jueves, 5 de mayo de 2016

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS - VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA



La ascensión de Cristo Redentor nuestro a los cielos con todos los Santos que le asistían, y lleva a su Madre santísima consigo para darle la posesión de la gloria. 

1509. Llegó la hora felicísima en que el Unigénito del Eterno Padre, que por la Encarnación humana bajó del cielo, había de subir a él con admirable y propia ascensión para asentarse a la diestra que le tocaba como heredero de sus eternidades, engendrado de su sustancia en igualdad y unidad de naturaleza y gloria infinita. Subió tanto porque descendió primero hasta lo inferior de la tierra, como lo dice el Apóstol (Ef 4, 9), dejando llenas todas las cosas que de su venida al mundo, de su vida, muerte y redención humana estaban dichas y escritas, habiendo penetrado como Señor de todo hasta el centro de la tierra y echado el sello a todos sus misterios con éste de su ascensión, en que dejó prometido el Espíritu Santo, que no viniera si primero no subiera a los cielos el mismo Señor, que con el Padre le había de enviar a su nueva Iglesia. Para celebrar día tan festivo y misteriosa eligió Cristo nuestro bien por especiales testigos las ciento y veinte personas, a quien juntó y halló en el cenáculo, como en el capítulo pasado se dijo, que eran María santísima y los once Apóstoles, los setenta y dos discípulos, Santa María Magdalena, Santa Marta y San Lázaro, hermano de las dos, y las otras Marías y algunos fieles, hombres y mujeres, hasta cumplir el número sobredicho (Cf. supra n. 1504) de ciento y veinte. 

1510. Con esta pequeña grey salió del cenáculo nuestro divino pastor Jesús, llevándolos a todos delante por las calles de Jerusalén y a su lado a la beatísima Madre. Y luego los Apóstoles y todos los demás por su orden caminaron hacia Betania, que distaba menos de media legua (1 legua ~ 5.556 Km) a la falda del monte Olivete. La compañía de los Ángeles y Santos que salieron del limbo y purgatorio seguían al Triunfador victorioso con nuevos cánticos de alabanza, aunque de su vista sólo gozaba María santísima. Estaba ya divulgada por toda Jerusalén y Palestina la Resurrección de Jesús Nazareno, aunque la pérfida malicia de los príncipes de los sacerdotes procuraba que se asentase el falso testimonio de que los discípulos le habían hurtado, pero muchos no lo admitieron, ni dieron crédito. Y con todo eso dispuso la Divina Providencia que ninguno de los moradores de la ciudad, o incrédulos o dudosos, reparasen en aquella santa procesión que salía del cenáculo ni los impidiesen el camino, porque todos estuvieron justamente inadvertidos, como incapaces de conocer aquel misterio tan maravilloso, no obstante que el capitán y maestro Jesús iba invisible para todos los demás, fuera de los ciento y veinte justos que eligió para que le viesen subir a los cielos. 

1511. Con esta seguridad que les previno el poder del mismo Señor, caminaron todos hasta subir a lo más alto del monte Olivete, y llegando al lugar determinado se formaron tres coros, uno de Ángeles, otro de los Santos y el tercero de los Apóstoles y fieles, que se dividieron en dos alas, y Cristo nuestro Salvador hacía cabeza. Luego la prudentísima Madre se postró a los pies de su Hijo y le adoró por verdadero Dios y Reparador del mundo, con admirable culto y humildad, y le pidió su última bendición. Y todos los demás fieles que allí estaban a imitación de su gran Reina hicieron lo mismo, y con grandes sollozos y suspiros preguntaron al Señor si en aquel tiempo había de restaurar el reino de Israel, y Su Majestad les respondió que aquel secreto era de su Eterno Padre y no les convenía saberlo y que por entonces era necesario y conveniente que en recibiendo al Espíritu Santo predicasen en Jerusalén, en Samaría y en todo el mundo los misterios de la Redención humana. 

1512. Despedido Su Divina Majestad de aquella santa y feliz congregación de fieles con semblante apacible y majestuoso, juntó las manos y en su propia virtud se comenzó a levantar del suelo, dejando en él las señales o vestigios de sus sagradas plantas. Y con un suavísimo movimiento se fue encaminando por la región del aire, llevando tras de sí los ojos y el corazón de aquellos hijos primogénitos, que entre suspiros y lágrimas le seguían con el afecto. Y como al movimiento del primer móvil se mueven también los cielos inferiores que comprende su dilatada esfera, así nuestro Salvador Jesús llevó tras de sí mismo los coros celestiales de Ángeles y Santos Padres y los demás que le acompañaban glorificados, unos en cuerpo y alma, otros en solas las almas, y todos juntos y ordenados subieron y se levantaron de la tierra acompañando y siguiendo a su Rey, Capitán y Cabeza. El nuevo y oculto sacramento que la diestra del Altísimo obró en esta ocasión fue llevar consigo a su Madre santísima para darla en el cielo la posesión de la gloria y del lugar que como a Madre verdadera le tenía señalado, y ella con sus méritos adquirido, y para adelante prevenido. De este favor estaba ya capaz la gran Reina antes que sucediese, porque su Hijo santísimo se lo había ofrecido en los cuarenta días que la acompañó después de su milagrosa resurrección. Y porque a ninguna otra criatura humana y viviente se le manifestase este sacramento por entonces, y para que en la congregación de los apóstoles y demás fieles asistiese su divina Maestra, perseverando con ellos en oración hasta la venida del Espíritu Santo, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act 1, 14), obró el poder divino por milagroso y admirable modo que María santísima estuviese en dos partes, quedando con los hijos de la Iglesia siguiéndoles al cenáculo y asistiendo con ellos, y subiendo en compañía del Redentor del mundo, y en su mismo trono, a los cielos, donde estuvo tres días con el más perfecto uso de las potencias y sentidos, y al mismo tiempo en el cenáculo con menos ejercicio de ellos. 

1513. Fue la beatísima Señora levantada con su Hijo santísimo y colocada a su diestra, cumpliéndose lo que dijo el Santo Rey y Profeta David (Sal 44, 10), que estuvo la Reina a su diestra con vestido dorado de resplandores de gloria y rodeada de variedad de dones y gracias a vista de los Ángeles y Santos que ascendían con el Señor. Y para que la admiración de este gran misterio despierte más la devoción, inflame la viva fe de los fieles y los incline a engrandecer al autor de tan rara y no pensada maravilla, advierto a los que leyeren este milagro que, desde que el Muy Alto me declaró su voluntad de que escribiese esta Historia y me intimó mandato para ejecutarlo, repetidísimas veces y en dilatado tiempo y largos años que han pasado me ha manifestado Su Majestad diversos misterios y descubierto grandes sacramentos de los que dejo escritos y diré adelante, porque la alteza del argumento pedía esta prevención y disposición. No lo recibía todo junto, porque no es capaz la limitación de la criatura de tanta abundancia, pero para escribirlo se me renueva la luz por otro modo de cada misterio en particular; y las inteligencias de todos han sido ordinariamente en los días festivos de Cristo nuestro Salvador y de la gran Reina del cielo, y singularmente este sacramento grande, de llevar el Hijo santísimo a su purísima Madre el día de la Ascensión consigo al cielo y quedando en el cenáculo por modo admirable y milagroso, le he conocido consecutivamente algunos años en los mismos días. 

1514. La firmeza que trae consigo la verdad divina no deja duda para el entendimiento que la conoce y mira en el mismo Dios, donde todo es luz sin mezcla de tinieblas (1 Jn 1, 5) y se conoce el objeto y la razón; pero para quien oye en relación estos misterios, necesario es dar motivos a la piedad para pedir el crédito de lo que es oscuro, y por esta causa me hallara dudosa en escribir el oculto sacramento de esta subida a los cielos de nuestra Reina si no fuera tan grande falta negarle a esta Historia maravilla y prerrogativa que tanto la engrandece. A mí se me ofreció la duda cuando conocí este misterio la primera vez, pero ahora que le escribo no la tengo, después que dije en la primera parte (Cf. supra p.I n. 331) cómo en naciendo la Princesa de las alturas fue llevada niña al cielo empíreo, y en esta segunda parte dije (Cf. supra n. 72, 90) que sucedió lo mismo dos veces en los nueve días que precedieron a la Encarnación del Verbo, para disponerla dignamente para tan alto misterio. Y si el poder divino hizo con María santísima estos favores tan admirables antes de ser Madre del Verbo, disponiéndola para que lo fuese, mucho más creíble es que los repetiría después que ya estaba consagrada con haberle tenido en su virginal tálamo, dándole forma humana de su purísima sangre, alimentándole a sus pechos con su leche y criándole como a Hijo verdadero, y después de haberle servido treinta y tres años, siguiéndole e imitándole en su vida, pasión y muerte con la fidelidad que ninguna lengua puede explicar. 

1515. En estos favores y misterios de María santísima, muy diferente cosa es investigar la razón por qué el Altísimo los obró en ella, o por qué los ha tenido ocultos tantos siglos en su Iglesia. Lo primero se ha de regular con el poder divino y el amor inmenso que tuvo a su Madre y por la dignidad que la dio sobre todas las criaturas. Y como los hombres en carne mortal no llegan a conocer cabalmente ni la dignidad de Madre, ni el amor que le tuvo y tiene su Hijo y toda la Beatísima Trinidad, ni los méritos y santidad a donde la levantó su omnipotencia, por esta ignorancia limitan el poder divino en obrar con su Madre todo lo que pudo, que fue todo lo que quiso. Pero si a ella sola se dio a sí mismo con tan especial modo como hacerse hijo de su sustancia, consiguiente era en el orden de gracia hacer con ella singularmente lo que con ningún otro ni con todo el linaje humano se debía hacer ni convenía; y con ella no solamente han de ser singulares los favores, beneficios y dones que hizo el Altísimo con su Madre santísima, pero la regla general es que ninguno le negó de cuantos pudo hacer con ella que redundase en su gloria y santidad, después de la de su humanidad santísima. 

1516. Pero en manifestar Dios estas maravillas a su Iglesia concurren otras razones de su altísima Providencia, con que la gobierna y le va dando nuevos resplandores según los tiempos y necesidades que con ellos se ofrece. Porque el dichoso día de la gracia, que amaneció al mundo con la Encarnación del Verbo humanado y Redención de los hombres, tiene su mañana y meridiano como tendrá su ocaso, y todo lo dispone la eterna sabiduría como y cuando oportunamente conviene. Y aunque todos los misterios de Cristo y su Madre estén revelados en las divinas Escrituras, mas no todos se manifiestan igualmente a un mismo tiempo, sino poco a poco ha ido corriendo el Señor la cortina de las figuras y metáforas o enigmas con que se revelaron muchos sacramentos, como encerrados y reservados para su tiempo, como lo están los rayos del sol después de haber salido debajo de la nube que los oculta hasta que se retira. Y no es maravilla que a los hombres se les vaya comunicando por partes alguno de los muchos rayos de esta divina luz, pues los mismos ángeles, aunque conocieron desde su creación el misterio de la Encarnación en sustancia y como en general, como fin a donde se ordenaba todo el ministerio que tienen con los hombres, pero no se les manifestaron a los divinos espíritus todas las condiciones, efectos y circunstancias de este misterio, antes han conocido muchas de ellas después de cinco mil y doscientos y más años de la creación del mundo. Y este nuevo conocimiento de lo que no sabían en particular, les causaba nueva admiración de alabanza y gloria, que daban al autor, como en todo el discurso de esta Historia muchas veces repito (Cf. supra n. 631, 692, 997, 1261, 1286). Y con este ejemplo respondo a la admiración que puede causar a quien oyere de nuevo el misterio que aquí escribo de María santísima, oculto hasta que el Altísimo lo ha querido manifestar, con los demás que dejo escritos y escribiré adelante. 

1517. Antes que yo estuviera capaz de estas razones, cuando comencé a conocer este misterio de haber llevado Cristo nuestro Salvador a su Madre santísima consigo en su Ascensión, no fue pequeña mi admiración, no tanto en mi nombre como en los demás a cuya noticia llegara. Y entre otras cosas que entendí entonces del Señor, fue acordarme lo que San Pablo de sí mismo dejó escrito en la Iglesia, cuando refirió el rapto que tuvo hasta el tercero cielo (2 Cor 12, 2), que fue el de los bienaventurados, donde dejó en duda si fue arrebatado en cuerpo o fuera de él, sin afirmar o negar alguno de estos dos modos, antes suponiendo que pudo ser por cualquiera de ellos. Y entedí luego que si al Apóstol en el principio de su conversión le sucedió esto, de manera que pudiese ser llevado al cielo empíreo corporalmente, cuando no habían precedido en él méritos sino culpas, y concederle este milagro al poder divino no tiene peligro ni inconveniente en la Iglesia, ¿cómo se ha de dudar que haría el mismo Señor este favor a su Madre y más sobre tan inefables merecimientos y santidad? Añadió más el Señor: que si a otros Santos de los que resucitaron en el cuerpo con la resurrección de Cristo se les concedió subir en cuerpo y alma con Su Majestad, más razón había para concederle a su Madre purísima este favor, pues, aunque a ninguno de los mortales se le hiciera este beneficio, a María santísima se le debía en algún modo por haber padecido con el Señor. Y era puesto en razón que con él mismo entrase a la parte del triunfo y del gozo con que llegaba a tomar la posesión de la diestra de su Eterno Padre, para que de la suya la tomase también su propia Madre, que le había dado de su misma sustancia aquella naturaleza humana en que subía triunfante a los cielos. Y así como era conveniente que en esta gloria no se apartasen Hijo y Madre, también lo era que ningún otro del linaje humano en cuerpo y alma llegase primero a la posesión de aquella eterna felicidad que María santísima, aunque fueran su padre y madre y su esposo San José y los demás, que a todos y al mismo Señor e Hijo santísimo Jesús les faltara esta parte de gozo accidental en aquel día sin María santísima y si no entrara con ellos en la patria celestial como Madre de su Reparador y Reina de todo lo criado, a quien ninguno de sus vasallos se debía anteponer en este favor y beneficio. 

1518. Estas congruencias me parecen bastantes para que la piedad católica se alegre y consuele con la noticia de este misterio y de los que diré adelante de esta condición en la tercera parte. Y volviendo al discurso de la Historia, digo que nuestro Salvador llevó consigo a su Madre santísima en la subida a los cielos, llena de resplandor y gloria a vista de los Ángeles y Santos, con increíble júbilo y admiración de todos. Y fue muy conveniente por entonces que los Apóstoles y los demás fieles ignorasen este misterio, porque si vieran ascender a su Madre y Maestra con Cristo, los afligiera el desconsuelo sin medida ni recurso de algún alivio, pues no les quedaba otro mayor que imaginar tenían consigo a la beatísima Señora y Madre piadosísima. Con todo eso, fueron grandes los suspiros, lágrimas y clamores que daban de lo íntimo del alma, cuando vieron que su amantísimo Maestro y Redentor se iba alejando por la región del aire. Y cuando ya le iban perdiendo de vista, se interpuso una nube refulgentísima entre el Señor y los que quedaban en la tierra, y con esta nube se les ocultó de todo punto para dejar de verle. Venía en ella la persona del Eterno Padre, que descendió del supremo cielo a la región del aire a recibir a su Unigénito humanado y a la Madre que le dio el nuevo ser humano en que volvía. Y llegándolos el Padre a sí mismo, los recibió con un abrazo inseparable de infinito amor y nuevo gozo para los Ángeles, que en ejércitos innumerables venían del cielo asistiendo a la Persona del Eterno Padre [en todos los lugares esta presente la consubstancial Beatísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo con sustancia y esencia, pero con gracia santificante e inhabitación solamente en las almas de los justos]. Luego en breve espacio y penetrando los elementos y los orbes celestiales les llegó toda esta divina procesión al lugar supremo del empíreo. Los Ángeles que subían de la tierra con sus Reyes Jesús y María, y los que volvieron de la región del aire, hablaron a la entrada con los demás que quedaron en las alturas y repitieron aquellas palabras del Santo Rey David (Sal 23, 7), añadiendo otras que declaran el misterio, y dijeron: 

1519. Abrid, príncipes, abrid vuestras puertas eternales; levántense y estén patentes, para que entre en su morada el gran Rey de la gloria, el Señor de las virtudes, el poderoso en las batallas y fuerte y vencedor, que viene victorioso y triunfador de todos sus enemigos. Abrid las puertas del soberano paraíso, y siempre estén patentes y franqueadas, que sube el nuevo Adán, reparador de todo su linaje humano, rico en misericordias, abundante en los tesoros de sus propios merecimientos, cargado de despojos y primicias de la copiosa Redención que con su muerte obró en el mundo. Ya restauró la ruina de nuestra naturaleza y levantó la humana a la suprema dignidad de su mismo ser inmenso. Ya vuelve con el reino que le dio su Padre de los electos y redimidos. Ya su liberal misericordia les deja a los mortales la potestad para que de justicia pueden adquirir el derecho que perdieron por el pecado, para merecer con la observancia de su ley la vida eterna como hermanos suyos y herederos de los bienes de su Padre; y para mayor gloria suya y gozo nuestro trae consigo y a su lado a la Madre de piedad, que le dio la forma de hombre en que venció al demonio, y viene nuestra Reina tan agradable y especiosa, que deleita a quien la mira. Salid, salid, divinos cortesanos, veréis a nuestro Rey hermosísimo con la diadema que le dio su Madre, y a su Madre coronada con la gloria que le da su Hijo. 

1520. Con este júbilo y el que excede a nuestro pensamiento llegó al cielo empíreo aquella nueva procesión tan ordenada y, puestos a dos coros Ángeles y Santos, pasaron Cristo nuestro Redentor y su beatísima Madre, y todos por su orden les dieron suprema adoración a cada uno y a los dos respectivamente, cantando nuevos cánticos de loores a los autores de la gracia y de la vida. El Eterno Padre asentó a su diestra en el trono de la divinidad al Verbo humanado con tanta gloria y majestad, que puso en nueva admiración y temor reverencial a todos los moradores del cielo, que conocían con visión clara e intuitiva la divinidad de infinita gloria y perfecciones, encerrada y unida sustancialmente en una persona a la humanidad santísima, hermoseada y levantada a la preeminencia y gloria que de aquella inseparable unión le resultaba, que ni ojos le vieron, ni oídos lo oyeron, ni jamás pudo caber en pensamiento criado. 

1521. En esta ocasión subió de punto la humildad y sabiduría de nuestra prudentísima Reina, porque entre tan divinos y admirables favores quedó como a la peana del trono real, deshecha en su propio conocimiento de pura y terrena criatura, y postrada adoró al Padre y le hizo nuevos cánticos de alabanza por la gloria que comunicaba a su Hijo, levantando en Él su humanidad deificada en tan excelsa grandeza y gloria. Fue para los Ángeles y Santos nuevo motivo de admiración y gozo al ver la prudentísima humildad de su Reina, de quien como de un dechado vivo copiaban con santa emulación sus virtudes de adoración y reverencia. Oyóse luego una voz del Padre que la decía: Hija mía, asciende más adelante. Y su Hijo santísimo también la llamó, diciendo: Madre mía, levántate y llega al lugar que yo te debo por lo que me has seguido e imitado. Y el Espíritu Santo dijo: Esposa mía y amiga mía, llega a mis eternos brazos. Y luego se manifestó a todos los bienaventurados el decreto de la Beatísima Trinidad, con que señalaba por lugar y asiento de la felicísima Madre la diestra de su Hijo para toda la eternidad, por haberle dado el ser humano de su misma sangre y por haberle criado, servido, imitado y seguido con plenitud de perfección posible a pura criatura, y que ninguna otra de la humana naturaleza tomase la posesión de aquel lugar y estado inamisible en el grado que le correspondía, antes que la Reina la tuviese y fuese colocada en el que se le señalaba de justicia para después de su vida, como superior en suma distancia a todo el restos de los santos. 

1522. En cumplimiento de este decreto fue colocada María santísima en el trono de la Beatísima Trinidad a la diestra de su Hijo santísimo, conociendo ella misma y los demás santos que se le daba la posesión de aquel lugar, no sólo por todas las eternidades, sino también dejando en la elección de su voluntad si quería permanecer en él, sin dejarle desde entonces ni volver al mundo. Porque ésta era como voluntad condicionada de las divinas personas, que cuanto era de parte del Señor se quedase en aquel estado. Y para que ella eligiese se le manifestó de nuevo el que tenía la Iglesia Santa militante en la tierra y la soledad y necesidad de los fieles, cuyo amparo se le dejaba a su elección. Este orden de la admirable Providencia del Altísimo fue dar ocasión a la Madre de Misericordia para que sobreexcediese y aventajase a sí misma y obligase al linaje humano con un acto de piedad y clemencia como el que hizo, semejante al de su Hijo en admitir el estado pasible, suspendiendo la gloria que pudo y debía recibir en el cuerpo para redimirnos. Imitóle en esto también su beatísima Madre, para que en todo fuese semejante al Verbo humanado, y conociendo la gran Señora sin engaño todo lo que se le proponía, se levantó del trono y postrada ante el acatamiento de las tres personas habló y dijo: Dios eterno y todopoderoso, Señor mío, el admitir luego este premio, que vuestra dignación me ofrece, ha de ser para descanso mío. El volver al mundo y trabajar más en la vida mortal entre los hijos de Adán, ayudando a los fieles de Vuestra Santa Iglesia, ha de ser de gloria y beneplácito de Vuestra Majestad y en beneficio de mis hijos los desterrados y viadores. Yo admito el trabajo y renuncio por ahora este descanso y gozo que de vuestra presencia recibo. Bien conozco lo que poseo y recibo y lo sacrifico al amor que tenéis a los hombres. Admitid, Señor y Dueño de todo mi ser, mi sacrificio, y vuestra virtud divina me gobierne en la empresa que me habéis fiado. Dilátese vuestra fe, sea ensalzado vuestro santo nombre y multipliquese Vuestra Iglesia, adquirida con la sangre de vuestro Unigénito y mío, que yo me ofrezco de nuevo a trabajar por Vuestra gloria y granjear las almas que pudiere. 

1523. Esta resignación nunca imaginada hizo la piadosísima Madre y Reina de las virtudes y fue tan agradable en la divina aceptación, que luego se la premió el Señor, disponiéndola con las purificaciones e iluminaciones que otras veces he referido (Cf. supra p.I n. 626ss) para ver la divinidad intuitivamente; que hasta entonces en esta ocasión no la había visto más de por visión abstractiva, con todo lo que había precedido. Y estando así elevada, se le manifestó en visión beatífica y fue llena de gloria y bienes celestiales, que no se pueden referir ni conocer en esta vida. 

1524. Renovó en ella el Altísimo todos los dones que hasta entonces la había comunicado y los confirmó y selló de nuevo en el grado que convenía, para enviarla otra vez por Madre y Maestra de la Santa Iglesia, y el título que antes le había dado de Reina de todo lo criado, de Abogada y Señora de los fieles, y como en la cera blanda se imprime el sello, así en María santísima por virtud de la omnipotencia divina se reimprimió de nuevo el ser humano y la imagen de Cristo, para que con esta señal volviese a la Iglesia militante, donde había de ser huerto verdaderamente cerrado y sellado (Cant 4, 12) para guardar las aguas de la vida. ¡Oh misterios tan venerables cuanto levantados! ¡Oh secretos de la Majestad altísima, dignos de toda reverencia! ¡Oh caridad y clemencia de María santísima, nunca imaginada de los ignorantes hijos de Eva! No fue sin misterio poner Dios en su elección de esta única y piadosa Madre el socorro de sus hijos los fieles, traza fue para manifestarnos en esta maravilla aquel maternal amor que acaso en otras y en tantas obras no acabaríamos de conocer. Orden divino fue, para que ni a ella le faltase esta excelencia, ni a nosotros esta deuda, y nos provocase ejemplo tan admirable. ¿A quién le pareciera mucho, a vista de esta fineza, lo que hicieron los Santos y padecieron los Mártires, privándose de algún momentáneo contentamiento para llegar al descanso, cuando nuestra amantísima Madre se privó del gozo verdadero para volver a socorrer a sus hijuelos? ¿Y cómo excusaremos nuestra confusión, cuando ni por agradecer este beneficio, ni por imitar este ejemplo, ni por obligar a esta Señora, ni por adquirir su eterna compañía y la de su Hijo, aun no queremos carecer de un leve y engañoso deleite, que nos granjea su enemistad y la misma muerte? Bendita sea tal mujer, alábenla los mismos cielos y llámenla dichosa y bienaventurada todas las generaciones. 

1525. A la primera parte de esta Historia puse fin con el capítulo 31 de las Parábolas de Salomón, declarando con él las excelentes virtudes de esta gran Señora, que fue la única mujer fuerte de la Iglesia, y con el mismo capítulo puedo cerrar esta segunda parte, porque todo lo comprendió el Espíritu Santo en la fecundidad de misterios que encierran las palabras de aquel lugar. Y en este gran sacramento de que he tratado aquí se verifica con mayor excelencia, por el estado tan supremo en que María santísima quedó después de este beneficio. Pero no me detengo en repetir lo que allí dije, porque con ello se entenderá mucho de lo que aquí podré decir y se declara cómo esta Reina fue la mujer fuerte, cuyo valor y precio vino de lejos y de los últimos fines del cielo empíreo, de la confianza que de ella hizo la Beatísima Trinidad, y no se halló frustrado el corazón de su varón, porque nada le faltó de lo que esperaba de ella. Fue la nave del mercader que desde el cielo trajo el alimento de la Iglesia a la que con el fruto de sus manos la plantó, la que se ciñó de fortaleza, la que corroboró su brazo para cosas grandes, la que extendió sus palmas a los pobres y abrió sus manos a los desamparados, la que gustó y vio cuán buena era esta negociación a la vista del premio en la bienaventuranza, la que vistió a sus domésticos con dobladas vestiduras, la que no se le extinguió la luz en la noche de la tribulación, ni pudo temer en el rigor de las tentaciones. Para todo esto, antes de bajar del cielo, pidió al Eterno Padre la potencia, al Hijo la sabiduría, al Espíritu Santo el fuego de su amor, y a todas tres Personas su asistencia y para descender su bendición. Diéronsela estando postrada ante su trono y la llenaron de nuevas influencias y participación de la divinidad. Despidiéronla amorosamente, llena de tesoros inefables de su gracia. Los Santos Ángeles y justos la engrandecieron con admirables bendiciones y loores con que volvió a la tierra, como diré en la tercera parte (Cf. infra p. III n. 3), y lo que obró en la Iglesia Santa el tiempo que convino asistir en ella, que todo fue admiración del cielo y beneficio de los hombres, que trabajó y padeció siempre porque consiguiesen la felicidad eterna. Y como había conocido el valor de la caridad en su origen y principio, en Dios eterno, que es caridad, quedó enardecida en ella, y su pan de día y noche fue caridad, y como abejita oficiosa bajó de la Iglesia triunfante a la militante, cargada de las flores de la caridad, a labrar el dulce panal de miel del amor de Dios y del prójimo, con que alimentó a los hijos pequeñuelos de la primitiva Iglesia y los crió tan robustos y consumados varones en la perfección, que fueron fundamentos bastantes para los altos edificios de la Iglesia Santa. 

1526. Y para dar fin a este capítulo, y con él a esta segunda parte, volveré a la congregación de los fieles, que dejamos tan llorosos en el monte Olivete. No los olvidó María santísima en medio de sus glorias, y viendo su tristeza y llanto y que todos estaban casi absortos mirando a la región del aire, por donde su Redentor y Maestro se les había escondido, volvió la dulce Madre sus ojos desde la nube en que ascendía y desde donde los asistía. Y viendo su dolor, pidió a Jesús amorosamente consolase aquellos hijuelos pobres que dejaba huérfanos en la tierra. Inclinado el Redentor del linaje humano con los ruegos de su Madre, despachó desde la nube dos Ángeles con vestiduras blancas y refulgentes, que en forma humana aparecieron a todos los discípulos y fieles y hablando con ellos les dijeron: Varones galileos, no perseveréis en mirar al cielo con tanta admiración, porqué este Señor Jesús, que se alejó de vosotros y ascendió al cielo, otra vez ha de volver con la misma gloria y majestad que ahora le habéis visto.—Con estas razones, y otras que añadieron, consolaron a los apóstoles y discípulos y a los demás, para que no desfalleciesen y esperasen retirados la venida y consolación que les daría él Espíritu Santo prometido por su divino Maestro. 

1527. Pero advierto que estas razones de los Ángeles, aunque fueron de consuelo para aquellos varones y mujeres, fueron también reprensión de su poca fe. Porque si ella estuviera bien informada y fuerte con el amor puro de la caridad, no era necesario ni útil estar mirando al cielo tan suspensos, pues ya no podían ver a su Maestro, ni detenerle con aquel amor y cariño tan sensible que les obligaba a mirar el aire por donde había ascendido al cielo, antes bien con la fe le podían ver y buscar a donde estaba y con ella le hallaran seguramente. Y lo demás era ya ocioso e imperfecto modo de buscarle, pues para obligarle a que los asistiese con su gracia, no era menester que corporalmente le vieran y le hablaran, y el no entenderlo así, en varones tan ilustrados y perfectos era defecto reprensible. Mucho tiempo cursaron los Apóstoles y discípulos en la escuela de Cristo nuestro bien y bebieron la doctrina de la perfección en su misma fuente, tan pura y cristalina, que pudieran estar ya muy espiritualizados y capaces de la más alta perfección. Pero es tan infeliz nuestra naturaleza en servir a los sentidos y contentarse con lo sensible, que aun lo más divino y espiritual quiere amar y gustar sensiblemente; y acostumbrada a esta grosería, tarda mucho en sacudirse y purificarse de ella, y tal vez se engaña, cuando con más seguridad y satisfacción ama al mejor objeto. Esta verdad para nuestra enseñanza se experimentó en los Apóstoles, a quienes el Señor había dicho que de tal manera era verdad y luz que juntamente era camino y que por él habían de llegar al conocimiento de su Eterno Padre; que la luz no es para manifestarse a sí sola, ni el camino es para quedarse en él. 

1528. Esta doctrina tan repetida en el Evangelio y oída de la boca del autor mismo y confirmada con el ejemplo de su vida, pudiera levantar el corazón y entendimiento de los Apóstoles a su inteligencia y práctica. Pero el mismo gusto espiritual y sensible que recibían de la conversación y trato de su Maestro y la seguridad con que le amaban de justicia, les ocupó todas las fuerzas de la voluntad atada al sentido, de manera que aún no sabían pasar de aquel estado, ni advertir que en aquel gusto espiritual se buscaban mucho a sí mismos, llevados de la inclinación al deleite espiritual, que viene por los sentidos. Y si no los dejara su mismo Maestro subiéndose a los cielos, fuera muy difícil apartarlos de su conversación sin grande amargura y tristeza, y con ella no estuvieran idóneos para la predicación del Evangelio, que se debía extender por todo el mundo a costa de mucho trabajo y sudor y de la misma vida de los que le predicaban. Este era oficio de varones no párvulos, sino esforzados y fuertes en el amor, no aficionados ni cariñosos al regalo sensible del espíritu, sino dispuestos a padecer abundancia y penuria, a la infamia y a la buena fama (2 Cor 6, 8), a las honras y deshonras, a la tristeza y alegría, conservando en esta variedad el amor y celo de la honra de Dios, con corazón magnánimo y superior a todo lo próspero y adverso. Con esta reprensión de los Ángeles se volvieron del monte Olívete al cenáculo con María santísima, donde perseveraron con ella en oración, aguardando la venida del Espíritu Santo, como en la tercera parte veremos. 


Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima. 

1529. Hija mía, a esta segunda parte de mi vida darás dichoso fin con quedar muy advertida y enseñada de la suavidad eficacísima del divino amor y de su liberalidad inmensa con las almas que no le impiden por sí mismas. Más conforme es a la inclinación del sumo bien y su voluntad perfecta y santa regalar a las criaturas que afligirlas, darles consuelos más que aflicciones, premiarlas más que castigarlas, dilatarlas más que contristarlas. Pero los mortales ignoran esta ciencia divina, porque desean que de la mano del sumo bien les vengan las consolaciones, deleites y premios terrenos y peligrosos, y los anteponen a los verdaderos y seguros. Este pernicioso error enmienda el amor divino en ellos, cuando los corrige con tribulaciones y los aflige con adversidades, los enseña con castigos, porque la naturaleza humana es tarda, grosera y rústica, y si no se cultiva y rompe su dureza no da fruto sazonado, ni con sus inclinaciones está bien dispuesta para el trato amabilísimo y dulce del sumo bien. Y así, es necesario ejercitarla y pulirla con el martillo de los trabajos y renovar en el crisol de la tribulación, con que se haga idónea y capaz de los dones y favores divinos, enseñándose a no amar los objetos terrenos y falaces, donde está escondida la muerte. 

1530. Poco me pareció lo que yo trabajé cuando conocí el premio que la bondad eterna me tenía prevenido, y por esto dispuso con admirable providencia que volviese a la Iglesia militante por mi propia voluntad y elección, porque venía a ser este orden de mayor gloria para mí y de exaltación al santo nombre del Altísimo, y se conseguía el socorro de la Iglesia y de sus hijos por el modo más admirable y santo. A mí me pareció muy debido carecer aquellos años que viví en el mundo de la felicidad que tenía en el cielo y volver a granjear en el mundo nuevos frutos de obras y agrado del Altísimo, porque todo lo debía a la bondad divina que me levantó del polvo. Aprende, pues, carísima, de este ejemplo y anímate con esfuerzo para imitarme en el tiempo que la Santa Iglesia se halla tan desconsolada y rodeada de tribulaciones, sin haber de sus hijos quien procure consolarla. En esta causa quiero que trabajes con esfuerzo, orando, pidiendo y clamando de lo íntimo del corazón al Todopoderoso por sus fieles y padeciendo y, si fuere necesario, dando por ella tu propia vida, que te aseguro, hija mía, será muy agradable tu cuidado en los ojos de mi Hijo santísimo y en los míos. Todo sea para gloria y honra del Altísimo, Rey de los siglos, inmortal e invisible, y de su Madre santísima María, por todas sus eternidades. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 29

SERMÓN DE MONSEÑOR LEFEBVRE EN LILLE, FRANCIA



Mis queridísimos hermanos:

Antes de dirigirles algunas palabras de exhortación, quisiera primero disipar algunos malentendidos. Y, por empezar, respecto de esta misma reunión.

Podrán ver por la simplicidad de esta ceremonia que no habíamos preparado una ceremonia para que reuniera a una multitud como la que se encuentra en esta sala. Habíamos pensado celebrar la santa misa el 29 de agosto como estaba convenido, en medio de algunos centenares de fieles de la región de Lille, como lo hago frecuentemente en Francia, en Europa y hasta en América, sin grandes anuncios.

Y he aquí que de golpe, esta fecha del 29 de agosto se ha convertido, por la prensa, por la radio, por la televisión, como en una especie de manifestación que se parecería dicen, a un desafío. Y bien no, esta manifestación no es un desafío. Esta manifestación son ustedes los que la han querido, queridos fieles, queridos fieles que han venido aquí desde lejos. ¿Por qué? Para manifestar su fe católica. Para manifestar su creencia. Para manifestar su deseo de rezar y de santificarse como lo hicieron sus padres en la fe, como lo hicieron generaciones y generaciones antes que ustedes. Ése es el verdadero objeto de esta ceremonia, durante la cual deseamos rezar, rezar con todo nuestro corazón, adorar a Nuestro Señor Jesucristo que descenderá dentro de unos instantes sobre este altar y que renovará el sacrificio de la Cruz del que tanta necesidad tenemos.

Quisiera igualmente disipar otro malentendido. Y aquí me excuso, pero me veo obligado a decirlo: no soy yo quien me he llamado el jefe de los tradicionalistas. Ustedes saben quién lo ha hecho hace poco tiempo en circunstancias del todo solemnes y memorables en Roma. Se ha dicho que monseñor Lefebvre era el jefe de los tradicionalistas. No quiero ser el jefe de los tradicionalistas y no lo soy. ¿Por qué? Porque soy yo también un simple católico. Por cierto sacerdote, por cierto obispo, pero estoy en las mismas condiciones en las cuales se encuentran ustedes, y tengo las mismas reacciones ante la destrucción de la Iglesia, ante la destrucción de nuestra fe, ante las ruinas que se acumulan ante nuestros ojos.

Habiendo tenido la misma reacción he pensado que era mi deber formar sacerdotes, formar verdaderos sacerdotes que la Iglesia necesita. A estos sacerdotes los he formado en una "sociedad San Pío X" que ha sido reconocida por la Iglesia. Y yo sólo hacía lo que todos los obispos hicieron durante siglos y siglos, no he hecho otra cosa, y lo que hice durante treinta años de mi vida sacerdotal. Lo que me valió ser obispo, lo que me valió ser delegado apostólico en Africa, lo que me valió ser miembro de la comisión central preconciliar, lo que me valió ser asistente del trono pontificio. ¿Qué podía desear como prueba de que Roma estimaba que mi trabajo era un trabajo que era provechoso para la Iglesia y para el bien de las almas? Y ahora que hago lo mismo, una obra del todo semejante a la que realicé durante treinta años, y he aquí que de golpe soy suspendido a divinis, quizás pronto excomulgado, separado de la Iglesia, renegado, ¿qué sé yo? ¿Es esto posible? ¿Entonces lo que hice durante treinta años era susceptible también de una suspensión a divinis?

Pienso, por el contrario, que si en aquel momento hubiera formado a seminaristas como los forman ahora en los nuevos seminarios, habría sido excomulgado. Si en aquel momento hubiera enseñado el catecismo que se enseña en las escuelas, me habrían dicho hereje. Y si hubiera dicho la santa misa como se la dice ahora, me habrían calificado como sospechoso de herejía, me habrían ubicado también fuera de la Iglesia. Entonces, ya no comprendo nada. Precisamente algo ha cambiado en la Iglesia, y es a esto a lo que quiero llegar.

Agrego un pequeño paréntesis para el querido monseñor Ducaud-Bourget, que está aquí presente. Me ha rogado, y lo comprendo muy bien, que dijera que era absolutamente falso que haya sido, él, suspendido a divinis y que haya sido borrado de la Orden de Malta. Así pues, la prensa inventa muchas cosas que no corresponden para nada a la realidad. Como también dijeron que yo iba a ir a la asamblea de los obispos de Lourdes, cuando nunca tuve intenciones de ir.

Pero debemos justamente volver a las razones que nos hacen tomar tal actitud. ¡Ah! actitud extremadamente grave, lo reconozco; oponerse a las más altas autoridades de la Iglesia, ser suspendido a divinis, para un obispo es una cosa grave, una cosa muy penosa. Cómo se puede soportar semejante cosa, si no es por razones excesivamente graves. Y sí, las razones de nuestra actitud y de la actitud de ustedes son razones graves: es la defensa de nuestra fe, la defensa de la fe de ustedes. ¿Pero acaso las autoridades que están en Roma pondrían en peligro nuestra fe? No juzgo a esas autoridades. Diría que no quiero juzgarlas personalmente. Quisiera juzgarlas como el Santo Oficio antaño juzgaba un libro, y lo ponía en el Index. Roma estudiaba el libro, no tenía necesidad de conocer a la persona que había escrito ese libro. Le bastaba estudiar lo que había en las afirmaciones que estaban escritas. Y si esas afirmaciones eran contrarias a la doctrina de la Iglesia, ese libro era condenado y puesto en el Index, sin tener necesidad de interpelar a la persona. Se dijo precisamente en el concilio, algunos obispos se levantaron en contra de este procedimiento diciendo: "Es inadmisible que se ponga a un libro en el Index cuando ni siquiera se ha escuchado a quien lo escribió". Pero no es necesario ver a alguien que ha escrito un libro, con tal de que se tenga en la mano el texto de cosas que son absolutamente contrarias a la doctrina de la Iglesia. Es el libro el que es condenado porque sus palabras son contrarias a la doctrina católica. Es pues de esta manera que debemos juzgar las cosas. Debemos juzgarlas por los hechos, como muy bien lo dijo Nuestro Señor en el Evangelio que leíamos hace muy poco aún, y a propósito precisamente de esos lobos que están cubiertos de pieles de ovejas, decía: "Reconoceremos al árbol por sus frutos". Bueno, los frutos están ante nosotros. Los frutos son evidentes. Están claros ante nuestros ojos. Esos frutos que vienen del Concilio Vaticano II y de las reformas posconciliares son frutos amargos. Frutos que destruyen a la Iglesia. Y cuando me dicen: "No toque al concilio ni a las reformas posconciliares", entonces yo contesto, como lo dicen los que hacen las reformas: "No soy yo quien hizo estas reformas". Los que hacen esas reformas nos dicen: "Las hacemos en nombre del concilio. Hemos hecho la reforma litúrgica en nombre del concilio. Hemos hecho la reforma de los catecismos en nombre del concilio. Hemos hecho todas las reformas en nombre del concilio". Ahora bien, ellos son las autoridades de la Iglesia. Son ellos los que, por consiguiente, interpretan legítimamente el concilio. ¿Qué pasó en ese concilio? Lo podemos saber fácilmente leyendo los libros de quienes fueron los instrumentos de ese cambio en la Iglesia, que se ha operado ante nuestros ojos. Lean por ejemplo El ecumenismo visto por un francmasón, de Marsaudon; lean el libro del senador del Doubs, el señor Prelot, El catolicismo liberal, escrito en 1969, y él les dirá lo que es el concilio, él, un católico liberal. Lo dice en las primeras páginas de su libro: "Hemos luchado durante un siglo y medio para hacer prevalecer nuestras opiniones en el interior de la Iglesia y no hemos tenido éxito. Al fin vino el Vaticano II y triunfamos. En lo sucesivo las tesis y los principios del catolicismo liberal están definitivamente aceptados y oficialmente por la santa Iglesia". ¿A ustedes les parece que esto no es un testimonio? No soy yo quien dice esto, es él quien lo dice, triunfante, él lo dice felicitándose.

Nosotros lo decimos llorando. Porque ¿qué quisieron los católicos liberales durante un siglo y medio? Casar la Iglesia con la Revolución. Casar la Iglesia con la subversión. Casar la Iglesia con las fuerzas destructoras de la sociedad, de toda sociedad, desde la sociedad familiar y la sociedad civil, hasta la sociedad religiosa. Y este casamiento de la Iglesia está inscrito en el concilio: tomen el esquema Gaudium et Spes y encontrarán allí: hay que casar los principios de la Iglesia con las concepciones del hombre moderno. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que hay que casar a la Iglesia, la Iglesia católica, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo con principios que son contrarios a esta Iglesia, que la minan, que siempre han estado contra la Iglesia. Y es precisamente este casamiento el que fue intentado en el concilio por hombres de Iglesia. Y no por la Iglesia. Porque jamás la Iglesia puede admitir una cosa así. Durante un siglo y medio precisamente todos los soberanos pontífices condenaron ese catolicismo liberal, rechazaron ese casamiento con las ideas de la Revolución, con las ideas de aquéllos que adoraron a la diosa razón. Los papas jamás pudieron aceptar cosa semejante. Y en nombre de esta Revolución algunos sacerdotes subieron al cadalso, algunas religiosas igualmente fueron perseguidas y asesinadas. Recuerden los pontones de Nantes, donde eran amontonados todos los sacerdotes fieles y eran hundidos mar adentro. Eso es lo que hizo la Revolución. Bueno, yo les digo, mis queridísimos hermanos, lo que hizo la Revolución no es nada al lado de lo que ha hecho el Vaticano II. Nada. Más hubiera valido que los treinta y cuarenta y cincuenta mil sacerdotes que abandonaron la sotana, que abandonaron su juramento hecho ante Dios, sean martirizados y vayan al cadalso; habrían por lo menos ganado su alma. Y ahora corren el riesgo de perderla. Nos dicen que de entre esos pobres sacerdotes casados muchos ya están divorciados, muchos han pedido la anulación del matrimonio a Roma. ¿Qué significan estas cosas? ¿Cuántas religiosas? Veinte mil religiosas en los Estados Unidos que han abandonado su religión, que han abandonado su congregación religiosa y su juramento (que habían hecho a perpetuidad), roto ese vínculo que tenían con Nuestro Señor Jesucristo para correr también al casamiento. Más les hubiera valido igualmente subir al cadalso. Por lo menos habrían dado testimonio de su fe. En definitiva, cuando un enemigo hace mártires de la Iglesia, hace lo que ya decía el adagio en los primeros siglos: sanguis martyrum semen christianorum —la sangre de los mártires es una semilla de cristianos. Y esto lo saben muy bien los que persiguen a los cristianos. Tienen miedo de hacer mártires porque saben que la sangre dé los mártires es una semilla de cristianos. Ya no se quieren hacer más mártires y es la victoria máxima del demonio la de destruir a la Iglesia por la obediencia.

Destruir a la Iglesia por la obediencia. Vemos que sé la destruye todos los días ante nuestros ojos; los seminarios vacíos, ese bello seminario de Lille que estaba lleno de seminaristas. ¿Dónde están los seminaristas? ¿Quiénes son aún estos seminaristas? ¿Saben que van a ser sacerdotes? ¿Saben lo que van a hacer cuando sean sacerdotes? Ah, es precisa-mente porque esta unión querida por esos católicos liberales, querida entre la Iglesia v la Revolución y la subversión, es una unión adúltera de la Iglesia, adúltera. Y de esta unión adúltera sólo rueden salir bastardos. ¿Y quienes son esos bastardos? Son nuestros ritos, el rito de la misa es un rito bastardo, los sacramentos son sacramentos bastardos, ya no sabemos si son sacramentos que dan la gracia o que no la dan. Ya no sabemos si esta misa da el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo o si no los da. Los sacerdotes que salen de los seminarios ya no saben ellos mismos lo que son. En Roma el cardenal Cincinatti decía: "Por qué no hay más vocaciones? Porque la Iglesia, ya no sabe lo que es un sacerdote". Entonces ¿cómo puede seguir formando sacerdotes si ya no sabe lo que es un sacerdote? Los sacerdotes que salen de los seminarios son sacerdotes bastardos. Ya no saben lo que son. No saben que están hechos para subir al altar para ofrecer el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo y para dar a Jesucristo a las almas y llamar a las almas a Jesucristo. Eso es lo que es un sacerdote. Y nuestros jóvenes que están aquí lo comprenden muy bien. Toda su vida va a ser consagrada a eso, a amar, a adorar, a servir a Nuestro Señor Jesucristo en la santa Eucaristía, porque creen en ella, en la presencia de Nuestro Señor en la santa Eucaristía. Y esta unión adúltera de la Iglesia y de la Revolución se concretiza por el diálogo. La Iglesia, si ha dialogado, es para convertir. Nuestro Señor dijo: "Id, enseñad a todas las naciones, convertidlas". Pero no dijo dialoguen con ellas para no convertirlas, para tratar de ponernos en un pie de igualdad con ellas.

El error y la verdad no son compatibles. Se debe examinar si se tiene caridad hacia los otros, como acaba de decirlo el Evangelio: el que tiene caridad es el que sirve a los demás. Pues bien, los que tienen caridad deben dar a Nuestro Señor, deben dar la riqueza que tienen a los demás, y no conversar con ellos, dialogar en un pie de igualdad. La verdad y el error no están en un pie de igualdad. Sería poner a Dios y al diablo al mismo nivel, puesto que el diablo es el padre de la mentira, el padre del error.

Debemos por lo tanto ser misioneros.

Debemos predicar el Evangelio, convertir a las almas a Jesucristo y no dialogar con ellas tratando de tomar sus principios. Esto es lo que nos ha hecho esa misa bastarda, esos ritos bastardos. Porque se quiso dialogar con los protestantes y los protestantes nos dijeron: "Nosotros no queremos la misa de ustedes, no la queremos porque entraña cosas que son incompatibles con nuestra fe protestante. Entonces, cambien esa misa y podremos rezar con ustedes. Podremos hacer intercomuniones. Podremos recibir sus sacramentos, ustedes podrán venir a nuestras iglesias, nosotros iremos a las de ustedes y todo terminará y tendremos la unidad". Tendremos la unidad en la confusión, en la bastardía. Nosotros no queremos eso. La Iglesia no lo quiso nunca. Amamos a los protestantes, quisiéramos convertirlos. Pero no es amarlos el hacerles creer que tienen la misma religión que la religión católica. Lo mismo pasa con los masones. Ahora se quiere dialogar con los masones. No solamente dialogar con ellos, sino permitir a los católicos formar parte de la masonería. Pero esto es una vez más un diálogo abominable. Sabemos perfectamente que esas personas que dirigen la masonería, al menos los responsables, están radicalmente en contra de Nuestro Señor Jesucristo. Y esas misas negras que realizan, esas misas abominables, sacrílegas, horribles que realizan, son parodias de la Misa de Nuestro Señor y ellos quieren hostias consagradas para realizar esas misas negras. Saben que Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía, porque el diablo sabe que Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía. No quieren hostias provenientes de misas de las que no saben si el Cuerpo de Nuestro Señor está ahí o no. Y entonces ¿dialogar con gentes que quieren la muerte de nuestro Señor Jesucristo por segunda vez, en la persona de sus miembros, en la persona de la Iglesia? No podemos admitir semejante diálogo. Ya sabemos lo que costó el primer diálogo de Eva con el diablo. Ella nos perdió, nos puso a todos en estado de pecado. Porque dialogó con el diablo. No se dialoga con el diablo. Y se predica a los que están bajo la influencia del diablo para que se conviertan, para que vengan a Nuestro Señor Jesucristo. No se dialoga con los comunistas. Se dialoga con las personas, pero no se dialoga con el error.

Pero precisamente ¿por qué de una manera en verdad firme y resuelta no queremos aceptar esta unión adúltera de la Iglesia con la Revolución? Porque nosotros afirmamos la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué Pedro fue hecho Pedro? Recuerden el Evangelio. Pedro se convirtió en Pedro porque confesó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y todos los apóstoles profesaron también esta fe públicamente, después de Pentecostés. E inmediatamente se los persiguió. Los príncipes de los sacerdotes les dijeron: "No nos hablen más de ese hombre, no podemos ya escuchar ese nombre de Nuestro Señor Jesucristo". Y los apóstoles dijeron: non possumus —no podemos no hablar de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestro Rey.

Pero ustedes me dirán: "¿Es posible? ¿Usted parece acusar a Roma de no creer en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo?" El liberalismo tiene siempre dos caras: afirma la verdad, que pretende es "la tesis", y luego en la realidad, en la práctica, en "la hipótesis", como él dice, actúa como los enemigos, con los principios de los enemigos de la Iglesia. De tal manera que siempre se está en la incoherencia. Y bien, ¿qué quiere decir la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo? Que Nuestro Señor es la única persona en el mundo, el único ser humano en el mundo que pudo decir: "Yo soy Dios". Y por el hecho mismo que pudo decir "Yo soy Dios", era el único Salvador de la humanidad, era el único Sacerdote de la humanidad, y era el único Rey de la humanidad. Por su naturaleza, no por privilegio, no por título, por su propia naturaleza, porque era Hijo de Dios. Ahora bien, hoy se dice: "No solamente hay salvación en Jesucristo, hay salvación fuera de Nuestro Señor Jesucristo. No hay solamente el sacerdocio en Nuestro Señor Jesucristo, todos los fieles son sacerdotes, todo el mundo es sacerdote". Cuando hay que participar sacramentalmente en el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo para poder ofrecer el sacrificio de la Misa; segundo error. Finalmente, ya no se quiere el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Bajo el pretexto de que no es posible. Esto lo he escuchado de la boca del nuncio de Berna; lo he escuchado de la boca del enviado del Vaticano, de la boca del padre Dhanis, ex rector de la Universidad Gregoriana, quien vino a pedirme en nombre de la Santa Sede que no hiciera las ordenaciones del 29 de junio. El estaba el 27 de junio en Flavigny cuando yo predicaba el retiro a los seminaristas. Y cuando me dijo: "¿Por qué está usted contra el Concilio?" — "Pero en fin, ¿es posible aceptar el Concilio, cuando en nombre del Concilio usted dice que hay que destruir todos los Estados católicos, que ya no tiene que haber más Estados católicos, por ende ya no más Estados en los cuales reine Nuestro Señor Jesucristo? ¿Ya no es posible? Una cosa es que ya no sea posible, otra cosa que tomemos eso como principio y que por consiguiente ya no busquemos más el reinado de Nuestro Señor Jesucristo".

¿Y qué es lo que decimos todos los días en nuestro "Padrenuestro"? Venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué es ese reino? Hace un momento han cantado en el Gloria "Tu solus Dominus, Tu solus altissimus Jesu Christe" —Tú eres el único Altísimo, Tú eres el único Señor. Lo cantaríamos y en cuanto hubiéramos salido, diríamos: ";Ah, no! ya no es necesario que Nuestro Señor Jesucristo reine sobre nosotros". Pero, ¿es que vivimos en el ilogismo? ¿Somos cristianos o no? ¿Somos católicos o no?

No habrá paz en esta tierra si no es en el reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Los Estados se desesperan, todos los días hay páginas y páginas en los diarios, en la televisión, en la radio, otra vez ahora con el cambio del primer ministro: ¿Qué vamos a hacer para que se arregle la situación económica? ¿Qué vamos a hacer para que vuelva. el dinero? ¿Qué vamos a hacer para que las industrias prosperen?, etcétera. Todos los diarios están llenos de esto en el mundo entero. Pues bien, incluso desde el punto de vista económico, es preciso que Nuestro Señor Jesucristo reine. Porque el reinado de Nuestro Señor Jesucristo, es el reinado de sus principios de amor, justamente, de los mandamientos de Dios, que ponen equilibrio en la sociedad, que hacen reinar la justicia y la paz en la sociedad; solamente dentro del orden, de la justicia, de la paz de la sociedad, la economía puede reinar, la economía puede volver a florecer. Se lo ve muy bien. Tomen la imagen de la República Argentina. ¿En qué estado estaba hace sólo dos o tres meses? Una anarquía completa, los bandidos matando a derecha y a izquierda, las industrias completamente arruinadas, los patrones de las fábricas raptados y tomados como rehenes, ¿qué sé yo? Una revolución inverosímil. En un país sin embargo tan hermoso, tan equilibrado, tan simpático como la República Argentina. Una República que podría ser de una prosperidad increíble, con riquezas extraordinarias. Hay un gobierno que tiene principios, que tiene autoridad, que pone un poco de orden en los asuntos, que impide que los bandidos maten a los demás, y entonces la economía vuelve, los obreros tienen trabajo, y pueden volver a sus casas sabiendo que no van a ser matados por alguien que quisiera hacerlos hacer huelga cuando no desean hacer huelga. He ahí el reinado de Nuestro Señor Jesucristo que queremos y que profesamos en nuestra fe diciendo que Nuestro Señor Jesucristo es Dios.

Es por esto que también queremos la Misa de San Pío V. ¿Por qué? Porque esta Misa es la proclamación de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. La nueva misa es una especie de misa híbrida, que ya no es jerárquica, que es democrática, en la que la asamblea ocupa más lugar que el sacerdote, por lo que ya no es una misa verdadera que afirme la realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Porque ¿cómo se hizo también rey Nuestro Señor Jesucristo? Afirmó su realeza por su cruz: regnavít a ligno Deus. Jesucristo reinó por el madero de la cruz. Porque venció al pecado, venció al demonio, venció a la muerte por su cruz. Son pues tres victorias magníficas de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, nos dirán que eso es "triunfalismo" de Nuestro Señor Jesucristo. Y es por eso que nuestros antepasados construyeron esas magníficas catedrales. ¿Para qué haber gastado tanto dinero, gentes que eran mucho más pobres que nosotros, para qué haber gastado tanto tiempo para hacer esas magníficas catedrales que todavía admiramos hoy, incluso los que no creen? ¿Por qué? A causa del altar. A causa de Nuestro Señor Jesucristo. Para marcar el triunfo de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y bien, sí, queremos profesar el triunfo de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo en nuestra Misa y es por ello que nos arrodillamos. Nos gusta arrodillarnos ante la santa Eucaristía. Si hubiéramos tenido tiempo, pero no quiero retenerlos demasiado, hubiéramos circulado con el Santísimo Sacramento entre las filas para que ustedes manifestaran a Nuestro Señor Jesucristo, a su santa Eucaristía, que lo adoran. Señor, tú eres nuestro Dios; oh Jesucristo, te adoramos. Sabemos que es por ti que hemos nacido, es por ti que hemos sido cristianos, es por ti que fuimos redimidos, eres tú quien nos juzgará en la hora de nuestra muerte, eres tú quien nos dará la gloria en el cielo si la hemos merecido. Nuestro Señor está presente, como lo estaba en la cruz, en la santa Eucaristía. Eso es lo que debemos hacer, eso es lo que debemos pedir.

No estamos contra nadie.

No somos comandos, no le deseamos mal a nadie.

Queremos solamente que nos dejen profesar nuestra fe en Nuestro Señor Jesucristo.

Entonces nos echan de nuestras iglesias, a causa de ello, echan a los pobres sacerdotes, porque dicen la antigua Misa por la cual fueron santificados todos nuestros santos y nuestras santas: santa Juana de Arco, el santo cura de Ars, Teresita del Niño Jesús fueron santificados por esta Misa y ahora algunos sacerdotes son expulsados brutalmente, cruelmente de su parroquia porque dicen esta Misa que ha santificado a los santos durante siglos. ¡Es absurdo! ¡Casi diría que es una historia de locos! Nos preguntamos si no estamos soñando. No es posible que esta Misa se haya convertido en una especie de horror para nuestros obispos y para quienes debieran conservar nuestra fe. ¡Y bueno! Conservaremos la Misa de San Pío V porque la Misa de san Pio V es la Misa de veinte siglos. Es la Misa de siempre, no es solamente la Misa de san Pío V, y representa nuestra fe, es un escudo para nuestra fe. Y necesitamos ese escudo para nuestra fe.

Entonces nos dirán que nosotros hacemos una cuestión del latín y de la sotana. Evidentemente, es fácil desacreditar a aquéllos con quienes no se esta de acuerdo, de esta manera. Por cierto, el latín tiene su importancia y cuando yo estaba en Africa era magnífico ver a esas multitudes africanas que tenían una lengua diferente —teníamos a veces cinco o seis tribus diferentes que no se entendían entre sí— que podían asistir a misa en nuestras iglesias y cantar cánticos en latín con un fervor extraordinario, extraordinario. Vayan a ver ahora: se pelean en las iglesias porque dicen la misa en una lengua que no es la de ellos; entonces no están contentos, piden que haya una misa en su lengua. Es la confusión total. Mientras que antes esa unidad era perfecta. Es un ejemplo. Sin duda —ustedes habrán visto que hemos leído en francés la epístola y el evangelio, no vemos absolutamente ningún inconveniente en ello; e incluso si se agregaran además algunas oraciones en francés, oraciones comunes en francés, no veríamos ningún inconveniente. Pero nos parece que sin embargo el cuerpo de la misa, lo esencial de la misa, que va del ofertorio a la comunión del sacerdote, debería seguir siendo en una lengua única a fin de que todos los hombres de todas las naciones puedan asistir a la misa juntos y sentirse unidos en esta unidad de la fe, en esta unidad de la oración. Por ello pedimos, verdaderamente hacemos un llamado a los obispos y hacemos un llamado a Roma: que tengan a bien tomar en consideración el deseo que tenemos de rezar como nuestros antepasados, el deseo que tenemos de conservar la fe católica, el deseo que tenemos de adorar a Nuestro Señor Jesucristo, de querer su reinado. Esto es lo que le dije al Santo Padre en mi última carta —y creía realmente que era la última porque no creía que el Santo Padre me dirigiría otras cartas—, le dije:


Muy Santo Padre: devolvednos el derecho público de la Iglesia, es decir, el reinado de Nuestro Señor Jesucristo; devolvednos la verdadera Biblia y no una biblia ecuménica, sino la verdadera Biblia tal como era antaño la Vulgata que fue tantas y tantas veces consagrada por los concilios y los papas. Devolvednos la verdadera Misa, una Misa jerárquica, una Misa dogmática que defienda nuestra fe y que era la de tantos y tantos siglos y que ha santificado a tantos católicos. Y finalmente devolvednos nuestro catecismo según el modelo del catecismo del concilio de Trento. Porque sin un catecismo preciso, sin una fe precisa, ¿qué serán nuestros niños mañana, qué serán las futuras generaciones?: ya no conocerán más la fe católica y eso ya lo comprobamos hoy en día. Ay, no recibí ninguna respuesta, nada más que la suspensión a divinis. Y es por ello que no considero estas penas como penas válidas. Tanto canónica como teológicamente, pienso con toda sinceridad, con toda paz, con toda serenidad, que no puedo contribuir por esas suspensiones, por esas penas que me son aplicadas y por el cierre de mis seminarios, por la negativa a hacer ordenaciones, no quiero contribuir a la destrucción de la Iglesia católica.

Quiero que en la hora de mi muerte cuando Nuestro Señor me preguntará: "¿Qué hiciste de tu episcopado, qué hiciste de tu gracia episcopal y sacerdotal?", que no pueda escuchar de la boca del Señor: "Contribuiste a destruir la Iglesia con los demás".

Mis queridísimos hermanos, acabo y término dirigiéndome a ustedes, diciéndoles: ¿Qué tienen que hacer? Ah, lo sé muy bien, muchos grupos nos piden: "Monseñor, denos sacerdotes, denos sacerdotes, denos verdaderos sacerdotes. Eso es lo que necesitamos.

Tenemos lugar para ponerlo, construiremos una capillita, estará ahí en nuestra casa, instruirá a nuestros hijos: el verdadero catecismo, la verdadera fe. Queremos conservar la fe, como hicieron los japoneses durante tres siglos cuando no tenían sacerdotes. ¡Denos sacerdotes!". Y bien, mis queridísimos hermanos, hago todo lo posible para preparárselos y puedo decir que es mi gran consuelo sentir en estos seminaristas una fe profunda de verdaderos sacerdotes. Ellos han comprendido lo que es Nuestro Señor Jesucristo. Han comprendido lo que es el santo sacrificio de la Misa, los Sacramentos. Tienen una profunda fe arraigada en su corazón. Son, diría yo, mejor de lo que podíamos ser nosotros hace cincuenta años en nuestros seminarios, porque viven en una situación difícil. Por otra parte, muchos de ellos han hecho estudios universitarios. ¡Cuando nos objetan que esos jóvenes no están adaptados y no sabrán hablar a las generaciones modernas! Estos muchachos que han hecho tres, cinco, siete años de universidad, ¿no conocen a su generación? ¿Por qué han venido a Ecóne para hacerse sacerdotes? Es precisamente para dirigirse a su generación. La conocen bien, mucho mejor que nosotros, mucho mejor que todos los que nos critican. Entonces serán muy capaces de hablar el lenguaje necesario para convertir a las almas. Y es por eso que me siento muy feliz de poder decirles: otra vez tendremos veinticinco nuevos miembros este año en el seminario de Ecóne, a pesar de las dificultades; tendremos diez nuevos en nuestro seminario de los Estados Unidos en Armada; y cuatro nuevos en nuestro seminario de habla alemán en Suiza alemana. Por consiguiente los jóvenes, a pesar de las dificultades que se nos hacen, comprenden muy bien que nosotros formamos verdaderos sacerdotes católicos.

Y es por esto que no estamos en el cisma, somos los continuadores de la Iglesia católica. Los que hacen novedades son los que entran en el cisma. Nosotros continuamos la Tradición. Y es por eso que debemos tener confianza, no debemos desesperarnos, incluso ante la situación actual. Debemos mantener. Mantener nuestra fe, mantener nuestros Sacramentos, apoyados en veinte siglos de Tradición, apoyados en veinte siglos de santidad de la Iglesia, de fe de la Iglesia. No tenemos que temer. Algunos reporteros me han preguntado a veces: "¿Monseñor, se siente usted aislado?". Yo dije: "De ninguna manera, de ninguna manera. No me siento aislado. Estoy con veinte siglos de Iglesia y estoy con todos los santos del cielo y del paraíso". ¿Por qué? Porque ellos rezaron como nosotros, porque se santificaron como nosotros tratamos de hacerlo, con los mismos medios. Estoy persuadido de que se alegran por esta asamblea de hoy. Dicen: por lo menos hay allí unos católicos que rezan, que rezan verdaderamente, que verdaderamente tienen en su corazón el deseo de la oración, de honrar a Nuestro Señor Jesucristo. Los santos del cielo se alegran, los santos ángeles de ustedes se alegran. Entonces no desesperemos, sino que recemos, recemos y santifiquémonos. Ah, hay un consejo que quisiera darles: es preciso que no se pueda decir de nosotros, de estos católicos que somos —no me gusta mucho el término de "católicos tradicionalistas", dado que no veo lo que pueda ser un católico que no es tradicionalista: la Iglesia es una tradición; y por otra parte, ¿qué serían los hombres si no estuvieran dentro de la tradición? ¡Pero si no podríamos vivir! Hemos recibido la vida de nuestros padres, hemos recibido la educación de los que estaban antes de nosotros. Somos una tradición. Dios lo ha querido así. Dios ha querido que las tradiciones vayan pasando de generación en generación tanto para las cosas humanas, para las cosas materiales, como para las cosas divinas. Por consiguiente, no ser tradicional, no ser tradicionalista, es la destrucción de uno mismo, es un suicidio. Entonces, somos católicos, seguimos siendo católicos. Que no existan divisiones entre nosotros. Precisamente si somos católicos, estamos en la unidad de la Iglesia, la unidad de la Iglesia que está en la fe. No hay unidad sino en la fe. Entonces nos dicen: "Ustedes tienen que estar con el Papa, el Papa es el signo de la fe en la Iglesia". ¡Claro! en la medida en que el Papa manifieste su estado de sucesor de Pedro, en la medida en que se hace eco de la fe de siempre, en la medida en que trasmite el tesoro que debe trasmitir. Porque una vez más, ¿qué es un Papa? Es el que nos da los tesoros de la tradición y el tesoro del depósito de la fe, y la vida sobrenatural por los sacramentos y por el sacrificio de la Misa. El obispo no es otra cosa, el sacerdote no es otra cosa: trasmitir la Verdad, trasmitir la Vida que no nos pertenece. La epístola lo decía hace un momento. La Verdad no nos pertenece, no le pertenece más al Papa que a mí. Él es el servidor de la Verdad como yo debo ser el servidor de la Verdad. Y si llegara a suceder que el Papa no fuera ya servidor de la Verdad, ya no sería Papa. No es posible. No digo que lo sea, no me hagan decir lo que no he dicho. Pero digo: si esto llegara a ser verdad, pues bien, no podríamos seguir a alguien que nos arrastra al error. Es evidente. Ahora bien, ¿cuál es el criterio de la Verdad? Me dicen: "Usted juzga al Papa". Monseñor Benelli me enrostró: "¡No es usted quien hace la verdad!" Por supuesto que no soy yo quien hace la verdad, pero el Papa tampoco. La verdad es Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto tenemos que remitirnos a lo que Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado, a lo que los apóstoles nos han enseñado, a lo que los Padres de la Iglesia, a lo que toda la Iglesia ha enseñado para saber dónde está la verdad.

No soy yo quien juzga al Santo Padre, es la Tradición.

Un niño de cinco años con su catecismo puede muy bien contestar a su obispo, si su obispo viniera a decirle: "Nuestro Señor no está presente en la Santa Eucaristía". "Yo soy el testigo de la Verdad", diría el obispo. "Yo soy el testigo de la Verdad. Yo te digo que Nuestro Señor no está presente en la santa Eucaristía". Este niño con su catecismo, tiene cinco años, lee y dice: "Pero mi catecismo dice lo contrario". ¿Entonces quién es el que tiene razón? ¿Es el obispo o es el catecismo? ¡Es el catecismo, evidentemente!

Es muy simple. Es infantil como razonamiento. Pero en eso estamos. Si hoy nos dicen que se pueden hacer intercomuniones con protestantes, que ya no existen diferencias entre nosotros y los protestantes, y bueno, no es cierto. Hay una diferencia inmensa.

Es por eso que estamos realmente estupefactos cuando pensamos que se ha hecho bendecir por el arzobispo de Canterbury, que no es sacerdote (porque las ordenaciones anglicanas no son válidas, el papa León XIII lo declaró oficial y definitivamente, porque es hereje, como lo son todos los anglicanos—, lo siento, ya no agrada ese nombre, pero con todo es la realidad; no es para insultarlo, no pido sino su conversión), luego no es sacerdote, es hereje y se le pide que bendiga a la multitud de cardenales y obispos presentes en la iglesia de San Pablo con el Santo Padre. ¡A mí me parece que esto es algo absolutamente inconcebible!

Y concluyo agradeciéndoles que hayan venido tantos y agradeciéndoles también que sigan haciendo de esta ceremonia una ceremonia profundamente piadosa, profundamente católica y rezaremos pues juntos para que Dios nos dé los medios para resolver el problema. Sería tan sencillo si cada obispo en su diócesis pusiera a nuestra disposición, a disposición de los católicos fieles, una iglesia diciéndoles: aquí está la iglesia que es de ustedes. Y aquí, cuando se piensa que el obispo de Lille ha dado una iglesia a los musulmanes, no veo por qué no habría una iglesia para los católicos fieles. Y en definitiva, toda la cuestión estaría resuelta. Eso es lo que le pediré al Santo Padre, si el Santo Padre tiene a bien recibirme: Déjenos hacer Santísimo Padre, la experiencia de la Tradición.

Monseñor Lefebvre
Sermón en Lille, Francia.
29 de agosto de 1976

VIDAS DE SANTOS PARA NIÑOS: BEATA JACINTA DE FÁTIMA




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VIDAS DE SANTOS PARA NIÑOS: BEATO FRANCISCO DE FÁTIMA



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miércoles, 4 de mayo de 2016

R. P. CARDOZO: VIDEO Y FOTOS DE LA CATEQUESIS DESPUES DE LA MISA DE SANTA CATALINA DE SIENA, EN BETIM / MG, BRASIL

Catequesis del P. Cardozo después de la Misa del día 30 de abril de 2016,  día de Santa Catalina de Siena, en la Misión Sagrada Familia en Betim/MG-Brasil. 

En esta catequesis el Padre trata de:

* Adoración al SS. Sacramento;

* Viaje a México;

* María Valtorta y el Monasterio de Santa Cruz / RJ-Brasil;

* Al salir de Padres USML;

* "El tiempo de las estructuras se ha ido?"

* "Milagros" fuera de la Iglesia?

* Las recomendaciones de los autores no católicos, por Mons. Williamson;

* Las retracciones de Don Antonio de Castro Mayer y el Arzobispo Lefebvre;

* ¿Ir a Roma?