martes, 23 de junio de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXII)


CAPÍTULO 32 

Declarase más lo sobredicho 

Hemos dicho que el tercer grado de humildad y cuando uno, teniendo grandes virtudes y dones de Dios y estando en grande honra y estimación, no se ensoberbece en nada ni se atribuye a sí cosa alguna sino todo lo refiere y atribuye a su misma fuente, que es Dios, dándole a Él la gloria de todo, y quedándose él entero en su bajeza y humildad, como si no tuviese ni hiciese nada. No queremos por esto decir que nosotros no obremos también y tengamos parte en las buenas obras que hacemos, que eso sería ignorancia y error. Claro está que nosotros y nuestro libre albedrío concurre y obra juntamente con Dios en la buenas obras; porque libremente da el hombre consentimiento en ellas, y por eso obra el hombre, y en su mano está no obrar. Antes eso es lo que hace tan dificultoso este grado de humildad, porque por una parte hemos nosotros de hacer todas nuestra diligencias y poner todos los medios que pudiéremos para alcanzar la virtud, y para resistir a la tentación y para que el negocio suceda bien, como si ellos solos bastasen para ello; y por otra, después de haber hecho eso, hemos de desconfiar de todo ello como si no hubiéramos hecho nada, y tenernos por siervo inútiles y sin provecho, y poner toda nuestra confianza en solo Dios, como nos lo enseña Él en el Evangelio (Lc., 17, 10): Después que hubiereis hecho todas las las cosas que os son mandadas (no dice alguna; sino todas), decid: Siervos somos sin provecho [lo que estábamos obligados a hacer, hicimos]. Pues para acertar a hacer esto, virtud es menester, y no poca. Dice Casiano: «El que llegare a conocer bien que es siervo sin provecho, y que no bastan todos sus medios y diligencias para alcanzar bien alguno, sino que ha de ser dádiva graciosa del Señor, éste tal no se ensoberbecerá cuando alcanzase algo, porque entenderá que no lo alcanzó por su diligencia, sino por gracia y misericordia de Dios, que es lo que dice San Pablo (1 Cor., 4, 7): ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?» 

San Agustín trae una buena comparación para declarar esto: dice que nosotros sin la gracia de Dios no somos otra cosa sino lo que es un cuerpo sin alma. Así como un cuerpo muerto no se puede mover ni menear, así nosotros sin la gracia de Dios no podemos obrar obras de vida y valor delante de Dios. Pues así como sería loco un cuerpo que se atribuyese a sí el vivir y el moverse, y no al ánima, que en él está y le da la vida, así sería muy ciega el ánima que las buenas obras que hace las atribuyese a sí misma y no a Dios, que le infundió el espíritu de vida, que es la gracia para que las pudiese hacer, y en otra parte dice que así como los ojos corporales, aunque estén muy sanos, si no son ayudados de la luz no pueden ver, así el hombre, aunque sea muy justificado, si no es ayudado de la luz y gracia divina, no puede vivir bien. Si el Señor no guarda bien la ciudad, dice David (Sal., 126, 1), en vano vela el que la guarda. Dice el Santo: «¡Oh si se conociesen ya los hombres, y acabasen de entender que no tienen de qué gloriarse en sí sino en Dios! ¡Oh si nos enviase Dios una luz del Cielo con la cual, quitadas las tinieblas, conociésemos y sintiésemos que ningún bien, ni ser, ni fuerza hay en todo lo criado más de aquello que el Señor de su graciosa voluntad ha querido dar y quiere conservar!» Pues en esto consiste el tercer grado de humillad, sino que no llegan nuestras cortas palabras a acabar de declarar la profundidad y perfección grande que hay en él, por más que lo andemos diciendo, ahora de una manera, ahora de otra; porque no sólo la práctica, sino también la teórica de él es dificultosa. Esta es aquella aniquilación de sí mismos, tan repetida y encomendada de los maestros de la vida espiritual; éste es aquel tenerse y confesarse por indigno e inútil para todas las cosas, que San Benito y otros Santos ponen por perfectísimo grado de humildad; ésta es aquella desconfianza de sí mismo, y aquel estar colgados y pendientes de Dios, tan encomendado en las sagradas letras; éste es el verdadero tenerse en nada, que a cada paso oímos y decimos, si lo acabásemos de sentir así con el corazón. Que entendamos y sintamos con verdad y prácticamente, como quien lo ve con los ojos y lo toca y palpa con las manos, que de nuestra parte no tenemos, ni podemos, sino perdición y pecados, y que todo el bien que tuviéremos y obráremos no lo tenemos ni obramos de nosotros, sino de Dios, y que suya es la honra y gloria de todo. 

Y si aun con todo esto no acabáis de entender la perfección de este grado de humildad, no os espantéis; porque es ésta una teología muy alta, y así no es mucho que no se entienda tan fácilmente. Dice muy bien un doctor, que en todas las artes y ciencias acontece esto, que las cosas comunes y claras cualquiera las sabe y entiende; pero las sutiles y delicadas no todos las alcanzan, sino solamente aquellos que son eminentes en aquella arte o ciencia; así acá, las cosas comunes y ordinarias de la virtud cualesquiera las entiende; pero las particulares y sutiles, las altas y delicadas, no las entienden sino los que son eminentes y aventajados en aquella virtud. Y esto es lo que dice San Laurencio Justiniano, que ninguno conoce bien qué cosa es humildad, sino aquel que ha recibido de Dios ser humilde. Y de aquí es también que los Santos, como tenían profundísima humildad, sentían y decían tales cosas de sí, que los que no llegamos allá no las acabamos de entender y nos parecen encarecimientos y exageraciones; como que eran los mayores pecadores de cuantos había en el mundo, y otras semejantes, como luego diremos. Y si nosotros no sabernos decir ni sentir estas cosas, ni aun las acabamos de entender, es porque no hemos llegado a tanta humildad como ellos, y así no entendemos las cosas sutiles y delicadas de ésta facultad. Procurad vos ser humilde e ir creciendo en esta ciencia y aprovechar más y más en ella, y entonces entenderéis cómo se pueden decir con verdad estas cosas. 


 EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
 Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

domingo, 21 de junio de 2015

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN



Señor Jesús, que me conozca a mi 
y que te conozca a Ti,
Que no desee otra cosa sino a Ti.
Que me odie a mí y te ame a Ti.
Y que todo lo haga siempre por Ti.
Que me humille y que te exalte a Ti.
Que no piense nada más que en Ti.
Que me mortifique, para vivir en Ti.
Y que acepte todo como venido de Ti.
Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.
Que siempre escoja seguirte a Ti.
Que huya de mí y me refugie en Ti.
Y que merezca ser protegido por Ti.
Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.
Que sea contado entre los elegidos por Ti.
Que desconfíe de mí y ponga toda mi confianza en Ti.
Y que obedezca a otros por amor a Ti.
Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.
Que quiera ser pobre por amor a Ti.
Mírame, para que sólo te ame a Ti.
Llámame, para que sólo te busque a Ti.
Y concédeme la gracia 
de gozar para siempre de Ti. Amén.

sábado, 13 de junio de 2015

FÁTIMA ROMA MOSCÚ: INFILTRACIÓN COMUNISTA




INFILTRACIÓN COMUNISTA

La crisis de la Iglesia Católica desatada por el Concilio se había preparado, sin embargo, desde mucho tiempo antes. En lo que es conocido como el Segundo Secreto de Fátima, la Santísima Virgen había advertido: "Si se hace lo que yo os diré, muchas almas se salvarán [...], Rusia se convertirá y se tendrá la paz. Si no, ella [Rusia] propagará sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas." El Papa Pío XI había sido informado del pedido de consagración en los años 1930-1931 pero, como ya se mencionó, se negó a realizarla. Las funestas consecuencias de este rechazo no se hicieron esperar: en efecto, ya en tiempo de la Guerra Civil Española se produjo una fuerte infiltración comunista en la iglesia. Si el veneno comunista pudo penetrar hasta la Jerarquía Eclesiástica es entonces porque los Papas desoyeron a la Madre de Dios. Al respecto, algunas citas:

"Pero lo que vino después fue aún peor: durante estos años, Moscú comenzó a ordenar a todos los partidos comunistas del mundo que infiltraran los seminarios católicos. En Francia, esta infiltración comenzó en 1936, como lo atestigua Henri Barbé. 'En Le Figaro [famoso diario conservador] había una columna anticomunista que estaba firmada por XXX y en la cual se publicaba aquello que en L'Humanité [otro connotado diario] se callaba a los lectores. La mayoría de los artículos eran escritos por Henri Barbé, un [convertido] ex líder del aparato comunista internacional. Uno de estos artículos daba información acerca de la política del partido, que databa de 1936 y que consistía en que jóvenes militantes comunistas entraran a los seminarios sacerdotales((1). Esta política de infiltración fue practicada en gran escala. 'En 1949 Pío XII admitía que, según lo que él sabía, había aproximadamente 2.000 sacerdotes que habían sido infiltrados en la Iglesia por los comunistas. Y diez años después, la Policía de Investigaciones (Police des Renseignements Généraux) de París, calculaba que [solamente] en Francia había 300 sacerdotes ve se habían infiltrado en la Iglesia y que pertenecían al Partido Comunista" (2).

A la luz de estas informaciones se entiende mejor cómo fue posible la política de concesiones a cualquier precio frente al comunismo, la cual se conoce bajo el nombre de Política hacia el Este, y que fue practicada por Juan XXIII a partir de 1960, año en que debía ser revelado el Tercer Secreto. Como fruto de enormes concesiones, Juan XXIII obtuvo sólo un notoriamente burlesco gesto de buena voluntad, a saber, la liberación del Arzobispo de Lvov (Ucrania), Joseph Slipyi, desde el Gulag, y su traslado al oeste. Justamente este Arzobispo, quien fue elevado a cardenal en 1965, se convertirá en el grano de arena que va a entorpecer el funcionamiento de la bien aceitada maquinaria de la Política hacia el Este vaticana. El Cardenal Slipyi no cesaría, hasta su muerte, de oponerse pública y oficialmente a esta política"(3).

Luigi Marinelli confirma estos datos:

"La amenaza comunista fue subestimada durante el pontificado de Pablo VI. Lenín era partidario de que un secretario del Partido Comunista en un estado católico, si se daba el caso, debía incluso tomar el hábito franciscano para cumplir su misión. En el año 1935, los servicios secretos informaron que aproximadamente 1.000 estudiantes comunistas se habían introducido en los seminarios y noviciados de Europa occidental, donde fingían llevar una vida religiosa y se preparaban para ser sacerdotes. El partido pretendía ubicarlos posteriormente en los centros vitales de la Iglesia. El fenómeno se extendió más y más, hasta que en los años sesenta y setenta se produjeron fuertes disputas en los seminarios y noviciados, entre los sacerdotes obreros y los otros".(4)

Además de esta infiltración de los años 1935/36, tuvo lugar una segunda ola después de la guerra: S. E. Monseñor Bernard Fellay, durante una conferencia en la fiesta de Cristo Rey, en 1998, informó:

"Si la Iglesia se encuentra en una situación como la de hoy, es entonces debido a la penetración en ella de los poderes, o más bien de los enemigos, que también actúan en la sociedad: masones, comunistas y progresistas. La OTAN preparó en 1974 un informe secreto en el cual estima que la fuerza secreta de la KGB que ha penetrado en la Iglesia, es decir, en la Jerarquía de la Iglesia asciende a 3.000 individuos: 3.000 agentes en la Jerarquía de la Iglesia"(5).

Hans Graf Huyn explica cómo la Iglesia Ortodoxa, las distintas comunidades religiosas en el Este, las iglesias protestantes y, especialmente, el Consejo Mundial de Iglesias fueron infiltrados por los comunistas después de la guerra. Respecto de la Iglesia Católica informa:

"El Congreso Mundial Comunista realizado en Moscú en 1969, califica a la Iglesia Católica como un objetivo principal para la infiltración soviética: `La Iglesia Católica y algunas otras religiones se encuentran en una crisis ideológica que estremece sus concepciones y estructuras establecidas durante siglos. En algunos países se desarrollan actividades y obras en colaboración entre los comunistas y las grandes masas democráticas de los católicos, como también con los simpatizantes de otras religiones. Su diálogo acerca de problemas tales como: guerra y paz, capitalismo y socialismo, neocolonialismo y países en desarrollo, ha alcanzado gran actualidad. Sus acciones conjuntas en contra del imperialismo, en favor de la democracia y del socialismo, revisten cada vez mayor importancia. Los comunistas están convencidos que justamente siguiendo este camino de amplios contactos y de acciones conjuntas, la gran masa de fieles será una fuerza activa en la lucha antiimperialista y en la realización de profundas transformaciones'. [...] Acerca del trabajo de los grupos Pax en Europa occidental, Pierre de Villemarest informa: 'Sus agentes ya están trabajando en Francia, Bélgica, Suiza, Holanda y Alemania. Aquí se trata de comunistas que han entrado a las Órdenes religiosas por instrucciones del partido, o de sacerdotes que se han convertido secretamente al comunismo, o de periodistas y escritores. [...] Esta lenta penetración de las Iglesias, que pretende una descomposición desde adentro y una revisión de sus dogmas fundamentales, está acompañada de un trabajo subversivo que tiene un claro carácter de espionaje. [...] El núcleo oculto es envuelto por círculos concéntricos progresivamente más estrechos. En el borde más externo se trata solo de campañas por la paz, de la liberación de los pueblos, de la disolución de los bloques, etc. Más adentro actúan organizaciones de especialistas en cuestiones religiosas. Estas deben ganar la confianza del clero superior e inferior; hacer fichas de los cardenales, obispos, sacerdotes, comunidades y agrupaciones; rastrear a posibles agentes y denunciar a los peligrosos fascistas y otros integristas. Finalmente, en el centro, se encuentran las verdaderas redes de espionaje. A la actividad del servicio de informaciones de la KGB soviético, corresponde también el intento de penetración del núcleo de la Iglesia Católica, el Vaticano"(6).

Los ocultos intentos de infiltración del movimiento Pax en Francia, no obstante, se hicieron públicos en 1964, aunque inicialmente los obispos hubiesen rechazado toda crítica a este movimiento(7). Jean Ousset, gran luchador por la realeza social de Jesucristo, cita el siguiente resumen de un instructivo para estos sacerdotes espías:

"Nuestros camaradas seguirán las directivas del jefe del Partido y deberán encontrar la forma de entrar en el corazón mismo de cada iglesia. Se pondrán al servicio de la nueva policía secreta y desarrollarán una efectiva labor en el núcleo de todas las actividades eclesiásticas. Desencadenarán un ataque en gran escala, darán todo de sí, incluso invocarán la ayuda de Dios y para lograr su objetivo, formarán un frente común y se servirán del gran encanto femenino. Para alcanzar este objetivo, para dividir las iglesias desde dentro, y para poner en oposición a las distintas organizaciones eclesiásticas, la organización del partido ha acordado [...I nueve puntos [...que] conciernen los servicios del Partido en el exterior."(8)

El 18 de agosto de 1962, como ya se ha mencionado en el párrafo sobre Pablo VI, se llegó a un acuerdo con un mediador del Patriarca de Moscú, leal al gobierno. Como producto de esta negociación, el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo; e incluso, se llegó hasta el extremo de no querer condenar absolutamente nada, lo cual propició el cambio de rumbo de la Iglesia.

Con esta exposición no pretendemos decir que todo el mal en la Iglesia provenga únicamente de espías infiltrados en ella. Para remitirnos a una imagen, podríamos decir que es como en una enfermedad: si por un enfriamiento del organismo (tibieza en la espiritualidad, abandono del fervor en la vida de oración y del espíritu de penitencia y sacrificio) han bajado las defensas del cuerpo, entonces se puede originar una seria infección por bacterias (infiltración de herejías y de las hostiles ideas masónicas y comunistas), la cual originará una enfermedad grave. La actual crisis de Fe es, básicamente, producto de una crisis de la Iglesia que surge desde dentro y no de un ataque externo; pero, innegablemente, ha sido provocada en una considerable medida por "falsos" sacerdotes, lobos disfrazados de ovejas que, como malignas bacterias, infectan hasta la cumbre misma de la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Jesucristo, el cual, a pesar de ser indeleble por su esencia es, en sus miembros y en su parte visible, susceptible de ataques del adversario de Dios y de sus cómplices.
Tampoco hay que negar ni subestimar la infiltración masónica y su influencia en la Iglesia. La virulenta crisis actual, como ya se ha dicho, es consecuencia de la influencia protestante, masónica y comunista. León XIII publicó ya en el siglo XIX los planes de los Carbonari masónicos, quienes, ya durante el transcurso de ese siglo, pretendían infiltrase en la Iglesia hasta el punto de conseguir la elección de un Papa que representara sus ideas, aunque sin pertenecer directamente, por cierto, a su sociedad secreta.

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(1) Madiran, Jean, en: Itinéraires, n° 227, noviembre de 1978, p. 151.
(2) Introibo, Bulletin de liaison des membres de I'Association Noël Pinot, Angers, n° 4, 1974, P. 7.
(3) Nouvelles de Chrétienté, Bulletin Saint Jean Eudes, n° 56, junio/julio 2000, pp. 17 s.

(4) Marinelli, Luigi, I Millenari. Wir klagen an, Berlin 1999, p. 258.
(5) Fellay, Mons. Bernard, Ist eine christliche Gesellschaft heute noch möglich?, Conferencia en la fiesta de Cristo Rey en Friburgo (Alemania), 24 de oct. de 1998.

(6) Huyn, Hans Graf, Ihr werdet sein wie Gott, München 1988, pp. 200 s.
(7) Cfr.: Schönberger, Andreas, Sowjetspionage in der Kirche. Affüre Pax schlügt neue Wellen in Frankreich und in Polen, en: Deutsche Tagespost, 30/31 oct. 1964, pp. 1 s.
(8) Ousset, Jean, Marxisme et Révolution, París 1973, pp. 161 s.


Fátima Roma Moscú
Padre Gérard Mura

jueves, 11 de junio de 2015

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE DEBEMOS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR 
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.
Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.
Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).
Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.
Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discípula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.
Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros»(6),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine(7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran(8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.
Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.
Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.


LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN

5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.
Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.
Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.
Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración(9), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.
Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira»(10).
En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.

Expiación de Cristo

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí»(11). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(12); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»(13); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz»(14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia»(15).

Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo

7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados» (16); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia(17), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»(18); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios»(19). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio»(20).
Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(21), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias(22), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia»(23), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús»(24), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados»(25).
Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar(26), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio»(27), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios»(28).
Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor»(29). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad»(30).
Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

Comunión Reparadora y Hora Santa

9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.
Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.

Consolar a Cristo

10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»(31).
Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas»(32) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio»(33). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo(34) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé»(35).

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia

11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín(36): «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos»(37), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues»(38); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro»(39), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros(40).

Necesidad actual de expiación por tantos pecados

12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo»(41). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia(42). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora»(43).
Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicía desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos»(44).

El ansia ardiente de expiar

13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia»(45), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.
Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.


LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Causa de muchos bienes

14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron»(46), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón»(47); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo»(48), tarde y en vano lloren sobre E1(49).
Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?»(50); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia»(51).
Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.

La Virgen Reparadora

15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres»(52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.

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ORACIÓN EXPIATORIA

AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS




Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.

A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.



Notas
1. Mt 28,20.
2. Sab 8,1.
3. Is 59,1.
4. Col 2,3.
5. Gén 2,14.
6. Lc 19,14.
7. 1 Cor 15,25.
8. Ef 1,10.
9. S. Th. II-II q.81, a.8c.
10. Ef 2,3.
11. Heb 10,5.7.
12. Is 53,4-5.
13. 1 Pe 2,24.
14. Col 2,14.
15. 1 Pe 2,24.
16. Col 2,13.
17. Col 1,24.
18. Conc. Trid., sess.22 c.2.
19. Rom 12,1.
20. Epist. 63 n.381.
21. 2 Cor 4,10.
22. Cf. Gál 5,24.
23. 2 Pe 1,4.
24. 2 Cor 4,10.
25. Heb 5,1.
26. Mal 1-2.
27. 1 Pe 2,9.
28. Heb 5,1.
29. Ef 4,15-16.
30. Jn 17,23.
31. In Ioan. tr.XXVI 4.
32. Is 53,5.
33. Is 5.
34. Lc 22,43.
35. Sal 68,21.
36. In Ps. 86.
37. Hech 91,1.
38. Hech 5.
39. 1 Cor 12,27.
40. Ibíd.
41. 1 Jn 5,19.
42. 2 Pe 2,2.
43. 2 Tes 2,4.
44. Mt 24,12.
45. Rom 5,20.
46. Jn 19,37.
47. Is 46,8.
48. Mt 26,64.
49. Cf. Ap 1,7.
50. Sal 19,10.
51. Lc 15,4.
52. Tim 2,3