miércoles, 21 de abril de 2010

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (IV)


La Pasión de Jesucristo y el sufrimiento, su valor y sus ventajas.

I
La Pasión de Jesucristo, nuestro bien, es el camino más corto, pero también el más necesario de la santidad. La vida de Jesucristo no fue sino una cruz. Dios nos hace un gran honor cuando nos llama á marchar por el mismo camino que su divino y único Hijo.

II
Sed magnánimos y acordaos que debemos caminar en pos de las huellas de Jesús Crucificado, si pretendemos llegar al Cielo. El siervo de Dios que no está crucificado con Jesucristo, ¿qué cosa es?

III
No es digno de la bienaventuranza de Dios el que no ha legítimamente combatido y triunfado de todos los enemigos del alma.
¡Dios ha sufrido tanto por mí! ¿Es por ventura mucho que yo haga y padezca algo por su amor?

IV
Por la cruz, el santo Amor, perfecciona al alma amante que le ofrece un corazón ferviente y generoso.
¡Oh, que no pueda yo explicar el precioso tesoro que Nuestro Señor ha ocultado en el sufrimiento! Pero es un gran secreto conocido solamente de aquél que ama…, yo me contento con admirarlo de lejos.

V
El alma es un grano que Dios siembra en el campo de la Iglesia; para producir virtudes y méritos, es indispensable que muera bajo los terribles golpes de penas, dolores, contradicciones y persecuciones. Cuanto más dolorosa y penetrante es nuestra Cruz, mayor será nuestra ventaja cuanto más el sufrimiento estuviere privado de consuelo, más puro y meritorio será; y cuanto más las criaturas nos fueren contrarias, más cerca estaremos del Soberano Bien, nuestro Criador.

VI
Aquél que cree sufrir mucho, da evidentes pruebas de que poco ama al Señor; porque el puro y verdadero amor de Dios siempre hace parecer pequeña y poca cosa lo que se sufre por el objeto amado. Bien pronto se hace santo y perfecto el que pone en práctica estas dos palabras: “Sufrir y callar”. Guardad silencio con una llave de oro.

VII
Si tenéis una gran cruz, llevadla con paciencia, y el Paraíso será vuestro.
Ved lo que hacen los soldados de la tierra para guardar cuatro murallas… y tú, soldado del cielo, ¿qué no debes hacer por el reino de tu alma? Debes ser crucificado al mundo, es decir, tener horror á todo lo que el mundo ama y estima.
He aquí dos máximas que os ruego grabéis en vuestra memoria: Primera: “Jamás justificarse.” Segunda: “Trabajar, sufrir y callar., Ponedlas en práctica y os haréis santos.

VIII
¿Sabéis por qué Dios os somete á tantas penas y miserias? Porque os ama y quiere daros las riquezas del cielo. El sufrimiento es corto; no dura sino un momento, y el gozo será eterno. Temamos ser privados de los sufrimientos más que el avaro teme perder sus tesoros.

IX
Los trabajos de la presente vida son las piedras preciosas que adornan y hermosean el alma amante de Jesús Crucificado. ¡Oh Dios de mi corazón! las penas á que me sometéis son prenda segura de vuestro amor.
Sucede á menudo que el trueno estalla y que, partiendo las montañas, descubre una mina de oro. Así obra el Señor con ciertas almas privilegiadas, á saber, hace salir un gran bien de sus pruebas y abatimientos.

X
Este es el tiempo de sufrir en silencio y en paz; resignaos á las agonías en que estáis, y os conducirán á la muerte mística.
La vida de los siervos de Dios, consiste en morir todos los días á sí mismos y á todo lo criado, para vivir sola y únicamente en Dios y por Dios: Quotidie morimur. Mortui enim estis, et vita vestra abscondita estcum christo in Deo. “Esta muerte es infinitamente más deseable que la vida; yo os la deseo.”

XI
Creedme. Las aflicciones, los temores, las desolaciones, las arideces, los abandonos, las tentaciones y las persecuciones, son una preciosa escoba que barre del alma todo el polvo y el lodo de las imperfecciones ocultas.
Trabajar, sufrir, callar, no quejarse, no justificarse, no tener resentimientos; he aquí las máximas de los Santos, máximas de una muy alta y subida perfección.

XII
Las adversidades nos enseñan y ayudan á tener la balanza justa. En los consuelos, cualquiera hace de valiente; mas es en las grandes pruebas, en las tribulaciones amargas donde se distinguen las almas viriles de aquellas que son tímidas, cobardes y afeminadas.

XIII
Acordaos que la verdadera santidad tiene por cortejo las penas y tribulaciones interiores y exteriores; los ataques de los enemigos visibles é invisibles; las enfermedades y molestias del cuerpo y las desolaciones y arideces del alma, porque todos los que quieren vivir en Jesucristo han de sufrir persecuciones por parte de los demonios, de los hombres y de la carne rebelde.

XIV
No olvidéis, almas atribuladas, que los sufrimientos de esta vida son ricos presentes que os hace la divina Majestad. Ella quiere que, como piedras preciosísimas, seáis más profunda y fuertemente engastadas en el anillo de oro de la caridad; quiere que seáis víctimas sacrificadas á su gloria en el fuego sagrado del sufrimiento; quiere que por este sacrificio derraméis siempre y en todas partes el suave olor de todas las virtudes.

XV
Todas las penas del cuerpo y del espíritu, son como los primeros grados ó escalones de la escala sublime y santa por la que suben las almas grandes y generosas; de grado en grado llegan á la cima en donde se encuentra el sufrimiento puro, sin consuelo ninguno del cielo ni de la tierra. Si ellas son fieles en no buscar satisfacción en las criaturas, pasan del puro sufrimiento al puro amor de Dios sin ninguna mezcla… Pero, ¡ay! ¡qué raras son las almas afortunadas que llegan hasta allí!

XVI
La divina Majestad acostumbra privar á sus siervos por algún tiempo de todo consuelo, á fin de que aprendan á servirle por puro amor y á ser servidores fieles. Los priva aún en las más grandes solemnidades y circunstancias de más devoción para probar su fe y su fidelidad. Elevemos nuestros corazones al cielo, y sirvamos con generosidad á nuestro Dios y Salvador Jesús en la fe y en el amor puro.

XVII
¡Qué dichosa es el alma que se desprende de todo placer, de todo sentimiento, de todo propio juicio! Esta es una lección sublime. Dios nos la hará comprender si ponemos toda nuestra satisfacción en la Cruz de Jesucristo es decir, en morir sobre la Cruz del Salvador á todo lo que no es Dios.
Es menester recibir las contradicciones y las burlas con gran paciencia. Es la leña para el brasero en donde se ha de consumir la víctima.

XVIII
La leña, largo tiempo expuesta al aire, al frío y al sol, pierde toda su humedad y luego se enciende. Así sucede con nosotros; si queremos que nuestro corazón se inflame en el amor divino, es necesario que nos dejemos purificar con una humilde y paciente resignación, por los aires de las tentaciones y las tribulaciones de todo género. ¡Oh!, entonces, estando bien purificados, el santo amor nos abrasará con sus llamas.

XIX
Yo quisiera que el mundo entero pudiese comprender la grande gracia que Dios hace en su bondad al alma, cuando le envía el sufrimiento, y sobre todo el sufrimiento sin consuelo; porque entonces ella se purifica como el oro en el crisol, y se hace bella, ligera, ágil, y vuela al Soberano. Bien sin apercibirse de ello.
La estatua debe ser martillada y tallada con cinceles agudos antes de ser colocada en la gran galería del Paraíso.

XX
Cuando nuestro espíritu se encuentra como la mar agitado por la tempestad, para devolverle la paz y la tranquilidad, dejad caer sobre él de tiempo en tiempo, algunas gotas de aceite; quiero decir, invocad á menudo el Santísimo nombre de Jesús, de quien se dice en los Cantares: “Vuestro Nombre es como un aceite derramado.”

XXI
El alma tiene necesidad del invierno. El invierno purga el aire y la tierra de los malos vapores; él purga también el cuerpo del hombre. Si sacude los árboles, es para que profundicen más y más sus raíces. Vienen luego la primavera, y todo reverdece, todo florece. Lo propio hacen los padecimientos en el alma. Sed fieles en todos vuestros ejercicios de piedad y de virtud; permaneced en el seno de Dios sin ningún contentamiento sensible, contento de gustar sin gusto en la parte superior el placer de hacer la voluntad de Dios. Así, después del invierno, vendrá la primavera con sus flores.

XXII
En todas vuestras tentaciones armaos de fe, de confianza en Dios y de profunda humildad de corazón; y sabed que las tentaciones son excelentes señales, y la pena que sentís por ellas es un fuego que servirá para purificaros y prepararos más y más á la unión con Dios. No conozco lugar mejor para dormir, cuando uno está saciado de cruces, que el pecho adorable del Salvador Crucificado; El es el horno del santo amor.

XXIII
Cuando sentís levantarse la pasión ó la cólera, callad y mirad al Crucifijo. Jesús callaba en medio de sus penas. ¡Oh santo silencio, tú eres la llave de oro que guarda el gran tesoro del cielo! ¿Queréis un remedio admirable en estas circunstancias? Invocad el Santo Nombre de Jesús, Nombre de salvación y de gracias.

XXIV
¿Habéis notado cómo las rocas de la mar son azotadas por la embravecida tempestad? Una ola furiosa llega y se estrella contra la roca. Esta queda roca. Llega otra más espumante aún y más furibunda que la cubre por todas partes, pero la roca queda inmoble. Miradla después de la tempestad, y veréis que las olas no han hecho sino limpiarla y quitarle la arena que había contraído durante la calma. Esto hacen las más fuertes tentaciones y las más dolorosas tribulaciones en el alma que, como roca, queda fiel a su Dios. En adelante sed, pues, roca.

XXV
Dios ha creado a los peces mudos., porque deben vivir en medio de las aguas; nos enseña con esto que el que navega en el mar tempestuoso de este mundo, debe estar mudo, sin lengua para quejarse ni para justificarse. Sólo nos permite hablar con El, y decirle desde lo más íntimo de nuestra alma: “¡Oh Padre mío, Padre mío, yo os amo, os adoro!”

XXVI
Dios, permitiendo que tengáis penas y trabajos, quiere que muráis a todo lo que no es El: quiere que os consideréis como muertos, que no tengáis lengua, ni ojos, ni oídos… y así como á los muertos se los pone bajo tierra, así vosotros debéis poneros á los pies de todos, haceros el oprobio de todos y el deshecho del mundo, como si estuvierais muertos y sepultados.

XXVII
Si el alma se muestra generosa y fiel a su Dios en medio de las aflicciones y tentaciones, adquiere un verdadero tesoro. La tempestad acaba por desvanecerse al fin, y el alma llega a los brazos, llenos de dulzura, de Jesús, su verdadero amigo. Entonces Dios la trata como a esposa, y se hace entre Dios y ella una santa alianza de amor. ¡OH, qué tesoro!

XXVIII
El alma a quien Dios quiere elevar á una alta santidad y a una íntima unión con El, la hace pasar por el camino del sufrimiento, del sufrimiento sin consuelo; el alma, en cierta manera, no sabe donde está; y sin embargo, por alta inteligencia infusa, comprende que está en los brazos del celestial Esposo, alimentándose con la leche de su amor infinito.
XXIX
La perla se forma en la concha, pero la concha que ha recibido el rocío del cielo se cierra y se va al fondo del mar. Allí es donde engendra la perla preciosa…
La perla de la virtud se engendra en el fondo del mar de los sufrimientos y de nuestra nada. De allí se pasa al Océano inmenso del amor increado, y se nada, o más bien, se sumerge uno en sus límpidas y cristalinas aguas.

XXX
El escultor que de un tronco quiere hacer una hermosa estatua, comienza por cortarlo con el hacha; después toma la sierra, luego el cepillo y al fin el cincel. ¿Y qué hace la madera? ¿Cómo se porta? No resiste, se deja trabajar hasta que se forme una bella y hermosísima estatua. Así obra el Supremo Artista con el alma escogida. A fin de desprenderla de su amor propio y corregirla de sus imperfecciones, permite que los demonios la atormenten con horribles tentaciones, luego la ejercita y trabaja con sequedades, desolaciones, escrúpulos y dudas penosísimas… Si ella sufre este divino trabajo con paciencia, resignación y generosidad, se perfecciona y llega á ser una estatua digna de ser colocada en las luminosas é inmortales galerías del Paraíso.

San Pablo de la Cruz

(Continuará)