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domingo, 15 de mayo de 2016

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO - VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA


La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros fieles; viole María santísima intuitivamente y otros ocultísimos misterios y secretos que sucedieron entonces. 

58. En compañía de la gran Reina del cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre santísima, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su doctrina habían oído (Jn 14, 26). Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto, ni ademán contrario de los otros; uno mismo era el corazón y alma de todos en el sentir y obrar. Y aunque se ofreció la elección de San Matías, no intervino entre todos estos nuevos hijos de la Iglesia un ademán ni menor movimiento de discordia, con ser esta ocasión en la que los diferentes dictámenes arrastran la voluntad para discordar aun los más atentos, porque todos lo son para seguir cada uno su parecer y no reducirse al ajeno. Pero entre aquella santa congregación no tuvo entrada la discordia, porque los unió la oración, el ayuno y el estar todos esperando la visita del Espíritu Santo, que sobre corazones encontrados y discordes no puede tener asiento. Y para que se vea cuán poderosa fue esta unión de caridad, no sólo en disponerlos para recibir el Espíritu Santo, sino también para vencer a los demonios y ahuyentarlos, advierto que desde el infierno, donde estaban aterrados después de la muerte de nuestro Salvador Jesús, desde allí sintieron nueva opresión y terror con las virtudes de los que estaban en el cenáculo; aunque no las conocieron en particular, sintieron que de allí les resultaba aquella nueva fuerza que los acobardaba y juzgaron que se destruía su imperio con lo que aquellos discípulos de Cristo comenzaban a obrar en el mundo con su doctrina y ejemplo. 

59. La Reina de los Ángeles María santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la divina voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. Y como se cumpliesen los días de Pentecostés (Act 2, 1ss), que fue cincuenta días después de la resurrección del Señor y nuestro Redentor, vio la beatísima Madre cómo en el cielo la humanidad de la persona del Verbo proponía al Eterno Padre la promesa que el mismo Salvador dejaba hecha en el mundo a sus Apóstoles, de enviarles al divino Espíritu consolador, y que se cumplía el tiempo determinado por su infinita sabiduría para hacer este favor a la Santa Iglesia, para plantar en ella la fe que el mismo Hijo había ordenado y los dones que le había merecido. Propuso Su Majestad también los méritos que en la carne mortal había adquirido con su santísima vida, pasión y muerte y los misterios que había obrado para remedio del humano linaje, y que era su medianero, abogado e intercesor entre el Eterno Padre y los hombres, y que entre ellos vivía su dulcísima Madre, en quien las divinas personas se complacían. Pidió también Su Majestad que viniese el Espíritu Santo al mundo en forma visible, a más de la gracia y dones invisibles, porque así convenía para honrar la Ley del Evangelio a vista del mundo, para confortar y alentar más a los Apóstoles y fieles que habían de predicar la palabra divina, para causar terror en los enemigos del mismo Señor, que en su vida le habían perseguido y despreciado hasta la muerte de Cruz. 

60. Esta petición, que hizo nuestro Redentor en el cielo, acompañó su Madre santísima desde la tierra en la forma que a la piadosa Madre de los fieles competía. Y estando con profunda humildad postrada en tierra en forma de cruz, conoció cómo en el consistorio de la Beatísima Trinidad se admitía la petición del Salvador del mundo y que para despacharla y ejecutarla —a nuestro modo de entender— las dos personas del Padre y del Hijo, como principio de quien procede el Espíritu Santo, ordenaban la misión activa de la tercera Persona, porque a las dos se les atribuye el enviar la que procede de entrambos, y la tercera persona del Espíritu Santo aceptaba la misión pasiva y admitía venir al mundo. Y aunque todas estas Personas divinas y sus operaciones son de una misma voluntad infinita y eterna sin desigualdad alguna, pero las mismas potencias que en todas Personas son indivisas e iguales tienen unas operaciones ad intra en una persona que no las tienen en otra; y así el entendimiento en el Padre engendra y no en el Hijo, porque es engendrado, y la voluntad en el Padre y en el Hijo espira y no en el Espirito Santo, que es espirado. Y por esta razón al Padre y al Hijo se les atribuye enviar, como principio activo, al Espíritu Santo ad extra y a él se le atribuye el ser enviado como pasivamente. 

61. Precediendo las peticiones dichas, el día de Pentecostés por la mañana la prudentísima Reina previno a los Apóstoles y a los demás discípulos y mujeres santas —que todas eran ciento y veinte personas— para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos con la celestial Señora, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de un espantoso tronido y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego, y todo se encaminó a la casa del cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento y veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos y causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos. 

62. En María santísima fueron divinos y admirables para los cortesanos del cielo, que los demás somos muy inferiores para entenderlos y explicarlos. Quedó la purísima Señora transformada y elevada toda en el mismo altísimo Dios, porque vio intuitivamente y con claridad al Espíritu Santo y por algún espacio, aunque de paso, gozó de la visión beatífica de la divinidad, y de sus dones y efectos recibió sola ella más que todo el resto de los santos. Y su gloria por aquel tiempo excedió a la de los Ángeles y Bienaventurados. Y sola ella dio más gloria, alabanza y agradecimiento que todos ellos juntos por el beneficio de haber enviado el Señor a su divino Espíritu sobre la Santa Iglesia, empeñándose para enviarle muchas veces y gobernarla con su asistencia hasta el fin del mundo. Y de las obras que sola María santísima hizo en esta ocasión se complació y agradó la Beatísima Trinidad de manera que se dio Su Majestad como por pagado y satisfecho de este favor que hizo al mundo; y no sólo por satisfecho, pero hizo como si se hallara obligado, por tener a esta única criatura que el Padre miraba como Hija y el Hijo como Madre y el Espíritu Santo como a Esposa, a quien —a nuestro modo de entender— debía visitar y enriquecer después de haberla elegido para tan alta dignidad. Renováronse en la digna y feliz Esposa todos los dones y gracias del Espíritu Santo con nuevos efectos y operaciones que no caben en nuestra capacidad. 

63. Los Apóstoles, como dice San Lucas (Act 2, 4), fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable como nuevo en el mundo, quedaron los Doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento (2 Cor 3, 6) y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo, porque esta nueva gracia y dones les comunicaron una virtud divina que con eficaz y suave fuerza los inclinaba a lo más heroico de todas las virtudes y a lo supremo de la santidad. Y con esta fuerza oraban y obraban pronta y fácilmente todas las cosas, por arduas y difíciles que fuesen, y esto no con tristeza y por violenta necesidad, sino con gozo y alegría. 

64. En todos los demás discípulos y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles, pero según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Santa Iglesia. Y la misma proporción se guardó en los Apóstoles, pero San Pedro y San Juan Evangelista señaladamente fueron aventajados en estos dones por los más altos oficios que tenían, el uno de gobernar la Iglesia como cabeza y el otro de asistir y servir a su Reina y Señora de cielo y tierra María santísima. El texto sagrado de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la Casa donde estaba aquella feliz congregación (Act 2, 2), no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Y esta plenitud de maravillas y prodigios redundó y se comunicó a otros fuera del cenáculo, porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén. Todos aquellos que con alguna piedad se compadecieron de nuestro Salvador y Redentor Jesús en su pasión y muerte, doliéndose de sus acerbísimos tormentos y reverenciando su venerable persona, fueron visitados en lo interior con nueva luz y gracia que los dispuso para admitir después la Doctrina de los Apóstoles. Y los que se convirtieron con el primer sermón de San Pedro eran muchos de éstos, a quien su compasión y pena de la muerte del Señor les comenzó a granjear tanta dicha como ésta. Otros justos que estaban en Jerusalén fuera del cenáculo recibieron también grande consolación interior con que se movieron y dispusieron, y así obró en ellos el Espíritu Santo nuevos efectos de gracia, respectivamente, en cada uno.

65. Pero no son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho, que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén. Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro. Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos, ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El atrevido que dio la bofetada a Su Majestad divina no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la Resurrección del Salvador; pero como esto no era tan importante no lo escribieron los Apóstoles ni Evangelistas, y la confusión de la ciudad y la multitud lo olvidó luego. 

66. Pasó también el castigo y el temor hasta el infierno, donde los demonios le sintieron con nueva confusión y opresión, que les duró tres días, como a los judíos estar en tierra tres horas. Y en aquellos días estuvieron Lucifer y sus demonios dando formidables aullidos, con que todos los condenados recibieron nueva pena y aterramiento de confusísimo dolor. ¡Oh Espíritu inefable y poderoso! La Iglesia Santa os llama dedo de Dios, porque procedéis del Padre y del Hijo como el dedo del brazo y del cuerpo, pero en esta ocasión se me ha manifestado que tenéis el mismo poder infinito con el Padre y con el Hijo. En un mismo tiempo con vuestra real presencia se movieron cielo y tierra con efectos tan disímiles en todos sus moradores, pero muy semejantes a los que sucederán el día del juicio. A los santos y a los justos llenasteis de vuestra gracia, dones y consolación inefable, y a los impíos y soberbios castigasteis y llenasteis de confusión y penas. Verdaderamente veo aquí cumplido lo que dijisteis por Santo Rey y Profeta David (Sal 93, 1ss), que sois Dios de venganzas y libremente obráis dando la retribución digna a los malos, porque no se gloríen en su malicia injusta ni digan en su corazón que no lo veréis ni entenderéis, redarguyendo y castigando sus pecados. 

67. Entiendan, pues, los insipientes del mundo y sepan los estultos de la tierra que conoce el Altísimo los pensamientos vanos de los hombres y que si con los justos es liberal y suavísimo, con los impíos y malos es rígido y justiciero para su castigo. Tocábale al Espíritu Santo hacer lo uno y lo otro en esta ocasión. Porque procedía del Verbo, que se humanó por los hombres y murió para redimirlos y padeció tantos oprobios y tormentos sin abrir su boca ni dar retribución de estas deshonras y desprecios. Y bajando al mundo el Espíritu Santo, era justo que volviera por la honra del mismo Verbo humanado y, aunque no castigara a todos sus enemigos, pero en el castigo de los más impíos quedara señalado el que merecían todos los que con dura perfidia le habían despreciado, si con darles lugar no se reducían a la verdad con verdadera penitencia. A los pocos que habían admitido al Verbo humanado, siguiéndole y oyéndole como Redentor y Maestro, y a los que habían de predicar su fe y doctrina, era justo premiarlos y disponerlos con favores proporcionados para el ministerio de plantar la Iglesia y Ley Evangélica. A María santísima era como debido visitarla el Espíritu Santo. El Apóstol dijo (Ef 5, 31) que dejar el hombre a su padre y madre y unirse con su esposa, como lo había dicho Santo Profeta y Legislador Moisés (Gen 2, 24), era gran sacramento entre Cristo y la Iglesia, por quien descendió del seno del Padre para unirse con ella en la humanidad que recibió. Pues si Cristo bajó del cielo por estar con su esposa la Iglesia, consiguiente parecía que bajase el Espíritu Santo por María santísima, no menos esposa suya que Cristo de la Iglesia y no la amaba menos que el Verbo humanado a la Iglesia. 


Doctrina que me dio la gran Reina del cielo y Señora nuestra. 

68 Hija mía, poco atentos y agradecidos son los hijos de la Iglesia al beneficio que les hizo el Altísimo enviando a ella el Espíritu Santo, después de haber enviado a su Hijo por Maestro y Redentor de los hombres. Tanta fue la dilección con que los quiso amar y traer a sí, que para hacerlos participantes de sus divinas perfecciones envió primero al Hijo, que es la sabiduría, y después al Espíritu Santo, que es su mismo amor, para que de estos atributos fuesen enriquecidos en el modo que todos eran capaces de recibirlos. Y aunque vino el divino Espíritu en la primera vez sobre los Apóstoles y los demás que con ellos estaban, pero en aquella venida dio prendas y testimonio de que haría el mismo favor a los demás hijos de la Iglesia, de la luz y del Evangelio, comunicando a todos sus dones si todos se dispusieren para recibirlos. Y en fe de esta verdad venía el mismo Espíritu Santo sobre muchos de los creyentes en forma o en efectos visibles, porque eran verdaderamente fieles siervos, humildes, sencillos y de corazón limpio y aparejados para recibirle. Y también ahora viene en muchas almas justas, aunque no con señales tan manifiestas como entonces, porque no es necesario ni conveniente. Los efectos y dones interiores todos son de una misma condición, según la disposición y grado de cada uno que los recibe. 

69. Dichosa es el alma que anhela y suspira por alcanzar este beneficio y participar de este divino fuego, que enciende, ilustra y consume todo lo terreno y carnal, y purificándola la levanta a nuevo ser por la unión y participación del mismo Dios. Esta felicidad, hija mía, deseo para ti como verdadera y amorosa madre; y para que la consigas con plenitud te amonesto de nuevo prepares tu corazón, trabajando por conservar en él una inviolable tranquilidad y paz en todo lo que te sucediere. Quiere la divina clemencia levantarte a una habitación muy alta y segura, donde tengan término las tormentas de tu espíritu y no alcancen las baterías del mundo ni del infierno, donde en tu reposo descanse el Altísimo y halle en ti digna morada y templo de su gloria. No te faltarán acometimientos y tentaciones del Dragón y todas con suma astucia. Vive prevenida, para que ni te turbes ni admitas desasosiego en lo interior de tu alma. Guarda tu tesoro en tu secreto y goza de las delicias del Señor, de los efectos dulces de su casto amor, de las influencias de su ciencia, pues en esto te ha elegido y señalado entre muchas generaciones, alargando su mano liberalísima contigo. 

70. Considera, pues, tu vocación y asegúrate que de nuevo te ofrece el Altísimo la participación y comunicación de su divino Espíritu y sus dones. Pero advierte que cuando los concede no quita la libertad de la voluntad, porque siempre deja en su mano el hacer elección del bien y del mal a su albedrío, y así te conviene que en confianza del favor divino tomes eficaz resolución de imitarme en todas las obras que de mi vida conoces y no impedir los efectos y virtud de los dones del Espíritu Santo. Y para que mejor entiendas esta doctrina, te diré la práctica de todos siete. 

71. El primero, que es la sabiduría, administra el conocimiento y gusto de las cosas divinas para mover el cordial amor que en ellas debes ejercitar, codiciando y apeteciendo en todo lo bueno, lo mejor y más perfecto y agradable al Señor. Y a esta moción has de concurrir entregándote toda al beneplácito de la divina voluntad y despreciando cuanto te pueda impedir, por más amable que sea para la voluntad y deseable al apetito. A esto ayuda el don del entendimiento, que es el segundo, dando una especial luz para penetrar profundamente el objeto representado al entendimiento. Con esta inteligencia has de cooperar y concurrir, divirtiendo y apartando la atención y discurso de otras noticias bastardas y peregrinas, que el demonio por sí y por medio de otras criaturas ofrece para distraer el entendimiento y que no penetre bien la verdad de las cosas divinas. Esto le embaraza mucho, porque son incompatibles estas dos inteligencias y porque la capacidad humana es corta y partida en muchas cosas comprende menos y atiende menos a cada una que si atendiera a sola ella. Y en esto se experimenta la verdad del Evangelio, que ninguno puede servir a dos señores (Mt 6, 24). Y cuando atenta toda el alma a la inteligencia del bien le penetra, es necesaria la fortaleza, que es el tercer don, para ejecutar con resolución todo lo que el entendimiento ha conocido por más santo, perfecto y agradable al Señor. Y las dificultades o impedimentos que se ofrecieren para hacerlo, se han de vencer con fortaleza, exponiéndose la criatura a padecer cualquier trabajo y pena por no privarse del verdadero y sumo Bien que conoce. 

72. Mas porque muchas veces sucede que con la natural ignorancia y dubiedad, junto con la tentación, no alcanza la criatura las conclusiones o consecuencias de la verdad divina que ha conocido y con esto se embaraza para obrar lo mejor entre los arbitrios que ofrece la prudencia de la carne, sirve para esto el don de ciencia, que es el cuarto, y da luz para inferir unas cosas buenas de otras y enseña lo más cierto y seguro y a declararse en ello, si fuere menester. A éste se llega el don de la piedad, que es el quinto, e inclina al alma con fuerte suavidad a todo lo que verdaderamente es agrado y servicio del Señor y beneficio espiritual de la criatura, a que lo ejecute no con alguna pasión natural, sino con motivo santo, perfecto y virtuoso. Y para que en todo se gobierne con alta prudencia sirve el sexto don, de consejo, que encamina la razón para obrar con acierto y sin temeridad, pesando los medios y conciliando para sí y para otros con discreción, para elegir los medios más proporcionados a los fines honestos y santos. A todos estos dones se sigue el último, del temor, que los guarda y sella todos. Este don inclina al corazón para que huya y se recate de todo lo imperfecto, peligroso y disonante a las virtudes y perfección del alma, y así le viene a servir de muro que la defiende. Pero es necesario entender la materia y modo de este temor santo, para que no exceda en él la criatura ni tema donde no hay que temer, como a ti tantas veces te ha sucedido por la astucia de la serpiente, que a vuelta del temor santo te ha procurado introducir el temor desordenado de los mismos beneficios del Señor. Pero con esta doctrina quedarás advertida cómo has de practicar los dones del Altísimo y avenirte con ellos. Y te advierto y amonesto que la ciencia de temer es propio efecto de los favores que Dios comunica y le da al alma, y con suavidad y dulzura, paz y tranquilidad, para que sepa estimar y apreciar el don, porque ninguno hay pequeño de la mano del Altísimo, y porque el temor no impida a conocer bien el favor de su poderosa mano y para que este temor la encamine a agradecerle con todas sus fuerzas y humillarse hasta el polvo. Conociendo tú estas verdades sin engañó y quitando la cobardía del temor servil, quedará el filial y con él como norte navegarás segura en este valle de lágrimas. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VII, Cap. 5

jueves, 5 de mayo de 2016

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS - VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA



La ascensión de Cristo Redentor nuestro a los cielos con todos los Santos que le asistían, y lleva a su Madre santísima consigo para darle la posesión de la gloria. 

1509. Llegó la hora felicísima en que el Unigénito del Eterno Padre, que por la Encarnación humana bajó del cielo, había de subir a él con admirable y propia ascensión para asentarse a la diestra que le tocaba como heredero de sus eternidades, engendrado de su sustancia en igualdad y unidad de naturaleza y gloria infinita. Subió tanto porque descendió primero hasta lo inferior de la tierra, como lo dice el Apóstol (Ef 4, 9), dejando llenas todas las cosas que de su venida al mundo, de su vida, muerte y redención humana estaban dichas y escritas, habiendo penetrado como Señor de todo hasta el centro de la tierra y echado el sello a todos sus misterios con éste de su ascensión, en que dejó prometido el Espíritu Santo, que no viniera si primero no subiera a los cielos el mismo Señor, que con el Padre le había de enviar a su nueva Iglesia. Para celebrar día tan festivo y misteriosa eligió Cristo nuestro bien por especiales testigos las ciento y veinte personas, a quien juntó y halló en el cenáculo, como en el capítulo pasado se dijo, que eran María santísima y los once Apóstoles, los setenta y dos discípulos, Santa María Magdalena, Santa Marta y San Lázaro, hermano de las dos, y las otras Marías y algunos fieles, hombres y mujeres, hasta cumplir el número sobredicho (Cf. supra n. 1504) de ciento y veinte. 

1510. Con esta pequeña grey salió del cenáculo nuestro divino pastor Jesús, llevándolos a todos delante por las calles de Jerusalén y a su lado a la beatísima Madre. Y luego los Apóstoles y todos los demás por su orden caminaron hacia Betania, que distaba menos de media legua (1 legua ~ 5.556 Km) a la falda del monte Olivete. La compañía de los Ángeles y Santos que salieron del limbo y purgatorio seguían al Triunfador victorioso con nuevos cánticos de alabanza, aunque de su vista sólo gozaba María santísima. Estaba ya divulgada por toda Jerusalén y Palestina la Resurrección de Jesús Nazareno, aunque la pérfida malicia de los príncipes de los sacerdotes procuraba que se asentase el falso testimonio de que los discípulos le habían hurtado, pero muchos no lo admitieron, ni dieron crédito. Y con todo eso dispuso la Divina Providencia que ninguno de los moradores de la ciudad, o incrédulos o dudosos, reparasen en aquella santa procesión que salía del cenáculo ni los impidiesen el camino, porque todos estuvieron justamente inadvertidos, como incapaces de conocer aquel misterio tan maravilloso, no obstante que el capitán y maestro Jesús iba invisible para todos los demás, fuera de los ciento y veinte justos que eligió para que le viesen subir a los cielos. 

1511. Con esta seguridad que les previno el poder del mismo Señor, caminaron todos hasta subir a lo más alto del monte Olivete, y llegando al lugar determinado se formaron tres coros, uno de Ángeles, otro de los Santos y el tercero de los Apóstoles y fieles, que se dividieron en dos alas, y Cristo nuestro Salvador hacía cabeza. Luego la prudentísima Madre se postró a los pies de su Hijo y le adoró por verdadero Dios y Reparador del mundo, con admirable culto y humildad, y le pidió su última bendición. Y todos los demás fieles que allí estaban a imitación de su gran Reina hicieron lo mismo, y con grandes sollozos y suspiros preguntaron al Señor si en aquel tiempo había de restaurar el reino de Israel, y Su Majestad les respondió que aquel secreto era de su Eterno Padre y no les convenía saberlo y que por entonces era necesario y conveniente que en recibiendo al Espíritu Santo predicasen en Jerusalén, en Samaría y en todo el mundo los misterios de la Redención humana. 

1512. Despedido Su Divina Majestad de aquella santa y feliz congregación de fieles con semblante apacible y majestuoso, juntó las manos y en su propia virtud se comenzó a levantar del suelo, dejando en él las señales o vestigios de sus sagradas plantas. Y con un suavísimo movimiento se fue encaminando por la región del aire, llevando tras de sí los ojos y el corazón de aquellos hijos primogénitos, que entre suspiros y lágrimas le seguían con el afecto. Y como al movimiento del primer móvil se mueven también los cielos inferiores que comprende su dilatada esfera, así nuestro Salvador Jesús llevó tras de sí mismo los coros celestiales de Ángeles y Santos Padres y los demás que le acompañaban glorificados, unos en cuerpo y alma, otros en solas las almas, y todos juntos y ordenados subieron y se levantaron de la tierra acompañando y siguiendo a su Rey, Capitán y Cabeza. El nuevo y oculto sacramento que la diestra del Altísimo obró en esta ocasión fue llevar consigo a su Madre santísima para darla en el cielo la posesión de la gloria y del lugar que como a Madre verdadera le tenía señalado, y ella con sus méritos adquirido, y para adelante prevenido. De este favor estaba ya capaz la gran Reina antes que sucediese, porque su Hijo santísimo se lo había ofrecido en los cuarenta días que la acompañó después de su milagrosa resurrección. Y porque a ninguna otra criatura humana y viviente se le manifestase este sacramento por entonces, y para que en la congregación de los apóstoles y demás fieles asistiese su divina Maestra, perseverando con ellos en oración hasta la venida del Espíritu Santo, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act 1, 14), obró el poder divino por milagroso y admirable modo que María santísima estuviese en dos partes, quedando con los hijos de la Iglesia siguiéndoles al cenáculo y asistiendo con ellos, y subiendo en compañía del Redentor del mundo, y en su mismo trono, a los cielos, donde estuvo tres días con el más perfecto uso de las potencias y sentidos, y al mismo tiempo en el cenáculo con menos ejercicio de ellos. 

1513. Fue la beatísima Señora levantada con su Hijo santísimo y colocada a su diestra, cumpliéndose lo que dijo el Santo Rey y Profeta David (Sal 44, 10), que estuvo la Reina a su diestra con vestido dorado de resplandores de gloria y rodeada de variedad de dones y gracias a vista de los Ángeles y Santos que ascendían con el Señor. Y para que la admiración de este gran misterio despierte más la devoción, inflame la viva fe de los fieles y los incline a engrandecer al autor de tan rara y no pensada maravilla, advierto a los que leyeren este milagro que, desde que el Muy Alto me declaró su voluntad de que escribiese esta Historia y me intimó mandato para ejecutarlo, repetidísimas veces y en dilatado tiempo y largos años que han pasado me ha manifestado Su Majestad diversos misterios y descubierto grandes sacramentos de los que dejo escritos y diré adelante, porque la alteza del argumento pedía esta prevención y disposición. No lo recibía todo junto, porque no es capaz la limitación de la criatura de tanta abundancia, pero para escribirlo se me renueva la luz por otro modo de cada misterio en particular; y las inteligencias de todos han sido ordinariamente en los días festivos de Cristo nuestro Salvador y de la gran Reina del cielo, y singularmente este sacramento grande, de llevar el Hijo santísimo a su purísima Madre el día de la Ascensión consigo al cielo y quedando en el cenáculo por modo admirable y milagroso, le he conocido consecutivamente algunos años en los mismos días. 

1514. La firmeza que trae consigo la verdad divina no deja duda para el entendimiento que la conoce y mira en el mismo Dios, donde todo es luz sin mezcla de tinieblas (1 Jn 1, 5) y se conoce el objeto y la razón; pero para quien oye en relación estos misterios, necesario es dar motivos a la piedad para pedir el crédito de lo que es oscuro, y por esta causa me hallara dudosa en escribir el oculto sacramento de esta subida a los cielos de nuestra Reina si no fuera tan grande falta negarle a esta Historia maravilla y prerrogativa que tanto la engrandece. A mí se me ofreció la duda cuando conocí este misterio la primera vez, pero ahora que le escribo no la tengo, después que dije en la primera parte (Cf. supra p.I n. 331) cómo en naciendo la Princesa de las alturas fue llevada niña al cielo empíreo, y en esta segunda parte dije (Cf. supra n. 72, 90) que sucedió lo mismo dos veces en los nueve días que precedieron a la Encarnación del Verbo, para disponerla dignamente para tan alto misterio. Y si el poder divino hizo con María santísima estos favores tan admirables antes de ser Madre del Verbo, disponiéndola para que lo fuese, mucho más creíble es que los repetiría después que ya estaba consagrada con haberle tenido en su virginal tálamo, dándole forma humana de su purísima sangre, alimentándole a sus pechos con su leche y criándole como a Hijo verdadero, y después de haberle servido treinta y tres años, siguiéndole e imitándole en su vida, pasión y muerte con la fidelidad que ninguna lengua puede explicar. 

1515. En estos favores y misterios de María santísima, muy diferente cosa es investigar la razón por qué el Altísimo los obró en ella, o por qué los ha tenido ocultos tantos siglos en su Iglesia. Lo primero se ha de regular con el poder divino y el amor inmenso que tuvo a su Madre y por la dignidad que la dio sobre todas las criaturas. Y como los hombres en carne mortal no llegan a conocer cabalmente ni la dignidad de Madre, ni el amor que le tuvo y tiene su Hijo y toda la Beatísima Trinidad, ni los méritos y santidad a donde la levantó su omnipotencia, por esta ignorancia limitan el poder divino en obrar con su Madre todo lo que pudo, que fue todo lo que quiso. Pero si a ella sola se dio a sí mismo con tan especial modo como hacerse hijo de su sustancia, consiguiente era en el orden de gracia hacer con ella singularmente lo que con ningún otro ni con todo el linaje humano se debía hacer ni convenía; y con ella no solamente han de ser singulares los favores, beneficios y dones que hizo el Altísimo con su Madre santísima, pero la regla general es que ninguno le negó de cuantos pudo hacer con ella que redundase en su gloria y santidad, después de la de su humanidad santísima. 

1516. Pero en manifestar Dios estas maravillas a su Iglesia concurren otras razones de su altísima Providencia, con que la gobierna y le va dando nuevos resplandores según los tiempos y necesidades que con ellos se ofrece. Porque el dichoso día de la gracia, que amaneció al mundo con la Encarnación del Verbo humanado y Redención de los hombres, tiene su mañana y meridiano como tendrá su ocaso, y todo lo dispone la eterna sabiduría como y cuando oportunamente conviene. Y aunque todos los misterios de Cristo y su Madre estén revelados en las divinas Escrituras, mas no todos se manifiestan igualmente a un mismo tiempo, sino poco a poco ha ido corriendo el Señor la cortina de las figuras y metáforas o enigmas con que se revelaron muchos sacramentos, como encerrados y reservados para su tiempo, como lo están los rayos del sol después de haber salido debajo de la nube que los oculta hasta que se retira. Y no es maravilla que a los hombres se les vaya comunicando por partes alguno de los muchos rayos de esta divina luz, pues los mismos ángeles, aunque conocieron desde su creación el misterio de la Encarnación en sustancia y como en general, como fin a donde se ordenaba todo el ministerio que tienen con los hombres, pero no se les manifestaron a los divinos espíritus todas las condiciones, efectos y circunstancias de este misterio, antes han conocido muchas de ellas después de cinco mil y doscientos y más años de la creación del mundo. Y este nuevo conocimiento de lo que no sabían en particular, les causaba nueva admiración de alabanza y gloria, que daban al autor, como en todo el discurso de esta Historia muchas veces repito (Cf. supra n. 631, 692, 997, 1261, 1286). Y con este ejemplo respondo a la admiración que puede causar a quien oyere de nuevo el misterio que aquí escribo de María santísima, oculto hasta que el Altísimo lo ha querido manifestar, con los demás que dejo escritos y escribiré adelante. 

1517. Antes que yo estuviera capaz de estas razones, cuando comencé a conocer este misterio de haber llevado Cristo nuestro Salvador a su Madre santísima consigo en su Ascensión, no fue pequeña mi admiración, no tanto en mi nombre como en los demás a cuya noticia llegara. Y entre otras cosas que entendí entonces del Señor, fue acordarme lo que San Pablo de sí mismo dejó escrito en la Iglesia, cuando refirió el rapto que tuvo hasta el tercero cielo (2 Cor 12, 2), que fue el de los bienaventurados, donde dejó en duda si fue arrebatado en cuerpo o fuera de él, sin afirmar o negar alguno de estos dos modos, antes suponiendo que pudo ser por cualquiera de ellos. Y entedí luego que si al Apóstol en el principio de su conversión le sucedió esto, de manera que pudiese ser llevado al cielo empíreo corporalmente, cuando no habían precedido en él méritos sino culpas, y concederle este milagro al poder divino no tiene peligro ni inconveniente en la Iglesia, ¿cómo se ha de dudar que haría el mismo Señor este favor a su Madre y más sobre tan inefables merecimientos y santidad? Añadió más el Señor: que si a otros Santos de los que resucitaron en el cuerpo con la resurrección de Cristo se les concedió subir en cuerpo y alma con Su Majestad, más razón había para concederle a su Madre purísima este favor, pues, aunque a ninguno de los mortales se le hiciera este beneficio, a María santísima se le debía en algún modo por haber padecido con el Señor. Y era puesto en razón que con él mismo entrase a la parte del triunfo y del gozo con que llegaba a tomar la posesión de la diestra de su Eterno Padre, para que de la suya la tomase también su propia Madre, que le había dado de su misma sustancia aquella naturaleza humana en que subía triunfante a los cielos. Y así como era conveniente que en esta gloria no se apartasen Hijo y Madre, también lo era que ningún otro del linaje humano en cuerpo y alma llegase primero a la posesión de aquella eterna felicidad que María santísima, aunque fueran su padre y madre y su esposo San José y los demás, que a todos y al mismo Señor e Hijo santísimo Jesús les faltara esta parte de gozo accidental en aquel día sin María santísima y si no entrara con ellos en la patria celestial como Madre de su Reparador y Reina de todo lo criado, a quien ninguno de sus vasallos se debía anteponer en este favor y beneficio. 

1518. Estas congruencias me parecen bastantes para que la piedad católica se alegre y consuele con la noticia de este misterio y de los que diré adelante de esta condición en la tercera parte. Y volviendo al discurso de la Historia, digo que nuestro Salvador llevó consigo a su Madre santísima en la subida a los cielos, llena de resplandor y gloria a vista de los Ángeles y Santos, con increíble júbilo y admiración de todos. Y fue muy conveniente por entonces que los Apóstoles y los demás fieles ignorasen este misterio, porque si vieran ascender a su Madre y Maestra con Cristo, los afligiera el desconsuelo sin medida ni recurso de algún alivio, pues no les quedaba otro mayor que imaginar tenían consigo a la beatísima Señora y Madre piadosísima. Con todo eso, fueron grandes los suspiros, lágrimas y clamores que daban de lo íntimo del alma, cuando vieron que su amantísimo Maestro y Redentor se iba alejando por la región del aire. Y cuando ya le iban perdiendo de vista, se interpuso una nube refulgentísima entre el Señor y los que quedaban en la tierra, y con esta nube se les ocultó de todo punto para dejar de verle. Venía en ella la persona del Eterno Padre, que descendió del supremo cielo a la región del aire a recibir a su Unigénito humanado y a la Madre que le dio el nuevo ser humano en que volvía. Y llegándolos el Padre a sí mismo, los recibió con un abrazo inseparable de infinito amor y nuevo gozo para los Ángeles, que en ejércitos innumerables venían del cielo asistiendo a la Persona del Eterno Padre [en todos los lugares esta presente la consubstancial Beatísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo con sustancia y esencia, pero con gracia santificante e inhabitación solamente en las almas de los justos]. Luego en breve espacio y penetrando los elementos y los orbes celestiales les llegó toda esta divina procesión al lugar supremo del empíreo. Los Ángeles que subían de la tierra con sus Reyes Jesús y María, y los que volvieron de la región del aire, hablaron a la entrada con los demás que quedaron en las alturas y repitieron aquellas palabras del Santo Rey David (Sal 23, 7), añadiendo otras que declaran el misterio, y dijeron: 

1519. Abrid, príncipes, abrid vuestras puertas eternales; levántense y estén patentes, para que entre en su morada el gran Rey de la gloria, el Señor de las virtudes, el poderoso en las batallas y fuerte y vencedor, que viene victorioso y triunfador de todos sus enemigos. Abrid las puertas del soberano paraíso, y siempre estén patentes y franqueadas, que sube el nuevo Adán, reparador de todo su linaje humano, rico en misericordias, abundante en los tesoros de sus propios merecimientos, cargado de despojos y primicias de la copiosa Redención que con su muerte obró en el mundo. Ya restauró la ruina de nuestra naturaleza y levantó la humana a la suprema dignidad de su mismo ser inmenso. Ya vuelve con el reino que le dio su Padre de los electos y redimidos. Ya su liberal misericordia les deja a los mortales la potestad para que de justicia pueden adquirir el derecho que perdieron por el pecado, para merecer con la observancia de su ley la vida eterna como hermanos suyos y herederos de los bienes de su Padre; y para mayor gloria suya y gozo nuestro trae consigo y a su lado a la Madre de piedad, que le dio la forma de hombre en que venció al demonio, y viene nuestra Reina tan agradable y especiosa, que deleita a quien la mira. Salid, salid, divinos cortesanos, veréis a nuestro Rey hermosísimo con la diadema que le dio su Madre, y a su Madre coronada con la gloria que le da su Hijo. 

1520. Con este júbilo y el que excede a nuestro pensamiento llegó al cielo empíreo aquella nueva procesión tan ordenada y, puestos a dos coros Ángeles y Santos, pasaron Cristo nuestro Redentor y su beatísima Madre, y todos por su orden les dieron suprema adoración a cada uno y a los dos respectivamente, cantando nuevos cánticos de loores a los autores de la gracia y de la vida. El Eterno Padre asentó a su diestra en el trono de la divinidad al Verbo humanado con tanta gloria y majestad, que puso en nueva admiración y temor reverencial a todos los moradores del cielo, que conocían con visión clara e intuitiva la divinidad de infinita gloria y perfecciones, encerrada y unida sustancialmente en una persona a la humanidad santísima, hermoseada y levantada a la preeminencia y gloria que de aquella inseparable unión le resultaba, que ni ojos le vieron, ni oídos lo oyeron, ni jamás pudo caber en pensamiento criado. 

1521. En esta ocasión subió de punto la humildad y sabiduría de nuestra prudentísima Reina, porque entre tan divinos y admirables favores quedó como a la peana del trono real, deshecha en su propio conocimiento de pura y terrena criatura, y postrada adoró al Padre y le hizo nuevos cánticos de alabanza por la gloria que comunicaba a su Hijo, levantando en Él su humanidad deificada en tan excelsa grandeza y gloria. Fue para los Ángeles y Santos nuevo motivo de admiración y gozo al ver la prudentísima humildad de su Reina, de quien como de un dechado vivo copiaban con santa emulación sus virtudes de adoración y reverencia. Oyóse luego una voz del Padre que la decía: Hija mía, asciende más adelante. Y su Hijo santísimo también la llamó, diciendo: Madre mía, levántate y llega al lugar que yo te debo por lo que me has seguido e imitado. Y el Espíritu Santo dijo: Esposa mía y amiga mía, llega a mis eternos brazos. Y luego se manifestó a todos los bienaventurados el decreto de la Beatísima Trinidad, con que señalaba por lugar y asiento de la felicísima Madre la diestra de su Hijo para toda la eternidad, por haberle dado el ser humano de su misma sangre y por haberle criado, servido, imitado y seguido con plenitud de perfección posible a pura criatura, y que ninguna otra de la humana naturaleza tomase la posesión de aquel lugar y estado inamisible en el grado que le correspondía, antes que la Reina la tuviese y fuese colocada en el que se le señalaba de justicia para después de su vida, como superior en suma distancia a todo el restos de los santos. 

1522. En cumplimiento de este decreto fue colocada María santísima en el trono de la Beatísima Trinidad a la diestra de su Hijo santísimo, conociendo ella misma y los demás santos que se le daba la posesión de aquel lugar, no sólo por todas las eternidades, sino también dejando en la elección de su voluntad si quería permanecer en él, sin dejarle desde entonces ni volver al mundo. Porque ésta era como voluntad condicionada de las divinas personas, que cuanto era de parte del Señor se quedase en aquel estado. Y para que ella eligiese se le manifestó de nuevo el que tenía la Iglesia Santa militante en la tierra y la soledad y necesidad de los fieles, cuyo amparo se le dejaba a su elección. Este orden de la admirable Providencia del Altísimo fue dar ocasión a la Madre de Misericordia para que sobreexcediese y aventajase a sí misma y obligase al linaje humano con un acto de piedad y clemencia como el que hizo, semejante al de su Hijo en admitir el estado pasible, suspendiendo la gloria que pudo y debía recibir en el cuerpo para redimirnos. Imitóle en esto también su beatísima Madre, para que en todo fuese semejante al Verbo humanado, y conociendo la gran Señora sin engaño todo lo que se le proponía, se levantó del trono y postrada ante el acatamiento de las tres personas habló y dijo: Dios eterno y todopoderoso, Señor mío, el admitir luego este premio, que vuestra dignación me ofrece, ha de ser para descanso mío. El volver al mundo y trabajar más en la vida mortal entre los hijos de Adán, ayudando a los fieles de Vuestra Santa Iglesia, ha de ser de gloria y beneplácito de Vuestra Majestad y en beneficio de mis hijos los desterrados y viadores. Yo admito el trabajo y renuncio por ahora este descanso y gozo que de vuestra presencia recibo. Bien conozco lo que poseo y recibo y lo sacrifico al amor que tenéis a los hombres. Admitid, Señor y Dueño de todo mi ser, mi sacrificio, y vuestra virtud divina me gobierne en la empresa que me habéis fiado. Dilátese vuestra fe, sea ensalzado vuestro santo nombre y multipliquese Vuestra Iglesia, adquirida con la sangre de vuestro Unigénito y mío, que yo me ofrezco de nuevo a trabajar por Vuestra gloria y granjear las almas que pudiere. 

1523. Esta resignación nunca imaginada hizo la piadosísima Madre y Reina de las virtudes y fue tan agradable en la divina aceptación, que luego se la premió el Señor, disponiéndola con las purificaciones e iluminaciones que otras veces he referido (Cf. supra p.I n. 626ss) para ver la divinidad intuitivamente; que hasta entonces en esta ocasión no la había visto más de por visión abstractiva, con todo lo que había precedido. Y estando así elevada, se le manifestó en visión beatífica y fue llena de gloria y bienes celestiales, que no se pueden referir ni conocer en esta vida. 

1524. Renovó en ella el Altísimo todos los dones que hasta entonces la había comunicado y los confirmó y selló de nuevo en el grado que convenía, para enviarla otra vez por Madre y Maestra de la Santa Iglesia, y el título que antes le había dado de Reina de todo lo criado, de Abogada y Señora de los fieles, y como en la cera blanda se imprime el sello, así en María santísima por virtud de la omnipotencia divina se reimprimió de nuevo el ser humano y la imagen de Cristo, para que con esta señal volviese a la Iglesia militante, donde había de ser huerto verdaderamente cerrado y sellado (Cant 4, 12) para guardar las aguas de la vida. ¡Oh misterios tan venerables cuanto levantados! ¡Oh secretos de la Majestad altísima, dignos de toda reverencia! ¡Oh caridad y clemencia de María santísima, nunca imaginada de los ignorantes hijos de Eva! No fue sin misterio poner Dios en su elección de esta única y piadosa Madre el socorro de sus hijos los fieles, traza fue para manifestarnos en esta maravilla aquel maternal amor que acaso en otras y en tantas obras no acabaríamos de conocer. Orden divino fue, para que ni a ella le faltase esta excelencia, ni a nosotros esta deuda, y nos provocase ejemplo tan admirable. ¿A quién le pareciera mucho, a vista de esta fineza, lo que hicieron los Santos y padecieron los Mártires, privándose de algún momentáneo contentamiento para llegar al descanso, cuando nuestra amantísima Madre se privó del gozo verdadero para volver a socorrer a sus hijuelos? ¿Y cómo excusaremos nuestra confusión, cuando ni por agradecer este beneficio, ni por imitar este ejemplo, ni por obligar a esta Señora, ni por adquirir su eterna compañía y la de su Hijo, aun no queremos carecer de un leve y engañoso deleite, que nos granjea su enemistad y la misma muerte? Bendita sea tal mujer, alábenla los mismos cielos y llámenla dichosa y bienaventurada todas las generaciones. 

1525. A la primera parte de esta Historia puse fin con el capítulo 31 de las Parábolas de Salomón, declarando con él las excelentes virtudes de esta gran Señora, que fue la única mujer fuerte de la Iglesia, y con el mismo capítulo puedo cerrar esta segunda parte, porque todo lo comprendió el Espíritu Santo en la fecundidad de misterios que encierran las palabras de aquel lugar. Y en este gran sacramento de que he tratado aquí se verifica con mayor excelencia, por el estado tan supremo en que María santísima quedó después de este beneficio. Pero no me detengo en repetir lo que allí dije, porque con ello se entenderá mucho de lo que aquí podré decir y se declara cómo esta Reina fue la mujer fuerte, cuyo valor y precio vino de lejos y de los últimos fines del cielo empíreo, de la confianza que de ella hizo la Beatísima Trinidad, y no se halló frustrado el corazón de su varón, porque nada le faltó de lo que esperaba de ella. Fue la nave del mercader que desde el cielo trajo el alimento de la Iglesia a la que con el fruto de sus manos la plantó, la que se ciñó de fortaleza, la que corroboró su brazo para cosas grandes, la que extendió sus palmas a los pobres y abrió sus manos a los desamparados, la que gustó y vio cuán buena era esta negociación a la vista del premio en la bienaventuranza, la que vistió a sus domésticos con dobladas vestiduras, la que no se le extinguió la luz en la noche de la tribulación, ni pudo temer en el rigor de las tentaciones. Para todo esto, antes de bajar del cielo, pidió al Eterno Padre la potencia, al Hijo la sabiduría, al Espíritu Santo el fuego de su amor, y a todas tres Personas su asistencia y para descender su bendición. Diéronsela estando postrada ante su trono y la llenaron de nuevas influencias y participación de la divinidad. Despidiéronla amorosamente, llena de tesoros inefables de su gracia. Los Santos Ángeles y justos la engrandecieron con admirables bendiciones y loores con que volvió a la tierra, como diré en la tercera parte (Cf. infra p. III n. 3), y lo que obró en la Iglesia Santa el tiempo que convino asistir en ella, que todo fue admiración del cielo y beneficio de los hombres, que trabajó y padeció siempre porque consiguiesen la felicidad eterna. Y como había conocido el valor de la caridad en su origen y principio, en Dios eterno, que es caridad, quedó enardecida en ella, y su pan de día y noche fue caridad, y como abejita oficiosa bajó de la Iglesia triunfante a la militante, cargada de las flores de la caridad, a labrar el dulce panal de miel del amor de Dios y del prójimo, con que alimentó a los hijos pequeñuelos de la primitiva Iglesia y los crió tan robustos y consumados varones en la perfección, que fueron fundamentos bastantes para los altos edificios de la Iglesia Santa. 

1526. Y para dar fin a este capítulo, y con él a esta segunda parte, volveré a la congregación de los fieles, que dejamos tan llorosos en el monte Olivete. No los olvidó María santísima en medio de sus glorias, y viendo su tristeza y llanto y que todos estaban casi absortos mirando a la región del aire, por donde su Redentor y Maestro se les había escondido, volvió la dulce Madre sus ojos desde la nube en que ascendía y desde donde los asistía. Y viendo su dolor, pidió a Jesús amorosamente consolase aquellos hijuelos pobres que dejaba huérfanos en la tierra. Inclinado el Redentor del linaje humano con los ruegos de su Madre, despachó desde la nube dos Ángeles con vestiduras blancas y refulgentes, que en forma humana aparecieron a todos los discípulos y fieles y hablando con ellos les dijeron: Varones galileos, no perseveréis en mirar al cielo con tanta admiración, porqué este Señor Jesús, que se alejó de vosotros y ascendió al cielo, otra vez ha de volver con la misma gloria y majestad que ahora le habéis visto.—Con estas razones, y otras que añadieron, consolaron a los apóstoles y discípulos y a los demás, para que no desfalleciesen y esperasen retirados la venida y consolación que les daría él Espíritu Santo prometido por su divino Maestro. 

1527. Pero advierto que estas razones de los Ángeles, aunque fueron de consuelo para aquellos varones y mujeres, fueron también reprensión de su poca fe. Porque si ella estuviera bien informada y fuerte con el amor puro de la caridad, no era necesario ni útil estar mirando al cielo tan suspensos, pues ya no podían ver a su Maestro, ni detenerle con aquel amor y cariño tan sensible que les obligaba a mirar el aire por donde había ascendido al cielo, antes bien con la fe le podían ver y buscar a donde estaba y con ella le hallaran seguramente. Y lo demás era ya ocioso e imperfecto modo de buscarle, pues para obligarle a que los asistiese con su gracia, no era menester que corporalmente le vieran y le hablaran, y el no entenderlo así, en varones tan ilustrados y perfectos era defecto reprensible. Mucho tiempo cursaron los Apóstoles y discípulos en la escuela de Cristo nuestro bien y bebieron la doctrina de la perfección en su misma fuente, tan pura y cristalina, que pudieran estar ya muy espiritualizados y capaces de la más alta perfección. Pero es tan infeliz nuestra naturaleza en servir a los sentidos y contentarse con lo sensible, que aun lo más divino y espiritual quiere amar y gustar sensiblemente; y acostumbrada a esta grosería, tarda mucho en sacudirse y purificarse de ella, y tal vez se engaña, cuando con más seguridad y satisfacción ama al mejor objeto. Esta verdad para nuestra enseñanza se experimentó en los Apóstoles, a quienes el Señor había dicho que de tal manera era verdad y luz que juntamente era camino y que por él habían de llegar al conocimiento de su Eterno Padre; que la luz no es para manifestarse a sí sola, ni el camino es para quedarse en él. 

1528. Esta doctrina tan repetida en el Evangelio y oída de la boca del autor mismo y confirmada con el ejemplo de su vida, pudiera levantar el corazón y entendimiento de los Apóstoles a su inteligencia y práctica. Pero el mismo gusto espiritual y sensible que recibían de la conversación y trato de su Maestro y la seguridad con que le amaban de justicia, les ocupó todas las fuerzas de la voluntad atada al sentido, de manera que aún no sabían pasar de aquel estado, ni advertir que en aquel gusto espiritual se buscaban mucho a sí mismos, llevados de la inclinación al deleite espiritual, que viene por los sentidos. Y si no los dejara su mismo Maestro subiéndose a los cielos, fuera muy difícil apartarlos de su conversación sin grande amargura y tristeza, y con ella no estuvieran idóneos para la predicación del Evangelio, que se debía extender por todo el mundo a costa de mucho trabajo y sudor y de la misma vida de los que le predicaban. Este era oficio de varones no párvulos, sino esforzados y fuertes en el amor, no aficionados ni cariñosos al regalo sensible del espíritu, sino dispuestos a padecer abundancia y penuria, a la infamia y a la buena fama (2 Cor 6, 8), a las honras y deshonras, a la tristeza y alegría, conservando en esta variedad el amor y celo de la honra de Dios, con corazón magnánimo y superior a todo lo próspero y adverso. Con esta reprensión de los Ángeles se volvieron del monte Olívete al cenáculo con María santísima, donde perseveraron con ella en oración, aguardando la venida del Espíritu Santo, como en la tercera parte veremos. 


Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima. 

1529. Hija mía, a esta segunda parte de mi vida darás dichoso fin con quedar muy advertida y enseñada de la suavidad eficacísima del divino amor y de su liberalidad inmensa con las almas que no le impiden por sí mismas. Más conforme es a la inclinación del sumo bien y su voluntad perfecta y santa regalar a las criaturas que afligirlas, darles consuelos más que aflicciones, premiarlas más que castigarlas, dilatarlas más que contristarlas. Pero los mortales ignoran esta ciencia divina, porque desean que de la mano del sumo bien les vengan las consolaciones, deleites y premios terrenos y peligrosos, y los anteponen a los verdaderos y seguros. Este pernicioso error enmienda el amor divino en ellos, cuando los corrige con tribulaciones y los aflige con adversidades, los enseña con castigos, porque la naturaleza humana es tarda, grosera y rústica, y si no se cultiva y rompe su dureza no da fruto sazonado, ni con sus inclinaciones está bien dispuesta para el trato amabilísimo y dulce del sumo bien. Y así, es necesario ejercitarla y pulirla con el martillo de los trabajos y renovar en el crisol de la tribulación, con que se haga idónea y capaz de los dones y favores divinos, enseñándose a no amar los objetos terrenos y falaces, donde está escondida la muerte. 

1530. Poco me pareció lo que yo trabajé cuando conocí el premio que la bondad eterna me tenía prevenido, y por esto dispuso con admirable providencia que volviese a la Iglesia militante por mi propia voluntad y elección, porque venía a ser este orden de mayor gloria para mí y de exaltación al santo nombre del Altísimo, y se conseguía el socorro de la Iglesia y de sus hijos por el modo más admirable y santo. A mí me pareció muy debido carecer aquellos años que viví en el mundo de la felicidad que tenía en el cielo y volver a granjear en el mundo nuevos frutos de obras y agrado del Altísimo, porque todo lo debía a la bondad divina que me levantó del polvo. Aprende, pues, carísima, de este ejemplo y anímate con esfuerzo para imitarme en el tiempo que la Santa Iglesia se halla tan desconsolada y rodeada de tribulaciones, sin haber de sus hijos quien procure consolarla. En esta causa quiero que trabajes con esfuerzo, orando, pidiendo y clamando de lo íntimo del corazón al Todopoderoso por sus fieles y padeciendo y, si fuere necesario, dando por ella tu propia vida, que te aseguro, hija mía, será muy agradable tu cuidado en los ojos de mi Hijo santísimo y en los míos. Todo sea para gloria y honra del Altísimo, Rey de los siglos, inmortal e invisible, y de su Madre santísima María, por todas sus eternidades. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 29

domingo, 8 de junio de 2014

DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO



ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro! Ilumíname, guíame, fortaléceme consuélame, transfórmame: dime que debo hacer, dame tus órdenes. Te prometo someterme a todo lo que desees de mí y aceptar todo lo que permitas que me suceda; hazme tan sólo conocer tu voluntad 


ORACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA PARA PEDIR 
ALGUNA GRACIA AL ESPÍRITU SANTO 

Oh, María, Hija humildísima del Padre, Madre purísima del Hijo, Esposa amadísima del Espíritu Santo! Yo te amo y te ofrezco todo mi ser para que lo bendigas, ¡Madre admirable!, Consuelo del que llora, Abogada dulcísima de los pecadores; ten piedad de todos aquellos a quienes amo; y por tu Inmaculado Corazón, Sagrario de la Santísima Trinidad, Asiento de tu poder, Trono de Sabiduría y Océano de bondad, alcánzanos que el Espíritu Santo forme en cada uno de nuestros corazones un nido en el que repose para siempre. 

Alcánzame lo que con todo el fervor de mi alma te pido por los merecimientos de JESÚS y los tuyos, si es para mayor gloria de la Trinidad Santísima y bien de mi alma. ¡Virgen Santa, Esposa del Espíritu Santo, acuérdate de que eres mi Madre! Amén. 

(Tres Avemarías a la Santísima Virgen) 


SIETE VENTAJAS PRECIOSAS PARA EL QUE HA HECHO LA PROMESA DE 
PROPAGAR LA DEVOCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO 

1. Se crea un lazo de amor entre nuestra alma y la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. 

2. Un aumento notable de todas nuestras devociones, especialmente a la Sagrada Eucaristía, al Corazón de JESÚS y a la Stma. Virgen. 

3. Una seguridad de recibir en el alma más inspiraciones del Espíritu Santo y la fuerza para ponerlas en práctica. 

4. Procurar, de una manera excelente, la gloria de Dios, trabajando cada día en hacer conocer y amar al Santificador de las almas. 

5. Trabajar muy especialmente por el advenimiento del Reinado de Dios en el mundo por la acción del Espíritu vivificante. 

6. Ser verdadera y prácticamente Apóstol del Espíritu Santo. 

7. Atraer sobre el alma auxilios espirituales del Espíritu Santo; más íntima unión con Dios por medio del Santificador; mayor progreso en la oración mental; más consuelo, y hasta alegría, en la hora de la muerte después de tan sublime apostolado. 

(El invocar a menudo al Espíritu Santo es prenda segura de acierto y ayuda en nuestros problemas y necesidades espirituales y temporales). 


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO 

Recibe, ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones: mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón. 

Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones. 

¡Oh, Santo Espíritu, dígnate formarme con María y en María según el modelo de vuestro amado JESÚS. 

Gloria al Padre Creador; Gloria al Hijo Redentor; Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.

(Un Padrenuestro).

LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITU SANTO EN IMÁGENES PARA LOS NIÑOS















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