viernes, 4 de diciembre de 2015

EL SACO DE ROMA: UN CASTIGO MISERICORDIOSO


La Iglesia vive una época de desorientación doctrinal y moral. El cisma se ha desatado en Alemania, pero por lo visto el Papa no se da cuenta de la magnitud del drama. Un grupo de cardenales y obispos promueve la necesidad de un acuerdo con los herejes. Como suele pasar en los momentos más graves de la historia, los acontecimientos se suceden con extrema rapidez. El domingo 5 de mayo de 1527, un ejército desciende de Lombardía y llega al monte Janícolo.

El emperador Carlos V, airado por la alianza política del papa Clemente VII con su adversario el rey de Francia Francisco I, llevó un ejército contra la capital de la Cristiandad. Aquella tarde el sol se puso por última vez sobre la deslumbrante belleza de la Roma renacentista. Unos 20.000 hombres entre italianos, españoles y lansquenetes alemanes de fe luterana, se disponían a atacar la Ciudad Eterna. Su comandante les había autorizado a realizar actos de saqueo.

Durante toda la noche, la campana del Capitolio tocó a rebato para convocar a los romanos a las armas, pero ya era tarde para improvisar una defensa eficaz. Al amanecer del 6 de mayo, amparados por una espesa niebla, los lansquenetes asaltaron los muros entre la iglesia de San Onofre y la puerta de Santo Spirito. La Guardia Suiza se situó en torno al Obelisco del Vaticano, y decidió mantener su juramento de fidelidad hasta la muerte. Los últimos cayeron junto al altar mayor de la Basílica de San Pedro. Su resistencia permitió que el Papa pudiese huir junto con varios cardenales.

A través del Passetto del Borgo, que sobre una muralla comunica el Vaticano con el Castillo Sant’Angelo, Clemente VII pudo refugiarse en la fortaleza, único baluarte que quedó libre de las fuerzas enemigas. Desde la azotea del castillo, el pontífice presenció la tremenda masacre que dio comienzo con la multitud que se había apiñado a las puertas del castillo en busca de refugio, mientras los enfermos del hospital de Santo Spirito de Sassia caían bajo los golpes de las lanzas y las espadas.

La licencia ilimitada para robar y matar duró ocho días, y la urbe estuvo ocupada durante nueve meses. «El infierno no es nada comparado con el aspecto que presenta Roma», puede leerse en un informe veneciano del 10 de mayo de 1527 mencionado por Ludwig von Pastor en su Historia de los papas.

Las principales víctimas de la furia de los lansquenetes fueron los religiosos. Los palacios arzobispales fueron desvalijados, las iglesias profanadas, sacerdotes y monjes fueron asesinados y esclavizados y las monjas violadas y vendidas en los mercados. Se vieron obscenas parodias de ceremonias religiosas, cálices utilizados para emborracharse entre blasfemias, hostias consagradas fritas en sartenes y dadas de comer a animales y tumbas de santos y cráneos de apóstoles profanados, como el de San Andrés, con el que se jugó a la pelota en las calles. A un asno le pusieron vestiduras eclesiásticas y lo condujeron al altar de una iglesia. El sacerdote se negó a darle la comunión, y lo descuartizaron por ello (véase El saco de Roma, de André Chastel, Espasa-Calpe, Madrid 1986; Umberto Roberto, Roma capta. Il Sacco della città dai Galli ai Lanzichenecchi, Laterza, Bari 2012).

Clemente VII, de la familia Médicis, no había renovado la convocación de su predecesor Adriano VI a una reforma radical de la Iglesia. Hacía diez años que Lutero divulgaba sus herejías, pero la Roma de los papas seguía inmersa en el relativismo y el hedonismo. Sin embargo, no todos los romanos eran corruptos y afeminados, como parece creer el historiador Gregorovius. No lo eran los nobles que, como Giulio Vallati, Giambattista Savelli y Pierpaolo Tebaldi enarbolaban un estandarte con la divisa «Pro Fide et Patria» y opusieron una heroica resistencia en el Puente Sixto. Tampoco lo eran los alumnos del Colegio Capranica, que acudieron prestos en defensa del Pontífice y murieron en Santo Spirito.

A aquella hecatombe debe el mencionado seminario romano el título de «Almo» (vivificador, que da vida). Clemente VII se salvó y gobernó la Iglesia hasta 1534, afrontando después del cisma luterano el anglicano. Pero para él, presenciar el saqueo de la urbe sin poder hacer nada, fue más doloroso que la propia muerte. El 17 de octubre de 1528 las tropas imperiales abandonaban una ciudad en ruinas.

Un testigo ocular español nos presenta un cuadro aterrador de la ciudad un mes después del Saco: «En Roma, capital de la Cristiandad, no suenan las campanas, no se abren las iglesias, no se dice Misa, no hay domingos ni festivos. Las opulentas tiendas de los mercaderes sirven de establos, los más espléndidos palacios son devastados, numerosas casas incendiadas. Otras las destruyen y se llevan puertas y ventanas, las calles están convertidas en estercoleros. El hedor de los cadáveres es espantoso: hombres y bestias comparten una misma sepultura. En las calles he visto cadáveres roídos por los perros. No sabría con qué comparar esta situación, salvo con la destrucción de Jerusalén. Ahora reconozco la justicia de Dios, que aunque se demore no olvida. En Roma se cometían abiertamente toda suerte de pecados: sodomía, simonía, idolatría, hipocresía, engaños. Por esa razón, no podemos creer que esta calamidad haya sido casual, sino por justicia divina» (L. von Pastor, op. cit.).

Clemente VII encargó a Miguel Ángel el Juicio Universal de la Capilla Sixtina como para inmortalizar el drama sufrido en aquellos años por la Iglesia de Roma. Todos comprendieron que se trataba de un castigo del Cielo. No faltaron avisos premonitorios, como un rayo que cayó en el Vaticano y la aparición de un ermitaño, Brandano da Petroio, venerado por las multitudes como «el loco de Cristo», que el jueves santo de 1527, mientras Clemente VII bendecía al gentío en San Pedro, gritó: «Bastardo sodomita, por tus pecados Roma será destruida. Confiesa y conviértete, porque dentro de 14 días la ira de Dios se abatirá sobre ti y sobre tu ciudad».

A fines de agosto del año anterior, los ejércitos cristianos habían sido derrotados por los otomanos en Mohacs. El rey Luis II Jagelón de Hungría murió en la batalla, y el ejército de Soleimán el Magnífico ocupó la capital, Buda. La avalancha islámica sobre Europa parecía incontenible. Y aun así, como siempre, la hora del castigo fue también la de la misericordia. Los hombres de Iglesia comprendieron la insensatez que era dejarse llevar por las tentaciones de placer y poder. Tras el terrible saqueo, la vida cambió radicalmente.

La Roma alegre del Renacimiento de transformó en la Roma austera y penitente de la Contrarreforma. Entre los que habían padecido el Saco se encontraba Gian Matteo Giberti, obispo de Verona, que a la sazón residía en Roma. Prisionero de los asaltantes, juró que jamás abandonaría su residencia episcopal si lo liberaban. Cumplió su palabra: regresó a Verona y dedicó todas sus energías a la reforma de su diócesis hasta que falleció en 1543.

San Carlos Borromeo, que después sería el modelo de la Reforma católica para los obispos, se inspiró en su ejemplo. También estaban en Roma Carlo Carafa y San Cayetano de di Thiene, que en 1524 habían fundado la orden de los teatinos, instituto religioso que fue objeto de burlas por su intransigente postura doctrinal y por el abandono a la Divina Providencia, por el que llegaban al extremo de contar con que recibirían limosnas sin pedirlas siquiera. Ambos cofundadores fueron hechos prisioneros y torturados por los lansquenetes, y se libraron milagrosamente de la muerte.

Cuando Caraffa fue creado cardenal y comisario general del primer tribunal del Santo Oficio, llamó a su lado a otro santo, el dominico Michele Ghislieri. Tanto Carafa como Ghislieri, con los nombres respectivos de Paulo IV y Pío V, serían más tarde los papas por excelencia de la Contrarreforma del siglo XVI. El Concilio de Trento (1545-1563) y la victoria de Lepanto contra los turcos (1571) demostraron que, también en los momentos más oscuros de la historia, es posible renacer con la ayuda de Dios: pero el origen de ese renacer estuvo en el castigo purificador del Saco de Roma.

Roberto de Mattei

[Traducido por J.E.F]

Fuente: Adelante la Fe