El párroco de este pueblo dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En el año 1010 sucedió que mientras celebraba la Misa el vino vertido en el cáliz se convirtió en Sangre viva y se derramó sobre el mantel de altar, cayendo hasta el piso.
miércoles, 13 de octubre de 2010
martes, 12 de octubre de 2010
ESPERANZA AGUIRRE PAGA EL 29% DE LOS ABORTOS PERPETRADOS EN MADRID

El espejismo Aguirre: la presidenta tiene mejor imagen que Gallardón entre votantes cristianos y provida
La mandataria del PP dice estar “radicalmente en contra del aborto”, pero lo financia. Ninguna ley le obliga a financiar interrupciones voluntarias del embarazo en clínicas privadas, pero la CAM estableció un concierto con 6 abortorios.
El Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid es contrario al aborto de palabra, pero no de hecho. Los populares han criticado a ZP como “el presidente del aborto”. La propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha realizado duras declaraciones en contra de la declaración del aborto como derecho y pidió a su partido que derogara la actual ley en caso de llegar al poder: “Estoy radicalmente en contra del aborto”, dijo Aguirre en un encuentro virtual con los lectores de ABC. La presidenta es consciente de lo que les gusta escuchar a sus electores, especialmente si leen el ABC.
Sin embargo, no es ningún movimiento provida, sino el boletín epidemiológico de la Comunidad de Madrid el que ofrece algunas estadísticas interesantes sobre el aborto en 2009. Por ejemplo que, aunque sólo se notificaron 2 abortos en hospitales públicos, “las clínicas privadas realizan algunas IVE concertadas con la Administración Sanitaria, en 2009, se financiaron públicamente el 28,7%”. La Comunidad de Madrid está obligada por ley a que se realicen abortos en clínicas públicas, pero muchos médicos objetan. La solución ha sido derivar los abortos a la privada a través de un concierto, es decir, voluntariamente: concretamente, 6 clínicas se benefician de este concierto.
Aguirre ha intentado conservar el voto católico con declaraciones y con algunas subvenciones a iniciativas provida, mientras Gallardón se ha destapado sin ninguna voluntad de ocultar que financia abortos químicos repartiendo píldoras del día después. La presidenta ha obtenido así una mejor imagen entre sus electores y, en el seno del partido, frente al alcalde. Pero la realidad se muestra bien distinta, puesto que ambos dirigentes se reparten el trono del aborto: químico uno, quirúrgico otra.
Rodrigo Martín
La mandataria del PP dice estar “radicalmente en contra del aborto”, pero lo financia. Ninguna ley le obliga a financiar interrupciones voluntarias del embarazo en clínicas privadas, pero la CAM estableció un concierto con 6 abortorios.
El Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid es contrario al aborto de palabra, pero no de hecho. Los populares han criticado a ZP como “el presidente del aborto”. La propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha realizado duras declaraciones en contra de la declaración del aborto como derecho y pidió a su partido que derogara la actual ley en caso de llegar al poder: “Estoy radicalmente en contra del aborto”, dijo Aguirre en un encuentro virtual con los lectores de ABC. La presidenta es consciente de lo que les gusta escuchar a sus electores, especialmente si leen el ABC.
Sin embargo, no es ningún movimiento provida, sino el boletín epidemiológico de la Comunidad de Madrid el que ofrece algunas estadísticas interesantes sobre el aborto en 2009. Por ejemplo que, aunque sólo se notificaron 2 abortos en hospitales públicos, “las clínicas privadas realizan algunas IVE concertadas con la Administración Sanitaria, en 2009, se financiaron públicamente el 28,7%”. La Comunidad de Madrid está obligada por ley a que se realicen abortos en clínicas públicas, pero muchos médicos objetan. La solución ha sido derivar los abortos a la privada a través de un concierto, es decir, voluntariamente: concretamente, 6 clínicas se benefician de este concierto.
Aguirre ha intentado conservar el voto católico con declaraciones y con algunas subvenciones a iniciativas provida, mientras Gallardón se ha destapado sin ninguna voluntad de ocultar que financia abortos químicos repartiendo píldoras del día después. La presidenta ha obtenido así una mejor imagen entre sus electores y, en el seno del partido, frente al alcalde. Pero la realidad se muestra bien distinta, puesto que ambos dirigentes se reparten el trono del aborto: químico uno, quirúrgico otra.
Rodrigo Martín
Fuente: Hispanidad
NUESTRA SEÑORA DEL PILAR, PATRONA DE LA HISPANIDAD - 12 DE OCTUBRE

Historia de la Aparición en vida de Nuestra Señora al Apóstol Santiago
Según documentos del siglo XIII, el Apóstol Santiago, El Mayor, hermano de San Juan, viajó a España a predicar el evangelio (año 40 d.C.), y una noche la Virgen María se le apareció en un pilar.
La tradición nos cuenta que Santiago había llegado a Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, y una noche, estando en profunda oración junto a sus discípulos a orillas del río Ebro, la Santísima Virgen María se manifestó sobre un pilar, acompañada por un coro de ángeles, (ella aun vivía en Palestina).La Virgen le habló al Apóstol pidiéndole que se le edificase ahí una iglesia con el altar en derredor al pilar y expresó: "Este sitio permanecerá hasta el fin del mundo para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que imploren mi ayuda".
El lugar, ha sobrevivido a invasiones de diferentes pueblos y a la Guerra Civil española de 1936-1939, cuando tres bombas cayeron sobre el templo y no estallaron. También se cree que la Virgen le dio al Apóstol una pequeña estatua de madera.
Luego de la aparición, Santiago junto a sus discípulos comenzaron a construir una capilla en donde se encontraba la columna, dándole el nombre de "Santa María del Pilar". Este fue el primer templo del mundo dedicado a la Virgen. Después de predicar en España, Santiago regresó a Jerusalén. Fue ejecutado por Herodes Agripas alrededor del año 44 d.C. siendo el primer apóstol mártir, luego del suceso sus discípulos tomaron su cuerpo y lo llevaron a España para su entierro. Siglos después el lugar fue encontrado y llamado Compostela (campo estrellado).
El primer santuario sobre la tumba de Santiago la ordenaron construir el rey Alfonso II, El Casto de Asturias, y el obispo Teodomiro en el siglo IX. Hoy se encuentra una magnífica catedral en este sitio.
La tradición nos cuenta que Santiago había llegado a Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, y una noche, estando en profunda oración junto a sus discípulos a orillas del río Ebro, la Santísima Virgen María se manifestó sobre un pilar, acompañada por un coro de ángeles, (ella aun vivía en Palestina).La Virgen le habló al Apóstol pidiéndole que se le edificase ahí una iglesia con el altar en derredor al pilar y expresó: "Este sitio permanecerá hasta el fin del mundo para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que imploren mi ayuda".
El lugar, ha sobrevivido a invasiones de diferentes pueblos y a la Guerra Civil española de 1936-1939, cuando tres bombas cayeron sobre el templo y no estallaron. También se cree que la Virgen le dio al Apóstol una pequeña estatua de madera.
Luego de la aparición, Santiago junto a sus discípulos comenzaron a construir una capilla en donde se encontraba la columna, dándole el nombre de "Santa María del Pilar". Este fue el primer templo del mundo dedicado a la Virgen. Después de predicar en España, Santiago regresó a Jerusalén. Fue ejecutado por Herodes Agripas alrededor del año 44 d.C. siendo el primer apóstol mártir, luego del suceso sus discípulos tomaron su cuerpo y lo llevaron a España para su entierro. Siglos después el lugar fue encontrado y llamado Compostela (campo estrellado).
El primer santuario sobre la tumba de Santiago la ordenaron construir el rey Alfonso II, El Casto de Asturias, y el obispo Teodomiro en el siglo IX. Hoy se encuentra una magnífica catedral en este sitio.
Entre los muchos milagros ocurridos en el sagrado lugar donde la Virgen se apareció, sobresale el del cojo de Calandra. A este hombre le fue amputada una pierna en 1637 y en 1640 la pierna volvió a aparecer entera en su cuerpo. Hay varias versiones de como aconteció el suceso, pero lo importante es que sí hubo un milagro. Algunos dicen que sucedió cuando se le colocó aceite de la lámpara de la Virgen del Pilar, otros dicen que ocurrió mientras soñaba que visitaba la basílica. Cientos de personas fueron testigos de este acontecimiento y actualmente en la pared derecha de la basílica hay un cuadro que relata el prodigioso suceso.
Esta maravillosa basílica tiene once cúpulas y cuatro torres. La Capilla del Pilar es el lugar en el cual se sitúa la columna sobre la que se apareció la Virgen a Santiago. Según la tradición era una construcción externa al templo y que luego cuando se reformó el lugar fue integrado en el interior de la basílica.
El lugar más sagrado del templo es la santa columna sobre la cual se apareció la Virgen. El pilar es de jaspe, mide casi 2 metros y la pequeña estatua es de madera y tiene 38 cm.
Oraciones a Nuestra Señora del Pilar. Oh Virgen del Pilar, Reina y Madre, España y todas las naciones hispanas reconocen con gratitud tu protección constante y esperan seguir contando con ella.
Obténnos de tu Hijo fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.
Queremos que en todos los instantes de nuestra vida sintamos que tu eres nuestra Madre.Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Texto tomado de: Santoral del mes
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domingo, 10 de octubre de 2010
CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS (XIV)
EL CONCILIO VATICANO II O LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN
LA IGLESIA
La relación que indico entre la crisis de la Iglesia y la Revolución Francesa no es una simple metáfora. Nos encontramos hoy frente a la continuidad de los filósofos del siglo XVIII y del vuelco que sus ideas provocaron en el mundo. Quienes transmitieron este veneno a la Iglesia lo confiesan ellos mismos. El cardenal Suenens exclamaba por ejemplo; "El concilio Vaticano II es el 1,789 en la Iglesia" y agregaba entre otras declaraciones, desprovistas de precauciones oratorias: "Nada puede comprenderse de la Revolución Francesa, o de la revolución rusa si, se ignora el antiguo régimen a que ellas pusieron fin... De la misma manera, en materia eclesiástica una reacción sólo se juzga en función del estado de cosas que la precedió". Lo que la precedió y lo que el cardenal consideraba que debía ser abolido es el maravilloso edificio jerárquico con el Papa en la cúspide, como Vicario de Jesucristo en la tierra. "El concilio Vaticano II marcó el fin de una época y si bien se mira hasta marcó el fin de una serie de épocas, el fin de una era."
El padre Congar, uno de los artesanos de las reformas, no se expresaba de manera diferente: "La Iglesia hizo pacíficamente su revolución de octubre". Con plena conciencia observaba: "La declaración sobre la libertad religiosa dice materialmente lo contrario del Syllabus". Podría citar cantidades de afirmaciones de este tipo. En 1976, el padre Gélineau, uno de los jefes de fila del Centro Nacional de la Pastoral Litúrgica, no dejaba ninguna ilusión a aquellos que querían ver en el nuevo orden algo un poco diferente del rito que se celebraba universalmente hasta entonces, pero nada fundamentalmente chocante: "La reforma decidida por el segundo concilio del Vaticano dio la señal del deshielo... Bloques enteros se resquebrajan... Que nadie se engañe: traducir no es decir la misma cosa con otras palabras, es cambiar las formas...Si las formas cambian, el rito cambia. Si un elemento cambió, la totalidad significante queda modificada. .. Hay que decirlo sin ambages: el rito romano tal como lo conocíamos ya no existe: Está destruido".(Demain la liturgie. Ed. du Cerf. 9 Le Catholeisme liberal, 1969).
Los católicos liberales instauraron un Estado revolucionario. En él libro de uno de ellos, el senador de Doubs, el señor Prelót dice: "Nosotros luchamos durante un siglo y medio para hacer prevalecer nuestras opiniones en el seno de la Iglesia y no lo logramos. Por fin llegó el concilio Vaticano II y triunfamos. Ahora las tesis y los principios del catolicismo liberal están definitivamente y oficialmente aceptados por la Santa Iglesia".
Al sesgo de este catolicismo liberal la Revolución Francesa se introdujo en la Iglesia so pretexto de pacifismo, de fraternidad universal. Los errores y los falsos principios del hombre moderno penetraron en la Iglesia y contaminaron al clero gracias a papas liberales ellos mismos y al concilio Vaticano II.
Como siempre llega un momento en que es menester poner las cosas en claro, recordaré que yo mismo era refractario a la reunión de un concilio ecuménico en 1962. Por el
contrario, lo veía con grandes: esperanzas; Así lo atestigua hoy una carta que en 1963 dirigí a los padres del Espíritu Santo y que fue publicada en una de mis obras anteriores. En aquel momento escribí: "Digamos sin vacilación que ciertas reformas litúrgicas eran necesarias y que es deseable que el concilio continúe en ese camino". Yo reconocía que se imponía una renovación para poner fin a cierta esclerosis que se debía al hecho de que se hubiera abierto una brecha entre la oración (reducida a los límites de los lugares de culto) y la acción, la escuela, la profesión, la vida urbana.
Nombrado por el Papa miembro de la comisión preparatoria central, participé en sus trabajos con asiduidad y entusiasmo durante los dos años que duraron. La comisión central estaba encargada de examinar y verificar todos los proyectos preparatorios que redactaban comisiones especializadas. De manera que me encontraba en buena posición para saber lo que se había hecho, lo que debía examinarse y lo que debía presentarse a la asamblea.
Ese trabajo se realizaba muy concienzudamente y con profundidad. Tengo en mi poder los textos de setenta y dos proyectos preparatorios; en ellos la doctrina de la Iglesia es absolutamente ortodoxa, aunque en cierto modo los textos se adaptan a nuestra época pero con mucha mesura y sabiduría.
Todo estaba dispuesto para la fecha anunciada y el 11 de octubre de 1962 los padres ocupaban un lugar en la nave de la basílica de San Pedro de Roma. Pero ocurrió algo que no había sido previsto por la Santa Sede: desde los primeros días, el concilio se vio invadido por las fuerzas progresistas. Así lo experimentamos nosotros, así lo sentimos, y cuando digo "nosotros" me refiero a la mayoría de los padres del concilio en aquel momento.
Tuvimos la impresión de que ocurría algo anormal y esa impresión se confirmó rápidamente: a los quince días de la sesión inaugural ya no quedaba ninguno de los setenta y dos proyectos. Todos habían sido rechazados, abandonados, arrojados al cesto de los papeles.
Esto ocurrió del modo siguiente: el reglamento del concilio establecía que era menester alcanzar dos tercios de los votos para rechazar un esquema preparatorio. Ahora bien, cuando se procedió a la votación, hubo un 60 % de votos contra los proyectos y 40 % en su favor. Por consiguiente, los opositores no alcanzaban a los dos tercios y normalmente el concilio debía desarrollarse sobre la base de esos trabajos preparatorios.
Fue entonces cuando se manifestó una organización poderosa, muy poderosa, dirigida por cardenales de orillas del Rin, con todo un secretariado perfectamente dispuesto. Los cardenales fueron a entrevistar al papa Juan XXIII y le dijeron: "Esto es inadmisible, Santo Padre; nos quieren hacer estudiar proyectos que no fueron aprobados por la mayoría", y se salieron con la suya, pues el inmenso trabajo realizado quedó relegado al olvido y la asamblea se encontró con las manos vacías, sin ninguna preparación. ¿Qué presidente de directorio de una compañía por pequeña que ésta sea aceptará una reunión sin un orden del día, sin expedientes? Sin embargo así comenzó el concilio.
Luego se presentó la cuestión de las comisiones conciliares que había que nombrar, y ése era un problema arduo, pues hay que imaginar a los obispos llegados de todos los países del mundo que se encontraban de pronto reunidos en el recinto. La mayor parte de ellos no se conocían. Conocían personalmente a tres o cuatro colegas y a algunos otros de nombre entre los 2400 que estaban presentes. ¿Cómo podían saber qué padres eran los más aptos para componer la comisión de sacerdocio, de liturgia, de derecho canónico, etcétera? (Un evéque parle, E. Dominique Martín Morin).
Muy legítimamente el cardenal Óttaviani hizo llegar a todos la lista de los miembros de las comisiones preconciliares, personas que, por consiguiente, habían sido elegidas por la Santa Sede y ya habían trabajado sobre los temas que se iban a discutir. Esto podría ayudar a elegir sin que hubiera obligación de atenerse a las listas y ciertamente era deseable que algunos de esos hombres experimentados figuraran en las comisiones.
Pero entonces se elevó una voz; no tengo necesidad de recordar el nombre del príncipe de la Iglesia que se puso de pie para decir lo siguiente: "Al suministrar nombres se ejerce una presión intolerable en el concilio. Hay que dejar en libertad a los padres conciliares. Una vez más la curia romana trata de colocar a sus miembros".
Un poco desconcertados y espantados ante esa brutal intervención, los padres decidieron levantar la sesión y por la tarde el secretario, monseñor Felici, anunció: "El Santo Padre reconoce que tal vez es mejor que sean las conferencias episcopales las que se reúnan para dar listas". Las conferencias episcopales eran en aquella época algo embrionario; hicieron como pudieron las listas que se les pedían sin haberse podido reunir como hubiera sido necesario, porque sólo se les concedieron veinticuatro horas.
Pero quienes habían urdido este pequeño golpe de Estado estaban de acuerdo con hombres bien elegidos de diferentes países. Lograron adelantar las conferencias y en verdad obtuvieron una gran mayoría de votos. El resultado fue que las comisiones quedaban formadas por miembros pertenecientes en las dos terceras partes a la fracción progresista, la tercera parte fue nombrada por el Papa.
Con bastante rapidez se elaboraron nuevos proyectos de una orientación completamente diferente de la de los primeros. Algún día me gustaría publicar unos y otros para que se pueda hacer la comparación y comprobar cuál era la doctrina de la Iglesia aquel día que precedió al concilio.
Quien tenga alguna experiencia de las asambleas civiles o clericales comprenderá en qué situación se encontraban los padres. Podían modificarse algunas frases de aquellos nuevos proyectos, algunas proposiciones a título de enmiendas, pero no se podía modificar lo esencial. Las consecuencias de esto serán graves. Un texto tendencioso en su origen nunca se corrige enteramente, siempre conserva la marca del redactor y del pensamiento que lo inspira. A partir de ese momento el concilio ya estaba orientado.
Un tercer elemento contribuyó a dirigirlo en el sentido liberal. En lugar de los diez presidentes del concilio que había nombrado Juan XXIII, el papa Pablo VI designó para las dos últimas sesiones a cuatro moderadores de los cuales lo menos que puede decirse es que no fueron elegidos entre los más mesurados de los cardenales. Su influencia fue decisiva sobre el conjunto de los padres conciliares.
Los liberales constituían una minoría, pero una minoría activa, organizada, apoyada por una multitud de teólogos modernistas entre los que se podían encontrar los nombres de aquellos que lo decidían todo como Leclerc, Murphy, Congar, Rahner, Küng, Schillebeeckx, Besret, Cardonnel, Chenu... Piénsese en la enorme cantidad de impresos con que el IDOC, el centro de información holandesa subvencionado por las conferencias episcopales alemana y holandesa, urgía en todo momento a los padres a obrar en el sentido aguardado por la opinión internacional y producía así una especie de psicosis: no había que defraudar las esperanzas del mundo que esperaba ver a la iglesia adherida a sus puntos de vista.
Los instigadores de este movimiento reclamaban la instantánea adaptación de la iglesia al hombre moderno, es decir, al hombre que quiere liberarse de todo. Hablaban de una Iglesia esclerosada, inadaptada, impotente; lloraban lágrimas de sangre y se golpeaban el pecho a causa de sus predecesores. Presentaban a los católicos tan culpables como los protestantes y los ortodoxos por las divisiones de antaño. Los católicos debían pedir perdón a los "hermanos separados" presentes en Roma, puesto que habían sido invitados en gran número a participar en los trabajos.
La Iglesia de la tradición era culpable por sus riquezas, por su triunfalismo, y los padres del concilio se sentían culpables por estar fuera del mundo, por no ser del mundo; ya se avergonzaban de sus insignias episcopales y pronto se avergonzarían de mostrarse en sotana.
Esta atmósfera de liberación debía conquistar bien pronto todos los dominios; el espíritu de colegiación sería la manta de Noé que se arroja sobre la vergüenza de ejercer una autoridad personal tan contraria a la mentalidad del hombre del siglo XX, ¡del hombre liberal! La libertad religiosa, el ecumenismo, la investigación teológica, la revisión del derecho canónico atenuarían el triunfalismo de una Iglesia que se proclamaba única arca de salvación. Así como se dice que hay "pobres avergonzados de su pobreza", hubo "obispos avergonzados" sobre los cuales se ejercía influencia al infundirles remordimientos de conciencia. Éste es un procedimiento que fue utilizado en todas las revoluciones.
Sus efectos están inscriptos en muchos pasajes de las actas del concilio. Léase, por ejemplo, el comienzo del proyecto "La Iglesia en el mundo de este tiempo" donde se hacen consideraciones sobre la mutación del mundo moderno, el movimiento acelerado de la historia, las nuevas condiciones que afectan la vida religiosa, el predominio de las ciencias y las técnicas. ¿Cómo no ver en estos textos la expresión del más puro liberalismo?
Habríamos podido tener un magnífico concilio tomando como maestro sobre este tema al papa Pío XII. No creo que haya un solo problema del mundo moderno, de la actualidad, que ese papa no hubiera resuelto con toda su ciencia, toda su teología y toda su santidad. Pío XII dio una solución casi definitiva a la cuestión al mirar las cosas verdaderamente desde el punto de vista de la fe.
Pero ahora no se las podía ver así puesto que no se quería hacer un concilio dogmático. El concilio Vaticano II es un concilio pastoral; así lo dijo Juan XXIII y así lo repitió Pablo VI. En el curso de las sesiones, muchas veces quisimos hacer definir algunos conceptos y nos respondieron: "Pero aquí no hacemos dogmatismo, no hacemos filosofía, tratamos cuestiones pastorales". ¿Qué es la libertad? ¿Qué es la dignidad humana? ¿Qué es el régimen colegiado? Uno no tiene más remedio que analizar indefinidamente los textos para saber lo que hay que entender por esas cosas y sólo se llega a aproximaciones, pues los términos son ambiguos. Y esto no se debe a negligencia ni a casualidad; el padre Schillebeeckx lo confesó: "En el concilio pusimos términos equívocos y sabemos lo que luego podremos obtener de ellos". Sí, esa gente sabía bien lo que hacía.
Todos los otros concilios que hubo en el curso de los siglos eran dogmáticos. Todos ellos combatieron errores. ¡Y sabe Dios si había errores para combatir en nuestro tiempo! Un concilio dogmático habría sido muy necesario. Recuerdo todavía al cardenal Wyszinsky que decía: "Pero hagan ustedes pues un proyecto de declaración sobre el comunismo; si hoy hay un error grave que amenaza al mundo, es ese error. Si el papa Pío XI creyó que debía hacer una encíclica sobre el comunismo sería asimismo útil que nosotros, reunidos aquí en asamblea plenaria, dedicáramos un proyecto de declaración a esa cuestión".
El comunismo, el error más monstruoso que haya salido del espíritu de Satanás, es oficialmente recibido en el Vaticano, su revolución mundial se ve singularmente facilitada por la falta de resistencia oficial de la Iglesia y hasta por los frecuentes apoyos que encuentra en ella, a pesar de las advertencias desesperadas de los cardenales que sufrieron prisión en los países del Este. El hecho de que este concilio pastoral se haya negado a condenarlo solemnemente basta para cubrirlo de vergüenza ante toda la historia, si se piensa en las decenas de millones de mártires, en los cristianos y en los disidentes científicos, despersonalizados en los hospitales psiquiátricos, utilizados como conejillos de Indias en experiencias. Pero el concilio pastoral se calló. Habíamos obtenido 450 firmas de obispos en favor de una declaración contra el comunismo. Esas firmas quedaron olvidadas en un cajón... Cuando el informante de Gaudium et Spes respondió a nuestras preguntas, nos declaró: "Hubo dos solicitudes para pedir una condenación del comunismo”. ¡Dos!, exclamamos nosotros, "Había más de cuatrocientas". "Vaya, yo no estaba al corriente". Se buscaron esas firmas y por fin se las encontró, pero demasiado tarde.
Yo viví todos esos hechos. Yo mismo había llevado aquellas firmas a monseñor Felici, secretario del concilio, en compañía de monseñor de Proenca Sigaud, arzobispo de Diamantina, y me veo obligado a decir que ocurrieron cosas verdaderamente inadmisibles. No lo digo para condenar el concilio y no ignoro que estas cuestiones contribuyen mucho a acrecentar la perplejidad de los católicos, que piensan: " ¡Al fin de cuentas el concilio está inspirado por el Espíritu Santo!".
No necesariamente. Un concilio pastoral, no dogmático, es una predicación que por sí misma no toca a la infalibilidad. Cuando al término de las sesiones preguntamos a monseñor Felici: "¿No podría usted darnos lo que los teólogos llaman la nota del concilio?", él nos respondió: "Hay que distinguir según los proyectos, los capítulos, aquellos que en el pasado ya han sido objeto de definiciones dogmáticas; en cuanto a las declaraciones que tienen un carácter de novedad, hay que hacer algunas reservas".
De manera que el concilio Vaticano II no fue un concilio como los otros y por eso tenemos derecho a juzgarlo con prudencia y con reservas. De este concilio y de las reformas acepto todo lo que está de acuerdo con la tradición. La obra que fundé lo prueba ampliamente. Nuestros seminarios, en particular, responden perfectamente a los deseos expresados por el concilio y a la Ratio fundamentatis de la Sagrada Congregación para la enseñanza católica.
Pero es imposible sostener que únicamente las aplicaciones postconciliares son malas. Las rebeliones de clérigos, las discusiones de la autoridad pontificia, todas las extravagancias de la liturgia y de la nueva teología, las iglesias vacías, ¿no tienen nada que ver, como se lo ha afirmado recientemente, con el concilio? ¡Vamos! Todas estas cosas son sus frutos.
Comprendo que al decir esto no hago sino aumentar la perplejidad de los lectores preocupados. Y sin embargo, en medio de todo este tumulto ha brillado una luz que puede reducir a la nada los esfuerzos del mundo para terminar con la Iglesia de Cristo: el 30 de junio de 1968 el Santo Padre proclamó su profesión de fe. Éste es un acto que, desde el punto de vista dogmático, es más importante que todo el concilio.
Ese Credo, redactado por el sucesor de Pedro para afirmar la fe dé Pedro, asumió una solemnidad absolutamente extraordinaria. Cuando el Papa se puso de pie para pronunciarlo, los cardenales también se levantaron y toda la multitud quiso imitarlos, pero el Papa hizo sentar a todo el mundo; quería estar sólo él de pie como vicario de Cristo; para proclamar su Credo, y lo hizo con las palabras más solemnes en nombre de la Santísima Trinidad, ante los santos ángeles, ante toda la Iglesia. Por consiguiente, el Papa llevó a cabo un acto que compromete la fe de la Iglesia.
Tenemos pues éste consuelo y esta confianza de sentir que el Espíritu Santo no nos ha abandonado. Se puede decir que el arca de la fe, apoyándose en el concilio Vaticano I, torna a encontrar un nuevo punto de apoyo en la profesión de fe de Pablo VI.
Mons. Marcel Lefebvre
(Continuará)
miércoles, 6 de octubre de 2010
SAN BRUNO - 6 DE OCTUBRE
SAN BRUNO,Confesor
n. 1035 en Colonia, Alemania;
† 1101 en La Torre (Calabria), Italia
Se lo invoca pidiendo su intercesión por las personas poseídas.
Estos hombres -de quienes el mundo no era digno-
anduvieron errantes, extraviados por desiertos y montañas,
en cuevas y cavernas de la tierra.
(Hebreos 11, 37-38)
San Bruno, nacido en 1035 en Colonia, de padres nobles y virtuosos, llegó a ser rector de las escuelas de Reims, donde brilló como orador, poeta, filósofo y teólogo; se propuso después, con seis amigos suyos, ir a pedir un retiro a San Hugo de Grenoble, que les dio la Cartuja, donde puso los cimientos de la Orden fervorosa, austera y sabia de los Cartujos. Murió en un retiro de Calabria en 1101.
MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN BRUNO
SOBRE LA VIDA DE SAN BRUNO
I. Resolvióse San Bruno a prepararse para la muerte mediante una vida santa; dejó el mundo y se retiró a la soledad. El mundo es uno de los más grandes enemigos de nuestra salvación y la soledad nos proporciona el medio para triunfar de él, alejándonos de los objetos que nos incitan al pecado, ¡Oh amable soledad! si los hombres conociesen la inefable alegría de que colmas a tus dichosos moradores, las ciudades se despoblarían y los hombres irían a buscar a Jesús en el seno de los desiertos más inhóspitos. La soledad es la morada habitual del Salvador (Terrtuliano).
II. Después de haber vencido al mundo, hay que someter a la carne, este enemigo que nos sigue a todas partes y lleva contra nuestra virtud asaltos incesantes. Para hacerse señor de ella, San Bruno se sirvió del cilicio, del ayuno y otras austeridades. No creas que la penitencia conviene sólo a los religiosos: tú que estás en el mundo, la necesitas más que ellos, sea para expiar tus pecados, sea para resistir las tentaciones que continuamente te atacan.
III. Al demonio, que es el tercer enemigo que debemos vencer, este ilustre ermitaño opuso la oración. Gran parte del día y de la noche la pasaba en oración y contemplación; los consuelos que gustaba en estos piadosos ejercicios trocaban su soledad en un verdadero paraíso. Retírate, siguiendo su ejemplo, para escapar al peligro del mundo y gustar los encantos del amor de Dios. Encontré la contradicción en la ciudad y me alejé de ella huyendo y habité en la soledad (El Salmista).
ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, Señor, que los méritos de San Bruno, vuestro confesor, acudan en nuestra ayuda, y que su intercesión nos obtenga el perdón de las graves ofensas que hemos cometido contra vuestra Majestad. Por J. C. N. S.
Fuente: Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. - Tomo IV; Patron Index.
Tomado de: Tradición Católica.com
TESTIMONIO CONMOVEDOR DE UNA RELIGIOSA VIOLADA

"A mi hijo, sólo le enseñaré el Amor"
Reproducimos el impresionante testimonio de Sor Lucy Vertrusc, una joven religiosa que durante la guerra de Yugoslavia quedó embarazada como consecuencia de una violación. Este hecho traumático la situó ante una encrucijada como persona y como religiosa. En la carta que Lucy escribió a su Superiora explica cual va a ser su respuesta a la violencia y al odio: “Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor”.
Soy Luci, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos ha sucedió a mis hermanas Tatiana, Sandria y a mí.
Permítame no entrar en detalles del hecho. Hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden confiarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año, me consagré.
Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideraré mi Esposo divino.
Hace pocos días que había leído "Diálogos de Carmelitas", y espontáneamente pedí al Señor la gracia de poder también yo morir mártir. Dios me tomó la palabra, pero ¡de qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. Él ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba definitivo y exultante para mí y me ha introducido de improviso en un nuevo designio suyo que, en este momento, me siento incapaz de descubrir.
Cuando era una adolescente escribí en mi Diario: nada es mío, yo no soy de nadie, nadie me pertenece. Alguien, en cambio, me apresó una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mi misma, queriendo hacerme suya...
Era ya de día cuando desperté y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el Huerto. Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios había permitido qué yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba a qué nueva vocación Él quería llamarme.
Me levanté con esfuerzo y mientras ayudada por Josefina me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a la oración de las nueve de la mañana.
Hice la señal de la cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: En esta hora sobre el Gólgota, Cristo, verdadero Cordero Pascual, paga el rescate de nuestra salvación.
¿Qué es, Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparados con el sufrimiento y la ofensa de Aquél por quien había jurado mil veces dar la vida? Dije despacio, muy despacio: “que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo dónde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, estás conmigo”.
Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas, y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la misericordia de Dios.
No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un "gracias" que podría parecer absurdo. En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades, y pensaba que no podría sufrir más. ¡Qué lejos estaba de imaginar lo que me habría de suceder!
A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío, con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas un muchacho de dieciocho años me dijo: Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar. El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del Profeta. Y añadió en voz baja: Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra.
Pensé largamente sobre ello y me convencí de que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida. Ahora, soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El señor me admitió a su misterio de vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.
Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porque mi historia es su historia, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir si no de ejemplo, por lo menos de referencia de sus reacciones morales y efectivas.
Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas.
Dios me ha elegido -que Él me perdone esta presunción- para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo, como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación.
Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la universidad para la Licenciatura en Letras, una anciana eslava, profesora de literatura, me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: “Tú no debes morir porque has elegido estar de parte del día”.
Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre, pero, todo empieza. En su llamada telefónica, después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: ¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno? Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta; pregunta a la que no creí oportuno responder de inmediato; no porque no hubiese reflexionado sobre el cambio a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí. Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas, pero él - aunque yo no lo quería ni lo esperaba- tiene el derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador le echó para crecer.
Realizaré mi vocación religiosa de otra manera. Nada pediré a mi congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas, que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas.
Me iré con mi hijo, no sé adonde; pero Dios, que rompió de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad.
Volveré pobre, retomaré el viejo delantal y los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger en nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles...
Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor. Este mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí que la única grandeza que honra al ser humano es el perdón.
Fuente: Eligelavida
Visto en: Catolicidad
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