lunes, 14 de diciembre de 2009

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (I)

La pasión de Jesucristo y la divina gracia.
-La Presencia de Dios.-La Fe y la Esperanza.

I
La Pasión de Jesucristo es la puerta real que da entrada a los místicos y deliciosos pastos del alma. El que se alimenta de este divino manjar, es decir, del piadoso recuerdo de la Pasión y muerte del divino Salvador, disfrutará siempre de perfecta salud espiritual; jamás perderá la gracia santificante.

II
El medio más eficaz para conservar la gracia y convertir a los pecadores, aun los más empedernidos, es la consideración de la Pasión y muerte de Jesucristo.
Los hombres en su mayor parte están encenagados en los más horrorosos vicios y dormidos en el fango de la iniquidad, porque viven olvidados de cuanto ha hecho y padecido nuestro amabilísimo Jesús para salvarnos.

III
Haced todos los días un cuarto de hora de oración sobre la Pasión del Redentor antes de salir de vuestro cuarto, y veréis que todo os irá bien durante el día, y viviréis alejados del pecado. ¿Cómo es posible, en efecto, ofender á un Dios azotado, coronado de espinas y crucificado por nuestro amor? ¿Cómo será posible que meditando atentamente todos los días estas verdaderas de fe, se pueda ofender, ultrajar, despreciar á Dios? Esto es imposible.

IV
He convertido por la predicación de la Santísima Pasión de mi dulce Jesús a los pecadores más obstinados, de tal manera que, cuando he vuelto a confesarlos, no he encontrado en ellos materia de absolución; tanto habían cambiado. Y esto porque habían sido fieles al consejo que les había dado de meditar todos los días sobre algún paso de la Pasión de Jesucristo. Haced vos lo propio, y no pecaréis, y si estuviereis en pecado, os convertiréis sin dilación.

V
Tened un santo temor filial para con Dios que nos ha criado y rescatado con su preciosísima Sangre. No olvidéis que, cuanto más un hijo ama á su padre, más teme ofenderle y disgustarle. Este santo temor será un freno que os impedirá caer en el pecado.

VI
Para conservar en vuestra alma la divina gracia, tened un recuerdo continuo de las agonías de nuestro Amor crucificado; y sabed que los más grandes Santos, que ahora triunfan en el Cielo, no han evitado el pecado y llegado á la perfección, sino por este camino.

VII
El recuerdo continuo de la presencia de Dios aleja el pecado y engendra en el alma un estado divino. ¿Cómo es posible pensar en Dios y no amarle?
Os recomiendo el ejercicio de la presencia de Dios, no por un estudio seco y estéril, sino de una manera afectuosa, pacífica y tranquila. Esta práctica es un medio poderoso para conservar la divina amistad y establecer más y más entre Él y vuestra alma una santa unión de caridad…
Marchad delante de mí, dice el Señor, y seréis perfecto.

VIII
Que todo os recuerde la presencia de Dios. Por el pensamiento habitual de este piadoso ejercicio, se hace oración veinticuatro horas al día.
Cuando vais al campo y veis las flores, preguntad a una de ellas: “¿Quién eres tú?” Sin duda no os responderá: “Yo soy una flor no: pero sí os dirá: “Ego vox. Yo soy una voz, un predicador; predico el poder, la sabiduría, la bondad, la belleza de nuestro gran Dios. Figuraos que os da esta respuesta, y dejad a vuestro corazón penetrarse, embeberse todo entero.

IX
Conducíos por la fe. El verdadero camino de la santidad es el camino de la fe; el que marcha en la pura fe vive en un total abandono en las manos de Dios, como un niño en el seno de su madre. ¡OH, qué dulzura gusta mi corazón en su certidumbre! No puedo menos de exclamar con San Juan de la Cruz: “OH noche, noche oscura, noche más amable que el alba de la mañana, noche que tienes el poder de unir al Bien amado el alma amante, y trasformarla en Él”.

X
¡OH, qué noble ejercicio anonadarse delante de Dios en la fe pura, sumergir nuestra nada en la Verdad Suprema, que es Dios, y perderse en este abismo inmenso é infinito de caridad! El alma amante que nada en este océano de fe y de caridad se halla penetrada de este amor infinito; é identificándose con Jesucristo, se trasforma en Él por amor, y se apropia los dolores del Bien amado.

XI
Busquemos siempre á Dios por la fe en el interior de nuestra alma Ved a un niño que descansa en el seno de su madre. ¡Cuán contento está! Y bien: como los niños descansemos en el seno paternal de nuestro Dios por la fe, así gozaremos de sus divinas comunicaciones, y estaremos plenamente satisfechos.
Ved también una bola de algodón muy fino, sobre la cual se deja caer una gota de bálsamo oloroso. El bálsamo se extiende y la perfuma toda. Así, una aspiración hacia Dios de un corazón que vive de fe, embalsama nuestra alma del divino espíritu, y hace que ella exhale un dulce y suave perfume en la presencia del Señor.

XII
La lengua del amor es un fuego que abrasa, consume y reduce á ceniza á su victima; después, el soplo ardiente del Espíritu Santo levanta esta ceniza tan vil de nuestro corazón, y va á perderse en el abismo de la Divinidad. ¡Dichosa pérdida”!; ¡dichosa el alma que así se pierde en el amor infinito! Ella se encontrará admirablemente. Todo esto se hace en la fe pura y sencilla.

XIII
Hay muchos cristianos que tienen devoción en visitar los santos Lugares y los grandes santuarios. Yo no repruebo esta devoción; pero digo, y la fe nos lo enseña, que nuestra alma es un gran santuario, pues es el templo de Dios vivo, en donde habita la Santísima Trinidad. Entremos á menudo en este templo, y adoremos con espíritu y verdad a la augusta Trinidad. He aquí, ciertamente, una devoción sublime y muy provechosa.

XIV
El reino de Dios está dentro de vosotros. Reanimad vuestra fe cuando estudiáis, trabajáis, coméis, os acostáis, os levantáis, y repetid con frecuencia: “¡OH Bondad infinita! ¡OH mi dulce Jesús! ¡OH, quién nunca os hubiera ofendido! ¡OH mi Soberano Bien! Herid, herid mi corazón con vuestro santo amor, ¡OH amor mío! Más bien morir mil y mil veces que pecar.
Dejad a vuestra alma penetrarse de estas inflamadas aspiraciones, como de un precioso bálsamo.

XV
Nuestro gran Dios que se ha hecho hombre y que ha sufrido tanto por nuestro amor, está más cerca de nosotros que lo estamos nosotros mismos. Yo no puedo comprender como sea posible no pensar siempre en Dios. Esas manos, esos brazos, esos nervios son vuestros, ¿no es verdad? Sí, sin duda. Pues bien: más cierto es que Dios habita en vos, que no que ese brazo es vuestro. Que Dios habita en vos, la fe, que es infalible, nos lo enseña; pero que ese brazo sea vuestro, eso puede ser falso: el sentido del tacto puede engañarnos.

XVI
El justo vive de la fe. Vos sois el templo de Dios vivo. Estaos en vuestra celda. Vuestra celda es vuestro corazón, y vuestra alma templo del Dios vivo, donde habita por la fe. Visitad a menudo el Santuario interior de vuestro corazón; ved si arden las lámparas, es decir, la fe, la esperanza y la caridad.

XVII
La esperanza dilata el corazón, aumenta el valor y nos entrega amorosamente en las manos de Dios. Fundad vuestra esperanza sobre la infinita misericordia de Dios y los méritos de nuestro amabilísimo Redentor; decid a menudo mirando al Crucifijo; “Aquí están todas mis esperanzas… Estoy lleno de miserias, y sin embargo, espero salvarme…, sí, yo espero ir al Paraíso.

XVIII
¿Quién podrá creer que una madre que tiene a su niño entre los brazos en lo alto de una torre o en la cima de un precipicio, le deje caer? Así, yo no puedo persuadirme de que Dios me deje caer en los abismos del infierno. He aquí porqué descanso con perfecto abandono en el seno de la divina Bondad; mucho más tranquilo que el niño en los brazos de su madre.

XIX
¿Por qué desconfiáis de vuestra eterna salvación?; ¿no sabéis cuán bueno es Dios? ¡Ah! Si nuestra salvación eterna estuviera solamente en nuestras manos, motivos tendríamos para temer; mas, estando en las de nuestro Padre celestial, ¿de qué tememos? Mis esperanzas reposan en la Pasión de Jesucristo y en los Dolores de mi dulce madre María.

XX
Que todas nuestras esperanzas descansen en la infinita Bondad de Dios. No pongamos nuestra confianza sino en su paternal Bondad. Esperemos salvarnos por el poder de Dios, por la Pasión y muerte de Jesucristo y por la intercesión de la Madre de los Dolores.

XXI
Desechad de vuestro corazón todo temor vano, y tened confianza en aquel Jesús que ha purificado y hermoseado vuestra alma en el baño saludable de su preciosísima sangre. Hagamos el bien, y después abandonémonos en los brazos de la Divina Providencia. Dios es nuestro Padre.

XXII
Cuando experimentareis algún sobresalto o alguna desconfianza en orden a vuestra salvación a la consideración de vuestros pecados, elevad vuestro espíritu hacia Dios, y creed que por graves, enormes y multiplicados que sean, comparados con la bondad y misericordia de Dios y los méritos de la Pasión de nuestro Salvador, son menos que una hebra de cáñamo que se arroja a un mar de fuego.

XXIII
Figuraos que todo ese horizonte que descrubris desde la cima de una elevada montaña hasta el mar, tan lejos como podéis ver, es un inmenso horno. Si se echa en él una hebra de cáñamo será inmediatamente consumida por ese vasto incendio, y desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos, ¡Y bien! Nuestro Dios es un horno inmenso de caridad: Deus noster ignis consumens est: y todos nuestros defectos y pecados son menos que un hilo de cáñamo en comparación de su bondad.

XXIV
Si tenéis la desgracia de caer en algún pecado, humillaos delante del Señor profunda y sinceramente arrepentido; luego, por un acto de grande confianza, arrojad vuestro pecado en el inmenso océano de su inagotable bondad, y cuando sea sumergido, es decir, borrado de vuestra alma, toda desconfianza desaparecerá.

XXV
El que se levanta después de sus caídas con gran confianza en Dios y una profunda humildad de corazón, se hará en las manos del mismo Dios un instrumento propio para grandes cosas.

XXVI
No desconfiéis nunca del divino socorro: haríais una grande injuria al Padre de las misericordias. Tened valor, y creed que Dios no os abandonará y os dará lo necesario.

XXVII
¿Qué padre, teniendo un hijo amado en sus brazos, le deja caer en tierra, y le arroja lejos de sí? Mas, aun cuando hubiese un padre tan bárbaro y desnaturalizado, jamás Dios lo hará así con nosotros. Desconfiad, sí, de vos, más tened una grande y filial confianza en Jesucristo, en María Santísima, en los Ángeles y en los Santos.

XXVIII
Clavad los ojos en la Cruz de Jesucristo para reanimar vuestra confianza. Contemplad con amor y compasión Aquella sangre preciosa, aquellas llagas, aquellas heridas profundas y aquellos brazos omnipotentes que fabricaron el cielo y la tierra, y sabed que aun están abiertos para abrazar a los pecadores arrepentidos, que acuden humildemente a su misericordia infinita.

XXX
Cuando nos parece que todo está perdido, entonces debe ser mayor nuestra confianza. Todo está contra nosotros… me alegro mucho… Dios nos será tanto más favorable… Abandonémonos en el Señor, y descansemos con confianza en su amoroso seno.

XXXI
¡OH mi buen Jesús! Sí, yo espero en Vos, y aunque pecador, espero ir a poseeros en el Cielo, y daros en el último y supremo instante de mi vida mortal un ósculo santo, y estar con Vos por los siglos de los siglos, para cantar eternamente vuestras divinas é inagotables misericordias.

San Pablo de la Cruz

(Continuará)