieron á los cuatro vientos, y el tronco fue arrastrado hasta el nacimiento del Eufrates. Se le arrojó al agua, y flotando sobre la corrientelle llego al país de Aram, de donde fue trasladado al río Jordán para conducirlo á Salem. 

Pasó algún tiempo, muy poco, y sobre un torrente de Salem hallábase tendido á manera de puente un enorme tronco que servía de paso. Era el árbol de la muerte, allí colocado por Melquisedech, para que, hollándolo todos los transeúntes, hollasen en él el pecado y la muerte que por él habían entrado en el mundo. 

Corrieron las generaciones y los siglos; el país de Canaán era ya la morada de los hijos de Jacob. Salem habíase convertido en Jerusalem; sentábase en el trono de David su hijo Salomón, y la reina de Sabá venía á rendir un tributo de admiración al Rey de la sabiduría. 

Entonces miró el Señor el tronco del torrente, y dijo: 

«Arbol de maldición fuiste, fuiste árbol de muerte, y has pagado ya lo que de ti podían exigir los hombres; pero Dios exige de ti una satisfacción más abundante: serás convertido en árbol de bendición y de vida, y tu segundo fruto borrará los males que causó el primero. Las generaciones han maldecido de ti, pero otras generaciones te bendecirán y adoraran agradecidas». 

La reina de Sabá, de retorno á su tierra, iba á pasar por el tronco del torrente, al tiempo que el Señor pronunciaba estas palabras. Dios hizo que ella las sorprendiese en su corazón, y la afortunada reina conoció desde luego los futuros destinos de aquel madero. 

«No—dijo,—no profanará mi pie ese tronco venerando, sobre el cual ha de morir el Redentor del mundo. Vadeemos el torrente, y vaya un nuncio á poner en conocimiento de Salomón lo que Dios acaba de inspirarme». 

Su orden fue obedecida; y cuando Salomón estuvo sabedor de lo ocurrido, en nombre del Redentor profetizó diciendo: 

«Debajo de un árbol te comuniqué salud y vida, humanidad pecadora, debajo del árbol mismo á cuya sombra fue desflorada tu madre y violada la que te dio á luz» (Cant.). 

En seguida, para librar de la profanación el venerable madero que había de ser el instrumento de nuestra Redención, así como lo fue de nuestra ruina, el hijo de David mandó hacer una hoya de cuarenta pies de profundidad y lo enterró en el fondo, convirtiendo después aquella excavación en una piscina para el servicio del Templo. Esta piscina fue la que recibió el nombre de Probática.

Y porque en su fondo yacía aquel venerable instrumento por medio del cual había de consumar el Redentor la obra de nuestra salud, la virtud del cielo afluyó desde luego á la piscina como el agua de las vertientes que la alimentaban. Un ángel removía en determinados tiempos del año sus aguas, comunicándoles virtud para sanar al primer enfermo que las tocase después de la moción 

Llegada por fin la plenitud de los tiempos, el Verbo de Dios se encarnó, y habitó entre nosotros, y vivió nuestra vida, y predicó su Evangelio, y padeció, y fue sentenciado á muerte de cruz. La hora de la Redención había llegado; del árbol de la muerte iba á brotar la vida del cielo.

Un encargo habían hecho los escribas y fariseos al carpintero que había de construir la cruz: «Hazla— dijéronle—de madera dura y pesada, para que sirva de mayor tormento al seductor que ha de llevarla sobre sus propios hombros al lugar del suplicio». 

En las aguas de la piscina Probática repercutió esta fiera blasfemia: estremeciéronse de espanto, y su fuerte sacudimiento removió la tierra del fondo, dejando al soterrado madero libre paso para que subiese á flotar en la superficie.

Acertaba a pasar por allí el desgraciado carpintero, vio aquel enorme tronco flotante, apreció su dureza y el peso que la humedad le comunicaba, y como muy acomodado á su intento, lo sacó y construyó de el una cruz de quince pies de largo por diez de brazo. La raza deicida quedó gustosa de este trabajo impío. 

Pocas horas habían pasado, y el Autor de la vida exhalaba los últimos suspiros de la suya clavado en aquella cruz.

El sacrificio de Melquisedech había llegado á su plenitud: la profecía de Salomón habíase cumplido. Del mismo árbol fatal, cuyo fruto nos había causado la muerte, pendía el fruto de vida eterna; allí fué corrompida y violada la progenitora de los hijos del pecado, y allí otra mujer purísima fue constituida progenitora de los hijos de Dios; allí desobedeció el hombre terreno que introdujo el pecado, y allí ,obedeció hasta la muerte el hombre celestial que nos dio la gracia. 

La gracia y el pecado, la muerte y la vida, Adán y Jesús, Eva y María, el cielo y la tierra iban esculpidos en aquel árbol, proclamando unos la ruina del imperio del mal por ellos establecido, y abriendo otros la gran era de reconciliación entre Dios y los hombres. 

Cuando me postro ante una partícula de aquel árbol para adorarla, siento en mi alma un frío glacial que la enerva y anonada: es la muerte del pecado que de lo alto de aquel árbol lanzó sobre ella su germen para perderla. Mas por un contraste único en la creación, siento también calor dulcísimo y vivificante que difunde en la misma vigor y alegría: es la vida de la gracia que de lo alto del mismo árbol dejó caer sobre mi alma un germen divino para salvarla. 

Y así, luchando y reluchando entre la muerte y la vida, entre el pecado y la gracia, entre el espíritu y la carne, y tembloroso ante la partícula de aquel árbol más antiguo que el hombre y durable hasta el fin de los tiempos, terrible como la muerte y amable corno la vida, adoro los inescrutables designios de la Providencia... y entro en reflexión de mis pecados... me confundo... y clamo á Dios... y termino diciendo y repitiendo con el Apóstol: 

«Lejos sea de mí gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo». 

¡O Crux, ave, spes unica! ¡Oh Cruz Santa, Cátedra del Dios de los humildes, Trono del Rey de los perseguidos por la justicia! Sólo en Ti me gloriaré; Tú eres mi única alegría, mi única esperanza, mi único amor; Tú eres mi salud y mi santidad. 

Mírote cuando la víbora de la tentación me muerde y con su letal veneno emponzoña mi alma, y sólo con mirarte siento renacer la vida en mí, como renacía en los israelitas del desierto cuando, mordidos por las serpientes, miraban la Cruz del monte.  

¡Oh Cruz, piedra angular del mundo, llave de la Historia, consumación de todos los misterios, cumplimiento de todas las profecías, fundamento de toda sociedad civilizada! ¡Oh Cruz, puerta del Cielo y muerte del pecado, compendio de toda virtud y de toda ciencia, escarnio del mundo y sabiduría de Dios! Mírante los impíos y blasfeman de Ti; los mundanos, y te desprecian; los tibios, y quedan indiferentes; los fervorosos, y ante Ti se postran; los Santos, y ante Ti se extasían y contigo se abrazan. Mírante los sabios del mundo y llámante necedad; mírante los sabios de Dios y no hallan saber fuera de Ti, ni verdad sin tu verdad, ni luz sin tu luz, ni riqueza sin tu pobreza, ni alegría sin tu dolor. 

Triunfa, Cruz de mi Dios; triunfa de las potestades del mundo, sé el estandarte de todas las naciones, alúmbranos desde los templos y las plazas, desde los monumentos y las torres, desde los valles y las escarpadas cimas, en la tierra, en el mar y en los aires. Triunfa, Cruz de mi Dios, para que todos se gloríen en Ti y en Ti se inspiren las artes y las ciencias, las sociedades y los gobiernos. 

Siglo tuyo, siglo de la Cruz será el venidero, porque los ejércitos de la Cruz, los humildes, los pobres, los perseguidos, los Santos Crucíferos, por tu virtud han de dominar la tierra y someterla á tu imperio soberano. Todos te adorarán, todos se gloriarán en Ti, todos cantarán tus alabanzas. 

 «Salve, Crux sancta, salve, mundi gloria; 
Vera spes nostra, vera ferens gaudia; 
Signunt salutis, salus in periculis; 
Vitale lignum, vitam ferens oniniunt, 
Te adoramus, te Crucem vivificam...»


APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA
P. José Domingo María Corbató
Editado el año 1904

domingo, 29 de junio de 2014

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 24


NO MUERE JAMÁS CON SU SANTO ESCAPULARIO 
QUIEN REPUDIA LA GRACIA 

El Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Vicente Tarancón, Obispo de Solsona, en su maravillosa Carta Pastoral sobre el Santo Escapulario del Carmen, nos refiere el siguiente prodigio: 

Habían sido sentenciados a muerte, en Vinaroz, dieciséis reos. Habíase conseguido, después de muchos esfuerzos, que se confesasen catorce, negándose los otros dos incluso a escucharnos. 

Pudo decirse misa aquel día en la capilla de la cárcel, antes de la ejecución. Misa a la que asistieron todos, y durante ella un P. Carmelita que, como capellán militar, residía entonces en Vinaroz, los iba preparando para la Sagrada Comunión, al mismo tiempo que los animaba con la esperanza del Cielo. 

Poco después del Evangelio, pidieron confesión aquellos dos que no se habían confesado, y comulgaron los dieciséis, y a todos ellos se les impuso el Santo Escapulario. Yo me retiré después de la misa y no fuí testigo presencial de los hechos que se desarrollaron después, pero, que me refirieron al siguiente día todos los que habían asistido a la ejecución. Cuando esposaron a los presos y los subieron al camión, que los había de conducir al lugar donde habían de ser ejecutados, uno de ellos empezó a blasfemar horriblemente. Ni las reconvenciones de sus compañeros, ni las reflexiones que le hiciera el P. Carmelita y otro sacerdote que los acompañaba, sirvieron para otra cosa que para enfurecerle más y para que arreciara cada vez con mayor rabia en sus maldiciones y blasfemias.

Llegó, al fin, el momento de la ejecución y las últimas palabras que pronunció aquel desgraciado fueron una blasfemia y horrible maldición: maldijo a Dios, a la Iglesia, a los sacerdotes, a los militares y hasta a su mujer y a sus hijos. Y con la maldición en los labios y con la rabia más feroz reflejada en su rostro, cayó muerto instantáneamente por la descarga del piquete. 

Cuando el alférez que mandaba las fuerzas se adelantó, horrorizado por aquel hecho, a reconocer con el médico a los ajusticiados, vio en el suelo un objeto que le llamó poderosamente la atención. Se inclinó para recogerlo, y ¿cuál no sería su asombro, y hasta su pánico, cuando vio que era un Escapulario y cuando comprobó, después, que era precisamente el de aquel que había muerto con la blasfemia y la maldición en los labios? 

Nunca olvidaré jamás la cara de aquel alférez cuando, al día siguiente, vino a contarme el suceso, enseñándome el Escapulario, que no quería soltar, y repitiendo como fuera de sí : "He visto un milagro, señor cura, he visto un milagro." 

Realmente el caso era sorprendente e inexplicable. El Escapulario estaba intacto: no había saltado, por tanto, roto por la metralla. El reo no se lo pudo quitar, porque tenía las manos esposadas. No había caído, tampoco, en la dirección del cuerpo, sino en dirección contraria; por eso lo encontró el alférez cuando se dirigía desde su puesto de mando a reconocer a los ajusticiados. 

La narración del alférez, la que me hicieran por su parte el P. Carmelita y el otro sacerdote y también un seglar que se hallaba presente en la ejecución, coincidían realmente en todos los detalles. 

La Santísima Virgen, nuestra Madre, no había querido que aquel que murió blasfemando muriese con el Santo Escapulario sobre su pecho.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.

viernes, 27 de junio de 2014

CARTA ENCÍCLICA "ANNUM SACRUM" DE S.S. LEÓN XIII


De la Consagración del Género Humano al Sagrado Corazón de Jesús. 

Hace poco, como sabéis, ordenamos por cartas apostólicas que próximamente celebraríamos un jubileo (annum sacrum), siguiendo la costumbre establecida por los antiguos, en esta ciudad santa. Hoy, en la espera, y con la intención de aumentar la piedad en que estará envuelta esta celebración religiosa, nos hemos proyectado y aconsejamos una manifestación fastuosa. Con la condición que todos los fieles Nos obedezcan de corazón y con una buena voluntad unánime y generosa, esperamos que este acto, y no sin razón, produzca resultados preciosos y durables, primero para la religión cristiana y también para el género humano todo entero. 

Muchas veces Nos hemos esforzado en mantener y poner más a la luz del día esta forma excelente de piedad que consiste en honrar al Sacratísimo Corazón de Jesús. Seguimos en esto el ejemplo de Nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIV, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Esta era la finalidad especial de Nuestro decreto publicado el 28 de junio del año 1889 y por el que elevamos a rito de primera clase la fiesta del Sagrado Corazón. 

Pero ahora soñamos en una forma de veneración más imponente aún, que pueda ser en cierta manera la plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al Corazón Sacratísimo. Confiamos que esta manifestación de piedad sea muy agradable a Jesucristo Redentor. 

Además, no es la primera vez que el proyecto que anunciamos, sea puesto sobre el tapete. En efecto, hace alrededor de 25 años, al acercarse la solemnidad del segundo Centenario del día en que la bienaventurada Margarita María de Alacoque había recibido de Dios la orden de propagar el culto al divino Corazón, hubo muchas cartas apremiantes, que procedían no solamente de particulares, sino también de obispos, que fueron enviadas en gran número, de todas partes y dirigidas a Pío IX. Ellas pretendían obtener que el soberano Pontífice quisiera consagrar al Sagrado Corazón de Jesús, todo el género humano. Se prefirió entonces diferirlo, a fin de ir madurando más seriamente la decisión. A la espera, ciertas ciudades recibieron la autorización de consagrarse por su cuenta, si así lo deseaban y se prescribió una fórmula de consagración. Habiendo sobrevenido ahora otros motivos, pensamos que ha llegado la hora de culminar este proyecto. 

Este testimonio general y solemne de respeto y de piedad, se le debe a Jesucristo, ya que es el Príncipe y el Maestro supremo. De verdad, su imperio se extiende no solamente a las naciones que profesan la fe católica o a los hombres que, por haber recibido en su día el bautismo, están unidos de derecho a la Iglesia, aunque se mantengan alejados por sus opiniones erróneas o por un disentimiento que les aparte de su ternura. 

El reino de Cristo también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús. Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma substancia que El y que es "el esplendor de su gloria y figura de su substancia" (Hebreos 1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la boca del profeta: "Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo... El me ha dicho: Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra" (Salmo 2: 6-8). 

Por estas palabras, Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites más alejados. ¿Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende claramente de estas palabras: "Tu eres mi Hijo." Por esta razón Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas palabras: "Yo te daré las naciones por herencia". A estas palabras cabe añadir aquellas otras análogas de san Pablo: "A quien constituyó heredero universal." Pero hay que recordar sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le preguntaba:"¿Eres Rey tú?", el contestó sin vacilar: "Tú lo has dicho: Yo soy rey!" (Juan 18:37)La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: "Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra." (Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos. 

Efectivamente, El ejerció este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en virtud de un derecho adquirido. Pues "nos arrancó del poder de las tinieblas" (Colos. 1:13) y también "se entregó a si mismo para la Redención de todos" (1 Tim 2:6). 

No solamente los católicos y aquellos que han recibido regularmente el bautismo cristiano, sino todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para El "en pueblo adquirido." (1 P 2:9). También San Agustín tiene razón al decir sobre este punto: "¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que El dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio semejante!" (Tract., XX in Joan.). 

Santo Tomás nos expone largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo. Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la autoridad real, concluye netamente: "Todo está sumido a Cristo en cuanto a la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de esta potencia" (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia y sobre todo por la caridad. 

Pero en esta doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehusa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehusa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: "Hijo mío, dame tu corazón!" Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestras almas. Consagrándonos a El, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras. 

Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona. 

Nos exhortamos y animamos a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo en el templo celestial. 

Pero, ¿podemos olvidar esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora, deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús. 

De esta manera, el acto de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia El. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos "en cuanto a la potencia", les someta un día "en cuanto al ejercicio de esta potencia". Y esto, no solamente "en el siglo futuro, cuando impondrá su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigando a los otros" (Santo Tomás, id, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna. 

Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra. 

Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva. 

De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, "pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados" (Act 4:12). Hay que recurrir, pues, al que es "el Camino, la Verdad y la Vida". 

El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando "toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" (Fil. 2:11). 

En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres. 

Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón. 

Nos decidimos en consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas. 

Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado. 

Dado en Roma, el 25 de mayo de 1899, el 22 de Nuestro Pontificado. 

León XIII, Papa.

miércoles, 25 de junio de 2014

EL TRIUNFO ES DE LA INMACULADA



Bandera de combate es María inmaculada contra la serpiente del Paraíso que, con nombre muy adecuado se llama... ya sabéis todos có­mo se llama; se llama Revolución.

Verdadera explosión de infernales rencores contra Dios y contra Cristo y su Iglesia, ha estallado en el mundo de los siglos modernos, en forma desconocida hasta hoy en los fastos de la humanidad. Todas las más groseras pasiones, todos los más ciegos errores, todos los más bastardos intereses, hanse reunido como en un solo haz para formar ese inmenso ejército de enemigos de la verdad y del bien, que nunca, nunca, reparadlo, sentires míos, había tenido tan concretamente formulado su satánico programa y más calculadamente organizadas sus fuerzas y combinada su estrategia. Asistimos a este duelo formidable entre el Cie­lo y el infierno, y apenas nos damos cuenta de él; tanto es el poder de la costumbre, que nos lo hace mirar como hecho normal y vulgar y ya perfectamente connaturalizado con el modo de ser de las actuales ge­neraciones. Más, lo horrible del hecho cierto es, verdad es, a poco que atentamente se le considere. Se combate en el periódico y en el libro, y en la plaza y en el hogar, y en la escuela y en el espectáculo, y en el parlamento y en el templo, y en las leyes y en las costumbres, y en la diplomacia y en los campamentos, y a la luz del día y en la tenebrosa logia, y en todas las formas y en todas partes y con todos los medios.

Pues, para tal combate y para el brillantísimo ejército de Dios que de un confín a otro del mundo lo sostiene, os decía que es gloriosa ban­dera el misterio y culto de María en su Inmaculada Concepción.

La necesidad de luchar y la seguridad de vencer

Allá en la cuna del género humano, inmediatamente después de la caída del primer hombre, fue anunciado este misterio como símbolo de una gran lucha entre la generación de la Mujer y la generación de la serpiente; y con palabras que no se han borrado ni se han de borrar ja­más de la memoria de los hombres y de la tradición de los pueblos, se escribió el lema inmortal que ostentan los soldados de María lnmaculada. Ipsa conteret caput tuum se dijo, y con ello se nos profetizaron dos cosas que habéis de ver siempre simbolizadas en esta gloriosísima Niña, que huella con su pie la cabeza del infernal dragón: la necesidad de luchar y la seguridad de vencer.

La fiesta de nuestro siglo

Estamos en época de lucha, y el dragón infernal que sin cesar ha combatido contra la Iglesia, la combate ahora con saña inaudita. Nunca, desde que salió la Iglesia de las catacumbas, había sido tan poderoso, tan universal y tan declarado el poder del infierno contra Ella. Conspiran contra Ella los malvados con su odio, los débiles y apocados con sus respetos humanos, los indiferentes con su olvido. La serpiente antigua del paraíso ha repetido en todos tonos aquel primer grito de rebeldía: “Dejad a Dios y seréis dioses sobre la tierra”. Y lo que es peor, ha encontrado quienes den crédito a esa especie de proclama revolucionaria.

Y contra ese gigantesco ataque de todas las fuerzas del infierno reunidas, lucha valeroso el Catolicismo, y con él luchamos a brazo partido todos nosotros que somos sus hijos. Y como este misterio representa la primera victoria alcanzada por María sobre el infierno y sobre el pecado, por esto nos dirigimos con especialidad a esta inmortal Vencedora los que anhelamos vencer. El nombre de María Inmaculada es, pues, como el grito de guerra de los hijos de la Iglesia en este siglo. Y en la figura que la representa podemos ver, además del misterio que te he explicado, una imagen de nuestras luchas y de nuestras victorias.

Ensanchemos los corazones oprimidos y demos gloria a Dios, que ha querido mostramos en su Madre benditísima dos cosas hoy día tan dignas de eterno recuerdo: la necesidad de luchar y la seguridad de vencer. Primero la lucha, y ésta incansable; luego la victoria, y ésta segura, porque está prometida; y al fin la corona, y ésta inmortal e imperecedera como la de María.


P. FELIX SARDA Y SALVANY

Propaganda Católica T.1V.1 904. p. 21.

lunes, 23 de junio de 2014

SAN PÍO X: SANTO DE SEGUNDA CATEGORÍA PARA EL VATICANO


O ni siquiera ya es santo, ¡al lado de dos santazos como Juan XXIII y Juan Pablo II! ¿Cómo comparar a San Pío X con estas dos lumbreras del Modernismo? En Roma saben bien lo que hacen, mejor dicho: lo quedeshacen.

“ROMA perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo”.


 Imágenes tomadas del sitio oficial del Vaticano (fuente), hasta hoy puede verificarse que allí no se señala como santo a Pío X mientras que sí se lo hace con quienes no lo son, dos de los grandes destructores de la Iglesia recientemente "canonizados":






No se puede decir que Francisco no es obediente: él hace todo lo que le dicen…

sábado, 21 de junio de 2014

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS V - SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO



De la práctica de esta virtud 

Pero vengamos ya a la práctica, y veamos más en particular en qué cosas debemos conformar nuestra voluntad con la de Dios. 

1.º En los accidentes ordinarios de la vida. 

Y en primer lugar debemos sobrellevar con resignación los trabajos y naturales calamidades que acaecen fuera de nosotros, como son el mucho calor, el frío excesivo, la lluvia, las carestías, las pestilencias y otras semejantes. En estos casos guardémonos mucho de decir: ¡Qué calor más insoportable! ¡Qué frío tan espantoso! ¡Qué desgracia! ¡Qué suerte más lastimosa! ¡Qué tiempo más triste!, y otras parecidas expresiones, que demuestran poca o ninguna conformidad con la voluntad de Dios. Debemos admitir las cosas tales como se presentan, porque el Señor es el que todas las dispone. San Francisco de Borja llegó una noche a una casa de la Compañía mientras nevaba: llamó varias veces a la puerta y como dormían tranquilos, nadie le abrió. Al amanecer se lamentaron todos los de la casa por haberlo dejado expuesto a la intemperie; mas el Santo les contestó diciendo que durante aquel tiempo había experimentado inefables dulzuras, al pensar que Dios le estaba arrojando sobre la cabeza aquellos copos de nieve.

Debemos también conformarnos con la voluntad del Señor cuando padecemos algo en nuestra persona, como hambre, sed, pobreza, deshonras y desolaciones interiores. En todos estos trances nuestro lema debe ser el siguiente: "Que el Señor haga y deshaga en mí como le plazca; sólo quiero lo que El quiera, y a pesar de todo estaré contento." 

Dice el P. Rodríguez que cuando el demonio procura algunas veces inquietarnos con algunas tentaciones de pensamientos condicionales, para hacernos caer en el pecado, debemos responder con un acto de adhesión a la voluntad de Dios. Si el otro te dijese esto ¿qué responderías?, si acaeciese esto, ¿qué harías?, en este caso, ¿cómo te habrías? A estas cosas debemos responder a ojos cerrados: "Yo diría o haría lo que entendiera que era la voluntad de Dios." Por este medio evitaremos todo pecado, y nos libraremos de cualquier angustia. 

2.º En los defectos naturales. 

Tampoco debemos lamentarnos de nuestra mala suerte cuando nos veamos cargados de defectos de alma y cuerpo, tales como mala memoria, ingenio tardo, poca habilidad, quebrantada salud o algún miembro del cuerpo contrahecho. ¿Hemos nosotros merecido, o Dios estaba obligado a darnos entendimiento más claro, o cuerpo mejor formado? ¿No estaba en su mano habernos dado solamente las facultades como a los brutos animales, o habernos dejado en la nada de que nos sacó? ¿Quién al recibir algún don pone condiciones para aceptarlo? Demos, pues, gracias a Dios por lo que su bondad infinita nos ha concedido y contentémonos con lo que nos ha dado. 

¿Quién sabe si teniendo más claro talento, o salud más robusta, o rostro más agraciado, nos habríamos de perder? ¿Para cuántos su mucho talento y vastísima ciencia no ha sido ocasión de perderse, por haber menospreciado a los demás o hinchándose con el humo de vanidad? Porque en este escollo están muy expuestos a naufragar los que se aventajan en talento y en ciencia. ¿Para cuántos la hermosura y fortaleza del cuerpo ha sido motivo de caer en mil precipicios? ¡Cuántos hay, por el contrario, que por ser pobres, o deformes, o estar enfermos, se han santificado y salvado, y que se hubieran condenado si Dios les hubiera dado riquezas, o salud o hermosura! Sepamos, por tanto, contentamos con lo que Dios nos da; porque sólo una co-sa es necesaria (Luc. X), es decir, nuestra salvación, y no la belleza, ni la salud, ni el talento. 

3.º En las enfermedades. 

De modo especial debemos resignarnos a la voluntad de Dios en las enfermedades, abrazándonos con ellas como vienen y para todo el tiempo que Dios fuere servido que las padezcamos. Podemos y debemos usar de los remedios ordinarios, que también esto es voluntad de Dios; pero si no producen su efecto, conformémonos con su querer y beneplácito, que nos será de más provecho que la misma salud. En estos casos he aquí lo que debemos decir al Señor: "Yo, Dios mío, ni deseo curar, ni estar enfermo; sólo quiero lo que Vos queráis." 

Aunque es más perfecto no lamentarse en la enfermedad de los trabajos que en ella se padecen, sin embargo, no es defecto ni falta de virtud hablar de ellos a los amigos, y aun pedirle a Dios que nos alivie, mayormente cuando la enfermedad nos agobia y martiriza. Entiendo hablar aquí de los grandes padecimientos que nos aquejan, porque es señal de mucha imperfección el quejarse y lamentarse y exigir que todo el mundo se compadezca de nosotros al sentir la menor molestia o el más insignificante malestar. De lo primero nos da ejemplo Jesucristo, que estando para comenzar su dolorosa Pasión, descubrió su angustia a los discípulos diciendo: Mi alma siente angustias mortales (Matth.XXXI, 38)y pidió al Eterno Padre que le librase de ellas. Padre mío —le dijo— si es posible no me hagas beber este cáliz. Pero nuestro amoroso Salvador nos enseñó al mismo tiempo lo que debemos hacer después de semejantes plegarias: resignarnos luego a su voluntad santísima y añadir con él: Pero, esto no obstante, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú. 

Personas hay que se forjan la ilusión de desear la salud, no para evitar el sufrimiento, dicen, sino para servir mejor al Señor, para observar con más perfección la Regla, para servir a la Comunidad, para ir a la iglesia y comulgar y hacer penitencia y emplearse en los ministerios de la salvación de las almas, confesando y predicando. 

Pero, decidme, por vuestra vida, ¿por qué deseáis hacer estas cosas? ¿Por ventura para dar gusto a Dios? ¿Por qué andar buscando complacerle, cuando estáis ciertos de que es de su agrado que no recéis, ni comulguéis, ni hagáis penitencia, ni estudiéis, ni prediquéis, sino que con paciencia estéis tranquilos en vuestro lecho soportando los dolores que os aquejan? Unid entonces vuestros dolores a los de Jesucristo. 

Pero lo que me desagrada, dice otro, es que estando enfermo soy carga para la Comunidad y doy pesadumbre a la casa. Pero si tú te resignaras a la voluntad de Dios, debes también creer que tus Superiores harán lo mismo, viendo que no por mala voluntad, sino por voluntad de Dios eres gravoso a la casa. Pero ¡ah!, que estas quejas y estos lamentos no nacen ordinariamente de amor a Dios, sino del amor propio, que va buscando pretextos para sustraerse a la voluntad del Señor. Si de veras queremos complacerle cuando nos veamos clavados en el lecho del dolor, digámosle estas solas palabras: Hágase tu voluntad, y repitámoslas cien y hasta mil veces, repitámoslas siempre, que con ellas daremos más gusto a Dios que con todas las mortificaciones y devociones que podamos hacer. No hallaremos mejor manera de servirle que abrazándonos alegremente con su adorable voluntad. 

El B.P. Juan de Avila, escribiendo a un sacerdote enfermo, le dice: "No tanteéis, amigo, lo que hicierais estando sano, mas cuánto agradaréis al Señor con contentaros de estar enfermo. Y si buscáis, como creo que buscáis, la voluntad de Dios puramente, ¿qué más os da estar enfermo que sano, pues que su voluntad es todo nuestro bien?" Y tanto es así, que Dios es menos glorificado por nuestras obras que por nuestra resignación a su voluntad santísima. Por esto decía San Francisco de Sales que más se sirve a Dios padeciendo que obrando. 

A las veces nos faltarán el médico y las medicinas, o bien el facultativo no acertará con nuestra enfermedad; pues también en esto debemos conformarnos con la voluntad de Dios, que dispone así las cosas para nuestro bien y provecho. 

Estando enfermo un devoto de Santo Tomás de Cantorbery, fuese al sepulcro del Santo, para impetrar de él la salud. Al tornar a su patria, volvió en completa salud; pero entrando en juicio consigo mismo, se dijo: "¿Para qué quiero yo la recobrada salud, si la enfermedad me ayudaba mejor para salvarme?" Agitado con este pensamiento volvió a la tumba del Santo, le pidió que intercediera con Dios para que le concediera lo que más le conviniera a su eterna salvación. Apenas hubo terminado esta plegaria, cayó enfermo, y quedó a la vez muy consolado, persuadido como estaba de que el Señor así lo disponía para su mayor bien. 

Refiere Surio que un ciego recobró la vista por intercesión del Obispo San Vedasto; pero después le pidió al Santo que si el uso de la vista no conducía a la salvación eterna de su alma le tornase a poner ciego; su oración fue oída, y se quedó ciego como hasta entonces había estado. 

Cuando estemos enfermos, lejos de pedir la salud o la enfermedad, debemos abandonarnos a la voluntad de Dios, para que disponga de nosotros como más le agrade. Con todo, si nos determinamos a pedir la salud pidámosla siempre con resignación, y a condición de que la salud del cuerpo no sea perjudicial a la de nuestra alma; de otra suerte, nuestra oración será defectuosa y quedará sin respuesta, porque el Señor no acostumbra a oír las oraciones hechas sin resignación. 

En mi concepto la enfermedad es la piedra de toque de los espíritus, porque a su contacto se descubre la virtud que un alma atesora. Si soporta la prueba sin turbarse, sin lamentarse, ni inquietarse; si obedece al médico y a los superiores; si permanece tranquila y resignada a la voluntad de Dios, es señal de que está bien fundada en virtud. Pero, ¿qué pensar de un enfermo que prorrumpe en lamentos y se queja de que le asisten mal, que padece insoportables trabajos, que no halla alivio en los remedios, que dice que el médico es un ignorante y que llega hasta murmurar de Dios, pensando que le carga con demasía la mano? 

Refiere San Buenaventura en la vida de San Francisco, que estando un día el Santo trabajado por dolores espantosos, uno de sus religiosos, hombre por extremo sencillo, le dijo: "Pedid a Dios, Padre mío, que os alivie en vuestros trabajos y que no cargue tanto sobre vos la mano." Oyendo esto el Santo, lanzó un suspiro y exclamó: 'Sabed, hermano, que si no estuviera persuadido de que habéis hablado por sencillez, no quisiera veros por más tiempo en mi presencia, por haberos atrevido a poner vuestra lengua en los juicios de Dios.' Y luego, aunque débil y extenuado por la enfermedad, arrojóse de la cama al suelo, y besándolo dijo: "Gracias os doy, Señor, por los dolores que me enviáis; os suplico que me los aumentéis, si es de vuestro agrado. Mi mayor gusto sería que me aflijáis más, sin ceder un punto, porque en cumplir vuestra voluntad hallo yo el mayor consuelo que en esta vida puedo experimentar." 

4.º En la pérdida de las personas queridas. 

De esta misma suerte hemos de portarnos, cuando nos sobrevenga la pérdida de alguna persona útil a nuestro provecho espiritual o temporal. Almas piadosas hay que en este punto caen en mil defectos, por no querer resignarse a la voluntad de Dios; debemos estar persuadidos de que nuestra santificación depende, no de nuestros directores espirituales, sino de Dios. Cierto que el Señor desea que nos sirvamos del padre espiritual en la dirección de nuestra conciencia; pero cuando nos lo quita, también desea que, lejos de disgustarnos, pongamos toda nuestra confianza en su bondad, diciéndole: "Vos, Señor, me habéis dado por guía al director de mi conciencia, pero ahora me priváis de él, cúmplase en todo vuestra santísima voluntad; suplid Vos ahora su ausencia y enseñadme lo que debo hacer para agradaros. 

Con las mismas disposiciones debemos aceptar de las manos de Dios todas las demás cruces que se sirva enviarnos. 

Pero me dirás que tantos trabajos son otros tantos castigos. —Pero, dime: los castigos que Dios nos manda en esta vida, ¿no son otras tantas gracias y beneficios? Si hemos ofendido a la majestad de Dios, debemos satisfacer a su divina justicia de alguna manera en este mundo o en el otro. Por eso debemos decir todos con San Agustín: "Aquí quema, aquí corta, aquí no perdones, para que perdones en la eternidad." Y con el Santo Job: Mi consuelo sería que, sin perdonarme, fueses afligiéndome con dolores (Job. VI, 10). A la verdad, un alma que ha merecido el infierno, debiera consolarse al ver que Dios la castiga, persuadida de que se dignará librarla de los tormentos eternos. Cuando el Señor nos someta a algún trabajo, digamos con el sacerdote Helí: El es el Señor, haga lo que sea agradable a sus ojos (Reg. III, 18). 

5.º En las desolaciones de espíritu. 

Debemos también resignarnos a la voluntad de Dios en las desolaciones espirituales. Cuando un alma se entrega a la vida espiritual, acostumbra el Señor comunicarle todo género de consolaciones interiores, a fin de desprenderla de los placeres del mundo; mas luego que la ve bien fundada en la virtud, le retira su favor, para probar si su amor es verdadero y se determina a servirlo y amarlo sin interés y sin el aliciente de los gustos sensibles. "¿Piensas, hija, dijo el Señor a Santa Teresa, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar." "No está el amor, decía la Santa en su vida, en tener lágrimas, sentir gustos y ternuras..., sino en servir con justicia y fortaleza de ánimo y de verdad..." Y añade: "Tengo para mí que quiere el Señor... dar estos tormentos y otras muchas tentaciones para probar a sus amadores." Que el alma, favorecida del Señor con caricias y regalos, se los agradezca, está bien; pero que no se aflija ni impaciente cuando se encuentra angustiada y desolada. Menester es estar muy sobre aviso en este punto, porque hay almas que se imaginan que Dios las ha abandonado, o que la vida espiritual no es para ellas, cuando sienten aridez y sequedad, y a causa de esto abandonan la oración, perdiendo así todo el fruto de su trabajo. 

El tiempo de los espirituales desconsuelos es el más a propósito para ejercitarnos en la resignación a la voluntad de Dios. No pretendo que dejéis de experimentar angustia y pesar al sentiros privados de la presencia sensible del Señor; porque es muy natural que el alma sienta tal privación y se lamente de ella, puesto que se lamentó nuestro amoroso Salvador cuando desde lo alto de la cruz pronunció aquellas angustiosas palabras: ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? (Mtth. XXVII, 46). Pero cualquiera que sea nuestro desconsuelo, debemos resignarnos siempre a la voluntad de Dios. 

Todos los Santos han padecido estas desolaciones e interiores desamparos. " ¡Qué duro está mi corazón! —exclamaba San Bernardo—, no tengo gusto ni parar leer, no hallo descanso ni en la oración ni en la meditación." Ordinariamente los Santos han padecido muchas sequedades y han gozado de muy pocos consuelos; éstos suele el Señor concederlos de vez en cuando a las almas flacas, temeroso de que abandonen la vida espiritual; en cambio, los verdaderos gustos y contentos, premio de nuestra virtud, los tiene reservados para el Cielo. Esta tierra es lugar de merecimiento, y se merece padeciendo, al paso que el Cielo es ya lugar de premio y de descanso. Por esto cabalmente los Santos, durante su peregrinación en este mundo han buscado, no los gustos y placeres sensibles, sino el fervor del espíritu, que se halla en padecer. "Más vale sin comparación estar en trabajos, decía el Padre Maestro Avila, si el Señor lo manda, que estar en el Cielo sin su querer." 

Pero me dirás: "Si yo supiera que esta desolación me viene de la mano de Dios, la sobrellevaría con gusto; pero lo que más me aflige y atormenta, es el temor de que me sobrevenga por culpa mía y en castigo de mi mucha tibieza." 

Pues bien; acaba con tu tibieza y comienza a ser más diligente en el servicio de Dios; pero inquietarte y abandonar la oración porque la sequedad te agobia, ¿no ves que con esto doblas tu mal? Supongamos que la sequedad de tu corazón sea un castigo, como dices; pero este castigo, ¿no te lo manda Dios? Acéptalo como merecido por tu infidelidad, y únete a la voluntad de Dios. ¿No dices que has merecido el infierno? Entonces ¿por qué te quejas?; ¿mereces acaso que Dios te inunde de consuelos? Resígnate, pues, y soporta el desamparo en que el Señor te deja, no abandones la oración, ni el camino que has emprendido, y teme que tus quejas y lamentos no provengan de tu poca humildad y de tu poca resignación a la voluntad de Dios. El fruto más sazonado y abundante que un alma puede sacar de la oración, es unirse a la voluntad de Dios, diciendo con resignación: "Acepto, Señor, este trabajo como venido de vuestras manos, y lo acepto porque es de vuestro agrado; si queréis que gima bajo su peso por toda la eternidad, dispuesto estoy a ello." Orar así, aunque con gran hastío, te será de más provecho que los más regalados consuelos. 

Pero aquí es de advertir que no siempre la sequedad es un castigo; veces hay que el Señor dispone que caigamos en espiritual desconsuelo para nuestro mayor provecho y para que nos conservemos en la humildad. A fin de que San Pablo no se ensoberbeciese por los dones que el Cielo le había otorgado, permitió el Señor que fuese atormentado con tentaciones de impureza. Y para que la grandeza de las revelaciones no me desvanezca, escribe el Santo Apóstol, se me ha dado el estímulo de mi carne, que es como un ángel de Satanás, para que me abofetee (II Cor. XII). No es de maravillar que uno haga oración cuando sobrenada en consuelos; pero, como dice el Eclesiástico: Hay también algún amigo, compañero en la mesa, el cual en el día de la necesidad ya no se dejará ver (Eccli. VI,10). A buen seguro que no tendrás por amigo sincero a aquel que sólo se limita a sentarse a tu mesa, sino a aquel otro que te asiste con desinterés en tus necesidades. 

En la sequedad y en los desconsuelos del alma es cuando Dios prueba a sus verdaderos amigos. Paladio padecía en la oración congojas de muerte; comunicóle a San Macario su desgracia, el cual le dijo: "Cuando te venga el pensamiento de abandonar la oración, respóndele: Por amor a Jesucristo me contento con estar aquí, guardando esta celda." Así debes responder cuando te sientas inclinado a abandonar la oración por creer que estás perdiendo el tiempo: "Yo estoy aquí, puedes decir, para dar gusto a Dios." Decía San Francisco de Sales que aunque en la oración no hiciéramos más que desechar las distracciones y resistir a las tentaciones, nuestra oración sería buena. Y Taulero añade que con no abandonar la oración, a pesar de las sequedades que en ella sintamos, alcanzaremos del Señor mayor cúmulo de gracias que si durante mucho tiempo hubiéramos gozado en ella de sensibles consuelos. 

De un gran siervo de Dios se cuenta, según el P. Rodríguez (Ejercicio de perfección, tra. VIII, c.29) que decía: "Cuarenta años ha que sirvo a Nuestro Señor y trato de oración, y nunca he tenido en ella gustos ni consuelos; pero el día que la tengo, siento después en mí un aliento grande para los ejercicios de virtud; y en faltando en esto ando tan caído que no se me levantan las alas para cosa buena." Dicen Gersón y San Buenaventura que hay almas que sirven a Dios con más perfección, cuando no llegan a tener el recogimiento deseado que cuando todo le sale bien, porque entonces andan más diligentes y humilladas; de lo contrario se envanecerían y caerían más fácilmente en tibieza, persuadidas de que habían hallado lo que buscaban. Esto que decimos de las sequedades de espíritu vale también para las tentaciones. Debemos procurar evitar las tentaciones; pero si es voluntad de Dios que seamos tentados contra la fe, contra la pureza o contra otra virtud cualquiera, no debemos lamentarnos, sino resignarnos también en esto a la voluntad de Dios. A San Pablo, que pedía al Señor le librase de tentaciones impuras, le respondió: "Bástate mi gracia" (II Cor. XII,9). Si alguna vez nos sucede que no es atendida nuestra oración cuando pedi-mos al Señor que nos libre de una tentación molesta, digámosle: "Haced, Dios mío, lo que os agrade; bástame vuestra gracia; asistidme, a fin de que no me condene." Porque no son las tentaciones, sino el consentimiento que a ellas damos, lo que nos hace perder la gracia de Dios. Las tentaciones, cuando resistimos a ellas, nos hacen más humildes, son mina riquísima de méritos, que nos obligan a recurrir a Dios con más frecuencia, nos preservan de caer en pecado y nos hacen crecer cada vez más en su santo amor. 

6.º En la hora de la muerte. 

Finalmente, hemos de resignarnos a la voluntad de Dios en lo que mira a nuestra muerte, sea en cuanto al tiempo, sea en cuanto al modo que Dios se sirva enviárnosla. Escalando Santa Gertrudis una escarpada colina, resbaló y cayó en un valle; sus compañeras la preguntaron después si no había tenido miedo a morir sin sacramentos. "Verdad que yo deseo, contestó la Santa, morir fortificada con los santos Sacramentos; pero deseo más lo que Dios quiere, porque estoy persuadida de que la mejor disposición para bien morir es someterse al querer y beneplácito de Dios; mi deseo es morir de la manera que el Señor lo tenga dispuesto." 

Se lee en los diálogos de San Gregorio que, habiendo los vándalos condenado a muerte a un sacerdote llamado Santolo, le dieron a escoger el género de suplicio que más le agradara. El santo varón rehusó elegir, diciendo: "Estoy en las manos de Dios, dispuesto a sufrir la muerte que El quiera darme por vuestro medio; ésta escojo y no otra." Este acto agradó tanto al Señor, que, habiendo determinado los bárbaros cortarle de un tajo la cabeza, Dios detuvo el brazo del verdugo; en presencia de tan señalado prodigio resolvieron perdonarle la vida. Por consiguiente, en cuanto a la manera de morir, debemos escoger la muerte que Dios haya determinado enviarnos. Cada vez que pensemos en la muerte, digamos de corazón: Salvadme, Señor, y después enviadme el género de muerte que os agrade. 

Resignémonos también a la voluntad de Dios en cuanto a la hora de nuestra muerte. ¿Qué es la tierra sino una cárcel donde gemimos aherrojados, con peligro de perder a Dios a cada instante? Esto es lo que hacía exclamar a David: Saca de esta cárcel a mi alma (Ps. CLI,8). Este temor obligaba a Santa Teresa a suspirar por el momento de la muerte; y cuando oía sonar el reloj se consolaba pensando que había pasado una hora en la que se veía fuera del peligro de perder a Dios. Decía el P.M. Juan de Avila, que cualquiera que se hallara medianamente dispuesto debía desear la muerte, por razón del peligro en que se vive de perder la gracia de Dios. ¿Qué cosa más apreciable que una buena muerte, que nos pone en la imposibilidad de perder la gracia de Dios? 

Pero dirás: "Yo no he hecho nada de bueno todavía, ni he ganado mérito alguno para el Cielo." Pero suponiendo que es voluntad de Dios que ahora pierdas la vida, ¿qué harías de provecho viviendo contra su voluntad? Y ¿quién te promete que entonces sería tu muerte tan feliz y segura como la que ahora puedes esperar? ¿Quién sabe si mudando de voluntad caerías en otros pecados que te arrastraran al infierno? Añádase a esto que, viviendo, no puedes vivir sin cometer al menos faltas ligeras. Por esto exclama San Bernardo: "¿Por qué deseamos conservar una vida en la cual, mientras vivamos, tanto más pecamos?" Y, sin embargo, es cierto que más desagrada a Dios un pecado, que pueden agradarle todas las obras buenas que podamos hacer. 

Digo además que no ambicionar el Paraíso es manifiesta señal de amar poco a Dios. El que ama desea la presencia del amado; y como quiera que el hombre no puede ver a Dios si no abandona este mundo, por eso los Santos suspiraban por la hora de la muerte, para ir a ver a su amado Señor. "Muera yo, Dios mío, exclamaba San Agustín, para ir a verte." Tengo deseo, decía San Pablo, de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo (Phil. I.23). ¡Cuándo será que yo llegue, decía también David, y me presente ante la cara de Dios! (Ps. XLI, 3). Así hablan todas las almas enamoradas del Señor. 

Cuenta un autor que, andando un día a caza un caballero, llegó a un bosque, donde oyó una voz humana y harto suave. Entró por el bosque adentro, y halló un pobre leproso carcomido por la enfermedad, y le preguntó si era él quien cantaba. "Yo, señor, era el que cantaba, respondió el leproso. —Y ¿cómo puedes cantar y alegrarte, dijo el caballero, teniendo tantos dolores que te están quitando la vida? Respondió el pobre: Entre Dios, mi Señor, y yo no hay otro medio sino esta pared de lodo, que es este mi cuerpo; quitado, y roto este impedimento iré a gozar de la visión de Su Majestad eterna. Y como veo que cada día se va deshaciendo a pedazos, me gozo y canto." 

7.º En los bienes espirituales. 

Por último, aun en los grados de gracia y gloria que Dios nos dé, hemos de conformarnos con su voluntad santísima. Debemos estimar en su justo valor lo que se relaciona con la gloria del Señor, pero en mayor aprecio debemos tener su voluntad debemos ambicionar amarle más que los serafines, pero no debemos desear mayor grado de amor del que el Señor ha determinado concedernos. 

Dice muy bien el P. Maestro Avila: "No creo que ha habido santo en este mundo que no desease ser mejor de lo que era; mas esto no les quitaba la paz, porque no lo deseaban ellos por su propia codicia y que nunca dicen harto hay; mas por Dios, con cuyo repartimiento estaban contentos, aunque menos les diera, teniendo por amor verdadero el contentarse con lo que El les da más que el desear tener mucho" (Audi filia, C.23). 

El cual viene a decir, como explica el P. Rodriguez, que si bien hemos de ser diligentes y fervorosos en procurar nuestra perfección por cuantos medios podamos, a fin de que no se nos entre la tibieza y dejemos de hacer lo que es de nuestra parte so color de decir: Dios me lo ha de dar; todo ha de venir de la mano de Dios, yo no puedo más; sin embargo, después de hacer buenamente lo que es de nuestra parte, más agrada a Dios la humildad y la paciencia en las flaquezas, que esas tristezas y congojas demasiadas que algunos traen. Entonces sin perder el ánimo, levantémonos de nuestras caídas, humillémonos, arrepintámonos y prosigamos nuestro camino, fiados en la ayuda del Señor. 

Y aunque también podamos desear estar en el Cielo en el Coro de los serafines, no para tener nosotros más gozo, sino para amar más a Dios y darle mayor gloria, debemos, esto no obstante, resignarnos a su santa voluntad, contentándonos con el grado de gloria y de amor que el Señor se digne por su misericordia otorgarnos. 

Defecto harto notable sería el desear ser por Dios regalado con los dones de oración sobrenatural, como éxtasis, visiones, revelaciones. Dicen los maestros de la vida espiritual que las almas favorecidas por Dios con este género de gracias deben pedirle que se las retire, a fin de poder amarle, guiados por la fe, que es el camino más seguro. Muchas almas hay que han llegado a la perfección sin gozar de estas gracias sobrenaturales, sólo la virtud, y sobre todo la conformidad con la voluntad de Dios, es la que levanta a las almas al grado sublime de la santidad. 

Y si no es del agrado del Señor levantarnos a tan sublime perfección y gloria, resignémonos en todo a su divino querer, suplicándole al menos nos salve por su infinita misericordia. Obrando así, no será pequeña la recompensa que recibiremos de la generosa mano del Señor, el cual ama con especial predilección a las almas resignadas a su voluntad.

 San Alfonso María de Ligorio