lunes, 12 de julio de 2010

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA HUMILDAD (II)




Pero ¿en qué consiste la humildad? Vedlo aquí: ante todo os diré que hay dos clases de humildad, la interior y la exterior. La exterior consiste: 1.º en no alabarse del éxito de alguna acción por nosotros practicada, en no relatarla al primero que nos quiera oír; en no divulgar nuestros golpes audaces, los viajes que hicimos, nuestras mañas o habilidades, ni lo que de nosotros se dice favorable; 2.º, en ocultar el bien que podemos haber hecho, como son las limosnas, las oraciones, las penitencias, los favores hechos al prójimo, las gracias interiores de Dios recibidas; 3.º, en no complacernos en las alabanzas que se nos dirigen; para lo cual deberemos procurar cambiar de conversación, y bien deberemos dar a entender que el hablar de ello nos disgusta, o marcharnos, si nos es posible. 4. º Nunca deberemos hablar ni bien ni mal de nosotros mismos. Muchos tienen por costumbre hablar mal de sí mismos, para que se los alabe: esto es una falsa humildad a la que podemos llamar humildad con anzuelo. No habléis nunca de vosotros, contentaos con pensar que sois unos miserables, que es necesaria toda la caridad de un Dios para soportaros sobre la tierra. 5.º Nunca se debe disputar con los iguales; en todo cuanto no sea contrario a la conciencia, debemos siempre ceder; no hemos de figurarnos que nos asiste siempre el derecho; aunque lo tuviésemos, hemos de pensar al momento que también podríamos equivocarnos, como tantas veces ha sucedido; y, sobre todo, no hemos de tener la pertinacia de ser los últimos en hablar en la discusión, ya que ello revela un espíritu repleto de orgullo. 6.º Nunca hemos de mostrar tristeza cuando nos parece ser despreciados, ni tampoco ir a contar a los demás nuestras cuitas; esto daría a entender que estamos faltos de toda humildad, pues, de lo contrario, nunca nos sentiríamos bastante rebajados, ya que jamás se nos tratará cual nuestras culpas tienen merecido; lejos de entristecernos, debemos dar gracias a Dios, a semejanza del santo rey David, quien volvía bien por mal (Ps. VII, 5), pensando cuánto había él también despreciado a Dios con sus pecados. 7.º Debemos estar contentos al vernos despreciados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de quien se dijo que se “vería harto de oprobios” (Saturabitur opprobrris. Theren. III, 30), y el de los apóstoles, de quienes se ha escrito (Et illi quidem ibant gaudentes a conspectu concili, quoniam digni habiti sunt pro nomine Iesu contumcliam pati. Act. V, 41) “que experimentaban una grande alegría porque había sido hallados dignos de sufrir ignominia por amor de Jesucristo”; todo lo cual constituirá nuestra mayor dicha y nuestra más firme esperanza en la hora de la muerte. 8.º Cuando hemos cometido algo que pueda sernos echado en cara, no debemos excusar nuestra culpa; ni con rodeos, ni con mentiras, ni con el gesto debemos dar lugar a pensar que no lo cometimos nosotros. Aunque fuésemos acusados falsamente, mientras la gloria de Dios no sufra menoscabo, deberíamos callar. Ved lo que sucedió a aquella joven que fue conocida con el nombre de hermano Marín… ¡Ay! ¿Quién de nosotros se habría sometido a semejantes pruebas sin justificarse, cuando tan fácilmente podía hacerlo? 9. º Esta humildad consiste en practicar aquello que más nos desagrada, lo que los demás no quieren hacer, y en complacerse en vestir con sencillez.

En esto consiste, H. M., la humildad exterior. Más ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste: 1. º, en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin El nada bueno podemos realizar (Ioan. XV, 5), pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo “Jesús”, podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo (Nemo potest dicere, Dominus Iesus, nisi in Spiritu Sancto. I Cor. XII,3). 2.º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia; 3.º, en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia, Sí, H. M., la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.

En esto consiste, H. M., poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo. Leemos en la vida de San Elzear que, habiendo corrido el peligro de parecer engullido por el mar junto con todos los que se hallaban con él en el barco, pasado ya el peligro, Santa Delfina, su esposa, le preguntó si había tenido miedo. Y el Santo contestó: “Cuando me hallo en peligro semejante, me encomiendo a Dios junto con todos los que conmigo se hallan, y le pido que, si alguien debe morir, éste sea yo, como el más miserable y el más indigno de vivir” (V. Ribadeneyra, 27 septiembre, t. IX, p. 399). ¡Cuánta humildad!... San Bernardo estaba tan persuadido de su insignificancia, que, al entrar en una ciudad, hincábase antes de hinojos, pidiendo a Dios que no castigase a la ciudad por causa de sus pecados; pues se creía capaz de atraer la maldición de Dios sobre aquel lugar (Refiérese lo mismo de Santo Domingo). ¡Cuánta humildad, H. M.! ¡Un Santo tan grande cuya vida era una cadena de milagros! (Ejemplo: Rodríguez, tomo IV, págs. 483 y 365. Nota del Santo).

Es preciso, H. M., que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad (Ejemplo de la emperatriz que fue arrastrada por sus criados. Nota del Santo). Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? ¡Ah! Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No, no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! ¡Ah! No, no se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo (Matth. XV, 25); como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión (Luc. VII, 38). Si fueseis humildes, haríais como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto (Marc. V, 25). ¡Si tuvieseis la humildad de un San Pablo, quien, aun después de ser arrebatado hasta el tercer cielo (II Cor. XII, 2), sólo se tenía por un aborto del infierno, el último de los apóstoles, indigno del nombre que llevaba!... (I Cor. XV, 8-9). ¡Oh Dios mío! ¡Cuán hermosa, pero cuán rara es esta virtud!... Si tuvieseis esta virtud, H. M., al confesaros, ¡ah! ¡Cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¡Ah! ¿cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío! ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?... Si, después de haberos confesado, tuvieseis aquella humildad de que habla San Juan Clímaco (La escala Santa, grado quinto), el cual nos cuenta que, yendo a visitar un cierto monasterio, vio allí a unos religiosos tan humildes, tan humillados y tan mortificados, y que sentían de tal manera el peso de sus pecados, que el rumor de sus gritos, y las preces que elevaban a Dios Nuestro Señor eran capaces de conmover a corazones tan duros como la piedra. Algunos había que estaban enteramente cubiertos de llagas, de las cuales manaba un hedor insoportable; y tenían tan poco atendido su cuerpo, que no les quedaba sino la piel adherida al hueso. El monasterio resonaba con gritos los más desgarradores. “¡Ah, desgraciados de nosotros miserables! ¡Sin faltar a la justicia, oh Señor, podéis precipitarnos en los infiernos!” Otros exclamaban: “¡Ah! Señor, perdonadnos si es que nuestras almas son aún capaces de perdón!” Tenían siempre ante sus ojos la imagen de la muerte, y se decían unos a otros: “¿qué será de nosotros después de haber tenido la desgracia de ofender a un Dios tan bueno? ¿Podremos todavía abrigar alguna esperanza para el día de las venganzas?” Otros pedían ser arrojados al río para ser comidos de las bestias. Al ver el superior a San Juan Clímaco, le dijo: “¡Ah! Padre mío, ¿habéis visto a nuestros soldados?” Nos dice San Juan Clímaco que no pudo allí hablar ni rezar: pues los gritos de aquellos penitentes, tan profundamente humillados, arrancábanle lágrimas y sollozos sin que en manera alguna pudiera contenerse. ¿De dónde proviene, H. M., que nosotros, siendo mucho más culpables, carezcamos enteramente de humildad? ¡Ay! ¡Porque no nos conocemos!

II.–Sí, H. M., al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria.

1.º ¿Quién podrá, H. M., contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Oh Dios mío! ¿no deberíamos temer, con mucho mayor razón que San Martín, que la tierra se abriese bajo nuestros pies por ser indignos de vivir? Ante esta consideración, H. M., ¿no haríais como aquella gran penitente de la cual se habla en la vida de San Pafnucio? (Vida de los Padres del desierto t. Iº, p. 212. San Pafnucio y Santa Thais) Aquel buen anciano, dice el autor de su vida, quedó en extremo sorprendido, cuando, al conversar con aquella pecadora, la oyó hablar de Dios. El santo abad le dijo: “¿Ya sabes que hay un Dios?” –“Sí, dijo ella; y aun más, sé que hay un reino de los cielos para aquellos que viven según sus mandamientos, y un infierno donde serán arrojados los malvados para abrasarse allí”. –“Sí conoces todo esto, ¿cómo te expones a abrasarte en el infierno, causando la perdición de tantas almas?” Al oír estas palabras, la pecadora conoció que era un hombre enviado de Dios, se arrojó a sus pies y, deshaciéndose en lágrimas: “Padre mío, le dijo, imponedme la penitencia que queráis, y yo la cumpliré”. El anciano la encerró en una celda y le dijo: “Mujer tan criminal como tú has sido, no merece pronunciar el santo nombre de Dios; te limitarás a volverte hacia el oriente, y dirás por toda oración: ¡Oh Vos que me creasteis, tened piedad de mí!” Esta era toda su oración. Santa Thais pasó tres años haciendo esta oración, derramando lágrimas y exhalando amargos sollozos noche y día. ¡Oh Dios mío! ¡cuánto nos hace profundizar en el propio conocimiento la humildad!

2.º Decimos que el anonadamiento de Jesucristo debe humillarnos aún más y más. “Cuando contemplo, nos dice San Agustín, a un Dios que, desde su encarnación hasta la cruz, no hizo otra cosa que llevar una vida de humillaciones e ignominias, un Dios desconocido en la tierra, ¿habré yo de sentir temor de humillarme? Un Dios busca la humillación, ¿y yo, gusano de la tierra, querré ensalzarme?¡Dios mío! Dignaos destruir este orgullo que tanto nos aparta de Vos.”

Lo tercero, H. M., que debe conducirnos más que a la humildad, es nuestra propia mísera. No tenemos más que mirarla algo de cerca, y hallaremos una infinidad de motivos de humillación. Nos dice el profeta Miqueas (Esta cita no es del profeta Miqueas): “En nosotros mismos llevamos el principio y los motivos de nuestra humillación. ¿No sabemos por ventura, dice, que nuestro origen es la nada, que antes de venir a la vida transcurrieron una infinidad de siglos, y que, por nosotros mismos, nunca habríamos podido salir de aquel espantoso e impenetrable abismo? ¿Podemos ignorar que, aun después de ser creados, conservamos una vehemente inclinación hacia la nada, siendo preciso que la mano poderosa de Aquel que de ella nos sacó, nos impida volver al caos, y que, si Dios dejase de mirarnos y sostenernos, seríamos borrados de la faz de la tierra con la misma rapidez que una brizna de paja es arrastrada por una tempestad furiosa?” ¿Qué es, pues, el hombre para envanecerse de su nacimiento y de sus demás cualidades? “¡Ay!, nos dice el santo varón Job, ¿qué es lo que somos? Inmundicia antes de nacer, miseria al venir al mundo, infección cuando salimos de él. Nacemos de mujer, nos dice (Job, XIV, 1), y vivimos breve tiempo; durante nuestra vida, por corta que sea, mucho hemos de llorar, y la muerte no tarda en herirnos”. –“Tal es nuestra herencia, nos dice San Gregorio, Papa; juzgad, según esto, si tenemos lugar a ensalzarnos por nada del mundo; así es que quien temerariamente se atreve a creer que es algo, resulta ser un insensato que jamás se conoció a sí mismo, puesto que, conociéndonos tal cual somos, sólo horror podemos sentir de nosotros mismos”

Pero no son menos los motivos que tenemos de humillarnos en el orden de la gracia. Por grandes talentos y dones que poseamos, hemos de pensar que todos nos vienen de la mano del Señor, que los da a quien le place, y, por consiguiente, no nos podemos alabar de ellos. Un concilio ha declarado que el hombre, lejos de ser el autor de su salvación, sólo es capaz de perderse, ya que de sí mismo sólo tiene el pecado y la mentira, San Agustín nos dice que toda nuestra ciencia consiste en saber que nada somos, y que todo cuanto tenemos, de Dios lo hemos recibido.

Finalmente, digo que debemos humillarnos considerando la gloria y la felicidad que esperamos en la otra vida, pues, de nosotros mismos, somos incapaces de merecerla. Siendo Dios tan magnánimo al concedérnosla, no hemos de confiar sino en su misericordia y en los infinitos méritos de Jesucristo su Hijo. Como hijos de Adán, sólo merecemos el infierno. ¡OH! ¡cuán caritativo es Dios al permitirnos tener esperanza de tantos y tan grandes bienes, a nosotros que nada hicimos para merecerlos!

¿Qué hemos de concluir de todo esto? Vedlo aquí, H. M., : todos los días hemos de pedir a Dios la humildad cuantas veces nos sea posible;… quedemos bien persuadidos de que no hay virtud más agradable a Dios que la humildad, y de que con ella obtendremos todas las demás. Por muchos que sean los pecados que pesen sobre nuestra conciencia, estemos seguros de que con la humildad, Dios nos perdonará. Sí, H. M., cobremos afición a esa virtud tan hermosa; ella será la que nos unirá con Dios, la que nos hará vivir en paz con el prójimo, la que aligerará nuestras cruces, la que mantendrá nuestra esperanza de ver otro día a Dios. El mismo nos lo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues ellos verán a Dios!” (Matth. V, 3). Esto es lo que os deseo.


San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

(Fin del Sermón)

sábado, 10 de julio de 2010

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (VII)

La Pasión de Jesucristo y el amor de Dios y del prójimo.

I
Yo debería arder en llamas de amor de Dios en reconocimiento a sus bondades hacia mí.
Si el Señor me abriese los ojos para ver los peligros de que me ha librado y las gracias que me ha hecho, un día me encontrarían muerto de dolor y de amor al pie de un altar ó de un santo Cristo.
Yo no deseo sino unirme á mi Dios.

II
¡Cómo! ¡Un Dios hecho hombre! ¡Un Dios crucificado! ¡Un Dios muerto! ¡Un Dios en el tabernáculo! ¡Un Dios! ¡Oh caridad! ¡Oh entrañas de amor! ¿Quién, y por quién? ¡Oh ingrata criatura! ¿Y cómo es posible no amar á Dios?

III
Yo quisiera poner fuego al mundo entero, á fin de que todos amásemos a nuestro Dios. ¡Ah! ¡Que no tenga yo la fuerza para predicar a mi Jesús Crucificado, á este tierno Padre que ha muerto en una cruz por nuestros pecados! ¡Que no pueda yo detener el curso de tantos crímenes!

IV
Yo quisiera decir grandes cosas, pero para hablar del amor, es necesario amar: sólo el amor enseña este lenguaje… ¡Qué la tierra esté en silencio en presencia del gran Dios!... Escuchad al Divino Esposo y dejaos enseñar por El… Quisiera yo ser reducido á cenizas por el amor… ¡Oh Dios mío! Enseñadme cómo debo explicarme. Quisiera ser todo fuego de amor; más aun quisiera poder cantar en el fuego del amor y exaltar las grandes misericordias que el Amor increado nos ha hecho.

V
¿No es, acaso, un deber el de dar gracias á Dios por sus beneficios? Sí, sin duda; pero yo no sé como. Quisiera y no sé. Consumirnos de amor por este Dios, es poco. ¿Qué haremos? ¡Ah, viviremos para este Amante divino en una agonía perpetua de amor! ¡Pero qué! ¿Pensáis que es bastante? No ¿Sabéis lo que me consuela un poco? Es ver con complacencia que nuestro Dios es un Bien infinito, y que nadie es capaz de amarle como se merece.

VI
Yo me gozo del amor infinito que Dios se tiene á sí mismo; me regocijo de la beatitud esencial de que goza en sí mismo sin necesidad de ninguna criatura; me regocijo del amor que le tiene María Santísima y todos los Ángeles y Santos.

VII
Yo quisiera lanzarme como la mariposa en las llamas del divino Amor, y allí permanecer en silencio, consumido, desvanecido, perdido en este Todo divino. ¡Ah! Esta es la obra del amor; y yo no estoy dispuesto a esta pérdida de mí mismo en la hoguera del amor.

VIII
Mi corazón tiene tal sed, que un arroyo no bastaría para apagarla; es necesario el Océano para saciar esta sed devoradora, pero un Océano de fuego y de amor. ¡Oh dulce abrazo!
¡Oh divinos ósculos! ¿Cuándo estaremos inflamados como los Serafines? ¿Cuándo estaremos abrasados de amor?... ¿Qué haremos para agradar a nuestro dulce Jesús?

IX
Yo quisiera que nuestra caridad fuese tan ardiente, que pudiese abrasar en llamas de amor divino á todos los que viven lejos, á todos los pueblos y naciones de la tierra, en una palabra, á todas las criaturas, a fin de que todos conociesen, amasen y sirviesen al Soberano Bien.

X
En todas vuestras obras purificad vuestra intención, tened cuidado de renovarla muchas veces al día, repitiendo á menudo: “¡Todo para la mayor gloria de Dios! Yo me creería condenado si robara á Dios la menor parte de sus dones, me reputaría peor que Lucifer, si tuviera alguna cosa fuera de Dios.”

XI
Os recomiendo la sencillez, la pureza de intención y el examen práctico de esta virtud; sabedlo bien; para trabajar por la gloria de Dios es necesario un espíritu libre y desprendido de todo afecto mundano y que busque sólo á Dios.
Es necesario amar á Dios aun cuando nos prueba y castiga.

XII
El amor divino es celoso; basta para ofenderle un granito de amor propio, la más pequeña afición desordenada a las criaturas.
¡OH mi Dios! ¡cuán bueno sois! Quiero amar a Vos sólo. ¡Oh Dios mío! Yo no deseo sino á Vos. ¡Oh Dios de amor y de bondad!

XIII
El alma que quiere hacerse muy santa y en poco tiempo, debe trabajar para que sólo Dios viva en ella; debe hacer todas sus acciones por el amor de Dios y en unión con las acciones de Jesucristo, que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

XIV
El corazón de los verdaderos amantes de Dios debe ser como un altar en que se ofrezca cada día el oro de la caridad ardiente, del incienso de la continua y humilde oración, y la mirra de una incesante mortificación.

XV
Tened siempre encendido el fuego de la caridad en el altar de vuestro corazón.
Meditad todos los días estas verdades: “¡En el infierno, jamás ver a Dios! ¡Siempre estar privados de Dios! ¡Oh, que dura necesidad la de odiar eternamente a Aquél que nos ha amado desde la eternidad!

XVI
Que todo en la creación os lleve y obligue a amar a Dios. Solazad vuestro espíritu con alguna honesta recreación, con el reposo necesario; pasead a solas y escuchad a las flores, a los árboles, a las praderas, al cielo, al sol, a la luna, a todo el universo que os exhortan a amar a Dios, a alabarle y a cantar las grandezas del Soberano Artífice, que les ha dado el ser y la vida.

XVII
El que ama verdaderamente a Dios ama también a su prójimo como a sí mismo. El que considera a la luz de la fe y en el Corazón del divino Redentor el precio de las almas, no podrá menos de amarlas con amor verdadero, y no economizará ni trabajos, ni sufrimientos, ni peligros para ayudarlas y socorrerlas en sus necesidades espirituales.

XVIII
Si lográis con vuestros buenos ejemplos, exhortaciones y trabajos, conducir a los pies de jesús Crucificado y luego al cielo una sola alma, habéis hecho una obra tan bella, que llena de júbilo a todos los Bienaventurados. ¡Oh, qué caridad, qué ganancia, qué gloria para Dios!

XIX
Tened un corazón compasivo para los pobres, y socorredlos con amor, según la medida de vuestras fuerzas, pues son vuestros hermanos en Dios y llevan grabado en su frente el santísimo Nombre de Jesús.

XX
Si no tenéis recursos materiales para remediar las necesidades de los pobres, socorredlos con vuestras limosnas espirituales, es decir, recomendadlos con fervor á Dios para que les dé paciencia y resignación con la soberana voluntad que todo lo dispone para nuestro mayor bien.

XXI
Tened valor, pobres de Jesucristo, porque el Paraíso es para los pobres.
¡Ay de los ricos! Porque sus riquezas no servirán sino para atormentarlos en el infierno, si no las emplean en solazar a los necesitados y en hacer otras buenas obras.

XXII
Tened caridad para con todos, y sabed que las reprensiones y advertencias hechas con dulzura son remedios que curan todas las llagas; por el contrario, los avisos dados con severidad, en vez de curar una llaga, abren diez. Aplicaos a obrar con dulzura, hablad con tranquilidad de espíritu y con voz suave, y sacaréis muchísimo provecho.

XXIII
Para socorrer a los pobres, y máxime a los enfermos, es preciso hacer cualquier sacrificio, hasta vender sus más preciosas alhajas y los vasos sagrados. Todas las virtudes son buenas, pero la caridad es la reina de todas ellas.

XXIV
No os aflijáis cuando se os desprecia y calumnia: Dios lo permite para humillaros y purificaros; pues, debéis regocijaros y besar la mano paternal que os hiere.

XXV
Estimad como un tesoro a la persona que ejercita vuestra paciencia… debéis mirarla con ojos afectuosos en la voluntad de Dios, como el instrumento de que El se sirve para adornar vuestra alma con un vestido de tisú de oro y perlas preciosas, quiero decir, de virtudes, particularmente de
paciencia, silencio, mansedumbre… imitando á Jesucristo, que fue manso y humilde de corazón.

XXVI
No os defendáis cuando se os acuse y vilipendie, no habléis, y si alguna cosa decís, que sea para excusar a la persona que os ofende y para hacerle honor. ¡Oh, cuánto debéis amar la prueba que os viene de esa persona!

XXVII
Cuando paséis cerca de una persona que ha hablado mal de vos, o bien, os ha originado algún daño, inclinad la cabeza por respeto, como delante de un instrumento de la mano paternal de Dios. Lo más seguro y meritorio es callar, a ejemplo de Jesucristo.

XXVIII
Buscad la ocasión de prestar algún señalado servicio hacer todo el bien posible a vuestros émulos y acusadores. Poned más empeño en esto, que los mundanos en buscar perlas preciosas y ricos diamantes.

XXIX
Es necesario encubrir las faltas de nuestros prójimos con el manto de la santa caridad, y atribuirlas a ignorancia, inadvertencia o irreflexión.

XXX
Amad a vuestros enemigos en Jesucristo, perdonadles generosamente las ofensas y agravios que os hayan hecho, y manifestadles, a pesar de la natural repugnancia é interior resentimiento, la más sincera cordialidad.

XXXI
Acostumbraos á hacer muchos actos interiores de fraternal caridad, pero con dulzura y suavidad, como por ejemplo: ¡Oh queridas almas! Yo os amo en el Sagrado Corazón de Jesús, que arde en llamas de amor por vosotras! ¡Oh almas benditas! Amad a Jesús por mí, yo me esforzaré en amarle por vosotras.

San Pablo de la Cruz

LA MINISTRA ABORTISTA EN APUROS



La cara de la ministra lo dice todo, desencajada, tensionada, enfadada, acorralada..., no ha podido evitar que un médico dijera que el aborto no es un derecho, que lo dijera delante de ella y de las cámaras de televisión.

La ministra puesta en evidencia, ya que ella es abortista porque apoya el asesinato de seres humanos y este hombre le ha recordado que "matar" no es ningún derecho.

Fijaos en la cara dura de la ministra, sus muecas, su enfado, su imposibilidad de parar lo que se le avecinaba...

Visto en: La Catapulta

martes, 6 de julio de 2010

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA HUMILDAD (I)


Aquel que se exalta, será humillado,
y aquel que se humilla será exaltado.
(S. Lucas XVIII, 14)

¿Podía manifestarnos de una manera más evidente, nuestro divino Salvador, la necesidad de humillarnos, esto, es de formar bajo concepto de nosotros mismos, ya en nuestras acciones, como condición indispensable para ir a cantar las divinas alabanzas por toda una eternidad?-Hallándose un día en compañía de otras personas y viendo que algunos se alababan del bien por ellos obrado y despreciaban a los demás, Jesucristo les propuso esta parábola, la cual tiene todas las apariencias de una verdadera historia. “Dos hombres, dijo, subieron al templo a orar; uno de ellos era fariseo, y el otro publicano. El fariseo permanecía en pie, y hablaba a Dios de esta manera: “Os doy gracias, Dios mío, por que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano: ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de cuanto poseo”. Tal era su oración, nos dice San Agustín (Serm. CXV, cap.2, in illud Lucae). Bien veis que ella no es más que una afectación llena de su orgullo y vanidad; el fariseo no viene para orar ante Dios, ni para darle gracias; sino para alabarse a sí propio y aun para insultar a aquel que realmente ora. El publicano, por el contrario, apartado del altar, sin atreverse ni siquiera a elevar al cielo su mirada, golpeaba su pecho diciendo: “Dios mío, tened piedad de mí, que soy un miserable pecador”. –“Habéis de saber, añade Jesucristo, que éste regresó justificado a su casa, mas no el otro”. Al publicano le fueron perdonados sus pecados, mientras que el fariseo, con todas sus pretendidas virtudes, volvió a su casa más criminal que antes. Y la razón de ello es ésta: la humildad del publicano, aunque pecador, fue más agradable a Dios que todas las buenas obras del fariseo, mezcladas de orgullo. Y Jesucristo saca de aquí la consecuencia de que “el que quiera exaltarse será humillado, y el que se humille será exaltado”. Desengañémonos, Hijos mios, esta es la regla; la ley es general, nuestro divino Maestro es quien la ha publicado. “Aunque remontes tu cabeza hasta el cielo, de allí te arrojaré” (Jer. XLIX, 16), dice el Señor. Sí, H. M., el único camino que conduce a la exaltación provechosa para la otra vida, es la humildad (Gloriam praccedit humilitas. Prov. XV, 33). Sin esta bella y preciosa virtud de la humildad, no entraréis en el cielo; será como si os faltase el bautismo. De aquí podéis ya colegir, H. M., la obligación que tenemos de humillarnos, y los motivos que a ello deben impulsarnos. Voy pues ahora, H. M., a mostraros:
1.º Que la humildad es una virtud absolutamente necesaria para que nuestras acciones sean agradables a Dios y premiadas en la otra vida; 2.º Tenemos grandes motivos para practicarla, sea mirando a Dios, sea mirando a nosotros mismos.

I–Antes de haceros comprender , H. M. (hijos mios), la necesidad de esta hermosa virtud, para nosotros tan necesaria como el Bautismo después del pecado original; tan necesaria digo yo, como el sacramento de la Penitencia después del pecado mortal, debo primero exponeros en qué consiste una tal virtud, que tanto mérito atribuye a nuestras buenas obras, y que tan pródigamente enriquece nuestros actos. San Bernardo, aquel gran santo que de una manera tan extraordinaria la practicó, que abandonó las riquezas, los placeres, los parientes y los amigos para ir a pasar su vida en las selvas, entre las bestias fieras, a fin de llorar allí sus pecados, nos dice que la humildad es una virtud por la cual nos conocemos a nosotros mismos y, mediante esto, nos sentimos llevados a despreciar nuestra propia persona y a no hallar placer en ninguna alabanza que de nosotros se haga (De gradibus humilitatis et superbiae, cap.I).

Digo: 1º. que esta virtud nos es absolutamente necesaria, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo; puesto que el mismo Jesucristo nos dice que tan imposible nos es salvarnos sin la humildad como sin el Bautismo. Dice San Agustín: “Si me preguntáis cuál es la primera virtud de un cristiano, os responderé que es la humildad; si me preguntáis cuál es la segunda, os contestaré que es la humildad; si volvéis a preguntarme cuál es la tercera, os contestaré aún que es la humildad; y cuantas veces me hagáis esta pregunta, os haré la misma respuesta” (Epist.CXVIII ad dioscorum, cap. III, 22).

Si el orgullo engendra todos los pecados (Initium omnis paccati est superbia. Eccli. X, 15), podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes (Véase Rodríguez. Tratado de la humildad, cap. III). Con la humildad tendréis todo cuando os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes, será cual si no tuvieseis nada. Leemos en el santo Evangelio (Matth. XIX, 13) que algunas madres presentaban sus hijos a Jesucristo para que les diese su bendición. Los apóstoles las hacían retirar, mas Nuestro Señor desaprobó aquella conducta, diciendo: “Dejad que los niños vengan a Mí; pues de ellos y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”. Los abrazaba y les daba su santa bendición. ¿A qué viene esa buena acogida del divino Salvador? Porque los niños son sencillos, humildes y sin malicia. Asimismo, H. M., si queremos ser bien recibidos de Jesucristo, es preciso que nos mostremos sencillos y humildes en todos nuestros actos. “Esta hermosa virtud, dice San Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” (Hom. Iª super Missus est, 5). Preguntaba un día Santa Teresa al Señor por qué en otro tiempo, el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquéllos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad. Dios no comunica con ellos ni los ama como amaba a aquellos buenos patriarcas y profetas, tan simples y humildes.

Nos dice San Agustín: “Si os humilláis profundamente, si reconocéis vuestra nada y vuestra falta de méritos, Dios os dará gracias en abundancia; mas, si queréis exaltaros y teneros en algo, se alejará de vosotros y os abandonará en vuestra pobreza”.

Nuestro Señor Jesucristo, para darnos a entender que la humildad es la más bella y la más preciosa de todas las virtudes, comienza a enumerar las bienaventuranzas por la humildad, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos”. Nos dice San agustín que esos pobres de espíritu son aquellos que tienen la humildad por herencia (Serm. LIII. In illud Matth. Beati pauperes spiritu). Dijo a Dios el profeta Isaías: “Señor, ¿sobre quiénes desciende el Espíritu Santo? Acaso sobre aquellos que gozan de gran reputación en el mundo o sobre los orgullosos? –No, dijo el Señor, sino sobre aquel que tiene un corazón humilde” (Is. LXVI, 2).

Esta virtud no solamente nos hace agradables a Dios, sino también a los hombres. Todo el mundo ama a una persona humilde, todos se deleitan en su compañía. ¿De dónde viene, en efecto, que por lo común los niños son amados de todos, sino de que son sencillos y humildes? La persona que es humilde cede siempre, no contraría jamás a nadie, no causa enfado a nadie, contentase de todo y busca siempre ocultarse a los ojos del mundo. Admirable ejemplo de esto nos lo ofrece San Hilarión. Refiera San Jerónimo que este gran Santo era solicitado de los emperadores, de los reyes y de los príncipes, y atraía hacia el desierto a las muchedumbres por el olor de su santidad, por la fama y renombre de sus milagros; mas él se escondía y huía del mundo cuanto le era posible. Frecuentemente cambiaba de celda, a fin de vivir oculto y desconocido; lloraba continuamente a la vista de aquella multitud de religiosos y de gente que acudían a él para que les curase sus males. Echando de menos su pasada soledad, decía, llorando: “He vuelto otra vez al mundo, mi recompensa será sólo en esta vida, pues todos me miran ya como persona de consideración”. “Y nada tan admirable, nos dice San Jerónimo, como el hallarle tan humilde en medio de los muchos honores que se le tributaban. Habiendo corrido el rumor de que iba a retirarse a lo más hondo del desierto donde nadie pusiese verle, interpusieron se veinte mil hombres para atajarle el paso; mas el Santo les dijo que no tomaría alimento hasta que le dejasen libre. Persistieron ellos durante siete días, pero, viendo que no comía nada… Huyó entonces a lo más apartado del desierto, donde se entregó a todo cuanto el amor de Dios pudo inspirarle. Sólo entonces creyó que comenzaba a servir a Dios” (Vida de los Padres del desierto, t. V, p. 191-194) Decidme, H. M., ¿es esto humildad y desprecio de sí mismo? ¡Ay! ¡cuán raras son estas virtudes! ¡mas también cuánto escasean los santos! En la misma medida que se aborrece a un orgulloso, se aprecia a un humilde, puesto que éste toma siempre para sí el último lugar, respeta a todo el mundo, y ama también a todos; esta es la causa de que sea tan buscada la compañía de las personas que están adornadas de tan bellas cualidades.

2.º Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes (Cogitas magnam fabricam construere cessitudinis? De fundamento Prius cogita humilitatis. S. Agust. Serm. in Matth. Cap. XI). Quien desee servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. Sí, H. M., el demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos (Vida de los Padres del desierto, t. Iº pág. 256). Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados. Refiérese en la vida de San Antonio (ibid. Pág.52) que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía pre parados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “¡Ay! Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”. Al verse tentado San Antonio, no hacía otra cosa que humillarse profundamente ante Dios, diciendo: “¡Ay, Señor, bien sabéis que no soy más que un miserable pecador!” Y al momento el demonio emprendía la fuga.

Cuando nos sintamos tentados, H. M., mantengámonos escondidos bajo el velo de la humildad y veremos cuán escasa sea la fuerza que el demonio tiene sobre nosotros. Leemos en la vida de San Macario que, habiendo un día salido de su celda en busca de hojas de palma, apareciósele el demonio con espantoso furor, amenazando herirle; mas viendo que le era imposible porque Dios no le había dado poder para ellos, exclamó: “¡Oh Macario, cuánto me haces sufrir! No tengo facultad para maltratarte, aunque cumpla más perfectamente que tú lo que tú practicas: pues tú ayunas algunos días, y yo no como nunca; tú pasas algunas noches en vela, yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la cual ciertamente me aventajas”. San Macario le preguntó cuál era aquella cosa. –“Es la humildad”. El Santo postrose, la faz en tierra, pidió a Dios no le dejase sucumbir a la tentación, y al momento el demonio emprendió la fuga (Vida de los Padre del desierto, t. II. p. 358. S. Macario de Egipto). ¡Oh, H. M.! ¡Cuán agradables nos hace a Dios esta virtud, y cuán poderosa es para ahuyentar el demonio! ¡Pero también cuán rara! Lo cual claramente se ve con sólo considerar el escaso número de cristianos que resisten al demonio cuando son tentados.

Y para desengañaros, para ver que no la habéis poseído nunca, H. M., fijaos sólo en un detalle bien sencillo. No, H. M., no son todas las palabras, todas las manifestaciones de desprecio de sí mismo lo que nos prueba que tenemos humildad. Voy a citaros ahora un ejemplo, el cual os probará lo poco que valen las palabras. Hallamos en la “Vida de los Padres del desierto” que, habiendo venido un solitario a visitar a San Serapio (ibid. p. 417), no quiso acompañarle en sus oraciones, porque, decía, he cometido tantos pecados que soy indigno de ello, ni me atrevo a respirar aquí donde vos estáis. Permanecería sentado en el suelo por no atreverse a ocupar el mismo asiento que San Serapio. Este Santo, siguiendo la costumbre entonces muy común, quiso lavarle los pies, y aún fue mayor la resistencia del solitario. Veis aquí una humildad que, según los humanos juicios tiene todas las apariencias de sincera; mas ahora vais también a ver en qué paró. San Serapio se limitó a decirle, a manera de aviso espiritual, que tal vez haría mejor permaneciendo en su soledad, trabajando para vivir, que no corriendo de celda en celda como un vagabundo. Ante este aviso, el solitario no supo ya disimular la falsedad de su virtud; enojose en gran manera contra el Santo y se marchó. Al ver esto, le dijo aquél: “¡Ah! Hijo mío, ¡me decíais hace un momento que habíais cometido todos los crímenes imaginables, que no os atrevíais a rezar ni a comer conmigo, y ahora, por una sencilla advertencia que nada tiene de ofensiva, os dejáis llevar del enojo! Vamos, hijo mío, vuestra virtud y todas las buenas obras que practicáis, están desprovistas de la mejor de las cualidades, que es la humildad”.

Por este ejemplo podéis ver cuán rara es la verdadera humildad. ¡Ay! Cuánto abundan los que, mientras se los alaba, se los lisonjea, o a lo menos, se les manifiesta estimación, son todo fuego en sus prácticas de piedad, lo darían todo, se despojarían de todo; mas una leve reprensión, un gesto de indiferencia, llena de amargura su corazón, los atormenta, les arranca lágrimas de sus ojos, los pone de mal humor, los induce a mil juicios temerarios, pensando que son tratados injustamente, que no es este el trato que se da a los demás. ¡Ay! ¡Cuan rara es esta hermosa virtud entre los cristianos de nuestros días! ¡Cuántas virtudes tienen sólo la apariencia de tales, y a la primera prueba viénense abajo!

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

(Continuará)

TESTIGOS DE NUESTRO TIEMPO - MÁRTIRES MEXICANOS

viernes, 2 de julio de 2010

VIGILIA DE ORACIÓN ESTILO NOVUS ORDO

Vigilia nocturna juvenil en la parroquia del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo en Katowice – Ochojec (Polonia). Observen, entre otras cosas, las forma que tienen el Sagrario y el Crucifijo, y al cura de sotana bailando ¿y luego éstos se podrán quejar de la falta de sentido de lo sagrado por parte de los jóvenes?














Fuente: Kronika Novus Ordo.
Visto en: Santa Iglesia Militante

JURAMENTO PAPAL DE CORONACIÓN


Este juramento se atribuye al Papa San Agaton en el año 678 D.C, pero se presume que tiene mucho más siglos de antigüedad. Fue hecho por todos los Pontífices Romanos, con excepción de Juan Pablo II, y Benedicto XVI, incluso este último en su escudo papal ha suprimido la Tiara por una Mitra de Obispo.

"«Yo prometoNo cambiar nada de la Tradición recibida, y en nada de ella —tal como la he hallado guardada antes que yo por mis predecesores gratos a Dios— inmiscuirme, ni alterarla, ni permitirle innovación alguna.

Juro, al contrario, con afecto ardiente, como su estudiante y sucesor fiel de verdad, salvaguardar reverentemente el bien transmitido, con toda mi fuerza y máximo esfuerzo. Juro expurgar todo lo que está en contradicción con el orden canónico, si apareciere tal, guardar los Sagrados Cánones y Decretos de nuestros Papas como si fueran la ordenanza divina del Cielo, porque estoy consciente de Ti, cuyo lugar tomo por la Gracia de Dios, cuyo Vicariazgo poseo con Tu sostén, sujeto a severísima rendición de cuentas ante Tu Divino Tribunal acerca de todo lo que confesare. Juro a Dios Todopoderoso y Jesucristo Salvador que mantendré todo lo que ha sido revelado por Cristo y Sus Sucesores y todo lo que los primeros concilios y mis predecesores han definido y declarado. Mantendré, sin sacrificio de la misma, la disciplina y el rito de la Iglesia.

Pondré fuera de la Iglesia a quienquiera que osare ir contra este juramento, ya sea algún otro, o yo. Si yo emprendiere actuar en cosa alguna de sentido contrario, o permitiere que así se ejecutare, Tú no serás misericordioso conmigo en el terrible Día de la Justicia Divina. En consecuencia, sin exclusión, sometemos a severísima excomunión a quienquiera —ya sea Nos, u otro— que osare emprender novedad alguna en contradicción con la constituida Tradición evangélica y la pureza de la Fe Ortodoxa y Religión Cristiana, o procurare cambiar cosa alguna con esfuerzos opuestos, o conviniere con aquellos que emprendieren tal blasfema aventura.»."

(Liber Diurnus Romanorum Pontificum).


"EGO PROMITTO...
Nihil de traditione quod a probatissimis praedecessoribus meis servatum reperi, diminuere vel mutare, aut aliquam novitatem admittere; sed ferventer, ut vere eorum discipulus sequipeda, totia viribis meis conatibusque tradita conservare ac venerari. Si qua vero emerserint contra disciplinam canonicam, emendare; sacrosque Canones et Constituta Pontificum nostrorum ut divina et coelestia mandata, custodire, utpote tibi redditurum me sciens de omnibus, quae profiteor, districtam in divino judicio rationem, cuius locum divina dignatione perago, et vicem intercessionibus tuis adjutus impleo. Si praeter haec aliquid agere praesumsero, vel ut praesumatur, permisero, eris mihi, in illa terribili die divini judicii, depropitius (...) Unde et districti anathematis interdictionis subjicimus, si quis unquam, seus nos, sive est alius, qui novum aliquid praesumat contra huiusmodi evangelicam traditionem, et orthodoxae fidei Christianaeque religionis integritatem, vel quidquam contrarium annintendo immutare, sive subtrahere de integritate fidei nostrae tentaverit, vel auso sacrilego hoc praesumentibus consentire."
Tomado de: Devoción Católica