domingo, 28 de diciembre de 2014

sábado, 27 de diciembre de 2014

SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA - 27 DE DICIEMBRE


Ninguna cosa puede dar una idea más alta y más cabal de la Santidad y del mérito extraordinario de San Juan que el augusto título de discípulo amado de Jesucristo que le da el Evangelio. Ningún elogio fue más magnífico ni más verdadero. Era San Juan galileo, hijo del Zebedeo y de Salomé, y hermano menor de Santiago el Mayor, de quienes se habla tantas veces en el Evangelio. Aprendió desde joven el oficio de pescar con su padre. Ningún Apóstol fue llamado tan joven al apostolado. No tenía sino de veinticuatro a veinticinco años cuando el Salvador le eligió por su discípulo.
Estaba con su hermano Jacobo en una barca a la orilla del lago de Genezaret, llamado el mar de Tiberiades, trabajando con su padre y su hermano en remendar sus redes, cuando Jesucristo, que acababa de llamar a San Pedro y San Andrés, vio a algunos pasos de allí a estos otros dos hermanos, San Juan y Santiago, sobre los cuales había puesto sus ojos para hacerlos sus discípulos favorecidos. Llamólos, como lo había hecho con los primeros, y su palabra tuvo tanta fuerza, que, sin detenerse un momento, abandonaron barca y redes, se despidieron de su padre y siguieron al que los llamaba.
La inocencia de costumbres de San Juan, y particularmente su virginidad, le hicieron bien pronto más querido de su divino Maestro que todos los otros. San Jerónimo, como también la Iglesia en el Oficio de este Santo, atribuye a su virginidad la predilección del Salvador y todos los favores singulares que este Santo Apóstol recibió con preferencia a los otros. Su inviolable adhesión a Jesucristo y aquella fidelidad con que le seguía a todas partes da bastante a conocer que el amor de San Juan a su amado Maestro era recíproco.
San Juan amaba a Jesucristo con una extremada ternura, y desde el primer día que se le juntó no supo perderle de vista. Jesús amaba también tiernamente a San Juan, y esta predilección era tan conocida y tan visible, que él mismo no toma otro título ni otro nombre en el Evangelio que el de discípulo a quien amaba Jesús. Juan fue el confidente de todos sus secretos; y, cuando los otros apóstoles querían informarse o tomar nueva luz sobre algún punto, se encaminaban al amado discípulo. Pero lo que hace ver la virtud eminente de nuestro Santo, sus raras prendas y su mérito universalmente aplaudido, es que estos favores particulares y esta tierna amistad del Salvador jamás causaron la menor envidia ni el menor asomo de celos entre los otros discípulos, aunque a la sazón eran todavía muy imperfectos.
El Salvador, dándole todos los días nuevas muestras de su amor, quiso que fuese testigo de todas las acciones más prodigiosas de su vida mortal. Primeramente se encontró nuestro Santo en la curación de la suegra de San Pedro; poco después en la resurrección de la hija de Jairo, presidente de una sinagoga, y en todos los demás prodigios que obró el Salvador. Habiendo sido enviado con su hermano a un pueblo de samaritanos a buscar alojamiento para su Maestro y para ellos, y no habiendo querido recibirlos los samaritanos, esta afrenta hecha al Salvador inflamó tanto su celo, que, encarándose con el Salvador, le dijeron si les permitía hacer bajar fuego del cielo para consumir a aquellos ingratos, como lo hizo Elías en otro tiempo.
Pero el Salvador les dijo en tono de reprensión: No sabéis de qué espíritu estáis animados cuando habláis de esta suerte; el Hijo del Hombre no ha venido para quitar a nadie la vida, sino para dársela a todos. Se cree que fue en esta ocasión cuando el Salvador les impuso el nombre de Boanerges, que quiere decir hijos del trueno, para darles a entender que aquel celo vengativo y fogoso que habían concebido contra los samaritanos no nacía de su espíritu, que es un espíritu de mansedumbre y de misericordia.
La transfiguración de Jesucristo fue también una señal de la predilección del Hijo de Dios para con San Juan. Queriendo el Salvador celebrar poco después su última cena la víspera de su pasión, envió a San Juan y a San Pedro a Jerusalén para aprontar cuanto era necesario para esta grande acción, en que debían ejecutarse tantas maravillas. En esta última cena fue donde Jesucristo quiso dejar a todos los hombres que había venido a redimir con el precio de su sangre una prenda de su amor en la institución de la adorable Eucaristía. Aquí también le dio a San Juan una señal de su ternura y de un cariño particular haciendo que se pusiera en la mesa junto a Sí, y permitiéndole, por un favor muy especial, que reclinara su cabeza sobre su costado.
Habiendo dicho Jesucristo al fin de la cena que uno de sus discípulos le había de entregar, quedaron todos tan atónitos con esta funesta predicción, que, ocupados de pasmo, no pudieron hablar una palabra. San Pedro, más curioso, o a lo menos más osado que los otros, hizo señas a San Juan para que preguntase a Jesús quién era aquel de quien hablaba. El amado discípulo preguntó en voz baja al Señor quién era: Jesús le respondió, en el mismo tono, que el traidor era aquel a quien daría un bocado de pan mojado en el caldo. En efecto, tomó luego el bocado, lo mojó y lo dio a Judas Iscariote, que fue el desventurado que le entregó.
Quiso el Salvador que su amado discípulo, después de haber sido testigo de su gloria sobre el Tabor, lo fuese también de su pasión en el monte Olívete y en el Calvario. Le eligió con San Pedro y Santiago para que le acompañaran al huerto de Getsemaní y fuesen testigos de su agonía. Pero apenas fue preso Jesucristo por los soldados que el traidor Judas había conducido, cuando San Pedro y Santiago, cediendo al temor de que fueron sobrecogidos, echaron a correr y huyeron. San Juan fue el único que no abandonó al Salvador, haciéndole despreciar todos los riesgos el amor tierno que tenía al Salvador.
Este fiel discípulo fue el único apóstol que siguió a Jesucristo hasta la cruz, donde recibió del Salvador el último testimonio de su amor, el que sobrepujó a todos los otros; porque, estando Jesús para expirar, le hizo heredero de la cosa que más amaba, que era su Madre, para que fuese respetado en toda la Iglesia como el primero de sus hermanos y como el primogénito de los hijos adoptivos de la Madre de Dios. La donación se hizo en dos palabras que allí mismo obraron su efecto.
El Salvador se encaró primero con su Madre, a la que no llamó sino con el nombre de mujer, por que el nombre tierno de Madre no hiciese mayor su dolor. «Mujer, le dijo, he ahí a tu hijo—señalando a San Juan con la lengua y con los ojos, que eran las solas partes del cuerpo de que no se le había podido quitar el uso.—Este es el que Yo sustituyo en mi lugar para que haga contigo todos los oficios de hijo». Luego, echando una ojeada sobre el discípulo, y señalándole en el modo que podía a su Madre, le dijo: «Ahí tienes a tu Madre: hónrala y sírvela como a tu querida Madre». Con estas palabras dio el Salvador a la Santísima Virgen un corazón de Madre para con San Juan, y a San Juan un corazón de Hijo para con la santísima Virgen; y así, desde aquel tiempo este Hijo de María no quiso que esta Señora tuviese otra casa que la suya, y El tuvo cuidado de mantenerla.
San Juan no se apartó de la cruz hasta que Jesucristo expiró. Vio atravesar el costado de Jesucristo con una lanza después de su muerte, y vio salir de él sangre y agua como él mismo lo testifica. No habiendo hallado María Magdalena el cuerpo del Salvador en el sepulcro, corrió a decirlo a San Pedro y a San Juan; entrambos corrieron al sepulcro, pero San Juan llegó antes que San Pedro. Jesucristo no se daba a conocer desde luego cuando se aparecía a los demás apóstoles, pero no podía ocultarse al amado discípulo. San Juan fue el único que le conoció a la orilla del mar de Tiberiades, y que dijo a San Pedro: «El Señor es». Como San Juan era el único de todos que fue virgen, así también fue el único que conoció al divino Esposo, según San Jerónimo.
San Pedro, que amaba a su divino Maestro más que los demás apóstoles, hizo particular alianza con San Juan, a quien veía que Jesucristo amaba más tiernamente; y esta alianza que Jesucristo había formado entre los dos apóstoles fue cada día más íntima. Habiendo dicho el Salvador a San Pedro que le siguiera, este apóstol se sorprendió de que Jesucristo no hubiese dicho lo mismo a San Juan; y, habiéndose tomado la libertad de preguntar al Salvador qué designios tenía Su Majestad sobre su amigo Juan, le respondió el Señor: «¿Qué te importa a ti el saber en lo que ha de venir a parar Juan?» Esta respuesta dio motivo a los otros discípulos para creer que Juan no había de morir; pero Jesucristo les dio a entender que no comprendían el sentido de sus palabras.
Poco después de la venida del Espíritu Santo, yendo al templo San Pedro y San Juan, curaron a la puerta a un cojo, que desde su nacimiento tenía embarazado el uso y movimiento de sus miembros. El ruido que hizo este milagro dio motivo a que los pusieran en la cárcel , donde fueron examinados; pero su respuesta constante y animosa hizo ver claramente que sólo Dios había podido hacer tan intrépidos y elocuentes a unos pobres pescadores. Estos dos grandes Apóstoles predicaron la fe en diversos lugares de aquellos alrededores; y, habiéndose vuelto a Jerusalén, pusieron por Obispo de esta ciudad a Santiago el Menor, llamado el Justo. Nuestro Santo asistió después al Concilio de Jerusalén, donde apareció, dice San Pablo, como una de las columnas de la Iglesia.
Entre los Apóstoles, fue San Juan uno de los últimos que dejaron la Judea para ir a llevar el Evangelio a las naciones; fue a predicar a los parthos, a quienes pretende San Agustín haber dirigido su primera carta; pero su departamento fue el Asia Menor. Encargado del cuidado del más precioso depósito que había en la Tierra, que era la Madre de Dios y suya, la condujo a Efeso, cuando todos los fieles fueron expulsados de Jerusalén, y estableció en aquella ciudad su domicilio, con grandes ventajas de la religión.
Su vida era tan austera, que dice San Epifanio era imposible llevar más lejos la austeridad. Convirtió a la fe de Jesucristo casi toda el Asia, donde estableció un gran número de Obispos, de los que él mismo era como el pastor y modelo.
Los cuidados, el respeto y la ternura con que miraba a la Virgen Santísima, de quien el mismo Jesucristo le había hecho hijo adoptivo, le obligaron a estar a su lado todo el tiempo que vivió en carne mortal. Después de su gloriosa asunción al Cielo, San Juan no puso límites a su celo; llevó las luces de la fe hasta las extremidades del Oriente. Los basores pretenden haber recibido la fe de Jesucristo por su ministerio. El emperador Domiciano empezó a perseguir a los cristianos, como lo había hecho Nerón. San Juan, a quien miraban todos como a uno de los mayores héroes del Cristianismo, y como el alma de este gran cuerpo, fue uno de los primeros que prendieron y enviaron a Roma.

El día 6 de Mayo fue la historia de su martirio delante de la Puerta Latina. Al salir del aceite hirviendo en que había sido metido, fue desterrado por Domiciano a la isla de Patmos, una de las del Archipiélago a la parte del Asia; allí fue condenado a las minas, horroroso suplicio para un viejo de más de noventa años; pero las revelaciones particulares que tuvo y los frecuentes raptos suavizaron mucho sus penas. Aquí fue donde, por orden de Jesucristo, escribió el libro del Apocalipsis; esto es, de las Revelaciones, donde no hay palabra, dice San Jerónimo, que no sea un misterio.
Habiendo sido muerto el emperador Domiciano, anuló su Senado todo lo que había hecho; y Nerva, su sucesor, levantó el destierro a todos los que su antecesor había desterrado. Así San Juan dejó la isla de Patmos el año 97, después de un destierro de cerca de dieciocho meses, y volvió a Efeso. Como halló que San Timoteo, su primer Obispo, había sido martirizado, se asegura se vio obligado a tomar a su cuidado esta Iglesia, la que gobernó hasta el fin de su vida. Poco después de su vuelta convirtió a aquel insigne ladrón que había sido su discípulo cuando joven.
En su tiempo, Cerinto, Ebión y los nicolaítas, enemigos mortales de la divinidad de Jesucristo, despedazaban la Iglesia con sus errores y la hacían gemir con sus blasfemias. Como San Juan era el único de los Apóstoles que había quedado con vida, todas las iglesias de Oriente y Occidente recurrieron a él, y le pidieron les diese armas contra aquellos impíos enemigos del Salvador, sabiendo que ninguno podía estar más bien informado que él de los misterios de la religión, ni más lleno del espíritu del Cristianismo.
Con este motivo, dice San Epifanio, escribió su Evangelio; para lo cual, añade el mismo santo doctor, tuvo orden expresa del Espíritu Santo. Como los otros tres evangelistas habían hablado suficientemente de lo que pertenecía a la humanidad de Jesucristo, San Juan se dedicó a manifestarnos principalmente su divinidad, con el fin de quitarles toda la autoridad a los falsos evangelios fabricados por ciertos impostores y cerrar para siempre la boca a los herejes.
Este Evangelio, dictado por el Espíritu Santo como todos los otros, se ha mirado siempre como la más noble parte de todos los libros sagrados y como el sello de la palabra de Dios escrita. Los Santos Padres comparan, y con razón, este Evangelista al águila, porque se eleva hasta el trono de Dios, y porque su Evangelio encierra tantos misterios, en sentir de San Ambrosio, como sentencias. Nuestro San Juan, dice San Agustín, toma su vuelo como un águila hasta el más alto cielo, y llega hasta el Padre Eterno cuando dice: El Verbo era desde el principio, y el Verbo estaba en Dios, y él Verbo era Dios.
Además del Evangelio y del Apocalipsis, reconoce también la Iglesia de San Juan tres Epístolas. La primera, cuyo asunto es la caridad, fue dirigida, según San Agustín, a los parthos; esto es, a los cristianos hebraizantes que estaban al otro lado del Eufrates. Las otras dos las dirigió a Iglesias particulares, las que quizá se comprenden bajo el nombre de Electae dominae et natis ejus: A mi señora Electa y a sus hijos.
Habiendo llegado San Juan a una extrema vejez, y hallándose sin fuerzas por haberlas consumido en los trabajos apostólicos, era llevado por sus discípulos a la Iglesia y a la asamblea de los fieles; y como por mucho tiempo todas sus exhortaciones se redujesen a estas breves palabras: «Hijos queridos, amaos unos a otros», se enfadaron al fin, dice San Jerónimo, de tanta repetición; y habiéndole dicho que se admiraban de oírle todos los días una misma cosa, les dio esta admirable respuesta, tan digna del amado discípulo: «Os repito todos los días una misma cosa, porque es lo que el Señor nos manda con más particularidad; y si se cumple bien, no es menester más para ser santos ».
Quiso, en fin, el Señor recompensar los largos e inmensos trabajos de su fiel siervo y amado discípulo sacándole del mundo para colmarle de gloria en el Cielo, donde el Salvador mismo y la Santísima Virgen habían de darle pruebas muy particulares de su ternura. Murió en Éfeso con la muerte de los santos, de edad de cien años, hacia el año 104 de la Era cristiana. El cuerpo del Santo Apóstol fue enterrado en un campo cerca de la ciudad, donde todavía se conservaban sus reliquias en tiempo del Concilio general de Efeso, celebrado el año 431.
Alfonso de María

viernes, 26 de diciembre de 2014

MONSEÑOR DR. JUAN STRAUBINGER



Al cumplirse un nuevo aniversario de su natalicio (26 de diciembre de 1883), aprovechamos para publicar dos textos del gran traductor y exégeta de la Sagrada Biblia, a modo de homenaje.


Los Fariseos


Para entender perfectamente el Evangelio, es preciso que en primer término conozcamos el ambiente histórico que rodea a la persona del Salvador, ante todo, las tendencias religiosas y políticas que agitaban aquella época. Había entonces entre los judíos, además de algunas sectas de menor importancia, dos partidos, en los que se concretaban, como en dos polos, tanto las energías nacionales del pueblo judío como su mentalidad religiosa: los fariseos y los saduceos.

Prescindamos de los saduceos que más tarde nos han de ocupar, así como vamos a pasar en silencio la clase de los escribas, mencionados a menudo juntamente con los fariseos, no constituyendo un partido político, sino un grupo profesional, los escribas eran los que sabían escribir y leer y explicaban la Ley de Moisés, como lo expresa su nombre y más aún su título de “rabí”. Lo que no excluye que la mayoría de ellos políticamente se declaraban a favor de los fariseos.

Ya el nombre de “fariseos” que significa los segregados, marca el rumbo del partido. Segregándose de la masa que vivía en ignorancia religiosa y política, los fariseos aspiraban a la realización de la Ley de Moisés y de las “tradiciones de los mayores”, las cuales desgraciadamente a veces no eran más que una deformación de la Ley.

Por primera vez ocurre el nombre de los fariseos a mediados del segundo siglo en la época del Macabeo Jonatán (160-143). Es el famoso historiador judío Flavius Josefus el que los reduce a ese tiempo (Ant. XIII 5, 9), siendo probablemente los predecesores de ellos los llamados “asideos” (piadosos), que eran hombres de los más valientes de Israel y celosos todos de la Ley (I Mac. II, 42), pero que fueron perseguidos por Alcimo (I Mac. VII, 16).

Ya bajo el gobierno de Juan Hircano (135-104) los fariseos lograron subir al poder, pero sin alcanzar a mantenerse; al contrario, el tirano Hircano, después de someter a los idumeos y derrocar el templo de los samaritanos en el monte Garicim, renegó enteramente de las costumbres de sus padres, adoptando una conducta contraria a la Ley; lo que provocó la resistencia encarnizada de los mismos fariseos que antes fueron sus más valientes compañeros de armas.

El segundo sucesor de Juan Hircano, Alejandro Janeo intentó vencer definitivamente la resistencia de los rebeldes, desencadenando una persecución terrible contra los fariseos, los cuales no sólo sucumbieron sino acabaron por ser objeto de las torturas más exquisitas ya que ochocientos de ellos fueron crucificados en el momento en que el rey celebraba la fiesta triunfal. Pero las víctimas se vengaron, no dando tregua al triunfador, ni de día ni de noche, de modo que el rey atormentado de remordimientos antes de su muerte aconsejó a su mujer Alejandra reconciliarse con sus adversarios para no perder el trono. La viuda Alejandra (76-67) accediendo al deseo del moribundo, llamó a los fariseos al gobierno, entregando a la vez, la dignidad de sumo sacerdote a su propio hijo Hircano II. Este Hircano es el primer sumo sacerdote que dependía del partido de los fariseos.

Deben, pues, los fariseos la subida al poder a su incontestable heroísmo; a su valentía en las batallas; a su tenacidad y fanatismo. No es menester acentuar que la aureola de héroes les valió un prestigio extraordinario a los ojos del pueblo judío. Por tanto no es extraño si algunos a los fariseos les llaman los nacionalistas, tradicionalistas, conservadores, patrióticos, celosos, mientras que los saduceos más o menos corresponden a los liberales y masones de nuestra época. El ideal de los fariseos era reconstruir y conservar la nación sobre el fundamento de las tradiciones y costumbres de los padres. De aquí su lucha contra los extranjeros, los Romanos, que desde el año 63 dominaban en Palestina. De aquí también su trágica enemistad a Jesús, el verdadero Salvador de su gente. No cabe duda que Jesús habría podido ganar a los fariseos, si se hubiese adherido a las aspiraciones nacionales de ellos. Pero ¿cómo entonces se habría realizado el reino de Jesucristo? En lugar del Mesías del género humano, habría resultado sólo un Mesías político de la nación judía. Precisamente por sus falsas ideas políticas, nacionalistas y racistas chocaron los fariseos con el Mesías, pues esperaban con todas las fibras del corazón, y aún siguen esperando hoy día la reunión de los dispersos restos del pueblo judío.

Además de cultivar un extremo nacionalismo, los fariseos se enredaban en un tradicionalismo religioso no menos extremo, que tarde o temprano tenía que provocar un conflicto con el Señor. Las tradiciones fomentadas por los fariseos, por varios conceptos no estaban de acuerdo con la Ley de Moisés ni con los demás profetas; al contrario, muchas de ellas pugnaban con la religión legítima de Israel. ¡Cuántas veces Jesucristo intentaba persuadir a sus enemigos cegados de que las tradiciones a las cuales se aferraban, estaban en pugna con la religión que no consiste en mil preceptos sutiles sino en “espíritu y vida” (Juan VI, 63). Aquí se manifiesta la vinculación funesta con los escribas que no se cansaban de inventar nuevos preceptos, nuevas fórmulas, nuevas cargas para los hombros de la pobre gente, sin que ellos mismos las tocasen con la punta del dedo (Luc. XI, 46).

Nótese bien: No era la escasez o falta de fe en lo que consistía el pecado de los fariseos, sino antes la ampliación y exageración de la fe mediante las tradiciones. Contrariamente a los saduceos creían en la inmortalidad del alma, en la vida eterna, en la existencia de los ángeles, en la libertad de la voluntad humana; lo que los caracteriza como la crema del pueblo judío. ¡Qué tragedia de la suerte! ¡Considerándose a sí mismos como los hijos legítimos de la fe de Abrahán, desfiguraban la fe a expensas del espíritu hasta tal punto que no comprendieron más la doctrina de la vida interior que Jesús predicaba.

Es el Evangelista Marcos el que en el séptimo capítulo de su Evangelio destaca de manera clarísima el uso supersticioso que hacen las fariseos de las tradiciones, y al revés el descuido de la observancia de los mandamientos de Dios que cometían sin pestañar: “Porque los fariseos, como todos los judíos, nunca comerán sin lavarse a menudo las manos, siguiendo la tradición de los mayores. Y si habían estado en la plaza, no se ponían a comer sin lavarse primero; y observan otras muchas ceremonias que habían recibido por tradición, como las purificaciones de los vasos, de las jarras, de los utensilios de metal y de los lechos” (Marc. VII, 3-4).

¡Cómo, por ejemplo, los fariseos degeneraban el sábado! Cuando, un día sábado, los discípulos, teniendo hambre, empezaron a coger espigas y comer los granos; o cuando el Señor curó en el día de sábado a un hombre que tenía seca la mano, consideraban tal hecho como obra servil y pecado mortal. En verdad, quien cree que el hombre se hizo para el sábado, y no el sábado para el hombre; quien en día de sábado, saca fuera una oveja de la fosa, y no un hombre, ignorando que un hombre vale más que una oveja; quien no se deja enseñar ni siquiera por “argumenta ad hominem”, tal hombre no se puede convertir.

¿Es de extrañar, pues, que los fariseos pagasen diezmos hasta de la hierbabuena, y del eneldo, y del comino (Mat. XXIII, 23), y que llevasen las Palabras de la Ley de Moisés en filacterias o trocitos de pergamino, en las cuales estaban escritas sentencias de la Ley mosaica (Mat. XXIII, 5)?
Los pergaminos cuidadosamente plegados y colocados en cajitas de cuero se ataban a la frente y al brazo izquierdo, en cumplimiento de las malinterpretadas palabras: “Y será como una señal de tu mano, y como un recuerdo ante tus ojos, a fin de que la Ley del Señor esté siempre en tu boca” (Éx. XIII, 9), así como las franjas que llevaban los fariseos en las cuatro extremidades del manto, traen su origen de Num. XV, 38-39: “Habla con los hijos de Israel, y les dirás que se hagan unas franjas en los remates de sus mantos, poniendo en ellos listones de jacinto, para que viéndolas se acuerden de todos los mandamientos del Señor, y no vayan en pos de sus pensamientos, ni pongan sus ojos en objetos que corrompan su corazón”.
De tal formalismo no tendríamos que hablar, si no hubiese sido acompañado de una vanidad más que arrogante. Los fariseos son los “ciertos hombres que presumían de justos y despreciaban a los demás” (Luc. XVIII, 9); son “los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres” (Mat. VI, 5), y “que desfiguran sus rostros, para mostrar a los hombres que ayunan” (Mat. VI, 16) y “todas sus obras las hacen con el fin de ser vistos de los hombres” (Mat. XXIII, 5).

Todavía hoy vibra en nuestros oídos el ay lastimero con que Jesús anatematizó al fariseísmo: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones: por eso recibiréis sentencia más rigurosa. ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! porque andáis girando por mar y tierra, a trueque de convertir un gentil, y después de convertido, le hacéis digno del infierno dos veces más que vosotros. ¡Ay de vosotros guías ciegos! que decís: El jurar uno por el templo no es nada, más quien jura por el oro del templo, está obligado” (Mat. XXIII, 14-16).

¡Basta con esto! De veras; nunca había entre hombres más antagonismo que el que separaba a Jesús de los fariseos; jamás las divergencias de opiniones eran tan inconciliables como entonces en Palestina. El choque fue inevitable; pero la Divina Providencia dejó el primer triunfo a los fariseos, para reservar el triunfo final a la causa de Jesucristo. Y no se olvide jamás: el que abrió camino más ancho a la verdad cristiana, fue fariseo: San Pablo.

Los fariseos han muerto. Con la caída de Jerusalén, en el año 70, decayó por siempre el sueño dorado de los fariseos de Palestina. Miles y miles de los que asesinaron a Jesucristo, murieron clavados en las cruces, con que el vencedor romano había rodeado la ciudad santa; el resto se vendió en el mercado de esclavos en Hebrón. Pero no murió el fariseísmo. Vive todavía el formalismo de los fariseos en el Talmud y otros libros judíos; vive su materialismo religioso, su odio a Jesucristo y su fanatismo. El “Sionismo” que está llevando a los judíos a Palestina, no es más que el último resabio del farisaísmo.

¿Y el fariseísmo entre los cristianos? No hablemos de este triste capítulo. Sin duda: donde domina un formalismo o materialismo religioso, allá florece el fariseísmo. Y así como los fariseos se consideraban como la flor del judaísmo, los fariseos de hoy se tienen por buenos cristianos.

(Revista Bíblica n° 1, pags. 15 ss.)



Recibir


I

El alma cristiana ha sido definida como “la que está ansiosa de recibir y de darse". Es decir, ante todo alma receptiva, femenina por excelencia, como la que el varón desea encontrar por esposa. Tal es también la que busca -con más razón que nadie- el divino Amante, para saciar su ansia de dar. Por eso el tipo de esta perfección está en María: en la de Betania, que estaba sentada, pasiva, escuchando, es decir recibiendo; y está sobre todo en María la Inmaculada, igualmente receptiva y pasiva, que dice Fiat: hágase en mí; que alaba a Dios porque se fijó en Ella, que se siente dichosa porque Otro hizo en Ella grandes cosas; y que, en su Cántico, proclama esa misma dicha para todos los que están vacíos, porque se llenarán de bienes ("esurientes implevit bonis"), en tanto que los llenos quedarán vacíos.

María Virgen es la receptiva por excelencia, la que recogía todas las palabras divinas repasándolas en su corazón (Luc. II, 19 y 51). Y su Hijo la proclama dichosa por eso, más aún que por haberlo llevado en su seno y amamantado: porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó en su Corazón (Luc. XI, 28). Este arquetipo de alma cristiana, que vemos encarnado en María Santísima y en María de Betania, no es otro que el tipo de la Esposa, la Sulamita del Cantar. "Yo soy toda de mi amado y él está vuelto hacia mí". (Cant. VII, 10). Es decir, él da y yo recibo; él habla y ya escucho; él me da y yo me le doy.

Recibir y darse. Este tipo receptivo es el que Dios busca siempre en la Sagrada Escritura: primero en Israel, a quien Yahvé (el Padre) llama tantas veces su esposa; luego, en la Iglesia, a quien el Hijo amó y conquistó para esposa (Juan III, 29; Ef. V, 25 y 27; Apoc. XIX, 6-9; XXII, 17); y también, exactamente lo mismo, en cada alma; no sólo en los arquetipos que hemos visto en las dos Marías, sino en cada uno de los cristianos: porque a todos y a cada uno dice San Pablo: "Os he desposado a un solo Varón para presentaros como una casta virgen a Cristo" (II Cor. XI, 2).

II

Pero hay más. En la doctrina paulina del Cuerpo Místico, solamente suele pensarse en Jesús como Cabeza de la Iglesia toda, y no se recuerda un pasaje fundamental donde San Pablo revela y enseña que Cristo es igualmente cabeza de cada uno de nosotros, y lo dice como cosa que no debe ignorarse: "Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, como el varón es cabeza de la mujer" (I Cor. XI, 3). Y en otra parte expresa el mismo concepto: “Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo" (I Cor. V, 22 s.); como diciendo: Todo te lo da el Esposo, como a una reina, y sólo piensa que tú seas toda suya, es decir, que no le des tus bienes (que nada valen), sino tu corazón, que tampoco valdría nada en sí mismo, pero que para El vale mucho, tan sólo porque El te ama.

En esta última frase de San Pablo, después de decir: "Vosotros sois de Cristo", agrega algo asombroso: "Cristo es de Dios"; con lo cual se nos da la suma prueba de cuanto venirnos diciendo sobre esa exigencia de Dios que no pide sino que nos vaciemos para que El nos llene. Tal es el sentido de la condición que Jesús puso a sus discípulos: negarse a sí mismos, o sea no venirle con suficiencias propias. Y esto lo practicó El mismo con el Padre, pues nos dice San Pablo que no obstante su condición de ser igual a Dios, se despojó a Sí mismo tomando la forma de siervo (Fil. II, 6 s.).

Y de aquí que Jesús nos resulta, frente al Padre, el modelo sumo de esta espiritualidad de niño o infancia espiritual, cuya actitud es exactamente la de recibir y de darse. El que no tiene nada, recibe; y no da, sino que se da a sí mismo, a falta de otra cosa que dar. De aquí viene el encanto con que recibimos a un niñito que nos tiende los brazos para que lo tomemos en los nuestros. ¡Feliz el alma que delante del Padre puede estar siempre en esta actitud, a ejemplo de Cristo! Para eso, para enseñarnos este secreto, El, a quien el Padre dio el tener la vida en Sí mismo (Juan V, 26), desapareció hasta anonadarse delante del Padre:

"Nada puede hacer el Hijo sino lo que ve hacer al Padre" (Juan 5, 19).

“El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace" (íbid. 20).

"Yo por Mí mismo no puedo hacer nada” (ibid. 50).

"El que cree en Mí no cree en Mí sino en Aquel que me envió" (Juan XII, 44).

"Porque yo bajé del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me mandó" (Juan VI, 38).

"El Padre, que está en Mí, El hace las obras” (Juan, XIV, 10).

"Yo no busco mi gloria. Hay quien la busca (el Padre)" (Juan VIII, 50).

Recordemos, en fin, que se pasaba las noches adorando a su Padre (Luc. VI, 12). Y que al final de todos los tiempos, cuando el Padre le haya sometido todas las cosas, el mismo Hijo se sujetará al Padre para que El sea todo en todo (I Cor. XV, 28). Eso es, pues, Dios: el Padre, el Creador, el Señor, porque su Nombre es Yahvé, es decir "El que es" (Ex. III, 14).

III

Y nosotros, los que "somos nada" (Gál. VI, 3), tenemos esa otra vocación propia de nuestra insuficiencia: la de ser niño. ¡Dichosa insuficiencia, que nos hace recibir del Padre los mimos de un hijito!

¿Pensará alguien que puede haber en esto falta de virilidad? Todo lo contrario. Juan, el contemplativo, fue el único que estuvo al pie de la cruz, "con María, su Madre''. Fue llamado "hijo del trueno”, y tuvo que ser contenido porque quería mandar fuego del cielo sobre los enemigos de Cristo. ¿O pensará alguien que puede haber en esto falta de actividad o de fruto? Nada más lejos de la realidad. María, la contemplativa, fue la única que ungió al Señor estando aún en vida, y la que estuvo también con Juan al pie de la Cruz, y la primera que fue al santo Sepulcro, y la que evangelizó la Resurrección a los Apóstoles, fugitivos e incrédulos.

Es que las obras vienen del amor, y éste de la fe, o confianza. Y sin ese amor "en vano dará uno a los pobres todos sus bienes o arrojará su cuerpo a las llamas” (I Cor. XIII, 3).

Porque Dios quiere ser servido como a El le agrada y no como a nosotros nos parece. Y lo que a El le agrada es dar, por lo cual nos quiere siempre dispuestos a recibir de El como pobres, y no a alardear como ricos. ¿No es ésta la primera de las Bienaventuranzas? Y si Jesús declara que es más dichoso dar que recibir (Hech. XX, 35), ¿no ha de ser el Padre el primero que quiere gozar de esa perfección? De ahí que nada le ofenda tanto como el dudar de su amor por nosotros. De ahí que Jesús declare la fe como medida de sus dones: "Según vuestra fe, así os sea hecho" (Mat. IX, 29). De ahí que en esta actitud de recibir y darse, como una esposa, está el más alto grado de la espiritualidad cristiana: lo que se llama, en mística, "matrimonio espiritual".


(Espiritualidad Bíblica, 1949).

miércoles, 24 de diciembre de 2014

¡FELIZ NAVIDAD!


Apostolado Eucarístico les desea a todos sus lectores y amigos una Feliz y Santa Navidad.

sábado, 20 de diciembre de 2014

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 36


MILAGRO EN JULIO DE 1935 EN LA IGLESIA DE MADRID

La cultísima escritora doña Carmen Fernández de Lara, dignísima directora de "Aspiraciones", publicó en el semanario católico español "Lealtad" un milagro obrado por la Santísima Virgen del Carmen, del que ella fue testigo presencial.

Yo sé de un verdadero milagro que presencié y que os voy a referir, para que conmigo améis a la Santísima Virgen del Carmen, y que si queréis comprobarlo, podéis hacerlo, puesto que viven algunos de los protagonistas que intervinieron en el milagro.

Yo conocí una madre... una verdadera madre, que adoraba a su hijo, que sólo para él vivía; una de esas que son honra y tipo de la mujer española.

El hijo era sano y bello, pero un mal día el niño amaneció enfermo; el doctor Fatás fue llamado, como médico de la casa, y éste llamó a consulta. El niño se moría. Nada podía la ciencia médica. Una pleuresía purulenta en último grado hacía precisa una intervención quirúrgica. Se llevó al enfermito al doctor Ramoneda, como el más indicado para que operara a la criatura. La madre, desolada, hizo promesas, suplicó y lloró. Fue sometido el niño a un examen detenido, y después a una punción exploradora, que acusó gran cantidad de pus, reconocieron los doctores presentes que la operación debía tener lugar el siguiente día, 16 de julio.

Llegó por fin; el padre salió llevando al niño amado para depositarlo en la mesa de operaciones, y la madre corrió hacia la Iglesia del Carmen, y, después de confesar y comulgar, oró, hora tras hora, perdiendo la noción del tiempo, a la Santísima Virgen del Carmelo para que, si se llevaba a su criatura, lo hiciera sin que se martirizara el pobre cuerpecito.

—¡Que muera, Virgen mía, que muera si es preciso! ¡Pero que no sufra!

"¡Tiende, Señora, hacia mi hijo tu Santo Escapulario!", decía sin cesar entre lágrimas y sollozos; y así continuó, envuelta en la suave penumbra de la Iglesia. De pronto sintió una mano que se posaba sobre su hombro; era la de su marido. "¿Ha muerto? ¿Ha muerto?", interrogó la madre al ver el rostro demudado del padre. "¡No, no; está vivo y sano y te espera!"

"¿Salió bien entonces de la operación?"

"No, no ha sido necesaria; los médicos no se explican lo que ha ocurrido. Le llevaron a la mesa; el doctor Ramoneda volvió a reconocerlo, y con cara de asombro llamó a los demás doctores que con él estaban. Nada hablaron, nada dijeron; yo comprendía que ocurría algo grave por sus rostros, pero no me atrevía a preguntar; creí que el niño iba a morir... Por fin se rompió el silencio:

"Sí, sí; no existe pus; cicatrizada la pequeña herida hecha por la punción de ayer; nada de fiebre... Asombroso, asombroso. Vean ustedes.

Volvieron a examinar, y dirigiéndose a mí, el doctor Ramoneda nos dijo:

"El niño está curado; no he sido yo; ha sido Dios, indudablemente; lléveselo usted."

Envolví a mi niño cuidadosamente y lo traje a casa; aún no acierto a explicarme lo que ha sucedido.

" ¡Yo sí; yo sí!", exclamó la madre. "Ha sido la Santísima Virgen del Carmen, que al ver mis lágrimas, al contemplar mi dolor, ha tenido lástima y ha curado a mi hijo. ¡Le ha salvado! ¡ Me le ha devuelto! ¡Gracias, Madre mía, gracias!"

Y cayó de rodillas besando el santo suelo del templo bendito.

¡Iglesia del Carmen! ¡Iglesia milagrosa, cuya Virgen bendita ampara a todos los que en esa calle viven! ¡Virgen amada, que en nuestros dolores tiendes tu Escapulario y nos libras de todo mal, de toda pena, y desciendes por fin a sacarnos del propio Purgatorio!

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.

viernes, 12 de diciembre de 2014

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE - 12 DE DICIEMBRE



SANTA MARÍA DE GUADALUPE
Emperatriz de América.
12 de Diciembre.

EL NICAN MOPOHUA
“Aquí se narra, se conjunta, cómo hace poco, de manera portentosa, se apareció la perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, nuestra Reina, allá en el Tepeyac, nariz del monte, de renombre Guadalupe. Primero se dignó dejarse ver de un indito, su nombre Juan Diego; y después se apareció su preciosa y amada Imagen delante del recién electo Obispo Don Fray Juan de Zumárraga. Diez años después de conquistada el agua, el monte, la ciudad de Méjico, cuando ya estaban depuestas las flechas y los escudos, cuando por todas partes había paz en los pueblos, sus aguas y sus montes. Así como brotó, ya verdece, ya abre su corola la fe, el conocimiento del Dador de la vida, el verdadero Dios.
Entonces, en el año 1531, a los pocos días del mes de Diciembre, sucedió que había un indito, un macegual, un pobre hombre del pueblo, su nombre era Juan Diego, según se dice, vecino de Cuautitlán y en las cosas de Dios, en todo pertenecía a Tlatelolco. Era sábado, muy de madrugada, venía en pos de Dios y de sus mandatos. Y al llegar cerca del cerrito, donde se llama Tepeyac, ya relucía el alba en la tierra. Allí escuchó cantar sobre el cerrito, era como el canto de variadas aves preciosas. Al interrumpir sus voces, como que el cerro les respondía. Sobremanera suaves, deleitosos, sus cantos aventajaban a los pájaros del coyoltototl y del tzinitzcan y a otras aves preciosas que cantan.
Se detuvo Juan Diego, se dijo: ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que escucho?¿Tal vez estoy sólo soñando?¿Quizá solamente lo veo como entre sueños?¿Dónde estoy?¿Dónde me veo?¿Acaso allá, donde dejaron dicho los ancianos, nuestros antepasados, nuestros abuelos. En la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial? Hacia allá estaba mirando, hacia lo alto del cerrillo, hacia donde sale el sol, hacia allá, de donde procedía el precioso canto celestial. Y cuando cesó de pronto el canto, cuando dejó de escucharse, entonces oyó que le llamaban de arriba del cerrillo, le decían: Juanito, Juan Dieguito. Luego se atrevió a ir a donde lo llamaban, ninguna turbación inquietó su corazón ni ninguna cosa lo alteraba, antes bien se sentía alegre y contento por todo extremo, fue a subir al cerrillo para ir a ver de dónde lo llamaban.


Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo, contempló una noble Doncella que allí estaba de pie, Ella lo llamó para que fuera juntito a Ella. Y cuando llegó frente a Ella, mucho le maravilló cómo sobrepasaba toda admirable perfección y grandeza: su vestido como el sol resplandecía, así brillaba. Y las piedras y rocas sobre las que estaba, como que lanzaban rayos como de jades preciosos, como joyas relucían. Como resplandores del arco iris en la niebla reverberaba la tierra. Y los mezquites y los nopales y las demás variadas yerbitas que allí se suelen dar, parecían como plumajes de quetzal, como turquesas aparecía su follaje, y su tronco, sus espinas, sus espinitas, relucían como el oro.
En su presencia se postró, escuchó su venerable aliento, su venerable palabra, que era sumamente afable, extremadamente noble, como de quien lo atraía y le mostraba amor. Le dijo Ella: Escucha, hijo mío, el más pequeño, Juanito, ¿a dónde te diriges? Y él le contestó:Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, allá llegaré, a tu venerable casa en Méjico Tlatelolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan, quienes son las imágenes del Señor, Señor Nuestro, nuestros sacerdotes.
En seguida, así le habla Ella, le descubre su preciosa voluntad, le dice: Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que yo soy en verdad la perfecta siempre Virgen Santa María, que tengo el honor de ser Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación.
Porque, en verdad, yo me honro en ser tu madre compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra, y también de todas las demás variadas estirpes de hombres, los que me amen; los que me llamen, los que me busquen, los que confíen en mí. Porque ahí, en verdad, escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.
Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de Méjico, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi Templo, todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello, en verdad, te enriqueceré, te glorificaré y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío.
Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento mi palabra, anda haz lo que esté de tu parte. E inmediatamente en su presencia se postró, le dijo: Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra, por ahora te dejo, yo, tu humilde servidor.

Luego vino a bajar para poner en obra su encomienda. Vino a encontrar la calzada, viene derecho a Méjico. Cuando llegó al interior de la ciudad, luego fue derecho al Palacio del Obispo, el cual muy recientemente había llegado, EL GOBERNANTE SACERDOTE, SU NOMBRE ERA DON FRAY JUAN DE ZUMÁRRAGA, SACERDOTE DE SAN FRANCISCO. Y en cuanto llegó, luego hace el intento de verlo, les suplica a los que le sirven, a sus criados, que vayan a decírselo.
Después de pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó el Señor Obispo que entrara. Y en cuanto entró, en seguida ante él se arrodilló, se postró, luego ya le descubre, le comunica el precioso aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le dice todo lo que le había maravillado, lo que vio, lo que escuchó. Pero el Obispo habiendo escuchado todo su relato, su mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto.
El Obispo le respondió: Hijo mío, otra vez vendrás, aún con calma te oiré, bien aún desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, lo que es tu voluntad, lo que es tu deseo. Salió, venía triste porque no se realizó de inmediato su encargo.
Luego se volvió, al terminar el día, luego de allá se vino derecho a la cumbre del cerrillo, y llegó delante de Ella, la Reina del Cielo, allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, allí lo estaba esperando. Y en cuanto la vio, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo: Patroncita, Señora, Reina mía, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu venerable aliento, tu venerable palabra. Aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo vi, ante él expuse tu venerable aliento, tu venerable palabra, como tú me lo mandaste.

Me recibió amablemente y con atención escuchó, pero, por lo que me respondió, como que su corazón no lo reconoció, no lo tuvo por cierto. Me dijo: Otra vez vendrás, aún con calma te escucharé, bien aún desde el principio veré por lo que has venido, lo que es tu deseo, lo que es tu voluntad. Bien en ello miraré, según me respondió, que piensa que tu venerable casa divina que quieres que aquí te hagan, tal vez yo nada más lo invento, o tal vez no viene de tus venerables labios.
Por esto, mucho te suplico, Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, que a alguno de los estimados nobles, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu venerable aliento, tu venerable palabra para que le crean. Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy la cuerda de los cargadores, en verdad soy parihuela, sólo soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mí andar ni de mí detenerme allá a donde me envías, mi Muchachita, mi Hija la más pequeña, Señora, mi Niña.
Por favor, dispénsame, afligiré con pena tu rostro, tu corazón, iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía.
Le respondió la Perfecta Virgen, digna de honra y veneración: Escucha, tú, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.
Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, edifique mi Casa Sagrada que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te envío a ti como mi mensajero.


Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo: Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; en verdad con todo gusto iré, a poner por obra tu venerable aliento, tu venerable palabra, de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni tengo por molesto el camino. Iré ya, a cumplir tu voluntad, pero tal vez no seré oído y, si fuere escuchado, quizá no seré creído. Pero en verdad, mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu venerable aliento, a tu venerable palabra, lo que me responda el Gobernante Sacerdote. Ya me despido de Ti respetuosamente, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito. Y luego él se fue a reposar a su casa.
Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió de su casa hacia acá derecho a Tlatelolco, vino a aprender las cosas divinas y a ser contado en lista luego para ver al Gobernante Sacerdote.
Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado, así ya había oído Misa y fue contado en la lista, y toda la gente se había ido. Pero él, Juan Diego, luego fue al Palacio, la casa del señor Obispo. Y en cuanto llegó, puso todo su empeño para verlo y, con mucha dificultad, otra vez lo vio. A sus pies se arrodilló, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle el venerable aliento, la venerable palabra, de la Reina del Cielo. Que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, de hacerle, de erigirle, su casita sagrada, en donde Ella lo había dicho, en donde Ella la quería.
Mas el gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó, para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella. Todo, absolutamente, se lo refirió al Señor Obispo. Y aunque todo, absolutamente, se lo declaró y todo lo que vio, lo que admiró, que aparecía con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen, la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, no luego se cumplió su deseo. Dijo el Obispo que no sólo por su palabra, su petición se haría, se realizaría lo que él pedía, que era muy necesaria alguna señal para que bien pudiera ser creído cómo a él lo enviaba como mensajero la Reina del Cielo en persona.
Tan pronto como lo escuchó Juan Diego, le dijo al Obispo: Señor Gobernante, considera cuál será la señal que pides, porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió. Y como vio el Obispo que él ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo hizo irse. Y en cuanto se va, en seguida el Obispo manda a algunos de los de su casa, en los que tenía absoluta confianza, que lo vayan a seguir, que bien lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba. Y así se hizo. Y Juan Diego se fue derecho, siguió la calzada.
Pero los que lo seguían, donde se abre la barranca, cerca del Tepeyac, en el puente de madera, lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, en ninguna parte lo vieron. Y así se volvieron, no sólo porque con ello se fastidiaron grandemente, sino también porque él los disgustó, los hizo enojar.
Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que sólo inventaba lo que venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía. Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la gente.
Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del Señor Obispo, la que oída por la Señora, le dijo: Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has prodigado; vete ahora; que mañana aquí te aguardo.
Y al día siguiente, lunes, cuando Juan Diego debía llevar alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando fue a llegar a su casa, a un tío suyo, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad, estaba muy grave. Aun fue a llamar al médico, todavía se ocupó de él, pero ya no era tiempo, pues ya estaba agonizando. Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuere de madrugada, aún a oscuras, saliera hacia acá, viniera a llamar a Tlatelolco, a alguno de los sacerdotes para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo, porque eso ya estaba en su corazón, que en verdad ya era tiempo, que ya entonces moriría, porque ya no se levantaría, ya no se sanaría.
Y el martes, cuando todavía estaba muy oscuro, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar al sacerdote a Tlatelolco, y cuando se acercó al lado del cerrito, al pie del Tepeyácac, terminación de la sierra, donde sale el camino, hacia donde se pone el sol, en donde antes él había salido, dijo: Si sigo derecho el camino, no vaya a ser que me vea esta Noble Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al sacerdote que gobierna, como me lo mandó. Que primero nos deje nuestra aflicción; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso al que el pobre de mi tío no hace más que aguardarlo. En seguida rodeó al cerro, subió por en medio y de allí, atravesando, vino a pasar hacia donde sale el sol para rápido ir a llegar a Méjico, para que no lo detuviera la Reina del Cielo. Piensa que por donde dio la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente a todas partes está mirando.
La vio cómo vino a bajar Ella de la cumbre del cerrito, desde allí lo había estado mirando, de donde antes lo vio. Le vino a salir al encuentro, a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos le dijo: Hijo mío el más pequeño ¿qué pasa?, ¿a dónde vas, a dónde te diriges?  Y él, ¿tal vez un poco se apenó, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se asustó, se espantó?
Ante Ella se postró, la saludó, le dijo: Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta, ¿cómo te amaneció? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía? Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora, iré de prisa a tu venerable casa de Méjico, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, a uno de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a dejarlo preparado porque en realidad para esto nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte. Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu venerable aliento, tu venerable palabra, Señora, Muchachita mía. Perdóname, todavía tenme un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la más pequeña, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa.
En cuanto oyó la palabra de Juan Diego, le respondió la compasiva, la Perfecta Virgen: Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón, no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva. ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete; que no te acongoje la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que ya sanó.

Y luego en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo. Y Juan Diego, cuando escuchó el venerable aliento, la venerable palabra, de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se tranquilizó, bien con ello se apaciguó su corazón y le suplicó inmediatamente que lo enviara como mensajero a ver al gobernante Obispo, a llevarle su señal, de comprobación, para que él le creyera.
Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrito, en donde él la había visto antes. Le dijo: Sube, tú el más pequeño de mis hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi mandato, allí verás extendidas flores variadas. Córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas. Luego baja en seguida, tráelas aquí, a mi presencia. Y luego Juan Diego subió al cerrito, y cuando llegó a la cumbre, mucho se maravilló de cuantas flores allí se extendían tenían abiertas sus corolas, flores las más variadas, bellas y hermosas, como las de Castilla, no siendo aún su tiempo de darse,  porque era cuando arreciaba el hielo. Las flores estaban difundiendo un olor suavísimo, eran como perlas preciosas, como llenas de rocío de la noche. En seguida comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de su tilma. Por cierto que en la cumbre del cerrito no se daban ningunas flores, porque es pedregoso, hay abrojos, plantas con espinas, nopaleras, abundancia de mezquites. Y si acaso algunas hierbas pequeñas se solían dar, entonces era el mes de diciembre, todo lo come, lo echa a perder el hielo.
Y en seguida vino a bajar, vino a traerle a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar, y cuando las vio, con sus venerables manos las tomó,  luego las puso de nuevo en el hueco de la tilma de Juan Diego, y le dijo: Hijo mío, el más pequeño, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo, de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad. Y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza. Y mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste, así tú convencerás en su corazón al que es el Gobernante Sacerdote, así él dispondrá que se haga, se levante, mi casa sagrada que le he pedido.

Y en cuanto le dio su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la calzada, viene derecho a Méjico, ya viene contento, ya está calmado su corazón, porque va a salir bien, bien llevará las flores. Mucho viene cuidando lo que está en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se le caiga. Viene disfrutando del aroma de las diversas flores preciosas. Cuando llegó al palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote gobernante. Él les suplicó que le dijeran que deseaba verlo, pero ninguno de ellos quiso, no querían escucharlo, o tal vez porque aún estaba muy oscuro. Tal vez porque ya lo conocían, que nomás los molestaba, los importunaba. Y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo habían ido a seguir.
Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón. Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado. Y como que venía trayendo algo que estaba en el hueco de su tilma, luego pues, se le acercaron para ver qué es lo que traía y satisfacer su corazón.
Y cuando vio Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo golpearían, un poquito les mostró que eran flores. Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores como las de Castilla, y como no era tiempo entonces de que se dieran, mucho se admiraron, de que estaban muy frescas, con sus corolas abiertas, lo bien que olían preciosas. Y quisieron coger y sacar unas cuantas.
Y tres veces sucedió que se atrevieron a tomarlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo, porque cuando hacían el intento ya no veían las flores, sino como una pintura o un bordado, o cosidas en la tilma las veían. Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que habían visto, y cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo. 
Y el Gobernante Obispo, en cuanto lo escuchó, tuvo ya en su corazón de que aquello era la señal para ser convencido, para que él llevara a cabo la obra que solicitaba el hombrecito. Enseguida ordenó que pasara a verlo. Y habiendo entrado, en su presencia se postró, como ya antes lo había hecho. Y de nuevo le contó todo lo que había visto, lo que había admirado y su mensaje.
Le dijo: Señor mío, Gobernante, en verdad ya hice, ya cumplí según me ordenaste, así fui a decirle a la Señora, mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que tú pedías una señal para poder creerme, para que le hicieras su Casita Sagrada, allá donde Ella te pedía que la construyeras, y también le dije que yo te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su venerable voluntad, como me lo encargaste.
Y Ella escuchó bien tu venerable aliento, tu venerable palabra, y recibió con alegría tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga, se cumpla su amable voluntad. Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra vez viniera a verte, y yo le pedí su señal para ser creído, como me dijo que me la daría, e inmediatamente lo cumplió.
Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas flores como las de Castilla. Y yo las fui a cortar, se las fui a llevar allá abajo, y con sus venerables manos las tomó. Luego, de nuevo, las puso en el hueco de mi tilma, para que te las viniera a traer, para que a ti personalmente te las entregara.
Aunque bien yo sabía que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo es pedregoso, hay abrojos, plantas espinosas, nopales silvestres, mezquites, no por ello dude, no por ello titubeé. Fui a acercarme a la cumbre del cerrito, miré que ya era la Tierra florida. Allí habían brotado variadas flores, como las rosas de Castilla, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas; así luego las fui a cortar. Y Ella me dijo que de su parte te las diera, y que así yo probaría; para que tú vieras la señal que le pedías para realizar su venerable voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje. Aquí las tienes, hazme favor de recibirlas.
Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco estaban las flores. Y al caer al suelo todas las variadas flores como las de Castilla, luego allí en su tilma se convirtió en señal, se APARECIÓ DE REPENTE LA AMADA IMAGEN DE LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, EN LA FORMA Y FIGURA EN QUE AHORA ESTÁ, EN DONDE AHORA ES CONSERVADA EN SU AMADA CASITA, EN SU SAGRADA CASITA EN EL TEPEYÁCAC, QUE SE LLAMA GUADALUPE.

Y en cuanto la contempló el Obispo Gobernante y también todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho la admiraron, se pusieron de pie para verla, se conmovieron, se afligió su corazón, como que se elevó su corazón, su pensamiento.
Y el Obispo Gobernante con lágrimas, con tristeza, le suplicó, le pidió perdón por no haber realizado su venerable voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra. Y el Obispo se levantó, desató del cuello de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de Juan Diego. En la que se apareció, en donde se convirtió en venerable señal la Reina Celestial. Y luego la llevó allá, la fue a colocar en su oratorio. Y todavía allí pasó un día entero Juan Diego en la casa del Obispo, quien hizo que se quedara allí.
Y al día siguiente, le dijo: Anda, vamos a que muestres dónde es la venerable voluntad de la Reina del Cielo que le levante su Templo. De inmediato se dio orden de hacerlo, levantarlo. Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del Cielo que se le levantara su Casita Sagrada, luego pidió permiso que quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba muy grave cuando lo dejó, y había ido a llamar a uno de los sacerdotes a Tlatelolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien la Reina del Cielo le había dicho que ya estaba sanado.
Pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa. Y cuando llegaron vieron a su venerable tío que estaba sano, absolutamente nada le dolía. Y él, por su parte, mucho se admiró de la forma en que su sobrino era acompañado y muy honrado, le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que mucho le honraran, y él le dijo que cuando lo dejó para ir a llamarle un sacerdote para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyácac se le apareció la Señora del Cielo. Y lo envió a Méjico a ver al Gobernante Obispo, para que allí le edificara su casa en el Tepeyácac. Y que Ella le dijo que no se afligiera, porque ya su tío estaba curado, y con esto mucho se tranquilizó su corazón.
Su tío le dijo que era verdad, que en aquel preciso momento Ella lo sanó, y que la contempló exactamente en la misma forma como se le había aparecido a su sobrino. Y le dijo cómo a él también lo había enviado a Méjico para que viera al Obispo y que también, cuando fuera a verlo, todo absolutamente se lo manifestara, le dijera lo que había contemplado y la manera maravillosa en que lo había sanado, y que bien así se le llamara, bien así se le nombrara: LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen.

Y en seguida llevaron a Juan Bernardino a la presencia del Gobernante Obispo, para que viniera a hablarle, delante de él diera testimonio. Y junto con su sobrino Juan Diego, el Obispo los hospedó en su casa unos cuantos días, mientras que se levantó la Casita Sagrada de la Niña Reina allá en el Tepeyácac, donde se le mostró a Juan Diego. Y después de que el Señor Obispo la tuvo algún tiempo, trasladó a la Iglesia Mayor la preciosa reverenciada Imagen de la amada Niña Celestial. La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba, para que todos la vieran, se admiraran de su preciosa Imagen.
Y absolutamente todos, toda la ciudad, sin faltar nadie, se estremecieron cuando fueron a contemplar, a admirar su preciosa Imagen. Venían a conocerla como algo divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho se admiraban en qué milagrosa manera se había aparecido puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen.”


LA TILMA DE JUAN DIEGO
La tilma en la cual la Imagen de la Santísima Virgen apareció, está hecha de fibra de maguey. La duración ordinaria de esta tela es de veinte años a lo máximo. Tiene 195 centímetros de largo por 105 de ancho con una sutura en medio que va de arriba abajo.
Impresa directamente sobre esta tela, se encuentra la hermosa figura de Nuestra Señora. El cuerpo de ella mide 140 centímetros de alto.
Esta imagen de la Santísima Virgen es el único retrato auténtico que tenemos de Ella. Su conservación en estado fresco y hermoso por más de cuatro siglos, debe considerarse milagroso. Se venera en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de Méjico, donde ocupa el sitio de honor en el Altar mayor.
La Sagrada Imagen duró en su primera ermita desde el 26 de diciembre, 1535 hasta el año de 1622.
La segunda Iglesia ocupó el mismo lugar donde se encuentra hoy la Basílica. Esta duró hasta 1695.Unos pocos años antes fue construida la llamada Iglesia de los Indios junto a la primera ermita, la cual sirvió entonces de sacristía para el nuevo templo. En 1695, cuando fue demolido el segundo templo, la milagrosa Imagen fue llevada a la Iglesia de los Indios donde se quedó hasta 1709 fecha en que se dedicó el nuevo hermoso Templo que todavía despierta la admiración de mejicanos y extranjeros.

El Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe es único entre todos los grandes centros de devoción mariana, porque aquí se ha conservado y se venera el hermosísimo retrato de María Inmaculada Madre de Dios, en la tilma del humilde indio, San Juan Diego, que fue pintado por pinceles que no eran de este mundo.


SOBRE LAS PUPILAS DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
En 1929, Alfonso Marcué, fotógrafo oficial de la antigua Basílica de Guadalupe, descubrió en una fotografía en blanco y negro lo que parecía ser la imagen de un hombre con barba reflejada en el ojo derecho de la Virgen; después de varias y minuciosas inspecciones a sus fotografías, decidió informar a las autoridades de la Basílica, quienes le indicaron guardar silencio sobre el descubrimiento.
Más de 20 años después, el 29 de mayo de 1951, el dibujante mejicano José Carlos Salinas Chávez, luego de examinar una fotografía del rostro de la Virgen, redescubrió el busto humano reflejado en el ojo derecho y luego también en el ojo izquierdo.
Desde entonces, varios especialistas han tenido la oportunidad de inspeccionar de cerca los ojos de la Virgen en la tilma, incluyendo más de 20 médicos oftalmólogos.
El primero fue el médico oftalmólogo mejicano Javier Torroella Bueno, el 27 de marzo de 1956, quien en lo que constituye el primer reporte emitido por un médico sobre los ojos de la imagen, certifica la presencia del triple reflejo (efecto de Samson-Purkinje) característico de todo ojo humano normal vivo, y afirma que las imágenes resultantes se ubican exactamente donde deberían de estar según el citado efecto, además de que la distorsión de las mismas concuerda perfectamente con la curvatura de la córnea. Ese mismo año, otro oftalmólogo, Rafael Torrija Lavoignet, examinó los ojos de la imagen con ayuda de un oftalmoscopio y reportó la aparente figura humana en las córneas de ambos ojos, con la ubicación y distorsión propias de un ojo humano normal, notando además, una inexplicable apariencia “viva de los ojos al ser examinada”.

En fechas posteriores, varias otras inspecciones de los ojos han sido realizadas por médicos especialistas y con mayores o menores detalles concuerdan en general con las dos primeras aquí expuestas.
LA CORONACIÓN
El doce de octubre de 1895 la bendita Imagen de la Santísima Virgen fue coronada por decreto del Santo Padre, León XIII, y el doce de octubre de 1945, cincuentenario de la coronación, su Santidad Pío XII en su célebre radio mensaje a los mejicanos le otorgó el título de Emperatriz de las Américas.
El Papa Pío XII al proclamarla Emperatriz de América volvió a recordar que: NON FECIT OMNE NATIONI. SANTA MARÍA DE GUADALUPE, NO HA HECHO COSA SEMEJANTE EN NINGUNA OTRA NACIÓN.


SAN JUAN DIEGO
San Juan Diego nació en 1474 en el "calpulli" de Tlayacac en Cuautitlán, Méjico, establecido en 1168 por la tribu náhuatl. Cuando nació recibió el nombre de Cuauhtlatoatzin, que quiere decir "el que habla como águila" o "águila que habla".
Juan Diego perteneció a la más numerosa y baja clase del Imperio Azteca, sin llegar a ser esclavo. Se dedicó a trabajar la tierra y fabricar macetas las que luego vendía. Poseía un terreno en el que construyó una pequeña vivienda. Contrajo matrimonio con una nativa pero no tuvo hijos.
Entre 1524 y 1525 se convierte al Cristianismo y fue bautizado junto a su esposa, él recibió el nombre de Juan Diego y ella el de María Lucía. Fueron bautizados por el misionero franciscano Fray Toribio de Benavente, llamado por los indios "Motolinia" o " el pobre".
Antes de su conversión Juan Diego ya era un hombre piadoso y religioso. Era muy reservado y de carácter místico, le gustaba el silencio y solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a 20 kilómetros de distancia, para recibir instrucción religiosa. Juan Diego vivía con su mujer María Lucía  y su tío Juan Bernardino en Tulpetlac, a 14 kilómetros de la Iglesia de Tlatelolco, Tenochtitlán. Ella murió en 1529.
Durante una de las caminatas de Juan Diego camino a Tenochtitlán, que solían durar tres horas a través de montañas y poblados, ocurre la primera aparición de Nuestra Señora, en el lugar ahora conocido como "Capilla del Cerrito", donde la Virgen María le habló en su idioma, el náhuatl.
Juan Diego tenía 57 años en el momento de las apariciones. Luego del milagro de Guadalupe Juan Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a la Capilla que alojaba la Santa Imagen, tras dejar todas sus pertenencias a su tío Juan Bernardino. Pasó el resto de su vida dedicado a vivir santamente y fomentó la devoción de la Virgen de Guadalupe refiriendo el acontecimiento a todo aquel que quisiera escucharlo.
Murió el 30 de mayo de 1548, a la edad de 74 años. Juan Diego fue beatificado en abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II y proclamado Santo el 31 de Julio de 2002.

ORACIÓN A SAN JUAN DIEGO
¡Oh, Padre Celestial! que concediste a San Juan Diego ser el confidente de la Virgen de Guadalupe y asistir al nacimiento de la fe en nuestra Patria, te pedimos, por su intercesión, que socorras a los más necesitados.
Consuela a los enfermos de alma y cuerpo y concede que el pueblo mejicano, unido por la fuerza del amor a nuestra Dulce Madre Santísima del Tepeyac, haga de cada uno de sus hogares un templo vivo en donde adoremos a Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.



Alfonso de María


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