sábado, 23 de octubre de 2010

MILAGRO EUCARÍSTICO - SAN ANTONIO Y LA MULA

Relato historico que habla de la PRESENCIA REAL de Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Hostia.

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (X)

La Pasión de Jesucristo y la Santa Humildad

I
La santa humildad es el fundamento de todas las virtudes. El que se humillare será ensalzado, mas aquel que se levantare será humillado. Dios no revela sus sublimes secretos, sino a los pequeños y humildes de corazón.

II
Un pequeño grano de orgullo basta para echar a tierra la más alta y encumbrada santidad; penetraos bien del conocimiento de vuestras miserias y pecados y permaneced en vuestra nada…
Cuanto más nos humilláremos, tanto más Dios nos levantará y nos absorberá en la inmensidad de su Ser infinito.

III
Permaneced siempre en el anonadamiento y el desprecio de vos mismo, y que vuestro más grande deseo sea que todos os miren como a objeto digno de desprecio y de ninguna consideración.
Cuando Dios os concede sus favores, tenedlos muy ocultos, según el consejo del Apóstol: Secretum meum mihi, y buscad todas las ocasiones de humillaros.

IV
Haced siempre una buena y justa partición de cuanto veis en vosotros o pensáis tener; guardad lo que es vuestro, la profunda y horrorosa nada, capaz de hacer todo el mal posible; dad a Dios lo que es suyo y le pertenece, es decir, todo el bien que poseéis y que podéis hacer.
La humildad y el desprecio de sí mismo hacen evitar muchos males y ponen en precipitada fuga a los demonios.

V
Es absolutamente necesario temer mucho y arrojar de sí la horrible e infernal bestia del amor propio; es una serpiente de siete cabezas que se insinúa por todas partes. ¡Oh, cuántos males ha causado a una infinidad de almas! ¡Oh, a cuántas encumbradas santidades ha echado a tierra y ha precipitado en el abismo de la eterna perdición!

No hay cosa en el mundo que más me espante y que más me ponga en guardia, como ese infernal vicio, es decir, el orgullo: temo mucho que se insinúe en mi corazón y se apodere de mi pobre alma.

VI
¡Ah! ¿Cuándo imitaremos perfectamente al divino Redentor que se anonadó a sí mismo hasta tomar la forma de esclavo y pecador, hasta morir crucificado, como el más criminal de los criminales? ¿Cuándo seremos tan humildes que nos gloriemos de ser el oprobio de los hombres y la abyección de la plebe? ¿Cuándo seremos tan sencillos y tan pequeños que miremos como un gran tesoro el ser los últimos de todos y los más olvidados? ¿Cuándo será nuestra más grande pena el ser estimados y alabados? ¡Oh santa humildad, qué preciosa eres!

VII
Cuanto más el hombre se abate a sí mismo y desciende hasta el fondo del abismo bajo los pies de los demonios, más Dios lo eleva y sublima.
Así como el demonio, queriendo elevarse a lo más alto del Empíreo por su orgullo, fue precipitado a lo más profundo del infierno, así el alma que se humilla, abate y anonada hasta el abismo, hace temblar a Satanás, le confunde, le ahuyenta, y Dios la exalta y eleva hasta lo más alto del Paraíso.

VIII
Convencidos y penetrados de vuestra nada, no os asustéis, arrojaos con toda confianza en el abismo sin límites de todo bien, y dejad a la bondad infinita de Dios el cuidado de obrar divinamente en vuestra alma; El la traspasará con los rayos de su Soberana luz, la trasformará en su amor y la hará vivir una vida toda de amor, vida santa, vida divina.

IX
Dejad a vuestra alma revolotear en derredor de la luz divina con afectos y sentimientos de profunda humildad, de fe viva y de ardiente caridad, hasta que abrasada en las llamas del amor divino, quede reducida a pavesas.
Estos son los sublimes afectos que la Divina Majestad obra en las almas que se hacen pequeñas y se anonadan, que, sin atribuirse nada, dan a Dios toda la gloria de sus dones y los presentan delante de su trono cual una ofrenda humilde y amorosa, como incienso de agradable olor.

X
A ejemplo de la madre perla que, recibido el rocío del cielo, cierra sus conchas, se hunde y se abisma en el fondo del mar, y allí engendra la perla preciosa; humillaos siempre más y más, regocijaos en medio de los desprecios y afrentas, y abismaos con completa confianza en el abismo del Todo divino, permaneciendo siempre en vuestra nada, y tened por cierto que engendraréis las perlas preciosas de las más sublimes y heroicas virtudes.

XI
La oración que humilla al alma, la inflama de amor, la excita a la virtud y a la paciencia, no está sujeta a ilusiones. Sed humildes, y entrad de lleno en el conocimiento de vosotros mismos… Cuanto más se ahonda, más se descubre la espantosa Nada que se hace enseguida desaparecer en el Todo infinito. Una N y una T, estas dos letras encierran una muy sublime perfección.

XII
Me alegro de los sufrimientos interiores y exteriores que experimentáis. Comenzáis a ser discípulo de Jesucristo. Es verdad que son muy ligeros… debéis, pues, humillaros y confundiros, pensando que son como nada comparados con los que sufren los verdaderos siervos del Señor, y mucho menos, si los pesáis en la balanza de la Cruz del Salvador. Permaneced muy humilde, muy anonadado.

XIII
Huid como de la peste las satisfacciones que hinchan, causan vanidad e inspiran estimación de sí mismo, porque vienen del demonio. Dad gracias a Dios, cuando os hace la gracia de reconocerla y desecharlas. El medio más seguro para preservarse del veneno mortífero de la vanidad, es la santa humildad de corazón, el anonadamiento y desprecio de sí mismo. Acudid al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de toda humildad y fortaleza inexpugnable; allí debemos refugiarnos, y hallaremos remedio para todos nuestros males.

XIV
Cuando el demonio os asaltare para perderos, humillaos profundamente a la consideración de vuestros pecados y miserias; fijad vuestras miradas en vuestra nada, y veréis como Satanás, espantado por vuestra humildad, huirá precipitadamente, y con él se desvanecerán todas sus astucias. Es necesario ser fiel a esta práctica y manera de luchar contra el infierno.

XV
Las luces que a veces alumbran la inteligencia e inflaman la voluntad, deben ser tenidas por muy sospechosas, si engendran sentimientos de vanidad. Convine mucho, pues, alejar toda imaginación, todo sentimiento que no sea sola y exclusivamente de Dios, y ponerse en la divina presencia con fe viva y atención respetuosa, tratando de concebir una alta idea de la divina Majestad, anonadándose delante de ella.

XVI
Permanezcamos contentos en nuestra nada y no busquemos elevarnos, ni dominar, a no ser que Dios mismo nos eleve. Cuanto más nos humilláremos delante de Dios y de los hombres, más el Señor nos levantará y enriquecerá de sus dones y gracias celestiales. Así es como el Señor obra siempre.

XVII
San Francisco de Borja, antes de elevarse a sus altas contemplaciones, gastaba dos horas meditando sobre su nada; por eso subió a tan alto grado de santidad y se hizo tan acepto a Dios. Será más grande delante del Señor el que fuere más pequeño a sus propios ojos

XVIII
Los verdaderos consuelos y los dones del cielo van acompañados siempre de tan profunda humildad y de tan claro conocimiento de si mismo y de Dios, que el que los recibe se abatiría y anonadaría bajo los pies de todos y de los mimos demonios… Ellos engendran, aunque no siempre, una inteligencia celestial con la paz del corazón, el amor de Dios, la alegría del alma, y la práctica de la virtud.

XIX
¡Oh! Cuando Dios quiere elevar a un alma ¡Oh, qué dulce violencia! Digo dulce, pero tan fuerte que el alma no puede resistir. Permanezcamos siempre en la presencia de Dios con los ojos fijos en nuestra nada, en nuestros pecados y miserias, y dejemos a nuestra alma toda libertad para que siga los impulsos de la gracia y los dulces y poderosos atractivos del Espíritu Santo. Añado que, aunque os parezca que os regocijáis en las penas y en los desprecios, no debéis hacer mucho caso de esa disposición, porque el demonio podría valerse de ella para inspiraros soberbia y vanidad.

XX
Es preciso no hacer caso del propio juicio e impresiones, sino temer y desconfiar, no teniendo otro deseo que hacer en todo la santísima voluntad de Dios.
El mundo está lleno de lazos, sólo los humildes pueden escapar. No os fiéis de vosotros mismos… No seáis jueces en vuestra propia causa, sino desconfiad de vosotros mismos. Escrito está: Dichoso el hombre que vive en una continúa desconfianza.

XXI
Hacer mucho bien y creer que no se hace nada, es señal evidente de una muy grande y profunda humildad. Es verdaderamente humilde de corazón aquel que se conoce a fondo y conoce a Dios. Que el Señor nos conceda a nosotros y a todos esta gracia.

XXII
El que se anonadare más profundamente, será más elevado, más favorecido, y tendrá más fácil entrada en la real sala de donde se pasa al santuario secreto del amor divino en el cual el alma trata a solas y muy familiarmente con el celestial Esposo.

XXIII
Si algún polvo de imperfección se pega por veces a vuestro corazón, no os turbéis, sino consumidle al punto en el fuego del amor de Dios, humillándoos y arrepintiéndoos dulcemente, pero con un arrepentimiento fuerte y de todo corazón, y continuad en vuestra paz interior.

XXIV
Sabed, y no olvidéis, que de la humildad de corazón nacen y proceden la serenidad del espíritu, y la paz del alma, la tranquilidad de la conciencia, la dulzura del carácter, en fin todos los bienes. Nuestro Señor Jesucristo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el descanso para vuestras almas.

XXV
Cuando nos hallamos áridos, desolados, abandonados y olvidados de todos, debemos humillarnos más y más delante de Dios, reconociendo nuestros defectos, nuestra indignidad, y reclamando al propio tiempo el socorro de su gracia, esperando con humilde resignación lo que le agrade enviarnos y disponer de nosotros.

XXVI
El medio más seguro y a la vez más sencillo para recibir nuevos dones y nuevas gracias, y para amar más y más al Soberano bien, consiste en considerar a la luz de la fe el abismo sin fondo de nuestra nada; y en el espanto y confusión que esta vista ha de causarnos necesariamente, arrojarnos en el océano sin límites de la Divinidad, dejando desaparecer nuestra horrible nada, y recibir de una manera pasiva las divinas inspiraciones.

XXVII
Abandonaos totalmente en los brazos amorosos de Dios; deja a la divina Majestad obrar y trabajar en lo más íntimo de vuestra alma sin ninguna resistencia de vuestra parte; allí se obrará una generación divina. En esta escuela de la divina Sabiduría, el más sabio es aquel que se hace el más ignorante: allí se entiende, sin entender, por decirlo así.

XXVIII
Es menester morir a todo lo que no es Dios y permanecer en un total despojo de todo lo criado, en una completa pobreza y desnudez de espíritu, y en una perfecta soledad interior. Todo esto se nos hará muy fácil, si sentimos bajamente de nosotros mismos.

XXIX
Dios ama a las almas infantiles y les enseña aquella sublime sabiduría que oculta a los sabios y prudentes del mundo.
¡Oh santa ignorancia, que hace desaparecer toda la sabiduría y toda la grandeza del siglo, y nos hace aprender en la escuela del Espíritu Santo la ciencia y la sabiduría de los Santos!

XXX
Guardaos cuidadosamente de desear los mundanos honores y las vanas alabanzas de los hombres, por el contrario, buscad con verdadero empeño la preciosa joya de la santa humildad, y tenedla en mucha estima y aprecio.

XXXI
Estimad a todos más que a vos mismo, consideradlos como a vuestros superiores y dignos de todo vuestro aprecio y respeto, y persuadíos que nada sois, nada tenéis y nada podéis sin el auxilio de la divina gracia.


San Pablo de la Cruz

jueves, 21 de octubre de 2010

EL LADO OSCURO DEL CÓDIGO DA VINCI






Este documental desentraña los principales enredos y enigmas de la polémica novela de Dan Brown. Responde, entre otras, a estas cuestiones: ¿Se casó Jesucristo con la Magdalena? ¿Viven todavía sus descendientes? ¿Se creó la Iglesia para ocultar la verdad sobre Jesús? ¿Fue Constantino quien le "promovió" de hombre mortal a Dios? ¿Qué es el Priorato de Sión? ¿Y el culto a la Diosa?.

La realidad histórica se restablece con ayuda de expertos. Entre ellos: Elizabeth Lev, Amy Welburn, Michel Rougé, Raphaela Schmid , César Vidal, Cristina López-Schlichting, y Luis Suárez de la Real Academia de la Historia.

miércoles, 20 de octubre de 2010

PREDICAMOS A CRISTO CRUCIFICADO - SAN PABLO DE LA CRUZ


De las cartas de San Pablo de la Cruz

Es cosa muy buena y santa pensar en la pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En esta santísima escuela se aprende la verdadera sabiduría: en ella la han aprendido todos los santos. Cuando la cruz de nuestro dulce Jesús haya echado profundas raíces en vuestro corazón, entonces cantaréis: «Sufrir y no morir», o bien: «O sufrir o morir», o mejor aún: «Ni sufrir ni morir, sino sólo una perfecta conversión a la voluntad de Dios».

El amor, en efecto, es una fuerza unitiva y hace suyos los tormentos del Bueno por excelencia, que es amado por nosotros. Este fuego, que llega hasta lo más íntimo de nuestro ser, transforma al amante en el amado y, mezclándose de un modo profundo el amor con el dolor y el dolor con el amor, resulta una fusión de amor y de dolor tan estrecha que ya no es posible separar el amor del dolor ni el dolor del amor; por esto, el alma enamorada se alegra en sus dolores y se regocija en su amor doliente.

Sed, pues, constantes en la práctica de todas las virtudes, principalmente en la imitación del dulce Jesús paciente, porque ésta es la cumbre del puro amor. Obrad de manera que todos vean que lleváis, no sólo en lo interior, sino también en lo exterior, la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre. Porque el que internamente está unido al Hijo de Dios vivo exhibe también externamente la imagen del mismo, mediante la práctica continua de una virtud heroica, principalmente de una paciencia llena de fortaleza, que nunca se queja ni en oculto ni en público. Escondeos, pues, en Jesús crucificado, sin desear otra cosa sino que todos se conviertan a su voluntad en todo.

Convertidos así en verdaderos amadores del Crucificado, celebraréis siempre la fiesta de la cruz en vuestro templo interior, aguantando en silencio y sin confiar en criatura alguna; y, ya que las fiestas se han de celebrar con alegría, los que aman al Crucificado procurarán celebrar esta fiesta de la cruz sufriendo en silencio, con su rostro alegre y sereno, de tal manera, que quede oculta a los hombres y conocida sólo de aquel que es el sumo Bien. En esta fiesta se celebran continuamente solemnes banquetes, en los que el alimento es la voluntad divina, según el ejemplo que nos dejó nuestro Amor crucificado.

Fuente: Congregación Obispo Alois Hudal

domingo, 17 de octubre de 2010

LOS SANTOS PADRES Y EL ECUMENISMO


El tema del ecumenismo con los cristianos no católicos y con las otras religiones no cristinas, también encuentra eco en los Santos Padres a lo largo de la historia de la Iglesia, y aunque en tiempos pretéritos no utilizaban este concepto, en cambio, si definían cual era el tipo de relación más ortodoxo que habia que mantener respecto a estos.

Respecto a las relaciones con los no cristianos, el concepto clave y primordial es la CONVERSIÓN.

Es convicción unánime de los Padres que fuera de la iglesia no es posible conseguir la salvación.

Este principio no solamente se aplica con respecto a los paganos, sino también en relación con los herejes y cismáticos.

Así pues, la CONVERSIÓN de los no cristianos y el RETORNO de herejes y cismáticos, son las líneas maestras en el campo ecuménico de los Santos Padres y otros ilustres pensadores.

Orígenes enuncia formalmente esta proposición: “Fuera de la Iglesia ninguno se salva” (In Iesu Nave hom. 3, 5).

San Cipriano se expresa de manera parecida: “Fuera de la iglesia no hay salvación”; (Ep. 73, 21). “No hay salvación fuera de la Iglesia” (De eccl. Cath. Unit. 6).

San Ireneo enseña que “en la operación del Espíritu no tienen participación todos aquellos que no corren a la Iglesia, sino que se defraudan así mismos privándose de la vida por su mala doctrina y su pésima conducta. Porque donde esta la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí están la Iglesia y todas las gracias” (Adv. Haer. III 24, 1).

Los Santos Padres (v.g., Cipriano, Jerónimo, Agustín, Fulgencio) ven en el Antiguo Testamento algunos tipos que significan espiritualmente la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Tales son, entre otros, el Arca de Noé para escapar al diluvio y la casa de Rahab (Josué 2, 18 ss.).

Santo Tomás enseña, con la tradición, la necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse (Expos. Symb., a. 9). Por otra parte, concede la posibilidad de justificarse extrasacramentalmente por el votum baptismi, y con ello la posibilidad de salvarse sin pertenecer actualmente a la Iglesia, por razón del votum Ecclesiae (S. Th. III, q. 68, a. 2.).

En cuanto a las relaciones con los herejes y cismáticos, la regla constante durante veinte siglos ha sido como último fin el RETORNO, al seno de la Iglesia Católica del cual salieron. Es convicción universal de la Tradición, que aquellos que se separan de la fe y la comunión de la Iglesia, cesan de ser miembros suyos. Ya ordenó San Pablo que se evitase a “un hereje” después de una y otra amonestación (Títo 3, 10).

En su lucha contra la herejía, los Santos Padres acentúan con gran insistencia la unidad de la fe; y, en su lucha contra el cisma, la unidad de la comunión.

Tertuliano comenta: “Los herejes no tienen participación en nuestra doctrina, y el ser privados de la comunión eclesiástica atestigua en todo caso que están fuera de la misma” (De bapt. 15). Según su opinión los herejes ya no son cristinos, porque las doctrinas que profesan por libre elección ya no son de Cristo (De praescr. 37).

Según San Cipriano, solamente aquellos que permanecen en la casa de Dios constituyen la Iglesia, mientras que los herejes y cismáticos quedan fuera de ella (Ep. 59, 7).

San Agustín compara a los herejes con un miembro seccionado del cuerpo (Sermo 267, 4, 4). Al explicar el símbolo, dice: “Ni los herejes ni los cismáticos pertenecen a la Iglesia Católica” (De Fide et símbolo 10, 21).

Otro tema controvertido últimamente es el de la posibilidad de conceder el estatus de mártir a los herejes.

Respecto al “martirio” de los herejes, San Cipriano comenta en De Unitate Ecclesiae: “el hereje si fuese matado estando fuera de la Iglesia, no puede alcanzar los premios, que ten sólo a la Iglesia fueron prometidos” (19).

Abundando en el tema, afirma el obispo de Cartago contundentemente: “Estos tales aunque los matasen al proclamar su fe cristiana, no borrarían esa mancha ni con su sangre, porque la culpa inexpiable y grave de la discordia no se lava con el martirio. No puede ser mártir quien no está con la iglesia: o puede llegar al reino el que despreció a la que está destinada a reinar. (…) Aunque ardan en las llamas y, arrojados al fuego o echados a las fieras, pierdan sus vidas, no será su muerte corona de la fe, sino castigo de perfidia: ni gloriosa meta de virtud religiosa, sino muerte sin esperanza alguna. Ese tal puede ser matado, pero no por eso será coronado. Podrá proclamarse cristiano, pero también el demonio se presenta engañosamente como Cristo” (14).

Una enseñanza tan nítida que huelgan los comentarios.
Otro tema controvertido, es el de la supuesta falta de caridad al exponer toda la Verdad en las relaciones con quienes profesan otra religión o confesión cristiana no católica.

San Agustín comenta al respecto: “No creáis (…) que amáis al prójimo sólo porque no le corrijáis en absoluto. Esta no es caridad, sino lenidad. La caridad es una fuerza que apremia a corregir y a elevar a otros. La caridad se deleita con la buena conducta y se esfuerza por elevar y enmendar la mala. No améis el error, sino al hombre. (…) Si amas verdaderamente al hombre, lo corregirás. Aunque a veces debas mostrarte algo duro, hazlo por amor al mayor bien del prójimo” (In I Ioh. Tr.).

El profeta Ezequiel, comenta de los que intentan acomodarse con todos, los que están en la verdad y los que están en el error: “¡ay de los que hacen cojines para todo codo y almohadas para toda cabeza!” (Ez. 13, 18).
Y es que no puede haber verdadera caridad sin la verdad.

Tertuliano enseñó en Ad Scapulam: “El Dios de los cristianos es el Dios de la Verdad; los que la hallan, encuentra la plenitud de la Verdad. Verdad es lo que odian los demonios y rechazan los paganos; los cristianos sufren y mueren por ella. Verdad distingue al cristiano del pagano”.

Por último, unos pasajes de los Santos Padres sobre lo que opinan del trato con la herejía y el cisma:

San Ignacio de Antioquia (siglo I): “Si los que obran estas cosas según la carne merecen la muerte, cuanto más el que corrompe la fe en Dios con mala doctrina, por la que fue crucificado Jesucristo; el tal impuro irá al fuego inextinguible e igualmente el que lo escucha” (Carta a los Efesios 16, 1-2).

San Ireneo de Lyón (siglo II): “En cuanto a todos los demás que se separan de la sucesión original (apostólica) y se reúnen en cualquier parte, hay que tenerlos por sospechosos, estos son: los herejes de falso espíritu, o cismáticos llenos de orgullo, o incluso los hipócritas que obran por el lucro y la gloria vana. Todos estos se apartan de la verdad: los herejes aportando un fuego extraño al altar de Dios, esto es doctrinas extrañas, serán consumidas por el fuego del cielo, como Nadab y Abiud” (Adversus haereses, IV, 26, 2).

Orígenes (siglo III): “La Iglesia, dice, es la única que está en posesión de la recta y verdadera fe. Ella sola garantiza el canon de las Sagradas Escrituras. La fórmula de la fe legítima es la que se halla en el símbolo bautismal… Los herejes llevan el nombre de cristianos pero, en realidad, son ladrones y adúlteros porque mancillan los castos dogmas de la Iglesia…” (De principiis).

San Cipriano de Cartago (siglo III): “¿Será posible que crea que está con cristo, el que se aparta de su clero y de la unidad de su pueblo? Ese tal esgrime sus armas contra la Iglesia, combate el ordenamiento de Dios. Enemigo del altar, rebelde contra el sacrificio de Cristo, renegado de la fe, sacrílego contra la religión, siervo traidor, hijo impío, fratricida, que despreciando a los obispos y sacerdotes de Dios, osa edificar otro altar y formular con ilícitas palabras una plegaria distinta, profanar la verdadera y divina hostia con falsos sacrificios, sin pensar que el que se esfuerza contra lo establecido por Dios, será castigado con la ira divina por la audacia de su temeridad” (De Unitate Ecclesiae, 17).
San Atanasio (siglo IV): “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolable, sin duda perecerá para siempre”.

San Martín I, Papa (siglo VII): “Por la intercesión de San Pedro, establezca (Dios) los corazones de los hombres en la fe ortodoxa, hy les haga firmes contra todo hereje y enemigo de la Iglesia. Dé fuerza al pastor que gobierna ahora. De tal suerte que, sin ceder en ningún punto, ni siquiera mínimo, y sin someterse en parte secundaria alguna, conserven integra la fe profesada ante Dios y ante los ángeles santos”.

San Pedro Canisio advertencia: “El error protestante medra, por el arrinconamiento de desprecio de la escolástica de Santo Tomás y los Santos Padres”.

Toda la caridad que se debe en el trato con las personas, se debe de tener de intransigencia ante el error.

San Agustín expresaba: “In necesariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus cáritas”, (en lo necesario unidad; en lo dudoso libertad; y en todo caridad).


Autor: José Andrés Segura Espada

Fuente: Revista Tradición Católica nº 189

viernes, 15 de octubre de 2010

EVOLUCIÓN: ¿REALIDAD O CREENCIA?


¿Es la teoría de la evolución un hecho científico o una simple creencia? Esta es la única pregunta que este excelente documental trata de contestar. Cinco científicos de reputación internacional dan sus respuestas sobre la evolución. Un vídeo de 60 minutos que se ha vendido en todo el mundo, y ganador de premios internacionales de documentales, que ahora está disponible para que todos las vean.

SANTA TERESA DE JESÚS - 15 DE OCTUBRE

SANTA TERESA DE JESÚS,
Virgen y Doctora de la Iglesia
n. 28 de marzo de 1515 en Ávila, España;
† 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes, España


Patrona de personas en órdenes religiosas; personas ridiculizadas por su piedad; enfermos; quienes han sufrido la pérdida de sus padres; aquellos con necesidad de recuperar el estado de gracia. Protectora contra las enfermedades del cuerpo; dolores de cabeza.

Santa Teresa, española de noble alcurnia, partió de su casa a la edad de siete años, con su hermano Rodrigo, en busca del martirio entre los moros; un tío frustró su intento volviéndolos a casa. A los veinte años entró en el Carmelo y encontró en él un verdadero martirio en las austeridades que practicó, en las enfermedades del cuerpo y arideces del espíritu que padeció durante veinte años, en las calumnias que debió padecer y en las contradicciones que encontró en su empresa de reformar la Orden. Murió en 1582, a la edad de 67 años. Sus profundos escritos le han merecido el título de Doctora de la Iglesia.

MEDITACIÓN
SOBRE SANTA TERESA

I. Santa Teresa vio a un Serafín que le transverberaba el corazón con un dardo inflamado. Desde entonces no pensó ya sino en amar a Dios, extender su gloria y convertir a los pecadores, diciendo que se quedaría feliz en el Purgatorio hasta el día del Juicio si con ello pudiese convertir aunque no fuera sino a un alma. Todos los bienes que Dios me prodiga, todas las gracias que me concede, son como otros tantos dardos que deberían inflamar mi corazón de amor a Dios. Señor, me ordenáis que os ame: dadme la gracia de cumplir vuestras órdenes y ordenadme lo que os plazca (San Agustín).

II. “¡O padecer o morir!”. En este lema de Santa Teresa, encontramos los dos efectos de su amor. ¡Quiere sufrir para asemejarse a Aquél a quien ama! Esta santa busca la cruz y tú la huyes; ella quiere vivir sólo para padecer y tú quieres vivir só1o para divertirte. Que en adelante su lema sea el tuyo.

III. Santa Teresa anhela morir una vez que nada tenga ya para sufrir en este mundo, a fin de ir a ver a Dios, único objeto de su amor. ¿Anhelas tú la muerte? Por el contrario, la temes como fin de tu felicidad y comienzo de tus sufrimientos, porque te gozas con el mundo. Lo que debes temer es el juicio de Dios. Puedes evitar el rigor de este juicio viviendo una vida santa. En cuanto a la muerte, no debes temerla, puesto que no puedes sustraerte a ella. Nadie debe temer lo que no puede evitar (Tertuliano).

El amor a los sufrimientos.
Orad por la Orden del Carmelo.

ORACIÓN

Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y haced que, al alegrarnos con la fiesta de Santa Teresa, seamos alimentados con el pan de su celestial doctrina y abrasados con los sentimientos de su tierna piedad. Por J. C. N. S.