Mostrando entradas con la etiqueta Profanaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Profanaciones. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de noviembre de 2023

MILAGROS EUCARISTICOS - 60




EL PEQUEÑO CUSTODIO DE JESUS SACRAMENTADO 
 Año 1939, Almolda (Zaragoza) 

Cuando entraron los rojos en uno de los pueblos de Aragón, obligaron a un cristiano hornero a que echase en su horno todas las imágenes de los Santos de la parroquia. 

Se resistió, con valentía, el hornero. 

No le valió; uno de los oficiales hizo astillas las imágenes, y le obligó a quemarlas en el horno. 

Entre estas imágenes llevaron también un hermoso Sagrario que el oficial hizo pedazos, y se marchó. 

Un hijo del hornero, de cinco años, notó entre el montón de leña un objeto que relucía, un cristal redondo. Lo tomo en sus manos y se dio cuenta de que era el viril. Todavía conservaba la sagrada Forma. 

Va corriendo a su padre, y le dice: "Padre, ahí está Nuestro Señor". No acababa de comprender el hornero las palabras del niño. Va al montón de leña y se puso a temblar. 

"Toma, hijo mío, tómalo tú que eres un ángel." Lo cogió el niño con todo respeto y reverencia, y se lo llevó a su cuarto. 

Durante el día le acompañaba todo el tiempo que podía. Durante la noche descansaba junto a Jesús. 

El mismo día de la liberación del pueblo, fue el señor Cura a tomar el viril de casa del hornero. Se formó una procesión devotísima hasta la iglesia. Vio, con sorpresa, que no se habían corrompido las sagradas Especies durante los dos años que había estado el viril en el aposento del niño, y las sumió. 

El niño se llama Antonio Peña, su padre José Peña Pallas, hornero del pueblo de Almolda, provincia de Zaragoza.


 (Del "Boletín Parroquial suplemento del 'Boletín Oficial del Arzobispado—.—Valencia. 29 de octubre de 1940)


P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

   

jueves, 17 de noviembre de 2022

MILAGROS EUCARISTICOS - 58

 


LADRON ARREPENTIDO

(Año 1597. Alcofa de Henares (España)

Entre los muchos crímenes cometidos por un forajido español en unión de varios moriscos, se refiere el hecho de haber robado en diferentes iglesias tres copones, ultrajando las sagradas Formas, que los moros arrojaban por el suelo. El bandido, que conservaba todavía un rayo de fe, las recogió, depositándolas entre el ramaje, en un colmenar de la Alcarria, de que era dueño.

Un día visito aquel sitio y vio sorprendido, que salta mucha miel. Aparto el ramaje para descubrir lo que allí había, y quedo admirado de que las abejas hubiesen formado un panal en arco, que cubría a manera de custodia aquel rico depósito. Juzgando el hecho casual, y temiendo no fuera motivo de que se llegasen a descubrir sus enormes delitos, saco de allí las santas Formas y las puso detrás de una colmena, bajo de una teja y maleza con que las cubrió.

Pero creció más su asombro, al ver otro día que también manaba miel del nuevo escondite, y que las abejas hablan reconstruido con mayor primor su tabernáculo de blanquísima cera sobre el mismo lugar donde yacían las sacrosantas Hostias.

Entonces fue cuando no creyó fuera aquello casual, y embargado de santo temor resolvió confesarse y devolver las sagradas Formas.

Las envolvió en un papel, y en Alcalá de Henares las entrego al Rdo. confesor Padre Juan Juárez de la Compañía de Jesús. Consulto este el caso con el P. Gabriel Vázquez, que enseñaba teología en el colegio, y aunque era de parecer que se consumieran, con todo prevaleció el dictamen de guardarlas no fuese que estuvieran envenenadas.

Las tuvo, pues, el Padre en el aposento cosa de un mes, hasta que dispuso el Superior se depositaran entre las reliquias, con una nota del P. Juan Juárez, que expresara el suceso. Allí estuvieron once años, y en 1608 el Padre Provincial Luis de la Palma mando se pusiesen en un altar subterráneo y húmedo que había en el panteón de la iglesia, se colocaron, pues, en un ángulo del altar, y en el otro varias Formas recién hechas, envueltas en un papel, pero sin consagrar. Pocos meses después, las últimas se encontraban ya deshechas y corrompidas, mientras que las otras veintiséis permanecían blancas y tersas como el primer día.

En vista de tan extraordinario suceso fueron nuevamente colocadas entre las reliquias, tomándose de ello información jurídica.

Por último, en 1615, siendo Rector del colegio el mismo P. Luis de la Palma, las reconoció el Dr. D. Pedro García Carrera, médico de Cámara, catedrático de medicina y gran filósofo, declarando milagrosa la conservación. Hubo más tarde otros muchos reconocimientos, hasta que el Vicario general de Alcalá, como Ordinario, dio auto declarando milagrosa la incorrupción, y permitiendo, en lo sucesivo, se les tributase el debido culto de latría. Se hizo luego una rica custodia que costeo el cardenal D. Agustín Espínola, y es un templete coronado de una cupulita, el cual presenta ocho caras, y en cada una hay tres concavidades cerradas con cristales, que conservan las veintiséis sagradas Formas.

Estuvieron expuestas a la veneración de los fieles en la iglesia de la Compañía de Jesús hasta que en tiempo de la expulsión de los jesuitas, obra nefanda del Jansenismo y Filosofismo impío, fueron trasladadas a la magistral de San Justo y Pastor. La memoria de este gran milagro se celebra el domingo quinto después de Pentecostés con gran solemnidad y asistencia de todas las Autoridades.

(D. Ignacio Mamo Esperanza, Opúsculo sobre las santas Formas de Alcalá de Henares)

P. Manuel Traval y Roset

martes, 29 de diciembre de 2020

Monseñor Viganò: No se podrá evitar la apostasía de la cúpula de la Iglesia


Monseñor Viganò habla con la Dra. Maike Hicson sobre el altar pontificio vacío.

Omnes dii gentium demonia.

Salmo 95,5

Excelencia, en un artículo reciente señaló que el altar pontificio de la basílica vaticana no se ha vuelto a utilizar desde que se profanó con la ofrenda del ídolo de la Pachamama. En aquel momento, en presencia de Bergoglio y de su corte pontificia, se cometió un gravísimo sacrilegio. ¿Qué opina de ello?

La profanación de la basílica del Vaticano durante la ceremonia de clausura del Sínodo para la Amazonía contaminó el Altar de la Confesión desde el momento en que se colocó sobre la mesa una vasija dedicada al culto infernal de la Pachamama. A mí me parece que ésa y otras profanaciones cometidas en iglesias y altares evocan en cierta forma actos por el estilo que se han dado con anterioridad y nos permiten entender su verdadera naturaleza.

¿A qué se refiere?

Me refiero a ocasiones en que se ha soltado a Satanás contra la Iglesia de Cristo, desde las persecuciones de los primeros cristianos hasta la guerra de Cosroes de Persia contra Bizancio; desde la furia iconoclasta de los mahometanos hasta el Saco de Roma por parte de los lansquenetes alemanes; más tarde vino la Revolución Francesa, luego el anticlericalismo del siglo XIX, el comunismo ateo, la Guerra Cristera de México y la Cruzada de Liberación española; después, los horrendos crímenes de los partisanos comunistas durante la Segunda Guerra Mundial y sus posguerra, y las diversas formas de cristianofobia que observamos hoy en día por todo el mundo. Siempre, sin excepción, la Revolución en todas sus formas confirma su esencia luciferina permitiendo que se manifieste la bíblica enemistad entre el linaje de la Serpiente y el de la Mujer, entre los hijos de Satanás y los de la Santísima Virgen. No tiene otra explicación esta ferocidad contra la Santísima Madre y sus hijos.

Pienso concretamente en la entronización de la Diosa Razón que tuvo lugar el 10 de noviembre de 1793 en la parisina catedral de Notre Dame, durante el apogeo del Terror. También en aquella ocasión el odio infernal de los revolucionarios quiso sustituir el culto a la Madre de Dios por el culto a una prostituta, erigida en símbolo de la religión masónica, la llevaron a hombros en una silla gestatoria y colocada en el santuario. Esto tiene muchas analogías con la Pachamama, y denotan la mentalidad infernal que lo ha inspirado.

No olvidemos que el 10 de agosto de 1793, escasos meses antes de la profanación de Notre Dame, la estatua de la diosa Razón se había erigido en la plaza de la Bastilla con los rasgos de la diosa egipcia Isis. No deja de ser significativo que esta alusión a los cultos egipcios la encontremos también en el horripilante nacimiento que en este momento se alza en la Plaza de San Pedro. Pero está claro que las semejanzas que encontramos en estas cosas que están pasando vienen acompañadas de algo totalmente nuevo.

¿Nos podría explicar en qué consiste ese nuevo elemento?

Me refiero a que mientras que hasta el Concilio –o, para ser menos duros, hasta este pontificado–, las profanaciones y sacrilegios los realizaban enemigos externos de la Iglesia. Desde entonces los escándalos han llegado a los más altos niveles de la Jerarquía, eso sin hablar del culpable silencio de los obispos y el escándalo de los fieles. La Iglesia bergogliana da una imagen cada vez más desconcertante, en la que la negación de las verdades católicas viene acompañada de la afirmación explícita de una ideología intrínsecamente anticatólica y anticristiana en la que el culto idolátrico de deidades paganas –o sea de demonios– ha salido a la luz, y se promueve con actos sacrílegos y profanaciones de objetos sagrados. Colocar una vasija inmunda en el Altar de la Confesión de San Pedro es un gesto litúrgico con un valor concreto y una finalidad que va más allá de lo simbólico. La presencia de un ídolo de la madre tierra es una clara ofensa a Dios y a la Santísima Virgen, una señal palpable que en cierto sentido explica las muchas afirmaciones irreverentes de Bergoglio con relación a nuestra santísima Madre.

No es de extrañar por tanto que quienes se proponen derribar la Iglesia de Cristo y el Papado de Roma lo hagan desde el solio supremo, como dijo la profecía de la Virgen de la Salette: «Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo». Yo diría que hoy en día ya no se puede hablar de una simple pérdida de la fe, sino que debemos tomar nota del próximo paso, que se expresará en una auténtica apostasía, del mismo modo que la reforma litúrgica va evolucionando hacia una forma de paganismo que incluye la profanación sistemática del Santísimo Sacramento. Sobre todo con la imposición de la Comunión en la mano so pretexto del covid. Así como en una cada vez más evidente aversión a la antigua liturgia.

En esencia, muchas formas de prudencia inicial ocultando las verdadera intenciones de los novadores, poniendo cada vez más al descubierto la verdadera naturaleza de la obra que realizan los enemigos de Dios. Ya no hace falta el pretexto de la oración en común por la paz que legitimó la matanza de gallinas y otras escandalosas abominaciones en Asís, y ya hay quien teoriza que la hermandad entre los hombres puede prescindir de Dios y de la misión salvífica de la Iglesia.

¿Qué piensa de los sucesos que se han dado a partir de octubre de 2019? En particular, de que Bergoglio haya abandonado el título de Vicario de Cristo, así como de que haya dejado de celebrar la Misa en el altar pontificio y de la suspensión de la celebración de misas públicas en Santa Marta.

El principio filosofico para seguirlo;  el modo de obrar sigue al de ser, nos enseña que todo actúa en conformidad con lo que es. Quien renuncia a ser llamado Vicario de Cristo da la impresión de entender que el título no le corresponde, o incluso de  que desprecia la posibilidad de ser el vicario de Aquel que Bergoglio demuestra con sus palabras y sus actos que no quiere reconocer y adorar como a Dios. O, expresado más sencillamente, que no le parece que su misión como máxima autoridad de la Iglesia tenga que coincidir con el concepto católico de pontificado, sino con una versión supuesta actualizada y desmitologizada. Al mismo tiempo, como no cree ser el Vicario de Cristo, Bergoglio puede eximirse de actuar como tal, adulterando como si nada el Magisterio y escandalizando a todo el pueblo cristiano. Celebrar in pontificatibus en el altar erigido sobre la tumba del apóstol San Pedro invisibilizaría al argentino, eclipsaría sus excentricidades y su perpetua expresión de disgusto que no consigue ocultar cada vez que celebra como Papa. Al contrario, le resulta mucho más fácil destacar en la Plaza de San Pedro en pleno confinamiento, atrayendo hacia sí la atención de los fieles, que de lo contrario pondrían en Dios.

¿Reconoce entonces el valor simbólico de los actos del papa Francisco?

Los símbolos tienen un valor preciso: el nombre que eligió, la decisión de vivir en Santa Marta, el abandono de insignias y vestiduras propias del Romano Pontífice, como la muceta roja, el roquete y la estola, o el escudo de armas pontificio en el fajín. La obsesión por todo lo profano es simbólica, como lo es también la intolerancia hacia todo lo que evoque un sentido católico. Y quizá sea también simbólico el gesto con que en la epiclesis, durante la Consagración, Bergoglio cubra siempre el cáliz con las manos, como si quisiera impedir el derramamiento del Espíritu Santo.

Del mismo modo, así como cuando uno se arrodilla ante el Santísimo Sacramento da testimonio de fe en la Presencia Real y realiza un acto de latría o adoración a Dios, al no arrodillarse ante el Santísimo, Bergoglio proclama públicamente que no quiere humillarse ante Dios. Eso sí, no tiene problema para postrarse a cuatro patas ante inmigrantes o ante funcionarios de repúblicas africanas. Y al postrarse ante la Pachamama, algunos frailes, monjas, curas y seglares realizaron un acto de auténtica idolatría, honrando a un ídolo y rindiendo culto a un demonio. Símbolos, signos y gestos rituales son los instrumentos por los que la iglesia bergogliana se manifiesta sin tapujos.

Todos esos ritos de la neoiglesia, esas ceremonias más o menos indicadas, esos elementos tomados de liturgias profanas, no son casuales ni mucho menos. Constituyen uno de los cambios de la ventana de Overton que Bergoglio ya ha teorizado en sus intervenciones y en los actos de su magisterio. Por otra parte, los hechiceros que trazaron el signo de Shiva en la frente de Juan Pablo II y el buda que se adoró en el tabernáculo de Asís se pueden entender en plena coherencia con los horrores que estamos presenciando. Exactamente igual que, en el ámbito social, antes de considerar aceptable el aborto en el noveno mes de gestación éste tuvo que ser legalizado en casos más limitados, y que antes de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo se prefirió prudentemente dejar que la gente creyese que la protección legal de la sodomía no terminaría por poner en tela de juicio la institución del matrimonio natural entre un hombre y una mujer.

¿Cree Vuestra Excelencia que estas cosas irán a más?

Si el Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, no se digna poner fin a esta perversión generalizada de la Jerarquía, la Iglesia Católica quedará cada vez más opacada por la secta que se le está superponiendo abusivamente. Confiamos en las promesas de Cristo y en la asistencia especial del Espíritu Santo, pero no olvidemos que la apostasía de la cúpula de la Iglesia forma parte de los acontecimientos esjatológicos y no se podrá evitar.

Considero que las premisas que hemos visto hasta ahora, y que se remontan en buena parte al Concilio, conducirán inexorablemente de un modo cada vez más explícito a una profesión de apostasía por parte de la cúpula de la iglesia bergogliana. El Enemigo exige fidelidad a sus siervos, y si al principio, parece contentarse con un ídolo de madera adorado en los jardines vaticanos o de una oblación de tierra y plantas sobre el Altar de San Pedro, dentro de poco exigirá un culto público y oficial que reemplace al Sacrificio Perpetuo. En ese caso se cumplirá lo que profetizó Daniel de la abominación desoladora en el lugar santo. Me llama la atención la expresión precisa que emplea la Sagrada Escritura: «Cum videritis abominationem desolationis stantem in loco sancto» [cuando veáis la abominación desoladora en el lugar santo] (Mt.24,15). Está escrito con toda claridad que esta abominación estará en una descarada y arrogante imposición en el lugar más ajeno e impropio para ella. Será una vergüenza, un escándalo, algo sin precedentes, y no hay palabras para calificar y condenarla.

¿Qué nos espera si todo sigue así?

A mi modo de ver, estamos presenciando el ensayo general previo a la instauración del reino del Anticristo, que será precedido por la predicación del Falso Profeta, precursor de aquél que desencadenará la persecución final de la Iglesia antes de la victoria aplastante y definitiva de Nuestro Señor.

El vacío simbólico del altar pontifico es algo más que una advertencia para quienes fingen no ver los escándalos de este pontificado. En cierta forma, Bergoglio se está valiendo de ello para que nos acostumbremos a tomar nota de la mutación sustancial del papado y de la propia Iglesia. También lo es para que veamos en él algo más que el último en el largo linaje de romanos pontífices a los que Cristo mandó apacentar sus ovejas y sus corderos: el primer jefe de una organización filantrópica multinacional que ha usurpado el nombre de Iglesia Católica sólo porque le permite disfrutar de un prestigio y autoridad sin igual, incluso en tiempos de crisis religiosa.

La paradoja es patente: Bergoglio sabe que sólo puede destruir a todos los efectos la Iglesia Católica si se lo reconoce como Papa, pero al mismo tiempo no puede ejercer el pontificado en sentido estricto, ya que ello exigiría que hablase y se comportase como el Vicario de Cristo y Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, y se manifestara como tal. Es la misma paradoja que observamos en los ámbitos civil y político, en los que quienes han sido constituidos como autoridades para gobernar los asuntos públicos y promover el bien común son al mismo tiempo emisarios de la élite con la misión de destruir su país y vulnerar los derechos de los ciudadanos. Por detrás del estado profundo y la iglesia profunda siempre hay un mismo instigador: Satanás.

¿Qué pueden hacer los laicos y el clero para prevenir está carrera desenfrenada hacia el precipicio?

La Iglesia no es propiedad del Papa, ni tampoco de una camarilla de herejes y fornicarios que ha conseguido acceder al poder mediante engaños y fraudes. Por eso, debemos unir nuestra fe sobrenatural en que Dios obra constantemente en medio de su pueblo a una labor de resistencia, como aconsejan los Padres de la Iglesia. Los católicos tienen el deber de enfrentarse a la infidelidad de sus pastores, porque el objeto de la obediencia que les deben es la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por consiguiente, denunciamos todo lo que suponga traición a la misión de los pastores, mientras imploramos al Señor que abrevie estos tiempos de prueba. Y si algún día Bergoglio nos dijera que para estar en comunión con él tenemos que hacer algo que ofenda a Dios, tendremos más confirmación de que es un impostor y de que, como tal, carece de autoridad.

Oremos, pues. Recemos mucho y con fervor, conscientes de las palabras del Salvador y de su victoria final. No se nos juzgará por los escándalos de Bergoglio y sus secuaces, sino por nuestra fidelidad a las enseñanzas de Cristo; fidelidad que comienza por vivir en gracia de Dios, recibiendo con frecuencia los sacramentos y ofreciendo sacrificios y penitencias por la salvación de los ministros de Dios.

¿Cuál es su petición para esta Navidad?

Me gustaría que estos tiempos difíciles nos permitan ver que donde no reina Cristo se instaura irremediablemente la tiranía de Satanás. Donde no impera la Gracia, se imponen el pecado y el vicio. Donde no se ama la verdad, la gente termina por abrazar el error y la herejía. Si hasta ahora muchas almas tibias no han sabido volverse a Dios, reconociendo que su vida sólo puede hallar plena y perfecta realización en él, quizás puedan entender ahora que la vida sin Dios se convierte en un infierno.

Como los pastores se postraron adorantes a los pies del Niño Rey, acostado en un pesebre pero significativamente arropado en unas telas que antiguamente eran prerrogativa de reyes, también nosotros debemos congregarnos en oración en torno al altar, aunque sea en un desván o en sótano para escapar a la persecución o burlar la prohibición de reuniones. Porque aun en la pobreza de una capilla clandestina o una iglesia abandonada el Señor desciende sobre el altar para sacrificarse místicamente en aras de nuestra salvación.

Roguemos porque un día veamos a un pontífice que vuelva a celebrar el Santo Sacrifico sobre el Altar de la Confesión de San Pedro según el rito que enseñó Nuestro Señor a los Apóstoles y que se ha transmitido íntegro a lo largo de los siglos. Será la señal de que se han restaurado el papado y la Iglesia de Cristo.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

 Fuente: Adelante la Fe

jueves, 2 de abril de 2020

Monseñor Viganò habla para THE REMNANT del Covid-19 y la mano de Dios


Introducción del director de The REMNANT: Durante estos tiempos de cariz apocalíptico debemos tener presente que a pesar de la profunda apostasía que se ha ido extendiendo por el mundo en las últimas décadas, Dios no nos ha abandonado.

Buenos sacerdotes de todo el mundo están respondiendo a la llamada de los despojados fieles para mantener la lumen Christi en medio de las tinieblas que actualmente envuelven el mundo entero. En estos momentos de desolación, muchos de ellos empiezan a entender los entresijos de la revolución modernista que ha diezmado la Iglesia Católica, ha acabado prácticamente con el venerable Rito Romano y ha terminado por dejarnos abandonados cerrándonos la puerta de los templos.

En vista de este castigo, cuando tantos obispos han huido llevándose con ellos los Sacramentos que nos deben dar, nos alegramos de que haya al menos unos pocos buenos pastores que hayan roto las cadenas de la colegialidad para traernos el consuelo de la verdad de Cristo y llamar a las ovejas dispersas de vuelta a la protección del redil.

Está claro que no estamos solos. Dios está volviendo a suscitar profetas.

Millones de católicos se las ven y se las desean para comprender lo que ha pasado en las últimas semanas. En este Domingo de Pasión, el arzobispo Viganò nos ha hecho el honor de concedernos una entrevista en la que nos brinda una orientación franca y cristocéntrica.

Nos recuerda en primer lugar que «la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales». Debemos permitir que este azote nos ablande el corazón y nos conduzca al arrepentimiento y a volver a Dios.

A continuación, exhorta a todos los católicos bautizados a tener presente que la desesperación es impensable y que debemos «soportar estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas».

«Si algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa», también puede brindar a nuestros pastores la oportunidad de resolver ablandar su corazón y comprender que no deben seguir «ofendiendo la majestad de Dios» y desobedeciendo a su Madre: «Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón -recuerda monseñor Viganò-, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios!»

¿Cómo debe responder, entonces, la Iglesia a la actual crisis?

Advierte Su Excelencia que «es imprescindible e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos». Los obispos en particular «deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica», porque ya basta de «caminos sinodales», «del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio». Por eso los obispos deben dejar de «enseñar falsas doctrinas», de tener miedo de «predicar la pureza y la santidad», con «silencios cobardes ante la arrogancia del mal».

Las ovejas los seguirán, pero los pastores tienen que aprender a apartarnos del mundo y llevarnos de vuelta a Cristo.

Dios bendiga y guarde al arzobispo Viganò. Es una voz que clama en el desierto, y ruego a nuestros lectores que recen por él y le pidan a Dios que le conceda la gracia y el valor para seguir haciendo sonar la voz de alarma antes de que sea tarde. Tanto las naciones como los hombres tienen que regresar al Dios Todopoderoso para que recuperemos la paz y la tranquilidad.

Michael J. Matt

Entrevista al arzobispo Carlo Maria Viganò

Michael J. Matt: ¿Cómo le parece que deben evaluar los católicos la epidemia de Covid-19?

+ Carlo Maria Viganò: La epidemia de este coronarvirus, como todas las enfermedades y como la muerte misma, son consecuencia del pecado original. El pecado de Adán, nuestro primer padre, lo privó y nos privó no sólo de la gracia divina, sino de todos los elementos buenos con que Dios había dotado la creación. La enfermedad y la muerte entraron en el mundo como castigo por desobedecer a Dios. La Redención, que se nos prometió en el Protoevangelio (Génesis 3), se profetizó en el Antiguo Testamento y se completó con la Encarnación, Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor, libró a Adán y a sus descendientes de la condenación eterna; pero quedaron consecuencias como señal de la Caída que no serán corregidas hasta la resurrección de la carne, como anunciamos en el Credo, la cual tendrá lugar antes del Día del Juicio. Esto hay que tenerlo presente, sobre todo en un momento en que se desconocen o niegan las enseñanzas fundamentales del Catecismo.

Los católicos sabemos que la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales. Gracias a la Comunión de los Santos, que permite que los méritos de todos los bautizados se transmitan al resto de la Iglesia, podemos soportar también estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas. Algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa.

Como hemos visto, si sólo tenemos en cuenta el aspecto clínico de la enfermedad -la cual, lógicamente, debemos combatir por todos los medios a nuestro alcance-, se excluye totalmente el lado trascendental de nuestra vida, y perdemos por consiguiente la perspectiva espiritual y terminamos irremediablemente en un egoísmo ciego y desesperado.

Varios obispos y sacerdotes han afirmado que «Dios no castiga» y que entender el coronavirus como una plaga supone una «mentalidad pagana». ¿Está de acuerdo?

Como dije, el primer castigo se aplicó a nuestro primer padre. Ahora bien, como leemos en el Exultet que se canta en la Vigilia Pascual, O felix culpa, qui talem ac tantum meruit habere Redemptorem!, feliz culpa que nos hizo acreedores a tan gran Redentor.

Un padre que no castiga a sus hijos no los quiere; es negligente con ellos. El médico que se queda cruzado de brazos mientras ve cómo su paciente empeora y termina siendo víctima de la gangrena, no quiere que se recupere. Dios es un Padre que nos ama, porque nos enseña lo que debemos hacer para merecer la felicidad eterna en el Paraíso. Cuando desobedecemos sus mandamientos pecando, no nos deja morir sino que sale a nuestro encuentro y nos manda muchos avisos, que son con frecuencia severos. Entonces nos enmendamos, nos arrepentimos, hacemos penitencia y nos reconciliamos con Él. «Sois mis amigos si hacéis lo que Yo os digo.» A mí me parece que las palabras de Nuestro Señor no dejan lugar a dudas.

Me gustaría añadir que la verdad sobre un Dios justo que premia a los buenos y castiga a los malos es parte del legado común de la ley natural que hemos recibido del Señor a lo largo de la historia. Una vocación irresistible a nuestro paraíso terrenal que demuestra a los mismos paganos que la Fe católica es el necesario cumplimiento de lo que le indica todo corazón sincero y bien dispuesto. Me sorprende que hoy en día, en vez de recalcar esta verdad grabada a fuego en el corazón de todo hombre, los que simpatizan hondamente con los paganos no acepten lo que la Iglesia siempre consideró la mejor manera de conquistarlos.

¿Cree Vuestra Excelencia que hay pecados que acarrean más que otros la ira de Dios?

Cada delito que nos mancha a los ojos de Dios es otro martillazo sobre los clavos que traspasaron las sagradas y venerables manos de Nuestro Señor, otro latigazo que desgarra su sagrado Cuerpo, otro esputo en su adorable rostro. Si nos diéramos cuenta de ello, nunca volveríamos a pecar. Los pecadores llorarían transidos de dolor por el resto de su vida. Y sin embargo, ésta es la realidad: durante su Pasión, nuestro Divino Salvador cargó no sólo con nuestro pecado original, sino con todo pecado que han cometido y cometerán los hombres. Lo más grandioso es que Nuestro Señor llegó a morir en la Cruz cuando una sola gota de su preciosísima Sangre habría bastado para redimirnos a todos. Cujus una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere, como nos enseña Santo Tomás.

Además de los pecados individuales, están los pecados cometidos por las sociedades, por las naciones. El aborto, que sigue asesinando niños inocentes durante la pandemia; el divorcio, la eutanasia, la abominación de los supuestos matrimonios entre personas de un mismo sexo, la celebración de la sodomía y otras terribles perversiones como la pornografía, la corrupción de menores, las especulaciones de las élites financieras, la profanación del domingo y un largo etcétera.

¿Le importaría aclarar por qué distingue entre pecados individuales y pecados nacionales?

Santo Tomás de Aquino enseña que toda persona tiene el deber de reconocer, adorar y obedecer al único Dios verdadero. Del mismo modo, las sociedades, que se componen de muchos individuos, no pueden dejar de reconocer a Dios y ocuparse de que sus leyes permitan a los miembros de la sociedad llegar a la meta espiritual a la que están destinados. Hay naciones que no sólo hacen caso omiso de Dios, sino que lo niegan abiertamente. Las hay que exigen a sus ciudadanos que acepten leyes que contravienen la moral natural y la doctrina católica, como las que reconocen el derecho al aborto, la eutanasia y la sodomía. Otros corrompen a los niños y vulneran su inocencia. Quienes consienten que se blasfeme la divina majestad de Dios no pueden quedar impunes ante Él. Los pecados públicos exigen confesión y expiación públicas para que Dios los perdone. No olvidemos que la Iglesia, que también es una sociedad, no está exenta de los castigos divinos cuando sus dirigentes son culpables de ofensas colectivas.

¿Afirma Vuestra Excelencia que la Iglesia puede tener culpa?

La Iglesia siempre ha sido impecablemente santa, porque es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor y Salvador. No sólo sería temerario, sino incluso blasfemo el menor atisbo de considerar que esta divina institución, que la Providencia instaló en el mundo para proporcionarlos la Gracia a todos como única Arca de Salvación, pueda ser mínimamente imperfecta. Las alabanzas que cantamos a la Madre de Dios –a la que llamamos precisamente Mater Eclessiae–, se pueden cantar también de la Iglesia, mediadora de todas las gracias a través de los sacramentos; Madre de Nuestro Señor, cuyos miembros genera. La Iglesia es al Arca de la Alianza que custodia el Santísimo Sacramento y los Mandamientos. La Iglesia es Refugio de los Pecadores, a los que otorga el perdón tras una buena confesión. Es Salud de los Enfermos, a los que siempre ha prodigado cuidados. Reina de la Paz, que promueve la armonía con la predicación del Evangelio. Pero también es terrible como un ejército en orden de batalla, porque Nuestro Señor ha concedido a sus sagrados ministros potestad para aplastar demonios y la autoridad de las Llaves del Cielo. No olvidemos que la Iglesia, además de ser Iglesia Militante en este mundo, es Iglesia Triunfante e Iglesia Purgante, los miembros de las cuales son todos santos.

Pero hay que decir igualmente que aunque la Iglesia sea santa, algunos de sus integrantes y de los miembros de la jerarquía en la Tierra pueden ser pecadores. En los tormentosos tiempos que vivimos, hay muchos sacerdotes indignos de ser llamados tales, como se ha visto en los escándalos y abusos protagonizados por algunos de ellos, desgraciadamente hasta por obispos y cardenales. La infidelidad de los pastores sagrados es un escándalo para sus hermanos en el sacerdocio y para muchos fieles, no sólo en lo relativo a la lujuria o a la ambición de poder, sino también -y yo diría que sobre todo- en lo referente a la integridad de la Fe, la pureza de la doctrina de la Iglesia y la santidad moral. Han llegado a cometer acciones de una gravedad inusitada, como pudimos observar en la adoración del ídolo de la Pachamama en el propio Vaticano. La verdad es que me parece que el Señor está justamente indignado con la muchedumbre de escándalos cometidos por quienes por ser pastores deberían dar ejemplo a la grey que se les ha confiado.

No olvidemos que el mal ejemplo de muchos miembros de la jerarquía es algo más que un escándalo para los católicos: es un escándalo para los que no pertenecen a la Iglesia y tienen a ésta como un faro y un punto de referencia. Y eso no es todo; el azote que estamos padeciendo no puede dispensar a la jerarquía eclesiástica de hacer el debido examen de conciencia por haberse dejado subyugar por el espíritu del mundo. No puede eludir su deber de condenar enérgicamente todos los errores a los que ha dado cabida desde el Concilio, y que le han acarreado todos estos justos castigos. Tenemos que enmendarnos y volver a Dios.

Me duele tener que decir que aun después de ver cómo se derrama sobre el mundo la cólera divina seguimos ofendiendo a la majestad de Dios al decir que la Madre Tierra exige respeto, como dijo hace unos días el Papa en su enésima entrevista. Lo que debemos hacer es pedir perdón por el sacrilegio cometido en la Basílica de San Pedro, y volver a consagrarla antes de que se puede decir allí nuevamente el Santo Sacrificio de la Misa. Hay que convocar también una procesión pública en señal de penitencia, aunque sólo participen prelados dirigidos por el Sumo Pontífice. Tienen que implorar la misericordia de Dios para ellos y para su pueblo. Sería la verdadera manifestación de humildad que todos esperamos para reparar las ofensas cometidas.

No podemos ocultar nuestro estupor al oír palabras como las pronunciadas en la casa de Santa Marta el pasado día 26. El Papa dijo: «Que el Señor no nos encuentre, al final de nuestras vidas, y diga de cada uno de nosotros: “Te has pervertido. Te has desviado del camino que te había indicado. Te has postrado ante un ídolo”». Son palabras que causan gran desconcierto, sobre todo teniendo en cuenta que él mismo cometió un terrible sacrilegio a la vista y al oído del mundo entero, ante el mismo Altar de la Confesión en San Pedro; una auténtica profanación, un acto de apostasía, con esas asquerosas y satánicas imágenes de la Pachamama.

El día de la Anunciación de Nuestra Señora, los obispos de Portugal y de España consagraron sus respectivas naciones al Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Otro tanto hicieron los prelados de Irlanda, Inglaterra y Gales. En muchas diócesis y localidades, los obispos y las autoridades municipales han puesto a su ciudad bajo la protección de María Santísima. ¿Qué piensa Vuestra Excelencia de dichos actos?

Son actos que me llenan de esperanza. Aunque no son suficientes para expiar nuestras culpas, las máximas autoridades de la Iglesia no se han dado por enteradas, aunque los creyentes de a pie llevaban mucho tiempo clamando por que sus pastores realizasen esos actos solemnes. Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios! ¡Es una vergüenza y un escándalo que ningún obispo de Italia se haya adherido a tan importante iniciativa!

¿Cómo evalúa la suspensión de sacramentos que observamos en casi todo el mundo?

Es un padecimiento terrible para los fieles, posiblemente el peor que han conocido hasta la fecha. Parece mentira que se les pueda negar a los moribundos.

En la actual situación, parece que, con escasas excepciones, la Jerarquía no ha tenido escrúpulos para cerrar las iglesias y evitar que participen los fieles del Santo Sacrificio de la Misa. Se han comportado como fríos burócratas que cumplen las órdenes del sátrapa, y la mayoría de los fieles lo han visto como una demostración de falta de fe. Y no me extraña nada.

Me pregunto -y da miedo pensarlo- si el cierre de los templos y la suspensión de todo acto de culto no será otro castigo de Dios, además de la pandemia. «A fin de que conociesen cómo por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado » (Sab. 11,17). Con lo ofendido que está el Señor por la negligencia y las faltas de respeto de sus sacerdotes; con lo indignado que está por las profanaciones del Santísimo Sacramento que tiene lugar cada día cuando se da de comulgar en la mano; con lo harto que está de cancioncillas estúpidas y de homilías heréticas, todavía se contenta desde el silencio del Sagrario con la alabanza austera y formal de muchos sacerdotes que todavía dicen la Misa de siempre. La Misa que se remonta al tiempo de los Apóstoles. La que siempre ha sido el corazón cuyos latidos han movido a la Iglesia a lo largo de los siglos. Tengamos presentes esta sobria advertencia: Dios no se deja burlar.

Entiendo perfectamente y comparto la preocupación esencial y las medidas de protección impuestas por las autoridades para salvaguardar la salud pública. Pero del mismo modo que tienen derecho a aprobar leyes relativas a los que afecta a nuestro cuerpo, las autoridades eclesiásticas tienen el derecho y el deber de velar por la salud de las almas. No pueden negar a los fieles el alimento espiritual que obtienen de la Eucaristía, por no hablar del Sacramento de la Confesión, la Misa y el Viático.

Cuando tantas tiendas y restaurantes estaban todavía abiertos, muchas conferencias episcopales ya habían suspendido todo acto de culto, y eso que ni siquiera se lo habían exigido aún las autoridades civiles. Eso es otra prueba del lamentable estado de la Jerarquía; demuestra que los obispos están gustosamente dispuestos a sacrificar el bien de las almas para contentar a las autoridades establecidas o a la dictadura del pensamiento único.

A propósito de los restaurantes abierto. ¿Qué opinión le merecen las comidas que se han servido a los pobres en los últimos meses en lugares de culto?

Para los católicos, ayudar a los necesitados es una obra de caridad. Nos recuerda que Dios es caridad. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas con todo nuestro corazón, y al prójimo por amor de Él. Por eso, de acuerdo con las bienaventuranzas, podemos ver al Señor en los pobres, los enfermos, los presos y los huérfanos. Desde el mismo principio, la Iglesia ha dado siempre un ejemplo magnífico en ese sentido. Los mismos paganos nos admiraban por ello. La Historia da cuenta de las numerosas e impresionantes labores de asistencia iniciadas por la generosidad de los fieles, incluso en épocas de gran hostilidad por parte de las autoridades civiles. Muchas veces las autoridades se han adueñado de dichas entidades siguiendo órdenes de la Masonería, que despreciaba las grandes obras de muchos buenos católicos. Ayudar a los pobres y los marginados no es algo que empezara con Bergoglio ni con organizaciones alineadas según una ideología determinada.

Ahora bien, es significativo que la nueva insistencia en la ayuda a los pobres, además de no hacer la menor referencia a lo sobrenatural se limita a las obras de misericordia corporales, evitando cuidadosamente las espirituales. Y no acaba ahí la cosa; este pontificado ha eliminado toda forma de apostolado, y dice que la Iglesia no debe realizar actividades misioneras, a las que califica de proselitismo. Que sólo podemos proporcionar comida, alojamiento y atención médica, pero nadie está facilitando alimento, hospedaje o atención médica a las almas que los necesitan con tanta urgencia. La Iglesia actual se ha convertido en una ONG filantrópica. Pero la verdadera Caridad no es un derivado de su sucedáneo masónico, por mucho que se procure disimularlo con un vago barniz de espiritualidad; es todo lo contrario, porque la solidaridad que se estila hoy niega que haya una sola Iglesia verdadera cuyo mensaje salvífico deba predicarse a todos los que no forman parte de ella. Y hay más: desde el Concilio la Iglesia ha ido a la deriva y se ha alejado tanto con cuestiones como la libertad de culto y el ecumenismo que muchas entidades benéficas confirman actualmente en el error de su paganismo o su ateísmo a las personas cuyo cuidado se les confía. Hasta les ofrecen locales donde pueden reunirse para rezar. Hemos visto asimismo casos deplorables de misas en las que, a petición expresa del celebrante, en vez del Santo Evangelio se lee el Corán o, como ha sucedido últimamente, se ha practicado la idolatría en templos católicos.

Yo diría que la idea de transformar las iglesias en refectorios o dormitorios para los necesitados es prueba de esa hipocresía de fondo que, como hemos observado con el ecumenismo, utiliza algo en apariencia loable (por ejemplo, dar de comer al hambriento o acoger a los refugiados) como instrumento para cumplir progresivamente el plan masónico de instaurar una gran religión universal sin dogmas, sin ritos y sin Dios. Utilizar una iglesia como si fuera un albergue, en presencia de prelados de obispos pagados de sí mismos que sirven pizzas y chuletas con un mandil sobre la sotana, equivale a profanarla. Sobre todo cuando esos que se muestran sonrientes ante los fotógrafos se guardan de abrir la puerta de su palacio episcopal a quienes, en el fondo, consideran útiles para sus fines políticos. Volviendo a lo que iba diciendo, me parece que también estos actos sacrílegos son causa subyacente de la pandemia y de la clausura de los templos.

Por otro lado, yo diría que con demasiada frecuencia se instrumentaliza la pobreza y la necesidad de tantos desventurados para aparecer en primera plana. Lo hemos visto en los desembarcos de inmigrantes transportados por organizaciones constituidas por auténticos negreros, con la sola idea de poner en marcha la industria de la acogida, que no sólo oculta mezquinos intereses económicos, sino una disimulada complicidad con quienes quieren destruir la Europa cristiana comenzando por Italia.

En otros casos, como en la localidad de Cerveteri aledaña a Roma, las fuerzas del orden interrumpieron la celebración de una Misa. ¿Cómo reaccionaron las autoridades eclesiásticas?

Lo de Cerveteri puede haber sido un exceso de celo por parte de la policía, sobre todo si los agentes estaban estresados por el clima de alarma que se ha desatado desde el brote de la epidemia. Pero hay que dejar claro que -y más en un país como Italia en el que rige un concordato entre la Iglesia y el Estado-, las autoridades eclesiásticas tienen jurisdicción exclusiva sobre los lugares de culto. La Santa Sede y el ordinario del lugar deberían haber protestado por semejante incumplimiento de los Pactos de Letrán, confirmados en 1984 y que siguen vigentes. Una vez más, la autoridad de los obispos, que les fue conferida directamente por Dios, se deshace como la nieve bajo el sol demostrando una pusilanimidad que puede llevar a cometer abusos peores. Aprovecho la ocasión para pedir una firmísima condena de estas intolerables injerencias de las autoridades civiles en cuestiones que son competencia de las eclesiásticas.

El pasado día 25 el papa Francisco invitó a rezar el Padrenuestro a todos los cristianos, sean o no católicos, para pedir a Dios que ponga fin a la pandemia, dando a entender que también podían rezar con él los seguidores de otras religiones.

El relativismo religioso que ha traído el Concilio ha llevado a muchos a creer que la Fe católica no es el único medio de salvación o que la Santísima Trinidad no sea el único Dios verdadero.

En la Declaración de Abu Dabi, el papa Francisco afirmó que todas las religiones son queridas por Dios. Además de una herejía, es una forma gravísima de apostasía y una blasfemia. Porque afirmar que Dios acepta que lo adoren de forma diferente a la revelada significa que no tienen ningún sentido la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Salvador. Equivale a decir que no tiene sentido que la Iglesia exista, que innumerables mártires hayan dado la vida y que existan los Sacramentos, el sacerdocio y el Papado mismo

Por desgracia, precisamente cuando debería hacerse expiación por esos ultrajes a la Majestad de Dios, alguien nos pide que le recemos junto con quienes se niegan a honrar a su Santísima Madre, y precisamente en el día de su festividad.

¿Es esa la manera más apropiada de implorar el fin de la plaga?

También es cierto que la Penitenciaría Apostólica ha concedido indulgencias especiales para los aquejados de la enfermedad y para quienes les asistan corporal y espiritualmente.

Ante todo hay que insistir en que las indulgencias jamás pueden sustituir a los sacramentos. Debemos resistir enérgicamente las infames decisiones de algunos pastores que han prohibido a los sacerdotes confesar y administrar el bautismo. Estas disposiciones, junto con la suspensión de las Misas y de la Comunión, vulneran el derecho divino y demuestran que detrás de todo esto anda Satanás. Sólo la Serpiente, enemiga de nuestras almas, puede inspirar disposiciones que provocan la pérdida espiritual de tantas almas. Es como si se ordenase a los médicos que no administrasen tratamientos vitales a pacientes en peligro de muerte.

El ejemplo del episcopado polaco, que ha ordenado multiplicar las misas para que los fieles puedan asistir sin riesgo de contagio, debería ser imitado por toda la Iglesia, si es que todavía se preocupa la jerarquía por la salvación eterna del pueblo cristiano. Es significativo que en Polonia el impacto de la pandemia haya sido inferior al que ha tenido en otros países.

La doctrina de las indulgencias no ha sido barrida por los novatores, y eso es bueno. Con todo, si bien el Romano Pontífice tiene potestad para distribuir a manos llenas el tesoro inagotable de la Gracia, no es menos cierto que no se pueden trivializar las indulgencias, ni considerarlas como una especie de rebajas de fin de temporada. Los fieles han tenido la misma impresión que en el último Jubileo de la Misericordia, con motivo del cual se concedió indulgencia plenaria en unas condiciones en que quien se beneficiaba de ella no era consciente de lo que significaba.

Y por otra parte está el problema de la Confesión y la Comunión sacramentales necesarias para lucrar la indulgencia, y que según las normas dictadas por la Penitenciaría se aplazan sine die con un genérico «apenas les sea posible».

¿Considera que la disposición sobre la absolución general en vez de individual es de aplicación en la actual epidemia?

La inminencia de la muerte legitima la solución a la que siempre ha recurrido generosamente la Iglesia en su celo por salvar a las almas. Por ejemplo, la absolución general que se da a los soldados antes de entrar en batalla, o a quienes se encuentran en un barco en naufragio. Si la situación excepcional de una sala de cuidados intensivos no permite el acceso de un sacerdote salvo en momentos determinados, y en esos momentos no es posible escuchar en confesión a los moribundos, creo que la solución propuesta es legítima.

Ahora bien, si con esta disposición se pretende crear un peligroso precedente para extenderla más tarde al uso general, será necesario redoblar la vigilancia para que lo que otorga la Iglesia magnánimamente en casos extremos no se convierta en la norma.

Recuerdo además que las misas transmitidas por internet o por televisión no eximen del precepto. Son un modo loable de santificar el Día del Señor cuando no es posible ir a la iglesia. Pero hay que tener claro que la vida sacramental no debe sustituirse por una virtualización de la misma, como tampoco en el orden natural el cuerpo se nutre contemplando la foto de un alimento.

¿Qué le gustaría aconsejar a Vuestra Excelencia a quienes tienen el deber de defender y guiar la grey de Cristo?

Es indispensable e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos. Los laicos la reclaman mientras sufren confundidos por la falta de guías fieles y seguros. No podemos permitir que el rebaño que nos confió el Buen Pastor para gobernarlo, defenderlo y conducirlo a la salvación eterna sea dispersado por mercenarios infieles. Tenemos que convertirnos y ponernos otra vez totalmente de parte de Dios sin transigir con el mundo.

Los obispos deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica, que es personal y no puede delegarse en cuerpos intermedios como conferencias episcopales o sínodos, que han desnaturalizado el ejercicio del ministerio apostólico y causado con ello graves daños a la divina constitución de la Iglesia tal como Cristo la quiso.

Basta de caminos sinodales. Basta de colegialidad mal entendida. Basta de ese absurdo complejo de inferioridad y adulación en las relaciones con el mundo. Basta del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio. Basta de enseñar falsas doctrinas y de que dé miedo a predicar la pureza y la santidad de la vida. Basta de silencios cobardes ante la arrogancia del mal. Basta de disimular terribles escándalos. ¡Basta de mentiras, engaños y venganzas!

La vida cristiana es una milicia, no un despreocupado paseo hacia el abismo. A cada uno de los que hemos recibido órdenes sagradas nos pedirá por ello Cristo cuentas de las almas que hayamos salvado y de las que se hayan perdido por no haberles advertido y socorrido. Volvamos a la integridad de la Fe, a la santidad de las costumbres, al culto que verdaderamente agrada a Dios.

Así que, conversión y penitencia, como nos exhorta la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Pidámosle a Ella, tabernáculo del Altísimo, que inspire a nuestros pastores una intrepidez heroica para salvar a la Iglesia y para que triunfe su Corazón Inmaculado.

+Carlo Maria Viganò

Domingo de Pasión de 2020

(Traducida por Bruno de la Inmaculada)


martes, 24 de septiembre de 2019

SIN RESPETO. POR EDUARDO GARCIA SERRANO



Los hombres merecen respeto, sus actos y sus obras, sus decisiones y sus sentencias, en innumerables ocasiones, no. Más allá del respeto debido a la condición humana del más despreciable de los hombres, aunque lleve toga, no siento el menor respeto por la sentencia del Tribunal Supremo que pretende enterrar al Generalísimo Francisco Franco en el olvido profanando, con todos los oropeles judiciales que se quiera, su tumba del Valle de los Caídos.

Nunca, jamás he creído en esa mentira de consenso que mineraliza la independencia del Poder Judicial en una verdad absoluta y en un dogma democrático con la amenazante fuerza de una ley coránica. La cúpula del Poder Judicial español, el Tribunal Supremo y sus éforos del Consejo General del Poder Judicial, son un arrabal más de los poderes políticos, en tanto que sus magistrados lo son, sólo y exclusivamente, en función del cambalache y del apaño que los partidos intercambian en el tapete de los poderes Ejecutivo y Legislativo. En esa timba se reparten las togas del Tribunal Supremo buscando siempre la dependiente docilidad del destinatario del nombramiento, y fundamentalmente en los asuntos de especial relevancia política y, por lo tanto, de enorme transcendencia social e histórica, como la sentencia para la legalización de la profanación de la tumba del Generalísimo Francisco Franco.

Seis magistrados, dos de matute del cuarto turno, sin el filtro aparente de la oposición, elegidos por ese concepto tan subjetivo como etéreo que dieron en llamar “reconocido prestigio”, otros tres togados de reconocidas filias socialistas, a no ser que el PSOE tenga las neuronas tan corrompidas como los bolsillos y designe togados del Supremo a magistrados que le son abiertamente adversos, y el sexto de la unánime sentencia un suplicante del PP que, probablemente, esté “opositando” para ser más progre y más antifranquista que sus compañeros de cartel: los dos de matute del cuarto turno y los tres filosocialistas.

¿Dónde está la independencia del Poder Judicial? En la mentira de consenso aceptada sin rechistar por los profesionales del poder político y de sus afluentes periodísticos, que no quieren que gravite sobre sus cabezas y su carreras la amenaza coránica implícita sólo en la duda razonable de que, los magistrados del Supremo y los éforos del Consejo General del Poder Judicial, sean tan dependientes del poder político como lo fue su ejemplar colega, aquel que presidió la sala que juzgó y asesinó “legalmente” a José Antonio Primo de Rivera, y que el primer día de la vista tuvo un lapsus premonitorio invitando a José Antonio a entrar en la sala diciendo “pase el condenado”.

La sentencia de la profanación legal de la tumba del Generalísimo Francisco Franco no estaba escrita, pero sí estaba dictada desde que el Parlamento decidió deshonrarse aprobando su exhumación. El Tribunal Supremo ha hecho lo de siempre, recoger y reciclar la basura que los políticos dejan en su felpudo.


viernes, 16 de agosto de 2019

La Segunda República con su Frente Popular fue la mayor persecución religiosa de la historia. Por Pío Moa


Leemos a menudo el calificativo de “genocida” dirigido a Franco, en la onda de la propaganda bélica según la cual trataba de exterminar a los obreros. F. Moreno se explaya en el libro coordinado por Santos Juliá Víctimas de la Guerra Civil (1999): “Han caído ya, con la victoria militar, las instituciones democráticas”. Habían caído mucho antes. De hecho, fue su caída lo que ocasionó la guerra. Pero ya sabemos qué entienden por democracia estos autores. “La violencia fue un elemento estructural del franquismo”. Lo es de todos los regímenes. El terror sería “parte integral del glorioso Movimiento Nacional, de su asalto a la República y de la conquista gradual del poder, palmo a palmo, masacre tras masacre”. “La represión y el terror (eran) el pilar central del nuevo Estado, una especie de principio fundamental del Movimiento”. “El fenómeno de la tortura fue masivo y generalizado”. “Se puede afirmar que Franco convirtió a Madrid en un gran presidio”. Etc. En suma, “Un exterminio de clase”. “Las declaraciones de Franco y de sus generales no disimularon nunca su propósito de exterminio”, “Cárceles, torturas y muerte, lejos de disminuir al término de la guerra, se incrementaron al máximo”. “Por todas partes se humilla a la gente sencilla”, y especialmente, dicen, a las mujeres. Durante años, cuenta Juliá, “el fusilamiento de los derrotados continuó siendo un fin en sí mismo (…) Los enemigos solo gozaban de un destino seguro: el exilio o la muerte”. Preston banaliza el holocausto judío, aplicando el término a los sucesos de España.

Todo esto es simplemente propaganda de guerra, que autores como estos intentan revivir de algún modo. Por supuesto, ni de lejos hubo tal exterminio, de clase o no de clase. La casi totalidad de quienes, de buen o mal grado, lucharon por el Frente Popular (1.700.000 hombres), de quienes lo votaron (supuestamente) en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Siguieron viviendo en España como los demás, dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi toda la población. Es algo tan obvio que asombra leer hoy tales diatribas, claramente pensadas para remover viejos resentimientos, sobre todo entre jóvenes que no vivieron la guerra ni el franquismo.

Con perfecta desenvoltura, los sembradores de tanta falsificación son capaces de escribir al mismo tiempo: “[Que] el dolor de tantas y tantas víctimas anónimas del odio más irracional no sea inútil y, establecida la verdad tras el necesario debate, la guerra civil se incorpore definitivamente a nuestra historia”. “La verdad”. Su “debate” ha consistido en la aplicación de la censura y el intento de condenar a muerte civil y, últimamente, a multas y cárcel, a los discrepantes de tales “historias”.

Hubo sin embargo un genocidio tipificado como tal: “aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un pueblo o grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”. Y fue el intento de exterminar a la Iglesia. El encarnizamiento con que se llevó a cabo revela hasta qué punto el aborrecimiento al catolicismo era una de las poquísimas señas de identidad comunes a todos los partidos del FP, excepto el PNV, que no obstante cumplió también su papel en la empresa.

Por citar algunos casos, bastantes fueron torturados en espectáculos públicos o “toreados” con banderillas, a otros los castraron y metieron en la boca sus genitales. A un capellán le sacaron un ojo, le cortaron la lengua y una oreja antes de degollarle; otro fue arrastrado por un tranvía, otros más golpeados y cortados con palos, mazas y cuchillos hasta hacerlos pedazos. Algunos quemados vivos. A seglares como una profesora de la Universidad de Valencia le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua para impedirle seguir dando vivas a Cristo Rey; otra fue violada delante de su hermano, atado a un olivo, antes de asesinar a ambos. El obispo de Barbastro fue torturado, castrado y fusilado junto con otros clérigos y seminaristas. Cientos de monjas fueron violadas y asesinadas… Casos tales menudearon, y con frecuencia los cadáveres eran golpeados, quemados o tirados por barrancos como de perros. En varios conventos, los milicianos exhumaron ataúdes y esqueletos o cuerpos momificados y los exhibieron en ceremonias grotescas, con imitaciones obscenas de misas. En muchos cementerios fueron rotas las cruces y lápidas con frases cristianas.

Los clérigos asesinados sumaron unos 7.000, incluyendo 13 obispos, a los que hay que añadir un mínimo de 3.000 laicos católicos por el mero hecho de serlo. Fue probablemente la persecución más intensa y sanguinaria sufrida por el cristianismo en su historia, superior a las de Roma y a otras más recientes como la de los bolcheviques en Rusia o las del gobierno masónico en Méjico. Y el aspecto más profundamente característico de nuestra guerra civil.

La extrema violencia contra las personas se proyectó también contra templos y obras de arte: “tesoros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cuadros, custodias (…) imágenes sagradas de grandes pintores y escultores como Montañés, Salcillo, Pedro de Mena, Alonso Cano, Sert y otros monumentos insignes de la arquitectura y escultura religiosa quedaron abatidos, y ardieron antiquísimas y valiosísimas bibliotecas de conventos, seminarios y catedrales, así como archivos”. Solo en Cataluña fueron destruidos hasta cien mil volúmenes de la biblioteca franciscana de Sarriá , del seminario y del convento de los Capuchinos de Barcelona; cincuenta mil en Igualada. Joyas del románico, del gótico, del barroco y del mudéjar fueron quemadas o voladas. En Madrid, la catedral de San Isidro, en sí misma un gran museo de arte con pinturas italianas y españolas, fue incendiado…. A la primera oleada de destrucciones siguió pronto el saqueo de obras de arte y tesoros diversos, que los dirigentes del FP llevaron al extranjero al perder la guerra.

Se ha pretendido que los jefes “republicanos” trataron de frenar aquellos hechos, pero es más cierto decir que los atizaban en su prensa y que expoliaron cuanto pudieron. El efecto fuera de España resultó muy perjudicial para las izquierdas. Ante las críticas, el órgano del partido azañista Política, “razonaba”: “Ningún tesoro más precioso que la razón, la justicia y la libertad (…) Casi todos esos monumentos, cuya caída deploramos, son calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad”. ¿Por qué lo deploraban, entonces? La incitación a la destrucción era bien clara. Justificar en ¡la razón, la justicia y la libertad!” una persecución tan feroz, sangrienta y culturalmente destructiva, ya dice mucho. Pues bien, aquel periódico y partido suelen ser considerados los más moderados e ilustrados de cuantos componían el FP.

Con todo, una explosión de odio tan desenfrenado en un país tradicionalmente católico no tiene explicación fácil. Madariaga y otros le achacan una gran incultura del clero y arguyen que “el pueblo” se había disociado de la Iglesia porque esta le había olvidado, no atendía a sus necesidades y se había aliado con “las capas reaccionarias” o “con la derecha”, “el capitalismo”, “apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora”. Así los crímenes no los habrían perpetrado pequeñas minorías sino “el pueblo”, en particular “el pueblo trabajador”, que, como se sabe, carga con lo que le echen. Pero el argumento es muy difícil de sostener.

Existían en España, como en todos los países, bolsas más o menos extensas de miseria, y también una tradicional despreocupación de las clases altas por la falta de instrucción y la pobreza sufrida en los barrios industriales de Barcelona o Bilbao, y sobre todo entre los jornaleros de Extremadura y Andalucía. Contra un tópico común, desde la primera guerra carlista, un siglo antes, en España había gobernado casi siempre la izquierda, representada por los liberales, fueran moderados o exaltados. Y estos habían oscilado entre un anticatolicismo radical y un “acomodo incómodo” con la Iglesia, a la que habían despojado de grandes bienes y ocasionado atentados y alguna matanza ya en el siglo XIX. Aquellos liberales habían aprendido bien la lección de que la riqueza no procede de sentimientos altruistas sino de que cada uno mire por lo suyo. Por eso era la Iglesia quien, mejor o peor, “miraba por los pobres” con una red de asilos, orfanatos y hospitales, y también promoción personal con escuelas populares, centros de enseñanza profesional, montes de piedad, cajas de ahorro y algún sindicato menor. Y culturalmente sostenían revistas y editoriales, algunos centros universitarios prestigiosos y cuidaban un ingente tesoro artístico legado por los siglos. Por muchas críticas y ataques justificables que pudieran hacerse a estas labores, es imposible que puedan explicar una persecución tan brutal.

El argumento se debilita aún más por cuanto los curas y frailes consagrados a tareas asistenciales y de promoción, que a menudo vivían ellos mismos en auténtica pobreza, fueron cazados como alimañas tanto o más que aquellos que aparecían ligados “al rico y la autoridad opresora”. El empuje de nuevos movimientos más extremos desde principios del siglo XX (marxismo, anarquismo, republicanismo) había agravado más aún la aversión a la Iglesia. Y en esas ideologías creo que cabe encontrar la raíz de un aborrecimiento tan furibundo. Como veremos en la cuarta parte, cada una de ellas presentaba una concepción total del mundo y de la vida, prometedora de sociedades grandiosas; y la Iglesia eran enfocadas como el mayor o uno de los mayores obstáculos a sus proyectos sociales. Esas ideologías, vulgarizadas en tópicos sencillos, podían tener un fuerte efecto sugestivo en mentes incultas. Y también en las refinadas.

No faltan hoy quienes siguen tocando la misma música que Madariaga o Política. Dos botones de muestra: A. Beevor, en su La guerra civil española, 2005 lo entiende como una furia “que parecía rebosar de un pozo centenario de humillaciones y atropellos, de la desesperación de gentes maceradas en el silencio temeroso y en el odio íntimo que de repente ven desaparecer los viejos tabúes”. Buena apología del crimen basada en su ignorancia de la historia de España. Una escritora más o menos pornógrafa, A. Grandes cantaba el goce que según ella sentirían las monjas violadas por “milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!—sudorosos”, en un artículo que le valió algunas protestas. A decir verdad, las izquierdas jamás han expresado el menor sentimiento por aquel genocidio. Más aún, han querido intimidar a quienes lo recuerdae. Desde El País, por ejemplo, se ha acusado a la Iglesia de promover un espíritu de guerra civil por beatificar a los mártires de aquella orgía de sangre. Y desde hace años vuelven los conatos de incendios, agresiones y sobre todo la vieja propaganda que desde el siglo XIX ha provocado tantos crímenes, destrucciones y expolios.

Cabe añadir que desde que el Concilio Vaticano II, en los años 60, optase por el “diálogo con los marxistas”, sectores de la Iglesia han llegado a colaborar con sus antiguos exterminadores, y hasta a pedirles perdón; y hoy su jerarquía muestra indiferencia ante la planeada profanación de la tumba de Franco, que la salvó justamente del exterminio. Son hechos, digamos, llamativos.

Pío Moa