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domingo, 22 de junio de 2025

La visión del infierno de los pastorcillos de Fátima

 

Ntra. Sra. de Fátima muestra el infierno a los tres pastorcillos.

viernes, 25 de abril de 2025

Visión de Jacinta de Fátima



Un día fuimos a pasar las horas de la siesta junto al pozo de mis padres. Jacinta, se sentó al borde del pozo; Francisco, vino conmigo a buscar miel silvestre en las matas de un retamar que había allí en una ribera. Pasado un rato, Jacinta me llama:

-¿No viste al Santo Padre?
-No.
-No sé cómo fue, yo vi al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, con las manos en la cara, llorando. Fuera de la casa había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y le decían muchas palabras feas. ¡Pobrecito el Santo Padre! Tenemos que pedir mucho por él.

Ya dije cómo un día dos sacerdotes nos recomendaron la oración por el Santo Padre y nos explicaron quién era el Papa. Jacinta me preguntó después:

-¿Es el mismo que yo vi llorando y del cual aquella Señora nos habló en el Secreto?
-Lo es –le respondí.
-Ciertamente, aquella Señora también lo mostró a estos señores Padres; ves, yo no me engañé; es necesario rezar mucho por él.

En otra ocasión fuimos a “Lapa do Cabezo”; llegados allí, nos postramos en tierra, para rezar las oraciones del Ángel. Pasado un tiempo, Jacinta se levanta y me llama:

-¿No ves tantas carreteras, tantos caminos y campos llenos de gente, que llora de hambre y no tienen nada para comer? ¿Y al Santo Padre, en una Iglesia, delante del Inmaculado Corazón de María, rezando? ¿Y a mucha gente rezando con él?

Pasados unos días, me preguntó:

-¿Puedo decir, que vi al Santo Padre y a toda aquella gente?
-No. ¿No ves que eso hace parte del Secreto? ¿Qué por eso, luego se descubriría todo?
-Está bien, entonces no digo nada.

Fuente: MEMORIAS DE LUCIA.

Ediciones "Sol de Fátima".

viernes, 4 de marzo de 2022

MONSEÑOR VIGANÓ: LA IRA DE DIOS...

 

Es difícil para un hombre de hoy comprender estas palabras del Misal Ambrosiano. Sin embargo, son simples en su severa claridad, porque nos muestran que la ira de Dios por nuestros pecados y traiciones solo puede ser aplacada por la contrición y la penitencia. En el Rito Romano este concepto se hace aún más claro en la oración de las Letanías de los Santos: Deus, qui culpa offenderis, pænitentia placaris: preces populi tui supplicantis propitius respice; et flagella tuæ iracundiæ, quæ pro peccatis nostris meremur, averte. Oh Dios, ofendido por la culpa y aplacado por la penitencia: mira con bondad las oraciones de tu pueblo que te imploran; y aparta de nosotros los azotes de tu ira, que merecemos a causa de nuestros pecados.

La civilización cristiana supo atesorar esta saludable noción, que nos aleja del pecado no sólo por temor al justo castigo que acarrea, sino también por la ofensa causada a la Majestad de Dios, “infinitamente buena y digna de ser amada sobre todas las cosas”, como nos enseña el Acto de Contrición. A lo largo de los siglos, la humanidad convertida a Cristo supo reconocer en los acontecimientos lúgubres de la historia -en los terremotos, las hambrunas, las pestilencias y las guerras- el castigo de Dios; y siempre el pueblo golpeado por estos flagelos sabía hacer penitencia e implorar la Divina Misericordia. Y cuando el Señor, la Santísima Virgen o los Santos intervinieron en los asuntos humanos con apariciones y revelaciones, además del llamado a observar la Ley de Dios, amenazaron con grandes tribulaciones si los hombres no se convertían. En Fátima, también, Nuestra Señora pidió la Consagración de Rusia a Su Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados como instrumento para aplacar la ira de Dios y poder disfrutar de un tiempo de paz. De lo contrario, Rusia“extenderá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán destruidas”. ¿Qué debemos esperar de ignorar los pedidos de Nuestra Señora y continuar ofendiendo al Señor con pecados cada vez más horribles? “¡No quisieron cumplir Mi pedido! Como el Rey de Francia, se arrepentirán y lo harán, pero será tarde. Rusia ya habrá esparcido sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia”. Estas guerras, que hoy azotan a la humanidad para esclavizarla y someterla al plan infernal del Gran Reinicio inspirado por el comunismo chino, son nuevamente fruto de nuestra indocilidad, de nuestra obstinación en creer que podemos pisotear la Ley del Señor y blasfemar Su Santo Nombre sin consecuencias. ¡Qué miserable presunción! ¡Cuánto orgullo luciferino!

El mundo descristianizado y la mentalidad secularizada que ha contagiado incluso a los católicos no acepta la idea de un Dios ofendido por los pecados de los hombres, y que los castiga con azotes para que se arrepientan y pidan perdón. Sin embargo, este concepto es una de las ideas que la mano creadora de Dios ha impreso en el alma de cada hombre, inspirando ese sentido de justicia que tienen incluso los paganos. Pero precisamente porque está presente en todos los hombres de todos los tiempos, a nuestros contemporáneos les horroriza la idea de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, un Dios que se revela en su ira, que pide lágrimas y sacrificios a quienes le han ofendido. Detrás de esta aversión a la ira del Señor, ofendido por los pecados de la humanidad – y más aún por aquellos a quienes Él hizo Sus hijos en el Bautismo – está el odio implacable del enemigo del género humano por el Sacrificio redentor de Nuestro Señor Jesucristo, por la Pasión del Hijo de Dios, por el rescate que Su Sangre ha merecido por cada uno de nosotros, después de la caída de Adán y de nuestros pecados personales. Un odio que lo consume desde la creación del hombre, en un loco intento de frustrar la obra de Dios, de desfigurar a la criatura hecha a su imagen y semejanza, y más aún de impedir la reparación divina de Cristo, el nuevo Adán, y María, la nueva Eva. En la Cruz, el nuevo Adán restaura el orden roto por el pecado como Redentor; al pie de la Cruz, la nueva Eva participa de esta restauración como Corredentora.

El mundo no acepta el dolor y la muerte como justo castigo por el pecado original y los pecados actuales, ni como instrumento de rescate y redención de Cristo. Y es casi una paradoja: el mismo que por la tentación de nuestros primeros Padres introdujo en el mundo la muerte, la enfermedad y el dolor, no tolera que estas mismas cosas puedan ser también instrumento de expiación cuando se aceptan con humildad en para reparar la Justicia fracturada. No tolera que le arrebaten las armas de destrucción y de muerte para convertirlas en instrumentos de reconstrucción y de vida.

El hombre contemporáneo es nuevamente engañado por Satanás, tal como lo fue en el jardín del Edén. Entonces, la Serpiente le hizo creer que desobedecer la orden dada por Dios de no cosechar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no tendría ninguna consecuencia; de hecho, la Serpiente le dijo que por tal desobediencia Adán llegaría a ser como Dios. Hoy, la Serpiente engaña al hombre de que estas consecuencias son ineludibles, y que no puede aceptar la muerte, la enfermedad y el dolor como justo castigo, anulándolos en su propio beneficio uniéndolos a la Pasión y Muerte de Jesucristo. Porque al aceptar la sentencia, el reo acepta la autoridad del Juez, reconoce la infinita gravedad de su culpa, repara el delito cometido y expia la sanción que le corresponde. Al hacerlo, regresa a la Gracia de Dios, anulando la obra de Satanás.

Por eso, cuanto más se acerca el fin de los tiempos, más se multiplican los esfuerzos del Maligno para anular no sólo la Verdad revelada por Cristo y predicada a lo largo de los siglos por la Santa Iglesia, sino también para eliminar el concepto mismo de justicia, ese es el fundamento de la Redención, la idea de la necesidad de la pena por la transgresión, de la reparación de la culpa, de la gravedad de la desobediencia de la criatura hacia el Creador. Es obvio que cuanto más se haga creer a los hombres que no han cometido ningún pecado, más pensarán que no necesitan arrepentirse de nada, que no tienen ninguna deuda de gratitud con Dios, que tanto amó al mundo que Él dio a su Hijo Unigénito, obediente hasta la muerte, muerte de Cruz.

Si miramos a nuestro alrededor, vemos cómo esta anulación de la Justicia, del sentido del Bien y del Mal, de la idea de que hay un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, conduce a una rebelión definitiva, irreparable e irremediable contra el Señor, premisa para la condenación eterna de las almas. El juez que absuelve al criminal y castiga al justo; el gobernante que promueve el pecado y el vicio y condena o impide las acciones honestas y virtuosas; el médico que considera la enfermedad como una oportunidad de lucro y la salud como una falta; el sacerdote que guarda silencio sobre las Últimas Cosas y considera como “paganos” conceptos como la penitencia, el sacrificio y el ayuno en expiación de los pecados, todos ellos cómplices, quizás sin saberlo, de este último engaño de Satanás. Es un engaño que por un lado niega a Dios el señorío sobre las criaturas y el derecho de premiarlas y castigarlas según sus acciones; mientras que por el otro viene a prometer bienes y recompensas que sólo Dios puede otorgar: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mt 4,9), se atreve a decir a Cristo en el desierto , después de conducirlo a la cima de la montaña.

Los acontecimientos actuales, los crímenes que diariamente comete la humanidad, la multitud de pecados que desafían a la Divina Majestad, las injusticias de los individuos y de las Naciones, las mentiras y los fraudes cometidos impunemente, no pueden ser derrotados por medios humanos, ni siquiera por un ejército que tomara las armas para restaurar la justicia y castigar a los malvados. Porque las fuerzas humanas, sin la gracia de Dios y sin estar animadas por una visión sobrenatural, son estériles e ineficaces.

Pero hay una forma de combatir este engaño, en el que ha caído la humanidad desde hace más de tres siglos, es decir, desde que ha tenido el orgullo y la presunción de endiosar al hombre y usurpar la Corona Real a Jesucristo. Y este camino, infalible porque es divino, es el retorno a la penitencia, al sacrificio y al ayuno. Ni la vana penitencia de los que corren en cintas de correr, ni el insensato sacrificio de los que se esterilizan para no sobrepoblar el planeta, ni el ayuno vacío de los que se privan de carne en nombre de la ideología verde. Se trata nuevamente de engaños diabólicos, con los que silenciamos nuestras conciencias.

La verdadera penitencia, que la Santa Cuaresma debe animarnos a realizar fecundamente, es aquella por la que cada uno de nosotros ofrece las privaciones y los sufrimientos en expiación de los pecados propios y de los cometidos por el prójimo, por las Naciones y por los hombres de la Iglesia. El verdadero sacrificio es aquel con el que nos unimos con gratitud al Sacrificio de Nuestro Señor, dando un sentido espiritual y un fin sobrenatural al dolor que sin embargo merecemos. El verdadero ayuno es aquel con el que nos privamos de alimentos, no para adelgazar, sino para restablecer la primacía de la voluntad sobre las pasiones, del alma sobre el cuerpo.

Las penitencias, sacrificios y ayunos que haremos durante esta Santa Cuaresma tendrán un valor de reparación y expiación que valdrá para nosotros, para nuestros seres queridos, para nuestro prójimo, para nuestra Patria, para la Iglesia, para el mundo entero, y para las almas del Purgatorio aquellas Gracias que son las únicas que pueden detener la ira de Dios Padre, porque uniéndonos al Sacrificio de Su Hijo transformaremos en un tesoro sobrenatural lo que Satanás hizo para todos nosotros, llevándonos al pecado por desobedeciendo al Señor. Este tesoro restaurará el orden roto y la justicia violada; reparará las faltas que hemos cometido en Adán y también personalmente. Al caos infernal debe oponerse el cosmos divino; al príncipe de este mundo, el Rey de reyes; al orgullo, la humildad; a la rebelión, la obediencia. “A esto, en efecto, habéis sido llamados, ya que Cristo también sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus huellas. […] Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero de la Cruz, para que, ya no viviendo para el pecado, vivamos para la justicia; por sus heridas habéis sido curados” (1 P 2, 21-25).

Concluyo esta meditación citando la Epístola de la Misa del Miércoles de Ceniza: está tomada del libro del profeta Joel, y nos recuerda el papel de los sacerdotes como mediadores e intercesores para amonestar al pueblo de Dios y llamarlo a conversión. Es un papel que muchos clérigos han olvidado, y que incluso rechazan, creyendo que es herencia de una Iglesia caducada, de una Iglesia que no se adapta a los tiempos, de una Iglesia que todavía cree que el Señor debe ser “apaciguado” con penitencia y ayuno.

“Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convocad asamblea solemne. Entre el atrio y el altar, que los sacerdotes, los ministros del Señor, lloren y digan: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no abandones tu heredad en deshonra, no la hagas esclava de las naciones; para que no digan entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios? El Señor ha mostrado celo por su tierra y ha perdonado a su pueblo. Respondió el Señor y dijo a su pueblo: He aquí, yo os envío grano, vino y aceite, y los tendréis en abundancia, y nunca más os pondré en oprobio de las naciones, dice el Señor Todopoderoso (Jl 2 :15-19).

Mientras tengamos tiempo, queridos hermanos y hermanas, pidamos misericordia a Dios; imploremos su perdón y hagamos reparación por los pecados que se han cometido. Porque llegará un día en que se cumplirá el tiempo de la Misericordia y comenzará el día de la Justicia. Dies illa, dies iræ: calamitatis et miseriae; muere magna y amara valde. Ese día será un día de ira: un día de catástrofe y miseria; un día grande y verdaderamente amargo. Aquel día vendrá el Señor a juzgar al mundo con fuego: judicare sæculum per ignem .

Quiera Dios que las admoniciones de Nuestra Señora y de los Santos místicos nos lleven, en esta hora de tinieblas, a convertirnos verdaderamente, a reconocer nuestros pecados, a verlos absueltos en el Sacramento de la Confesión, y a expiarlos con ayunos y penitencias para que el brazo de la Justicia de Dios sea detenido por unos pocos, cuando debería caer sobre la mayoría. Y que así sea.

Carlo Maria Viganò, Arzobispo

2 de marzo de 2022

Fuente: Tradición Viva

miércoles, 13 de mayo de 2020

NUESTRA SEÑORA DE FATIMA - 13 DE MAYO


Ntra. Sra. de Fátima ruega por nosotros.

jueves, 23 de abril de 2020

SEXTA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE OCTUBRE DE 1917


Salimos de casa bastante temprano, contando con las demoras del camino. Había masas de gente. Una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese aquel el último día de mi vida, con el corazón partido por la incertidumbre de lo que iba a suceder, quiso acompañarme. Por el camino las escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el lodo en los caminos impedía a esa gente arrodillarse en la actitud más humilde y suplicante. Llegados a Coya de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí a la gente que cerrase los paraguas para rezar el rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina.

—¿Qué es lo que Vd. me quiere?

—Quiero decirte que hagan aquí una capilla en honor mío; que soy la Señora del Rosario; que continúen siempre rezando el rosario todos los días. La guerra va a acabar, y los militares volverán en breve a sus casas.

—Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a algunos enfermos y si convertía a algunos pecadores, etc.

—A unos, sí; a otros, no. Es necesario que se enmienden; que pidan perdón de sus pecados; —y tomando un aspecto más triste—, No ofendan más a Dios Nuestro Señor que está ya muy ofendido.

Y abriendo las manos, las hizo reflejarse en el sol. Y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.

He aquí, Ecmo. y Rvmo. señor Obispo, el motivo por el cual exclamé que mirasen al sol. Mi fin no era llamar a él la atención del pueblo, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia. Lo hice solo, llevada por un movimiento interior que me impulsaba a ello.

Desaparecida Nuestra Señora en la inmensa distancia del firmamento, vimos al lado del sol a San José con el Niño, y a Nuestra Señora, vestida de blanco, con un manto azul. San José con el Niño parecían bendecir el mundo con unos gestos que hacían con la mano en forma de cruz. Poco después, desvanecida esta Aparición, vimos al Señor y a Nuestra Señora que me daba la idea de ser Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor parecía bendecir el mundo, de la misma forma que San José. Se desvaneció esta Aparición y me parecía ver todavía a Nuestra Señora en forma semejante a Nuestra Señora del Carmen.

He aquí, Excmo. y Rvmo. señor Obispo, la Historia de las Apariciones de Nuestra Señora en Coya de Iría en 1917. Siempre que por algún motivo tenía que hablar de ellas, procuraba hacerlo con las mínimas palabras con la intención de guardar para mí sola esas partes más íntimas que tanto me costaba manifestar. Más como ellas son de Dios y no mías, y El ahora, por medio de V. E. Rvdma. me las reclama, ahí van. Restituyo lo que no me pertenece. Advertidamente no me reservo nada. Me parece que deben faltar solo algunos pequeños detalles referentes a peticiones que hice. Como eran cosas meramente materiales, no les di tanta importancia, y tal vez por eso no se me grababan tan vivamente en el espíritu. Y, además eran tantas, tantas... Debido tal vez a preocuparme con el recuerdo de las innumerables gracias que tenía que pedir a Nuestra Señora caí en el error de entender que la guerra acababa el mismo día 13. 

No pocas personas se han mostrado bastante admiradas por la memoria que Dios se dignó darme. Por una bondad infinita, la tengo bastante privilegiada, en todo el sentido. Pero en estas cosas sobrenaturales, no es de admirar, porque ellas se graban en el espíritu de tal forma que casi es imposible olvidarlas. Por lo me-nos el sentido de las cosas que indican, nunca se olvida, a no ser que Dios quiera también que se olvide.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

miércoles, 22 de abril de 2020

QUINTA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE SEPTIEMBRE DE 1917


Al aproximarse la hora fui allí con Jacinta y Francisco, entre numerosas personas que apenas nos dejaban andar. Las entradas estaban apiñadas de gente. Todos nos querían ver y hablar. Allí no había respetos humanos. Numerosas personas y hasta señoras y caballeros, consiguiendo romper por entre la multitud que alrededor nuestro de apiñaba, venían a postrarse de rodillas delante de nosotros, pidiendo que presentásemos a Nuestra Señora sus necesidades. 

Otros no consiguiendo llegar junto a nosotros, llamaban de lejos: 

—¡Por amor de Dios! Pidan a Nuestra Señora que me cure a mi hijo imposibilitado; otro, que me cure el mío, que es ciego; otro, el mío que es sordo; que me traiga a mi marido; a mi hijo que está en la guerra; que me convierta a un pecador; que me dé salud que estoy tuberculoso, etc., etc. 

Allí aparecían todas las miserias de la pobre humanidad, y algunos gritaban hasta de lo alto de los árboles y de las paredes adonde subían con el fin de vernos pasar. Diciendo a unos que sí y dando la mano a otros para ayudarles a levantarse del polvo de la tierra, ahí íbamos andando, gracias a algunos caballeros que nos iban abriendo camino por entre la multitud. 

Cuando ahora leo en el Nuevo Testamento esas escenas tan encantadoras del paso del Señor por Palestina, recuerdo éstas que tan niña todavía, el Señor me hizo presenciar en esos pobres caminos y carreteras de Aljustrel a Fátima y a Coya de Iría. Y doy gracias a Dios, ofreciéndole la fe de nuestro buen pueblo portugués. Y pienso: Si esta gente se humilla así delante de tres pobres niños, solo porque a ellos les es concedida misericordiosamente la gracia de hablar con la Madre de Dios, ¿qué no harían si viesen delante de sí al propio Jesucristo? 

Bien, pero esto no pertenece aquí. Fue más bien una distracción de la pluma que se me escapó por donde yo no quería. ¡Paciencia! Una cosa inútil más, pero no la quito para no estropear el cuaderno.

Llegamos por fin a Cova de Iría, junto a la encina y comenzamos a rezar el rosario con el pueblo. Poco después vimos el reflejo de la luz y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina.

 —Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrá también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen y San José con el Niño Jesús para bendecir el mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevadla solo durante el día.

—Me han pedido para pedirle muchas cosas, la cura de algunos enfermos, de un sordomudo.

—Sí. A algunos los curaré, a otros no. En octubre haré el milagro para que todos crean. Y comenzando a elevarse desapareció como de costumbre.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

jueves, 16 de abril de 2020

CUARTA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE AGOSTO DE 1917


Como ya está dicho lo que en ese mes pasó, no me detengo en eso y paso a la Aparición a mi entender el día 15, al caer de la tarde (I). Como entonces aún no sabía los días del mes, puede ser que sea yo la que está equivocada, pero tengo la idea que fue el mismo día que llegamos de Vila Nova de Ourem. Andando con las ovejas en compañía de Francisco y de su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que alguna cosa sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que Nuestra Señora nos viniese a aparecer y teniendo pena que Jacinta se quedase sin verla, pedimos a su hermano Juan que la fuese a llamar. Como no quería le ofrecí veinte centavos, y allá se fue corriendo.

Entretanto vi con Francisco, el reflejo de la luz que llamábamos relámpago, y habiendo llegado Jacinta, un instante después vimos a Nuestra Señora sobre una encina.

—¿Qué es lo que Vd. me quiere?

—Quiero que sigáis yendo a Coya de Iría el día 13; que continuéis rezando el rosario todos los días. El último día haré un milagro para que todos crean.

—¿Qué es lo que Vd. quiere que se haga con el dinero que la gente deja en Coya de Iría?

—Que hagan dos andas: Una, llévala tú con Jacinta y dos niñas más, vestidas de blanco, y otra que la lleve Francisco y tres niños más. El dinero de las andas (andas sirven en Fátima y otros lugares para llevar donativos en metálico y especie en los días de fiesta,—El editor), es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario; lo que sobre es para ayuda de una capilla que deben hacer.

—Quería pedirle la cura de algunos enfermos.

—Sí, a algunos los curaré durante el año. Y tomando un aspecto más serio dijo:

—Rezad, rezad mucho, y haced sacrificios por los pecadores que van muchas almas al infierno por no tener quien se sacrifique y pida por ellas.

Y como de costumbre comenzó a elevarse en dirección al saliente.


(I) Lucía se ha equivocado, pensando que la aparición había tenido lugar el mismo día en que volvieron de la detención de Vila Nova de Ourem. Pero no fue así. La aparición tuvo lugar el domingo siguiente, día 19.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

miércoles, 15 de abril de 2020

TERCERA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE JULIO DE 1917


Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numerosa multitud del pueblo, estando rezando el rosario, vimos el reflejo de la acostumbrada luz y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina.

— Usted ¿qué me quiere?

—Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz de mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella lo puede conseguir.

—Quería pedirle que nos diga quién es; que haga un milagro para que todos crean que Vd. nos aparece.

—Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero y haré un milagro que todos han de ver para creer.

Aquí hice algunas peticiones que no recuerdo bien cuales fueron. Lo que me acuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el rosario para alcanzar las gracias durante el año y continuó:

—Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, en especial cuando hiciereis algún sacrificio: "Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María."

Al decir estas últimas palabras, abrió de nuevo las manos como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en la tierra, y vimos como un mar de fuego: sumergidos en este fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas de las llamas que de las mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante al caer de pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debe haber sido a la vista de esto que di aquel "ay", que dicen haberme oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.

Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora que nos dijo entre bondad y tristeza:

—Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar. Pero si no dejaran de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones de la Iglesia y del Santo Padre.

—Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe,. etc... Esto no lo digáis a nadie. A Francisco sí, se lo podéis decir.

—Cuando rezareis el Rosario decid después de cada misterio: ¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas! Seguía un instante de silencio, y pregunté:

—Usted ¿no me quiere nada más?

—No. Hoy no te quiero nada más. Y como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al saliente, hasta desaparecer en la inmensa distancia del firmamento.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

sábado, 4 de abril de 2020

SEGUNDA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE JUNIO DE 1917


Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco y más personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba (y que llamábamos relámpago), y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina, en todo igual que en Mayo.

—Usted ¿Qué me quiere?— pregunté.

—Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que recéis el Rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.

Pedí la cura de un enfermo.

—Si se convierte se curará durante el año.

—Quería pedirle que nos llevase al Cielo.

—Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré en breve. Pero tú quedas aquí para más tiempo. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón (I).

—¿Me quedo aquí sólita?

—No, hija ¿y tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.

Fue en el momento en que dijo estas últimas palabras que abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de esa luz inmensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al cielo y yo en la que esparcía sobre la tierra. Delante de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora estaba un corazón cercado de espinas que parecían estar clavadas en él. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que pedía reparación.

He aquí, Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo, a lo que nos referíamos cuando decíamos que Nuestra Señora nos había revelado un secreto en Junio. Nuestra Señora no nos mandó aún esta vez guardar secreto; pero sentíamos que Dios nos movía a eso.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(I) Aquí Lucía omite, por las prisas la continuación del párrafo, que, en otros documentos, dice así: "A quien la abrazare, prometo la salvación, y esas almas serán queridas por Dios como flores puestas por mi para adornar su trono".

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

viernes, 3 de abril de 2020

PRIMERA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE MAYO DE 1917


Estando jugando con Jacinta y Francisco, en lo alto de la pendiente de Cova de Iría, haciendo una pared alrededor de una mata, vimos de repente algo como un relámpago.

—Es mejor que nos vayamos a casa —dije a mis primos—, está haciendo relámpagos; puede haber tormenta.

—Pues, sí.

Y comenzamos a bajar la cuesta, llevando las ovejas en dirección de la carretera. Al llegar poco más o menos a la mitad de la pendiente, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago, y habiendo dado algunos pasos adelante, vimos sobre una encina una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Nos paramos sorprendidos por la Aparición. Estuvimos tan cerca que nos quedamos dentro de la luz que la cercaba o que Ella esparcía. Tal vez a metro y medio de distancia, más o menos. Entonces Nuestra Señora nos dijo:

—No tengáis miedo! No os hago mal.

—¿De dónde es Vd.? —le pregunté.

—Soy del Cielo.

—¿Y qué es lo que Vd. me quiere?

—Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13, a esta misma hora. Después os diré quién soy y qué quiero. Después volveré aquí todavía una séptima vez.

—Y ¿yo también voy al Cielo?

—Sí, vas.

—Y ¿Jacinta?

—También.

—Y ¿Francisco?

—También; pero tiene que rezar muchos rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran mis amigas y estaban en mi casa a aprender de tejedoras con mi hermana mayor.

—¿María de las Nieves ya está en el Cielo? —Sí, está. (Me parece que debía tener unos dieciséis años.)

—Y ¿Amelia? —Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo (I). (Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años.)

—¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

—Sí, queremos.

—Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra confortación.

Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etcétera) que abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como reflejo que de ellas despedía, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, nos caímos de rodillas y repetíamos íntimamente: "Oh Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío; yo te amo en el Santísimo Sacramento." Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:

—Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz en el mundo y el fin de la guerra.

En seguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al saliente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la rodeaba iba como abriendo camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez decíamos que vimos abrirse el cielo.

Me parece que ya expuse en el escrito sobre Jacinta o en una carta, que el miedo que sentimos no fue propiamente de Nuestra Señora, sino de la tronada que supusimos iba a venir; y de ella, de la tronada, queríamos huir. Las Apariciones de Nuestra Señora no infunden miedo o temor, sino sorpresa. Cuando preguntaban si habíamos sentido miedo, y decía que sí, me refería al miedo que habíamos tenido de los relámpagos y del trueno, que suponía vendría próximo: y de eso fue que queríamos huir, pues estábamos habituados a ver relámpagos sólo cuando tronaba.

Los relámpagos tampoco eran propiamente relámpagos, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Por ver esta luz es que decíamos a veces que veíamos venir a Nuestra Señora; pero a Nuestra Señora propiamente sólo la distinguíamos en esa luz cuando estaba ya sobre la encina. El no sabernos explicar o querer evitar preguntas fue lo que dio lugar a que algunas veces decíamos que la veíamos venir; otras que no. Cuando decíamos que sí, que la veíamos venir, nos referíamos a que veíamos aproximarse esa luz que al final era Ella. Y cuando decíamos que no la veíamos venir nos referíamos a que a Nuestra Señora propiamente sólo la veíamos cuando estaba ya sobre la encina.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

Nota de Apostolado Eucarístico.
(I) Hasta el fin del mundo, debe entenderse, si no recibiera su alma sufragios de Misas, oraciones, sacrificios etc. con lo que saldría mucho antes del purgatorio.

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

jueves, 2 de abril de 2020

APARICIONES DEL ÁNGEL A LOS PASTORCILLOS DE FÁTIMA


Por lo que puedo más o menos calcular, me parece que fue en 1915 que se nos dio la primera aparición que creo fue la del Ángel que no se atrevió entonces manifestarse del todo. Por el aspecto del tiempo de entonces me parece debe haber sido entre los meses de abril y octubre de 1915.

En la vertiente del Cabezo que da hacia el Sur, al tiempo de rezar el rosario en compañía de tres compañeras llamadas Teresa Matías, su hermana María Rosa Matías y María Justino, de Casa Velha, vi que sobre el arbolado del valle que se extendía a nuestros pies había como una nube, más blanca que la nieve, algo transparente con forma humana. Mis compañeras me preguntaban lo que era. Les dije que no sabía. En días diferentes se iba repitiendo dos veces más.

Esta aparición me dejó en el espíritu cierta impresión que no sé explicar. Poco a poco esta impresión iba desvaneciéndose; y creo que si no es por los hechos que la seguían con el tiempo la hubiera llegado a olvidar por completo.

No puedo precisar las fechas con certeza, porque en aquel tiempo no sabía aún contar los años, ni los meses ni siquiera los días de la semana. Me parece, sin embargo, que debía ser en la primavera de 1916 que el Ángel nos apareció por primera vez, en nuestra Loca de Cabezo.

Ya dije en el escrito sobre Jacinta, cómo subimos la pendiente en busca de un abrigo, y cómo fue, después de merendar y rezar allí, que comenzamos viendo a cierta distancia, sobre los árboles que se extendían en dirección al saliente, una luz más blanca que la nieve, en forma de un joven transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol. A medida que se aproximaba, íbamos distinguiéndole las facciones. Estábamos sorprendidos y medio absortos. No decíamos palabra.

Al llegar junto a nosotros, dijo:

—¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo.

Y arrodillándose a tierra dobló la frente hasta el suelo. Llevados por un movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar:

—Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran no esperan y no te aman.

Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo:

—¡Orad así! Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

Y desapareció.


La atmósfera de lo sobrenatural que nos envolvía, era tan intensa que casi no nos dábamos cuenta de la propia existencia, para un largo espacio de tiempo, permaneciendo en la posición en que nos había dejado, repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan inmensa e íntima que ni entre nosotros nos atrevíamos a hablar. El día siguiente todavía sentíamos el espíritu envuelto en esa atmósfera que sólo muy lentamente iba desapareciendo.

De esta aparición, nadie pensó en hablar ni en recomendar el secreto. Ella por sí lo impuso. Era tan íntima que no era fácil pronunciar sobre ella la menor palabra. Nos hizo tal vez mayor impresión por ser la primera así manifestada.

La segunda debía ser en el medio del verano, en esos días de mayor calor en que íbamos con nuestros rebaños a media mañana a casa para volver a llevarlos a media tarde.
Fuimos, pues, a pasar las horas de la siesta a la sombra de los árboles que cercaban el pozo, ya varias veces mencionado. De repente vimos al mismo Ángel junto a nosotros.

—¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios.

—¿Cómo nos hemos de sacrificar?

—De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de la Paz, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.

Estas palabras del Ángel se grabaron en nuestro espíritu como una luz que nos hacía comprender quién era Dios; cómo nos amaba y quería ser amado; el valor del sacrificio y cómo le era agradable; cómo por atención a él, convertía a los pecadores. Por eso, desde ese momento, comenzamos a ofrecer al Señor, todo lo que nos mortificaba, más sin pensar en buscar otras mortificaciones y penitencias, sino las de pasarnos horas seguidas postrados en tierra, repitiendo la oración que el Ángel nos había enseñado.

La tercera Aparición, me parece, debió ser en octubre o fines de septiembre, porque ya no íbamos a pasar las horas de siesta a casa.

Como ya dije en el escrito sobre Jacinta, pasamos de la Pregueira (es un pequeño olivar, perteneciente a mis padres), a la Lapa, dando vuelta a la vertiente del monte por el lado de Aljustrel y Casa Velha. Rezamos allí nuestro rosario y la oración que en la primera Aparición nos había enseñado.

Estando, pues, allí, nos apareció por tercera vez, trayendo en la mano un cáliz y sobre él una Hostia, de la cual caían, dentro del cáliz, algunas gotas de Sangre. Dejando el cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración:

—Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que el mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y el Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.

Después, levantándose, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la Hostia, y me dio la Hostia a mí y lo que contenía el cáliz lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo:

—Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por les hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros tres veces más la misma oración "Santísima Trinidad" y desapareció.

Llevados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al Ángel en todo esto, postrándonos como él y repitiendo las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa que nos absorbía y nos aniquilaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un largo espacio de tiempo. En esos días hacíamos las acciones materiales como llevados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y felicidad que sentíamos era grande, pero sólo interna, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"