sábado, 29 de noviembre de 2014

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 21



SAN JERONIMO EMILIANO

Jerónimo Emiliano fue en su juventud un gran libertino, de modo que no hubo goce mundanal que él no apurara hasta la saciedad. Alistado en la milicia, llevó la vida alegre y disipada de muchos que siguen la carrera de las armas; pero la Santísima Virgen, que le amaba entrañablemente, permitió que en cierta guerra cayese prisionero, y fuera encerrado en una cárcel tenebrosa, sin esperanza alguna de salir de ella.

La oscuridad y tristeza de la cárcel le hicieron volver en sí, y ver la horrible oscuridad de su alma, cargada de tantos y tan enormes pecados, y esta consideración levantó en él tan vivos remordimientos, que estuvo a punto de desesperar.

Abandonado de todos, sentía la necesidad de convertirse a Dios; pero al levantar el corazón al cielo, lo hacía sin ninguna esperanza, creyendo que el Señor no podía escuchar la voz de un hombre cargado de tantos y tan graves pecados. Iba ya a dejarse llevar por la fatal corriente de la desesperación, cuando se acordó de la Santísima Virgen, e hizo memoria de los cruelísimos dolores y mortales angustias que tuvo que sufrir su ternísimo Corazón, durante las horas en que Jesús estuvo preso en poder de sus implacables enemigos.

El recuerdo de los dolores de María enterneció profundamente a Jerónimo, y le movió a recurrir a la Santísima Virgen, pidiéndole que por lo que hubo de sufrir en la vida, pasión y muerte de Jesús, se dignara levantar en su alma la esperanza de salvarse, que tenía perdida.

—Si junto con la resignación en las penas que padezco, me alcanzáis un verdadero arrepentimiento de mis pecados, y el perdón de los mismos, dolorida Madre mía —le dijo—, os prometo sinceramente ser siempre vuestro devoto y hacer penitencia hasta la muerte.

La piadosísima Madre de Jesús no podía hacerse sorda a las preces del hijo afligido, que ponía en Ella la esperanza para volver a la amistad y gracia de Dios, así es que no solamente le alcanzó una verdadera contrición de sus culpas, y la seguridad de que le habían sido perdonadas, sino que además quiso que el nuevo convertido recibiera poco tiempo después la libertad.

Salido de la cárcel, Jerónimo pasó el resto de sus días llorando amargamente los excesos de su vida y haciendo dura penitencia por ellos. Murió en el Señor, y la Iglesia lo inscribió en el catálogo de los Santos.

Aprende a no desconfiar de Dios, y a poner tu causa en las benditas manos de María, única esperanza de los pecadores.

(«Lourdes-Fátima»)

jueves, 27 de noviembre de 2014

NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA - 27 DE NOVIEMBRE


De Julio a diciembre del año del Señor de 1830 la Santísima Virgen se apareció a una humilde novicia de la Caridad, Sor Catalina Labouré, ordenándole que se hiciese acuñar una medalla cuyas efigies le mostró. Una de las caras de la medalla lleva la imagen de la Inmaculada despidiendo rayos de sus manos, con esta plegaria: "Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos".
Las curaciones y milagros de todo orden obrados por esta medalla aceleraron la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, razón por la cual es la Medalla Milagrosa la más usada por los Hijos de María de todo el mundo y propiamente la insignia oficial de los mismos.

PRIMERA APARICIÓN – 18 de julio de 1830.

He aquí cómo relata Santa Catalina su primera aparición:
"Vino después de la fiesta de San Vicente, en la que nuestra buena madre Marta hizo, por la víspera, una instrucción referente a la devoción de los santos, en particular de la Santísima Virgen, lo que me produjo un deseo tal de ver a esta Señora, que me acosté con el pensamiento de que aquella misma noche vería a tan buena Madre. ¡Hacía tiempo que deseaba verla! Al fin me quedé dormida. Como se nos había distribuido un pedazo de lienzo de un roquete de San Vicente, yo había cortado el mío por la mitad y tragado una parte, quedándome así dormida con la idea de que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.
Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre: Hermana, hermana. Despertándome, miré del lado que había oído la voz, que era hacia el pasillo. Corro la cortina y veo un niño vestido de blanco, de edad de cuatro a cinco años, que me dice: Venid a la capilla; la Santísima Virgen os espera. Inmediatamente me vino al pensamiento: ¡Pero se me va a oír! El niño me respondió: Tranquilizaos, son las once y media; todo el mundo está profundamente dormido, venid, yo os aguardo.
Me apresuré a vestirme y me dirigí hacia el niño, que había permanecido de pie, sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Puesto siempre a mi izquierda, me siguió, o más bien, yo le seguí a él en todos sus pasos. Las luces de todos los lugares por donde pasábamos estaban encendidas, lo que me llenaba de admiración. Creció de punto el asombro cuando, al entrar en la capilla, se abrió la puerta apenas la hubo tocado el niño con la punta del dedo; y fue todavía mucho mayor cuando vi todas las velas y candeleros encendidos, lo que me traía a la memoria la misa de Navidad. No veía, sin embargo, a la Santísima Virgen.
El niño me condujo al presbiterio, al lado del sillón del señor director. Aquí me puse de rodillas, y el niño permaneció de pie todo el tiempo. Como éste se me hiciera largo, miré no fuesen a pasar por la tribuna las hermanas a quienes tocaba vela.
Al fin llegó la hora. El niño me lo previene y me dice: He aquí a la Santísima Virgen; hela aquí. Yo oí como un ruido, como el roce de un vestido de seda, procedente del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José, que venía a colocarse en las gradas del altar, al lado del Evangelio, en un sillón parecido al de Santa Ana; sólo que el rostro de la Santísima Virgen no era como el de aquella Santa.
Dudaba yo si sería la Santísima Virgen, pero el ángel que estaba allí me dijo: He ahí a la Santísima Virgen. Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento, lo que pasó dentro de mí; me parecía que no la veía. Entonces el niño habló, no como niño, sino como hombre, con la mayor energía y con palabras las más enérgicas también. Mirando entonces a la Santísima Virgen, me puse de un salto junto a Ella, de rodillas sobre las gradas del altar y las manos apoyadas sobre las rodillas de esta Señora.
En ese instante experimenté la emoción más dulce de mi vida y que me es absolutamente imposible describir. La Santísima Virgen me explicó la manera como debía comportarme en medio de mis penas y, señalándome con la mano izquierda las gradas del altar, me dijo que viniera siempre, en semejantes ocasiones, a postrarme allí, y abrir  mi corazón para desahogarlo y recibir todos los consuelos de que tenía necesidad. Y agregó:
“Hija mía, quiero confiarte una misión. Tendrás grandes amarguras para llevarla a cabo, pero las sobrellevarás con el pensamiento de que todo irá encaminado a la mayor gloria de Dios. Padecerás contradicción, pero no temas porque no te faltará la gracia que necesitas; y no dejes de manifestar ingenua y sencillamente todo lo que pase. Has de ver algunas cosas, y has de recibir particulares inspiraciones en la oración. Pero, mira, da cuenta de todo a tu padre espiritual.”
Entonces supliqué a la Santísima Virgen que me explicara las cosas que había visto:
“Hija mía -me respondió-, los tiempos que corren son malos y van a traer grandes calamidades sobre Francia. El trono va a ser echado por tierra. El mundo entero será azotado por toda suerte de males.” La Santísima Virgen mostraba un aire tristísimo diciendo esto: “Pero, mira, en aquellos tiempos de tribulación, venid, venid al pie de este santo altar. Aquí, mis gracias serán derramadas sobre todos y todas las personas que las pidieren, grandes y pequeñas. Llegarán a tal extremo las cosas que parecerá que ya no habrá remedio; todo se creerá perdido; pero tened buen ánimo, no desconfiéis un momento; yo estaré con vosotros; experimentaréis sensiblemente mi presencia, y la protección de Dios y de San Vicente descenderá sobre sus dos Familias. (La de los Sacerdotes de la Misión y la de las Hijas de la Caridad).”
Después, los ojos arrasados en lágrimas, añadió: “En otras comunidades igual que en el clero de París, habrá víctimas. El Ilustrísimo Señor Arzobispo morirá.” Al proferir estas palabras, sus lágrimas rodaron, “Hija mía, la Cruz será vilipendiada y arrojada al suelo. Será abierto de nuevo el costado de mi Divino Hijo. Las calles se inundarán de sangre; el mundo entero quedará sumido en la tristeza.” Aquí la Santísima Virgen ya no pudo hablar, y un dolor profundo se dibujó en su semblante. Entonces pensé: "¿Cuándo sucederán todas estas cosas?" y una lumbre interior claramente le indicó que dentro de cuarenta años, vaticinando así los luctuosos acontecimientos que se desarrollaron entre los años 1870 y 1871.
La Santísima Virgen le encargó además que trasmitiera a su Director varias recomendaciones referentes a las Hijas de la Caridad y la fundación de una cofradía de las Hijas de María. Luego concluyó:
“Grandes calamidades, pues, habrán de sobrevenir. Máximo será el peligro. Con todo, no temáis vosotras; la protección de Dios, particularmente, os acompañará siempre, y San Vicente os protegerá también. Yo misma permaneceré con vosotras y en vosotras siempre tendré puestos mis ojos para concederos gracias en abundancia. Las gracias serán derramadas particularmente sobre las personas que las pidieren; pero, es preciso orar, orar mucho."
No podría decir -continúa la confidente de María- cuánto tiempo permanecí con la Santísima Virgen. Todo lo que puedo afirmar es que, después de haberme hablado largo tiempo, desapareció de mi vista como una sombra que se desvanece.
 Habiéndose levantado, volvió a hallar al niño en el mismo sitio en que lo había dejado. Entonces él le dijo: La Virgen ya se fue y otra vez, colocándose a la izquierda, la llevó lo mismo que la había traído, derramando claridades celestiales en tomo suyo.
Creo -concluye el relato de la Santa Hermana- que este niño era el Ángel de mi Guarda, porque yo le había rogado encarecidamente que me alcanzase el favor de ver a la Santísima Virgen. Vuelta a mi cama, oí sonar las dos, y no volví a dormir."

LA APARICIÓN DEL 27 DE NOVIEMBRE de 1830.

Lo que acaba de ser referido no es más que una parte de la misión confiada a Santa Catalina Labouré, o más bien, una preparación de la entrega del preciosísimo legado que iba a depositar en sus manos, como prenda de su amor a la humanidad, la bondadosa Reina de los cielos.
A fines de Noviembre de este mismo año de 1830, nuestra Santa dio cuenta a su Director de una nueva visión. Esta vez no es ya la madre afligida que llora sobre los males que amenazan a sus hijos; es la Reina de los cielos que baja trayendo la promesa de las bendiciones, de la salud eterna y de la paz.
He aquí su relación, escrita de la propia mano de Santa Catalina Labouré:
“El 27 de noviembre de 1830, víspera del primer Domingo de Adviento, a las cinco y media de la tarde, en el profundo silencio de la meditación, oí del lado derecho del altar, un ruido de sedas que se rozan, e inmediatamente vi a la Santísima Virgen junto al cuadro de San José. De estatura mediana, su rostro era tan hermoso que me sería imposible describir, aun pálidamente, su belleza. Estaba de pie, vestida con una túnica blanca, nacarada, color de aurora y mangas lisas. Tenía cubierta la cabeza con un velo blanco que le caía a cada lado hasta los pies; los cabellos recogidos y por encima una especie de manteleta, guarnecida de un corto encaje, ajustada a la cabeza. El rostro quedaba bastante descubierto y los pies descansaban sobre un globo terráqueo, del cual sólo se veía la mitad. Las manos, levantadas a la altura del pecho, sostenían, naturalmente, otro globo, que también representaba el mundo. Su mirada se elevaba dulcemente al cielo en actitud de ofrecer a Dios la esfera representativa del Universo.
De repente sus dedos se cubrieron de anillos adornados con piedras preciosísimas de sin igual belleza. Los haces de rayos que despedían, iluminaban a la Virgen de tal suerte que su claridad deslumbradora ya no dejaba ver ni su vestido ni sus pies. Las gemas eran de diferentes tamaños y asimismo los rayos que lanzaban eran proporcionalmente de diversa claridad.
No podré decir lo que entonces experimenté ni todo lo que aprendí de ello en tan poco tiempo. Como estuviese yo completamente embebida en su contemplación, la Santísima Virgen inclinó sus ojos sobre mí y una voz me dijo en el fondo del corazón:
“Este globo que aquí ves representa al mundo entero, pero especialmente a Francia y aun a cada persona en particular.”
 Aquí ya no sé describir de ningún modo la espléndida belleza ni el brillo que cobraron los rayos luminosos, cuando la Santísima Virgen añadió:
“Estos rayos son figura de las gracias que derramo sobre las personas que imploran mis favores”, haciéndome comprender así cuán generosa es con las personas que a ella se dirigen. ¡Cuántas gracias concede a quienes se las piden! En estos instantes inefables, ¿existía yo o no existía? No lo sé. ¡Yo gozaba... gozaba inmensamente!
De pronto la aparición tomó la forma de óvalo, en cuya parte superior se dibujó esta inscripción en caracteres de oro:
 ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Este vivo cuadro que Santa Catalina tenía delante de sus ojos, de pronto se cambió sensiblemente. Las manos de María como abrumadas por el peso de las gracias de que eran símbolo las radiantes sortijas y sus piedras preciosísimas, se bajaron y extendieron en el ademán gracioso que hoy ostenta la medalla. Luego, la Virgen dejó oír estas palabras:
“Haz acuñar, una medalla según este modelo. Cuantos piadosamente la llevaren, recibirán gracias particularísimas, sobre todo si la llevaren suspendida al cuello. Las gracias serán muy abundantes para cuantas la llevaren animados de confianza.”
Un instante después -dice la Santa- el retablo se volvió, dejando ver en el reverso la letra M; sobre la que se levantaba una Cruz que descansaba en una barra horizontal, y debajo, los Sagrados Corazones de Jesús y María; el primero rodeado de una corona de espinas y el segundo atravesado por una espada.
En otras notas, escritas igualmente por la misma Hermana, que completan esta relación, se añade que algunas de las piedras de los anillos no despedían rayo ninguno, y, admirándose de esto la Vidente, se le respondió que las piedras que quedaban en la sombra representaban las gracias que los hombres no piden a María.

TERCERA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

El Padre Aladel acogió con indiferencia, casi pudiera decirse  con severidad, las comunicaciones de su penitente, llegando hasta prohibirle el darles crédito alguno. Pero la obediencia de la Santa, atestiguada por su mismo Director, no tuvo la eficacia para borrar de su memoria el dulce recuerdo de lo visto. Postrarse a los pies de María, constituía para ella toda su felicidad.

A María iba continuamente el giro de sus pensamientos, y estaba íntimamente persuadida de que volvería a ver a la Reina de los cielos.
Y en efecto, no quedaron frustradas sus esperanzas. En el mes de Diciembre fue favorecida con una nueva aparición, exactamente igual a la del 27 de Noviembre, y a la misma hora, con la única diferencia, sin embargo por otra parte notable, que la Santísima Virgen no se colocó junto al cuadro de San José, como la vez anterior, sino sobre el sagrario, un tanto hacia atrás, en el mismo lugar en que hoy está su imagen.
La mensajera escogida por la Inmaculada recibió de nuevo la orden de hacer acuñar una medalla, según este modelo. Santa Catalina termina su relación con estas palabras:
 "Deciros lo que sentí en el momento en que la Santísima Virgen ofreció a Nuestro Señor el globo que representaba el universo, es imposible, como también lo que experimenté en los instantes en que la contemplaba. Una voz que se dejó oír en el fondo de mi corazón, me dijo: Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene a las personas que se las piden.”
Después, contra su costumbre, se le escapa una exclamación de júbilo al pensar en los homenajes que le serían tributados a María: "Oh, qué hermoso será oír decir un día: María es la Reina del Universo. Y cuando los niños exclamen: ¡María es la Reina de cada persona en particular! ¡Será llevada en triunfo y dará la vuelta al mundo!"
Cuando la Venerable Hermana refirió esta nueva aparición de la Medalla al Padre Aladel, éste le preguntó si en el reverso había alguna inscripción, así como la había alrededor de la Inmaculada. La Hermana contestó que no había inscripción ninguna. "Pero, entonces -replicó su Director-, pregunte usted a la Virgen qué es lo que allí se ha de poner".
La Hermana obedeció y después de haber orado largo tiempo, un día, estando en oración, le pareció oír una voz que le decía:“Bastante dicen la letra M y los Sagrados Corazones.”

DIFUSIÓN DE LA MEDALLA


Por fin, después de consultar al arzobispo de París, que le anima a llevar adelante la empresa, el Padre Aladel encarga las primeras 20 000 medallas, en 1832. Y el 2 de febrero de 1840 funda la Cofradía de las Hijas de María.

Con verdad, puede decirse que desde el momento en que se acuñó la primera medalla, ésta comenzó a recorrer el mundo, convirtiendo una cantidad innumerable de almas, volviendo la paz a infinidad de familias, restaurando la sólida piedad cristiana en todos lados, abriendo el camino a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción y luego confirmando esta verdad de nuestra fe en los corazones de todos los bautizados.

LOS PRIMEROS PRODIGIOS
Las medallas milagrosas iniciaron su esplendoroso cortejo de milagros durante la epidemia de cólera que azotó a Francia en aquel mismo año. Siguen unos ejemplos de milagros en el orden de la naturaleza y otro en el orden de la gracia, o espiritual, ambos bastante significativos:
* En la diócesis de Meaux, una señora contagiada por la cólera, ya desahuciada, y en vísperas de dar a luz, recibe una medalla milagrosa: nace una bella y saludable niña, y la madre se ve totalmente curada.
* Próximo a fallecer, un militar de Alencón respondía con blasfemias e insultos a todos los llamamientos a la conversión que le dirigían el capellán y las religiosas: “Vuestro Dios no quiere a los franceses: decís que Él es bueno y que me ama, pero si así fuese ¿cómo me hace sufrir de este modo? No necesito de vuestros consejos, ni de vuestros sermones”. A medida que se aproximaba a la muerte, se multiplicaban las imprecaciones. Cuando nadie más esperaba su conversión, seis días después de que una monja le prendiera al lecho, sin que él lo percibiera, una medalla milagrosa, el militar declara: “No quiero morir en el estado en que me encuentro; pidan al padre que haga el favor de oírme en confesión”. En medio de terribles tormentos muere con serenidad y dice: “Lo que me causa pesar es haber amado tan tarde, y no amar mucho más”.

* El más famoso fue la conversión del judío Alfonso de Ratisbona. Ratisbona acepta por cortesía una medalla de la Virgen Milagrosa, con la recomendación del rezo diario del «Acordaos» de San Bernardo. Visita en Roma la Iglesia de San Andrea delle Fratte. Se acerca a la capilla de la Virgen que se le aparece tal como venía grabada en la medalla. Se arrodilló y quedó transformado. Se bautizó, se ordenó sacerdote, convirtió a muchos judíos y fundó las Hermanas de Sion para este apostolado.

Estos hechos nos enseñan que la medalla debe ser usada no solamente para pedir beneficios de orden material, sino principalmente para pedir gracias de conversión, de santificación propia o de otras personas, cambios de comportamiento, abandono de vicios y de situaciones pecaminosas, etcétera, en fin todo aquello que parece difícil, y hasta casi imposible, pero que puede ser alcanzado recurriendo al poder de la Virgen, a través del uso devoto, humilde y lleno de confianza de su milagrosa medalla.
La oración que ciertamente Ella recibe con mayor agrado, hecha por aquellos que traen consigo esta medalla de tantas gracias, es la jaculatoria grabada en ella, y que Nuestra Señora misma se dignó enseñarnos, para que la recemos muchas veces al día.
El mundo se escandaliza como siempre, del modo de proceder de Dios, el cual, al decir de San Pablo, se complace en realizar sus más grandes maravillas; con los medios más humildes y hasta, despreciables. ¿Cómo es posible -murmuran engreídos- que un trocito de metal, más o menos precioso, pueda tener la virtud que se le atribuye?
Esta arma, la Medalla con la imagen de la Santísima Virgen, en efecto, es insignificante en sí misma, más no lo es ciertamente, con la virtud que María Santísima ha puesto en ella.
Llevemos, pues, nuestra Medalla al cuello, rezando confiadamente la oración que lleva inscripta y recordando las palabras que Nuestra Señora en su aparición a Santa Catalina Labouré dijo:
“Y sólo, cuando Yo, bajo este emblema sea reconocida como Reina del mundo, llegarán los días de Paz, de alegría y de felicidad, que han de ser muy largos.”

ÚLTIMOS DÍAS DE SANTA CATALINA LABOURÉ.

Mientras tanto, Santa Catalina sigue en la humildad y el anonimato. Atiende a los ancianos, trabaja en la cocina, en el gallinero, en la enfermería, en la portería. Sufre en silencio la falta de comprensión del nuevo confesor. Consigue que se levante el altar, con la estatua que perpetúe las apariciones, en la capilla donde había recibido las confidencias de la Virgen.
Santa Catalina murió en París en 1876. Su cuerpo, que reposa en el altar de la Virgen del Globo, fue encontrado incorrupto 56 años más tarde, intactos los bellos ojos azules que habían visto a la Virgen. Beatificada por Pío XI en 1923, fue canonizada por Pío XII el año 1947.

CONSAGRACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA
Postrado ante vuestro acatamiento, ¡Virgen de la Medalla Milagrosa!, y después de saludaros en el augusto misterio de vuestra Concepción sin mancha, os elijo, desde ahora y para siempre, por mi Madre, Abogada, Reina y Señora de todas mis acciones, y protectora ante la majestad de Dios. Yo os prometo, Virgen Purísima, no olvidaros jamás, ni vuestro culto, ni los intereses de vuestra gloria, a la vez que os prometo también promover en los que me rodean, vuestro amor.
Recibidme, Madre tierna, desde este momento, y sed para mí el refugio en esta vida y el sostén a la hora de la muerte. Amén.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

DICHOS DE SANTOS - 50


Dios Padre reunió en un solo lugar a todas las aguas y las llamó mar, reunió en otro a todas las gracias, y las llamó María.

San Luis María Grignion de Monfort
Tratado de la Verdadera Devoción

domingo, 23 de noviembre de 2014

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 27


CONSEJO DIABOLICO
Año 1220 Narbona Francia

En Narbona, cuando la herejía albigense contaminaba a Francia, un hereje aconsejó a un ignorante pescador, que si quería tener suerte en su oficio, cuando comulgara guardase la Hostia y la diese a comer a los peces.

Lo hizo así el infeliz, y después de transcurridos veinte años, cuando ya la herejía estaba acabada en Narbona, viendo el pescador la gran fiesta que los católicos hacían en honor del Santísimo Sacramento, arrepentido de sus pecados se confesó, y queriendo recibir la sagrada Comunión, le dijo el confesor que no la recibiera todavía, porque convenía llorar algunos días el sacrilegio cometido.

Triste y derramando abundantes lágrimas, fuese al rio en el mismo lugar donde había cometido su gravísimo crimen, y con gran sorpresa suya vio que de la otra orilla del rió venía con suma velocidad, hacia él, un pez con una Forma en la boca.

No se atrevió a tocarlo, pero corrió en seguida a decir lo que ocurría a su confesor, quién en compañía del pescador fue allí, y no vieron por de pronto al pez hasta después de algún rato, el cual con gran mansedumbre se dejó prender del sacerdote, quien le quitó la sagrada Hostia de la boca; y la mitad de ella se puso en el Sagrario de su parroquia y la otra mitad en el de la Catedral.

(Jacobo de Lausana.- P.Fr. Jaime Barón Luz de la Fe y 
de la Ley, lib. III, c.XLVII).

P. Manuel Traval y Roset

viernes, 21 de noviembre de 2014

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 26


HUMILDAD RECOMPENSADA
Año 1225 Alna Bélgica

Cuán agradable sea a los ojos de Dios la virtud de la humildad, nos lo manifiesta el mismo Jesucristo cuando al exhortarnos a la práctica de ella se puso por dechado, diciendo: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón».

Su gran recompensa es el inestimable tesoro de la gracia divina, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes, y el más ligero perfume de tan escondida violeta no queda sin galardón, antes granjea innumerables bienes e insignes favores.

El beato Simón de Alna, de la Orden del Cister, había cifrado sus delicias en la íntima comunicación con Jesús Sacramentado, aprendiendo de tan divino trato el ejercicio de la más profunda humildad.

Cierto día habiéndose acercado a comulgar se le cayó en tierra al sacerdote la sagrada Forma que había de administrarle, y cuando iba a arrodillarse para cogerla, le rogó Simón que aguardase un instante hasta que él hubiese preguntado al Señor, si por ventura era aquello señal de que le juzgaba indigno de hospedarle en su seno.

No bien hubo dicho palabras de tanto anonadamiento, cuando se verifica el prodigio de que la Sagrada Forma se levanta por sí misma del suelo, y va a posarse en la boca de Simón.

Después de haber comulgado, se retiro el Religioso y, profundamente emocionado por tal maravilla, dio gracias a su buen Jesús que tan finamente le había tranquilizado de su infundado temor.

(crónica de la Orden del Cister)
P. Manuel Traval y Roset

jueves, 20 de noviembre de 2014

LAS VIRTUDES DE SAN PABLO DE LA CRUZ - IV


IV
SU TESORO

El gran enamorado de la Cruz y apóstol esclarecido de la Pasión de Cristo quiere ser en vida y en muerte retrato vivo del Divino Maestro. Si, Este, siendo rico, se hizo  pobre. naciendo en un establo, y muriendo en una Cruz, su discípulo y fiel imitador tiene que abrazarse voluntariamente a la virtud de la pobreza, militando, como buen soldado de Cristo, bajo los pliegues de tan gloriosa enseña, distintivo de los héroes de la Cruz.

Pero la pobreza de los santos no es, como algunos pudieran sospechar, carecer de bienes terrenales. Algunas santos, máxime, si fueron Fundadores de Ordenes Religiosas, quizá hayan dispuesto y manejado, como pocos, cuantiosos bienes y sumas fabulosas de dinero. Ellos, ciertamente, renunciaban a los bienes de la tierra; pero el Señor, en recompensa, les proporcionaba cuantiosas fortunas para, más fácilmente, llevar a cabo las empresas que El mismo les inspiraba.

La pobreza de los santos es, sencillamente, tener el corazón despegado de los bienes materiales y caducos, viviendo únicamente para Dios y empleando las riquezas, si acaso se tienen, en el servicio de quien es Dueño y Señor absoluto de todas ellas.

Pablo de la Cruz, como su Divino Modelo, quiere ser pobre y vivir y morir pobre.

"Yo soy pobrísimo, dice el Siervo de Dios; y ello me proporciona alegría indecible: si Jesucristo vino al mundo pobre y nació en un establo, siendo Dios y Señor del Universo, ¿no deberé yo, vilísima criatura, imitar los ejemplos de mi Señor?

La vida de Pablo de la Cruz es copia fiel de la vida pobre de Jesús. Y los ejemplos del Salvador del mundo constituyen norma invariable en la vida del gran Apóstol de la Pasión.

Para ello comienza por aficionarse a la pobreza descubriendo en ella un gran tesoro.

"La pobreza, dice el Santo, es un tesoro; cuando se es pobre de espíritu, ¡oh qué riqueza, qué riqueza!

Pablo de la Cruz desprecia, porque las estima basura y estiércol, todas las riquezas del mundo. Y con criterio evangélico suele repetir que el aficionado a las cosas huidizas y terrenas es un mentecato, pues el amor que debe a Dios, lo pone en el dinero y en la riqueza.

Un día, D. Leopoldo Zelli, amigo del Santo, le muestra las joyas que han preparado para la boda de la hija. Los esposos, halagados por la vanidad, y la hija, radiante de satisfacción, contemplan, fruitivos, las joyas y esmeraldas. Pablo tómalas en la mano; las contempla, meditativo, largo rato. Y luego, de-volviéndolas, exclama:

— ¡Vanidad, vanidad!

Como el Poverello de Asís, Pablo se ha desposado con la dama de la santa pobreza. Por eso quiere que todo lo de su uso particular respire la más estrecha pobreza.

Vestido pobre: túnica de tosca lana, sujeta con ceñidor de cuero, que le sirve lo mismo en invierno que en verano; sandalias de cuero también. Por espacio de 30 años no usa ni sandalias ni sombrero. El hábito, aunque limpio, quiere que sea pobre. A veces, úsalo tan deteriorado y con tantos remiendos que llega a desdecir de su cargo de Fundador y General. Sin embargo, por amor a la pobreza. sigue usándolo hasta que el desgaste lo hace inservible. No falta alguna vez que el Santo Fundador recibe para su uso el hábito de algún Hermano Coadjutor.

Una vez el Emmo. Cardenal Colomna le regala una manta de lana. Esta, a juicio del Santo, es demasiado lujosa .Y no quiere verla sobre su cama. Cuando el Cardenal viene a visitarle, el Hermano Enfermero la colóca sobre la cama del enfermo. Pero el Santo se muestra confuso y avergonzado, como si le hubieran sorprendido con el hurto en las manos. Cuando el Cardenal se despide, Pablo manda que la manta sea, al punto, retirada de la celda.

Tampoco quiere aceptar del Cardenal Portocarrero una suma de dinero que aquel le ofrece. Pablo quiere ser pobre y vivir pobre.

Por eso su habitación suele ser la más pobre y reducida del convento. Desnuda de todo adorno, solo ostenta en las paredes dos o tres cuadros religiosos de papel sencillo. Su celda mide tres metros de largo por dos de ancho, y es ocupada por un jergón de paja sobre desnudas tablas, por una mesa de cuatro palmos, sobre la que coloca el crucifijo de misionero, algunos libros, el tintero, la pluma los documentos relativos a su cargo, y por una silla de enea. Su habitación más parece celda carcelaria que estancia de un Fundador. Y el Santo no se ruboriza en llamarla su pequeña prisión.

Un día manda al Hermano carpintero que

..y cae de hinojos sobre la alfombra de la nieve...

le haga un pequeño armario para guardar los documentos. El Hermano Coadjutor se esmera en ello y pone algunos adornos en el sencillo armario. El santo Fundador se disgusta al contemplar tales adornos y rehúsa, por ello, que dicho armario se conserve en su celda.

En la comida se muestra también pobre. Es vegetariano, por mortificación y por amor la pobreza, prefiriendo siempre alimentos de poco coste. Parco en la comida, nunca exige exención o privilegios, ni siquiera en sus enfermedades.

—Si somos pobres, conviene lo seamos de verdad.

Es Fundador y General del Instituto. Pero le gusta depender de otro, tanto en el vestido como en todo lo que a su manutención se refiere.

Amigo íntimo de los Sumos Pontífices, no aprovecha la amistad para sacar partido o beneficios económicos.

Un día promete al Rector del Convento de San Juan y Pablo hablar a la Santidad de Clemente XIV y pedirle alguna ayuda para subvenir a las necesidades del Retiro. Recibido en audiencia, el Pontífice, afable y cordial le pregunta si necesita algo para el Convento. Y el Santo Fundador, amigo del Pontífice. pero más amigo aun de la pobreza, contesta:

—Gracias a Dios, nada nos falta, y estamos demasiado bien.

El Rector del Convento. conocedor de lo ocurrido, se lamenta  ante el Fundador. Pero éste replica:

— Nos basta con lo que tenemos. ¡Procuremos ser pobres!

En la isla de Elba pasea un día con un santo ermitaño. Los campos florecidos le invitan a
alabar al Señor.

— De quién son estos campos? pregunta
el Santo.

—De la familia Marciana; contesta el ermitaño.

Pablo, arrebatado en éxtasis, exclama:

—A mí me basta el espacio de tierra que ocupa mi sombra.

En las santas Misiones le  ofrecen, no pocas veces, regalos y donativos. Pero él los rehúsa cortésmente.

Al Maestro Lucas Alessi, que le ofrece un paquete de chocolate, y a una dama romana, que le regala unos blancos y finos pañuelos, les dice:

—Muy agradecido; pero estas cosas no son para mí.

Al Hermano Bartolomé ordena:

—Nada me presente en la celda de lo que me traen los bienhechores. Distribúyalo entre los necesitados. ¡Oh, qué feliz es la vida común.

A veces, la pobreza deja sentir también sus efectos. Pobre y no carecer de nada no suele ser muy evangélico. Pablo de la Cruz y sus religiosos entienden por experiencia de escaseces y penurias.


Un día en el Retiro de Vetralla escasean las provisiones. Es invierno. Los senderos que conducen al convento están borrados por la nieve, y el Retiro queda lejos del poblado. Y llega un día en que la religiosa Comunidad amanece sin pan, sin aceite y sin provisión alguna. Los religiosos declaran al Santo que no tienen ni siquiera un mendrugo de pan para comer.

—Hubieran hecho oración y no carecerían de nada; responde el Fundador, confiado en la divina providencia.

—Sí, sí, oración, ¡pero con el estómago vacío!; bromean los religiosos.

El santo Fundador sale del convento y cae de hinojos sobre la alfombra de la nieve. Y se encomienda al Señor del Universo que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo. Con oración suplicante, acentos imperiosos, y, como dirá más tarde el Santo, parole grosse, Pablo de la Cruz insiste e importuna al Creador para que remedie la necesidad de sus hijos.

De pronto, en el augusto silencio de la campiña suena el campanil de la portería del convento. El Santo se levanta. Y, presuroso, se dirige a la portería del Retiro. Y, sorprendido, ve a un venerable anciano con dos mulas cargadas de pan y aceite. Descargadas las provisiones y recibidas con muestras de júbilo y de religioso agradecimiento por el Hermano Portero, éste, cuando vuelve para ofrecer al desconocido personaje algo con que calentar el estómago, ve, asombrado, que el anciano ha desaparecido con las bestias.

El portero sale del convento y extiende su mirada por los contornos cubiertos de nieve. Pero en las cercanías del Retiro no descubre a nadie. Y sobre la blanca nieve no distingue ni pisadas de anciano ni huellas de animales de carga.

Milagros de este género demuestran cuán agradable al Señor era la pobreza de su Siervo, Poverello del siglo XVIII, que por seguir a Cristo pobre, renunció a los bienes de la tierra, se vistió de tosco sayal, fundó un Instituto sobre la base de la más estrecha pobreza, y vivió despegado de los bienes caducos, y murió pobre, a imitación de su Divino Maestro.

P. Juan de la Cruz, C.P.

martes, 18 de noviembre de 2014

SAN VICENTE DE LERINS: COMMONITORIO


REGLA PARA DISTINGUIR LA VERDAD CATÓLICA DEL ERROR  

Habiendo interrogado con frecuencia y con el mayor cuidado y atención a numerosísimas personas, sobresalientes en santidad y en doctrina, sobre cómo poder distinguir por medio de una regla segura, general y normativa, la verdad de la fe católica de la falsedad perversa de la herejía, casi todas me han dado la misma respuesta: «Todo cristiano que quiera desenmascarar las intrigas de los herejes que brotan a nuestro alrededor, evitar sus trampas y mantenerse íntegro e incólume en una fe incontaminada, debe, con la ayuda de Dios, pertrechar su fe de dos maneras: con la autoridad de la ley divina ante todo, y con la tradición de la Iglesia Católica».

Sin embargo, alguno podría objetar: Puesto que el Canon de las Escrituras es de por sí más que suficientemente perfecto para todo, ¿qué necesidad hay de que se le añada la autoridad de la interpretación de la Iglesia?

Precisamente porque la Escritura, a causa de su misma sublimidad, no es entendida por todos de modo idéntico y universal. De hecho, las mismas palabras son interpretadas de manera diferente por unos y por otros. Se podría decir que tantas son las interpretaciones como los lectores. Vemos, por ejemplo, que Novaciano explica la Escritura de un modo, Sabelio de otro, Donato, Eunomio, Macedonio, de otro; y de manera diversa la interpretan Fotino, Apolinar, Prisciliano, Joviniano, Pelagio, Celestino y, en nuestros días, Nestorio.

Es pues, sumamente necesario, ante las múltiples y enrevesadas tortuosidades del error, que la interpretación de los Profetas y de los Apóstoles se haga siguiendo la pauta del sentir católico. En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos. Esto es lo verdadera y propiamente católico, según la idea de universalidad que se encierra en la misma etimología de la palabra. Pero esto se conseguirá si nosotros seguimos la universalidad, la antigüedad, el consenso general. Seguiremos la universalidad, si confesamos como verdadera y única fe la que la Iglesia entera profesa en todo el mundo; la antigüedad, si no nos separamos de ninguna forma de los sentimientos que notoriamente proclamaron nuestros santos predecesores y padres; el consenso general, por último, si, en esta misma antigüedad, abrazamos las definiciones y las doctrinas de todos, o de casi todos, los Obispos y Maestros.


EJEMPLO DE CÓMO APLICAR LA REGLA 

¿Cuál deberá ser la conducta de un cristiano católico, si alguna pequeña parte de la Iglesia se separa de la comunión en la fe universal? 

-No cabe duda de que deberán anteponer la salud del cuerpo entero a un miembro podrido y contagioso. 

Pero, ¿y si se trata de una novedad herética que no está limitada a un pequeño grupo, sino que amenaza con contagiar a la Iglesia entera? 

-En tal caso, el cristiano deberá hacer todo lo posible para adherirse a la antigüedad, la cual no puede evidentemente ser alterada por ninguna nueva mentira. 

¿Y si en la antigüedad se descubre que un error ha sido compartido por muchas personas, o incluso por toda una ciudad, o por una región entera? 

-En este caso pondrá el máximo cuidado en preferir los decretos -si los hay- de un antiguo Concilio Universal, a la temeridad y a la ignorancia de todos aquellos. 

¿Y si surge una nueva opinión, acerca de la cual nada haya sido todavía definido? 

-Entonces indagará y confrontará las opiniones de nuestros mayores, pero solamente de aquellos que, siempre permanecieron en la comunión y en la fe de la única Iglesia Católica y vinieron a ser maestros probados de la misma. Todo lo que halle que, no por uno o dos solamente, sino por todos juntos de pleno acuerdo, haya sido mantenido, escrito y enseñado abiertamente, frecuente y constantemente, sepa que él también lo puede creer sin vacilación alguna.


EJEMPLOS HISTÓRICOS DE RECURSO A LA UNIVERSALIDAD Y A LA ANTIGÜEDAD CONTRA EL ERROR 

Para poner más de relieve cuanto he dicho, documentaré con ejemplos mis aserciones, tratando de ello con un poco de mayor detenimiento, para que no suceda que el deseo de ser breve a toda costa, me haga dejar atrás cosas importantes.

En el tiempo de Donato, de quien han tomado el nombre los donatistas, una parte considerable de África siguió las delirantes aberraciones de este hombre. Olvidándose de su nombre, de su religión de su profesión de fe, antepusieron a la Iglesia de Cristo la sacrílega temeridad de un solo individuo.

Quienes se opusieron entonces al impío cisma permanecieron unidos a las Iglesias del mundo entero y sólo ellos entre todos los africanos pudieron permanecer a salvo en el santuario de la fe católica. Obrando así, dejaron a quienes habrían de venir el ejemplo egregio de cómo se debe preferir siempre el equilibrio de todos los demás a la locura de unos de pocos.

Un caso análogo sucedió cuando el veneno de herejía arriana contaminó no ya una pequeña región, sino el mundo entero, hasta el punto de que casi todos los obispos latinos cedieron ante la herejía, algunos obligados con violencia, otros sacerdotes reducidos y engañados.

Una especie de neblina ofuscó entonces sus mentes, y ya no podían distinguir, en medio de tanta confusión de ideas, cuál era el camino seguro que debían seguir. Solamente el verdadero y fiel discípulo de Cristo que prefirió la antigua fe a la nueva perfidia no fue contaminado por aquélla peste contagiosa.

Lo que por entonces sucedió muestra suficientemente los graves males a que puede dar lugar un dogma inventado.

Todo se revolucionó: no sólo relaciones, parentescos, amistades, familias, sino también ciudades, pueblos, regiones. El mismo Imperio Romano fue sacudido hasta sus fundamentos y trastornado de, arriba abajo cuando la sacrílega innovación arriana, como nueva Bellona o Furia, sedujo incluso al Emperador, el primero de todos los hombres.

Después de haber sometido a sus nuevas leyes incluso a los más insignes dignatarios de la corte, la herejía empezó a perturbar, trastornar, ultrajar toda cosa, privada y pública, profana y religiosa. Sin hacer ya distinción entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, atacaba a mansalva a todo el que se ponía por delante. Las esposas fueron deshonradas, las viudas ultrajadas, las vírgenes profanadas. Se demolieron monasterios, se dispersaron los clérigos; los diáconos fueron azotados con varas y los sacerdotes fueron enviados al exilio. Cárceles y minas se colmaron de santos. Muchísimos, arrojados de las ciudades, anduvieron errantes sin posada hasta que en los desiertos, en las cuevas, entre las rocas abruptas perecieron miserablemente, víctimas de las bestias salvajes y de la desnudez, del hambre y de la sed.

¿Y cuál fue la causa de todo esto? Una sola: la introducción de creencias humanas en el lugar del dogma venido del cielo. Esto ocurre cuando, por la introducción de una innovación vacía, la antigüedad fundamentada en los más seguros basamentos es demolida, viejas doctrinas son pisoteadas, los decretos de los Padres son desgarrados, las definiciones de nuestros mayores son anuladas; y esto, sin que la desenfrenada concupiscencia de novedades profanas consiga mantenerse en los nítidos límites de una tradición sagrada e incontaminada.

Fuente: StatVeritas

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