jueves, 3 de marzo de 2011

PROFECÍAS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS


Poco antes de morir, San Francisco de Asís reunió a sus seguidores y les advirtió de los problemas venideros, diciendo:

1. Sean fuertes, mis hermanos, tomen fuerza y crean en el Señor. Se acerca rápidamente el tiempo en el que habrá grandes pruebas y tribulaciones; abundarán perplejidades y disensiones, tanto espirituales como temporales; la caridad de muchos se enfriará, y la malicia de los impíos se incrementará.

2. Los demonios tendrá un poder inusual; la pureza inmaculada de nuestra Orden y de otras, se oscurecerá en demasía, ya que habrá muy pocos cristianos que obedecerán al verdadero Sumo Pontífice y a la Iglesia Romana con corazones leales y caridad perfecta. En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte.

3. Entonces, los escándalos se multiplicarán, nuestra Orden se dividirá, y muchas otras serán destruidas por completo, porque se aceptará el error en lugar de oponerse a él.

4. Habrá tal diversidad de opiniones y cismas entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios.

5. Entonces, nuestra Regla y nuestra forma de vida serán violentamente combatidas por algunos, y vendrán terribles pruebas sobre nosotros. Los que sean hallados fieles recibirán la corona de la vida, pero ¡ay de aquellos que, confiando únicamente en su Orden, se dejen caer en la tibieza!, porque no serán capaces de soportar las tentaciones permitidas para prueba de los elegidos.

6. Aquellos que preserven su fervor y se adhieran a la virtud con amor y celo por la verdad, han de sufrir injurias y persecuciones; serán considerados como rebeldes y cismáticos, porque sus perseguidores, empujados por los malos espíritus, dirán que están prestando un gran servicio a Dios mediante la destrucción de hombres tan pestilentes de la faz de la tierra. Pero el Señor ha de ser el refugio de los afligidos, y salvará a todos los que confían en Él. Y para ser como su Cabeza [Cristo], estos, los elegidos, actuarán con esperanza, y por su muerte comprarán para ellos mismos la vida eterna; eligiendo obedecer a Dios antes que a los hombres, ellos no temerán nada, y han de preferir perecer antes que consentir en la falsedad y la perfidia.

7. Algunos predicadores mantendrán silencio sobre la verdad, y otros la hollarán bajo sus pies y la negarán. La santidad de vida se llevará a cabo en medio de burlas, proferidas incluso por aquellos que la profesarán hacia el exterior, pues en aquellos días Nuestro Señor Jesucristo no les enviará a éstos un verdadero Pastor, sino un destructor.”

(Obras del Seráfico Padre San Francisco de Asís, Washbourne, 1882, pp 248-250).

martes, 1 de marzo de 2011

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 2


CASTIGO EJEMPLAR

Ha sido táctica secular de los herejes protestantes ridiculizar las prácticas de devoción de los católicos, sobre todo las relacionadas con la Santísima Virgen. Pero, mal que les pese, Ella ha sido siempre la que quebranta con su huella inmaculada todas las herejías, como canta la Iglesia.

Una sacrílega parodia que hicieron los protestantes el año 1923, en la ciudad de Añasco, en la isla de Puerto Rico, es buena prueba de la popularidad inmensa que había alcanzado y que goza afortunadamente la devoción al Santo Escapulario de nuestra Madre del Carmen, que no en vano desfilaron por la isla apóstoles de la devoción a nuestra dulce Madre, tales como los padres Elías Sendra, Espiridión María Cabrera y el fervoroso y santo apóstol P. Elías Besalduch, y no menos lo es en la actualidad el benemérito Carmelita padre José Sánchez. Tratose, pues, de ridiculizar por los protestantes tal devoción como una de las de más honda raigambre entre los católicos.

El relato del caso es del Rvdo. P. Pedro de Arancibia, agustino, natural de abadiano, residente por aquellas fechas en Puerto Rico. El hecho tuvo lugar en la ciudad de Añasco, el día 24 de diciembre del mencionado año de 1923.

Celebraban, dice el P. Arancibia, los protestantes una velada, intentando ridiculizar nuestras devociones y hacer burla y chacota del clero católico. En la tal velada tomaban parte una joven de apellido Domínguez, que desempeñaba el papel de princesa. Un joven, Pietri, hacía de sacerdote católico. Pietri exigió dinero a la joven Domínguez. A la negativa de ésta, el cura Pietri, montando en cólera, insultó violentamente a la princesa, diciéndola: “Te vas a condenar, eres mala católica”. La joven Domínguez, para demostrar su catolicidad religiosa, muéstrale un Escapulario de la Virgen del Carmen que pendía de su cuello. El iracundo y frenético cura se lo arrebata de las manos, diciendo: “Esto es una tontería, una por…” levantando el brazo en actitud de arrojar al suelo el bendito Escapulario.

Pero Jesús, que suele tolerar con más paciencia los agravios inferidos a su persona adorable, suele hacer sentir su mano justiciera sobre los que se atreven a injuriar a su Santísima Madre.

En el presente caso no quiso que se profanara el honor de María y quedase en ridículo la devoción predilecta del pueblo católico de Puerto Rico. El brazo que se levantara para arrojar el Santo Escapulario del Carmen, como herido por un rayo, queda inmóvil. El joven Pietri queda idiota; no sabe ni puede responder a los que, estupefactos, le preguntan qué le pasa. El que entró en la velada rebosante de salud y alegría, sale a hombros de sus amigos, paralítico, idiota y enfermo.

Los protestantes hubiesen querido ocultar el espantoso suceso, mas, por fortuna, había en la velada, también, algunos católicos, que pusieron inmediatamente en conocimiento de su párroco todo lo sucedido, el cual refirió lo ocurrido para edificación de sus feligreses, en las fiestas del día de Reyes, y en la de San Antonio Abad, patrón de la parroquia, escuchándole emocionados todos los fieles que asistían a la Santa Misa, en los que se aumentó más y más el fervor y la devoción hacia el bendito Escapulario de María Santísima del Carmen, siendo centenares los que le recibieron este último día.

 Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O. C.

lunes, 28 de febrero de 2011

SOBRE LA ACTUAL APOSTASÍA DE OBISPOS Y SACERDOTES


Van algunos párrafos de la Homilía del Nuncio Apostólico, Mons. Adriano Bernardini, en la misa de apertura de la Asamblea de las Obras Misioneras Pontificias (Buenos Aires, 22 de febrero de 2011):

“Asistimos hoy a un ensañamiento muy especial contra la Iglesia Católica en general y el Santo Padre en particular. ¿Por qué todo esto? ¿Cuál es el motivo principal? Lo podemos enunciar en pocas palabras: ¡Es la Verdad que nos da el Mensaje de Cristo!

…Cuando esta Verdad no se opone a las fuerzas del mal todo va bien. En cambio, cuanto presenta la mínima oposición, surge una lucha que se hace calumnia, odio e incluso persecución contra la Iglesia y más específicamente contra la persona del Santo Padre.

…En realidad, si queremos ser sinceros, debemos reconocer que año tras año ha aumentado, entre teólogos y religiosos, hermanas y obispos, el grupo de cuantos están convencidos que la pertenencia a la Iglesia no comporta el conocimiento y la adhesión a una doctrina objetiva.

…Se ha afirmado un catolicismo “ á la carte”, en el cual cada uno elige la porción que prefiere y rechaza el plato que considera indigesto. En la práctica un catolicismo dominado por la confusión de los roles, con sacerdotes que no se aplican con empeño a la celebración de la Misa y a las confesiones de los penitentes, prefiriendo hacer otra cosa. Y con laicos y mujeres que buscan sustraer un poco por vez, el lugar al sacerdote para ganarse un cuarto de hora de celebridad parroquial, leyendo la oración de los fieles o distribuyendo la comunión.

…He aquí, por lo tanto, la Verdad como causa principal de esta aversión y diría casi persecución al Santo Padre. Una aversión que tiene como consecuencia práctica su sentirse solo, un poco abandonado.

¿Abandonado de quién? ¡He aquí la gran contradicción! Abandonado por los opositores a la Verdad, pero sobre todo de ciertos sacerdotes y religiosos, no sólo Obispos, pero no de los fieles.

Así el clero está atravesando una cierta crisis, en el episcopado prevalece un bajo perfil, no obstante los fieles de Cristo están aún con todo su entusiasmo. Obstinadamente continúan rezando y van a Misa, a frecuentar los sacramentos y a rezar el rosario. Y sobre todo esperan en el Papa.

(Ver texto completo aquí)

A nadie escapará la importancia del grave diagnóstico hecho por el Nuncio,aunque yo hubiese preferido que en vez de “abandono” hubiese empleado “apostasía”, el término teológico que corresponde. Pero ya es bastante lo que dice para estos tiempos en que Obispos y curas débiles-agregar a los católicos profesionales y de sacristía-prefieren hacerse los sotas, practicando la política del “avestrucismo”.

Pero de palabras los fieles estamos cansados, por buenas que sean. Ahora deberían venir, desde Roma, los hechos, los gestos de autoridad, la limpieza, la restauración de la disciplina y sobre todo, la predicación íntegra de la Verdad.

Recemos pues para que el Papa tenga fuerzas para reconstruir a la Iglesia, guardando santamente y exponiendo fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, “el depósito de la fe”. (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus).

Nuestra Señora de La Salette, ora pro nobis.

Tomado de Catapulta

sábado, 26 de febrero de 2011

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE EL RESPETO HUMANO

Beatus qui non fuerit scandalizatus in me.
Bienaventurado el que no tomare escándalo en mí.
(S. Mat., 11, 6.)

Nada más glorioso y honorífico para un cristiano, que el llevar el nombre sublime de hijo de Dios, de hermano de Jesucristo. Pero, al propio tiempo, nada más infame que avergonzarse de ostentarlo cada vez que se presenta ocasión para ello. No, no nos maraville el ver a hombres hipócritas, que fingen en cuanto pueden un exterior de piedad para captarse la estimación y las alabanzas de los demás, mientras que su pobre corazón se halla devorado por los más infames pecados. Quisieran, estos ciegos, gozar de los honores inseparables de la virtud, sin tomarse la molestia de practicarla. Pero maravíllenos aún menos al ver a otros, buenos cristianos, ocultar, en cuanto pueden, sus buenas obras a los ojos del mundo, temerosos de que la vanagloria se insinúe en su corazón y de que los vanos aplausos de los hombres les hagan perder el mérito y la recompensa de ellas. Pero ¿dónde encontrar cobardía más criminal y abominación más detestable que la de nosotros, que, profesando creer en Jesucristo, estando obligados por los más sagrados juramentos a seguir sus huellas, a defender sus intereses y su gloria, aun a expensas de nuestra misma vida, somos tan viles, que, a la primera ocasión, violamos las promesas que le hemos hecho en las sagradas fuentes bautismales? ¡Ah, desdichados! ¿qué hacemos? ¿Quién es Aquel de quien renegamos? Abandonamos a nuestro Dios, a nuestro Salvador, para quedar esclavos del demonio, que nos engaña y no busca otra cosa que nuestra ruina y nuestra eterna infelicidad. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! Para mejor haceros ver su bajeza, os mostraré: 1.º Cuánto ofende a Dios el respeto humano, es decir, la vergüenza de hacer el bien; 2.° Cuán débil y mezquino de espíritu manifiesta ser el que lo comete.

I.-No nos ocupemos de aquella primera clase de impíos que emplean su tiempo, su ciencia y su miserable vida en destruir, si pudieran, nuestra santa religión. Estos desgraciados parecen no vivir sino para hacer nulos los sufrimientos, los méritos de la muerte y pasión de Jesucristo. Han empleado, unos su fuerza, otros su ciencia, para quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo edificó su Iglesia. Pero ellos son los que, insensatos, van a estrellarse contra esta piedra de la Iglesia, que es nuestra santa religión, la cual subsistirá a despecho de todos sus esfuerzos.

En efecto, ¿en qué vino a parar toda la Furia de los perseguidores de la Iglesia, de los Nerones, de los Maximianos, de los Dioclecianos, de tantos otros que creyeron hacerla desaparecer de la tierra can la fuerza de sus armas? Sucedió todo lo contrario: la sangre de tantos mártires, como dice Tertuliano, sólo sirvió para hacer florecer más que nunca la religión: aquella sangre parecía una simiente de cristianos, que producía el ciento por uno. ¡Desgraciados! ¿qué os ha hecho esta hermosa y santa religión, para que así la persigáis, cuando sólo ella puede hacer al hombre dichoso aquí en la tierra? ¡Ay! ¡cómo lloran y gimen ahora en los infiernos, donde conocen claramente que esta religión, contra la cual se desenfrenaron, los hubiera llevado al Paraíso! !Pero vanos e inútiles lamentos!

Mirad igualmente a esos otros impíos que hicieron cuanto estuvo en su mano por destruir nuestra santa religión con sus escritos, un Voltaire, un Juan-Jacobo Rousseau, un Diderot, un D´Alembert, un Volney y tantos otros, que se pasaron la vida no más que en vomitar con sus escritos cuanto podía inspirarles el demonio. ¡ Ay ! mucho mal hicieron, es verdad; muchas almas perdieron, arrastrándolas consigo al infierno; pero no pudieron destruir la religión como pensaban. Lejos de quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo ha edificado su Iglesia, que ha de durar hasta el fin del mundo, se estrellaron contra ella. ¿Dónde están ahora estos desdichados impíos? ¡Ay! en el infierno, donde lloran su desgracia y la de todos aquellos que consigo arrastraron.

Nada digamos, tampoco, de otra clase de impíos que, sin manifestarse abiertamente enemigos de la religión de la cual conservan todavía algunas prácticas externas, se permiten, no obstante, ciertas chanzas, por ejemplo, sobre la virtud o la piedad de aquellos a quienes no se sienten con ánimos de imitar. Dime, amigo, ¿qué te ha hecho esa religión que heredaste de tus antepasados, que ellos tan fielmente practicaron delante de tus ojos, de la cual tantas veces te dijeron que sólo ella puede hacer la felicidad del hombre en la tierra, y que abandonándola, no podíamos menos de ser infelices? ¿Y a dónde piensas que te conducirán, amigo, tus ribetes de impiedad? ¡Ay, pobre amigo! al infierno, para llorar en él tu ceguera.

Tampoco diremos nada de esos cristianos que no son tales más que de nombre; que practican su deber de cristianos de un modo tan miserable, que hay para morirse de compasión. Los veréis que hacen sus oraciones con fastidio, disipados, sin respeto. Los veréis en la Iglesia sin devoción; la santa Misa comienza siempre para ellos demasiado pronto y acaba demasiado tarde; no ha bajado aún el sacerdote del altar, y ellos están ya en la calle. De frecuencia de Sacramentos, no hablemos; si alguna vez se acercan a recibirlos, su aire de indiferencia va pregonando que absolutamente no saben lo que hacen. Todo lo que atañe al servicio de Dios lo practican con un tedio espantoso. ¡Buen Dios¡ ¡qué de almas perdidas por una eternidad! ¡Dios mío!; cuán pequeño ha de ser el número de los que entran en el reino de los cielos, cuando tan pocos hacen lo que deben por merecerlo!

Pero ¿dónde están -me diréis- los que se hacen culpables de respeto humano? Atendedme un instante, y vais a saberlo. Por de pronto os diré con San bernardo que por cualquier lado que se mire el respeto humano, que es la vergüenza de cumplir los deberes de la religión por causa del mundo, todo muestra en él menosprecio de Dios y de sus gracias y ceguera del alma. Digo, en primer lugar, que la vergüenza de practicar el bien, por miedo al desprecio y a las mofas de algunos desdichados impíos o de algunos ignorantes, es un asombroso menosprecio que hacemos de la presencia de Dios, ante el cual estamos siempre y que en el mismo instante podría lanzarnos al infierno. ¿Y por qué motivo, esos malos cristianos se mofan de vosotros y ridiculizan vuestra devoción? Yo os diré la verdadera causa: es que, no teniendo virtud para hacer lo que hacéis vosotros, guardan inquina, porque con vuestra conducta despertáis los remordimientos de su conciencia; pero estad bien seguros de que su corazón, lejos de despreciaros, os profesan grande estima. Sí tienen necesidad de un buen consejo; de alcanzar de Dios alguna gracia, no creáis que acudan a los que se portan como ellos, sino a aquellos mismos de los cuales se burlaron, por lo menos de palabra. ¿Te avergüenzas, amigo, de servir a Dios, por temor de verte despreciado? Mira a Aquel que murió en esta cruz: pregúntale si se avergonzó Él de verse despreciado y de morir de la manera más humillante en aquel infame patíbulo. ¡Ah, qué ingratos somos con Dios, que parece hallar su gloria en hacer publicar de siglo en siglo que nos ha escogido por hijos suyos! ¡Oh Dios mío! ¡que ciego y despreciable es el hombre que teme un miserable qué dirán, y no teme ofender a un Dios tan bueno! Digo, además, que el respeto humano nos hace despreciar todas las gracias que el Señor nos mereció con su muerte y pasión. Sí, por el respeto humano inutilizamos todas las gracias que Dios nos había destinado para salvarnos. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno!

En segundo lugar, digo que el respeto humano encierra la ceguera más deplorable. ¡Ay! no paramos atención en lo que perdemos. ¡Qué desgracia para nosotros! Perdemos a Dios, al cual ninguna cosa podrá jamás reemplazar. Perdernos el cielo, con todos sus bienes y delicias. Pero hay aún otra desgracia, y es que tomarnos al demonio por padre y al infierno con todos sus tormentos por nuestra herencia y recompensa. Trocamos nuestras dulzuras y goces eternos en penas y lágrimas. ¡Ay! amigo, ¿en qué piensas? ¿Cómo tendrás que arrepentirte por toda la eternidad! ¡Oh, Dios mío! ¿ podemos pensar en ello y vivir todavía esclavos del mundo?

Es verdad- me diréis- que quien por temor al mundo no cumple sus deberes de religión es bien desgraciado, puesto que nos dice el Señor que a quien se avergonzare de servirle delante de los hombres no querrá Él reconocerle delante de su Padre el día del juicio (Math. 10, 33.). ¡Dios mío! temer al mundo; ¿porqué? sabiendo como sabemos que absolutamente es fuerza, ser despreciado del mundo para agradar a Dios. Si temías al mundo, no debías haberte hecho cristiano. Sabías bien que en las sagradas fuentes del bautismo hacías juramento en presencia del mismo Jesucristo; que renunciabas al mundo y al demonio; que te obligabas a seguir a Jesucristo llevando su cruz, cubierto de oprobios y desprecios. ¿Temes al mundo? Pues bien, renuncia a tu bautismo, y entrégate a ese mundo, al cual tanto temes desagradar.

Pero ¿cuando es -me diréis- que obramos nosotros por respeto humano? Escucha bien, amigo mío. Es un día en que, estando en la feria, o en una posada donde se come carne en día prohibido, se te invita a comerla también; y tú, contentándote con bajar los ojos y ruborizarte, en vez de decir que eres cristiano y que tu religión te lo prohíbe, la comes como los demás, diciendo: Si no hago como ellos, se burlarán de mí ¿Se burlarán de ti, amigo? ¡Ah! tienes razón; ¡es una verdadera lástima! -¡Oh! es que haría aun mucho mas mal, siendo causa de todos los disparates que dirían contra la religión, que el que hago comiendo carne-. Conque ¿harías aún más mal? ¿Te parece bien que los mártires, por temor de las blasfemias y juramentos de sus perseguidores, hubiesen renunciado todos a su religión? Si otros obran mal, tanto peor para ellos. ¡Ah ! di más bien: ¿no hay bastante con que otros desgraciados crucifiquen a Jesús con su mala conducta, para que también tú te juntes a ellos, para dar más que sufrir a Jesucristo? ¿Temes que se mofen de ti? ¡Ah, desdichado! mira a Jesucristo en la cruz, y verás cuánto por ti ha hecho.

Conque ¿no sabes tú cuándo niegas a Jesucristo? Es un día en que, estando en compañía de dos o tres personas, parece que se te han caído las manos, o qué no sabes hacer la señal de la cruz, y miras si tienen los ojos fijos en ti, y te contentas con decir tu bendición y acción de gracias en la mesa mentalmente, o te retiras a un rincón para decirlas. Es cuando, al pasar delante de una cruz, te haces el distraído, o dices que no fue por nosotros que Dios murió en ella.

¿No sabes tú cuándo tienes respeto humano? Es un día en que, hallándote en una tertulia donde se dicen obscenidades contra la santa virtud de la pureza o contra la religión, no tienes valor para reprender a los que así hablan, antes al contrario, por temor a sus burlas, te sonríes. -Es que no hay- dices- otro remedio, si no quiero ser objeto de continua mofa-. ¿Temes que se mofen de ti? Por este mismo temor negó San Pedro al Divino Maestro; pero el temor no le libró de cometer con ello un gran pecado, que lloró luego toda su vida.

¿No sabes tú cuando tienes respeto humano? Es un día en que el Señor te inspira el pensamiento de ir a confesarte, y sientes que tienes necesidad de ello, pero piensas que se chancearán de ti y te tratarán de devoto. Es cuando te viene el pensamiento de ir a oír la santa Misa entre semana, y nada te impide ir; pero te dices a ti mismo que se burlarían de ti y que dirían: Esto es bueno para el que nada tiene que hacer, para los que viven de su renta.

¡Cuántas veces este maldito respeto humano te ha impedido asistir al catecismo y a la oración de la tarde! ¡Cuántas veces, estando en tu casa, ocupado en algunas oraciones o lecturas de piedad, te has escondido por disimulo, al ver que alguien llegaba! ¡Cuántas veces el respeto humano te ha hecho quebrantar la ley del ayuno o de la abstinencia, por no atreverte a decir que ayunabas o comías de vigilia! ¡Cuántas veces no te has atrevido a decir el Angelus delante de la gente, o te has contentado con decirlo para ti, o has salido del local donde estabas con otros para decirlo fuera! ¡Cuántas veces has omitido las oraciones de la mañana o de la noche por hallarte con otros que no las hacían; y todo esto por el temor de que se burlasen de ti! Anda, pobre esclavo del mundo, aguarda el infierno donde serás precipitado; no te faltará allí tiempo para echar en falta el bien que el mundo te ha impedido practicar.

¡Oh, buen Dios! ¡qué triste vida lleva el que quiere agradar al mundo y a Dios! No amigo, te engañas. Fuera de que vivirás siempre infeliz, no has de conseguir nunca complacer a Dios v al mundo; es cosa tan imposible como poner fin a la eternidad. Oye un consejo que voy a darte, y serás menos desgraciado: entrégate enteramente o a Dios o al mundo; no busques ni sigas más que a un amo; pero una vez escogido, no le dejes ya. ¿Acaso no recuerdas lo que te dice Jesucristo en el Evangelio: No puedes servir a Dios v al mundo, es decir, no puedes seguir al mundo con sus placeres y a Jesucristo con su cruz? No es que te falten trazas para ser, ora de Dios, ora del mundo. Digámoslo con más claridad: es lástima que tu conciencia, qué tu corazón no te consientan frecuentar por la mañana la sagrada misa y el baile por la tarde; pasar una parte del día en la iglesia y otra parte en la taberna o en el, juego; hablar un rato del buen Dios y otro rato de obscenidades o de calumnias contra tu prójimo; hacer hoy un favor a tu vecino y mañana un agravio; en una palabra; ser bueno y portarte bien y hablar de Dios en compañía de los buenos, y obrar el mal en compañía de los malvados.

¡Ay! que la compañía de los perversos nos lleva a obrar el mal. ¡Qué de pecados no evitaríamos si tuviésemos la dicha de apartarnos de la gente sin religión! Refiere San Agustín que muchas veces, hallándose entre personas perversas, sentía vergüenza de no igualarlas en maldad, y para no ser tenido en menos, se gloriaba aun del mal que no había cometido. ¡Pobre ciego! ¡cuán digno eres de lástima! ¡qué triste vida! ... ¡Ah, maldito respeto humano! ¡qué de almas arrastras al infierno y de cuántos crímenes eres tú la causa! ¡Cuán culpable es el desprecio de las gracias que Dios nos quiere conceder para salvarnos! ¡Cuántos y cuántos han comenzado el camino de su reprobación por el respeto humano, porque, a medida que iban despreciando las gracias que les concedía Dios, la fe se iba amortiguando en su alma; Y poco a poco iban sintiendo, menos la gravedad del pecado, la pérdida del cielo, las ofensas que pecando hacían a Dios. Así acabaron por caer en una completa parálisis, es decir, por no darse ya cuenta del infeliz estado de su alma; se durmieron en el pecado y la mayor parte murieron en él.

En el sagrado Evangelio leemos que Jesucristo en sus misiones colmaba de toda suerte de gracias los lugares por donde pasaba. Ahora era un ciego, a quien devolvía la vista; luego un sordo, a quien el oído; aquí un leproso, a quien curaba de su lepra; más allá un difunto, a quien restituía la vida. Con todo, vemos que eran muy pocos los que publicaban los beneficios que acababan de recibir. ¿Y por qué esto? es que temían a los judíos; porque no se podía ser amigo de los judíos y de Jesús. Y así, cuando se hallaban al lado de Jesús, le reconocían; pero cuando se hallaban con los judíos, parecían aprobarlos con su silencio. He aquí precisamente lo que nosotros hacemos: cuando nos hallamos solos, al reflexionar sobre todos los beneficios que hemos recibido del Señor, no podemos menos de testificarle nuestro reconocimiento por haber nacido cristianos, por haber sido confirmados; mas cuando estamos con los libertinos, parecemos compartir sus sentimientos, aplaudiendo con nuestras sonrisas o nuestro silencio sus impiedades: ¡Oh, qué indigna preferencia, exclama San Máximo! ¡Ah, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! ¡Qué tormento no pasará una persona que así quiere vivir y agradar a dos contrarios! Tenemos de ello un elocuente ejemplo en el Evangelio. Leemos allí que el rey Herodes se había enredado en un ardor criminal con Herodíades. Tenía esta infame cortesana una hija que danzó delante de él con tanta gracia que le prometió el rey cuanto le pidiera, aunque fuera la mitad de su reino. Guardose bien la desdichada de pedírsela, porque no era bastante; fuese a encontrar a su madre para tomar consejo sobre lo que debía pedir al rey, y la madre, más infame que su hija, presentándole una bandeja, la dijo: «Ve, y pide que te mande poner en este plato la cabeza de Juan Bautista, para traérmela. Era esto en venganza de haberle echado en cara el Bautista su mala vida. Quedose el rey sobrecogido de espanto ante esta demanda; pues, por una parte, él apreciaba a San Juan Bautista, y le pesaba la muerte de un hombre tan digno de vivir, ¿Qué iba a hacer? ¿qué partido iba a tomar?. ¡Ah! maldito respeto humano ¿a qué te decidirás? Herodes no quisiera decretar la muerte del Bautista; pero, por otra parte, teme que se burlen de él, porque, siendo rey, no mantiene su palabra. Ve, dice por fin el desdichado a uno de los verdugos, ve y corta la cabeza de Juan Bautista prefiero dejar que grite mi conciencia a que se burlen de mí. Pero ¡qué horror! al aparecer la cabeza en la sala, los ojos y la boca, aunque cerrados, parecían reprocharle su crimen y amenazándole con los más terribles castigos. Ante su vista, Herodes palidece y se estremece. ¡Ay! que el que se deja guiar por el respeto humano es bien digno de lástima.

Es verdad que el respeto humano no nos impide hacer algunas buenas obras. Pero ¡cuántas veces, en las mismas buenas obras, nos hace perder el mérito! ¡Cuántas buenas obras, que no haríamos si no esperáramos ser por ellas alabados y estimados del mundo! ¡Cuántos no vienen a la iglesia más que por respeto humano, pensando que, desde el momento en que una persona no practica ya la religión, por lo menos exteriormente, no se tiene confianza en ella, pues, como suele decirse: ¡donde no hay religión, no hay tampoco conciencia! ¡Cuántas madres que parecen tener mucho cuidado de sus hijos, lo hacen solo por ser estimadas a los ojos del mundo! ¿Cuantos, que se reconcilian con sus enemigos sólo por no perder la estima de la gente? ¡Cuántos, que no serían tan correctos, si no supiesen que en ello les va la alabanza mundana! ¡Cuántos, que son más reservados en su hablar y más modestos en la iglesia a causa del mundo! ¡Oh! ¡maldito respeto humano, qué de buenas obras echas a perder, que a tantos cristianos conducirían al cielo, y no hacen sino empujarlos al infierno!

Pero -me diréis- es que es muy difícil evitar que el mundo se entrometa en todo lo que uno hace. ¿Y qué? No hemos de esperar nuestra recompensa del mundo, sino de sólo Dios. Si se me alaba, sé bien que no lo merezco, porque soy pecador; si se me desprecia, nada hay en ello de extraordinario, tratándose de un pecador como yo, que tantas veces ha despreciado con sus pecados al Señor; muchos más merecería. Por otra parte, ¿no nos ha dicho Jesucristo: Bienaventurados los que serán despreciados y perseguidos? Y ¿quiénes son los que os desprecian? Algunos infelices pecadores, que, no teniendo el valor de hacer lo que vosotros hacéis para disimular su vergüenza quisieran que obrárais como ellos; algún pobre ciego que, bien lejos de despreciaros, debiera pasarse la vida llorando su infelicidad. Sus burlas nos muestran cuán dignos son de lástima y de compasión. Son como una persona que ha perdido el juicio, que corre por las selvas, se arrastra por tierra o se arroja a los precipicios, gritando a los demás que hagan lo mismo; grite cuanto quiera, la dejáis hacer, y os compadecéis de ella, porque no conoce su desgracia. De la misma manera, dejemos a esos pobres desdichados que griten y se mofen de los buenos cristianos; dejemos a esos insensatos en su demencia; dejemos a esos ciegos en sus tinieblas; escuchemos los gritos aullidos de los réprobos, pero nada temamos, sigamos nuestro camino; el mal se lo hacen a sí mismos y no a nosotros; compadezcámoslos, y no nos separemos de nuestra línea de conducta.
¿Sabéis por qué se burlan de vosotros? Porque ven que les tenéis miedo y que por la menor cosa os sonrojáis. No es de vuestra piedad de lo que ellos hacen burla, sino de vuestra inconstancia, y de vuestra flojedad en seguir a vuestro capitán. Tomad ejemplo de los mundanos; mirad con qué audacia siguen ellos al suyo. ¿No les veis cómo hacen gala de ser libertinos, bebedores, astutos, vengativos? Mirad a un impúdico; ¿Se avergüenza acaso de vomitar sus obscenidades delante de la gente?. ¿Y por qué esto?. Porque los mundanos se ven constreñidos a seguir a su amo, que es el mundo; no piensan ni se ocupan más que en agradarle; por más sufrimientos que les cueste, nada es capaz de detenerlos. Ved aquí, lo que haríais también vosotros, si quisierais en este punto imitarlos. No temeríais al mundo ni al demonio; no buscaríais ni querríais más que lo que pueda agradar a vuestro Señor, que es el mismo Dios. Convertid conmigo en que los mundanos son mucho más constantes en todos los sacrificios que hacen para agradar a su amo, que es el mundo, que nosotros en hacer lo que debemos para agradar a nuestro Señor, que es Dios.

II.- Pero ahora volvamos a empezar de otra manera. Dime, amigo, ¿por qué razón te mofas tú de los que hacen profesión de piedad, o, para que lo entiendas mejor, de los que gastan más tiempo que tú en la oración, de los que frecuentan mas a menudo que tú los Sacramentos, de los que huyen los aplausos del mundo? Una de tres: o es que consideráis a estas personas como hipócritas, o, es que os burláis de la piedad misma o es, en fin, que os causa enojos ver que ellos valen más que vosotros.

1.° Para tratarlos de hipócritas sería preciso que hubierais leído en su corazón, y estuvieseis convencidos de que toda su devoción es falsa. Pues bien, ¿no parece natural, cuando vemos a una persona hacer alguna buena obra, pensar que su corazón es bueno y sincero? Siendo así, ved cuán ridículos resultan vuestro lenguaje y vuestros juicios. Veis en vuestro vecino un exterior bueno, y decís o pensáis que su interior no vale nada. Os muestran un fruto bueno; indudablemente, pensáis, el árbol que lo lleva es de buena calidad, y formáis buen juicio de él. En cambio, tratándose de juzgar a las personas de bien, decís todo lo contrario: el fruto es bueno, pero el árbol que lo lleva no vale nada. No, no, no sois tan ciegos ni tan insensatos para disparatar de esta manera.

2.º Digo, en segundo lugar, que os burláis de la piedad misma. Pero me engaño; no os burláis de tal persona porque sus oraciones son largas o frecuentes y hechas con reverencia. No, no por esto, porque también vosotros oráis (por lo menos, si no lo hacéis, faltáis a uno de vuestros primeros deberes). ¿Es, acaso, porque ella frecuenta los Sacramentos? Pero tampoco vosotros habéis pasado el tiempo de vuestra vida sin acercaros a los santos Sacramentos; se os ha visto en el tribunal de la penitencia, se os ha visto llegaros a la sagrada mesa. No despreciáis, pues, a tal persona porque cumple mejor que vosotros sus deberes de religión, estando perfectamente convencidos del peligro en que estamos de perdernos, Y, por consiguiente de la necesidad que tenemos de recurrir a menudo a la oración y a los Sacramentos para perseverar en la gracia del Señor, Y sabiendo que después de este mundo ningún recurso queda: bien, o mal, fuerza será permanecer en la suerte que, al salir de él, nos quepa por toda la eternidad.

3.° No, nada de esto es lo que nos enoja en la persona de nuestro vecino. Es que, no teniendo el valor de imitarle, no quisiéramos sufrir la vergüenza de nuestra flojedad; antes quisiéramos arrastrarle a seguir nuestros desordenes y nuestra vida indiferente. ¿Cuántas veces nos permitimos decir: para qué sirve tanta mojigatería, tanto estarse en la iglesia, madrugar tanto para ir a ella, y otras cosas por el estilo? ¡Ah! es que la vida de las personas seriamente piadosas es la condenación de nuestra vida floja e indiferente. Bien fácil es comprender que su humildad y el desprecio que ellas hacen de sí mismas condena nuestra vida orgullosa, que nada sabe sufrir, que quisiera la estimación y alabanza de todos. No hay duda de que su dulzura y su bondad para con todos abochorna nuestros arrebatos y nuestra cólera; es cosa cierta que su modestia, su circunspección en toda su conducta, condena nuestra vida mundana y llena de escándalos. ¿No es realmente esto solo lo que nos molesta en la persona de nuestros prójimos? ¿No es esto lo que nos enfada cuando oímos hablar bien de los demás y publicar sus buenas acciones? Sí, no cabe duda de que su devoción, su respeto a la Iglesia nos condena, y contrasta con nuestra vida toda disipada y con nuestra indiferencia por nuestra salvación. De la misma manera que nos sentimos naturalmente inclinados a excusar en los demás los defectos que hay en nosotros mismos, somos propensos a desaprobar en ellos las virtudes que no tenemos el valor de practicar. Así lo estamos viendo todos los días. Un libertino se alegra de hallar a otro libertino que le aplauda en sus desórdenes; lejos de disuadirle, le alienta a proseguir en ellos. Un vengativo se complace en la compañía dé otro vengativo para aconsejarse mutuamente, a fin de hallar el medio de vengarse de sus enemigos. Pero poned una persona morigerada en compañía de un libertino, una persona siempre dispuesta a perdonar con otra vengativa; veréis cómo en seguida los malvados se desenfrenan contra los buenos y se les echan encima. ¿y por qué esto, sino porque, no teniendo la virtud de obrar como ellos, quisieran poder arrastrarlos a su parte, a fin de que la vida santa que éstos llevan no sea una continuada censura de la suya propia? Mas, si queréis comprender la ceguera de los que se mofan de las personas que cumplen mejor que ellos sus deberes de cristianos, escuchadme un momento.

¿Qué pensaríais de un pobre que tuviera envidia de un rico, si él no fuese rico sino porque no quiere serlo? No le diríais: amigo, ¿por qué has de decir mal de esta persona a causa de su riqueza? De ti solamente depende ser tan rico como ella, y aun más si quieres. Pues de igual manera, ¿por qué nos permitimos vituperar a los que llevan una vida más arreglada que la nuestra? Sólo de nosotros depende ser como ellos y aun mejores. El que otros practiquen la religión con más fidelidad que nosotros no nos impide ser tan honestos y perfectos como ellos, y más todavía, si queremos serlo.

Digo, en tercer lugar, que las gentes sin religión que desprecian a quienes hacen profesión de ella...; pero, me engaño: no es que los desprecien, lo aparentan solamente, pues en su corazón los tienen en grande estima. ¿Queréis una prueba de esto? ¿A quién recurrirá una persona, aunque no tenga piedad, para hallar algún consuelo en sus penas, algún alivio en sus tristezas y dolores? ¿Creéis que irá a buscarlo en otra persona sin religión como ella? No, amigos, no. Conoce muy bien que una persona sin religión no puede consolarle, ni darle buenos consejos. Irá a los mismos de quienes antes se burlaba. Harto convencido está de que sólo una persona prudente, honesta y temerosa de Dios puede consolarlo y darle algún alivio en sus penas. ¡Cuántas veces, en efecto, hallándonos agobiados por la tristeza o por cualquiera otra miseria, hemos acudido a alguna persona prudente y buena y, al cabo de un cuarto de hora de conversación, nos hemos sentido totalmente cambiados y nos hemos retirado diciendo ¡Qué dichosos son los que aman a Dios y también los que viven a su lado! He aquí que yo me entristecía, no hacía más que llorar, me desesperaba; y, con unos momentos de estar en compañía de esta persona me he sentido todo consolado. Bien cierto es cuando ella me ha dicho: que el Señor no ha permitido esto sino por mi bien, y que todos los santos y santas habían pasado penas mayores, y que más vale sufrir en este mundo que en el otro. Y así acabamos por decir: en cuanto se me presente otra pena, no demoraré en acudir a él de nuevo en busca de consuelo. ¡Oh, santa y hermosa religión! ¡cuán dichosos son los que te practican sin reserva, y cuán grandes y preciosos son los consuelos v dulzuras que nos proporcionas... !

Ya veis, pues, que os burláis de quienes no lo merecen; que debéis, por el contrario, estar infinitamente agradecidos a Dios por tener entre vosotros algunas almas buenas que saben aplacar la cólera del Señor, sin lo cual pronto seríamos aplastados por su justicia. Si lo pensáis bien, una persona que hace bien sus oraciones, que no busca sino agradar a Dios, que se complace en servir al prójimo, que sabe desprenderse aun de lo necesario para ayudarle, que perdona de buen grado a los que le hacen alguna injuria, no podéis decir que se porte mal antes al contrario. Una tal persona no es sino muy digna de ser alabada y estimada de todo el mundo. Sin embargo, a esta persona es a quien criticáis; pero ¿no es verdad que, al hacerlo, no pensáis lo que decís? Ah, es cierto, os dice vuestra conciencia; ella es más dichosa que nosotros. Oye, amigo mío, escúchame, y yo te diré lo que debes hacer: bien lejos de vituperar a ésta clase de personas y burlarte de ellas, has de hacer todos los esfuerzos posibles para imitarlas, unirte todas las mañanas a sus oraciones y a todos los actos de piedad que ellas hagan entre día. Pero -diréis- para hacer lo que ellas se necesita violentarse y sacrificarse demasiado. ¡Cuesta mucho trabajo!... No tanto como queréis vosotros suponer. ¿Tanto cuesta hacer bien las oraciones de la mañana y de la noche? ¿Tan dificultoso es escuchar la palabra de Dios con respeto, pidiendo al Señor la gracia de aprovecharse? ¿Tanto se necesita para no salir de la iglesia durante las instrucciones? ¿Para abstenerse de trabajar el domingo? ¿Para no comer carne en los días prohibidos y despreciar a los mundanos empeñados en perderse?

Si es que teméis que os llegue a faltar el valor, dirigid vuestros ojos a la cruz donde murió Jesucristo, y veréis cómo no os faltará aliento. Mirad a esas muchedumbres de mártires, que sufrieron dolores que no podéis comprender vosotros, por el temor de perder sus almas. ¿Os parece que se arrepienten ahora de haber despreciado el mundo y el qué dirán?

Concluyamos diciendo: ¡Cuán pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios !Unos tratan de destruir la religión, si fuese posible, con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros con sus escritos impíos quisieran deshonrarla y destruirla si pudiesen; otros se mofan de ella en los que la practican ; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo. ¡Ay! ¡qué pequeño es el número de los que andan por el camino del cielo, pues sólo se cuentan en el los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas! Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad de sólo Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido no seguir más que a Jesucristo, llevando nuestra cruz todos los días de nuestra vida? Dichoso, aquel que no busca sino sólo a Dios y desprecia todo lo restante.

Esta es la dicha que os deseo.
San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL SUEÑO DE LOS 15 AÑOS


2. Sueño de los 15 años 1830
(MB. 1,188)

Reprensión por confiar más en los hombres que en Dios.

“En aquel tiempo tuve otro sueño en el cual se me reprendía severamente por haber puesto mi esperanza en la ayuda de los hombres y no en la bondad del Padre Celestial.” (Palabras de Don Bosco en su autobiografía).

Nota: El joven Juan Bosco estaba totalmente triste porque se le había muerto el gran amigo que lo estaba ayudando para poder estudiar, el Padre Cafasso. Y aunque el sacerdote antes de morir le dejó las llaves donde tenía su dinero, vinieron los familiares del difunto y le quitaron todo. El joven Bosco lloraba continuamente a su difunto bienhechor. Despierto pensaba en él. Dormido, tenía pesadillas soñando con él. Y su tristeza aumentaba al oír las campanas del templo que por nueve días tocaban a funeral, anunciando la muerte del Sumo Pontífice Pío VIII.

La angustia del joven Bosco llegó a tal punto que Mamá Margarita tuvo que enviarlo por unos días a la casa de los abuelos a que se distrajera un poco.

Y el buen Dios intervino con su segundo sueño, llamándole la atención acerca de la demasiada importancia que él le estaba dando a la ayuda de la gente, siendo que lo importante es confiar mucho en la ayuda de Nuestro Señor, que nunca fallará.

En adelante San Juan Bosco recordará siempre la frase del profeta: “Desdichado el que pone su confianza en ayudas humanas. Dichoso el que pone toda su confianza en la ayuda de Dios” (Jeremías 17,5), y aunque parezca que todos lo abandonan muchas veces, Don Bosco seguirá adelante con toda valentía recordando la promesa que Dios repitió tres veces en la Santa Biblia: “Yo nunca te abandonaré” (Hebr. 12).

Fuente: Biblia y Tradición

jueves, 24 de febrero de 2011

LA CRUZ, SIEMPRE LA CRUZ


por Juan Manuel de Prada

Varias asociaciones de la llamada Memoria Histórica reclaman que la cruz que preside el Valle de los Caídos sea desmantelada, porque «de ninguna forma se puede consentir que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza».

La frase es suficientemente explícita para que requiera mayor glosa o comentario: un signo de amor y redención es visto como «símbolo de muerte y venganza»; y tal inversión de las categorías —«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías— exige un grado de ofuscación moral que no se explica mediante causas meramente naturales.

Esa aversión a la Cruz es de naturaleza preternatural; y para entenderla plenamente hace falta recordar aquellas palabras de San Pablo a los efesios: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne...», etcétera. Un mero ateo puede ver en la Cruz un armatoste inservible o irrisorio; pero para ver en ella un «símbolo de muerte y venganza» hace falta «creer y temblar». Y ese temblor a modo de ataque epiléptico lo provoca el odium fidei, que a lo largo de los diversos crepúsculos de la Historia se ha manifestado bajo las expresiones más diversas, desde las más sañudas a las más sibilinas. En esta fase de la Historia, el odium fidei se disfraza con la coartada legalista propia del laicismo, que el gran Leonardo Castellani definía como «la sustitución de Dios por el Estado, al cual se transfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas».

Mientras estas asociaciones de la llamada Memoria Histórica solicitan, por las bravas, la voladura de la cruz que preside el Valle de los Caídos, el Estado, más sibilinamente, prohíbe que se celebre misa en la Basílica, después de impedir las visitas turísticas, alegando que es preciso acometer obras de restauración en el recinto, cuyo resultado será el mismo que reclaman las asociaciones cristofóbicas, pero realizado a través de medios más finos: unos reclaman el empleo de la dinamita, nostálgicos quizá de episodios de cristofobia rampante como los que jalonaron nuestra Guerra Civil; los otros, más eficientes que nostálgicos, emplean dudosos informes técnicos e indudables grúas. Y lo hacen amparados en la coartada legal, pues el Valle de los Caídos se cuenta entre los monumentos administrados por Patrimonio Nacional, que puede impedir que se celebren misas en la Basílica y cepillarse los conjuntos escultóricos que la presiden, alegando que la celebración de tales misas entorpece el libre acceso de los ciudadanos al recinto, o bien —como parece que es la coartada legal elegida— que tales conjuntos escultóricos precisan restauración. Y contra la coartada legal nada vale, ni siquiera la ingenua invocación de la Constitución, que especifica que la libertad religiosa estará limitada por «el mantenimiento del orden público».
De modo que a los cristófobos finos o sibilinos que han decretado el cierre de la Basílica, después de haber dejado durante años que en ella se celebraran misas por concesión graciosa, les bastará alegar que la celebración de misas «altera el orden público» para justificar su acción. Y, una vez restablecido el orden, podrán incluso dar el gustazo a los cristófobos más sañudos de dinamitar la Cruz que preside el lugar: porque coartadas legales y dinamita son tan sólo expresiones diversas de un mismo sentimiento de los que «creen y tiemblan», que los viejos teólogos denominaban odium fidei. A ver si nos vamos enterando.

CONTRA-LITURGIAS: VIOLACIONES, PERMISIONES, REACCIONES Y PROHIBICIONES

En estos días de expectación de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, resulta más clamorosa la impiedad litúrgica manifiesta y hasta gustosamente consentida y atrevidamente promovida por los que están considerados optimiores en nuestra Iglesia Católica (huelga decir que los peores considerados somos los católicos conscientes motupropristas - summorunpontificumistas (un servidor, el que esto escribe, entre ellos)). Pero voy a lo que decía, a ilustrar con una muestra lo que permite y/o le gusta a la mayoría de nuestra jerarquía:


Es una misa celebrada en la Iglesia de la Stmª Trinidad de Berna, el pasado 19 de Septiembre 2010, Domingo; celebra el párroco Gregor Tolusso (católico) y "concelebra" el pastor protestante Manfred Stuber, de la comunidad luterana de Berna.

Adviertan la soltura cargada de suficiencia con la que celebra el sacerdote católico, cómo toma y parte la oblata antes de pronunciar las palabras de la consagración, y cómo eleva luego, con esa premeditada (y seguramente muy ensayada) colocación de manos y Hostia (el anillo que luce es un chocante detalle, no siendo obispo, pero, dadas las demás circunstancias, un pecadillo sin importancia, una vanidad, una fruslería).

En el video parece como si después de la consagración de la Hostia se acercara el pastor protestante a consagrar el cáliz; pero no, no es eso, el vídeo está cortado. El momento en que accede el pastor luterano al altar es cuando toca rezar el Padrenuetro: Dice unas palabras, un comentario ecuménico sobre "la libertad en la diversidad". Y seguidamente rezan todos juntos el Padrenuestro.

Cuando llega la Comunión, el cura celebrante le da la comunión al pastor protestante. Y también le confía una de las píxides para que administre la comunión a los fieles presentes (no es de extrañar que los luteranos presentes, si los hubo, siguieran el ejemplo de su pastor y comulgaran también; no me consta pero lo deduzco).

Al término de la misa, le hicieron una entrevista a los dos, el sacerdote católico y el pastor protestante, que se explicaron con toda su turbadora confusión inter-ecuménica. Aunque el luterano dejó muy claro que donde los católicos veían a Cristo él sólo veía pan (se refería a la Comunión que hacía unos minutos había recibido).

La misa fue retransmitida en directo por la televisión suiza. Suiza es la patria del hace poco nombrado presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el cardenal Kurt Koch. Ese es su "ambiente", que (probablemente) le influirá en su comprensión del ecumenismo católico. No estoy diciendo - sería temerario por mi parte - que el Cardenal Koch comparta los conceptos pervertidos que animan y la liturgia que violan los curas del estilo del párroco suizo Gregor Tolusso, el del vídeo. Lo que supongo es la influencia (¿mala/buena?) que casos como este, que suceden en su misma patria, ejercerán sobre el Cardenal Koch.

Aunque, a pesar de lo dicho, me atrevo a concluir con cierta desconfianza cuando no me consta que el párroco violador litúrgico haya sido amonestado, sancionado canónicamente y/o removido de su cargo pastoral. Por lo que deduzco que o bien se comparten ideas y formas, o bien se toleran, o bien no se atreven a intervenir. No sé decir cual de estas situaciones de no-respuesta/no-reacción sea más grave

Me hago estas reflexiones en esta misma semana en que un sacerdote francés,
el párroco de Thiberville, l'abbé Francis Michel, se despedía de su parroquia y sus feligreses porque su obispo le abrió un expediente canónico, que Roma falló a favor del obispo y contra el cura párroco de Thiberville por haber cometido el horrendo (?) crimen (?) de celebrar la Misa tradicional en su parroquia, gozando del favor de sus feligreses pero en contra de los criterios de su desgraciadamente ya famoso obispo, Mons. Nourrichard, obispo de Evreux.

Y así están las cosas. Y eso es lo que tenemos. A la espera de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, como dije al empezar.

Un animoso ambiente, ¿verdad?

p.s. Obvio decir que las violaciones litúrgicas como las de Berna y de toda especie, aun peores, se perpetran cotidie por todo el Orbe, passim, bajo el cayado callado de nuestros impasibles, indiferentes, impertérritos, y/o displicentes prelados.

Fuente: Ex Orbe