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domingo, 5 de diciembre de 2021
PADRE ERNESTO CARDOZO: NTRA SRA. DE LA MEDALLA MILAGROSA / LOS ERRORES DEL P. GOBBI Y DE MEDJUGORJE / LOS ATAQUES A LA SANTISIMA VIRGEN
viernes, 21 de octubre de 2011
LA EVOLUCIÓN: UNA SUPERSTICIÓN QUE SE DERRUMBA

«Creo que algún día el mito darwinista será considerado como el más grande engaño en la historia de la ciencia».
Soren Lovtrup
Como todo el mundo sabe, la hipótesis evolucionista-darwinista postula que todos los seres vivos, vegetales y animales –incluido el hombre– se habrían originado a partir de una, o unas pocas, formas vivientes originales, por transformaciones sucesivas –lentas y graduales– en el curso de millones de años, gracias a modificaciones producidas al azar en la información genética (mutaciones), sumadas a la acción de la selección natural.
Desde la bacteria al hombre, digamos, sin solución de continuidad.
Ahora bien, si esto fuera cierto, como nos enseñan desde la cuna hasta la tumba, la primera predicción que uno haría a partir de esta hipótesis es que deberían existir innumerables formas de transición entre todos los seres vivientes. Una suerte de abanico sin fisuras que conectara todas las especies vegetales y animales. De hecho, no habría especies.
Toda la taxonomía, es decir, las clasificaciones de los seres vivos (tipo, clase, orden, etc.) que realizan los naturalistas se basa, precisamente, en que hay especies y hay espacios. Es decir, que existen seres que podemos agrupar según ciertas semejanzas morfológicas o moleculares, y brechas o espacios vacíos que permiten dicha agrupación. En otras palabras, que no existen los seres intermedios que llenarían dichos espacios.
Naturalmente, dicen los científicos darwinistas. Lo que sucede es que esos seres intermedios eran “poco aptos” para la lucha por la existencia y no sobrevivieron.
Pero, ¿quiere decir entonces que alguna vez existieron?
¡Por supuesto! Toda la hipótesis darwinista depende de eso. Y ahí están los restos fósiles que demuestran su existencia en el remoto pasado.
Cabe señalar que en este asunto de los fósiles, los darwinistas han resultado ser mucho más darwinistas que el propio Darwin, porque si éste dedicó todo un capítulo de El Origen de las Especies al tema de los fósiles, no fue ciertamente porque estos demostraban la existencia de seres intermedios en el pasado sino justamente porque no los demostraban.
En otras palabras, no escapó al agudo ojo de Darwin que el registro fósil estaba en franca contradicción con su hipótesis. Pero zafó, diciendo que ello era debido a la imperfección del registro fósil. Para luego agregar que estos fósiles intermedios serían ciertamente encontrados en el futuro.
Pues bien, han pasado más de 150 años desde aquella predicción y millones de fósiles abarrotan los museos de ciencias naturales de todo el mundo. Millones de fósiles representativos de aproximadamente 250.000 especies han sido minuciosamente estudiados y clasificados en sus respectivos grupos taxonómicos, y, sin embargo, el testimonio unánime de la Paleontología es que los fósiles intermedios –postulados por la hipótesis evolucionista– son tan conspicuos por su ausencia hoy como lo eran en la época de Darwin.
Permítaseme insistir en este punto, pues la propaganda evolucionista ha sido y es tan abrumadora, que ha creado una verdadera “realidad virtual”, hasta el punto que la inmensa mayoría de las personas no especializadas y muchas de las especializadas, asocian inconscientemente fósiles con evolución, en el sentido de pensar que los fósiles constituyen uno de los fundamentos más sólidos de esta teoría, cuando es exactamente lo contrario. El registro fósil no sólo no demuestra la teoría evolucionista, sino que constituye su más categórica refutación.
George Gaylord Simpson, uno de los grandes líderes del evolucionismo en el siglo XX, decía:
«Sigue siendo cierto, como todo paleontólogo sabe, que la mayoría de las nuevas especies, géneros y familias, y prácticamente todas las categorías por encima del nivel de las familias, aparecen en el registro fósil súbitamente y no se derivan de otras, por secuencias de transición graduales y continuas»[1]
David Kitts, paleontólogo de la Universidad de Oklahoma y discípulo de Simpson, expresa que:
«A pesar de la brillante promesa de que la paleontología proporciona el medio de ‘ver’ la evolución, ha presentado algunas desagradables dificultades para los evolucionistas, la más notoria de las cuales es la presencia de ‘brechas’ en el registro fósil. La evolución requiere formas intermedias, y la paleontología no las proporciona».[2]
Steven Stanley, paleontólogo de la John Hopkins, dice que:
«El registro fósil conocido no puede documentar un solo ejemplo de evolución filética que verifique una sola transición morfológica importante»[3]
¡Un solo ejemplo! Debería haber millones.
Tom Kemp, que es el Curador del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford, expresa que:
«Como es ahora bien conocido, la mayoría de las especies fósiles aparecen instantáneamente en el registro fósil, persisten por millones de años virtualmente inalteradas, y desaparecen abruptamente»[4]
David Raup, que es el Jefe del Departamento de Paleontología del Museo Field de Historia Natural de Chicago donde se alberga la colección de fósiles más grande del mundo, por su parte, en un memorable artículo escrito en 1979 en el boletín del museo, titulado “Conflicts Between Darwin and Paleontology”, luego de expresar que la gente está en un error cuando cree que los fósiles constituyen un argumento en favor del evolucionismo, y luego de insistir en la definitiva ausencia de fósiles intermedios, dice que “irónicamente hoy tenemos menos ejemplos de formas de transición que en la época de Darwin”.[5]
La ironía de Raup se refiere, entre otros, al caso del famoso Archeoptéryx, mostrado durante varios años como un ser de transición entre los reptiles y las aves, y aceptado hoy como verdadera ave, y también a la no menos famosa –y fantasiosa– serie de la “evolución del caballo”, que ya ni los mismos evolucionistas se atreven a mencionar.
Como vemos, no sólo está sólidamente documentada la aparición y desaparición abrupta de las especies fósiles, sin formas de transición que los conecten, como así también la inexistencia de estructuras “nacientes” (esbozos de órganos), que debieran necesariamente existir, sino que además el registro fósil nos demuestra categóricamente la “estasis” de las especies, es decir, la completa ausencia de cambios significativos en los fósiles durante millones y millones de años.
Vale decir que no sólo la presencia de organismos intermedios está refutada sino que la ausencia de cambios está demostrada.
En vista de esta realidad –no cuestionada por ningún paleontólogo– es sencillamente increíble que todavía se nos diga que los fósiles constituyen una evidencia en favor de la evolución.
Pero veamos lo que sostiene nada menos Niles Eldredge, paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural de New York, que es más increíble todavía. Dice Eldredge:
«Nosotros, los paleontólogos, hemos dicho que la historia de la vida (evidenciada por los fósiles) respalda (el argumento del cambio adaptativo gradual) sabiendo todo el tiempo que no era así».[6]
¡“Sabiendo todo el tiempo que no era así”! ¿Cómo se explica esto?
Eldredge refiere que ello se debe, en primer lugar, al hecho de que en este tema se haya buscado siempre “evidencia positiva” (formas de transición), y que la estasis (ausencia de cambios) haya sido considerada no como evidencia negativa sino como ausencia de evidencia –es decir, como un fracaso para encontrarla– y también, definitivamente, al problema que representa la obtención de un doctorado en paleontología, debido a la coacción de la comunidad académica en favor del evolucionismo.
Muchos darwinistas, con una fe que no conoce de flaquezas, insisten en que Darwin proveerá, y que los fósiles intermedios algún bendito día aparecerán. Todo es cuestión de seguir cavando...
Otros, ante la inminencia del naufragio, han optado por abandonar el barco que se hunde y no hablan más de los fósiles. Algunos, como Mark Ridley –profesor de Zoología en Oxford– llegan incluso a decir que «ningún verdadero evolucionista se vale del registro fósil como evidencia a favor de la teoría de la evolución» (!) [7]
Y otros, finalmente, como Stephen Jay Gould, Niles Eldredge y Steven Stanley, ante la obvia y categórica ausencia de fósiles intermedios (no sólo no hallados sino, además, imposibles de concebir), han optado por reformular la hipótesis darwinista del cambio gradual por la hipótesis del cambio brusco o saltatorio, que llaman «teoría del equilibrio puntuado».
En realidad, dicen estos autores, no es que los fósiles intermedios no hayan sido encontrados sino que ¡jamás existieron! Vale decir, que las especies se habrían transformado bruscamente en otras, sin series graduales de transición.[8]
Lo cual demuestra una vez más el carácter esencialmente dialéctico y no empírico de la hipótesis evolucionista.
Ya que si uno le pregunta a cualquier darwinista de estricta observancia, porqué no vemos las especies transformarse, nos responderá que ello se debe a que dicha transformación es un fenómeno muy lento. Pero ahora, los propugnadores del equilibrio puntuado (sin dejar de asumirse como fieles darwinistas) nos dicen que los fósiles intermedios no existieron, justamente porque dicha transformación fue un fenómeno muy rápido (!)
Es decir, que no importa cuál sea la evidencia (empírica), la hipótesis darwinista siempre tiene alguna explicación (dialéctica).
Y ésta es precisamente la mejor demostración de que no se trata de una teoría científica.
“Explica” cualquier cosa, como diría Popper.
No por nada, el Dr. Cyril Darlington –profesor hasta su muerte en Oxford y un conocido experto en el tema– ha dicho que: «El darwinismo comenzó como una teoría que podía explicar la evolución por medio de la selección natural, y terminó como una teoría que puede explicar la evolución como a uno mejor le guste».[9]
Es cierto que los autores arriba citados (Gould, Eldredge) son considerados un tanto “heréticos” por los darwinistas clásicos (y lo son, efectivamente, por cuanto Darwin consideraba el gradualismo como algo absolutamente esencial para su teoría). Pero, ¿y qué proponen estos últimos para explicar la ausencia de fósiles intermedios? ¿Seguir cavando, acaso? ¿O seguir afirmando lo que saben que no es cierto?
Vale la pena destacar que Gould y compañía han propuesto la teoría del equilibrio puntuado forzados por la necesidad de tener que explicar de alguna forma la ausencia de fósiles intermedios, ya que, de haberse encontrado dichos fósiles, jamás se hubiera propuesto esta hipótesis.
De manera que, para estos autores, la evidencia para su hipótesis sería una ausencia de evidencia (!)
Evidencia es lo que se ve. Pero en este caso es, justamente, lo que no se ve.
Mucho me temo que si seguimos a este paso vamos a terminar todos en un manicomio.
Y esto sucede porque la génesis del darwinismo no radica primariamente en la Biología sino en la Sociología. No es una teoría empírica sino dialéctica. No se basa en la experimentación sino en la especulación.
No es una inducción nacida de la observación sino una deducción basada en una cosmovisión.
Es la visión malthusiana extendida a toda la naturaleza. O, para decirlo con mayor exactitud, es la proyección sobre esta última del “sistema manchesteriano”, producto de la cosmovisión liberal del “laissez-faire”, esto es, del capitalismo competitivo y salvaje. Como lo han señalado ya Spengler, Nietzsche, Gould, Eldredge, S. Barnett, Von Bertalanffy, John M. Smith, Marx, Engels, Bernard Shaw, Arthur Koestler, Loren Eiseley, Fred Hoyle , C. C. Gillespie, y tantísimos otros.
Una visión utilitarista, mezquina, materialista y gris de la naturaleza, cuando en ella predomina justamente lo contrario: la prodigalidad –llevada hasta el despilfarro– la cooperación, la abundancia, la armonía, la belleza.
Visión que ha retardado el progreso de la Biología, al igual que ha producido una declinación de la integridad científica –reemplazando el rigor de la especulación científica por la divagación irresponsable, cuando no por el fraude liso y llano. Y, lo que es más grave aún, que ha hecho perder el sentido del asombro ante las maravillas de la naturaleza, y el sentido de la reverencia ante el misterio.
Visión estéril y esterilizante que ha degradado –intelectual, moral y estéticamente- al hombre, y que ya va siendo hora de que sea arrojada al cajón de los desperdicios históricos, para que las nuevas generaciones puedan crecer libres del prejuicio darwinista y recuperar el sentido de la verdadera Ciencia –como conocimiento por sus causas– frente a la pseudociencia darwinista, que pretende que todo diseño, toda armonía, toda perfección, toda belleza, es un producto ciego del azar y de la lucha despiadada por la satisfacción de nuestros instintos por el sexo y la pitanza.
Dr. Raul O. Leguizamón
Notas:
[1] G. G. Simpson, The Major Features of Evolution, Columbia U. Press, 1953, p. 360
[2] David Kitts, «Paleontology and Evolutionary Theory», Evolution, 28: 467, 1974.
[3] Steven Stanley, Macroevolution: Pattern and Process, Freeman and Co. San Francisco, 1979.
[4] Tom Kemp, New Scientist, Vol. 108, Diciembre 5, 1985, p. 67.
[5] David Raup, Bulletin, 50 (1): 25, 1979.
[6] Niles Eldredge, Time Frames, Heineman, 1986, p. 144.
[7] Mark Ridley, New Scientist, Vol. 90 (Junio 25, 1981), p. 831.
[8] S. J. Gould y Niles Elredge, Paleobiology, Junio-Julio, 1977.
[9] C. D. Darlington, The Origin of Darwinism, Scie. Am. Mayo de 1959, 200:5, p. 60.
Más artículos y conferencias en mp3, en nuestra sección sobre Evolución y Evolucionismo.
Desde la bacteria al hombre, digamos, sin solución de continuidad.
Ahora bien, si esto fuera cierto, como nos enseñan desde la cuna hasta la tumba, la primera predicción que uno haría a partir de esta hipótesis es que deberían existir innumerables formas de transición entre todos los seres vivientes. Una suerte de abanico sin fisuras que conectara todas las especies vegetales y animales. De hecho, no habría especies.
Toda la taxonomía, es decir, las clasificaciones de los seres vivos (tipo, clase, orden, etc.) que realizan los naturalistas se basa, precisamente, en que hay especies y hay espacios. Es decir, que existen seres que podemos agrupar según ciertas semejanzas morfológicas o moleculares, y brechas o espacios vacíos que permiten dicha agrupación. En otras palabras, que no existen los seres intermedios que llenarían dichos espacios.
Naturalmente, dicen los científicos darwinistas. Lo que sucede es que esos seres intermedios eran “poco aptos” para la lucha por la existencia y no sobrevivieron.
Pero, ¿quiere decir entonces que alguna vez existieron?
¡Por supuesto! Toda la hipótesis darwinista depende de eso. Y ahí están los restos fósiles que demuestran su existencia en el remoto pasado.
Cabe señalar que en este asunto de los fósiles, los darwinistas han resultado ser mucho más darwinistas que el propio Darwin, porque si éste dedicó todo un capítulo de El Origen de las Especies al tema de los fósiles, no fue ciertamente porque estos demostraban la existencia de seres intermedios en el pasado sino justamente porque no los demostraban.
En otras palabras, no escapó al agudo ojo de Darwin que el registro fósil estaba en franca contradicción con su hipótesis. Pero zafó, diciendo que ello era debido a la imperfección del registro fósil. Para luego agregar que estos fósiles intermedios serían ciertamente encontrados en el futuro.
Pues bien, han pasado más de 150 años desde aquella predicción y millones de fósiles abarrotan los museos de ciencias naturales de todo el mundo. Millones de fósiles representativos de aproximadamente 250.000 especies han sido minuciosamente estudiados y clasificados en sus respectivos grupos taxonómicos, y, sin embargo, el testimonio unánime de la Paleontología es que los fósiles intermedios –postulados por la hipótesis evolucionista– son tan conspicuos por su ausencia hoy como lo eran en la época de Darwin.
Permítaseme insistir en este punto, pues la propaganda evolucionista ha sido y es tan abrumadora, que ha creado una verdadera “realidad virtual”, hasta el punto que la inmensa mayoría de las personas no especializadas y muchas de las especializadas, asocian inconscientemente fósiles con evolución, en el sentido de pensar que los fósiles constituyen uno de los fundamentos más sólidos de esta teoría, cuando es exactamente lo contrario. El registro fósil no sólo no demuestra la teoría evolucionista, sino que constituye su más categórica refutación.
George Gaylord Simpson, uno de los grandes líderes del evolucionismo en el siglo XX, decía:
«Sigue siendo cierto, como todo paleontólogo sabe, que la mayoría de las nuevas especies, géneros y familias, y prácticamente todas las categorías por encima del nivel de las familias, aparecen en el registro fósil súbitamente y no se derivan de otras, por secuencias de transición graduales y continuas»[1]
David Kitts, paleontólogo de la Universidad de Oklahoma y discípulo de Simpson, expresa que:
«A pesar de la brillante promesa de que la paleontología proporciona el medio de ‘ver’ la evolución, ha presentado algunas desagradables dificultades para los evolucionistas, la más notoria de las cuales es la presencia de ‘brechas’ en el registro fósil. La evolución requiere formas intermedias, y la paleontología no las proporciona».[2]
Steven Stanley, paleontólogo de la John Hopkins, dice que:
«El registro fósil conocido no puede documentar un solo ejemplo de evolución filética que verifique una sola transición morfológica importante»[3]
¡Un solo ejemplo! Debería haber millones.
Tom Kemp, que es el Curador del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford, expresa que:
«Como es ahora bien conocido, la mayoría de las especies fósiles aparecen instantáneamente en el registro fósil, persisten por millones de años virtualmente inalteradas, y desaparecen abruptamente»[4]
David Raup, que es el Jefe del Departamento de Paleontología del Museo Field de Historia Natural de Chicago donde se alberga la colección de fósiles más grande del mundo, por su parte, en un memorable artículo escrito en 1979 en el boletín del museo, titulado “Conflicts Between Darwin and Paleontology”, luego de expresar que la gente está en un error cuando cree que los fósiles constituyen un argumento en favor del evolucionismo, y luego de insistir en la definitiva ausencia de fósiles intermedios, dice que “irónicamente hoy tenemos menos ejemplos de formas de transición que en la época de Darwin”.[5]
La ironía de Raup se refiere, entre otros, al caso del famoso Archeoptéryx, mostrado durante varios años como un ser de transición entre los reptiles y las aves, y aceptado hoy como verdadera ave, y también a la no menos famosa –y fantasiosa– serie de la “evolución del caballo”, que ya ni los mismos evolucionistas se atreven a mencionar.
Como vemos, no sólo está sólidamente documentada la aparición y desaparición abrupta de las especies fósiles, sin formas de transición que los conecten, como así también la inexistencia de estructuras “nacientes” (esbozos de órganos), que debieran necesariamente existir, sino que además el registro fósil nos demuestra categóricamente la “estasis” de las especies, es decir, la completa ausencia de cambios significativos en los fósiles durante millones y millones de años.
Vale decir que no sólo la presencia de organismos intermedios está refutada sino que la ausencia de cambios está demostrada.
En vista de esta realidad –no cuestionada por ningún paleontólogo– es sencillamente increíble que todavía se nos diga que los fósiles constituyen una evidencia en favor de la evolución.
Pero veamos lo que sostiene nada menos Niles Eldredge, paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural de New York, que es más increíble todavía. Dice Eldredge:
«Nosotros, los paleontólogos, hemos dicho que la historia de la vida (evidenciada por los fósiles) respalda (el argumento del cambio adaptativo gradual) sabiendo todo el tiempo que no era así».[6]
¡“Sabiendo todo el tiempo que no era así”! ¿Cómo se explica esto?
Eldredge refiere que ello se debe, en primer lugar, al hecho de que en este tema se haya buscado siempre “evidencia positiva” (formas de transición), y que la estasis (ausencia de cambios) haya sido considerada no como evidencia negativa sino como ausencia de evidencia –es decir, como un fracaso para encontrarla– y también, definitivamente, al problema que representa la obtención de un doctorado en paleontología, debido a la coacción de la comunidad académica en favor del evolucionismo.
Muchos darwinistas, con una fe que no conoce de flaquezas, insisten en que Darwin proveerá, y que los fósiles intermedios algún bendito día aparecerán. Todo es cuestión de seguir cavando...
Otros, ante la inminencia del naufragio, han optado por abandonar el barco que se hunde y no hablan más de los fósiles. Algunos, como Mark Ridley –profesor de Zoología en Oxford– llegan incluso a decir que «ningún verdadero evolucionista se vale del registro fósil como evidencia a favor de la teoría de la evolución» (!) [7]
Y otros, finalmente, como Stephen Jay Gould, Niles Eldredge y Steven Stanley, ante la obvia y categórica ausencia de fósiles intermedios (no sólo no hallados sino, además, imposibles de concebir), han optado por reformular la hipótesis darwinista del cambio gradual por la hipótesis del cambio brusco o saltatorio, que llaman «teoría del equilibrio puntuado».
En realidad, dicen estos autores, no es que los fósiles intermedios no hayan sido encontrados sino que ¡jamás existieron! Vale decir, que las especies se habrían transformado bruscamente en otras, sin series graduales de transición.[8]
Lo cual demuestra una vez más el carácter esencialmente dialéctico y no empírico de la hipótesis evolucionista.
Ya que si uno le pregunta a cualquier darwinista de estricta observancia, porqué no vemos las especies transformarse, nos responderá que ello se debe a que dicha transformación es un fenómeno muy lento. Pero ahora, los propugnadores del equilibrio puntuado (sin dejar de asumirse como fieles darwinistas) nos dicen que los fósiles intermedios no existieron, justamente porque dicha transformación fue un fenómeno muy rápido (!)
Es decir, que no importa cuál sea la evidencia (empírica), la hipótesis darwinista siempre tiene alguna explicación (dialéctica).
Y ésta es precisamente la mejor demostración de que no se trata de una teoría científica.
“Explica” cualquier cosa, como diría Popper.
No por nada, el Dr. Cyril Darlington –profesor hasta su muerte en Oxford y un conocido experto en el tema– ha dicho que: «El darwinismo comenzó como una teoría que podía explicar la evolución por medio de la selección natural, y terminó como una teoría que puede explicar la evolución como a uno mejor le guste».[9]
Es cierto que los autores arriba citados (Gould, Eldredge) son considerados un tanto “heréticos” por los darwinistas clásicos (y lo son, efectivamente, por cuanto Darwin consideraba el gradualismo como algo absolutamente esencial para su teoría). Pero, ¿y qué proponen estos últimos para explicar la ausencia de fósiles intermedios? ¿Seguir cavando, acaso? ¿O seguir afirmando lo que saben que no es cierto?
Vale la pena destacar que Gould y compañía han propuesto la teoría del equilibrio puntuado forzados por la necesidad de tener que explicar de alguna forma la ausencia de fósiles intermedios, ya que, de haberse encontrado dichos fósiles, jamás se hubiera propuesto esta hipótesis.
De manera que, para estos autores, la evidencia para su hipótesis sería una ausencia de evidencia (!)
Evidencia es lo que se ve. Pero en este caso es, justamente, lo que no se ve.
Mucho me temo que si seguimos a este paso vamos a terminar todos en un manicomio.
Y esto sucede porque la génesis del darwinismo no radica primariamente en la Biología sino en la Sociología. No es una teoría empírica sino dialéctica. No se basa en la experimentación sino en la especulación.
No es una inducción nacida de la observación sino una deducción basada en una cosmovisión.
Es la visión malthusiana extendida a toda la naturaleza. O, para decirlo con mayor exactitud, es la proyección sobre esta última del “sistema manchesteriano”, producto de la cosmovisión liberal del “laissez-faire”, esto es, del capitalismo competitivo y salvaje. Como lo han señalado ya Spengler, Nietzsche, Gould, Eldredge, S. Barnett, Von Bertalanffy, John M. Smith, Marx, Engels, Bernard Shaw, Arthur Koestler, Loren Eiseley, Fred Hoyle , C. C. Gillespie, y tantísimos otros.
Una visión utilitarista, mezquina, materialista y gris de la naturaleza, cuando en ella predomina justamente lo contrario: la prodigalidad –llevada hasta el despilfarro– la cooperación, la abundancia, la armonía, la belleza.
Visión que ha retardado el progreso de la Biología, al igual que ha producido una declinación de la integridad científica –reemplazando el rigor de la especulación científica por la divagación irresponsable, cuando no por el fraude liso y llano. Y, lo que es más grave aún, que ha hecho perder el sentido del asombro ante las maravillas de la naturaleza, y el sentido de la reverencia ante el misterio.
Visión estéril y esterilizante que ha degradado –intelectual, moral y estéticamente- al hombre, y que ya va siendo hora de que sea arrojada al cajón de los desperdicios históricos, para que las nuevas generaciones puedan crecer libres del prejuicio darwinista y recuperar el sentido de la verdadera Ciencia –como conocimiento por sus causas– frente a la pseudociencia darwinista, que pretende que todo diseño, toda armonía, toda perfección, toda belleza, es un producto ciego del azar y de la lucha despiadada por la satisfacción de nuestros instintos por el sexo y la pitanza.
Dr. Raul O. Leguizamón
Notas:
[1] G. G. Simpson, The Major Features of Evolution, Columbia U. Press, 1953, p. 360
[2] David Kitts, «Paleontology and Evolutionary Theory», Evolution, 28: 467, 1974.
[3] Steven Stanley, Macroevolution: Pattern and Process, Freeman and Co. San Francisco, 1979.
[4] Tom Kemp, New Scientist, Vol. 108, Diciembre 5, 1985, p. 67.
[5] David Raup, Bulletin, 50 (1): 25, 1979.
[6] Niles Eldredge, Time Frames, Heineman, 1986, p. 144.
[7] Mark Ridley, New Scientist, Vol. 90 (Junio 25, 1981), p. 831.
[8] S. J. Gould y Niles Elredge, Paleobiology, Junio-Julio, 1977.
[9] C. D. Darlington, The Origin of Darwinism, Scie. Am. Mayo de 1959, 200:5, p. 60.
Más artículos y conferencias en mp3, en nuestra sección sobre Evolución y Evolucionismo.
Fuente: Stat Veritas
viernes, 15 de octubre de 2010
EVOLUCIÓN: ¿REALIDAD O CREENCIA?

¿Es la teoría de la evolución un hecho científico o una simple creencia? Esta es la única pregunta que este excelente documental trata de contestar. Cinco científicos de reputación internacional dan sus respuestas sobre la evolución. Un vídeo de 60 minutos que se ha vendido en todo el mundo, y ganador de premios internacionales de documentales, que ahora está disponible para que todos las vean.
jueves, 5 de noviembre de 2009
LA CIENCIA VERDADERA CONTRA LA FALSA CIENCIA DE LA "FE EVOLUCIONISTA"
Darwin autor de la teoria evolucionista (o cuento del mono)Titulo original:
La Ciencia contra la Fe
por el Dr. Raúl Leguizamón
Introducción
Los dogmas de fe son muy difíciles -si no imposibles- de refutar con argumentos científicos. La historia de la humanidad lo atestigua sobradamente.
Nuestro tiempo no escapa, por cierto, a esta regla, ya que en la actualidad, como en todas las épocas, una buena cantidad de personas sigue obstinadamente creyendo cosas, no sólo desprovistas de todo fundamento científico, sino que, además, están en franca contradicción con el conocimiento científico que hoy poseemos.
Para dar un ejemplo, entre cientos, de lo expresado, me referiré a la insólita creencia actual de mucha gente -curiosamente, muchos de ellos científicos- de que el hombre desciende del mono.
Porque ha de saberse que el tan mentado y manoseado "antecesor común" del hombre y del mono, de quien hablan muchos científicos y divulgadores, no es ni puede ser otra cosa que un mono. El supuesto "antecesor común” sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese, afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. Es pusilánime si no deshonesto, decir otra cosa, agregaba Simpson. Es deshonesto, agrego yo.
De manera que todos los esfuerzos de los antropólogos e investigadores en este tema, no se dirigen, en absoluto, a dilucidar, objetivamente y sin prejuicios, de qué modo se originó el hombre, sino de qué mono lo hizo.
En otras palabras: el postulado de nuestro origen simiesco es una convicción de la que se parte, y no una conclusión a la que se arriba.
Ahora bien, esta convicción, que muchos científicos y divulgadores sostienen encarnizadamente (¡hasta el punto de mostrarla al público como un hecho científico y demostrado!), es -por definición- algo que está fuera del campo de la ciencia experimental, que se basa, precisamente, en la observación y reproducción experimental del fenómeno bajo estudio. Cosas evidentemente imposibles en este caso.
De manera que, y a poco de respetar el significado de las palabras, esta creencia en el origen del hombre a partir del mono, es sólo una hipótesis de trabajo, una suposición, una conjetura, más o menos razonable, más o menos coherente, más o menos disparatada, pero siempre de carácter hipotético. No sólo no demostrada, sino, aún más -por definición-, indemostrable. Y la ciencia es demostración.
Lo que la ciencia puede legítimamente hacer a este respecto, es abordar el tema en forma indirecta, esto es, examinando la supuesta evidencia científica que demostraría la transformación del mono en hombre y, sobre todo, el mecanismo que se propone para explicar esta transformación, para ver si dicho mecanismo está en coherencia o en contradicción con las leyes científicas bien establecidas; o, al menos, con la sensatez.
En otras palabras, si bien la ciencia no puede decirnos cómo fue realmente el origen del hombre -por ser esto metodológicamente imposible-, sí puede decirnos, en cambio, como no pudo haber sido este origen.
Aclarado este punto, digamos que lo que hoy vemos (base primera del método científico) es que los hombres se originan de hombres, y que los monos engendran monos. Por consiguiente, y en razón del principio científico del uniformismo metodológico, según el cual el presente explica el pasado, lo legítimo es suponer que los hombres siempre se originaron de hombres y nunca de monos. Son los científicos que sostienen lo contrario (esto es, que alguna vez los monos engendraron hombres, o se transformaron en tales) los que llevan el peso de la prueba. Es decir, los que deberían llevarlo, si este tema fuese tratado con un mínimo de rigor y de honestidad científica.
Como no lo es, resulta que, paradójicamente, se acepta como dogma de fe (¡en nombre de la ciencia!) que el hombre desciende del mono; y a partir de este “dogma” se Interpretan y manipulan los datos científicos.
Pero, ¿por qué -cabe preguntarse- esta convicción tan categórica sobre nuestro origen? ¿Cuáles son los fundamentos científicos para tamaña certeza? Bueno, como expresé más arriba, fundamentos propiamente científicos no los hay. La razón determinante y fundamental por la cual muchos autores creen que el hombre se originó a partir del mono, es porque ellos aceptan ciegamente la hipótesis evolucionista-darwinista, que así lo afirma. Y punto.
No obstante, como numerosos científicos, divulgadores, "charlatanes cósmicos” de la televisión, revistas "muy interesantes", libros de texto y trovadores diversos nos saturan diariamente con las "evidencias científicas" que "demuestran"' el origen simiesco del hombre, vale la pena que analicemos sucintamente estas supuestas evidencias, "abrumadoras"", según los más fervorosos creyentes en la hipótesis evolucionista-darwinista.
Semejanzas
Pues bien, lector, aunque usted, como buen profano en el tema -al igual que yo-, nunca se haya dado cuenta o, lo que es más probable, nunca le haya otorgado la menor importancia, el hecho es que entre los monos y el hombre... ¡hay semejanzas!
De acuerdo a este sensacional descubrimiento -que corta el aliento, realmente- existen, sin lugar a dudas, semejanzas entre los monos y el hombre. Efectivamente: tenemos ojos como los monos, cuatro extremidades, estómago, hígado, pulmones, corazón de cuatro cavidades, sangre caliente (depende ... ), etc.
Si usted sigue, obstinada y escépticamente, creyendo que todo esto no significa absolutamente nada, y que existe -a pesar de las semejanzas- un abismo entre el mono y el hombre, créame que está en muy buena compañía, ya que miles de científicos en el mundo (y cada día más) opinan exactamente lo mismo.
Y miles son, estimado lector. Lo que sucede es que su opinión no llega a la gente, pues en este tema existe una censura feroz. ¡Otra que Inquisición y Santo Oficio! Los científicos que no aceptan el "dogma darwinista" son inexorablemente excluidos de los ámbitos académicos y de los medios de difusión.
Pero los creyentes en la hipótesis del origen simiesco del hombre, que son además -tengamos esto muy presente- los que 'tienen la manía” política, financiera y académica, insisten con místico fervor en las semejanzas.
El Eslabón Perdido
Insisten pues, no sólo en las semejanzas actuales, que demostrarían, en todo caso, que los monos son, de acuerdo a la hipótesis darwinista, nuestros "primos"; sino también, y sobre todo, en las semejanzas fósiles, que certificarían la existencia del sedicente "antecesor común”, esto es, un mono en vías de hacerse hombre: el célebre "eslabón perdido”, que ya no existe, según dicen, pero que en un tiempo, allá, hace muchos años, parece que sí.
Este mítico "eslabón perdido”, luego de engendrar al hombre, habría desaparecido; nadie tiene la más remota idea de por qué. Pero mucho me temo que lo habría hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que le endilgan haber engendrado: la oveja negra de la familia, verdaderamente...
De todas maneras, la excelsa dignidad de esta sublime reliquia (el "eslabón perdido”) ha suscitado tanto fervor entre muchos científicos que desde hace más de un siglo se han emprendido innumerables peregrinaciones para hallarlo.
La búsqueda del "eslabón perdido” ha sido, y es, el alfa y la omega de la antropología. Algo así como los caballeros del Rey Arturo con el Santo Grial.
¿Y cuál es el criterio para decidir si un fósil es el famoso "eslabón perdido"? Pues, muy fácil: todo fósil de mono que tenga semejanzas con el hombre es -hasta que se demuestre lo contrario- el "antecesor común”.
Fósiles
Y aunque usted no lo crea, lector, existen, definitivamente, fósiles de monos que muestran semejanzas con el hombre. Así es. Resulta que algunos restos fósiles de mono tienen incisivos y caninos más pequeños que otros monos, en forma semejante a los del hombre. Esto constituye, para muchos investigadores, una "demostración" de que estos monos habrían sido nuestros antepasados, sin tener en cuenta -al parecer- que existen monos vivientes (el Baduino Gelada, sin ir más lejos) que también tienen incisivos y caninos pequeños -como el hombre-, sin dejar por eso de ser un pelo menos monos que sus congéneres.
Incluso el antropólogo Clifford Jolly señaló, hace ya más de veinte años, que las ínfimas variaciones en el tamaño y forma de los dientes de un animal son simplemente el producto de una adaptación a un tipo especial de dieta y que carecen de toda significación genealógica.
Otros restos fósiles de mono parecen indicar que dichos seres caminaban en forma aproximadamente erecta (bípeda), con lo cual se concluye, triunfalmente, que estos monos estaban haciéndose hombres.
Lo que generalmente muchos autores olvidan de aclarar al público es que varios monos actuales (Hilobates Moloch, Pan Paniscus, entre otros) caminan en forma aproximadamente erecta. Pero., que yo sepa, ninguno de estos simpáticos primates ha manifestado el más mínimo sentimiento de asombro, ni de júbilo, ¡ni de horror! tan siquiera (que sería mucho más lógico), ante la apasionante aventura dé estar transformándose en seres humanos.
Pero, me dirá algún lector, ¿y qué pasa con el famoso Hombre de Neanderthal, el Pitecantropus Erectus, los Austrolopitecos africanos? ¿No son éstos verdaderos 'homínidos”, antepasados del hombre?
Vayamos por partes. Para comenzar, digamos que el Hombre de Neanderthal no es ciertamente un 'homínido". A pesar de la “difamación antropológica” darwinista (la expresión es del famoso antropólogo americano Ashley Montagu), que lo mostró durante cien años (¡y aún hoy día!) como un bruto semiencorvado, de aspecto feroz y estúpido, garrote al hombro y guarecido en su caverna, hoy es un hecho universalmente aceptado que el Hombre de Neanderthal era completamente Sapiens, aunque con algunos rasgos degenerativos producidos por enfermedades (artritis y raquitismo) y por circunstancias ambientales adversas.
A pesar de que esto del carácter plenamente humano del Hombre de Neanderthal se conoce desde el año 1957, todavía hoy es frecuente encontrar su representación semibestial; y no sólo en libros y revistas de divulgación. ¡No!, por ejemplo, el modelo semibestial del Hombre de Neanderthal recién fue retirado del Museo Field de Historia Natural de Chicago en 1975. ¿Fue arrojado a la basura? (lugar que le correspondía). Pues no, fue retirado del primer piso (orígenes del hombre) y colocado en el segundo piso, junto a los dinosaurios, con una leyenda que dice: “modelo alternativo del Hombre de Neanderthal" (!). Cabe destacar que la sección de los dinosaurios es la más visitada por el común de la gente, en especial por los niños y jóvenes de los colegios... Este es un ejemplo acabado de la "honestidad científica", que le dicen.
Respecto de los así llamados "Homo Erectus' (Pitecantropo y Sinantropo), habría mucho que decir. De los hallazgos originarios que dieron lugar a este grupo taxonómico, uno de ellos, el Hombre de Java (Pitecantropus Erectus), habría sido -según su propio descubridor, E. Dubois- lisa y llanamente un mono (gibón) de gran tamaño. El otro, el Hombre de Pekín, tiene todas las apariencias de haber sido otro de los tantos fraudes que se han cometido en este tema. Los supuestos “Homo Erectus" descubiertos más recientemente en Africa (Leakey y Walker, 1984) pareciera que por las descripciones serían neanderthales, esto es Sapiens.
En relación a los tan mentados Austrolopitecos de Africa (incluida Lucy) desde ya le aclaro, lector, que estos seres son definitivamente monos; no hay discusión al respecto: un metro de estatura; capacidad craneal entre 500 y 600 cc. (como el chimpancé, por ejemplo; la del hombre es de alrededor de 1500 cc.); forma del cráneo “abrumadoramente simiesca” (Lord Zuckerman); capacidad para columpiarse de las ramas como o mejor que la del orangután (Charles Oxnard), etc.
Todos esos otros nombres que uno lee o escucha (Ramapiteco, Dryopiteco, Kenyapíteco, Sivapiteco, etc.) son todos, sin excepción, "totalmente monos".
El problema está en que el término "homínido" designa, precisamente, a cualquier mono que caminaba más o menos bípedamente, o que su descubridor sostiene que caminaba, y que tiene dientes más pequeños que los otros monos. Con eso ya es suficiente para graduarse de "homínido" y para que su descubridor (o inventor) se transforme, de la noche a la mañana en un Julio César de la antropología.
Incluso respecto de estos criterios, no es cuestión tampoco de ser demasiado exagerados, ya que con apenas un diente, un trocito de mandíbula o un pedazo de cráneo, un antropólogo puede reclamar status de "homínido” para su hallazgo.
En última instancia, un "homínido" es cualquier cosa que un antropólogo bautice como tal... ¡Inclusive un Homo Sapiens, como sucedió con el Hombre de Neanderthal!
Aunque luego haya retractaciones o refutaciones, el hecho es que en la historia de la Antropología abundan los ejemplos de "homínidos" creados de esta manera. Bástenos recordar, por ejemplo, el famoso Hombre de Nebrasca, "creado" en 1922 en base a una muela, que luego se descubrió pertenecía a un pecarí.
En las ilustraciones de la época aparecían el señor y la señora Hombre de Nebrasca, con sus dos hijos, varón y hembra por cierto -la familia tipo, digamos-; indumentaria: taparrabos, naturalmente; habitación: caverna, claro está; garrote al hombre él, amamantando ella, etc. Todo esto, repito, en base a una muela de pecari, especie de cerdo salvaje americano.
A partir de 1960 y durante veinte años, el antropólogo David Pilbeam sostuvo que el Ramapiteco era un "homínido”, basado en un par de dientes y unos trocitos de mandíbula. En 1984 cambió de opinión y cree ahora que es un mono cualquiera. Pero mientras tanto, su publicitario Ramapiteco le valió a Pilbeam pasar de profesor de Antropología de la Universidad de Yale a la de Harvard (¡nada menos!). Esto, si bien no demuestra la evolución del Ramapiteco, al menos prueba la, "evolución” de Pilbeam.
En 1980, el famoso antropólogo americano Noel Boaz llamó clavícula de un "homínido” a lo que luego se vio que era la costilla de un delfín (!). Según este antropólogo, la forma de la clavícula sugería que el ser en cuestión era un chimpancé que caminaba erecto. ¿Cómo habría que haber bautizado a este "homínido"? ¿”Blooperpiteco", quizá?
En 1984 tuvo que cancelarse presurosamente un congreso internacional de antropología en España, donde iba a ser presentado en sociedad el recientemente hallado Hombre de Orce (Andalucía), por descubrirse que el fragmento de cráneo encontrado pertenecía, en realidad, a un borrico.
En fin, la lista es larga. Y es quizá por ello que Sir Solly Zuckerman, una de las máximas autoridades mundiales en anatomía, en su libro Beyond the Ivory Tower niega el carácter científico de todas estas especulaciones sobre los fósiles, comparando el estudio de los supuestos antepasados fósiles del hombre con la percepción extrasensorial (!), en el sentido de estar ambas actividades fuera del registro de la verdad objetiva, y en donde cualquier cosa es posible para el creyente en dichas actividades.
Moléculas
Como todo este asunto de los fósiles era tan endeble que no resistía, ni resiste, el menor examen crítico, los creyentes en la hipótesis del origen simiesco del hombre decidieron buscar nuevos horizontes hermenéuticos para poder demostrar la hipótesis. Y así apareció el argumento de las semejanzas moleculares.
Antes de proseguir, estimo conveniente hacer una aclaración categórica: todos estos argumentos, basados en semejanzas, para establecer parentescos, son sólo sofismas, pues parecido y parentesco son dos cosas perfectamente distintas. El hecho de que individuos emparentados tengan generalmente semejanzas, no autoriza, en manera alguna, a concluir que individuos (o especies) con semejanzas estén necesariamente emparentados.
Sostener lo contrario, esto es que la semejanza por sí misma constituye un prueba de parentesco, es una proposición que, estoy seguro, ningún biólogo aceptaría defender, ya que por el bien conocido fenómeno de la convergencia biológica, estructuras y funciones prácticamente idénticas pueden desarrollarse en individuos o especies genéticamente no relacionados. De manera que toda la argumentación basada en semejanzas, para probar parentescos, carece de fundamento científico.
Pero volvamos a las semejanzas moleculares. Hace ya varios años, algunos científicos, con un tono deliciosamente jubiloso, demostraron que existen algunas moléculas (proteínas y ácidos nucleicos) semejantes entre el hombre y el chimpancé. Con lo cual quedaba "demostrado" que el hombre era pariente cercano de este antropoide. Y el alborozo fue indescriptible. Pero duró poco. Y en breve se transformó en una verdadera catástrofe, entre otras cosas, porque los árboles genealógicos entre el mono y el hombre propuestos por los biólogos moleculares estaban en franca contradicción con los árboles genealógicos propuestos, en base a los fósiles, por los paleontólogos.
¡Santo cielo! Claro, los nuevos exégetas no se imaginaban ni remotamente en lo que se metían. Con ingenuidad propia de niños -al fin y al cabo, de ellos es el Reino- se abalanzaron, exultantes de regocijo, a buscar semejanzas moleculares para demostrar, esta vez sí, "científicamente", cómo había sido el tránsito del mono al hombre.
Cuando comenzaron a darse cuenta, ya era tarde. Porque lo que encontraron tiraba por el suelo todos los supuestos árboles genealógicos construidos pacientemente por los antropólogos, en años y años de esforzada e imaginativa labor. Una verdadera tragedia evolutiva.
Tantos años de coleccionar un huesito por aquí, otro más allá, algunos dientes acullá, para armar la "evidencia" de nuestro origen; tantos años de fabricar modelos en pasta (totalmente imaginarios) de nuestros "antepasados" (vestimenta, corte de cabello, color de piel y hábitos laborales y matrimoniales incluidos); tantos años de manipular los datos radiométricos, de hacer desaparecer los fósiles "heréticos", es decir que "no encajaban" en la hipótesis; tantos años de decirle a la gente, desde la cátedra eminente hasta el libro de divulgación, cómo y cuándo el mono se había transformado en hombre..., ahora resultaba ¡que había que cambiarlo todo! ¡No hay derecho!
Y no era para menos. Por empezar, según los antropólogos moleculares (Vincent Sarich y Allan Wilson, sobre todo) el mono y el hombre se habrían separado del “antecesor común” hace apenas unos cinco millones de años; mientras que los antropólogos fósiles (es decir los que se dedican al estudio de los restos fósiles, claro) habían demostrado hasta el hartazgo que la separación habría ocurrido hace unos veinte o treinta millones de años (!).
Le aclaro, lector, que esto de los millones de años son sólo especulaciones basadas en la hipótesis darwinista. No hay ninguna evidencia científica seria de que estos millones de años hayan realmente existido. Los menciono simplemente para mostrar las groseras incoherencias de esta hipótesis, a partir de los datos de sus propios adherentes.
Algunos, sobre todo entre los antropólogos fósiles, exclamaron: ¡herejía!, y comenzaron a blandir amenazadoramente sus huesos. Los moleculares, parapetados tras sus probetas, amenazaban con represalias a cargo de mutantes.
El problema es que, para saber qué cosa es herejía, es imprescindible conocer primero qué cosa es la ortodoxia. Vale decir, debe, necesariamente, existir una teoría sólidamente estructurado y una autoridad que la proclame. Pero si cada antropólogo se fabrica su propio árbol genealógico, según su propia imaginación, ¿en base a qué diantres va a censurar la imaginación de otro antropólogo? Si cualquier cosa es "ortodoxia", nada es herejía.
De todas maneras, los moleculares ganaron la primera batalla, y la mayoría de los antropólogos fósiles terminaron aceptando las cifras propuestas por Sarich. Como la hipótesis dawinista -por no ser científica- es tan plástica que permite "explicar" cualquier cosa, la sangre no llegó al río.
Pero dale que darás a las moléculas, los más insólitos hallazgos comenzaron a aparecer.
La hemoglobina (proteína de los glóbulos rojos de la sangre), por ejemplo, planteó, de entrada no más, un enigmático problema. Es cierto que está presente en el hombre y en los monos, lo cual provocó un júbilo rayano en el trance místico (parece que algunos llegaron a la "visión unitiva” con Darwin). El problema es que también está presente en todos los vertebrados. Aquí los aplausos comenzaron a ralear, y hasta hubo algunas voces que aconsejaron prudencia.
Pero no faltaron los imprudentes, ya sea por un exceso de fervor y falta de una adecuada dirección espiritual, o quizá por algún resto de espíritu científico que los impulsó a tratar de ser coherentes; no faltaron, digo, quienes prosiguieron las investigaciones y encontraron que la susodicha hemoglobina -exactamente la misma clase de molécula- aparecía en las lombrices de tierra, en las almejas, en algunos insectos e, incluso, en algunas bacterias (!).
¡Qué horror! Y no era para menos: la hemoglobina no aparecía en forma gradual y progresiva, perfeccionándose cada vez más a medida que ascendía en la escala zoológica -como sería de esperar si la hipótesis evolucionista fuera cierta- sino que aparecía ya perfecta en algunas bacterias, luego desaparecía y volvía a aparecer en las almejas, luego en las lombrices, etc., sin experimentar ningún cambio evolutivo.
No había absolutamente la más remota posibilidad de encajar estos hallazgos en ningún árbol genealógico que se pudiera imaginar. Y eso que la imaginación es la facultad más desarrollada en los científicos evolucionistas.
Prácticamente los mismos resultados se obtuvieron en base a los estudios realizados con la proteína citocromo C. No existen diferencias “evolutivas”, es esto, aumento de su complejidad, entre el citocromo C de las bacterias y el del resto de los seres vivientes (!).
Pero la cosa no terminó ahí. A un investigador se le ocurrió hacer lo mismo con otra molécula de proteína humana, fascinante, que se llama lisozima y que está presente en las lágrimas, para defender al ojo de las infecciones. ¡Pobre hombre!. Creo que sufrió una grave crisis de fe (darwinista), que sólo pudo superar gracias a prolongados ayunos, flagelaciones y cilicio.
Y con justa razón; pues de acuerdo a sus brillantes trabajos con la lisozima, este científico (Richard Dickerson) demostró que el pariente más cercano al hombre es... ¡la gallina!
Y así, todos los estudios efectuados sobre diversas moléculas (insulina, mioglobina, factor liberador de la hormona luteinizante, relaxina, etc.) produjeron árboles genealógícos totalmente diferentes y contradictorios.
¡No hay tan siquiera dos estudios efectuados en base a las moléculas que hayan producido árboles genealógicos semejantes!
Esto representa el colapso total de la hipótesis evolucionísta, dice valientemente el brillante biólogo molecular australiano -evolucionista él, aclaro- Michael Denton, en su estupendo libro Evolution: A Theory In Crisis.
Y la catástrofe sigue ampliándose. En base a los estudios efectuados sobre la composición química de la leche (un líquido tan complejo y fundamental como la sangre), el animal más cercano al hombre es el burro.
Esto ya me está gustando más, pues viendo lo que escriben muchos investigadores es este tema, me da la impresión, no sólo que venimos del burro, sino que hace muy poquito que nos separamos de él. Aunque pensándolo bien, creo que soy injusto con el burro, pues, si pudiera hablar, estoy seguro que no diría disparates de este calibre. Una cosa es la ignorancia y otra la insensatez.
Por otra parte, nuestro pariente más cercano, en base al estudio de los niveles de colesterol, sería una variedad de culebra (gartner snake) y, en base al antígeno A de la sangre, sería... ¡una variedad de frijol! (butterbean).
Todos estos resultados no hacen sino confirmar lo que expresé más arriba: la semejanza -ósea o molecular- no prueba absolutamente nada relativo al parentesco.
Al fin y al cabo, todos los seres vivos están constituidos básicamente por las mismas -o semejantes- moléculas, por la muy sencilla razón de que los mecanismos vitales así lo exigen; con la obvia salvedad de que no pueden ser exactamente las mismas moléculas las de un pez, por ejemplo -que vive en el agua-, que las de un ser que vive sobre la tierra.
Por ello es que el mundo de los seres vivientes no tiene nada que ver con los árboles genealógícos; esto es una pura fantasía, el mundo de los seres vivientes es un mosaico en el cual elementos semejantes (moléculas, estructuras, funciones, etc.) se entremezclan para formar los distintos géneros o especies, sin que esto signifique que deriven unos de otros.
A la manera de un cuadro, en el que el artista no necesita utilizar un color diferente para cada figura, sino que, variando las proporciones y las formas, puede, con relativos pocos colores, representar muchas figuras.
Así, en el mundo de los seres vivos, las moléculas (estructuras, funciones) se disponen en un patrón mosaico o modular y no en un patrón arbóreo.
El modelo mosaico se limita a manifestar que los elementos materiales se repiten en muchos seres vivos, sin intentar establecer supuestos parentescos descabellados. El modelo árbol genealógico pretende establecer parentescos, en base a determinadas semejanzas, y termina fatalmente en el absurdo. El patrón mosaico es ciencia; los árboles genealógicos son fantasías.
Por ello es que en la naturaleza pueden darse multitud de seres vivientes con relativamente pocos elementos materiales. Pero por la proporción y la forma en que están dispuestos, originan seres esencialmente distintos, a pesar de las semejanzas.
Por eso -repito- es que la semejanza no prueba el parentesco.
Comportamientos
Pero los autores evolucionistas, que parecen no entender este planteamiento, insisten con las semejanzas. Y puestos a buscarlas, algunos antropólogos se lanzaron a comparar patrones de comportamiento (que es, sin duda, tan "válido" como comparar huesos o moléculas).
El asunto tiene sus antecedentes allá por la década de 1920, cuando un biólogo (Crookshank, darwinista por cierto) sugirió que los negros (no los nuestros, sino los de Africa) descendían del gorila porque se sientan en el suelo de la misma manera que lo hace este antropoide. ¿Qué tal el razonamiento, lector? Los mongoles, en cambio -y por la misma razón- descenderían del orangután.
De más está decir que este argumento ya no es aceptado por los antropólogos; entre otras razones, porque los negros y los mongoles ahora tienen sillas para sentarse.
Pero no se crea, lector, que estas especulaciones pertenecen a la "prehistoria" de la antropología. En realidad, y digan lo que digan, la época de oro del darwinismo fueron aquellos dichosos años; no sólo porque no se tenía la menor idea de genética, biología molecular y todos estos malditos adelantos científicos que han ido, poco a poco, ahogando el vuelo imaginativo de los investigadores darwinistas, sino también porque en aquella época los darwinistas eran sinceros y tenían agallas para decir lo que pensaban, le cuadrase a quien le cuadrase.
Así, el biólogo Klaatch decía que los negros descendían del gorila, los mongoles del orangután (coincidiendo en esto con Crookshank) y los caucásicos del chimpancé; como ve, lector, nada de “antecesor común".
Es más, ioh hermosas épocas en que se exhibían -según el orden evolutivo- el cráneo de un gorila, luego el del Hombre de Neanderthal (que por esa época era considerado poco más que un mono erguido), luego el de un negro, luego el de un irlandés (!) y luego, de más está decirlo,... el de un inglés. La evolución llegaba así a la perfección...
Parece que todos los seres de los pueblos sometidos al dominio colonial británico eran subhombres, comentaba con su habitual ironía el ya desaparecido antropólogo americano Loren Eiseley.
David Pilbeam, actual profesor de la Universidad de Harvard, cree ver en la conducta de los chimpancés suficientes semejanzas con la del hombre, como para sugerir que estos primates son los seres más estrechamente relacionados con nosotros. Jeffrey Schwartz, profesor de la Universidad de Pittsburg, ve esas ventajas, en cambio, en el orangután.
Mientras tanto, un oscuro personaje de la ciudad de Córdoba, Argentina, (si bien nada más que un diletante, y bastante desequilibrado, por cierto) cree ver notables semejanzas en el comportamiento de muchos seres humanos con ciertas especies de reptiles; las serpientes, sobre todo.
El Lenguaje
Relacionado con esto de la conducta, hay otra línea de investigación que, si bien no goza de muchos partidarios, hace algunos años suscitó gran entusiasmo entre los investigadores en este tema. Me refiero al problema del lenguaje, esa capacidad maravillosa, única, exclusiva del ser humano, de expresar su pensamiento en forma articulada y simbólica, que marca una distancia abismal entre él y los animales.
Los pensadores (científicos y no científicos) de todas las épocas sensatas entendieron que había aquí un misterio inabordable, un prodigio sin precedentes, y se limitaron a aceptar el hecho que confirmaba, una vez más, que el hombre es un ser único en la naturaleza.
Pero apareció la hipótesis dawinista, que transformó el mundo científico en la ciudadela de la estupidez y la ceguera (si hemos de tomar en serio lo que decía Bernard Shaw), y pronto no faltaron los investigadores que, coherentes con la hipótesis, se dijeron: si descendemos de los monos y somos capaces de hablar, entonces los monos también deben tener esta capacidad, al menos en potencia. Luego, si nos tomamos el trabajo de enseñarles, ellos también serán capaces de hablar.
Y dicho y hecho. Se realizaron experimentos: Lana (una chimpancé), Washoe (un chimpancé), Koko (un gorila) y Sarah (chimpancé).
El más famoso fue el realizado por el matrimonio Lachman con Lana. Durante varios años, estos investigadores se encerraron diariamente en la jaula con Lana, tratando, con abnegado y fervoroso ahínco, de enseñarle las "primeras letras".
Desconozco francamente si estos científicos aprendieron a gruñir correctamente; es cierto que, día a día, aumentaba su repertorio de gruñidos, pero ¿cómo podríamos saber si estos gruñidos, según los monos, eran correctos? Lo que sí se sabe es que Lana, a pesar de los esfuerzos, no logró articular ni una sola palabra. ¡Qué digo palabra!, ni siquiera alguna forma de comunicación simbólica que fuese más allá de una simple respuesta condicionada, tales como las que se pueden lograr en pájaros, ratas o gusanos, como sentenció categóricamente J.B. Skinner, el “capo" en estos temas.
Ahora digo yo, ¿por qué estos investigadores, en vez de tratar tan esforzado como estérilmente de enseñarle a hablar a un mono, no emprendieron la muchísima más fácil e inmensamente más fructífera tarea de enseñarle a hablar al único animal que sí es capaz de hacerlo? (¡y en varios idiomas!). Sí, lector, ¿por qué no eligieron al loro? He aquí otro rotundo ejemplo del patrón mosaico o modular de que hablábamos. Un animal que, incluso en los imaginarios árboles genealógicos evolucionistas, no tiene nada que ver con el hombre, comparte con él esta singularisima capacidad de emitir sonidos articulados.
¿Por qué no eligieron el loro? Muy sencillo: porque el loro, de acuerdo a la hipótesis danvinista, no es ni remotamente antepasado del hombre. Aunque algunos chuscos sostienen que, sí bien el loro no es antepasado del hombre, sí lo sería de la mujer. Pero esto no tiene suficiente respaldo científico.
Siguen las Semejanzas...
Esto nos demuestra, una vez más, que las semejanzas entre el mono y el hombre, en las que tanto se insiste, son semejanzas seleccionadas de acuerdo a la hipótesis evolucionísta. Las semejanzas que no encajan en la hipótesis, se silencian.
De este modo, como acabamos de ver, en la capacidad de emitir sonidos articulados, característica altísimamente peculiar del hombre, somos semejantes al loro. En cuanto a la forma, tamaño relativo y posición de los órganos internos (las vísceras), el animal más parecido al hombre no es ciertamente el mono, sino el cerdo (en otros aspectos también ... ). De acuerdo a la estructura del pie, el animal más parecido al hombre es el oso polar. De acuerdo al tamaño y forma del cerebro (no sólo más grande, sino con un grado de cefalización -esto es, franco predominio del lóbulo frontal, asiento de las actividades psíquicas superiores- muchísimo más avanzado que los simios), el animal más parecido al hombre es el delfín. En nuestros hábitos alimenticios (omnívoros), somos mucho más semejantes, nuevamente, al cerdo y a la rata (sin suspicacias, por favor) que a los monos, la mayoría de los cuales son frugívoros. Y seguiría una larga lista de etcétera. Todo lo cual no hace sino corroborar lo que vengo diciendo: semejanza no prueba parentesco.
Pero hay aún más. Los científicos que insisten con el tema del parentesco entre el mono y el hombre -basado en las semejanzas, y que no prueban absolutamente nada, como vimos- equiparan, debido a su fe darwinista, pariente con antepasado. Pero esto, insisto, en razón de la fe darwinista, que nos revela que venimos del mono.
Pero incluso aceptando, a los fines del argumento, que somos parientes del mono, ¿no podrían los monos ser nuestros descendientes?
Si esto le suena a disparate, lector, le aclaro que comparto su postura; pero créame que es mucho menos disparatado que lo contrario. De hecho, el feto de mono y el mono recién nacido tienen muchas más semejanzas al feto y al recién nacido humano que a los monos adultos. Es decir, los rasgos típicos del mono se van acentuando con el tiempo. Desde luego que esto tampoco prueba nada; pero si le damos importancia al argumento del parecido, seamos por lo menos coherentes y apliquémoslo siempre, y no únicamente cuando favorece la hipótesis que queremos demostrar.
No le quepa la menor duda, lector, de que, si el feto o recién nacido humano tuvieran rasgos simiescos, esto sería proclamado clamorosamente como una demostración "contundente" de nuestro origen a partir del mono.
Que el mono sea nuestro descendiente es, como dije, un disparate; pero muchísimo menor que sostener que es nuestro antecesor. Por la sencilla razón de que es infinitamente más lógico y científico hacer descender lo inferior de lo superior y no a la inversa.
De hecho, ha habido y hay destacados antropólogos y primatólogos (Otto Schindewolf, Van der Horst, Westenhüfer, de Snoo, Wood jones, Geoffrey Bourne, y varios más) que aproximadamente sostienen esa postura; esto es, que el "antecesor común” habría sido un ser mucho más parecido al hombre que al mono y que de él habrían derivado, más o menos horizontalmente, el hombre y, por degeneración, los monos actuales. Es decir que la "evolución” produciría "involución".
Por cierto que estos antropólogos no tienen la más remota idea respecto del origen de ese supuesto "antecesor común" -casi idéntico al hombre-; pero en este sentido, ¿están en mejor posición los antropólogos darwinistas?, ¿tienen ellos, acaso, la más remota noción de dónde se originó el mono ancestral? En absoluto, no.
Aunque las especulaciones abundan, lo cierto es que ¡nadie tiene la más pálida idea de dónde se originaron los monos! Lo cual llama ciertamente la atención; pues, ¿cómo puede ser que todos los buscadores de fósiles que viven encontrando restos de monos, supuestamente antecesores del hombre, ¡nunca encuentren antecesores del mono!? ¿Es que éste se originó por generación espontánea?, ¿o vino de otro planeta? ¿Cómo puede ser que todo resto de mono encontrado sea antepasado del hombre? ¿Es que el mono no tiene antepasados?
No, lector. No los tiene; lo mismo que el hombre. Cuando aparecen los monos, son eso, perfectos monos. Cuando aparece el hombre, es hombre como nosotros. Esto es lo que muestra el estudio serio y sin prejuicios de los restos fósiles: aparición súbita y con plena perfección del hombre, del mono y de todas las especies animales y vegetales.
Le aclaro, lector, que el consenso es unánime en este sentido. Ningún paleontólogo serio en el mundo puede mostrar un solo ejemplo de "eslabón intermedio” de los cientos o miles que harían falta para dar forma a los imaginarios árboles genealógicos evolucionistas. A lo sumo se limitan a expresar su convicción (darwinista) de que serán encontrados en el futuro (lo mismo que Darwin decía hace más de un siglo). Es cuestión de seguir cavando...
La selección natural
Pero analicemos ahora algo sumamente importante en relación a este tema: el mecanismo que explicaría la transición del mono al hombre. Porque si no hay un mecanismo que explique más o menos racionalmente esta transición, adiós hipótesis darwinista (Darwin dixit).
Pues bien, hay expresiones que adquieren un poder de sugestión tan grande que anulan la razón y posibilitan la captación mística de la realidad, los "mantras” de los budistas, por ejemplo. La fe darwinista tiene, naturalmente, sus "matintras', y quizá el más importante de ellos sea la famosa y todopoderosa "Selección Natural”.
Esta "explica" no sólo la transición del mono al hombre (esto es sólo una pequeña tontería), sino también el origen de todas las especies animales y vegetales de nuestro planeta. Sí, señor. Pero con una condición: que usted no pregunte qué es. Vale decir, cuál sea su naturaleza. La Selección Natural explica todo, a condición de que no se intente definirla racionalmente. En cuestiones de fe, nunca hay que racionalizar el misterio.
Si usted, como recalcitrante hombre de poca fe darwinista, intenta buscar una definición más o menos coherente de qué es la Selección Natural, no la va a encontrar. Lo que encontrará son una veintena de balbuceos incoherentes al respecto. Cada científico la "define" como quiere. En realidad, casi nunca la definen; se limitan simplemente a invocarla.
Cuando intentan dar una definición, hablan -más o menos "ex cathedra"- de reproducción diferencial, esto es, algunos individuos (los más “aptos") tienen mayor descendencia, y éstos son los favorecidos por la Selección Natural; mientras que otros (los menos "aptos") tienen menor descendencia y son eliminados.
El problema es que -al no existir un criterio de aptitud- lo arriba expresado se convierte, automáticamente, en una tautología; es decir, un razonamiento circular que no explica ni define nada, y confunde todo.
Para decirlo de otra forma: los individuos más “aptos" tienen mayor descendencia. Y ¿por qué tienen mayor descendencia? Porque son más "aptos"... La tautología es obvia. Tan obvia que hasta algunos darwinistas (Waddington, por ejemplo) se han dado cuenta. ¡Cómo será!
Y la razón de porqué la Selección Natural darwinista no se puede definir con un mínimo de rigor (ni definir, ni observar, ni determinar la intensidad de su acción, ni predecir sus efectos) es que ella, en realidad, no existe. Se trata sólo de una metáfora para decir que algunos individuos viven más que otros (¡vaya con la novedad!) y, supuestamente, tienen mayor descendencia.
¿Cómo? ¿Que la Selección Natural es una metáfora? Pero ¿quién se atreve a proferir semejante barbaridad? ¡Pues el propio Darwin!, en El origen de las Especies, capítulo cuarto. Y allí mismo agrega lo siguiente: "en el sentido literal de la palabra, la Selección Natural es un término falso”.
Como se ve, Darwin no era tan "darwinista” como sus seguidores. Lo que pasa es que los darwinistas creen en Darwin, pero no lo leen. Y esto no constituye de ninguna manera una excepción, mi querido lector. Esto es una constante del ser humano. ¿Cuántos marxistas leen a Marx? ¿Cuántos liberales a Rousseau? ¿Cuántos cristianos la Biblia?
Son los científicos antidarwinistas los que leen atentamente a Darwin. Los darwinistas, simplemente creen en él.
Pero aun tomando la expresión Selección Natural en sentido metafórico, como una "cosa" (que en realidad no existe) que explicaría "la supervivencia de los más aptos", fíjese, lector, que el resultado es exactamente lo contrario de lo que suponen los evolucionistas. Porque de ser así, la Selección Natural favorecería, por ejemplo, la supervivencia de los "mejores" monos; esto es, haría que los monos fuesen cada día más monos, pero no ¡menos monos y más hombres! Esto es un disparate.
Lo que creo que sucede en relación a este punto, es que en muchos investigadores subyace, quizá en forma inconsciente, la íntima convicción -producto de antiguas creencias- de que el hombre es un ser superior al mono; es decir, más "evolucionado", más "perfecto". Pero desde el punto de vista meramente biológico, esto no es cierto. ¡Para nada!
El mono no es un primate imperfecto, que llegará a la perfección cuando "evolucione" hasta hombre. De ninguna manera; el mono, en cuanto mono, es perfecto. Todos los seres vivientes son perfectos en su plano. Más aún, desde el punto de vista estrictamente biológico y, más precisamente, desde el punto de vista darwinista, el mono es francamente superior al hombre (las ratas mucho más aún). La demostración es muy simple, lector: abandonemos un hombre y un mono en medio de la selva y veamos quién tiene mayor capacidad de supervivencia. La leyenda de Tarzán, aunque divertida, es puro cuento. Exactamente igual que la hipótesis darwinista de la que es hija.
El hombre no puede trepar a los árboles como el mono, no puede defenderse del sol ni del frío sin ropas, ni de las inclemencias del tiempo sin techo; necesita cocinar sus alimentos, etc., etc. Por cierto que el hombre es infinitamente "superior" al mono por su inteligencia; pero ésta no pertenece, en sentido estricto, a la biología. Lo que pertenece a esta ciencia es el cerebro, pero no la inteligencia, que se expresa a través del cerebro, pero no se identifica con él, como lo han señalado ya Bergson, W. Penfield, R. Sperry, C.D. Broad y Sir John Eccles, entre otros.
Incluso, esto de la inteligencia es muy, pero muy relativo, lector; pues cuando ella supera el nivel mínimo de astucia indispensable para reventar impunemente al prójimo, se transforma, decididamente, en un factor antisupervivencia. ¿Quién sobrevive mejor, un estafador o un pensador, un prestamista o un artista, un atorrante a un laborante, especialmente en el "primer mundo”?
Y esto, hablando de los humanos. ¡Qué no pasaría en el mundo animal! Imaginemos por un instante que, gracias a algún milagro dawinista, un pobre mono comenzara a desarrollar ciertas características humanas; que comenzara, por ejemplo, a emocionarse ante una puesta de sol; a estremecerse -como Pascal- contemplando las estrellas; a escribirle poemas a la mona dueña de su corazón (y que seguramente le habrá dado calabazas); a interrogarse sobre su origen y su destino... El mono que tuviera la singular desgracia de desarrollar cualquiera de estas características, sería inexorablemente aniquilado por la Selección Natural.
Tiene muchas más probabilidades de sobrevivir -de hacer buen dinero- un hombre haciéndose el mono, que un mono haciéndose el hombre..., como vemos todos los días, helas, en este gran circo en que estamos inmersos.
La Selección Natural, aun usada en sentido metafórico, haría que los seres vivientes se mantuvieran siempre fieles al tipo, eliminando a los que se desvíen de él. Este sería el sentido correcto de la expresión Selección Natural; expresión que, por cierto, no fue creada por Darwin -como muchos creen, y como él mismo se encargó de hacer creer-, sino, veinticuatro años más tarde por el naturalista inglés Edward Blyth, quien la usaba en el sentido que señalé más arriba.
Para el lector interesado en ver cómo Darwin ocultó deliberadamente cualquier mención de E. Blyth, después de apoderarse de su concepto y de cambiarle su sentido, me permito recomendarle el fascinante libro del ya desaparecido y famoso antropólogo americano Loren Eiseley: Darwin And The Mysterious Mr. X.
La llamada Selección Natural es una metáfora que indica la acción (imprecisa, aleatoria, imposible de determinar y cuantificar) de un conjunto de factores en la naturaleza, que hace que los seres vivientes permanezcan siempre fieles al tipo: los peces, peces; los anfibios, anfibios; los reptiles, reptiles; los monos, monos, y los hombres, hombres. Respecto de los hombres, la Selección Natural pareciera no estar muy activa últimamente...
Me apresuro a aclarar que este efecto de la Selección Natural (estabilizador o conservador del tipo) ya ha sido reconocido -aunque a regañadientes- por varios científicos darwinistas (Simpson, Maynard Smith, C. Willams, R. Lewontin y R. Leakey, entre otros). Usada en sentido contrario, esto es, como "algo" capaz de transformar una especie en otra, es un concepto absolutamente erróneo.
Y esto es así, lector, porque las características de todo ser viviente están rigurosamente programadas -hasta el último detalle- a nivel del código genético; esto es, en el conjunto de la información hereditaria que se transmite de los progenitores a su descendencia y que hace que cada ser viviente sólo pueda engendrar -en forma inexorable- otro ser viviente de su misma especie, y absolutamente ninguna otra cosa.
Para que un ser viviente pudiera engendrar otro ser viviente esencialmente distinto, habría que cambiar totalmente su código genético (!). Y la selección Natural jamás puede hacer esto; por la sencilla razón de que ella "actúa" (metafóricamente, se entiende) sobre el organismo ya formado y no sobre sus genes; o, como dicen los biólogos, ella actúa sobre el fenotipo y no sobre el genotipo.
Las mutaciones
Pero, ¿y las mutaciones?, se preguntará algún lector- ¿No Pueden las mutaciones cambiar el código genético?
¡Ah!, las mutaciones... Este es otro de los sagrados "mantras" del darwinismo (en realidad del neodarwinismo). Este "mantra", junto con la Selección Natural, explica también el origen de todos los seres vivientes; pero con la misma condición: la de no analizarlo científicamente.
Desde el punto de vista científico, las mutaciones son alteraciones al azar en la composición química de los genes, esto es, en la complejísima molécula del ácido desoxirribonucleico (ADN), donde está codificada la información hereditaria.
Ahora bien, en una estructura altamente compleja, un cambio al azar tiende inevitablemente a deterioraría. Para mejorarla, tendría que ser capaz de aumentar ese orden; y el azar -por definición- no puede ni mejorar ni crear orden. Sólo una inteligencia puede hacer esto.
Por eso es que el 99% de los cientos de miles de mutaciones estudiadas han sido dañinas, perjudiciales, deteriorativas o letales. En el mejor de los casos, han sido neutras, o porque el gen "alelo”, es decir, el que viene del otro progenitor, suple la función del gen dañado por la mutación, o porque el cambio ha sido insignificante y no ha afectado la vitalidad del organismo.
Las supuestas mutaciones "favorables" de que hablan algunos científicos, no son casi nunca verdaderas mutaciones; son solamente una manifestación de la vitalidad genética que tiene todo organismo, que hace que, en determinadas circunstancias, se expresen genes que ya estaban presentes -aunque reprimidos- porque su funcionamiento no era necesario.
Pero aun en el caso de que existieran mutaciones favorables, con eso no hacemos absolutamente nada. Pues la hipótesis evolucionista necesita, imprescindiblemente, no mutaciones favorables, sino ¡transmutaciones!, es decir, mutaciones creativas, capaces de producir novedades biológicas (ojos, plumas, sangre caliente, etc.), que expliquen la aparición de las distintas especies biológicas, desde la ameba al hombre. Y esto sí que es pura fantasía; y fantasía disparatada, irracional y anticientífica.
La imposibilidad de que las mutaciones (actuando al azar) puedan producir tan siquiera un órgano nuevo, se deriva fundamentalmente de su carácter perjudicial y de su escasa frecuencia. Además, para poder transmitiese a la descendencia, tienen que afectar a las células germinales y ser dominantes, es decir, prevalecer sobre el gen alelo, para tener algún efecto. Todo esto disminuye aún más su frecuencia.
Pero hay otro problema; para que apareciera un órgano nuevo, las mutaciones "creativas” (que son, como hemos visto, puramente imaginarias; las que la ciencia conoce son todas deteriorativas o a lo sumo neutras) tendrían que encadenarse e integrarse en un mismo segmento del cromosoma para poder sumarse y dar origen, así, a un organo nuevo, que no se produciría por la acción de una mutación, sino de miles de ellas.
Para producir un ojo, por ejemplo, todas las mutaciones tendrían que afectar el conjunto de genes que rigen esta función. Ahora bien, esto plantea una imposibilidad estadística absoluta, que ha sido exhaustivamente analizada por autores de la talla de E. Borel, C. Guye, Lecomte du Nüuy, G. Salet y otros.
Hasta aquí hemos desarrollado el argumento de las mutaciones siguiendo el esquema de la hipótesis evolucionista, para demostrar que, aun así, es totalmente imposible que las mismas puedan crear novedades biológicas y transformar así las especies.
Pero la cuestión es muchísimo más grave, aún. Y aquí hay que abandonar el dogma darwinista y pasar a la realidad; es decir, abandonar el terreno de la fantasía y pasar al de la ciencia.
Porque la pseudociencia darwinista no tiene lugar en sus esquemas para el concepto de organismo, es decir, un conjunto de estructuras integradas que funcionan como un todo. Heredera, al fin y al cabo, del mecanicismo cartesiano, la hipótesis evolucionista piensa en términos de partes. Y así los darwinistas creen posible que un organismo se puede ir modificando por partes que, al sumarse, producirían su transformación en otro organismo. Pero esto es puro desatino. Ignora la gran ley biológica del “todo o nada”.
¿De qué le serviría a un mono, por ejemplo, desarrollar piernas de hombre, sin desarrollar simultáneamente pelvis de hombre? ¿De qué le serviría una pelvis de hombre, sin columna vertebral de hombre? ¿Cómo puede haber mano de hombre, con brazo, antebrazo y hombro de mono? ¿Cómo puede haber columna vertebral de hombre, sin cráneo de hombre, y viceversa?
Todas estas estructuras, o aparecen simultáneamente y en estado de plena perfección, o no sirven para nada; por el contrario, son un estorbo para la supervivencia. Esto se aplica, por cierto, a todos los organismos vivientes.
Y para que esto suceda, tiene que cambiar todo el código genético, en forma simultánea y sin un solo error. Para ello debería ocurrir una mutación gigantesca, un reordenamiento radical de todo el código genético, dirigido y especificado hasta en los más mínimos detalles, para producir un ser 'viviente capaz de funcionar, esto es, de vivir. Lo cual constituye un milagro más grande que resucitar un muerto.
Esto, que ya había sido planteado en la década de los 30 por el insigne biólogo y paleontólogo alemán Otto Schindewolf, encontró su más acabado expositor en Richard Goldschmidt, uno de los tres o cuatro genetistas más eminentes del siglo.
Allá por la década del 40, R. Goldschmidt, ferviente evolucionista él, después de haber dedicado prácticamente toda su vida al estudio de las mutaciones, a pesar de creer en la transformación de una especie en otra, concluye diciendo que es absolutamente imposible explicarla mediante el mecanismo de las mutaciones.
Publicó un libro (The Material Basis of Evolution) y un artículo (American Scie., 40:97, 1952) de un rigor científico ejemplar, donde demuestra en forma abrumadora el carácter totalmente anticientífico de todo este macaneo respecto de las mutaciones.
Nadie, absolutamente nadie, ha sido capaz de refutar las conclusiones de Goldschmidt en este sentido.
La comunidad científica, como generalmente sucede, no hizo el menor caso de las conclusiones de este investigador. Siguieron -y siguen- lo más campantes, hablando tonterías sobre las mutaciones, sin tomarse siquiera el trabajo de analizar sus escritos, ni los de muchos otros autores que sostienen lo mismo.
Conclusión
Como ve, lector, en este sucinto análisis del tema, sólo he tratado de esbozar los problemas que plantea la transformación de un mono en un hombre, desde el punto de vista meramente biológico.
No he mencionado -salvo de paso- el problema capital de la inteligencia del hombre, que marca una diferencia con el mono no de grado, como sostienen los darwinistas, sino de naturaleza, ya que este problema no puede ni siquiera plantearse en este contexto.
Pretender explicar la inteligencia humana a partir de mutaciones al azar actuando sobre el cerebro de un mono es, simplemente, no saber de qué se está hablando. 0, por el contrario, saberlo demasiado bien...
En suma: algunos monos tienen incisivos y caninos parecidos a los nuestros; otros caminan en forma aproximadamente erecta. Algunas moléculas de los monos son similares a las nuestras (¿y de qué pretenden los evolucionistas que estuviésemos hechos?, ¿de plástico, acaso?).
La Selección Natural, cualquier cosa que eso sea, significa que sobreviven los individuos más fieles al tipo (lo cual conserva la especie, no la transforma). Y las mutaciones son absolutamente incapaces de explicar tan siquiera la aparición de un órgano nuevo (novedad biológica).
¿Dónde está la supuesta evidencia científica de que el hombre se originó del mono? En ninguna parte, por cierto. Es sólo un dogma de fe; de fe darwinista...
Y ya sabemos que frente a la certeza de la fe, ningún argumento racional es efectivo.
Fuente: Monfort Associação Cultural.
por el Dr. Raúl Leguizamón
Introducción
Los dogmas de fe son muy difíciles -si no imposibles- de refutar con argumentos científicos. La historia de la humanidad lo atestigua sobradamente.
Nuestro tiempo no escapa, por cierto, a esta regla, ya que en la actualidad, como en todas las épocas, una buena cantidad de personas sigue obstinadamente creyendo cosas, no sólo desprovistas de todo fundamento científico, sino que, además, están en franca contradicción con el conocimiento científico que hoy poseemos.
Para dar un ejemplo, entre cientos, de lo expresado, me referiré a la insólita creencia actual de mucha gente -curiosamente, muchos de ellos científicos- de que el hombre desciende del mono.
Porque ha de saberse que el tan mentado y manoseado "antecesor común" del hombre y del mono, de quien hablan muchos científicos y divulgadores, no es ni puede ser otra cosa que un mono. El supuesto "antecesor común” sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese, afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. Es pusilánime si no deshonesto, decir otra cosa, agregaba Simpson. Es deshonesto, agrego yo.
De manera que todos los esfuerzos de los antropólogos e investigadores en este tema, no se dirigen, en absoluto, a dilucidar, objetivamente y sin prejuicios, de qué modo se originó el hombre, sino de qué mono lo hizo.
En otras palabras: el postulado de nuestro origen simiesco es una convicción de la que se parte, y no una conclusión a la que se arriba.
Ahora bien, esta convicción, que muchos científicos y divulgadores sostienen encarnizadamente (¡hasta el punto de mostrarla al público como un hecho científico y demostrado!), es -por definición- algo que está fuera del campo de la ciencia experimental, que se basa, precisamente, en la observación y reproducción experimental del fenómeno bajo estudio. Cosas evidentemente imposibles en este caso.
De manera que, y a poco de respetar el significado de las palabras, esta creencia en el origen del hombre a partir del mono, es sólo una hipótesis de trabajo, una suposición, una conjetura, más o menos razonable, más o menos coherente, más o menos disparatada, pero siempre de carácter hipotético. No sólo no demostrada, sino, aún más -por definición-, indemostrable. Y la ciencia es demostración.
Lo que la ciencia puede legítimamente hacer a este respecto, es abordar el tema en forma indirecta, esto es, examinando la supuesta evidencia científica que demostraría la transformación del mono en hombre y, sobre todo, el mecanismo que se propone para explicar esta transformación, para ver si dicho mecanismo está en coherencia o en contradicción con las leyes científicas bien establecidas; o, al menos, con la sensatez.
En otras palabras, si bien la ciencia no puede decirnos cómo fue realmente el origen del hombre -por ser esto metodológicamente imposible-, sí puede decirnos, en cambio, como no pudo haber sido este origen.
Aclarado este punto, digamos que lo que hoy vemos (base primera del método científico) es que los hombres se originan de hombres, y que los monos engendran monos. Por consiguiente, y en razón del principio científico del uniformismo metodológico, según el cual el presente explica el pasado, lo legítimo es suponer que los hombres siempre se originaron de hombres y nunca de monos. Son los científicos que sostienen lo contrario (esto es, que alguna vez los monos engendraron hombres, o se transformaron en tales) los que llevan el peso de la prueba. Es decir, los que deberían llevarlo, si este tema fuese tratado con un mínimo de rigor y de honestidad científica.
Como no lo es, resulta que, paradójicamente, se acepta como dogma de fe (¡en nombre de la ciencia!) que el hombre desciende del mono; y a partir de este “dogma” se Interpretan y manipulan los datos científicos.
Pero, ¿por qué -cabe preguntarse- esta convicción tan categórica sobre nuestro origen? ¿Cuáles son los fundamentos científicos para tamaña certeza? Bueno, como expresé más arriba, fundamentos propiamente científicos no los hay. La razón determinante y fundamental por la cual muchos autores creen que el hombre se originó a partir del mono, es porque ellos aceptan ciegamente la hipótesis evolucionista-darwinista, que así lo afirma. Y punto.
No obstante, como numerosos científicos, divulgadores, "charlatanes cósmicos” de la televisión, revistas "muy interesantes", libros de texto y trovadores diversos nos saturan diariamente con las "evidencias científicas" que "demuestran"' el origen simiesco del hombre, vale la pena que analicemos sucintamente estas supuestas evidencias, "abrumadoras"", según los más fervorosos creyentes en la hipótesis evolucionista-darwinista.
Semejanzas
Pues bien, lector, aunque usted, como buen profano en el tema -al igual que yo-, nunca se haya dado cuenta o, lo que es más probable, nunca le haya otorgado la menor importancia, el hecho es que entre los monos y el hombre... ¡hay semejanzas!
De acuerdo a este sensacional descubrimiento -que corta el aliento, realmente- existen, sin lugar a dudas, semejanzas entre los monos y el hombre. Efectivamente: tenemos ojos como los monos, cuatro extremidades, estómago, hígado, pulmones, corazón de cuatro cavidades, sangre caliente (depende ... ), etc.
Si usted sigue, obstinada y escépticamente, creyendo que todo esto no significa absolutamente nada, y que existe -a pesar de las semejanzas- un abismo entre el mono y el hombre, créame que está en muy buena compañía, ya que miles de científicos en el mundo (y cada día más) opinan exactamente lo mismo.
Y miles son, estimado lector. Lo que sucede es que su opinión no llega a la gente, pues en este tema existe una censura feroz. ¡Otra que Inquisición y Santo Oficio! Los científicos que no aceptan el "dogma darwinista" son inexorablemente excluidos de los ámbitos académicos y de los medios de difusión.
Pero los creyentes en la hipótesis del origen simiesco del hombre, que son además -tengamos esto muy presente- los que 'tienen la manía” política, financiera y académica, insisten con místico fervor en las semejanzas.
El Eslabón Perdido
Insisten pues, no sólo en las semejanzas actuales, que demostrarían, en todo caso, que los monos son, de acuerdo a la hipótesis darwinista, nuestros "primos"; sino también, y sobre todo, en las semejanzas fósiles, que certificarían la existencia del sedicente "antecesor común”, esto es, un mono en vías de hacerse hombre: el célebre "eslabón perdido”, que ya no existe, según dicen, pero que en un tiempo, allá, hace muchos años, parece que sí.
Este mítico "eslabón perdido”, luego de engendrar al hombre, habría desaparecido; nadie tiene la más remota idea de por qué. Pero mucho me temo que lo habría hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que le endilgan haber engendrado: la oveja negra de la familia, verdaderamente...
De todas maneras, la excelsa dignidad de esta sublime reliquia (el "eslabón perdido”) ha suscitado tanto fervor entre muchos científicos que desde hace más de un siglo se han emprendido innumerables peregrinaciones para hallarlo.
La búsqueda del "eslabón perdido” ha sido, y es, el alfa y la omega de la antropología. Algo así como los caballeros del Rey Arturo con el Santo Grial.
¿Y cuál es el criterio para decidir si un fósil es el famoso "eslabón perdido"? Pues, muy fácil: todo fósil de mono que tenga semejanzas con el hombre es -hasta que se demuestre lo contrario- el "antecesor común”.
Fósiles
Y aunque usted no lo crea, lector, existen, definitivamente, fósiles de monos que muestran semejanzas con el hombre. Así es. Resulta que algunos restos fósiles de mono tienen incisivos y caninos más pequeños que otros monos, en forma semejante a los del hombre. Esto constituye, para muchos investigadores, una "demostración" de que estos monos habrían sido nuestros antepasados, sin tener en cuenta -al parecer- que existen monos vivientes (el Baduino Gelada, sin ir más lejos) que también tienen incisivos y caninos pequeños -como el hombre-, sin dejar por eso de ser un pelo menos monos que sus congéneres.
Incluso el antropólogo Clifford Jolly señaló, hace ya más de veinte años, que las ínfimas variaciones en el tamaño y forma de los dientes de un animal son simplemente el producto de una adaptación a un tipo especial de dieta y que carecen de toda significación genealógica.
Otros restos fósiles de mono parecen indicar que dichos seres caminaban en forma aproximadamente erecta (bípeda), con lo cual se concluye, triunfalmente, que estos monos estaban haciéndose hombres.
Lo que generalmente muchos autores olvidan de aclarar al público es que varios monos actuales (Hilobates Moloch, Pan Paniscus, entre otros) caminan en forma aproximadamente erecta. Pero., que yo sepa, ninguno de estos simpáticos primates ha manifestado el más mínimo sentimiento de asombro, ni de júbilo, ¡ni de horror! tan siquiera (que sería mucho más lógico), ante la apasionante aventura dé estar transformándose en seres humanos.
Pero, me dirá algún lector, ¿y qué pasa con el famoso Hombre de Neanderthal, el Pitecantropus Erectus, los Austrolopitecos africanos? ¿No son éstos verdaderos 'homínidos”, antepasados del hombre?
Vayamos por partes. Para comenzar, digamos que el Hombre de Neanderthal no es ciertamente un 'homínido". A pesar de la “difamación antropológica” darwinista (la expresión es del famoso antropólogo americano Ashley Montagu), que lo mostró durante cien años (¡y aún hoy día!) como un bruto semiencorvado, de aspecto feroz y estúpido, garrote al hombro y guarecido en su caverna, hoy es un hecho universalmente aceptado que el Hombre de Neanderthal era completamente Sapiens, aunque con algunos rasgos degenerativos producidos por enfermedades (artritis y raquitismo) y por circunstancias ambientales adversas.
A pesar de que esto del carácter plenamente humano del Hombre de Neanderthal se conoce desde el año 1957, todavía hoy es frecuente encontrar su representación semibestial; y no sólo en libros y revistas de divulgación. ¡No!, por ejemplo, el modelo semibestial del Hombre de Neanderthal recién fue retirado del Museo Field de Historia Natural de Chicago en 1975. ¿Fue arrojado a la basura? (lugar que le correspondía). Pues no, fue retirado del primer piso (orígenes del hombre) y colocado en el segundo piso, junto a los dinosaurios, con una leyenda que dice: “modelo alternativo del Hombre de Neanderthal" (!). Cabe destacar que la sección de los dinosaurios es la más visitada por el común de la gente, en especial por los niños y jóvenes de los colegios... Este es un ejemplo acabado de la "honestidad científica", que le dicen.
Respecto de los así llamados "Homo Erectus' (Pitecantropo y Sinantropo), habría mucho que decir. De los hallazgos originarios que dieron lugar a este grupo taxonómico, uno de ellos, el Hombre de Java (Pitecantropus Erectus), habría sido -según su propio descubridor, E. Dubois- lisa y llanamente un mono (gibón) de gran tamaño. El otro, el Hombre de Pekín, tiene todas las apariencias de haber sido otro de los tantos fraudes que se han cometido en este tema. Los supuestos “Homo Erectus" descubiertos más recientemente en Africa (Leakey y Walker, 1984) pareciera que por las descripciones serían neanderthales, esto es Sapiens.
En relación a los tan mentados Austrolopitecos de Africa (incluida Lucy) desde ya le aclaro, lector, que estos seres son definitivamente monos; no hay discusión al respecto: un metro de estatura; capacidad craneal entre 500 y 600 cc. (como el chimpancé, por ejemplo; la del hombre es de alrededor de 1500 cc.); forma del cráneo “abrumadoramente simiesca” (Lord Zuckerman); capacidad para columpiarse de las ramas como o mejor que la del orangután (Charles Oxnard), etc.
Todos esos otros nombres que uno lee o escucha (Ramapiteco, Dryopiteco, Kenyapíteco, Sivapiteco, etc.) son todos, sin excepción, "totalmente monos".
El problema está en que el término "homínido" designa, precisamente, a cualquier mono que caminaba más o menos bípedamente, o que su descubridor sostiene que caminaba, y que tiene dientes más pequeños que los otros monos. Con eso ya es suficiente para graduarse de "homínido" y para que su descubridor (o inventor) se transforme, de la noche a la mañana en un Julio César de la antropología.
Incluso respecto de estos criterios, no es cuestión tampoco de ser demasiado exagerados, ya que con apenas un diente, un trocito de mandíbula o un pedazo de cráneo, un antropólogo puede reclamar status de "homínido” para su hallazgo.
En última instancia, un "homínido" es cualquier cosa que un antropólogo bautice como tal... ¡Inclusive un Homo Sapiens, como sucedió con el Hombre de Neanderthal!
Aunque luego haya retractaciones o refutaciones, el hecho es que en la historia de la Antropología abundan los ejemplos de "homínidos" creados de esta manera. Bástenos recordar, por ejemplo, el famoso Hombre de Nebrasca, "creado" en 1922 en base a una muela, que luego se descubrió pertenecía a un pecarí.
En las ilustraciones de la época aparecían el señor y la señora Hombre de Nebrasca, con sus dos hijos, varón y hembra por cierto -la familia tipo, digamos-; indumentaria: taparrabos, naturalmente; habitación: caverna, claro está; garrote al hombre él, amamantando ella, etc. Todo esto, repito, en base a una muela de pecari, especie de cerdo salvaje americano.
A partir de 1960 y durante veinte años, el antropólogo David Pilbeam sostuvo que el Ramapiteco era un "homínido”, basado en un par de dientes y unos trocitos de mandíbula. En 1984 cambió de opinión y cree ahora que es un mono cualquiera. Pero mientras tanto, su publicitario Ramapiteco le valió a Pilbeam pasar de profesor de Antropología de la Universidad de Yale a la de Harvard (¡nada menos!). Esto, si bien no demuestra la evolución del Ramapiteco, al menos prueba la, "evolución” de Pilbeam.
En 1980, el famoso antropólogo americano Noel Boaz llamó clavícula de un "homínido” a lo que luego se vio que era la costilla de un delfín (!). Según este antropólogo, la forma de la clavícula sugería que el ser en cuestión era un chimpancé que caminaba erecto. ¿Cómo habría que haber bautizado a este "homínido"? ¿”Blooperpiteco", quizá?
En 1984 tuvo que cancelarse presurosamente un congreso internacional de antropología en España, donde iba a ser presentado en sociedad el recientemente hallado Hombre de Orce (Andalucía), por descubrirse que el fragmento de cráneo encontrado pertenecía, en realidad, a un borrico.
En fin, la lista es larga. Y es quizá por ello que Sir Solly Zuckerman, una de las máximas autoridades mundiales en anatomía, en su libro Beyond the Ivory Tower niega el carácter científico de todas estas especulaciones sobre los fósiles, comparando el estudio de los supuestos antepasados fósiles del hombre con la percepción extrasensorial (!), en el sentido de estar ambas actividades fuera del registro de la verdad objetiva, y en donde cualquier cosa es posible para el creyente en dichas actividades.
Moléculas
Como todo este asunto de los fósiles era tan endeble que no resistía, ni resiste, el menor examen crítico, los creyentes en la hipótesis del origen simiesco del hombre decidieron buscar nuevos horizontes hermenéuticos para poder demostrar la hipótesis. Y así apareció el argumento de las semejanzas moleculares.
Antes de proseguir, estimo conveniente hacer una aclaración categórica: todos estos argumentos, basados en semejanzas, para establecer parentescos, son sólo sofismas, pues parecido y parentesco son dos cosas perfectamente distintas. El hecho de que individuos emparentados tengan generalmente semejanzas, no autoriza, en manera alguna, a concluir que individuos (o especies) con semejanzas estén necesariamente emparentados.
Sostener lo contrario, esto es que la semejanza por sí misma constituye un prueba de parentesco, es una proposición que, estoy seguro, ningún biólogo aceptaría defender, ya que por el bien conocido fenómeno de la convergencia biológica, estructuras y funciones prácticamente idénticas pueden desarrollarse en individuos o especies genéticamente no relacionados. De manera que toda la argumentación basada en semejanzas, para probar parentescos, carece de fundamento científico.
Pero volvamos a las semejanzas moleculares. Hace ya varios años, algunos científicos, con un tono deliciosamente jubiloso, demostraron que existen algunas moléculas (proteínas y ácidos nucleicos) semejantes entre el hombre y el chimpancé. Con lo cual quedaba "demostrado" que el hombre era pariente cercano de este antropoide. Y el alborozo fue indescriptible. Pero duró poco. Y en breve se transformó en una verdadera catástrofe, entre otras cosas, porque los árboles genealógicos entre el mono y el hombre propuestos por los biólogos moleculares estaban en franca contradicción con los árboles genealógicos propuestos, en base a los fósiles, por los paleontólogos.
¡Santo cielo! Claro, los nuevos exégetas no se imaginaban ni remotamente en lo que se metían. Con ingenuidad propia de niños -al fin y al cabo, de ellos es el Reino- se abalanzaron, exultantes de regocijo, a buscar semejanzas moleculares para demostrar, esta vez sí, "científicamente", cómo había sido el tránsito del mono al hombre.
Cuando comenzaron a darse cuenta, ya era tarde. Porque lo que encontraron tiraba por el suelo todos los supuestos árboles genealógicos construidos pacientemente por los antropólogos, en años y años de esforzada e imaginativa labor. Una verdadera tragedia evolutiva.
Tantos años de coleccionar un huesito por aquí, otro más allá, algunos dientes acullá, para armar la "evidencia" de nuestro origen; tantos años de fabricar modelos en pasta (totalmente imaginarios) de nuestros "antepasados" (vestimenta, corte de cabello, color de piel y hábitos laborales y matrimoniales incluidos); tantos años de manipular los datos radiométricos, de hacer desaparecer los fósiles "heréticos", es decir que "no encajaban" en la hipótesis; tantos años de decirle a la gente, desde la cátedra eminente hasta el libro de divulgación, cómo y cuándo el mono se había transformado en hombre..., ahora resultaba ¡que había que cambiarlo todo! ¡No hay derecho!
Y no era para menos. Por empezar, según los antropólogos moleculares (Vincent Sarich y Allan Wilson, sobre todo) el mono y el hombre se habrían separado del “antecesor común” hace apenas unos cinco millones de años; mientras que los antropólogos fósiles (es decir los que se dedican al estudio de los restos fósiles, claro) habían demostrado hasta el hartazgo que la separación habría ocurrido hace unos veinte o treinta millones de años (!).
Le aclaro, lector, que esto de los millones de años son sólo especulaciones basadas en la hipótesis darwinista. No hay ninguna evidencia científica seria de que estos millones de años hayan realmente existido. Los menciono simplemente para mostrar las groseras incoherencias de esta hipótesis, a partir de los datos de sus propios adherentes.
Algunos, sobre todo entre los antropólogos fósiles, exclamaron: ¡herejía!, y comenzaron a blandir amenazadoramente sus huesos. Los moleculares, parapetados tras sus probetas, amenazaban con represalias a cargo de mutantes.
El problema es que, para saber qué cosa es herejía, es imprescindible conocer primero qué cosa es la ortodoxia. Vale decir, debe, necesariamente, existir una teoría sólidamente estructurado y una autoridad que la proclame. Pero si cada antropólogo se fabrica su propio árbol genealógico, según su propia imaginación, ¿en base a qué diantres va a censurar la imaginación de otro antropólogo? Si cualquier cosa es "ortodoxia", nada es herejía.
De todas maneras, los moleculares ganaron la primera batalla, y la mayoría de los antropólogos fósiles terminaron aceptando las cifras propuestas por Sarich. Como la hipótesis dawinista -por no ser científica- es tan plástica que permite "explicar" cualquier cosa, la sangre no llegó al río.
Pero dale que darás a las moléculas, los más insólitos hallazgos comenzaron a aparecer.
La hemoglobina (proteína de los glóbulos rojos de la sangre), por ejemplo, planteó, de entrada no más, un enigmático problema. Es cierto que está presente en el hombre y en los monos, lo cual provocó un júbilo rayano en el trance místico (parece que algunos llegaron a la "visión unitiva” con Darwin). El problema es que también está presente en todos los vertebrados. Aquí los aplausos comenzaron a ralear, y hasta hubo algunas voces que aconsejaron prudencia.
Pero no faltaron los imprudentes, ya sea por un exceso de fervor y falta de una adecuada dirección espiritual, o quizá por algún resto de espíritu científico que los impulsó a tratar de ser coherentes; no faltaron, digo, quienes prosiguieron las investigaciones y encontraron que la susodicha hemoglobina -exactamente la misma clase de molécula- aparecía en las lombrices de tierra, en las almejas, en algunos insectos e, incluso, en algunas bacterias (!).
¡Qué horror! Y no era para menos: la hemoglobina no aparecía en forma gradual y progresiva, perfeccionándose cada vez más a medida que ascendía en la escala zoológica -como sería de esperar si la hipótesis evolucionista fuera cierta- sino que aparecía ya perfecta en algunas bacterias, luego desaparecía y volvía a aparecer en las almejas, luego en las lombrices, etc., sin experimentar ningún cambio evolutivo.
No había absolutamente la más remota posibilidad de encajar estos hallazgos en ningún árbol genealógico que se pudiera imaginar. Y eso que la imaginación es la facultad más desarrollada en los científicos evolucionistas.
Prácticamente los mismos resultados se obtuvieron en base a los estudios realizados con la proteína citocromo C. No existen diferencias “evolutivas”, es esto, aumento de su complejidad, entre el citocromo C de las bacterias y el del resto de los seres vivientes (!).
Pero la cosa no terminó ahí. A un investigador se le ocurrió hacer lo mismo con otra molécula de proteína humana, fascinante, que se llama lisozima y que está presente en las lágrimas, para defender al ojo de las infecciones. ¡Pobre hombre!. Creo que sufrió una grave crisis de fe (darwinista), que sólo pudo superar gracias a prolongados ayunos, flagelaciones y cilicio.
Y con justa razón; pues de acuerdo a sus brillantes trabajos con la lisozima, este científico (Richard Dickerson) demostró que el pariente más cercano al hombre es... ¡la gallina!
Y así, todos los estudios efectuados sobre diversas moléculas (insulina, mioglobina, factor liberador de la hormona luteinizante, relaxina, etc.) produjeron árboles genealógícos totalmente diferentes y contradictorios.
¡No hay tan siquiera dos estudios efectuados en base a las moléculas que hayan producido árboles genealógicos semejantes!
Esto representa el colapso total de la hipótesis evolucionísta, dice valientemente el brillante biólogo molecular australiano -evolucionista él, aclaro- Michael Denton, en su estupendo libro Evolution: A Theory In Crisis.
Y la catástrofe sigue ampliándose. En base a los estudios efectuados sobre la composición química de la leche (un líquido tan complejo y fundamental como la sangre), el animal más cercano al hombre es el burro.
Esto ya me está gustando más, pues viendo lo que escriben muchos investigadores es este tema, me da la impresión, no sólo que venimos del burro, sino que hace muy poquito que nos separamos de él. Aunque pensándolo bien, creo que soy injusto con el burro, pues, si pudiera hablar, estoy seguro que no diría disparates de este calibre. Una cosa es la ignorancia y otra la insensatez.
Por otra parte, nuestro pariente más cercano, en base al estudio de los niveles de colesterol, sería una variedad de culebra (gartner snake) y, en base al antígeno A de la sangre, sería... ¡una variedad de frijol! (butterbean).
Todos estos resultados no hacen sino confirmar lo que expresé más arriba: la semejanza -ósea o molecular- no prueba absolutamente nada relativo al parentesco.
Al fin y al cabo, todos los seres vivos están constituidos básicamente por las mismas -o semejantes- moléculas, por la muy sencilla razón de que los mecanismos vitales así lo exigen; con la obvia salvedad de que no pueden ser exactamente las mismas moléculas las de un pez, por ejemplo -que vive en el agua-, que las de un ser que vive sobre la tierra.
Por ello es que el mundo de los seres vivientes no tiene nada que ver con los árboles genealógícos; esto es una pura fantasía, el mundo de los seres vivientes es un mosaico en el cual elementos semejantes (moléculas, estructuras, funciones, etc.) se entremezclan para formar los distintos géneros o especies, sin que esto signifique que deriven unos de otros.
A la manera de un cuadro, en el que el artista no necesita utilizar un color diferente para cada figura, sino que, variando las proporciones y las formas, puede, con relativos pocos colores, representar muchas figuras.
Así, en el mundo de los seres vivos, las moléculas (estructuras, funciones) se disponen en un patrón mosaico o modular y no en un patrón arbóreo.
El modelo mosaico se limita a manifestar que los elementos materiales se repiten en muchos seres vivos, sin intentar establecer supuestos parentescos descabellados. El modelo árbol genealógico pretende establecer parentescos, en base a determinadas semejanzas, y termina fatalmente en el absurdo. El patrón mosaico es ciencia; los árboles genealógicos son fantasías.
Por ello es que en la naturaleza pueden darse multitud de seres vivientes con relativamente pocos elementos materiales. Pero por la proporción y la forma en que están dispuestos, originan seres esencialmente distintos, a pesar de las semejanzas.
Por eso -repito- es que la semejanza no prueba el parentesco.
Comportamientos
Pero los autores evolucionistas, que parecen no entender este planteamiento, insisten con las semejanzas. Y puestos a buscarlas, algunos antropólogos se lanzaron a comparar patrones de comportamiento (que es, sin duda, tan "válido" como comparar huesos o moléculas).
El asunto tiene sus antecedentes allá por la década de 1920, cuando un biólogo (Crookshank, darwinista por cierto) sugirió que los negros (no los nuestros, sino los de Africa) descendían del gorila porque se sientan en el suelo de la misma manera que lo hace este antropoide. ¿Qué tal el razonamiento, lector? Los mongoles, en cambio -y por la misma razón- descenderían del orangután.
De más está decir que este argumento ya no es aceptado por los antropólogos; entre otras razones, porque los negros y los mongoles ahora tienen sillas para sentarse.
Pero no se crea, lector, que estas especulaciones pertenecen a la "prehistoria" de la antropología. En realidad, y digan lo que digan, la época de oro del darwinismo fueron aquellos dichosos años; no sólo porque no se tenía la menor idea de genética, biología molecular y todos estos malditos adelantos científicos que han ido, poco a poco, ahogando el vuelo imaginativo de los investigadores darwinistas, sino también porque en aquella época los darwinistas eran sinceros y tenían agallas para decir lo que pensaban, le cuadrase a quien le cuadrase.
Así, el biólogo Klaatch decía que los negros descendían del gorila, los mongoles del orangután (coincidiendo en esto con Crookshank) y los caucásicos del chimpancé; como ve, lector, nada de “antecesor común".
Es más, ioh hermosas épocas en que se exhibían -según el orden evolutivo- el cráneo de un gorila, luego el del Hombre de Neanderthal (que por esa época era considerado poco más que un mono erguido), luego el de un negro, luego el de un irlandés (!) y luego, de más está decirlo,... el de un inglés. La evolución llegaba así a la perfección...
Parece que todos los seres de los pueblos sometidos al dominio colonial británico eran subhombres, comentaba con su habitual ironía el ya desaparecido antropólogo americano Loren Eiseley.
David Pilbeam, actual profesor de la Universidad de Harvard, cree ver en la conducta de los chimpancés suficientes semejanzas con la del hombre, como para sugerir que estos primates son los seres más estrechamente relacionados con nosotros. Jeffrey Schwartz, profesor de la Universidad de Pittsburg, ve esas ventajas, en cambio, en el orangután.
Mientras tanto, un oscuro personaje de la ciudad de Córdoba, Argentina, (si bien nada más que un diletante, y bastante desequilibrado, por cierto) cree ver notables semejanzas en el comportamiento de muchos seres humanos con ciertas especies de reptiles; las serpientes, sobre todo.
El Lenguaje
Relacionado con esto de la conducta, hay otra línea de investigación que, si bien no goza de muchos partidarios, hace algunos años suscitó gran entusiasmo entre los investigadores en este tema. Me refiero al problema del lenguaje, esa capacidad maravillosa, única, exclusiva del ser humano, de expresar su pensamiento en forma articulada y simbólica, que marca una distancia abismal entre él y los animales.
Los pensadores (científicos y no científicos) de todas las épocas sensatas entendieron que había aquí un misterio inabordable, un prodigio sin precedentes, y se limitaron a aceptar el hecho que confirmaba, una vez más, que el hombre es un ser único en la naturaleza.
Pero apareció la hipótesis dawinista, que transformó el mundo científico en la ciudadela de la estupidez y la ceguera (si hemos de tomar en serio lo que decía Bernard Shaw), y pronto no faltaron los investigadores que, coherentes con la hipótesis, se dijeron: si descendemos de los monos y somos capaces de hablar, entonces los monos también deben tener esta capacidad, al menos en potencia. Luego, si nos tomamos el trabajo de enseñarles, ellos también serán capaces de hablar.
Y dicho y hecho. Se realizaron experimentos: Lana (una chimpancé), Washoe (un chimpancé), Koko (un gorila) y Sarah (chimpancé).
El más famoso fue el realizado por el matrimonio Lachman con Lana. Durante varios años, estos investigadores se encerraron diariamente en la jaula con Lana, tratando, con abnegado y fervoroso ahínco, de enseñarle las "primeras letras".
Desconozco francamente si estos científicos aprendieron a gruñir correctamente; es cierto que, día a día, aumentaba su repertorio de gruñidos, pero ¿cómo podríamos saber si estos gruñidos, según los monos, eran correctos? Lo que sí se sabe es que Lana, a pesar de los esfuerzos, no logró articular ni una sola palabra. ¡Qué digo palabra!, ni siquiera alguna forma de comunicación simbólica que fuese más allá de una simple respuesta condicionada, tales como las que se pueden lograr en pájaros, ratas o gusanos, como sentenció categóricamente J.B. Skinner, el “capo" en estos temas.
Ahora digo yo, ¿por qué estos investigadores, en vez de tratar tan esforzado como estérilmente de enseñarle a hablar a un mono, no emprendieron la muchísima más fácil e inmensamente más fructífera tarea de enseñarle a hablar al único animal que sí es capaz de hacerlo? (¡y en varios idiomas!). Sí, lector, ¿por qué no eligieron al loro? He aquí otro rotundo ejemplo del patrón mosaico o modular de que hablábamos. Un animal que, incluso en los imaginarios árboles genealógicos evolucionistas, no tiene nada que ver con el hombre, comparte con él esta singularisima capacidad de emitir sonidos articulados.
¿Por qué no eligieron el loro? Muy sencillo: porque el loro, de acuerdo a la hipótesis danvinista, no es ni remotamente antepasado del hombre. Aunque algunos chuscos sostienen que, sí bien el loro no es antepasado del hombre, sí lo sería de la mujer. Pero esto no tiene suficiente respaldo científico.
Siguen las Semejanzas...
Esto nos demuestra, una vez más, que las semejanzas entre el mono y el hombre, en las que tanto se insiste, son semejanzas seleccionadas de acuerdo a la hipótesis evolucionísta. Las semejanzas que no encajan en la hipótesis, se silencian.
De este modo, como acabamos de ver, en la capacidad de emitir sonidos articulados, característica altísimamente peculiar del hombre, somos semejantes al loro. En cuanto a la forma, tamaño relativo y posición de los órganos internos (las vísceras), el animal más parecido al hombre no es ciertamente el mono, sino el cerdo (en otros aspectos también ... ). De acuerdo a la estructura del pie, el animal más parecido al hombre es el oso polar. De acuerdo al tamaño y forma del cerebro (no sólo más grande, sino con un grado de cefalización -esto es, franco predominio del lóbulo frontal, asiento de las actividades psíquicas superiores- muchísimo más avanzado que los simios), el animal más parecido al hombre es el delfín. En nuestros hábitos alimenticios (omnívoros), somos mucho más semejantes, nuevamente, al cerdo y a la rata (sin suspicacias, por favor) que a los monos, la mayoría de los cuales son frugívoros. Y seguiría una larga lista de etcétera. Todo lo cual no hace sino corroborar lo que vengo diciendo: semejanza no prueba parentesco.
Pero hay aún más. Los científicos que insisten con el tema del parentesco entre el mono y el hombre -basado en las semejanzas, y que no prueban absolutamente nada, como vimos- equiparan, debido a su fe darwinista, pariente con antepasado. Pero esto, insisto, en razón de la fe darwinista, que nos revela que venimos del mono.
Pero incluso aceptando, a los fines del argumento, que somos parientes del mono, ¿no podrían los monos ser nuestros descendientes?
Si esto le suena a disparate, lector, le aclaro que comparto su postura; pero créame que es mucho menos disparatado que lo contrario. De hecho, el feto de mono y el mono recién nacido tienen muchas más semejanzas al feto y al recién nacido humano que a los monos adultos. Es decir, los rasgos típicos del mono se van acentuando con el tiempo. Desde luego que esto tampoco prueba nada; pero si le damos importancia al argumento del parecido, seamos por lo menos coherentes y apliquémoslo siempre, y no únicamente cuando favorece la hipótesis que queremos demostrar.
No le quepa la menor duda, lector, de que, si el feto o recién nacido humano tuvieran rasgos simiescos, esto sería proclamado clamorosamente como una demostración "contundente" de nuestro origen a partir del mono.
Que el mono sea nuestro descendiente es, como dije, un disparate; pero muchísimo menor que sostener que es nuestro antecesor. Por la sencilla razón de que es infinitamente más lógico y científico hacer descender lo inferior de lo superior y no a la inversa.
De hecho, ha habido y hay destacados antropólogos y primatólogos (Otto Schindewolf, Van der Horst, Westenhüfer, de Snoo, Wood jones, Geoffrey Bourne, y varios más) que aproximadamente sostienen esa postura; esto es, que el "antecesor común” habría sido un ser mucho más parecido al hombre que al mono y que de él habrían derivado, más o menos horizontalmente, el hombre y, por degeneración, los monos actuales. Es decir que la "evolución” produciría "involución".
Por cierto que estos antropólogos no tienen la más remota idea respecto del origen de ese supuesto "antecesor común" -casi idéntico al hombre-; pero en este sentido, ¿están en mejor posición los antropólogos darwinistas?, ¿tienen ellos, acaso, la más remota noción de dónde se originó el mono ancestral? En absoluto, no.
Aunque las especulaciones abundan, lo cierto es que ¡nadie tiene la más pálida idea de dónde se originaron los monos! Lo cual llama ciertamente la atención; pues, ¿cómo puede ser que todos los buscadores de fósiles que viven encontrando restos de monos, supuestamente antecesores del hombre, ¡nunca encuentren antecesores del mono!? ¿Es que éste se originó por generación espontánea?, ¿o vino de otro planeta? ¿Cómo puede ser que todo resto de mono encontrado sea antepasado del hombre? ¿Es que el mono no tiene antepasados?
No, lector. No los tiene; lo mismo que el hombre. Cuando aparecen los monos, son eso, perfectos monos. Cuando aparece el hombre, es hombre como nosotros. Esto es lo que muestra el estudio serio y sin prejuicios de los restos fósiles: aparición súbita y con plena perfección del hombre, del mono y de todas las especies animales y vegetales.
Le aclaro, lector, que el consenso es unánime en este sentido. Ningún paleontólogo serio en el mundo puede mostrar un solo ejemplo de "eslabón intermedio” de los cientos o miles que harían falta para dar forma a los imaginarios árboles genealógicos evolucionistas. A lo sumo se limitan a expresar su convicción (darwinista) de que serán encontrados en el futuro (lo mismo que Darwin decía hace más de un siglo). Es cuestión de seguir cavando...
La selección natural
Pero analicemos ahora algo sumamente importante en relación a este tema: el mecanismo que explicaría la transición del mono al hombre. Porque si no hay un mecanismo que explique más o menos racionalmente esta transición, adiós hipótesis darwinista (Darwin dixit).
Pues bien, hay expresiones que adquieren un poder de sugestión tan grande que anulan la razón y posibilitan la captación mística de la realidad, los "mantras” de los budistas, por ejemplo. La fe darwinista tiene, naturalmente, sus "matintras', y quizá el más importante de ellos sea la famosa y todopoderosa "Selección Natural”.
Esta "explica" no sólo la transición del mono al hombre (esto es sólo una pequeña tontería), sino también el origen de todas las especies animales y vegetales de nuestro planeta. Sí, señor. Pero con una condición: que usted no pregunte qué es. Vale decir, cuál sea su naturaleza. La Selección Natural explica todo, a condición de que no se intente definirla racionalmente. En cuestiones de fe, nunca hay que racionalizar el misterio.
Si usted, como recalcitrante hombre de poca fe darwinista, intenta buscar una definición más o menos coherente de qué es la Selección Natural, no la va a encontrar. Lo que encontrará son una veintena de balbuceos incoherentes al respecto. Cada científico la "define" como quiere. En realidad, casi nunca la definen; se limitan simplemente a invocarla.
Cuando intentan dar una definición, hablan -más o menos "ex cathedra"- de reproducción diferencial, esto es, algunos individuos (los más “aptos") tienen mayor descendencia, y éstos son los favorecidos por la Selección Natural; mientras que otros (los menos "aptos") tienen menor descendencia y son eliminados.
El problema es que -al no existir un criterio de aptitud- lo arriba expresado se convierte, automáticamente, en una tautología; es decir, un razonamiento circular que no explica ni define nada, y confunde todo.
Para decirlo de otra forma: los individuos más “aptos" tienen mayor descendencia. Y ¿por qué tienen mayor descendencia? Porque son más "aptos"... La tautología es obvia. Tan obvia que hasta algunos darwinistas (Waddington, por ejemplo) se han dado cuenta. ¡Cómo será!
Y la razón de porqué la Selección Natural darwinista no se puede definir con un mínimo de rigor (ni definir, ni observar, ni determinar la intensidad de su acción, ni predecir sus efectos) es que ella, en realidad, no existe. Se trata sólo de una metáfora para decir que algunos individuos viven más que otros (¡vaya con la novedad!) y, supuestamente, tienen mayor descendencia.
¿Cómo? ¿Que la Selección Natural es una metáfora? Pero ¿quién se atreve a proferir semejante barbaridad? ¡Pues el propio Darwin!, en El origen de las Especies, capítulo cuarto. Y allí mismo agrega lo siguiente: "en el sentido literal de la palabra, la Selección Natural es un término falso”.
Como se ve, Darwin no era tan "darwinista” como sus seguidores. Lo que pasa es que los darwinistas creen en Darwin, pero no lo leen. Y esto no constituye de ninguna manera una excepción, mi querido lector. Esto es una constante del ser humano. ¿Cuántos marxistas leen a Marx? ¿Cuántos liberales a Rousseau? ¿Cuántos cristianos la Biblia?
Son los científicos antidarwinistas los que leen atentamente a Darwin. Los darwinistas, simplemente creen en él.
Pero aun tomando la expresión Selección Natural en sentido metafórico, como una "cosa" (que en realidad no existe) que explicaría "la supervivencia de los más aptos", fíjese, lector, que el resultado es exactamente lo contrario de lo que suponen los evolucionistas. Porque de ser así, la Selección Natural favorecería, por ejemplo, la supervivencia de los "mejores" monos; esto es, haría que los monos fuesen cada día más monos, pero no ¡menos monos y más hombres! Esto es un disparate.
Lo que creo que sucede en relación a este punto, es que en muchos investigadores subyace, quizá en forma inconsciente, la íntima convicción -producto de antiguas creencias- de que el hombre es un ser superior al mono; es decir, más "evolucionado", más "perfecto". Pero desde el punto de vista meramente biológico, esto no es cierto. ¡Para nada!
El mono no es un primate imperfecto, que llegará a la perfección cuando "evolucione" hasta hombre. De ninguna manera; el mono, en cuanto mono, es perfecto. Todos los seres vivientes son perfectos en su plano. Más aún, desde el punto de vista estrictamente biológico y, más precisamente, desde el punto de vista darwinista, el mono es francamente superior al hombre (las ratas mucho más aún). La demostración es muy simple, lector: abandonemos un hombre y un mono en medio de la selva y veamos quién tiene mayor capacidad de supervivencia. La leyenda de Tarzán, aunque divertida, es puro cuento. Exactamente igual que la hipótesis darwinista de la que es hija.
El hombre no puede trepar a los árboles como el mono, no puede defenderse del sol ni del frío sin ropas, ni de las inclemencias del tiempo sin techo; necesita cocinar sus alimentos, etc., etc. Por cierto que el hombre es infinitamente "superior" al mono por su inteligencia; pero ésta no pertenece, en sentido estricto, a la biología. Lo que pertenece a esta ciencia es el cerebro, pero no la inteligencia, que se expresa a través del cerebro, pero no se identifica con él, como lo han señalado ya Bergson, W. Penfield, R. Sperry, C.D. Broad y Sir John Eccles, entre otros.
Incluso, esto de la inteligencia es muy, pero muy relativo, lector; pues cuando ella supera el nivel mínimo de astucia indispensable para reventar impunemente al prójimo, se transforma, decididamente, en un factor antisupervivencia. ¿Quién sobrevive mejor, un estafador o un pensador, un prestamista o un artista, un atorrante a un laborante, especialmente en el "primer mundo”?
Y esto, hablando de los humanos. ¡Qué no pasaría en el mundo animal! Imaginemos por un instante que, gracias a algún milagro dawinista, un pobre mono comenzara a desarrollar ciertas características humanas; que comenzara, por ejemplo, a emocionarse ante una puesta de sol; a estremecerse -como Pascal- contemplando las estrellas; a escribirle poemas a la mona dueña de su corazón (y que seguramente le habrá dado calabazas); a interrogarse sobre su origen y su destino... El mono que tuviera la singular desgracia de desarrollar cualquiera de estas características, sería inexorablemente aniquilado por la Selección Natural.
Tiene muchas más probabilidades de sobrevivir -de hacer buen dinero- un hombre haciéndose el mono, que un mono haciéndose el hombre..., como vemos todos los días, helas, en este gran circo en que estamos inmersos.
La Selección Natural, aun usada en sentido metafórico, haría que los seres vivientes se mantuvieran siempre fieles al tipo, eliminando a los que se desvíen de él. Este sería el sentido correcto de la expresión Selección Natural; expresión que, por cierto, no fue creada por Darwin -como muchos creen, y como él mismo se encargó de hacer creer-, sino, veinticuatro años más tarde por el naturalista inglés Edward Blyth, quien la usaba en el sentido que señalé más arriba.
Para el lector interesado en ver cómo Darwin ocultó deliberadamente cualquier mención de E. Blyth, después de apoderarse de su concepto y de cambiarle su sentido, me permito recomendarle el fascinante libro del ya desaparecido y famoso antropólogo americano Loren Eiseley: Darwin And The Mysterious Mr. X.
La llamada Selección Natural es una metáfora que indica la acción (imprecisa, aleatoria, imposible de determinar y cuantificar) de un conjunto de factores en la naturaleza, que hace que los seres vivientes permanezcan siempre fieles al tipo: los peces, peces; los anfibios, anfibios; los reptiles, reptiles; los monos, monos, y los hombres, hombres. Respecto de los hombres, la Selección Natural pareciera no estar muy activa últimamente...
Me apresuro a aclarar que este efecto de la Selección Natural (estabilizador o conservador del tipo) ya ha sido reconocido -aunque a regañadientes- por varios científicos darwinistas (Simpson, Maynard Smith, C. Willams, R. Lewontin y R. Leakey, entre otros). Usada en sentido contrario, esto es, como "algo" capaz de transformar una especie en otra, es un concepto absolutamente erróneo.
Y esto es así, lector, porque las características de todo ser viviente están rigurosamente programadas -hasta el último detalle- a nivel del código genético; esto es, en el conjunto de la información hereditaria que se transmite de los progenitores a su descendencia y que hace que cada ser viviente sólo pueda engendrar -en forma inexorable- otro ser viviente de su misma especie, y absolutamente ninguna otra cosa.
Para que un ser viviente pudiera engendrar otro ser viviente esencialmente distinto, habría que cambiar totalmente su código genético (!). Y la selección Natural jamás puede hacer esto; por la sencilla razón de que ella "actúa" (metafóricamente, se entiende) sobre el organismo ya formado y no sobre sus genes; o, como dicen los biólogos, ella actúa sobre el fenotipo y no sobre el genotipo.
Las mutaciones
Pero, ¿y las mutaciones?, se preguntará algún lector- ¿No Pueden las mutaciones cambiar el código genético?
¡Ah!, las mutaciones... Este es otro de los sagrados "mantras" del darwinismo (en realidad del neodarwinismo). Este "mantra", junto con la Selección Natural, explica también el origen de todos los seres vivientes; pero con la misma condición: la de no analizarlo científicamente.
Desde el punto de vista científico, las mutaciones son alteraciones al azar en la composición química de los genes, esto es, en la complejísima molécula del ácido desoxirribonucleico (ADN), donde está codificada la información hereditaria.
Ahora bien, en una estructura altamente compleja, un cambio al azar tiende inevitablemente a deterioraría. Para mejorarla, tendría que ser capaz de aumentar ese orden; y el azar -por definición- no puede ni mejorar ni crear orden. Sólo una inteligencia puede hacer esto.
Por eso es que el 99% de los cientos de miles de mutaciones estudiadas han sido dañinas, perjudiciales, deteriorativas o letales. En el mejor de los casos, han sido neutras, o porque el gen "alelo”, es decir, el que viene del otro progenitor, suple la función del gen dañado por la mutación, o porque el cambio ha sido insignificante y no ha afectado la vitalidad del organismo.
Las supuestas mutaciones "favorables" de que hablan algunos científicos, no son casi nunca verdaderas mutaciones; son solamente una manifestación de la vitalidad genética que tiene todo organismo, que hace que, en determinadas circunstancias, se expresen genes que ya estaban presentes -aunque reprimidos- porque su funcionamiento no era necesario.
Pero aun en el caso de que existieran mutaciones favorables, con eso no hacemos absolutamente nada. Pues la hipótesis evolucionista necesita, imprescindiblemente, no mutaciones favorables, sino ¡transmutaciones!, es decir, mutaciones creativas, capaces de producir novedades biológicas (ojos, plumas, sangre caliente, etc.), que expliquen la aparición de las distintas especies biológicas, desde la ameba al hombre. Y esto sí que es pura fantasía; y fantasía disparatada, irracional y anticientífica.
La imposibilidad de que las mutaciones (actuando al azar) puedan producir tan siquiera un órgano nuevo, se deriva fundamentalmente de su carácter perjudicial y de su escasa frecuencia. Además, para poder transmitiese a la descendencia, tienen que afectar a las células germinales y ser dominantes, es decir, prevalecer sobre el gen alelo, para tener algún efecto. Todo esto disminuye aún más su frecuencia.
Pero hay otro problema; para que apareciera un órgano nuevo, las mutaciones "creativas” (que son, como hemos visto, puramente imaginarias; las que la ciencia conoce son todas deteriorativas o a lo sumo neutras) tendrían que encadenarse e integrarse en un mismo segmento del cromosoma para poder sumarse y dar origen, así, a un organo nuevo, que no se produciría por la acción de una mutación, sino de miles de ellas.
Para producir un ojo, por ejemplo, todas las mutaciones tendrían que afectar el conjunto de genes que rigen esta función. Ahora bien, esto plantea una imposibilidad estadística absoluta, que ha sido exhaustivamente analizada por autores de la talla de E. Borel, C. Guye, Lecomte du Nüuy, G. Salet y otros.
Hasta aquí hemos desarrollado el argumento de las mutaciones siguiendo el esquema de la hipótesis evolucionista, para demostrar que, aun así, es totalmente imposible que las mismas puedan crear novedades biológicas y transformar así las especies.
Pero la cuestión es muchísimo más grave, aún. Y aquí hay que abandonar el dogma darwinista y pasar a la realidad; es decir, abandonar el terreno de la fantasía y pasar al de la ciencia.
Porque la pseudociencia darwinista no tiene lugar en sus esquemas para el concepto de organismo, es decir, un conjunto de estructuras integradas que funcionan como un todo. Heredera, al fin y al cabo, del mecanicismo cartesiano, la hipótesis evolucionista piensa en términos de partes. Y así los darwinistas creen posible que un organismo se puede ir modificando por partes que, al sumarse, producirían su transformación en otro organismo. Pero esto es puro desatino. Ignora la gran ley biológica del “todo o nada”.
¿De qué le serviría a un mono, por ejemplo, desarrollar piernas de hombre, sin desarrollar simultáneamente pelvis de hombre? ¿De qué le serviría una pelvis de hombre, sin columna vertebral de hombre? ¿Cómo puede haber mano de hombre, con brazo, antebrazo y hombro de mono? ¿Cómo puede haber columna vertebral de hombre, sin cráneo de hombre, y viceversa?
Todas estas estructuras, o aparecen simultáneamente y en estado de plena perfección, o no sirven para nada; por el contrario, son un estorbo para la supervivencia. Esto se aplica, por cierto, a todos los organismos vivientes.
Y para que esto suceda, tiene que cambiar todo el código genético, en forma simultánea y sin un solo error. Para ello debería ocurrir una mutación gigantesca, un reordenamiento radical de todo el código genético, dirigido y especificado hasta en los más mínimos detalles, para producir un ser 'viviente capaz de funcionar, esto es, de vivir. Lo cual constituye un milagro más grande que resucitar un muerto.
Esto, que ya había sido planteado en la década de los 30 por el insigne biólogo y paleontólogo alemán Otto Schindewolf, encontró su más acabado expositor en Richard Goldschmidt, uno de los tres o cuatro genetistas más eminentes del siglo.
Allá por la década del 40, R. Goldschmidt, ferviente evolucionista él, después de haber dedicado prácticamente toda su vida al estudio de las mutaciones, a pesar de creer en la transformación de una especie en otra, concluye diciendo que es absolutamente imposible explicarla mediante el mecanismo de las mutaciones.
Publicó un libro (The Material Basis of Evolution) y un artículo (American Scie., 40:97, 1952) de un rigor científico ejemplar, donde demuestra en forma abrumadora el carácter totalmente anticientífico de todo este macaneo respecto de las mutaciones.
Nadie, absolutamente nadie, ha sido capaz de refutar las conclusiones de Goldschmidt en este sentido.
La comunidad científica, como generalmente sucede, no hizo el menor caso de las conclusiones de este investigador. Siguieron -y siguen- lo más campantes, hablando tonterías sobre las mutaciones, sin tomarse siquiera el trabajo de analizar sus escritos, ni los de muchos otros autores que sostienen lo mismo.
Conclusión
Como ve, lector, en este sucinto análisis del tema, sólo he tratado de esbozar los problemas que plantea la transformación de un mono en un hombre, desde el punto de vista meramente biológico.
No he mencionado -salvo de paso- el problema capital de la inteligencia del hombre, que marca una diferencia con el mono no de grado, como sostienen los darwinistas, sino de naturaleza, ya que este problema no puede ni siquiera plantearse en este contexto.
Pretender explicar la inteligencia humana a partir de mutaciones al azar actuando sobre el cerebro de un mono es, simplemente, no saber de qué se está hablando. 0, por el contrario, saberlo demasiado bien...
En suma: algunos monos tienen incisivos y caninos parecidos a los nuestros; otros caminan en forma aproximadamente erecta. Algunas moléculas de los monos son similares a las nuestras (¿y de qué pretenden los evolucionistas que estuviésemos hechos?, ¿de plástico, acaso?).
La Selección Natural, cualquier cosa que eso sea, significa que sobreviven los individuos más fieles al tipo (lo cual conserva la especie, no la transforma). Y las mutaciones son absolutamente incapaces de explicar tan siquiera la aparición de un órgano nuevo (novedad biológica).
¿Dónde está la supuesta evidencia científica de que el hombre se originó del mono? En ninguna parte, por cierto. Es sólo un dogma de fe; de fe darwinista...
Y ya sabemos que frente a la certeza de la fe, ningún argumento racional es efectivo.
Fuente: Monfort Associação Cultural.
Visto en elcruzamante.
jueves, 24 de septiembre de 2009
LAS GRANDES MENTIRAS DE LA HISTORIA "EL EVOLUCIONISMO"
"El hombre desciende del mono por una evolución lenta y progresiva que abarca varios millones de años. El origen de la vida se desconoce, pero es el fruto del azar, a través del encuentro fortuito de algunas moléculas aisladas en el "tinglado" primitivo.Esto es lo que todos los libros de biología enseñan a vuestros hijos: tal afirmación tropieza no solamente con la Fe católica, sino también con la ley natural, la verdadera ciencia y el normal sentido común. Pero el hombre moderno, al perder su Fe, ha perdido el sentido común, y por eso acepta sin inmutarse tales enseñanzas.
La revolución, más preocupada en destruir que en construir, enseña a nuestros hijos que la Biblia se ha equivocado, que Dios no tiene nada que ver con la historia de la Creación del mundo. Por eso, la revolución construye el siguiente silogismo:
-Vuestros padres y la Iglesia Católica os han dicho que Dios había creado al hombre del barro de la tierra.
-Vuestros padres y la Iglesia Católica os han dicho que Dios había creado al hombre del barro de la tierra.
-Ahora bien,la ciencia demuestra lo contrario: el hombre desciende del mono.
-Por consiguiente, vuestros padres y la Iglesia Católica os han mentido.
-Por consiguiente, vuestros padres y la Iglesia Católica os han mentido.
Si os han mentido en este tema, han debido hacerlo respecto a otros, no podemos estar seguros de nada: no hay ni Dios, ni Verdad. Todo cambia y todo evoluciona.
La enseñanza de la Iglesia católica es muy clara: el Espíritu Santo nos dice en el libro del Génesis: "Y Dios creó al hombre a su imagen: los creó macho y hembra". "Dios formó al hombre del polvo de la tierra y exhaló en su nariz un aliento de vida y el hombre llegó a ser un ser vivo."
El hombre moderno, lleno de orgullo, afirma que no puede someterse a esta verdad. ¡A mí me parece más noble descender de Dios que descender del mono!
Quiérase o no, la vida proviene de Dios y sólo Él puede crearla. Los decididos sabios americanos que habían creado artificialmente, hace unos decenios, un grano de trigo, todavía aguardan a que germine.
Quiérase o no, la vida proviene de Dios y sólo Él puede crearla. Los decididos sabios americanos que habían creado artificialmente, hace unos decenios, un grano de trigo, todavía aguardan a que germine.
¿Qué es el evolucionismo?. - Es la doctrina por la cual las especies se transformarían unas en otras: así de la materia inerte habría salido la primera célula, a continuación de ésta los seres pluricelulares invertebrados y seguidamente de éstos el pez, el reptil, el mamifero, el mono y ¡por fin el hombre!
Resumámoslo en esta célebre fórmula de Darwin: Evolucionismo= cambio + selección natural+ largos períodos.
Pero esta fórmula capciosa esconde toda una serie de flagrantes mentiras:
1ª mentira: "el evolucionismo". Efectivamente se observa una evolución pero ésta es o indiferente o regresiva y nunca progresiva. De un mono inteligente tal vez puede salir un mono menos inteligente, pero nunca un hombre.
2ª mentira: "los cambios". La mayoría de los cambios genéticos o cromosomáticos son insignificantes o dañinos. No puede existir evolución progresiva sin aparición de genes nuevos y funcionales, mientras que la sexualidad no aporta ningún gen nuevo y solamente puede provocar un cambio de posición, una repetición o duplicación de algunos nucleótidos o genes.
El A:D:N. (Acido Desoxirribonucleico) no puede enriquecerse con genes desconocidos. Hay mutaciones que pueden provocar tal vez la desaparición de un órgano pero nunca la aparición de uno nuevo.
2ª mentira: "los cambios". La mayoría de los cambios genéticos o cromosomáticos son insignificantes o dañinos. No puede existir evolución progresiva sin aparición de genes nuevos y funcionales, mientras que la sexualidad no aporta ningún gen nuevo y solamente puede provocar un cambio de posición, una repetición o duplicación de algunos nucleótidos o genes.
El A:D:N. (Acido Desoxirribonucleico) no puede enriquecerse con genes desconocidos. Hay mutaciones que pueden provocar tal vez la desaparición de un órgano pero nunca la aparición de uno nuevo.
Dicho con sencillez; esto quiere decir que se puede ir de más a menos pero nunca de menos a más. ¡ciertos cambios genéticos podrán conseguir que haya vacas sin cuernos `pero no podrán hacer creer cuernos a ciertas especies que nunca los han tenido!
3ª mentira: "los largos períodos". Se pueden aplicar a los cambios, fruto del azar, las leyes matemáticas del cálculo de las probabilidades. Cualquier científico o matemático honrado os dirá que sería necesario multiplicar por 10 seguido de millares de ceros el tiempo de los períodos geológicos para que el mecanismo "cambios + selección natural" pueda originar el órgano más insignificante.
4ª mentira: "los cambios entrañan la evolución". Existe una absoluta incompatibilidad entre la evolución progresiva y el carácter aleatorio de los cambios o mutaciones.
5ª mentira: "la selección natural". La selección natural de ninguna manera puede originar la aparición de un nuevo órgano.
6ª mentira: "el árbol genealógico es único y todas las especies descienden unas de otras". Esto es imposible: los evolucionistas han tenido buen cuidado en no contar más que los casos favorables y encubrir celosamente los desfavorables. Han hecho de la tesis del árbol genealógico una ley absoluta a la que deben someterse el resto de los hechos. De la misma manera olvidan que la paleontología no descubre las partes blandas de los organismos.
7ª mentira: "todo se ha hecho poco a poco". No es cierto. La Naturaleza sigue la lay del todo o nada. Así pues, no se puede decir que un ojo sin retina funcione peor que un ojo con retina, ya que un ojo sin la retina no funciona en absoluto, de la misma manera que un coche sin carburador no funcionará nunca. Si todo se ha hecho poco a poco, ¿dónde se encuentran las especies intermedias entre el mono y el hombre, ya que siempre hay sobre la tierra no sólo hombres (que no son monos) sino también monos (que no son hombres).
8ª mentira: "las osamentas que se han hallado prueban la verdad de las tesis evolucionistas". Falso, pues en numerosos terrenos se han encontrado al mismo tiempo esqueletos antiguos y modernos; así Dubois, el famoso descubridor del "Hombre de Java" (el Pitecántropo), ha confesado después de varios años que había encontrado osamentas de fecha moderna junto a aquéllas del hombre de Java.
3ª mentira: "los largos períodos". Se pueden aplicar a los cambios, fruto del azar, las leyes matemáticas del cálculo de las probabilidades. Cualquier científico o matemático honrado os dirá que sería necesario multiplicar por 10 seguido de millares de ceros el tiempo de los períodos geológicos para que el mecanismo "cambios + selección natural" pueda originar el órgano más insignificante.
4ª mentira: "los cambios entrañan la evolución". Existe una absoluta incompatibilidad entre la evolución progresiva y el carácter aleatorio de los cambios o mutaciones.
5ª mentira: "la selección natural". La selección natural de ninguna manera puede originar la aparición de un nuevo órgano.
6ª mentira: "el árbol genealógico es único y todas las especies descienden unas de otras". Esto es imposible: los evolucionistas han tenido buen cuidado en no contar más que los casos favorables y encubrir celosamente los desfavorables. Han hecho de la tesis del árbol genealógico una ley absoluta a la que deben someterse el resto de los hechos. De la misma manera olvidan que la paleontología no descubre las partes blandas de los organismos.
7ª mentira: "todo se ha hecho poco a poco". No es cierto. La Naturaleza sigue la lay del todo o nada. Así pues, no se puede decir que un ojo sin retina funcione peor que un ojo con retina, ya que un ojo sin la retina no funciona en absoluto, de la misma manera que un coche sin carburador no funcionará nunca. Si todo se ha hecho poco a poco, ¿dónde se encuentran las especies intermedias entre el mono y el hombre, ya que siempre hay sobre la tierra no sólo hombres (que no son monos) sino también monos (que no son hombres).
8ª mentira: "las osamentas que se han hallado prueban la verdad de las tesis evolucionistas". Falso, pues en numerosos terrenos se han encontrado al mismo tiempo esqueletos antiguos y modernos; así Dubois, el famoso descubridor del "Hombre de Java" (el Pitecántropo), ha confesado después de varios años que había encontrado osamentas de fecha moderna junto a aquéllas del hombre de Java.
Puesto que la mayor parte de los esqueletos son reconstituidos artificialemtne a partir de un trocito de hueso, a menudo hay errores o falsas alarmas: y así el famoso diente de Hesperopiteco era solamente el diente de un jabalí; el hombre de Pildow, del que se afirmaba que tenía una antiguedad de 500.000 años, era un cráneo de un hombre actual unido a una quijada de mono, todo ello tratado con bricromato de potasio y sulfato de hierro y con los dientes limados para hacer ver su antigüedad.
9ª mentira: "Ya no faltan eslavones en la larga cadena que va del mono al hombre". Falso. ¡Entre el último Ramapiteco y el primer Australopiteco, hay un vacio de 10.000.000 de años, desprovisto de fósiles! Además esta famosa cadena es un engaño: ¿por qué los hombres-monos han desaparecido mientras que existen siempre hombres, monos y chimpancés? Semejanza no quiere decir descendencia.
10ª mentira: "el azar puede dar lugar a todo".Falso. Más que un factor de orden, el azar es un factor de desorden. Hacen falta 27.000 pares de nucleótidos para poder formar el pigmento de un ratón, errando tal vez en el proceso con la alteración de uno solo de ellos; ¿cómo es posible que el azar pueda dar lugar a la evolución completa de una especie y a la aparición de nuevos órganos? Sabemos que la posibilidad de cambio en los seres vivos es de 10.50; ¡no hay ni una posibilidad sobre 100.000 de que aparezca en mil millones de años un solo Vertebrado Tetrápodo provisto de genes nuevos y funcionales!
11ª mentira: "todo evoluciona". No es cierto. Hay un número incalculable de bacterías, algas marinas, amebas, peces, anfibios, reptiles, mamíferos, que no han evolucionado desde el Primario, son exactamente las mismas que las que viven actualmente.
9ª mentira: "Ya no faltan eslavones en la larga cadena que va del mono al hombre". Falso. ¡Entre el último Ramapiteco y el primer Australopiteco, hay un vacio de 10.000.000 de años, desprovisto de fósiles! Además esta famosa cadena es un engaño: ¿por qué los hombres-monos han desaparecido mientras que existen siempre hombres, monos y chimpancés? Semejanza no quiere decir descendencia.
10ª mentira: "el azar puede dar lugar a todo".Falso. Más que un factor de orden, el azar es un factor de desorden. Hacen falta 27.000 pares de nucleótidos para poder formar el pigmento de un ratón, errando tal vez en el proceso con la alteración de uno solo de ellos; ¿cómo es posible que el azar pueda dar lugar a la evolución completa de una especie y a la aparición de nuevos órganos? Sabemos que la posibilidad de cambio en los seres vivos es de 10.50; ¡no hay ni una posibilidad sobre 100.000 de que aparezca en mil millones de años un solo Vertebrado Tetrápodo provisto de genes nuevos y funcionales!
11ª mentira: "todo evoluciona". No es cierto. Hay un número incalculable de bacterías, algas marinas, amebas, peces, anfibios, reptiles, mamíferos, que no han evolucionado desde el Primario, son exactamente las mismas que las que viven actualmente.
Además el evolucionismo no puede explicar la diferencia esencial que existe entre el mono y el hombre, es decir la existencia en este último de un alma inmortal.
Puesto que los peces no tienen necesidad de patas, ¿por qué los evolucionistas actuales desean ver crecer las patas a estos pobres peces para que así puedan transformarse en reptiles?
12ª mentira: "Con el método del CArbono 14 para fijar fechas, podemos probar que el hombre ha hecho su aparición hace un millón de años". Falso. Los objetos con más de 50.000 años no pueden ser fechados con este procedimiento; además tal sistema para fijar fechas no podría ser eficaz más que si el nivel de Carbono en la atmósfera fuera constante durante todo el periodo estudiado (no es éste el caso); también tiene que ser homogénea la prueba estudiada.
La precisión dada por tal sistema para conocer fechas o tiempos, es tanto más dudosa cuanto más antiguo es el objetivo. A menudo este sistema consiste en medir los segundos con un reloj que no tiene más que una manecilla para marcar las horas.
13ª mentira: "La fecha histórica del terreno nos da la fecha histórica de los fósiles que se encuentran en él".Falso también. A menudo se encuentran fósiles de épocas muy distintas en un mismo lugar: eso es debido a los movimientos de tierra provocados por los deslizamientos, los temblores y el volcanismo. Además muchos fósiles han sido destruidos o bien, jamás han sido descubiertos y no se halla nada más que una intima parte de los animales que han vivido en el mismo tiempo histórico del terreno. Por otra parte, la ausencia de fósiles en un terreno no significa que esta especie no ha existido en esa época.
14ª mentira: "Lamark afirma que los seres vivos se transforman adaptándose a nuevas situaciones: así el cuello de la jirafa se ha alargado para permitirle comer las hojas de los árboles altos". ¡Absurdo! Los caracteres adquiridos conciernen solamente a lo somático, es decir al cuerpo, y nunca se transmiten por herencia. Además la evolución de un órgano no explica su aparición.
15ª mentira: "Darwin se atreve a decir que la selección natural explica cómo el nuevo órgano se ha constituido gracias a la ventaja ofrecida por su función". Falso. La selección natural no puede crear un órgano nuevo. El órgano precede a la función y no a la inversa.
Puesto que los peces no tienen necesidad de patas, ¿por qué los evolucionistas actuales desean ver crecer las patas a estos pobres peces para que así puedan transformarse en reptiles?
12ª mentira: "Con el método del CArbono 14 para fijar fechas, podemos probar que el hombre ha hecho su aparición hace un millón de años". Falso. Los objetos con más de 50.000 años no pueden ser fechados con este procedimiento; además tal sistema para fijar fechas no podría ser eficaz más que si el nivel de Carbono en la atmósfera fuera constante durante todo el periodo estudiado (no es éste el caso); también tiene que ser homogénea la prueba estudiada.
La precisión dada por tal sistema para conocer fechas o tiempos, es tanto más dudosa cuanto más antiguo es el objetivo. A menudo este sistema consiste en medir los segundos con un reloj que no tiene más que una manecilla para marcar las horas.
13ª mentira: "La fecha histórica del terreno nos da la fecha histórica de los fósiles que se encuentran en él".Falso también. A menudo se encuentran fósiles de épocas muy distintas en un mismo lugar: eso es debido a los movimientos de tierra provocados por los deslizamientos, los temblores y el volcanismo. Además muchos fósiles han sido destruidos o bien, jamás han sido descubiertos y no se halla nada más que una intima parte de los animales que han vivido en el mismo tiempo histórico del terreno. Por otra parte, la ausencia de fósiles en un terreno no significa que esta especie no ha existido en esa época.
14ª mentira: "Lamark afirma que los seres vivos se transforman adaptándose a nuevas situaciones: así el cuello de la jirafa se ha alargado para permitirle comer las hojas de los árboles altos". ¡Absurdo! Los caracteres adquiridos conciernen solamente a lo somático, es decir al cuerpo, y nunca se transmiten por herencia. Además la evolución de un órgano no explica su aparición.
15ª mentira: "Darwin se atreve a decir que la selección natural explica cómo el nuevo órgano se ha constituido gracias a la ventaja ofrecida por su función". Falso. La selección natural no puede crear un órgano nuevo. El órgano precede a la función y no a la inversa.
Los evolucionistas ofrecen en demasía falsos razonamientos de este tipo: así afirman que las aletas lobuladas de los peces acantopterigios ofrecían a éstos la posibilidad de arrastrarse sobre el fondo de los océanos, facilitándoles de esta forma su salida del agua y transformarse en reptiles. Pero estos señores olvidan de explicarnos el porque de la presencia en estos peces de tal sistema óseo que es un órgano muy poco idóneo para la natación.
Todas estas mentiras prueban que el evolucionismo es un tremendo engaño astutamente preparado por pseudosabios que creen que la gente es tonta.
Edmundo Rostand afirmaba: "el evolucionismo es un cuento de hadas para personas mayores". Otro evolucionista decía (Y. Delage): "Estoy totalmente convencido que se es o no se es evolucionista según los criterios que se tengan en historia natural pero influido por las propias opciones filosóficas", lo que quiere decir que se profesa el evolucionismo como medio de difusión del propio ateismo militante: es una forma como otra cualquiera de luchas contra Dios y su santa Ley.
Edmundo Rostand afirmaba: "el evolucionismo es un cuento de hadas para personas mayores". Otro evolucionista decía (Y. Delage): "Estoy totalmente convencido que se es o no se es evolucionista según los criterios que se tengan en historia natural pero influido por las propias opciones filosóficas", lo que quiere decir que se profesa el evolucionismo como medio de difusión del propio ateismo militante: es una forma como otra cualquiera de luchas contra Dios y su santa Ley.
El evolucionismo es una falsa verdad cientifica que se opone a la verdadera ciencia y a la verdadera religión. Los evolucionistas rechazan todo principio superior sin dejar lugar alguno a lo sobrenatural: preparan el camino a un agnosticismo profundo que acabará rápidamente en el ateísmo. El Papa San Pío X en 1907, decía que el evolucionismo es una parte integrante del modernismo.
Esta necia doctrina está en oposición flagrante con la Fe católica. No podemos ser evolucionistas y recitar la primera frase del Credo sin caer en una gran contradicción: "Creo en Dios, Creador del Cielo y de la Tierra".
Los católicos no tienen nada que temer de los progresos de la ciencia: los notables experimentos de Watson y Crick sobre el Acido Desoxirribonucleico (ADN), o los de Jacob y Monod sobre el mecanismo regular de las proteínas, son sencillamente pruebas maravillosas de la existencia de Dios, un Dios Creador que ha previsto el engranaje extraordinario de las moléculas: la vida no ha podido aparecer por simple azar. Dios ha creado el mundo, hace varios millones de años quizás, pero la creación de Adán y Eva data a lo sumo de unos 10.000 años, no más. El texto del libro de Génesis no ofrece ninguna duda en este sentido.
Incluso este revolucionario que se llamaba Voltaire afirmaba: "El Universo me molesta, pero no puedo imaginar que este reloj funcione y no exista relojero alguno".
Padre J.L. Lafitte. (fsspx)
NOTA. Este articulo ha sido redactado tomando como base el excelente libro de J.F. Peroteaur: "De la seducción a la superchería transformista".
Padre J.L. Lafitte. (fsspx)
NOTA. Este articulo ha sido redactado tomando como base el excelente libro de J.F. Peroteaur: "De la seducción a la superchería transformista".
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