jueves, 8 de diciembre de 2016

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA MADRE DE DIOS - VENERABLE MADRE AGREDA


De la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios por la virtud del poder divino. 

Prevenidas tenía la Divina sabiduría todas las cosas, para sacar en limpio del borrón de toda la naturaleza a la Madre de la gracia. Estaba ya junta y cumplida la congregación y número de los Patriarcas antiguos y Profetas y levantados los altos montes sobre quien se debía edificar esta ciudad mística de Dios (Sal., 86, 1-3). Habíale señalado con el poder de su diestra incomparables tesoros de su Divinidad para dotarla y enriquecerla. Teníale mil Ángeles aprestados para su guarnición y custodia y que la sirviesen como vasallos fidelísimos a su Reina y Señora. Preparóle un linaje real y nobilísimo de quien descendiese; y escogióle padres santísimos y perfectísimos de quien inmediatamente naciese, sin haber otros más santos en aquel siglo; que si los hubiera, y fueran mejores y más idóneos para padres de la que el mismo Dios elegía por Madre, los escogiera el Todopoderoso. 

Dispúsolos con abundante gracia y bendiciones de su diestra y los enriqueció con todo género de virtudes y con iluminación de la Divina ciencia y dones del Espíritu Santo. Tenían los padres de edad, cuando se casaron, santa Ana veinte y cuatro años y Joaquín cuarenta y seis. Pasaron se veinte años después del matrimonio sin tener hijos y así tenía la madre, al tiempo de la concepción de la hija, cuarenta y cuatro años, y el padre sesenta y seis. Y aunque fue por el orden común de las demás concepciones, pero la virtud del Altísimo le quitó lo imperfecto y desordenado y le dejó lo necesario y preciso de la naturaleza, para que se administrase la materia debida de que se había de formar el cuerpo más excelente que hubo ni ha de haber en pura criatura. 

Puso Dios término a la naturaleza en los padres y la gracia previno que no hubiese culpa ni imperfección, pero virtud y merecimiento y toda medida en el modo; que siendo natural y común, fue gobernado, corregido y perfeccionado con la fuerza de la divina gracia, para que ella hiciese su efecto sin estorbo de la naturaleza. Y en la santísima Ana resplandeció más la virtud de lo alto por la esterilidad natural que tenía; con lo cual de su parte el concurso fue milagroso en el modo y en la sustancia más puro; y sin milagro no podía concebir, porque la concepción que se hace sin él y por sola natural virtud y orden, no ha de tener recurso ni dependencia inmediata de otra causa sobrenatural, más que de sola la de los padres, que así como concurren naturalmente al efecto de la propagación, así también administran la materia y concurso con imperfección y sin medida. 

Pero en esta concepción, aunque el padre no era naturalmente infecundo, por la edad y templanza estaba ya la naturaleza corregida y casi atenuada; y así fue por la divina virtud animada y reparada y prevenida, de suerte que pudo obrar y obró de su parte con toda perfección y tasa de las potencias y proporcionadamente a la esterilidad de la madre. Y en entrambos concurrieron la naturaleza y la gracia: aquélla cortés, medida, y sólo en lo preciso e inexcusable, y ésta superabundante, poderosa y excesiva, para absorber a la misma naturaleza no confundiéndola, pero realzándola y mejorándola con modo milagroso, de suerte que se conociese cómo la gracia había tomado por su cuenta esta concepción, sirviéndose de la naturaleza lo que bastaba para que esta inefable hija tuviese padres naturales. 

Y el modo de reparar la esterilidad de la santísima madre Ana, no fue restituyéndole el natural temperamento que le faltaba a la potencia natural para concebir, para que así restituido concibiese como las demás mujeres sin diferencia; pero el Señor concurrió con la potencia estéril con otro modo más milagroso, para que administrase materia natural de que se formase el cuerpo. Y así la potencia y la materia fueron naturales; pero el modo de moverse fue por milagroso concurso de la virtud divina. Y cesando el milagro de esta admirable concepción, se quedó la madre en su antigua esterilidad para no concebir más, por no habérsele quitado ni añadido nueva calidad al temperamento natural. Este milagro me parece se entenderá con el que hizo Cristo Señor nuestro cuando San Pedro anduvo sobre las aguas (Mt., 14, 29), que para sustentarlo no fue necesario endurecerlas ni convertirlas en cristal o hielo sobre que anduviese naturalmente, y pudieran andar otros sin milagro más del que se hiciera en endurecerlas; pero sin convertirlas en duro hielo, pudo el Señor hacer que sustentasen al cuerpo del Apóstol concurriendo con ellas milagrosamente, de suerte que pasado el milagro se hallaron las aguas líquidas; y aun lo estaban también mientras San Pedro corría por ellas, pues comenzó a 64 zozobrar y a anegarse; y sin alterarlas con nueva calidad se hizo el milagro. 

Muy semejante a éste, aunque mucho más admirable, fue el milagro de concebir Ana, madre de María Santísima; y así estuvieron en esto sus padres gobernados con la gracia, tan abstraídos de la concupiscencia y delectación, que le faltó aquí a la culpa original el accidente imperfecto que de ordinario acompaña a la materia o instrumento con que se comunica. Quedó sólo la materia desnuda de imperfección, siendo la acción meritoria. Y así por esta parte pudo muy bien no resultar el pecado en esta concepción, teniéndolo por otra la Divina Providencia así determinado. Y este milagro reservó el Altísimo para sola aquella que había de ser su Madre dignamente; porque siendo conveniente que en lo sustancial de su concepción fuese engendrada por el orden que los demás hijos de Adán, fue también convenientísimo y debido que, salvando la naturaleza, concurriese con ella la gracia en toda su virtud y poder; señalándose y obrando en ella sobre todos los hijos de Adán, y sobre el mismo Adán y Eva, que dieron principio a la corrupción de la naturaleza y su desordenada concupiscencia. 

En esta formación del cuerpo purísimo de María anduvo tan vigilante —a nuestro modo de entender— la sabiduría y poder del Altísimo, que le compuso con gran peso y medida en la cantidad y calidades de los cuatro humores naturales, sanguíneo, melancólico, flemático y colérico; para que con la proporción perfectísima de esta mezcla y compostura ayudase sin impedimento las operaciones del alma tan santa como le había de animar y dar vida. Y este milagroso temperamento fue después como principio y causa en su género para la serenidad y paz que conservaron las potencias de la Reina del Cielo toda su vida, sin que alguno de estos humores le hiciese guerra ni contradicción, ni predominase a los otros, antes bien se ayudaban y servían recíprocamente para conservarse en aquella bien ordenada fábrica sin corrupción ni putrefacción; porque jamás la padeció el cuerpo de María Santísima ni le faltó ni le sobró cosa alguna, pero todas las calidades y cantidad tuvo siempre ajustadas en proporción, sin más ni menos sequedad o humedad de la necesaria para la conservación, ni más calor de lo que bastaba para la defensa y decocción, ni más frialdad de la que se pedía para refrigerar y ventilarse los demás humores. 

Y no porque en todo era este cuerpo de tan admirable compostura dejó de sentir la contrariedad de las inclemencias del calor, frío y las demás influencias de los astros, antes bien cuanto era más medido y perfecto tanto le ofendía más cualquier extremo por la parte que tiene menos del otro contrario con que defenderse; aunque en tan atemperada complexión los contrarios hallaban menos que alterar y en que obrar, pero por la delicadeza era lo poco más sensible que en otros cuerpos lo mucho. No era aquel milagroso cuerpo que se formaba en el vientre de Santa Ana capaz de dones espirituales antes de tener alma, mas éralo de los dones naturales; y éstos le fueron concedidos por orden y virtud sobrenatural con tales condiciones como convenían para el fin de la gracia singular a que se ordenaba aquella formación sobre todo orden de naturaleza y gracia. Y así le fue dada una complexión y potencias tan excelentes, que no podía llegar a formar otras semejantes toda la naturaleza por sí sola. 

Y como a nuestros primeros padres Adán y Eva los formó la mano del Señor con aquellas condiciones que convenían para la justicia original y estado de la inocencia, y en este grado salieron aún más mejorados que sus descendientes si los tuvieran —porque las obras del Señor sólo son más perfectas—, a este modo obró su omnipotencia, aunque en más superior y excelente modo, en la formación del cuerpo virginal de María Santísima; y tanto con mayor providencia y abundante gracia, cuanto excedía esta criatura no sólo a los primeros padres que habían de pecar luego, pero a todo el resto de las criaturas corporales y espirituales. Y —a nuestro modo de entender— puso Dios más cuidado en sólo componer aquel cuerpecito de su Madre, que en todos los orbes celestiales y cuanto se encierra en ellos. Y con esta regla se han de comenzar a medir los dones y privilegios de esta Ciudad de Dios, desde las primeras zanjas y fundamentos sobre que se levantó su grandeza hasta llegar a ser inmediata y la más vecina a la infinidad del Altísimo. 


Tan lejos como esto se halló el pecado, y el fomes de que resulta, en esta milagrosa concepción; pues no sólo no le hubo en la autora de la gracia, siempre señalada y tratada como con esta dignidad, pero aun en sus padres para concebirla estuvo enfrenado y atado, para que no se desmandase y perturbase a la naturaleza, que en aquella obra se reconocía inferior a la gracia y sólo servía de instrumento al supremo Artífice, que es superior a las leyes de naturaleza y gracia. Y desde aquel punto comenzaba ya a destruir al pecado y a minar y batir el castillo del fuerte armado (Lc., 11, 21), para derribarle y despojarle de lo que tiránicamente poseía. 

Y el sábado, se hizo concepción, criando el Altísimo el alma de su Madre e infundiéndola en su cuerpo; con que entró en el mundo la pura criatura más santa, perfecta y agradable a sus ojos de cuantas ha criado y criará hasta el fin del mundo ni por sus eternidades. En la correspondencia que tuvo esta obra con la que hizo Dios criando todo el resto del mundo en siete días, como lo refiere el Génesis (Gén., 1, 1-31; 2, 1- 3), tuvo el Señor misteriosa atención, pues aquí sin duda descansó con la verdad de aquella figura, habiendo criado la suprema criatura de todas, dando con ella principio a la obra de la Encarnación del Verbo divino y a la Redención del linaje humano. Y así fue para Dios este día como festivo y de pascua, y también para todas las criaturas. 

Por este misterio de la Concepción de María Santísima ha ordenado el Espíritu Santo que el día del sábado fuese consagrado a la Virgen en la Santa Iglesia, como día en que se le hizo para ella el mayor beneficio, criando su alma santísima y uniéndola con su cuerpo, sin que resultase el pecado original ni efecto suyo. Y al instante de la creación e infusión del alma de María Santísima, fue cuando la Beatísima Trinidad dijo aquellas palabras con mayor afecto de amor que cuando las refiere Moisés (Gén., 1, 26): Hagamos a María a Nuestra imagen y semejanza, a Nuestra verdadera Hija y Esposa para Madre del Unigénito de la sustancia del Padre. 

Con la fuerza de esta divina palabra y del amor con que procedió de la boca del Omnipotente, fue criada e infundida en el cuerpo de María Santísima su alma dichosísima, llenándola al mismo instante de gracia y dones sobre los más altos serafines del cielo, sin haber instante en que se hallase desnuda ni privada de la luz, amistad y amor de su Criador, ni pudiese tocarle la mancha y oscuridad del pecado original, antes en perfectísima y suprema justicia a la que tuvieron Adán y Eva en su creación. Fuele también concedido el uso de la razón perfectísimo y correspondiente a los dones de la gracia que recibía, no para estar sólo un instante ociosos, mas para obrar admirables efectos de sumo agrado para su Hacedor. En la inteligencia y luz de este gran misterio me confieso absorta y que mi corazón, por mi insuficiencia para explicarle, se convierte en afectos de admiración y alabanza, porque mi lengua enmudece. Miro la verdadera arca del testamento, fabricada y enriquecida y colocada en el templo de una madre estéril con más gloria que la figurativa en casa de Obededón (Sam., 6, 11) y de David y en el templo de Salomón (3 Re., 8, 1ss); veo formado el altar en el Sancta Sanctorum ( Ib., 6), donde se ha de ofrecer el primer sacrificio que ha de vencer y aplacar a Dios; y veo salir de su orden a la naturaleza para ser ordenada y que se establecen nuevas leyes contra el pecado, no guardando las comunes, ni de la culpa, ni de la naturaleza, ni de la misma gracia, y que se comienzan a formar otra nueva tierra y cielos nuevos (Is., 65, 17), siendo el primero el vientre de una humildísima mujer, a quien atiende la Santísima Trinidad y asisten innumerables cortesanos del antiguo cielo y se destinan mil Ángeles para hacer custodia del tesoro de un cuerpecito animado de la cantidad de una abejita. 

Y en esta nueva creación se oyó resonar con mayor fuerza aquella voz de su Hacedor que, de la obra de su omnipotencia agradado, dice que es muy buena (Gén., 1, 31). Llegue con humildad piadosa la flaqueza humana a esta maravilla y confiese la grandeza del Criador y agradezca el nuevo beneficio concedido a todo el linaje humano en su Reparadora. Y cesen ya los indiscretos celos y porfías, vencidas con la fuerza de la luz Divina; porque si la bondad infinita de Dios —como se me ha mostrado— en la Concepción de su Madre Santísima miró al pecado original como airado y enojado con él, gloriándose de tener justa causa y ocasión oportuna para arrojarlo y atajar su corriente ¿cómo a la ignorancia humana le puede parecer bien lo que a Dios fue tan aborrecible?  

Al tiempo de infundirse el alma en el cuerpo de esta divina Señora, quiso el Altísimo que su madre santa Ana sintiese y reconociese la presencia de la Divinidad por modo altísimo, con que fue llena del Espíritu Santo y movida interiormente con tanto júbilo y devoción sobre sus fuerzas ordinarias, que fue arrebatada en un éxtasis soberano, donde fue ilustrada con altísimas inteligencias de muy escondidos misterios y alabó al Señor con nuevos cánticos de alegría. Y estos efectos le duraron todo el tiempo restante de su vida, pero fueron mayores en los nueve meses que tuvo en su vientre el tesoro del cielo, porque en este tiempo se le renovaron y repitieron estos beneficios más continuamente, con inteligencia de las Escrituras Divinas y de sus profundos sacramentos. ¡Oh dichosísima mujer, llámente bienaventurada y alábente todas las naciones y generaciones del orbe! 

MISTICA CIUDAD DE DIOS 
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda 

Libro I, Cap. 15.

PROFECÍAS DE SAN JUAN BOSCO (Video)




MÁRTIRES: DESANGRADOS Y DESCUARTIZADOS POR PERTENECER A LA ADORACIÓN NOCTURNA


España, cuna de héroes, conquistadores y mártires, tendrá en breve cuatro nuevos beatos: Genaro Fueyo Castañón, Antonio González Alonso, Isidro Fernández Cordero y Segundo Alonso González que fueron asesinados por ser católicos, por pertenecer a los grupos de Adoración Nocturna y por estar afiliados al Sindicato Católico de Hullera Española. Sus asesinos, los milicianos del comité local, cometieron sobre ellos torturas brutales y todo ello a pesar de que muchos de los criminales habían conseguido trabajo gracias al padre Fueyo.

Una de las víctimas, Antonio González, fue asesinado en solitario. Los otros tres fueron martirizados de forma conjunta.


Antonio González Alonso tenía 24 años. 

Había intentado ser sacerdote, pero su mala salud se lo impidió. Por eso optó por prepararse para ser maestro. Fue detenido el 20 de julio junto a su hermano y le llevaron a una cárcel. Allí le quisieron obligar a destrozar objetos religiosos y a blasfemar. Se negó pese a la palizas y sus captores le dijeron que lo pensara, que tenía 24 horas para cambiar de opinión o le asesinarían. Su última noche la pasó junto a su hermano, Cristobal, a quien le explicó que “tengo una ocasión para dar mi vida a Dios en calidad de mártir; no quisiera desaprovechar esta gracia, pero tú haz lo posible para seguir viviendo y atender a nuestros padres”.

Al día siguiente no dudó en responder a los milicianos: “Lo he pensado bien y he llegado a la conclusión de que, en conciencia, no puedo ni debo pisar ese cuadro por lo que representa”.

El día 11 de septiembre le sacaron de la cárcel y le llevaron al Puerto de San Emiliano, a un alto en el que fueron asesinados cientos de personas que luego eran arrojadas sin el tiro de gracia a un barranco ahorrándose así el tener que enterrarlos. Por el camino pasaron por delante de la casa de sus padres. Su madre estaba sentada en la puerta con unas vecinas. La crueldad de sus captores les hizo frenar el coche y pasar despacio para que la madre pudiera ver que se llevaban a su hijo de “paseo”. Antonio aprovechó para gritar desde el coche: “Adiós, madre, hasta el cielo”.

Llegados al puerto, que se encuentra entre Mieres y Sama, bajaron al joven del coche. Según el testimonio del conductor del vehículo, le quisieron obligar a blasfemar, como se negó le cortaron la lengua. Después le dieron una paliza y, medio moribundo lo arrojaron al barranco donde le dejaron morir. Tras la guerra, de ese barranco se recuperaron cientos de cuerpos que no pudieron ser reconocidos. Entre ellos se encontraba el del mártir.


Genaro Fueyo Castañón había cumplido 72 años. 

Llevaba medio siglo dedicado al sacerdocio, 38 años al frente de la parroquia de Nembra. Su labor pastoral fue reconocida por todos y multiplicó las vocaciones. En 1908 había creado el grupo de Adoración Nocturna de la localidad y usaba los salones parroquiales para dar clase a los hijos de los mineros y los agricultores gratuitamente.

En octubre de 1934 tuvo que refugiarse en casa de uno de sus hermanos cuando se produjo la revolución en las cuencas mineras porque fue avisado por sus feligreses de que tenían previsto ir a detenerle para asesinarle. Gracias a este aviso no fue otro de las docenas de sacerdotes asesinados por comunistas, socialistas y anarquistas. En el verano de 1936 no tuvo tanta suerte. Fue detenido y asesinado la noche del 21 de octubre.


Isidro Fernández Cordero era un padre de familia numerosa de 42 años. 

De sus siete hijos tres acabaron siendo sacerdotes. Regentaba un bar con una pequeña tienda, además de trabajar en las minas de Hullera Española. El 24 de julio, cuatro milicianos entraron de noche en su casa para comunicarle que tenía que acudir a prestar declaración en el Comité Revolucionario local. Cuando fue le detuvieron en la improvisada cárcel que era la antigua sede de la Adoración Nocturna a la que Isidro pertenecía. Los milicianos le dejaron en libertad unos días después, pero volvió a ser requerido para que se presentara en el Comité bajo amenazas de atacar a su familia si no acudía.

Su cautiverio duró más de dos meses. Durante este tiempo sus hijos acudían a verle con cierta frecuencia y siempre les decía que debían perdonar a los que le tenían detenidos. Fue asesinado en la Iglesia de Nembra durante la noche del 21 de octubre.


Segundo Alonso González tenía 48 años cuando fue detenido en 1936. 

Tuvo 12 hijos de los que sobrevivieron siete. Era el presidente de la Asociación Nocturna, del Sindicato Católico de Mineros y de la Cofradía del Rosario. Para ganarse la vida y mantener a su amplia familia estaba obligado a trabajar mucho. Además de en la mina de Hullera Española, realizaba labores agrícolas y trabajos de carpintería.

Cuando fue detenido por los milicianos locales, presumían de haber detenido a alguien importante. Le interrogaron y le golpearon porque querían que les entregase las armas que pensaban que se escondían en el local de Adoración Nocturna. Segundo no las entregó porque no había ninguna. Fue encerrado en esos mismos locales convertidos en cárcel improvisada y asesinado en la noche del 21 de octubre en la Iglesia de Nembra junto a los dos mártires anteriores.

El asesinato de los tres mártires en la madrugada del 21 de octubre fue de una brutalidad impresionante. Primero se les obligó a cavar su propia tumba. Como el sacerdote era una persona mayor, los dos jóvenes hicieron su trabajo. Luego, dentro de la Iglesia les preguntaron en qué orden querían ser asesinados. Don Genaro pidió ser el último para poder dar consuelo a sus dos compañeros de martirio. Después, uno detrás de otro fueron desangrados y descuartizados en vivo por un grupo de siete personas, cinco de ellas mujeres. Cuando sus cuerpos fueron recuperados tras la Guerra Civil, se encontraban incorruptos.

Pero estos hechos no se rigen por la Ley de Memoria Histórica. Es preferible arrancar placas y crucifijos de las fachadas de catedrales que honrar a las víctimas inocentes.

Fuente: La Gaceta

UNIÓN IRRAZONABLE - PÍO XI (Video)




martes, 6 de diciembre de 2016

FOTOS PADRE CARDOZO - PRIMERAS COMUNIONES EN CIUDAD JUAREZ, MEXICO










MÁRTIRES: 13 OBISPOS ASESINADOS POR EL FRENTE POPULAR DURANTE LA GUERRA CIVIL


La persecución religiosa fue una de las características entre quienes decían defender la “legalidad republicana” tras el levantamiento militar del 18 de julio. Desde el principio, el asesinato de religiosos y religiosas fue una constante, incluso antes de que la jerarquía publicase la Carta Colectiva de los obispos el 1 de julio de 1937. Es más, los precedentes habían sido claros desde las primeras matanzas en mayo de 1931 y durante la Revolución de Asturias en 1934.

Entre los miles de católicos, religiosos y seglares, asesinados, se cuentan hasta 13 obispos contra los que los revolucionarios, principalmente pertenecientes al Partido Comunista de España y a las diversas organizaciones anarquistas como la Federación Anarquista Ibérica y la Confederación Nacional de Trabajadores, mostraron su más brutal ensañamiento.

Por orden cronológico, los obispos asesinados por los frentepopulistas fueron:


Eustaquio Nieto Martín, obispo de Sigüenza

Pese a la insistencia de personas de su entorno, el 18 de julio, una vez producido el pronunciamiento militar, se negó a abandonar la diócesis. Cuando la capital de la provincia, Guadalajara, se pronunció a favor de los sublevados el 21 de julio, Nieto intercedió ante los líderes sublevados para que no se cometieran fusilamientos y logró reducir considerablemente la represión en la provincia. La columna dirigida por el coronel Puigdengolas que tomó Guadalajara el día 22 envió unas secciones al mando del líder de milicias, Cipriano Mera, para tomar Sigüenza, que fue conquistada por los frentepopulistas el día 24. Lo primero que hicieron fue detener al obispo y someterlo a un juicio público, pero los testimonios de los dirigentes izquierdistas locales contando su actuación para salvar vidas en los primeros días del levantamiento llevaron a su absolución y liberación. Sin embargo, el 26 fue secuestrado por orden de Mera para ser asesinado. Cuando lo trasladaban en coche fue arrojado en marcha del vehículo, como sobrevivió le dispararon y quemaron su cuerpo.


Salvio Huix Miralpeix, obispo de Lérida. 

Al conocer la noticia del alzamiento se refugió en casa de unos conocidos en Lérida. A los pocos días empezaron a llegarle noticias de la brutal represión a la que estaban sometiendo al clero de su diócesis por lo que decidió entregarse para intentar mediar ante las autoridades revolucionarias. Fue encarcelado inmediatamente en la cárcel provincial donde pasó dos semanas hasta que durante la madrugada del 5 de agosto fue conducido junto a otros veinte presos –en su mayoría religiosos y destacados políticos y empresarios locales- a las inmediaciones del cementerio donde fueron fusilados.


Cruz Laplana Laguna, obispo de Cuenca. 

El pronunciamiento del 18 de julio fracasó en Cuenca gracias a la actuación del teniente coronel Francisco García de Ángela quien se comprometió a garantizar la integridad de todos los ciudadanos. Así fue hasta la llegada de milicianos anarquistas de las unidades mandadas por Cipriano Mera que obligaron a Laplana a abandonar su residencia el 28 de julio, siendo trasladado al seminario que había sido convertido en cárcel. Allí permaneció detenido hasta que el 7 de agosto, en compañía de otras 7 personas fue sacado de madrugada para ser fusilado sin que mediara juicio alguno.


Florentino Asensio Barroso, obispo de Barbastro. 

Nada más producirse el levantamiento militar, el comité revolucionario local decidió su arresto dentro de la residencia episcopal, pero cuatro días después se decidió su traslado a la cárcel municipal, donde se le interrogó en varias ocasiones y se le intentó obligar a que apostatara. Ante el fracaso se decidió su traslado a una celda aislada donde fue torturado por milicianos que llegaron a realizarle amputaciones, como la de los testículos. En la madrugada del 9 de agosto fue trasladado junto a otros doce detenidos en un camión hasta un paraje cercano a Barbastro, donde fueron fusilados y arrojados a una fosa común en la que ya habían sido enterrados varios de los seminaristas de la localidad.


Miguel Serra Sucarats, obispo de Segorbe. 

Tras decretarse su arresto en las dependencias del obispado, el 27 de julio se le trasladó a la cárcel local improvisada en locales del ayuntamiento. Junto a él fueron trasladados el vicario, Blasco Palomar, el hermano del obispo, Carlos Serra, y otros cinco religiosos y seglares vinculados a la sede episcopal. Allí estuvieron hasta la madrugada del 9 de agosto en la que fueron sacados en varios coches con la excusa de trasladarlos a Vall de Uxó, pero en el trascurso del camino pararon y en una zona deshabitada fueron fusilados y sus cuerpos abandonados sin enterrar.


Manuel Basulto Jiménez, obispo de Jaén. 

Tras retenérsele durante los primeros días en su domicilio, el 2 de agosto fue detenido, junto a su hermana y su cuñado, y encarcelados en la catedral de Jaén que había sido convertida en cárcel gestionada por el Comité Revolucionario provincial. Allí permanecieron hasta el día 11 de agosto, en que fueron trasladados a la estación de tren para ser llevados en tren a la cárcel de Alcalá de Henares. A estos traslados se les conoce como “los trenes de la muerte”, ya que el tren fue detenido y todos sus ocupantes –casi 200- fueron ametrallados. Entre ellos se encontraba el obispo Basulto que, al igual que el resto de las víctimas fueron saqueados por la turba que se había congregado para ver los asesinatos.



Manuel Borrás Ferré, obispo auxiliar de Tarragona. 

Fue detenido junto al cardenal Vidal y Barraquer el día 21 de julio. Se les mantuvo retenidos unos días en el monasterio del Poblet, hasta que el día 24 tras la intermediación del Papa, se consiguió la liberación del cardenal que fue trasladado a Italia. Sin embargo, Borrás no tuvo la misma suerte y quedó detenido en Montblanch hasta que, a mediados de la primera semana de agosto fue llevado ante un tribunal revolucionario en Tarragona que decretó su condena a muerte que fue ejecutada de inmediato. Murió fusilado y su cadáver fue quemado después para dificultar su identificación.


Narciso Esténaga, obispo de Ciudad Real. 

La población castellanomanchega vivió una situación peculiar a comienzos de la Guerra Civil. En ella, la numerosa guarnición de la Guardia Civil había pactado con el gobernador civil no sumarse al alzamiento a cambio de que éste frenase los desmanes revolucionarios. Si bien se produjeron fusilamientos y sacas de ciudadanos, al obispo se le respetó durante las primeras semanas. Pero cuando a principios de agosto se trasladó a la Guardia Civil a Madrid para reforzar la defensa de la capital, los milicianos anarquistas y comunistas asaltaron el palacio episcopal obligando a Esténaga a abandonarlo porque había sido incautado para ser la nueva sede del Comité Revolucionario. Se le obligó a trasladarse a la residencia de un vecino, donde permaneció hasta el 22 de agosto. En la madrugada de ese día fueron sacados por la fuerza y trasladados a la localidad de Peralvillo del Monte, donde fueron fusilados y abandonados en una zona próxima al río Guadiana.


Diego Ventaja Milán, obispo de Almería

El 24 de julio un grupo de milicianos irrumpió en la sede episcopal de Almería con la excusa de registrarla. Se incautaron de numerosa documentación que, supuestamente, relacionaba al obispo con “actividades contrarrevolucionarias”, lo que provocó que fuera detenido y encarcelado primero en el barco prisión Astoy Mendi y después en el acorazado Jaime I, donde coincidió con el obispo de Guadix, Manuel Medina. Ambos fueron sacados el 30 de agosto, trasladados al lugar conocido como el barranco de Vícar y fusilados junto a varios religiosos más.


Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. 

Fue detenido en su residencia tras un registro realizado por milicianos y dirigido por el alcalde de Guadix y su hijo que aprovecharon para incautarse de cuanto objeto de valor hubiera en la casa. Fue más un saqueo que un registro. Tras su detención fue obligado a desfilar entre las turbas congregadas en las calles de la localidad para hacerle pasar por una situación de escarnio. Dos días después, el 29 de julio, fue trasladado a Almería donde pasó por hasta cuatro prisiones diferentes hasta que el 30 de agosto fue sacado junto al obispo de Almería y otros 16 religiosos para ser fusilado en el barranco de Vícar.


Manuel Irurita, obispo de Barcelona. 

El 21 de julio, mientras que la residencia del obispo era asaltada por una turba dirigida por comunistas y anarquistas, el clérigo se ocultaba en la casa del joyero Antonio Tort cuya casa se había convertido en un piso franco para los religiosos y religiosas perseguidos por los partidarios del Frente Popular durante los primeros días de la Guerra Civil. Allí permaneció hasta el 1 de diciembre de 1936, cuando un grupo de milicianos descubre la protección que daba Tort a los religiosos. Fueron detenidas ocho personas protegidas de la familia de joyeros, además de éstos. El día 3 de diciembre, el obispo fue fusilado en las tapias del cementerio de Moncada. La propaganda republicana extendió durante muchos años la patraña de que Irurita había salvado la vida y había vivido oculto en el Vaticano desde que acabó la Guerra Civil. Esta absurda hipótesis fue desmentida tras los estudios de Jorge López Teulón que tras realizar las pruebas de ADN al cadáver del obispo que se conservaba en España desde su asesinato pudo desmontar el absurdo de la propaganda frentepopulista.


Juan de Dios Ponce y Pozo, obispo de Orihuela. 

Varios seglares que trabajaban para el obispado de Orihuela convencieron al obispo Ponce de la necesidad de ocultarse en los primeros días de la Guerra Civil. Consiguió ocultarse, cambiando varias veces de casa hasta que fue descubierto a mediados de octubre de 1936. Fue encarcelado y tras pasar varias semanas en la cárcel, donde fue torturado para intentar conseguir que apostatara. Finalmente, la madrugada del 30 de noviembre de 1936 fue trasladado junto a otros nueve sacerdotes de su diócesis al cementerio de Elche, donde fueron fusilados. Los milicianos impidieron que los cuerpos de los 10 religiosos fueran recogidos hasta una semana después del asesinato para que pudieran ser contemplados “para escarmiento de contrarrevolucionarios”.


Anselmo Polanco, obispo de Teruel. 

Tras la rendición del coronel Domingo Rey d’Harcourt el 8 de enero de 1938, el obispo y el militar fueron hechos prisioneros por las tropas republicanas. El Gobierno descartó la propuesta de que fuera enviado a Francia y puesto allí en libertad, realizada por Indalecio Prieto. Tras varias etapas y el paso por Valencia, el religioso y Rey d’Harcourt fueron internados en el “Depósito para prisioneros” de Barcelona. Allí pasaron la guerra hasta que el 23 de enero de 1939, horas antes de que Barcelona fuera tomada por las tropas de Franco, se les acercó a la frontera con Francia obligándoles a acompañar a los milicianos que huían en desbandada hacia el país vecino. Éstos consideraban que con el militar y el religioso tenían dos buenos rehenes con los que negociar en caso de necesidad. El 7 de febrero de 1939 el comandante comunista Pedro Díaz decidió fusilar al grupo de 40 prisioneros que les acompañaban en su huida. Entre ellos se encontraba el obispo Polanco.

Fuente: La Gaceta



domingo, 4 de diciembre de 2016

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - II


CAPÍTULO 2
De las excelencias y cosas maravillosas que la fe nos enseña 
que hemos de creer en este divino Sacramento.

Muchas cosas maravillosas nos enseña la fe católica que obran aquí las palabras de la consagración. La primera es que hemos de creer que, en acabando de pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración sobre la hostia, está allí el verdadero cuerpo de Cristo nuestro Redentor, el mismo que nació de las entrañas virginales de la sacratísima Virgen, y el mismo que estuvo en la cruz y resucitó, y el mismo que ahora está sentado a la diestra de Dios Padre. Y en acabando de pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración sobre el cáliz, está allí su verdadera y preciosa sangre. Y diciéndose en una misma hora cien mil Misas en toda la Iglesia, en el punto que acaba el sacerdote de pronunciar las palabras de la consagración, obra Dios esta conversión maravillosa; y en todas ellas está real y verdaderamente el cuerpo y sangre de nuestro Redentor; y aquí le están consumiendo, y allí le están consagrando, y en todas partes es uno. 

La segunda cosa maravillosa que aquí hemos de creer es que después de las palabras de la consagración no queda allí pan ni vino, aunque a nuestros ojos, tacto, gusto y olfato parezca que sí, pero la fe nos dice que no. Dijo el patriarca Isaac a su hijo Jacob, cuando para alcanzar la bendición y mayorazgo cubrió sus manos con unos pellejos de cabrito para parecer a su hermano Esaú (Gen., 27, 22): La voz es de Jacob, pero las manos son de Esaú. Así aquí, lo que palpamos con las manos y tocamos con nuestros sentidos, parece pan y parece vino; pero la voz que es la fe (Rom., 10, 8), otra cosa nos dice. La fe suple aquí la falta de los sentidos. Y allá en el maná, sombra y figura de este Sacramento, hubo también esto, que sabía el maná a todas las cosas, sabía a perdiz y no era perdiz; sabía a trucha, y no era trucha; así este divino maná sabe a pan, y no es pan, sabe a vino y no es vino. 

En los demás sacramentos no se muda la materia en otra, sino el agua en el bautismo se queda agua y el óleo, óleo en el sacramento de la confirmación y la extremaunción; pero en este sacramento mudase la materia. De manera, que aquello que parece pan no es pan, y aquello que parece vino, no es vino; sino la sustancia del pan se muda y convierte en el verdadero cuerpo de Cristo nuestro Salvador, y la sustancia del vino, en su sangre preciosa. Dice muy bien San Ambrosio: «Quien pudo hacer algo de nada, criando los Cielos y la tierra, mucho más podrá hacer una cosa de otra». Y más; vemos que el pan que cada día comemos, por virtud del calor natural, en breve espacio se muda en nuestra carne; mucho mejor podrá la virtud omnipotente de Dios hacer en un instante esta conversión maravillosa. Y para que con un espanto se nos quite otro, mucho más es que Dios se haya hecho hombre sin dejar de ser Dios, que no que el pan dejando de ser pan se vuelva en carne. Pues con aquella virtud divina con la cual el Hijo de Dios se hizo hombre, con esa misma el pan y el vino se convierten en la carne y sangre de Cristo. A Dios ninguna cosa le es imposible, como dijo el Ángel a nuestra Señora (Lc., 1, 37). 

Lo tercero, hay otra cosa particular en esta conversión, que no es al modo de las demás conversiones naturales, en las cuales, cuando una cosa se convierte en otra, queda algo de la sustancia de la cosa que se muda, porque la materia se es la misma, y solamente se muda la forma, como cuando la tierra se convierte en plata y el agua en cristal; es como cuando de un poco de barro o cera hacéis una vez un caballo, otra un león. Pero en esta admirable conversión, después de la consagración, en la hostia no queda nada de la sustancia del pan, y en el cáliz no queda nada de la sustancia del vino, ni de la forma ni de la materia, sino que toda la sustancia del pan se convierte y muda en todo el cuerpo de Cristo; y toda la sustancia del vino en toda su sangre preciosa. Y así la Iglesia, con mucha conveniencia y propiedad, como dice el Concilio Tridentino, para significarnos esta total conversión, la llama transustanciación, que quiere decir mudanza de una sustancia en otra. Porque así como la acción natural, porque en ella se muda la forma, se puede llamar propiamente transformación, así en este Sacramento, porque toda la sustancia del pan y del vino se convierte en toda la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo, se llama con mucha razón transustanciación. 

De manera que no queda en este Sacramento cosa alguna de la sustancia del pan ni de la sustancia del vino, sino solamente queda allí el color, olor, sabor y los demás accidentes del pan y del vino, que llaman especies sacramentales. Y esta es otra maravilla grande que resplandece en este santísimo Sacramento, que están allí estos accidentes sin estar en sustancia y sujeto alguno, siendo propio de los accidentes estar juntos y pegados con la sustancia, como lo enseña toda la filosofía; porque la blancura, claro está que, naturalmente, no puede estar por sí, sino junta y pegada con alguna sustancia; y el sabor y el olor también. Pero aquí, sobre todo orden de naturaleza, se quedan los mismos accidentes del pan y del vino, siendo sobrenaturalmente sustentados por sí solos, como en el aire; porque la sustancia del pan y del vino ya no está allí, como hemos dicho; y en el cuerpo y sangre de Cristo, que sucede en su lugar, no pueden estar aquellos accidentes, y así los tiene y sustenta Dios de por sí con un perpetuo milagro. 

Más: hemos de creer que en este santísimo Sacramento debajo de aquellas especies y accidentes de pan está no sólo el cuerpo de Cristo, sino todo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, así como está en el Cielo. De manera que en la hostia, juntamente con el cuerpo, está también la sangre de Cristo nuestro Redentor, y su ánima sacratísima, y su santísima divinidad. De la misma manera en el cáliz, debajo de las especies de vino, está no solamente la sangre de Cristo, sino también el cuerpo, el ánima y la divinidad. Pero advierten los teólogos que no están aquí estas cosas por una misma razón y manera, sino unas están en este Sacramento por virtud y eficacia de las palabras de la consagración, y otras por vía de concomitancia y compañía. Aquello se dice estar en este Sacramento por virtud y eficacia de las palabras que se significa y explica por las mismas palabras de la forma de la consagración. Y de esta manera no está en la hostia más que el cuerpo de Cristo, ni en el cáliz más que la sangre, porque las palabras hacen lo que significan, y eso sólo es lo que significan: «Este es mi cuerpo.» «Esta es mi sangre.» Aquellas cosas se dicen estar por vía de concomitancia o compañía, que están juntas y en compañía de aquello que se explica y declara por las palabras; y porque el cuerpo de Cristo no está ahora solo, sino juntamente con la sangre, y con el ánima, y con la divinidad, por eso están allí también en la hostia todas estas cosas; y porque la sangre tampoco está ahora sola, sino juntamente con el cuerpo, y con el ánima, y con la divinidad, por eso están también en el cáliz todas estas cosas. Se entenderá esto bien por aquí. Dicen los teólogos que si en aquellos tres días que Cristo estuvo en el sepulcro consagrara San Pedro u otro de los Apóstoles, que no estuviera en el santísimo Sacramento el ánima de Cristo, porque entonces no estaba el ánima junta con el cuerpo, sino solamente estuviera allí el cuerpo muerto, como estaba en el sepulcro, aunque junto con la divinidad, porque esa nunca la dejó. De la misma manera, cuando consagró Cristo el jueves de la Cena, estaba en el Sacramento Cristo nuestro Redentor, verdadero Dios y verdadero hombre; pero pasible y mortal, como entonces lo era; mas ahora está un el Sacramento vivo, glorioso, resucitado, inmortal e impasible, como está en el Cielo. 

Empero, aunque esto es así, que en la hostia está la sangre y en el cáliz el cuerpo de Cristo nuestro Redentor; con todo eso convino que se hiciesen estas dos consagraciones distintas cada una de por sí, para que así se representase más al vivo la Pasión y muerte de Cristo, en la cual la sangre se apartó del cuerpo, y así se hace mención de esto en la misma consagración de la sangre: [Que será derramada por vosotros y por muchos.] Y también, pues, se instituía este Sacramento para alimentar y sustentar nuestras ánimas, convino que se instituyese, no sólo en manjar, sino también en bebida, porque el perfecto alimento del cuerpo de estas dos cosas consta. Pero una cosa podemos sacar de aquí para consuelo de los que no son sacerdotes, y es que, aunque no comulgan debajo de ambas especies, como los que dicen Misa, sino solamente debajo de especies de pan, por muchas y muy graves razones que para esto tuvo la Iglesia; pero recibiendo en la hostia el cuerpo de Cristo nuestro Redentor, reciben juntamente su sangre, y su ánima, y su divinidad, porque todo entero y perfectamente está debajo de cualquier de las dos especies. Y dicen los teólogos y los Santos que reciben tanta gracia como los sacerdotes que comulgan debajo de ambas especies, llegando con igual disposición. San Hilarlo dice que así como en el maná, que fue figura de ese santísimo Sacramento, ni el que cogía más hallaba por eso más, ni el que cogía menos hallaba por eso menos, como dice la Escritura (Éxodo 16, 18), así también en este divino Sacramento, ni el que le recibe debajo de especies de pan y vino recibe por eso más, ni el que le recibe solamente debajo de especie de pan recibe por eso menos. Todos son iguales en esto. 

Más: hay otra maravilla grande en este altísimo Sacramento, y es que no solamente está Cristo todo entero en toda la hostia, y todo entero en el cáliz, sino en cada partícula de la hostia y en cada partícula de las especies del vino está también todo Cristo, tan entero como está en el Cielo, por mínima que sea la partícula, como se colige claramente del mismo Evangelio, porque Cristo nuestro Redentor no consagró de por sí cada bocado de aquellos con que comulgó a sus Apóstoles, sino consagró de una vez tanta cantidad de pan, que dividida bastase para comulgarlos a todos. Y así del cáliz dice expresamente el Evangelio que le dio Cristo a sus Apóstoles diciendo (Lc., 22, 17): Tomad y divididle entre vosotros. Y no sólo cuando se parte y divide la hostia o el cáliz, sino también antes que se parta, está el cuerpo de Cristo todo entero en toda la hostia y todo entero en cualquier parte de ella, y todo entero en todas las especies del vino, y todo entero en cualquier partícula de ellas. 

Algunos ejemplos y comparaciones hay acá en lo natural que nos pueden dar alguna luz en esto. Porque nuestra ánima está también toda en todo el cuerpo y toda en cualquier parte de él; y la voz que yo hablo, que es ejemplo que trae San Agustín, está toda en vuestros oídos y toda en los de todos los oyentes; y si tomáis un espejo, veréis en él vuestra figura toda entera, aunque el espejo sea pequeño y mucho menor que vos; y si dividís el espejo en muchas partes, en cada parte veréis también vuestra figura, ni más ni menos como la veríais en todo el espejo. Estos y otros semejantes ejemplos y comparaciones traen los Doctores y los Santos para declararnos estos misterios, aunque ninguno hay que del todo tenga semejanza; pero todavía ayudan y dan alguna luz. 

Y hay aquí otro misterio, que cuando se parte y divide la hostia o el cáliz, los accidentes del pan y del vino son los que allí se parten y dividen; pero Cristo no se parte ni divide, sino entero se queda en cualquier partícula, por pequeña que sea. Y de la misma manera, cuando mascáis la hostia, no mascáis ni desmenuzáis a Cristo. Dice San Jerónimo: «¡Oh engaño e ilusión de nuestros sentidos! Parece que os partimos y mascamos como el pan material que comemos; mas la verdad es que no partimos ni mascamos sino aquellos accidentes que vemos; pero Vos, Señor, entero y perfecto, os quedáis en cualquier partícula, sin corrupción ni división alguna y entero os recibimos.» Y así lo canta la Iglesia: 

[No lo parte el que comulga, 
no lo quiebra ni divide, 
todo entero lo recibe. 
Quebrantase el Sacramento; 
mas no Cristo, que está dentro.] 

Acontécenos en este convite al revés que en los convites de acá, en los cuales cortáis un manjar, mas no cortáis los platos ni vasija; pero en esta divina mesa no es así, se parte el plato y la vasija, que son los accidentes, y se queda el manjar y la sustancia entera. Más: en las otras mesas coméis la vianda y el manjar, pero no coméis las vasijas ni los platos; pero en esta mesa soberana comernos el manjar, y es tan sabroso, que comemos el plato tras él. 

Todas estas cosas que la fe nos enseña nos hemos de contentar por ahora con creerlas y venerarlas sin quererlas escudriñar curiosamente, yendo siempre en aquel fundamento de San Agustín: Eso ha de ser como primer principio, que puede Dios más de lo que nosotros podemos alcanzar; porque, como dicen muy bien los Santos, no fueran grandes las cosas de Dios si nuestro entendimiento y razón las pudiera comprender. Y así, ése es el mérito de la fe: creer lo que no vemos. Y aun en los misterios de este santísimo Sacramento hay una cosa especial, que no hay en los demás misterios de la fe; porque en los demás creemos lo que no vemos, que es mucho de loar (Jn., 20, 29): [Dichosos los que no vieron y creyeron]; mas aquí no sólo hemos de creer lo que no vemos, sino contra lo que nos parece que vemos, porque, según nuestros sentidos, nos parece que allí hay pan y vino, y hemos de creer que no lo hay. 

Es semejante la fe que tenemos de este misterio a la que tuvo Abrahán, que tanto encarece San Pablo (Rom 4, 18): [Esperó contra toda esperanza]; venció la esperanza sobrenatural a la desconfianza natural, que los ojos veían, porque creyó y esperó que tendría hijo, contra todo lo que le prometía la esperanza natural, pues, naturalmente, no lo podía tener, por ser él y su mujer ya muy viejos. Y después, queriendo sacrificar ese hijo, como Dios se lo había mandado, con todo eso creyó que le había el Señor de cumplir la promesa que le había hecho de multiplicar en él su generación. Así, en este divino Sacramento creemos contra lo que naturalmente nos dicen todos nuestros sentidos, y así es de gran mérito lo que aquí creemos. Dijo Dios a su pueblo (Éxodo 16, 12): A la mañana comeréis pan, y a la tarde os daré carne. La mañana es esta vida presente. Se nos da Dios en especie de pan y vino; pero cuando asome la tarde, por la cual es significada la gloria, veréis la carne de Cristo, entenderéis claramente cómo y de qué manera ésta allí, se romperá entonces el velo, se correrán las cortinas, y veremos todas estas cosas claramente y cara a cara. 

Muchos milagros y muy auténticos pudiéramos aquí traer en confirmación de lo que hemos dicho, porque están los Santos y las historias llenas de ellos; pero sólo quiero decir uno que se refiere en la Crónica de la Orden de San Jerónimo. Un religioso, llamado Juan Pedro de Cavañuelas, que después fue prior de Guadalupe, fue muy combatido de tentaciones de fe, y especialmente acerca del santísimo Sacramento del altar, diciéndole el pensamiento cómo podía ser que hubiese sangre en la hostia; quiso el Señor librarle del todo de esta tentación con un modo maravilloso, y fue que diciendo él un sábado Misa de nuestra Señora, después que hubo consagrado, inclinándose a decir la oración que comienza: Suplices te rogamus, vio una nube que descendió de lo alto y cubrió todo el altar donde él decía Misa; de manera que con la oscuridad de la nube él no podía ver la hostia ni el cáliz. Y como se espantase mucho de este acaecimiento, y fuese lleno de grandísimo temor en ver lo que veía, rogó a nuestro Señor, con muchas lágrimas, que le quisiese librar de este peligro, y manifestar por qué causa aquello había acaecido. Y estando así llorando y con gran temor, poco a poco se fue quitando la nube y esclareciendo el altar del todo, y mirando al altar, vio que le faltaba la hostia consagrada y que el cáliz estaba vacío, porque también le había sido de él tomada la sangre. Y fue tan grande el espanto y temor que recibió cuando esto vio, que quedó como muerto; y, tornando comenzó con gran dolor de su corazón, y derramando muchas lágrimas de sus ojos, a rogar de nuevo nuestro Señor y a su santísima Madre, cuya Misa decía, que le perdonasen, si lo que había acaecido era por su culpa, y le librasen y le sacasen de tan grande peligro. Y estando en esta congoja, vio venir por el aire la hostia puesta en una patena muy resplandeciente, y se puso encima de la boca del cáliz, y comenzaron luego a destilar y salir de ella gotas de sangre dentro del cáliz, y salió en tanta cantidad como antes estaba. Y acabada de salir la sangre, se tornó la hijuela de los corporales a poner sobre el cáliz, y la hostia en su lugar sobre el ara, donde estaba primero. El sacerdote, estando muy espantado en ver tan grandes misterios, y no sabiendo qué hacer, oyó una voz que le dijo: «Acaba tu oficio, y te sea en secreto todo esto que has visto.» Y de ahí adelante nunca más sintió aquella tentación. El acólito o ministro que servía a la Misa no vio ninguna cosa de éstas ni oyó la voz; mas sintió las lágrimas del sacerdote, y cómo se tardó mucho más en la Misa que solía. Todo lo susodicho se halló después de su muerte escrito en una cédula de su mano, puesto entre su confesión general, lo cual él hizo en señal del secreto que le fue mandado guardar. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.