miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA HISTORIA RECIENTE

Eduardo Sebastián Gutiérrez

Decidí contar la historia siguiente, porque podría ser de mucha utilidad, en estos tiempos que nos toca vivir.

La semana pasada, el viernes 09/11, fui invitado a una cena, en la cual, entre otros invitados, se hallaba un sacerdote católico que se definía como tradicionalista.

Preguntado sobre cómo se encontró con la Tradición, comentó que, estando ya ordenado sacerdote en la iglesia posconciliar, comienza su preocupación por el actual estado de cosas en esta, puesto que veía con gran preocupación, la caída de los que supuso debieran ser los grandes pilares sobre los que debía apoyarse la iglesia, particularmente en su Doctrina, dado que él era asiduo lector de las obras clásicas de los Santos. A esto se fueron sumando las desviaciones en los cambios en la Misa, y los Sacramentos, llegando al punto, en que distinguió con claridad, había dos iglesias, diferentes y hasta contrapuestas.

Obviamente, abundó en detalles al destacar las graves y fortísimas contradicciones que en su interior se sucedieron, a las cuales decidió poner punto final cuando iniciara conversaciones con un sacerdote de la Tradición. Explicó que sus dudas fueron desapareciendo con rapidez, y a los pocos meses, y aconsejado por este sacerdote, inició estudios para recibir una formación en la Tradición, y tiempo después fue reordenado sacerdote según el Rito Tradicional. Dijo, además, que todo esto tuvo lugar antes del año 2008, lo que fue refrendado por el matrimonio dueño de casa y otros invitados, evidenciando por tanto que ya lo conocían.
La cena se desenvolvía en un ambiente de cordialidad.

En la sobremesa, el sacerdote intercambió comentarios con otros asistentes, sobre la calidad en la Fe de algunos feligreses, no presentes, agregando observaciones sobre los actos de tales y cuáles, que, según su criterio, ponían en duda la calidad de su Fe, en un tono cercano a la murmuración, o comidilla.

Fue a partir de estos momentos, que el estado de ánimo de algunos presentes “comenzó a mudar de aires”.

Pero cuando uno de los invitados preguntara sobre la validez o no de la Consagración en la misa nueva, las explicaciones que dio este sacerdote, hizo que algunos de esos estados de ánimos un poco alarmados, se crisparan.

Sostuvo, sin sonrojarse siquiera, que la validez de la Consagración en ambos ritos, el de San Pío V y el posconciliar, estaba centrada en la intención del sacerdote.

Pasados unos momentos, y ante el silencio por la sorpresa, uno de los presentes tomó la palabra, y le pidió que nuevamente explicara sobre la validez de ambos ritos, y si los cambios posteriores al CVII no habían influido en la misa nueva.

Una vez más sostuvo la misma posición, y continuó sin modificación, cuando otros le respondieron que la validez estaba también relacionada con las ordenaciones sacerdotales y episcopales, pues eran inválidas a partir de las modificaciones introducidas en 1972, y por tanto no podía haber consagración en las misas nuevas, a más de los cambios protestantizantes que la condicionaban de manera grave.

Ocurrió entonces lo inevitable.

Otro invitado, en un tono resuelto y elevando la voz, le dijo que estaba equivocado, y que la suya era una posición biritualista, vale decir, a media agua, entre la Tradición y el modernismo, y que aunque sostuviera lo contrario, evidentemente tenía un defecto serio y grave de formación, que debía callarse, volver a estudiar, pero más a conciencia y con una guía reconocida, y no confundir a los fieles, porque su grado de incompetencia era gigantesco, y que sus afirmaciones erróneas, llamativamente coincidían con la posición oficial de los obispos de la otrora llamada resistencia, y de la actual FSSPX, y por tanto estaba fuera de la Tradición.

Lo reconvino además por su comportamiento de minutos antes, porque un sacerdote, NO puede hablar en tono de chisme, mofa o queja, sobre fieles ausentes, enfrente a otros fieles, y mucho menos revelar comportamientos, que no únicamente habían servido para alentar las expresiones desafortunadas de varios presentes, en el sentido que se estaban haciendo los comentarios, sino que dejaba un sabor amargo en quienes no participaron, sembrando alarma, y agregando un sentimiento de pesar y desengaño.

Por supuesto que desapareció la cordialidad, pues el tono de voz era bastante elevado, y al poco tiempo, terminó la reunión.

Tuve la desdicha de participar, nuevamente, en un evento de estas características, y la moraleja, enseñanza, es siempre la misma:Se debe ser muy cuidadoso a la hora de elegir en quiénes depositar la confianza como guías espirituales.

No sólo es cuestión de asistir a la celebración de la Misa Tradicional y recibir los Sacramentos Tradicionales.

Es fundamental poder contar con sacerdotes debidamente formados, y, por sobre todo, que sean probadas personas de bien.

La altanería, la vanidad, la suficiencia, la histeria, el chismerío, vicios graves en varios fieles y sacerdotes, afloran en éstos, con expresiones y actitudes, como por ejemplo, cuando se sostiene como único argumento de validez, que es la autoridad y debe haber obediencia.

Entonces me pregunto: ¿Autoridad por qué y obediencia en qué?

La Autoridad debe ejercerse con Legitimidad y Justicia, ordenadas al sentido Moral del Bien, porque es este el que las justifica y legitima, pero si esta condición básica y fundamental no se cumple ….. la Autoridad se vuelve Injusta e Ilegítima, y, por tanto, no hay obligación moral alguna de obedecerla, pero sí de confrontarla y denunciarla, a fin de evitar se cometan mayores daños.

En el supuesto de una Autoridad constituida, correspondería dar paso a los mecanismos legales de destitución previstos, y en caso no los hubiere establecidos fehacientemente, los subordinados se deben regir, por el Espíritu que encarnan el conjunto de Doctrinas y Normas Legales, que constituyen el Orden General necesario para el normal y eficaz desenvolvimiento de la institución u organización de que se tratare.

Esto hasta tanto se establezcan las normas de destitución, mediante la sanción de la correspondiente Norma Legal y por Autoridad Competente, y con posterioridad e inmediatez, proseguir con su reemplazo, pues la Autoridad supone el ejercicio, y no la ausencia de esta condición, que es básica y obvia.

De tal manera debiera ser en términos generales, los procederes en un Orden Legal regido por el Sentido Común, es decir, ordenado al sentido Moral del Bien.

Un Sacerdote de la Tradición, debe ser el ejemplo de Humildad y Caridad, a más de otras Virtudes; pero para ello, debe comenzar por la cabeza, Humildad y Caridad, como forma Ordenada de hacer funcionar bien el resto del Cuerpo.

Actos de este tipo en su vida cotidiana, lo legitiman y justifican, sin necesidad de cacarear, que él tiene la autoridad, por la única razón de llevar la sotana.

No hay virtud a imitar en este comportamiento. Es pura altanería y prepotencia.

La palabra conmueve, PERO EL EJEMPLO ARRASTRA.

El Sacerdote de la Tradición, debe aprender a fomentar e instalar eficazmente en los espíritus, inteligencias y corazones de los Fieles, los ejemplos de vida de tantísimos Santos, y en especial, de la Sagrada Familia.

Por consiguiente:

No se orienta a la Salvación de las Almas, con promoción de los chismes y habladurías, o callándose ante esta situación.

No se orienta a la Salvación de las Almas, con promoción de dualidades y dudas existenciales.

No se orienta a la Salvación de las Almas, con promoción de doctrinas erróneas.

Nose orienta a la Salvación de las Almas, con el reclamo que la autoridad del sacerdote está por encima de los Fieles, sin mediar la Razón Justa y la Doctrina Verdadera.

Y los Fieles ningún favor le hacen, cuando no le corrigen, con Caridad, sus errores, a pesar de que para que entre en razones, deba gritárselo en la cara.

Si es un acto fallido en privado, la corrección debe serlo en igual ámbito.

Si es un acto fallido en público, la corrección puede ser en público, aunque podría serlo también en privado, con la condición, en este caso, que el sacerdote haga pública su disculpa y explique las razones.

Un Sacerdote de la Tradición, debe ser, sobre todo, un imitador de Cristo en todos los momentos de su vida, porque la palabra conmueve, PERO EL EJEMPLO ARRASTRA.

He pedido especialmente la publicación de esta historia lamentable, y lo agradezco, pues varios de los asistentes, junto a los dueños de casa, leen con frecuencia esta página.
Y también el sacerdote en cuestión.

Cordialmente.