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lunes, 2 de junio de 2025

Carta de Santa Juana de Arco

 


Carta de Santa Juana de Arco de una actualidad Providencial.

"Hace mucho que tengo noticias de vosotros. Una vez fuisteis cristianos pero ahora os habéis convertido en herejes. A la manera de los sarracenos abolisteis la fe y el culto verdadero para adoptar una infecta superstición y os comprometisteis a sostenerla y a ampliarla y en la que conviven la infamia y la crueldad en el alma que se atreve a practicarla.

Vosotros conspirasteis contra los Sacramentos de la Iglesia, truncasteis los Artículos de Fe, demolisteis los sagrados edificios, rompisteis las imágenes y las arrojasteis al fuego y en definitiva masacrasteis a los cristianos que no aceptan vuestras creencias. ¿Qué cólera o furia os agita?. Vosotros os habéis comprometido a perseguir y subvertir la fe que Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo instituyeron y exaltaron de mil modos por los milagros.

Sois mas ciegos que a los que les falta la vista de los ojos. ¿Creéis que saldréis impunes? Ignoráis que si Dios no impide vuestras violencias, que si os permite permanecer más tiempo en la oscuridad y en el error es porque prepara para vosotros castigos y suplicios mayores.

Os diré la verdad, si no estuviera tan ocupada en combatir a los ingleses, ya habría partido a vuestro encuentro. Pero si no soy informada de que os habéis enmendado, tal vez deje a los ingleses y avance contra vosotros a fin de que, si no existe otra solución, eliminaré por la espada vuestra impetuosa y vana superstición, sacándoos la herejía o la vida.

Sin embargo, si preferís regresar a la fe católica y a la luz primordial, enviadme vuestros embajadores a los que diré lo que debéis hacer. Si por el contrario persistís recalcitrantes en vuestro aguijón, acordaos de vuestros abominable crímenes y aguardad mi llegada con todas las fuerzas divinas y humanas para retribuir todo el mal y daño que habéis hecho a las almas."


Juana de Arco 

Sully a 23 de Marzo de 1430.

sábado, 1 de abril de 2023

La Virgen María describe la excelencia de su Hijo; y como Cristo es ahora crucificado mas duramente por los malos cristianos, que por los judíos - Santa Brígida

 


Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas recibirán un castigo más duro y amargo. 


La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que, igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que, mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus amigos. 

Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su maliciosa intención de injuriar.

Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar ‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre sino que sus amenazas son para asustarnos. 

¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno. Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo permitiera, ellos obrarían según sus intenciones. 

Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio. Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez, decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse, querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una enfermedad o cualquier otra condición. 

Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de perseverar en el pecado. 

Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron, peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio, tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen? 

Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor, sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra Él. 

Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno, pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron. Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo que desea. 

Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra su propia conciencia. 

Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”


Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 37 

martes, 29 de diciembre de 2020

Monseñor Viganò: No se podrá evitar la apostasía de la cúpula de la Iglesia


Monseñor Viganò habla con la Dra. Maike Hicson sobre el altar pontificio vacío.

Omnes dii gentium demonia.

Salmo 95,5

Excelencia, en un artículo reciente señaló que el altar pontificio de la basílica vaticana no se ha vuelto a utilizar desde que se profanó con la ofrenda del ídolo de la Pachamama. En aquel momento, en presencia de Bergoglio y de su corte pontificia, se cometió un gravísimo sacrilegio. ¿Qué opina de ello?

La profanación de la basílica del Vaticano durante la ceremonia de clausura del Sínodo para la Amazonía contaminó el Altar de la Confesión desde el momento en que se colocó sobre la mesa una vasija dedicada al culto infernal de la Pachamama. A mí me parece que ésa y otras profanaciones cometidas en iglesias y altares evocan en cierta forma actos por el estilo que se han dado con anterioridad y nos permiten entender su verdadera naturaleza.

¿A qué se refiere?

Me refiero a ocasiones en que se ha soltado a Satanás contra la Iglesia de Cristo, desde las persecuciones de los primeros cristianos hasta la guerra de Cosroes de Persia contra Bizancio; desde la furia iconoclasta de los mahometanos hasta el Saco de Roma por parte de los lansquenetes alemanes; más tarde vino la Revolución Francesa, luego el anticlericalismo del siglo XIX, el comunismo ateo, la Guerra Cristera de México y la Cruzada de Liberación española; después, los horrendos crímenes de los partisanos comunistas durante la Segunda Guerra Mundial y sus posguerra, y las diversas formas de cristianofobia que observamos hoy en día por todo el mundo. Siempre, sin excepción, la Revolución en todas sus formas confirma su esencia luciferina permitiendo que se manifieste la bíblica enemistad entre el linaje de la Serpiente y el de la Mujer, entre los hijos de Satanás y los de la Santísima Virgen. No tiene otra explicación esta ferocidad contra la Santísima Madre y sus hijos.

Pienso concretamente en la entronización de la Diosa Razón que tuvo lugar el 10 de noviembre de 1793 en la parisina catedral de Notre Dame, durante el apogeo del Terror. También en aquella ocasión el odio infernal de los revolucionarios quiso sustituir el culto a la Madre de Dios por el culto a una prostituta, erigida en símbolo de la religión masónica, la llevaron a hombros en una silla gestatoria y colocada en el santuario. Esto tiene muchas analogías con la Pachamama, y denotan la mentalidad infernal que lo ha inspirado.

No olvidemos que el 10 de agosto de 1793, escasos meses antes de la profanación de Notre Dame, la estatua de la diosa Razón se había erigido en la plaza de la Bastilla con los rasgos de la diosa egipcia Isis. No deja de ser significativo que esta alusión a los cultos egipcios la encontremos también en el horripilante nacimiento que en este momento se alza en la Plaza de San Pedro. Pero está claro que las semejanzas que encontramos en estas cosas que están pasando vienen acompañadas de algo totalmente nuevo.

¿Nos podría explicar en qué consiste ese nuevo elemento?

Me refiero a que mientras que hasta el Concilio –o, para ser menos duros, hasta este pontificado–, las profanaciones y sacrilegios los realizaban enemigos externos de la Iglesia. Desde entonces los escándalos han llegado a los más altos niveles de la Jerarquía, eso sin hablar del culpable silencio de los obispos y el escándalo de los fieles. La Iglesia bergogliana da una imagen cada vez más desconcertante, en la que la negación de las verdades católicas viene acompañada de la afirmación explícita de una ideología intrínsecamente anticatólica y anticristiana en la que el culto idolátrico de deidades paganas –o sea de demonios– ha salido a la luz, y se promueve con actos sacrílegos y profanaciones de objetos sagrados. Colocar una vasija inmunda en el Altar de la Confesión de San Pedro es un gesto litúrgico con un valor concreto y una finalidad que va más allá de lo simbólico. La presencia de un ídolo de la madre tierra es una clara ofensa a Dios y a la Santísima Virgen, una señal palpable que en cierto sentido explica las muchas afirmaciones irreverentes de Bergoglio con relación a nuestra santísima Madre.

No es de extrañar por tanto que quienes se proponen derribar la Iglesia de Cristo y el Papado de Roma lo hagan desde el solio supremo, como dijo la profecía de la Virgen de la Salette: «Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo». Yo diría que hoy en día ya no se puede hablar de una simple pérdida de la fe, sino que debemos tomar nota del próximo paso, que se expresará en una auténtica apostasía, del mismo modo que la reforma litúrgica va evolucionando hacia una forma de paganismo que incluye la profanación sistemática del Santísimo Sacramento. Sobre todo con la imposición de la Comunión en la mano so pretexto del covid. Así como en una cada vez más evidente aversión a la antigua liturgia.

En esencia, muchas formas de prudencia inicial ocultando las verdadera intenciones de los novadores, poniendo cada vez más al descubierto la verdadera naturaleza de la obra que realizan los enemigos de Dios. Ya no hace falta el pretexto de la oración en común por la paz que legitimó la matanza de gallinas y otras escandalosas abominaciones en Asís, y ya hay quien teoriza que la hermandad entre los hombres puede prescindir de Dios y de la misión salvífica de la Iglesia.

¿Qué piensa de los sucesos que se han dado a partir de octubre de 2019? En particular, de que Bergoglio haya abandonado el título de Vicario de Cristo, así como de que haya dejado de celebrar la Misa en el altar pontificio y de la suspensión de la celebración de misas públicas en Santa Marta.

El principio filosofico para seguirlo;  el modo de obrar sigue al de ser, nos enseña que todo actúa en conformidad con lo que es. Quien renuncia a ser llamado Vicario de Cristo da la impresión de entender que el título no le corresponde, o incluso de  que desprecia la posibilidad de ser el vicario de Aquel que Bergoglio demuestra con sus palabras y sus actos que no quiere reconocer y adorar como a Dios. O, expresado más sencillamente, que no le parece que su misión como máxima autoridad de la Iglesia tenga que coincidir con el concepto católico de pontificado, sino con una versión supuesta actualizada y desmitologizada. Al mismo tiempo, como no cree ser el Vicario de Cristo, Bergoglio puede eximirse de actuar como tal, adulterando como si nada el Magisterio y escandalizando a todo el pueblo cristiano. Celebrar in pontificatibus en el altar erigido sobre la tumba del apóstol San Pedro invisibilizaría al argentino, eclipsaría sus excentricidades y su perpetua expresión de disgusto que no consigue ocultar cada vez que celebra como Papa. Al contrario, le resulta mucho más fácil destacar en la Plaza de San Pedro en pleno confinamiento, atrayendo hacia sí la atención de los fieles, que de lo contrario pondrían en Dios.

¿Reconoce entonces el valor simbólico de los actos del papa Francisco?

Los símbolos tienen un valor preciso: el nombre que eligió, la decisión de vivir en Santa Marta, el abandono de insignias y vestiduras propias del Romano Pontífice, como la muceta roja, el roquete y la estola, o el escudo de armas pontificio en el fajín. La obsesión por todo lo profano es simbólica, como lo es también la intolerancia hacia todo lo que evoque un sentido católico. Y quizá sea también simbólico el gesto con que en la epiclesis, durante la Consagración, Bergoglio cubra siempre el cáliz con las manos, como si quisiera impedir el derramamiento del Espíritu Santo.

Del mismo modo, así como cuando uno se arrodilla ante el Santísimo Sacramento da testimonio de fe en la Presencia Real y realiza un acto de latría o adoración a Dios, al no arrodillarse ante el Santísimo, Bergoglio proclama públicamente que no quiere humillarse ante Dios. Eso sí, no tiene problema para postrarse a cuatro patas ante inmigrantes o ante funcionarios de repúblicas africanas. Y al postrarse ante la Pachamama, algunos frailes, monjas, curas y seglares realizaron un acto de auténtica idolatría, honrando a un ídolo y rindiendo culto a un demonio. Símbolos, signos y gestos rituales son los instrumentos por los que la iglesia bergogliana se manifiesta sin tapujos.

Todos esos ritos de la neoiglesia, esas ceremonias más o menos indicadas, esos elementos tomados de liturgias profanas, no son casuales ni mucho menos. Constituyen uno de los cambios de la ventana de Overton que Bergoglio ya ha teorizado en sus intervenciones y en los actos de su magisterio. Por otra parte, los hechiceros que trazaron el signo de Shiva en la frente de Juan Pablo II y el buda que se adoró en el tabernáculo de Asís se pueden entender en plena coherencia con los horrores que estamos presenciando. Exactamente igual que, en el ámbito social, antes de considerar aceptable el aborto en el noveno mes de gestación éste tuvo que ser legalizado en casos más limitados, y que antes de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo se prefirió prudentemente dejar que la gente creyese que la protección legal de la sodomía no terminaría por poner en tela de juicio la institución del matrimonio natural entre un hombre y una mujer.

¿Cree Vuestra Excelencia que estas cosas irán a más?

Si el Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, no se digna poner fin a esta perversión generalizada de la Jerarquía, la Iglesia Católica quedará cada vez más opacada por la secta que se le está superponiendo abusivamente. Confiamos en las promesas de Cristo y en la asistencia especial del Espíritu Santo, pero no olvidemos que la apostasía de la cúpula de la Iglesia forma parte de los acontecimientos esjatológicos y no se podrá evitar.

Considero que las premisas que hemos visto hasta ahora, y que se remontan en buena parte al Concilio, conducirán inexorablemente de un modo cada vez más explícito a una profesión de apostasía por parte de la cúpula de la iglesia bergogliana. El Enemigo exige fidelidad a sus siervos, y si al principio, parece contentarse con un ídolo de madera adorado en los jardines vaticanos o de una oblación de tierra y plantas sobre el Altar de San Pedro, dentro de poco exigirá un culto público y oficial que reemplace al Sacrificio Perpetuo. En ese caso se cumplirá lo que profetizó Daniel de la abominación desoladora en el lugar santo. Me llama la atención la expresión precisa que emplea la Sagrada Escritura: «Cum videritis abominationem desolationis stantem in loco sancto» [cuando veáis la abominación desoladora en el lugar santo] (Mt.24,15). Está escrito con toda claridad que esta abominación estará en una descarada y arrogante imposición en el lugar más ajeno e impropio para ella. Será una vergüenza, un escándalo, algo sin precedentes, y no hay palabras para calificar y condenarla.

¿Qué nos espera si todo sigue así?

A mi modo de ver, estamos presenciando el ensayo general previo a la instauración del reino del Anticristo, que será precedido por la predicación del Falso Profeta, precursor de aquél que desencadenará la persecución final de la Iglesia antes de la victoria aplastante y definitiva de Nuestro Señor.

El vacío simbólico del altar pontifico es algo más que una advertencia para quienes fingen no ver los escándalos de este pontificado. En cierta forma, Bergoglio se está valiendo de ello para que nos acostumbremos a tomar nota de la mutación sustancial del papado y de la propia Iglesia. También lo es para que veamos en él algo más que el último en el largo linaje de romanos pontífices a los que Cristo mandó apacentar sus ovejas y sus corderos: el primer jefe de una organización filantrópica multinacional que ha usurpado el nombre de Iglesia Católica sólo porque le permite disfrutar de un prestigio y autoridad sin igual, incluso en tiempos de crisis religiosa.

La paradoja es patente: Bergoglio sabe que sólo puede destruir a todos los efectos la Iglesia Católica si se lo reconoce como Papa, pero al mismo tiempo no puede ejercer el pontificado en sentido estricto, ya que ello exigiría que hablase y se comportase como el Vicario de Cristo y Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, y se manifestara como tal. Es la misma paradoja que observamos en los ámbitos civil y político, en los que quienes han sido constituidos como autoridades para gobernar los asuntos públicos y promover el bien común son al mismo tiempo emisarios de la élite con la misión de destruir su país y vulnerar los derechos de los ciudadanos. Por detrás del estado profundo y la iglesia profunda siempre hay un mismo instigador: Satanás.

¿Qué pueden hacer los laicos y el clero para prevenir está carrera desenfrenada hacia el precipicio?

La Iglesia no es propiedad del Papa, ni tampoco de una camarilla de herejes y fornicarios que ha conseguido acceder al poder mediante engaños y fraudes. Por eso, debemos unir nuestra fe sobrenatural en que Dios obra constantemente en medio de su pueblo a una labor de resistencia, como aconsejan los Padres de la Iglesia. Los católicos tienen el deber de enfrentarse a la infidelidad de sus pastores, porque el objeto de la obediencia que les deben es la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por consiguiente, denunciamos todo lo que suponga traición a la misión de los pastores, mientras imploramos al Señor que abrevie estos tiempos de prueba. Y si algún día Bergoglio nos dijera que para estar en comunión con él tenemos que hacer algo que ofenda a Dios, tendremos más confirmación de que es un impostor y de que, como tal, carece de autoridad.

Oremos, pues. Recemos mucho y con fervor, conscientes de las palabras del Salvador y de su victoria final. No se nos juzgará por los escándalos de Bergoglio y sus secuaces, sino por nuestra fidelidad a las enseñanzas de Cristo; fidelidad que comienza por vivir en gracia de Dios, recibiendo con frecuencia los sacramentos y ofreciendo sacrificios y penitencias por la salvación de los ministros de Dios.

¿Cuál es su petición para esta Navidad?

Me gustaría que estos tiempos difíciles nos permitan ver que donde no reina Cristo se instaura irremediablemente la tiranía de Satanás. Donde no impera la Gracia, se imponen el pecado y el vicio. Donde no se ama la verdad, la gente termina por abrazar el error y la herejía. Si hasta ahora muchas almas tibias no han sabido volverse a Dios, reconociendo que su vida sólo puede hallar plena y perfecta realización en él, quizás puedan entender ahora que la vida sin Dios se convierte en un infierno.

Como los pastores se postraron adorantes a los pies del Niño Rey, acostado en un pesebre pero significativamente arropado en unas telas que antiguamente eran prerrogativa de reyes, también nosotros debemos congregarnos en oración en torno al altar, aunque sea en un desván o en sótano para escapar a la persecución o burlar la prohibición de reuniones. Porque aun en la pobreza de una capilla clandestina o una iglesia abandonada el Señor desciende sobre el altar para sacrificarse místicamente en aras de nuestra salvación.

Roguemos porque un día veamos a un pontífice que vuelva a celebrar el Santo Sacrifico sobre el Altar de la Confesión de San Pedro según el rito que enseñó Nuestro Señor a los Apóstoles y que se ha transmitido íntegro a lo largo de los siglos. Será la señal de que se han restaurado el papado y la Iglesia de Cristo.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

 Fuente: Adelante la Fe

domingo, 6 de septiembre de 2020

Mons. Viganò: Monseñor Lefebvre fue un Confesor ejemplar de la Fe


Estimado Dr. Kokx:

He leído con vivo interés su artículo titulado  Preguntas para Viganò: Su Excelencia tiene razón en cuanto al Concilio pero, ¿qué piensa que debemos hacer los católicos ahora?,  Publicado en Catholic Family News el pasado 22 de agosto ( aquí ). Por tratarse de cuestiones de grave importancia para los fieles, respondo gustoso a sus preguntas.

Me pregunta: «¿Qué significa para el arzobispo Viganò separarse de la Iglesia conciliar?» Le respondo igualmente con una pregunta: ¿Qué significa separarse de la Iglesia para los partidarios del Concilio? Aun siendo evidente que no es posible la menor comunión con quienes proponen las doctrinas adulteradas del  manifiesto ideológico conciliar,  es necesario precisar que el mero hecho de estar bautizado y pertenecer a la Iglesia de Cristo no supone adhesión a la camarilla del Concilio. Y esto también se aplica a los simples fieles ya los clérigos seculares y regulares que por diversas razones se consideran sinceramente católicos y reconocen a la Jerarquía.

Por el contrario, habría que aclarar la postura de cuantos, declarando católicos, abrazan doctrinas heterodoxas que se han difundido en los últimos decenios, conscientes de que suponen una ruptura con el Magisterio anterior. En este caso, es lícito poner en duda la verdadera pertenencia de ellos a la Iglesia Católica, en la que todavía ejercen cargos que les confieren autoridad. Una autoridad ejercida ilícitamente cuando a lo que se aspira es a obligar a los fieles a aceptar la revolución que se ha después del impuesto del Concilio.

Aclarado este punto, es evidente que no son los fieles tradicionalistas -o sea, los verdaderos católicos, según San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen pleno derecho a seguir y de la cual sería una insensatez apartarse, sino los modernistas, que han usurpado el nombre de católicos precisamente porque es el único término  burocrático  que impide que se los equipare a cualquier secta herética. Pero así como no es posible reivindicar la ciudadanía de una patria con la que no se comparte lengua, derecho, fe y tradición, también es imposible que quien no comparte la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católico pueda arrogarse el derecho a permanecer en ella y ascender grados en la Jerarquía.Esta pretensión suya les sirve para no terminar como los centenares de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su antojo, anteponiendo el orgullo a la humilde custodia de las enseñanzas recibidas de Nuestro Señor.

No cedamos, pues, a la tentación de abandonar –aunque con una indignación justificada– la Iglesia católica con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicarios; es a ellos a quienes hay que expulsar del recinto sagrado en una labor de purificación y penitencia que debe partir de cada uno de nosotros.

También es patente que hay numerosos casos en que los fieles se topan con graves problemas al frecuentar su parroquia, como también son muy escasos los templos en que se celebra la Santa Misa según el rito católico. Los horrores Que se propagan desde Hace Décadas en los muchas de Nuestras parroquias y Santuarios Hacen también imposible Asistir a Una  eucaristía  pecado Sentirse Incómodos y Poner en peligro la Propia Fe. Así como también es muy difícil obtener uno mismo y para sus hijos una formación católica, sacramentos celebrados dignamente y una formación espiritual sólida. En estos casos, los fieles laicos tienen el derecho y el deber de buscar sacerdotes, congregaciones e instituciones que sean fieles al Magisterio de siempre.Y que a la loable celebración del Rito Tradicional se añada una fiel adhesión a la doctrina y la moral sin hacer la menor concesión al Concilio.

La situación es, desde luego, demasiado compleja para los sacerdotes, que depende jerárquicamente de su obispo o su superior, pero al mismo tiempo tienen el sacrosanto derecho de seguir siendo católicos y poder celebrar según el rito católico. Si por un lado los seglares tienen más libertad de acción para elegir a qué comunidad dirigirse para oír Misa, recibir los sacramentos y formarse, aunque con menos autonomía por tener que depender de todos modos de un sacerdote, por otro lado los sacerdotes tienen menos libertad de acción al estar incardinados en una diócesis o una orden y sometidos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por estar en situación de decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos por el Rito Tridentino. El motu proprio  Summorum pontificum recalcó que fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -derecho que no se les puede negar- de servirse de la liturgia que expresa con más perfección nuestra Fe. Pero hoy en día ese derecho se debe aprovechar no sólo y no tanto para conservar el Rito extraordinario, sino para dar testimonio de adhesión al Depósito de la Fe que sólo encuentra plena correspondencia en al Rito Antiguo.

Todos los días me llegan sentidas cartas de sacerdotes que son marginados, transferidos a otra parroquia o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un punto de apoyo lejos del estrépito de los novadores es grande, pero debemos tomar ejemplo de las persecuciones que sufrieron muchos santos. Entre ellos San Atanasio, en el que tenemos un modelo de cómo hay que desempeñarse cuando se propaga la herejía y se desata la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano en el episcopado monseñor Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en tiempos del santo doctor de Alejandría de Egipto estaban tan difundido entre los obispos que cualquiera hubiera creído que la Iglesia Católica iba a desaparecer del todo . Pero gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos prelados que se mantuvieron fieles, la Iglesia supo remontarse. Sin aquel testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado. Y sin nuestro testimonio actual, no será derrotado el modernismo y la apostasía globalista del presente pontificado.

Por tanto, no es cuestión de trabajar dentro o fuera; los viñadores son llamados a trabajar en la viña del Señor, y deben permanecer en ella aunque les cueste la vida. Los pastores son llamados a apacentar la gray del Señor, mantener alejados a los lobos rapaces y ahuyentar a los mercenarios que no se preocupan de salvar a las ovejas y los corderos.

Esta labor en muchos casos silenciosa y oculta la viene realizando la Fraternidad San Pío X, a la que hay que reconocer el mérito de no haber permitido que se apague la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han constituido una saludable espina en el costado del Cuerpo de la Iglesia, consideró un inaceptable ejemplo para los fieles, un constante reproche para la traición cometida contra el pueblo de Dios, una opción inadmisible al nuevo rumbo trazado por el Concilio. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa al realizar las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad se libró de los furiosos ataques de los novadores y ha hecho posible con su existencia que se manifiestan las contradicciones y errores de la secta conciliar,  siempre amistosa hacia los herejes e idólatras e implacablemente rígida e intolerante con la Verdad católica.

Considero a monseñor Lefevbre un confesor ejemplar de la Fe, y creo que ya es palmario hasta qué punto su denuncia del Concilio y de la apostasía modernista está fundada y tiene mucha vigencia. No olvidemos que la persecución que sufrió monseñor Lefebvre por parte de la Santa Sede y los obispos de todo el mundo ha servido ante todo de elemento disuasorio para los católicos refractarios a la revolución conciliar.

Concuerdo también con todo lo que dijo SE Bernard Tissier de Mallerais sobre la presencia simultánea de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo está ocupada y eclipsada por la camarilla modernista conciliar que se ha impuesto en la propia jerarquía y se vale de la autoridad de sus ministros para prevalecer en la Esposa de Cristo y madre nuestra.

La Iglesia de Cristo -que no sólo subsiste en la Iglesia Católica, sino que es exclusivamente la Iglesia Católica- está simplemente ensombrecida, eclipsada por una iglesia extraña y extravagante que se ha instalado en Roma, conforme a la visión que tuvo la beata Ana Catalina Emmerick. Convive, como la cizaña, en la Curia Romana, en las diócesis y en las parroquias. No podemos juzgar las intenciones de nuestros pastores ni dar por sentado que todos se han corrompido en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y silenciados, se den cuenta conforme avanzan la confusión y la apostasía del engaño de que han sido objeto y terminen por despertar de su letargo. Innumerables laicos están alzando la voz; otros habrán de seguirles necesariamente, junto a buenos sacerdotes, sin duda presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante -me atrevería a llamarlo resurrección- es necesario, improrrogable e inevitable; ningún hijo tolera que su madre sea objeto de ofensa por parte de los sirvientes, ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él. ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él. ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él.

Pero para hacernos acreedores a la gloria del Cielo estamos llamados a redescubrir –en una época afeminada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra empeñada y el heroísmo un fundamental para todo bautizado– que la vida cristiana es una milicia, y que por el Sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya debemos combatir. Cierto es que en la mayor parte de los casos se trata de un combate esencial espiritual. Pero a lo largo de la historia hemos hecho con cuánta frecuencia, ante las violaciones de los derechos fundamentales de Dios y de la libertad de la Iglesia se ha hecho necesario empuñar las armas. Nos lo enseña la denodada resistencia a la invasión islámica en Lepanto ya las puertas de Viena, la persecución de los cristeros en México y de los católicos en España, y todavía en nuestros días la cruel guerra que se libra contra los cristianos por todo el mundo. Hoy estamos más que nunca en situación de comprender el odio teológico de los enemigos de Dios inspirados por Satanás, los ataques a todo lo que recuerde a la Cruz de Cristo: la Virtud, el Bien, la belleza, la pureza… Todo ello debe espolearnos para levantarnos en un arranque de sano orgullo para reivindicar nuestro derecho no sólo a no ser perseguidos por enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores firmes y valerosos, santos y temerosos de Dios, que hagan ni menos lo que hicieron durante siglos sus predecesores: predicar el Evangelio de Cristo, convertir a los hombres y las naciones y propagar por todo el mundo el Reino del Dios vivo y verdadero.

Todos estamos llamados a realizar un gesto de fortaleza –virtud cardinal olvidada, que no por casualidad exige fuerza viril, ἀνδρεία: saber hacer frente a los modernistas; resistencia que hunde sus raíces en la caridad y la verdad, atributos de Dios.

Si sólo celebráis la Misa Tridentina y predicáis la sana doctrina sin mencionar el Concilio, ¿qué os podrán hacer? ¿Echaros tal vez de vuestras iglesias? Y después, ¿qué? Nadie os podrá impedir celebrar la renovación del Santo Sacrificio sobre un altar improvisado o en una buhardilla, como hacían los sacerdotes refractarios during la Revolución Francesa y hacen todavía en China. Y si intentan apartaros, resistid; el Derecho Canónico garantiza el gobierno de la Iglesia en la prosecución de sus fines principales, no para demolerla. Dejemos de temer que la culpa del cisma es de quien lo denuncia y no de quien lo lleva un efecto; ¡Cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no quienes lo defienden denunciando a los verdugos!

Los laicos pueden exigir a sus pastores que se comporten como tales, prefiriendo a los que demuestren no estar contaminados con los errores actuales. Si una Misa se vuelve un tormento para los fieles y vienen obligados a asistir a sacrilegios, soportar herejías o desvaríos impropios de la Casa del Señor, es mil veces preferible ir a una iglesia en la que el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, según el rito que nos ha transmitido la Tradición, y predique conforme a la sana doctrina. Cuando obispos y párrocos se den cuenta de que el pueblo cristiano quiere el pan de la Fe en vez de las piedras y escorpiones de la neoiglesia, dejarán de lado sus temores y atenderán a las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, auténticos mercenarios, demostrarán lo que son y sólo serán capaces de congregar en torno suyo a quienes comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí solos; el Señor seca el pantano y volverá árida la tierra sobre la que crecen los espinos, y acaba con las vocaciones en los seminarios corruptos y los conventos rebeldes a la regla.

Los fieles laicos tienen un deber sagrado hoy en día: consolar a los sacerdotes y obispos buenos apiñándose en torno a ellos como las ovejas a su pastor. Alojarlos, ayudarlos y consolarlos en sus tribulaciones. Que creen comunidades en las que no predominen las murmuraciones y divisiones, sino la Caridad fraterna en el vínculo de la Fe. Y como en el orden establecido por Dios –κόσμος– los súbditos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando ésta abusa de su poder, no incurrirán en culpa alguna por la infidelidad de sus jefes, sobre los cuales pesa en cambio una gravísima responsabilidad por la manera en que ejercen el poder vicario que se les ha conferido. No debemos complacernos de los errores de nuestros pastores, sino rezar por ellos y amonestarlos respetuosamente.

Tengo la certeza -y es una certeza que me nace de la Fe- de que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad después de habernos castigado por las culpas de los eclesiásticos, dándonos sacerdotes, obispos y cardenales santos, y sobre todo un papa santo . Esos santos saldrán de nuestras familias, comunidades e iglesias, en las que se debe cultivar la Gracia de Dios con la oración constante, con la frecuencia de los Sacramentos, y ofreciendo sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad en expiación por nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen autoridad. En esto los seglares tienen una misión importante que cumplir: custodiar la fe en el seno de su familia, para que los jóvenes que sean educados en el amor y el temor del Señor puedan un día ser padres responsables,

El remedio contra la rebeldía es la obediencia. El remedio contra la herejía es la fidelidad a las enseñanzas de la Tradición. El remedio contra el cisma es la devoción filial a los sagrados pastores. El remedio contra la apostasía es el amor a Dios ya su santísima Madre. El remedio contra el vicio es la práctica humilde de la virtud. El remedio contra la corrupción de las costumbres es vivir constantemente en presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse convirtiéndose en un estúpido servilismo, ni el respeto a la autoridad puede pervertirse volviéndose lisonja. Y no olvidemos que si los laicos tienen la obligación de obedecer a sus pastores, más grave aún es el deber que tienen que obedecer a Dios,  usque ad efussionem sanguinis,  hasta derramar la sangre.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

1º de septiembre de 2020

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

jueves, 2 de abril de 2020

Monseñor Viganò habla para THE REMNANT del Covid-19 y la mano de Dios


Introducción del director de The REMNANT: Durante estos tiempos de cariz apocalíptico debemos tener presente que a pesar de la profunda apostasía que se ha ido extendiendo por el mundo en las últimas décadas, Dios no nos ha abandonado.

Buenos sacerdotes de todo el mundo están respondiendo a la llamada de los despojados fieles para mantener la lumen Christi en medio de las tinieblas que actualmente envuelven el mundo entero. En estos momentos de desolación, muchos de ellos empiezan a entender los entresijos de la revolución modernista que ha diezmado la Iglesia Católica, ha acabado prácticamente con el venerable Rito Romano y ha terminado por dejarnos abandonados cerrándonos la puerta de los templos.

En vista de este castigo, cuando tantos obispos han huido llevándose con ellos los Sacramentos que nos deben dar, nos alegramos de que haya al menos unos pocos buenos pastores que hayan roto las cadenas de la colegialidad para traernos el consuelo de la verdad de Cristo y llamar a las ovejas dispersas de vuelta a la protección del redil.

Está claro que no estamos solos. Dios está volviendo a suscitar profetas.

Millones de católicos se las ven y se las desean para comprender lo que ha pasado en las últimas semanas. En este Domingo de Pasión, el arzobispo Viganò nos ha hecho el honor de concedernos una entrevista en la que nos brinda una orientación franca y cristocéntrica.

Nos recuerda en primer lugar que «la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales». Debemos permitir que este azote nos ablande el corazón y nos conduzca al arrepentimiento y a volver a Dios.

A continuación, exhorta a todos los católicos bautizados a tener presente que la desesperación es impensable y que debemos «soportar estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas».

«Si algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa», también puede brindar a nuestros pastores la oportunidad de resolver ablandar su corazón y comprender que no deben seguir «ofendiendo la majestad de Dios» y desobedeciendo a su Madre: «Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón -recuerda monseñor Viganò-, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios!»

¿Cómo debe responder, entonces, la Iglesia a la actual crisis?

Advierte Su Excelencia que «es imprescindible e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos». Los obispos en particular «deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica», porque ya basta de «caminos sinodales», «del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio». Por eso los obispos deben dejar de «enseñar falsas doctrinas», de tener miedo de «predicar la pureza y la santidad», con «silencios cobardes ante la arrogancia del mal».

Las ovejas los seguirán, pero los pastores tienen que aprender a apartarnos del mundo y llevarnos de vuelta a Cristo.

Dios bendiga y guarde al arzobispo Viganò. Es una voz que clama en el desierto, y ruego a nuestros lectores que recen por él y le pidan a Dios que le conceda la gracia y el valor para seguir haciendo sonar la voz de alarma antes de que sea tarde. Tanto las naciones como los hombres tienen que regresar al Dios Todopoderoso para que recuperemos la paz y la tranquilidad.

Michael J. Matt

Entrevista al arzobispo Carlo Maria Viganò

Michael J. Matt: ¿Cómo le parece que deben evaluar los católicos la epidemia de Covid-19?

+ Carlo Maria Viganò: La epidemia de este coronarvirus, como todas las enfermedades y como la muerte misma, son consecuencia del pecado original. El pecado de Adán, nuestro primer padre, lo privó y nos privó no sólo de la gracia divina, sino de todos los elementos buenos con que Dios había dotado la creación. La enfermedad y la muerte entraron en el mundo como castigo por desobedecer a Dios. La Redención, que se nos prometió en el Protoevangelio (Génesis 3), se profetizó en el Antiguo Testamento y se completó con la Encarnación, Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor, libró a Adán y a sus descendientes de la condenación eterna; pero quedaron consecuencias como señal de la Caída que no serán corregidas hasta la resurrección de la carne, como anunciamos en el Credo, la cual tendrá lugar antes del Día del Juicio. Esto hay que tenerlo presente, sobre todo en un momento en que se desconocen o niegan las enseñanzas fundamentales del Catecismo.

Los católicos sabemos que la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales. Gracias a la Comunión de los Santos, que permite que los méritos de todos los bautizados se transmitan al resto de la Iglesia, podemos soportar también estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas. Algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa.

Como hemos visto, si sólo tenemos en cuenta el aspecto clínico de la enfermedad -la cual, lógicamente, debemos combatir por todos los medios a nuestro alcance-, se excluye totalmente el lado trascendental de nuestra vida, y perdemos por consiguiente la perspectiva espiritual y terminamos irremediablemente en un egoísmo ciego y desesperado.

Varios obispos y sacerdotes han afirmado que «Dios no castiga» y que entender el coronavirus como una plaga supone una «mentalidad pagana». ¿Está de acuerdo?

Como dije, el primer castigo se aplicó a nuestro primer padre. Ahora bien, como leemos en el Exultet que se canta en la Vigilia Pascual, O felix culpa, qui talem ac tantum meruit habere Redemptorem!, feliz culpa que nos hizo acreedores a tan gran Redentor.

Un padre que no castiga a sus hijos no los quiere; es negligente con ellos. El médico que se queda cruzado de brazos mientras ve cómo su paciente empeora y termina siendo víctima de la gangrena, no quiere que se recupere. Dios es un Padre que nos ama, porque nos enseña lo que debemos hacer para merecer la felicidad eterna en el Paraíso. Cuando desobedecemos sus mandamientos pecando, no nos deja morir sino que sale a nuestro encuentro y nos manda muchos avisos, que son con frecuencia severos. Entonces nos enmendamos, nos arrepentimos, hacemos penitencia y nos reconciliamos con Él. «Sois mis amigos si hacéis lo que Yo os digo.» A mí me parece que las palabras de Nuestro Señor no dejan lugar a dudas.

Me gustaría añadir que la verdad sobre un Dios justo que premia a los buenos y castiga a los malos es parte del legado común de la ley natural que hemos recibido del Señor a lo largo de la historia. Una vocación irresistible a nuestro paraíso terrenal que demuestra a los mismos paganos que la Fe católica es el necesario cumplimiento de lo que le indica todo corazón sincero y bien dispuesto. Me sorprende que hoy en día, en vez de recalcar esta verdad grabada a fuego en el corazón de todo hombre, los que simpatizan hondamente con los paganos no acepten lo que la Iglesia siempre consideró la mejor manera de conquistarlos.

¿Cree Vuestra Excelencia que hay pecados que acarrean más que otros la ira de Dios?

Cada delito que nos mancha a los ojos de Dios es otro martillazo sobre los clavos que traspasaron las sagradas y venerables manos de Nuestro Señor, otro latigazo que desgarra su sagrado Cuerpo, otro esputo en su adorable rostro. Si nos diéramos cuenta de ello, nunca volveríamos a pecar. Los pecadores llorarían transidos de dolor por el resto de su vida. Y sin embargo, ésta es la realidad: durante su Pasión, nuestro Divino Salvador cargó no sólo con nuestro pecado original, sino con todo pecado que han cometido y cometerán los hombres. Lo más grandioso es que Nuestro Señor llegó a morir en la Cruz cuando una sola gota de su preciosísima Sangre habría bastado para redimirnos a todos. Cujus una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere, como nos enseña Santo Tomás.

Además de los pecados individuales, están los pecados cometidos por las sociedades, por las naciones. El aborto, que sigue asesinando niños inocentes durante la pandemia; el divorcio, la eutanasia, la abominación de los supuestos matrimonios entre personas de un mismo sexo, la celebración de la sodomía y otras terribles perversiones como la pornografía, la corrupción de menores, las especulaciones de las élites financieras, la profanación del domingo y un largo etcétera.

¿Le importaría aclarar por qué distingue entre pecados individuales y pecados nacionales?

Santo Tomás de Aquino enseña que toda persona tiene el deber de reconocer, adorar y obedecer al único Dios verdadero. Del mismo modo, las sociedades, que se componen de muchos individuos, no pueden dejar de reconocer a Dios y ocuparse de que sus leyes permitan a los miembros de la sociedad llegar a la meta espiritual a la que están destinados. Hay naciones que no sólo hacen caso omiso de Dios, sino que lo niegan abiertamente. Las hay que exigen a sus ciudadanos que acepten leyes que contravienen la moral natural y la doctrina católica, como las que reconocen el derecho al aborto, la eutanasia y la sodomía. Otros corrompen a los niños y vulneran su inocencia. Quienes consienten que se blasfeme la divina majestad de Dios no pueden quedar impunes ante Él. Los pecados públicos exigen confesión y expiación públicas para que Dios los perdone. No olvidemos que la Iglesia, que también es una sociedad, no está exenta de los castigos divinos cuando sus dirigentes son culpables de ofensas colectivas.

¿Afirma Vuestra Excelencia que la Iglesia puede tener culpa?

La Iglesia siempre ha sido impecablemente santa, porque es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor y Salvador. No sólo sería temerario, sino incluso blasfemo el menor atisbo de considerar que esta divina institución, que la Providencia instaló en el mundo para proporcionarlos la Gracia a todos como única Arca de Salvación, pueda ser mínimamente imperfecta. Las alabanzas que cantamos a la Madre de Dios –a la que llamamos precisamente Mater Eclessiae–, se pueden cantar también de la Iglesia, mediadora de todas las gracias a través de los sacramentos; Madre de Nuestro Señor, cuyos miembros genera. La Iglesia es al Arca de la Alianza que custodia el Santísimo Sacramento y los Mandamientos. La Iglesia es Refugio de los Pecadores, a los que otorga el perdón tras una buena confesión. Es Salud de los Enfermos, a los que siempre ha prodigado cuidados. Reina de la Paz, que promueve la armonía con la predicación del Evangelio. Pero también es terrible como un ejército en orden de batalla, porque Nuestro Señor ha concedido a sus sagrados ministros potestad para aplastar demonios y la autoridad de las Llaves del Cielo. No olvidemos que la Iglesia, además de ser Iglesia Militante en este mundo, es Iglesia Triunfante e Iglesia Purgante, los miembros de las cuales son todos santos.

Pero hay que decir igualmente que aunque la Iglesia sea santa, algunos de sus integrantes y de los miembros de la jerarquía en la Tierra pueden ser pecadores. En los tormentosos tiempos que vivimos, hay muchos sacerdotes indignos de ser llamados tales, como se ha visto en los escándalos y abusos protagonizados por algunos de ellos, desgraciadamente hasta por obispos y cardenales. La infidelidad de los pastores sagrados es un escándalo para sus hermanos en el sacerdocio y para muchos fieles, no sólo en lo relativo a la lujuria o a la ambición de poder, sino también -y yo diría que sobre todo- en lo referente a la integridad de la Fe, la pureza de la doctrina de la Iglesia y la santidad moral. Han llegado a cometer acciones de una gravedad inusitada, como pudimos observar en la adoración del ídolo de la Pachamama en el propio Vaticano. La verdad es que me parece que el Señor está justamente indignado con la muchedumbre de escándalos cometidos por quienes por ser pastores deberían dar ejemplo a la grey que se les ha confiado.

No olvidemos que el mal ejemplo de muchos miembros de la jerarquía es algo más que un escándalo para los católicos: es un escándalo para los que no pertenecen a la Iglesia y tienen a ésta como un faro y un punto de referencia. Y eso no es todo; el azote que estamos padeciendo no puede dispensar a la jerarquía eclesiástica de hacer el debido examen de conciencia por haberse dejado subyugar por el espíritu del mundo. No puede eludir su deber de condenar enérgicamente todos los errores a los que ha dado cabida desde el Concilio, y que le han acarreado todos estos justos castigos. Tenemos que enmendarnos y volver a Dios.

Me duele tener que decir que aun después de ver cómo se derrama sobre el mundo la cólera divina seguimos ofendiendo a la majestad de Dios al decir que la Madre Tierra exige respeto, como dijo hace unos días el Papa en su enésima entrevista. Lo que debemos hacer es pedir perdón por el sacrilegio cometido en la Basílica de San Pedro, y volver a consagrarla antes de que se puede decir allí nuevamente el Santo Sacrificio de la Misa. Hay que convocar también una procesión pública en señal de penitencia, aunque sólo participen prelados dirigidos por el Sumo Pontífice. Tienen que implorar la misericordia de Dios para ellos y para su pueblo. Sería la verdadera manifestación de humildad que todos esperamos para reparar las ofensas cometidas.

No podemos ocultar nuestro estupor al oír palabras como las pronunciadas en la casa de Santa Marta el pasado día 26. El Papa dijo: «Que el Señor no nos encuentre, al final de nuestras vidas, y diga de cada uno de nosotros: “Te has pervertido. Te has desviado del camino que te había indicado. Te has postrado ante un ídolo”». Son palabras que causan gran desconcierto, sobre todo teniendo en cuenta que él mismo cometió un terrible sacrilegio a la vista y al oído del mundo entero, ante el mismo Altar de la Confesión en San Pedro; una auténtica profanación, un acto de apostasía, con esas asquerosas y satánicas imágenes de la Pachamama.

El día de la Anunciación de Nuestra Señora, los obispos de Portugal y de España consagraron sus respectivas naciones al Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Otro tanto hicieron los prelados de Irlanda, Inglaterra y Gales. En muchas diócesis y localidades, los obispos y las autoridades municipales han puesto a su ciudad bajo la protección de María Santísima. ¿Qué piensa Vuestra Excelencia de dichos actos?

Son actos que me llenan de esperanza. Aunque no son suficientes para expiar nuestras culpas, las máximas autoridades de la Iglesia no se han dado por enteradas, aunque los creyentes de a pie llevaban mucho tiempo clamando por que sus pastores realizasen esos actos solemnes. Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios! ¡Es una vergüenza y un escándalo que ningún obispo de Italia se haya adherido a tan importante iniciativa!

¿Cómo evalúa la suspensión de sacramentos que observamos en casi todo el mundo?

Es un padecimiento terrible para los fieles, posiblemente el peor que han conocido hasta la fecha. Parece mentira que se les pueda negar a los moribundos.

En la actual situación, parece que, con escasas excepciones, la Jerarquía no ha tenido escrúpulos para cerrar las iglesias y evitar que participen los fieles del Santo Sacrificio de la Misa. Se han comportado como fríos burócratas que cumplen las órdenes del sátrapa, y la mayoría de los fieles lo han visto como una demostración de falta de fe. Y no me extraña nada.

Me pregunto -y da miedo pensarlo- si el cierre de los templos y la suspensión de todo acto de culto no será otro castigo de Dios, además de la pandemia. «A fin de que conociesen cómo por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado » (Sab. 11,17). Con lo ofendido que está el Señor por la negligencia y las faltas de respeto de sus sacerdotes; con lo indignado que está por las profanaciones del Santísimo Sacramento que tiene lugar cada día cuando se da de comulgar en la mano; con lo harto que está de cancioncillas estúpidas y de homilías heréticas, todavía se contenta desde el silencio del Sagrario con la alabanza austera y formal de muchos sacerdotes que todavía dicen la Misa de siempre. La Misa que se remonta al tiempo de los Apóstoles. La que siempre ha sido el corazón cuyos latidos han movido a la Iglesia a lo largo de los siglos. Tengamos presentes esta sobria advertencia: Dios no se deja burlar.

Entiendo perfectamente y comparto la preocupación esencial y las medidas de protección impuestas por las autoridades para salvaguardar la salud pública. Pero del mismo modo que tienen derecho a aprobar leyes relativas a los que afecta a nuestro cuerpo, las autoridades eclesiásticas tienen el derecho y el deber de velar por la salud de las almas. No pueden negar a los fieles el alimento espiritual que obtienen de la Eucaristía, por no hablar del Sacramento de la Confesión, la Misa y el Viático.

Cuando tantas tiendas y restaurantes estaban todavía abiertos, muchas conferencias episcopales ya habían suspendido todo acto de culto, y eso que ni siquiera se lo habían exigido aún las autoridades civiles. Eso es otra prueba del lamentable estado de la Jerarquía; demuestra que los obispos están gustosamente dispuestos a sacrificar el bien de las almas para contentar a las autoridades establecidas o a la dictadura del pensamiento único.

A propósito de los restaurantes abierto. ¿Qué opinión le merecen las comidas que se han servido a los pobres en los últimos meses en lugares de culto?

Para los católicos, ayudar a los necesitados es una obra de caridad. Nos recuerda que Dios es caridad. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas con todo nuestro corazón, y al prójimo por amor de Él. Por eso, de acuerdo con las bienaventuranzas, podemos ver al Señor en los pobres, los enfermos, los presos y los huérfanos. Desde el mismo principio, la Iglesia ha dado siempre un ejemplo magnífico en ese sentido. Los mismos paganos nos admiraban por ello. La Historia da cuenta de las numerosas e impresionantes labores de asistencia iniciadas por la generosidad de los fieles, incluso en épocas de gran hostilidad por parte de las autoridades civiles. Muchas veces las autoridades se han adueñado de dichas entidades siguiendo órdenes de la Masonería, que despreciaba las grandes obras de muchos buenos católicos. Ayudar a los pobres y los marginados no es algo que empezara con Bergoglio ni con organizaciones alineadas según una ideología determinada.

Ahora bien, es significativo que la nueva insistencia en la ayuda a los pobres, además de no hacer la menor referencia a lo sobrenatural se limita a las obras de misericordia corporales, evitando cuidadosamente las espirituales. Y no acaba ahí la cosa; este pontificado ha eliminado toda forma de apostolado, y dice que la Iglesia no debe realizar actividades misioneras, a las que califica de proselitismo. Que sólo podemos proporcionar comida, alojamiento y atención médica, pero nadie está facilitando alimento, hospedaje o atención médica a las almas que los necesitan con tanta urgencia. La Iglesia actual se ha convertido en una ONG filantrópica. Pero la verdadera Caridad no es un derivado de su sucedáneo masónico, por mucho que se procure disimularlo con un vago barniz de espiritualidad; es todo lo contrario, porque la solidaridad que se estila hoy niega que haya una sola Iglesia verdadera cuyo mensaje salvífico deba predicarse a todos los que no forman parte de ella. Y hay más: desde el Concilio la Iglesia ha ido a la deriva y se ha alejado tanto con cuestiones como la libertad de culto y el ecumenismo que muchas entidades benéficas confirman actualmente en el error de su paganismo o su ateísmo a las personas cuyo cuidado se les confía. Hasta les ofrecen locales donde pueden reunirse para rezar. Hemos visto asimismo casos deplorables de misas en las que, a petición expresa del celebrante, en vez del Santo Evangelio se lee el Corán o, como ha sucedido últimamente, se ha practicado la idolatría en templos católicos.

Yo diría que la idea de transformar las iglesias en refectorios o dormitorios para los necesitados es prueba de esa hipocresía de fondo que, como hemos observado con el ecumenismo, utiliza algo en apariencia loable (por ejemplo, dar de comer al hambriento o acoger a los refugiados) como instrumento para cumplir progresivamente el plan masónico de instaurar una gran religión universal sin dogmas, sin ritos y sin Dios. Utilizar una iglesia como si fuera un albergue, en presencia de prelados de obispos pagados de sí mismos que sirven pizzas y chuletas con un mandil sobre la sotana, equivale a profanarla. Sobre todo cuando esos que se muestran sonrientes ante los fotógrafos se guardan de abrir la puerta de su palacio episcopal a quienes, en el fondo, consideran útiles para sus fines políticos. Volviendo a lo que iba diciendo, me parece que también estos actos sacrílegos son causa subyacente de la pandemia y de la clausura de los templos.

Por otro lado, yo diría que con demasiada frecuencia se instrumentaliza la pobreza y la necesidad de tantos desventurados para aparecer en primera plana. Lo hemos visto en los desembarcos de inmigrantes transportados por organizaciones constituidas por auténticos negreros, con la sola idea de poner en marcha la industria de la acogida, que no sólo oculta mezquinos intereses económicos, sino una disimulada complicidad con quienes quieren destruir la Europa cristiana comenzando por Italia.

En otros casos, como en la localidad de Cerveteri aledaña a Roma, las fuerzas del orden interrumpieron la celebración de una Misa. ¿Cómo reaccionaron las autoridades eclesiásticas?

Lo de Cerveteri puede haber sido un exceso de celo por parte de la policía, sobre todo si los agentes estaban estresados por el clima de alarma que se ha desatado desde el brote de la epidemia. Pero hay que dejar claro que -y más en un país como Italia en el que rige un concordato entre la Iglesia y el Estado-, las autoridades eclesiásticas tienen jurisdicción exclusiva sobre los lugares de culto. La Santa Sede y el ordinario del lugar deberían haber protestado por semejante incumplimiento de los Pactos de Letrán, confirmados en 1984 y que siguen vigentes. Una vez más, la autoridad de los obispos, que les fue conferida directamente por Dios, se deshace como la nieve bajo el sol demostrando una pusilanimidad que puede llevar a cometer abusos peores. Aprovecho la ocasión para pedir una firmísima condena de estas intolerables injerencias de las autoridades civiles en cuestiones que son competencia de las eclesiásticas.

El pasado día 25 el papa Francisco invitó a rezar el Padrenuestro a todos los cristianos, sean o no católicos, para pedir a Dios que ponga fin a la pandemia, dando a entender que también podían rezar con él los seguidores de otras religiones.

El relativismo religioso que ha traído el Concilio ha llevado a muchos a creer que la Fe católica no es el único medio de salvación o que la Santísima Trinidad no sea el único Dios verdadero.

En la Declaración de Abu Dabi, el papa Francisco afirmó que todas las religiones son queridas por Dios. Además de una herejía, es una forma gravísima de apostasía y una blasfemia. Porque afirmar que Dios acepta que lo adoren de forma diferente a la revelada significa que no tienen ningún sentido la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Salvador. Equivale a decir que no tiene sentido que la Iglesia exista, que innumerables mártires hayan dado la vida y que existan los Sacramentos, el sacerdocio y el Papado mismo

Por desgracia, precisamente cuando debería hacerse expiación por esos ultrajes a la Majestad de Dios, alguien nos pide que le recemos junto con quienes se niegan a honrar a su Santísima Madre, y precisamente en el día de su festividad.

¿Es esa la manera más apropiada de implorar el fin de la plaga?

También es cierto que la Penitenciaría Apostólica ha concedido indulgencias especiales para los aquejados de la enfermedad y para quienes les asistan corporal y espiritualmente.

Ante todo hay que insistir en que las indulgencias jamás pueden sustituir a los sacramentos. Debemos resistir enérgicamente las infames decisiones de algunos pastores que han prohibido a los sacerdotes confesar y administrar el bautismo. Estas disposiciones, junto con la suspensión de las Misas y de la Comunión, vulneran el derecho divino y demuestran que detrás de todo esto anda Satanás. Sólo la Serpiente, enemiga de nuestras almas, puede inspirar disposiciones que provocan la pérdida espiritual de tantas almas. Es como si se ordenase a los médicos que no administrasen tratamientos vitales a pacientes en peligro de muerte.

El ejemplo del episcopado polaco, que ha ordenado multiplicar las misas para que los fieles puedan asistir sin riesgo de contagio, debería ser imitado por toda la Iglesia, si es que todavía se preocupa la jerarquía por la salvación eterna del pueblo cristiano. Es significativo que en Polonia el impacto de la pandemia haya sido inferior al que ha tenido en otros países.

La doctrina de las indulgencias no ha sido barrida por los novatores, y eso es bueno. Con todo, si bien el Romano Pontífice tiene potestad para distribuir a manos llenas el tesoro inagotable de la Gracia, no es menos cierto que no se pueden trivializar las indulgencias, ni considerarlas como una especie de rebajas de fin de temporada. Los fieles han tenido la misma impresión que en el último Jubileo de la Misericordia, con motivo del cual se concedió indulgencia plenaria en unas condiciones en que quien se beneficiaba de ella no era consciente de lo que significaba.

Y por otra parte está el problema de la Confesión y la Comunión sacramentales necesarias para lucrar la indulgencia, y que según las normas dictadas por la Penitenciaría se aplazan sine die con un genérico «apenas les sea posible».

¿Considera que la disposición sobre la absolución general en vez de individual es de aplicación en la actual epidemia?

La inminencia de la muerte legitima la solución a la que siempre ha recurrido generosamente la Iglesia en su celo por salvar a las almas. Por ejemplo, la absolución general que se da a los soldados antes de entrar en batalla, o a quienes se encuentran en un barco en naufragio. Si la situación excepcional de una sala de cuidados intensivos no permite el acceso de un sacerdote salvo en momentos determinados, y en esos momentos no es posible escuchar en confesión a los moribundos, creo que la solución propuesta es legítima.

Ahora bien, si con esta disposición se pretende crear un peligroso precedente para extenderla más tarde al uso general, será necesario redoblar la vigilancia para que lo que otorga la Iglesia magnánimamente en casos extremos no se convierta en la norma.

Recuerdo además que las misas transmitidas por internet o por televisión no eximen del precepto. Son un modo loable de santificar el Día del Señor cuando no es posible ir a la iglesia. Pero hay que tener claro que la vida sacramental no debe sustituirse por una virtualización de la misma, como tampoco en el orden natural el cuerpo se nutre contemplando la foto de un alimento.

¿Qué le gustaría aconsejar a Vuestra Excelencia a quienes tienen el deber de defender y guiar la grey de Cristo?

Es indispensable e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos. Los laicos la reclaman mientras sufren confundidos por la falta de guías fieles y seguros. No podemos permitir que el rebaño que nos confió el Buen Pastor para gobernarlo, defenderlo y conducirlo a la salvación eterna sea dispersado por mercenarios infieles. Tenemos que convertirnos y ponernos otra vez totalmente de parte de Dios sin transigir con el mundo.

Los obispos deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica, que es personal y no puede delegarse en cuerpos intermedios como conferencias episcopales o sínodos, que han desnaturalizado el ejercicio del ministerio apostólico y causado con ello graves daños a la divina constitución de la Iglesia tal como Cristo la quiso.

Basta de caminos sinodales. Basta de colegialidad mal entendida. Basta de ese absurdo complejo de inferioridad y adulación en las relaciones con el mundo. Basta del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio. Basta de enseñar falsas doctrinas y de que dé miedo a predicar la pureza y la santidad de la vida. Basta de silencios cobardes ante la arrogancia del mal. Basta de disimular terribles escándalos. ¡Basta de mentiras, engaños y venganzas!

La vida cristiana es una milicia, no un despreocupado paseo hacia el abismo. A cada uno de los que hemos recibido órdenes sagradas nos pedirá por ello Cristo cuentas de las almas que hayamos salvado y de las que se hayan perdido por no haberles advertido y socorrido. Volvamos a la integridad de la Fe, a la santidad de las costumbres, al culto que verdaderamente agrada a Dios.

Así que, conversión y penitencia, como nos exhorta la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Pidámosle a Ella, tabernáculo del Altísimo, que inspire a nuestros pastores una intrepidez heroica para salvar a la Iglesia y para que triunfe su Corazón Inmaculado.

+Carlo Maria Viganò

Domingo de Pasión de 2020

(Traducida por Bruno de la Inmaculada)