sábado, 3 de septiembre de 2016

RAJOY Y OTEGI, RUMBO A BOGOTÁ



Mariano Rajoy desveló sin querer la fecha de la firma del “acuerdo de paz” de Juan Manuel Santos y las FARC en Colombia. Será el 26 de septiembre. La Prensa colombiana no lo sabía, y la noticia saltó desde España, durante el debate de investidura del candidato del PP. Rajoy está invitado, junto a otros jefes de Gobierno y de Estado. Allí coincidirá con Arnaldo Otegi y los demás representantes de ETA-Bildu invitados de las FARC. Es lo que tiene la paz, que hace extraños compañeros de foto. Rajoy va a aplaudir en Colombia lo que no se atrevería a presentar en España. Tribunales especiales para que los terroristas no tengan que ir a la cárcel. Escaños garantizados a las FARC en el Senado y el Congreso. Circunscripciones especiales para que tengan ventaja en la competencia electoral. Una pensión y seguridad social para los guerrilleros. Toda esa “paz” es lo que Rajoy va a celebrar en Colombia, junto a Bildu-ETA. De paso, le harán juntos la campaña a Juan Manuel Santos para el plebiscito del 2 de octubre. Si es por la paz en Colombia, Rajoy se apunta a un bombardeo sobre las tumbas de las víctimas. Lástima que Aznar y Zapatero negociaran con ETA en Suiza y no en La Habana, bajo el auspicio de la dictadura. Rajoy podría haberse apuntado al viaje. Paz para los crepúsculos que vienen, que cantaba Neruda. (ABC, El Diario, EH-Bildu)

Había una guerra en Colombia, y tú sin enterarte

Unas pocas voces están intentando que los colombianos vayan bien informados al plebiscito del próximo 2 de octubre. Es una traducción difícil y valiosa. El llamado “acuerdo de paz” forma un tocho de casi 300 páginas de apretada prosa cementera, escrita en un oscuro dialecto que solo burócratas y asesinos conviviendo durante cuatro años bajo los cuidados de una dictadura pueden crear. La Prensa internacional, en la mayoría de los casos, está aceptando la visión romántica de la paz. Se invoca retóricamente el recuerdo y la reparación de las víctimas de los dos bandos. Porque hay dos bandos igualmente responsables. Esto es clave en la gran épica del acuerdo. El Estado y los terroristas son moralmente equivalentes. Financial Times titulaba el pasado fin de semana que el acuerdo de La habana “pone fin a la guerra” en Colombia. Había una guerra civil desde hace 52 años en el corazón de América Latina, y FT ha dado al fin la exclusiva. (Financial Times, en inglés)

El mito del “buen revolucionario” es indestructible

El acuerdo –cuentan los grandes medios– pone fin a un “conflicto armado” de más de cincuenta años. La “paz” reconciliará al país y será generosa con los que dejan las armas. Unos guerrilleros algo locuelos, aunque idealistas y bienintencionados, abandonarán la selva y entrarán en las plazas del juego democrático. El mito del “buen revolucionario” descrito por Carlos Rangel es tan antiguo como América, la tierra de la utopía. Cayeron el Muro y la URSS. Cayó la máscara de lana del subcomandante Marcos. Solo quedan Fidel Castro momificado y el socialismo del siglo XXI de Venezuela, que no es sino colas en la panadería y atascos en la morgue. Y ahí sigue el “buen revolucionario”, hoy reciclado en el negocio del narcotráfico a gran escala, el ocio violador y la trata de niños. Nada es tan potente como fuente de inspiración para el periodismo.

No habrá paz (en La Haya) para los malvados

Human Right Watch denunció que el acuerdo de La Habana establece, de hecho, la impunidad de crímenes de lesa humanidad. Hay más de 250.000 muertos, siete millones de desplazados, incontables secuestros, violaciones, alistamiento forzoso de niños en la guerrilla, desaparecidos,… Colombia no puede decidir por su cuenta pasar la página. Colombia ha aceptado someterse a la jurisdicción del Tribunal Penal de La Haya. Las víctimas pueden acudir a ella si los Tribunales Especiales previstos en el acuerdo de paz actúan como tapaderas de la impunidad.

Un plebiscito con las cartas marcadas

El Gobierno pretende que los colombianos digan “sí” a un acuerdo de paz de 300 páginas, en el plebiscito que se celebrará el 2 de octubre. Este miércoles ha dado comienzo la campaña, con las cartas marcadas a favor del “sí”. Los términos del debate se han reducido a paz sí, paz no. ¿Quién no quiere la paz? ¿Qué clase de desalmado votaría “no” a la paz? El Gobierno y su diplomacia internacional, los medios de comunicación globales y las cancillerías internacionales: todos harán campaña por el pacifismo. La firma del acuerdo, el próximo 26 de septiembre, será un descarado mitin a favor del “sí”, montado con el dinero de los contribuyentes. La presencia del Gobierno español es una afrenta a las víctimas. Luego, que no se quejen los españoles si los diarios internacionales llaman “combatientes vascos” a los terroristas de ETA. El esfuerzo por explicar a la población las cláusulas concretas del acuerdo del Gobierno y las FARC se despliega no solo contra el lenguaje retorcido del documento, sino contra la pereza de las grandes voces internacionales para mostrar sus términos y señalar sus consecuencias. Solo unos pocos periodistas y representantes democráticos colombianos lo están intentando. Hace falta inteligencia y generosidad para traducir letra pequeña de un acuerdo que es todo letra pequeña. Nadie podrá decir que no supo lo que iba a votar. La historia no lo aceptará como atenuante. Aquí hay un puñado de colombianos traduciendo lo que su Gobierno y una de las bandas terroristas más sanguinarias del mundo han codificado en un documento turbio, un artefacto verbal pensado para confundir y avasallar. El lenguaje en manos de burócratas y criminales solo puede producir un léxico encubridor y significados oscuros. El castellano o español es tan versátil, que aguanta incluso que lo hagan sonar como un revisor de tren norcoreano.

Fuente: Actuall