martes, 28 de julio de 2015

PROFECÍAS DE SAN FRANCISCO DE PAULA SOBRE EL GRAN MONARCA (Video)





MONS. LEFEBVRE: DECLARACIÓN SOBRE LA NUEVA MISA




Nota: el siguiente texto forma parte de la "Declaración sobre la nueva misa y el Papa", por Mons. Lefebvre, de 8-11-79; que tenemos en edición impresa. Hemos destacado ciertos pasajes con negrita.

En el transcurso de estos diez años he tenido ocasión de responder muchas veces a preguntas que son muy graves. Me he esforzado siempre en permanecer dentro del espíritu de la Iglesia, conforme a sus principios teológicos, que expresan su fe, y a su prudencia pastoral, manifestados dentro de la teología y a través de la experiencia de su historia.

Creo poder decir que no he cambiado de opinión sobre estos temas, y que este pensamiento es afortunadamente el de la gran mayoría de los sacerdotes y fieles adictos a la Tradición infalible de la Iglesia. Ciertamente, las siguientes líneas son insuficientes para hacer un estudio exhaustivo de estos problemas. Pero se trata más que nada de exponer claramente algunas conclusiones para no equivocarse sobre las orientaciones y pensamientos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.


Sobre la nueva Misa.

Respecto a la nueva Misa, destruyamos de inmediato esta idea absurda: si la nueva Misa es válida, se puede tomar parte en ella. La Iglesia siempre ha prohibido a los fieles asistir a las Misas de los cismáticos y de los herejes, aunque sean válidas. Es evidente que no se puede participar en Misas sacrílegas, ni en Misas que ponen nuestra fe en peligro.

Además, es fácil demostrar que la nueva Misa, tal como ha sido formulada por la Comisión de Liturgia, con todas las autorizaciones dadas oficialmente por el Concilio, y con todas las explicaciones dadas por Monseñor Bugnini, presenta un acercamiento inexplicable a la teología y culto de los protestantes.

Así, por ejemplo, no aparecen muy claros, y hasta se contradicen, los dogmas fundamentales de la Santa Misa, que son los siguientes: • el sacerdote es el único ministro; • hay verdadero sacrificio, una acción sacrificial; • la víctima es Nuestro Señor Jesucristo, presente en la hostia bajo las especies de pan y vino, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad; • es un sacrificio propiciatorio; • el Sacrificio y el Sacramento se realizan con las palabras de la Consagración, y no con las palabras que preceden o siguen.

Basta enumerar algunas de las novedades para demostrar el acercamiento a los protestantes: • el altar transformado en mesa, sin el ara; • la Misa cara al pueblo, en lengua vernácula, en voz alta; • la Misa tiene dos partes: la Liturgia de la Palabra y la de la Eucaristía; • los vasos sagrados vulgares, el pan fermentado, la distribución de la Eucaristía por laicos, en la mano; • el sagrario escondido; • las lecturas hechas por mujeres; la Comunión dada por laicos.

Todas estas novedades están autorizadas.

Se puede pues decir sin ninguna exageración que la mayoría de estas Misas son sacrílegas y disminuyen la fe, pervirtiéndola. La desacralización es tal que la Misa se expone a perder su carácter sobrenatural, su «misterio de fe», para convertirse en un acto de religión natural nada más.

Estas Misas nuevas no sólo no pueden ser motivo de obligación para el precepto dominical, sino que además, con relación a ellas, hay que seguir las reglas de la Teología moral y del Derecho Canónico, que son las de la prudencia sobrenatural con relación a la participación o asistencia a una acción peligrosa para nuestra fe o eventualmente sacrílega.

¿Hay que decir entonces que todas esas Misas son inválidas? Desde que existen las condiciones esenciales para la validez, es decir, la materia, la forma, la intención y el sacerdote válidamente ordenado, no se puede afirmar que sean inválidas. Las oraciones del Ofertorio, del Canon y de la Comunión del sacerdote, que se agregan a la Consagración, son necesarias para la integridad del Sacrificio y del Sacramento, pero no para su validez. El Cardenal Mindszenty en la prisión, que a escondidas de sus guardias pronunciaba las palabras de la Consagración sobre un poco de pan y de vino para alimentarse del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, realizaba ciertamente el Sacrificio y el Sacramento.

Mas a medida que la fe de los sacerdotes se corrompa y dejen de tener la intención de la Iglesia (porque la Iglesia no puede cambiar de intención), habrá menos Misas válidas. La formación actual no prepara a los seminaristas para asegurar la validez de las Misas. El sacrificio propiciatorio de la Misa ya no es el fin esencial del sacerdote. Nada más decepcionante y triste que oír los sermones o comunicados de los obispos sobre la vocación, a raíz de una ordenación sacerdotal. Ya no saben lo que es un sacerdote.

Para juzgar de la falta subjetiva de quienes celebran la nueva Misa y de quienes asisten a ella, debemos aplicar la regla del discernimiento de espíritus según las directivas de la teología moral y pastoral. Debemos obrar siempre como médicos de almas y no como jueces y verdugos, como se sienten tentados a hacerlo quienes están animados por un celo amargo y no por el verdadero celo. Los sacerdotes recién ordenados han de inspirarse en las palabras de San Pío X en su primera Encíclica, y en los numerosos textos de autores espirituales tales como Dom Chautard en «El alma de todo apostolado», el Padre Garrigou-Lagrange en el tomo II de «Perfección cristiana y contemplación», y Dom Marmion en «Cristo, ideal del Monje».

miércoles, 22 de julio de 2015

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 35


PISADAS DE CRISTO
Año 1250 Gaeta Italia

En el convento de Franciscanos de Gaeta, dos Religiosos que se preparaban para comulgar en el día de Jueves Santo del año 1250, fueron enviados a pedir de limosna el pan de que tanto necesitaban.

De vuelta al Convento, ya la Misa había terminado, lo que les ocasionó un gran sentimiento por verse privados del Pan de los ángeles en tan solemne día. Se fueron luego a la iglesia para hacer una visita a Jesús Sacramentado, y allí al pié del altar, le expusieron sus amorosas quejas, diciendo: «Por obedecer, nos hemos visto privados del consuelo de recibiros, no nos privéis al menos de vuestra divina bendición». ...Al momento vieron salir del altar del Monumento un varón lleno de majestad y modestia, que con indecible ternura les dice: -Yo soy el Salvador a quien invocáis: he escuchado vuestros deseos y voy cumplirlos-. Jesucristo dio la Comunión a cada uno de ellos, y en acabando desapareció.

Se quedaron los dos Religiosos absortos y enajenados de santo gozo por un favor del cielo tan singular, y al volver de su asombro advirtieron un nuevo prodigio. Jesús había dejado impresas en el pavimento del altar las huellas de sus sagrados pies.

El pueblo en masa se apresuró a contemplarlas, conservándose hasta ahora circundadas de una verja, para constante veneración de los fieles.


(Bolandistas citados por D. Camilo Ortúzar, Pbro, en su Catecismo
en ejemplos, pág. 950).

P. Manuel Traval y Roset

lunes, 20 de julio de 2015

R.P. CARDOZO - ¿POR QUÉ CONDENAR FORMALMENTE EL CONCILIO VATICANO II?





CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
de las Misiones Católicas Cristo Rey y rechazo del Concilio Vaticano II


Prosternados al pie de vuestro Trono de Gracia, oh Reina del Santísimo Rosario, nos proponemos cumplir, en cuanto está de nuestra parte, los pedidos que has expresado al venir apareciéndote a nosotros en Fátima.

Los abominables pecados del mundo, la inicua proliferación de los vicios contra natura, los ataques a la familia y a la vida humana en todos sus estadios, el avance del comunismo, las persecuciones dirigidas contra la Iglesia de Jesucristo, la apostasía de las naciones y el olvido por parte de la mayoría de los hombres de tu maternidad de gracia destrozan tu Corazón doloroso e Inmaculado, tan unido en su Compasión a los sufrimientos del Sagrado Corazón de tu divino Hijo.

Con el fin de reparar tantos crímenes, Tú has pedido el establecimiento de la devoción reparadora a tu Corazón Inmaculado. Con la finalidad de detener los flagelos de Dios que has predicho, te constituiste en la mensajera del Altísimo para requerir del Vicario de Jesucristo, unido a todos los Obispos del mundo, la consagración de Rusia a tu Corazón Inmaculado. Desgraciadamente, no han tenido en cuenta todavía tu mensaje.

Dígnate, pues, oh Madre de Dios, aceptar en primer lugar el acto solemne de reparación que presentamos a tu Corazón Inmaculado por todas las ofensas con que él, junto al Sagrado Corazón de Jesús, es destrozado por parte de los pecadores y de los impíos.

En segundo lugar, en cuanto está en nuestro poder, damos, entregamos y consagramos Rusia a tu Corazón Inmaculado.

Te consagramos también nuestras Misiones, en particular esta misión de.………………………., sus sacerdotes y fieles para que ellas sean bastiones de la Fe y en todo busquemos la santidad y el reino de Cristo.

Siguiendo el consejo evangélico de “Por los frutos los conoceréis…”, (Mt. 7,16), y en base a los abundantes y nefastos frutos cosechados en los últimos 50 años, con objeto de poner fin en lo que está de nuestra parte, queremos de manera expresa, sin atribuirnos una autoridad que no nos pertenece, más penetrados de solicitud por la suerte de la Iglesia universal, hacer junto a este acto una CONDENA FORMAL de TODO el CV II, fuente, origen, alimento de todo el modernismo que hoy campea en la Iglesia, de modo que protestamos, en tanto católicos y en defensa de nuestra Fe y de las generaciones futuras, rechazar ABSOLUTAMENTE el mentado concilio pastoral que tanto daño ha causado a las almas y, para evitar que se extienda, lo consideramos cismático, sospechoso de herejía y nulo en razón de sus numerosos errores y totalmente ajeno al Magisterio de la Iglesia; esperando sea condenado formalmente como un inicuo conciliábulo en un tiempo no lejano por las debidas autoridades. Por tanto en nuestras misiones queda absolutamente sin valor alguno el tal Concilio, así como también aquellas obras que se derivaron de él, como el NOM, el CDC del 1983, el catecismo moderno(1992) con todos los demás documentos pos-conciliares que contrarían al Magisterio y Tradición de la Iglesia.(*)

Nos, in perpetuo, nos consagramos a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, Reina y madre nuestra, para que todas las naciones, en paz con Dios y unos con otros os proclamen Beatísima y entonen de un extremo a otro de la tierra el “Magníficat” de gloria, de amor y de reconocimiento al Corazón de Jesús, en el cual solamente pueden encontrar la Verdad, la Vida y la Paz.

Amén.

(*) Cns. 2314,2316, y 2317.
Ipatinga 7-2015













EL TERCER SECRETO DE FÁTIMA ADVIRTIÓ CONTRA EL CONCILIO VATICANO II Y LA NUEVA MISA (Video)




LA GRAN BLASFEMIA

SYLLABUS

Momento en que el blasfemo Francisco ofende a la Sma. Virgen, colocando a la imagen de la Virgen de Copacabana las condecoraciones recibidas (con el símbolo comunista) gustosamente por parte del marxista Evo Morales.








Oración de Francisco al hacer esta entrega (el texto entre paréntesis es nuestro):

“El Señor Presidente de la Nación en un gesto de calidez ha tenido la delicadeza (sic) de ofrecerme dos condecoraciones en nombre del pueblo boliviano. Agradezco el cariño del pueblo boliviano y agradezco esta fineza (sic), esta delicadeza (sic) del Señor Presidente y quisiera dejar estas dos condecoraciones a la Patrona de Bolivia, a la Madre de esta noble Nación para que Ella se acuerde siempre de su pueblo y también desde Bolivia, desde su Santuario, donde quisiera que estuvieran, se acuerde del Sucesor de Pedro y de toda la Iglesia, y desde Bolivia la cuide.

Madre del Salvador y Madre nuestra, tu, Reina de Bolivia, desde la altura de tu Santuario en Copacabana, atiendes a las súplicas y a las necesidades de tus hijos, especialmente de los más pobres y abandonados, y los proteges.

Recibe como obsequio del corazón de Bolivia y de mi afecto filial los símbolos del cariño (¡sic! La hoz y el martillo son un símbolo de odio) y de la cercanía que –en nombre del Pueblo boliviano– me ha entregado con afecto cordial (sic)  y generoso el Señor Presidente Evo Morales Ayma, en ocasión de este Viaje Apostólico, que he confiado a tu solicita intercesión.

Te ruego que estos reconocimientos, que dejo aquí en Bolivia a tus pies, y que recuerdan la nobleza del vuelo del Condor en los cielos de los Andes y el conmemorado sacrificio(¡sic! Fue un marxista que alentó la guerrilla: “Quien ama el peligro, perecerá en él”)del Padre Luis Espinal, S.I., sean emblemas del amor perenne y de la perseverante gratitud del Pueblo boliviano a tu solicita y fuerte ternura (¡una burla! ¿Cómo se relacionan el odio comunista y ateo con “solicita y fuerte ternura” de la Virgen?).


En este momento pongo en tu corazón mis oraciones por todas las peticiones de tus hijos, que he recibido en estos días (¡renuncia! ¡hazte “papa emérito”! ¡vuélvete al lugar de donde saliste! ¡conviértete!): te suplico que les escuches; concede a ellos tu aliento y tu protección, y manifiesta a toda Bolivia tu ternura de mujer y Madre de Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.  

jueves, 16 de julio de 2015

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 40


SE REDUCE UN OBSTINADO A CONFESARSE LUEGO 
QUE VISTE EL SANTO ESCAPULARIO

Había un opulento comerciante (dice Fr. Juan Bonet), que engolfado todo en sus lucros y ganancias ilícitas, con el afán y solicitud de aquéllos a quien el deseo de aumentarlas trae siempre inquietos, el temor a perderlas, desvelado, y el dolor de dejarlas, taciturnos y macilentos; uno de éstos que por aumentar sus intereses andan noche y día molidos y fatigados, mas, tan ciegamente divertidos, que todo cuanto no sea esto no es para ellos descanso, pues no lo tienen por medro. Este infeliz, esclavo del oro y de la usura, arrastraba una vida misérrima. Y como la salud corporal es delgado y sutil viento que con facilidad se torna o se muda, nave que, cuando más próspera navega, tropieza en el escollo de una mortal enfermedad, enfermó el infeliz corporalmente, mas fue para recobrar la salud del espíritu. Fue creciendo su enfermedad hasta ponerle en tal situación en que aun el más distraído y necio solicita el morir como un buen cristiano. Pero no lo fue así en nuestro hombre, pues con la dolencia creció en él la obstinación, siendo su corazón cual roca granítica contra la que se estrellaron todas las persuasiones y amonestaciones.

Cierto día, su amante esposa, mujer piadosísima, advirtiendo tan cercana su muerte como viva y pertinaz su obstinación, acariciando sus durezas con palabras por demás suaves y amorosas le dijo: "¿No te he de deber siquiera que vistas el Santo Escapulario de la Virgen, en el que yo tengo tanta fe, a fin de que la Santísima Virgen te conceda la salud?" A lo cual le respondió malhumorado el infeliz: "Todo cuanto no sea el confesarme ya sabes que te lo concedo. La piadosa mujer, que era devotísima de la Santísima Virgen, y que llevaba con sumo fervor su Santo Escapulario desde muy niña, viendo un rayo de luz y de esperanza en tal condescendencia, envió sin tardanza a buscar a un Padre Carmelita para que viniese a imponérselo y explicarle los privilegios vinculados a él por la Santísima Virgen. Al punto que lo recibió y sintió sobre su pecho su amorosa caricia, lo besó con suma ternura y respeto y al punto comenzó a decir, entre humilde, confuso y contrito: "Confesión, padre mío, deseo que me absolváis".

¡Oh, mutación extraña y prodigiosa, ella misma nos dice que no pudo ni puede proceder sino de la diestra amorosa del Excelso!

Hizo una ferviente confesión; recibió con grandes muestras de piedad los últimos Sacramentos, y el tiempo que le restó de vida lo empleó en fervorosos actos de amor a Dios y en ordenar cuanto se debía restituir de todo lo mal habido o adquirido durante su vida de comerciante, dando ejemplo, como Zaqueo, de generosidad y de grandeza de alma.

Se conmovió con la novedad todo el pueblo, y fueron innumerables los que asistieron a su sepelio, así de la ciudad como de los pueblos circunvecinos. Al entrar el féretro en la iglesia, como era costumbre en los pasados siglos, se oyó de súbito un horrísono y espantoso trueno, que dejó a todos los circunstantes atemorizados y confusos, al par que unas voces lastimeras y pavorosas repetían de vez en cuando, por los aires: "¡Oh, Escapulario del Carmen, cuántas almas nos arrebatas y de cuantos moradores privas al infierno!" ¡Ah, infernales furias, gemid oprimidas por tan santo yugo; publique, aunque violenta, vuestra infernal soberbia que su virtud os abate y refrena vuestro orgullo, para gloria de la Virgen Santísima, nuestra dulce Madre, que así favorece a sus devotos hijos!

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.

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viernes, 10 de julio de 2015

FRANCISCO DEBE PEDIR PERDÓN




Si los múltiples medios oficiales y oficiosos no se han puesto de acuerdo para fabricar un horrible montaje, todos hemos visto y escuchado a Francisco en Bolivia, este 9 de julio de 2015, diciendo que "la Iglesia tiene que pedir humildemente perdón por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América".

No fue el único extravío grave de palabras y de gestos que tuvo el  Obispo de Roma en este viaje por América del Sur, pero sin dudas es uno de los más escandalosos y ultrajantes.

Ofende a la Verdad Histórica, a la Madre España y, sobre todo, a la Iglesia Católica, de la que se supone es su Pastor Universal. Son, en síntesis, las de Francisco, palabras inadmisibles, cargadas de injusticias, de calumnias, de vejámenes y de oprobio. Palabras mendaces que alimentarán todo el inmenso aparato mundial del indigenismo marxista, y que se sumarán al proceso de deshispanización y de desarraigo espiritual lanzado contra América Hispana. El daño que ya están provocando es incalculable.

Son muchos los historiadores y pensadores de nota que pueden desmentir fácilmente la temeraria afirmación de Francisco, pues la misma no resiste la confrontación con las investigaciones solventes y eruditas.

Hasta nosotros mismos, movidos por el amor filial a la España Eterna y a la Esposa de Cristo, nos hemos ocupado de este tema hace ya muchos años y desde entonces lo venimos haciendo en la escasa medida de nuestras fuerzas.

Por eso nos parece oportuno reflotar un viejo escrito, el cual -aunque publicado hace ya largo tiempo y sin las muchas actualizaciones que cabrían hacerle para mejorarlo-  contiene una síntesis de criterios y de datos que contradicen el sofisma de Francisco. Lo adjuntamos en el presente mail.

El Papa debe pedir perdón. Sin duda. Pero no por los supuestos crímenes contra los supuestos pueblos originarios, sino por haber violado la Verdad para agradar al mundo. Debe pedir perdón a la Iglesia, a la Hispanidad, al Occidente y a la Cátedra de la Cruz, profanada por la hoz y el martillo, cuyo símbolo funestísimo le fue entregado por un patán roñoso, y no tuvo el coraje de quebrar a golpes de báculo.

Recemos por él, como lo pide. Pero recemos asimismo por las víctimas de su docencia errática, confusa, engañosa, sincretista y heretizante. Esas víctimas somos todos nosotros. Nosotros, los fieles de a pie, los bautizados, los simples feligreses y parroquianos. Los católicos, apostólicos, romanos.
               
                                                Antonio Caponnetto


Tres lugares comunes de las leyendas negras

 

Por Antonio Caponnetto

Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.
 Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.
Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta. 
La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu. 
La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos.


 Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altos razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular.
Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras. 
          Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias.
Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente.
 No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas.
 Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos. Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones.
Únicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente -y reprueba- semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos", como decía José Antonio, u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo aeconomicus.
Pero aclaremos un poco mejor las cosas.
Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No sólo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones financieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales.
Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo.
No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación" ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuicios antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Augsburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos. De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.
 Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y materiales que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.
Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por qué España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu.
El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indígena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas. 
Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas malthussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su artículo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable.
Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".
La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicida como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luís Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas.
 La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral", la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia.
La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida. 
Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿dónde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico. Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos, aunque no con simetría axiológica. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante. Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados. 
Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacía otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.
La Hispanidad de Isabel y de Fernando, la del yugo y las flechas prefiguradas desde entonces para ser emblema de Cruzada, no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.