sábado, 22 de abril de 2017

EL CASTIGO SE ACERCA - P. JOSÉ DOMINGO Mª CORBATÓ (video)




FALLECE JOSÉ UTRERA MOLINA


El exministro durante el franquismo José Utrera Molina ha fallecido este sábado en Málaga a los 91 años de edad.

En los últimos años criticó con dureza la sectaria Ley de Memoria Histórica asegurando que el único objetivo era, lejos de perseguir supuestos crímenes, juzgar una época en la que se "hicieron muchas cosas positivas" y "adoctrinar" a la población española.

Además, censuró que la Diputación de Sevilla le retirara la medalla de oro de la provincia. Aseguró que no se le estaba enjuiciando por su labor, sino por la pertenencia a la administración pública durante un periodo determinado, como si eso fuera por sí sólo un delito. "Lo único que se pretende con esta medida es denigrar y borrar de la historia de Sevilla cuatro décadas de su historia dictando una verdadera 'damnatio memoriae' sobre todo aquél que tuvo responsabilidades en el régimen nacido el 18 de julio de 1936”, dijo.

Durante sus primeros años de carrera política, Utrera Molina mantuvo la subjefatura provincial del "Movimiento" en Málaga. Posteriormente, ejerció el cargo de Gobernador civil en las provincias de Ciudad Real -1956-1962-, Burgos -1962- y Sevilla -1962-1969-.

En 1969 fue nombrado Subsecretario del Ministerio de Trabajo, cargo que desempeñó hasta junio de 1973, y también Delegado del Gobierno español ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En el primer y único gabinete ministerial de Carrero Blanco -1973- ocupó la cartera de Vivienda. Tras el asesinato del almirante por parte de la banda terrorista ETA, fue nombrado Ministro Secretario General del Movimiento en el primer gobierno de Carlos Arias Navarro, cargo que desempeñaría hasta marzo de 1975.

Fuente: La Gaceta


R.I.P.

martes, 18 de abril de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - VI


CAPÍTULO 6 
En que se ponen otras consideraciones y modos de prepararse 
para la sagrada Comunión muy provechosas. 

Entre otras consideraciones con que nos podemos preparar para la sagrada Comunión, es muy propia la memoria de la Pasión, considerando aquella inmensidad de amor con que el Hijo de Dios se ofreció por nosotros en la cruz; porque una de las razones principales por que Cristo nuestro Redentor instituyó este divino Sacramento, fue para que tuviésemos siempre presente y viva en la memoria su Pasión, y así nos mandó que cada vez que la celebrásemos, nos acordásemos de ella. [Haced esto en memoria mía] (Lc., 22, 19). Y nos lo repite el glorioso Apóstol San Pablo (1 Cor., 2, 26): [Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor]. Y así, San Buenaventura aconseja mucho esta devoción, que cada vez que vayamos a comulgar, consideremos un paso de la Pasión. Y él dice que usaba hacerlo así, y con esto su ánima se derretía en amor de Dios (Cant., 5, 6). 

El bienaventurado San Crisóstomo dice que el que se llega a comulgar ha de hacer cuenta que todas las veces que comulga pone la boca en aquella preciosa llaga del costado de Cristo y chupa su sangre participando de todo lo que Él nos ganó con ella. Santa Catalina de Sena cada vez que comulgaba hacia cuenta que iba, como cuando era niña, al pecho de su madre. Otros, como este soberano Sacramento es memoria de la Pasión de Cristo, imaginan a Cristo crucificado, hacen Calvario de su corazón, y fijan allí la cruz del Señor, y abrazándose con ella, recogen en sí las gotas de sangre que por ella caen. Otros hacen cuenta que se hallan en aquella cena que cenó Cristo nuestro Redentor con sus discípulos la noche de su Pasión, como si estuvieran allí sentados entre los Apóstoles y que reciben de su mano su sagrado cuerpo y sangre. Y ésta no es solamente consideración y representación de aquella cena, sino en realidad de verdad es aquella misma cena y el mismo convite; y el mismo Señor, que dio entonces su cuerpo y sangre a sus Apóstoles, el mismo nos lo da ahora a nosotros por ministerio de los sacerdotes, y con el mismo amor que entonces lo dio. 

También es muy buena preparación ejercitarse en la consideración de los puntos siguientes: Lo primero, quién es el Señor que viene, que es el Criador de todas las cosas, Rey y Señor de los Cielos y tierra. Dios de infinita majestad y perfección. Lo segundo, a quién viene, que es a mí, que soy polvo y ceniza, y que muchas veces le he ofendido. Lo tercero, a qué viene, que es a comunicarme el fruto de su Pasión y los dones preciosísimos de su gracia. Lo cuarto, qué le mueve a venir, que es, no su interés, porque es Señor de todas las cosas y no tiene necesidad de nadie sino puro amor y deseo de que mi ánima se salve y esté siempre acompañada de su gracia. Lo quinto, ejercitarse en los actos de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. 

Y porque nosotros no podemos dignamente prepararnos para recibir este Señor si Él no nos lo da, le hemos de pedir que Él disponga y atavíe nuestra alma con la humildad, limpieza, amor y reverencia que conviene, alegándole para ello aquella razón común: Señor, si un rey poderoso y rico se hubiese de hospedar en casa de una viuda pobre, no esperaría que ella le aderezase el palacio donde había de reposar, sino enviaría delante su recámara y criados que lo aderezasen. Pues hacedlo Vos así con mi alma pobre, pues venís a hospedaros en ella: enviad, Señor, vuestra recámara delante, y vuestros ángeles la adornen y aderecen como conviene para recibir a tal Señor y a tal Esposo, conforme a aquello del Apocalipsis (21, 2): [Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que bajaba del Cielo adornada por Dios, como esposa ataviada para su esposo]. Y volviéndonos a la soberana Virgen y a los Santos, nuestros devotos, pidámosles con humildad nos alcancen el cumplimiento de esta petición. 

Fuera de estas preparaciones, añadiremos aquí una muy fácil y muy provechosa y de mucho consuelo para todos. Cuando no llegareis a tener aquel fervor y aquellos deseos encendidos que querríais y era razón tener para recibir tan gran Señor, ejercitaos en tener gran voluntad y deseo de tener esos deseos, y con eso supliréis lo que os falta; porque Dios mira el corazón, y recibirá y aceptará lo que deseáis tener, como si lo tuvieseis, conforme aquello del Profeta (Sal. 9, 38): [El deseo de los pobres oísteis, Señor; al aparejo de su corazón atendió tu oído]. Esta devoción preparación dice Blosio que enseñó Dios a Santa Matilde. Le dijo una vez el Señor: Cuando has de recibir la sagrada Comunión, desea a gloria de mi nombre tener todo el deseo y amor con que ardió algún tiempo para conmigo el más encendido corazón,: y de esta manera te puedes llegar a Mí, porque pondré Yo los ojos en aquel amor, y lo recibiré conforme como deseas tenerlo. Lo mismo se lee de Santa Gertrudis. Estando esta Santa un día para recibir el santísimo Sacramento, como recibiese mucha pena por no estar tan preparada, rogó a la gloriosa Virgen María y a todos los Santos, que ofreciesen a Dios por ella toda la preparación y merecimientos con que cada uno de ellos se había preparado algún día para recibirle; por lo cual la dijo el Señor: Verdaderamente que delante de los cortesanos del Cielo pareces con aquel aderezo que pediste. De manera que será muy buena disposición y preparación desear llegar a recibir este santísimo Sacramento con aquel fervor y amor con que los grandes Santos se llegaban a Él, y desear y pedir al Señor que lo que a nosotros nos falta, lo supla de los merecimientos y virtudes de Jesucristo y de sus Santos. Y de esto mismo nos podemos ayudar para el hacimiento de gracias, como luego diremos; y tratando de la oración dimos también este medio para suplir nuestras faltas. 

Con éstas u otras semejantes consideraciones hemos de despertar en nosotros la actual devoción con que los Santos dicen que nos hemos de llegar a la sagrada Comunión, unas veces con unas y otras con otras, como cada uno mejor se hallare; pero se ha de advertir que para prepararnos de esta manera y hacer en esta parte lo que debemos, es menester que tomemos algún tiempo para gastar en ello. 

Nuestro Padre Francisco de Borja, en el tratado que hace de la preparación para la sagrada Comunión, pone tres días antes para prepararse y tres días después para hacimiento de gracias, y da muchas consideraciones y ejercicios en que se ocupen estos días; v sería éste un medio muy bueno para andar toda la semana y toda la vida devotos y recogidos, parte con la esperanza de recibir tan gran Señor, parte con la memoria del beneficio recibido. Porque sólo pensar: mañana tengo de comulgar, o acordarme que hoy o ayer comulgué, basta para traer recogido el corazón; pero si no fuere tanto como eso el tiempo que tomáremos para esta preparación, a lo menos es razón que aquella mañana que uno ha de comulgar, gaste la oración o parte de ella en alguna o algunas de las consideraciones dichas.  

Y ayudará mucho que la noche antes de la Comunión, cuando nos vamos a acostar, sea con aquel cuidado y pensamiento que tengo de comulgar mañana, y cuantas veces despertáremos sea con el pensamiento. Y a la mañana, apenas haber abierto los ojos, cuando ya estemos abrazados con el mismo pensamiento. Porque si para la oración de cada día pide esto vuestro Padre en las advertencias que para ella da [73] [74], ¿cuánto mayor será que se haga el día que hemos de recibir tan alto Sacramento?


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.

domingo, 16 de abril de 2017

FELIZ Y SANTA PASCUA DE RESURRECCION


Apostolado Eucarístico les desea a todos sus lectores y
 amigos una Feliz y Santa Pascua de Resurrección.


viernes, 14 de abril de 2017

PRONUNCIA PILATOS LA SENTENCIA DE MUERTE CONTRA EL AUTOR DE LA VIDA - VENERABLE MADRE AGREDA




Pronuncia Pilatos la sentencia de muerte contra el Autor de la vida, lleva Su Majestad la cruz a cuestas en que ha de morir, síguele su Madre Santísima y lo que hizo la gran Señora 
en este paso contra el demonio y otros sucesos. 

1354. Decretó Pilatos la sentencia de muerte de cruz contra la misma vida, Jesús nuestro Salvador, a satisfacción y gusto de los pontífices y fariseos. Y habiéndola intimado y notificado al inocentísimo reo, retiraron a Su Majestad a otro lugar en la casa del juez, donde le desnudaron la púrpura ignominiosa que le habían puesto como a rey de burlas y fingido. Y todo fue con misterio de parte del Señor; aunque de parte de los judíos fue acuerdo de su malicia, para que fuese llevado al suplicio de la cruz con sus propias vestiduras y por ellas le conociesen todos, porque de los azotes, salivas y corona estaba tan desfigurado su divino rostro, que sólo por el vestido pudo ser conocido del pueblo. Vistiéronle la túnica inconsútil, que los Ángeles con orden de su Reina administraron, trayéndola ocultamente de un rincón, a donde los ministros la habían arrojado en otro aposento en que se la quitaron, cuando le pusieron la púrpura de irrisión y escándalo. Pero nada de esto entendieron los judíos, ni tampoco atendieron a ello, por la solicitud que traían en acelerarle la muerte. 

1355. Por esta diligencia de los judíos corrió luego por toda Jerusalén la voz de la sentencia de muerte que se había pronunciado contra Jesús Nazareno, y de tropel concurrió todo el pueblo a la casa de Pilatos para verle sacar a justiciar. Estaba la ciudad llena de gente, porque a más de sus innumerables moradores habían concurrido de todas partes otros muchos a celebrar la Pascua, y todos acudieron a la novedad y llenaron las calles hasta el palacio de Pilatos. Era viernes, día de Parasceve, que en griego significa lo mismo que preparación o disposición, porque aquel día se prevenían y disponían los hebreos para el siguiente del sábado, que era su gran solemnidad, y en ella no hacían obras serviles ni para prevenir la comida y todo se hacía el viernes. A vista de todo este pueblo sacaron a nuestro Salvador con sus propias vestiduras, tan desfigurado y encubierto su divino rostro en las llagas, sangre y salivas, que nadie le reputara por el mismo que antes habían visto y conocido. Apareció, como dijo Isaías (Is 53, 4), como leproso y herido del Señor, porque la sangre seca y los cardenales le habían transfigurado en una llaga. De las inmundas salivas le habían limpiado algunas veces los Santos Ángeles, por mandárselo la afligida Madre, pero luego las volvían a repetir y renovar con tanto exceso, que en esta ocasión apareció todo cubierto de aquellas asquerosas inmundicias. A la vista de tan doloroso espectáculo se levantó en el pueblo una tan confusa gritería y alboroto, que nada se entendía ni oía más del bullicio y eco de las voces. Pero entre todas resonaban las de los pontífices y fariseos, que con descompuesta alegría y escarnio hablaban con la gente para que se quietasen y despejasen la calle por donde habían de sacar al divino sentenciado y para que oyeran su capital sentencia. Todo lo demás del pueblo estaba dividido en juicios y lleno de confusión, según los dictámenes de cada uno. Y las naciones diferentes que al espectáculo asistían, los que habían sido beneficiados y socorridos de la piedad y milagros del Salvador y los que habían oído y recibido su doctrina y eran sus aliados y conocidos, unos lloraban con lastimosa amargura, otros preguntaban qué delitos había cometido aquel hombre para tales castigos. Otros estaban turbados y enmudecidos, y todo era confusión y tumulto.

1356. De los once Apóstoles sólo San Juan Evangelista se halló presente, que con la dolorosa Madre y las Marías estaba a la vista, aunque algo retirados de la multitud. Y cuando el Santo Apóstol vio a su divino Maestro —de quien consideraba era amado— que le sacaron en público, fue tan lastimada su alma del dolor, que llegó a desfallecer y perder los pulsos, quedando con un mortal semblante. Las tres Marías desfallecieron con un desmayo muy helado. Pero la Reina de las virtudes estuvo invicta y su magnánimo corazón, con lo sumo del dolor sobre todo humano discurso, nunca desfalleció ni desmayó, no padeció las imperfecciones de los desalientos y deliquios que los demás. En todo fue prudentísima, fuerte y admirable, y de las acciones exteriores dispuso con tanto peso, que sin sollozos ni voces confortó a las Marías y a San Juan Evangelista, y pidió al Señor las fortaleciese y asistiese con su diestra, para que con él y con ellas tuviese compañía hasta el fin de la pasión. Y en virtud de esta oración fueron consolados y animados el Apóstol y las Marías para volver en sí y hablar a la gran Señora del cielo. Y entre tanta confusión y amargura no hizo obra, ni tuvo movimiento desigual, sino con serenidad de Reina derramaba incesantes lágrimas. Atendía a su Hijo y Dios verdadero, oraba al Eterno Padre, presentábale los dolores y pasión, acompañando a las mismas obras con que nuestro Salvador lo hacía. Conocía la malicia del pecado, penetraba los misterios de la Redención humana, convidaba a los Ángeles, rogaba por los amigos y enemigos y, dando el punto al amor de Madre y al dolor que le correspondía, llenaba juntamente todo el coro de sus virtudes con admiración de los cielos y sumo agrado de la divinidad. Y porque no es posible reducir a mis términos las razones que formaba esta gran Madre de la sabiduría en su corazón, y tal vez en sus labios, lo remito a la piedad cristiana. 

1357. Procuraban los pontífices y los ministros de justicia sosegar al pueblo y que tuviesen silencio para oír la sentencia de Jesús Nazareno, que después de habérsela notificado en su persona la querían leer en público y a su presencia. Y quietándose la turba, estando Su Majestad en pie como reo, comenzaron a leerla en alta voz, que todos la entendiesen, y después la fueron repitiendo por las calles y últimamente al pie de la cruz. La sentencia anda vulgar impresa, como yo la he visto, (No sabemos cuál es la "sentencia vulgar impresa" que la Venerable dice haber visto. González Mateo [Mystica 71 Civitas Dei vindicata, Matriti 1747, art. 7 & 2 n. 208, p. 67] afirma que la fórmula empleada por la autora es semejante a otra fórmula encontrada el año 1580 en Amiterno (Italia). Toma este dato de SlURI, t. 3, trac. 10, c. 4, n. 59, quien a su vez depende de Rodrigo de Yepes, Palestinae descriptio.) y, según la inteligencia que he tenido, en sustancia es verdadera, salvo algunas palabras que se le han añadido. Yo no las pondré aquí, porque a mí se me han dado las que sin añadir ni quitar escribo, y fue como se sigue: Tenor de la sentencia de muerte que dio Pilatos contra Jesús Nazareno nuestro Salvador. 

1358. Yo, Poncio Pilato, presidente de la inferior Galilea, aquí en Jerusalén regente por el imperio romano, dentro del palacio de archipresidencia, juzgo, sentencio y pronuncio que condeno a muerte a Jesús, llamado de la plebe Nazareno, y de patria galileo, hombre sedicioso, contrario de la ley y de nuestro Senado y del grande emperador Tiberio César. Y por la dicha mi sentencia determino que su muerte sea en cruz, fijado con clavos a usanza de reos. Porque aquí, juntando y congregando cada día muchos hombres pobres y ricos, no ha cesado de remover tumultos por toda Judea, haciéndose Hijo de Dios y Rey de Israel, con amenazarles la ruina de esta tan insigne ciudad de Jerusalén y su templo, y del sacro Imperio, negando el tributo al César, y por haber tenido atrevimiento de entrar con ramos y triunfo con gran parte de la plebe dentro de la misma ciudad de Jerusalén y en el sacro templo de Salomón. Mando al primer centurión, llamado Quinto Cornelio, que le lleve por la dicha ciudad de Jerusalén a la vergüenza, ligado así como está, azotado por mi mandamiento. Y séanle puestas sus vestiduras para que sea conocido de todos, y la propia cruz en que ha de ser crucificado. Vaya en medio de los otros dos ladrones por todas las calles públicas, que asimismo están condenados a muerte por hurtos y homicidios que han cometido, para que de esta manera sea ejemplo de todas las gentes y malhechores. Quiero asimismo y mando por esta mi sentencia, que, después de haber así traído por las calles públicas a este malhechor, le saquen de la ciudad por la puerta Pagora, la que ahora es llamada Antoniana, y con voz de pregonero, que diga todas estas culpas en ésta mi sentencia expresadas, le lleven al monte que se dice Calvario, donde se acostumbra a ejecutar y hacer la justicia de los malhechores facinerosos, y allí fijado y crucificado en la misma cruz que llevare, como arriba se dijo, quede su cuerpo colgado entre los dichos dos ladrones. Y sobre la cruz, que es en lo más alto de ella, le sea puesto el título de su nombre en las tres lenguas que ahora más se usan, conviene a saber, hebrea, griega y latina, y que en todas ellas y cada una diga: Este es Jesús Nazareno Rey de los Judíos, para que todos lo entiendan y sea conocido de todos. Asimismo mando, so pena de perdición de bienes y de la vida y de rebelión al imperio romano, que ninguno, de cualquier estado y condición que sea, se atreva temerariamente a impedir la dicha justicia por mí mandada hacer, pronunciada, administrada y ejecutada con todo rigor, según los decretos y leyes romanas y hebreas. Año de la creación del mundo cinco mil doscientos y treinta y tres, día veinticinco de marzo.— Pontius Pilatus Judex et Gubernator Galilaeae inferioris pro Romano Imperio qui supra propia manu. 

1359. Conforme a este cómputo, la creación del mundo fue en marzo, y del día que fue criado Adán hasta la Encarnación del Verbo pasaron cinco mil ciento y noventa y nueve años, y añadiendo los nueve meses que estuvo en el virginal vientre de su Madre santísima, y treinta y tres años que vivió, hacen los cinco mil doscientos y treinta y tres, y los tres meses que conforme al cómputo romano de los años restan hasta veinte y cinco del mes de marzo; porque según esta cuenta de la Iglesia romana, al primer año del mundo no le tocan más de nueve meses y siete días, para comenzar el segundo año del primero de enero. Y entre las opiniones de los doctores he entendido que la verdadera es la de la Santa Iglesia en el Martirologio romano, como lo dije también en el capítulo de la Encarnación de Cristo nuestro Señor, en el libro I de la segunda parte, capítulo 11 (Cf. supra n. 138). 

1360. Leída la sentencia de Pilatos contra nuestro Salvador, que dejo referida, con alta voz en presencia de todo el pueblo, los ministros cargaron sobre los delicados y llagados hombros de Jesús la pesada cruz en que había de ser crucificado. Y para que la llevase le desataron las manos con que la tuviese, pero no el cuerpo, para que pudiesen ellos llevarle asido tirando de las sogas con que estaba ceñido, y para mayor crueldad le dieron con ellas a la garganta dos vueltas. Era la cruz de quince pies en largo, gruesa, y de madera muy pesada. Comenzó el pregón de la sentencia, y toda aquella multitud confusa y turbulenta de pueblo, ministros y soldados, con gran estrépito y vocería se movió con una desconcertada procesión, para encaminarse por las calles de Jerusalén desde el palacio de Pilatos para el monte Calvario. Pero el Maestro y Redentor del mundo Jesús, cuando llegó a recibir la cruz, mirándola con semblante lleno de júbilo y extremada alegría, cual suele mostrar el esposo con las ricas joyas de su esposa, habló con ella en su secreto y la recibió con estas razones: 


1361. Oh cruz deseada de mi alma, prevenida y hallada de mis deseos, ven a mí, amada mía, para que me recibas en tus brazos y en ellos como en altar sagrado reciba mi Eterno Padre el sacrificio de la eterna reconciliación con el linaje humano. Para morir en ti bajé del cielo en vida y carne mortal y pasible, porque tú has de ser el cetro con que triunfaré de todos mis enemigos, la llave con que abriré las puertas del paraíso a mis predestinados, el sagrado donde hallen misericordia los culpados hijos de Adán y la oficina de los tesoros que pueden enriquecer su pobreza. En ti quiero acreditar las deshonras y oprobios de los hombres, para que mis amigos los abracen con alegría y los soliciten con ansias amorosas, para seguirme por el camino que yo les abriré contigo. Padre mío y Dios eterno, yo te confieso Señor del cielo y tierra, y obedeciendo a tu querer divino cargo sobre mis hombros la leña del sacrificio de mi pasible humanidad inocentísima y le admito de voluntad por la salvación eterna de los hombres. Recibidle, Padre mío, como aceptable a Vuestra justicia, para que de hoy más no sean siervos sino hijos y herederos conmigo de Vuestro reino. 

1362. A la vista de tan sagrados misterios y sucesos, estaba la gran Señora del mundo María santísima sin que alguno se le ocultase, porque de todos tenía altísima noticia y comprensión sobre los mismos Ángeles, y los sucesos que no podía ver con los ojos corporales los conocía con la inteligencia y ciencia de la revelación, que se los manifestaba con las operaciones interiores de su Hijo santísimo. Y con esta luz divina conoció el valor infinito que redundó en el madero santo de la cruz, al punto que recibió el contacto de la humanidad deificada de Jesús nuestro Redentor. Y luego la prudentísima Madre la adoró y veneró con el debido culto, y lo mismo hicieron todos los espíritus soberanos que asistían al mismo Señor y a la Reina. Acompañó también a su Hijo santísimo en las caricias con que recibió la cruz, y la habló con otras semejantes palabras y razones que a ella tocaban como coadjutora del Redentor. Y lo mismo hizo orando al Eterno Padre, imitando en todo altísimamente como viva imagen a su original y ejemplar sin perder un punto. Y cuando la voz del pregonero iba publicando y repitiendo la sentencia por las calles, oyéndola la divina Madre, compuso un cántico de loores y alabanzas de la inocencia impecable de su Hijo y Dios santísimo, contraponiéndolos a los delitos que contenía la sentencia y como quien glosaba las palabras en honra y gloria del mismo Señor. Y a este cántico le ayudaron los Santos Ángeles con quienes lo iba ordenando y repitiendo cuando los habitadores de Jerusalén iban blasfemando de su mismo Criador y Redentor. 


1363. Y como toda la fe, la ciencia y el amor de las criaturas estaba resumido en esta ocasión de la pasión en el gran pecho de la Madre de la sabiduría, sola ella hacía el juicio rectísimo y el concepto digno de padecer y morir Dios por los hombres. Y sin perder la atención a todo lo que exteriormente era necesario obrar, confería y penetraba con su sabiduría todos los misterios de la Redención humana y el modo como se iban ejecutando por medio de la ignorancia de los mismos hombres que eran redimidos. Penetraba con digna ponderación quién era Él que padecía, lo que padecía, de quién y por quién lo padecía. De la dignidad de la persona de Cristo nuestro Redentor, que contenía las dos naturalezas, divina y humana, de sus perfecciones y atributos de entrambas, sola María santísima fue la que tuvo más alta y penetrante ciencia, después del mismo Señor. Y por esta parte sola ella entre las puras criaturas llegó a darle la ponderación debida a la pasión y muerte de su mismo Hijo y Dios verdadero. De lo que padeció no sólo fue testigo de vista la candida paloma, sino también lo fue de experiencia, en que ocasiona santa emulación no sólo a los hombres mas a los mismos Ángeles, que no alcanzaron esta gracia. Pero conocieron cómo la gran Reina y Señora sentía y padecía en el alma y cuerpo los mismos dolores y pasiones de su Hijo santísimo y el agrado inexplicable que de ello recibía la Beatísima Trinidad, y con esto recompensaron el dolor que no pudieron padecer en la gloria y alabanza que le dieron. Algunas veces que la dolorosa Madre no tenía a la vista a su Hijo santísimo, solía sentir en su virginal cuerpo y espíritu la correspondencia de los tormentos que daban al Señor, antes que por inteligencia se le manifestase. Y como sobresaltada decía: ¡Ay de mí, qué martirio le dan ahora a mi dulcísimo Dueño y mi Señor! Y luego recibía la noticia clarísima de todo lo que con Su Majestad se hacía. Pero fue tan admirable en la fidelidad de padecer y en imitar a su dechado Cristo nuestro bien, que jamás la amantísima Madre admitió natural alivio en la pasión, no sólo del cuerpo porque ni descansó, ni comió, ni durmió, pero ni del espíritu, con alguna consideración que la diese refrigerio, salvo cuando se le comunicaba el Altísimo con algún divino influjo, y entonces le admitía con humildad y agradecimiento, para recobrar nuevo esfuerzo con que atender más ferviente al objeto doloroso y a la causa de sus tormentos. La misma ciencia y ponderación hacía de la malicia de los judíos y ministros y de la necesidad del linaje humano y su ruina y de la ingratísima condición de los mortales, por quienes padecía su Hijo santísimo; y así lo conoció todo en grado eminente y perfectísimo y lo sintió sobre todas las criaturas. 

1364. Otro misterio oculto y admirable obró la diestra del Omnipotente en esta ocasión por mano de María santísima contra Lucifer y sus ministros infernales, y sucedió en esta forma: Que como este Dragón y los suyos asistían atentos a todo lo que iba sucediendo en la pasión del Señor, que ellos no acababan de conocer, al punto que Su Majestad recibió la cruz sobre sus hombros, sintieron todos estos enemigos un nuevo quebranto y desfallecimiento, que con la ignorancia y novedad les causó grande admiración y una nueva tristeza llena de confusión y despecho. Con el sentimiento de estos nuevos e invencibles efectos se receló el príncipe de las tinieblas de que por aquella pasión y muerte de Cristo nuestro Señor le amenazaba alguna irreparable destrucción y ruina de su imperio. Y para no esperarle en presencia de Cristo nuestro bien, determinó el Dragón hacer fuga y retirarse con todos sus secuaces a las cavernas del infierno. Pero cuando intentaba ejecutar este deseo se lo impidió nuestra gran Reina y Señora de todo lo criado, porque el Altísimo al mismo tiempo la ilustró y vistió de su poder, dándole conocimiento de lo que debía hacer. Y la divina Madre, convirtiéndose contra Lucifer y sus escuadrones con imperio de Reina, los detuvo para que no huyesen y les mandó esperasen el fin de la pasión y que fuesen a la vista de toda ella hasta el monte Calvario. Al imperio de la poderosa Reina no pudieron resistir los demonios, porque conocieron y sintieron la virtud divina que obraba en ella. Y rendidos a sus mandatos fueron como atados y presos acompañando a Cristo nuestro Señor hasta el Calvario, donde por la eterna sabiduría estaba determinado que triunfase de ellos desde el trono de la cruz, como adelante lo veremos (Cf. infra n. 1412). No hallo ejemplo con que manifestar la tristeza y desaliento con que desde este punto fueron oprimidos Lucifer y sus demonios. Pero, a nuestro modo de entender, iban al Calvario como los condenados que son llevados al suplicio y el temor del castigo inevitable los desmaya, debilita y entristece. Y esta pena en el demonio fue conforme a su naturaleza y malicia y correspondiente al daño que hizo en el mundo introduciendo en él la muerte y el pecado, por cuyo remedio iba a morir el mismo Dios. 

1365. Prosiguió nuestro Salvador el camino del monte Calvario, llevando sobre sus hombros, como dijo Isaías (Is 9, 6), su mismo imperio y principado, que era la Santa Cruz, donde había de reinar y sujetar al mundo, mereciendo la exaltación de su nombre sobre todo nombre y rescatando a todo el linaje humano de la potencia tiránica que ganó el demonio sobre los hijos de Adán. Llamó el mismo Isaías (Is 9, 4) yugo y cetro del cobrador y ejecutor, y con imperio y vejación cobraba el tributo de la primera culpa. Y para vencer este tirano y destruir el cetro de su dominio y el yugo de nuestra servidumbre, puso Cristo nuestro Señor la cruz en el mismo lugar que se lleva el yugo de la servidumbre y el cetro de la potencia real, como quien despojaba de ella al demonio y le trasladaba a sus hombros, para que los cautivos hijos de Adán, desde aquella hora que tomó su cruz, le reconociesen por su legítimo Señor y verdadero Rey, a quien sigan por el camino de la cruz, por la cual redujo a todos los mortales a su imperio y los hizo vasallos y esclavos suyos comprados con el precio de su misma sangre y vida. 

1366. Mas ¡ay dolor de nuestro ingratísimo olvido! Que los judíos y ministros de la pasión ignorasen este misterio escondido a los príncipes del mundo, que no se atreviesen a tocar la cruz del Señor, porque la juzgaban por afrenta ignominiosa, culpa suya fue y muy grande; pero no tanta como la nuestra, cuando ya está revelado este sacramento y en fe de esta verdad condenamos la ceguera de los que persiguen a nuestro bien y Señor. Pues si los culpamos porque ignoraron lo que debían conocer, ¿qué culpa será la nuestra, que conociendo y confesando a Cristo Redentor nuestro le perseguimos y crucificamos como ellos ofendiéndole? ¡Oh dulcísimo amor mío Jesús, luz de mi entendimiento y gloria de mi alma!, no fíes, Señor mío, de mi tardanza y torpeza, el seguirte con mi cruz por el camino de la tuya. Toma por tu cuenta hacerme este favor, llévame, Señor, tras de ti y correré en la fragancia de tu ardentísimo amor, de tu inefable paciencia, de tu eminentísima humildad, desprecio y angustias, y en la participación de tus oprobios, afrentas y dolores. Esta sea mi parte y mi herencia en esta mortal y pesada vida, ésta mi gloria y descanso, y fuera de tu cruz e ignominias no quiero vida ni consuelo, sosiego ni alegría. Como los judíos y todo aquel pueblo ciego se desviaban en las calles de Jerusalén de no tocar la cruz del inocentísimo reo, el mismo Señor hacía calle y despejaba el puesto donde iba Su Majestad, como si fuera contagio su gloriosa deshonra, en que le imaginaba la perfidia de sus perseguidores, aunque todo lo demás del camino estaba lleno de pueblo y confusión, gritos y vocería, y entre ella iba resonando el pregón de la sentencia. 

1367. Los ministros de la justicia, como desnudos de toda humana compasión y piedad, llevaban a nuestro Salvador Jesús con increíble crueldad y desacato. Tiraban unos de las sogas adelante, para que apresurase el paso, otros para atormentarle tiraban atrás, para detenerle, y con estas violencias y el grave peso de la cruz le obligaban y compelían a dar muchos vaivenes y caídas en el suelo. Y con los golpes que recibía de las piedras se le abrieron llagas, y particular dos en las rodillas, renovándosele todas las veces que repetía las caídas; y el peso de la cruz le abrió de nuevo otra llaga en el hombro que se la cargaron. Y con los vaivenes, unas veces topaba la cruz contra la sagrada cabeza y otras la cabeza contra la cruz y siempre las espinas de la corona le penetraban de nuevo con el golpe que recibía, profundándose más en lo que no estaba herido de la carne. A estos dolores añadían aquellos instrumentos de maldad muchos oprobios de palabras y contumelias execrables, de salivas inmundísimas y polvo que arrojaban en su divino rostro, con tanto exceso que le cegaban los ojos que misericordiosamente los miraban, con que se condenaban por indignos de tan graciosa vista. Y con la prisa que se daban, sedientos de conseguir su muerte, no dejaban al mansísimo Maestro que tomase aliento, antes, como en tan pocas horas había cargado tanta lluvia de tormentos sobre aquella humanidad inocentísima, estaba desfallecida y desfigurada y, al parecer de quien le miraba, quería ya rendir la vida a los dolores y tormento. 

1368. Entre la multitud de la gente partió la dolorosa y lastimada Madre de casa de Pilatos en seguimiento de su Hijo santísimo, acompañada de San Juan Evangelista y Santa María Magdalena y las otras Marías. Y como el tropel de la confusa multitud los embarazaba para llegarse más cerca de Su Majestad, pidió la gran Reina al Eterno Padre que le concediese estar al pie de la cruz en compañía de su Hijo y Señor, de manera que pudiese verle corporalmente, y con la voluntad del Altísimo ordenó también a los Santos Ángeles que dispusiesen ellos cómo aquello se ejecutase. 



Obedeciéronla los Ángeles con grande reverencia y con toda presteza encaminaron a su Reina y Señora por el atajo de una calle, por donde salieron al encuentro de su Hijo santísimo y se vieron cara a cara Hijo y Madre, reconociéndose entrambos y renovándose recíprocamente el dolor de lo que cada uno padecía; pero no se hablaron vocalmente, ni la fiereza de los ministros diera lugar para hacerlo. Pero la prudentísima Madre adoró a su Hijo santísimo y Dios verdadero, afligido con el peso de la cruz, y con la voz interior le pidió que, pues ella no podía descansarle de la carga de la cruz, ni tampoco permitía que los Ángeles lo hicieran, que era a lo que la compasión la inclinaba, se dignase su potencia de poner en el corazón de aquellos ministros le diesen alguno que le ayudase a llevarla. Esta petición admitió Cristo nuestro bien, y de ella resultó el conducir a Simón Cireneo para que llevase la cruz con el Señor, como adelante diré (Cf. infra n. 1371). Porque los fariseos y ministros se movieron para esto, unos de alguna natural humanidad, otros de temor que no acabase Cristo nuestro Señor la vida antes de llegar a quitársela en la misma cruz, porque iba Su Majestad muy desfallecido, como queda dicho. 


1369. A todo humano encarecimiento y discurso excede el dolor que la candidísima paloma y Madre Virgen sintió en este viaje del monte Calvario, llevando a su vista el objeto de su mismo Hijo, que sola ella sabía dignamente conocer y amar. Y no fuera posible que no desfalleciera y muriera, si el poder divino no la confortara, conservándole la vida. Con este amarguísimo dolor habló al Señor y le dijo en su interior: Hijo mío y Dios eterno, lumbre de mis ojos y vida de mi alma, recibid. Señor, el sacrificio doloroso de que no puedo aliviaros del peso de la cruz y llevarla yo, que soy hija de Adán, para morir en ella por vuestro amor, como vos queréis morir por la ardentísima caridad del linaje humano. ¡Oh amantísimo Medianero entre la culpa y la justicia! ¿Cómo fomentáis la misericordia con tantas injurias y entre tantas ofensas? ¡Oh caridad sin término ni medida, que para mayor incendio y eficacia dais lugar a los tormentos y oprobios! ¡Oh amor infinito y dulcísimo, si los corazones de los hombres y todas las voluntades estuvieran en la mía para que no dieran tan mala correspondencia a lo que por todos padecéis! ¡Oh quién hablara al corazón de los mortales y les intimara lo que Os deben, pues tan caro Os ha costado el rescate de su cautiverio y el remedio de su ruina!—Otras razones prudentísimas y altísimas decía con éstas la gran Señora del mundo que no puedo yo reducir a las mías. 

1370. Seguían asimismo al Señor —como dice el Evangelista San Lucas (Lc 23, 27)— con la turba de la gente popular otras muchas mujeres que se lamentaban y lloraban amargamente. Y convirtiéndose a ellas el dulcísimo Jesús las habló y dijo: Hijas de Jerusalén, no queráis llorar sobre mí, sino llorad sobre vosotras mismas y sobre vuestros hijos; porque días vendrán en que dirán: Bienaventuradas las estériles, que nunca tuvieron hijos, ni les dieron leche de sus pechos. Y entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados, enterradnos. Porque si estas cosas pasan en el madero verde, ¿qué será en el que está seco? (Lc 23, 28- 31)—Con estas razones misteriosas acreditó el Señor las lágrimas derramadas por su pasión santísima y en algún modo las aprobó, dándose por obligado de su compasión, para enseñarnos en aquellas mujeres el fin que deben tener nuestras lágrimas, para que vayan bien encaminadas. Y esto ignoraban entonces aquellas compasivas discípulas de nuestro Maestro y lloraban sus afrentas y dolores y no la causa por que los padecía, de que merecieron ser enseñadas y advertidas. Y fue como si les dijera el Señor: Llorad sobre vuestros pecados y de vuestros hijos lo que yo padezco, y no por los míos, que no los tengo ni es posible. Y si el compadeceros de mí es bueno y justo, más quiero que lloréis vuestras culpas que mis penas padecidas por ellas, y con este modo de llorar pasará sobre vosotras y sobre vuestros hijos el precio de mi sangre y Redención que este ciego pueblo ignora. Porque vendrán días, que serán los del juicio universal y del castigo, en que se juzgarán por dichosas las que no hubieren tenido generación de hijos, y los prescitos pedirán a los montes y collados que los cubran, para no ver mi indignación. Porque si en mí, que soy inocente, han hecho estos efectos sus culpas de que yo me encargué, ¿qué harán en ellos, que estarán tan secos, sin fruto de gracia ni merecimientos? 

1371. Para entender esta doctrina fueron ilustradas aquellas dichosas mujeres en premio de sus lágrimas y compasión. Y cumpliéndose lo que María santísima había pedido, determinaron los pontífices, fariseos y los ministros conducir algún hombre que ayudase a Jesús nuestro Redentor en el trabajo de llevar la cruz hasta el Calvario. Llegó en esta ocasión Simón Cireneo, llamado así porque era natural de Cirene, ciudad de Libia, y venía a Jerusalén; era padre de dos discípulos del Señor, llamados Alejandro y Rufo (Mc 15, 21). A este Simón obligaron los judíos a que llevase la cruz parte del camino, sin tocarla ellos, porque se afrentaban de llegar a ella, como instrumento del castigo de un hombre a quien ajusticiaban por malhechor insigne; que esto pretendían que todo el pueblo entendiese con aquellas ceremonias y cautelas. Tomó la cruz el Cirineo y fue siguiendo a Jesús, que iba entre los dos ladrones, para que todos creyesen era malhechor y facineroso como ellos. Iba la Madre de Jesús nuestro Salvador muy cerca de Su Majestad, como lo había deseado y pedido al Eterno Padre, con cuya voluntad estuvo tan conforme en todos los trabajos y martirios de la pasión de su Hijo, que participando y comunicando sus tormentos tan de cerca por todos sus sentidos, jamás tuvo movimiento ni ademán en su interior ni el exterior con que se inclinase a retractar la voluntad de que su Hijo y Dios no padeciese. Tanta fue su caridad y amor con los hombres y tanta la gracia y santidad de esta Reina en vencer la naturaleza. 


Doctrina que me dio la gran Reina y Señora. 

1372. Hija mía, el fruto de la obediencia, por quien escribes la Historia de mi vida, quiero que sea formar en ti una verdadera discípula de mi Hijo santísimo y mía. A esto se ordena en primer lugar la divina luz que recibes de tan altos y venerables sacramentos, y los documentos que tantas veces te repito, de que te desvíes, desnudes y alejes tu corazón de todo afecto de criaturas, ni para tenerle, ni para admitirle de ninguna. Con este desvío vencerás los impedimentos del demonio en tu blando natural peligroso, y yo que le conozco te aviso y te encamino como Madre y Maestra que te corrige y enseña. Con la ciencia del Altísimo conoces los misterios de su pasión y muerte y el único y verdadero camino de la vida, que es el de la cruz, y que no todos los llamados son escogidos para ella. Muchos son los que dicen desean seguir a Cristo y muy pocos los que verdaderamente se disponen a imitarle, porque en llegando a sentir la cruz del padecer la arrojan de sí y retroceden. El dolor de los trabajos es muy sensible y violento para la naturaleza humana por parte de la carne, y el fruto del espíritu es más oculto, y pocos se gobiernan por la luz. Por esto hay tantos entre los mortales que olvidados de la verdad escuchan a su carne y siempre la quieren muy regalada y consentida. Son ardientes armadores de la honra y despreciadores de las afrentas, codiciosos de la riqueza y execradores de la pobreza, sedientos del deleite y tímidos de la mortificación. Todos estos son enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18) y con formidable horror huyen de ella, juzgándola por ignominiosa, como los que le crucificaron. 

1373. Otro engaño se introduce en el mundo; que muchos piensan siguen a Cristo su Maestro sin padecer, sin obrar y sin trabajar, y se dan por contentos con no ser muy atrevidos en cometer pecados, y remiten toda la perfección a una prudencia o amor tibio con que nada se niegan a su voluntad ni ejecutan las virtudes que son costosas a la carne. De este engaño saldrían, si advirtiesen que mi Hijo santísimo no sólo fue Redentor y Maestro y no sólo dejó en el mundo el tesoro de sus merecimientos como remedio de su condenación, sino la medicina necesaria para la dolencia de que enfermó la naturaleza por el pecado. Nadie más sabio que mi Hijo y mi Señor, nadie pudo entender la condición del amor como Su Majestad, que fue la misma sabiduría y caridad, y lo es, y asimismo era todopoderoso para ejecutar toda su voluntad. Y con todo esto, aunque pudo lo que quería, no eligió vida blanda y suave para la carne, sino trabajosa y llena de dolores, porque no era bastante o cumplido magisterio redimir a los hombres si no les enseñara a vencer al demonio, a la carne y a sí mismos, y que esta magnífica victoria se alcanza con la cruz, por los trabajos, penitencia, mortificación y desprecios, que son el índice y testimonio del amor y la divisa de los predestinados. 

1374. Tú, hija mía, pues conoces el valor de la Santa Cruz y la honra que por ella recibieron las ignominias y tribulaciones, abraza tu cruz y llévala con alegría en seguimiento de mi Hijo y tu Maestro. Tu gloria en la vida mortal sean las persecuciones, desprecios, enfermedades, tribulaciones, pobreza, humillación y cuanto es penoso y adverso a la condición de la carne mortal. Y para que en todos estos ejercicios me imites y me des gusto, no quiero que busques ni que admitas alivio ni descanso en cosa terrena. No has de ponderar contigo misma lo que padeces, ni manifestarlo con cariño de aliviarte. Menos has de encarecer ni agravar las persecuciones ni molestias que te dieren las criaturas, ni en tu boca se ha de oír que es mucho lo que padeces, ni compararlo con otros que trabajan. Y no te digo que será culpa recibir algún alivio honesto y moderado y querellarte con sufrimiento. Pero en ti, carísima, este alivio será infidelidad contra tu Esposo y Señor, porque te ha obligado a ti sola más que a muchas generaciones, y tu correspondencia en padecer y amar no admite defecto ni descargo, si no fuere con plenitud de toda fineza y lealtad. Tan ajustada te quiere consigo mismo este Señor, que ni un suspiro has de dar a tu naturaleza flaca sin otro más alto fin que sólo descansar y tomar consuelo. Y si el amor te compeliere, entonces te dejarás llevar de su fuerza suave, para descansar amando, y luego el amor de la cruz despedirá este alivio, como conoces que yo lo hacía con humilde rendimiento. Y sea en ti regla general que toda consolación humana es imperfección y peligro, y sólo debes admitir lo que te enviare el Altísimo por sí o por sus Santos Ángeles. Y de los regalos de su divina diestra has de tomar con advertencia lo que te fortalezca para más padecer y abstraerte de lo gustoso que puede pasar a lo sensitivo. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS 
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 21

miércoles, 12 de abril de 2017

EL CASTIGO SE ACERCA



Y después de tanta relajación, de tanta impiedad, de tantas abominaciones como nos han descrito los artículos precedentes, ¿qué esperan los hombres?

«Los hombres,—dice el Señor en el Grito de Salud,se han negado a recibir a un Dios bueno y misericordioso, y verán cómo descarga sobre ellos la cólera de un Dios justamente irritado; verán que no se insulta a Dios en vano, y reconocerán, aunque tarde, que soy Omnipotente».

Y a los niños de la Saleta dijo la Santísima Virgen:

«Si mi pueblo no quiere someterse, me veré obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo; es tan pesado, que no puedo detenerlo por más tiempo». «En vano intentaréis libraros de la ira de Jesucristo, el cual ya no puede contener la espada de su justicia», anunció el Beato Bartolomé de Saluzzo; y el apocalíptico abate Silvestro Castiglione vio escritas estas palabras de la Escritura en el libro de sus visiones: «Raza de víboras, ¿quién os librará de la cólera del Omnipotente que está para estallar? He aquí que la segur está ya aplicada al tronco del árbol; si no os convertís pronto y de todo corazón a Jesucristo, El blandirá contra vosotros su espada y tenderá su terrible arco».

El ilustre Da Macello cita en I Futuri Destini la visión de un humilde profeta de Turín, contemporáneo suyo, verificada el 27 de Febrero de 1862. Del nombre del vidente sólo pone las iniciales G. R.; pero bien pesadas las razones y la visión en sí misma, parece tener ésta todas las notas de autenticidad: por auténtica la admitimos y de buen grado la copiaríamos toda, si no fuera tan larga; pondremos solamente el final, que es la entrega de una carta o aviso llevado por el vidente al Papa, de parte de Jesucristo, el cual dirigía a los hombres tremendas amenazas que se convertirían en hechos si no enmendaban sus costumbres y hacían penitencia.

Además, se mandaba al Sumo Pontífice «amonestar a las autoridades temporales que no permitiesen la libertad de imprenta y la difusión de los libros impíos e inmorales; que observasen e hiciesen observar los días festivos y no tolerasen las blasfemias, los desórdenes y escándalos públicos; que respetasen la Religión santísima, pues de no respetarla, pueblos y gobernantes incurrirían en la tremenda ira de Dios; que aquellos reinos y naciones a los cuales los castigos y amenazas no bastasen para hacerlos volver en sí, tendrían la misma suerte del pueblo judaico, esto es, serían abandonados por Dios a su ceguera y réprobo sentido, para ser primero aniquilados y después atormentados por toda la eternidad».

Muchas veces han dirigido desde entonces Pío IX y León XIII estas amonestaciones a los Gobiernos, pero los Gobiernos las han menospreciado; el castigo, pues, era necesario, y en efecto, empezó tiempo ha, dura, y seguirá siendo cada vez más terrible. Entre los pecados de moda que más excitan la cólera de Dios, descuellan la profanación de los días festivos, la impureza y la blasfemia. El vidente arriba citado lo indica; el abate Curricque trae también en Voix Prophetiques la visión de otro profeta cuyo nombre omite por las mismas razones que Da Macello, y el profeta dice de Francia como pudiera decir del resto del mundo:

«Dios me da a conocer que las desgracias que amenazan a Francia se cumplirán, sobre todo, a causa de la profanación del domingo. Hago un acto de conformidad con la voluntad de Dios, por lo que yo mismo habré de padecer». Pone el mismo Curricque una aparición profética, para dudar de la cual no tenemos razones, y de ella sacamos estas palabras aplicables a todos los pueblos:

«Francia está muy humillada, mas también es muy culpable. Ha dado una grave caída, de la que no se levantará más que volviendo a ser cristiana. La Francia es culpable especialmente por la violación del descanso dominical, por otro vicio horrible (la lujuria), que tan común ha llegado a ser en ella, y sobre todo por la blasfemia. ¡Oh! las blasfemias son horrendas en Francia y atraen la cólera de Dios. He ahí las tres cosas que Francia debe principalmente evitar.

«En confirmación de todo esto viene lo que dijo la Santísima Virgen en la Saleta: «Os he dado seis días para trabajar, me he reservado el séptimo, y no se me quiere conceder. He ahí lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo. Los carreteros no saben hablar si no mezclan el nombre de mi Hijo... Vendrá una grande hambre».

Complemento de esto es lo que la misma celestial Madre dijo a Margarita Bays, la estigmatizada de La Pierre:

«La perversidad del mundo es tan grande, que yo no puedo detener el brazo de mi Hijo, ultrajado sobre todo por la blasfemia, la profanación de los días santos, la impureza, el abandono o negligencia de la oración y el olvido de Dios. Por tantos crímenes y para ayudarme a contener el brazo de mi Hijo, padecerás tú un tormento muy particular».

No se dirigen estas amenazas a Francia solamente, sino a las naciones en general, pues todas están más o menos contagiadas de la espantosa relajación francesa. Por eso la simpática y notabilísima vidente María des Terreaux profetizó como sigue:

«En el momento en que Francia sea castigada de esta manera tan terrible, todo el universo lo será igualmente. No se me ha dicho cómo. Se me ha anunciado que habría un acontecimiento tan espantoso (la revolución europea, acompañada de hambre y peste), que los que no estuvieren prevenidos, creerán haber llegado al fin del mundo; pero repentinamente acabará la revolución por un gran milagro (prodigio solamente le llaman los demás profetas), que causará el asombro del universo. (Es la victoria del Gran Monarca). Los pocos malos que queden se convertirán. Las cosas que deban suceder serán una imagen del fin del mundo».

Convienen los profetas en que el poder de los demonios será grande en estos tiempos. Dios los desatará para castigo de los hombres. El Venerable Telesforo dice:

«Cristo mandará al Angel que suelte a Satanás para que siembre las discordias, las sediciones, las guerras, los cismas seduzca a los que obstinadamente rechazaron los avisos del cielo. Dios, por los pecados del Clero y del pueblo, permitirá un gran cisma, que será como mensajero de todos los males».

La Beata Sor Clara Isabel decía en 1800, poco antes de morir:

«Todos se regocijan porque creen pasada la época de los ayes (la del Terror); pero aún se verá otra mucho peor que la pasada... Os aseguro que falta mucho más de lo que creemos. ¿Pensáis que los ayes se acabaron? No se acabaron; lo que padecisteis es nada en comparación de lo que padeceréis. Orad por caridad, y orad mucho, para que el Señor tenga misericordia». Elena, la estigmatizada de Ceilán, «portento de la Omnipotencia y portento de la gracia», como la llama el canónigo zaragozano D. Pedro González de Villaumbrosia, sintetizó en dos palabras todo lo que precede:

El triunfo de la religión esta próximo, pero el castigo que precederá será espantoso».

Lo mismo viene a decir la profecía del Beato Amadeo:

«Antes que vengan los tiempos felices, serán purgados con azotes, según está establecido». 

Esa es la economía de la divina Providencia. Deus quos diligit corripit; y las sociedades tienen que pagar sus pecados en este mundo, no en el otro.

«Se acerca la gran visita y reforma del mundo», dijo San Francisco de Paula, hablando de un tiempo 400 años posterior a su gran profecía; y San Vicente Ferrer exclamó: «Llorad los que seáis testigos de estruendo tan grande, que ni fue ni será, ni se espera ver otro mayor, no siendo él del juicio».

O como predijo Juan de Vatiguerro:

«Habrá tan grandes y tan diversas desgracias, que desde el principio del mundo nunca habrá tenido lugar semejante turbación, y nunca males tan numerosos, tan terribles y tan dignos de admiración habrán afligido la tierra». 

Para definir mejor el tiempo en que esto ha de suceder, la misma predicción dice que vendrá después de los días que atravesamos, los cuales describe así, con la significativa concisión del lenguaje profético:

«En aquellos años estallarán sediciones y conspiraciones horribles; pero no todas aquellas sediciones y conspiraciones obtendrán lo que se propongan, porque algunas serán reservadas hasta otros tiempos».

Il Vaticinatore, de Da Macello, cita una profecía italiana moderna que completa de este modo el citado párrafo de Vatiguerro:

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía... Los jefes de las naciones piensan inútilmente en salvarlas. Intervención extranjera, armas, sangre, ruinas, desórdenes, epidemias, calamidades, asesinatos, cisma, inmoralidad. Nueva dinastía, nuevo orden de cosas, algunos reinos extinguidos, otros mutilados, otros aumentados, otros con diferente forma

Según el Iltmo. Vandina, citado por Cornelio aLápide en sus comentarios al Apocalipsis, la Beata Margarita de Rávena predijo en éxtasis que la Iglesia debía padecer muchas persecuciones, y que Dios quería purgarla y renovarla con pestilencias, penurias, incendios, sublevaciones, guerras y otros males gravísimos, y que por tales medios quería restituirla a su primitivo esplendor. La profecía viene cumpliéndose desde que se hizo, siglo XVI, pero no habiéndonos restituido todavía al esplendor antiguo, debe consumarse en nuestros tiempos como todos los profetas anuncian. Sigamos oyéndoles. El Venerable Holzbauser, antes de describir el triunfo de la Iglesia y paz del mundo, profetiza los siguientes castigos, unos cumplidos ya y otros que van a cumplirse.

«El Señor aventará su trigo por medio de crueles guerras, sediciones., pestes, hambre y otros males horribles. La Iglesia latina será afligida por muchas herejías y malos cristianos: se suprimirán muchos obispados e innumerables monasterios dignidades muy ricas por los mismos príncipes católicos. Se sujetará la Iglesia á gabelas y exacciones, de modo que podrá decirse con Jeremías que «la primera de las naciones ha sido sujeta a tributo». Será blasfemada por los herejes, y los eclesiásticos serán vilipendiados por los malos cristianos, sin que se les tenga por éstos ninguna consideración ni respeto. Atravesará tiempos de aflicción, de matanza, de defección y de toda clase de calamidades, y serán muchas las víctimas de la guerra, de la peste y del hambre. Pelearán reinos contra reinos, y otros, divididos en sí mismos (como España), serán desolados. Se destruirán principados y monarquías; habrá mucho empobrecimiento y gran desolación en la tierra. Todo esto será permitido por justo juicio de Dios, a causa de haber llenado la medida de nuestros pecados en el tiempo de la benignidad, cuando nos esperó para hacer penitencia».


«El mundo,—profetizaba la Venerable Sor Natividad hace un siglo,—será afligido por guerras sangrientas; los pueblos se levantarán contra los pueblos; las naciones contra las naciones, tan pronto unidas como divididas para combatir en favor o en contra del mismo partido: los ejércitos se chocarán espontáneamente y llenarán la tierra de mortandad y carnicería. Estas guerras intestinas y extranjeras ocasionaran enormes sacrilegios, profanaciones, escándalos, males infinitos por las incursiones que se harán contra la Iglesia, usurpando sus derechos, con lo cual recibirá grandes aflicciones».

De estos tiempos hablaba también Jesús Nuestro Señor cuando decía a Santa Margarita de Cortona:

«Yo te declaro que esperan grandes castigos a los pecadores; padecerán guerras espantosas, hambre y pestes, antes que llegue el fin de los tiempos (frase profética muy usada, que las más veces quiere decir el fin de la impiedad). Los autores de los vicios de alma y cuerpo han llegado a ser tan numerosos, que es imposible dejarlos obrar impunemente por más tiempo. Los cristianos son ahora más sabios en el mal que lo fueron los judíos en mi Pasión. Yo exijo que los predicadores de mi palabra muevan al mundo y a ellos mismos a la conversión sin reserva, para que vivan en mí la verdadera vida».

«Habrá tantas y tan grandes subversiones,—dijo hace medio siglo Sor Rosa Colomba Asdente,—que se verá marchar pueblo contra pueblo para exterminarse uno a otro bajo el siniestro golpe de tambores (particularidad notable de nuestros días) y de armas mortíferas. La revolución debe extenderse a toda Europa, donde no habrá ya calma sino después que la flor blanca (Gran Monarca) haya subido al trono de Francia».

Después de haber subido al de España.

El Venerable P. Antonio Albesani, del Oratorio de San Felipe en Savigliano, añade un detalle, y es de la falsa paz que hemos gozado, en estos tiempos.

«Habrá paz, dice, pero no paz verdadera, sino paz interrumpida por turbulencias. Antes que llegue la paz verdadera habrá una guerra sin cuartel, extremadamente sangrienta, la cual se extenderá por toda Europa. Habrá también una hambre horrible».

«¡Ay tres veces de Francia! ¡Ay tres veces de Italia! ¡Ay tres veces de Alemania!—exclamaba Mariana Galtier.—EI ángel no envainará la espada sino después de haber castigado a todas las naciones».


Sor María de la Cruz, o sea Melania la pastora de la Saleta, que de labios de la Virgen había aprendido estas cosas, exclamaba:

«¡Pobre pueblo!... Tú no sabes que puedes ser pulverizado como el grano bajo la muela de las venganzas de Dios… Pero es inútil hablar a los hombres, la ceguedad ha llegado a su colmo; es menester que Dios les hable, y les hablará; pero ¡no pueden imaginarse cómo! La tierra necesita de un expurgo».

En vista de que todos estos castigos son necesarios y hemos de pasar por ellos, no podemos menos de exclamar con la profetisa riminense en otro capítulo citada:

«¡Oh Dios mío! ¡Cuán inundada de pecados está la tierra! Pero, Señor, tened piedad de los pecadores... ¡Oh cuánta necesidad tiene de ser purificada vuestra Iglesia! Enviad, Señor, enviad presto los azotes que habéis preparado, porque cuanto más tarden, veo que tanto serán más terribles».

(Luz Católica, núm. 26=28 Marzo 1901).


Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 258 a la 265
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904


martes, 11 de abril de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA PASION DE JESUCRISTO - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO




Ver y descargar aquí:


PAREJA HOMOSEXUAL RECIBIDA EN EL VATICANO




El 24 de marzo de 2017, el Vaticano recibió 27 líderes políticos europeos que se encontraban en Roma para celebrar el 60 aniversario del Tratado de Roma, un punto de referencia para la Unión Europea.

Tratando igual que a otros líderes que asistieron con sus esposas, el Vaticano recibió al primer ministro de Luxemburgo Xavier Bettel con su "marido" Gauthier DESTENAY. En la foto de arriba , se ve Arzobispo George Ganswein, jefe de la Casa Pontificia, dando la bienvenida al “pareja” homosexual.

A continuación, abajo en la segunda foto, se ven Bettel estrechar la mano con cordialidad y siendo recibido por el mismo Francisco.

Sin duda alguna el Papa podría haber evitado este encuentro. Además, el Vaticano podría fácilmente haber contactado con el gobierno de Luxemburgo para evitar la visita de su primer ministro homosexual. Sin embargo, no lo hizo.

Tanto el Papa como el Vaticano querían tener esta oportunidad para reforzar indirectamente su apoyo a la homosexualidad y al “matrimonio” homosexual.

Llevar el mensaje tal como es, si se quiere entender cómo ha sido saboteada la doctrina tradicional sobre la homosexualidad.