jueves, 22 de junio de 2017

HIPÓCRITAS



Se acaba el curso escolar y mis novicios me consultan sobre algunos trabajillos que deben presentar si quieren subir la nota final. Por si no han perdido suficientemente el tiempo durante el año estudiando majaderías, algún que otro profesor les aconseja analizar ciertos sermones de Santa Marta. Ya se sabe que estos sermones de alta teología son considerados el magisterio oficial de nuestros días, mientras se pisotea el bimilenario transmitido por la Iglesia. La Cátedra de Santa Marta, además de destilar grandes especulaciones, se considera a sí misma como el punto de referencia de la doctrina actual, al mismo tiempo que se cisca en la doctrina de siempre. Se puede secar el cerebro con la sola lectura de estas inteligentes reflexiones, aunque hay que llevar cuidado: porque -por medio de ellas-, se va introduciendo en la catolicidad descuidada las más imaginativas teorías y los más disparatados conceptos. Siempre buscando la perdición de las almas, por supuesto.

Hace unas semanas, habló Francisco sobre los hipócritas. El hipócrita no usa el lenguaje de Jesús, sino el mismo lenguaje del diablo, dijo el huésped de Santa Marta. No he tenido más remedio que leer estas líneas:

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El hipócrita es capaz de matar a una comunidad. Está hablando dulcemente, está juzgando malamente a una persona. El hipócrita es un asesino. Recordemos esto: comienza con la adulación, sólo se responde con la realidad.

“No me vengan con estas historias, la realidad es ésta, como con la ideología, ésta es la realidad. Y al final, es el mismo lenguaje del diablo lo que siembra aquella lengua bífida en las comunidades para destruirlas”.

“Pidamos al Señor que nos custodie para no caer en este vicio de la hipocresía, de camuflar la actitud, pero con malas intenciones. Que el Señor nos dé esta gracia: ‘Señor, que yo jamás sea hipócrita, que sepa decir la verdad y si no puedo decirla, estar callado, pero jamás, jamás, decir una hipocresía’”.
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Tengo que decir que lo primero que se me ha venido a las mientes ha sido el pensamiento de que Francisco estaba hablando de sí mismo. O como a él le gustaría decir: de Sí Mismo. Creía que por fin había llegado a su corazón el arrepentimiento y quería confesarse (ante sus oyentes), de sus actitudes tan suficientemente conocidas por todos. El lenguaje del hipócrita es el lenguaje del diablo. Comienza con la adulación, pero se le responde con la realidad. Lengua bífida, camuflage, ideología…parecen ser los artilugios que el hipócrita lleva en su mochila. Pero hay que responderle con la realidad. Porque si no, su lengua bífida siembra la destrucción en las comunidades.


Justamente. Pensé que iba a pedir perdón. Insisto en que he pensado que Francisco estaba hablando de su propio modo de proceder. Y por ende, del modo de proceder de sus colaboradores, compinches, amigotes y conchabados. Pero Francisco prefiere pedir perdón por lo que hicieron las Papas malvados del pasado: genocidas, inquisidores, príncipes renacentistas y dictadores doctrinales y morales.

Veamos por ejemplo la lengua bífida que ha suscitado la destrucción de la Eucaristía en la Cristiandad en los últimos cuatro años. Mientras por una parte se deshace Francisco en elogios a la Eucaristía, sin la que no podemos vivir, que nos alimenta, que no es un premio sino una necesidad, que es el mismo Señor que se queda con nosotros, y un largo etcétera vertido a modo místicoide en algunos sermones y discursos, nos encontramos en la actualidad con que ya se da de forma oficial a los que viven en concubinato. Obispos variados, entre los que han destacado últimamente los de Malta, Sicilia, alguno de Argentina recién nombrado por Bergoglio (también amiguete y compi), amén de la ingente cantidad de obispos y curas que no salen en los noticiarios, y que están haciendo lo mismo, apoyados en las actitudes de Francisco.

Mientras se dice con descaro que la Amoris Laetitia no conduce a la comunión de los adúlteros, se está dando profusamene la comunión a los adúlteros. Mientras se dice que la Amoris no contradice el magisterio anterior (así lo dicen los obispos traidores y los cobardones que no quieren oponerse al jefe y ser desterrados), de hecho se está contradiciendo todo el magisterio anterior en torno a la Eucaristía. Mientras se sigue diciendo que la eucaristía es necesaria para la vida cristiana, se está mandando al infierno a multitud de almas. Como dice San Pablo, todos reos de su propia condenación. Pero reos también de su propia condenación quienes han abierto las puertas del infierno a tantos católicos, con su lengua bífida que ha sembrado la destrucción en las comunidades.

Hoy se celebra el Corpus Christi. No sé lo que dirá Francisco en sus sermones de hoy. Pero puedo asegurar que no me creeré nada de lo que diga. Cuando le vea con la Custodia impartiendo la bendición, no me tragaré el sapo. A los hombres se les conoce por sus obras, no por sus palabras. Ya puede salir el Paglia de la Vida (el mariquita de las pinturas de su catedral) diciendo que aunque haya abortistas en la Pontificia Comisión, la Iglesia sigue rechazando el aborto. Ya puede salir Francisco a decir palabras aparentemente piadosas sobre la Eucaristía. No me lo creo. Aunque la Eucaristía viene siendo pisoteada desde hace ya muchos años, Francisco será -a los ojos de la historia-, el hipócrita que anda con palabras aduladoras y camufladas, mientras ha destruido todo en la realidad.

A Francisco no le preocupa nada de esto. A él solamente le importa entre otras cosas, el tráfico de armas, la inmigración, los contratos de trabajo y el cambio climático. El verdadero cambio climático va a venir después. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Que Dios nos coja confesados, como decía mi abuela.

Mi novicio inexperto ha hecho al final su trabajo utilizando estas breves reflexiones y lo han suspendido. No entiendo por qué la hipocresía solamente se puede aplicar para los de acá y nunca para los de allá. Pero eso es justamente lo que hace Francisco cuando da lecciones de moralidad. Es una pena.


jueves, 15 de junio de 2017

VERDAD DEL DOGMA DE LA EUCARISTÍA




Hoc est Corpus meum... Hic est Sanguis meus.
Este es miCuerpo... Esta es mi Sangre.
(Mat., XXVI, 26 y 28).

¡La Eucaristía! ¡Dios con nosotros! ¡Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, oculto bajo las humildes especies de pan y vino! ¡Qué prodigio! ¡Qué abismo insondable de maravillas las más incomprensibles!

¡La Eucaristía! He aquí el supremo esfuerzo de la sabiduría, poder y bondad de Dios, a pesar ser infinitamente sabio, bueno y poderoso. He aquí el inefable resumen de los más grandes misterios de nuestra fe. Aquí encuentro el misterio de la Encarnación: el Verbo hecho carne; el misterio de la Santísima Trinidad: al Verbo de Dios están unidos, con indisolubles lazos, el Padre y el Espíritu Santo; el misterio de la Redención: mediante la Eucaristía, Jesucristo renueva, de manera incruenta, el sangriento sacrificio del Calvario.

¡La Eucaristía! He aquí el compendio más acabado de la religión; el centro, el foco y el fundamento del cristianismo; el objeto principal de nuestro culto.

Es la fuente fecunda de la piedad católica. Es la verdad más dulce, más suave, más consoladora, y la que mejor fortalece el corazón cristiano; pero al mismo tiempo es también la verdad más sublime, la más admirable para nuestra inteligencia, la que más desconcierta los cálculos de nuestra débil razón y la más contraria a las apariencias que se ofrecen a nuestros sentidos.

Ahora bien, menester era que el más notable y relevante de todos los dogmas fuera también el mejor probado. Dios estaba obligado a ello, tanto por sí mismo como por nosotros; y Dios no se ha faltado ni a sí mismo ni a nosotros, haciendo resplandecer esta verdad con luminosísimas pruebas, accesibles así para la fe del ignorante como para la creencia del sabio; de suerte que, nunca como cuando se trata de la Presencia real, debemos repetir las palabras del Salmista: ¡Señor, habéis hecho vuestros testimonios excesivamente creíbles!. Y en efecto, de cuantos dogmas profesamos, ninguno hay que con mayor claridad esté expuesto en las Escrituras, ni más solemnemente proclamado por la Iglesia.

I

El prodigio de la Presencia real de tal modo rebasa los límites de la razón humana, que Nuestro Señor creyó oportuno anunciarlo a sus discípulos un año antes de la institución, dándoles una formal promesa de que llevaría a cabo este prodigio.

El hecho acaeció en la sinagoga de Cafarnaúm, después de la multiplicación de los panes. El pueblo que acababa de ser alimentado con los cinco panes de cebada y los dos peces, hallábase presente todavía. Tomándolo Jesús en el éxtasis, por decirlo así, del milagro, lo eleva de este hecho estupendo al pensamiento de un espectáculo más maravilloso todavía. Anuncia el nuevo alimento y la nueva bebida que va a dar al mundo: ¡este alimento y bebida es El mismo!

Hace notar que es una substancia divina, y no deja la menor duda sobre la identidad de su persona con el pan eucarístico: Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo. El pan que yo daré es mi carne.

Distínguela del maná, que no era más que su figura: Este pan bajado del cielo es muy diferente del que comieron vuestros padres y que no les libró de la muerte .

Marca sus efectos en el tiempo y en la eternidad: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y yo en él... El que come de este pan vivirá eternamente. Ante tales declaraciones, la muchedumbre, admirada, exclama: «¿ Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Cuanto era mayor su admiración, tanto más insiste Jesús en sus promesas: De verdad, de verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Esta promesa, pues, renuévala el Señor y confírmala con juramento. Después que los judíos se hubieron retirado de la Sinagoga, al quedarse Jesús solo con sus discípulos, prosigue todavía su predicación, en la que repite y afirma de nuevo su promesa. Muchos, escandalizados, exclaman: ¡Muy duras son estas palabras! ¿quién podrá oírlas?. Pero sin hacer caso de, esto, Jesús, en vez de atenuar la fuerza de sus expresiones, aparta la mente de sus discípulos de toda concepción material y les propone por blanco otro prodigio: el de la glorificación visible de su cuerpo en su triunfante Ascensión. Os escandalizáis de estas palabras; mas ¿qué será cuando viereis al Hijo del hombre subiendo al cielo, donde antes estaba? Espíritu y vida son mis palabras: queriendo decir con esto, que no debían entenderse en sentido grosero y carnal, como lo hacían, sino más bien en el sentido de una presencia sobrenatural, aunque real, a la manera de los cuerpos resucitados. Al oír semejantes palabras, muchos discípulos se alejan y cesan de seguir a Jesús: ¡tanto les desconcierta y espanta el milagro anunciado! Con todo, Jesús no rectifica, no se corrige, no los vuelve a llamar: le han comprendido perfectamente. Trátase, en efecto, de comer su sagrada carne y beber su divina sangre. Sus doce apóstoles están todavía allí. Y vosotros, ¿me queréis dejar también?. Pero entonces Pedro, respondiendo por todos, exclama: ¿A dónde iríamos, Señor? Vos tenéis palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que sois el Cristo, Hijo de Dios vivo. No comprenden todavía Pedro y los demás apóstoles cómo obrará Jesucristo aquel milagro; pero saben que es Dios, y que Dios hace cuanto dice, y que ninguna de sus palabras deja de producir el efecto intentado.

Nada puede igualar la grandeza de este cuadro, si no es la misma escena en que dicho milagro se verifica.

Un año acababa de transcurrir, y había llegado la noche de la última Pascua. Jesús se hizo preparar una sala espaciosa, ricamente tapizada: única ocasión, como nota Bossuet, en que no quiso mostrarse pobre. Pensemos con detención las circunstancias de este gran suceso, con el respeto y recogimiento más profundo. A punto está ya de sonar la hora de la inmolación sangrienta de Jesucristo; va a hacer su último testamento y comunicar la orden más sublime que se oyó jamás; acaba de declarar a sus apóstoles que iba a hablarles sin figuras, como a confidentes y amigos; sabe el sentido que la Iglesia dará, en el transcurso de los siglos, a las palabras que va a pronunciar; había ya lavado los pies a sus discípulos... cuando, tomando el pan en sus santas y venerables manos y elevando los ojos al cielo, hacia Dios Padre Todopoderoso, dale gracias, y, sin añadiduras, sin explicaciones que restrinjan o cambien el sentido de las palabras, con aquel acento sencillo y fecundo que creó el universo, bendice el pan y lo da a sus discípulos, diciendo : TOMAD Y COMED, ESTE ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS. Después, cogiendo el cáliz, prorrumpe también en un hacimiento de gracias y se lo da, diciendo: BEBED TODOS, PORQUE ESTA ES MI SANGRE, LA SANGRE DEL NUEVO TESTAMENTO QUE SERÁ DERRAMADA POR MUCHOS PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN MEMORIA DE MÍ. La maravilla de las maravillas ha tenido ya su completa realización; ya se ha conferido el poder de los poderes. Según las palabras de Cristo, lo que está en sus manos no es ni la señal de su cuerpo, ni la virtud de su cuerpo, ni la figura de su cuerpo, ni el pan con el cuerpo: es (porque el pan no existe ya) el cuerpo del Salvador, el mismo cuerpo que será entregado. Este es mi cuerpo; esta es mi sangre: estas palabras son más claras que la luz del mediodía; es tal su evidencia, que aun los mismos impíos se ven obligados a confesarla. Lutero pretendió demoler todo el cristianismo, con la Biblia en la mano; pero un día el texto, hasta allí al parecer dócil, se hizo rebelde a todas las tergiversaciones del heresiarca, viéndose éste constreñido a pararse ante estas cuatro palabras: Este es mi cuerpo, declarando que le era imposible ir más allá. «Ojalá, dice, hubiera alguien tan hábil, capaz de persuadirme que en la Eucaristía no hay sino pan y vino. Este tal me haría un gran servicio. Muchos sudores me cuesta semejante cuestión; pero confieso que me siento encadenado y no veo medio alguno de salir de aquí. El texto del Evangelio es demasiado claro, textus Evangelii est nimis apertus!».

El texto del Evangelio es demasiado claro para la malicia del impío, mas no para la fidelidad de vuestros hijos, ¡oh Jesús mío! Bendito seáis por haber iluminado nuestra fe con tan deslumbradoras claridades. ¡Ah, es verdad! en vuestro Sacramento de amor, si sólo diéramos fe a nuestros ojos, a nuestro tacto, a nuestro gusto, nos descaminaríamos por las sendas del error, y exclamaríamos: Esto es pan. Pero al punto se nos presenta vuestra palabra, y en ella creemos sin subterfugios ni atenuaciones de ninguna clase. Creemos todo lo que habéis afirmado, aunque el misterio que Vos nos proponéis exceda infinitamente nuestra débil razón.

Visus, tactus, gustus in te fallitur, 
Sed auditu solo tuto creditur.
Credo quidquid dixit Dei Filius, 
Nil hoc verbo veritatis verius .

II

Bien puede decirse que, entre todos los dogmas, ninguno hay tan solemnemente afirmado por la Iglesia como el de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Hállolo escrito con gruesos y resplandecientes caracteres en su historia, en su organización, en sus prescripciones litúrgicas, en sus monumentos, en las obras de sus doctores.

La Iglesia ha creído siempre en la Presencia real: testigos los escritos de los apóstoles. Dóciles a las órdenes de su Maestro, enseñan el misterio del amor, consagran la Eucaristía, y diariamente comparten con los fieles los sagrados misterios, frangentes circa domos panem. San Pablo, en su primera Epístola a los Corintios, después de exponer la institución de la Eucaristía, recuerda a los cristianos de Corinto las disposiciones que exige la sagrada Comunión. Las consecuencias que saca serían inexplicables sin la Presencia real; al paso que este dogma autoriza y justifica todas sus palabras: Todo el que comiere el pan y bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. Pruébese (antes) el hombre a sí mismo y coma entonces de este pan y beba de este cáliz. El que lo comiere y bebiere indignamente, come y bebe su propia condenación, no discerniendo el cuerpo del Señor.

La Iglesia ha creído perpetuamente en la Presencia real: testigos son de ello los escritos de los santos doctores. No obstante la circunspección con que, en los primeros tiempos, revelábase a los iniciados el augusto Sacramento, para no exponerlo a las befas y profanaciones de los impíos, no traslució tan poco al exterior que los gentiles no tuvieran ocasión de echar en cara a los cristianos que, en sus reuniones nocturnas, comían la carne de un tierno niño. Tal como lo entendían los paganos, esto era una vil calumnia; pero en sí era una portentosa realidad. Por lo demás, en las obras de los santos Doctores encontramos mil veces consignada la fe eucarística, tal como nosotros la profesamos hoy en día. San Ignacio, sucesor de San Pedro en la sede de Antioquía, hablando de ciertos herejes de su tiempo, dice: «que se abstienen de la Eucaristía porque no quieren reconocer que es la carne de Jesucristo, Salvador nuestro: la misma carne que sufrió por nuestros pecados, y la que el Padre, en su bondad, ha resucitado». San Justino, que vivía a principios del siglo II, cuenta lo que pasaba en las asambleas de los cristianos; y después de decir que los diáconos distribuían el pan y el vino, añade: «Llamamos a este alimento Eucaristía; no le tomamos como un alimento y bebida común, porque así como creemos que el Salvador ha tomado carne y sangre para nuestra salud, así confesamos también que este alimento, sobre el cual han sido pronunciadas las palabras de Cristo, ha venido a ser la carne y la sangre del Verbo encarnado». San Ireneo, uno de los primeros predicadores de la fe en las Galias, también del siglo II, sírvese de este dogma para afirmar el de la resurrección de la carne: «.¿Cómo admitir que no resucitará nuestra carne, si ha sido alimentada con el cuerpo y la sangre del Salvador?».  ¿Quién no conoce las palabras de Tertuliano, que vivió en el siglo III? «Nuestra carne, dice, está alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo, a fin de que nuestra alma engorde de divinidad». «Puesto que el Verbo dice: ESTE ES MI CUERPO, — exclamaba en el siglo IV San Juan Crisóstomo, --- no hay lugar a dudas: ¡creamos! Son muchos los que dicen: ¡Cuánto me gustaría ver al Salvador revestido con el mismo cuerpo con que vivió sobre la tierra! Pues bien, yo os certifico que este mismo es cabalmente el que veis y tocáis, el que recibís en vuestro corazón, el mismo que coméis en el altar». Así hablan todos los Doctores; y sus afirmaciones son tan fuertes, tan decisivas, tan abrumadoras para el error, que los protestantes, para librarse de la importunidad de semejantes testimonios, han debido romper con ellos y aislarse en medio de los siglos, sin tradición, sin recuerdos, sin predecesores ni antepasados.

La Iglesia ha creído siempre en la Presencia real: buena prueba son de ello esos templos magníficos, monumentos imperecederos de la fe de los pasados siglos. ¿Quién ha edificado esas espléndidas iglesias, esas magníficas catedrales, esas basílicas gigantescas, maravillas del arte cristiano y que hoy todavía arrebatan nuestra admiración? La piedad de nuestros padres, que quisieron dar al Emmanuel la habitación más digna que les fuera posible.

La Iglesia ha creído siempre en la Presencia real: ¿qué mejor prueba que los ritos admirables de su liturgia? Todo, en ella, repite de la manera más expresiva que Jesús está verdaderamente presente en la divina Eucaristía; esto dice el tabernáculo decorado con las más ricas telas; esto la piedra del sacrificio, consagrada con tan numerosas bendiciones; esto los manteles del altar, alejados de los usos profanos mediante la virtud de santas y santificadoras plegarias; esto los vasos sagrados, hechos de materias preciosas y a los cuales no pueden llegar manos profanas; esto las luces que brillan durante la santa Misa; la lámpara simbólica del santuario, que vela continuamente a la puerta del tabernáculo; las numerosas genuflexiones que hace el sacerdote después de pronunciar sobre él pan y el vino la fórmula sacrosanta de la consagración; las palabras que repite el ministro sagrado cada vez que da la Comunión, a saber : «El cuerpo de nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna»; y esto dicen, además, el pueblo prosternado durante el tiempo en que se efectúan los grandes misterios de la ley nueva; la fiesta instituida por la Iglesia y llamada fiesta del Corpus Christi; las procesiones triunfales en las que pasea, a través de nuestras ciudades y aldeas, a su augusto Esposo; las reparaciones solemnes que prescribe cuando algún templo ha sido profanado; los gloriosos nombres que da a la Eucaristía: pan de los ángeles, pan de vida, pan vivo, Hostia sacrosanta, Santísimo Sacramento, Sacramento del altar, sagrado Viático; y esto, finalmente, ese santuario separado del resto de la Iglesia, en donde sólo pueden entrar los sacerdotes...

La Iglesia ha creído siempre en la Presencia real: ved si no los decretos solemnes mediante los cuales ha afirmado su fe. Diez siglos habían pasado ya desde la institución de este divino Sacramento. Todos los fieles cristianos, sin contradicciones ni repugnancias, adoraban a su Señor y Maestro, presente bajo las especies eucarísticas. Los mismos herejes no se atrevían con este dogma, por ser demasiado evidentes las palabras de la Escritura. El primero que atacó la verdad de la Presencia real fue Berengario, arcediano de Angers. «Toda la Iglesia se escandalizó por ello», dice Hugo, obispo de Langres: universam scandalizavit Ecclesiam. Nada menos que once Concilios aplicáronse a condenar dicho error, y, en expiación, introdújose aquel hermoso, rito que acompaña a la consagración, o sea: el de levantar el sacerdote, inmediatamente después de consagrados, la hostia y el cáliz de salud para presentarlos a la adoración del pueblo prosternado. En el siglo XVI, los pseudo-reformadores echáronse sobre la Eucaristía con nuevo furor. Pero la Iglesia, guardiana infalible de la verdad, haciendo eco, en el Concilio de Trento, a los de Nicea, Efeso, Roma, Viena, Constanza y Florencia, resumió la doctrina católica en estas solemnes palabras: «Si alguien negare que, en el Sacramento de la Eucaristía, están contenidos verdadera, real y substancialmente el cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con su alma y divinidad... si alguien pretendiere que en este Sacramento sólo se encuentra al Salvador como en un signo, en una figura o sólo por su virtud ¡sea anatema!».

Ciertamente, razón nos sobra para afirmar que «los testimonios del Señor son creíbles hasta el exceso», testimonia tua credibilia facta sunt nimis. Tratándose de la Eucaristía, ¡con qué gozo no pronuncia todo cristiano reflexivo aquella gran palabra, Credo! ¡Creo! Sí, creo en la Presencia real con una tradición no interrumpida de diez y nueve siglos. Creo con todos los verdaderos fieles, con todos los Santos, con genios como San Agustín, San Crisóstomo, San Bernardo, Santo Tomás, San Buenaventura, San Francisco de Sales, Bossuet, Fenelón. Creo con los hombres más grandes, más ilustres y más eminentes de toda la humanidad. Creo, porque, de tiempo en tiempo, Jesucristo se ha dignado levantar algún tanto el velo que le encubre bajo las especies sacramentales, manifestándose con brillantísimos milagros, tales como el de La Santa Capilla, que conmovió la capital francesa en tiempo de San Luis; el de Faverney en 1608; el de Bolsena (1264) en tiempo de Urbano IV, y el de Daroca en nuestra patria. Creo, porque, al llegarme a la sagrada mesa, noto una conmoción inefable por todo mi ser, un trabajo secreto, una regalada unión que, como a los discípulos de Emaús, me hace reconocer al Salvador en la fracción del pan, y porque siento algo en mí que me grita: ¡Soy Yo! ¡Ego sum!. Creo, porque la Iglesia, columna y sostén de la verdad y regla viva de mi fe, me lo enseña. Creo, porque Jesucristo ha hablado; y aunque mis sentidos no lleguen a penetrar con evidencia tan alto misterio, aunque mi razón se quede corta ante este abismo de grandeza, de poder y de amor, yo sé que Jesucristo no puede engañarme; sé que puede hacer más de lo que alcanzo a comprender; sé que la fe está por encima, mas no contra la razón; y sabiendo todo esto, exclamo con el Doctor angélico: «¡Oh Señor, bien que no puedo yo, como el apóstol Santo Tomás, contemplar vuestras llagas sagradas; sin embargo, afirmo y proclamo que sois mi Dios. Conjúroos, pues, me alcancéis que crea más y más en Vos, que en Vos espere y me adhiera a Vos con todo el ímpetu de mi corazón!».


Plagas sicut Thomas non intueor,
Deum tamen meum te confiteor.
¡Fac me tibi semper magis creciere,
In te spem habere, te diligere!


EL PARAÍSO EN LA TIERRA
O EL MISTERIO EUCARÍSTICO

por Cha. Rolland
Canónigo titular de Langres, 
Misionero Apostólico.

Obra honrada con la bendición de Su Santidad León XIII 
y con la aprobación de numerosos Prelados.


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Aun cuando la tierra toda renegara Cristo, es tal la fuerza persuasiva que encierra la dulzura inefable de una comunión, y tales lágrimas hace derramar, que esto solo me forzaría a abrazarme de nuevo con la cruz y desafiar a todo el mundo.

Federico Ozanam



miércoles, 14 de junio de 2017

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO



APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO 
SUEÑO 103.—AÑO DE 1876.
(M. B. Tomo XII. págs. 586-595) 

La noche del 22 de diciembre fue memorable en los anales del Oratorio. Se anticiparon un poco las oraciones de la noche. En la sala de visitas de los estudiantes se congregaron también los artesanos y todo el personal de la casa. El día antes, San Juan Bosco había prometido a todos contarles un sueño, pero ocupaciones urgentes le impidieron cumplir su promesa. Es, pues, de imaginar la expectación general. Subió a su cátedra, siendo recibido con entusiastas aplausos, como sucedía siempre que daba las buenas noches a toda la comunidad con aquella solemnidad. Apenas indicó que iba a comenzar a hablar se hizo un silencio profundo. 

La noche que pasé en Lanzo —comenzó diciendo— al llegar la hora del descanso mi imaginación se sintió completamente absorbida por el siguiente sueño. Se trata de un sueño que no tiene relación alguna con los demás. Les he contado ya uno bastante parecido a este durante los ejercicios espirituales, pero o porque no estabais presentes todos vosotros, o porque difiere bastante de aquél, he decidido contarles este. Hay en él cosas muy extrañas. Pero vosotros sabéis que a mis hijos yo siempre les hablo con el corazón abierto; para vosotros yo no tengo secretos. Hagan de él el caso que quieran, pero, como dice el apóstol San Pablo: quod bonum est tenete; si encuentran en este sueño algo que pueda servir de provecho para sus almas, no lo desperdicien. El que no quiera creer en él, que no crea, esto nada importa; pero que ninguno ponga en ridículo las cosas que les voy a decir. Les ruego una vez más que no cuenten lo que les voy a narrar a nadie que no sea de la casa y que mucho menos lo comuniquen por escrito fuera de aquí. A los sueños se les puede dar la importancia que los sueños se merecen y los que no conocen nuestras cosas íntimas, podrían pronunciar un juicio erróneo y dar a las cosas unos apelativos que no les corresponden. No sabéis que sois mis hijos y que yo os digo todo cuanto sé y a veces incluso lo que no sé. (Risas generales). Pero lo que un padre manifiesta a sus hijos para su bien, debe quedar entre padre e hijos y nada más. Y, además, por otra razón. Por lo común, si el sueño se cuenta a los de fuera, o se tergiversan los hechos o se expone lo que menos interesa y de esto se origina siempre algún daño y el mundo despreciaría lo que no debe ser despreciado. 

Es necesario sepáis que ordinariamente los sueños se tienen durmiendo. Ahora bien, la noche del seis de diciembre, mientras estaba en mi habitación sin saber positivamente si estaba leyendo o paseando por la misma, o si estaba en el lecho, comencé a soñar... 

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De pronto me pareció encontrarme sobre una pequeña prominencia de terreno, al borde de una inmensa llanura cuyos confines no se llegaban a alcanzar con la vista. Aquella planicie se perdía en la inmensidad; era azulada como el mar en plena calma, aunque lo que yo contemplaba no era agua precisamente. 

Parecía como un terso cristal luciente. Bajo mis pies, detrás de mí y a los lados, veía una región a la manera de una playa a orillas del océano. 

Anchos y enormes paseos dividían la llanura en bastísimos jardines de inenarrable belleza, todos repartidos en bosquecillos, prados y parterres de flores, de formas y colores variados. Ninguna de nuestras plantas puede darnos una idea de aquellas otras, aunque guardaban con ellas alguna semejanza. Las hierbas, las flores, los árboles, las frutas eran vistosísimas y de bellísimo aspecto. Las hojas eran de oro, los troncos y ramas de diamante y lo restante hacia juego con esta, riqueza. Imposible contar las diferentes especies, y cada especie y cada flor resplandecía con luz propia. En medio de aquellos jardines y en toda la extensión de la llanura contemplaba yo innumerables edificios de un orden, belleza y armonía, de tal magnificencia y de tan extraordinarias proporciones que para la construcción de uno solo de ellos parecía que no habrían bastado todos los tesoros de la tierra. Al contemplar aquello me decía yo a mí mismo: 

—Si mis jóvenes tuvieran una sola de estas casas, ¡oh, cómo gozarían!, ¡qué felices serían!, ¡con cuánto gusto vivirían en ellas! 

Y así pensaba con sólo ver aquellos palacios por fuera.  

¡Cuál no debería ser su magnificencia interior! 

Mientras contemplaba extasiado tan estupendas maravillas y el ornato de aquellos jardines, hirió mis oídos una música dulcísima y de tan grata armonía que no les podría dar una idea de ella. En su comparación, nada tienen que ver las de Cagliero y Dogliani. Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido distinto del otro, mientras todos los sonidos posibles difundían por el aire su sonoridad. A estos se les unían los coros de los cantores. 

Vi entonces una multitud de gentes dispersas por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría. Quién tocaba, quién cantaba. Cada voz, cada nota hacía el efecto de mil instrumentos reunidos, todos diversos entre sí. Al mismo tiempo se oían los diversos grados de la escala armónica, desde el más alto al más bajo que se puede imaginar, pero todos en perfecto acorde. ¡Ah! Para describir esta armonía no bastan las comparaciones humanas. 

En el rostro de aquellos felices moradores del jardín se veía que los cantores no sólo experimentaban extraordinario placer en cantar, sino que al mismo tiempo sentían un inmenso gozo al oír cantar a los demás. Y cuanto más cantaba uno, más se le encendía el deseo de cantar, cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar. Su canto era éste: 

Salus, honor, gloria Deo Patri Omnipotentil... Auctor saeculi, qui erat, qui est, qui venturus est judicare vivos et mortuos in saecula saeculorum. 

Mientras escuchaba atónito estas celestes armonías vi aparecer una multitud de jóvenes, muchos de los cuales habían estado en el Oratorio y en algunos otros colegios; a muchos, por consiguiente, los conocía, aunque la mayor parte me era desconocida. Aquella muchedumbre incontable se dirigía hacia mí. A su cabeza venía Domingo Savio, y detrás de él Don Alasonatti, Don Chiala, Don Giulitto y muchos, muchos otros sacerdotes y clérigos, cada uno de ellos al frente de una sección de niños. Entonces me pregunté a mí mismo: —¿Duermo o estoy despierto? 

Y daba palmadas y me tocaba el pecho para cerciorarme de que era realidad cuanto veía. 

Al llegar toda aquella turba delante de mí, se detuvo a una distancia de unos ocho o diez pasos. Entonces brilló un relámpago de luz más viva, cesó la música y siguió un profundo silencio. Aquellos jóvenes estaban inundados de una grandísima alegría que se reflejaba en sus ojos y sus rostros eran como un trasunto de la paz interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio. 


Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas casi tocaban a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza tal de colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Le pendía del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza, Domingo Savio, una corona de rosas; le caía sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador, que parecía... parecía ¡un ángel! 

No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quién de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo Savio. 

Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: 

—¿Qué significa esto?... ¿Cómo he venido a parar a este sitio? 

Y no sabía explicarme dónde me encontraba. 

Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos. 

Finalmente, Domingo Savio despegó los labios para decir: — ¿Por qué estás aquí mudo y como anonadado? ¿No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba? ¿Que arrostraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? ¿Dónde está tu valor? ¿Por qué no hablas? 

Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras: 

—Yo no sé qué decir... Pero, ¿no eres tú Domingo Savio? 

—Sí, lo soy, ¿ya no me reconoces? 

—¿Y cómo te encuentras aquí?—, añadí confuso. 

Domingo Savio entonces, afectuosamente me dijo: 

—He venido para hablar contigo. ¡Cuántas veces hemos conversado juntos en la tierra! ¿No recuerdas cuánto me amabas, cuántas pruebas de estima y de afecto me diste? ¿Y yo no correspondí acaso a tus desvelos? ¡Qué grande confianza puse en ti! ¿Por qué, pues, temes? ¡Ea! Pregúntame algo. 

Entonces, cobrando un poco de ánimo, le dije: 

—Es que... no sé dónde me encuentro, por eso estoy temblando. 

—Estás en una mansión de felicidad— me respondió Domingo Savio—, en donde se gozan todas las dichas, todas las delicias. —¿Es este, pues, el premio de los justos? —No, por cierto. Aquí no se gozan los bienes eternos, sino sólo, aunque en grado sumo, los temporales. 

—Entonces, ¿todas éstas son cosas naturales? —Sí; aunque embellecidas por el poder de Dios. —¡Y a mi que me parecía que esto era el Paraíso!—, exclamé. —¡No, no, no!, —repuso Domingo Savio—. No hay ojo mortal que pueda ver las bellezas eternas. 

—¿Y estas músicas —seguí preguntando— son las armonías de que gozáis en el Paraíso? 

—¡No, no, ya te he dicho que no! —¿Son armonías naturales? 

—Sí, son sonidos naturales perfeccionados por la omnipotencia de Dios. 

—Y esta luz que sobrepuja a la luz del sol ¿es luz sobrenatural? ¿Es luz del Paraíso? 

—Es luz natural aunque reavivada y perfeccionada por la omnipotencia divina. 

—¿Y no se podría ver un poco de luz sobrenatural? 

— Nadie puede gozar de ella hasta que no llegue a ver a Dios sicut est. El más ínfimo rayo de esa luz quitaría al instante la vida a un hombre, porque no hay fuerzas humanas que la puedan resistir. —¿No puede haber una luz natural más hermosa que esta? —¡Si supieras! Si vieras solamente un rayo de sol, llevado a un grado superior a este, quedarías fuera de ti. 

—¿Y no se puede ver al menos una partícula de esa luz que dices? 

—Sí que se puede ver y tendrás la prueba de lo que digo. Abre los ojos. 

—Ya los tengo abierto— contesté. 

—Pues fíjate bien y mira allá al fondo de ese mar de cristal. Tendí la vista y al mismo tiempo apareció de improviso, en el cielo y a una distancia inmensa, una fugaz centella de luz, sutilísima como un hilo, pero tan brillante, tan penetrante que di un grito que despertó a Don Lemoyne, aquí presente, que dormía en una habitación próxima a la mía. Aquel destello de luz era cien millones de veces más clara que la del sol y su fulgor bastaría para iluminar el universo entero. 

Un instante después abrí los ojos y pregunté a Domingo Savio: 

—¿Qué es esto? ¿Tal vez un rayo divino? Domingo Savio contestó: 

—No es luz sobrenatural, si bien, comparada con la terrestre, le supera mucho en fulgor. No es más que la luz natural elevada a un mayor esplendor por la omnipotencia divina. Y aunque imaginaras una inmensa zona de luz semejante a la centellita que acabas de ver al fondo de esta llanura, rodeando todo el universo, no por eso llegarías a formarte una idea de los esplendores del Paraíso. 

—Y Vosotros, ¿qué gozáis en el Paraíso? 

—¡Ah! Es imposible el querértelo explicar; lo que se goza en el Paraíso no hay mortal alguno que pueda saberlo mientras no abandone esta vida y se reúna con su Creador. Lo único que se puede decir es que se goza de Dios; y esto es todo. 

Entretanto, recobrado ya plenamente de mi primer aturdimiento, contemplaba absorto la hermosura de Domingo Savio cuando le pregunté en el tono de la mayor confianza: 

—¿Por qué llevas ese vestido tan blanco y reluciente? 

Calló Domingo, sin dar muestras de querer contestar a mi pregunta y el coro comenzó a cantar armoniosamente acompañado de todos los instrumentos: 

Ipsi habuerunt lumbos praecinctos et dealbaverunt stolas suas in sanguine Agni. 

Cuando cesó el canto volví a preguntar: 

—¿Y por qué llevas a la cintura esa faja de color rojo? Tampoco esta vez quiso Domingo Savio responder a mi pregunta y mientras hacía un gesto como de rehusar la contestación, Don Alasonatti cantó solo: 

—Vírgenes enim sunt, et sequuntur Agnum, quocumque fuerit. 

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal. 

Yo, entretanto, atraído por aquellos cantos y al contemplar todas aquellas falanges de jóvenes celestiales que seguían a Domingo Savio, pregunté a éste: 

—¿Y quiénes son ésos que te siguen? 

Y dirigiéndome a ellos les dije:

—¿Cómo es que tienen ese aspecto tan refulgente? 

Domingo Savio continuó callado mientras todos aquellos jóvenes comenzaron a cantar: 

—Hi sunt sicut Angelí Dei in coelo. 

Por mi parte me di cuenta de que Domingo gozaba de cierta preeminencia entre los demás, que se mantenían a respetuosa distancia detrás de él, como a unos diez pasos; por eso le dije: 

—Dime, Domingo, siendo tú el más joven de los que veo aquí y de los que han muerto en nuestras casas, ¿por qué vas delante de ellos y les precedes? ¿Por qué eres tú quien hablas, mientras ellos callan? 

—Yo soy el más viejo de todos—me contestó. 

—No—le repliqué—, muchos te aventajan en edad. 

—Yo soy el más antiguo del Oratorio—replicó Domingo—porque he sido el primero en dejar el mundo para ir a la otra vida. Además: Legatione Dei fungor. 
Esta respuesta me indicaba el motivo de la visión. Domingo Savio hacía las veces del embajador de Dios. 

—Entonces —le dije— hablemos de lo que en este instante más me importa. 

—Sí y pregúntame pronto lo que deseas saber. Las horas pasan y se podría acabar el tiempo que se me ha concedido para hablarte y después no me verías más. 

—Según parece ¿tienes algún asunto de importancia que comunicarme? 

—¿Qué puedo decirte yo, mísera criatura?, —dijo humildemente Domingo Savio—. He recibido de lo alto la misión de hablarte y por eso he venido. 

—Entonces —exclamé— háblame del pasado, del presente y del porvenir de nuestro Oratorio. Háblame de mis queridos hijos, háblame de mi Congregación. 

—Respecto a ésta tendría muchas que comunicarte, 

—Cuéntame, pues, lo que sabes: el pasado... 

—El pasado recae todo sobré ti. 

—¿He cometido alguna falta? 

—En cuanto al pasado te he de decir que tu Congregación ha hecho ya mucho bien. ¿Ves allá abajo aquel número incontable de jóvenes? 

—Sí que los veo. ¡Cuántos son! ¡Qué felicidad se refleja! en sus rostros! 

—Observa lo que está escrito a la entrada del jardín. 

—Ya lo veo. Dice: «Jardín Salesiano». 

—Pues bien—prosiguió Domingo—; todos ésos han sido Salesianos o fueron educados por ti o han sido salvados por ti, o por tus sacerdotes o clérigos o por otros que encaminaste por la vía de la vocación. Cuéntalos si puedes. Su número, empero, sería cien millones de veces mayor si mayor hubiera sido tu fe y confianza en el Señor. 

Lancé un suspiro, sin saber qué responder al escuchar semejante reproche; sin embargo, me dije para mis adentros: En lo sucesivo procuraré tener más fe y más confianza en la Providencia. Después añadí: 

—¿Y el presente, qué me dices del presente? 

Domingo Savio me presentó un magnífico ramillete que tenía en la mano. Había en él rosas, violetas, girasoles, gencianas, lirios, siemprevivas, y entre las flores, espigas de trigo. Me lo ofreció diciéndome: 

—¡Mira! 

—Ya veo, pero no entiendo lo que me quieres decir. 

—Entrega este ramillete a tus hijos, para que puedan ofrecérselo al Señor cuando llegue el momento; procura que todos lo tengan, que a ninguno le falte ni se lo deje arrebatar. Ten la seguridad de que si lo conservan, esto será suficiente para que se sientan felices. 

—Pero ¿qué significa este ramillete de flores? 

—Consulta la Teología; ella te lo dirá y te dará la explicación.

—La Teología la he estudiado, pero no sabría encontrar en ella el significado del ramo que me ofreces. 

—Pues estás obligado a saber todo esto. 

—Vamos; calma mi ansiedad; explícamelo. 

—¿Ves estas flores? Representan las virtudes que más agradan al Señor. 

—¿Y cuáles son? 

—La rosa es símbolo de la caridad; la violeta, de la humildad; el girasol, de la obediencia; la genciana, de la penitencia y de la mortificación; las espigas, de la Comunión frecuente; el lirio simboliza la bella virtud de la cual está escrito: Erunt sicut Angelí Dei in cáelo: la castidad. La siempreviva quiere indicar que estas virtudes han de ser perennes, simbolizando la perseverancia. 

Bien, Domingo, tú que durante tu vida practicaste todas estas virtudes, dime: ¿qué fue lo que más te consoló a la hora de la muerte? 

—¿Qué crees tú que pudo ser?:—, contestó Domingo Savio. 

—¿Fue tal vez el haber conservado la bella virtud de la pureza? 

—No, eso solo, no. 

—¿Quizás la tranquilidad de conciencia? 

—Cosa buena es esa, pero no la mejor. 

—¿Acaso fue la esperanza del Paraíso? 

—Tampoco. 

—Pues ¿qué entonces? ¿El haber hecho muchas buenas obras? 

—¡No,no! 

—¿Cuál fue, pues, tu mayor consuelo en aquella última hora?—, le insistí confuso y suplicante, al ver que no lograba adivinarlo. 

—Lo que más me confortó en el trance de la muerte fue la asistencia de la potente y bondadosa Madre de Dios. Dilo a tus hijos; que no se olviden de invocarla en todos los momentos de la vida. Pero... habla pronto, si quieres que te responda. 

—En cuanto al porvenir, ¿qué me dices? 

—Que el año venidero de 1877 tendrás que sufrir un gran dolor, seis hijos de los que te son más queridos serán llamados por Dios a la eternidad. Pero consuélate, pues han de ser trasplantados del erial de este mundo a los jardines del Paraíso. No temas: serán coronados. El Señor te ayudará y te mandará otros hijos igualmente buenos. 

—¡Paciencia!, —exclamé—. ¿Y por lo que se refiere a la Congregación? 

—Por lo que respecta a la Congregación has de saber que Dios le prepara grandes acontecimientos. El año venidero surgirá para ella una aurora de gloria tan espléndida que iluminará cual relámpago los cuatro ángulos del orbe, de Oriente al Ocaso y del Mediodía al Septentrión: una gran gloria le está reservada. Tú debes procurar que el carro en el que va el Señor no sea por los tuyos apartado de sus directrices ni de su sendero. Si tus sacerdotes lo conducen bien y saben hacerse dignos de la alta misión que se les ha confiado, el porvenir será espléndido e infinitas las personas que se salvarán, a condición empero de que tus hijos sean devotos de la Santísima Virgen y conserven la virtud de la castidad, que tan grata es a los ojos de Dios, cuantos viven en tu casa. 

—Ahora desearía que me dijeses algo sobre la Iglesia en general. 

—Los destinos de la Iglesia están en manos del Creador. Lo que ha determinado en sus infinitos decretos, no lo puedo revelar. Tales arcanos se los reserva El exclusivamente para sí y de ellos no participa ninguno de los espíritus creados. 

—¿Y Pío IX? 

—Lo único que puedo decirte es que el Pastor de la Iglesia tendrá que sostener aún duras batallas sobre esta tierra. Pocas son las que le quedan por vencer. Dentro de poco será arrebatado de su trono y el Señor le dará la merecida merced. Lo demás ya es sabido de todos: la Iglesia no puede perecer... ¿Tienes aún algo más que preguntar? 

—Y de mí, ¿qué me dices de mí? 

—¡Oh, si supieras por cuántas vicisitudes tendrás todavía que pasar! Pero date prisa, pues apenas me queda tiempo para hablar contigo—. Entonces extendí anhelante las manos para tocar a aquel mi querido hijo, pero sus manos parecían inmateriales y nada pude asir. 

—¿Qué haces, loquillo?—, me dijo Domingo sonriendo. —Es que temo que te vayas —exclamé—. ¿No estás aquí con el cuerpo? 

—Con el cuerpo no; lo recobraré un día. —¿Y qué es, pues, este tu parecido? Yo veo en ti la fisonomía de Domingo Savio. —

Mira: cuando por permisión divina se les aparece algún alma separada del cuerpo, presenta a su vista la forma exterior del cuerpo al que en vida estuvo unido con todos sus rasgos exteriores, si bien grandemente embellecidos y así los conserva mientras con él no vuelva a reunirse en el día del juicio universal. Entonces se lo llevara consigo al Paraíso. Por eso te parece que tengo manos, pies y cabeza; en cambio no puedes tocarme porque soy espíritu puro. Esta es sólo una forma externa por la que me puedes conocer. 

Comprendo —contesté—; pero escucha. Una palabra más. ¿Mis jóvenes están todos en el recto camino de la salvación? Dime alguna cosa para que pueda dirigirlos con acierto.

—Los hijos que la Divina Providencia te ha confiado pueden dividirse en tres clases. ¿Ves estas tres listas? Y me entregó una. —¡Examínala! 

Observé la primera; estaba encabezada por la palabra: Invulnerati y contenía los nombres de aquellos a quienes el demonio no había podido herir: los que no habían mancillado su inocencia con culpa alguna. Eran muchos y los vi a todos. A muchos de ellos los conocía, a otros no los había visto nunca y seguramente vendrán al Oratorio en años sucesivos. Marchaban rectamente por un estrecho sendero, a pesar de que eran el blanco de las flechas, sablazos y lanzadas que por todas partes les llovían. Dichas armas formaban como un seto a ambos lados del camino y los hostigaban y molestaban sin herirlos. Entonces Domingo me dio la segunda lista, cuyo título era: Vulnerati, esto es, los que habían estado en desgracia de Dios; pero una vez puestos en pie, ya se habían curado de sus heridas arrepintiéndose y confesándose. Eran más numerosos que los primeros y habían sido heridos en el sendero de su vida por los enemigos que le asediaban durante el viaje. Leí la lista y los vi a todos. Muchos marchaban encorvados y desalentados. 

Domingo tenía aun en la mano la tercera lista. Era su epígrafe. Lassati in via iniquitatis y contenía los nombres de los que estaban en desgracia de Dios. Estaba yo impaciente por conocer aquel secreto; por lo que extendí la mano, pero Domingo me interrumpió con presteza: 

—No; aguarda un momento y escucha. Si abres esta hoja saldrá dé ella un hedor tal, que ni tú ni yo lo podríamos resistir. Los ángeles tienen que retirarse asqueados y horrorizados, y el mismo Espíritu Santo siente náuseas ante la horrible hediondez del pecado. 

—¿Y cómo puede ser eso —le interrumpí— siendo Dios y los ángeles impasibles? ¿Cómo pueden sentir el hedor de la materia? 

—Sí; porque cuanto mejores y más puras son las criaturas, tanto más se asemejan a los espíritus celestiales; y por el contrario, cuanto peor y más deshonesto y soez es uno, tanto más se aleja de Dios y de sus Ángeles, quienes a su vez se apartan del pecador convertido en objeto de náusea y de repulsión. 

Entonces me dio la tercera lista. 

—Tómala —me dijo—, ábrela y aprovéchate de ella en bien de tus hijos; pero no te olvides del ramillete que te he dado: que todos los tengan y conserven. 

Dicho esto y después de entregarme la lista, retiróse en medio de sus compañeros como en actitud de marcha. 

Abrí entonces la lista; no vi nombre alguno, pero al instante se me presentaron de golpe todos los individuos en ella escritos, como si en realidad estuviera contemplando sus personas. ¡Con cuánta amargura los observé! A la mayor parte de ellos los conocía; pertenecen al Oratorio y a otros Colegios. ¡Cuántos de ellos parecen buenos, e incluso los mejores de entre los compañeros, y, sin embargo, no lo son! Mas apenas abrí la lista, esparcióse en derredor de mí un hedor tan insoportable, que al punto me vi aquejado de acerbísimos dolores de cabeza y de unas ansias tales de vomitar que creía morirme. 

Entretanto oscurecióse el aire; desapareció la visión y nada más vi de tan hermoso espectáculo; al mismo tiempo un rayo iluminó la estancia y un trueno retumbó en el espacio, tan fuerte y terrible que me desperté sobresaltado. 

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Aquel hedor penetró en las paredes, infiltrándose en mis vestidos, de tal forma que muchos días después aún parecía percibir aquella pestilencia. Ahora mismo, con sólo recordarlo, me vienen náuseas, me siento como ahogado y se me revuelve el estómago. 

En Lanzo, donde me encontraba, comencé a preguntar a unos y a otros; hablé con varios y pude cerciorarme de que el sueño no me había engañado. 

Es, pues, una gracia del Señor, que me ha dado a conocer el estado del alma de cada uno de vosotros; pero de esto me guardaré de decir nada en público. Ahora no me queda más que augurarles buenas noches. 

El ver en el sueño —continúa Don Lemoyne— que eran considerados como malos ciertos jóvenes que pasaban en la casa por los mejores, hizo sospechar a Juan Don Bosco que se trataba de una ilusión. He aquí el motivo por el cual había llamado precedentemente a algunos ad audiendum verbum: quería asegurarse bien sobre la naturaleza del sueño. Por el mismo motivo retrasó en quince días su relato. Cuando tuvo la seguridad de que la cosa procedía de lo alto, habló. El tiempo vendría a confirmar la realidad de otras muchas cosas que vio en el mismo y que llegaron a cumplirse. 

La primera predicción, la más importante, se refería al número de sus queridos hijos que morirían en 1877, divididos en dos grupos: seis más dos. En la actualidad los registros del Oratorio ofrecen la cruz, señal tradicional de defunción junto a los nombres de seis jóvenes y de dos clérigos. Estaba al frente de la comisaría de seguridad pública en el distrito Dora un señor que tenía algunos conocidos en el Oratorio. Este tal oyó el sueño y le impresionó el vaticinio de las ocho muertes. Estuvo atento todo el 1877, para comprobar la realidad del mismo. Al enterarse del último caso de muerte, que tuvo lugar precisamente el último día del año dijo adiós al mundo, se hizo salesiano y trabajó mucho no sólo en Italia, sino también en América. Fue Don Ángel Piccono de imperecedera memoria. 

La segunda predicción anunciaba una aurora esplendorosa para la Sociedad Salesiana en 1877, que iluminaría los cuatro ángulos del mundo; en efecto, aquel año apareció en el horizonte de la Iglesia la Asociación de los Cooperadores Salesianos y comenzó a publicarse el Boletín Salesiano, dos instituciones que debían llevar de un extremo a otro de la tierra el conocimiento y la práctica del espíritu de San Juan Don Bosco. 

La tercera predicción se refería al fin próximo del Papa Pío IX, que, en efecto, murió catorce meses después del sueño. 

La última predicción fue muy amarga para el siervo de Dios: "¡Oh, si supieses cuántas dificultades tienes aún que vencer!" 

Y en efecto, en el resto de su vida, que duró aún once años y dos meses, luchas y fatigas y sacrificios se sucedieron sin tregua hasta el fin de su existencia.


Los Sueños de San Juan Bosco