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viernes, 2 de diciembre de 2016

"PÍO MAGNO"



Se llamaba Eugenio Pacelli y había nacido en Roma el 2 de marzo de 1876, reinando el Beato Pío IX, de noble y catolicísima familia, devotísima a la Santa Sede. Siendo un niño de pocos años los Padres Filipinos de la iglesia que frecuentaba solían verlo todas las tardes arrodillado ante el Sagrario, mirando como un pequeño ángel hacia su Señor y mayor amigo. Por la mañana, antes de ir a la escuela, había servido ya en la Santa Misa recibiendo la comunión.

Intimo de Jesús

Se entusiasmaba -dicen sus biógrafos (creo haberlos leído todos o casi todos)- escuchando las narraciones de vida misionera que el tío sacerdote, veterano de Sudamérica, le contaba y comentaba: “Yo también quiero dar mi vida por Jesús”. Después, mirándose sus hermosas manos: “¡Pero los clavos no!”

Tocaba el violín como un niño prodigio y a quien le felicitaba respondía: “¿Que toco? ¡No! Rezo, hablo con Jesús.” Le gustaba enseñar el catecismo y lo hacía con los más pequeños de su palacio con alegría propia y de ellos. Jesús era ya “el Viviente” en su infancia, en su adolescencia pura… Lo llamaban “Pacellino” porque era delgado como el alambre y tenía el rostro afilado con el flequillo en la frente.

¿Y qué puede haber orientado a la consagración total a Dios en el sacerdocio a este angélico joven patricio romano, que amaba la equitación y la música y que algún rostro femenino miraba ya con admiración y al cual respondía él: “Busque en otro lugar, yo soy de Jesús”, si no un amor ardiente, intensísimo a Jesús, el Hombre-Dios?

“¿Pero tú eres Dios?”

Bachiller en el “Visconti”, escuela pública, en donde da testimonio de Jesús. A los 18 años está en el Seminario Capranica. El 2 de abril de 1899 es ordenado sacerdote por el amigo de la familia, el cardenal Paolo Cassetta, patriarca de Antioquía. Después querría trabajar humildemente, por ejemplo en una pequeña parroquia del campo, pero la Secretaría de Estado puso ya los ojos en él. A él, jovencísimo sacerdote que afirmaba querer ser sólo un buen pastor, mons. Gasparri le respondió: “¿Ah, sí? Pues bien, ven conmigo, muchacho mío, te enseñaré a mostrar los dientes al lobo.” Como sucederá.

Monseñor en el Vaticano, los Pontífices Pío X y Benedicto XV lo envían a tratar las cuestiones más espinosas con los jefes de Estado de Europa, en un tiempo dificilísimo: en París, en Londres, en Berlín con el Kaiser. Los políticos más experimentados y astutos, los “zorros” de Europa, son subyugados por la autoridad y la fascinación de Pacelli.

A quien se alegraba con él por su incipiente “carrera” (¡un viacrucis!) respondía: “¡Pero si yo me he hecho sacerdote por un gran ideal de oración!”

Consagrado Obispo el 13 de mayo de 1917, en el día y la hora en la que la Virgen aparece en Fátima a los tres pastorcillos, es enviado como Nuncio a Munich. Los comunistas locales intentan asesinarlo, obstaculizarlo (¡este es su trabajo en todas partes!), pero él va por su camino: libre, fuerte, obedientísimo a Jesús solo y al Papa. Los buenos lo aman. Los malos lo detestan. No se le puede chantajear, no acepta los compromisos. No corre detrás del mundo, sino que quiere convertir al mundo a Cristo.

En 1924 es transferido a Berlín; es el tiempo en que Alemania, caída al precipicio tras la primera guerra mundial, intenta resurgir. Pero hay también un “demonio” que quiere cautivar: Adolf Hitler. Quien lo comprende de los primeros leyendo su obra “Mein Kampf” y ve el abismo que está a punto de abrirse es el Nuncio Pacelli, verdadero arcángel contra el dragón. En el este, con puño de hierro, manda Stalin, el cual, sin embargo, siente que aquel Pacelli en Berlín es alguien que cuenta y le manda a su embajador, quién sabe con qué intención. Pacelli le habla, pero comprende la “trampa” y no cae en ella.

De esto hablan -o deberían hablar- los libros de historia honestos. Nosotros, aquí, narramos sólo algunas pequeñas grandes cosas.

En Munich una monja va a hablar con él por las cuestiones insolubles que lleva en su interior. Monseñor escucha con los ojos bajos y calla. Entonces le dice: “Hermana, ¿no será quizá que sus sufrimientos dependen del hecho que usted piensa sólo en sí misma, en vez de pensar en Jesús, al Cual ha consagrado toda su vida? Le sonríe, le estrecha la mano, la bendice y concluye: “Busque sólo a Jesús, a quien pertenece todo su ser. Su vida se convertirá aun en el dolor, en la enfermedad y en la necesidad en una única alegría.”

Un día, en Berlín, un niño, que ya lo había visto pasear en el parque de la ciudad, se le acerca y, observándolo de pies a cabeza, le dice: “¿Pero tú quién eres? ¡Eres tan diferente de los demás hombres, eres tan alto y delgado, y tienes los ojos tan hermosos! ¿Eres acaso Dios?”

A tal punto había llegado su configuración con Jesús: había sido “cristificado” de tal manera que aparecía a los ojos de quien lo veía, aunque sólo fuera por pocos instantes, como una revelación de Dios.

Entre los “lobos”

Cardenal y Secretario de Estado de 1930 a 1939, Pío XI lo envía a Río de Janeiro, a Buenos Aires, a Washington y a los EE. UU., a París y a Lourdes, a Budapest, para que la Iglesia y el mundo lo conozcan y lo aprecien. Comenta Pío XI: “Pensad qué buen Papa será el card. Pacelli.” Con Pío XI es autor de concordatos y se empeña en la lucha contra Hitler y Stalin para salvar a la Iglesia y la dignidad del hombre.

El 2 de marzo de 1939 se convierte en el papa Pío XII. Es inconsolable por la cruz terrible que le ha caído sobre los hombros. Da su primera bendición desde la logia y después se derrumba sobre un sofá y llora largo tiempo, inconteniblemente, murmurando: “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.”

Será un de los Papas más grandes de la historia, alguno (como Barbara Frale en el libro Il principe e il pescatore, Mondadori, 2014) osa decir que, después de San Pedro, es el más grande: nunca antes un Papa había debido afrontar dos demonios como Hitler y Stalin y custodiar a la Iglesia en la fidelidad a la Verdad. El Papa que pedimos a Dios todos los días y que deberá restaurar a la Iglesia en la actual catástrofe sucedida en el Concilio Vaticano II será grande como Pío XII. (¿se llamará Pío XIII?).

Lo que hace Pío XII durante la segunda guerra mundial en defensa de todos, para la salvación de todos, también para los Judíos, sólo lo sabe Dios y lo reconocen los Judíos en sus jefes más autorizados, como Golda Meir y Ben Gurion.

Contra una “teología” sin Cristo

Como Sumo Sacerdote y Pontífice, Pío XII es el custodio intrépido e invencible de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en la Verdad y santidad contra los errores y las herejías extendidas.

“La nouvelle théologie”, que se difunde en los años 40, es una teología sin Cristo, como dijo claramente el card. Siri. Pues bien, en sus poderosas encíclicas y en sus discursos, Pío XII denuncia que, en el siglo XX, es Jesús, el Crucificado viviente, el que es negado y rechazado, blasfemado y profanado, como si el hombre por sí solo pudiera salvarse y no tuviese ninguna necesidad de El. Por ello hoy, basta mirar en torno para ver con claridad que, sin Jesucristo, hemos creado el infierno en la tierra, en vez del “paraíso” que pensábamos construirnos sin El.

En este nuestro tiempo, desde la Summi Pontificatus (1939), a la Mystici Corporis (1943), a la Divino afflante Spiritu (1943), a la Mediator Dei (1947), a la Humani generis (1950) -quizá la encíclica más grande de su pontificado y entre las más grandes de la Iglesia, en la que condena y confuta los errores gravísimos del “neo-modernismo” que demuelen el Catolicismo- el Santo Padre Pío XII llama a los hombres a redescubrir a Jesús, el Hombre-Dios, que sacrificó su vida en expiación del pecado y nos mereció la Gracia divina, el Viviente en la Iglesia, en modo especialísimo en la Eucaristía, su Presencia real y su Sacrificio.

Esta Gracia la debemos acoger, correspondiendo con fidelidad absoluta a sus mandamientos, evitando el pecado, que lleva al infierno, que existe y es eterno (y no está vacío), creciendo cada día en el amor a aquel Jesús que nos amó el primero. En una palabra, la intimidad con Jesús, del Cual nace la transformación (= la consagración) del mundo a El: es la síntesis de la vida y del Magisterio de Pío XII, Magisterio de la Iglesia hoy olvidado, reducido, alterado, negado, a pesar de ser Magisterio eterno.

Su familiaridad extraordinariamente hermosa con Jesús tocó cima ya en esta tierra, durante los días de enfermedad entre el uno y el dos de diciembre de 1954. Después de haber orado con las invocaciones tan queridas por él: “Anima Christi, sanctifica me… et iube me venire ad Te”, de repente Jesús en persona llegó para dialogar con Su Vicario. Por la mañana se levantó curado.

“Santo subito”

¿Distante, lejano? En absoluto. Antes bien, tan cercano que durante las audiencias muchos se acercaban a él y le pedían confesarse con él. Entonces llegaba tarde a comer, feliz por haber reconciliado las almas con Dios. Explicaba con su sonrisa más hermosa: “¡Yo también soy sacerdote y esta mañana he hecho de confesor!” ¿Acaso no es un ejemplo para los sacerdotes de hoy?

Aquel del cual Von Hertliga decía: “Ese Pacelli vale más que una armada”, era antes que nada un hombre que vivía cara a cara con Jesús, ya en esta tierra, e invitaba a todos a seguirle con fidelidad heroica, como cuando dijo a los jóvenes y a las muchachas del movimiento Oasis, consagrados a Dios, el 23 de noviembre: “Hoy es el tiempo del heroísmo y de la entrega completa. Haced de Jesús vuestra vida, transformaos en El.”

Se fue a Dios, como en una asunción, el 9 de octubre de 1958. Fue proclamado “venerable” el 19 de diciembre de 2009. Venga pronto el día en el que lo veneremos santo en los altares: Pío XII, el grande, como León y Gregorio, y ¿por qué no? Doctor de la Iglesia. Demasiado se ha esperado. ¡Santo subito!

Candidus

SÍ SÍ NO NO

(Traducido por Marianus el eremita)



lunes, 11 de abril de 2016

LOS PADRES DE UN GRAN DEFENSOR DE LA IGLESIA CATÓLICA



Un Padre y una Madre
Breve biografía de Monsieur y Madame Lefebvre,
Padres de Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre.

El Señor René Lefebvre es un ejemplo de cómo debemos vivir como Católicos a pesar de las circunstancias adversas en las cuales la Divina Providencia lo colocó, sobre todo al final de sus días.
Hoy, que estamos viviendo tiempos apocalípticos, donde el mal, el pecado, el liberalismo nos rodean por todos lados, debemos redoblar esfuerzos, sacrificios, oraciones, Sacramentos, etc. para con la gracia de Dios, salir adelante.

Las situaciones adversas prueban la virtud. La dificultades y sufrimientos ofrecidos por amor a Nuestro Señor tienen un mérito enorme. Es tiempo de grandes retos, Santa Teresita del Niño Jesús hubiera deseado vivir al final de los tiempos.

Dios nos ha elegido para vivir en esta época, con Su gracia y con nuestra Madre Santísima tenemos la ayuda que nos hace fuertes.

“Un calvario” Monsieur René Lefebvre (1879-1944)
René Lefebvre en 1914-1918 fue uno de esos valientes franceses que arriesgaban su vida para facilitar el paso de la frontera a los agentes del ejército secreto. Y desde 1940 se ocupaba de ayudar a cruzar la línea de demarcación a los soldados aliados que escapaban de los alemanes. Pero la Gestapo vigilaba. Y en 1941 los verdugos nazis lo detuvieron. Sucumbió en 1944 a los 66 años de edad.

Su hija Marie-Thérese relata:
Mi padre fue conducido a Bruselas a la prisión de Saint-Gilles. Ahí comienza el calvario que no debía terminar sino tres años más tarde con una muerte difícil, pero gloriosa, conmovedora.
Mi padre aceptaba con una resignación espléndida su situación, continuamente llevaba su Rosario en la mano y estaba muy contento de haber podido conservar su misal y su oficio de la Santísima Virgen.

Desde que fue arrestado se había hecho a la idea de su muerte y hablaba a su hija, durante las visitas, de la gracia que Dios le hacía de morir por su país. Estaba, en cada visita, siempre igual de tranquilo y sereno, al pedir noticias de cada uno. Nunca se quejaba y afirmó en repetidas ocasiones que nunca había tenido que sufrir golpes ni malos tratos, que solamente lo habían amenazado con propinárselos. “Espero la hora de la Providencia”. “Pienso que aquí se reza tan bien, si no tanto, como en un claustro; pero los oficios son contados: cuando mucho una misa por quincena, y, con insistencia, posibilidad de comunión”.

“Si es un tiempo muy difícil, es un consuelo muy grande el poder decirse que nada se pierde cuando las cosas se toman como las tomamos nosotros”.

“A pesar de las horas tan largas a veces, a pesar de los sufrimientos que te imaginas, no es el infierno de Dante donde se abandona toda esperanza. Compadezco a los que están como yo pero que no tienen religión”.

“Ten valor, paciencia, la situación se aclara y tendremos días buenos para nuestro querido país”.

“Gracias a Dios, he sentido su auxilio, ha habido momentos terribles pero he podido constatar que recibí ayuda en los instantes en los que me sentía en lo más bajo”.

“Como todo hombre es mortal, vengo a dar por escrito mis adioses a mis queridos hijos, a mis amigos, a mi familia.

Ustedes saben que muero como católico francés, monárquico, ya que considero que estableciendo monarquías cristianas Europa y el mundo pueden recuperar la estabilidad, la verdadera paz. Si encuentro aquí la muerte, es que el Buen Dios lo habrá decidido de esta manera y sin un retiro especial preparado para el Cielo, el purgatorio habrá comenzado aquí en la tierra.

Agradezco a Dios todo. El sufrimiento purifica. Sería para mí un gran sacrificio no volver a encontrarme con mis hijos antes de morir.

De todo corazón, bendigo a mis hijos, a quienes confío a Nuestra Señora. La Santísima Virgen fue tan buena conmigo, quiero entonces continuar siendo su hijo querido y particularmente bendecido. A Ella le gustará bendecir a mi familia, que debe permanecer consagrada a Ella, entregada completamente a Ella y buscar por Ella extender el reino de su Divino Hijo…”

Lo mantuvieron incomunicado durante un mes. Después le permitieron visitas de diez minutos cada quince días.
La estancia en Bruselas duró nueve meses. Después se lo llevaron a un destino desconocido en Alemania, sin que hubiera podido siquiera avisar a sus hijos.

Monsieur Bommel quien también fue arrestado cuenta:
Recibíamos la visita del capellán civil cada semana, pero no podíamos asistir a la Misa. La Comunión la daban en la celda y de una manera decente, después de una preparación previa: dos velas encendidas de cada lado de un gran Cristo de cobre, todo dispuesto sobre una toalla inmaculada sobre la mesa de nuestra celda. Monsieur Lefebvre se benefició del favor muy particular de comulgar todos los días, ya que el sacerdote le había entregado Hostias para tal efecto. Me hubiera costado trabajo creer esto si no hubiera sido Monsieur Lefebvre mismo quien me contara el hecho durante nuestro traslado a Berlín en 1942. Fuimos metidos en celdas donde casi la totalidad de los prisioneros estaban condenados a muerte y esperaban el pelotón de ejecución dos o tres veces por semana. Éramos dos por celda. Durante el proceso, Monsieur Lefebvre siempre tuvo una actitud muy digna y muy valerosa, sufrió el shock sin protestar, estaba resignado a su suerte y se había puesto enteramente entre las manos de la Santísima Virgen, (rezábamos el Rosario en voz alta dirigido por él). Nos incitaba a confiar como él en la Reina del Cielo, en quien tenía una gran confianza.

Nuestra vida en la celda era triste y monótona, esperábamos cada mañana ver aparecer a nuestros verdugos. Las ejecuciones se hacían por grupo respectivo de diez, veinte o incluso cuarenta. En principio, el capellán militar nos visitaba cada quince días o tres semanas, y nos daba la Comunión. Venía más seguido si lo pedíamos, pero ni en Berlín ni en Hamburgo pudimos asistir a Misa. En nuestras celdas no teníamos derecho a leer ni a escribir. Nuestros días se pasaban entonces en reflexiones o en oraciones ya que se nos había permitido conservar nuestro rosario. A pesar de la monotonía de esta vida de reclusos, pude darme cuenta de que Monsieur Lefebvre había conservado un excelente estado de ánimo, cuando al cabo de trece meses mi grupo, entre ellos Monsieur Lefebvre, fue entregado en manos de la penitenciaria civil. Por milagro, nos salvamos del pelotón, pero, desafortunadamente, no era sino para hacer morir lentamente y más cruelmente a la mayoría de nosotros en el campo de concentración de Sonnenburg.

Permanecimos juntos alrededor de diez días en la prisión en Berlín. Eramos cuatro o cinco por celda acondicionada para un hombre solamente. Estábamos pegados uno contra otros y yo tuve la dicha de estar con Monsieur Lefebvre. No podíamos lavarnos y estábamos cubiertos de polillas, fuimos rapados de pies a cabeza nos vistieron con las famosas ropas a rayas. La comida era cualquier cosa e insuficiente. La celda de Monsieur Lefebvre era muy húmeda y le faltaba aire. La comida mala y la falta de salubridad le provocaron probablemente una furunculosis de la que no pudo deshacerse, al ser los cuidados casi nulos. El enfermero recibía a los enfermos a puñetazos. Recuerdo que en la Navidad de 1943 asistimos a la Misa y pudimos comulgar. Un día que estaba yo en la caminata, vi a Monsieur Lefebvre sostenido por un camarada, entrar a la enfermería. Me miró de una manera dolorosa. Me enteré tres días después de que entró ahí, que había muerto de una congestión.

Monsieur Piérard escribió: Yo conocí muy bien a Monsieur Lefebvre en Sonnenburg, donde muy pronto hicimos amistad. Estas celdas eran muy frías y húmedas. Había cochinillas, ciempiés, tijeretas, cucarachas piojos, chinches y arañas. Con la ayuda de golpes que dábamos en la pared, entraba en comunicación con mi vecino, y subiéndonos en la mesa, lográbamos entrar en conversación por la pequeña abertura de la ventana. Aproximadamente cada mes nos daban un pedazo de jabón. Durante los 18 meses de mi estancia en Sonnenburg tuve 6 duchas de dos minutos cada una. Desde 1943 hasta su muerte, Monsieur Lefebvre sufrió mucho de furunculosis. La mayor parte del tiempo lo despachaban sin atención de la enfermería. Con mucha frecuencia yo vendé a mi amigo con medios improvisados, le reventaba los absesos y los limpiaba con un poco de gasolina. En las últimas semanas Monsieur Lefebvre tenía 11 furúnculos en el hombro y en el brazo, y un enorme absceso en la espalda.

Era muy piadoso, rezaba mucho. Con la ayuda de un cordón, ceñía bajo su camisa un Misal y una Imitación de Cristo que pudo conservar de milagro. Después de la sopa del mediodía, recitaba en voz alta el De Profundis por los camaradas, que a diario, nos enterábamos habían fallecido.

Una mañana de fines de febrero de 1944, tuvo una especie de congestión con parálisis del lado derecho y de la lengua. Acostamos al enfermo en la paja, ya que tiritaba y lo transportamos a su celda. Pude decirle algunas palabras y estrecharle la mano. Ya no comía. El sábado tuvo un desmayo, el guardia le propinó una paliza, el enfermo cayó en síncope. El domingo lo vi por última vez. Al día siguiente mi querido camarada moría.


Conservó siempre un excelente ánimo y tenía una fe inquebrantable en nuestra Victoria. Nos entregó sus libros de oraciones, un rosario y unas medallas. Nos quitaron estos objetos unas semanas más tarde.


jueves, 19 de febrero de 2015

INTERPRETACIÓN DEL APOCALIPSIS POR EL VENERABLE BARTOLOMÉ HOLZHAUSER.- SOBRE LA VIDA DEL VENERABLE HOLZHAUSER


SOBRE LA VIDA DEL AUTOR LATINO,

Creemos que el lector apreciará la idea que hemos tenido de encabezar esta nueva edición con el resumen de la vida de Holzhauser, la que un escritor anónimo nos dejó en un libro publicado en Bamberg, año 1799.

Este verdadero siervo de Dios, Suabo de origen, nació en el humilde pueblo llamado Longnau, situado a la distancia de algunas leguas de Augsburgo, el año de gracia 1613, en Agosto. Su padre era zapatero. Desde su niñez se hizo notar por la inocencia de sus costumbres. Como en su aldea no había escuela, frecuentó la de la pequeña villa de Verding, situada cerca de una legua de la casa paterna, donde se dedicó particularmente al estudio de la lengua alemana. Tenia por costumbre abreviar el camino con oraciones y santos cantitos, sus mas ordinarias, delicias. En 1624; a la edad de once años, comenzó el estudio de la lengua latina en Augsburgo, donde, acosado por la pobreza, buscaba el sustento de puerta en puerta. Después continuó sus estudios en Neuburgo, sobre el Danubio, ahí encontró suerte mas propicia con la protección de los Padres de la compañía de Jesús. En fin acabó su carrera literaria en Ingolstadt.

Desde sus primeros años fue favorecido con celestiales visiones. Confesó públicamente haber sido libertado de la peste por la intercesión de la Madre de Dios, para con la cual estaba animado de la mayor devoción. Invocó a esta Madre del buen consejo, sobre todo, en la elección de confesor y estado de vida, y así fue como por su inspiración se confirmó más y mas en la resolución que había tomado de entrar en la carrera eclesiástica. Animado de un gran celo por la oración, fuerte en la fe, y lleno de confianza en Dios, superó de un modo admirable las numerosas dificultades con que tropezó su proyecto. Aunque pobre, su caridad no dejó por esto de ser tan ardiente para con los indigentes, como misericordioso y benévolo era él para con el prójimo. No calculando peligro alguno, distribuía sus cuidados y socorros a cuantos infelices se hallaban en la guerra y demás azotes que le son inseparables. En el fervor de su celo, enseñaba la doctrina cristiana a los ignorantes, consolaba a los afligidos, fortalecía a los débiles, levantaba a los caídos, corregía los abusos, y en las frecuentes injurias que recibía de los malos, se mostraba lleno de alegría por haber sido encontrado digno de sufrir por el nombre de Jesucristo.

A estas virtudes, Bartolomé, añadió la practica de la mortificación, abnegación, castidad, humildad, mansedumbre y paciencia, mostrándose así verdadero tipo del estudiante cristiano, y nunca perdió de vista el oráculo del Espíritu Santo: Adolescens juxta viam suam ambulan, etiam cum senuerit, non recedet ab ea. Prov. c, XXII. v. 6.

Apenas terminó su carrera escolástica, inspirado por señales manifiestas de la voluntad divina de trabajar para gloria de Dios y salvación de las almas, deliberó entrar en nuevo estado de vida, y se alistó en los registros de la milicia eclesiástica. En el corriente del año tercero de sus estudios teológicos, se preparó al sacerdocio, y en 1639, se ordenó de sacerdote en la ciudad episcopal de Eichstadt, sobre el Danubio, y celebró su primera misa en Ingolstadt, el día de Pentecostés, en la misma capilla de N. S. de la Victoria, donde había con tanta frecuencia ofrecido su corazón a Dios, consagrándole todos sus bienes en fervorosas oraciones. No tardó en ser confesor y en ejercer las demás funciones del santo ministerio, y esto con tal suceso, que número crecido de penitentes afluían a su confesonario. Sin embargo, temeroso de agotar sus fuerzas en el cultivo de la viña del Señor, procuró asociarse cooperadores celosos, capaces de continuar y propagar su obra,

Así es como en 1640 indujo a tres curas mas antiguos que él a seguir ciertas reglas que entre sí se impusieron. Estos, no obstante, permanecieron en sus curatos hasta tanto que sus superiores les dieron licencia de rendirse completamente a la invitación de Bartolomé.

Habiendo concluido sus estudios teológicos, y sanado de una angina por el manifiesto auxilio de Dios, se fue con uno de sus socios para Salzburgo, donde, guiado por divina inspiración, fundó su primer instituto, en 1636. Se puso en camino a pie, sin saco, con escasa plata, y caminando se encontró con un cuarto socio. Llegó felizmente al término de su viaje con el amparo de la divina providencia. Bien acogido por la autoridad eclesiástica, obtuvo luego después un canonicato en Tittmonig, ciudad del arzobispado de Salzburgo, cerca de Baviera, en la Salza. Esa ciudad tiene una muy antigua ciudadela con una colegiata dedicada a San Lorenzo. Es la más distinguida ciudad de cuantas la rodean. Desde que fue instalado como canónigo con carga de almas, consiguió para él y los suyos una vasta casa, cabalmente la misma que en sueños había visto cuando se hallaba en lngolstadt. El número de sus compañeros crecía de día en día, y sin ser estorbado por sus cohermanos, ganó infinidad de almas a Jesucristo con la palabra de Dios y con la caridad para con los pobres y enfermos. Mas tarde dejó cierto número de los suyos en Tittmonig, colocándose él a la cabeza de una parroquia y decanato de San Juan, en la Leogonia, valle del Tirol, camino de Inspruk a Salzburgo, el día de la Purificación de la Santísima Virgen, en 1642. Aquí, como en todas partes, se esmeró en poner las cosas en el mejor orden posible, enseñando la doctrina cristiana a los niños y aun a los adultos, visitando escuelas, y no descuidando nada de cuanto pudiera restablecer la disciplina eclesiástica. Así es que no tardó en conciliarse el aprecio de todos los habitantes del lugar.

Habiendo observado cuanto importaba que los jóvenes destinados al estado eclesiástico, fueran temprano imbuidos en los principios sólidos de la fe y demás virtudes cristianas, vio modo de establecer seminarios donde poder formar sacerdotes ejemplares. El primero de esos seminarios se fundó en Salzburgo, año 1643, y mas tarde, por graves razones, se trasladó a Ingolstadt, en 1649. Al mismo tiempo estableció su instituto en Augsburgo, en Gerlanda, luego en Ratisbona, habiendo obtenido de Roma la aprobación, por empeño del duque Maximiliano de Babiera, de quien recibió la siguiente carta en 1646.

«La divina bondad se ha dignado suscitar sacerdotes con el único fin de procurar a la Iglesia hombres que, viviendo según las reglas de los santos cánones y disciplina eclesiástica, se dediquen enteramente y con puro corazón, a las funciones sacerdotales, y que, velando sobre si mismos y buscando la perfección, trabajen sinceramente por la gloria de Dios y salvación de las almas».

Con el objeto de conseguir ese fin, Bartolomé prescribió tres cosas: la cohabitación y comunidad fraterna, el alejamiento de mujeres, y la comunidad de bienes. Sin embargo, solo fue en Enero 7 de 1670, cuando recibió de la sagrada congregación de obispos y regulares la tan suspirada aprobación, en los siguientes términos: «No hay necesidad de aprobar esta santa institución, supuesto que no prescribe cosa alguna contraria a lo que el clero practicó en la primitiva Iglesia.»

Trabajó con gran suceso en alivio de los desgraciados, durante el hambre con que fue el Tirol afligido, en 1649.

Después de haber ejercido el santo ministerio por espacio de diez años en el valle de Leogonia, su casa se encontró en suma escasez con motivo de la supresión de diezmos e imposiciones extraordinarias de que se le agravó. No se abatió, antes bien sintió el venerable siervo de Dios un estimulo en esas pruebas para ponerse con los suyos en las manos de la divina providencia.

En recompensa de su fidelidad y paciencia, Dios dispuso los eventos de tal manera, que Bartolomé saliera de esas montañas, donde su nombre está todavía en bendición, para trasladarse a la Franconia y diócesis de Majencia. En 1654, hizo que los suyos fundaran un seminario en Wurzburgo, y, a invitación del elector de Majencia, quien lo admitió mas tarde en su intimidad, fue cura y deán en Binjen sobre el Rhin.

Cuando estaba para volver a su patria Carlos, rey de Inglaterra, desterrado por entonces en Alemania, tocado de la reputación de Bartolomé que había vaticinado cosas estupendas sobre la Inglaterra, con manifiesto y sumo deseo de verle, bajó por el Rhin. Habiéndole pues hecho llamar, conversó con él una hora, para oír de su propia boca lo que predecía de su reino y de su propio reinado. El siervo de Dios había profetizado sería aquel reino reducido a las mayores miserias, y ni aun siquiera el rey sería perdonado, pero una vez vuelta la paz, convertidos los ingleses a la fe católica romana, harían por la Iglesia mas de lo que hicieron después de su primera conversión, No se debe pasar en silencio que, en esa isla se prohibió el ejercicio de la religión católica desde 1658 baja pena de muerte, y cuyo decreto fue después levantado en 1778, lo cual había Bartolomé anunciado de un modo admirable en 1635, como sigue: Et intellecci juge sacrificium, centum viginti annis ablatum esse. Y entendí que el sacrificio eterno había de suprimirse por espacio de ciento veinte años. Es indecible lo mucho que deseó esta conversión. Su mayor interés era ir en persona con intento de iniciar semejante obra, no haciendo caso de ningún peligro por su vida. Sin embargo se lo estorbaron, a pesar suyo, los cuidados que exigían su parroquia y las escuelas latinas que acababa de abrir en Binjen, para mayor ventaja de los moradores de esa ciudad y lugares circunvecinos.

Mientras se ocupaba así en cumplir con los deberes del buen pastor para con sus ovejas, y prodigaba a sus cooperadores e institutos todas las solicitudes de un buen padre, cayó en una fiebre mortal, y alzando sus ojos al cielo, rodeado de los suyos que lloraban y rogaban, rindió su último suspiro en Mayo 20 de 1658, a los 45 años de edad, a los 19 de sacerdote, 18 años después de instalado su instituto. Su cuerpo descansa en la Iglesia parroquial de Binjen, delante del altar de la santa cruz, en un sepulcro cerrado, y con este epitafio.

Venerabilis vir Dei servus Bartholomeaus Halzhauser, SS. Theologiae, Licenciatus, Eclesiae Vigensis pastor, et decanus; Vitae Clericorum saecularium in communi viventium in superiore Germania restitutor, obiit ano 1658, die maji 20. (1)

Además de las virtudes admirables de su juventud, que luego en su carrera eclesiástica llevó al mas alto grado de perfección, estaba Holzhauser dotado de una ciencia profunda y favorecido con el don de profecía; he ahí lo que nadie negará. Puede uno por otra parte convencerse de ello por sus obras de las cuales nos han quedado muchas, y en especial por su Interpretación del Apocalipsis, cuya traducción francesa damos aquí.

En esta obra se notará singular y prodigiosa conexión de tiempos y acontecimientos, estableciendo o manifestando el sistema general más bello de toda la Iglesia, extendiéndose desde su origen hasta la consumación de los siglos.

Escribió en el Tirol esta interpretación, cuando estaba afligido de las mayores pruebas, pasando así días enteros en el ayuno y oración, separado de todo comercio humano. Como no concluyó su obra ni interpretó el Apocalipsis sino hasta el cap. 15, le preguntaron sus clérigos la razón de ello: les respondió que no se sentía mas inspirado, y que no podía continuar. (Parece que Dios por razones particulares, quería reservar el resto de sus secretos para otra época). Después añadió que alguno se ocuparía de su obra más tarde, y la coronaria. Tal es el compendio que damos de la vida de Holzhauser, a fin que no parezcamos como quien quiere ocultar al lector lo muy grato que es a la divina bondad asistir a los hombres en los tiempos mas difíciles. Vivió entre los horrores de la guerra de 30 años, desde 1618 hasta 1648.

No pretendemos elevarnos aquí sobre el juicio de los hombres; y nos sometemos con filial reverencia a la santa Iglesia romana en todo cuanto ella juzgue sobre esta obra.

Por lo que toca al siglo presente, ¿que tenemos que esperar de él? ¡Ay! como toda carne ha corrompido sus caminos, y como el espíritu se horroriza de todo aquello que no lisonjea con gusto los sentidos, podemos de antemano preveer el juicio del mundo. Sin embargo, no todos los hombres piensan como el siglo, y sabido es que la divina providencia se ha dignado suscitar hombres eminentes en talento y piedad para mover a los otros a la penitencia y paciencia con el ejemplo y la palabra. No ignoramos cuantos hay que, tocados de la historia y conducta de los Macabeos, sacan de las Escrituras valor y consuelo. ¿Quién pues se atreverá a reprendernos de que nos hayamos esforzado en socorrer a nuestros hermanos en estos tiempos de tan rudas pruebas y calamidades? ¿Acaso no fue y será siempre permitido dar pan a los hambrientos y agua a los sedientos, cuando el médico lo permite y aun lo ordena?

Te suplicamos por lo tanto amado lector, acojas con benevolencia nuestro humilde trabajo, deseándote de nuestra parte toda especie de prosperidad para el cuerpo y para el alma.

¡QUEDA CON DIOS, Y TODO TE SEA PROPICIO!


(1) Nota del T. E. Aquí ponemos la traducción del texto latino, la que no se encuentra en la edición francesa. E. venerable siervo de Dios Bartolomé Holzhauser, Licenciado en sagrada teología, pastor de la Iglesia de Binjen y deán: En la alta Alemania, restablecedor de los clérigos seglares para que vivan en vida común. Murió en Mayo 20 de 1658.


INTERPRETACIÓN DEL APOCALIPSIS
Venerable Bartolomé Holzhauser.
Paginas de la XVIII a la XXV.

Traducido al Español por el
Reverendo Padre Fray Ramón de Lérida,
Capuchino Misionero Apostólico.

Imprimátur
Fr. Damiano de Vareggio Vist. Apost. I Comis. Gen. Cap.
Serena, 6 Mayo 1860.

Imprimase
EL OBISPO DE LA SERENA (CHILE)

Imprenta de la Serena.- Convento de San Agustín N.º 36.
Año 1860.

sábado, 10 de diciembre de 2011

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD (BIOGRAFÍA)


SAN PEDRO JULIÁN EYMARD
Sacerdote (1811-1868)

San Pedro Julián nació cerca de Grenoble, en Francia, el año 1811. Recorrió varios caminos hasta encontrar su vocación definitiva, pero siempre, en todas las etapas de su vida, se empleó a fondo, sin desviaciones.

Quizá la fortaleza de su carácter la recibió de la formación cristiana y austera que le dio su madre. Desde muy niño acompañaba a su madre, a la Iglesia, muy de mañana, para asistir a la Misa y comulgar.
Esto me recuerda el caso, de Ryckmans, que explica así su vocación sacerdotal: Mi madre me despertaba a las 6,30. Yo podía quedarme a estudiar antes del desayuno, o ir a Misa con ella. Todos los días la acompañaba para oír Misa y comulgar. Si mi madre no me hubiese hecho madrugar cada mañana, no hubiera tenido coraje para ir a Misa de 7 cada día, ni menos la idea y el coraje de hacerme sacerdote. Éste es el origen de mi vocación.
Eymard realizó también, hasta los 18 años, un duro trabajo con su padre en una prensa de aceite. Pero no olvidaba la piedad. Las horas libres las pasaba en el templo. Y de este modo surgió en él la vocación religiosa.
Su padre se oponía rotundamente. Pero Pedro Julián no cejaba en su empeño. Estudiaba latín a escondidas, en los ratos libres, y de este modo se preparaba lo mejor posible para cuando llegara el momento oportuno.
Por fin intervino el sacerdote Guibert, futuro cardenal y arzobispo de París, y su padre cedió. Julián entró en el noviciado de los Oblatos de Marsella. Pero la dura disciplina le debilitó y hubo de dejarlo.
Estuvo después en el seminario de Grenoble, donde fue ordenado sacerdote. Trabajó cinco años en varias parroquias, y luego ingresó en los Padres Maristas de Marsella, donde desempeñó diversas tareas.

Desde que, de niño, acompañaba a su madre a la Iglesia, se distinguió por su ardiente amor al Santísimo Sacramento. Sentía hacia él una atracción irresistible, un vivo deseo de contrarrestar las tristes secuelas que había dejado el jansenismo, siempre prontas a rebrotar.
De aquí nació el deseo de fundar una congregación dedicada exclusivamente al culto eucarístico. Dejó la Congregación de los Maristas y fundó la Congregación del Santísimo Sacramento. Sus miembros, llamados vulgarmente Sacramentinos, se dedican a adorar al Señor en la Eucaristía, día y noche, como carisma principal de su apostolado.
Fundó además la Congregación de Religiosas Siervas del Santísimo Sacramento. También organizó la archicofradía del Santísimo Sacramento, que se estableció en muchas parroquias. Promovió por todo el mundo, y con todos los medios a su alcance, el culto a la Eucaristía. Este era su mensaje: "Sólo en la vuelta a Cristo Sacramentado está la salvación".
En una de sus correrías apostólicas conoció Eymard a la señorita Tamisier. Ingresó Tamisier en la Congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento. Luego recorrió diversos países, como viajera del Santísimo Sacramento y como organizadora de los Congresos Eucarísticos, que se siguen celebrando con notable provecho. El primero fue en Lille en 1881.
Tenía también San Pedro Julián una tierna devoción a la Virgen María. En una ocasión terminaba así su predicación: "Honremos a María con el título de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento". Y desde entonces María es invocada con este título, que sus Hijos propagan por doquier.

San Pedro Julián murió el 1 de agosto de 1868. Muy pronto se extendió su devoción. El Papa Juan XXIII lo canonizó el año 1962.

Fuente: Stat Veritas

domingo, 15 de noviembre de 2009

BIOGRAFIA DE SOR PATROCINIO

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María de los Dolores Josefa Anastasia Quiroga y Capopardo nació en Venta del Pinar - San Clemente (Cuenca) el 27 de abril de 1811, y murió en Guadalajara el 27 de enero de 1891.
Religiosa concepcionista, sierva de Dios. En el correspondiente artículo de la Enciclopedia Espasa se le llama María Rafaela. Era hija de padre gallego, Diego Quiroga y Valcárcel, y de madre conquense, Dolores Capodardo del Castillo, ambos de ilustre abolengo venidos a menos. Residente durante dos años en las Comendadoras de Santiago (Madrid), profesó en la Orden de las Concepcionistas Descalzas Franciscanas, en el convento madrileño de Caballero de Gracia el 20 de enero de 1830 con el nombre religioso de Patrocinio de María. Comúnmente se le llamó Sor Patrocinio. Cerrado años más tarde este convento, pasan las religiosas a ocupar el de Jesús Nazareno, donde sor Patrocinio fue nombrada maestra de novicias (1845). Elegida abadesa el 7 de febrero de 1849, desempeña el cargo durante cuarenta y dos años, hasta la muerte, en diversas comunidades.
A partir de 1856, inicia en Torrelaguna su obra de reformadora y fundadora de nuevos conventos; a la hora de su muerte pasaban de 19 los conventos reformados o fundados; característica de la obra de sor Patrocinio fue, no sólo la restauración de la vida y observancia primitivas, sino la apertura de escuelas para niñas pobres en cada convento. Personalmente sor Patrocinio fue una mujer extraordinaria, no sólo por su belleza física y por su inteligencia sino, sobre todo, por su singular vida de santidad. Testigos oculares de diversa categoría deponen en favor de sus revelaciones, de sus éxtasis, de sus milagros y, sobre todo, de sus cinco estigmas extraordinarios que la hicieron pasar a la historia como «la monja de las llagas».
Pero lo que hizo de sor Patrocinio uno de los personajes más célebres y discutidos de todo el siglo XIX fue el hecho de verse complicada en la vida política del tiempo. Ciertamente mantuvo unas estrechas y confidenciales relaciones con Isabel II y su esposo D. Francisco, cuyo matrimonio había anteriormente predicho y favorecido, y con todos los miembros de la familia real; ella con el padre Claret y la madre Micaela del Santísimo Sacramento son, tal vez, las personas más allegadas a las regias interioridades. Pero ¿se valía realmente sor Patrocinio de su situación para hacer y deshacer Ministerios, apoyar pretensiones dinásticas, distribuir puestos políticos, etc. ? Creemos que ni ejerció, ni quiso ejercer semejante predominio político; si en algo interesó a sus regias amistades -y esto lo hizo- fue en favor de sus fundaciones y reformas; y, alguna vez, en asuntos más generales de la Iglesia, como, por ejemplo, cuando recomendó para la sede primada a fray Cirilo Alameda y Brea que la ocupó efectivamente, o cuando insistía ante la reina sobre la conveniencia de pedir al papa que nombrase al menos tres cardenales españoles, en un momento en que no había ninguno, y unos años más tarde España contaba efectivamente ya con cinco. Sin embargo, la «monja de las llagas» no pudo sustraerse a las críticas malignas de masones, liberales, progresistas y de todos los que, en un momento dado, se sentían frustrados en sus ambiciones políticas: sor Patrocinio era la culpable; y por ello calumniada, perseguida, desterrada: a Talavera (1837), a Badajoz (1849) por Narváez, por creerla complicada en la caída de su Ministerio Relámpago; a Roma, pero no llega (1852), por Bravo Murillo por suponerla responsable del atentado de Merino contra su amiga la reina Isabel; a Baeza y a Benavente (1855) por considerarla favorable a la causa carlista; y, finalmente, a Francia (1868) escapando de la revolución de septiembre. Con razón se la ha definido «campeón de desterrados».
Se abrió el proceso de su beatificación (19-VII-1907) y fueron aprobados sus escritos (18-VI-1930). Está en curso la causa.

Fuente: Isaac Vázquez, ofm, María de los Dolores Quiroga y Capodardo, en Q. Aldea (Dir.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España. Madrid 1973, vol. III, págs. 2040-2041

Tomado de: sorpatrocinio.org