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jueves, 2 de septiembre de 2021
jueves, 22 de julio de 2021
sábado, 8 de agosto de 2020
Del mega-empujón de Monseñor Viganò a la mega-trampa de Roncalli y Ratzinger
Con el presente artículo damos la bienvenida como autor en Adelante la Fe al profesor Enrico Maria Radielli, descollante teólogo italiano, que se ha integrado al debate sobre el Concilio y apoya enérgicamente la crítica del arzobispo Viganò sobre las ambigüedades y manipulaciones del Concilio Vaticano II. Citando al P. Schillebeeckx y al cardenal Suenens, el profesor demuestra cómo personajes clave incluyeron expresiones ambiguas y hablaron de concilio pastoral con la intención de relajar la doctrina de la Iglesia. Y nos advierte: «Si se elimina el dogma, se da rienda suelta al Anticristo».
Enrico Maria Radaelli es profesor de Filosofía de la Estética y director del departamento de Estética de la asociación internacional Sensus Communis (Roma), es desde hace tres años catedrático adjunto de Filosofía del Conocimiento (dep. Conocimiento Estético) en la Pontificia Universidad Lateranense y editor oficial de las obras completas de Romano Amerio para la editorial Lindau de Turín. Entre sus libros, todos publicados por Aurea Domus, figuran: La Chiesa ribaltata (2018), Street Theology (2019) y Al cuore di Ratzinger, al cuore del mondo (2017)
El profesor Radaelli es un filósofo y teólogo católico, discípulo del intelectual suizo Romano Amerio (1905-1997), el cual según Sandro Magister, fue «uno de los más grandes pensadores católicos tradicionalistas del siglo XX. Como tal, es un severo crítico del Concilio Vaticano II y de los papas postconciliares y sus intentos de hacer caso omiso de las innovaciones doctrinales introducidas por el Concilio. En 2003, el respetado vaticanista Sandro Magister promocionó uno de sus libros, en el que censuró el ecumenismo y no escatimó críticas a los pontífices que lo promovieron. Magister lo consideró «importante porque enriquece la serie de volúmenes de crítica teológica al catolicismo de hoy escritos por autores tradicionalistas de gran talla intelectual». Autores tan eminentes y eruditos como el recientemente fallecido profesor Antonio Livi, el también recientemente fallecido filósofo Roger Scruton, monseñor Mario Olivero, el teólogo Bruno Gherardini y los periodistas Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro han colaborado con Radaelli en la redacción de sus libros.
***
Cartas desde Babilonia
Digo yo:
Desde hace sesenta años se sigue engañando a la gente utilizando indebidamente los términos “progresistas” y “conservadores”, ahora también en referencia a la reciente trifulca desencadenada por la santísima toma de posición del Arzobispo Carlo Maria Viganò, pero ya es tiempo de acabar con el uso deliberadamente desleal de unas categorías que pertenecen todas exclusivamente al ámbito de la política y sin embargo son aplicadas a la Iglesia, la cual es una sociedad cabal y exquisitamente religiosa.
Es hora ya de acabar con eso, porque se trata sólo de una estratagema pecaminosa para ocultar el hecho de que lo que se quiere hacer pasar por oro es estiércol y lo que se quiere hacer pasar por estiércol es oro. Una auténtica tontería.
¿Acaso en el siglo III se definía a los herejes arrianistas “progresistas” y a los que quedaban fieles al Dogma “conservadores”?
¿O acaso en el siglo XVI se prefería hablar de “progresistas” en lugar que de herejes luterano-calvinistas y de “conservadores” en lugar que de personas fieles a las leyes de Dios enseñadas por la santa Romana Iglesia?
Por ejemplo.
P. D.: Uy, se me olvidaba:
Del mega-empujón de Monseñor Viganò a la mega-trampa de Roncalli y Ratzinger
Entonces basta ya de una vez con estas miserables astucias que alteran la realidad haciendo pasar por buenos a los herejes y por pérfidos trogloditas a los firmes y santos fieles de Dios: los así llamados “progresistas” no son nada más que los que resumen en su perversa doctrina el coacervo de las peores herejías desembocadas en el Modernismo; los así llamados “conservadores”, por el contrario, son simplemente los cristianos fieles al Dogma y a la verdadera y santa liturgia pre-Montiniana exponiéndose al riesgo de convertirse en enemigos del mundo, Papas incluidos.
Hasta en las contemporáneas vicisitudes en las que el Arzobispo Carlo Maria Viganò está tomando una fuerte y severa posición respecto al Concilio Vaticano II —y en realidad ésta es la única posición que hay que tomar—, él no es el “conservador”, sino el cristiano fiel al Dogma, mientras que los Papas que convocaron, condujeron, defendieron y aún defienden esa perversa Asamblea no son unos buenos y valientes “progresistas”, sino Papas totalmente infieles al Dogma, en sus casos respectivos precisamente Papas modernistas y neo-modernistas.
El hecho es que estas categorías de pacotilla tienen que ser reemplazadas por las categorías verdaderas. ¡Basta ya con los subterfugios! Que los herejes se queden con sus herejías y que los fieles se queden con su fidelidad.
Las únicas categorías aceptables, en una disputa doctrinal en el interior de la Iglesia católica de Roma, son las de “hereje” para definir a quienes no adhieren al Dogma y al Magisterio pastoral que está fuertemente vinculado a él, así como lo enseña el Magisterio dogmático, y de “católico” para definir a los que adhieren a él.
No hay más categorías. Y las que se utilizan no son nada más que mentiras.
Es más: que se deje ya de hablar de “hermenéutica” —otro ardid, como si todos estuviéramos colgando de cada palabra de la Escuela de Fráncfort y fuéramos las mascotas del profesor Ratzinger, el cual ha hecho de la hermenéutica y del historicismo sus estrellas Polares— y se retome la metafísica, la única ciencia católica, la única metodología concreta, la única filosofía racional, volviendo así a tocar con mano —al final de sesenta años de oscura noche hermenéutica e historicista— la verdadera realidad de la Iglesia, antes de que más bien sea la terrible realidad actual de la Iglesia a hacernos dar de bruces contra ella: pero entonces será ya demasiado tarde.
Ninguno de los veinte Concilios ecuménicos de la Iglesia necesitó jamás que los documentos, órdenes y anatemas producidos tuvieran que ser sometidos a la criba de la interpretación: ninguno de ellos, porque el Dogma no lo permite, dado que es demasiado claro para ser “interpretado”, diga lo que diga el Cardenal Brandmüller.
Y además, que se deje ya de una vez de hablar de la todavía más farragosa, enrevesada y retorcida hermenéutica indicada por el Papa Ratzinger en su más que funesto y célebre Discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005: « la “hermenéutica de la reforma” —glosaba el Pontífice en aquellas consideraciones suyas—, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia ».
Que alguien regale al augustísimo Autor de tamaño enrevesamiento conceptual —el cual se encuentra en un peligro siempre mayor— y le exhorte a leer lo más pronto posible El traje nuevo del emperador, la maravillosa fábula de Andersen que podrá explicarle por qué tiene que cesar —después de décadas— de producir, con una insistencia digna si acaso de esfuerzos más nobles, nada más que suaves almohadas de plumas cuya única utilidad estriba en permitirle apoyar su propia cabeza —tan necesitada de descanso— y sus cansados codos en ellos y así dormir sueños tranquilos entre el bullicio del mundo, dándole esquinazos a los rayos de Ez 13,18, la santa Palabra de Dios.
Al recalcar uno por uno los términos de la fórmula “hermenéutica de la reforma en la continuidad” se extrapola que: primero, se trata de una interpretación (=hermenéutica); segundo, de una discontinuidad (=reforma); tercero, en la ortodoxia (=continuidad).
Se trata pues de una opinión, una hipótesis de trabajo, no es nada más que un parecer alrededor de un concepto determinado que quisiera estar en continuidad con el sano desarrollo del Dogma y al mismo tiempo, sin embargo, al reformarlo, quisiera también ser su propio opuesto, y la suma de todo a la vez, o sea, ser una cosa y su contrario, pero sin dejarlo mínimamente percibir, sin desvelar el conflicto, la contradicción, la guerra estridente —hasta su última esencia— entre los dos polos.
¡Ay, Ratzinger, Ratzinger! ¿Cuándo dejarás de enredarte en ovillos de blancas y suaves plumas, sólo para no ver la sangre de la Redención que fluye a tu alrededor y así, quizá, al final, también salvarte?
Siempre se cita el hasta demasiado célebre Discurso a la Curia Romana, incluso alabándolo, puesto que en su sencillez —hermenéutica de la continuidad SÍ, hermenéutica de la ruptura NO— parece resolver todos los problemas azañosos nacidos en el Vaticano II y luego nunca resueltos, pero no se profundiza nunca en esas líneas en las que su augustísimo Autor permite la realización de un crimen gravísimo, a tal punto de cortar en la raíz toda la potencia del celebérrimo esquema que engatusa a todos, continuidad sí, ruptura no, desde un punto de vista hermenéutico, claro está, es decir siempre al estilo de Rashomon, esa película de Kurosawa en la que cuatro hermeneutas interpretan el mismo episodio llegando a cuatro conclusiones irreconciliables: la interpretación es la realidad.
Ya, pero ¿cuál interpretación? ¿Por qué razón la del Papa debería ser más cierta que la mía, puesto que no está hablando ex cathedra?
Y ésta es la cuestión. Y es sobre este punto que los ejércitos se enfrentan desde hace casi sesenta años. Pues sí: siempre andando y combatiendo sobre una capa de hojas que esconde a las soldadescas de Cardenales, Obispos, Monseñores y simples fieles —tanto “progresistas” como “conservadores”— la astuta trampa que hace que todos se desplomen en el único hoyo, aquiescentes, puesto que están todos bien amaestrados por el régimen clerical —y digo “todos” porque nadie manifiesta el rechazo público que se requiere y es debido, todos menos el susodicho Arzobispo Carlo Maria Viganò.
Pero, después de que el mismo Amerio, en su Iota unum —y de ahí luego, repetidamente, el abajo firmante en sus propios libros— había afirmado que los mismísimos neotéricos no tenían ningún escrúpulo en pregonar el asunto sin pudor —véase el Padre Schillebeecks que escribe: « Nous l’exprimons d’une façon diplomatique, mais après le Concile nous tirerons les conclusions implicites » (P. Edward Schillebeecks op, en De Bazuin n. 16, 1965)— ¿por qué razón, pregunto, todos siguen aún evitando enfrentar la realidad y acabar de una vez con esta mega-trampa conciliar de la ambigüedad?
Éste es el fraudulento escamoteo que quien escribe denuncia desde hace décadas, recomendado por el Cardenal Suenens a los oídos listos, finos y astutos del así llamado “Papa bueno” Juan XXIII, quien lo puso inmediatamente en práctica ya desde la apertura formal del Concilio en su potestad meramente “pastoral”, absolutamente no “dogmática” —como habría por el contrario debido ser por la presencia del Papa— el 11 de octubre de 1962: y el escamoteo estriba en no utilizar nunca la potestad dogmática de Magisterio, sino siempre y sólo la potestad “pastoral”, así que nadie se ve obligado a pronunciar enseñanzas infalibles, que natura sua —por su misma naturaleza— tienen que ser perfectamente verdaderas y seguras y que, por su divina indefectibilidad, no permiten ninguna ambigüedad —pues la ambigüedad es un defecto—, ni siquiera si hubiera intención de utilizarla, y por tanto ninguna “interpretación”.
La potestad dogmática, la máxima potestad de enseñanza, del que sólo el Papa —o un Concilio, pero sólo en unión con el Papa— goza, es el verdadero y único Katéchon que puede embridar al Anticristo. El Katéchon es el Dogma.
Eliminen el Dogma y liberarán al Anticristo.
Y ni siquiera es preciso eliminarlo de verdad, el Dogma: es suficiente esconderlo —como le aconsejó el astuto Purpurado francés al plácido Papa bergamasco— y luego simular que no esté y usar temerariamente la potestad pastoral de Magisterio: como si dicha potestad pastoral no dependiera totalmente del Dogma y no tuviera la precisa obligación moral de ser siempre lo más posible coherente y lo más exactamente consecuente a él, así como siempre ha sido vivido y por consiguiente actuado durante siglos por el santo Magisterio de la Iglesia.
Ya está: para liberar al Anticristo es suficiente esta disipación de hecho del Dogma, este “no tomarlo en cuenta”, este astuto “olvido” —vamos a definirlo así—, que desde luego es totalmente inmoral, pecaminoso y está basado en un maquiavelismo elaborado sobre la Palabra de Dios.
Una pequeña regla muy simple. Y férrea: si por ejemplo el Papa convocara un Concilio al que quitara toda posibilidad de enunciar una locutio ex cathedra, p. ej. atribuyéndole la forma de Magisterio llamada “pastoral”, las definiciones que ese Papa expondría en ese Concilio “nunca correrían el riesgo” —vamos a llamarlo así— “de ser infaliblemente verdaderas”, y es eso que el Cardenal Suenens y Papa Roncalli querían lograr y de hecho lograron: “Nunca ser obligados a pronunciar verdades infalibles sino, por el contrario, estar seguros de poder decir siempre cualquier cosa, a lo mejor hasta alguna herejía (con tal de que no se note, pero para eso es suficiente envolver el lenguaje en una nube de ambigüedad: ¡muchas gracias, Schillebeecks!), total: primero, el Papa nunca podrá ser acusado de herejía formal, eso es propiamente de herejía; segundo, el Dogma de la infalibilidad nunca será menoscabado: ese Dogma que nos garantiza precisamente eso”.
Para conocer todos los detalles sobre la mega-trampa, lean mi All’attacco! Cristo vince, [¡Al ataque! Cristo vence], Ediciones Aurea Domus, Milán 2019, § 16, pp. 63-7, que se puede pedir también a quien aquí escribe.
Este perverso mecanismo es el motor, el perno, la causa material y eficiente, el genius absconditus —el demonio oculto— del abnorme y vacío edificio modernista en el que hoy se ha convertido la Iglesia, por tanto es el mecanismo sin el cual la Iglesia no sería la ruina preagónica que es, el Modernismo no habría logrado desalojar la Verdad desde el Trono más alto y la Esposa de Cristo sería hoy más espléndida, santa y gloriosa que nunca.
Sin embargo, a pesar de eso, a pesar de este perverso dispositivo —que quien escribe ha resumido en la fórmula “Guerra de las dos Formas”, hablando de él e ilustrándolo en todos los idiomas desde hace más de diez años— nadie lo ha debatido, nadie lo ha tomado en cuenta en lo más mínimo, nadie siquiera se ha molestado en echar un vistazo por un instante al espejo retrovisor.
Pero hoy por fin un Arzobispo se atreve a tomar el asunto en sus propias manos, un asunto narcotizado desde hace casi sesenta años de vergonzosas astucias elaboradas en primer lugar por los Pastores más altos y de más alta responsabilidad en la Iglesia.
Hoy el Arzobispo Carlo Maria Viganò no teme reconocer que el Concilio Vaticano II debe ser cancelado tanto en su totalidad como en cada una de sus miles de ambigüedades a las que sus partidarios recurrieron para introducir solapadamente conceptos que —si él hubiera sido abierto con la debida forma dogmática— no sólo habrían sido rechazados con energía, sino que habrían sido también —y aún más duramente— anatemizados.
¡Basta ya con las mega-trampas al estilo de Roncalli y Ratzinger! Que la Iglesia retome su camino de única estrella Polar de salvación divina, agarrándose con fuerza y decisión absoluta a la firme claridad del Dogma: « Cuando ustedes digan “sí”, que sea sí, y cuando digan “no”, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno » (Mt 5,37).
Enrico Maria Radielli
(Traducción al español de Antonio Marcantonio)
Fuente: Adelante la Fe
miércoles, 4 de marzo de 2020
EL GENOCIDIO CATOLICO DE LA REPUBLICA Y EL FRENTE POPULAR (1931-1939)
(Extraído del libro EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, de LAUREANO BENÍTEZ GRANDE-CABALLERO)
La puerta del infierno
La primera explosión anticatólica se produjo a los pocos días del nacimiento de la Segunda República, cuando los días 11, 12 y 13 mayo se produjeron en Madrid y otras zonas del sur y del Levante actos vandálicos de quema de conventos e iglesias ―ardieron más de 100, junto con bibliotecas, iglesias, colegios religiosos, residencias, asilos, centros de beneficencia,etc.―, que ocasionaron robos, sacrilegios y víctimas entre el estamento religioso ―fallecieron 33 religiosos y empleados de centros católicos―, mientras los gobernantes miraban para otro lado, temerosos de emplear la fuerza contra el pueblo, hasta el punto de que una parte importante de ellos justificaron aquel horror argumentando que era una respuesta a una imaginaria conspiración católico-monárquica que ponía en peligro la seguridad del nuevo Estado. Según señala Gabriel Jackson, «la mayoría de los ministros no quería que el nuevo régimen comenzara su existencia disparando contra españoles, convencidos de que las masas odiarían a un Gobierno que recurriera a la Guardia Civil ante las primeras señales de un motín».
Esta inhibición también mostraba una simpatía por el vandalismo anticatólico de los milicianos descontrolados. Cuando el católico Miguel Maura ―Ministro de la Gobernación― pidió la declaración del Estado de Guerra para que interviniera la Guardia Civil, Azaña le dijo que «todos los conventos de España no valen la vida de un solo republicano».
Los socialistas hablaban de «destruir a la Iglesia y borrar de todas las conciencias su infamante influjo». Con la quema de conventos «el pueblo ya ha demostrado que con las carroñas eclesiásticas sabe encender hogueras de pasión y libertad», y, «si hizo blanco de sus furias a los inofensivos conventos, sean ahora sus moradores las víctimas de su furor».
Como decía Azaña, ¿no provenían los incendios del «hombre natural en la bárbara robustez de su instinto, puesto a demoler la historia de España, materializada en los templos?».
Esta obsesiva persecución a los católicos tuvo su plasmación legal en la Constitución de diciembre de 1931, aprobada sin consenso y sin referéndum, cuya principal característica era su acendrado laicismo, que alcanzaba su cénit en el famoso artículo 26 ―aprobado el 15 de octubre, con la ausencia de 223 diputados―que definía a las confesiones religiosas como «asociaciones sometidas a una ley especial», prohibiéndolas cualquier tipo de subvención estatal, (el presupuesto del clero se extinguiría en un plazo máximo de dos años), y sometiendo a las órdenes religiosas a una ley especial que les prohibiría, entre otras cosas, ejercer la enseñanza, y sus bienes podrían ser nacionalizados. También legalizaba la disolución de las órdenes religiosas «que constituyan un peligro para la seguridad del Estado, y sus bienes podrán ser nacionalizados». Otra desamortiazción.
En el artículo 27 se legislaba la necesidad de una autorización previa del gobierno para las manifestaciones públicas del culto, y la secularización de los cementerios. Por si esto no fuera suficiente, el artículo 48 instituyó la escuela laica y «unificada», manteniéndose la limitación de la actividad educativa de la Iglesia a «enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos», bajo la inspección del Estado.
El líder de la derecha, Gil Robles, advirtió a la mayoría parlamentaria: «Vosotros seréis los responsables de la guerra espiritual que se va a desencadenar en España».
La saga del holocausto católico continuó con la revolución de octubre de 1934, especialmente en el escenario de la insurrección asturiana, donde se incendiaron 58 edificios religiosos y se asesinó a 34 religiosos, a lo cual hay que añadir la inevitable destrucción de importantes obras del patrimonio artístico, como la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Por poner algunos ejemplos, el párroco de Rebolledo fue asesinado a culatazos, el de Valdecuna fue fusilado tras sufrir amputaciones, dos novicios pasionistas de Mieres fueron ahogados, y los nueve religiosos que atendían las Escuelas Cristianas fueron torturados y asesinados.
Pero lo más grave llegaría después del Alzamiento. ¿Cómo describir el horror causado en España por el humo de Satanás? Paul Claudel (1868-1955) poeta y dramaturgo francés, escribió un famoso poema dedicado a los mártires españoles de la Segunda República, como prefacio al libro La persecución religiosa en España (París, 1937). El verso más famoso de este poema ha pasado a la leyenda: «Hermana España, santa España: tú ya elegiste: once obispos, (diez) y seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía». Estas palabras son el mejor resumen, la esencia del apocalipsis católico que desencadenó la República luciferina.
Sí, Santa España: 11.500 mártires, y ni una sola apostasía. «Las puertas del Cielo ya no bastan para ese tropel avasallador».
A partir del 18 julio 1936, en un período de tan sólo seis meses, cerca de 7000 miembros del clero fueron martirizados por los milicianos. En su obra Historia de la persecución religiosa en España (1961), Antonio Montero habla de 4.184 sacerdotes diocesanos ―incluidos 12 obispos y muchos seminaristas―, 2.365 religiosos y 283 monjas ―muchas de ellas previamente violadas―. El horror de estas matanzas puede comprenderse con un simple dato: en agosto de 1936 se mataba una media de 70 curas al día.
Precisando más estos datos, la cifra de muertos entre los miembros de la Iglesia católica, según dicha fuente se eleva a 6.832: 282 monjas, 13 obispos, 4.172 párrocos y curas de distinto rango, 2364 monjes y frailes (entre ellos 259 claretianos, 226 franciscanos, 204 escolapios, 176 maristas, 165 Hermanos Cristianos, 155 agustinos, 132 dominicos y 114 jesuitas).
A estas cifras hay que añadir las víctimas laicas, con lo cual el resultado final se acerca a las 10.000. 3.911 seglares fueron masacrados por motivos como asistir a Misa, llevar un escapulario, o estar afiliado a la revista católica «El debate»; también fueron martirizados casi 1.000 seminaristas.
Al igual que ocurrió durante la persecución del año 1931, las autoridades republicanas dejaron hacer a milicianos y anarquistas, sin mover ni una ceja. «El pueblo ―decían― siempre tiene razón».
Las masacres llegaron a tal grado de paroxismo, que cuando el gobierno republicano afirma el 25 mayo 1937 que debe haber libertad de culto, Solidaridad Obrera se ríe de esta medida, diciendo: «¿Libertad de culto? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Madrid y Barcelona, no sabemos dónde se podrá hacer esa clase de pantomimas: no hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz».
Las precisión casi quirúrgica de esta barbarie fue tal, que Andreu Nin ―jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)― llegó decir que «el problema de la Iglesia nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto».
Hablando de Nin, en marzo del 37, José Díaz, jefe del partido que torturaría y asesinaría a Nin, se congratulaba diciendo que «En las provincias que dominamos (…) [hemos] sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy aniquilada».
En este contexto, los obispos decidieron firmar la carta colectiva redactada por el cardenal Gomá ―publicada el 1 de julio de 1937―, en la que los prelados denunciaban la persecución sufrida por la Iglesia y se manifestaban abiertamente partidarios de los «nacionales».
Sin embargo, la persecución que sufrió la Iglesia no fue una consecuencia de la carta colectiva. Según el cardenal Tarancón, «La verdad es que la gran matanza de sacerdotes se realizó cuando la Iglesia no se había definido, en ningún momento, por alguno de los dos bandos (…) Extrañamente, todos aquellos muertos suelen atribuirse a la famosa carta colectiva del episcopado español: los rojos, en definitiva, habrían tomado represalias contra la posición adquirida por la Iglesia, pero es cierto lo contrario: la carta, de hecho, detuvo prácticamente la sangría… en realidad, fue la consecuencia de aquellas muertes y no lo contrario».
Las izquierdas justificaron el holocausto con la increíble mentira de que los religiosos disparaban desde los edificios eclesiásticos, e incluso envenenaban el pan, y con el tópico manido de culpar a la Iglesia de la pasividad obrera, pues prometía un paraíso imaginario a los trabajadores a cambio de aceptar sin rebelarse su explotación por la clase burguesa.
Argumento difícil de creer, si se tiene en cuenta la impresionante cobertura de beneficencia que la Iglesia realizaba entre la población más desfavorecida, en una época en la que no había casi prestaciones sociales que cubrieran sus necesidades básicas: escuelas, orfanatos, comedores, hospitales, centros de salud, centros de formación profesional… la labor social de la Iglesia era ingente.
Pero como toda esta asistencia a los desfavorecidos le quitaba su clientela a la izquierda, como la doctrina social de la Iglesia competía directamente con la ideología subversiva que la izquierda quería inocular en las clases trabajadoras, y como la Iglesia era un rival muy peligroso, había que eliminar su influencia preponderante.
Así, se dio el caso de que las parroquias más afectadas por el vandalismo rojo fueron aquellas que más dinamizaban la acción social entre los trabajadores, y no las que estaban enclavadas en los barrios más señoriales.
Este horror genocida sucedió sin que apenas se alzaran voces de denuncia entre los republicanos. El testimonio más esclarecedor a este respecto la dio Manuel Irujo, el ministro católico sin cartera del PNV, quien en un informe interno presentado ante el Consejo de Ministros el 7 enero de 1937 afirmaba que «Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso».
En el territorio republicano ―excepto en el País Vasco― se prohibieron las misas, las celebraciones de la semana Santa, y otras manifestaciones religiosas, como la cabalgata de los Reyes Magos.
La increíble magnitud represora de esta persecución puede comprobarse en el siguiente bando, promulgado por el Ayuntamiento de Játiva en 1936: «El Comité Revolucionario de esta ciudad ORDENA a todos los vecinos que depositen en la plaza pública más inmediata a su domicilio y en sitio que no interrumpan el tráfico, todos cuantos objetos, imágenes, estampas, etc… de carácter religioso tengan en su poder, con excepción de las que por ser de metales preciosos o corrientes o de alguna otra materia aprovechable puedan tener valor material, los cuales se depositarán igualmente entregándolos en el Departamento de Orden Público de este Comité. Se concede para esta operación el plazo de CINCO DÍAS pasado los cuales se realizará investigación en todos los domicilios y en el que se encontrasen objetos de los indicados serán declarados facciosos sus moradores y en tal carácter serán pasados por las armas. (Játiva, 24 de octubre de 1936. El comité revolucionario».
Además del holocausto sangriento, la persecución arrasó muchos edificios religiosos: fueron quemados totalmente 800 templos en Valencia, 354 en Oviedo, 48 en Tortosa, 42 en Santander, 40 en Barcelona… En cuanto a Madrid, de los 220 edificios religiosos que había, 45 fueron totalmente destruidos, 55 seriamente dañados, y el resto fueron robados y profanados.
Fueron parcialmente destruidos: Almería: todos; Barbastro: todos; Ciudad Real: todos; Ibiza: todos; Segorbe: todos; Valencia: más de 1.500; Gerona: más de 1.000; Vic: más de 500; Cuenca: todos menos 3; Madrid: casi todos; Cartagena: casi todos; Orihuela: casi todos; Santander: casi todos; Toledo: casi todos; Jaén: el 95%; Solsona: 325.
En Cataluña, en la diócesis de Tortosa se asesinó al 69% del clero regular, y en la de Barcelona asesinaron casi 1.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. De los 500 templos y conventos de la provincia de Barcelona, solamente 10 quedaron en pie.
Como señala Vicente Cárcel Ortí en su magnífico libro La persecución religiosa en España durante la Segunda República, este asalto a los edificios religiosos también incluía todo tipo de blasfemias y profanaciones: «En este contexto se explican hechos violentos y sacrílegos tan graves como la profanación directa de la Sagrada Eucaristía, realizada de mil formas: vaciando los sagrarios, destruyendo las formas consagradas, disparando contra el Santísimo Sacramento, comiendo sacrílegamente cuanto contenían los copones y bebiendo con cálices, arrojando y pisoteando por las calles las sagradas Hostias, convirtiendo las iglesias en cuadras y los altares en pesebres, destruyendo con especial ahínco las aras del altar, pues decía un cabecilla de los milicianos: “Romped aquella piedra del altar, porque sin ella no se puede decir misa”. Todo lo que tenía carácter sagrado fue destrozado. Tesoros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cuadros, custodias, vasos sagrados, ornamentos, libros, imágenes sagradas de grandes pintores y escultores.
Milicianos anarquistas profanaron los esqueletos de religiosos y religiosas, colocándolos en posturas obscenas en el interior de algunas iglesias, conformando un museo del horror cuya entrada cobraban a las hordas anticatólicas.
Monumentos insignes como el del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (Madrid), la estatua de bronce del Tibidabo de Barcelona, y otros numerosos ejemplos de la arquitectura y escultura religiosas quedaron abatidos».
Especialmente dramático fue el asalto al Cerro de los Ángeles, que estaba presidido por una gigantesca escultura del Sagrado Corazón de Jesús, al cual el rey Alfonso XIII había consagrado España en ese mismo lugar, el 30 de mayo de 1919.El primer asalto al complejo religioso del Cerro de los Ángeles se produjo el 23 de junio de 1936, cuando cinco jóvenes pertenecientes a la Acción Católica que se turnaban para defender el convento y el monumento fueron asesinados por un escuadrón de milicianos. Desde ese momento todo el complejo, situado en una zona elevada de gran importancia estratégica, quedó en manos republicanas hasta que fue recuperado por los nacionales. El Frente Popular decidió, lejos de aprovechar su uso estratégico, emplear el convento para instalar una checa en la que fueron asesinadas decenas de personas.
No contentos con ello, el 7 de agosto los milicianos —socialistas y anarquistas en su mayor parte—, realizaron el fusilamiento del monumento al Sagrado Corazón, y emprendieron las labores de demolición.
Empezaron intentando derribar la columna de sujeción de la estatua a mano, pero sus casi 900 toneladas de piedra lo hacían imposible, por lo cual optaron por dinamitar la base de la estructura.
El siguiente paso fue cambiar el nombre del entorno, que por decisión del Gobierno republicano —que no debía tener nada mejor que hacer—, pasó a ser el «Cerro Rojo», en sustitución del Cerro de los Ángeles.
Ante este apocalipsis de destrucción, Paul Claudel escribía: «¡Y a vosotras, oh piedras, también os saludo desde lo más hondo de mi alma, santas iglesias exterminadas! Y a las estatuas rotas a martillazos, y a todas esas venerables pinturas, y a ese copón en donde uno de la C.N.T, antes de pisotearlo, gruñendo de gusto, revolvió baba y hocico».
Fue tal la magnitud del desastre, que el historiador de nuestra guerra Hugh Thomas afirmaba que «En ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras».
En la pastoral colectiva de 1937, los obispos afirmaban: «Casi no hallaríamos en el Martirologio Romano una forma de martirio no usada… sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas». Todo ello, según palabras de Pío XI, «con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestros días». Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
«No existen razones políticas ni sociales en los asesinatos de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. Los asesinatos tuvieron una causa fundamental, un móvil único; el odio a la fe y el odio a la Iglesia. ¿Qué es lo que generó ese odio? Acaso sólo la historia inmediata de incoherencias, o la estructura económica y social, o la pobreza. Quizá esta descripción responda más a argumentos legitimadores a posteriori que a causas ciertas. Detrás existía una ideología materialista, nihilista y violenta por sistema que quiso imponer una utopía social que desarraigaba al hombre de su naturaleza trascendente y de la posibilidad de la felicidad plena» (José Francisco Serrano Oceja, Libertad Digital).
Monseñor Antonio Montero escribió que «en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos». ¿Acaso no es suficiente este cuadro para no confundir ni confundirnos con la historia?
Como decía Paul Claudel, «La tierra española por todos sus poros ha bebido de la sangre de que estaba sedienta. Pero, de la carne que fue martirizada y estrujada, de la sangre fue derramada a espuertas, ni una sola partícula pereció, ni una sola gota se perdió, porque respetuosamente los ángeles han recogido todo cuanto fue derramado, y lo han trasportado a las mansiones celestiales».
Los ríos de color púrpura
Además de por su gran número de víctimas, la persecución destacó especialmente por su extremada brutalidad, ya que gran parte de las matanzas estuvieron precedidas por torturas psicológicas y físicas, por horribles tormentos que constituye una verdadera antología de la crueldad, título de un capítulo del libro de Vicente Cárcel, donde se exponen casos perfecta-mente documentados, referidos a Valencia en su mayoría.
Parafraseando a Claudel, «Mata, camarada, destruye, emborráchate y goza de mujer. ¡Eso, eso es la revolución proletaria, la feliz Arcadia marxista, la república de la democracia y la libertad! Desentierra los cadáveres de tus víctimas, camarada, ponles un cigarrillo entre los dientes, y después que traigan petróleo: que hay que abrasar a Dios. ¡Salve, iglesias destruidas! ¡Es hermoso para la iglesia de Dios subir entera al cielo en el incienso y en el holocausto!» Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
En Madrid echaron a varios sacerdotes vivos a la jaula de los leones que había en la Casa de Fieras que había en Parque del Retiro; en Camuñas, pueblo de Toledo, arrojaron vivos a tres sacerdotes a un pozo de 20 metros de profundidad, al que después se lanzaron objetos pesados para machacarlos cuando todavía estaban vivos; de las 283 religiosas asesinadas, fueron violadas 124. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
Al capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Valencia, Ángel Olmedo, le sacaron un ojo, le cortaron una oreja y la lengua, degollándole a continuación; el párroco de Santa María del Mar, Vicente Selfa, fue llevado al Saler, en las cercanías de Pinedo. Allí le ataron a un árbol, le rociaron con gasolina y le quemaron; el beneficiado de San Agustín, Vicente Peretó, fue llevado a la plaza de toros, en la que, además de sacarle los ojos, sufrió horribles mutilaciones, incluso la del sexo. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
El anciano coadjutor de Jesús Pobre, Vicente Borrell, después de sufrir malos tratos durante la detención y conducción al lugar del suplicio, en la Garganta de Gata, en el término municipal de Teulada, fue desnudado totalmente y martirizado de mil suertes y, vivo aún, le mutila-ron, metiéndole a viva fuerza en la boca las partes viriles, para, segundos después, rematarle a descarga de fusil.
El coadjutor de Castalia, Silvino Prats, fue obligado a levantar los brazos junto a un pino, disparándole contra las manos y los pies primero, después contra distintas partes del cuerpo, salvando el corazón y la cabeza, un total de veintidós tiros de pistola; en todo este tiempo fue objeto de burlas, escarnios y crueles torturas: tuvo una agonía muy lenta; al cura de Parcent, José Llompart, antes de asesinarle le pincharon con un hierro afilado, intentaron sacarle los ojos con la cruz de su rosario y le arrancaron tiras de su piel. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
El capellán del Ave-María de Benimámet, José Pelluch Escrivá, fue detenido en Albal, atado vivo a un tranvía y muerto. Cuando unos amigos preguntaron dónde estaba su cadáver, se les contestó: «Id a buscar los trozos con una espuerta».
El anciano párroco de Navarrés, Vicente Sicluna Hernández, a pesar de hallarse enfermo en cama y casi moribundo, fue asesinado en Bolbaite y después su cadáver arrastrado por las calles del pueblo entre burlas y gritos; el director espiritual del reformatorio de Godella, Pascual Tatay Sanjulián, después de haber sido torturado en una mazmorra, fue arrojado atado de pies y manos a un horno de cal, que estaba ardiendo. A los pocos minutos se había consumido totalmente, después de haber gritado: «¡Viva Cristo Rey!». Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
En Fuente de Cantos (Badajoz), los milicianos encerraron en la iglesia a 56 personas —incluyendo dos mujeres y dos niños—. A las 3 de la tarde cerraron las puertas, dejando abiertas dos ventanas frente al Ayuntamiento, procediendo luego a incendiar el templo con gasolina: doce personas murieron abrasadas por el fuego.
El cura de Albalat de la Ribera, Carlos Giner Martínez, fue torturado en su mismo pueblo —seguido por su anciana madre, que pedía lastimosamente compasión para él—y, después de haberle atravesado el cuerpo con agujas saqueras y cortada la lengua, fue colgado de un árbol; todo ello entre insultos soeces y burlas obscenas.
En la iglesia de San Elías de Barcelona, convertida en la checa más temible, su director arrojaba a sus perros los cadáveres de los cuerpos masacrados ―con hierros candentes, picanas eléctricas en genitales, levantamientos de uñas, palizas, ahogamientos con agua, mutilaciones― pero después de arrancarles los dientes de oro, por supuesto…
Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.
En la inmensa mayoría de los casos, se dio elegir a las víctimas entre la apostasía o el martirio, pero todos prefirieron derramar su sangre antes que renunciar a su fe.
Por ejemplo, un miliciano de Fuenlabrada contaba: «Hemos matado a los frailes de Griñón, pero han sido más valientes que jabatos, pues les mandamos dar un viva a Rusia y nos han contestado: “¡Viva Cristo Rey!”. Eso solo bastaba para que los hubiésemos matado». Algo parecido tuvo lugar con lo que dijeron los asesinos de mercedarios de El Olivar (Teruel): «Los dos legos que hemos matado, los hemos matado porque eran estúpidos, porque no querían renegar de la fe y no querían blasfemar de Dios como nosotros les exigíamos, sino que respondieron con un ¡Viva Cristo rey! y esto repetidas veces. No hay Dios, pero si hubiese estos son dos santos».
A veces, las víctimas escribían notas de despedida a sus familiares, y a sus congregaciones religiosas. Un ejemplo es el del laico Francisco de Paula Castelló Aleu, en Lérida, que escribió a su novia: «¡Pobre Mariona mía! Me acontece una cosa extraña. No puedo sentir aflicción alguna por mi muerte. Una alegría extraña, interna, intensa, fuerte, me invade todo. Me siento envuelto en ideas alegres como un presentimiento de la Gloria. Quisiera hablarte de lo mucho que te he amado y de la ternura que te reservaba, de lo felices que hubiéramos sido. Pero para mí todo eso es secundario. He de dar un gran paso. Una sola cosa he de decirte: cásate si puedes. Yo desde el Cielo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no lo quiero. Debes estar orgullosa de mí. Te amo».
El hermano Aurelio Ángel Boix Cosials, beatificado junto con otros 17 benedictinos de El Pueyo, escribió a sus padres: «Considero una gracia especialísima dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso».
Especialmente cruel fue el holocausto católico en Andalucía. En Málaga exterminaron a la mitad de su clero, hasta el punto de que gran parte de su patrimonio religioso, artístico, cultural e histórico se destruyó para siempre. El general Gómez García Caminero, gobernador militar de la plaza, envió a Madrid un telegrama en el que decía: «Ha comenzado incendio iglesias. Mañana continuará».
Poco más de seis meses duró el dominio rojo en Málaga, pero ese tiempo bastó pasto para que fuera perseguido la mitad de su clero diocesano, especialmente el clero secular. Durante la noche del 30 al 31 agosto, hubo más de 100 asesinatos.
Un tercio del clero diocesano de Jaén fue exterminado, mientras que en Almería, en el primer semestre de 1936, fueron asesinados 65 sacerdotes de un total de 190. En la noche del 29 al 30 agosto fueron asesinados los obispos de Almería y de Guadix, junto con otros y sacerdotes y seglares.
Los apartados y lejanos pozos almerienses de Tabernas fueron desde finales de agosto de 1936 el sitio preferido para deshacerse de los presos, que en algunas ocasiones, después de ser fusilados, todavía estaban vivos cuando caían a la cima, por lo cual se les arrojaban encima piedras y cal viva. Por ejemplo, en el pozo de Cantaviejas aparecieron 80 cadáveres.
La Virgen del Carmen, de la parroquia de San Sebastián, fue profa-nada, al igual que otras muchas, antes de ser destruida. Los mozalbetes iban por las calles en grupos, vestidos con ornamentos y parodiando el rito sagrado. En la iglesia de Santa Clara se abrieron las fosas del cementerio y se arrastraron las momias de las monjas fallecidas recientemente. También en la parroquia de San Pedro se expusieron esqueletos en la calle.
En Motril, el párroco don Manuel Martín Sierra se negó a huir, prefiriendo quedarse para no abandonar a sus ovejas, y fue muerto a tiros en el atrio de su propia Iglesia, teniendo el crucifijo en las manos, por haberse negado a preferir los gritos blasfemos que exigían los asaltantes.
Un franciscano describía así el horror ocurrido en las cámaras de la cárcel de Azuaga: «De ordinario, las palizas y las propuestas de blasfemia precedían a los fusilamientos. La práctica del tribunal rojo que juzgaba era, antes de condenar, obligar a los reos a que blasfemasen. Como no lo lograban, seguían luego los martirios más monstruosos». Entre ellos, el vaciamiento de ojos, fractura de espinas dorsales, extracción de órganos delicados del cuerpo, etc.
En cuanto a Sevilla, 19 establecimientos religiosos fueron destruidos total o parcialmente en los años 1931, 1932 y 1936. Fueron incendiados y saqueados templos parroquiales, iglesias, sedes de hermandades y cofradías, archivos, conventos… Un total de 596 objetos de arte religiosos pudieron ser catalogados como perdidos, y casi un centenar más quedó sin identificar por carecer de documentación o cualquier clase de referencia. Los retablos desaparecidos sumaron cien.
La iglesia de San Román sufrió una completa destrucción en la fatídica noche del 18 julio 1936, otro episodio nefasto del apocalipsis sevillano, noche en la que se produjeron incendios devastadores en muchos templos de la ciudad, como San Marcos, Ómnium Sanctórum, San Gil, Santa Marina, San Juan de la Palma, las Salesas, San José, Monte-Sión, Nuestra Señora de la O….
En esta última parroquia, un grupo de satánicos consiguieron entrar en el templo utilizando las llaves que le habían arrebatado al párroco después de una brutal agresión. Durante el asalto, sacaron las imágenes de la Virgen de la O y de Nuestro Padre Jesús Nazareno a la calle Castilla, y allí les sacaron los ojos, y fueron salvajemente mutiladas.
En la parroquia de San Bernardo, las hordas quemaron el exterior del templo, y sacaron a la calle las imágenes del Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Refugio, San Juan y la Magdalena, que fueron quemadas. El horror provocado por estos iconoclastas luciferinos afectó de manera especial al Crucificado de la Salud, que fue arrancado de la cruz y después seccionado en pedazos para que pudiera salir por la puerta de la iglesia.
Más «artística» fue la destrucción de la parroquia de San Roque, que fue totalmente destruida mientras un trío musical amenizaba la velada.
La destrucción se cebó también en las cofradías sevillanas, y alcanzó su paroxismo en las violencias contra el clero regular y secular, y contra las religiosas, que sufrieron numerosos fusilamientos, humillaciones y violaciones.
Pero entre todos los mártires andaluces brilla con luz propia el martirio del joven de 20 años Antonio Molle Lazo, requeté perteneciente al Tercio de Nuestra Señora de la Merced, hecho prisionero el 10 agosto de 1936 mientras defendía la villa de Peñaflor. Los milicianos les torturaron salvajemente, masacrándole la nariz, cortándole lentamente las orejas, clavándole gruesos clavos en los ojos, rompiéndole huesos, con el fin de obligarle a gritar «¡Viva Rusia!». Sin embargo, Antonio no cesaba de repetir «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!», grito con el que entregó su vida en martirio. Fue el primer mártir beatificado de la Guerra Civil, y su cuerpo incorrupto se encuentra en la iglesia del Carmen de Jerez, con fama de haber realizado muchos milagros a través de su intercesión.
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martes, 17 de abril de 2018
miércoles, 16 de agosto de 2017
miércoles, 2 de agosto de 2017
BLAS PIÑAR, LEALTAD A DIOS Y A ESPAÑA HASTA EL FINAL
En estos tiempos convulsos, de decrepitud galopante y decadencia enfermiza, en donde parece que todo se desmorona, debemos más que nunca librar con heroísmo y entusiasmo los nobles combates de la Fe. En estos tiempos yermos de héroes y ayunos de santos necesitamos rescatar del pasado el legado de sólidas referencias que nos mostraron con firmeza el camino. De esta manera no claudicaremos en el servicio a Dios y a la patria.
Blas Piñar, en palabras de Utrera Molina, fue sin duda uno de los mejores hombres de nuestro tiempo. Manuel Marín, presidente tantos años del Congreso de Diputados, afirmó que “Blas Piñar había sido el parlamentario más brillante”. D. Blas tuvo amistad con grandes defensores de la Tradición como el Cardenal Siri o Monseñor Marcel Lefebvre. Fue la figura seglar más relevante del catolicismo español de la segunda mitad del siglo XX. Monseñor Guerra Campos dijo que “Blas Piñar sabía más teología que todos los obispos de España juntos”.
Uno de sus nietos, D. Miguel Menéndez Piñar, nos habla con pasión de la figura de su abuelo. Con él no sólo compartió los lazos de la sangre. La comunión de ideales y saberse posicionado en la misma trinchera de su abuelo, forjaron una relación de sintonía plena compartiendo pensamiento y acción.
¿Qué motivos tiene para estar orgulloso de su abuelo D. Blas Piñar?
Estoy orgulloso de mi abuelo por haber fundado una familia ejemplar con su matrimonio inquebrantable que dio abundantes frutos: ocho hijos, cuarenta y cuatro nietos y, mi segundo hijo, que nacerá en estos días, hace el número ochenta y seis en el grupo de los biznietos. En un momento crucial para la institución familiar, Blas Piñar la defendió hasta el extremo, incluso con el abundante testimonio de su propia fecundidad.
Estoy orgulloso de mi abuelo, católico cabal, porque hizo de la promesa bautismal su máxima constante, abrazando la Fe en cada momento e instante de su vida. Penetró y profundizó en los misterios divinos, iluminando de teología sus pensamientos, obras y acciones hasta el punto de que Monseñor Guerra Campos dijo que “Blas Piñar sabía más teología que todos los obispos de España juntos”. Ahí están sus obras publicadas, delicadísimos y profundos estudios sobre “La Controversia del Dios Uno y Trino”, sobre la “Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo”, “Eucaristía y Santo Sacrificio de la Misa”, “Tiempo de Ángeles” o “Teología cristocéntrica de San Pablo”.
Estoy orgulloso de mi abuelo porque en un tiempo de traiciones, por maldad o cobardía, él me enseñó –y a cuantos quisieron recoger su magisterio-, pública y privadamente, la lealtad a unos ideales permanentes que encarnan la esencia histórica de España. Estoy orgulloso de mi abuelo, en definitiva, por estar en la vanguardia de la familia, por ser un bastión de la Fe y por su entrega generosa a España, en primera línea, contra viento y marea.
¿Cómo era su relación personal con él?
La base y frecuencia de nuestra relación fue la sangre, abuelo y nieto, pero lo he dicho muchas veces: hay lazos más estrechos y más fuertes que los de la propia sangre y, en mi caso, la comunión de ideales y saberme posicionado en su misma trinchera, forjaron una relación de sintonía plena compartiendo pensamiento y acción. Quise que supiera, en todo momento, que podía contar con mi compañía, mi apoyo, mi ánimo. Para mí, lo de menos, es que fuera mi abuelo. Siempre le vi como mi maestro, mi jefe, mi camarada, mi faro. Acepté, siendo consciente del privilegio, representarle, porque así quiso que fuera, en decenas de actos y foros cuando físicamente le fue imposible asistir a él.
Nos veíamos todas las semanas en la sede de Fuerza Nueva y, los últimos años, le visitaba con mucha frecuencia. Puedo afirmar, sin equivocarme, que jamás hubo un momento en su vida que no pensase en España. No era hombre de perder el tiempo en conversaciones banales. Además de llamarme por mi cumpleaños, onomástica o aniversario de boda (lo hacía con todos sus hijos, nietos, biznietos…), lo hacía asiduamente para cosas concretas, información o documentos que necesitaba para alguno de sus trabajos. Como buen notario, todo lo que decía o escribía tenía detrás argumento y documentación para sustentarlo.
Sentía devoción y admiración hacia él, devoción y admiración que se acrecentaban cuando, estando a solas con él, le preguntaba sobre algún tema y recibía una clase magistral de inmediato. Me despedí de él, horas antes de morir, diciéndole al oído: “Abuelo querido: gracias por la Fe, la Patria y la vida”. Tuve el Honor de cubrir su féretro con la enseña nacional.
¿Qué anécdotas más significativas recuerda?
Las anécdotas al lado de un hombre tan grande son abundantísimas. Pero su sentido del humor, aun en momentos duros, hace que ciertas anécdotas sigan más vivas que otras y no puedan caer en el olvido. Diez años antes de morir, le fue diagnosticado un cáncer de tiroides que provocó la intervención quirúrgica y la traqueotomía permanente, para siempre. Dicho sea de paso, ni la traqueotomía pudo apagar la voz de quién hizo de la oratoria un arte y se sirvió de la palabra para predicar y arengar el combate de la Fe. Pues a raíz de dicha enfermedad, en una de sus estancias en el Hospital, coincidió con Santiago Carrillo. No llegaron a verse, aunque mi abuelo le contó al capellán que se habían cruzado en el pasillo y señalándose la garganta le dijo: “Santiago, para cuellos, el mío”. Da para un libro historias de este tipo con mi abuelo. Sería una buena manera de glosar su figura.
Por sus bodas de oro, se celebró una misa de acción de gracias en la Catedral de Toledo. Después de la Misa, fuimos recibidos toda la familia por el Primado de España don Marcelo González, del que fue muy amigo. Don Marcelo le anunció a mi abuelo, en presencia de toda la familia, que había conseguido una audiencia privada con el papa Juan Pablo II. Viajamos toda la familia a Roma. Creo recordar que ese año fue declarado por Juan Pablo II “Año de la Familia”. La ocasión era ideal para que una familia numerosísima al frente de la cual estaba un hombre que había defendido a capa y espada el Magisterio de la Iglesia, fuera recibido por Su Santidad. Así lo había organizado don Marcelo y así quedó en la agenda del Pontífice. El día de la audiencia, estando ya en el Vaticano toda la familia, le fue comunicado que el Santo Padre estaba indispuesto y no podía recibirnos. Jamás le oí quejarse por aquello, ni siquiera desahogarse contando lo que había pasado y bien sabía él los motivos. Asumió las bienaventuranzas desde la primera a la última.
De su altura moral y humana, dio muestras cuando me pidió que organizara un encuentro con Pío Moa. El comando del Grapo en el que estaba enrolado Pío Moa robó y voló el coche de mi abuelo. En el coche había un álbum familiar que, meses más tarde, fue encontrado por la Guardia Civil en un piso franco del Grapo, con anotaciones de quién era quién en las fotografías. A través de un amigo en común, llevamos a Pío Moa a casa de mi abuelo, que esperaba, impaciente, como un niño. Recuerdo perfectamente la escena. Al abrir la puerta, mi abuelo le abrazó y le dijo: “don Pío, siéntase bienvenido a mi casa, le perdono de todo corazón y no se preocupe que no voy a reclamarle el pago del coche”.
En sus últimos años de vida, siendo ya nonagenario y tambaleándose su salud por el cáncer que padecía, brotaba de su interior una fortaleza interior que, contra el consejo de los médicos y la inclemencia meteorológica (temperatura cercana a cero grados, nieve y lluvia), le llevaba a participar, como siempre lo había hecho, en el homenaje a los caídos rumanos en Majadahonda del mes de enero. Recuerdo las dos últimas veces que asistió. Me llamó por teléfono para decirme que le recogiera en casa, que fuese discreto y que le había prometido a la abuela ir abrigado y no tardar en volver. Cuando mucha gente, por el mal tiempo, no asistía, cuando algunos, cansados, dejaban de asistir. Cuando otros, dedicados a menesteres más “importantes” y de “mayor proyección política” desertaban, él, hasta el final de sus días, estuvo junto a los suyos como desde el principio.
Recuerdo su cara de felicidad cuando se acercaba algún biznieto a besarle y abrazarle. Siempre los cogía en brazos y les miraba fijamente a los ojos con una sonrisa desbordante. Mi hijo nació siete meses después de la muerte de mi abuelo. Me perdí esa escena de la que, a buen seguro, ambos hubieran disfrutado. No logré vivir esa anécdota, pero la he soñado muchas veces.
¿Qué virtudes destacaría de él?
Tenía dones innatos que cultivó y acrecentó toda su vida. Poseía una mente privilegiada, hablaba varios idiomas (español, latín, inglés, alemán, italiano, francés…) y nunca, en sus cientos de conferencias, mítines, actos, intervenciones parlamentarias, etc. utilizó un solo papel. No sólo destacaría alguna virtud en él, sino que me atrevo a decir que vivió algunas en grado heroico.
La piedad. Era un hombre tremendamente piadoso. Aceptó los consejos espirituales que le fueron inculcados en la Acción Católica en sus años de juventud, de la que fue dirigente con Antonio Rivera, “el Ángel del Alcázar”. Era hombre de Misa diaria, Rosario diario y largos ratos de oración y lectura espiritual. A pesar de la “auto demolición de la Iglesia”, de la que fue testigo directo, no perdió un ápice de la tensión espiritual y ascética aun cuando aquellos hombres de la jerarquía lo atacaban y rechazaban por saberlo fiel a lo que la Iglesia había enseñado siempre.
El valor. No rehuyó jamás cumplir con su deber, ni por las amenazas de ETA o el Grapo, ni por la presión y persecución del sistema, ni por la difamación constante de los medios de comunicación.
Lealtad y fidelidad. La segunda mitad de siglo XX en España será conocida como la época de la traición. Época de los curas y obispos modernistas o marxistas o de los que directamente colgaron los hábitos. Los destacados falangistas o miembros del Régimen de Franco que se hicieron demócratas de toda la vida, socialistas o liberales. Los tradicionalistas que convirtieron la Tradición en una pieza de museo. Los que prefirieron no complicarse la vida, renegando en público de cuanto habían defendido durante décadas. Otros mimetizándose con los nuevos tiempos fueron homologados en el ámbito de la corrección política. El resultado: banderas arriadas, causas entregadas, estandartes arrojados por el suelo. Pero en mitad del desierto una voz retumbaba, un clarín de llamada, una palabra de lucha y esperanza por aquello que había sido bendecido por la sangre martirial de nuestros mayores. Era Blas Piñar, la encarnación de la lealtad, que murió con las botas puestas combatiendo hasta los últimos cartuchos.
¿Cómo eran su amor a Dios y a la Patria?
Amores radicales y de entrega absoluta. Arrodillado ante Dios, como buen vasallo, ante su Señor. En pie y erguido, sin paso vacilante, en su servicio a la Patria. Dios y España constituían sus dos amores inseparables, pues siempre tuvo presente el sacrificio supremo de aquella Cruzada de 1936 por el altar y el hogar. Cuando los que custodiaban el altar se olvidaron del hogar y los que debían cuidar del hogar lo enfrentaron con el altar, Blas Piñar dio un paso al frente para llevar esos dos amores que le consumían a la vida pública. Junto al amor a Dios y a la Patria, estaba su pasión por la Hispanidad.
¿Qué otras facetas destacaría de su personalidad?
Su sentido del humor que en él desbordante y le ayudó a relativizar la fuerza de los que se declararon sus enemigos. Juan María Bandrés, diputado de Euskadiko Ezkerra y compañero suyo en el Grupo Mixto del Congreso de los Diputados, con el que tuvo una buena relación, le regaló las obras completas de Sabino Arana. Mi Abuelo le contestó que, en justa correspondencia, le regalaría el compendio de encíclicas del Papa Clemente del Palmar de Troya. Cuando se acercaba la festividad de los Reyes Magos, solía contar a los que iban a verle que había escrito una carta al Papa para que suprimiera dicha festividad pues con tanta familia se iba a arruinar. Un periodista, a raíz de su muerte, lo contó como si fuera verdad.
Poseía un don de gentes propio de los grandes líderes y caudillos. De los que le conocieron nadie quedó indiferente. Su personalidad irradiaba atracción y su figura resultaba envolvente. Su calidad oratoria ha sido reconocida por todos. El propio Manuel Marín, presidente tantos años del Congreso de Diputados, afirmó que “Blas Piñar había sido el parlamentario más brillante”. Por la forma y el fondo de sus discursos, creo que no hay duda en calificarle como el mejor orador de los últimos tiempos, a la altura de Vázquez de Mella, cuya obra conocía casi de memoria.
¿Nos podría hablar de la importancia de la figura de D. Blas cómo personaje histórico?
La figura seglar más relevante del catolicismo español de la segunda mitad del siglo XX es sin duda alguna Blas Piñar. Sirva para sostenerlo alguna efeméride entre tantas. El 5 de abril de 1960, en el Teatro Español, pronunció el pregón de la Semana Santa Madrileña. En 1962 se conmemoró el IV Centenario de la Reforma de Santa Teresa y Blas Piñar fue invitado a pronunciar la charla inaugural del “Año Santo Teresiano” también el pregón final, ante las máximas autoridades de la jerarquía española y de la Orden del Carmen. En la Catedral de Tarragona, el 24 de enero de 1963 se inicia el Año Paulino en conmemoración de los mil novecientos años de la llegada a España del Apóstol San Pablo, con la presencia del entonces Arzobispo de Tarragona don Benjamín Arriba y Castro, el Nuncio de Su Santidad, decenas de obispos venidos de toda España, varios ministros del Gobierno y retransmitido en directo por Radio Nacional de España. El pregón que inauguró el Año Paulino en la Catedral de Tarragona corrió a cargo de Blas Piñar.
En mayo de 1967, se debatió en las Cortes Españolas la Ley de Libertad Religiosa, a instancias del Vaticano so pretexto de la declaración conciliar Dignitatis Humanae. Blas Piñar lideró al grupo de veinte procuradores en Cortes que se opusieron a dicha ley, siendo el más joven de todos ellos, y fue el encargado de presentar todas y cada una de las enmiendas y obligarse a defenderlas. En torno a Blas Piñar, el Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea creó una comisión de expertos en la materia formada por dos padres dominicos, Victorino Rodríguez y Alonso Lobo; dos jesuitas, Eustaquio Guerrero y Baltasar Pérez Argos; un pasionista, Bernardo Monsegú, y un sacerdote secular, Enrique Valcarce Alfayate.
Destacan sus charlas cuaresmales, impartidas incluso en seminarios diocesanos, cuando los obispos presumían de su amistad ante futuros sacerdotes. Representante de España en congresos internacionales de Apostolado Seglar y Mariano, donde vivió y fue testigo de la penetración del humo de Satanás en la Iglesia. Trabó amistad con aquellos que, como él, sintieron el desprecio de la jerarquía por no renunciar a la Verdad y la Tradición. Tuvo amistad con el Cardenal Siri, con Monseñor Marcel Lefebvre, con don José Guerra Campos, con los sacerdotes de la Hermandad Sacerdotal Española (Padres Oltra, Venancio Marcos, José María Alba…) y con tantos otros que acudían a él para mostrarle gratitud y respeto por su compromiso con la Fe. Fue fundador del Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi de Toledo, al abrigo del gran Cardenal Plá y Deniel. Entré a formar parte del Capítulo en la investidura de caballero en la que mi abuelo actuó de padrino.
En el plano cultural y político, su ingente labor al frente del Instituto de Cultura Hispánica, del que fue director, con el colofón sonado de su destitución tras el artículo Hipócritas en la tercera página de ABC contra la política internacional de EEUU. Fundador y presidente de la editorial Fuerza Nueva y jefe nacional del movimiento político del mismo nombre, que convocó las mayores manifestaciones de Europa. Las primeras manifestaciones en apoyo a las víctimas del terrorismo de ETA, las convocó Fuerza Nueva. Las primeras manifestaciones de España contra el aborto y por la vida, las convocó Fuerza Nueva.
Las referencias harían demasiado extensa esta entrevista, pero podría utilizar la frase que dejó escrita don José Utrera Molina en el obituario que le dedicó en ABC: “Blas Piñar no fue uno de los mejores españoles de nuestro tiempo, sino el mejor”.
Tuvo una visión profética de la descomposición de España a todos los niveles…
A nivel de la Unidad Católica de España antes mencionaba el debate sobre la Ley de Libertad Religiosa de 1967, que tanto daño hizo a España. Terminó sus brillantes intervenciones en las Cortes, antes de la votación de la Ley –que fue aprobada – advirtiendo: “Cuidado con este proyecto de ley porque nos exponemos a trastocar la realidad sociológica de nuestro país. La unidad religiosa es un bien y hay que procurar que ese bien no sea conturbado. El poseer la Religión Verdadera es un supremo bien espiritual. Se nos ha criticado muchas veces por ser más papistas que el Papa; no vayamos ahora a ser más conciliaristas que el Concilio”. Es incuestionable la transformación social de España, de un pueblo católico a un pueblo ateo. Advertirlo entonces era ser tomado por un loco, un exagerado o un radical. Hoy sabemos que tenía razón.
A nivel de la unidad política de España. En el debate sobre el Estatuto de Cataluña, que ahora estamos viviendo sus últimas consecuencias, terminó su discurso, antes de su votación negativa en el Congreso de Diputados el 29 de noviembre de 1979 diciendo: “porque quiero que dentro de dos generaciones se pueda ser español y catalán y catalán y español (…) votaré que no”. Han pasado dos generaciones y estamos comprobando cuánta razón tenía. Fue el único diputado que votó en contra.
A nivel moral de nuestro pueblo en enero de 2003, ante cuatro mil personas, pronunció un vibrante discurso en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. El diario El Mundo recogió el evento con el titular de la noticia entrecomillando sus palabras: “España, con el Partido Popular, será el primer estado homosexual del planeta”. Diez años después, con el Gobierno de Mariano Rajoy, la bandera homosexualista ondeó por primera vez en los edificios públicos de España, desde el Congreso de Diputados hasta el último ayuntamiento y Madrid ha sido convertida en la capital mundial del orgullo gay.
¿Cuál fue su principal legado?
La llama ardiente y viva que ha dejado, incendiando el corazón de los que le recordamos e iluminando con su pensamiento y su colosal obra estos tiempos de oscuridad que vivimos. La Fundación Blas Piñar (http://fundacionblaspinar.es/) ha asumido la labor de conservar y difundir ese legado, estando en estos momentos en un proceso de digitalización de su archivo y biblioteca. Sólo de sus artículos, trabajos, conferencias, discursos, etc hay más de cien tomos.
Los más de veinte sacerdotes que encontraron la vocación en torno a él, ¡creo que también fueron un buen legado! Seguro que muchos leerán esta entrevista y aprovecho para decirles que mi abuelo les llevó muy dentro de su corazón y rogaba con frecuencia por su perseverancia.
¿Quiere añadir algo más?
Su lema siempre fue Adelante. Así que… ¡ADELANTE LA FE! ¡ADELANTE ESPAÑA!
Javier Navascués
Fuente: Adelante la Fe
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