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sábado, 9 de septiembre de 2023

Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al Papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida



Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41

miércoles, 19 de agosto de 2020

Monseñor Viganò: “Cristo Rey no sólo ha sido destronado de la sociedad, sino también de la Iglesia”


Texto completo de sus comentarios en el encuentro anual de LifeSiteNews

TE ADORET ORBIS SUBDITUS

O ter beata civitas
cui rite Christus imperat,
quae jussa pergit exsequi
edicta mundo caelitus!

Ciudad tres veces dichosa
en que Cristo bien gobierna impera,
la que obedece gozosa

la ley que del Cielo llega.

Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, a un monte alto. Y se transfigure ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle.» Al oírla, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Jesús se acercó, y tocándolos dijo: «Levantaos, no temáis». Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie, sino solo a Jesús. Al bajar del monte, les mandó Jesús diciendo: «No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt. 17, 1-9).

Permítanme, queridos amigos, que les transmita algunas reflexiones sobre la realeza de Nuestro Señor Jesucristo, que se manifestaron en la Transfiguración que celebramos hoy, después de otros episodios importantes de la vida terrena del Señor: desde los ángeles que se cernían sobre la cueva de Belén hasta su bautizo en el río Jordán, pasando por la adoración de los Magos.

He escogido este tema porque creo que en cierta forma sintetiza el hilo conductor de nuestro compromiso católico; no sólo en privado y en la vida familiar, sino también y ante todo en la vida social y política.

Para empezar, reavivemos nuestra fe en la realeza universal de nuestro Divino Salvador.

Él es verdaderamente Rey del Universo. Es decir, posee soberanía absoluta sobre toda la creación, toda la especie humana, incluso sobre quienes no pertenecen a su grey, que es la Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana.

Toda persona es ciertamente una criatura de Dios. Toda persona le debe todo su ser, tanto en el conjunto de su naturaleza como en cada una de las partes que la componen: cuerpo, alma, facultades, inteligencia, voluntad y sentidos. Las acciones de dichas facultades, así como las de todos los órganos corporales, son dones de Dios, cuyo dominio se extiende a todos sus bienes como frutos de su inefable generosidad. La mera consideración de que nadie elige ni puede elegir la familia a la que pertenece en este mundo basta para convencernos de esta verdad fundamental sobre nuestra existencia.

De ello se desprende que Dios Nuestro Señor es el soberano de todos los hombres, tanto individualmente como reunidos en grupos sociales, pues aunque se agrupen en diversas comunidades no por ello pierden su condición de criaturas. Es más, la misma existencia de la sociedad civil obedece a los designios de Dios, que creó al hombre como un ser social por naturaleza. Por ello, todos los pueblos y naciones, desde los más primitivos a los más civilizados, están sujetos a la divina soberanía y tienen de por sí el deber de reconocer este dulce gobierno del Cielo.

LA REALEZA DE JESUCRISTO

Dios ha otorgado esa soberanía a su Hijo Unigénito, como atestiguan con frecuencia las Sagradas Escrituras.

En sentido general, San Pablo afirma que Dios ha constituido a su Hijo «heredero de todo» (Heb. 1,2). Por su parte, San Juan corrobora en muchos pasajes de su Evangelio lo que dice el Apóstol de los Gentiles; por ejemplo, cuando recuerda que «el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn.5,22). De hecho, la prerrogativa de administrar justicia corresponde al Rey, y quien la tiene la tiene porque está investido de poder soberano.

La realeza universal que el Hijo ha heredado del Padre no se debe entender meramente como la herencia eterna mediante la cual, en su naturaleza divina, ha recibido todos los atributos que lo hacen igual y consustancial a la Primera Persona de la Santísima Trinidad en la unidad de la esencia divina.

La realeza también se le atribuye a Jesucristo de un modo especial en tanto que es verdadero hombre, el Mediador entre los Cielos y la Tierra. Es más, la misión del Verbo Encarnado consiste precisamente en establecer el Reino de Dios en la Tierra. Observamos que cuando la Sagrada Escritura habla de la realeza de Jesús se refiere sin asomo de duda a su condición humana.

Él se presenta ante el mundo como el hijo del rey David, en nombre del cual viene a heredar el trono de su Padre, que se extiende hasta los confines de la Tierra y se hace eterno, por los siglos de los siglos. Así fue cuando el arcángel San Gabriel anunció a María la dignidad del Hijo: «Darás a luz a un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos de los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc.1,31-33). No sólo eso; los Magos que vienen de Oriente para adorarlo lo buscan como a Rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt.2,2) La misión que el Padre Eterno confía al Hijo en el misterio de la Encarnación consiste en fundar el Reino de Dios en la Tierra, el Reino de los Cielos. Al fundar este Reino se concreta la inefable caridad con que Dios ama a todos los hombres desde la eternidad atrayéndolos misericordiosamente a Él: «Dilexi te, ideo attraxite, miserans». «Con amor eterno te amé; por eso te he mantenido favor» (Jer. 31:3).

Jesús consagra su vida pública a proclamar y establecer su Reino, al que unas veces se llama Reino de Dios y otras Reino de los Cielos. Con arreglo a la costumbre oriental, Nuestro Señor expone unas fascinantes parábolas para inculcar el concepto y la naturaleza del Reino que ha venido a instaurar. Sus milagros tienen por objeto convencer de que su Reino ya ha venido; se encuentra en medio de las personas. «Si in digito Dei eiicio daemonia, profecto pérvenit in vos regnum Dei»: «Si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc.11,20).

Hasta tal punto ha absorbido la misión de Jesús instaurar este Reino que sus enemigos aprovecharon la idea para justificar las acusaciones que le hicieron ante el tribunal de Pilatos: «Si sueltas a Ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn.19,12). Corroborando la opinión de sus enemigos, Jesucristo confirma al gobernador romano que es verdaderamente Rey: «Tú dices que soy Rey» (Jn.18,37).

REY EN EL VERDADERO SENTIDO DE LA PALABRA

Es imposible poner en duda el carácter real de la obra de Jesucristo. Es Rey.

Ahora bien, nuestra fe exige que entendamos bien el alcance y sentido de la realeza del Divino Redentor. Pío XI rechaza desde el primer momento el sentido metafórico por el que calificamos de Rey y de real todo lo que hay de excelente en una manera humana de ser o de comportarse. No; Jesucristo no es Rey en sentido metafórico. Es Rey en el sentido propio de la palabra. En las Sagradas Escrituras Jesús aparece ejerciendo las prerrogativas reales de una autoridad soberana, dicta leyes y manda castigos para los transgresores. Se puede decir que en el famoso Sermón de la Montaña promulgó la Ley de su Reino. Como verdadero soberano, exige obediencia a sus leyes so pena de nada menos que la condenación eterna. Y también en la escena del Juicio que anuncia para el fin del mundo cuando el Hijo de Dios venga a juzgar a vivos y muertos: «Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria (…) separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos (…) Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre” (…) Y dirá a los de la izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno (…) E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt.25,31 ss.)

Considerarlo así basta para comprender lo vital que es identificar claramente dónde está el Reino de Jesucristo en la Tierra, ya que nuestro destino eterno depende de pertenecer o no a su Reino. Decimos aquí en la Tierra porque el hombre se hace en este mundo merecedor de premio o de castigo en la vida eterna. Por tanto, en la Tierra los hombres tienen que entrar en el inefable Reino de Dios e integrarse a él; Reino que es a la vez temporal y eterno, porque se forma en este mundo y alcanza su plenitud en el Cielo.

LA SITUACIÓN ACTUAL

El furor del Enemigo, que detesta el género humano, se desata en primer lugar contra la doctrina de la realeza de Cristo, porque la realeza está unida a la persona de Nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero Hombre. El secularismo del siglo XIX, fomentado por la Masonería, ha conseguido reorganizarse con una ideología aún más perversa, pues no sólo ha extendido la negación de los derechos del Redentor a la sociedad civil, sino también al Cuerpo de la Iglesia.

Esta ofensiva se consumó con la renuncia por parte del Papado al concepto mismo de la realeza vicaria del Romano Pontífice, introduciendo con ello en la propia Iglesia las exigencias de la democracia y el parlamentarismo que ya se habían utilizado para socavar las naciones y la autoridad de los gobernantes. El Concilio Vaticano II debilitó en gran medida la monarquía pontificia como consecuencia de haber negado implícitamente la divina realeza del Eterno Sumo Sacerdote. Al hacerlo asestó un golpe maestro a la institución que hasta entonces se había mantenido como muralla defensiva contra la secularización de la sociedad cristiana. La soberanía del Vicario quedó menoscabada, y a ello siguió la paulatina negación de los derechos soberanos de Cristo sobre su Cuerpo Místico. Cuando Pablo VI depositó la tiara, haciendo alarde de ello, como si abdicara de su sagrada monarquía vicaria, despojó también a Nuestro Señor de su corona, reduciendo la realeza de Jesús a un sentido meramente esjatológico. Prueba de ello son los significativos cambios introducidos en la liturgia de la festividad de Cristo Rey y el traspaso de ésta al final del año litúrgico.

El objeto de dicha fiesta, la celebración del Reinado Social de Cristo, ilumina también su puesto en el calendario. En la liturgia tradicional tenía señalado el último domingo de octubre, con la que la festividad de Todos los Santos, que reinan por participación, estaba precedida por la fiesta de Cristo, que reina de pleno derecho. Con la reforma litúrgica aprobada por Pablo VI en 1969, la festividad de Cristo Rey se trasladó al último domingo del año litúrgico, borrando con ello la dimensión social del Reinado de Cristo y relegándola a una dimensión puramente espiritual y esjatológica.

¿Se dieron cuenta todos los padres conciliares que aprobaron con su voto Dignitatis humanae y proclamaron la libertad de culto de Pablo VI de que en la práctica lo que hicieron fue derrocar a Nuestro Señor Jesucristo despojándolo de su corona y de su reinado en la sociedad? ¿Entendieron que claramente habían destronado a Nuestro Señor Jesucristo de su dominio divino sobre nosotros y sobre el mundo entero? ¿Comprendieron que al hacerse portavoces de naciones apóstatas hicieron subir a su trono estas execrables blasfemias: «No queremos que reine sobre nosotros» (Lc. 19,14) y «no tenemos más rey que al César» (Jn.19, 15)? Pero Él, en vista de la confusa algarabía de aquellos insensatos, apartó su espíritu de ellos.

Quien no esté cegado por prejucios no puede menos que ver la perversa intención de minimizar la festividad instituida por Pío XI y la doctrina que ésta expresa. Destronar a Cristo, no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia, es el mayor crimen con el que se ha podido manchar la jerarquía, incumpliendo su misión de custodia de la enseñanzas del Salvador. Consecuencia inevitable de semejante traición ha sido que la autoridad otorgada por Nuestro Señor al Príncipe de los Apóstoles haya desaparecido sustancialmente. Lo hemos visto confirmado desde la proclamación del Concilio, cuando la autoridad infalible del Romano Pontífice fue deliberadamente excluida en favor de una pastoralidad que ha creado las condiciones para se hagan formulaciones equívocas gravemente sospechosas de herejía, cuando no descaradamente heréticas. Con lo que no sólo nos vemos acosados en el plano de lo civil, en el que durante siglos las fuerzas de las tinieblas han rechazado el dulce yugo de Cristo e impuesto la odiosa tiranía de la apostasía y el pecado a las naciones, sino también en el ámbito religioso, en el que la Autoridad se derriba a sí misma y niega que el Dios Rey deba reinar también sobre la Iglesia, sus pastores y sus fieles. También en este caso el dulce yugo de Cristo es sustituido por la odiosa tiranía de los novadores, que con su autoritarismo no diferente de sus equivalentes seculares imponen una nueva doctrina, una nueva moral y una nueva liturgia en las que la sola mención de la realeza de Nuestro Señor se considera una molesta herencia de otra religión, de otra Iglesia. Como dijo San Pablo, «Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira» (2 Tes.2,11).

No es sorprendente, pues, que así como en el plano secular los jueces subvierten la justicia condenado a inocentes y absolviendo a culpables, los gobernantes abusan de su poder oprimiendo a los ciudadanos, los médicos incumplen el juramento de Hipócrates haciéndose cómplices de quienes fomentan la propagación de las enfermedades y transforman a los enfermos en pacientes crónicos, y los maestros no enseñan a amar el conocimiento sino a cultivar la ignorancia y manipulan ideológicamente a sus alumnos, también en el corazón de la Esposa de Cristo hay cardenales, obispos y sacerdotes que escandalizan a los fieles con su reprensible conducta moral, difunden herejías desde los púlpitos, promueven la idolatría celebrando a la Pachamama y el culto a la Madre Tierra en nombre de un ecologismo de clara matriz masónica y en total consonancia con el plan disolvente ideado por el mundialismo. «Ésta es vuestra hora, el poder de las tinieblas» (Lc.22,53). Se diría que ha desaparecido el katejón, si no contáramos con las promesas de nuestro Salvador, Señor del mundo, de la historia y de la propia Iglesia.

CONCLUSIÓN

Y sin embargo, mientras ellos destruyen, nosotros tenemos la dicha y el honor de reconstruir. Y hay una dicha todavía mayor: una nueva generación de laicos y sacerdotes participan ardorosamente en esta labor de reconstrucción de la Iglesia para la salvación de las almas. Lo hacen bien conscientes de sus debilidades y miserias, pero también dejando que Dios se sirva de ellos como dóciles instrumentos en sus manos: manos útiles, manos fuertes, las manos del Todopoderoso. Nuestra fragilidad pone de relieve más todavía que se trata de una obra del Señor, y más cuando esa fragilidad humana va acompañada de humildad.

Esa humildad debería llevarnos a instaurare omnia in Christo, empezando por el corazón de la Fe, que es la oración oficial de la Iglesia. Volvamos a la liturgia que reconoce a Nuestro Señor el primado absoluto, al culto que los novatores adulteraron ni más ni menos que por odio a la Divina Majestad a fin de exaltar con soberbia a la criatura humillando al Creador, afirmando su derecho a rebelarse contra el Rey en un delirio de omnipotencia y proclamando su non serviam contra la adoración debida a Nuestro Señor.

Nuestra vida es una guerra: la Sagrada Escritura nos lo recuerda. Pero es una guerra en la que sub Christi Regis vexillis militare gloriamur (Postcomunión de la Misa de Cristoi Rey), y en la que tenemos a nuestra disposición armas espirituales muy potentes y contamos con un despliegue de fuerzas angélicas con las que no puede ninguna fortaleza de la Tierra o del Infierno.

Si Nuestro Señor es Rey por derecho de herencia (por ser de linaje real), por derecho divino (en virtud de la unión hipostática) y por derechos de conquista (al habernos redimido con el Sacrificio de la Cruz), no debemos olvidar que en el plan de la Divina Providencia este Divino Soberano tiene a su lado a Nuestra Señora y Reina, su augusta Madre María Santísima. No puede haber realeza de Cristo sin la dulce y maternal realeza de María, la cual nos recuerda San Luis María Griñón de Monfort que es nuestra Mediadora ante el Trono de la Majestad de su Hijo, ante el que se encuentra como Reina que intercede ante el Rey.

El triunfo del Rey Divino en la sociedad y en las naciones parte de que ya reina en nuestros corazones, almas y familias. Que reine también Cristo en nosotros, y junto con Él su Santísima Madre. Adveniat regnum tuum: adveniat per Mariam.

Marana Tha, Veni Domine Iesu ! ¡Ven, Señor Jesús!

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)


jueves, 2 de abril de 2020

Monseñor Viganò habla para THE REMNANT del Covid-19 y la mano de Dios


Introducción del director de The REMNANT: Durante estos tiempos de cariz apocalíptico debemos tener presente que a pesar de la profunda apostasía que se ha ido extendiendo por el mundo en las últimas décadas, Dios no nos ha abandonado.

Buenos sacerdotes de todo el mundo están respondiendo a la llamada de los despojados fieles para mantener la lumen Christi en medio de las tinieblas que actualmente envuelven el mundo entero. En estos momentos de desolación, muchos de ellos empiezan a entender los entresijos de la revolución modernista que ha diezmado la Iglesia Católica, ha acabado prácticamente con el venerable Rito Romano y ha terminado por dejarnos abandonados cerrándonos la puerta de los templos.

En vista de este castigo, cuando tantos obispos han huido llevándose con ellos los Sacramentos que nos deben dar, nos alegramos de que haya al menos unos pocos buenos pastores que hayan roto las cadenas de la colegialidad para traernos el consuelo de la verdad de Cristo y llamar a las ovejas dispersas de vuelta a la protección del redil.

Está claro que no estamos solos. Dios está volviendo a suscitar profetas.

Millones de católicos se las ven y se las desean para comprender lo que ha pasado en las últimas semanas. En este Domingo de Pasión, el arzobispo Viganò nos ha hecho el honor de concedernos una entrevista en la que nos brinda una orientación franca y cristocéntrica.

Nos recuerda en primer lugar que «la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales». Debemos permitir que este azote nos ablande el corazón y nos conduzca al arrepentimiento y a volver a Dios.

A continuación, exhorta a todos los católicos bautizados a tener presente que la desesperación es impensable y que debemos «soportar estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas».

«Si algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa», también puede brindar a nuestros pastores la oportunidad de resolver ablandar su corazón y comprender que no deben seguir «ofendiendo la majestad de Dios» y desobedeciendo a su Madre: «Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón -recuerda monseñor Viganò-, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios!»

¿Cómo debe responder, entonces, la Iglesia a la actual crisis?

Advierte Su Excelencia que «es imprescindible e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos». Los obispos en particular «deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica», porque ya basta de «caminos sinodales», «del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio». Por eso los obispos deben dejar de «enseñar falsas doctrinas», de tener miedo de «predicar la pureza y la santidad», con «silencios cobardes ante la arrogancia del mal».

Las ovejas los seguirán, pero los pastores tienen que aprender a apartarnos del mundo y llevarnos de vuelta a Cristo.

Dios bendiga y guarde al arzobispo Viganò. Es una voz que clama en el desierto, y ruego a nuestros lectores que recen por él y le pidan a Dios que le conceda la gracia y el valor para seguir haciendo sonar la voz de alarma antes de que sea tarde. Tanto las naciones como los hombres tienen que regresar al Dios Todopoderoso para que recuperemos la paz y la tranquilidad.

Michael J. Matt

Entrevista al arzobispo Carlo Maria Viganò

Michael J. Matt: ¿Cómo le parece que deben evaluar los católicos la epidemia de Covid-19?

+ Carlo Maria Viganò: La epidemia de este coronarvirus, como todas las enfermedades y como la muerte misma, son consecuencia del pecado original. El pecado de Adán, nuestro primer padre, lo privó y nos privó no sólo de la gracia divina, sino de todos los elementos buenos con que Dios había dotado la creación. La enfermedad y la muerte entraron en el mundo como castigo por desobedecer a Dios. La Redención, que se nos prometió en el Protoevangelio (Génesis 3), se profetizó en el Antiguo Testamento y se completó con la Encarnación, Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor, libró a Adán y a sus descendientes de la condenación eterna; pero quedaron consecuencias como señal de la Caída que no serán corregidas hasta la resurrección de la carne, como anunciamos en el Credo, la cual tendrá lugar antes del Día del Juicio. Esto hay que tenerlo presente, sobre todo en un momento en que se desconocen o niegan las enseñanzas fundamentales del Catecismo.

Los católicos sabemos que la enfermedad -y por lo tanto las epidemias, los sufrimientos y la pérdida de seres queridos- es algo que debemos aceptar con actitud de fe y humildad, e incluso como expiación por nuestros pecados personales. Gracias a la Comunión de los Santos, que permite que los méritos de todos los bautizados se transmitan al resto de la Iglesia, podemos soportar también estas pruebas en expiación por los pecados ajenos, por la conversión de los que no creen, y para abreviar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio las ánimas benditas. Algo tan terrible como el Covid-19 puede resultar una oportunidad de progresar en la Fe y en la Caridad activa.

Como hemos visto, si sólo tenemos en cuenta el aspecto clínico de la enfermedad -la cual, lógicamente, debemos combatir por todos los medios a nuestro alcance-, se excluye totalmente el lado trascendental de nuestra vida, y perdemos por consiguiente la perspectiva espiritual y terminamos irremediablemente en un egoísmo ciego y desesperado.

Varios obispos y sacerdotes han afirmado que «Dios no castiga» y que entender el coronavirus como una plaga supone una «mentalidad pagana». ¿Está de acuerdo?

Como dije, el primer castigo se aplicó a nuestro primer padre. Ahora bien, como leemos en el Exultet que se canta en la Vigilia Pascual, O felix culpa, qui talem ac tantum meruit habere Redemptorem!, feliz culpa que nos hizo acreedores a tan gran Redentor.

Un padre que no castiga a sus hijos no los quiere; es negligente con ellos. El médico que se queda cruzado de brazos mientras ve cómo su paciente empeora y termina siendo víctima de la gangrena, no quiere que se recupere. Dios es un Padre que nos ama, porque nos enseña lo que debemos hacer para merecer la felicidad eterna en el Paraíso. Cuando desobedecemos sus mandamientos pecando, no nos deja morir sino que sale a nuestro encuentro y nos manda muchos avisos, que son con frecuencia severos. Entonces nos enmendamos, nos arrepentimos, hacemos penitencia y nos reconciliamos con Él. «Sois mis amigos si hacéis lo que Yo os digo.» A mí me parece que las palabras de Nuestro Señor no dejan lugar a dudas.

Me gustaría añadir que la verdad sobre un Dios justo que premia a los buenos y castiga a los malos es parte del legado común de la ley natural que hemos recibido del Señor a lo largo de la historia. Una vocación irresistible a nuestro paraíso terrenal que demuestra a los mismos paganos que la Fe católica es el necesario cumplimiento de lo que le indica todo corazón sincero y bien dispuesto. Me sorprende que hoy en día, en vez de recalcar esta verdad grabada a fuego en el corazón de todo hombre, los que simpatizan hondamente con los paganos no acepten lo que la Iglesia siempre consideró la mejor manera de conquistarlos.

¿Cree Vuestra Excelencia que hay pecados que acarrean más que otros la ira de Dios?

Cada delito que nos mancha a los ojos de Dios es otro martillazo sobre los clavos que traspasaron las sagradas y venerables manos de Nuestro Señor, otro latigazo que desgarra su sagrado Cuerpo, otro esputo en su adorable rostro. Si nos diéramos cuenta de ello, nunca volveríamos a pecar. Los pecadores llorarían transidos de dolor por el resto de su vida. Y sin embargo, ésta es la realidad: durante su Pasión, nuestro Divino Salvador cargó no sólo con nuestro pecado original, sino con todo pecado que han cometido y cometerán los hombres. Lo más grandioso es que Nuestro Señor llegó a morir en la Cruz cuando una sola gota de su preciosísima Sangre habría bastado para redimirnos a todos. Cujus una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere, como nos enseña Santo Tomás.

Además de los pecados individuales, están los pecados cometidos por las sociedades, por las naciones. El aborto, que sigue asesinando niños inocentes durante la pandemia; el divorcio, la eutanasia, la abominación de los supuestos matrimonios entre personas de un mismo sexo, la celebración de la sodomía y otras terribles perversiones como la pornografía, la corrupción de menores, las especulaciones de las élites financieras, la profanación del domingo y un largo etcétera.

¿Le importaría aclarar por qué distingue entre pecados individuales y pecados nacionales?

Santo Tomás de Aquino enseña que toda persona tiene el deber de reconocer, adorar y obedecer al único Dios verdadero. Del mismo modo, las sociedades, que se componen de muchos individuos, no pueden dejar de reconocer a Dios y ocuparse de que sus leyes permitan a los miembros de la sociedad llegar a la meta espiritual a la que están destinados. Hay naciones que no sólo hacen caso omiso de Dios, sino que lo niegan abiertamente. Las hay que exigen a sus ciudadanos que acepten leyes que contravienen la moral natural y la doctrina católica, como las que reconocen el derecho al aborto, la eutanasia y la sodomía. Otros corrompen a los niños y vulneran su inocencia. Quienes consienten que se blasfeme la divina majestad de Dios no pueden quedar impunes ante Él. Los pecados públicos exigen confesión y expiación públicas para que Dios los perdone. No olvidemos que la Iglesia, que también es una sociedad, no está exenta de los castigos divinos cuando sus dirigentes son culpables de ofensas colectivas.

¿Afirma Vuestra Excelencia que la Iglesia puede tener culpa?

La Iglesia siempre ha sido impecablemente santa, porque es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor y Salvador. No sólo sería temerario, sino incluso blasfemo el menor atisbo de considerar que esta divina institución, que la Providencia instaló en el mundo para proporcionarlos la Gracia a todos como única Arca de Salvación, pueda ser mínimamente imperfecta. Las alabanzas que cantamos a la Madre de Dios –a la que llamamos precisamente Mater Eclessiae–, se pueden cantar también de la Iglesia, mediadora de todas las gracias a través de los sacramentos; Madre de Nuestro Señor, cuyos miembros genera. La Iglesia es al Arca de la Alianza que custodia el Santísimo Sacramento y los Mandamientos. La Iglesia es Refugio de los Pecadores, a los que otorga el perdón tras una buena confesión. Es Salud de los Enfermos, a los que siempre ha prodigado cuidados. Reina de la Paz, que promueve la armonía con la predicación del Evangelio. Pero también es terrible como un ejército en orden de batalla, porque Nuestro Señor ha concedido a sus sagrados ministros potestad para aplastar demonios y la autoridad de las Llaves del Cielo. No olvidemos que la Iglesia, además de ser Iglesia Militante en este mundo, es Iglesia Triunfante e Iglesia Purgante, los miembros de las cuales son todos santos.

Pero hay que decir igualmente que aunque la Iglesia sea santa, algunos de sus integrantes y de los miembros de la jerarquía en la Tierra pueden ser pecadores. En los tormentosos tiempos que vivimos, hay muchos sacerdotes indignos de ser llamados tales, como se ha visto en los escándalos y abusos protagonizados por algunos de ellos, desgraciadamente hasta por obispos y cardenales. La infidelidad de los pastores sagrados es un escándalo para sus hermanos en el sacerdocio y para muchos fieles, no sólo en lo relativo a la lujuria o a la ambición de poder, sino también -y yo diría que sobre todo- en lo referente a la integridad de la Fe, la pureza de la doctrina de la Iglesia y la santidad moral. Han llegado a cometer acciones de una gravedad inusitada, como pudimos observar en la adoración del ídolo de la Pachamama en el propio Vaticano. La verdad es que me parece que el Señor está justamente indignado con la muchedumbre de escándalos cometidos por quienes por ser pastores deberían dar ejemplo a la grey que se les ha confiado.

No olvidemos que el mal ejemplo de muchos miembros de la jerarquía es algo más que un escándalo para los católicos: es un escándalo para los que no pertenecen a la Iglesia y tienen a ésta como un faro y un punto de referencia. Y eso no es todo; el azote que estamos padeciendo no puede dispensar a la jerarquía eclesiástica de hacer el debido examen de conciencia por haberse dejado subyugar por el espíritu del mundo. No puede eludir su deber de condenar enérgicamente todos los errores a los que ha dado cabida desde el Concilio, y que le han acarreado todos estos justos castigos. Tenemos que enmendarnos y volver a Dios.

Me duele tener que decir que aun después de ver cómo se derrama sobre el mundo la cólera divina seguimos ofendiendo a la majestad de Dios al decir que la Madre Tierra exige respeto, como dijo hace unos días el Papa en su enésima entrevista. Lo que debemos hacer es pedir perdón por el sacrilegio cometido en la Basílica de San Pedro, y volver a consagrarla antes de que se puede decir allí nuevamente el Santo Sacrificio de la Misa. Hay que convocar también una procesión pública en señal de penitencia, aunque sólo participen prelados dirigidos por el Sumo Pontífice. Tienen que implorar la misericordia de Dios para ellos y para su pueblo. Sería la verdadera manifestación de humildad que todos esperamos para reparar las ofensas cometidas.

No podemos ocultar nuestro estupor al oír palabras como las pronunciadas en la casa de Santa Marta el pasado día 26. El Papa dijo: «Que el Señor no nos encuentre, al final de nuestras vidas, y diga de cada uno de nosotros: “Te has pervertido. Te has desviado del camino que te había indicado. Te has postrado ante un ídolo”». Son palabras que causan gran desconcierto, sobre todo teniendo en cuenta que él mismo cometió un terrible sacrilegio a la vista y al oído del mundo entero, ante el mismo Altar de la Confesión en San Pedro; una auténtica profanación, un acto de apostasía, con esas asquerosas y satánicas imágenes de la Pachamama.

El día de la Anunciación de Nuestra Señora, los obispos de Portugal y de España consagraron sus respectivas naciones al Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Otro tanto hicieron los prelados de Irlanda, Inglaterra y Gales. En muchas diócesis y localidades, los obispos y las autoridades municipales han puesto a su ciudad bajo la protección de María Santísima. ¿Qué piensa Vuestra Excelencia de dichos actos?

Son actos que me llenan de esperanza. Aunque no son suficientes para expiar nuestras culpas, las máximas autoridades de la Iglesia no se han dado por enteradas, aunque los creyentes de a pie llevaban mucho tiempo clamando por que sus pastores realizasen esos actos solemnes. Nuestra Señora de Fátima pidió al Papa y a los obispos que consagraran Rusia a su inmaculado corazón, y anunció que mientras eso no se hiciera habría guerras y catástrofes. No han hecho caso de sus exhortaciones. ¡La Jerarquía tiene que enmendarse y hacerle caso a la Madre de Dios! ¡Es una vergüenza y un escándalo que ningún obispo de Italia se haya adherido a tan importante iniciativa!

¿Cómo evalúa la suspensión de sacramentos que observamos en casi todo el mundo?

Es un padecimiento terrible para los fieles, posiblemente el peor que han conocido hasta la fecha. Parece mentira que se les pueda negar a los moribundos.

En la actual situación, parece que, con escasas excepciones, la Jerarquía no ha tenido escrúpulos para cerrar las iglesias y evitar que participen los fieles del Santo Sacrificio de la Misa. Se han comportado como fríos burócratas que cumplen las órdenes del sátrapa, y la mayoría de los fieles lo han visto como una demostración de falta de fe. Y no me extraña nada.

Me pregunto -y da miedo pensarlo- si el cierre de los templos y la suspensión de todo acto de culto no será otro castigo de Dios, además de la pandemia. «A fin de que conociesen cómo por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado » (Sab. 11,17). Con lo ofendido que está el Señor por la negligencia y las faltas de respeto de sus sacerdotes; con lo indignado que está por las profanaciones del Santísimo Sacramento que tiene lugar cada día cuando se da de comulgar en la mano; con lo harto que está de cancioncillas estúpidas y de homilías heréticas, todavía se contenta desde el silencio del Sagrario con la alabanza austera y formal de muchos sacerdotes que todavía dicen la Misa de siempre. La Misa que se remonta al tiempo de los Apóstoles. La que siempre ha sido el corazón cuyos latidos han movido a la Iglesia a lo largo de los siglos. Tengamos presentes esta sobria advertencia: Dios no se deja burlar.

Entiendo perfectamente y comparto la preocupación esencial y las medidas de protección impuestas por las autoridades para salvaguardar la salud pública. Pero del mismo modo que tienen derecho a aprobar leyes relativas a los que afecta a nuestro cuerpo, las autoridades eclesiásticas tienen el derecho y el deber de velar por la salud de las almas. No pueden negar a los fieles el alimento espiritual que obtienen de la Eucaristía, por no hablar del Sacramento de la Confesión, la Misa y el Viático.

Cuando tantas tiendas y restaurantes estaban todavía abiertos, muchas conferencias episcopales ya habían suspendido todo acto de culto, y eso que ni siquiera se lo habían exigido aún las autoridades civiles. Eso es otra prueba del lamentable estado de la Jerarquía; demuestra que los obispos están gustosamente dispuestos a sacrificar el bien de las almas para contentar a las autoridades establecidas o a la dictadura del pensamiento único.

A propósito de los restaurantes abierto. ¿Qué opinión le merecen las comidas que se han servido a los pobres en los últimos meses en lugares de culto?

Para los católicos, ayudar a los necesitados es una obra de caridad. Nos recuerda que Dios es caridad. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas con todo nuestro corazón, y al prójimo por amor de Él. Por eso, de acuerdo con las bienaventuranzas, podemos ver al Señor en los pobres, los enfermos, los presos y los huérfanos. Desde el mismo principio, la Iglesia ha dado siempre un ejemplo magnífico en ese sentido. Los mismos paganos nos admiraban por ello. La Historia da cuenta de las numerosas e impresionantes labores de asistencia iniciadas por la generosidad de los fieles, incluso en épocas de gran hostilidad por parte de las autoridades civiles. Muchas veces las autoridades se han adueñado de dichas entidades siguiendo órdenes de la Masonería, que despreciaba las grandes obras de muchos buenos católicos. Ayudar a los pobres y los marginados no es algo que empezara con Bergoglio ni con organizaciones alineadas según una ideología determinada.

Ahora bien, es significativo que la nueva insistencia en la ayuda a los pobres, además de no hacer la menor referencia a lo sobrenatural se limita a las obras de misericordia corporales, evitando cuidadosamente las espirituales. Y no acaba ahí la cosa; este pontificado ha eliminado toda forma de apostolado, y dice que la Iglesia no debe realizar actividades misioneras, a las que califica de proselitismo. Que sólo podemos proporcionar comida, alojamiento y atención médica, pero nadie está facilitando alimento, hospedaje o atención médica a las almas que los necesitan con tanta urgencia. La Iglesia actual se ha convertido en una ONG filantrópica. Pero la verdadera Caridad no es un derivado de su sucedáneo masónico, por mucho que se procure disimularlo con un vago barniz de espiritualidad; es todo lo contrario, porque la solidaridad que se estila hoy niega que haya una sola Iglesia verdadera cuyo mensaje salvífico deba predicarse a todos los que no forman parte de ella. Y hay más: desde el Concilio la Iglesia ha ido a la deriva y se ha alejado tanto con cuestiones como la libertad de culto y el ecumenismo que muchas entidades benéficas confirman actualmente en el error de su paganismo o su ateísmo a las personas cuyo cuidado se les confía. Hasta les ofrecen locales donde pueden reunirse para rezar. Hemos visto asimismo casos deplorables de misas en las que, a petición expresa del celebrante, en vez del Santo Evangelio se lee el Corán o, como ha sucedido últimamente, se ha practicado la idolatría en templos católicos.

Yo diría que la idea de transformar las iglesias en refectorios o dormitorios para los necesitados es prueba de esa hipocresía de fondo que, como hemos observado con el ecumenismo, utiliza algo en apariencia loable (por ejemplo, dar de comer al hambriento o acoger a los refugiados) como instrumento para cumplir progresivamente el plan masónico de instaurar una gran religión universal sin dogmas, sin ritos y sin Dios. Utilizar una iglesia como si fuera un albergue, en presencia de prelados de obispos pagados de sí mismos que sirven pizzas y chuletas con un mandil sobre la sotana, equivale a profanarla. Sobre todo cuando esos que se muestran sonrientes ante los fotógrafos se guardan de abrir la puerta de su palacio episcopal a quienes, en el fondo, consideran útiles para sus fines políticos. Volviendo a lo que iba diciendo, me parece que también estos actos sacrílegos son causa subyacente de la pandemia y de la clausura de los templos.

Por otro lado, yo diría que con demasiada frecuencia se instrumentaliza la pobreza y la necesidad de tantos desventurados para aparecer en primera plana. Lo hemos visto en los desembarcos de inmigrantes transportados por organizaciones constituidas por auténticos negreros, con la sola idea de poner en marcha la industria de la acogida, que no sólo oculta mezquinos intereses económicos, sino una disimulada complicidad con quienes quieren destruir la Europa cristiana comenzando por Italia.

En otros casos, como en la localidad de Cerveteri aledaña a Roma, las fuerzas del orden interrumpieron la celebración de una Misa. ¿Cómo reaccionaron las autoridades eclesiásticas?

Lo de Cerveteri puede haber sido un exceso de celo por parte de la policía, sobre todo si los agentes estaban estresados por el clima de alarma que se ha desatado desde el brote de la epidemia. Pero hay que dejar claro que -y más en un país como Italia en el que rige un concordato entre la Iglesia y el Estado-, las autoridades eclesiásticas tienen jurisdicción exclusiva sobre los lugares de culto. La Santa Sede y el ordinario del lugar deberían haber protestado por semejante incumplimiento de los Pactos de Letrán, confirmados en 1984 y que siguen vigentes. Una vez más, la autoridad de los obispos, que les fue conferida directamente por Dios, se deshace como la nieve bajo el sol demostrando una pusilanimidad que puede llevar a cometer abusos peores. Aprovecho la ocasión para pedir una firmísima condena de estas intolerables injerencias de las autoridades civiles en cuestiones que son competencia de las eclesiásticas.

El pasado día 25 el papa Francisco invitó a rezar el Padrenuestro a todos los cristianos, sean o no católicos, para pedir a Dios que ponga fin a la pandemia, dando a entender que también podían rezar con él los seguidores de otras religiones.

El relativismo religioso que ha traído el Concilio ha llevado a muchos a creer que la Fe católica no es el único medio de salvación o que la Santísima Trinidad no sea el único Dios verdadero.

En la Declaración de Abu Dabi, el papa Francisco afirmó que todas las religiones son queridas por Dios. Además de una herejía, es una forma gravísima de apostasía y una blasfemia. Porque afirmar que Dios acepta que lo adoren de forma diferente a la revelada significa que no tienen ningún sentido la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Salvador. Equivale a decir que no tiene sentido que la Iglesia exista, que innumerables mártires hayan dado la vida y que existan los Sacramentos, el sacerdocio y el Papado mismo

Por desgracia, precisamente cuando debería hacerse expiación por esos ultrajes a la Majestad de Dios, alguien nos pide que le recemos junto con quienes se niegan a honrar a su Santísima Madre, y precisamente en el día de su festividad.

¿Es esa la manera más apropiada de implorar el fin de la plaga?

También es cierto que la Penitenciaría Apostólica ha concedido indulgencias especiales para los aquejados de la enfermedad y para quienes les asistan corporal y espiritualmente.

Ante todo hay que insistir en que las indulgencias jamás pueden sustituir a los sacramentos. Debemos resistir enérgicamente las infames decisiones de algunos pastores que han prohibido a los sacerdotes confesar y administrar el bautismo. Estas disposiciones, junto con la suspensión de las Misas y de la Comunión, vulneran el derecho divino y demuestran que detrás de todo esto anda Satanás. Sólo la Serpiente, enemiga de nuestras almas, puede inspirar disposiciones que provocan la pérdida espiritual de tantas almas. Es como si se ordenase a los médicos que no administrasen tratamientos vitales a pacientes en peligro de muerte.

El ejemplo del episcopado polaco, que ha ordenado multiplicar las misas para que los fieles puedan asistir sin riesgo de contagio, debería ser imitado por toda la Iglesia, si es que todavía se preocupa la jerarquía por la salvación eterna del pueblo cristiano. Es significativo que en Polonia el impacto de la pandemia haya sido inferior al que ha tenido en otros países.

La doctrina de las indulgencias no ha sido barrida por los novatores, y eso es bueno. Con todo, si bien el Romano Pontífice tiene potestad para distribuir a manos llenas el tesoro inagotable de la Gracia, no es menos cierto que no se pueden trivializar las indulgencias, ni considerarlas como una especie de rebajas de fin de temporada. Los fieles han tenido la misma impresión que en el último Jubileo de la Misericordia, con motivo del cual se concedió indulgencia plenaria en unas condiciones en que quien se beneficiaba de ella no era consciente de lo que significaba.

Y por otra parte está el problema de la Confesión y la Comunión sacramentales necesarias para lucrar la indulgencia, y que según las normas dictadas por la Penitenciaría se aplazan sine die con un genérico «apenas les sea posible».

¿Considera que la disposición sobre la absolución general en vez de individual es de aplicación en la actual epidemia?

La inminencia de la muerte legitima la solución a la que siempre ha recurrido generosamente la Iglesia en su celo por salvar a las almas. Por ejemplo, la absolución general que se da a los soldados antes de entrar en batalla, o a quienes se encuentran en un barco en naufragio. Si la situación excepcional de una sala de cuidados intensivos no permite el acceso de un sacerdote salvo en momentos determinados, y en esos momentos no es posible escuchar en confesión a los moribundos, creo que la solución propuesta es legítima.

Ahora bien, si con esta disposición se pretende crear un peligroso precedente para extenderla más tarde al uso general, será necesario redoblar la vigilancia para que lo que otorga la Iglesia magnánimamente en casos extremos no se convierta en la norma.

Recuerdo además que las misas transmitidas por internet o por televisión no eximen del precepto. Son un modo loable de santificar el Día del Señor cuando no es posible ir a la iglesia. Pero hay que tener claro que la vida sacramental no debe sustituirse por una virtualización de la misma, como tampoco en el orden natural el cuerpo se nutre contemplando la foto de un alimento.

¿Qué le gustaría aconsejar a Vuestra Excelencia a quienes tienen el deber de defender y guiar la grey de Cristo?

Es indispensable e impostergable una auténtica conversión del Papa, los obispos y todo el clero, así como de los religiosos. Los laicos la reclaman mientras sufren confundidos por la falta de guías fieles y seguros. No podemos permitir que el rebaño que nos confió el Buen Pastor para gobernarlo, defenderlo y conducirlo a la salvación eterna sea dispersado por mercenarios infieles. Tenemos que convertirnos y ponernos otra vez totalmente de parte de Dios sin transigir con el mundo.

Los obispos deben volver a tomar conciencia de su autoridad apostólica, que es personal y no puede delegarse en cuerpos intermedios como conferencias episcopales o sínodos, que han desnaturalizado el ejercicio del ministerio apostólico y causado con ello graves daños a la divina constitución de la Iglesia tal como Cristo la quiso.

Basta de caminos sinodales. Basta de colegialidad mal entendida. Basta de ese absurdo complejo de inferioridad y adulación en las relaciones con el mundo. Basta del hipócrita diálogo en lugar de anunciar intrépidamente el Evangelio. Basta de enseñar falsas doctrinas y de que dé miedo a predicar la pureza y la santidad de la vida. Basta de silencios cobardes ante la arrogancia del mal. Basta de disimular terribles escándalos. ¡Basta de mentiras, engaños y venganzas!

La vida cristiana es una milicia, no un despreocupado paseo hacia el abismo. A cada uno de los que hemos recibido órdenes sagradas nos pedirá por ello Cristo cuentas de las almas que hayamos salvado y de las que se hayan perdido por no haberles advertido y socorrido. Volvamos a la integridad de la Fe, a la santidad de las costumbres, al culto que verdaderamente agrada a Dios.

Así que, conversión y penitencia, como nos exhorta la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Pidámosle a Ella, tabernáculo del Altísimo, que inspire a nuestros pastores una intrepidez heroica para salvar a la Iglesia y para que triunfe su Corazón Inmaculado.

+Carlo Maria Viganò

Domingo de Pasión de 2020

(Traducida por Bruno de la Inmaculada)


jueves, 30 de mayo de 2019

RITUAL AFRO IDOLATRICO EN UNA IGLESIA DE TURIN



Arriba hay una supuesta danza ritual que pretende invocar a los espíritus. El 16 de febrero de 2019, esta danza se realizó en la Iglesia de los Santos Gervasio y Protasio, situada en un barrio de Turín.

Los bailarines y músicos pertenecen a la Asociación Cultural Tamra en Turín. Su nombre Tamra fue elegido al combinar el tam-tam (un tambor africano) con Ra, el dios pagano del sol.

Cuando el P. Giancarlo Gosmar, el párroco, recibió quejas, respondió que no había visto nada irreverente en esa actuación, aunque el baile es parte de un ritual pagano y los bailarines tenían el torso semidesnudo.


Fotos del video


Tradition In Action