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sábado, 23 de enero de 2021

viernes, 17 de abril de 2020

ORACIÓN AL FALLECIMIENTO DE UN SER QUERIDO


¡Oh Jesús, único consuelo en las horas eternas del dolor, único consuelo sostén en el vacío inmenso que la muerte causa entre los seres queridos! Tú, Señor, a quién los cielos, la tierra y los hombres vieron llorar en días tristísimos; Tú, Señor, que has llorado a impulsos del más tierno de los cariños sobre el sepulcro de un amigo predilecto; Tú, ¡oh Jesús! que te compadeciste del luto de un hogar deshecho y de corazones que en él gemían sin consuelo; Tú, Padre amantísimo, compadécete también de nuestras lágrimas. Míralas, Señor, cómo sangre del alma dolorida, por la perdida de aquel que fue deudo queridísimo, amigo fiel, cristiano fervoroso. ¡Míralas, Señor, como tributo sentido que te ofrecemos por su alma, para que la purifiques en tu sangre preciosísima y la lleves cuanto antes al cielo, si aún no te goza en él! ¡Míralas, Señor, para que nos des fortaleza, paciencia, conformidad con tu divino querer en esta tremenda prueba que tortura el alma! ¡Míralas, oh dulce, oh piadosísimo Jesús! y por ellas concédenos que los que aquí en la tierra hemos vivido atados con los fortísimos lazos de cariño, y ahora lloramos la ausencia momentánea del ser querido, nos reunamos de nuevo junto a Ti en el Cielo, para vivir eternamente unidos en tu Corazón. Amén.

Devocionario Católico

domingo, 5 de mayo de 2019

UN MORIBUNDO A SU CRUCIFIJO - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO


Jesús, mi Redentor que vais a ser mi juez dentro de poco, tened misericordia de mí antes que llegue el terrible momento en que me habéis de juzgar. Ni la enormidad de mis culpas, ni la severidad de vuestra sentencia me intimidan ya, viéndoos muerto en esta cruz para salvarme.

Consoladme, sin embargo, en la agonía en que me encuentro: mis enemigos quieren asustarme, diciéndome que no hay salvación para mí; pero yo no quiero perder ni por un instante mi confianza en vuestra infinita bondad, ni cesar de exclamar con el Profeta: Tú eres mi amparo. Consoladme, decid a mi alma: Yo soy tu salud.

No se pierdan las ignominias y el dolor que habéis sufrido, ni la preciosa sangre que habéis derramado por mí. Os ruego sobre todo, por el dolor que experimentasteis cuando vuestra alma se separó de vuestro cuerpo, tengáis piedad de mi alma cuando salga del barro de que se compone el mío.

Verdad es que a menudo os he ofendido con mis pecados, pero en este momento os amo más que a todas las cosas, más que a mí mismo: me arrepiento de todo corazón de los disgustos que os he causado con mis pecados y los detesto y abomino. Conozco que por las ofensas que os he hecho he merecido mil veces el infierno, pero la dolorosa muerte que por mí sufristeis, y las gracias sin número que me habéis, concedido, me permiten esperar que al entrar en la eternidad, me daréis el beso de paz.

Lleno de confianza en vuestra bondad, oh Dios mío, me arrojo en vuestros paternales brazos. Las ofensas que os he hecho me han merecido el infierno, pero por esa sangre preciosa espero que ya me habréis perdonado y podré algún día ir a cantar en el cielo vuestras misericordias: Misericordias Domini in aeternum cantabo.

De buena voluntad acepto las penas que me están preparadas en el purgatorio; justo es que el fuego purifique mis pecados. ¡Oh santa prisión! ¿Cuándo seré yo tú habitante? yo estaré sufriendo en tu seno, pero con la certidumbre de no haber perdido a mi Dios y Señor. ¡Oh sagrado fuego del purgatorio! ¡Cuándo será que purifiques mi alma de todas esas manchas y me hagas digno de atravesar el umbral del paraíso!

¡Eterno Padre! por los merecimientos de la pasión de Jesucristo, hacedme morir en vuestra gracia y en vuestro amor para que os ame eternamente en el cielo. Os doy gracias por los beneficios que me habéis concedido durante mi vida y sobre todo por haber permitido que en estos días, los últimos de mi vida, recibiera todos los santos sacramentos.

Ya que disponéis mi muerte, quiero morir por agradaros, que poco es que yo muera por vos, ¡oh Jesús mío, si vos habéis muerto por mí! Diré con San Francisco: Moriré por tu amor puesto que tú te dignaste morir por el mío.

Recibo la muerte con tranquilidad: acepto con gozo todas las penas que tendré que sufrir aún, hasta el momento en que expire. Dadme fuerza para sufrirlas con resignación y con paciencia. Ofrezco estas penas para mayor gloria vuestra y las uno a las que sufristeis en vuestra pasión. Eterno Padre, os consagro el término de mi vida y todo mi ser: os pido que os dignéis aceptar este sacrifico, por los méritos de vuestro divino Hijo que se ofreció en espontánea ofrenda para la salvación del linaje humano.

Virgen María, madre de Dios, que me habéis alcanzado tantos favores del Señor durante mi vida, os doy gracias de todo corazón; no, no me abandonéis en mis últimos instantes, en los que más que nunca necesito del apoyo de vuestra intercesión. Rogad a Jesús que me conceda el más sincero arrepentimiento de mis pecados y el más perfecto amor hacia El: mis remordimientos y mi amor son el único medio por el que me es dado esperar que algún día conseguiré amarle eternamente en el cielo. Virgen María, mi única esperanza, confío enteramente en vos.

Consideraciones Piadosas
San Alfonso María de Ligorio

miércoles, 4 de noviembre de 2015

ORACIONES POR NUESTROS DIFUNTOS


Día de todos los difuntos de W. A. Bouguereau. 1859. Museo de Bellas Artes, Bordeaux. 


"Aunque Dios nos lo quite todo, nunca nos dejará sin El, mientras no lo queramos. Pero hay más; nuestras pérdidas y separaciones no son más que por breve plazo."

San Francisco de Sales
Epistolario

"Depositad este cuerpo mío en cualquier sitio, sin que os de pena. Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor" (Palabras de Santa Mónica en su lecho de muerte.)

San Agustín
Confesiones, IX, 11



ORACIÓN AL FALLECIMIENTO
DE UN SER QUERIDO

¡Oh Jesús, único consuelo en las horas eternas del dolor, único consuelo sostén en el vacío inmenso que la muerte causa entre los seres queridos! Tú, Señor, a quién los cielos, la tierra y los hombres vieron llorar en días tristísimos; Tú, Señor, que has llorado a impulsos del más tierno de los cariños sobre el sepulcro de un amigo predilecto; Tú, ¡oh Jesús! que te compadeciste del luto de un hogar deshecho y de corazones que en él gemían sin consuelo; Tú, Padre amantísimo, compadécete también de nuestras lágrimas. Míralas, Señor, cómo sangre del alma dolorida, por la perdida de aquel que fue deudo queridísimo, amigo fiel, cristiano fervoroso. ¡Míralas, Señor, como tributo sentido que te ofrecemos por su alma, para que la purifiques en tu sangre preciosísima y la lleves cuanto antes al cielo, si aún no te goza en él! ¡Míralas, Señor, para que nos des fortaleza, paciencia, conformidad con tu divino querer en esta tremenda prueba que tortura el alma! ¡Míralas, oh dulce, oh pidadosísimo Jesús! y por ellas concédenos que los que aquí en la tierra hemos vivido atados con los fortísimos lazos de cariño, y ahora lloramos la ausencia momentánea del ser querido, nos reunamos de nuevo junto a Ti en el Cielo, para vivir eternamente unidos en tu Corazón. Amén.

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ORACIÓN POR NUESTROS
SERES QUERIDOS

Oh buen Jesús, que durante toda tu vida te compadeciste de los dolores ajenos, mira con misericordia las almas de nuestros seres queridos que están en el Purgatorio. Oh Jesús, que amaste a los tuyos con gran predilección, escucha la súplica que te hacemos, y por tu misericordia concede a aquellos que Tú te has llevado de nuestro hogar el gozar del eterno descanso en el seno de tu infinito amor. Amén.

Concédeles, Señor, el descanso eterno y que les ilumine tu luz perpetua.

Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

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ORACIÓN DE RECOMENDACIÓN
DEL ALMA A CRISTO


Señor, te encomendamos el alma de tu siervo(a) ... (mencione su nombre) y te suplicamos, Cristo Jesús, Salvador del mundo, que no le niegues la entrada en el regazo de tus patriarcas, ya que por ella bajaste misericordiosamente del cielo a la tierra.

Reconócela, Señor, como criatura tuya; no creada por dioses extraños, sino por Ti, único Dios vivo y verdadero, porque no hay otro Dios fuera de Ti ni nadie que produzca tus obras.

Llena, Señor, de alegría su alma en tu presencia y no te acuerdes de sus pecados pasados ni de los excesos a que la llevó el ímpetu o ardor de la concupiscencia.

Porque, aunque haya pecado, jamás negó al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo; antes bien, creyó, fue celoso de la honra de Dios y adoró fielmente al Dios que lo hizo todo.