martes, 23 de junio de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXII)


CAPÍTULO 32 

Declarase más lo sobredicho 

Hemos dicho que el tercer grado de humildad y cuando uno, teniendo grandes virtudes y dones de Dios y estando en grande honra y estimación, no se ensoberbece en nada ni se atribuye a sí cosa alguna sino todo lo refiere y atribuye a su misma fuente, que es Dios, dándole a Él la gloria de todo, y quedándose él entero en su bajeza y humildad, como si no tuviese ni hiciese nada. No queremos por esto decir que nosotros no obremos también y tengamos parte en las buenas obras que hacemos, que eso sería ignorancia y error. Claro está que nosotros y nuestro libre albedrío concurre y obra juntamente con Dios en la buenas obras; porque libremente da el hombre consentimiento en ellas, y por eso obra el hombre, y en su mano está no obrar. Antes eso es lo que hace tan dificultoso este grado de humildad, porque por una parte hemos nosotros de hacer todas nuestra diligencias y poner todos los medios que pudiéremos para alcanzar la virtud, y para resistir a la tentación y para que el negocio suceda bien, como si ellos solos bastasen para ello; y por otra, después de haber hecho eso, hemos de desconfiar de todo ello como si no hubiéramos hecho nada, y tenernos por siervo inútiles y sin provecho, y poner toda nuestra confianza en solo Dios, como nos lo enseña Él en el Evangelio (Lc., 17, 10): Después que hubiereis hecho todas las las cosas que os son mandadas (no dice alguna; sino todas), decid: Siervos somos sin provecho [lo que estábamos obligados a hacer, hicimos]. Pues para acertar a hacer esto, virtud es menester, y no poca. Dice Casiano: «El que llegare a conocer bien que es siervo sin provecho, y que no bastan todos sus medios y diligencias para alcanzar bien alguno, sino que ha de ser dádiva graciosa del Señor, éste tal no se ensoberbecerá cuando alcanzase algo, porque entenderá que no lo alcanzó por su diligencia, sino por gracia y misericordia de Dios, que es lo que dice San Pablo (1 Cor., 4, 7): ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?» 

San Agustín trae una buena comparación para declarar esto: dice que nosotros sin la gracia de Dios no somos otra cosa sino lo que es un cuerpo sin alma. Así como un cuerpo muerto no se puede mover ni menear, así nosotros sin la gracia de Dios no podemos obrar obras de vida y valor delante de Dios. Pues así como sería loco un cuerpo que se atribuyese a sí el vivir y el moverse, y no al ánima, que en él está y le da la vida, así sería muy ciega el ánima que las buenas obras que hace las atribuyese a sí misma y no a Dios, que le infundió el espíritu de vida, que es la gracia para que las pudiese hacer, y en otra parte dice que así como los ojos corporales, aunque estén muy sanos, si no son ayudados de la luz no pueden ver, así el hombre, aunque sea muy justificado, si no es ayudado de la luz y gracia divina, no puede vivir bien. Si el Señor no guarda bien la ciudad, dice David (Sal., 126, 1), en vano vela el que la guarda. Dice el Santo: «¡Oh si se conociesen ya los hombres, y acabasen de entender que no tienen de qué gloriarse en sí sino en Dios! ¡Oh si nos enviase Dios una luz del Cielo con la cual, quitadas las tinieblas, conociésemos y sintiésemos que ningún bien, ni ser, ni fuerza hay en todo lo criado más de aquello que el Señor de su graciosa voluntad ha querido dar y quiere conservar!» Pues en esto consiste el tercer grado de humillad, sino que no llegan nuestras cortas palabras a acabar de declarar la profundidad y perfección grande que hay en él, por más que lo andemos diciendo, ahora de una manera, ahora de otra; porque no sólo la práctica, sino también la teórica de él es dificultosa. Esta es aquella aniquilación de sí mismos, tan repetida y encomendada de los maestros de la vida espiritual; éste es aquel tenerse y confesarse por indigno e inútil para todas las cosas, que San Benito y otros Santos ponen por perfectísimo grado de humildad; ésta es aquella desconfianza de sí mismo, y aquel estar colgados y pendientes de Dios, tan encomendado en las sagradas letras; éste es el verdadero tenerse en nada, que a cada paso oímos y decimos, si lo acabásemos de sentir así con el corazón. Que entendamos y sintamos con verdad y prácticamente, como quien lo ve con los ojos y lo toca y palpa con las manos, que de nuestra parte no tenemos, ni podemos, sino perdición y pecados, y que todo el bien que tuviéremos y obráremos no lo tenemos ni obramos de nosotros, sino de Dios, y que suya es la honra y gloria de todo. 

Y si aun con todo esto no acabáis de entender la perfección de este grado de humildad, no os espantéis; porque es ésta una teología muy alta, y así no es mucho que no se entienda tan fácilmente. Dice muy bien un doctor, que en todas las artes y ciencias acontece esto, que las cosas comunes y claras cualquiera las sabe y entiende; pero las sutiles y delicadas no todos las alcanzan, sino solamente aquellos que son eminentes en aquella arte o ciencia; así acá, las cosas comunes y ordinarias de la virtud cualesquiera las entiende; pero las particulares y sutiles, las altas y delicadas, no las entienden sino los que son eminentes y aventajados en aquella virtud. Y esto es lo que dice San Laurencio Justiniano, que ninguno conoce bien qué cosa es humildad, sino aquel que ha recibido de Dios ser humilde. Y de aquí es también que los Santos, como tenían profundísima humildad, sentían y decían tales cosas de sí, que los que no llegamos allá no las acabamos de entender y nos parecen encarecimientos y exageraciones; como que eran los mayores pecadores de cuantos había en el mundo, y otras semejantes, como luego diremos. Y si nosotros no sabernos decir ni sentir estas cosas, ni aun las acabamos de entender, es porque no hemos llegado a tanta humildad como ellos, y así no entendemos las cosas sutiles y delicadas de ésta facultad. Procurad vos ser humilde e ir creciendo en esta ciencia y aprovechar más y más en ella, y entonces entenderéis cómo se pueden decir con verdad estas cosas. 


 EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
 Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

domingo, 21 de junio de 2015

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN



Señor Jesús, que me conozca a mi 
y que te conozca a Ti,
Que no desee otra cosa sino a Ti.
Que me odie a mí y te ame a Ti.
Y que todo lo haga siempre por Ti.
Que me humille y que te exalte a Ti.
Que no piense nada más que en Ti.
Que me mortifique, para vivir en Ti.
Y que acepte todo como venido de Ti.
Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.
Que siempre escoja seguirte a Ti.
Que huya de mí y me refugie en Ti.
Y que merezca ser protegido por Ti.
Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.
Que sea contado entre los elegidos por Ti.
Que desconfíe de mí y ponga toda mi confianza en Ti.
Y que obedezca a otros por amor a Ti.
Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.
Que quiera ser pobre por amor a Ti.
Mírame, para que sólo te ame a Ti.
Llámame, para que sólo te busque a Ti.
Y concédeme la gracia 
de gozar para siempre de Ti. Amén.

sábado, 13 de junio de 2015

FÁTIMA ROMA MOSCÚ: INFILTRACIÓN COMUNISTA




INFILTRACIÓN COMUNISTA

La crisis de la Iglesia Católica desatada por el Concilio se había preparado, sin embargo, desde mucho tiempo antes. En lo que es conocido como el Segundo Secreto de Fátima, la Santísima Virgen había advertido: "Si se hace lo que yo os diré, muchas almas se salvarán [...], Rusia se convertirá y se tendrá la paz. Si no, ella [Rusia] propagará sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas." El Papa Pío XI había sido informado del pedido de consagración en los años 1930-1931 pero, como ya se mencionó, se negó a realizarla. Las funestas consecuencias de este rechazo no se hicieron esperar: en efecto, ya en tiempo de la Guerra Civil Española se produjo una fuerte infiltración comunista en la iglesia. Si el veneno comunista pudo penetrar hasta la Jerarquía Eclesiástica es entonces porque los Papas desoyeron a la Madre de Dios. Al respecto, algunas citas:

"Pero lo que vino después fue aún peor: durante estos años, Moscú comenzó a ordenar a todos los partidos comunistas del mundo que infiltraran los seminarios católicos. En Francia, esta infiltración comenzó en 1936, como lo atestigua Henri Barbé. 'En Le Figaro [famoso diario conservador] había una columna anticomunista que estaba firmada por XXX y en la cual se publicaba aquello que en L'Humanité [otro connotado diario] se callaba a los lectores. La mayoría de los artículos eran escritos por Henri Barbé, un [convertido] ex líder del aparato comunista internacional. Uno de estos artículos daba información acerca de la política del partido, que databa de 1936 y que consistía en que jóvenes militantes comunistas entraran a los seminarios sacerdotales((1). Esta política de infiltración fue practicada en gran escala. 'En 1949 Pío XII admitía que, según lo que él sabía, había aproximadamente 2.000 sacerdotes que habían sido infiltrados en la Iglesia por los comunistas. Y diez años después, la Policía de Investigaciones (Police des Renseignements Généraux) de París, calculaba que [solamente] en Francia había 300 sacerdotes ve se habían infiltrado en la Iglesia y que pertenecían al Partido Comunista" (2).

A la luz de estas informaciones se entiende mejor cómo fue posible la política de concesiones a cualquier precio frente al comunismo, la cual se conoce bajo el nombre de Política hacia el Este, y que fue practicada por Juan XXIII a partir de 1960, año en que debía ser revelado el Tercer Secreto. Como fruto de enormes concesiones, Juan XXIII obtuvo sólo un notoriamente burlesco gesto de buena voluntad, a saber, la liberación del Arzobispo de Lvov (Ucrania), Joseph Slipyi, desde el Gulag, y su traslado al oeste. Justamente este Arzobispo, quien fue elevado a cardenal en 1965, se convertirá en el grano de arena que va a entorpecer el funcionamiento de la bien aceitada maquinaria de la Política hacia el Este vaticana. El Cardenal Slipyi no cesaría, hasta su muerte, de oponerse pública y oficialmente a esta política"(3).

Luigi Marinelli confirma estos datos:

"La amenaza comunista fue subestimada durante el pontificado de Pablo VI. Lenín era partidario de que un secretario del Partido Comunista en un estado católico, si se daba el caso, debía incluso tomar el hábito franciscano para cumplir su misión. En el año 1935, los servicios secretos informaron que aproximadamente 1.000 estudiantes comunistas se habían introducido en los seminarios y noviciados de Europa occidental, donde fingían llevar una vida religiosa y se preparaban para ser sacerdotes. El partido pretendía ubicarlos posteriormente en los centros vitales de la Iglesia. El fenómeno se extendió más y más, hasta que en los años sesenta y setenta se produjeron fuertes disputas en los seminarios y noviciados, entre los sacerdotes obreros y los otros".(4)

Además de esta infiltración de los años 1935/36, tuvo lugar una segunda ola después de la guerra: S. E. Monseñor Bernard Fellay, durante una conferencia en la fiesta de Cristo Rey, en 1998, informó:

"Si la Iglesia se encuentra en una situación como la de hoy, es entonces debido a la penetración en ella de los poderes, o más bien de los enemigos, que también actúan en la sociedad: masones, comunistas y progresistas. La OTAN preparó en 1974 un informe secreto en el cual estima que la fuerza secreta de la KGB que ha penetrado en la Iglesia, es decir, en la Jerarquía de la Iglesia asciende a 3.000 individuos: 3.000 agentes en la Jerarquía de la Iglesia"(5).

Hans Graf Huyn explica cómo la Iglesia Ortodoxa, las distintas comunidades religiosas en el Este, las iglesias protestantes y, especialmente, el Consejo Mundial de Iglesias fueron infiltrados por los comunistas después de la guerra. Respecto de la Iglesia Católica informa:

"El Congreso Mundial Comunista realizado en Moscú en 1969, califica a la Iglesia Católica como un objetivo principal para la infiltración soviética: `La Iglesia Católica y algunas otras religiones se encuentran en una crisis ideológica que estremece sus concepciones y estructuras establecidas durante siglos. En algunos países se desarrollan actividades y obras en colaboración entre los comunistas y las grandes masas democráticas de los católicos, como también con los simpatizantes de otras religiones. Su diálogo acerca de problemas tales como: guerra y paz, capitalismo y socialismo, neocolonialismo y países en desarrollo, ha alcanzado gran actualidad. Sus acciones conjuntas en contra del imperialismo, en favor de la democracia y del socialismo, revisten cada vez mayor importancia. Los comunistas están convencidos que justamente siguiendo este camino de amplios contactos y de acciones conjuntas, la gran masa de fieles será una fuerza activa en la lucha antiimperialista y en la realización de profundas transformaciones'. [...] Acerca del trabajo de los grupos Pax en Europa occidental, Pierre de Villemarest informa: 'Sus agentes ya están trabajando en Francia, Bélgica, Suiza, Holanda y Alemania. Aquí se trata de comunistas que han entrado a las Órdenes religiosas por instrucciones del partido, o de sacerdotes que se han convertido secretamente al comunismo, o de periodistas y escritores. [...] Esta lenta penetración de las Iglesias, que pretende una descomposición desde adentro y una revisión de sus dogmas fundamentales, está acompañada de un trabajo subversivo que tiene un claro carácter de espionaje. [...] El núcleo oculto es envuelto por círculos concéntricos progresivamente más estrechos. En el borde más externo se trata solo de campañas por la paz, de la liberación de los pueblos, de la disolución de los bloques, etc. Más adentro actúan organizaciones de especialistas en cuestiones religiosas. Estas deben ganar la confianza del clero superior e inferior; hacer fichas de los cardenales, obispos, sacerdotes, comunidades y agrupaciones; rastrear a posibles agentes y denunciar a los peligrosos fascistas y otros integristas. Finalmente, en el centro, se encuentran las verdaderas redes de espionaje. A la actividad del servicio de informaciones de la KGB soviético, corresponde también el intento de penetración del núcleo de la Iglesia Católica, el Vaticano"(6).

Los ocultos intentos de infiltración del movimiento Pax en Francia, no obstante, se hicieron públicos en 1964, aunque inicialmente los obispos hubiesen rechazado toda crítica a este movimiento(7). Jean Ousset, gran luchador por la realeza social de Jesucristo, cita el siguiente resumen de un instructivo para estos sacerdotes espías:

"Nuestros camaradas seguirán las directivas del jefe del Partido y deberán encontrar la forma de entrar en el corazón mismo de cada iglesia. Se pondrán al servicio de la nueva policía secreta y desarrollarán una efectiva labor en el núcleo de todas las actividades eclesiásticas. Desencadenarán un ataque en gran escala, darán todo de sí, incluso invocarán la ayuda de Dios y para lograr su objetivo, formarán un frente común y se servirán del gran encanto femenino. Para alcanzar este objetivo, para dividir las iglesias desde dentro, y para poner en oposición a las distintas organizaciones eclesiásticas, la organización del partido ha acordado [...I nueve puntos [...que] conciernen los servicios del Partido en el exterior."(8)

El 18 de agosto de 1962, como ya se ha mencionado en el párrafo sobre Pablo VI, se llegó a un acuerdo con un mediador del Patriarca de Moscú, leal al gobierno. Como producto de esta negociación, el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo; e incluso, se llegó hasta el extremo de no querer condenar absolutamente nada, lo cual propició el cambio de rumbo de la Iglesia.

Con esta exposición no pretendemos decir que todo el mal en la Iglesia provenga únicamente de espías infiltrados en ella. Para remitirnos a una imagen, podríamos decir que es como en una enfermedad: si por un enfriamiento del organismo (tibieza en la espiritualidad, abandono del fervor en la vida de oración y del espíritu de penitencia y sacrificio) han bajado las defensas del cuerpo, entonces se puede originar una seria infección por bacterias (infiltración de herejías y de las hostiles ideas masónicas y comunistas), la cual originará una enfermedad grave. La actual crisis de Fe es, básicamente, producto de una crisis de la Iglesia que surge desde dentro y no de un ataque externo; pero, innegablemente, ha sido provocada en una considerable medida por "falsos" sacerdotes, lobos disfrazados de ovejas que, como malignas bacterias, infectan hasta la cumbre misma de la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Jesucristo, el cual, a pesar de ser indeleble por su esencia es, en sus miembros y en su parte visible, susceptible de ataques del adversario de Dios y de sus cómplices.
Tampoco hay que negar ni subestimar la infiltración masónica y su influencia en la Iglesia. La virulenta crisis actual, como ya se ha dicho, es consecuencia de la influencia protestante, masónica y comunista. León XIII publicó ya en el siglo XIX los planes de los Carbonari masónicos, quienes, ya durante el transcurso de ese siglo, pretendían infiltrase en la Iglesia hasta el punto de conseguir la elección de un Papa que representara sus ideas, aunque sin pertenecer directamente, por cierto, a su sociedad secreta.

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(1) Madiran, Jean, en: Itinéraires, n° 227, noviembre de 1978, p. 151.
(2) Introibo, Bulletin de liaison des membres de I'Association Noël Pinot, Angers, n° 4, 1974, P. 7.
(3) Nouvelles de Chrétienté, Bulletin Saint Jean Eudes, n° 56, junio/julio 2000, pp. 17 s.

(4) Marinelli, Luigi, I Millenari. Wir klagen an, Berlin 1999, p. 258.
(5) Fellay, Mons. Bernard, Ist eine christliche Gesellschaft heute noch möglich?, Conferencia en la fiesta de Cristo Rey en Friburgo (Alemania), 24 de oct. de 1998.

(6) Huyn, Hans Graf, Ihr werdet sein wie Gott, München 1988, pp. 200 s.
(7) Cfr.: Schönberger, Andreas, Sowjetspionage in der Kirche. Affüre Pax schlügt neue Wellen in Frankreich und in Polen, en: Deutsche Tagespost, 30/31 oct. 1964, pp. 1 s.
(8) Ousset, Jean, Marxisme et Révolution, París 1973, pp. 161 s.


Fátima Roma Moscú
Padre Gérard Mura

jueves, 11 de junio de 2015

BELARMINO Y SUÁREZ SOBRE LA CUESTIÓN DEL PAPA HERÉTICO



San Roberto Belarmino
                                                                                                                                         

Por Robert J. Siscoe

En la edición del Catholic Family News, correspondiente al mes de febrero del 2014, John Salza publicó un oportuno y revelador trabajo sobre la posición que sostuviera el arzobispo Lefebvre respecto de la cuestión del sedevacantismo (un tema en la mente de muchos hoy en día, a consecuencia de la elección de Bergoglio, y el incremento del caos moral y doctrinal que ello ha producido). En dicho artículo, Salza menciona dos opiniones relativas al Papa herético, la de San Roberto Belarmino, que señala que un Papa manifiestamente hereje pierde su oficio sin una sentencia de la Iglesia, y la de Suárez, quien postula que el Papa hereje pierde su oficio en virtud de una declaración hecha por la Iglesia. En la nota al pie número 14, Salza apunta un interesante dato sobre esta aparente contradicción: “Es interesante notar que Belarmino y Suárez vivieron en la misma época y sin embargo ambos sostuvieron que sus opiniones, aparentemente sin conexión, fueron enseñadas (ambas) por los padres y doctores de la Iglesia”. Hay un punto importante que es necesario aclarar respecto a las opiniones de Belarmino y Suárez. Si bien es indudable que existe una diferencia en el nivel especulativo, cuando se desciende al aspecto práctico de la cuestión, ambas opiniones están de acuerdo. La diferencia radica en cuándo y cómo un papa hereje pierde su oficio, pero las dos posturas están de acuerdo en que o son las autoridades pertinentes quienes deben dictar una sentencia de culpabilidad, o bien es la misma parte culpable quien debe hacerlo, para que de esta manera conste que el papa no deba ser más considerado como tal. Y esta sentencia y la consiguiente determinación no se encuentran en la esfera de la opinión privada. La opinión de Belarmino (que sostiene que el papa herético pierde automáticamente su oficio) no excluye una sentencia de culpabilidad por parte de la Iglesia. Sólo postula que la sentencia no causa la pérdida del oficio del papa hereje, sino más bien confirma que es culpable de herejía y que por ello ha perdido su oficio. Esto se opone a la opinión de Suárez y de otros, quienes sostienen que es la sentencia de culpabilidad y la declaración de la Iglesia la que causa la pérdida del oficio. Una opinión indica que la Iglesia juzga la culpabilidad del papa y luego declara que él ya ha perdido su oficio como resultado de la herejía; y la otra opinión señala que la Iglesia juzga la culpabilidad y luego dicta una declaración que causa la pérdida del oficio. 

La diferencia entre los dos sería más técnica que práctica. Estas son las dos principales posturas de los teólogos respecto a la cuestión del papa hereje y la Iglesia nunca ha emitido un juicio definitivo sobre cuál de las dos es la correcta. Pero lo que es importante advertir, es que ambas opiniones concuerdan en que para que un papa en ejercicio pueda ser removido de su oficio, en primer lugar debe ser declarado culpable de herejía por la Iglesia - por un concilio ecuménico o por el colegio de cardenales -. La cita que sigue a continuación, está tomada del libro Elements of Ecclesiastic Law del profesor de Derecho canónico, Sebastian B. Smith, D.D. “Pregunta: El papa que incurre en herejía ¿es destituido ipso jure? “Respuesta: Hay dos opiniones: una sostiene que es destituido ipso facto del pontificado por el propio Dios; la otra, que sólo se lo puede destituir jure divino. Ambas concuerdan en que como mínimo la Iglesia – es decir, un concilio ecuménico o el colegio cardenalicio– debe declararlo culpable de herejía. La cuestión es más hipotética que practica”(1). Como podemos, ver la diferencia entre las dos opiniones se refiere solamente al aspecto hipotético (un asunto de orden especulativo) sobre todo al cuándo y cómo un papa herético pierde su oficio. En el nivel práctico ambas opiniones concuerdan en que es necesaria una sentencia de culpabilidad y en que debe dictarse una declaración. 

Francisco Suárez

Este juicio le compete a la Iglesia y no a los fieles en particular. Este es el punto que cada sedevacantista con quien he hablado o me he contactado no ha advertido. Debería hacerse notar que el libro del canonista Smith fue enviado a Roma para ser revisado. El prefacio de la tercera edición explica que el cardenal Simeoni prefecto de Propaganda Fidei, nombró a dos doctores expertos en derecho canónico para examinar el libro e informarle. Los dos expertos, luego de examinar el texto por varios meses, hicieron cada uno un largo reporte al cardenal. Sus minuciosos informes arrojaron cinco errores o descuidos, todos los cuales fueron corregidos en la tercera edición. La cita incluida respecto al papa hereje no se encontraba entre ellos. Esto demuestra que Roma no encontró error o descuido en la afirmación de que el Papa hereje “debe al menos ser declarado hereje por la Iglesia, por ejemplo, por un concilio ecuménico o el colegio cardenalicio”, para considerar que perdió el oficio. De ahí que, con la aprobación de Roma, esta enseñanza se mantuvo en la tercera edición corregida, que es la edición citada en este artículo. 

También es importante mencionar que personalmente he tratado de dar a conocer la enseñanza del canonista Smith a un buen número de conocidos apologistas del sedevacantismo, sacerdotes y laicos, y siempre, sin excepción, estuvieron en desacuerdo con la idea… ¿pero cómo podría ser de otro modo? Sus conclusiones (que los papas post-conciliares no son verdaderos papas) los obligan a rechazarla, pues, de aceptarla, ello implicaría una entera revisión de su postura. Pero como es frecuente en estos casos, cuando alguien adhiere a un error (en este caso, a una falsa premisa) y luego saca conclusiones basadas en este error, le resulta muy difícil retractarse de ello después, especialmente cuando se llevan años y años defendiendo esta conclusión en particular. Si los sedevacantistas aceptan la enseñanza del canonista citado (el cual está implícitamente aprobado por Roma) deberían ser capaces de entender que es un futuro papa o concilio quien podría determinar si los papas post-conciliares no fueron verdaderos papas, la cual fue justamente la opinión que sostuvo el arzobispo Marcel Lefebvre. Refiriéndose a Paulo VI y Juan Pablo II, el arzobispo dijo: “algún día la Iglesia tendrá que examinar su situación”, y al fin “podría tener que emitir la conclusión de que estos hombres no han sido papas (…) no es imposible que esta hipótesis algún día sea confirmada por la Iglesia”. Estoy seguro de que si viviera incluiría a Benedicto XVI y a Francisco en su declaración. 

Monseñor Marcel Lefebvre

A diferencia de los sedevacantistas, la posición de Lefebvre no es sino una variante de lo que enseñó el canonista Smith. Por otro lado, la postura de San Francisco de Sales respecto al papa hereje también es consistente con la del canonista Smith; en la cita que sigue a continuación, San Francisco, quien vivió en la misma época que Belarmino y Suárez, se refiere a las dos opiniones ya mencionadas más arriba, como también a la necesidad de que la Iglesia tome parte en el asunto: “En la Antigua Ley el Sumo Sacerdote no usaba el pectoral salvo cuando vestía la toga pontifical y entraba a la presencia del Señor. Del mismo modo, no decimos que el Papa no pueda errar en sus opiniones privadas, como lo hizo Juan XXII, o ser incluso hereje, como quizás lo fue Honorio. Ahora bien, cuando él es manifiestamente hereje, pierde ipso facto su dignidad y se encuentra fuera de la Iglesia; y la Iglesia debe deponerlo o - como dicen otros - declararlo depuesto de su oficio, diciendo como hizo San Pedro: “Que otro tome su obispado” (2) Hay que advertir que él dice que la Iglesia debe o deponerlo (Suárez), o bien declararlo depuesto (Belarmino). Sin importar cuál de las dos hipotéticas opiniones se tenga, no corresponde a los fieles, en forma individual, juzgarlo, sino que es “la Iglesia” quien “debe decir como san Pedro”. Una sentencia de culpabilidad debe dictarse para considerar que el Papa perdió el oficio. Este juicio lo puede hacer, como hemos indicado, la Iglesia o también el mismo Papa, al confesar su culpabilidad. Sólo una persona que admite la comisión de un delito no necesita de un jurado para ser encontrado culpable, así como tampoco un Papa que abiertamente deja la Iglesia o admite que ha negado un dogma definido, requiere una sentencia de culpabilidad. Pero ninguno de los Papas post-conciliares ha abandonado la Iglesia o ha admitido públicamente que ha negado un dogma definido por la Iglesia. De ahí que, una declaración de culpabilidad por parte de las autoridades pertinentes sería necesaria para considerar que ha perdido el oficio. 

El juicio privado de los fieles, quienes personalmente consideran al papa como hereje manifiesto, no es suficiente. Esto lo confirma Juan de Santo Tomás, quien vivió en la misma época que Suárez y Belarmino. Aquí reproducimos lo que dijo sobre un papa que es juzgado como hereje manifiesto por los fieles: “San Jerónimo, al decir que un hereje se separa por sí mismo del cuerpo de Cristo, no está excluyendo el juicio de la Iglesia, especialmente en una materia tan grave como es la deposición del papa. Él, en cambio, se refiere a la naturaleza del crimen, el cual es de tal magnitud que separa por sí solo de la Iglesia, sin necesidad de otra censura, pero sólo en la medida en que ha sido declarado por la Iglesia. En tanto que no se nos haya declarado jurídicamente que es infiel o hereje, por muy patente que sea su herejía según el juicio privado, por lo que a nosotros se refiere, sigue perteneciendo a la Iglesia y es por tanto su cabeza visible. Es imprescindible el juicio de la Iglesia. Hasta entonces, sigue siendo el pontífice para nosotros” (4). Por otro lado, una cosa es que los fieles que han pasado por la pesadilla post-conciliar, piensen que un futuro papa o concilio puede condenar como herejes a los pontífices post-conciliares, así como lo hizo el concilio de Constantinopla con Honorio I, o tal vez declare que perdieron su oficio mientras aun vivían justamente a causa de su herejía, y dictamine que los actos de su pontificados fueron nulos; pero otra cosa es pensar que son los fieles quienes declaren que no fueron papas, simplemente porque consideran que son herejes manifiestos. 


Los últimos Papas


Otro problema que se presenta es saber si el papa hereje retiene o no su autoridad en tanto no ha sido públicamente declarado culpable de herejía por las autoridades -apropiadas y pertinentes- y depuesto de su oficio. Fr. Paul Laymann, s.j, quien vivió en la misma época que Suárez y Belarmino, aborda este punto. Laymann fue considerado uno de los más grandes moralistas y canonistas de su tiempo. Fue profesor de filosofía en la universidad de Ingolstadt entre los años 1603 y 1609, profesor de teología moral en la residencia de los jesuitas de Munich de 1625 a 1632; en la siguiente cita, que fue escrita tan solo 70 años después de que el papa Paulo IV promulgara la bula Cum ex Apostolatus Officio, el distinguido profesor escribió lo que sigue, sobre el papa hereje: “Es más probable que el Sumo Pontífice, a título personal, caiga en herejía, e incluso herejía manifiesta, por cuya razón merecería ser depuesto por la Iglesia (opinión de Suárez), o bien que declare que se ha separado de ella (opinión de Belarmino). Obsérvese, no obstante, que aunque afirmamos que a título personal el Sumo Pontífice puede incurrir en herejía y dejar por tanto de pertenecer verdaderamente a la Iglesia (…) en tanto que ésta lo tolere y reconozca públicamente como pastor universal, seguiría ejerciendo la autoridad pontificia, de modo que todos sus decretos tendrían tanta autoridad como si fuera realmente fiel” (5).

HEREJÍA MANIFIESTA 
Otro importante punto que es preciso clarificar, consiste en determinar que es en definitiva, lo que san Roberto Belarmino entiende por el término hereje manifiesto. Cuando dice que “un papa manifiestamente hereje, automáticamente deja de ser papa”, él no se refiere solamente al hecho de un papa que hace afirmaciones materialmente heréticas; ni tampoco a un papa que ha dado razones para creer que ha perdido la fe. No, la herejía manifiesta requiere algo más: desde que la herejía propiamente dicha requiere una voluntad pertinaz (no sólo un error en el intelecto), para que una persona que ha realizado declaraciones materialmente heréticas sea considerada hereje formal, en el fuero externo, la voluntad pertinaz también debe ser manifiesta. Ahora bien, si el papa públicamente defecciona de la fe, abandona la Iglesia o admite que rechaza un dogma definido, obviamente bastarían tales hechos para demostrar la pertinacia en el fuero externo. Pero sin esta pública confesión de culpabilidad, habría que buscar otra forma a fin de probar que fue manifiestamente pertinaz en su posición. La otra forma, según san Belarmino, es que el papa se mantenga obstinado luego de dos advertencias o admoniciones. Sólo luego de ello, la pertinacia estaría suficientemente probada y podría ser considerado un hereje manifiesto. San Roberto Belarmino se basa, en la autoridad de San Pablo. “En primer lugar” escribió Belarmino, “se demuestra con argumentos de autoridad y de razón de que el hereje manifiesto es depuesto ipso facto. El argumento de autoridad se basa en San Pablo (Tito 3, 10), que ordena que evitemos al hereje después de dos advertencias, es decir, después de haber mostrado ser manifiestamente obstinado –lo que significa que antes de cualquier excomunión o sentencia judicial. Por tanto… el Papa que es hereje manifiesto, por este mismo hecho deja de ser Papa y cabeza, así como por lo mismo un cristiano deja de ser miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia” (6) Como podemos ver, según Belarmino, un hereje manifiesto es quien permanece obstinado luego de dos admoniciones; esta obstinación demuestra la pertinacia en la voluntad, lo que es necesario para que una declaración materialmente herética, sea calificada como herejía formal en el fuero externo. Permaneciendo obstinado, luego de una advertencia pública y solemne, el papa estaría, en cierto sentido, dictando sentencia sobre sí mismo, exponiéndose, de ese modo, como un hereje en sentido propio o estricto. Es por esta razón, de acuerdo a san Roberto, que el Papa, quien juzga pero no es juzgado por nadie, puede ser castigado y juzgado por la Iglesia. Ahora bien, la pregunta que surge, es la siguiente: ¿quién tiene la autoridad para emitir una admonición o advertencia pública y solemne al Papa? 


El eminente teólogo italiano del siglo XVIII, Padre Pietro Ballerini, discurre sobre este mismo punto, diciendo que “los cardenales, que son los consejeros, pueden hacerlo, también el clero romano, o bien el sínodo romano reunido si lo juzga oportuno”, a continuación, después de citar la carta de San Pablo a Tito, (la misma parte que san Roberto cita como argumento de autoridad) Ballerini agrega: “Aquel que tras ser amonestado una o dos veces no se arrepiente, sino que se obstina en una opinión contraria a un dogma manifiesto o definido –no pudiendo por tanto ser exculpado en modo alguno a causa de su pública obstinación en una herejía debidamente calificada como tal, que supone pertinacia– se declara a sí mismo abiertamente herético. Demuestra que se ha apartado voluntariamente de la Fe y de la Iglesia católica de tal manera que ya no es necesaria declaración ni sentencia para separarlo del cuerpo de los creyentes. Por consiguiente, el pontífice que tras una amonestación pública y solemne por parte del colegio cardenalicio, del clero romano o incluso del sínodo, se obstina en la herejía y se aparta de la Iglesia, debe ser evitado conforme al precepto paulino. A fin de impedir que cause daño a los demás, es preciso hacer una declaración pública de su herejía y contumacia para que todos estén igualmente en guardia respecto a él. De ese modo, la sentencia que pronunció contra sí mismo se daría a conocer a toda la Iglesia dejando claro que por su propia voluntad se apartó del cuerpo de Cristo, abdicando en cierta forma del pontificado, de manera que nadie pueda dudar si pertenece o no a la Iglesia” (7) Permaneciendo obstinado después de dos admoniciones públicas, emitidas por las autoridades pertinentes, el Papa, según Balleririni, se sentenciaría a si mismo, dejando en claro que por su propia voluntad se ha apartado y separado él mismo de la Iglesia y en cierto sentido, ha abdicado del pontificado. 

San Pedro


Conclusión: 
Aquellos que adhieren al sedevacantismo, basados en la opinión de los santos y doctores de la Iglesia que creen que el hereje manifiesto pierde automáticamente su oficio, han concluido erradamente que su propio juicio privado sobre la materia es suficiente, en lugar de una sentencia formal dictada por la Iglesia; y esto, basándose en dicho criterio personal, les ha permitido sostener públicamente que un hombre elegido por el colegio de cardenales como papa no es en realidad verdadero papa (8). Y no sólo eso, sino que además intentan persuadir a otros de que su propio juicio privado es un hecho público (9). Sobre esta falsa premisa los apologistas del sedevacantismo, han derramado mucha tinta a lo largo de los años, tratando de explicar a los fieles como pueden detectar herejías en el pontífice, para que así ellos también, puedan concluir que el Papa es en hereje manifiesto, y públicamente adopten la posición sedevacantista. Este juicio no corresponde a los fieles en forma individual, sino a la Iglesia, lo que explica porque Juan de Santo Tomás dijo lo siguiente: “por muy patente que sea su herejía según el juicio privado, por lo que a nosotros se refiere, sigue perteneciendo a la Iglesia y es por tanto su cabeza visible. 

Es imprescindible el juicio de la Iglesia. Hasta entonces, sigue siendo el pontífice para nosotros” Esto prueba la sabiduría y prudencia de monseñor Marcel Lefevbre quien, si bien no desecha la posibilidad que un futuro papa o concilio determine que los ocupantes post-conciliares del trono de san pedro no fueron papas, deja el juicio definitivo a la Iglesia, en lugar de dictar una sentencia pública que carecería de legitimidad, sobre todo, porque la Iglesia nunca ha declarado que un papa que cayó en herejía perdió ipso facto su oficio, sino en virtud de un juicio y declaración por la Iglesia.

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Notas:

  1. Smith, Sebastian B. Elements of Ecclesiastical Law (revised third edition), New York: Benzinger Brothers, 1881. Within that quote from Canonist Smith he provides two footnotes. Footnotes #70 references Craiss., n. 6S2. Footnote number 71 references Phillips, Kirchenr., vol. i., pp. 277, 274. If anyone has either of these books, please contact me by e-mail at RSiscoeTX@aol.com.
  2. (2) St. Francis de Sales, Doctor of the Church, [Tan Books] pg 305-306.
  3. (3) De Fide, disp. X, sect. VI, nn. 3-10, pg. 316-317
  4. (4) John of St. Thomas, Disp. II, art III 26
  5. (5) Laymann, Theol. Mor., Lib II, tract . I, cap, VII, pp. 145-146, 1625. Citado en el libro Can Popes Go Bad, de Da Silveira, pg. 87
  6. (6) De Romano Pontifice, lib. II, cap. 30
  7. (7) De Potestate Ecclesiastica, pgs.104-105
  8. (8) Santo Tomás explica que se necesita que el juicio sea lícito: “El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia; mas, como se deduce de lo dicho (a.1 ad 1.3), para que el juicio sea acto de justicia se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segunda, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia.” (S. Th. II-II, q60, a2, c.)
  9. (9) Santo Tomás dijo: “a que se debe juzgar según las leyes escritas, conforme a lo expuesto (a.5), el que emite el juicio interpreta de algún modo el texto de la ley, aplicándolo a un asunto particular. Ahora bien: puesto que es propio de una misma autoridad interpretar y hacer la ley, del mismo modo que no puede establecerse la ley sino por la autoridad pública, así tampoco puede emitirse el juicio a no ser por la autoridad pública, la cual extiende su acción a todos los que están sometidos a la comunidad. Por tanto, lo mismo que sería injusto que alguien obligase a otro a observar una ley que no hubiera sido sancionada por la autoridad pública, también es injusto que alguien obligue a otro a sufrir un juicio que no haya sido pronunciado por la autoridad pública” (S. Th. II-II, q60, a6, c.)   

lunes, 8 de junio de 2015

MILAGROS EUCARÍSTICOS - 33


CONVERSION DE UN DUQUE 
Año 785, Aix-le-Chapelle, Francia

Aquel magnánimo rey de los francos, Carlomagno, no siéndole dado subyugar al orgulloso duque de Sajonia, Witikindo, como lo había hecho ya con la fuerza de las armas a los de su nación, y no perdiendo por otra parte la esperanza de ganárselo a su amistad y gracia, tomo la determinación de mandar embajadores que le propusieran una entrevista enviándole al propio tiempo rehenes que garantizasen la seguridad de su persona.

Witikindo, más por temer la nota de cobarde que por dar gusto al Rey, aceptó la propuesta de ir a su corte; y llegado a ella, la majestad y bondad de Carlomagno lograron lo que tantos y tan valerosos ejércitos francos no habían obtenido, pues el indomable sajón rendía en señal de respeto sus armas al Emperador y se congratulaba de ser amigo de un tan poderoso príncipe. Pero Carlomagno no quedaba satisfecho de haberle ganado para sí y su nación, aspiraba a más su noble y religioso corazón, deseaba conquistarle para Cristo.

En efecto: el día en que Witikindo se presentó a la corte de Carlomagno le hizo examinar atentamente la Religión de Cristo, que tan cruelmente había hasta entonces perseguido. Conocerla y sentirse preso de admiración y amor fue cosa de un instante; así que, abiertos los ojos a la luz de Dios que interiormente obraba en él aquella mudanza, no pensó más que en recibir el Bautismo para hacerse cristiano, y, volviéndose a su país, dio de mano con los ídolos y errores del paganismo.

Poco tiempo después de su llegada a Sajonia, no estando todavía suficientemente instruido en los misterios del Cristianismo, vínole curiosidad de ver lo que pasaba en los reales católicos de Carlomagno, y para hacerlo más a su placer se vistio en hábito de peregrino y se va a Aix-le- Chapelle, donde por ser tiempo de Semana Santa toda la gente comulgaba y la armada francesa cumplía con el precepto Pascual. 

Andaba Witikindo de una parte a otra con grande atención y piadosa curiosidad, observándolo todo sin cansarse de admirar la belleza de las ceremonias católicas; mas siendo pocos días después reconocido por un oficial del Emperador, le llamo Carlomagno a su palacio y le preguntó cuál era el motivo de su viaje en traje tan humilde. "La curiosidad, respondió el sajón: he pensado, conmigo mismo, que así pobremente vestido tendría más comodidades de examinar lo que pretendía. —Y ¿qué impresión, le dijo el Emperador, os han producido los Oficios del culto católico?— Todo me ha impresionado profundamente; empero, lo que me ha causado mayor admiración es que cuando el sacerdote volviéndose a vosotros os daba un pequeño pan, he visto que ese pan se convertía en un tierno niño resplandeciente de hermosura; le he contemplado con sumo gozo de mi espíritu, y mis ojos se fijaron en él al ver como tendía los brazos y se dirigía con amor hacia todos los que se llegaban al pie del altar; pero he reparado que a algunos se entregaba de muy mala gana, con manifiestas señales de repugnancia y horror."

"Dios os ama, Witikindo, le respondio el Emperador, pues os ha concedido la gracia de haber visto lo que nosotros creemos por la fe. El pan se convierte en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo así que el sacerdote acaba de pronunciar las palabras de la consagración. El se da con alegría a las almas puras, y por el contrario se entrega con indignación a los que tienen su corazón manchado por el pecado. Plugo al Señor manifestaros este misterio a fin de obrar vuestra perfecta conversión."

El Duque abrazó luego con todo su pueblo la Religión Católica.


(Rohrbacher, Historia Universal de la Iglesia, 
libro 53. — Crantzius, Hist. de los Sajones, lib. 3.)

P. Manuel Traval y Roset

domingo, 7 de junio de 2015

SANTA MISA TRADICIONAL EN DAIMIEL (CIUDAD REAL)


El próximo sábado día 13 de Junio, se celebrará (D.m.) la Santa Misa Tradicional en Daimiel (Ciudad Real) a las 18.00 h. 

Para más información: apostoladoeucaristico@hotmail.com

jueves, 4 de junio de 2015

EXCELENCIA DE LA DEVOCIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Tantum ergo Sacramentum, Veneremur cernui.
Prosternémonos y adoremos tan grande Sacramento.

San Alfonso María de Ligorio, en su admirable obra intitulada Visitas al Santísima Sacramento, háblanos de un alma santa (1) cuya vida se deslizó en gran parte al pie de los altares; la cual, como alguien le preguntara qué es lo que hacía y decía durante las largas horas que pasaba ante el Tabernáculo, respondió: «Muy contenta y holgada me quedaría ya allí por toda la eternidad. Pues qué ¿no es aquél el lugar donde reside la divina esencia, Cuya vista constituye la ocupación y a la vez el alimento de los bienaventurados en la gloria? ¿Me preguntáis qué hago ante Dios? Le alabo, le amo, le bendigo, le invoco. ¿Qué hace el pobre delante del rico, el enfermo junto al médico, el sediento al encontrarse con una fuente abundante y cristalina?» — Esta alma comprendía admirablemente la excelencia del don que Dios nos ha hecho en el Santísimo Sacramento, y estaba profundamente penetrada de esta verdad: que la devoción a la Eucaristía es la mejor de las devociones, puesto que es la más santa en su objeto, la más gloriosa para Dios y la más saludable para el alma fiel.


I

Honrar a los Santos es devoción muy justa y digna de loa. ¡La gloria del Señor se ostenta tan brillantemente en ellos! ¡hicieron por Dios acciones tan notables durante su permanencia en la tierra, y están coronados en el cielo con un tan resplandeciente nimbo de gloria! Es también devoción muy santa y laudable honrar a los ángeles del Señor. En efecto, ¡son tan puros estos celestes espíritus! ¡ocupan un sitio tan distinguido en la celestial Jerusalén y con tanto afán trabajan por la salvación de nuestras almas! Honrar a la Santísima Virgen, esta obra maestra de la naturaleza y de la gracia, esta criatura incomparable escogida para madre de Dios, es todavía una devoción más santa y más laudable. Pero la que a todas sobre-puja en excelencia es la devoción a la sagrada Eucaristía ; y esto por la grandeza infinita y augusta de su objeto.
Aquí ya no es el siervo el honrado, sino el Señor; no la criatura, sino el Creador. ¡El objeto de esta devoción es Jesucristo, y Jesucristo PRESENTE!

¡Oh delicioso pensamiento! Al pie del Tabernáculo puedo, pues, decirme con toda verdad: «A pocos pasos de mí reside verdadera, real y substancialmente el Creador del universo, mi Redentor, el Fundador y Defensor de la santa Iglesia, nuestro Señor Jesucristo! Aquí está con el mismo cuerpo santísimo que por mí fue desangrado a azotes, desgarrado con los clavos y espinas, atravesado por el hierro cruel de la lanza; aquí está con la misma preciosísima sangre que fue derramada para mi salvación, con su misma alma, maravilla de las manos de Dios, «en donde se ocultan los tesoros de la ciencia y sabiduría divinas» (2); aquí está con toda su divinidad, para recibir mis homenajes y colmarme de favores.

Y lo que más avalora todavía la excelencia de esta augusta devoción es que, por modo excelso y maravilloso, compendia todas las demás. En efecto: si se trata de honrar a los Santos, ¿qué honor más grande puede hacerles la Iglesia que celebrar sobre sus reliquias el santo Sacrificio? Si de los ángeles, ¿no están éstos a millares, alrededor del Tabernáculo, prosternados en la más profunda adoración? Si de la Santísima Virgen, ¿no es acaso el cuerpo de Jesucristo carne de su carne, y la sangre de Jesucristo su propia sangre? Si de la Beatísima Trinidad, ¿quién no ve que, por razón de la consubstancialidad que existe entre las tres Personas divinas, sobre nuestros altares residen el Padre y el Espíritu Santo, inefable e inseparablemente unidos con el Verbo? Si se trata de la Encarnación, baste recordar lo que acerca de la Misa dice San Agustín, a saber, que en ella se encarna el Verbo de Dios en las manos del sacerdote, como en otro tiempo en el seno de María Inmaculada. Si se trata de la Pasión y del sacrificio del Calvario, ¿quién no sabe que en el sacrificio del altar se inmola también Jesucristo de un modo incruento, aunque tan realmente como en la cruz?

¡Oh, sí! En el altar está nuestro más preciado tesoro; en el altar tenemos un inefable compendio de todos los beneficios que Dios nos ha hecho. Con cuánta razón podemos exclamar, con David, ante el Tabernáculo: ¿Qué puedo desear aún en el cielo y en la tierra? (3) ¡Vos sois, Señor, mi alegría, mi bien, mi paraíso y mi todo, Deus meas et omnia!


II

Entre todas las devociones, la que da más gloria a Dios es la Eucaristía, puesto que ninguna hay que le someta tan entera y completamente todo nuestro ser: el espíritu, por la fe; el corazón, por el amor; el cuerpo, por el culto exterior.

En el altar nada hay que hable a los sentidos. La Eucaristía es, entera y completamente, un misterio de fe, en el cual ofrecemos a Dios el sacrificio más meritorio de nuestra razón. Mucho se había humillado Jesús en la, cuna y en el Calvario, pero en ambos sitios los sentidos tenían en qué saciarse. La divinidad estaba oculta, es cierto, pero quedaba visible la humanidad; mientras que, en el Tabernáculo, humanidad y divinidad permanecen completamente escondidas. Ni en la cuna ni en el Calvario faltaron testimonios que le anunciaron como Hijo de Dios. El canto de los ángeles en los montes cercanos a Belén; la estrella misteriosa que conducía los magos a su cuna; el sol velando su radiosa faz; el estremecimiento de la tierra y la resurrección de muchos muertos hablan a favor de su divinidad mejor de lo que pudiera hacerlo lengua alguna creada. Pero, en el altar, todo esto desaparece. El creyente apoya su fe en el testimonio de solo Dio ; cree, sin que en algo le ayuden los sentidos; mejor diré, contra el testimonio de los mismos.

Pero además de misterio de fe, es también la Eucaristía misterio de amor. ¿Quién es capaz de ponderar, cual se merecen, las humillaciones excesivas a que Jesús se somete, en beneficio de los hombres, para ser nuestro compañero, nuestro alimento, nuestra hostia, sin sentirse imperiosamente arrastrado a devolverle amor por amor? ¿Quién podrá expresar los inefables incendios de amor que la Eucaristía ha hecho prender en tantos pechos cristianos; los generosos arranques que ha suscitado; las santas obras que ha dado a luz; las prodigiosas luchas de generosidad que ha provocado entre la criatura y el Criador? ¿Quién dirá la gloria que ha proporcionado a Dios, sometiéndole tantos cuerpos y corazones?

¿No fue acaso la Eucaristía la que impulsó a los arquitectos a cubrir de espléndidas basílicas todo el orbe cristiano? ¿No fue ella la que inspiró las obras maestras de nuestros más grandes pintores; la que infundió a la escultura el soplo creador que hizo palpitar de vida cristiana los mármoles y los bronces, y la que ha sugerido a la música esas prodigiosas armonías que tan magníficamente resuenan en nuestras iglesias? ¿No es la Eucaristía la que, en nuestros templos, congrega e su alrededor a los fieles para que se prosternen ante Dios? En una palabra, ¿no es la Eucaristía el CENTRO DEL CULTO CATÓLICO? Si tanta es, pues, la gloria que para la Divinidad redunda de la devoción a la Eucaristía, muy justo es que sea el objeto de nuestras preferencias ; pero, al mismo tiempo, recordemos también que es la más fecunda en frutos de salvación.


III

Muchos son los medios de que se vale Dios para comunicarnos su gracia: la oración, los sacramentos, la predicación, las santas inspiraciones; sin embargo, no temo afirmar que en ninguna parle se muestra tan generoso como en la sagrada Eucaristía. Fuera de ella, la gracia viene a nosotros como en riachuelos de bendición; ella es el río caudaloso que, con su abundancia, alegra la ciudad de nuestra alma (4). Ni puede ser de otra manera; porque, en la Eucaristía, no sólo se nos da la gracia, sino al AUTOR DE LA MISMA GRACIA. Allí está para hacernos bien, para llenarnos de favores. Mis delicias, dice, son estar con los hijos de los hombres (5). ¡Oh vosotros, los que sufrís y andáis agobiados, venid a Mí, que Yo os aliviaré! (6). Cuantos milagros obró en otro tiempo, recorriendo la Judea, para sanar enfermedades corporales, esos mismos obra, durante su permanencia en el Tabernáculo, para curar las enfermedades del alma. Ilumina a los ciegos, fortalece a los débiles, resucita a los muertos, acomodando siempre sus gracias a nuestras necesidades.

¿Estáis tristes? Acudid al altar, que allí os espera el Divino Consolador. ¿Os sentís pobres de virtudes? Llegaos al altar, en donde reside el bondadosísimo Jesús, como Rey de misericordia, dispuesto a derramar sobre nosotros sus divinas larguezas. ¿Estáis inquietos por vuestras faltas y anheláis el perdón? Id al altar; Jesús se ha hecho nuestra hostia de propiciación, nuestra víctima, y cada día se inmola por nosotros en el Santo Sacrificio. Sometamos nuestras almas a la acción purificadora de su sangre, y alcanzaremos, a no dudarlo, un grado de inocencia, que muy bien podrá emular la de los ángeles. ¿Sois débiles; sentís que os faltan alientos para continuar por la senda del bien; os halláis como el profeta Elías a punto de desfallecer en el camino? Pues corred al altar Jesús es el Pan de vida, el Maná celestial que os devolverá el vigor; os hará crecer en fuerza y alientos, os permitirá llegar hasta las cumbres altísimas del cielo.

Sí; en el altar, por medio de sus divinos ejemplos, sus eficacísimas súplicas y la poderosa energía de su gracia, Jesús nos limpia, santifica, conforta y diviniza, según aquella sublime frase de San Antonino: communio est introductio ad divinitatem.

¡Oh buen Jesús! Hacednos comprender el don magnífico de vuestra Eucaristía. Prended en nuestros corazones una devoción viva, inflamada, profunda y siempre creciente hacia este divino Sacramento, a fin de que nos aprovechemos de él y podamos tributaros, por su medio, todo honor y gloria (7).

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A los que amo, sólo les deseo una cosa, pero tal que las comprende todas: una fe viva, profunda y ardiente para con el Dios de la Eucaristía, JESUCRISTO, Pan de vida, Trigo de los elegidos, manantial de toda santidad, de toda fuerza, de todo amor y de toda felicidad.

Monseñor De Segur



(1) La condesa de Feria, ilustre penitente del Beato Juan de Ávila.
Paraiso. — Tomo I
(2) Col., II, 3.
(3) Ps. LXXII, 25.
(4) Ps. XLV, 5.
(5) Prov., VIII, 31.
(6) Matth., XI. 28.
(7) Ex Lit. Missae.


EL PARAÍSO EN LA TIERRA
O EL MISTERIO EUCARÍSTICO

por Cha. Rolland
Canónigo titular de Langres, 
Misionero Apostólico.

Traducción:
P. Manuel Mestres y Giralt
Barcelona, año 1921.