miércoles, 19 de septiembre de 2018

jueves, 13 de septiembre de 2018

IGLESIA Y HOMBRES DE IGLESIA



La valerosa denuncia de escándalos eclesiásticos hecha por el arzobispo Carlo Maria Viganò ha suscitado el consenso de muchos, pero también la desaprobación de algunos, convencidos de que habría que cubrir con un velo de silencio todo lo que desacredite a los representantes de la Iglesia.

Este deseo de proteger la Iglesia es comprensible cuando el escándalo es excepcional. En ese caso se correría el peligro de generalizar achacando a todos el comportamiento de unos pocos. Pero es muy diferente cuando la inmoralidad es la regla, o al menos una forma de vida generalizada que se acepta como normal.

En este caso, la denuncia pública es el primer paso a tomar para reformar las costumbres. Romper el silencio es uno de los deberes de los pastores, como advirtió San Gregorio Magno: «¿Qué es para un pastor el miedo a decir la verdad sino volver la espalda al enemigo con el silencio? Si, por el contrario, se desvive por defender a la grey, levanta un baluarte contra los enemigos de la casa de Israel. Por eso advierte el Señor por la boca de Isaías: “Clama a voz en cuello y no ceses, cual trompeta alza tu voz” (Is. 58, 1).»

Con frecuencia, la raíz de un silencio culpable está en no saber distinguir entre la Iglesia y los hombres de la Iglesia, ya sean simples fieles, obispos, cardenales o el Papa. Uno de los motivos de esta confusión es precisamente la dignidad de las autoridades implicadas en el escándalo.

Cuanto más alta sea su dignidad, más se tiende a identificarlos con la Iglesia, atribuyendo el bien y el mal indiferentemente a una y a otros. En realidad, el bien sólo corresponde a la Iglesia, mientras que todo el mal se debe a los hombres que la representan.

Por eso la Iglesia no puede ser calificada de pecadora. «[La Iglesia] –escribe el P. Roger T. Calmel O.P. (1920-1998)– no pide perdón al Señor por los pecados que haya cometido ella, sino por los que cometen sus hijos por no haberla escuchado como a la madre suya que es». (Breve apologia della Chiesa di sempre, Editrice Ichtys, Albano Laziale 2007, p. 91).

Todos los hombres que pertenecen a la Iglesia docente o a la discente son hombres, con su naturaleza herida por el pecado original. Ni el bautismo vuelve impecables a los fieles, ni las órdenes sagradas a los miembros de la jerarquía. El propio Sumo Pontífice puede pecar y errar, excepto en lo atañe al carisma de la infalibilidad.

Es preciso recordar además que los fieles no constituyen la Iglesia, como si pertenecen en cambio a la sociedad humana, creada por los miembros que la componen y que se disuelve en cuanto éstos se separan.

Decir «somos Iglesia» constituye una falsedad, porque la pertenencia de los bautizados a la Iglesia no se deriva de su voluntad: es el propio Cristo el que invita a formar parte de su grey, y le dice a cada uno: «Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí» (Jn. 15, 16). La Iglesia fundada por Jesucristo tiene una constitución humana y divina a la vez. Humana, porque un componente material es pasivo, formado por todos los fieles, ya sean parte del clero o del laicado. En cuanto a su alma, es divina y sobrenatural.

Tiene su cimiento en su Jefe Jesucristo, y su impulsor sobrenatural es el Espíritu Santo. Por consiguiente, la Iglesia no es santa porque lo sean sus miembros, sino que sus miembros son santos gracias a Jesucristo que la dirige y al Espíritu Santo que la vivifica. De modo que atribuir las culpas a la Iglesia es lo mismo que atribuírselas a Jesucristo y al Espíritu Santo. Todo lo bueno procede de ellos, es decir, «cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso y de digno de alabanza» (Filip. 4,8), y todo lo malo de hombres de la Iglesia: desórdenes, escándalos, abusos, violencias, vergüenzas y sacrilegios.

«Por eso –escribe el teólogo pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996), que ha dedicado algunas hermosas páginas a este tema– no tenemos el menor interés en disimular las culpas de los malos cristianos, los sacerdotes indignos, los pastores viles e ineptos, deshonestos y arrogantes. Sería ingenuo e inútil defender su causa, atenuar su responsabilidad, reducir las consecuencias de sus errores, recurrir a contextos históricos y situaciones singulares para luego explicarlo todo y absolverlos a todos» (Chiesa e uomini di Chiesa, Edizioni Segno, Údine 1994, p.41).

Hoy abunda la inmundicia en la Iglesia, como dijo el entonces cardenal Ratzinger en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005, que precedió a su ascenso al pontificado: «¡Cuánta poca fe hay en tanta teoría, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta inmundicia hay en la Iglesia, incluso entre quienes, en el sacerdocio, deberían pertenecer por entero a Jesús!»

El testimonio de monseñor Carlo Maria Viganò es digno de elogio, porque saca a luz esa inmundicia, hace más urgente la labor de purificar la Iglesia. Tiene que quedar claro que la conducta de los obispos y sacerdotes indignos no se inspira en los dogmas ni en la moral de la Iglesia, sino que los traiciona, porque supone una negación de la ley del Evangelio.

El mundo que acusa a la Iglesia de sus culpas la acusa de transgredir un orden moral; pero, ¿en nombre de qué ley y qué doctrina moral pretende el mundo acusar a la Iglesia? La filosofía de vida que profesa el mundo moderno es el relativismo, según el cual no existen verdades absolutas y la única ley del hombre es carecer de ley; su consecuencia práctica es el hedonismo, para el cual la única felicidad posible está en la satisfacción del placer personal y de los propios instintos. ¿Cómo se atreve el mundo, tan falto de principios como está, a juzgar y condenar a la Iglesia? La Iglesia tiene el derecho y el deber de juzgar al mundo porque posee una doctrina absoluta e inmutable.

El mundo moderno, hijo de los principios de la Revolución Francesa, desarrolla de modo coherente las ideas del libertino marqués de Sade (1740-1814): amor libre, libertad para blasfemar, plena libertad para negar y destruir todo bastión de la fe y de la moral, del mismo modo que en tiempos de la Revolución Francesa se derruyó la Bastilla, donde estaba preso el infame marqués. La consecuencia de todo aquello ha sido la disolución de la moral que ha destruido las bases de la convivencia civil y ha convertido a los dos últimos siglos en la época más tenebrosa de la Historia.

La vida de la Iglesia es igualmente una historia de traiciones, de defecciones, de apostasías y de no corresponder a la gracia divina. Pero esa trágica debilidad se acompaña siempre de una extraña fidelidad: las caídas, aun las más horrorosas, de tantos miembros de la Iglesia, se entremezclan con la virtud heroica de tantos de sus hijos.

Del costado de Cristo brota un río de santidad y corre profusamente a lo largo de los siglos: son los mártires que se enfrentan a las fieras en el Coliseo; son los ermitaños que abandonan el mundo para hacer vida de penitencia; son los misioneros que se entregan llegando hasta los confines de la Tierra; son los intrépidos confesores de la fe que combaten cismas y herejías; son las religiosas contemplativas que sostienen con sus oraciones a los defensores de la Iglesia y de la civilización cristiana; son, en fin, todos los que de maneras diversas han ajustado su voluntad a la de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús habría querido reunir todas estas vocaciones en un supremo acto de amor a Dios.

Los santos son muy diferentes entre sí, pero todos tienen en común la unión con Dios. Esa unión, que nunca decae, hace que la Iglesia antes que ser una, católica y apostólica, sea ante todo santa. La santidad de la Iglesia no depende de la santidad de sus hijos; es ontológica, porque depende de su propia naturaleza. Para que pueda llamarse santa a la Iglesia no es necesario que todos sus hijos vivan santamente: basta con que, gracias al flujo vital del Espíritu Santo, una porción de ella, por pequeña que sea, se mantenga heroicamente fiel a la ley del Evangelio en tiempos de prueba.

Roberto de Mattei

Traducido por Bruno de la Inmaculada

miércoles, 12 de septiembre de 2018

FIESTA DEL DULCE NOMBRE DE MARÍA - 12 DE SEPTIEMBRE



EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

El Señor ha hecho vuestro nombre
tan glorioso, que no se caerá
de la boca de los hombres.(Jdt. 13, 25).


Los elogios más sublimes corresponden a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que "hizo en Ella cosas grandes y cuyo nombre es santo" quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce nombre. Nombre que ha de ser loado, en todo el mundo, porque infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso teocalli invocando: "'Ay, Santa María!" y con este nombre en los labios expiraban.

España fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció en el año 1513. Pero fue el Papa Inocencio XI quien decretó, el 25 de noviembre de 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, para perpetuar la victoria que los austriacos y polacos, mandados por Juan Sobieski, consiguieron de los turcos ese año en Viena.

El dulce nombre de María, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquel que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro incluso para los homicidas voluntarios: el nombre de María. Torre fortísima es el nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es nombre dulce, nombre que conforta, nombre de consoladora esperanza, nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos"

Que el sabroso nombre de nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra de par en par las puertas de la gloria.

Texto tomado de Santoral Católico Tradicional

domingo, 9 de septiembre de 2018

LA CERTEZA DEL REINO DE MARÍA - P. ARMINJON


Dada la crisis sin precedentes en la Iglesia Católica, hoy muchas personas están especulando si hemos llegado al final de los tiempos. En la obra El fin del mundo presente, muy elogiada por Santa Teresita de Lisieux en su autobiografía, el P. Arminjon establece los tres signos que las Escrituras nos dan para conocer el fin de los tiempos. Luego continúa analizando cuidadosamente el primer signo, el único que no es evidente. Él concluye que ni él ni los otros dos signos se han cumplido, y aún debemos ver un tiempo de gloria para la Iglesia en el futuro cuando el Evangelio se conozca y se practique de manera efectiva en todas partes.

Será el Reino de María, un tiempo de paz en el mundo en el que Cristo reinará nuevamente como Rey a través de María. Tal momento fue predicho por el gran San Luis María Grignion de Montfort, y Nuestra Señora misma lo confirmó en Fátima cuando anunció el triunfo de Su Corazón Inmaculado.

Lo que sigue es el texto del P. Arminjon.

Tres signos del fin de la historia

El primero de los eventos que presagia el fin de los tiempos es aquel al que el Salvador se refiere en Mateo 24:14, cuando dice: "Estas buenas nuevas del Reino se proclamarán en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones. Solo después vendrá el fin".

La segunda de estas señales será la aparición del hombre de pecado, el Anticristo (2 Tesalonicenses 2: 2-4).

El tercero: la conversión de los judíos, que adorarán al Señor Jesús y lo reconocerán como el Mesías prometido (Romanos 11: 14-17). Hasta entonces, dice San Pablo, "ninguno os engañe de ninguna manera... como si el día del Señor estuviera cerca " (2 Ts 2, 2).

Es evidente que los últimos dos eventos, que San Pablo declara que marcarán el acercamiento de la gran tribulación, hasta ahora no se han cumplido. El Anticristo aún no ha aparecido, como lo mostraremos en el siguiente discurso. Además, los judíos, como nación, aún no se han desprendido del grueso velo que les impide aclamar como Dios a Aquel a quien crucificaron. Queda por determinar si, en la actualidad, el Evangelio ha sido predicado en toda la tierra y dado por testimonio a la totalidad de las naciones.

El Evangelio todavía necesita conquistar a muchos pueblos.

En este punto, los Padres y los Doctores están divididos. Algunos dicen que las palabras de Cristo deben ser interpretadas moralmente, y deben entenderse en el sentido de una predicación parcial y sumaria.

Para que se cumplan, es suficiente que los misioneros hayan iluminado un cierto número de mentes individuales en las diversas partes de la tierra habitada, y que la Cruz debería haberse levantado al menos una vez en cada ladera desierta y remota. Otros, más numerosos, como San Jerónimo y Beda, insisten en que las palabras del Hijo de Dios deben ser entendidas en el sentido más estricto y literal.

Cornelius a Lapide, el más docto de los intérpretes de los Libros Sagrados, expresa la opinión de que el fin de los tiempos no llegará hasta que el cristianismo no solo haya sido proclamado y propagado, sino establecido y organizado, y haya subsistido al nivel de un pública institución, entre hombres de todas las razas y nacionalidades.

Y esto de tal manera que, antes de que los siglos hayan transcurrido, no habrá una sola orilla bárbara, ni una isla perdida en el océano o cualquier lugar actualmente desconocido en los dos hemisferios donde el Evangelio no haya brillado en absoluto su esplendor, donde la Iglesia no se haya manifestado en su legislación, sus solemnidades y jerarquías, incluidos los obispos y el bajo Clero. En una palabra, en todas partes la gran profecía "Habrá un solo rebaño y un pastor "Se cumplirá por completo (Comentario sobre Mateo).

Nos inclinamos a esta última opinión. Está más en armonía con el testimonio de la Sagrada Escritura. Está más de acuerdo con la sabiduría y la misericordia de Dios, que no hace distinción entre los civilizados y el bárbaro, griegos y judíos, pero, deseando la salvación de todos los hombres, no excluye a ninguno de ellos de la luz y el don de la Redención. Finalmente, concuerda mejor con los modos de la Providencia, que muestra una solicitud igual para todos los pueblos y los llama a su vez al conocimiento de su ley, en el tiempo designado por sus decretos inmutables.

Basta echar un vistazo al mapa para reconocer que la ley evangélica está lejos de haber sido promulgada a todos los pueblos, y que innumerables multitudes en la actualidad permanecen sumidas en la oscuridad y no poseen la más mínima sombra de verdad revelada... ¡

Claramente, el Evangelio aún no ha sido predicado como un testimonio para todas las naciones. ¿Podemos siquiera decir que ha sido predicado con suficiente lustre, y de tal manera que no deja excusa a quienes se han negado a obedecerlo? En cada página de los anales de la Propagación de la Fe, encontramos esta tensión dolorosa que brota del corazón de los apóstoles: "Por lo tanto, pidan al dueño de la cosecha que envíe obreros a su mies".

Confirmación adicional en las Escrituras

Ahora, está escrito que, al final de los tiempos, el evangelio habrá sido dado como testimonio a todas las naciones. David clama: "Todos los pueblos, hasta los confines de la tierra, reconoceran al Señor y volverán a Él, porque el dominio le pertenece a Él y Él gobierna a las naciones " (Sal 22: 28-29).

Más allá, David continúa, "Que reine de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra. Sus enemigos se postrarán ante él, y sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y las islas ofrecerán regalos: los reyes de Arabia y Sheba traerán tributos "(Salmo 72: 8-10).

El Señor entonces le habla a la Iglesia a través de Isaías: "Agrande el espacio de su tienda de campaña, extienda sus paños de la tienda con moderación; alargue sus cuerdas y firme sus apuestas. Porque te extenderás a la derecha y a la izquierda; tus descendientes despojarán a las naciones y poblarán las ciudades desoladas "(Is 54, 2-3).

Estos textos son explícitos y precisos. Está claro por su testimonio que llegará un momento en que todas las herejías y cismas serán superados, y cuando la verdadera religión sea conocida y practicada en todos los lugares iluminados por el sol.

P. Charles Arminjon, El fin del mundo presente,
Sophia Institute Press, 2008, pp. 16-18
Publicado el 22 de diciembre de 2010.

Texto tomado de Tradition In Action

Traducido con google.

PUTIN Y LA PLACA

La Rusia de Putin está en movimiento. A pesar del bochorno del reciente ataque estadounidense a dos bases aéreas sirias, Moscú continúa su alianza militar con la República Popular de China, su subversión activa en Europa y, en menor medida, en los Estados Unidos y su participación en América Latina.

Sin embargo, la cuestión de la motivación de Putin detrás de estos actos de agresión internacional de ninguna manera está resuelta. Muchos devotos católicos aún ven a Putin como un defensor del cristianismo y de los creyentes oprimidos.

Otros consideran que el presidente ruso y su gobierno son solo un grupo de ladrones que se aferran al poder únicamente para aumentar su riqueza personal. El disidente ruso (y ex campeón de ajedrez) Garry Kasparov apoya esta opinión. Kasparov, en su libro Winter Is Coming , declara que "Putin no es un ideólogo. Quiere gobernar como Josef Stalin, pero vive como Roman Abramovich [oligarca fabulosamente rico y compinche de Putin]". (1)

Putin siempre ha sido un comunista

Algunos consideran a Putin como un posible zar, otros observadores caracterizan al líder ruso simplemente como un fascista hambriento de poder.

Con todo el respeto debido a los analistas anteriores, incluido el Sr. Kasparov, este escritor cree que Putin es un comunista que, a pesar de su avaricia personal y la de sus amigos, está tratando de reformar un Estado soviético, que también tendría estrechos vínculos con otros gobiernos comunistas, especialmente la República Popular de China.

El indicador más claro del comunismo de Putin está adherido al exterior de la sede del Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia (en caracteres latinos transcritos del cirílico, SVR). Es una placa de bronce que honra a uno de los espías soviéticos más notorios que operaron durante la Guerra Fría.

La placa fue dedicada en diciembre de 2010 y lleva la inscripción: "Miro hacia atrás en mi vida como dada al servicio de una causa que sinceramente y apasionadamente creo que es lo correcto". La placa conmemora al traidor británico Harold Adrian Russell Philby, o simplemente a Kim Philby, ya que sus amigos lo conocían.

El jefe de la SVR, Mikhail Fradkov, dio a conocer la placa. Los informes de la prensa rusa declararon que Philby, que huyó a la Unión Soviética en 1963, había trabajado con "jóvenes oficiales de inteligencia" e incluso había fundado su propia escuela de espionaje. Philby fue descrito en la prensa rusa como "legendario".

Una placa dedicada al espía Kim Philby

Philby ciertamente no era un espía ordinario, como lo atestigua su funeral en 1963. Philby fue enterrado con todos los honores militares soviéticos, incluido un guardia de honor de la KGB, que disparó tres descargas sobre su tumba. Los honores que se le otorgaron parecían verificar los informes de que Philby era, de hecho, un general de la KGB. Durante el funeral fue elogiado como "un gran internacionalista y famoso agente de inteligencia soviético".

La importancia actual de Philby proviene del momento y la ubicación del monumento. La campaña de Putin de ensueño soviético estaba en pleno apogeo, al igual que la conmemoración de los héroes de espionaje soviéticos. De todos los honrados, ninguno recibió honores como lo hizo Philby, quien fue reverenciado como un ejemplo especial para todos los agentes de inteligencia rusos presentes.

La carrera de Philby no solo ejemplificó una fe inquebrantable en el comunismo por encima de todo (incluido el matrimonio y las amistades cercanas), sino que también reconoció que un comunista tenía que ser políticamente flexible. Los errores ocurrirían, incluso los líderes fracasarían en el ideal comunista. La última fe de Philby en el comunismo, y la flexibilidad de esa fe, son cualidades esenciales para los espías rusos de hoy.

Hoy, el sistema de espionaje ruso es poco diferente de la era soviética. Después del colapso de la Unión Soviética no hubo cambios importantes en táctica o estrategia. Moscú continuó convirtiendo oficiales de inteligencia de élite que serían indistinguibles de los ciudadanos de las naciones objetivo. Las ciudades espías, centros de entrenamiento que aparentaban ser ciudades localizadas en las naciones objetivo, continúan existiendo. Rusia y, antes, la Unión Soviética son los únicos Estados que entrenan espías con este nivel de sofisticación.

Kim Philby, un espía inglés que sirve a la URSS

La placa de Philby da una idea clara de lo que mantiene unido a este sistema: no dinero (pero ciertamente es bienvenido), no honores (un oficial de inteligencia encubierto a largo plazo no puede ser reconocido por su carrera elegida), y no incluso la amistad (el espía traiciona a sus amigos en la nación objetivo, como lo hizo Philby), pero la creencia en un ideal, una "causa" - como lo dijo Philby, que eclipsa todo lo demás.

Puede parecer fantástico que las personas se entreguen por completo a un sistema que fracasa constantemente, pero esta realidad se hizo pública cuando Putin cantó el himno de facto de la KGB con los 10 espías que regresaron a Rusia después de su arresto en 2010 en los Estados Unidos.

Putin, los 10 arrestados en 2010, los que siguen encubiertos y los que operan bajo cubierta oficial (rezidentura) están trabajando para el triunfo final de un Estado comunista mundial.

La "causa" vive.


Toby Westerman


1 Garry Kasparov con Mig Greengard, Winter Is Coming, Por qué Valdimir Putin y los enemigos del mundo libre deben ser detenidos , Nueva York: asuntos públicos, 2015. p. 8.


Traducido con google.

viernes, 7 de septiembre de 2018

jueves, 6 de septiembre de 2018

El arzobispo Viganò. ¿Castigado por decir la verdad?


El arzobispo Carlo Maria Viganò, que ha puesto en evidencia la existencia de una red de corrupción el Vaticano, llamando a los responsables por su nombre, ¿será castigado por decir la verdad? El papa Francisco está estudiando esta posibilidad, si es cierto -como han confirmado varias fuentes- que ha consultado al cardenal Francesco Coccopalmerio y a algún otro canonista para estudiar las posibles sanciones canónicas que podría imponer al arzobispo, empezando por la suspensión a divinis.

De confirmarse la noticia, revestiría extrema gravedad, y sería además un tanto surrealista, ya que el experto al que se ha pedido que sancione a monseñor Viganò no sería otro que el cardenal Coccopalmerio, acusado por el exnuncio en los Estados Unidos de pertenecer al lobby gay que ejerce su tiranía en el Vaticano.

Tampoco podemos olvidar que el secretario del cardenal, monseñor Luigi Capozzi, está a su vez complicado en un caso de orgías homosexuales en el que todavía no está clara la postura de su superior. Pero, naturalmente, el problema de fondo es otro. Como sociedad visible, la Iglesia Católica cuenta con su derecho penal, o sea, el derecho que tiene para sancionar a los fieles que vulneran sus leyes.

En este sentido, hay que distinguir entre pecado y delito. El pecado es una infracción de orden moral, en tanto que el delito es una transgresión de la ley canónica de la Iglesia, que es distinta en su naturaleza de las leyes civiles de los estados.

Todos los delitos son pecado, pero no todos los pecados son delito. Hay delitos comunes a la legislación civil y al derecho canónico, como el de pedofilia, pero otros delitos solamente lo son según el derecho canónico y no según las leyes penales de los estados.

Por ejemplo, la homosexualidad y el concubinato no están considerados delito en la mayoría de las legislaciones de los países contemporáneos, pero siguen constituyendo graves delitos para el clero que los comete, y como tales los sanciona el derecho canónico. De hecho, no todo acto externo que vulnera una ley es delito; únicamente la infracción para cuyo incumplimiento está prevista una sanción, según el principio nulla crimen, nulla pena sine lege*.

Como recordó hace poco el padre Giovanni Scalese en su blog Antiquo robore, el Código de Derecho Canónico no sólo considera delito los abusos a menores, sino también otros pecados contra el sexto mandamiento, como el concubinato y las situaciones escandalosas, que incluyen la homosexualidad (canon 395 del nuevo Código).

Por lo visto estas distinciones no están claras para el papa Francisco, que proclama tolerancia cero contra los delitos civiles como la pedofilia pero apela al perdón y la misericordia para pecados de juventud como la homosexualidad, olvidando que las leyes eclesiásticas sancionan también ese delito. Pero luego –y ahí está la contradicción– invoca las leyes de la Iglesia para culpabilizar, no a los sacerdotes inmorales, sino a quien denuncia la inmoralidad del clero, como monseñor Carlo Maria Viganò, que en ningún punto de su testimonio se ha apartado de la línea trazada por los reformadores de la Iglesia, desde San Pedro Damián a San Bernardino de Siena, grandes fustigadores de la sodomía.

¿Qué motiva la sanción canónica que se quiere aplicar al valiente arzobispo? El papa Francisco podría responder como el león en la fábula de Fedro: no hace falta que alegue razones; Quia nominor leo**; porque lo digo yo que soy el más fuerte.

Ahora bien, cuando la autoridad no se ejerce para servir a la verdad se convierte en abuso de poder, y la víctima del abuso de poder adquiere una fuerza que nadie le podrá quitar: la fuerza de la Verdad. En este momento trágico que vive la Iglesia, lo primero que piden no sólo los católicos sino también la opinión pública de todo el mundo a los eclesiásticos es «vivir sin mentira», según la célebre expresión de Solzhenitsyn. El tiempo de las dictaduras socialistas ya pasó, y la verdad está destinada a imponerse.

Roberto de Mattei

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* Sin ley no hay delito ni pena.

** Porque me llamo león.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

miércoles, 5 de septiembre de 2018