martes, 8 de noviembre de 2016

TERREMOTOS Y CASTIGOS DE DIOS


Desde el 24 de agosto de este año, Italia se ha visto sacudida por una serie de violentos movimientos sísmicos. Han pasado dos meses y no dan señales de disminuir. Según los sismólogos, se han producido millares de sismos de diversa intensidad y magnitud. Hasta el momento han causado pocas víctimas, pero han ocasionado graves daños en iglesias y edificios públicos y privados, y causado la pérdida de sus bienes y su vivienda a decenas de millares de italianos.

El movimiento telúrico del pasado 30 de octubre, que ha sido el más grave después del 24 de agosto, se sintió en toda la península, desde Bari hasta Bolzano, y se ha expresado simbólicamente con el derrumbamiento de la catedral de Nursia. La noticia de la destrucción de la basílica ha dado la vuelta al mundo. Apenas queda una frágil fachada de la iglesia que se alzaba sobre el lugar donde estaba la casa natal de San Benito. El resto desapareció estallando en una nube de polvo. Numerosos medios de difusión, como la cadena estadounidense CNN, han puesto de relieve el carácter simbólico del suceso, escogiendo para la página de acceso a su sitio web la imagen de la catedral en ruinas.

Hubo un tiempo en que los hombres eran capaces de captar los mensajes de Dios en todos los sucesos que escapaban a la voluntad de ellos. Todo lo que se sucede tiene, de hecho, un significado, que se expresa en el lenguaje de los símbolos. Un símbolo no es una representación convencional, sino la más profunda expresión del ser de las cosas.

El racionalismo moderno, de Descartes a Hegel, de Marx al neocientifismo, ha querido racionalizar la naturaleza, sustituyendo la verdad del símbolo por una interpretación puramente cuantitativa de la naturaleza. El racionalismo atraviesa actualmente una crisis, pero la cultura postmoderna que bebe de las mismas fuentes intelectuales, desde el nominalismo al evolucionismo, ha creado una nueva simbología, que a diferencia de la antigua no remite a la realidad de las cosas, sino que la deforman como espejos de feria. El código simbólico que se expresa en todas las formas de la comunicación postmoderna, desde los twits a los debates televisivos, tiene por objeto suscitar emociones y sentimientos, negándose a captar la razón íntima de las cosas.

La catedral de Nursia, por ejemplo, es símbolo de arte, de cultura y de fe. Para los medios informativos, su destrucción evoca la pérdida del patrimonio artístico de la Italia central, pero no puede verla como imagen del derrumbe de la fe o de los valores fundamentales de la civilización cristiana.

Por consiguiente, el terremoto, aunque se utilice en el lenguaje corriente para aludir a acontecimientos culturales y sociales, no pueden entenderlo como una intervención divina, porque sólo pueden presentar a Dios como un ser misericordioso, nunca como un ser justo.

Quien habla de castigo de Dios es inmediatamente objeto de difamación mediática, como le ha sucedido al padre Giovanni Cavalcoli, cuyas palabras en Radio María han sido calificadas de «afirmaciones ofensivas para los creyentes y escandalosas para los que no creen» por el Vicesecretario de Estado monseñor Angelo Becciu.

Pero para escándalo el provocado por la toma de posición del prelado vaticano, que demuestra desconocer la teología católica y las enseñanzas de los papas, por ejemplo Benedicto XVI, que en la audiencia del 18 de mayo de 2011, hablando de la intercesión de Abrahán por Sodoma y Gomorra, las dos ciudades bíblicas castigadas por Dios a causa de sus pecados, declaró:

«El Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin contar ni siquiera con unos pocos inocentes de los cuales partir para transformar el mal en bien. Porque es éste precisamente el camino de salvación que también Abrahán pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar el castigo, sino ser liberados del mal que hay en nosotros. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazar a Dios y el amor que ya lleva en sí mismo el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo rebelde: “Tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor tu Dios” (Jer. 2,19)».

¿Como olvidar que entre agosto y septiembre de 2016 se han celebrado los primeros matrimonios civiles en Italia? «Lo reconstruiremos todo», ha declarado el primer ministro italiano Matteo Renzi.

Pero el pasado 23 de julio el mismo Renzi refrendó con su firma el decreto ejecutivo de la Ley 76/2016, conocida como Ley Cirinnà, que legaliza el matrimonio homosexual en Italia. Esta ley supone un terremoto moral, porque derriba los muros de la ley divina natural. Es impensable que una ley tan deplorable no vaya a tener consecuencias. Nadie que tenga dos dedos de frente puede dejar de darse cuenta. Hoy en día el hombre se rebela contra Dios, y a su vez la naturaleza se rebela contra el hombre. Mejor dicho, el hombre se rebela contra la ley natural, que tiene sus cimientos en Dios, y entonces estalla el desorden en la naturaleza.

La ley Cirinnà no destruye las viviendas, pero sí hace pedazos la institución familiar, originando una devastación moral y social igual de grave que la causada materialmente por el terremoto. No puede negársenos el derecho a pensar que el desorden de la naturaleza lo permite Dios a consecuencia de la negación del orden natural efectuada por las clases dirigentes de Occidente. Y dado que los símbolos admiten lecturas diversas, no se puede tildar de equivocados a quienes ven en la fachada de una catedral el símbolo de lo que hoy –considerándolo en su aspecto humano– parece permanecer en pie en la Iglesia Católica: una pila de escombros. Las declaraciones de monseñor Becciu, uno de los más estrechos colaboradores del papa Francisco, constituyen la expresión de un mundo eclesiástico en ruinas que desencadena otras ruinas.

De la promulgación de la exhortación Amoris Laetitia a los honores rendidos a Lutero en Lund, el papa Francisco no ha contribuido desde luego a poner orden en este mundo en ruinas.

El Papa no deja de repetir que no se deben construir muros, sino que es necesario abatirlos: pero los muros se vienen abajo, y con ellos se hunden la fe y la moral católica, y la civilización cristiana, que en Nursia –patria de San Benito– tiene su cuna simbólica.

No obstante, si la catedral está en pedazos, queda en pie frente a ella la estatua de San Benito en el centro de la plaza. En torno a esta estatua se ha congregado un grupo de monjes, monjas y laicos para rezar el rosario. Eso es igualmente un mensaje simbólico que nos habla de la única reconstrucción posible: la que se hace de rodillas, en oración.

Ahora bien, junto a la oración es asimismo necesaria la acción, la lucha, el testimonio público de nuestra fe en la Iglesia y en la civilización cristiana que resurgirá de las ruinas. La Virgen también lo prometió en Fátima. Pero para antes del triunfo de su Corazón Inmaculado, la Santísima Virgen anunció también un castigo planetario para una humanidad impenitente. Hay que tener valor para recordarlo.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Fuente: Adelante la Fe