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martes, 28 de noviembre de 2023

MILAGROS EUCARISTICOS - 60




EL PEQUEÑO CUSTODIO DE JESUS SACRAMENTADO 
 Año 1939, Almolda (Zaragoza) 

Cuando entraron los rojos en uno de los pueblos de Aragón, obligaron a un cristiano hornero a que echase en su horno todas las imágenes de los Santos de la parroquia. 

Se resistió, con valentía, el hornero. 

No le valió; uno de los oficiales hizo astillas las imágenes, y le obligó a quemarlas en el horno. 

Entre estas imágenes llevaron también un hermoso Sagrario que el oficial hizo pedazos, y se marchó. 

Un hijo del hornero, de cinco años, notó entre el montón de leña un objeto que relucía, un cristal redondo. Lo tomo en sus manos y se dio cuenta de que era el viril. Todavía conservaba la sagrada Forma. 

Va corriendo a su padre, y le dice: "Padre, ahí está Nuestro Señor". No acababa de comprender el hornero las palabras del niño. Va al montón de leña y se puso a temblar. 

"Toma, hijo mío, tómalo tú que eres un ángel." Lo cogió el niño con todo respeto y reverencia, y se lo llevó a su cuarto. 

Durante el día le acompañaba todo el tiempo que podía. Durante la noche descansaba junto a Jesús. 

El mismo día de la liberación del pueblo, fue el señor Cura a tomar el viril de casa del hornero. Se formó una procesión devotísima hasta la iglesia. Vio, con sorpresa, que no se habían corrompido las sagradas Especies durante los dos años que había estado el viril en el aposento del niño, y las sumió. 

El niño se llama Antonio Peña, su padre José Peña Pallas, hornero del pueblo de Almolda, provincia de Zaragoza.


 (Del "Boletín Parroquial suplemento del 'Boletín Oficial del Arzobispado—.—Valencia. 29 de octubre de 1940)


P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

   

domingo, 18 de abril de 2021

LA MASACRE DE KATYN - CRIMEN DE GUERRA DE LA URSS

 

Masacre de Katyn | el CRIMEN DE GUERRA que la URSS intentó ocultar en la Segunda Guerra Mundial

sábado, 16 de enero de 2021

Mons. Viganò: «La supresión del juramento antimodernista fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita»


Porque después de mi defección, me he arrepentido, y después de volver en mí, me azoté el muslo; estoy avergonzado y confuso, pues llevo el oprobio de mi juventud.

Jeremías 31,19

En un artículo que apareció en LifeSiteNews el pasado 28 de septiembre [1], la Dra. Maike Hickson me hizo algunas preguntas con vistas a complementar las afirmaciones que yo había hecho sobre el Concilio Vaticano II de las que habló Marco Tosatti [2].

EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA

En el siguiente análisis hablaré del Juramento Antimodernista que promulgó San Pío X mediante el motu proprio Sacrorum antistitum del 1º de septiembre de 1910[3], tres años después de la publicación del decreto Lamentabili [4] y la encíclica Pascendi Dominici gregis5]. El apartado VI de Pascendi estableció la institución lo antes posible (quanto prima) de un Consejo de Vigilancia en cada diócesis, mientras que el VII ordenaba que en el plazo de un año se enviase a la Santa Sede «de las doctrinas que dominan en el clero», y luego cada tres años, «una relación diligente y jurada» de cómo se estaba poniendo en práctica lo prescrito por la encíclica, el cual más tarde se llegó a conocer como la relación Pascendi[6].

Se observará que la Santa Sede encaraba de un modo muy diferente la gravísima crisis doctrinal de aquellos años si la comparamos con la postura diametralmente contraria adoptada después del pontificado de Pío XII.

Los novadores se quejaban de lo que llamaron un clima de caza de brujas, pero incuestionablemente tenía el mérito de que gracias a un sistema de vigilancia y prevención se acababa con los enemigos que acechaban a la Iglesia desde dentro. Si entendemos la herejía como una enfermedad contagiosa que aqueja al cuerpo de la Iglesia, tendremos que reconocer que San Pío X actuó con la sabiduría de un médico que erradicó la enfermedad y aisló a quienes contribuían a su propagación.

ABOLICIÓN DEL JURAMENTO Y DEL ÍNDICE

Al reconocer el vínculo ideológico que yo había puesto de relieve entre el Concilio y la declaración de Land O’Lakes del 23 de julio de 1967, Maike y Robert Hickson señalaron acertadamente otra interesante coincidencia: la derogación el 17 de julio de 1967 de la obligación hasta entonces vigente que todo sacerdote tenía de hacer el Juramento antimodernista. Esta abolición pasó casi desapercibida, sustituyendo la fórmula anterior –que exigía la profesión de fe y el Jusjurandum antimodernisticum– por el Credo de Nicea y esta breve frase:

También nosotros abrazo y sostengo firmemente todas y cada una de las cosas que la Iglesia en cuanto a la enseñanza de la fe y la moral, por la Iglesia, ya sea por un juicio solemne de lo definido o en la autoridad docente ordinaria, ha sido enunciada y declarada en ella, en la medida en que las mismas se proponen, especialmente las que se refieren al misterio de la santa Iglesia de Cristo y sus sacramentos y el Sacrificio de la Misa, y la continuidad del Primado del Romano Pontífice . [Abrazo y bear firmemente y sin excepción todo cuanto has formulado y declaradas la Iglesia con respecto a la learning de la fe y las costumbres, ya sea por himno definición o por el ordinario, y en particular todo lo dicho a la Santa Iglesia de Cristo, los Sacramentos el sacrificing y de la Misa del primado el Papa.]

La Doctrina de la Nota Explicativa de la conocida Congregación para la la Fé de la Sagrada declaraba: « La fórmula de la Profesión de la Fe debe utilizarse adelante está prescrita por la ley, en aquellos casos en que, y de su juramento de Trento antimodernistici lugar de la fórmula De ahora en adelante se empleará esta fórmula en los casos en que la ley prescriba la profesión de fe, en lugar de la fórmula tridentina y del juramento antimodernista.»[7]

Hay que señalar que esta derogación fue precedida de la abolición del Índice de libros prohibidos, que tuvo lugar el 4 de febrero de 1966, después de que Paulo VI redefiniera las competencias y la estructura de la congregación el 7 de diciembre de 1965 y cambiara el antiguo nombre de Santo Oficio por el actual, mediante el motu proprio Integrae servandae:

«Porque la caridad “echa fuera el temor” (1 Jn 4,18), y se procura mejor defender la fe mediante la promoción de la doctrina, corrigiendo errores y llevando con suavidad al buen camino a los que yerran. Además, el progreso de la civilización, cuya importancia en lo religioso no podemos olvidar, hace que los fieles sigan más plenamente y con más amor a la Iglesia si comprenden la razón de las determinaciones y las leyes, en la medida que esto es posible en el ámbito de la fe y las costumbres».[8]

La derogación del Juramento antimodernista formaba parte de un plan para desmantelar la estructura disciplinaria de la Iglesia precisamente en el momento en que era mayor el peligro de adulteración de la fe y la moral por parte de los novadores. Esa operación confirma la intención de quienes ante el ataque ultraprogresista lanzado en el Concilio no sólo dieron rienda suelta al enemigo sino que al mismo tiempo privaron a la Jerarquía de los medios disciplinarios para protegerse y defenderse. Aquello fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita, y más aún en aquellos terribles años. Sería como si en plena batalla el comandante el jefe ordenara a sus hombres que depusieran las armas ante el adversario justo cuando estaban a punto de tomar por asalto la fortaleza enemiga.

POR QUÉ NO ES ADECUADA LA NUEVA FÓRMULA

Que la nueva fórmula de 1967 no es apropiada, también lo señaló el P. Umberto Betti O.F.M. en las Consideraciones doctrinales que se publicaron 1989 tras la promulgación de la nueva fórmula de profesión de fe:

Esta afirmación omnicomprensiva, aunque se aconsejaba por su brevedad, no estaba exenta de una doble desventaja: que no se podía distinguir bien las verdades propuestas para creerse como divinamente reveladas de modo definitivo pero no divinamente reveladas, y el de omitir las enseñanzas del supremo magisterio sin la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva.[9]

Da la impresión de que entiende que la solicitud de la Congregación estuvo motivada por la necesidad de incluir en el juramento de fidelidad tanto el propio Concilio como el magisterio que carece de «la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva», tras la cual, alegremente y con el entusiasmo del desmantelamiento conciliar, la primera fórmula había permitido en sustancia que se entendiese que el contenido del Juramento antimodernista ya no tenía validez, y que por tanto era posible adherirse –como en efecto sucedió– a las heterodoxas doctrinas modernistas.

LOS REBELDES HACEN SUYAS LAS  DEMANDAS  DEL COMUNISMO

No puedo afirmar con seguridad que el padre Theodore M. Hesburgh fuera consciente de la inminente derogación de la Profesión de Fe y del Juramento Antimodernista mientras preparaba la Declaración de Land O’Lakes. Con todo, me parece evidente que el clima de rebelión reinante aquellos años en Europa y en Estados Unidos contribuyó en gran medida a que se creyese que Roma aprobaba, si no los excesos escandalosos, al menos ciertas concesiones a los progresistas.

Recuerdo que el 9 de octubre de 1966 el cardenal Alfrink había presentado el nuevo catecismo holandés en Utrecht, expresión de todos los errores que el espíritu del Concilio consideraba por entonces que se habían establecido. Al año siguiente, el 10 de octubre de 1967,  durante el tercer congreso internacional para el apostolado de los seglares que se celebró en Roma, se conmemoró la muerte de Ernesto «Che» Guevara, muerto el día anterior en un combate guerrillero. En los meses siguientes se sucedieron ocupaciones violentas de las universidades por parte de los estudiantes, entre ellas la Católica de Milán, en protesta contra la guerra del Vietnam. Y el 5 de diciembre de 1967, gracias a la intervención del secretario de estado Agostino Casaroli, el presidente del estudiantado de la Universidad Católica de Milán, Nello Canalini, fue recibido en audiencia por el Subsecretario de Estado, monseñor Giovanni Benelli. El 21 de diciembre de 1967, a pesar de las amonestaciones de su orden,tres sacerdotes y una monja se integraron a la guerrilla guatemalteca, y dos días más tarde, con motivo de la visita del presidente Lindon B. Johnson al Vaticano, hubo protestas de católicos progresistas, incluido el Círculo Maritain de Rimini. A esto siguió la condena de la guerra de Vietnam por el cardenal Lercaro (1 de enero de 1968) y la proclama antiimperialista de Fidel Castro, redactada por cuatro sacerdotes. El 31 de enero de ese mismo año, el obispo brasileño Jorge Marcos defendió la revolución en una entrevista televisada. El 16 de febrero, los presidentes de la FUCI (federación católica de universitarios italianos), Mirella Gallinaro y Giovanni Benzoni, dirigieron una carta abierta a los catedráticos exponiendo los motivos de las protestas estudiantiles. A partir de ese momento, las protestas se multiplicaron,algunas de ellas violentas, dando lugar al tristemente célebre Mayo del 68, en el cual se ocuparon todas las universidades italianas. ¿De qué nos vamos a extrañar? El Che Guevara había estudiado en un colegio jesuita de Santiago de Cuba, y en el ámbito político la revolución siempre procede de una revolución en la esfera teológica.

LA JERARQUÍA SE RINDE ANTE LA SUBVERSIÓN

Está claro que el ambiente político de aquellos años fue el caldo de cultivo de la Revolución, y es también evidente que la Iglesia no reaccionó con la firmeza y determinación que habría sido necesaria. Es más, incluso por parte de los gobiernos nacionales, la respuesta fue del todo ineficaz. Se entiende, por tanto, que el clima de rebeldía imperante en los ambientes progresistas católicos no podía menos que incluir a los sedicentes intelectuales de Land O’Lakes y a muchas universidades de diversos países. En vez de interrogarse por las causas de aquellas agitaciones, la Jerarquía procuró deplorar torpemente los excesos, precisamente porque la causa estaba en el Concilio y su sentido contestatario, a pesar de lo proclamado por Paulo VI:

Después del Concilio la Iglesia ha gozado, y sigue gozando de un magnífico despertar que Nos agrada reconocer y promover; pero la Iglesia también ha sufrido y sigue sufriendo por un torbellino de ideas y de sucesos que desde luego no se ajustan al buen Espíritu ni prometen esa renovación vital que ha prometido y promovido el Concilio. También en ciertos ambientes católicos se ha abierto paso una idea de efectos contradictorios: la idea del cambio, que para algunos ha sustituido a la del aggiornamento, predicho por el papa Juan, de grato recuerdo, atribuyendo así, contra la evidencia y contra la justicia, a aquel fidelísimo Pastor de la Iglesia criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia.[10]

Esos «criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia» los tenemos hoy a la vista, y estaban ya presentes cuando se impuso a todo el pueblo cristiano la nueva Misa, epítome de la subversión en el terreno litúrgico.

Recuerdo muy bien el clima imperante en aquellos años y la consternación de numerosos sacerdotes, profesores y teólogos ante la arrogancia de los rebeldes y la violencia de sus partidarios. Y también recuerdo la timidez y el miedo a agravar los enfrentamientos; el fruto del complejo de inferioridad que aquejaba en particular a los más altos niveles de la Iglesia y el Estado. Por otro lado, después de la operación emprendida por Roncalli y Montini para desmantelar la naturaleza solemne y sacerdotal del pontificado de Pío XII, aquella sensación de fracaso era la única reacción posible para un episcopado habituado a la obediencia ciega, y más aún en vista de la impunidad de que gozaban sus hermanos en el episcopado que eran modernistas. Era la época en que la abadía benedictina alemana de Michaelsberg pidió ser reducida al estado laical en protesta por los medios autoritarios del Vaticano, y los monjes terminaron casándose poco después. Era la época de la Carta de los 700, por la que 774 sacerdotes y laicos franceses pidieron a Paulo VI que se enfrentara a la Jerarquía, renunciara al poder temporal y se acercara más a los pobres. Actualmente esos setecientos insurrectos aclamarían a Bergoglio por haber concluido la labor que inició el Concilio.

CASAMATAS EN LA ESFERA ECLESIÁSTICA[11]

En vísperas del 68, suprimir la Profesión de fey elJuramento antimodernista fue una decisión desafortunada porque, como el asalto a la Bastilla, había sido algo preparado en las tenidas secretas de los masones, y así, la Revolución del 68 encontró una base ideológica en las universidades católicas y formó allí a sus más entusiastas protagonistas, algunos de los cuales estaban adscritos a la extrema izquierda. No exigir al profesorado de aquellas universidades y a los capellanes de las instituciones laicas que hicieran el Juramento fue equivalente a autorizarlos a transmitir sus heterodoxas ideas, dando a entender que ya no estaba en vigor la condena del modernismo. Esto permitió que los novadores se hicieran los amos conforme a los métodos de Antonio Gramsci, que identificaba el aparato del Estado –colegios, partidos, sindicatos,prensa y asociaciones diversas– casamatas del enemigo que había que tomar en una acción paralela a la guerra en las trincheras.[12]

A este respecto, Alexander Höbel señala lo siguiente en uno de sus ensayos sobre Gramsci, filósofo fundador del Partido Comunista Italiano:

Antes de hacerse con el poder político, [el Partido Comunista] tiene que esforzarse por alcanzar la hegemonía en la sociedad civil, lo cual supone la hegemonía en lo ideológico y cultural, pero también significa tomar durante una larga guerra de posiciones que alterna por fases con la guerra en movimiento: las casamatas, las trincheras, los innumerables núcleos de poder popular (o de resistencia) que constituyen los sindicatos, las cooperativas, los gobiernos locales, las asociaciones y todo el entramado de estructuras que hacen a la sociedad civil de hoy inmensamente más compleja que en la época de Gramsci. A lo largo de este proceso la clase subordinada se convierte en una clase en sí. Se transforma en la clase dirigente y sienta las bases para convertirse en la clase dominante. Es decir,en el poder político que conquista a base del consenso y un compartir por parte de las masas, expresión de un nuevo bloque histórico. En esta batalla por la hegemonía, el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]

Si aplicamos las recomendaciones de Gramsci a lo que ha pasado en el corazón de la Iglesia de un siglo para acá, podremos ver que la labor de tomar las casamatas eclesiales se ha llevado a cabo con los mismos métodos subversivos. Ciertamente la infiltración del estado profundo en las instituciones civiles y de la iglesia profunda en las católicas se ajusta a este criterio.

EXENCIÓN DEL JURAMENTO EN LAS UNIVERSIDADES ALEMANAS

Por lo que se refiere a la exención del juramento en los departamentos de las universidades alemanas en tiempos de San Pío X, entiendo por la documentación que he consultado [14] que no fue concedida, sino que de facto se consiguió mediante extorsión contrariando los deseos de la Santa Sede gracias a la tolerancia de ciertos miembros del episcopado alemán. El cardenal Walter Brandmüller ha destacado las consecuencias de dicha exención en  los seminarios   alemanes. Por mi parte, me limito a señalar que son patentes en la formación de Joseph Ratzinger, que asistió a las clases del Instituto Superior de Filosofía y Teología de Freising, del seminario Herzoglisches Georgianum de Munich en Baviera y a la Universidad Ludwig Maximilian de Munich. Además, el jesuita Karl Rahner, entre otros, se formó en Alemania;su currículum le ganó ser nombrado perito del Concilio por iniciativa de Juan XXIII, que era amigo del modernista Ernesto Buonaiuti.

A este respecto, es interesante lo que señaló el profesor Claus Arnold en su estudio The Reception of the Encyclical Pascendi in Germany (sobre la recepción de la encíclica Pascendi en Alemania):

A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica. [15]

Indudablemente, la disciplina que entonces estaba en vigor tanto en los dicasterios romanos como en las diócesis de todo el mundo impidió el boicot total a las disposiciones dadas por San Pío X. Hasta tal punto que en 1955 el propio Joseph Ratzinger fue acusado de modernismo por el supervisor adjunto de la tesis que lo habilitaría para la docencia, el profesor Michael Schmaus, frente a su colega Gottlieb Söhngen, que defendía con Ratzinger la postura contraria. El joven teólogo tuvo que corregir su tesis en los puntos en que insinuaba una subjetivización del concepto de Revelación.[16]

EL JURAMENTO EN EL CONCILIO

Confirmo que, conforme a las normas canónicas entonces vigentes, todos los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II y todos los sacerdotes que trabajaron en las diversas comisiones hicieron juntos el juramento antimodernista y la profesión de fe. Desde luego, los que rechazaron los esquemas preparatorios elaborados por el Santo Oficio y desempeñaron un papel decisivo en el bosquejo de los textos más polémicos faltaron al juramento que habían hecho sobre los Santos Evangelios, pero no creo que para ellos fuera un grave problema de conciencia.

EL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

El Credo del pueblo de Dios promulgado por Paulo VI el 30 de junio de 1968 en la capilla pontificia con el que se concluyó el Año de la Fe tenía por objeto ser la respuesta de la Sede Apostólica a la creciente oleada contestataria en la doctrina y la moral. Sabemos que ciertos cardenales lo recomendaron encarecidamente. Jacques Maritain colaboró en la redacción preliminar, y gracias al cardenal Charles Journet fue recibido en audiencia por Paulo VI entre 1967 y 1968, y presentó además un borrador de una profesión de fe que en cierta forma se oponía al herético Catecismo holandés que se acababa de publicar y que en aquellos meses estaba siendo examinado por una comisión de cardenales en la que participaba Journet. Antes de esto, y también a pedido de Paulo VI, el dominico Yves Congar redactó otra profesión de fe, que fue rechazada. Pero hay otro detalle:

…En una de las secciones, Maritain mencionaba explícitamente el testimonio común de los judios y los musulmanes contra los cristianos sobre la unidad de Dios. Pero en su Credo, Paulo VI da gracias a la bondad de Dios por los «muchos creyentes» que comparten con los cristianos la fe en un solo Dios, aunque sin mencionar explícitamente al judaísmo  el islam.[17]

Descubrimos así que de no haber sido por la providencial revisión del Santo Oficio, el Credo habría introducido la doctrina de Nostra aetate, adoptada más tarde por los sucesores de Montini y a la que Bergoglio ha dado una expresión coherente en la Declaración de Abu Dabi.

ABDICACIÓN DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA

Aquí descubrimos otro punctus dolens en la conducta que unía a Maritain y a Montini:

En la introducción al texto preparado a petición de Journet, Maritain añadió algunas sugerencias en cuanto al método. Según Maritain, era conveniente que el Papa utilizara un nuevo procedimiento, haciendo su profesión de fe como un simple y sencillo testigo: «El testimonio de nuestra fe: eso es lo que queremos dar ante Dios y los hombres».  Para Maritain, una simple confesión de la fe sería de más ayuda para las almas atribuladas, sin necesidad de presentar la profesión de fe como un acto de simple autoridad: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio, o bien tendría que decir toda la verdad, haciendo saltar chispas, o tendría que actuar con consideración, evitando los puntos más controvertidos, y esto último sería lo peor». Lo más eficaz y necesario era confesar clara y firmemente la integridad de la fe de la Iglesia sin lanzar anatemas contra nadie. [19]

Según Maritain, proclamar la verdad íntegra habría causado graves polémicas. La otra opción, o sea la consideración, evitar los puntos más controvertidos, ya había sido adoptada por el Concilio. Una vez más, se optó por la transigencia. La mediocridad quedó erigida como método de gobierno de la Iglesia, la suma del nuevo magisterio que se limitaba a proponer y evitaba «la menor alusión al anatema, pero en nombre del que ocupa la Silla de San Pedro. De ese modo que daba excluida toda ambigüedad».[20] El Santo Oficio añadió un interesante comentario que podemos reevaluar actualmente, sobre todo después de Fratelli tutti:

Para Duroux, convendría aclarar también que cuando la Iglesia habla de asuntos temporales su meta no es crear un paraíso terrenal, sino simplemente hacer más humana la actual situación de los hombres. Vendría bien una inserción que eliminara las interpretaciones ambiguas de las posturas adoptadas por amplios sectores de la Iglesia, sobre todo en Hispanoamérica en vista de las injusticias políticas y sociales. [21]

Con una profesión de fe así, «que no fuera una definición dogmática propiamente dicha, aunque desarrollada de alguna manera para adaptarse a las condiciones espirituales de nuestro tiempo»[22], se intentó que el Papa dijera lo que había callado el Concilio: hay que señalar que el Credo contiene 15 citas de Lumen gentium y menciona 16 veces las actas del magisterio infalible anterior, si bien se limita a poner su referencia en el Denzinger.

Sea como sea, esa profesión de fe nunca se adoptó con el Juramento, y contribuyó más a silenciar las exasperadas almas de los pastores y los fieles [23] que a traer de vuelta a los rebeldes a la ortodoxia católica.

Me gustaría señalar otro elemento presente en las declaraciones de Maritain que no debemos desestimar: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio»… Aquí está el quid de la cuestión: en la dejación de funciones por parte de la propia autoridad. Según este enfoque, el Papa no debe dar la impresión de que manda ni impone nada, y si Paulo VI lo hizo accidentalmente, actualmente nos encontramos en la situación que esperaba el pensador francés hace cincuenta años: desde luego Bergoglio no parece que prescriba ni imponga su profesión de fe en nombre del magisterio. Y lo de «actuar con consideración,evitando los puntos más controvertidos» se ha convertido en la descarada afirmación de un contramagisterio que a pesar de estar canónicamente desprovisto de toda autoridad apostólica tiene la potencia explosiva de aquel a quien el mundo reconoce como Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles y Romano Pontífice. Por eso, a pesar de no dar la impresión de que lo haga, Jorge Mario Bergoglio explota su autoridad y la visibilidad que le brindan los grandes medios de difusión para demoler la Iglesia de Cristo. Y si el error puede afirmarse impunemente «sin lanzar anatemas contra nadie», se anatematiza mucho a quienes defienden la ortodoxia católica o denuncian los fraudes que se cometen. Huelga decir que «actuar con consideración evitando los puntos más controvertidos» no se reduce hoy en día a los aspectos doctrinales,sino también a la moral, apoyando gravísimas desviaciones en temas como ideología de género, homosexualidad, transexualismo y cohabitación.

RATZINGER Y EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA

Está claro que Ratzinger es de los que rechazaron los esquemas preparatorios del Concilio y emprendieron una nueva vía. Es igualmente indiscutible que faltó al Juramento. Sólo Dios, que escudriña lo más recóndito de los corazones, sabe si Ratzinger era plenamente consciente de que cometió un sacrilegio.

A mí me parece también innegable que en muchos de sus escritos afloran su formación hegeliana y la influencia modernista, como tan magníficamente ha explicado el profesor Enrico Maria Radaelli y como confirma con abundantes detalles y a partir de numerosas fuentes Peter Seewald en su nueva biografía de Benedicto XVI. A este respecto, es evidente que las declaraciones del joven Ratzinger señaladas por Seewald contradicen en gran medida la hermenéutica de la continuidad que más tarde teorizó Ratzinger, quizá como una prudente retractación de su anterior entusiasmo.

Con todo, yo creo que con el tiempo, su labor como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y finalmente su elección al solio pontificio han contribuido al menos en alguna medida a que se arrepienta de los errores que cometió y las ideas que profesó. Eso sí, sería deseable que, sobre todo teniendo en cuenta el juicio divino que le aguarda, se distanciara teológicamente de esas posturas erróneas –me refiero en concreto a las expuestas en Introducción al cristianismo– que siguen divulgándose en universidades y seminarios que se jactan de católicos. Delicta juventutis meae et ignorantias meas ne memineris Domine (Sal. 25, 7).

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

7 de diciembre de 2020
Ambrose Bishop

[1] https://www.lifesitenews.com/blogs/questions-for-archbishop-vigano-concerning-the-oath-against-modernism-and-its-abrogation

[2] https://adelantelafe.com/entrevista-de-tosatti-a-monsenor-vigano-la-jerarquia-adolece-de-un-complejo-de-inferioridad-que-los-situa-por-debajo-de-sus-interlocutores-en-el-mundo-2/

[3] Saint Pius X, Motu Proprio Sacrorum Antistitum, quo quaedam statuuntur leges ad Modernismi periculum propulsandum, 1 de septiembre de 1910. Obsérvese que la Santa Sede solo publica este document en su portal de internet en el texto latino, sin traducción a ninguna lengua actual, como hace con todos los otros documentos recientes.

[4] Sagrada Congregación del Santo Oficio, decreto

[5] San Pío X, encíclica Pascendi Dominici gregis sobre los errores del modernismo, 8 de septiembre de 1907.

[6] Cf. La Civiltà Cattolica, nº4, 106, de 1907: «Queremos y mandamos que los obispos de cada diócesis, pasado un año después de la publicación de las presentes Letras, y en adelante cada tres años, den cuenta a la Sede Apostólica, con Relación diligente y jurada, de las cosas que en esta nuestra epístola se ordenan; asimismo, de las doctrinas que dominan en el clero y, principalmente, en los seminarios y en los demás institutos católicos, sin exceptuar a los exentos de la autoridad de los ordinarios. Lo mismo mandamos a los superiores generales de las órdenes religiosas por lo que a sus súbditos se refiere» (apartado VII de Pascendi). Véase a este respecto Alejandro M. Diéguez, Tra competenze e procedure: la gestione dell’operazione, en La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, edición de Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017.

[7] Cfr. AAS, 1967, pág. 1058 .

[8] Paul 6, Carta our own Whole guarding,  7 de diciembre de 1965. 

[9] Profesión de fe y juramento de fidelidad; Consideraciones doctrinales ,  en  Notitiae  25 (1989) 321-325. 

[10] Paulo VI, Audiencia general del 25 de abril de 1968.

[11] Casamata (del italiano casamatta:) Bóveda muy resistente para instalar una o más piezas de artillería (Diccionario de la Real Academia Española).

[12] Véase A. Gramsci,  Quaderni del carcere , editado por V. Gerratana, Turín, Einaudi, 1975, págs. 1566-1567.

[13] Cfr. Alexander Höbel,  Gramsci y la hegemonía. Complejidad y transformación social .

[14] La Civiltà Cattolica , año 65, 1914, vol. 2,  La palabra del Papa y sus pervertidores , p. 641-650. Con relación al discurso de Pío X ante el consistorio el 27 de mayo de 1914 (AAS, 28 May 1914, year VI, vol. VI, n. 8, pp. 260-262): «El Papa se refiere al Juramento Antimodernista, que hará unos cinco años se habría de exigir a los profesores de teología de las universidades del Imperio» (p. 648). El pasaje del discurso de Pío X ante el consistorio es el siguiente: «Si alguna vez os encontráis con alguien que presume de creyente y dedicado al Papa y quiere ser católico pero considera un insulto que lo tachen de clerical, decidles solemnemente que los hijos dedicados del Papa obedecen su palabra y lo siguen en todo. No como los que estudian maneras de eludir sus mandatos o tratan de obligarlo con una insistencia digna de mejor causa a conceder exenciones y dispensas que cuanto más dañinas y escandalosas son.» El 30 de mayo, L’Osservatore Romano respodió con una nota que decía: «Hemos visto que algunos diarios, al comentar el discurso que pronunció el Santo Padre el miércoles pasado ante los nuevos cardenales han insinuado, ya sea para confundir las ideas y alterar las almas, o por otros motivos, que Su Santidad, al hablar de exenciones o dispensas dañinas que insisten en obtener de él se refería al uso del Juramento Antimodernista en Alemania. Esto es totalmente falso, y nos parece que no sería posible un malentendido en este sentido. El único pasaje del discurso que alude a Alemania en concreto, si bien no de forma exclusiva, es la parte que habla de asociaciones mixtas, en la que el Sumo Pontífice no hizo otra cosa que confirmar una vez más los principios que ya había expuesto en la encíclica Singulari Quadam.

[15] «A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica» (p.87). V. Claus Arnold, La recepción de la encíclica Pascendi en Alemania  (Johannes Gutenberg-Universität Mainz, Alemania), en  La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, editado por Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017, p. 75 ff.

[16] «Para Schmaus, la fe de la Iglesia se transmitía mediante conceptos definidos e inmutables que definen verdades perennes. Para Söhngen, la fe era un misterio que se comunicaba por medio de un relato. En aquella época se hablaba mucho de la historia de la salvación. Había un factor dinámico, el cual también garantizaba una apertura y que se tuvieran en cuenta nuevos planteamientos.» Entrevista de Gianni Valente y Pierluca Azzaro a Alfred Läpple, Quel nuovo inizio che fiorì tra le macerie, in 30 Giorni, 01/02, 2006.

[17] Sandro Magister, El Credo de Pablo VI. Quién lo escribió y por qué, 6 de junio de 2008.

[18] Sandro Magister señala que «en los años cincuenta, Maritain estuvo cerca de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de estado, unido por una larga amistad con el pensador francés». 

[19] Gianni Valente,  Pablo VI, Maritain y la fe de los apóstoles , en 30 días , 04, 2008.

[20] Esto proponía el dominico Benoit Duroux el 6 de abril de 1968, que en aquel tiempo era colaborador del secretario del antiguo Santo Oficio, monseñor Paul Philippe. Íbid.

[21] Íbid.

[22] Paulo VI, Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, 30 de junio de 1968.

[23] «Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar». Íbid.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

miércoles, 4 de marzo de 2020

EL GENOCIDIO CATOLICO DE LA REPUBLICA Y EL FRENTE POPULAR (1931-1939)

(Extraído del libro EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, de LAUREANO BENÍTEZ GRANDE-CABALLERO)



La puerta del infierno

La primera explosión anticatólica se produjo a los pocos días del nacimiento de la Segunda República, cuando los días 11, 12 y 13 mayo se produjeron en Madrid y otras zonas del sur y del Levante actos vandálicos de quema de conventos e iglesias ―ardieron más de 100, junto con bibliotecas, iglesias, colegios religiosos, residencias, asilos, centros de beneficencia,etc.―, que ocasionaron robos, sacrilegios y víctimas entre el estamento religioso ―fallecieron 33 religiosos y empleados de centros católicos―, mientras los gobernantes miraban para otro lado, temerosos de emplear la fuerza contra el pueblo, hasta el punto de que una parte importante de ellos justificaron aquel horror argumentando que era una respuesta a una imaginaria conspiración católico-monárquica que ponía en peligro la seguridad del nuevo Estado. Según señala Gabriel Jackson, «la mayoría de los ministros no quería que el nuevo régimen comenzara su existencia disparando contra españoles, convencidos de que las masas odiarían a un Gobierno que recurriera a la Guardia Civil ante las primeras señales de un motín».

Esta inhibición también mostraba una simpatía por el vandalismo anticatólico de los milicianos descontrolados. Cuando el católico Miguel Maura ―Ministro de la Gobernación― pidió la declaración del Estado de Guerra para que interviniera la Guardia Civil, Azaña le dijo que «todos los conventos de España no valen la vida de un solo republicano».

Los socialistas hablaban de «destruir a la Iglesia y borrar de todas las conciencias su infamante influjo». Con la quema de conventos «el pueblo ya ha demostrado que con las carroñas eclesiásticas sabe encender hogueras de pasión y libertad», y, «si hizo blanco de sus furias a los inofensivos conventos, sean ahora sus moradores las víctimas de su furor».

Como decía Azaña, ¿no provenían los incendios del «hombre natural en la bárbara robustez de su instinto, puesto a demoler la historia de España, materializada en los templos?».

Esta obsesiva persecución a los católicos tuvo su plasmación legal en la Constitución de diciembre de 1931, aprobada sin consenso y sin referéndum, cuya principal característica era su acendrado laicismo, que alcanzaba su cénit en el famoso artículo 26 ―aprobado el 15 de octubre, con la ausencia de 223 diputados―que definía a las confesiones religiosas como «asociaciones sometidas a una ley especial», prohibiéndolas cualquier tipo de subvención estatal, (el presupuesto del clero se extinguiría en un plazo máximo de dos años), y sometiendo a las órdenes religiosas a una ley especial que les prohibiría, entre otras cosas, ejercer la enseñanza, y sus bienes podrían ser nacionalizados. También legalizaba la disolución de las órdenes religiosas «que constituyan un peligro para la seguridad del Estado, y sus bienes podrán ser nacionalizados». Otra desamortiazción.

En el artículo 27 se legislaba la necesidad de una autorización previa del gobierno para las manifestaciones públicas del culto, y la secularización de los cementerios. Por si esto no fuera suficiente, el artículo 48 instituyó la escuela laica y «unificada», manteniéndose la limitación de la actividad educativa de la Iglesia a «enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos», bajo la inspección del Estado.

El líder de la derecha, Gil Robles, advirtió a la mayoría parlamentaria: «Vosotros seréis los responsables de la guerra espiritual que se va a desencadenar en España».

La saga del holocausto católico continuó con la revolución de octubre de 1934, especialmente en el escenario de la insurrección asturiana, donde se incendiaron 58 edificios religiosos y se asesinó a 34 religiosos, a lo cual hay que añadir la inevitable destrucción de importantes obras del patrimonio artístico, como la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Por poner algunos ejemplos, el párroco de Rebolledo fue asesinado a culatazos, el de Valdecuna fue fusilado tras sufrir amputaciones, dos novicios pasionistas de Mieres fueron ahogados, y los nueve religiosos que atendían las Escuelas Cristianas fueron torturados y asesinados.


Pero lo más grave llegaría después del Alzamiento. ¿Cómo describir el horror causado en España por el humo de Satanás? Paul Claudel (1868-1955) poeta y dramaturgo francés, escribió un famoso poema dedicado a los mártires españoles de la Segunda República, como prefacio al libro La persecución religiosa en España (París, 1937). El verso más famoso de este poema ha pasado a la leyenda: «Hermana España, santa España: tú ya elegiste: once obispos, (diez) y seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía». Estas palabras son el mejor resumen, la esencia del apocalipsis católico que desencadenó la República luciferina.

Sí, Santa España: 11.500 mártires, y ni una sola apostasía. «Las puertas del Cielo ya no bastan para ese tropel avasallador».

A partir del 18 julio 1936, en un período de tan sólo seis meses, cerca de 7000 miembros del clero fueron martirizados por los milicianos. En su obra Historia de la persecución religiosa en España (1961), Antonio Montero habla de 4.184 sacerdotes diocesanos ―incluidos 12 obispos y muchos seminaristas―, 2.365 religiosos y 283 monjas ―muchas de ellas previamente violadas―. El horror de estas matanzas puede comprenderse con un simple dato: en agosto de 1936 se mataba una media de 70 curas al día.

Precisando más estos datos, la cifra de muertos entre los miembros de la Iglesia católica, según dicha fuente se eleva a 6.832: 282 monjas, 13 obispos, 4.172 párrocos y curas de distinto rango, 2364 monjes y frailes (entre ellos 259 claretianos, 226 franciscanos, 204 escolapios, 176 maristas, 165 Hermanos Cristianos, 155 agustinos, 132 dominicos y 114 jesuitas).

A estas cifras hay que añadir las víctimas laicas, con lo cual el resultado final se acerca a las 10.000. 3.911 seglares fueron masacrados por motivos como asistir a Misa, llevar un escapulario, o estar afiliado a la revista católica «El debate»; también fueron martirizados casi 1.000 seminaristas.

Al igual que ocurrió durante la persecución del año 1931, las autoridades republicanas dejaron hacer a milicianos y anarquistas, sin mover ni una ceja. «El pueblo ―decían― siempre tiene razón».

Las masacres llegaron a tal grado de paroxismo, que cuando el gobierno republicano afirma el 25 mayo 1937 que debe haber libertad de culto, Solidaridad Obrera se ríe de esta medida, diciendo: «¿Libertad de culto? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Madrid y Barcelona, no sabemos dónde se podrá hacer esa clase de pantomimas: no hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz».

Las precisión casi quirúrgica de esta barbarie fue tal, que Andreu Nin ―jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)― llegó decir que «el problema de la Iglesia nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto».

Hablando de Nin, en marzo del 37, José Díaz, jefe del partido que torturaría y asesinaría a Nin, se congratulaba diciendo que «En las provincias que dominamos (…) [hemos] sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy aniquilada».

En este contexto, los obispos decidieron firmar la carta colectiva redactada por el cardenal Gomá ―publicada el 1 de julio de 1937―, en la que los prelados denunciaban la persecución sufrida por la Iglesia y se manifestaban abiertamente partidarios de los «nacionales».

Sin embargo, la persecución que sufrió la Iglesia no fue una consecuencia de la carta colectiva. Según el cardenal Tarancón, «La verdad es que la gran matanza de sacerdotes se realizó cuando la Iglesia no se había definido, en ningún momento, por alguno de los dos bandos (…) Extrañamente, todos aquellos muertos suelen atribuirse a la famosa carta colectiva del episcopado español: los rojos, en definitiva, habrían tomado represalias contra la posición adquirida por la Iglesia, pero es cierto lo contrario: la carta, de hecho, detuvo prácticamente la sangría… en realidad, fue la consecuencia de aquellas muertes y no lo contrario».

Las izquierdas justificaron el holocausto con la increíble mentira de que los religiosos disparaban desde los edificios eclesiásticos, e incluso envenenaban el pan, y con el tópico manido de culpar a la Iglesia de la pasividad obrera, pues prometía un paraíso imaginario a los trabajadores a cambio de aceptar sin rebelarse su explotación por la clase burguesa.

Argumento difícil de creer, si se tiene en cuenta la impresionante cobertura de beneficencia que la Iglesia realizaba entre la población más desfavorecida, en una época en la que no había casi prestaciones sociales que cubrieran sus necesidades básicas: escuelas, orfanatos, comedores, hospitales, centros de salud, centros de formación profesional… la labor social de la Iglesia era ingente.

Pero como toda esta asistencia a los desfavorecidos le quitaba su clientela a la izquierda, como la doctrina social de la Iglesia competía directamente con la ideología subversiva que la izquierda quería inocular en las clases trabajadoras, y como la Iglesia era un rival muy peligroso, había que eliminar su influencia preponderante.

Así, se dio el caso de que las parroquias más afectadas por el vandalismo rojo fueron aquellas que más dinamizaban la acción social entre los trabajadores, y no las que estaban enclavadas en los barrios más señoriales.

Este horror genocida sucedió sin que apenas se alzaran voces de denuncia entre los republicanos. El testimonio más esclarecedor a este respecto la dio Manuel Irujo, el ministro católico sin cartera del PNV, quien en un informe interno presentado ante el Consejo de Ministros el 7 enero de 1937 afirmaba que «Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso».

En el territorio republicano ―excepto en el País Vasco― se prohibieron las misas, las celebraciones de la semana Santa, y otras manifestaciones religiosas, como la cabalgata de los Reyes Magos.

La increíble magnitud represora de esta persecución puede comprobarse en el siguiente bando, promulgado por el Ayuntamiento de Játiva en 1936: «El Comité Revolucionario de esta ciudad ORDENA a todos los vecinos que depositen en la plaza pública más inmediata a su domicilio y en sitio que no interrumpan el tráfico, todos cuantos objetos, imágenes, estampas, etc… de carácter religioso tengan en su poder, con excepción de las que por ser de metales preciosos o corrientes o de alguna otra materia aprovechable puedan tener valor material, los cuales se depositarán igualmente entregándolos en el Departamento de Orden Público de este Comité. Se concede para esta operación el plazo de CINCO DÍAS pasado los cuales se realizará investigación en todos los domicilios y en el que se encontrasen objetos de los indicados serán declarados facciosos sus moradores y en tal carácter serán pasados por las armas. (Játiva, 24 de octubre de 1936. El comité revolucionario».

Además del holocausto sangriento, la persecución arrasó muchos edificios religiosos: fueron quemados totalmente 800 templos en Valencia, 354 en Oviedo, 48 en Tortosa, 42 en Santander, 40 en Barcelona… En cuanto a Madrid, de los 220 edificios religiosos que había, 45 fueron totalmente destruidos, 55 seriamente dañados, y el resto fueron robados y profanados.

Fueron parcialmente destruidos: Almería: todos; Barbastro: todos; Ciudad Real: todos; Ibiza: todos; Segorbe: todos; Valencia: más de 1.500; Gerona: más de 1.000; Vic: más de 500; Cuenca: todos menos 3; Madrid: casi todos; Cartagena: casi todos; Orihuela: casi todos; Santander: casi todos; Toledo: casi todos; Jaén: el 95%; Solsona: 325.

En Cataluña, en la diócesis de Tortosa se asesinó al 69% del clero regular, y en la de Barcelona asesinaron casi 1.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. De los 500 templos y conventos de la provincia de Barcelona, solamente 10 quedaron en pie.

Como señala Vicente Cárcel Ortí en su magnífico libro La persecución religiosa en España durante la Segunda República, este asalto a los edificios religiosos también incluía todo tipo de blasfemias y profanaciones: «En este contexto se explican hechos violentos y sacrílegos tan graves como la profanación directa de la Sagrada Eucaristía, realizada de mil formas: vaciando los sagrarios, destruyendo las formas consagradas, disparando contra el Santísimo Sacramento, comiendo sacrílegamente cuanto contenían los copones y bebiendo con cálices, arrojando y pisoteando por las calles las sagradas Hostias, convirtiendo las iglesias en cuadras y los altares en pesebres, destruyendo con especial ahínco las aras del altar, pues decía un cabecilla de los milicianos: “Romped aquella piedra del altar, porque sin ella no se puede decir misa”. Todo lo que tenía carácter sagrado fue destrozado. Tesoros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cuadros, custodias, vasos sagrados, ornamentos, libros, imágenes sagradas de grandes pintores y escultores.

Milicianos anarquistas profanaron los esqueletos de religiosos y religiosas, colocándolos en posturas obscenas en el interior de algunas iglesias, conformando un museo del horror cuya entrada cobraban a las hordas anticatólicas.

Monumentos insignes como el del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (Madrid), la estatua de bronce del Tibidabo de Barcelona, y otros numerosos ejemplos de la arquitectura y escultura religiosas quedaron abatidos».

Especialmente dramático fue el asalto al Cerro de los Ángeles, que estaba presidido por una gigantesca escultura del Sagrado Corazón de Jesús, al cual el rey Alfonso XIII había consagrado España en ese mismo lugar, el 30 de mayo de 1919.El primer asalto al complejo religioso del Cerro de los Ángeles se produjo el 23 de junio de 1936, cuando cinco jóvenes pertenecientes a la Acción Católica que se turnaban para defender el convento y el monumento fueron asesinados por un escuadrón de milicianos. Desde ese momento todo el complejo, situado en una zona elevada de gran importancia estratégica, quedó en manos republicanas hasta que fue recuperado por los nacionales. El Frente Popular decidió, lejos de aprovechar su uso estratégico, emplear el convento para instalar una checa en la que fueron asesinadas decenas de personas.

No contentos con ello, el 7 de agosto los milicianos —socialistas y anarquistas en su mayor parte—, realizaron el fusilamiento del monumento al Sagrado Corazón, y emprendieron las labores de demolición.

Empezaron intentando derribar la columna de sujeción de la estatua a mano, pero sus casi 900 toneladas de piedra lo hacían imposible, por lo cual optaron por dinamitar la base de la estructura.

El siguiente paso fue cambiar el nombre del entorno, que por decisión del Gobierno republicano —que no debía tener nada mejor que hacer—, pasó a ser el «Cerro Rojo», en sustitución del Cerro de los Ángeles.

Ante este apocalipsis de destrucción, Paul Claudel escribía: «¡Y a vosotras, oh piedras, también os saludo desde lo más hondo de mi alma, santas iglesias exterminadas! Y a las estatuas rotas a martillazos, y a todas esas venerables pinturas, y a ese copón en donde uno de la C.N.T, antes de pisotearlo, gruñendo de gusto, revolvió baba y hocico».

Fue tal la magnitud del desastre, que el historiador de nuestra guerra Hugh Thomas afirmaba que «En ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras».

En la pastoral colectiva de 1937, los obispos afirmaban: «Casi no hallaríamos en el Martirologio Romano una forma de martirio no usada… sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas». Todo ello, según palabras de Pío XI, «con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestros días». Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

«No existen razones políticas ni sociales en los asesinatos de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. Los asesinatos tuvieron una causa fundamental, un móvil único; el odio a la fe y el odio a la Iglesia. ¿Qué es lo que generó ese odio? Acaso sólo la historia inmediata de incoherencias, o la estructura económica y social, o la pobreza. Quizá esta descripción responda más a argumentos legitimadores a posteriori que a causas ciertas. Detrás existía una ideología materialista, nihilista y violenta por sistema que quiso imponer una utopía social que desarraigaba al hombre de su naturaleza trascendente y de la posibilidad de la felicidad plena» (José Francisco Serrano Oceja, Libertad Digital).

Monseñor Antonio Montero escribió que «en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos». ¿Acaso no es suficiente este cuadro para no confundir ni confundirnos con la historia?

Como decía Paul Claudel, «La tierra española por todos sus poros ha bebido de la sangre de que estaba sedienta. Pero, de la carne que fue martirizada y estrujada, de la sangre fue derramada a espuertas, ni una sola partícula pereció, ni una sola gota se perdió, porque respetuosamente los ángeles han recogido todo cuanto fue derramado, y lo han trasportado a las mansiones celestiales».

Los ríos de color púrpura

Además de por su gran número de víctimas, la persecución destacó especialmente por su extremada brutalidad, ya que gran parte de las matanzas estuvieron precedidas por torturas psicológicas y físicas, por horribles tormentos que constituye una verdadera antología de la crueldad, título de un capítulo del libro de Vicente Cárcel, donde se exponen casos perfecta-mente documentados, referidos a Valencia en su mayoría.

Parafraseando a Claudel, «Mata, camarada, destruye, emborráchate y goza de mujer. ¡Eso, eso es la revolución proletaria, la feliz Arcadia marxista, la república de la democracia y la libertad! Desentierra los cadáveres de tus víctimas, camarada, ponles un cigarrillo entre los dientes, y después que traigan petróleo: que hay que abrasar a Dios. ¡Salve, iglesias destruidas! ¡Es hermoso para la iglesia de Dios subir entera al cielo en el incienso y en el holocausto!» Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

En Madrid echaron a varios sacerdotes vivos a la jaula de los leones que había en la Casa de Fieras que había en Parque del Retiro; en Camuñas, pueblo de Toledo, arrojaron vivos a tres sacerdotes a un pozo de 20 metros de profundidad, al que después se lanzaron objetos pesados para machacarlos cuando todavía estaban vivos; de las 283 religiosas asesinadas, fueron violadas 124. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

Al capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Valencia, Ángel Olmedo, le sacaron un ojo, le cortaron una oreja y la lengua, degollándole a continuación; el párroco de Santa María del Mar, Vicente Selfa, fue llevado al Saler, en las cercanías de Pinedo. Allí le ataron a un árbol, le rociaron con gasolina y le quemaron; el beneficiado de San Agustín, Vicente Peretó, fue llevado a la plaza de toros, en la que, además de sacarle los ojos, sufrió horribles mutilaciones, incluso la del sexo. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

El anciano coadjutor de Jesús Pobre, Vicente Borrell, después de sufrir malos tratos durante la detención y conducción al lugar del suplicio, en la Garganta de Gata, en el término municipal de Teulada, fue desnudado totalmente y martirizado de mil suertes y, vivo aún, le mutila-ron, metiéndole a viva fuerza en la boca las partes viriles, para, segundos después, rematarle a descarga de fusil.

El coadjutor de Castalia, Silvino Prats, fue obligado a levantar los brazos junto a un pino, disparándole contra las manos y los pies primero, después contra distintas partes del cuerpo, salvando el corazón y la cabeza, un total de veintidós tiros de pistola; en todo este tiempo fue objeto de burlas, escarnios y crueles torturas: tuvo una agonía muy lenta; al cura de Parcent, José Llompart, antes de asesinarle le pincharon con un hierro afilado, intentaron sacarle los ojos con la cruz de su rosario y le arrancaron tiras de su piel. Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

El capellán del Ave-María de Benimámet, José Pelluch Escrivá, fue detenido en Albal, atado vivo a un tranvía y muerto. Cuando unos amigos preguntaron dónde estaba su cadáver, se les contestó: «Id a buscar los trozos con una espuerta».

El anciano párroco de Navarrés, Vicente Sicluna Hernández, a pesar de hallarse enfermo en cama y casi moribundo, fue asesinado en Bolbaite y después su cadáver arrastrado por las calles del pueblo entre burlas y gritos; el director espiritual del reformatorio de Godella, Pascual Tatay Sanjulián, después de haber sido torturado en una mazmorra, fue arrojado atado de pies y manos a un horno de cal, que estaba ardiendo. A los pocos minutos se había consumido totalmente, después de haber gritado: «¡Viva Cristo Rey!». Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

En Fuente de Cantos (Badajoz), los milicianos encerraron en la iglesia a 56 personas —incluyendo dos mujeres y dos niños—. A las 3 de la tarde cerraron las puertas, dejando abiertas dos ventanas frente al Ayuntamiento, procediendo luego a incendiar el templo con gasolina: doce personas murieron abrasadas por el fuego.

El cura de Albalat de la Ribera, Carlos Giner Martínez, fue torturado en su mismo pueblo —seguido por su anciana madre, que pedía lastimosamente compasión para él—y, después de haberle atravesado el cuerpo con agujas saqueras y cortada la lengua, fue colgado de un árbol; todo ello entre insultos soeces y burlas obscenas.

En la iglesia de San Elías de Barcelona, convertida en la checa más temible, su director arrojaba a sus perros los cadáveres de los cuerpos masacrados ―con hierros candentes, picanas eléctricas en genitales, levantamientos de uñas, palizas, ahogamientos con agua, mutilaciones― pero después de arrancarles los dientes de oro, por supuesto…

Y NI UNA SOLA APOSTASÍA.

En la inmensa mayoría de los casos, se dio elegir a las víctimas entre la apostasía o el martirio, pero todos prefirieron derramar su sangre antes que renunciar a su fe.

Por ejemplo, un miliciano de Fuenlabrada contaba: «Hemos matado a los frailes de Griñón, pero han sido más valientes que jabatos, pues les mandamos dar un viva a Rusia y nos han contestado: “¡Viva Cristo Rey!”. Eso solo bastaba para que los hubiésemos matado». Algo parecido tuvo lugar con lo que dijeron los asesinos de mercedarios de El Olivar (Teruel): «Los dos legos que hemos matado, los hemos matado porque eran estúpidos, porque no querían renegar de la fe y no querían blasfemar de Dios como nosotros les exigíamos, sino que respondieron con un ¡Viva Cristo rey! y esto repetidas veces. No hay Dios, pero si hubiese estos son dos santos».

A veces, las víctimas escribían notas de despedida a sus familiares, y a sus congregaciones religiosas. Un ejemplo es el del laico Francisco de Paula Castelló Aleu, en Lérida, que escribió a su novia: «¡Pobre Mariona mía! Me acontece una cosa extraña. No puedo sentir aflicción alguna por mi muerte. Una alegría extraña, interna, intensa, fuerte, me invade todo. Me siento envuelto en ideas alegres como un presentimiento de la Gloria. Quisiera hablarte de lo mucho que te he amado y de la ternura que te reservaba, de lo felices que hubiéramos sido. Pero para mí todo eso es secundario. He de dar un gran paso. Una sola cosa he de decirte: cásate si puedes. Yo desde el Cielo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no lo quiero. Debes estar orgullosa de mí. Te amo».

El hermano Aurelio Ángel Boix Cosials, beatificado junto con otros 17 benedictinos de El Pueyo, escribió a sus padres: «Considero una gracia especialísima dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso».

Especialmente cruel fue el holocausto católico en Andalucía. En Málaga exterminaron a la mitad de su clero, hasta el punto de que gran parte de su patrimonio religioso, artístico, cultural e histórico se destruyó para siempre. El general Gómez García Caminero, gobernador militar de la plaza, envió a Madrid un telegrama en el que decía: «Ha comenzado incendio iglesias. Mañana continuará».

Poco más de seis meses duró el dominio rojo en Málaga, pero ese tiempo bastó pasto para que fuera perseguido la mitad de su clero diocesano, especialmente el clero secular. Durante la noche del 30 al 31 agosto, hubo más de 100 asesinatos.

Un tercio del clero diocesano de Jaén fue exterminado, mientras que en Almería, en el primer semestre de 1936, fueron asesinados 65 sacerdotes de un total de 190. En la noche del 29 al 30 agosto fueron asesinados los obispos de Almería y de Guadix, junto con otros y sacerdotes y seglares.

Los apartados y lejanos pozos almerienses de Tabernas fueron desde finales de agosto de 1936 el sitio preferido para deshacerse de los presos, que en algunas ocasiones, después de ser fusilados, todavía estaban vivos cuando caían a la cima, por lo cual se les arrojaban encima piedras y cal viva. Por ejemplo, en el pozo de Cantaviejas aparecieron 80 cadáveres.

La Virgen del Carmen, de la parroquia de San Sebastián, fue profa-nada, al igual que otras muchas, antes de ser destruida. Los mozalbetes iban por las calles en grupos, vestidos con ornamentos y parodiando el rito sagrado. En la iglesia de Santa Clara se abrieron las fosas del cementerio y se arrastraron las momias de las monjas fallecidas recientemente. También en la parroquia de San Pedro se expusieron esqueletos en la calle.

En Motril, el párroco don Manuel Martín Sierra se negó a huir, prefiriendo quedarse para no abandonar a sus ovejas, y fue muerto a tiros en el atrio de su propia Iglesia, teniendo el crucifijo en las manos, por haberse negado a preferir los gritos blasfemos que exigían los asaltantes.

Un franciscano describía así el horror ocurrido en las cámaras de la cárcel de Azuaga: «De ordinario, las palizas y las propuestas de blasfemia precedían a los fusilamientos. La práctica del tribunal rojo que juzgaba era, antes de condenar, obligar a los reos a que blasfemasen. Como no lo lograban, seguían luego los martirios más monstruosos». Entre ellos, el vaciamiento de ojos, fractura de espinas dorsales, extracción de órganos delicados del cuerpo, etc.

En cuanto a Sevilla, 19 establecimientos religiosos fueron destruidos total o parcialmente en los años 1931, 1932 y 1936. Fueron incendiados y saqueados templos parroquiales, iglesias, sedes de hermandades y cofradías, archivos, conventos… Un total de 596 objetos de arte religiosos pudieron ser catalogados como perdidos, y casi un centenar más quedó sin identificar por carecer de documentación o cualquier clase de referencia. Los retablos desaparecidos sumaron cien.

La iglesia de San Román sufrió una completa destrucción en la fatídica noche del 18 julio 1936, otro episodio nefasto del apocalipsis sevillano, noche en la que se produjeron incendios devastadores en muchos templos de la ciudad, como San Marcos, Ómnium Sanctórum, San Gil, Santa Marina, San Juan de la Palma, las Salesas, San José, Monte-Sión, Nuestra Señora de la O….

En esta última parroquia, un grupo de satánicos consiguieron entrar en el templo utilizando las llaves que le habían arrebatado al párroco después de una brutal agresión. Durante el asalto, sacaron las imágenes de la Virgen de la O y de Nuestro Padre Jesús Nazareno a la calle Castilla, y allí les sacaron los ojos, y fueron salvajemente mutiladas.

En la parroquia de San Bernardo, las hordas quemaron el exterior del templo, y sacaron a la calle las imágenes del Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Refugio, San Juan y la Magdalena, que fueron quemadas. El horror provocado por estos iconoclastas luciferinos afectó de manera especial al Crucificado de la Salud, que fue arrancado de la cruz y después seccionado en pedazos para que pudiera salir por la puerta de la iglesia.

Más «artística» fue la destrucción de la parroquia de San Roque, que fue totalmente destruida mientras un trío musical amenizaba la velada.

La destrucción se cebó también en las cofradías sevillanas, y alcanzó su paroxismo en las violencias contra el clero regular y secular, y contra las religiosas, que sufrieron numerosos fusilamientos, humillaciones y violaciones.

Pero entre todos los mártires andaluces brilla con luz propia el martirio del joven de 20 años Antonio Molle Lazo, requeté perteneciente al Tercio de Nuestra Señora de la Merced, hecho prisionero el 10 agosto de 1936 mientras defendía la villa de Peñaflor. Los milicianos les torturaron salvajemente, masacrándole la nariz, cortándole lentamente las orejas, clavándole gruesos clavos en los ojos, rompiéndole huesos, con el fin de obligarle a gritar «¡Viva Rusia!». Sin embargo, Antonio no cesaba de repetir «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!», grito con el que entregó su vida en martirio. Fue el primer mártir beatificado de la Guerra Civil, y su cuerpo incorrupto se encuentra en la iglesia del Carmen de Jerez, con fama de haber realizado muchos milagros a través de su intercesión.