martes, 9 de septiembre de 2014

LAS VIRTUDES DE SAN PABLO DE LA CRUZ - III


III
LIRIO ENTRE ESPINAS

En carne regalada, con dificultad crece el blanquísimo lirio de la pureza. En cambio, en: la carne rota y macerada por la mortificación, de la ascesis cristiana crece y se desarrolla fresco y rozagante. perfumando de suavísimos aromas la vida del asceta.

La pureza, ciertamente, es un don de Dios; pero don que se ofrece únicamente a las alma, valientes y esforzadas que no rehúsan la cruz y aceptan las aristas hirientes de la mortificación.

Pablo de la Cruz, modelo de mortificación cristiana, lo es, igualmente. de pureza y virginidad. Toda su vida está embalsamada por exquisito y suavísimo perfume de pureza angelical. Y esta pureza, conquistada, o mejor, sostenida a punta de lanza, no vaya a creerse sea efecto de temperamento frío o sin pasiones. 

Pablo es ardiente, de imaginación, viva, y siente arder la sangre en sus venas. Los biógrafos lo clasifican entre los temperamentos sanguíneos, propenso, por tanto, a la sensualidad y al regalo de la carne. Pablo, sin embargo, sabe dominar sus tendencias y guardar la virginal pureza en medio de los peligros del mundo y de las instigaciones de livianas mujerzuelas que pretenden, osadamente, derribar la virtud del joven.

Las batallas que el Siervo de Dios sostiene, sobre todo, en los años de la mocedad, para conservar intacta la pureza del alma, sirven para que ésta se acrisole y afiance más en su corazón.

El mismo, aleccionado por la experiencia, escribirá a un alma dirigida:

—Sabed que los lirios plantados entre la, espinas se vuelven más blancos y fragantes que en tierra libre; quiere esto decir que la santa virginidad se torna más pura, más cándida, más fragante a los ojos de Dios entre las espinas de los combates y de las tentaciones más horribles."

Joven aún, se consagra a Dios por el voto de castidad. El mundo le sonríe y halaga. Ventajoso matrimonio, propuesto y aconsejado por un tío suyo sacerdote, puede devolver a la familia Danei la opulencia perdida. Pero el joven, seguidor de Cristo, renuncia a todo: al amor y a la pingüe herencia para vivir consagrado a su Dios por el voto de castidad.

De joven es de muy buen parecer. Su belleza, sus modales elegantes y su porte distinguido atraen las miradas de algunas jóvenes, no muy recatadas, las cuales, con sus artes femeninas tratan de cautivar el corazón del inocente joven.

Orando un día en la Iglesia parroquial de Castellazo es instigado al pecado por una joven desenvuelta. Pablo, a fin de no llamar la atención ni dar ocasión de escándalo, se retira de aquel lugar, y alejado de la joven frívola y casquivana, prosigue su oración.

Otra vez, en la soledad del campo, es solicitado por una liviana mujer, a la que pone en fuga blandiendo nudosa rama que ha desgajado de un árbol.

Como guarda de la castidad es la modestia, Pablo observa siempre, y en todas partes, un porte recogido y una modestia en los ojos angelical. Su semblante y sus ojos recatados inspiran respeto y amor a la pureza. Ojos bellísimos, virginales, los suyos, jamás se posan en el rostro de ninguna mujer. Cuando, por necesidad, trata con alguna, emplea rigurosa modestia teniendo los ojos fijos en tierra.

La Marquesa de las Minas, dama española de extraordinaria belleza, mujer, según el mundo, la más hermosa de España, es penitenta de Pablo de la Cruz. La amistad que une a éste con el esposo de la dama española es íntima y entrañable. Pero Pablo jamás fija su vista en el rostro de la Marquesa. Invitado, más de una vez, a merendar con ella en su casa, jamás acepta la invitación, únicamente por no exponerse al peligro de dirigirle alguna mirada, aunque no fuera más que por educación y urbanidad. El siervo de Dios la conoce tan sólo por el timbre de la voz.

Cuando camina solo o acompañado, por la ciudad o por el campo, guarda la misma modestia.

"Un Siervo de Dios, cuando camina, dice él, contempla tan sólo el espacio de tierra que basta para su sepultura; y va siempre recogido en Dios y en compañía de Jesús."

Tal máxima es norma inflexible de su conducta. Y si, acaso, alguno muestra extrañeza de la rigurosa modestia que guarda al andar.. el Santo replica:

—Como voy descalzo, necesito mirar dónde pongo los pies.

Antes de mirar el rostro de, una mujer, huhiera preferido le arrancaran los ojos.

Un día camina solo por senda solitaria. En un trigal, que se balancea suavemente al compás de la brisa, se oyen coros de voces y de risas femeninas. Pablo, sin levantar la vista prosigue su camino. Luego, al referir el hecho, dirá a sus religiosos:

—Antes que mirarlas hubiera preferido que el verdugo cortara mi cabeza.

Tanta cautela y reserva a muchos parecerán exageradas. Pero Pablo, adiestrado por la experiencia, justifica su rígida modestia con estos términos

—Cayeron varones encanecidos que por su virtud merecían ser llamados Columnas de la Iglesia, ¿y confiaremos nosotros? He recorrido muchos estados, ciudades, villas, pueblos y aldeas, y he tratado con toda suerte de personas, y siempre fui cauteloso, amaestrado por las tristes y lamentables caídas que en esta materia recuerdo han ocurrido.

El siervo de Dios, sencillo como la paloma. es también prudente como la serpiente. Por eso emplea tanta cautela a fin de no ser sorprendido.

En la misión de Ischia, la señora de la casa donde se hospeda el Santo, quiere tratar a solas con él de cosas espirituales. La señora, ya anciana, suplica a Pablo le acompañe a su habitación. El siervo de Dios rehusa. La señora insiste:

—Si soy tan vieja, y usted, Padre, más viejo que yo.

—No importa, no importa: yo no puedo, si no estoy a la vista de mi compañero o de otra persona virtuosa.

En otra ocasión la dueña de la casa, ante el tumulto de la gente que espera a Pablo, cierra la puerta para hablar a solas con él.

—Por favor, señora, abra la puerta. Yo no acostumbro hablar con señoras a puertas cerradas.

—Pero si con usted puede hablarse sin ninguna sospecha.

—No, señora. Usted podrá hablar, pero yo no. Le ruego que, por favor, abra la puerta.

Y la señora, ante las insistencias del siervo de Dios, tiene que abrir la puerta, que permanece abierta hasta que la espiritual entrevista ha terminado.

Con las penitentes que dirige habitualmente observa el mismo rigor y el mismo alejamiento. A la dulce Inés Grazi prohíbe le bese la mano, o le dé señal de afecto que pueda parecer, aunque lejanamente, ofensa de la virtud angélica.

"Conviene vivir alerta y no fiarse de sí mismo; suele repetir con harta frecuencia. Nadie está seguro en este mundo. De ciertas personas conviene estar alejado lo más posible. Yo, aunque viejo, no me fío, no me fío."


Un día, hallándose enfermo en el convento de los Santos Juan y Pablo, recibe la visita del Príncipe Gonzaga. El Santo muestra gran alegría al recibirlo. Mas, sin paliativos ni preámbulos de ninguna especie, le exhorta a imitar las virtudes del santo que lleva su mismo apellido y es el más esclarecido personaje de su noble linaje.

Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis...

—Pero, P. Pablo, no querrá que yo le imite en abandonar el mundo y hacerme Jesuita...; replica el Príncipe con burlona sonrisa.

—En eso, no, Sr. Príncipe; pero sí en la pureza de su vida. Veo que Vuecencia es un gran caballero. Mas, bien sabe que en el mundo se tienden muchos lazos a la virtud, sobre todo, en las conversaciones. Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis, fuera cauteloso y, todos los días, dedicara algún rato a la oración.

—También yo quisiera, responde el Príncipe bromeando, que los Sacerdotes y Clérigos trataran como los del mundo con más libertad a las mujeres. Yo, si he de serle franco, le diré que no soy tentado. Y el no serlo obedece, según creo, a la familiaridad con que las trato. Para no ser tentados, sería de desear que los Sacerdotes y Clérigos trataran un poco más a las señoras, pues son más tentados los que viven lejos de ellas.

Pablo, al oír tal lenguaje y tales consejos en un Príncipe, descendiente de la familia Gonzaga, se indigna :

—Ignora, acaso, Vuecencia, lo que afirma el Espíritu Santo: Quien ama el peligro, perecerá en él? Sé que Vuecencia ha estudiado; mas, con todo, conviene que yo le explique el sentido de las Sagradas Escrituras.

—Sí, P. Pablo; he estudiado; y opino que algo más que usted.

—No lo dudo; pero conviene que yo, como Sacerdote, haga hoy el oficio de Maestro.

Y el P. Pablo aduce textos y más textos de las Divinas Escrituras para convencer de su error al Príncipe Gonzaga. Este, sin embargo, no se apea de su opinión. El Siervo de Dios, encendido en santa cólera, objeta:

—¿Es católico o hereje Vuecencia? Porque si mantiene tales principios, merece ser denunciado al Santo Oficio; y yo mismo, de no estar enfermo y en cama, iría personalmente a denunciarlo.

El Príncipe Gonzaga, confuso y avergonzado, se despide con sonrisa amable y un tanto picaresca del Siervo de Dios. Salido que hubo de la celda del Santo, éste, que había penetrado y escrutado los repliegues más íntimos de la conciencia del Príncipe, exclama:

—¡ Vaya con el Sr. Caballero! Había venido a insultarme, y el Señor me ha inspirado lo que debía decirle.

Es natural que alma tan enamorada de la pureza aconseje a todos la virtud angélica.

A sus religiosos recomienda la soledad y el espíritu de oración para que, alejados de los peligros y asechanzas del mundo, puedan más fácilmente conservar la pureza del alma.

A los muchachos inculca huir de las malas compañías y evitar toda conversación lasciva o peligrosa.

A las jóvenes y señoras exhorta vivamente a vestir según las normas de la modestia cristiana.

—Si no vais modestas —les dice— os haréis responsables ante Dios de los graves daños que causéis a las almas con vuestras inmodestias.

Los consejos del Santo producen su efecto. Toda joven o señora que con él se dirige, se distingue por su honestidad y recato en el vestir. Los soldados de la guarnición de Orbetello, al verlas, suelen decir:

—Estas son las penitentes del P. Pablo.

Si alguna se presenta no muy recatada, con los brazos al aire, o con escote, aunque no muy exagerado, ante el siervo de Dios, éste adopta un semblante severo y clava sus ojos en tierra para demostrar el disgusto que le produce la ofensa inferida a la honestidad cristiana.

Puro como un ángel, Pablo quiere que todos lo sean también y que todo, en su derredor, respire pureza y aromas de cielo. El vicio deshonesto le repugna tanto, que llega a sentir hasta hedor insoportable cuando topa o se encuentra ante almas manchadas con tal vicio.

En cambio, su persona, su hábito, y los objetos de su uso exhalan con frecuencia aromas celestiales. La misma habitación que ocupa en la casa de los bienhechores, o la celda de su convento quedan, no pocas veces, impregnadas de una fragancia suavísima.

Es el perfume de su castidad, la fragancia de su virginidad que, milagrosamente, trascienden de su persona y se comunican a los objetos como señal prodigiosa de su virtud angélica.

P. Juan de la Cruz, C.P.

sábado, 6 de septiembre de 2014

LA APARICIÓN EN RIANJO (1931)



En agosto de 1931, debido a una enfermedad, la Hermana Lucía estaba pasando una temporada en una casa amiga en Rianjo, España, una pequeña ciudad marítima cercana a Pontevedra, para descansar y recobrarse. Fue en la capilla de allí que la Mensajera de Fátima iba a recibir una vez más una comunicación del Cielo.

Nuestro Señor se quejó a la Hermana Lucía por la tardanza de Sus ministros, quienes demoraban la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, como había pedido Nuestra Señora de Fátima el 13 de junio de 1929, dos años y dos meses antes. La Hermana Lucía informó a su obispo la importante revelación:

Señor Obispo: mi confesor me manda que participe a V. Excia. lo que hace poco ocurrió entre mí y Nuestro Buen Dios: pidiendo a Dios la conversión de Rusia, de España y Portugal, me pareció que su Divina Majestad me dijo:

‘Me consuelas mucho pidiéndome la conversión de esas pobres naciones. Pídelo también a mi Madre, diciendo muchas veces: Dulce Corazón de María, sed la salvación de Rusia, de España y de Portugal, de Europa y del mundo entero.

‘Y otras veces: por vuestra pura e Inmaculada Concepción, oh María, alcanzadme la conversión de Rusia, de España, de Portugal, de Europa y del mundo entero.

‘Participa a Mis ministros que, en vista de que siguen el ejemplo del Rey de Francia, en la dilación de la ejecución de mi petición, también lo han de seguir en la aflicción. Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.’

En otro texto ella escribió,

Mas tarde, por medio de una comunicación íntima, Nuestro Señor me dijo, quejándose:

‘-No han querido atender Mi petición... Al igual que el Rey de Francia se arrepentirán, y la harán, pero ya será tarde. Rusia habrá ya esparcido sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia. El Santo Padre tendrá que sufrir mucho!’

Nuestro Señor estaba haciendo aquí una referencia explícita a los pedidos del Sagrado Corazón hechos el 17 de junio de 1689 al Rey de Francia, por intermedio de Santa Margarita María de Alacoque. Como resultado del rechazo del Rey Luis XIV -al igual que del rechazo tanto de su hijo como de su nieto, los reyes Luis XV y Luis XVI- a consagrar públicamente Francia al Sagrado Corazón de Jesús, como fue pedido por el Cielo por intermedio de un reconocido santo francés de aquel tiempo, la Contra-Iglesia, protestante y masónica, llevó a cabo el gran alzamiento de la Revolución Francesa.

El 17 de junio de 1789, (Fiesta del Sagrado Corazón) exactamente a cien años del día en que Santa Margarita María había escrito el gran designio del Cielo para el Rey, se alzó el Tercer Estado y se proclamó una Asamblea Nacional, despojando al Rey Luis XVI de su poder legislativo. El 21 de enero de 1793, Francia, ingrata y rebelde contra su Dios, se atrevió a decapitar a su Rey cristiano como si fuera un criminal. En Rianjo, Jesús nos advierte que ese oscuro capítulo de la historia se repetirá, y esta vez los ministros de Su Iglesia -los obispos, y tal vez incluso el Papa mismo-, estarán entre sus desventuradas víctimas.

Pareciera que esa ejecución del Papa, “el Obispo vestido de blanco”, junto con otros obispos, sacerdotes, religiosos y laicos -como si fueran criminales- es lo que está previsto en la visión de Fátima revelada el 26 de junio de 2000.

Fuente: fatima.org

jueves, 4 de septiembre de 2014

PASAJES DE LA BIBLIA


Sobre la casa del malvado pesa la maldición de Dios, 
El cual bendice la morada del justo. 
Se burla de los burladores y da su gracia a los humildes. (Proverbios 3,33-34)

miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - XII


XII 
La Cruz de Migné

Esta cruz profética fue anunciada siete años antes por el venerable sacerdote Souffrant, cura de Maumusson, en la diócesis de Nantes. Después de celebrar un novenario por el triunfo de la Iglesia, con otras personas que se asociaron a sus oraciones, escribió, en 1820, una carta en que anunciaba un general trastorno, una revolución terrible, añadiendo que no habría sino un instante entre estos dos clamores: todo está perdido, y todo se ha salvado; después de lo cual se restablecería la calma. Para confirmar su predicción, acababa por estas palabras: «Aparecerá una cruz; y si esta cruz no aparece, que mi secreto muera conmigo». E hizo de esta cruz una descripción que pinta exactamente la de Migné. 

He aquí el relato de la aparición de esta Cruz maravillosa, tal como se formuló en 28 de Febrero de 1827 por los miembros de la comisión encargada por el Obispo de Poitiers para formar el proceso oficial del acontecimiento. Copiamos el texto traducido de las Voix prophetiques del abate Curicque por el canónigo D. Pedro González de Villaumbrosia. 

»El domingo 17 de Diciembre de 1826, día de clausura de una serie de ejercicios piadosos dados a la parroquia de Migné, con ocasión del jubileo, por el cura de San Porcario y capellán del real colegio (el Sr. Marcoull) en el momento de la plantación solemne de la cruz, y mientras que este último dirigía a un auditorio de cerca de tres mil almas un discurso sobre las grandezas de la cruz, en el cual acababa de recordar la aparición que tuvo lugar en otro tiempo en presencia del ejército de Constantino, se apercibió en los aires una cruz bien regular y de vasta dimensión. Ninguna señal sensible había precedido su manifestación, ningún rayo de luz hubo anunciado su presencia. Los que en un principio la apercibieron la mostraron a sus vecinos, y bien pronto fijó la misma la atención de una gran parte del auditorio, de tal modo, que el Sr. Cura de San Porcario, advertido por la gente, en medio de la cual se había colocado, creyó debía ir a interrumpir al predicador. Todos los ojos se dirigieron entonces hacia la cruz que había aparecido desde luego exactamente formada y que se hallaba colocada horizontalmente, de manera que la extremidad del pie venia a caer sobre la puerta anterior de la Iglesia, y que la cabeza se inclinaba adelante en el mismo sentido que la dirección de esta iglesia hacía el Poniente. La traversa que formaba el brazo de la cruz cortaba el cuerpo principal en el ángulo derecho; cada uno de los brazos, igual a la parte superior, era cerca del cuarto de lo restante del tronco, »Estas diversas partes eran por todos lados de una anchura Manifiestamente igual, terminadas lateralmente por dos líneas bien derechas, bien claras y fuertemente pronunciadas y cortadas en cuadro a sus extremidades por líneas derechas e igualmente limpias. 

»A juicio de varios testigos, estas piezas tenían un cierto espesor que las hacía ver como un poco redondeadas cuando se miraban bajo un ángulo oblicuo, y regularmente cuadradas cuando se acercaba a la vertical. 

»Por lo demás, ningún accesorio parecía adherirse a esta cruz ni la acompañaba; todas sus formas eran puras y resaltaban muy distintamente sobre el azul del cielo. En manera alguna ofrecía a los ojos un brillo deslumbrador, pero sí un color por todas partes uniforme, y tal, que ningún testigo ha podido definirlo de una manera precisa, ni encontrarle un objeto de justa comparación. Tan sólo se conforman muy generalmente a darle una idea como de un blanco plateado, pero variado de una ligera tintura de rosa. 

»Resulta ciertamente del conjunto de las deposiciones, que esta cruz no se hallaba a una altura considerable, y hasta es probable que no se elevaba a doscientos pies sobre la tierra; pero sería difícil fijar nada de más preciso que este limite. 

»El largo total del tronco podía ser de ciento cuarenta pies, y su ancho, a juzgar de él por los datos menos rigurosos, de tres a cuatro pies. 

»Cuando se comenzó a percibir la cruz, se había puesto el sol, al menos hacia media hora; y conservó su posición, sus formas y toda la intimidad de su color durante cerca de media hora, hasta el momento en que los fieles volvieron a la iglesia para recibir la bendición del Santísimo Sacramento. Era entonces de noche y brillaban las estrellas con todo su esplendor. Los últimos que entraron vieron que la cruz perdía su color; enseguida algunas personas quedadas a fuera la vieron oscurecerse poco a poco, primero por el pie, y sucesivamente de más cerca en más cerca, de manera que presentó bien pronto cuatro ramas iguales, sin que ninguna de estas partes hubiese cambiado de sitio desde el primer momento de la aparición, y sin que los que habían desaparecido dejasen a sus alrededores la más ligera traza de su presencia. 

»Parece que ningún observador se ha dedicado a seguir esta desaparición gradual hasta su último término; pero se sabe que se había terminado del todo cuando se salió de la iglesia inmediatamente después de la bendición. 

»El día en que este suceso tuvo lugar fue muy hermoso, después de una continuación de algunos días de lluvia. En el momento de la aparición, se hallaba aún el tiempo sereno y la temperatura bastante suave, de modo que pocas personas se apercibieron de la frescura de la noche. El cielo se hallaba puro en todo la región en que se mostraba la cruz, y solamente se observaron algunas nubecillas en dos ó tres puntos lejanos de allí y próximos al horizonte. En fin, ninguna niebla se levantó de la tierra, ni sobre el rio que corre á corta distancia.

»Ved ahí las circunstancias materiales del hecho. En cuanto a su influencia moral sobre los que de él fueron testigos, hemos observado que la mayor parte se vieron en el mismo instante sobrecogidos de admiración y de un religioso respeto. Vióse a unos postrarse espontáneamente delante de aquel signo de salud; otros tenían sus ojos humedecidos con las lágrimas; éstos manifiestan por vivas aclamaciones la emoción de sus almas, aquéllos elevaban sus manos hacia el cielo invocando el nombre del Señor: apenas hubo alguno que no creyese ver allí un verdadero prodigio de la misericordia y del poder de Dios. 

»Hemos también observado que algunas personas que se resistían a todo llamamiento de los ejercicios del jubileo, volvieron, en virtud de este suceso, a las prácticas de la religión, de las que se habían alejado hacía muchos años, y otros que por sus obras y sus discursos parecían anunciar haberse enteramente apagado la fe en sus corazones, la han sentido reanimarse de repente y han dado de ella señales no equívocas. 

»En fin, la impresión producida por este espectáculo extraordinario ha sido tan viva y tan profunda, que ha arrancado lágrimas a algunos de los que deponían delante de nosotros, pasado cerca de un mes después del suceso. 

»Antes de terminar esta relación, concluyen los miembros de la comisión, séanos permitido expresar los sentimientos que nos han sido inspirados a nosotros mismos por el conocimiento profundo que sobre este hecho hemos sido llamados a tornar. 

»Si nos hemos visto sorprendidos de particularidades que conciernen a la existencia física del fenómeno, hemos admirado con mucha más ventaja los consejos adorables de la Providencia, que ha hecho concurrir este suceso con circunstancias tan propias a darles los felices resultados que ha tenido en efecto. Cuando se sabe que el acaso no es más que un nombre, que nada aquí bajo tiene lugar sin designio y sin una causa bien determinada, no puede uno menos de impresionarse vivamente al ver aparecer de repente, en medio de los aires, una Cruz tan manifiesta y tan regular, en el sitio y en el instante preciso en que un pueblo numeroso se reunía para celebrar el Triunfo de la Cruz por medio de una solemnidad imponente, é inmediatamente después que se acababa de hablar de una milagrosa aparición que fue en otro tiempo tan gloriosa al cristianismo: al ver que este fenómeno sorprendente conserva toda su integridad y la misma situación, mientras que la asamblea se ocupa en considerarla; y que se debilita a medida que ésta se retira y que desaparece en el instante en que uno de los actos más sagrados de la religión llama toda la atención de los fieles».

El hecho, según el abate Curicque, fue probado por otros personajes de gran autoridad en el orden civil y de ningún modo interesados en la cuestión. Citemos solamente el juicio que forma de él un distinguido miembro de la Academia de Ciencias, el ilustre astrónomo Cassini: 

«Nos reímos de compasión, dice, de aquellos que quisieran comparar la cruz de Migné a un arco iris solar, así como de aquellos que la asimilan a un arco iris lunar. Es un efecto de refracción, han dicho algunos ignorantes; decid más bien de reflexión, han replicado otros un poco más sabios... Ea, señores, para explicar el fenómeno a vuestra manera, no os falta sino una cosa, pero indispensable: un rayo, sea de sol, sea de luna, que, hallándose desgraciadamente ausentes, no han podido dar lugar ni a reflexión, ni á refracción, ni al arco iris del cielo; tanto más que no había allí nubes, ni vapores, ni lluvia. Buscad, pues, alguna otra explicación de una aparición sobre la cual deponen tres mil testigos, quienes durante una media hora, y a una altura que excedía cien pies, viéronla subsistir sin movimiento, sin alteración, bajo formas claras y bien determinadas. Esto es lo que nos mueve a echar un reto a los que atribuyen tal fenómeno a una causa física natural; nuestra opinión sobre este punto está apoyada en la autoridad de algunos sabios, muy idóneos para pronunciarse en tal materia». 

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - XI


XI 
Aparición de la Cruz en tiempo de 
Constantino Coprónimo 

Cedreno refiere en su Compendio de la historia, que corriendo el tercer año (744) del imperio de Constantino Coprónimo, apareció en el cielo una Cruz hacia el Norte. Añade que durante una parte del sexto año del mismo reinado, los vestidos de los hombres y los ornamentos de las Iglesias aparecían súbitamente marcados de Cruces, que parecían pintadas al óleo, sin que pudiera, comprenderse cómo se imprimían. Al primer suceso siguió una peste, y al segundo acompañó otra tan mortífera, que devastó gran parte del imperio y dejó desierta la ciudad de Constantinopla. 

Teodoro Studita pinta este terrible azote con los más negros colores, ocupándose igualmente de las milagrosas Cruces. 

«Habiendo la cólera del cielo, dice, descargado en esta época sobre el mundo con un peso formidable, no puedo menos de consagrar dos palabras al caso. El castigo, semejante a las plagas de Egipto, no se localizó en algunas ciudades ni provincias; se extendió por todas partes e hirió principalmente la capital del imperio, la infortunada Bizancio... Cruces de un color azul celeste aparecían súbitamente impresas en los vestidos y trazadas con tal regularidad, que hubieran parecido obra del más hábil artista, a no saber que las imprimía la mano de Dios. 

»Los desgraciados que, a veces sin darse cuenta, eran marcados por estas señales, morían casi repentinamente; muchos que por la mañana conducían los cadáveres al cementerio, por la tarde eran ellos conducidos con otros, pues en un solo féretro iban muchos cadáveres juntos; las acémilas arrastraban carros llenos de muertos, y nunca llegaba el último carro. Ayes fúnebres y gritos lamentables se oían por doquiera; no había suficientes brazos para levantar y enterrar los muertos. Las casas quedaban vacías, los pueblos sin moradores; en el espacio de dos meses, Constantinopla, poco antes tan populosa y bulliciosa, quedó muda y deshabitada». 

Los católicos atribuyeron este terrible azote a las impiedades de los iconoclastas, y especialmente a las de Constantino Coprónimo, que hacia a la Cruz una guerra encarnizada, y cuyo mote griego de Coprónimo recordaba su inmundicia de cuando recibió el bautismo, pues manchó con sus excrementos la sagrada pila. 

El hecho de aquella epidemia es tan auténtico, que no hay medio de ponerlo en duda; y en cuanto a la impresión de las Cruces sobre los destinados a ser víctimas, imposible es explicarlo sin la intervención directa de la Divinidad airada. Si las marcas hubieran sido en la piel, quizá pudiera creerse que eran meros síntomas de una enfermedad fulminante; pero siendo en los vestidos, ¿quién podrá explicar naturalmente el fenómeno? Sabemos que la lepra atacaba a veces las casas y los vestidos de los judíos; mas esto no explica naturalmente lo otro, pues nadie, en el estado actual de nuestros acontecimientos, podrá demostrar que esta particularidad provenía de causas naturales. A idénticas observaciones se prestan otros acontecimientos que vamos a referir.

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

SAN PÍO X - 3 DE SEPTIEMBRE


SAN PÍO X,
Papa y Confesor
n. 2 de junio de 1835 en Riese (Treviso), Italia;
† 20 de agosto de 1914

- “Padre Santo, bendiga a mi hijo para que sea bueno, porque sé que si Ud. lo hace así lo será, porque Ud. es un SANTO”.
- “Buena Señora, Ud. se equivoca de consonantes: Yo soy un Sarto (sastre) no un Santo”. Hacía alusión a su apellido que en italiano significa sastre.

De origen humilde, su padre Juan Bautista, sencillo alguacil de Riese (Treviso, Italia) y Margarita Sansón, ama de casa. El Señor bendijo aquel hogar con diez hijos, de los cuales ocho llegaron a ser mayores. A nuestro protagonista se le impuso en el bautismo el nombre de José. Llamó la atención desde niño por su inteligencia, bondad y amor a todo lo que se refería a cosas del Señor. Quedó huérfano de padre muy pequeño. Su madre suplió muy bien aquella carencia y supo plasmar en el corazón de Beppi –como todos le llamaban cariñosamente– toda una gama de virtudes cristianas que luego dieron su fruto abundantemente. Al ser canonizado el 1954, el Papa Pío XII decía de él: “Pío X, pobre y rico, suave y humilde, de corazón fuerte, luchador por los derechos de la Iglesia, esforzado en el empeño de restaurar en Cristo todas las cosas”. Buen resumen de su preciosa y larga vida.

D. Tito Fusarini, párroco de Riese, pronto caló en el alma grande del pequeño Beppi. Dijo un día, hablando de aquel niño: “Es el alma más noble de este país…”. Viendo claramente cuál era su vocación, le envió al Seminario y ayudó a pagar su carrera sacerdotal. En el archivo del seminario de Padua se conservan las notas de aquellos años y dicen de él: “Discípulo irreprochable. Inteligencia superior. Memoria excelente. Ofrece toda esperanza”. No se equivocaron. Era todo un presagio…

Subió todos los escalones hasta llegar al sacerdocio, don que le llegó el 18 de septiembre de 1858, año de las apariciones de la Virgen de Lourdes.

Así era él: Alto, delgado pero fuerte, elegante, de cutis blanco, labios finos, modales señoriales a la vez que sencillos y sin fingimiento, frente alta y cabellos abundantes, de mirada bondadosa.

La Divina Providencia guió los pasos de D. Beppi de un modo maravilloso. Estaban marcados de nueve en nueve: como coadjutor, como arcipreste, como canónigo, como obispo, como cardenal… Cuando llegaba el noveno aniversario, ya sabía él que debía cambiar de cargo. Siempre en ascenso. Sólo como Papa fue dos años más.

Al morir el Papa León XIII en el aula de Consistorio alguien votó al Cardenal Sarto de Venecia. Decía él: “Estos Padres me toman el pelo”. Un cardenal francés le preguntó si sabía o no su idioma; al contestarle que no, dijo: “Pues no es papable”. Sarto respondió: “Demos gracias a Dios”. Pero a la séptima votación fue elegido. Se resistió, mas al ver que era la voluntad divina manifestada por los votos de los Cardenales, aceptó convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo.

Tres eran sus más grandes características: La pobreza. Fue un Papa pobre que nunca fue servido más que por dos de sus hermanas, para las que tuvo que solicitar una pensión para que no se quedaran en la miseria a la hora de su muerte. La humildad. Pío X siempre se sintió indigno del cargo de Papa, no permitía lujos excesivos en sus recámaras, y sus hermanas que lo atendían no gozaban de privilegio alguno en el Vaticano. La bondad. Nunca fue difícil tratar con Pío X, pues siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadoso con quien necesitara de él.

Dentro de sus obras destaca el combate contra dos herejías en boga en esa época: El Modernismo, al que combatió fuertemente, principalmente con la encíclica Pascendi; el Jansenismo, decretando la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendieran quién está en la Santa Hostia Consagrada. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía. Fundó el Instituto Bíblico para perfeccionar las traducciones de la Biblia y nombró una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico. Promovió el estudio del Catecismo.

Aceptó el Papado “como una cruz”, y de veras que lo fue para él. Había escogido el nombre de Pío inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión. Poco antes de morir estalló la primera guerra mundial, a pesar de haber trabajado cuanto pudo para evitarla.

Era el 20 de agosto de 1914 cuando volaba al cielo, llorado por toda la cristiandad.

ORACIÓN A SAN PÍO X

Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella.

Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez hayan más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo. Amén.

ORACIÓN

Oh Dios, que para defender la fe católica y restaurar todas las cosas en Cristo has llenado al Sumo Pontífice San Pío X de celeste sabiduría y apostólica fortaleza; concede propicio que, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, consigamos los premios eternos. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Texto tomado de Tradición Católica.com

lunes, 1 de septiembre de 2014

PLEGARIA A MARÍA SANTÍSIMA DE LAS CRUCES PATRONA DE DAIMIEL



A MARÍA SANTÍSIMA DE LAS
CRUCES


PLEGARIA

Coro 1.º

Auxilio del cristiano que tu socorro implora,
consuelo del que llora
sin tregua en su dolor;
Salud del alma enferma que en tus consuelos fía,
¡oh celestial Maria,
fuente de puro amor!...
Postrados a tus plantas, llenos de fe sencilla,
los hijos de esta villa 
te elevan su oración;
Acoge su plegaria, y pues al bien conduces, 
¡oh Virgen de las Cruces,
sé nuestra salvación!


ESTROFA 1.ª

Por espacioso monte la soledad se extiende,
la tierra el sol enciende 
con su brillante luz;
Y fatigado, triste, sediento y sin consuelo,
sus ojos en el cielo 
clava Juan de la Cruz.
Tú su clamor escuchas, a su socorro vuelas;
tú su dolor consuelas; 
por ti cobra vigor.
Y ardiendo en fuego santo su corazón de niño, 
refiere con cariño
portentos de tu amor. 

Coro 2.°

Por eso a ti que amparas al que tu auxilio implora,
consuelas al que llora
y aplacas su dolor,
Rendidos te adoramos con fervorosas preces.
¡Bendita una y mil veces
por tu divino amor!...
Por eso hasta tu trono, llenos de fe sencilla,
los hijos de esta villa 
te elevan su oración.
Acoge nuestros votos, y pues al bien conduces,
¡oh Virgen de las Cruces, 
sé nuestra salvación!


ESTROFA 2.ª

Cansancio y tedio acosan al alma entristecida, 
del valle de la vida
las sendas al cruzar.
Las luchas la acobardan, el riesgo la amedrenta.
y su inquietud aumenta
y crece su pesar...
En ti anhelante busca consuelo a su quebranto;
tu nombre puro y santo
pronuncia con fervor...
Y de su fe cristiana el galardón alcanza...,
renace su esperanza
y acaba su temor.

Coro

Por eso a ti que amparas al que tu auxilio implora, 
consuelas al que llora
y aplacas su dolor,
Rendidos te adoramos, etc.


ESTROFA 3.ª

Tú das a nuestros campos el riego apetecido
cuando, a tus pies rendido,
te implora el labrador.
Por ti mortal contagio del término se aleja,
por ti el enfermo deja 
su lecho de dolor.
Tú eres el santo escudo que al pueblo fiel defiende 
de la impiedad que extiende,
con su maldad, Luzbel.
Tu santo amor de madre nos servirá de guía,
pues eres, oh María,
¡la gloria de Daimiel!

Coro

Por eso a ti que amparas al que tu auxilio implora,
 consuelas al que llora
y aplacas su dolor, etc.


Fray Manuel de Oviedo y Treviño
Del hábito de Calatrava y Cura que fue de
la Parroquia de Santa María de dicha Villa