Mostrando entradas con la etiqueta Pablo VI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo VI. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de enero de 2021

Mons. Viganò: «La supresión del juramento antimodernista fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita»


Porque después de mi defección, me he arrepentido, y después de volver en mí, me azoté el muslo; estoy avergonzado y confuso, pues llevo el oprobio de mi juventud.

Jeremías 31,19

En un artículo que apareció en LifeSiteNews el pasado 28 de septiembre [1], la Dra. Maike Hickson me hizo algunas preguntas con vistas a complementar las afirmaciones que yo había hecho sobre el Concilio Vaticano II de las que habló Marco Tosatti [2].

EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA

En el siguiente análisis hablaré del Juramento Antimodernista que promulgó San Pío X mediante el motu proprio Sacrorum antistitum del 1º de septiembre de 1910[3], tres años después de la publicación del decreto Lamentabili [4] y la encíclica Pascendi Dominici gregis5]. El apartado VI de Pascendi estableció la institución lo antes posible (quanto prima) de un Consejo de Vigilancia en cada diócesis, mientras que el VII ordenaba que en el plazo de un año se enviase a la Santa Sede «de las doctrinas que dominan en el clero», y luego cada tres años, «una relación diligente y jurada» de cómo se estaba poniendo en práctica lo prescrito por la encíclica, el cual más tarde se llegó a conocer como la relación Pascendi[6].

Se observará que la Santa Sede encaraba de un modo muy diferente la gravísima crisis doctrinal de aquellos años si la comparamos con la postura diametralmente contraria adoptada después del pontificado de Pío XII.

Los novadores se quejaban de lo que llamaron un clima de caza de brujas, pero incuestionablemente tenía el mérito de que gracias a un sistema de vigilancia y prevención se acababa con los enemigos que acechaban a la Iglesia desde dentro. Si entendemos la herejía como una enfermedad contagiosa que aqueja al cuerpo de la Iglesia, tendremos que reconocer que San Pío X actuó con la sabiduría de un médico que erradicó la enfermedad y aisló a quienes contribuían a su propagación.

ABOLICIÓN DEL JURAMENTO Y DEL ÍNDICE

Al reconocer el vínculo ideológico que yo había puesto de relieve entre el Concilio y la declaración de Land O’Lakes del 23 de julio de 1967, Maike y Robert Hickson señalaron acertadamente otra interesante coincidencia: la derogación el 17 de julio de 1967 de la obligación hasta entonces vigente que todo sacerdote tenía de hacer el Juramento antimodernista. Esta abolición pasó casi desapercibida, sustituyendo la fórmula anterior –que exigía la profesión de fe y el Jusjurandum antimodernisticum– por el Credo de Nicea y esta breve frase:

También nosotros abrazo y sostengo firmemente todas y cada una de las cosas que la Iglesia en cuanto a la enseñanza de la fe y la moral, por la Iglesia, ya sea por un juicio solemne de lo definido o en la autoridad docente ordinaria, ha sido enunciada y declarada en ella, en la medida en que las mismas se proponen, especialmente las que se refieren al misterio de la santa Iglesia de Cristo y sus sacramentos y el Sacrificio de la Misa, y la continuidad del Primado del Romano Pontífice . [Abrazo y bear firmemente y sin excepción todo cuanto has formulado y declaradas la Iglesia con respecto a la learning de la fe y las costumbres, ya sea por himno definición o por el ordinario, y en particular todo lo dicho a la Santa Iglesia de Cristo, los Sacramentos el sacrificing y de la Misa del primado el Papa.]

La Doctrina de la Nota Explicativa de la conocida Congregación para la la Fé de la Sagrada declaraba: « La fórmula de la Profesión de la Fe debe utilizarse adelante está prescrita por la ley, en aquellos casos en que, y de su juramento de Trento antimodernistici lugar de la fórmula De ahora en adelante se empleará esta fórmula en los casos en que la ley prescriba la profesión de fe, en lugar de la fórmula tridentina y del juramento antimodernista.»[7]

Hay que señalar que esta derogación fue precedida de la abolición del Índice de libros prohibidos, que tuvo lugar el 4 de febrero de 1966, después de que Paulo VI redefiniera las competencias y la estructura de la congregación el 7 de diciembre de 1965 y cambiara el antiguo nombre de Santo Oficio por el actual, mediante el motu proprio Integrae servandae:

«Porque la caridad “echa fuera el temor” (1 Jn 4,18), y se procura mejor defender la fe mediante la promoción de la doctrina, corrigiendo errores y llevando con suavidad al buen camino a los que yerran. Además, el progreso de la civilización, cuya importancia en lo religioso no podemos olvidar, hace que los fieles sigan más plenamente y con más amor a la Iglesia si comprenden la razón de las determinaciones y las leyes, en la medida que esto es posible en el ámbito de la fe y las costumbres».[8]

La derogación del Juramento antimodernista formaba parte de un plan para desmantelar la estructura disciplinaria de la Iglesia precisamente en el momento en que era mayor el peligro de adulteración de la fe y la moral por parte de los novadores. Esa operación confirma la intención de quienes ante el ataque ultraprogresista lanzado en el Concilio no sólo dieron rienda suelta al enemigo sino que al mismo tiempo privaron a la Jerarquía de los medios disciplinarios para protegerse y defenderse. Aquello fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita, y más aún en aquellos terribles años. Sería como si en plena batalla el comandante el jefe ordenara a sus hombres que depusieran las armas ante el adversario justo cuando estaban a punto de tomar por asalto la fortaleza enemiga.

POR QUÉ NO ES ADECUADA LA NUEVA FÓRMULA

Que la nueva fórmula de 1967 no es apropiada, también lo señaló el P. Umberto Betti O.F.M. en las Consideraciones doctrinales que se publicaron 1989 tras la promulgación de la nueva fórmula de profesión de fe:

Esta afirmación omnicomprensiva, aunque se aconsejaba por su brevedad, no estaba exenta de una doble desventaja: que no se podía distinguir bien las verdades propuestas para creerse como divinamente reveladas de modo definitivo pero no divinamente reveladas, y el de omitir las enseñanzas del supremo magisterio sin la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva.[9]

Da la impresión de que entiende que la solicitud de la Congregación estuvo motivada por la necesidad de incluir en el juramento de fidelidad tanto el propio Concilio como el magisterio que carece de «la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva», tras la cual, alegremente y con el entusiasmo del desmantelamiento conciliar, la primera fórmula había permitido en sustancia que se entendiese que el contenido del Juramento antimodernista ya no tenía validez, y que por tanto era posible adherirse –como en efecto sucedió– a las heterodoxas doctrinas modernistas.

LOS REBELDES HACEN SUYAS LAS  DEMANDAS  DEL COMUNISMO

No puedo afirmar con seguridad que el padre Theodore M. Hesburgh fuera consciente de la inminente derogación de la Profesión de Fe y del Juramento Antimodernista mientras preparaba la Declaración de Land O’Lakes. Con todo, me parece evidente que el clima de rebelión reinante aquellos años en Europa y en Estados Unidos contribuyó en gran medida a que se creyese que Roma aprobaba, si no los excesos escandalosos, al menos ciertas concesiones a los progresistas.

Recuerdo que el 9 de octubre de 1966 el cardenal Alfrink había presentado el nuevo catecismo holandés en Utrecht, expresión de todos los errores que el espíritu del Concilio consideraba por entonces que se habían establecido. Al año siguiente, el 10 de octubre de 1967,  durante el tercer congreso internacional para el apostolado de los seglares que se celebró en Roma, se conmemoró la muerte de Ernesto «Che» Guevara, muerto el día anterior en un combate guerrillero. En los meses siguientes se sucedieron ocupaciones violentas de las universidades por parte de los estudiantes, entre ellas la Católica de Milán, en protesta contra la guerra del Vietnam. Y el 5 de diciembre de 1967, gracias a la intervención del secretario de estado Agostino Casaroli, el presidente del estudiantado de la Universidad Católica de Milán, Nello Canalini, fue recibido en audiencia por el Subsecretario de Estado, monseñor Giovanni Benelli. El 21 de diciembre de 1967, a pesar de las amonestaciones de su orden,tres sacerdotes y una monja se integraron a la guerrilla guatemalteca, y dos días más tarde, con motivo de la visita del presidente Lindon B. Johnson al Vaticano, hubo protestas de católicos progresistas, incluido el Círculo Maritain de Rimini. A esto siguió la condena de la guerra de Vietnam por el cardenal Lercaro (1 de enero de 1968) y la proclama antiimperialista de Fidel Castro, redactada por cuatro sacerdotes. El 31 de enero de ese mismo año, el obispo brasileño Jorge Marcos defendió la revolución en una entrevista televisada. El 16 de febrero, los presidentes de la FUCI (federación católica de universitarios italianos), Mirella Gallinaro y Giovanni Benzoni, dirigieron una carta abierta a los catedráticos exponiendo los motivos de las protestas estudiantiles. A partir de ese momento, las protestas se multiplicaron,algunas de ellas violentas, dando lugar al tristemente célebre Mayo del 68, en el cual se ocuparon todas las universidades italianas. ¿De qué nos vamos a extrañar? El Che Guevara había estudiado en un colegio jesuita de Santiago de Cuba, y en el ámbito político la revolución siempre procede de una revolución en la esfera teológica.

LA JERARQUÍA SE RINDE ANTE LA SUBVERSIÓN

Está claro que el ambiente político de aquellos años fue el caldo de cultivo de la Revolución, y es también evidente que la Iglesia no reaccionó con la firmeza y determinación que habría sido necesaria. Es más, incluso por parte de los gobiernos nacionales, la respuesta fue del todo ineficaz. Se entiende, por tanto, que el clima de rebeldía imperante en los ambientes progresistas católicos no podía menos que incluir a los sedicentes intelectuales de Land O’Lakes y a muchas universidades de diversos países. En vez de interrogarse por las causas de aquellas agitaciones, la Jerarquía procuró deplorar torpemente los excesos, precisamente porque la causa estaba en el Concilio y su sentido contestatario, a pesar de lo proclamado por Paulo VI:

Después del Concilio la Iglesia ha gozado, y sigue gozando de un magnífico despertar que Nos agrada reconocer y promover; pero la Iglesia también ha sufrido y sigue sufriendo por un torbellino de ideas y de sucesos que desde luego no se ajustan al buen Espíritu ni prometen esa renovación vital que ha prometido y promovido el Concilio. También en ciertos ambientes católicos se ha abierto paso una idea de efectos contradictorios: la idea del cambio, que para algunos ha sustituido a la del aggiornamento, predicho por el papa Juan, de grato recuerdo, atribuyendo así, contra la evidencia y contra la justicia, a aquel fidelísimo Pastor de la Iglesia criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia.[10]

Esos «criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia» los tenemos hoy a la vista, y estaban ya presentes cuando se impuso a todo el pueblo cristiano la nueva Misa, epítome de la subversión en el terreno litúrgico.

Recuerdo muy bien el clima imperante en aquellos años y la consternación de numerosos sacerdotes, profesores y teólogos ante la arrogancia de los rebeldes y la violencia de sus partidarios. Y también recuerdo la timidez y el miedo a agravar los enfrentamientos; el fruto del complejo de inferioridad que aquejaba en particular a los más altos niveles de la Iglesia y el Estado. Por otro lado, después de la operación emprendida por Roncalli y Montini para desmantelar la naturaleza solemne y sacerdotal del pontificado de Pío XII, aquella sensación de fracaso era la única reacción posible para un episcopado habituado a la obediencia ciega, y más aún en vista de la impunidad de que gozaban sus hermanos en el episcopado que eran modernistas. Era la época en que la abadía benedictina alemana de Michaelsberg pidió ser reducida al estado laical en protesta por los medios autoritarios del Vaticano, y los monjes terminaron casándose poco después. Era la época de la Carta de los 700, por la que 774 sacerdotes y laicos franceses pidieron a Paulo VI que se enfrentara a la Jerarquía, renunciara al poder temporal y se acercara más a los pobres. Actualmente esos setecientos insurrectos aclamarían a Bergoglio por haber concluido la labor que inició el Concilio.

CASAMATAS EN LA ESFERA ECLESIÁSTICA[11]

En vísperas del 68, suprimir la Profesión de fey elJuramento antimodernista fue una decisión desafortunada porque, como el asalto a la Bastilla, había sido algo preparado en las tenidas secretas de los masones, y así, la Revolución del 68 encontró una base ideológica en las universidades católicas y formó allí a sus más entusiastas protagonistas, algunos de los cuales estaban adscritos a la extrema izquierda. No exigir al profesorado de aquellas universidades y a los capellanes de las instituciones laicas que hicieran el Juramento fue equivalente a autorizarlos a transmitir sus heterodoxas ideas, dando a entender que ya no estaba en vigor la condena del modernismo. Esto permitió que los novadores se hicieran los amos conforme a los métodos de Antonio Gramsci, que identificaba el aparato del Estado –colegios, partidos, sindicatos,prensa y asociaciones diversas– casamatas del enemigo que había que tomar en una acción paralela a la guerra en las trincheras.[12]

A este respecto, Alexander Höbel señala lo siguiente en uno de sus ensayos sobre Gramsci, filósofo fundador del Partido Comunista Italiano:

Antes de hacerse con el poder político, [el Partido Comunista] tiene que esforzarse por alcanzar la hegemonía en la sociedad civil, lo cual supone la hegemonía en lo ideológico y cultural, pero también significa tomar durante una larga guerra de posiciones que alterna por fases con la guerra en movimiento: las casamatas, las trincheras, los innumerables núcleos de poder popular (o de resistencia) que constituyen los sindicatos, las cooperativas, los gobiernos locales, las asociaciones y todo el entramado de estructuras que hacen a la sociedad civil de hoy inmensamente más compleja que en la época de Gramsci. A lo largo de este proceso la clase subordinada se convierte en una clase en sí. Se transforma en la clase dirigente y sienta las bases para convertirse en la clase dominante. Es decir,en el poder político que conquista a base del consenso y un compartir por parte de las masas, expresión de un nuevo bloque histórico. En esta batalla por la hegemonía, el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]

Si aplicamos las recomendaciones de Gramsci a lo que ha pasado en el corazón de la Iglesia de un siglo para acá, podremos ver que la labor de tomar las casamatas eclesiales se ha llevado a cabo con los mismos métodos subversivos. Ciertamente la infiltración del estado profundo en las instituciones civiles y de la iglesia profunda en las católicas se ajusta a este criterio.

EXENCIÓN DEL JURAMENTO EN LAS UNIVERSIDADES ALEMANAS

Por lo que se refiere a la exención del juramento en los departamentos de las universidades alemanas en tiempos de San Pío X, entiendo por la documentación que he consultado [14] que no fue concedida, sino que de facto se consiguió mediante extorsión contrariando los deseos de la Santa Sede gracias a la tolerancia de ciertos miembros del episcopado alemán. El cardenal Walter Brandmüller ha destacado las consecuencias de dicha exención en  los seminarios   alemanes. Por mi parte, me limito a señalar que son patentes en la formación de Joseph Ratzinger, que asistió a las clases del Instituto Superior de Filosofía y Teología de Freising, del seminario Herzoglisches Georgianum de Munich en Baviera y a la Universidad Ludwig Maximilian de Munich. Además, el jesuita Karl Rahner, entre otros, se formó en Alemania;su currículum le ganó ser nombrado perito del Concilio por iniciativa de Juan XXIII, que era amigo del modernista Ernesto Buonaiuti.

A este respecto, es interesante lo que señaló el profesor Claus Arnold en su estudio The Reception of the Encyclical Pascendi in Germany (sobre la recepción de la encíclica Pascendi en Alemania):

A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica. [15]

Indudablemente, la disciplina que entonces estaba en vigor tanto en los dicasterios romanos como en las diócesis de todo el mundo impidió el boicot total a las disposiciones dadas por San Pío X. Hasta tal punto que en 1955 el propio Joseph Ratzinger fue acusado de modernismo por el supervisor adjunto de la tesis que lo habilitaría para la docencia, el profesor Michael Schmaus, frente a su colega Gottlieb Söhngen, que defendía con Ratzinger la postura contraria. El joven teólogo tuvo que corregir su tesis en los puntos en que insinuaba una subjetivización del concepto de Revelación.[16]

EL JURAMENTO EN EL CONCILIO

Confirmo que, conforme a las normas canónicas entonces vigentes, todos los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II y todos los sacerdotes que trabajaron en las diversas comisiones hicieron juntos el juramento antimodernista y la profesión de fe. Desde luego, los que rechazaron los esquemas preparatorios elaborados por el Santo Oficio y desempeñaron un papel decisivo en el bosquejo de los textos más polémicos faltaron al juramento que habían hecho sobre los Santos Evangelios, pero no creo que para ellos fuera un grave problema de conciencia.

EL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

El Credo del pueblo de Dios promulgado por Paulo VI el 30 de junio de 1968 en la capilla pontificia con el que se concluyó el Año de la Fe tenía por objeto ser la respuesta de la Sede Apostólica a la creciente oleada contestataria en la doctrina y la moral. Sabemos que ciertos cardenales lo recomendaron encarecidamente. Jacques Maritain colaboró en la redacción preliminar, y gracias al cardenal Charles Journet fue recibido en audiencia por Paulo VI entre 1967 y 1968, y presentó además un borrador de una profesión de fe que en cierta forma se oponía al herético Catecismo holandés que se acababa de publicar y que en aquellos meses estaba siendo examinado por una comisión de cardenales en la que participaba Journet. Antes de esto, y también a pedido de Paulo VI, el dominico Yves Congar redactó otra profesión de fe, que fue rechazada. Pero hay otro detalle:

…En una de las secciones, Maritain mencionaba explícitamente el testimonio común de los judios y los musulmanes contra los cristianos sobre la unidad de Dios. Pero en su Credo, Paulo VI da gracias a la bondad de Dios por los «muchos creyentes» que comparten con los cristianos la fe en un solo Dios, aunque sin mencionar explícitamente al judaísmo  el islam.[17]

Descubrimos así que de no haber sido por la providencial revisión del Santo Oficio, el Credo habría introducido la doctrina de Nostra aetate, adoptada más tarde por los sucesores de Montini y a la que Bergoglio ha dado una expresión coherente en la Declaración de Abu Dabi.

ABDICACIÓN DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA

Aquí descubrimos otro punctus dolens en la conducta que unía a Maritain y a Montini:

En la introducción al texto preparado a petición de Journet, Maritain añadió algunas sugerencias en cuanto al método. Según Maritain, era conveniente que el Papa utilizara un nuevo procedimiento, haciendo su profesión de fe como un simple y sencillo testigo: «El testimonio de nuestra fe: eso es lo que queremos dar ante Dios y los hombres».  Para Maritain, una simple confesión de la fe sería de más ayuda para las almas atribuladas, sin necesidad de presentar la profesión de fe como un acto de simple autoridad: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio, o bien tendría que decir toda la verdad, haciendo saltar chispas, o tendría que actuar con consideración, evitando los puntos más controvertidos, y esto último sería lo peor». Lo más eficaz y necesario era confesar clara y firmemente la integridad de la fe de la Iglesia sin lanzar anatemas contra nadie. [19]

Según Maritain, proclamar la verdad íntegra habría causado graves polémicas. La otra opción, o sea la consideración, evitar los puntos más controvertidos, ya había sido adoptada por el Concilio. Una vez más, se optó por la transigencia. La mediocridad quedó erigida como método de gobierno de la Iglesia, la suma del nuevo magisterio que se limitaba a proponer y evitaba «la menor alusión al anatema, pero en nombre del que ocupa la Silla de San Pedro. De ese modo que daba excluida toda ambigüedad».[20] El Santo Oficio añadió un interesante comentario que podemos reevaluar actualmente, sobre todo después de Fratelli tutti:

Para Duroux, convendría aclarar también que cuando la Iglesia habla de asuntos temporales su meta no es crear un paraíso terrenal, sino simplemente hacer más humana la actual situación de los hombres. Vendría bien una inserción que eliminara las interpretaciones ambiguas de las posturas adoptadas por amplios sectores de la Iglesia, sobre todo en Hispanoamérica en vista de las injusticias políticas y sociales. [21]

Con una profesión de fe así, «que no fuera una definición dogmática propiamente dicha, aunque desarrollada de alguna manera para adaptarse a las condiciones espirituales de nuestro tiempo»[22], se intentó que el Papa dijera lo que había callado el Concilio: hay que señalar que el Credo contiene 15 citas de Lumen gentium y menciona 16 veces las actas del magisterio infalible anterior, si bien se limita a poner su referencia en el Denzinger.

Sea como sea, esa profesión de fe nunca se adoptó con el Juramento, y contribuyó más a silenciar las exasperadas almas de los pastores y los fieles [23] que a traer de vuelta a los rebeldes a la ortodoxia católica.

Me gustaría señalar otro elemento presente en las declaraciones de Maritain que no debemos desestimar: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio»… Aquí está el quid de la cuestión: en la dejación de funciones por parte de la propia autoridad. Según este enfoque, el Papa no debe dar la impresión de que manda ni impone nada, y si Paulo VI lo hizo accidentalmente, actualmente nos encontramos en la situación que esperaba el pensador francés hace cincuenta años: desde luego Bergoglio no parece que prescriba ni imponga su profesión de fe en nombre del magisterio. Y lo de «actuar con consideración,evitando los puntos más controvertidos» se ha convertido en la descarada afirmación de un contramagisterio que a pesar de estar canónicamente desprovisto de toda autoridad apostólica tiene la potencia explosiva de aquel a quien el mundo reconoce como Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles y Romano Pontífice. Por eso, a pesar de no dar la impresión de que lo haga, Jorge Mario Bergoglio explota su autoridad y la visibilidad que le brindan los grandes medios de difusión para demoler la Iglesia de Cristo. Y si el error puede afirmarse impunemente «sin lanzar anatemas contra nadie», se anatematiza mucho a quienes defienden la ortodoxia católica o denuncian los fraudes que se cometen. Huelga decir que «actuar con consideración evitando los puntos más controvertidos» no se reduce hoy en día a los aspectos doctrinales,sino también a la moral, apoyando gravísimas desviaciones en temas como ideología de género, homosexualidad, transexualismo y cohabitación.

RATZINGER Y EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA

Está claro que Ratzinger es de los que rechazaron los esquemas preparatorios del Concilio y emprendieron una nueva vía. Es igualmente indiscutible que faltó al Juramento. Sólo Dios, que escudriña lo más recóndito de los corazones, sabe si Ratzinger era plenamente consciente de que cometió un sacrilegio.

A mí me parece también innegable que en muchos de sus escritos afloran su formación hegeliana y la influencia modernista, como tan magníficamente ha explicado el profesor Enrico Maria Radaelli y como confirma con abundantes detalles y a partir de numerosas fuentes Peter Seewald en su nueva biografía de Benedicto XVI. A este respecto, es evidente que las declaraciones del joven Ratzinger señaladas por Seewald contradicen en gran medida la hermenéutica de la continuidad que más tarde teorizó Ratzinger, quizá como una prudente retractación de su anterior entusiasmo.

Con todo, yo creo que con el tiempo, su labor como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y finalmente su elección al solio pontificio han contribuido al menos en alguna medida a que se arrepienta de los errores que cometió y las ideas que profesó. Eso sí, sería deseable que, sobre todo teniendo en cuenta el juicio divino que le aguarda, se distanciara teológicamente de esas posturas erróneas –me refiero en concreto a las expuestas en Introducción al cristianismo– que siguen divulgándose en universidades y seminarios que se jactan de católicos. Delicta juventutis meae et ignorantias meas ne memineris Domine (Sal. 25, 7).

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

7 de diciembre de 2020
Ambrose Bishop

[1] https://www.lifesitenews.com/blogs/questions-for-archbishop-vigano-concerning-the-oath-against-modernism-and-its-abrogation

[2] https://adelantelafe.com/entrevista-de-tosatti-a-monsenor-vigano-la-jerarquia-adolece-de-un-complejo-de-inferioridad-que-los-situa-por-debajo-de-sus-interlocutores-en-el-mundo-2/

[3] Saint Pius X, Motu Proprio Sacrorum Antistitum, quo quaedam statuuntur leges ad Modernismi periculum propulsandum, 1 de septiembre de 1910. Obsérvese que la Santa Sede solo publica este document en su portal de internet en el texto latino, sin traducción a ninguna lengua actual, como hace con todos los otros documentos recientes.

[4] Sagrada Congregación del Santo Oficio, decreto

[5] San Pío X, encíclica Pascendi Dominici gregis sobre los errores del modernismo, 8 de septiembre de 1907.

[6] Cf. La Civiltà Cattolica, nº4, 106, de 1907: «Queremos y mandamos que los obispos de cada diócesis, pasado un año después de la publicación de las presentes Letras, y en adelante cada tres años, den cuenta a la Sede Apostólica, con Relación diligente y jurada, de las cosas que en esta nuestra epístola se ordenan; asimismo, de las doctrinas que dominan en el clero y, principalmente, en los seminarios y en los demás institutos católicos, sin exceptuar a los exentos de la autoridad de los ordinarios. Lo mismo mandamos a los superiores generales de las órdenes religiosas por lo que a sus súbditos se refiere» (apartado VII de Pascendi). Véase a este respecto Alejandro M. Diéguez, Tra competenze e procedure: la gestione dell’operazione, en La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, edición de Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017.

[7] Cfr. AAS, 1967, pág. 1058 .

[8] Paul 6, Carta our own Whole guarding,  7 de diciembre de 1965. 

[9] Profesión de fe y juramento de fidelidad; Consideraciones doctrinales ,  en  Notitiae  25 (1989) 321-325. 

[10] Paulo VI, Audiencia general del 25 de abril de 1968.

[11] Casamata (del italiano casamatta:) Bóveda muy resistente para instalar una o más piezas de artillería (Diccionario de la Real Academia Española).

[12] Véase A. Gramsci,  Quaderni del carcere , editado por V. Gerratana, Turín, Einaudi, 1975, págs. 1566-1567.

[13] Cfr. Alexander Höbel,  Gramsci y la hegemonía. Complejidad y transformación social .

[14] La Civiltà Cattolica , año 65, 1914, vol. 2,  La palabra del Papa y sus pervertidores , p. 641-650. Con relación al discurso de Pío X ante el consistorio el 27 de mayo de 1914 (AAS, 28 May 1914, year VI, vol. VI, n. 8, pp. 260-262): «El Papa se refiere al Juramento Antimodernista, que hará unos cinco años se habría de exigir a los profesores de teología de las universidades del Imperio» (p. 648). El pasaje del discurso de Pío X ante el consistorio es el siguiente: «Si alguna vez os encontráis con alguien que presume de creyente y dedicado al Papa y quiere ser católico pero considera un insulto que lo tachen de clerical, decidles solemnemente que los hijos dedicados del Papa obedecen su palabra y lo siguen en todo. No como los que estudian maneras de eludir sus mandatos o tratan de obligarlo con una insistencia digna de mejor causa a conceder exenciones y dispensas que cuanto más dañinas y escandalosas son.» El 30 de mayo, L’Osservatore Romano respodió con una nota que decía: «Hemos visto que algunos diarios, al comentar el discurso que pronunció el Santo Padre el miércoles pasado ante los nuevos cardenales han insinuado, ya sea para confundir las ideas y alterar las almas, o por otros motivos, que Su Santidad, al hablar de exenciones o dispensas dañinas que insisten en obtener de él se refería al uso del Juramento Antimodernista en Alemania. Esto es totalmente falso, y nos parece que no sería posible un malentendido en este sentido. El único pasaje del discurso que alude a Alemania en concreto, si bien no de forma exclusiva, es la parte que habla de asociaciones mixtas, en la que el Sumo Pontífice no hizo otra cosa que confirmar una vez más los principios que ya había expuesto en la encíclica Singulari Quadam.

[15] «A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica» (p.87). V. Claus Arnold, La recepción de la encíclica Pascendi en Alemania  (Johannes Gutenberg-Universität Mainz, Alemania), en  La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, editado por Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017, p. 75 ff.

[16] «Para Schmaus, la fe de la Iglesia se transmitía mediante conceptos definidos e inmutables que definen verdades perennes. Para Söhngen, la fe era un misterio que se comunicaba por medio de un relato. En aquella época se hablaba mucho de la historia de la salvación. Había un factor dinámico, el cual también garantizaba una apertura y que se tuvieran en cuenta nuevos planteamientos.» Entrevista de Gianni Valente y Pierluca Azzaro a Alfred Läpple, Quel nuovo inizio che fiorì tra le macerie, in 30 Giorni, 01/02, 2006.

[17] Sandro Magister, El Credo de Pablo VI. Quién lo escribió y por qué, 6 de junio de 2008.

[18] Sandro Magister señala que «en los años cincuenta, Maritain estuvo cerca de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de estado, unido por una larga amistad con el pensador francés». 

[19] Gianni Valente,  Pablo VI, Maritain y la fe de los apóstoles , en 30 días , 04, 2008.

[20] Esto proponía el dominico Benoit Duroux el 6 de abril de 1968, que en aquel tiempo era colaborador del secretario del antiguo Santo Oficio, monseñor Paul Philippe. Íbid.

[21] Íbid.

[22] Paulo VI, Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, 30 de junio de 1968.

[23] «Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar». Íbid.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

domingo, 27 de septiembre de 2020

Mons. Viganò: ¿Se puede interpretar el Vaticano II a la luz de la Tradición?

El comentario de Peter Kwasniewski tituladoPor qué hay que tomarse en serio las críticas de Viganò al Concilio me ha causado una excelente impresión. Se publicó el pasado 29 de junio en OnePeterFive ([en español]aquí), y quedó rezagado entre otros artículos que me habría gustado comentar. Me dispongo a hacerlo ahora, dando gracias al autor y a la redacción por el espacio que tengan a bien concederme.  

Para empezar, creo que estoy de acuerdo con prácticamente todo el contenido de lo escrito por Kwasniewski: su análisis de la situación es sumamente claro y lúcido y refleja en su totalidad lo que pienso. En concreto, lo que más me agrada es constatar que «desde la carta que escribió monseñor Viganò el pasado 9 de junio y lo que ha escrito después, se debate lo que supondría anular el Concilio Vaticano II ».

Encuentro interesante que se empiece a poner en tela de juicio un tabú que desde hace casi sesenta años impide toda crítica teológica, sociológica e histórica del Concilio, y más cuando esa intangibilidad reservada al Concilio Vaticano II no se aplica -según sus partidarios- a ningún otro documento magisterial ni a las Sagradas Escrituras. Hemos leído infinidad de intervenciones de los defensores del Concilio en las que califican de superados los cánones del de Trento, el Syllabus del beato Pío IX, la encíclica Pascendi de San Pío X, y la Humanae vitae y la Ordinatio sacerdotalis de Pablo VI. La propia enmienda al Catecismo de la Iglesia Católica que corrige la legitimidad de la pena de muerte se cambia en nombre de una supuesta nueva manera de entender el Evangelio demuestra que para los novadores no hay dogmas ni principios inmutables que no se puedan corregir o derogar: la única excepción es el Concilio Vaticano II, que por su naturaleza –ex se, como dirían los teólogos- goza del carisma de infalibilidad e inerrancia que a su vez se niega a la totalidad del Depósito de la Fe.

Ya expresé mi opinión de la hermenéutica de la continuidad teorizada por Benedicto XVI y retomada constantemente por los defensores del Concilio que -indudablemente de buena fe- tratan de hacer una interpretación del mismo en armonía con la Tradición. A mí me parece que los argumentos en favor del criterio hermenéutico propuesto por primera vez en 20051 se limitan a realizar un análisis teórico del problema y prescinden obstinadamente de la realidad de cuanto sucede ante nuestros ojos desde hace décadas. Este análisis parte de un postulado válido y aceptable, aunque en este caso concreto presupone una premisa que no es necesariamente cierta.

El postulado consiste en que hay que interpretar todos los actos del Magisterio a la luz de los textos magisteriales en razón de la analogia fidei2, la cual de algún modo se expresa también en la hermenéutica de la continuidad. Con todo, dicho postulado parte de la premisa de que el texto que nos disponemos a analizar es un acto concreto de magisterio, con un grado de autoridad bien explícito en las formas canónicas previstas. Y precisamente ahí está el engaño, ahí salta la trampa. Porque los novadores consiguieron dolosamente colocar la etiqueta de Sacrosanto Concilio Ecuménico a su manifiesto ideológico, del mismo modo que a nivel local los jansenistas que manipularon el Sínodo de Pistoya se las arreglaron para poner un falso manto de autoridad sobre sus heréticas tesis, más tarde condenadas por Pío VI3.

Por un lado, el católico se fija en la forma del Concilio y entiende sus actos como una expresión del Magisterio, e intenta por tanto interpretar su sustancia, patentemente equívoca por no decir errónea, en coherencia con la analogía de la fe, por el amor y veneración que tienen todos los católicos a la Santa Madre Iglesia. No pueden entender que los pastores hayan sido lo bastante ingenuos para imponerles una adulteración de la Fe, pero tampoco entienden la ruptura con la Tradición y procuran explicar esta contradicción.

Por otro lado, los modernistas se fijan en la sustancia del mensaje revolucionario que quieren transmitir, y para dotarlo de una autoridad que no tiene ni debe tener la magisterializan mediante la forma del Concilio, publicándola en actas oficiales. Sabe bien que está forzando las cosas, pero se vale de la autoridad de la Iglesia –la cual en circunstancias normales rechaza y refuta- para que sea prácticamente imposible condenar esos errores, que fueron ratificados nada menos que por la mayoría de los padres sinodales. La instrumentalización de la autoridad con fines contrarios a los que la legitiman es una estratagema de lo más astuta: por una parte se garantiza una especie de inmunidad, de escudo canónico, a doctrinas heterodoxas o próximas a la herejía; por otra, se permite aplicar sanciones a quien denuncia tales desviaciones, todo en virtud de un respeto formal a las formas canónicas. En el ámbito civil, este comportamiento es típico de las dictaduras. Si esto ha sucedido también en el seno de la Iglesia,es porque los cómplices de dicho golpe de estado carecen del menor sentido de los sobrenatural, no temen a Dios ni a la condenación eterna y se consideran partidarios del progreso investidos de una misión profética que legitima todos sus nefandos actos, al igual que las masacres comunistas son realizadas por funcionarios de partido convencidos de que promueven la causa del proletariado.

En el primer caso, el análisis de los documentos conciliares a la luz de la Tradición se topa con la constatación de que se formularon de tal modo que evidencian el propósito subversivo de quienes los redactaron, y lleva inevitablemente a la imposibilidad de interpretarlos en sentido católico sin debilitar todo el cuerpo doctrinal. En el segundo, el dar a conocer lo novedoso de las doctrinas insinuadas en las actas conciliares ha hecho necesaria una formulación deliberadamente equívoca, precisamente porque para que la autorizadísima asamblea diera el visto bueno y los publicara era imprescindible hacer creer que eran coherentes con el Magisterio perenne de la Iglesia.

Habría que señalar que el mero hecho de tener que buscar un criterio hemenéutico para interpretar las actas del Concilio pone de manifiesto la diferencia entre el Vaticano II y cualquier otro concilio ecuménico, cuyos cánones no dan lugar a malentendidos. Objeto de hermenéutica puede ser un pasaje poco claro de las Sagradas Escrituras o de los Santos Padres, pero desde luego nunca un acto de magisterio, que tiene precisamente por objeto disipar la falta de claridad. Y sin embargo, tanto los conservadores como los progresistas concuerdan sin proponérselo en reconocer una especie de dicotomía entre lo que es un concilio y lo que fue aquel concilio, el Vaticano II; entre la doctrina de todos los concilios y la expuesta o implícita en el concilio de marras.

En un texto reciente en el que cita a Benedicto XVI, monseñor Pozzo afirma precisamente que «un concilio sólo lo es en tanto que no se aparta del surco de la Tradición y es preciso entenderlo a la luz de toda la Tradición»4. Pero esta afirmación, irreprochable desde el punto de vista teológico, no lleva necesariamente a considerar católico el Concilio Vaticano II, sino a preguntarse si al no mantenerse dentro del surco de la Tradición y no pudiendo interpretarse a la luz de toda la Tradición sin trastornar la intención que lo ha motivado, puede calificarse efectivamente de católico. Desde luego esta pregunta no puede ser respondida con imparciabilidad por quien se profesa orgulloso defensor, partidario y formulador del Concilio. Evidentemente no me refiero a la ineludible defensa del Magisterio católico, sino al puro Concilio en cuanto primer concilio de una nueva Iglesia que pretende sustituir a la Iglesia Católica, que se apresuran a rechazar como postconciliar.

Hay además otro aspecto que a mi juicio no conviene descuidar: que el criterio hermenéutico -entendido en el contexto de una crítica seria y científica del texto- no puede prescindir del concepto que desea expresar: en realidad no se puede imponer una interpretación católica de una tesis que es en sí patentemente herética o próxima a la herejía por el mero hecho de que esté inserta en un texto declarado como magisterial. La tesis de Lumen gentium que dice «El designio de la salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando profesar la fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día» (LG 16) no puede tener una interpretación católica: en primer lugar porque el dios de Mahoma no es uno y trino, y en segundo porque el islam condena como blasfema la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Afirmar que «el designio de la salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes» contradice a las claras la doctrina católica, que profesa en exclusiva la Iglesia Católica, única arca de salvación.La salvación que pudieran llegar a alcanzar los herejes, y más aún en el caso de los paganos, proviene siempre únicamente del inagotable tesoro de la Redención de Nuestro Señor, tesoro custodiado por la Iglesia, mientras que pertenencia a cualquier otra religión es un impedimento para alcanzar la eterna bienaventuranza. Quien se salva, se salva por el deseo al menos implícito de pertenecer a la Iglesia, a pesar de su adhesión a una religión falsa; nunca por medio de ésta. Porque lo que tenga de bueno esa religión no le pertenece, lo ha usurpado; y lo que tiene de erróneo es lo que la hace intrínsecamente falsa dado que la mezcla de error y verdad engaña con más facilidad a sus adeptos.

No es posible alterar la realidad para ajustarla a un esquema ideal: si la evidencia demuestra que la heterodoxia de alguna tesis de un documento conciliar (y lo mismo se puede decir de los actos de magisterio bergoglianos) y la doctrina nos enseña que los actos de Magisterio no contienen errores, la conclusión no es que esas tesis no sean erróneas, sino que no pueden formar parte del Magisterio. Y punto.

La hermenéutica sirve para aclarar el sentido de una frase oscura o aparentemente contradictoria con la doctrina, no para corregirlo en sustancia después. Un método similar no daría la clave de interpretación de los textos magisteriales, sino que sería una intervención correctora, y por tanto el reconocimiento de que en tal tesis específica de tal documento concreto se afirma un error que es preciso corregir. Y habría que explicar además no sólo el motivo por el que no se evitó ese error desde el principio, sino también si los padres sinodales que aprobaron el error y el Papa que lo promulgó tenían intención de empeñar su autoridad apostólica para ratificar una herejía, o si en realidad quisieron servirse de la autoridad implícita derivada de su condición de Pastores para avarlala sin que se pusiera en duda la acción del Paráclito.

Monseñor Pozzo admite que «la dificultad para aceptar el Concilio se puede atribuir a que se han enfrentado dos hermenéuticas o interpretaciones del mismo, y conviven por tanto opuestas entre sí». Pero al decir eso confirma que la opción católica de aceptar la hermenéutica de la continuidad se adhiere a la acción innovadora de recurrir a la hermenéutica de la ruptura, con un arbitrio que pone de relieve la confusión imperante y, lo que es más grave, el desequilibrio entre las fuerzas que combaten a favor de una u otra tesis. «La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de terminar en una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la postconciliar, y presupone que los textos del Concilio no serían la verdadera expresión del mismo sino el resultado de una conciliación», según monseñor Pozzo. Pero la realidad es precisamente ésa,y negarla no resuelve en lo más mínimo el problema, sino que lo agrava al negarse a reconocer la existencia del cáncer cuando éste ha llegado a un punto en que es innegable la metástasis.

Las declaraciones de monseñor Pozzo, según el cual el concepto de libertad religiosa expresado en Dignitatis humanae no contradice el Syllabus de Pío IX5 demuestran que el citado documento conciliar es en sí equívoco. De haber querido sus redactores evitar tal equívoco, habría bastado con indicar en una nota a pie de página la referencia a las tesis del Syllabus; pero los progresistas jamás habrían aceptado tal cosa, que precisamente por no remitir al Magisterio precedente pudieron introducir subrepticiamente un cambio de doctrina. No parece que intervenciones de los pontífices postconciliares –y la misma participación de ellos, incluso in sacris en ritos no católicos o hasta paganos– hayan corregido en modo alguno los errores propagados por la interpretación heterodoxa de Dignitatis humanae. Si se examina bien, en la redacción de Amoris laetitiae se siguió el mismo método, con lo que la disciplina de la Iglesia en materia de adulterio y concubinato público se formuló de manera que en teoría se pudiera interpretar en un sentido católico mientras en la práctica se entendió justamente en el obvio y único sentido herético que se quería difundir. Hasta tal punto que esa clave de interpretación querida por Bergoglio y sus exégetas en lo que respecta a la administración de la Comunión a los divorciados ha alcanzado el grado de interpretatio authentica en las actas oficiales de la Santa Sede (Apostólico).

La tentativa por parte de los defensores del Concilio ha resultado ser como el inútil esfuerzo de Sísifo. En cuanto consiguen con innumerables esfuerzos y matizaciones formular una solución en apariencia razonable que no afecte directamente a su idolito, al momento resultan contradichos por declaraciones de opuesto signo por un teólogo progresista, un prelado alemán o el propio Francisco. Y así, el peñasco conciliar rueda una vez más montaña abajo atraído por la gravedad al lugar que naturalmente le corresponde.

Está claro que para un católico un concilio reviste de por sí tal autoridad e importancia que acepta espontáneamente sus enseñanzas con filial devoción. Pero es igual de evidente que la autoridad de un concilio, de los padres que aprueban sus decretos y los papas que los promulgan no hace menos problemática loa aceptación de documentos que están en abierta contradicción con el Magisterio, o que como mínimo lo debilitan. Y si esa problemática se mantiene después de sesenta años, demostrando su perfecta coherencia con la engañosa voluntad de los novadores que prepararon sus documentos e influyeron en sus protagonistas, debemos preguntarnos cuál es el óbice, el obstáculo insuperable que nos obliga contra toda razón a considerar forzadamente católico lo que no lo es, en nombre de un criterio que tan sólo se aplica a lo que es claramente católico.

Es necesario tener bien claro que la analogía fidei se aplica a la verdad de la fe, ni más ni menos, y no sólo al error, porque la armoniosa unidad de la Verdad en todas sus expresiones no puede hallar coherencia con aquello a lo que se opone. Si un texto conciliar expresa un concepto herético o próximo a la herejía, no hay criterio hermenéutico que lo pueda volver ortodoxo simplemente porque ese texto forme parte de las actas de un concilio. Conocemos de sobra los engaños y hábiles maniobras efectuadas por los consultores y teólogos ultraprogresistas con la complicidad del ala modernista de los padres. E igualmente conocemos bien la complicidad con que Juan XXIII y Pablo VI aprobaron esos golpes de mano vulnerando las normas que ellos mismos habían aprobado.

El vicio sustancial está por tanto en que se llevó a los padres conciliares a aprobar textos equívocos, que ellos consideraban lo bastante católicos como para ameritar el plácet, sirviéndose luego del mismo carácter equívoco para hacerles decir ni más ni menos lo que querían los novadores. Hoy en día no es posible alterar aquellos textos en su sustancia para hacerlos más ortodoxos o más claros. Hay que rechazarlos sin más según las formas que la autoridad de la Iglesia juzgue en su momento oportunas, porque están viciados de una intención dolosa. Habría también que determinar si una asamblea anómala y desastrosa como el Concilio Vaticano II puede seguir mereciendo el título de Concilio Ecuménico cuando se reconoce universalmente su heterogeneidad con respecto a los que lo precedieron. Heterogeneidad que es tan patente que exige nada menos que el recurso a una hermenéutica, cosa que jamás fue necesaria con ningún otro concilio.

Sería necesario destacar que este mecanismo inaugurado por el Concilio Vaticano II ha conocido un recrudecimiento, una aceleración, un resurgimiento inaudito con Bergoglio, que recurre deliberadamente a expresiones imprecisas astutamente formuladas prescindiendo del lenguaje teológico, precisamente con el objeto de desmantelar poco a poco lo que queda de la doctrina en nombre de la aplicación del Concilio. Es cierto que con Bergoglio las herejías y la heterogeneidad con respecto al Magisterio son patentes y casi descaradas; pero no es menos cierto que la declaración de Abu Dabi habría sido inimaginable sin el antecedente de Lumen Gentium.

Con toda razón Peter Kwasniewski afirma: «Lo que hace que el Concilio Vaticano II sea singularmente merecedor de repudio es la mezcla, el revoltijo de cosas grandes, buenas, indiferentes, malas, genéricas, ambiguas, problemáticas y erróneas, todo ello en textos de gran extensión». La voz de la Iglesia, que es la voz de Cristo, es por el contrario cristalina e inequívoca y no puede inducir a error a quien confía en su autoridad. «Por eso el último concilio es totalmente irrecuperable. Si el proyecto de aggionarmento dio lugar a una pérdida masiva de la identidad católica, incluido lo relativo a la doctrina y la moral fundamentales, la única salida hacia adelante es enterrar honrosamente el gran símbolo y sepultarlo.

Finalizo recalcando algo a mi juicio muy significativo: si el mismo empeño que prodigan desde hace años los pastores en la defensa del Concilio y de la Iglesia conciliar se hubiera dedicado a corroborar y defender la doctrina católica en su totalidad, o siquiera para promover en los fieles el conocimiento del Catecismo de San Pío X, la situación del cuerpo eclesial sería radicalmente distinta. Pero no es menos cierto que los fieles instruidos en la fidelidad a la doctrina habrían empuñado las armas ante las adulteraciones llevadas a cabo por los novadores y los defensores de éstos. Es posible que la ignorancia por parte del pueblo de Dios haya sido provocada intencionalmente para que los católicos no se den cuenta del fraude y la traición de que han sido objeto, del mismo modo que el prejuicio ideológico que pesa sobre el rito tridentino sólo sirve para impedir que haya algo con que comparar las aberraciones de los ritos reformados.

¿Acaso borrar el pasado y la Tradición, renegar de las propias raíces, deslegitimar a los disidentes, los abusos de autoridad y el respeto aparente de las normas no son elementos recurrentes en las dictaduras?

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

21 de septiembre de 2020

Festividad de San Mateo, apóstol y evangelista

1 http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia.html

2 CCC 114: Por «analogía de la fe» entendemos la cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el proyecto total de la Revelación.

3Es interesante señalar que, también en aquel caso, de las 85 tesis sinodales condenadas por la bula Auctorem fidei, sólo eran totalmente heréticas 7, mientras que las otras fueron calificada de «cismática, errónea, capciosa, subversiva del orden jerárquico, falsa, temeraria,  conducente al desprecio de los sacramentos y costumbres de la Santa Madre Iglesia, injuriosa para la piedad de los fieles, injuriosa contra la Iglesia y derogadora de su autoridad, perturbadora de la tranquilidad de las almas, contraria e injuriosa al Concilio Tridentino, alteradora del orden en las iglesias, injuriosa a la veneración debida especialmente a la bienaventurada Virgen, lesiva del derecho de los concilios universales, etc.»

4  https://www.aldomariavalli.it/2020/09/10/concilio-vaticano-ii-rinnovamento-e-continuita-un-

contribución-de-monseñor-pozzo /

5 «Al mismo tiempo, el Concilio ratifica en Dignitatis humanae que la única religión verdadera se verificó en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres (DH 1), y niega con ello el relativismo e indiferentismo religioso condenado en el Syllabus de Pío X».

6 https://lanuovabq.it/it/lettera-del-papa-ai-vescovi-argentini-pubblicata-sugli-acta

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe