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sábado, 9 de septiembre de 2023

Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al Papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida



Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41

miércoles, 22 de febrero de 2023

PROFECIAS DE BERNHARD REMBORT

 

Estas profecías se atribuye al monje benedictino Bernhard Rembort, estaba fechada en 1783:

Los hombres serán lo suficientemente inteligentes como para hacer cosas maravillosas, que les harán olvidar a Dios cada vez más.

Se reirán de Él, porque se creerán todopoderosos, por sus coches que  recorrerán  el mundo sin ser arrastrados por bestias, hasta el punto en que las distancias se calcularán en línea recta.

Su orgullo los llevará a burlarse de las señales del cielo.

Veremos estos signos en el aire y en la tierra, pero no queremos tenerlos en cuenta.

Un hombre se levantará y despertará al mundo dormido, golpeando a los orgullosos con voz fuerte y derrocando a los burladores...

Dios castigará al mundo, lloverá veneno sobre los campos, lo que traerá una gran hambruna en el país, al punto que atravesaremos el océano por miles y miles, en busca de una patria más dulce.

Los hombres también imitarán a los pájaros; querrán volar en el aire...

También veo la arrogancia de los profanadores sacrílegos y la ruina de los herejes; tendrán un castigo severo por haberse atrevido, en su insolencia, a atacar a Dios y haber creído que su pobre inteligencia podía sondear los designios del Todopoderoso.

Porque mientras tenían el nombre de Dios en sus labios, escondieron al diablo en sus corazones.

No importa cuánto los hombres se imaginen a sí mismos como ángeles, el diablo saldrá rápidamente a la superficie; habrán querido crear un nuevo reino de Cristo, del cual la fe sería desterrada por completo.

La gente piensa que no importa si ir o no a la iglesia; cultivan todos los vicios, como en un vivero; se llaman a sí mismos los siervos de Dios y son esclavos del útero; hacen una religión del placer, toman una esposa, luego dos...

Pero, en última instancia, Pedro se indignará, porque la paciencia del cielo tiene límites.

Los límites de su maldad no se extenderán más.

Colonia será el escenario de una terrible batalla.

Muchos extranjeros serán masacrados allí.

Tanto hombres como mujeres lucharán por su fe.

Caminaremos por las calles con sangre hasta los tobillos.

Finalmente, aparecerá un rey extranjero y obtendrá una victoria para los justos.

Lo que quede de los enemigos huirá a los abedules. Allí se librará una última batalla por la causa de los justos.

(Encontramos esta batalla de los abedules en otras profecías germánicas)

En ese momento, Francia estará muy dividida.

Alemania elegirá a un hombre muy sencillo y lo colocará en el trono.

Pero solo  reinará por  poco tiempo.

Cuando el monarca alemán emprenda la huida, quien lleve su corona por él será el hombre que el mundo espera.

Se le llamará Emperador Romano y restaurará la paz en el mundo.


Fuentes

"La Revue de Paris", Edición  La Revue de Paris (París),  1894-1970

"Das steht der Welt noch bevor", Anton Angerer, Mediatrix-Verlag, 2001

"Deutsches Volksblatt , volumen 31, números 11041 a

 11071", E. Vergani, 1919

"Spielbähn-Geschichten: Die anmaßlichen Vorsagungen" de Bernhard Rembold oder Spielbähn ". (Historias de Spielbahn: el vidente arrogante), Helmut Fischer

https://propheties.jimdofree.com/bernhard-rembort/

domingo, 24 de julio de 2022

COMO DEBE VESTIR LA MUJER CATOLICA (POR LINA CASTILLO)

 

¡Qué trágico es ver a tanta gente vivir como si no hubiera Dios, mandamientos, pecado mortal, muerte, juicio o eternidad! Sin embargo, es todavía más trágico ver a mujeres y niñas que se dicen “católicas” caer víctimas de los encantos de las modas y estilos indecentes; y, en esto, se convierten en ocasión de pecado para muchos otros.



CÓMO DEBE VESTIR LA MUJER CATÓLICA.

Todo el mundo sabe lo que dicta la perversión de las modas actuales, tan anticristianas como tiránicas; gobernando y manipulando casi la totalidad de las tiendas de ropa y sastrerías. Sin embargo, es sumamente importante y necesario saber lo que dicta la Iglesia Católica y someterse, también en esto, a la Voluntad de Dios.

Lo Que Dicen Las Sagradas Escrituras:

“No cometerás adulterio” (Éxodo 20,14).

“No codiciarás la mujer de tu prójimo” (Éxodo 20,17).


Leemos, además, en el evangelio de san Mateo que nuestro Divino Salvador Jesucristo reiteró el noveno mandamiento cuando dijo:

“Oísteis que fue dicho: “No cometerás adulterio.” Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt. 5,27-28).

“Asimismo, que las mujeres se vistan con ropa decorosa, con pudor y modestia, no con peinado ostentoso, no con oro, o perlas, o vestidos costosos” (1 Timoteo 2:9)

Lo que dice Nuestra Señora la Siempre Virgen Santa María.

Cuando reflexionamos sobre estos temas, nos vienen a la mente algunas de las advertencias que dio la Bienaventurada Virgen en Fátima (Portugal,1917):

“Se introducirán ciertas modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor. […] Más almas se van al infierno a causa de los pecados de la carne que por cualquier otra razón.”

Han pasado casi 100 años desde las apariciones de Nuestra Señora en Fátima y, ¡qué profético fue su mensaje! Con la moderna tecnología — la televisión, los cines y los videos, y el internet — las personas están expuestos diariamente a la pornografía y otras inmoralidades que tanto destruyen su carácter moral. Sus efectos son obvios: fornicación, promiscuidad y embarazo de adolescentes extramatrimoniales, abortos, abierta promoción de anticonceptivos y aumento de violaciones.

¡Qué trágico es ver a tanta gente vivir como si no hubiera Dios, mandamientos, pecado mortal, muerte, juicio o eternidad! Sin embargo, es todavía más trágico ver a mujeres y niñas que se dicen “católicas” caer víctimas de los encantos de las modas y estilos indecentes; y, en esto, se convierten en ocasión de pecado para muchos otros.

Lo que dicen los Santos:

San Juan Don Bosco, oyendo tocar las campanas por la muerte de una joven que siempre vistió mal, exclamó: “Ni réquiem ni gloria para ella. Mucho me temo que esté ya en el infierno.”

Lo que dicen los Papas:

Papa Benedicto XV, Encíclica Sacra Propediem, 6 de Enero, 1921.

“Ahora, muchas niñas no ven nada malo en seguir ciertos estilos desvergonzados (modas) como lo hacen muchas ovejas. Seguramente se ruborizarían si tan sólo pudiesen adivinar las impresiones que hacen y los sentimientos que evocan (excitación) en aquellos que las miran.”

El 12 de Enero, 1930, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, por mandato del Papa Pío XI, emitió instrucciones enfáticas a todos los obispos sobre la modestia en el vestir:

“Recordamos que un vestido no puede llamarse decente si tiene un escote mayor a dos dedos por debajo de la concavidad del cuello, si no cubre los brazos por lo menos hasta el codo, y escasamente alcanza un poco por debajo de la rodilla. Además, los vestidos de material transparente son inapropiados. Que los padres mantengan a sus hijas lejos de los juegos y concursos gimnásticos públicos; pero, si sus hijas son obligadas a asistir a dichas exhibiciones, que observen que van vestidas totalmente y en forma modesta. Que nunca permitan que sus hijas se pongan indumentaria inmodesta.”

Papa Pío XII, 17 de Julio, 1954. a los Grupos de Mujeres Católicas Jóvenes de Italia.

“El bien de nuestra alma es más importante que el de nuestro cuerpo; y tenemos que preferir el bienestar espiritual de nuestro vecino a nuestra comodidad corporal… Si cierta clase de vestido constituye una ocasión grave y próxima de pecado y pone en peligro la salvación de su alma y de la de los demás, es su deber dejarlo y no usarlo… Oh madres Cristianas, si vosotras supierais qué futuro de ansiedades y penas, de vergüenza mal guardada que preparáis para vuestros hijos e hijas, dejando imprudentemente que ellos se acostumbren a vivir ligeramente vestidos y haciendo que pierdan su sentido de modestia, estaríais avergonzadas de vosotros mismas y temeríais el daño que os hacéis y el daño que estáis causando a estos niños, quienes el Cielo os había confiado para que los crieis como Cristianos.”

Nunca se exagera cuando se trata de la salvación de nuestras almas.

Nuestro cuerpo es el Templo del Espíritu Santo al cual hay que decorar modesta y dignamente.


Por tu limpia concepción oh Soberana Princesa, una muy grande pureza te pedimos de corazón.

Ave María.

Fuente: Adoración y Liberación


miércoles, 3 de febrero de 2021

Respuesta a un sacerdote

Reverendo y estimado sacerdote de Cristo:

He recibido la carta en que me plantea algunas graves cuestiones sobre la crisis de autoridad que atraviesa la Iglesia, crisis que se viene agudizando en los últimos años y en particular durante la emergencia pandémica, con motivo de la cual la gloria de Dios y la salvación de las almas han sido dejadas de lado en aras de una presunta salud del cuerpo. He decidido hacer pública esta respuesta coherente a su carta porque con ella respondo a los numerosísimos fieles y sacerdotes que me escriben de todas partes exponiéndome interrogantes y grandes inquietudes de conciencia sobre las graves cuestiones mencionadas.

Las Sagradas Escrituras abordan el problema de una autoridad pervertida –es decir, que se excede de los límites que le corresponden o que por iniciativa propia se ha fijado un fin contrario al que la legitima– para recordarnos que omnis potestas a Deo (Rom.13,1) y que qui resistit potestati, Dei ordinationi resistit (íb. 2). Y si San Pablo nos exhorta a obedecer a las autoridades civiles, con más razón estamos obligados a obedecer a las eclesiásticas en razón de la primacía que esas cuestiones espirituales tienen sobre las temporales.

Señala Ud. que no nos corresponde juzgar a la autoridad porque el Hijo del Hombre volverá para administrar justicia al final de los tiempos. Pero si tenemos que esperar hasta el día del juicio para que se castigue a los malos, ¿con qué fin habría constituido la Divina Majestad una autoridad temporal y otra espiritual en la Tierra? ¿Acaso no es su deber, en tanto que Vicario de Cristo Rey y Sumo Sacerdote, regir y gobernar a sus súbditos en este mundo administrando justicia y castigando a los malos? ¿Qué sentido tendrían las leyes si no hubiese quien las hiciera respetar e impusiera sanciones a quien las infrinja? Si las decisiones arbitrarias de quienes ejercen autoridad no fueran castigadas por sus superiores, ¿cómo iban a esperar los súbditos, sean civiles o eclesiásticos, obtener justicia en este mundo?

Temo que su objeción de que los eclesiásticos que poseen una autoridad derivada del cargo que ejercen sólo podrán ser juzgados al final de los tiempos conduzcan por un lado al fatalismo y la resignación en los súbditos, y por otro promuevan en cierta forma los abusos de autoridad en los superiores.

La obediencia a una autoridad pervertida no se puede considerar obligatoria, ni tampoco moralmente buena, simplemente porque cuando regrese el Hijo del Hombre al final de los tiempos hará justicia. Es cierto que las Escrituras nos exhortan a ser obedientes, moderando nuestra obediencia con paciencia y espíritu de penitencia, pero en modo alguno nos intiman a obedecer órdenes intrínsecamente malas, sólo porque las da alguien constituido en autoridad. De hecho, cualquier autoridad, en el momento mismo en que se ejerce contra el fin para el que existe, pierde la legitimación que la justifica y, aunque no pierda el cargo en sí, exige a sus súbditos una adhesión que de vez en cuando tendrá que ser examinada y juzgada.

La Revolución trastornó el orden cristiano que reconocía a la autoridad constituida su procedencia de Dios y lo sustituyó por una supuesta democracia en nombre de la laicidad del Estado y su separación de la Iglesia. Con el Concilio, esta subversión del principio de autoridad se ha abierto paso en la propia Jerarquía, con lo que aquel orden debido a Dios no sólo ha sido borrado de la sociedad civil, sino que además se ha visto socavado en la Iglesia misma. Está claro que cuando se trastoca la obra de Dios y se niega su autoridad, el poder es irremediablemente afectado y se crean las condiciones para la tiranía o la anarquía. La Iglesia no es una excepción, como podemos constatar dolorosamente: con frecuencia se hace uso del poder para castigar a los buenos y premiar a los malos. Casi siempre, las sanciones canónicas sirven para excomulgar a quien se mantiene fiel al Evangelio. Los dicasterios y los órganos de la Santa Sede apoyan los errores e impiden la difusión de la Verdad. El mismo Bergoglio, que debería representar en la Tierra a la más alta Autoridad, se sirve del poder de las Santas Llaves para promocionar el plan mundialista y promover doctrinas heterodoxas, siendo muy consciente del principio First See es juzgado por no  le permite actuar si las vigas.

Se trata, claro está, de una situación anómala, porque según el orden establecido por Dios hay que obedecer al representante de la autoridad. Pero en este universo admirable Satanás introduce el caos manipulando al elemento frágil y pecador: el hombre. Ud., estimado sacerdote, lo pone bien de manifiesto en su carta: «Ahora bien, lo más diabólico que ha conseguido nuestro enemigo para hacer el mal es utilizar precisamente a quien se muestra ante el mundo investido de la autoridad que Jesucristo confirió a su Iglesia. Y con ello, por un lado hace que algunos buenos participen en el mal, y por otro escandaliza a los buenos que se dan cuenta». Contextualiza esta situación en el caso actual: «Se abusa de la autoridad concedida por Jesús para justificar y alentar una terrible operación que es presentada bajo el falso nombre de vacunación.»

Concuerdo con su valoración de la objetiva inmoralidad de la llamada vacuna contra el covid-19 a causa del empleo en su fabricación de material derivado de fetos abortados. Estoy igualmente de acuerdo en que el documento promulgado por la Congregación para la Doctrina de la Fe es totalmente inapropiado en el aspecto científico, además de en el filosófico y el doctrinal. El Prefecto se limita a acatar dócilmente unas más que discutibles consignas recibidas de su superior. La obediencia de los réprobos es emblemática en esta situación, porque con toda desenvoltura se desentiende de la autoridad de Dios y de la Iglesia en nombre de un servilismo que adula al autoritarismo del superior inmediato.

Con todo, me gustaría precisar que el documento de la Santa Sede es particularmente insidioso porque se limita a analizar un aspecto remoto, por así decirlo, de la composición del fármaco (dejando aparte la licitud moral de una acción que no pierde gravedad con el paso del tiempo); sino porque también hace caso omiso de que para revitalizar el material fetal usado en un principio es necesario añadir periódicamente material proveniente de nuevos fetos abortados ad hoc en el tercer mes de gestación, y que esos tejidos se tienen que extraer de criaturas aún vivas y con el corazón palpitando. Dada la importancia de la materia y las denuncias de científicos católicos, la omisión de un elemento integrante de la producción de la vacuna en un pronunciamiento oficial confirma, en la hipótesis más generosa, una escandalosa incompetencia, y en la más realista, la deliberada voluntad de hacer pasar por moralmente aceptables vacunas producidas gracias a abortos provocados. Esta especie de sacrificio humano en su forma más descarada y cruenta es considerado por un dicasterio de la Santa Sede como algo sin importancia, todo en nombre de la nueva religión sanitaria que Bergoglio promueve con tanto ardor.

Estoy de acuerdo con Ud. en cuanto a la omisión de valoraciones de la manipulación genética provocada por algunas vacunas que actúan a nivel celular con fines que las empresas farmacéuticas no osan confesar, que ha sido denunciada por científicos y cuyas consecuencias a largo plazo todavía se desconocen. Pero la Congregación para la Doctrina de la Fe evita escrupulosamente pronunciarse sobre la moralidad de experimentar en seres humanos, experimentación admitida por los propios productores de las vacunas, que se niegan a facilitar los datos de dicho experimento masivo hasta dentro de varios años, cuando ya se sepa si el fármaco es eficaz y al precio de qué efectos secundarios permanentes. Del mismo modo que Doctrina de la Fe no dice nada de la moralidad de especular vergonzosamente sobre un producto que es presentado como única defensa contra un virus gripal que todavía no ha sido aislado sino apenas secuenciado. Si no se aísla el virus, es científicamente imposible producir los antígenos de la vacuna, con lo cual toda esta operación del covid se manifiesta, para quien no esté cegado por prejuicios o por mala fe, en toda su criminal falsedad e intrínseca inmoralidad. Falsedad que no sólo confirma el entusiasmo casi religioso con el que se presenta la función salvadora de la supuesta vacuna, sino también en la terca negativa de las autoridades sanitarias internacionales a reconocer la validez, eficacia y costo reducido de curas existentes como el plasma hiperinmune de hidroxicloroquina e invermectina y de la ingestión de vitaminas C y D para aumentar las defensas y curar   con celeridad a los primeros síntomas. No olvidemos que si hay personas ancianas o con las defensas bajas que han muerto de covid, ello obedece a que la OMS ha ordenado a los médicos generalistas no tratar los síntomas, indicando para los pacientes que presenten complicaciones un tratamiento hospitalario totalmente inadecuado y perjudicial. También calla a este respecto la Santa Sede, cómplice evidente de una conjura contra Dios y contra el hombre.

Volvamos al tema de la autoridad. Ud. escribe: «Por tanto, quien se encuentra ante personas investidas de autoridad por Jesús que de forma manifiesta se comportan al contrario de lo que Él mandó, está en situación de preguntarse si puede obedecer o no a su superior, ya que en una situación tan terrible como esta ve que quien ejerce la autoridad en nombre del Señor se opone palmariamente a lo que Él mandó». La respuesta nos la da la doctrina católica, que fija unos límites clarísimos de acción a la autoridad de los prelados y la autoridad suprema del Papa. En este caso, yo diría que es obvio que la Santa Sede carece de competencia para expresar valoraciones que por el modo en que se exponen y se analiza y las patentes omisiones en que incurren se exceden de los límites fijados por el Magisterio. Bien mirado, el problema es lógico y filosófico antes que teológico o moral, porque los términos de la cuestión son incompletos y erróneos, con lo que la solución será incompleta y errónea.

Ello no resta gravedad alguna al proceder de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero al mismo tiempo, precisamente porque se excede de los límites propios de la autoridad eclesiástica se confirma el principio general de la doctrina, y con él también la infalibilidad que garantiza el Señor a su Vicario cuando éste quiere enseñar una verdad relativa a la Fe o la Moral como Pastor Supremo de la Iglesia. Si no hay una verdad que enseñar; si esa verdad no tiene nada que ver con la fe y la moral; si quien promulga esa enseñanza no tiene intención de hacerlo con la autoridad apostólica; si la intención de transmitir esa doctrina a los fieles como verdad que se debe creer y sostener no es explícita, no está garantizada la asistencia del Paráclito. En ese caso se puede –y en algunos casos se debe– hacer caso omiso de la  autoridad promulgante. Así pues, los fieles pueden resistir el ejercicio ilegítimo de una autoridad legítima, o el ejercicio ilegítimo de una autoridad ilegítima.

Por eso, no estoy de acuerdo con Ud. cuando afirma: «Si tal autoridad cae en infidelidad, sólo Dios puede intervenir. También porque ante una autoridad inferior resulta más difícil recurrir para obtener justicia». El Señor puede intervenir positivamente en el curso de los acontecimientos manifestando de forma prodigiosa su voluntad, o limitándose a acortar los días de los malos. Ahora bien, la infidelidad de quien está constituido en autoridad, aunque no puedan juzgarlo sus súbditos, no por ello es menos culpable ni puede exigir que se obedezcan órdenes ilegítimas o inmorales. Una cosa es el efecto que tenga en los súbditos, y otra el juicio sobre su actuación; y otra cosa también el castigo que pueda ameritar. Así pues, aunque no corresponde a los súbditos dar muerte al Papa por herejía (a pesar de que Santo Tomás de Aquino considere la pena de muerte apropiada para el delito de corromper la Fe), podemos reconocer a un pontífice como hereje, y como tal negarle en casos concretos la obediencia que de otro modo le sería debida. No lo juzgamos porque no tenemos autoridad para ello; reconocemos quién es mientras esperamos que la Providencia suscite a quien puede pronunciarse definitivamente y de forma autorizada.

Por eso, cuando Ud. afirma que «los súbditos del malo no tienen autoridad para rebelarse y destituirlo», es necesario distinguir en primer lugar qué clase de autoridad es la que se cuestiona, y en segundo lugar cuál es la orden impartida y qué daños se derivarían de una eventual obediencia. Santo Tomás considera moralmente lícitos en ciertos casos la resistencia al tirano y el tiranicidio, del mismo modo que es lícito y obligatorio desobedecer la autoridad de los prelados que abusan de su autoridad contrariando el fin intrínseco de la misma.

En su carta, dice que la rebelión está marcada por el sello de la ideología comunista. Pero la Revolución, una de cuyas expresiones es el comunismo, tiene por objeto destituir a los soberanos no porque puedan ser corruptos o tiranos, sino porque jerárquicamente están integrados en un orden esencialmente católico, y por ende antitético al marxismo.

Si no estuviera permitido hacer frente al tirano, habrían pecado los cristeros que se enfrentaron por las armas al dictador masón que perseguía a sus súbditos mexicanos abusando de su autoridad. Habrían pecado también los vandeanos, y los sanfedistas e insurgentes italianos, víctimas de un poder revolucionario, corrompido y corruptor, ante el cual la rebelión no sólo era lícita, sino incluso obligada. Han sido víctimas igualmente de la autoridad establecida l todos los católicos que a lo largo de la historia han tenido que rebelarse contra sus prelados, por ejemplo los fieles que en Inglaterra hubieron de enfrentarse a sus obispos que se habían vuelto herejes con el cisma anglicano, o los que en Alemania se vieron obligados a negar obediencia a los prelados que habían abrazado la herejía luterana. La autoridad de esos pastores que se habían transformado en lobos era nula de hecho, porque estaba orientada a la destrucción de la Fe en lugar de a defenderla, opuesta al Papa en vez de en comunión con él. Acertadamente, añade Ud.: «En ese caso, los pobres fieles se quedan estupefactos viendo que sus pastores se manchan desvergonzadamente de semejantes delitos. ¿Cómo se puede seguir en nombre de Jesús a quien hace lo que Jesús no quiere?» Y sin embargo, poco después leo que dice: «Quien niega la autoridad de su superior, niega en realidad a la autoridad que lo ha constituido. Quien se mantiene sometido a la potestad de los ministros constituidos por la autoridad de Jesucristo, aun no haciéndose cómplice de sus errores, obedece a la autoridad de Jesús, que lo constituyó». Esto que dice es claramente erróneo, porque al vincular indisolublemente la autoridad primaria y originaria de Dios a la autoridad derivada y vicaria de la persona establece una especie de vínculo indefectible, vínculo que se deshace en el momento en que quien ejerce la autoridad en nombre de Dios pervierte esa autoridad en la práctica e invierte con ello su fin. Añadiré que precisamente porque hay que honrar por encima de todo la autoridad de Dios, ésta no se puede desacatar obedeciendo a quien por su propia naturaleza está sujeto a la misma autoridad divina. Por eso San Pedro (Hch.5,29) nos exhorta a obedecer a Dios antes que a los hombres. La autoridad terrenal, ya sea temporal o espiritual, está siempre sometida a la autoridad de Dios. No se puede pensar que, por una razón que casi parece dictada por un burócrata, el Señor haya querido dejar a su Iglesia a merced de tiranos poco menos que anteponiendo su legitimación procedimental al objeto por el cual les ha mandado apacentar su grey.

Es cierto que la solución de la desobediencia parece más aplicable a los prelados que al Papa, dado que aquellos pueden ser juzgados y depuestos por el Sumo Pontífice, mientras que éste no puede ser depuesto por nadie en este mundo. Pero si humanamente es increíble y doloroso tener que reconocer que un papa pueda ser malo, no por ello se puede negar la evidencia ni hay obligación de resignarse pasivamente a los abusos de la autoridad que ejerce en nombre de Dios pero en contra de Él. Y como nadie querría asaltar los sacros palacios para expulsar a su indigno inquilino, hay con todo formas legítimas y proporcionadas de ejercer una auténtica oposición, incluido presionarlo para que dimita del cargo. Precisamente para defender el Papado y la sagrada autoridad que el pontífice recibe del Sumo y Eterno Sacerdote, es necesario apartar del cargo a quien lo humilla, socava y abusa de él. Me atrevería a añadir que también la renuncia arbitraria al ejercicio de la autoridad sagrada del Romano Pontífice es una gravísima ofensa al Papado, y de ello deberíamos considerar más culpable a Benedicto XVI que a Bergoglio.

Más adelante, Ud. habla de lo que debería pensar el prelado que abusa tirániceament de la propia autoridad: «Un ministro de Dios […] debe ante todo negar la propia autoridad de apóstol, de enviado de Jesús. Reconocer que no quiere seguir al Señor, y abandonarlo. Así, el problema quedaría resuelto». Estimado sacerdote, Ud. pretende que el inicuo se comporte como una persona honrada y temerosa de Dios, cuando precisamente por ser malo abusa sin la menor coherencia y sin el menor escrúpulo de una autoridad que sabe muy bien que se le ha conferido para demolerla. Porque en la misma esencia de la tiranía, como perversión de la autoridad justa y buena que es, está no sólo desempeñarse de forma perversa, sino también el querer desacreditar y rechazar la autoridad de la que es una grotesca falsificación. Los horrores cometidos por Bergoglio en los últimos años no sólo son un escandaloso abuso de la autoridad pontificia, sino que tienen por inmediata consecuencia el escándalo de los buenos, porque hace impopular y odioso al propio Papado con esa parodia del Papado, perjudicando con ello irremediablemente la imagen y el prestigio de que gozaba hasta ahora la Iglesia, aquejada ya desde hace décadas de ideología modernista.

Escribe Ud.: «A nadie le es lícito obedecer órdenes injustas, malas o ilegítimas, ni hacer mal alguno so pretexto de obediencia. Pero tampoco le está permitido a nadie negar la autoridad del Papa porque la ejerza de un modo malvado y salirse de la Iglesia fundada por Jesucristo sobre la piedra del apóstol San Pedro». En este caso, en la frase «negar la autoridad» habría que hacer una distinción entre negar que Bergoglio, en una orden concreta que dé a los fieles, ejerza su autoridad pontificia, y negar que él, en una orden concreta que dé a los fieles, tenga derecho a ser obedecido cuando tal orden esté en conflicto con la autoridad del Papa. Nadie obedecería a Bergoglio si éste hablase a título personal o trabajara en el catastro, pero el solo hecho de que siendo el Papa enseñe doctrinas heterodoxas o escandalice a los sencillos con afirmaciones provocadoras agrava en extremo su culpa, porque quien lo oye cree oír la voz del Buen Pastor. La responsabilidad moral del que manda es inconmensurablemente mayor que la del súbdito que tiene que decidir si le obedece o no. El Señor le pedirá cuentas con un rigor inflexible por las consecuencias que tiene sobre los súbditos el bien o el mal realizado por el superior, y también en lo que se refiere a buen y mal ejemplo.

Si bien se mira, precisamente para defender la comunión jerárquica con el Romano Pontífice se hace necesario desobedecerle, denunciar sus errores y pedirle que dimita. Y pedirle a Dios que se lo lleve con Él cuanto antes, si de ello puede resultar en un bien para la Iglesia.

El engaño, el colosal engaño sobre el cual he escrito en varias ocasiones, consiste en obligar a los buenos –llamémoslos así en aras de la brevedad– a seguir prisioneros de normas y leyes que los malos utilizan in fraudem legis . Es como si hubieran entendido que en nuestra debilidad, es decir que aun con todos nuestros defectos, religiosa y socialmente estamos orientados a respetar la ley, a obedecer a la autoridad, a cumplir la palabra empeñada y a tener una conducta honrada y leal. Esa debilidad virtuosa les garantiza nuestra obediencia, la sumisión, una resistencia máximamente respetuosa y una prudente desobediencia. Saben que nosotros –a quienes consideran unos pobres idiotas– vemos en ellos la autoridad de Cristo, y a ella miramos a fin de obedecer, aunque sepamos que tal acción, moralmente irrelevante, apunta en una dirección bien concreta. Así nos han impuesto la Misa reformada, así nos han acostumbrado a oír recitar las suras del Corán desde los púlpitos de nuestras catedrales y a ver a éstas transformadas en comedores o dormitorios. Todas las decisiones tomadas por la autoridad desde el Concilio para acá han sido posibles precisamente porque obedecíamos a nuestros sagrados pastores, y aunque algunas de sus decisiones nos parecían aberrantes, no podíamos creer que estuvieran engañándonos; y tal vez ellos mismos, a su vez, no se dieran cuenta de que las órdenes que nos daban tenían un objetivo inicuo. Hoy en día, si seguimos el hilo conductor que liga la abolición de las órdenes menores a la invención de las acólitas y diaconisas, comprendemos que quien reformó la Semana Santa en tiempos de Pío XII ya apuntaba al Novus Ordo y sus atroces variantes actuales. El abrazo de Pablo VI al patriarca Atenágoras nos infundió esperanzas de verdadero ecumenismo, porque no habíamos entendido –como ya habían denunciado algunos– que aquel gesto preparaba el politeísmo de Asís, el indecente ídolo de la Pachamama y, dentro de poco, el aquelarre de Astaná.

Ninguno queremos entender que basta con no apoyar este impasse para que se rompa. Debemos negarnos a enfrentarnos en duelo con un adversario que dicta las reglas a las cuales sólo debemos someternos, dándose a sí mismo libertad para infringirlas. No hagamos caso de él. Nuestra obediencia no tiene nada que ver con el servilismo cobarde ni con la insubordinación; al contrario, nos permite suspender todo juicio sobre quien sea o no sea papa y seguir comportándonos como buenos católicos aunque el Papa nos desprecie, insulte o excomulgue. Porque la paradoja no está en la desobediencia de los buenos a la autoridad del Papa, sino en el absurdo de tener que desobedecer a una persona que es al mismo tiempo papa y heresiarca, Atanasio y Arrio, luz de iure y tinieblas de facto. La paradoja está en que para seguir en comunión con la Sede Apostólica tenemos que apartarnos de aquel que debería representarla y vernos burocráticamente excomulgados por quien se encuentra en estado objetivo de cisma consigo mismo. El precepto evangélico de no juzgar no debe entenderse en el sentido de abstenerse de emitir un juicio moral, sino de condenar a la persona; de lo contrario seríamos incapaces de realizar actos morales. Cierto es que no le corresponde a uno separar el trigo de la cizaña, pero nadie debe llamar cizaña al trigo ni trigo a la cizaña. Y quien ha recibido órdenes sagradas, y más aún si está en la plenitud del sacerdocio, no sólo tiene el derecho sino el deber de señalar a los sembradores de cizaña, los lobos rapaces y los falsos profetas. Porque también en casos así,además de participar del sacerdocio de Cristo se participa de su autoridad real.

Lo que no se recuerda ni en el ámbito político y social ni en el eclesiástico es que nuestra aceptación inicial de un presunto derecho de nuestro adversario a obrar mal, basada en un erróneo concepto de libertad (moral, doctrinal y religiosa) se está convirtiendo en una tolerancia forzada del bien mientras el pecado y el vicio se vuelven la norma. Lo que ayer se admitía como un gesto de tolerancia pretende hoy plena legitimidad, y nos confina a los márgenes de la sociedad como una minoría en vías de extinción. Dentro de poco, y en coherencia con la ideología anticristiana que dirige esta inexorable transformación de valores y principios, se prohibirá la virtud y se condenará a quienes la practiquen en nombre de una intolerancia al Bien, al cual se señalará como causante de división, integrista y fanático.Nuestra tolerancia hacia quien hoy se hace promotor de las exigencias del Nuevo Orden Mundial y de su asimilación por el cuerpo eclesial conducirá irremediablemente a la instauración del reino del Anticristo, en el que los católicos fieles serán perseguidos como enemigos públicos, del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.

Creo, estimado padre, que habrá que aceptar sus observaciones sobre la crisis de la autoridad, al menos a juzgar por la velocidad con que Bergoglio y su corte asestan golpes a la Iglesia. Por mi parte, ruego al Señor que saque a la luz la verdad hasta ahora oculta y nos permita reconocer al Vicario de Cristo en la Tierra no tanto por sus vestiduras como por las palabras que pronuncia y el ejemplo de sus obras.

Reciba mi bendición, mientras me encomiendo confiado a sus oraciones.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

31 de enero de 2021

Septuagésima

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

jueves, 24 de enero de 2019

LA OFENSIVA SATANICA


Es impresionante el avance de las sectas que se inspiran en Satanás, que invocan en su ayuda a Satanás, que se sirven de promesas y compromisos con Satanás a quien entregan su alma.

Hace muchos años, el exorcista ya difunto Padre Gabriel Amorth nos puso sobre aviso: «Cada vez más personas practican el espiritismo o entran en sectas satánicas, se ha vuelto casi una moda. A veces lo hacen con inconsciencia sin saber lo que les espera, pero luego se ven obligados a menudo con terror, a sufrir las consecuencias, porque el Demonio no es una entidad impersonal».

No, no es el nombre que dan los psicoanalistas al mal abstracto que existe en la sociedad, sino que es una persona concreta y como dice San Pedro «rugiendo como un león ronda, buscando a quien tragarse» (1 Pe 5, 8).

Por desgracia una mala teología ha difundido -aún en la Iglesia Católica- una concepción abstracta del Demonio, que contrasta abiertamente con la enseñanza del Evangelio, si aumenta el número de los que practican el esoterismo o entran en las sectas satánicas, es también porque la Iglesia ha dejado de enseñar correctamente la doctrina sobre el Demonio, enseñada por la Escritura y conservada por la Tradición.

I. Actuación del Diablo

San Juan señala como tarea principal de Cristo el haberse manifestado para deshacer las obras del diablo. Es «príncipe de este mundo», según Jesús y siembra el mal en el campo de Jesús.

Nuestro Señor Jesucristo destaca la presencia trágica del diablo al que llama «ser malo», «espíritu contrario al hombre», «diablo».[1] Sus obras son: la posesión diabólica, la enfermedad y la muerte. Satán lucha continuamente con el hombre, atacándole de codicia, de cólera, de soberbia, de maledicencia, con lo que desea arrastrar al hombre a la perdición. Son enseñanzas expresadas por Jesús. Precisamente la acción salvífica de Jesús se dirige en el fondo contra el diablo.

«Tan iluminadora sobre la guerra entablada entre Jesús y Satanás, y el triunfo de aquél sobre éste, es la respuesta de Jesús a la alegre exaltación de los setenta y dos discípulos que acuden a dar cuenta al Maestro de los maravillosos logros obtenidos por ellos durante su misión; han procedido a exorcismos que siempre se revelaron eficaces: «Señor, hasta los demonios se someten en tu nombre. Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”» (Lc 10, 17-18). El Maestro ponderó el poder de los discípulos —que actuaban «en nombre» de su Señor— y les dio la profunda explicación de ello. Los setenta y dos habían mencionado la derrota de los demonios menores que se habían apoderado del cuerpo de los hombres, pero Jesús habla de su jefe supremo: Satanás; pues éste es el gran vencido. Si las legiones de demonios retroceden y no pueden resistir, ello es porque su propio jefe ha sido afectado y ha perdido su autoridad. Hay simultaneidad y coincidencia entre la visión de Cristo y la acción de sus discípulos: mientras vosotros cazabais los demonios, mientras expulsabais a sus agentes, yo veía caer a su príncipe».[2]

Para hacer comprender el poder del Demonio, Jesús verifica una curación en circunstancias que provocan admiración en los presentes y de las que Cristo se sirve para anunciar una profunda vedad: la existencia del Demonio y el poder temible que posee.

Le presentan un endemoniado mudo. No era mudo por enfermedad, sino por la acción del Demonio que no le permitía hablar. Prácticamente era mudo y así le conocían los familiares que se le presentan. Jesús arrojó al Demonio del alma y del cuerpo del desgraciado que enseguida comenzó a hablar. Así lo dice San Mateo en el capítulo XII. Jesús desea demostrar que cuando una persona reside al Demonio es como un muñeco que se mueve según las exigencias de Satanás, en este caso impide que hable el hombre, porque evitaba que practicara su confesión mediante la cual Jesús libere al hombre también de su posesión diabólica.

En presencia de la multitud Jesús ordena al Demonio que abandone a su víctima, el Demonio sale en forma visible, con lo que los asistentes se dan cuenta de que no se trata de una simple curación, sino de una derrota del Demonio por el poder de Cristo.

El Evangelista manifiesta que se maravillaron las turbas diciendo: Jamás se vio tal cosa en Israel.

Todos los circunstantes creían en la existencia y en el poder del Demonio, al tiempo que admitían que nadie ni nada podría vencer a Satanás, y Jesús ha dado la lección de que mientras el Demonio se apodere de una persona, sea por el pecado que es verdadera opresión como por la permanencia en su cuerpo, la persona poseída pierde el dominio de sí misma, sus potencias y sentidos, no puede dominarlos y orientarlos, porque es sólo el Demonio quien tiene potestad absoluta sobre él.

Hoy sucede lo mismo, el hombre ha llevado voluntariamente al Demonio cuando ha cometido su pecado, le ha elegido por su rey, le ha depositado en sus manos todos sus sentidos, el Demonio puede volverle mudo, en cuanto se refiere a la manifestación de sus pecados, puede manifestarle en sordo, para que no escuche que las advertencias salvadoras de Dios, puede convertirle en paralítico para impedirle que busque a su Salvador, puede transformarle en desesperado inyectándole sentimientos de inevitable condenación, puede engañarle sobre su situación al conseguir que no tema esa condenación en la que ya se halla aventurado.

El Demonio a quien Jesús llama enemigo del hombre, adormece al alma para que olvide su trágica situación, trata de hacerle olvidar a Dios y a su juicio personal que ha de sufrir, le invita a toda suerte de pecados, contra los que ha perdido todo temor, encarcela a la persona en su temible prisión inconsciente para que no busque a Dios.

El Evangelio puntualiza que le presentaron al mudo, no fue él mismo quien buscó a Jesús, ya que lo impedía el Demonio que no quería perder un cliente.

Lo que frecuentemente sucede es que una persona no da importancia de la existencia del diablo, porque ella misma se encuentra poseída por Satanás. Cuántos sordos, mudos y paralíticos, transitan por nuestras avenidas, tan ciegos que no pueden captar el poder que Satanás ejerce en sus almas ya vencidas.

Como el muy piadoso David que tras cometer adulterio y un asesinato se queda tranquilo y sin culpa, hasta que el profeta Natán le recuerda su estado de condenación. Estaba tan poseído de Satanás que consiguió éste, que David siguiera danzando sus impúdicos salmos a Dios, mientras en su corazón dominada totalmente su enemigo el demonio, por eso, tras su pecado de negación de Cristo nos escribió Pedro el Apóstol:hermanos no dudéis que el demonio nuestro enemigo, como un león rugiente, anda dando vueltas a vuestro alrededor buscando el momento oportuno para devorarles.

Es el enemigo oculto que siembra errores y desventuras… Podemos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios es radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma hipócrita y potente contra la verdad evidente, donde la caridad se ha apagado a causa de un egoísmo frío y cruel, donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde.[3]

Examinando las violencias, las guerras, los asesinatos, los abortos, los atropellos de todo género, los robos, las tragedias provocadas por el alcohol y la droga, el narcoterrorismo, los movimientos antisistema incluidos el lobby LGTBI, termina la gente por decir: el mundo está en manos del diablo, sin embargo, hay bastante gente que se empeña en negar su existencia.

II. Satanismo actual

«De allí, de este infierno en que se convierte el hombre cuando ha renegado de Cristo surge la pululación de sociedades ocultistas, iniciativas esotéricas, teológicas y espiritistas en que bajo formas más o menos groseras y refinadas, se rinde culto a Satán, padre de la mentira, del odio y del crimen, en que se ha convertido la sociedad en que vivimos…».[4]

Mientras que el ocultismo es una adoración indirecta del diablo, el satanismo es sin reparos su contraparte. Como señaló el Sr. King,el ocultismo se entremezcla con el poder del diablo muchas veces sin saberlo. Los satanistas, por otra parte, continúa, lo abrazan completa y abiertamente.

El satanismo es tan antiguo como la Revolución de Lucifer y sus ángeles contra Dios. El antiguo portador de la luz, como significa el nombre de Lucifer, engañó a un tercio de las huestes celestiales y lideró la primera rebelión contra Dios. Hay muchas variaciones del satanismo según Alfred E. Waite, la autoridad más autorizada sobre ocultismo y satanismo. En su libro La adoración del diablo en Francia, define el satanismo como el movimiento de personas que imitan a los ángeles caídos y declaran su lealtad a Lucifer como una forma de desafío a Dios.

La presencia del satanismo a lo largo de la historia, no ha sido tan obvia como la del ocultismo. La Sagrada Escritura dice: Todos los dioses de los gentiles son demonios (Sal. 96: 5). Sin embargo, el satanismo, per se, es la adoración abierta del diablo y, como tal, si existió como un movimiento, en el pasado fue de manera completamente cerrada.

En los Estados Unidos, el censo de 2010 arrojó que la brujería es la cuarta religión más grande. En ese país en especial, los satanistas han estado exigiendo reconocimiento social, buscando distribuir libros sobre el culto satánico a los niños en edad escolar, colocar un monumento público del diablo en Oklahoma, el intento de «recrear» una «misa negra» pública la Universidad de Harvard -que fue cancelada a última hora por la acción del público-, la verificación de la primera misa negra satánica pública celebrada en la historia en el Centro Cívico de la ciudad de Oklahoma, o la instalación reciente de una exhibición satánica de «vacaciones» al lado de un nacimiento en la capital del estado de Florida.

La razón de ser del pueblo judío es la destrucción de la Iglesia. Esto que surge naturalmente, ha sido expuesto por San Pablo en palabras definitivas: Los judíos aquellos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Aquí está sintetizada la tarea de los judíos a través de la historia cristiana. Enemigos de Cristo y de los pueblos para que los pueblos no se conviertan. Y para ello han de realizar una tarea de dominación de los pueblos para cerrarlos al Evangelio. Una tarea de degradación, porque sobre pueblos degradados pueden ejercer fácilmente su dominación.[5]

El Padre Meinvielle, acierta cuando recuerda que sería un error pensar hoy que la Biblia es el libro de los judíos. Su libro es el Talmud, y el alma del Talmud es la Cábala, el gran instrumento secreto de los judíos contra la Iglesia y contra la civilización cristiana. La Cábala informa a la masonería, que es una institución cabalística. La cábala es una mezcla de todas las viejas religiones paganas. La masonería es también una mezcla de todos los cultos paganos, pero la Cábala es sobre todo la divinización del hombre, la divinización del hombre judío y la entronización de Satanás.

Hoy «la conspiración cabalista está en la cúspide del éxito. Dios ha sido desterrado de la vida pública. Los judíos illuminati controlan los medios de comunicación y pueden engañar y degradar a las masas. El entretenimiento es una orgía de pornografía, caos apocalíptico, obscenidad, propaganda, ingeniería social, programación predictiva, violencia y satanismo.

Los judíos y masones illuminati, detrás del feminismo son los responsables del libertinaje de las mujeres occidentales. Ellos están detrás de la promoción de la homosexualidad y el transgenderismo diseñado para destruir el matrimonio y la familia.

Están a la vanguardia de la liberación sexual, la pornografía y el aborto. El cristianismo ha sido judaizado, preocupado por el cambio social (la agenda satanista) en lugar del desarrollo espiritual y la salvación.

Los illuminati están desestabilizando el Tercer Mundo utilizando organizaciones benéficas para empoderar a las mujeres llevándolas a rechazar el matrimonio. El código del NOM, es ser agente de cambio».[6]

El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.


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[1] Cf .: Mt. 25, 41, Jn 12, 31; 14, 30; Col 1.

[2] SPICQ OP, Fr CESLAS, La existencia del Diablo pertenece a la revelación del Nuevo Testamento.

[3] Cf.: MONDRONE, P. DOMÉNICO, Un exorcista entrevista al Diablo.

[4] MEINVIELLE, P. JULIO, Prólogo al libro de Federico Branch, El silencio es contra el Verbo.

[5] MEINVIELLE, P. JULIO, De la cábala al progresismo.

[6] MAKOW PhD., HENRY, El diablo y los judíos.

Fuente: Adelante la Fe