lunes, 4 de agosto de 2014

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XX)


CAPÍTULO 20 

De otras razones humanas que nos 
ayudaran a ser humildes. 

San Crisóstomo, sobre aquellas palabras de San Pablo (Rom., 12, 3): [No queráis saber más de lo que conviene, sino saber con moderación], va probando muy de propósito que el soberbio y arrogante no sólo es malo y pecador, sino loco. Y trae para esto aquello de Isaías: (32, 6): El loco dirá locuras, y por las locuras que dice entenderéis que es loco. Pues mirad la locuras que dice el soberbio y arrogante, y veréis cómo es loco. ¿Qué es lo que dijo el primer soberbio, que fue Lucifer? (Is., 14. 13): Subiré al Cielo, y pondré y ensalzaré mi asiento sobre las nubes, y allá encima de las estrellas, seré semejante al Altísimo. ¿Qué cosa más loca y desatinada? Y en el capítulo décimo pone unas palabras muy arrogantes y locas de Asar, rey de los asirios, con que se gloriaba que con su mano poderosa había vencido y sujetado a todos los reyes de la tierra (Is., 10, 14): Como quien toma de un nido los pajaritos pequeños, que crían las aves, y como quien va a coger los huevos que han dejado, así, dice, tomé yo toda la tierra con esa misma facilidad, que no hubo quien se menease, ni osase abrir la boca, ni chistar. ¡Qué mayor locura!, dice San Crisóstomo. Y trae allí otras muchas palabras de soberbios, las cuales muestran bien su locura; de tal manera, que si oís sus palabras, no podréis conocer si son palabras de hombre soberbio o de alguno que está verdaderamente loco, según son de locas y desatinadas. Y así vemos acá que, como los locos nos mueven a risa con las locuras que dicen y hacen, así también los soberbios dan materia de risa y conversación con las palabras que dicen arrogantes y que redundan en su loor, y con los meneos y autoridad con que andan, y con el caso que quieren que se haga le ellos y de sus cosas, y con la estima en que ellos las tienen. 

Y añade San Crisóstomo que es peor locura la del soberbio y digna de mayor vituperio e ignominia que la natural, porque ésta no trae consigo culpa ni pecado alguno, y aquella sí. De donde se sigue otra diferencia entre estas dos locuras, que los locos naturales causan compasión y mueven a que todos se duelan y compadezcan de su trabajo: pero la locura de los soberbios no mueve a compasión ni a misericordia, sino a risa y escarnio. 

De manera que los soberbios son locos, y así tratamos con ellos como con tales. Porque así como condescendéis con lo que dice el loco para tener paz con él, aunque ello no sea así, ni vos lo sintáis así, y no le queréis contradecir, porque está loco, de esa manera hacemos con los soberbios. Y reina tanto el día de hoy este humor y locura en el mundo, que apenas se puede ya hablar con los hombres sin lisonjearlos y decir de ellos lo que verdaderamente no es así, ni vos lo sentís así; porque gusta tanto el otro de entender que contentan y parecen bien sus cosas, que para contentarle y ganarle la voluntad no sabéis mejor entrada que alabarle. Y ésta es una de las vanidades y locuras que dice el Sabio que vio en el mundo: ser alabados los malos por estar en lugares altos, como si fueran buenos (Eccl., 8, 10): [Vi los entierros de los impíos, que en vida estaban en lugar santo, y eran alabados en la ciudad por de buenas obras; pero también es esto vanidad]. ¿Qué mayor vanidad y locura que alabaros los hombres sin sentirlo ellos así? ¿Y que muchas veces os alaban de lo que hicisteis mal, y de lo que a ellos les pareció mal? Y el donaire es que a los otros ya les han dicho la verdad de lo que sienten, sino que con vos, a trueque de contentaros, unas veces no se les da nada de mentir, otras buscan rodeos para sin mentira poder alabar y decir bien de lo que les pareció. Es que os tratan como a loco, condescendiendo con vos. Entiende el otro que vos tenéis ese humor, y que os holgáis de ser tratado de esa manera, y que el mejor bocado de la comida, después que habéis predicado o hecho otra cosa semejante, es deciros que salió muy bien, que quedaron todos muy contentos; y por eso os trata así, para teneros contento y ganaros la voluntad, que por ventura os ha menester. Y de lo que sirve eso es de haceros más loco; porque os alaban de lo que dijisteis o hicisteis mal, y quedáis más confirmado para hacerlo otra vez. 

No se atreven los hombres el día de hoy a decir lo que sienten, porque saben que las verdades amargan, y saben que así como el que está loco y frenético resiste a las medicinas y escupe al médico que le quiere curar, así el soberbio resiste al aviso y a la corrección. Y por eso no quieren los hombres decir al otro lo que saben que no le ha de hacer buen estómago, porque nadie quiere buscar ruido por sus dineros; antes le dan a entender que les parece bien lo que les parece mal; y el otro está tan pagado de sí que lo cree. De donde se verá también lo que decíamos en el capítulo pasado, cuán grande vanidad y locura sea hacer caso de las alabanzas de los hombres, pues sabemos que el día de hoy todo es cumplimiento, engaño, lisonja y mentira; que aun ellos interpretan así el nombre cumplimiento, «cumplo y miento: miento para cumplir». 

Más: los soberbios, dice San Crisóstomo, son aborrecidos de todos. De Dios primeramente, como dice el Sabio (Prov., 16, 5): Todo hombre arrogante y soberbio es abominación delante de Dios. Y de siete cosas que aborrece Dios, la primera pone la soberbia (Prov., 6, 17). Y no sólo de Dios, sino también de los hombres son aborrecidos (Eccli., 10, 7): [Aborrecible es a Dios y a los hombres la soberbia]. Así como los que tienen los hígados y entrañas dañadas echan un olor muy malo de sí, que no hay quien lo sufra, así son los soberbios (Eccli., 11, 32): El mismo mundo les da aquí el pago de su soberbia, castigándoles en lo mismo que ellos pretendían. Porque todo les sale muy al revés. Ellos pretenden ser tenidos y estimados de todos, y vienen a ser tenidos por locos. Ellos pretenden ser queridos de todos, y al revés. De todo el mundo es aborrecido el soberbio; de los mayores, porque se les quiere igualar; de los iguales, porque los quiere sobrepujar; de los menores, porque quiere más de lo que es razón. Aun los criados dicen mal de su amo cuando es soberbio, y no le pueden sufrir. (Prov., 11, 2): [Donde hubiere soberbia, allí habrá ignominia). Por el contrario, el humilde es tenido y estimado, querido y amado de todos. Así como los niños, por su bondad, inocencia y simplicidad son muy amables, así, dice el glorioso San Gregorio, lo son los humildes; porque aquella simplicidad y llaneza en las palabras y en la manera de tratar sin fingimiento y doblez, roba el corazón. Es piedra imán la humildad, que trae a sí a los corazones: todos parece que querrían meter en las entrañas al humilde. 

Para que nos acabemos de persuadir que es locura el andar deseando y procurando la estima y opinión de los hombres, hace San Bernardo un dilema muy bueno, y que concluye: O fue locura la del Hijo de Dios en abatirse y apocarse tanto, y escoger menosprecios y deshonras, o es gran locura la nuestra en desear tanto la honra y estimación de los hombres. No fue locura la del Hijo de Dios, ni lo pudo ser, aunque al mundo le pareció tal, como dice San Pablo (1 Cor., 1, 23): [A Cristo crucificado predicamos, que es para los judíos materia de escándalo, y de locura y desatino para los gentiles; mas para los escogidos a la fe, así de los judíos como de los griegos y gentiles, es Cristo argumento de la omnipotencia y sabiduría de Dios]. A los ciegos y soberbios gentiles paréceles locura la de Cristo; pero a nosotros, que tenemos luz de fe, nos parece suma sabiduría y amor infinito. Pues si aquélla fue suma sabiduría, luego la nuestra es locura, y nosotros somos los locos en hacer tanto caso de la opinión y estima de los hombres y de la honra del mundo. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

sábado, 2 de agosto de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - IX


IX 
Otros triunfos de la Santa Cruz 

Evagro y Procopio, antiguos historiadores de crítica ordinariamente severa y de una gran reputación de exactitud, narran un hecho revestido de todos los caracteres de milagro, acaecido en Apamea, ciudad del Asia menor, hacia el año 540. 

Cosroes I, llamado el grande, rey de Persia como después lo fue Cosroes II de quien arriba hemos hablado, sitió con fuerte ejército la ciudad de Apamea, después de haber incendiado la de Antioquía y otras poblaciones cercanas. Teniendo la misma suerte los habitantes de Apamea, suplicaron a Tomás, su Obispo, que expusiese a la pública veneración de los fieles la reliquia insigne de la verdadera Cruz que su iglesia poseía, con el fin de elevar sus plegarias al Cielo en presencia del instrumento de nuestra Redención, o al menos tener el consuelo de adorarle antes de morir. 

Tan unánime fue este voto, que el Obispo hizo más de lo pedido; no sólo expuso la veneranda reliquia, sino que diferentes veces la llevó en procesión por iglesia, elevándola sobre su cabeza para que todos la viesen y adorasen. La afluencia era considerable cada vez que se hacía esta ceremonia; y lo raro hubiera sido que no acudiese la ciudad en masa, pues la sagrada reliquia aparecía siempre rodeada de llamas ardientes como las de un violento incendio. 

Pero las llamas fueron preservativas, porque Cosroes desapareció de un modo inesperado, y Apamea se vio libre de las violencias de aquel tirano; en testimonio de lo cual, y del reconocimiento de la ciudad al Dios de la Cruz, se erigió en el ábside mismo de la iglesia un monumento conmemorativo, con una inscripción que perpetuase la memoria del milagro. Cedreno afirma que la milagrosa Cruz de Apamea fue trasladada a Constantinopla, corriendo el año noveno del imperio de Justino II, ó sea en 5 73. 

Acontecimientos análogos abundan en las crónicas cristianas; y si no todos son tan claramente milagrosos como el de Apamea, siempre son maravillosos y rara vez deja de descubrirse en ellos el dedo de Dios. Citemos por vía de ejemplo lo acaecido en Augsburgo. 

Hordas de ugros, que habían devastado gran parte de la Baviera, pusieron cerco a dicha ciudad el año 955 . Udalrico, Obispo de ella, poniéndose al pecho una Cruz a manera de coraza, y seguido de todo su clero y del pueblo desarmado, salió de la ciudad y penetró, con esta muchedumbre en las filas de los feroces ugros. Permanecieron éstos inmóviles, como si el brazo de Dios les contuviera, y el emperador Otón, cayendo sobre aquellas hordas audaces que prometían avasallarlo todo mientras el cielo no se desplomase o no se hundiese la tierra, las destrozó como alimañas inmundas y cobardes. 

No fue menos maravilloso ni de menores alcances sociales lo acaecido en Bayona el año 14 5 1, antes bien reúne, como el suceso de Apamea, los caracteres de un verdadero milagro. 

Duraba todavía a guerra de Carlos VII contra a invasión de los ingleses en Francia. Los Condes de Foix y de Dunois sitiaron a Bayona, defendida por una guarnición inglesa, la cual prolongaba su resistencia con gran tenacidad, aun después de haberse rendido el castillo. Un prodigio que apareció en los aires determinó, por fin, la rendición de la plaza. Era un poco después de salir el sol, en el momento en que los franceses tomaban posesión de la ciudadela, y estando el cielo sereno. Apareció en los aires, encima de la ciudad, una Cruz luminosa, de claridad deslumbradora, y a la vista de todos permaneció durante una hora entera. Este fenómeno fue considerado por todos como señal cierta de que Dios se declaraba contra Inglaterra, y en consecuencia la ciudad de Bayona se rindió in continenti a las tropas francesas. 

Un prodigio tan milagroso, que produjo tan fuerte impresión así en los ingleses para ser vencidos como en los franceses para vencer, no podía racionalmente ponerse en duda por los ausentes ni los venideros: sin embargo, el conde de Dunois juzgó conveniente dar fe de la verdad del hecho por medio de documento público, para que sirviese de monumento a las generaciones futuras; aquel documento subsiste aún y anda copiado en muchas historias. 

No podemos menos de consagrar aquí dos palabras a la visión de Alfonso I de Portugal, hijo de Enrique de Borgoña, de la casa de Francia, y de Teresa de Castilla. Era Alfonso conde de Portugal desde 1112, y en 1139, con ocasión de la batalla que iba a librar en Urique con un ejército de moros inmensamente más numeroso que el suyo, fue advertido por un venerable anciano, cuya santidad hasta los musulmanes respetaban, que al día siguiente se le aparecería en los aires Jesús Crucificado prometiéndole la victoria. La visión predicha se verificó; prometióle el Señor que alcanzaría victoria y sería aclamado rey, y así sucedió puntualmente. 

Este suceso era demasiado notable para que Camoens lo olvidase en su poema épico, y demasiado importante para que los historiadores de España o Portugal no le consagrasen alguna página; mas quizá resistiría difícilmente un examen crítico, no teniendo otro fundamento que la palabra de un hombre, gran capitán, sí, y príncipe respetabilísimo, valiente y religioso, pero quizá víctima de una ilusión que tan fácilmente podían infundirle la excesiva tensión de su temperamento y las justas inquietudes sobre el éxito de la batalla. Como quiera que sea, la promesa real o ideal que se le hizo, no fue vana: ganó aquella batalla, y después otra y otras, hasta engrandecer sus estados con el Beira y la Extremadura. Aunque la aparición no fuera real, sus triunfos se debieron al poder de la Santa Cruz, que él invocaba en todos sus apuros. 

Nos alargaríamos demasiado si hubiéramos de conceder algún espacio a la mención de otros acontecimientos semejantes. Nuestro intento principal, al referir los más señalados triunfos de la Santa Cruz, es confirmar la fe de nuestros lectores en el poder divino que por medio del Lábaro salvador desplega el Rey de Reyes en favor de sus ejércitos, y avivar su esperanza en el triunfo que los profetas, señaladamente San Francisco de Paula, anuncian al ejército español de los Crucíferos; triunfo que será incomparablemente mayor que el de los primitivos Crucíferos españoles organizados por Constantino Magno, pues aquéllos eran simples abanderados y éstos han de ser guerreros valerosisimos para dominar el mundo y rendirlo al pie de la Cruz. 

Donde menos cabe o más irracional es la incredulidad o la duda acerca del divino poder de la Cruz en las batallas y conquistas de Religión y Patria, es en España, cuya incomparable epopeya es un continuo canto épico al Signo de nuestra Redención, que nuestros padres pasearon victoriosos de mundo en mundo y lo hicieron adorar de paganos y herejes, de bárbaros y cultos, de rudos y de sabios. Y cuando menos puede ponerse en duda la autenticidad de las indicadas profecías y la seguridad de la futura cruzada, es hoy, pues basta elevar los ojos a los montes como David, para comprender de dónde nos ha de venir el auxilio. ¿No dicen nada a los que saben filosofar, nada a los hombres de corazón, esas Cruces que por todas partes se levantan hoy en las cimas de los montes? Estamos en el siglo de la Cruz. Viene la hecatombe en castigo de nuestros pecados, y en seguida vienen las victorias de la Cruz y la paz de Dios. 

¿No me creéis a mi? Creed a los hombres pensadores y previsores que lo afirman. Tampoco a estos creéis? Pues creed a los profetas enviados por Dios para avisar al mundo. Tampoco dais fe a los profetas? Dadla a la filosofía de la historia, dadla á la lógica de la Providencia; mirad lo que pasa y juzgad a dónde nos conduce. ¿Tampoco esto os merece un poco de atención? ¡¡In peccato vestro moriemini!! Seguid, seguid avivando la cólera de Dios: no por eso dejaremos nosotros de esperar en Él, repitiendo las palabras davidicas que se leen en el Tracto del Domingo de Ramos, día en que seguimos emborronando estos desaliñados artículos: 

«En ti esperaron nuestros padres, Señor, esperaron, y tú los libraste. A ti clamaron, y fueron puestos en salvo. Confiaron en ti, y no tuvieron por qué avergonzarse. Mas yo soy un gusano y no hombre, oprobio de los hombres y abyección de la plebe. Todos los que me miraban hacían mofa de mi, y meneaban burlescamente la cabeza diciendo: «A ver si Dios le libra, ya que en Dios espera: sálvele, ya que tanto le ama»! ¡Señor, salva de las astas de los unicornios mi pobre alma. ¡Oh vosotros, los que teméis al Señor! alabadle, glorificadle. Será contada como del Señor la generación venidera, y los cielos anunciaran su justicia al pueblo que ha de nacer, formado por el Señor». 

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - VIII


VIII 
La guerra de “Los Segadors„ (I). 

A un catalanisla. 

¿Y es usted, tan blasonador de su catolicismo y de su catalanismo, el que ignora la gloriosísima historia católica de la gloriosisima Cataluña? ¡Vivir para ver! 

Confiesa V. que no alcanza a comprender cómo puede enlazarse la santa Cruz con el Regionalismo catalán, «sin desencajar aquélla de su pedestal religioso y rebajarla a las cuestiones políticas y económicas». No sabe «qué lazo puede haber entre la Religión y la autonomía»; no se explica «por qué hemos de procurar antes la primera que la segunda»; no entiende «por qué razón o ilusión se ha de esperar que unos cuantos crucíferos que ahora son (somos) inermes y privados de recursos, lleguen a ser tantos y se desvíen tanto de su misión religiosa, que por fuerza de armas venzan a la revolución y establezcan la autonomía administrativa en las regiones iberas».

Amigo mío, parte V de un funestísimo supuesto herético, cual es el que la Religión debe separarse de poitica, que a Cruz es incompatible con la espada, que Dios nada tiene que ver con el gobierno y la administración de los pueblos. 

Además, parece que finge V. ignorar lo que hemos publicado sobre el sello católico del Regionalismo, ya considerado en cuanto a los Fueros, ya en cuanto a los Privilegios, etc. 

Ni he de explicar aquí lo primero ni repetir lo segundo; de lo uno y lo otro hemos escrito mil páginas, que V. puede leer si desea convencerse. Por toda contestación, ya que V. la desea pública y a muchos puede hacer bien, le recordaré lo que V. parece ignorar: un episodio de la grandiosa historia catalana, o más claro, el principio de la famosa guerra de los Segaclors. 

Nada digo del desarrollo de aquella funestísima guerra; porque si degeneró en guerra civil de separatismo, los cortesanos del inepto Felipe IV, y en particular su ominoso favorito el Conde-Duque, fueron los verdaderos culpables. Cataluña se vio forzada a separarse de Castilla y acogerse a Francia, so pena de entregar sus códigos de libertad cristiana al pasto de la caballería de Felipe; y si en algo erró, bien demostró su buena fe con las públicas y oficiales rogativas, solemnes fiestas, penitencias y demás, con que en cien ocasiones imploró los auxilios del cielo contra el tiranizador ejército del adulado monarca. Pudo errar, pudo pecar; pero Dios que la quería española, acogió sus plegarias, purificándola terriblemente de su error, con el triple azote de la guerra, de la peste y del hambre, y premiando su fe y su patriotismo con el mantenimiento integro de sus Fueros y libertades, bajo el mismo cetro del escarmentado nieto de Felipe II. 

Dicho sea todo en honor de Cataluña, señaladamente de Barcelona, a quien por aquella guerra conservan odio profundo los unitaristas del liberalismo, y aun muchos católicos que beben en fuentes históricas adulteradas por los defensores de la licencia gubernativa y enemigos de las libertades regionales. 

Ahora bien; ¿por qué se promovió aquella guerra y cuáles fueron los principios? Cien autores lo traen; mas, por lo visto, V. lo ignora, como lo ignoran otros muchos, aun siendo catalanes, y muchísimos más que no lo son. Espanta leer los atroces crímenes de todo género que las tropas de Fernando, acabada la guerra en el Rosellón, cometían con absoluta impunidad en donde quiera se alojasen. Sin embargo, Cataluña, que contribuyó a la victoria en el Rosellón con 3 0.000 combatientes pagados a sus expensas, sufría aquel horrible desenfreno de la soldadesca, esperando que de Madrid se pusiera remedio. 

¡Vana esperanza! Los crímenes aumentaban por todas partes; incendios, robos, asesinatos, sacrilegios, violaciones en masa, crueldades inauditas, sangre y ruinas, desolación y muerte acompañaban a las tropas por donde quiera. ¿Cómo no había de surgir de tanto estrago la guerra vengadora del oprimido catalán, a quien por todo socorro enviaba la corte insultos gravísimos y le encadenaba con nuevas e inauditas tiranías? 

Con todo esto, faltaba un crimen horrendo que agotase la paciencia de los catalanes, y fue cometido en varios infelices pueblos por aquellas turbas armadas. Un documento oficial de aquella época, dice que los segadores, que de todas partes acudían a Barcelona como todos los años, «estaban quejosos de algunos ministros Reales, por las opresiones que éstos les habían hecho en el tránsito de los soldados y por no haber castigado las quemas del Santísimo Sacramento». 

Mentira parece que soldados cristianos y españoles violasen, robasen. incendiasen tantas Iglesias cometiendo sacrilegios inauditos con el augustísimo Sacramento de nuestros Altares. Esto acabó de exacerbar a los pueblos de la alta Cataluña, especialmente del Ampurdán, y unos en pos de otros, al grito de ¡Viva la Religión! y capitaneados por la Cruz, alzáronse contra el desmoralizado ejército. 

A 22 de Mayo de 1640, llegaron a las puertas de Barcelona tres mil segadores bien armados, de diversos puntos de Cataluña, «llevando a guisa de estandarte,—dicen Coroleu y Pella—la imagen grande de un Cristo Crucificado, y a voz en cuello gritaban: Via fora! Visca la Iglesia! Visca lo Rey, y muyra lo mal govern! Entráronse por la ciudad y con gran tumulto de voces se alborotó ella totalmente, y cayeron derribadas las puestas de la cárcel a los pies del diputado Tamarit». 

Quince días después, fiesta del Corpus, un nuevo atropello irritó a los segadores, los cuales se levantaron contra la tiranía a los gritos de:—Vista la Santa Mare Iglesia! Visca lo Rey! Muyran los traidors! 

Ya no había remedio; Cataluña en masa tuvo que seguir la causa de los segadores, que era la suya, y empezó formalmente aquella guerra ensañadísima que Felipe IV agravaba con sus absolutistas inepcias, y que no acabó sino con la caída del conde-duque y el desengaño y nueva política del monarca. 

Ninguna mira separatista llevaban los segadores. Llenos de fe y patriotismo, saqueados y abrevados de ofensas y deshonras por la soldadesca, levantáronse al ver profanados sus templos y el Santísimo Sacramento; no contra la autoridad, sino por ella; no contra la patria, sino por la patria; no contra el rey, sino por el rey. Levantáronse contra el mal gobierno, contra la tiranía de los áulicos, contra los verdugos dé Cataluña; ¡Visca lo Rey y muyra lo mal govern! Eso gritaban después de dar vivas a la Iglesia, y llevando la Cruz por bandera. El Clero en masa les secundó: la Iglesia vino en socorro de la Patria.

¿Qué le parece a V., buen amigo? ¿pueden algo los pobres, los desvalidos-bien lo eran los segadors-cuando se levantan a luchar por la Iglesia y por la patria enarbolando la Cruz? ¿Y V. que es Catalán y catalanista ignoraba esa gloriosa página de la historia de Cataluña? Y si no lo ignoraba, ¿Como V. mismo no respondía con ella a sus preguntas y se explicaba sus vanas dudas?

¡Cuantos hay que se levantan a sabios críticos debiendo bajar a  alumnos de primera enseñanza! Perdone V., que si V. no merece esta exclamación, la merece el caso. 
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(I) Del núm. 6 de La Señal de la Victoria.

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

martes, 29 de julio de 2014

HEREJES OKUPAS

Siempre me llamó la atención la diferencia existente entre los herejes de estos días y los herejes de otros tiempos de la Historia de la Iglesia. A poco que se asome uno al pasado, puede constatar fácilmente que los herejes de antaño se empecinaban en sus teorías y las exponían con obstinación. Cuando la Iglesia las rechazaba, se aferraban más a ellas y las expandían testarudamente entre sus seguidores, hasta que al final se separaban ellos mismos de la Iglesia con toda solemnidad, incapaces ya de vivir en el seno de la misma. Casi podríamos decir que era herejes con cierta personalidad, que acababan por decirse a sí mismos: –Aunque me excomulguen, me mantengo en mis trece y nadie me baja del burro. Me separo de la Iglesia.
Y se quedaban tan campantes y tan ufanos.
Sin embargo, los herejes de hoy no se van de la Iglesia ni a tiros. Aprendieron el arte de la infiltración a principios del siglo XX, con la llegada del Modernismo que tan valientemente desenmascaró el papa San Pío X, y a partir de ese momento, se quedaron en los sótanos de la teología, empezando a subir peldaños y peldaños. Al principio con mucho cuidadito, por si los Sumos Pontífices los ponían a caldo. Después, a la altura ya de los años 60, subieron las escaleras con toda rapidez y se instalaron en las Cámaras Pontificias como los verdaderos salvadores de la Teología. Habían aprendido a manejarse con esa apostasía que se presenta como la verdadera fe.
Ciertamente lo aprendieron bien en tantos y tantos manuales modernistas y marxistas. Ya hablamos una vez aquí sobre los modos y maneras gramscianos.
Pues así fue. Estos herejes se diferencian ciertamente de aquellos luteros y calvinos de otro tiempo. Estos no se han ido de la Iglesia, sino que han hecho escuela a base de pregonar que lo que ellos dicen es la doctrina verdadera y -por tanto-, quienes se tienen que salir de Ella son los que siguen manteniendo esos dogmas cerrados y anticuados, producto de mentes medievales ignorantes.
O sea, destruir desde dentro (y cobrando al mismo tiempo de dentro), como los de Podemos. La misma estrategia.
De este modo, se fueron introduciendo en la Iglesia los más variados disparates, que aunque denunciados por el Magisterio de entonces –aunque fuera con la boquita pequeña–, todavía sabíamos que eran errores heréticos y heréticos errores. Que la Iglesia había condenado el Socialismo, pues aparecía un grupito llamado Cristianos por el Socialismo, reivindicando el que ciertamente se puede ser socialista y cristiano. Que la Iglesia condenaba el marxismo, pues aparecía un grupo de gentes (casi siempre lideradas por algún jesuita), que decían que el mejor comunista siempre es cristiano e incluso Jesús de Nazareth era netamente marxista. Que la Iglesia condenaba el uso de anticonceptivos, pues aparecía entonces un grupo de cristianos que insistían en que precisamente el uso humano del matrimonio exigía una actuación responsable por parte de los posibles progenitores. Que la Iglesia no abolía el celibato, aparecían grupos de curas casados, reivindicado también el uso de alguna parroquia para hacer el bien como sacerdote casado. Es decir, nadie se largaba fuera a seguir haciendo la guerra por su cuenta, como hizo Lutero. Se quedaron dentro para cambiar las cosas a su antojo.
Insisto en que es una táctica puramente marxista. Así se destruyeron los Seminarios (desde dentro) hacia los años 50 del siglo pasado, infiltrando a miles de comunistas en las filas sacerdotales. Y la Iglesia conciliar y postconciliar hizo lo mismo, viendo estas cosas con agrado, tolerancia y cierto regusto: Había que aplicar el bálsamo de la misericordia, decía Juan XXIII. Así se destruyó la Teología, acogiendo a verdaderos herejes entre los más apreciados doctores universitarios… a los que se premiaba con cátedras y honores archiepiscopales. ¿No fue Juan Pablo II quien nombró Obispo y Cardenal al mismísimo Kasper, que ya tenía en su currículum un libro sobre Jesucristo negando todo lo habido y por haber?
Ahora, en una nueva vuelta de tuerca, estamos dando un paso más. Por un lado la Iglesia Magisterial no puede admitir oficialmente el matrimonio de los homosexuales, como no puede admitir a las claras tantas doctrinas morales que van claramente en contra de los Mandamientos Divinos. Entonces, se pone en marcha la estrategia: basta una frasecita emitida en una entrevista de avión –pongo por caso-, y en ese mismo momento se multiplican las modos de actuar anti-cristianos, pero dentro de la Iglesia. Una frase insinuante, es suficiente para que comiencen las reivindicaciones pastorales. Y mientras tanto, sí que se puede callar que la homosexualidad es un pecado abominable porque según dice el mismo Francisco, ya nos sabemos bien lo que dice la Iglesia y no hay que estar repitiéndolo.
Vean si no, lo que está ocurriendo ya de hecho con las parroquias gay de California o Nueva York, en las que se reconoce que la Iglesia Católica está equivocada y que estos gays son unos extraordinarios católicos a los que nadie comprende. Decidido ya por el Gobierno Mundial que la homosexualidad no es algo a tratar, ni es enfermedad, ni es una lacra, ni mucho menos un pecado… se forman grupitos cristianos organizados para demostrar que su homosexualidad es lo más normal del mundo, que se puede ser lector, ministro extraordinario de la Eucaristía… y que se puede seguir siendo homosexual salido del armario al mismo tiempo que sincero cristiano, mientras que la sexualidad tal como Dios la concibió, esa sí que es una abominación que no se puede permitir. El mundo al revés. ¡La homofobia sí que es una enfermedad!, proclaman en sus pancartas.
Esto sí se puede decir. Lo contrario merece la cárcel.
Esto sí se puede decir. Lo contrario merece la cárcel.
Mientras tanto, se confunde por ignorancia (o quizá por maldad, Dios lo sabe) la denuncia del pecado con la pastoral de comprensión frente al pecador. Sé por experiencia que en el confesonario siempre hemos ayudado a las personas que llegaran con un problema de este tipo. Tampoco eran tantas porque entonces no había tanto Orgullo con este tema. Pero se prestaba ayuda individual, para la salvación del alma individual. Castidad individual, tratada individualmente, confesada individualmente, misericordieada individualmente.
Pero no es así en estos tiempos. Hay una forma muy sutil y destructiva que se está organizando y que lleva adosado un peligro enorme: la que nos cuenta Zenith con esta noticia aparentemente sin trascendencia alguna: Los católicos con tendencia homosexual hablan de castidad.
O sea, que ya hay grupos que consideran que deben reunirse para hablar de su tendencia y ver entre todos cómo deben abordar la castidad. Ya no es un problema individual, sino colectivo, incluso para los católicos. Y mientras tanto, se sigue extendiendo el mal: no pasa nada, porque somos homosexuales organizados cristianos. Hasta tenemos nuestros Congresos. No pasa nada porque somos divorciados vueltos a casar cristianos y comulgamos porque la Comunión no es un premio, sino una medicina (diga San Pablo lo que quiera sobre la Eucaristía como paso rápido a la propia condenación). No pasa nada si somos sacerdotes católicos casados, porque el sacerdocio se ejerce así mucho mejor y hay menos deserciones.
Y eso sí. Los que piensen de otra manera, que se salgan de la Iglesia. Ellos son los herejes. En este tema, aplíquese siempre la tolerancia cero, que es la que ahora se estila en ciertas Urbes de la Cristiandad. Pues yo la verdad, puestos a preferir, prefiero a los herejes antiguos. Quemaban las bulas de excomunión, se iban a su casa y la Iglesia se fortalecía. Ahora, estos herejes okupas, nos dan lecciones y la Iglesia los premia.

viernes, 25 de julio de 2014

SIGUE LA AUTODEMOLICIÓN DEL PAPADO


"Más gestos: el Papa comió como un empleado más del Vaticano"




miércoles, 23 de julio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - VII


VII 
La Cruz y las Españas 

El divino poder de la Cruz no dio la victoria á nuestros antepasados únicamente en la memorable jornada de las Navas, sino en todas cuantas victorias alcanzaron de musulmanes, infieles y herejes. Al hecho de las Navas hemos consagrado un articulo especial, dándole la preferencia, porque la Iglesia lo preparó con sus oraciones y sus indulgencias de Cruzada y luego lo aceptó en su liturgia, para que en lo sucesivo glorificasen al Rey de Reyes los españoles con la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz. 

La Cruz ha sido siempre la Bandera de las Españas. Pelayo se levantó en Covadonga enarbolando la Cruz, una sencilla Cruz de roble que sirvió de guión y enseña a sus heroicos soldados. Tenia la seguridad de vencer con ella, porque según autorizada tradición, junto a Cangas de Onis se le apareció en los aires La Cruz de las Victorias, como al emperador Constantino, antes de replegarse con sus bravos en Covadonga. 

La restauración de Pelayo fue obra de la Santa Cruz; tan convencidos de ello estaban los héroes de Asturias, que a la enseña de su caudillo pusieron por nombre La Cruz de las Victorias, y para ensalzar su memoria le consagró D. Favila el templo de la Santa Cruz en las inmediaciones de Cangas, en el mismo sitio donde su padre la vio en los aires. 

Un siglo después, llevóla D. Alonso III al castillo de Gauzón, atalaya de Asturias, guarneciéndola con planchas de oro y rica pedrería y poniendo en ella una inscripción en forma de cruz, donde se lee: «Con esta señal es protegido el pío; con esta señal es vencido el enemigo». 

Siguió la Santa Cruz decidiendo con la victoria nuestras batallas durante dos siglos. Pensando entonces Alfonso el Casto demostrar la gratitud de la renaciente España al divino Rey de la Cruz con una joya mejor que la Cruz de las Victorias, ideó construirla del oro y pedrería cogidos a los moros, cuando, según la tradición, dos ángeles disfrazados de peregrinos se le aparecieron y ofrecieron a construirla; consintiólo él, y en un instante la halló hecha tal corno hoy se ve, habiendo desaparecido los dos ángeles: por este hecho se la llama Cruz Angélica. 

Discute este origen la crítica; pero lo indudable es que debemos la Cruz Angélica a la devoción del Rey Casto y que por su mérito artístico e histórico es una de las primeras joyas de la arqueología patria. Entre los versos de su inscripción se leen los mismos que en la Cruz de las Victorias: Hoc signo tuetur pius; hoc signo vincitur inimicus. 

La restauración pirenaica no fue menos obra de la Cruz que la cantábrica. He aquí lo que a este propósito copiamos del grave autor últimamente citado: 

«Entre todos estos hechos descuella una tradición que los habitantes de aquellos países han mirado siempre con una veneración singular. El primer caudillo de aquella insurrección, a quien apellidan Garci-Jiménez, deseando acreditar el acierto de la elección que en él había recaído, avanzó con unos seiscientos hombres hasta la villa de Ainsa, de que se apoderó por sorpresa. Noticiosos los Sarracenos de aquel golpe de mano, acudieron contra los insurgentes con poderosa hueste: al entrar en acción vieron los Cristianos una Cruz roja sobre una encina; alentados con tal portento, dieron sobre los contrarios, derrotándolos a pesar de su número excesivamente superior». 

»Desde entonces, tomaron por divisa la Cruz sobre un árbol; y a creer a los antiguos, la naciente monarquía se llamó, por tanto, de Sobrarbe.— El hecho es que la Cruz de Sobrarbe ha sido siempre la principal divisa de la restauración pirenaica, y que el reino de Aragón jamás dejó de usar la Cruz por enseña, aunque de distintas formas, según las épocas y los triunfos que en ellas debió a la divina Providencia. Aquellos pobres cristianos, con este piadoso símbolo manifestaban esperar tan sólo su independencia del que, muriendo en la Cruz, dio al mundo salud, libertad y vida. 

«A la Cruz primera de Sobrarbe sobre una encina, siguió otra Cruz griega antigua, con una espiga en la parte inferior, como para llevarla clavada en un asta. Sucedió a ésta la Cruz roja de San Jorge, flanqueada por cuatro cabezas de reyes moros, como recuerdo de la batalla de Alcoraz, ganada por aragoneses y navarros. Finalmente, las cuatro sangrientas barras en campo dorado, que usó el reino desde su unión a Cataluña, significaban, según San Bernardo, los cuatro palos de la Cruz; pero estas ya no son propiamente las armas de Aragón, sino de los Condes de Barcelona». 

Sin la Cruz no se hubiera salvado España, aun hoy sería una especie de Turquía meridional. Propósito firme de todos aquellos antiguos españoles era el que siglos después formuló el gran Aparisi Guijarro de esta manera: «A la sombra de la Cruz nacimos; a la sombra de la Cruz moriremos». Apenas hay una de nuestras gloriosas tradiciones de la Reconquista en que no brille esplendoroso el poder de la Santa Cruz, lo mismo que la protección de la Inmaculada Patrona y Generalísima de las Españas. 

Palmo á palmo las reconquistaron nuestros padres al amparo de la Cruz, hasta abatir para siempre en Granada el inmundo pendón de la Media Luna. En memoria de aquella Cruzada, bendecida é indulgen- ciada por la Iglesia, y de la Última victoria de nuestra reconquista, los Reyes Católicos erigieron en Granada la iglesia y el convento de Santa Cruz. 

Aquí nos ocurren los siguientes párrafos de un reciente sermón predicado en Madrid por el ilustre y sabio D. Ramiro Fernández Valbuena, Penitenciario de la Primacial de Toledo: 

«La publicación de la Santa Bula de Cruzada, que se hace hoy en la capital de la monarquía española, nos recuerda aquella gran epopeya de la lucha de la fe contra la herejía y superstición; la predilección del Cabeza de la iglesia con España, por haber mantenido enhiesta la bandera de la Cruz durante ocho siglos contra la media luna; y el valor heroico de los cruzados que derramaron su sangre en favor de Dios y de su patria.

En ninguna nación cristiana fuera de la nuestra, se conserva la Bula de la Cruzada, no obstante haberse concedido cuantas tomaron parte en las guerras contra los infieles, que fueron todas las de Europa. Y es que solamente en nuestra España se conservaba la profunda fe en las gracias de la Bula, y se pedía ésta con instancia a la Santa Sede, cuando en los demás reinos había pasado a la historia. 

Con esto (la toma de Granada) parecía que debieran haberse terminado las cruzadas en nuestra patria; pero no habían de pasar muchos años sin que los españoles, fieles siempre a las tradiciones de su fe y a las energías de su raza, pidieran otra vez a la Iglesia santa el auxilio de las armas espirituales para vencer a los enemigos de una y de otra; y la Iglesia concede esos auxilios a sus hijos predilectos, para que puedan derrotar a la reforma protestante en la guerra movida por los príncipes alemanes adictos a las doctrinas de Lutero contra el emperador Carlos V; y por no insistir más en este punto, todavía en el último tercio del siglo XVI se concedieron por San Pío V las gracias de la Cruzada a la armada que combatió en Lepanto bajo la dirección y mando de D. Juan de Austria. 

Desde aquella época la Cruzada española ha continuado sin interrupción, aunque en otra distinta forma, ya que nuestros católicos monarcas no han cesado de pedir a los Romanos Pontífices las gracias de Cruzada para sí y para sus vasallos, ni los Papas han dejado de concederlas periódicamente. 

Cuanto somos y cuanto valemos lo debemos a la Cruz, y el día en que la Cruz desapareciera de nuestro suelo, éste, tan feraz como el primero del mundo, se convertiría en un Sahara; y nosotros sus habitantes volveríamos al estado de salvajismo de los primeros moradores de la Hesperia. 

Pero a la Cruz se la ha declarado guerra sin cuartel en nuestra patria por algunos, por muchos de sus hijos extraviados hace mas de un siglo, y así ha ido desapareciendo de los sitios públicos de nuestras ciudades y villas el símbolo de la redención humana y de la libertad de los hijos de Dios, símbolo que no podían mirar sin rabia los hijos de las tinieblas, que consiguieron retirarle de la vista pública, como si fuera un baldón de ignominia para los pueblos. 

Ha llegado la hora de una nueva cruzada, no ya contra enemigos exteriores, sino contra nuestros mismos hermanos según la carne. Moisés mandó degollar en un solo día por orden de Dios 23.00Ó israelitas adoradores del becerro de oro; Matatías y su hijo Judas recorrieron las ciudades de Israel, antes de luchar contra los ejércitos de Siria, y dieron muerte a los impíos y a los perversos, con lo cual se aplacó la ira de Dios sobre aquel pueblo; San Agustín, que en el terreno científico había derrotado a los donatistas, viendo que éstos se valían de hombres perdidos y desalmados, llamados circunceliones, para acometer y dar muerte a los católicos que no querían pasar al partido de Donato, pidió contra ellos el auxilio del ejército imperial. Por más esfuerzos que hizo santo Domingo de Guzmán para convencer y convertir a los albigenses, no fue posible reducirlos a la razón sino por medio de las armas de los Cruzados. Ni tampoco hoy, amados fieles, cesarán los. enemigos de la fe en sus tropelías, mientras no sean convencidos con el argumento de las armas. 

Nos encontramos en circunstancias análogas a las en que se hallaban los católicos del mediodía de Francia en la época de Santo Domingo de Guzmán, o en las que se encontraron los católicos alemanes cuando la confederación protestante que tenia por jefe al elector de Sajonia. 

Ahora como entonces se persigue a los religiosos y sacerdotes, se incendian los templos, se impiden los actos de culto externo, y por todos los medios se procura hacer guerra, no ya de ideas por medio de la palabra y de la prensa, que a éstas ya respondemos los católicos en igual forma, aunque no con la valentía que debiéramos, sino guerra externa con actos de fuerza; a los cuales es necesario oponer también la fuerza. ¿No lo veis? ¿no escucháis los gritos salvajes y ensordecedores del ejército enemigo, que se apresta a dar la última batalla y aniquilar la Iglesia de Dios? Asomaos a las cavernas de los trogloditas de nuestro siglo, y oiréis rugidos como de fieras, y conoceréis planes de exterminio que os harán helar la sangre en las venas. 

Y nosotros, hijos de los Cruzados, que conmemoramos hoy y celebramos la publicación de la Cruzada, ¿estaremos tranquilos sin aprestarnos a defender nuestros imprescriptibles derechos de hombres y de cristianos? ¿Veremos con indiferencia pecaminosa el avanzar de nuestros enemigos destruyendo sucesivamente, pero sin dar tregua a la mano, las fortificaciones católicas? 

No, no ha de ser así. Una nueva Cruzada se impone; y como lo que ha de ser, será, no faltará un Godofredo que, puesto al frente de las huestes de la Cruz, reconquiste la ciudad santa de la fe; no dejará de presentarse en la hora oportuna mi Raimundo de Fitero que sepa unir amigablemente LA CORAZA DEL GUERRERO CON LA COGULLA DEL MONJE, y que guiando sus mesnadas de decididos campeones, haga morder el polvo a los más audaces de la nueva morisma; pues AUN CUANDO ALGUIEN LE CONDENA, LA IGLESIA LE BENDECIRÁ y colocará en los altares, para escarmiento de cobardes y enseñanza de presuntuosos». 

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904

sábado, 19 de julio de 2014

PROFECÍAS DE SAN FRANCISCO DE PAULA


Sobre el Gran Monarca 

«Este santo hombre será gran pecador en la juventud y después se convertirá al gran Dios. Será en su niñez y adolescencia como santo, en su juventud gran pecador, pero después se convertirá y hará gran penitencia. El tal hombre empezará á investigar los secretos de Dios sobre la larga visita y dirección que hará el Espíritu Santo en el mundo, por medio de la santa Milicia (Crucíferos). Irá interpretando los oscuros secretos (profecías) del Espíritu Santo, y muchas veces será admirado por conocer los internos secretos del corazón de los hombres. Los Crucíferos, no pudiendo vencer primero con letras á los herejes, se moverán contra ellos impetuosamente con las armas. Dios Omnipotente exaltará á un hombre muy pobre, de la sangre de Constantino...» 

«Ya se va acercando la hora en que la Divina Majestad visitará al mundo con la nueva religión de los Crucíferos, con el Crucifijo levantado sobre el más alto estandarte y de mayor lugar. Estandarte admirable á los ojos de todos los justos; el cual al principio escarnecerán los incrédulos, malos cristianos y paganos, mas después que vean las maravillosas victorias contra los tiranos, herejes é infieles, sus burlas se convertirán en lágrimas». 

«Será (el Gran Monarca) gran Fundador de una nueva Religión, diferente de todas las otras. La repartirá en tres órdenes: de Caballeros armados, Sacerdotes solitarios y Hospitalarios piadosísimos. Será la última Religión de todas y hará en la Iglesia de Dios mayor fruto que todas las otras últimas. Procederá con las armas, con la oración y con la santa hospitalidad».


¡Oh santos Crucíferos! Vosotros destruiréis la maldita secta mahometana; vosotros pondréis fin a toda suerte de infieles, herejes y sectas del mundo, y seréis el acabamiento de todos los tiranos; vosotros pondréis silencio con perpetua paz por todo el universo mundo; vosotros haréis santos a todos los hombres, por fuerza o por voluntad. ¡Oh gente santa! ¡Oh gente bendita de la Santísima Trinidad! —Sera (el Fundador) gran Capitán de gente santa, llamada «los Santos Crucíferos de Jesucristo», con los cuales acabará la secta mahometana y el resto de los infieles.—Obtendrán el dominio de todo el mundo, tanto temporal como espiritual (nótese) y regirán la Iglesia de Dios hasta el fin de los siglos. —Estos siervos de Dios limpiarán el mundo con la muerte de un número infinito de rebeldes. El Jefe y Fundador de esta milicia será el gran reformador de la Iglesia de Dios». 

San Francisco de Paula 


APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 2ª Parte.
Paginas 144, 218, 219.
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904